13 de agosto de 2008

Los caballos de Troya


por Miguel Ángel Loma Pérez


Cuando se trata de socavar conceptos e instituciones fundamentales el proceso utilizado es básicamente el mismo: se busca un caso extremo, algo que suene a un atentado de lesa Humanidad; una de esas situaciones que tocan la fibra más íntima del corazón y que por su trágica singularidad no podría ser tomado como base para instituir una ley general sino que constituye la excepción que se presenta insolente para burlarse de la regla.

Una vez hallado este caso estrella, hay que utilizarlo como icono magnético que automáticamente nos conduzca a identificar el problema poniéndole cara y ojos; por eso, suele ser más conveniente utilizar la imagen física del caso elegido que perder el tiempo en un estudio sereno y racional de los antecedentes y circunstancias que configuran el hecho.

Seguidamente, se accede a los medios de comunicación, que suelen caracterizarse por ser extremadamente dóciles con el progresismo para evitar ser tachados de retrógrados, y desde allí se procede a un bombardeo inmisericorde de la opinión pública, utilizando el caso estrella con toda clase de artillería de apoyo: mientras más burda y gruesa sea, mayores efectos se consiguen.

Todo vale, si se sirve convenientemente aderezado con verdades a medias y medias verdades, un buen lema de combate que guarde cierta rima (para ser coreado en las manifestaciones), unos cuantos datos comparativos de lo que dicen que sucede en otros países sobre esa misma cuestión, y unos sondeos manipulados con resultados expresados en cifras redondas fáciles de asimilar; si hay que mentir se miente (¿quién es Pitágoras para frenar el progreso de la humanidad?).
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