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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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11 de mayo de 2011

De herejes y conspiradores

por Luis Antonio Leyro

Tomado de Cabildo


PREMONICIÓN

Decía Marcelino Salaya en 1960: “República, democracia, parlamentarismo, laicismo en la enseñanza, persecución contra curas y frailes, supresión de símbolos religiosos, destitución de funcionarios desafectados, embrutecimiento de las masas en nombre de la cultura, atentados contra la libertad en nombre de la libertad, ansias de dominación y enriquecimiento de los predicadores de la igualdad, y la fraternidad prostituida y reducida a un plebeyismo soez”. ¿Le suena?

Y continuaba: “…la misma resistencia a tender los brazos en cruz en actitud penitente para expiar las risas alegres con que hemos venido tomando a chirigota cómodamente las falsedades, las utopías, las bajezas y la saña de los que, sin nada nuevo que ofrecernos para arreglar al mundo, reproducen constantemente los engaños arcaicos que como principios renovadores han utilizado para embaucar a los papanatas de todos los tiempos y todas las latitudes”.


EL SINDICALISTA HANS

Bien, pudimos leer en “La Nación” del 19 de abril del año pasado, los dichos del Sr. Hans Küng, profesor emérito de teología ecuménica de la Universidad de Tubingen, reclamando las oportunidades perdidas por S.S. Benedicto XVI en cuestiones como, por ejemplo, la de la “reconciliación con los pueblos indígenas de América Latina” (tal vez por no apoyar el movimiento impulsado desde Bristol por el Mapuche International Link - MIL). También la de ayudar a los pueblos de África en su lucha contra el SIDA (seguramente por poner su confianza en la prevención del mismo con la prédica de una conducta moral).

El Sr. Küng presenta a los obispos seis propuestas explícitamente reformistas, después de aclarar que “no es mi intención desarrollar un programa de reforma”. Una de ellas insinúa de modo casi directo el reemplazo de la autoridad vertical de Pedro por la autoridad horizontal colegiada, olvidando lo que se lee en Juan 21, 27: “Díjole Jesús a Pedro: Apacienta a mis ovejas”. A Pedro, no a un sindicato de trabajadores del clero, pues no podía ser voluntad del Señor trasformar Su Iglesia, Su Cuerpo Místico, en un comité de barrio.

Hilaire Belloc definía a la herejía como “la dislocación de alguna construcción completa, que se sostiene por sí misma, mediante la introducción de una negación posterior de alguna de sus partes esenciales”. ¿Cómo se definiría a un teólogo sino con el mote de hereje, si propone la desobediencia de una orden directa de Nuestro Señor Jesucristo?
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23 de enero de 2011

La historia de don Alejo Garza






por Arturo Pérez-Reverte




Tomado de XLsemanal










ay un episodio reciente que ha pasado inadvertido para la mayor parte de los medios de comunicación españoles. Quizá porque no es modelo de mansedumbre y buen rollito, y resulta socialmente incorrecto al haber pistolas, escopetas y toda clase de armas de por medio. Y en este país imbécil que habitamos y que nos habita, de ahí a llamarle ultraviolento y facha -etiqueta adhesiva polivalente- a su protagonista, incluso a quien se refiera a él, hay menos que el canto de un euro. Pero me importa un carajo. Como decía mi abuelo, hay cosas que alientan la virtud, o al menos cierta clase de ella, aunque no se trate de la que anda al uso. Así que, bueno. Quien sepa ver virtudes en esta historia, que las aproveche. Y el que no, pues oigan. Que le vayan dando.

Se llamaba Alejo Garza Támez, tenía 77 años y era empresario maderero con rancho en Tamaulipas, México. Nadie le había regalado nada: llevaba toda la vida trabajando, y cuanto tenía lo ganó con sudor y trabajo. Aficionado a la caza y la charla con los amigos, era respetado por sus vecinos; de esos hombres cuyo apretón de manos y palabra valen más que un contrato firmado. Su desgracia fue que, en los últimos tiempos, Tamaulipas, como buena parte de México, se ha convertido en territorio comanche: narcos hasta en la sopa. Y hace dos meses, el sábado 13 de noviembre, con precisión de corrido de los Tigres del Norte, los sicarios del cártel de allí fueron a decirle muy gallitos que ahuecara. Que su propiedad les interesaba, y que debía arreglarse con ellos. Veinticuatro horas para pensarlo, dijeron. Luego aténgase a las consecuencias. Que, tal como andan las cosas en esa tierra, se resumían en una: velatorio con cuatro cirios encendidos en las esquinas y ataúd en medio. El suyo.

Don Alejo se lo pensó, en efecto. Con casi ochenta tacos de almanaque, concluyó, lo mío anda más que amortizado. Se le hacía cuesta arriba cambiar de rancho, a su edad. Así que, parafraseando a Cervantes, se dijo aquello de balas tengo, lo demás Dios lo remedie. Hasta aquí hemos llegado. Reunió a los trabajadores del rancho, les pagó lo que les debía, y ordenó que al día siguiente no fuese ninguno a trabajar. Quiero estar solo, dijo. Luego hizo recuento de armas y municiones -ya he dicho que era cazador- y pasó el resto del día en preparar la casa para su defensa, poniendo barricadas en las puertas y disponiendo escopetas y cartuchos para disparar en cada ventana. La noche fue larga, de poco sueño y mucha alerta, atento a cualquier ruido exterior. Supongo que se quitaría el frío con una botella de tequila y mataría las horas con cigarrillos. Tal vez había dejado el tabaco años atrás, por la salud, y volvió a fumar esa noche. Es así como imagino a don Alejo: sentado en la oscuridad con un rifle semiautomático entre las piernas, los bolsillos llenos de cartuchos, un tequila en una mano y la brasa roja de un cigarrillo en los labios, entornados los ojos para escudriñar la noche, atento a los sonidos del exterior. Recordando a ratos su vida. Esperando.

A las cuatro de la madrugada sonaron motores. Bajando de varias camionetas, armados hasta los dientes con fusiles de asalto y muy seguros de sí, como suelen, una veintena de sicarios se encaminó a la casa, gritando que tomaban posesión del rancho. Que todo el mundo saliese afuera, con las manos en alto. Entonces, en el interior, don Alejo apuró el tequila, apagó el último pitillo con el tacón de sus botas de piel de iguana y empezó a pegar tiros.

Fue un verdadero combate, largo e intenso. Hasta granadas usaron. Desde los ranchos cercanos se oyó mucho rato el crepitar de las balas y el retumbar de las explosiones. Don Alejo vendía cara su veterana piel. Y cuando a la mañana siguiente tropas de la Marina mejicana llegaron al lugar, aquello parecía un campo de batalla. La casa todavía olía a pólvora, acribillada por centenares de disparos e impactos de granadas. El interior, destrozado a tiros, se veía alfombrado de casquillos de bala disparados por don Alejo; que yacía muerto junto a una ventana, con el rifle todavía cerca. Se había llevado por delante a cuatro gatilleros, cuyos cadáveres estaban tirados delante de la casa. Dos sicarios más, gravemente heridos, a los que sus compañeros habían dejado atrás por creerlos muertos como los otros, vivieron lo suficiente para contar la historia. El viejo peleó como una fiera, dijo uno. Hasta el último cartucho.

Colorín, colorado. Ésta es la vida y la muerte, real como la vida y como México mismo, de don Alejo Garza Támez. Si el ejemplo es edificante o no, allá cada cual con lo que entienda. Yo me limito a contar la historia de un abuelete de Tamaulipas a quien los poderosos -los narcos, en su caso- dijeron que se hincara de rodillas, y no quiso. Le daba pereza.

29 de octubre de 2009

La disolución de la disolución




por el Dr Aníbal D´Angelo Rodríguez



Tomado del Blog de Cabildo






odos mis lectores, memoriosos o no, habrán advertido que en los últimos números de esta combativa revista me he regodeado y especializado en mostrar testimonios de gente tanto de la izquierda como de la derecha liberal que levantan sus voces para protestar y preocuparse por el estado del mundo.

Más allá del valor de lo que dice cada uno de esos preocupados protestones, el síntoma me parece sencillamente maravilloso. Quiere decir que el agua está llegando al cuello y creando en los dueños del mundo una situación incómoda porque sucede que esas aguas miasmáticas que rondan ya el nudo de las corbatas ¡también les llegan a ellos, a sus vidas y a sus familias!

Nadie escapa a la sensación de que estamos viviendo en una burbuja de mentiras y al mismo tiempo en un pantano de disolución social. Bueno, ahora parece que hasta la disolución se está disolviendo.

Veamos, si no, el discurso que pronunció al asumir su cargo el nuevo Presidente de la Republique Française, Monsieur Sarkozy. La primera lectura es impresionante. Casi cada frase es una toma de conciencia del estado en que vive el mundo occidental.

Sarkozy se presenta como el enemigo jurado de “la frivolidad y la hipocresía de los intelectuales progresistas. El pensamiento único de los que lo saben todo…” y promete también “No vamos a permitir mercantilizar el mundo en el que no quede lugar para la cultura”.

Como comienzo, no está nada mal. Monsieur le President toma nota de los dos polos de poder que dejan al suyo propio reducido a una mínima parte: el poder cultural que a través del sistema de educación forma a las clases dirigentes y les insufla el pensamiento único y el poder económico, cuyas desmesuras ponen por un lado en peligro la vida en la tierra y por el otro dominan la mente del pueblo llano mediante la televisión y otros excretores de pornografía y estupidez.

Y sigue luego: “Desde 1968 no se podía hablar de moral. Nos habían impuesto el relativismo, la idea de que todo es igual, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, así como que el alumno vale tanto como el profesor…” Seguimos muy bien, pero ya empiezan a asomar algunas de las (graves) insuficiencias de M. Sarkozy.
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26 de octubre de 2009

Fray Pacual está triste...




por el R.P. Angel David Martín Rubio



Tomado de su sitio Desde mi campanario









Fray Pascual Saturio Medina es un Dominico, que publica un artículo como “firma invitada” en el “Diario de Cádiz” y que “ve con tristeza” la iniciativa del Obispo de Cádiz que no es otra que haber determinado un lugar y una hora para la celebración de la Misa en lo que ahora se denomina “Forma Extraordinaria” del Rito Romano.

Lo que entristece al Prior del Convento de Santo Domingo de Cádiz no es otra cosa que la puesta en práctica de las instrucciones del Santo Padre en su “Motu Proprio Summorum Pontificum” (7-junio-2007) en el que se reconoce que la Liturgia Romana Tradicional nunca estuvo abrogada y que es un derecho de los fieles y de los sacerdotes poder celebrarla y recibir bajo esa forma los Sacramentos.

El miembro de la antaño gloriosa Orden de Predicadores lleva a cabo una auténtica caricatura de la Misa Católica y de la propia Iglesia, tanto de lo que él atribuye a la vivencia religiosa propia de los años de su ya lejana juventud (denigrada en sus personas y en sus expresiones) como en la simpática e ingenua descripción de lo que nos ha venido tras el Vaticano Segundo. Pero no le falta razón al decir, con simpleza indigna de un teólogo, que un rito expresa una mentalidad o que un modo de celebrar resulta expresión de un modo de pensar. Sería más correcto recordar, con el adagio clásico que “La ley de la oración es la ley de la fe” (“Lex orandi, lex credendi”) o que “La ley de la oración determine la ley de la fe” (“legem credendi lex statuat supplicandi”). La ley de la oración es la ley de la fe, la Iglesia cree como ora, y los Cardenales Ottaviani y Bacci afirmaron en su “Breve Examen Critico del Novus Ordo Missae” que “el nuevo Ordinario de la Misa —si se consideran los elementos nuevos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen en él sobreentendidas o implícitas— se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los cánones del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio”.

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¿Me amas?





por Juan Manuel de Prada



Tomado de XLSemanal




uestro alejamiento de las lenguas clásicas –un barco a la deriva que se va hundiendo irreparablemente– nos impide disfrutar de delicadezas como la que Benedicto XVI resalta en un pasaje de su último libro, Los apóstoles y los primitivos discípulos de Cristo (Espasa), dedicado a Pedro. En griego existen dos verbos que designan la acción de amar: filéo, que expresa el amor de la amistad, tierno y entregado, pero no totalizador; y agapáo, que significa amar sin reservas, con una donación completa e incondicional a la persona amada. El evangelista Juan, cuando refiere el episodio de la aparición de Jesús resucitado a Pedro a orillas del lago Tiberíades, emplea ambos de un modo muy significativo y dilucidador. Podemos imaginarnos ese episodio como el encuentro de dos viejos amigos conscientes de la herida que se ha abierto en su relación, pero dispuestos a restañarla sinceramente, dispuestos a recibir y dar perdón, para que esa herida no ensombrezca el futuro de su amistad. Pedro sabe que, apenas unos días antes, cuando su amigo más lo necesitaba, lo ha traicionado por cobardía o por mero instinto de supervivencia, negándolo hasta tres veces después de prometerle lealtad absoluta. Y Jesús, por su parte, sabe que esa traición ha sido consecuencia de la debilidad de su amigo, consecuencia pues de la propia naturaleza humana; y sabe también que su amigo está avergonzado y mohíno por su falta de coraje. Entonces Jesús, dispuesto a olvidar ese desliz, le pregunta a bocajarro: «¿Me amas?».

El evangelista escribe agapâs-me; esto es: «¿Me amas con un amor completo e incondicional?». Es como si Jesús demandara a Pedro un amor superior al que hasta entonces le ha profesado, un amor que excluya las debilidades y que proclame una adhesión entusiasta, acérrima, tal vez sobrehumana. Nada hubiese resultado más sencillo para Pedro que responder agapô-se («te amo incondicionalmente»), satisfaciendo esa demanda de amor absoluto que Jesús le lanza; pero, consciente de sus limitaciones, consciente de que lo ha traicionado y de que en el futuro tal vez vuelva a hacerlo (aunque, desde luego, nada más alejado de su propósito), Pedro le responde con pudorosa y escueta humildad: Kyrie, filô-se; esto es: «Señor, te quiero al modo humano, con mis limitaciones». Podemos imaginar que la respuesta de Pedro por un segundo defraudaría a Jesús: ha ofrecido a su amigo su perdón sincero y algo más que su perdón, a cambio de que nunca más le vuelva a fallar; pero su amigo no desea defraudarlo con esperanzas vanas, no desea que Jesús le atribuya virtudes sobrehumanas. Entonces Jesús insiste y vuelve a usar el verbo agapáo: «¿Me amas más que éstos?», refiriéndose a los discípulos que se hallan junto a Pedro a orillas del lago. Esta segunda pregunta de Jesús debió de incorporar un matiz perentorio, incluso exasperado, algo así como: «Oye, te estoy preguntando que si me amas a muerte, no me vengas con medias tintas». Pedro sin duda captó ese tono requirente, tal vez incluso enojado de Jesús; y algo debió de temblar dentro de él, tal vez el miedo a decepcionar a su amigo; y no parece improbable que su respuesta tuviese un tono compungido, desfalleciente, lastimado, temeroso de recibir una reprimenda. Pero así y todo volvió a emplear el verbo filéo:

Entonces Jesús vuelve a interpelarlo por tercera vez, como tres habían sido las veces que su amigo lo había negado, en la noche amarga; pero, para sorpresa de Pedro, que ya estaría esperando un chaparrón de maldiciones e invectivas, Jesús emplea ahora el mismo verbo al que Pedro se había aferrado antes: Fileis-me? Es un momento de gran fuerza conmovedora, porque Jesús se da cuenta de que no puede exigirle a su amigo algo que no está en la frágil naturaleza humana; y, olvidándose de esa exigencia sobrehumana, se adapta, se amolda a la debilidad de Pedro, a la frágil condición humana, porque entiende que en su amor renqueante que tropieza y cae y sin embargo se vuelve a levantar dispuesto a proseguir sin titubeos su camino puede haber un ímpetu, una alegría de andar superior incluso a la de un amor que se cree vacunado contra todos los tropiezos. Entonces Pedro, gratificado por el perdón de su amigo que lo acepta como es, que lo abraza también en el tropiezo y en la caída, afirma con alivio, con decisión, con alborozo: «Sabes que te quiero» (filô-se).

Y fueron amigos para siempre. Tal vez porque el amor más exigente e incondicional es el que brindamos a quien no nos viene con demasiadas condiciones y exigencias.
«Señor, te quiero a mi pobre y defectuosa manera, con todas mis fragilidades a cuestas».

12 de octubre de 2009

Obama, príncipe de la paz




por Juan Manuel de Prada



Tomado de ABC




A concesión del Nobel de la Paz al falso mesías Obama ha provocado entre sus obnubilados adoradores un rapto de entusiasmo orgiástico; y, entre quienes aún se resisten a adorarlo, una suerte de perplejidad abrumada, pues consideran que tal premio no recompensa acciones concretas, sino vagas promesas. Pero lo cierto es que son precisamente esas vagas promesas las que encumbraron a Obama, las que le concedieron autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación y lo elevaron a un trono de adoración ante el que desfilan todos los moradores de la tierra. Y siendo esas vagas promesas las que lo entronizaron, nada más natural que ahora lo premien por mantener a sus adoradores genuflexos con un despliegue de falsos prodigios. Después de todo, si Obama ha logrado que el cretinismo contemporáneo distinga a la gorilona de su señora como un epítome de la elegancia y la feminidad, ¿por qué no habría de lograr que lo distinguiese a él con el título de Príncipe de la Paz?

¡Ah, paz, qué hermosa palabra! En su estremecedora novela Señor del Mundo, Benson imagina a un falso mesías llamado Felsenburgh que se entroniza lanzando promesas de paz mundial. Felsenburgh, como Obama, es «un senador americano dotado de extraordinaria elocuencia» que, raudo como una pantera (pero con pies de oso y voz de león), se inviste de un «prestigio fuera de lo común» ante los ojos de la masa cretinizada, sin que nadie pueda explicarse de forma racional su endiosamiento. Cuando sube al estrado de los discursos, Felsenburgh «anuncia la fraternidad universal», provocando entre la multitud un gesto unánime de rendida adhesión: «Eran muchos los que lloraban en silencio, miles de personas movían los labios sin emitir ni una sílaba, todos los rostros estaban vueltos hacia esa figura, como si en ella se concentrasen las esperanzas de todas las almas. Del mismo modo se concentraron las miradas de muchos en quien hoy conoce la Historia con el nombre de Jesús de Nazaret».

Pero aquel Jesús vino a traer la espada; y el Felsenburgh de Benson viene a traer la paz. Con él, se acaban los gritos que claman por un Dios que nunca aparece; y arrecian los gritos que claman por un hombre que, ante los ojos de la multitud cretinizada, aparece investido de divinidad: «Él era el verdadero Salvador del Mundo. Allí había alguien a quien se podía seguir con entera tranquilidad, un dios sin duda, un hombre también: dios por ser humano, y humano por ser divino». Y a la adoración de Felsenburgh se dedica la multitud cretinizada, entregándole el título de monarca universal. Una vez lograda una paz engañosa durante el primer año de su mandato, Felsenburgh dedica el segundo a conseguir un falso bienestar para la humanidad, solucionando la crisis económica que la aflige; y, a continuación, dedica el tercer año de su mandato a deleitar a sus adoradores con los falsos portentos de la moderna tecnología, que permite a la masa cretinizada el dominio utilitario de la naturaleza, creando y destruyendo vida a placer. Así se alcanza el cuarto año de su reinado, en el que -tras la feliz resolución de las cuestiones política, social y científica- Felsenburgh se dispone a consumar su misión, poniendo fin al «problema religioso», que para entonces se reduce a la supervivencia de cierta religión «grotesca y esclavizadora», la única que con sus «negativas tendencias extremistas» se resiste a aceptar la adoración eufórica del hombre. Quienes profesan esa religión son contemplados como una secta de peligrosos delincuentes; de modo que su persecución es aceptada como un beneficio público que la masa cretinizada acoge con entusiasmo orgiástico. Un entusiasmo incluso mayor que el que hoy exhiben los adoradores de Obama, tras su entronización como Príncipe de la Paz.

11 de octubre de 2009

Sevilla, de corta a checa


Para quienes no hayan leído esta excelente novela (inencontrable en Buenos Aires por mucho tiempo), ambientada en los comienzos de la Guerra Civil, en Madrid, les comento que salió reeditada por Ciudadela en 2006. (N.dE.)


por Tomás Cuesta



Tomado de ABC





doña Josefa Medrano -la camarada Pepa- habría que organizarle un homenaje en vez de ponerla un pleito. Si el nombre de Foxá va hoy de boca en boca, si la memoria histórica ha vencido a la amnesia, a ella, y sólo a ella, hemos de agradecérselo. ¿A qué pedir justicia ante los tribunales ordinarios cuando puede apelarse a la justicia poética? Un homenaje por prohibir un homenaje, ahí queda eso. Del banquillo al banquete y que el ayuntamiento sevillano -¿será por subvenciones?- subvencione el evento. Lo dicho, a disparate, disparate y medio. Agustín de Foxá, que era un guasón inabarcable, amén de un escritor inmenso, es harto probable que suscribiera la propuesta aunque, hoy por hoy, no le quedase otra que excusar su asistencia. Es natural, puesto que, a fin de cuentas, esté donde esté de embajador -ya sea en el quinto infierno o en el séptimo cielo- todo le cae lejos. No obstante, enviaría una adhesión emocionada, sintética y sincera: «¡Viva la Pepa!». A buenas horas le iba enseñar liberalismo la señora Josefa.
Es obvio que la izquierda recuerda a voluntad y olvida a conveniencia. Aún así, es un milagro que la camarada Pepa se haya acordado de que Foxá fue falangista pese a que, a juzgar por su apellido, ella le identificaba con Esquerra. Bien es verdad que, para ejercer de policía ideológica, las lecturas estorban, lo importante es el celo. Alguien que sabe poco, duda menos. Ahí tienen el caso de la camarada Pepa -que no es nada dudosa- como preclaro ejemplo. Fascista y se acabó, a mi no me la pegan. Ni corta ni perezosa, la tal doña Josefa le ha enmendado el título al conde de Foxá (el título de su novela, el nobiliario aún lo conserva) y, a partir de ahora, «Madrid, de corte a checa» llevará por mal nombre «Sevilla, de corta a checa». La historia -afirmaba Marx a rebufo de Hegel- se repite inexorablemente y, tarde o temprano, el drama reaparece transformado en sainete. Pues, oiga usted, tal cual, sin cambiar una coma, de la cruz a la fecha. A la chita callando, doña Josefa es una luminaria del materialismo dialéctico. ¡Qué un homenaje! Habría que erigirle un monumento. O, mejor, una cátedra. ¡Que le den una cátedra a ese pozo de ciencia!
Entre bromas y veras, lo cierto -y lo que duele- es que el cincuentenario de la muerte de Foxá haya cobrado aliento merced a un ejercicio de sectarismo analfabeto. Mientras unos ejercen el monopolio cultural en nombre de una modernidad de chicha y nabo que va de lo rastrero a lo mostrenco, los demás, salvo contadas excepciones, mendigan los favores de los que les desprecian. Remover tumbas es un empeño fácil. Lo difícil es rescatar aquellas voces que yacen en el sepulcro del silencio. Dar rienda suelta al verbo de Foxá (de Foxá y de un interminable etcétera) sin esperar a que su nombre se vea puesto en lenguas por la rampante estupidez de la camarada Pepa. No aceptar, en resumen, que «La melancolía de desaparecer» desaparezca: «Y pensar que después que yo me muera / aún surgirán mañanas luminosas, / que bajo un cielo azul, la primavera, / indiferente a mi mansión postrera, / encarnará en la seda de las rosas».
¿Azules? ¿Primaveras? ¿Rosas? ¿Cielos? ¡Cielos! Eso es el «Cara al sol» vestido de etiqueta. Fascista y se acabó, a mi no me la pegan. La chequista Medrano ha recibido un cheque en blanco del consistorio bético y continúa en sus trece, cortando el bacalao y dale que te pego. «Sevilla, de corta a checa». ¡Viva la Pepa!

10 de octubre de 2009

El mismo odio de antaño




por Juan Manuel de Prada



Tomado se ABC




UENTAN que, mientras pronunciaba una conferencia de asunto literario en Chile, Agustín de Foxá dijo: «En España, entonces, la gente moría por honor». A lo que un exaltado que se hallaba entre el público se irguió de su asiento y berreó: «Pues en Chile se muere por la democracia». Foxá, sin inmutarse, dirigió una mirada desdeñosa al exaltado y replicó, antes de proseguir con la conferencia: «Ya, pero eso es como morir por el sistema métrico decimal». En la España de hoy, a diferencia de la España que evocaba Foxá, nadie muere por honor, y tampoco por la democracia; en cambio hay mucha gente sin honor que por la democracia estaría dispuesta a matar si le dejasen. Bueno, en realidad a esta gente no la mueve la democracia, sino el odio; pero ha rebozado ese odio con tanto disimulo que logra hacerlo pasar ante los ojos de los incautos como adhesión a la democracia, como el cocinero socarrón logra que las sobras del día anterior pasen por deliciosas croquetas, rebozándolas en huevo y pan rallado.

Esta gente preferiría matar, desde luego, como antaño lo hacía aquella «horda del alba, la manchada y descompuesta y verde» que Agustín de Foxá retrata en uno de sus poemas más espeluznantes, «La brigada del amanecer», dedicado a los demócratas que se dedicaban a dar «paseítos» en el Madrid de 1936. Pero matar con plomo quedaría demasiado truculento en esta España tan chachi y buenrrollista de hogaño; y, para guardar su compostura de demócratas, se conforman con matar civilmente. Eso ha querido hacer una comunista (o sea, una demócrata por el procedimiento de la croqueta) con poltrona en el Ayuntamiento de Sevilla, que ha prohibido un homenaje en honor a Agustín de Foxá, aduciendo que podría convertirse en «un acto de apología del franquismo»; porque, para la comunista, Foxá fue un «ideólogo y un diplomático de Franco». A lo que cabría oponer que también fue diplomático de la Segunda República; y que de «ideólogo» tenía lo mismo que de Patriarca de Constantinopla, o en realidad mucho menos, pues esto último sospecho que le hubiese gustado serlo, pero ¿ideólogo? A una elementa que lo hubiese llamado ideólogo en vida, Foxá la habría piropeado en un soneto al menos igual de cariñoso que el que dedicó a Celia Gámez.

Del grado de adhesión a las ideologías de Foxá queda constancia en una entrevista que le hizo Ruano: «Todas las revoluciones han tenido como lema una trilogía: libertad, igualdad, fraternidad lo fue de la Revolución francesa; en mis años mozos yo me adherí a la trilogía falangista que hablaba de Patria, pan y justicia. Ahora, instalado en mi madurez, proclamo otra: café, copa y puro». Foxá nunca fue ideólogo, porque el bon vivant desprecia todas las ideologías. En cambio, fue un poeta superdotado para la audacia metafórica y para el epíteto que cruza fulgurante como un cometa; fue un poeta que se negó a cantar el progreso, la colectivización del sentimiento, el vómito del subconsciente, la patología sexual y demás asuntos tan del gusto democrático. También fue un articulista glorioso, elegíaco y jocundo, como cualquiera puede apreciar paseándose por la hemeroteca virtual de este periódico, en donde mantuvo colaboración durante casi treinta años. Y fue, desde luego, el autor de Madrid, de corte a checa, la mejor novela que jamás se haya escrito sobre la Guerra Civil, donde se nos cuenta lo que los comunistas hacían en los desmontes de la Casa de Campo. Agustín de Foxá se les escapó vivo entonces; así que hay que matarlo una vez muerto, en homenaje a la memoria histórica. Lo hacen en nombre de la democracia, como podrían hacerlo en nombre del sistema métrico decimal; pero detrás del rebozo democrático está el mismo, sempiterno, descompuesto y verde odio de antaño.

4 de octubre de 2009

La General Pescanova


Fuerzas Armadas en disolución, alejadas de su misión fundamental, incompetentes "Ministras" de Defensa (salvo en la destrucción de las FFAA, of course), cada vez más paralelismos entre la España zapateril y la Argentina kirchneriana, (ambas religiosamente "progresistas").
(N. del E.)



por Arturo Pérez-Reverte


Tomado de XLSemanal




stoy con la ministra de Defensa. Hasta la muerte. A mí tampoco me parece bien que nuestros pesqueros en el Índico lleven a bordo soldados españoles que los defiendan de los piratas. Otros países, como Francia, sí lo hacen; pero todo el mundo sabe que los franceses son unos fascistas de toda la vida, y les gusta mucho darle al gatillo, como si estuvieran siempre en Dien Bien Fú. Unos peliculeros fantasmas, es lo que son. Nada que ver con la sobria serenidad española. Además, como muchos gabachos salen rubios, desprecian a los subsaharianos afroamericanos de color y no les importa darles matarile sin complejos; como cuando pillaron a aquellos pobres somalíes que sólo disparaban y secuestraban para ganarse la vida, los pobres, y les dieron las suyas y las del pulpo, en vez de pagar humanitariamente el rescate, como hicimos nosotros, y hasta luego Lucas. Pero España, no. Aquí las fuerzas armadas las tenemos para otras cosas. Para combatir seis horas bajo fuego de morteros en Afganistán, por ejemplo, y que luego la ministra del ramo sostenga, mirándote con firmeza castrense a los ojos, que aquello no es misión de guerra, sino actuación humanitaria de paz cuyas reglas de confrontación, según los protocolos coyunturales intrínsecos, requieren cierta esporádica contundencia. Por eso allí al enemigo no se le llama enemigo, sino elemento incontrolado. O como mucho, cuando la ministra va a hacerse alguna foto y abrir telediario, diablillos traviesos y picaruelos gamberretes. Talibancillos díscolos que con una pizca más de democracia occidental serán pronto ciudadanos de provecho, con crédito en el banco y barbacoa los domingos. Por su parte, los soldados que patrullan cada día jugándose los aparejos los llaman de otra forma. De hijoputas para arriba. Pero, cuando eso ocurre, la ministra no está allí pegando tiros y comiéndose el marrón. Comprendámosla. Está aquí, y no lo oye.

En cuanto a los pesqueros, ya digo. La ministra de Defensa –un día tengo que averiguar, por curiosidad, qué es lo que defiende, exactamente– ha dicho a los armadores que, si sus barcos quieren seguridad, pesquen en grupo, todos amontonados en el mismo sitio. De ello puede deducirse que no tiene ni remota idea de lo que es un pesquero faenando, pero eso no altera el concepto básico. Y el concepto indiscutible es que habrá, desde luego, más seguridad si los diecisiete atuneros españoles se quedan todos juntos en el mismo sitio, borda con borda, que si andan por ahí dispersos, a la buena de Dios, estropeando el dispositivo chachi que los protege. Que luego pesquen o no pesquen es lo de menos, porque por encima de esos detalles está el de la securitas, securitatis. Y si además se amarran unos a otros y ponen en el centro del paquete a la fragata Canarias, perfecto. Más seguros, imposible. A ver qué pirata se lleva por el morro un barco trincado de esa forma. Luego igual tocan a un atún por barco o vuelven todos a puerto con las bodegas vacías; pero, eso sí, protegidos de cojones. Lo que hace falta, como ven, es más voluntad constructiva, más ideas y menos demagogia.

Respecto al personal protector, tres cuartos de lo mismo. Dice la ministra, con buen juicio, que de soldados nada. Que los barcos lleven guardias de empresas privadas, si quieren. Al principio era sólo con porras, esposas y cosas así. Perfil bajo. Discreto. Pero en vista de las protestas de los armadores –otros fascistas que te rilas– el ministerio ha dicho bueeeno, vale. Transijo por esta vez. Ahora los autoriza a llevar escopetas. Fusiles de largo alcance, ha dicho alguien, como si los hubiera de corto. Es verdad que, frente a los RPG y las armas automáticas de los piratillas traviesos, eso no sirve para nada. Para ese tipo de zafarranchos hay que estar al día en el asunto del bang, bang. Como la infantería de Marina, por ejemplo, que toca esa tecla desde antes de Lepanto –otra operación contra piratas, por cierto–, y cuyo propio nombre lo indica. Pero oigan. Es lo que hay. Si los seguratas no dan la talla, que los pesqueros se gasten la pasta contratando a mercenarios con experiencia bélica, como Bush en Iraq, y allá se las compongan. Y si no, que abanderen los barcos en Francia. También la ministra tiene derecho a dormir tranquila, conciliando el sueño; y sólo imaginar que un soldado español se cargue a un negro anémico, aunque el tostado lleve un bazooka al hombro, se lo quita. Se le abren sus carnes morenas. A ver qué iban a decir los periódicos y algunas oenegés al día siguiente, al enterarse de que el soldado Atahualpa Fernández, natural de Lima, y la cabo Vanesa Pérez, de San Fernando, infantes de marina de la Armada española destacados en el atunero Josu Ternera, le habían metido un par de cargadores de HK calibre 5,56 entre pecho y espalda a un somalí flaco y desnutrido que, para poder comer caliente y sin otra opción en la vida perra, no tenía más remedio que tirar cebollazos de lanzagranadas contra el puente del pesquero. La criatura.

Hombres sin alma



por Juan Manuel de Prada

tomado de XLSemanal

uién no ha probado a comparar la época que le ha tocado
vivir con una época anterior? Establecer paralelismos ha sido uno de los ejercicios más socorridos del historiador, que en la semejanza entre dos épocas halla motivos para el fatalismo o la esperanza; y en la repetición de los errores del pasado, una advertencia para los hombres venideros. Sin necesidad de aceptar la teoría del eterno retorno, parece evidente que la historia humana tiende a repetirse cíclicamente; no tanto en sus avatares concretos como en lo que podríamos denominar el `clima cultural´ que los favorece. Sin embargo, existe un factor que distingue nuestra época de cualquier otra época anterior; un factor tan gigantesco que suele pasar inadvertido.

Muchas veces he leído comparaciones entre la época presente y diversas épocas pretéritas: quienes se hallan satisfechos en la época que nos ha tocado vivir la comparan con épocas pasadas de esplendor; quienes se hallan a disgusto, con épocas de decadencia. Pero satisfechos y disgustados suelen pasar por alto el hecho más significativo de nuestro tiempo: nunca el tejido de los vínculos humanos (los vínculos de la tradición que facilitan la transmisión de afectos y conocimientos entre generaciones, los vínculos comunitarios que nos protegen frente a agresiones externas) estuvieron tan deteriorados; y nunca existió un tejido de `hipervínculos´ ideológicos y propagandísticos tan robusto y avasallador. Por supuesto, tales \''hipervínculos\'' han existido en otras épocas históricas; pero, o bien eran defectuosos y rudimentarios, o bien su perfeccionamiento era directamente proporcional a su carácter ceñudo, impositivo, inequívocamente represor; y en uno y otro caso, los vínculos humanos podían desarrollarse, bien ocupando los espacios vacíos, bien actuando como contrapeso de los `hipervínculos´. El edicto de un emperador romano podía imponer, por ejemplo, una religión oficial; pero quienes se encargaban de ejecutarlo no podían evitar que, allá en las catacumbas de la conciencia, muchos ciudadanos romanos profesasen una fe distinta a la oficial; pues los `hipervínculos´ que el emperador trataba de imponer eran mucho más débiles que los vínculos humanos. Stalin podía imponer, mediante una formidable máquina policial, la adhesión unánime al comunismo; pero frente a la imposición oficial represora actuaba como contrapeso la supervivencia de los vínculos humanos, de tal modo que tal adhesión –fingida– no llegaba a penetrar la conciencia; o, si lo hacía, era a través de la violencia, de tal modo que esos `hipervínculos´ artificiosos eran percibidos como una fuerza destructiva y, por lo tanto, indeseable.

En nuestra época, los `hipervínculos´ actúan directamente sobre la conciencia, sin violencia ni imposición, como una lluvia menuda que todo lo impregna, mediante estrategias propagandísticas mucho más eficaces –mucho más avanzadas tecnológicamente– que la mera persecución policial. Para lograr tal violación incruenta de las conciencias se ha completado previamente la disolución de los vínculos humanos que nos protegían de agresiones externas: se ha anulado el sentimiento de pertenencia; se ha devastado ese tejido celular básico de la sociedad donde florecían las adhesiones fuertes y duraderas; se han exaltado las luchas entre sexos, los conflictos generacionales, los rifirrafes ideológicos, hasta dejar las conciencias a la intemperie, siempre con la coartada de una más exigente «búsqueda de libertad». Y como la necesidad de entablar vínculos es constitutiva de la naturaleza humana, esos hombres que han convertido la sociedad humana natural (llámese `familia´, `clan´ o `comunidad religiosa´) en un campo de Agramante o torre de Babel, esos hombres a la greña necesitan encontrar un refugio que los proteja y les espante la zozobra, la sensación de soledad profunda e irremisible. Así, huyendo de la intemperie, entregan gozosos su conciencia a los `hipervínculos´ establecidos desde el poder: comulgan con las ruedas de molino de la ideología triunfante, se adhieren fervorosamente a las consignas establecidas por la propaganda (que ya no perciben como imposiciones, sino como benéficas reglas de supervivencia), rinden en fin su alma desvinculada a la trituradora que los recibe con una sonrisa hospitalaria. Esta nueva forma de esclavitud –universal y gozosa– es el factor más significativo de nuestra época; y lo que la distingue de cualquier otra época pretérita.

La hora de la elección


por Eulogio López


Tomado de Hispanidad




oco antes de morir, Chesterton cayó en estado de semiconsciencia, y su esposa Frances y su secretaria y amanuense, Dorothy Collins, le oyeron exclamar en un susurro: “La cuestión está ahora harto clara. Todo está entre la luz y las tinieblas y cada cuál debe escoger su bando”. Para algunos biógrafos, Chesterton hablaba de su muerte, pero el rey de las paradojas odiaba las paradojas inútiles, aquéllas que son meros juegos de palabras, del mismo modo que el buen humorista aborrece a quien pretende convertirlo todo en un chiste.

Algunos biógrafos consideran que son las palabras de un moribundo que afronta la decisión final, el acto más importante de la vida, la muerte, que, a su vez, decide todo lo demás. Otros, y me apunto al segundo equipo, aseguran que no habla el agónico sino el ensayista, el hombre que había puesto el broche a la modernidad. En plata, que GKC no estaba hablando de sí mismo sino de la humanidad. Es como si hubiera dicho: Por encima de toda la confusión reinante, ya está todo dicho, todo debatido, es la hora de elegir. Y la elección, disfrazada de mil nombres, es la misma de siempre: con Cristo o contra Cristo. Hay una tercera, la peor de todas: al margen de Cristo.

La gran trampa del materialismo práctico en el que se desenvuelven nuestras vidas consiste en creer que la realización de una vida depende de sus conclusiones intelectuales. “Somos lo que pensamos”, asegura el mundo, no sin cierta razón, si nos referimos a un ser racional, Pero recuerde que vivimos en la era de la incoherencia y si no vives como piensas acabas pensando como vives.

No, no somos lo que pensamos sino lo que amamos y odiamos. Las convicciones ayudan pero no definen, porque hay que serles fieles.

En este punto, conviene recordar que cristiano no es aquel que cree en Cristo sino aquel que ama a Cristo. Y sí, ya hemos discutido todo lo discutible. Ahora cada uno debe elegir entre la luz y las tinieblas. Y la elección no admite demora.

3 de octubre de 2009

Verdades como puños de Don José Blanco








por Juan Manuel de Prada




Tomado de ABC








ON José Blanco, como cualquier otro político de hogaño, es una ametralladora de consignas que, allá donde va, riega las meninges de su auditorio con una andanada. El otro día, entrevistado en mi presencia por Nacho Villa, comprobé cómo Don José se ayudaba de un papelico en el que le habían escrito un puñado de estas consignas; y, a medida que hablaba, iba metiendo con fórceps las consignas del papelico, como los cómicos desmemoriados meten morcillas en sus parlamentos. En esto se ha convertido la politiquería de hogaño: en una cháchara mazorral e inepta salpimentada de consignas; y, a fuerza de ametrallarnos las meninges, nuestros políticos logran que interioricemos tales consignas, de modo que llegamos a repetirlas como si fuesen ocurrencias propias, y las vamos desovando por doquier, como carpas de una piscifactoria ahítas de pienso ideológico y encantadísimas de la vida.

Pero Don José Blanco no es tan sólo una ametralladora de consignas, como cualquier otro político de hogaño; en honor a la verdad, a Don José Blanco se le encasquilla de vez en cuando la ametralladora y entonces dice verdades que le brotan del alma, verdades como puños que lo aureolan de una humanidad enternecedora. Acaba de ocurrirle en uno de esos coloquios que se organizan para que los políticos provean a la masa idiotizada de su ración diaria de consignas, donde sin rebozo alguno -como una muchacha que nos enseña un seno apenas púber- ha confesado:
-Cuando yo deje de ser ministro, estaré eternamente agradecido al presidente. Uno no es ministro por méritos propios ni por currículum académico; uno es ministro porque el presidente del Gobierno así lo decide. Hay miles y miles de ciudadanos que podrían hacerlo mejor que yo, o tan bien como yo, y que no tuvieron esa oportunidad.

Y ante tamaño de alarde de ufana, conmovedora, entrañable sinceridad, uno no puede sino soltar la lagrimilla. Don José, bajándose del pedestal de las falsas vanidades, nos reconoce que en su elección como ministro no han mediado virtudes propias, ni prendas intelectivas de las que pueda blasonar. Don José nos reconoce que ha sido elegido, en lugar de los miles y miles de personas que podrían haberlo hecho mejor que él, porque un señor que a su vez reconoce que «cualquiera puede ser presidente del Gobierno» así lo ha decidido. ¿No resulta encantador? Uno escucha estas verdades como puños de Don José y siente algo así como un cabrilleo de optimismo y euforia trepándole por la médula espinal; es como si, en mitad de un viaje en autobús, el conductor te confesara, entre desenfadado y coqueto, que se ha dejado las gafas de veinte dioptrías en casa y que además tiene un hormiguillo en los pies que le impide pisar el freno. ¡Qué deliciosa sinceridad!

Uno de los signos más evidentes de la corrupción de la democracia es la subversión de las humanas jerarquías. Santo Tomás establecía que las tareas de gobierno debían ser encomendadas a los más virtuosos e inteligentes; y también que encumbrar lo que es de naturaleza inferior es una monstruosidad. Pero hoy este orden jerárquico se ha subvertido; y a lo que es monstruoso lo llamamos «la grandeza de la democracia», que por lo que se ve consiste en dejarse gobernar por quienes reconocen sin tapujos, en un alarde de ufana, conmovedora, entrañable sinceridad que carecen de méritos. Pero no todo está perdido: Don José, que no es ministro por méritos propios, es al menos hombre religioso; pues, para estar «eternamente agradecido» a Zapatero hay que creer que existe una vida eterna. Y sólo una vida eterna podría, en efecto, albergar la infinita gratitud que Don José debe a Zapatero; sólo espero que, para entonces, el llanto y el crujir de dientes no entorpezcan demasiado su culto idolátrico al líder.

28 de septiembre de 2009

Un cortinón de humo





por Juan Manuel de Prada




Tomado de ABC












UBO muchas almas cándidas que, cuando el Gobierno empezó a promover una reforma del aborto, repitieron con fervor de loritos: «¡Es una cortina de humo para distraernos de la crisis económica!». Y, ahora que el Consejo de Ministros presenta al alimón una subida de impuestos y un proyecto de ley que convierte el crimen del aborto en «derecho de la mujer», insisten hasta desgañitarse: «¡Ya lo decíamos nosotros! ¡Es una cortina de humo!». Si estas almas cándidas hubieran vivido en la época de las guerras púnicas, al comprobar que las matanzas de niños ante el altar de Moloch se incrementaban a medida que Cartago se derrumbaba, habrían gritado también: «¡Es una cortina de humo!».

Hay, desde luego, una cortina de humo que nubla la razón de las almas cándidas. Pues, para quien mantenga la razón medianamente clara, resulta notorio que la coincidencia de ambas calamidades demuestra que comparten una naturaleza común, como las matanzas de niños ante el altar de Moloch compartían una misma naturaleza con la suerte de Cartago. Sólo que la naturaleza compartida de ambas calamidades es de índole sobrenatural: los dioses plutonianos siempre exigen a sus adeptos, a cambio de poder, que les entreguen su alma. Pero nuestra época ha excluido de sus razonamientos el orden sobrenatural; y, al excluirlo, sólo puede aspirar a juicios escindidos, fragmentarios, de tal modo que las calamidades que la afligen aparecen ante sus ojos desvinculadas entre sí, separadas por cortinas de humo que nublan su razón.

En su dilucidador ensayo La abolición del hombre, C. S. Lewis avizora el proceso que, nublando la razón, acabará por convertirnos en seres que ya ni siquiera merezcan el calificativo de humanos. Y que, expoliados de su condición humana, llegarán a aceptar como conquistas de la libertad o del progreso lo que no son sino disfraces sibilinos de su esclavitud. El aborto es un crimen que la razón repudia; y cuando el hombre se desprende de la razón es como cuando las ramas se desprenden del árbol, que no les aguarda otro destino sino amustiarse y fenecer. Cuando el aborto se acepta como una conquista de la libertad o del progreso, cuando se niega o restringe el derecho a la vida de las generaciones venideras, nuestra propia condición humana se debilita hasta perecer. «Los que moldeen al hombre en esta nueva era -vaticina Lewis- estarán armados con los poderes de un estado omnipotente y una irresistible tecnología científica: serán una raza de manipuladores que podrán, verdaderamente, moldear la posteridad a su antojo». Por supuesto, esa raza de manipuladores presentará sus manipulaciones como conquistas de la libertad humana; «sabrán -añade Lewis- cómo concienciar y qué tipo de conciencia suscitar». Y con la conciencia reformateada -con la razón nublada-, esos hombres que han dejado de serlo se guiarán por voliciones, por meros impulsos caprichosos, y dirán: «Yo quiero esto, o lo otro» (donde esto o lo otro pueden ser el aborto o cualquier otra petición irracional). ¿Y qué ofrece -e pregunta C. S. Lewis- el manipulador a los hombres que desea despojar de su condición humana? Lo mismo que Mefistófeles a Fausto: «Entrega tu alma y recibirás poder a cambio». El manipulador nos da poder para abortar; y, a cambio, nos exige que entreguemos nuestra condición humana. Pero no podemos entregar nuestras prerrogativas humanas y, al mismo tiempo, retenerlas; o somos seres racionales, o nos convertimos en marionetas en manos de los manipuladores. Hoy nos quitan el dinero y nos expolian los ahorros; mañana nos chuparán hasta la última gota de sangre. Para no comprender algo tan evidente, hace falta, en efecto, tener la razón nublada por un cortinón de humo. Y, por cierto, el cortinón apesta a azufre.

27 de septiembre de 2009

Pirómanos y extintores




por Juan Manuel de Prada



Tomado de XLSemanal




no de los rasgos más distintivos y definitorios de nuestra época es la incapacidad para percibir la idea, el denominador común o principio que explica los fenómenos que se despliegan ante nuestros ojos; y de ahí se desprende la incapacidad para combatir las calamidades que nos afligen, a las que atacamos en sus consecuencias, sin atender a sus orígenes (o lo que aún resulta más aflictivo, después de haberlas alimentado en sus orígenes). Así, el hombre contemporáneo se halla inmerso en un fárrago de problemas que no sabe cómo solucionar; o para los que dispone soluciones que sólo los combaten en su expresión contingente, sin atender a sus causas. Ocurre esto porque ya no existe una capacidad para enjuiciar la realidad desde una perspectiva abarcadora que la explique de modo coherente; y así todos nuestros juicios están atrapados en una telaraña de impresiones confusas y contradictorias. Y, cuanto más tratamos de enfrentarnos a lo contingente, más nos enredamos en su telaraña mistificadora.

Pruebas de esta incapacidad las tenemos por doquier: si aumenta el número de crímenes perpetrados por adolescentes, pensamos que la solución consiste en rebajar la edad penal; si las escuelas se han convertido en aquelarres donde triunfa la indisciplina, pensamos que la solución consiste en otorgar a los maestros rango de «autoridad pública»; si crecen los embarazos no deseados, pensamos que la solución se halla en repartir condones o en legalizar el aborto, etcétera. O bien proponemos soluciones alternativas, que entran en colisión con las soluciones expuestas; pero que comparten con ellas un mismo rasgo característico: son soluciones fundadas en juicios contingentes, incapaces de penetrar el meollo del problema, incapaces de abarcarlo por entero y de combatirlo en sus orígenes. Naturalmente, esta incapacidad para combatir las calamidades en sus orígenes beneficia a quienes han hecho del combate de las calamidades en sus consecuencias su coartada vital; que, por lo común, son los mismos que las han alimentado en sus orígenes. Y es que, manteniendo nuestro juicio sobre la realidad en un plano puramente contingente, se azuza el rifirrafe ideológico; y así se evita que los problemas sean sanados en su raíz. Porque la garantía de supervivencia del rifirrafe ideológico consiste en impedir que la gente llegue a saber dónde se halla la raíz del problema, engolfada como está en elegir entre las soluciones contingentes que se ofrecen a su elección.

Para garantizar su supervivencia, los promotores del rifirrafe ideológico cuentan con un poderosísimo instrumento de mistificación, disfrazado de «pluralidad», «libertad de opinión» y demás bellas falsedades muy del gusto de nuestra época. Consiste este instrumento en convertir los medios de comunicación en un pandemónium o guirigay de opiniones en porfía, proferidas por personas que, a imagen y semejanza de los promotores del rifirrafe ideológico, son incapaces de conducir los hechos hasta sus primeras causas, incapaces de hallar entre el embrollo de enrevesadas minucias con que nos golpea la realidad el hilo conductor que lleva hasta los principios originarios. Esta incapacidad para alcanzar los principios originarios suele deberse a que son personas carentes de principios, que sustituyen por una adscripción ideológica; y así, en lugar de rescatar del estrépito circundante la nota originaria que podría otorgar una melodía a la realidad, añaden nuevos ruidos discordantes al estrépito. De este pandemónium o guirigay se abastece luego el pueblo sometido (esto es, la ciudadanía); y cualquier intento de quebrar este círculo vicioso resulta un empeño estéril, porque la realidad se ha convertido ya en un campo de Agramante en el que cualquier razonamiento que trate de ascender hasta los orígenes del problema se torna ininteligible.

Y sí, en medio de este campo de Agramante en el que se desenvuelve el pueblo sometido, los promotores del rifirrafe ideológico pueden dedicarse impunemente a alimentar las calamidades en sus orígenes, para luego proponer soluciones contingentes –siempre ineficaces– que las combatan en sus consecuencias. Son pirómanos que, después de prender fuego, tratan de tranquilizarnos, aduciendo que tienen un extintor a mano; y, a la vista del extintor, el pueblo sometido discute el modo de dirigir el chorrito contra las llamas, sin darse cuenta de que la raíz del mal está en el pirómano, no en las llamas; y que la solución no está en el extintor, sino en la reducción del pirómano.


26 de septiembre de 2009

Foto de familia gótica



por Juan Manuel de Prada


Tomado de ABC



n su relato Los amigos de los amigos, Henry James narra la historia de una mujer discreta hasta la terquedad que rehuye veladas y saraos, para evitar que la fotografíen. Y, aunque era incapaz de explicar su aversión a ser retratada, mucho más lo era de ceder ni un ápice en su determinación: «Era un prejuicio, una testarudez, un voto: viviría y moriría sin dejarse fotografiar». Tal vez a la mujer de Henry James la guiase el afán -la coquetería- de ser original; tal vez intuyese que dejarse fotografiar acabaría siendo un signo de vulgaridad, y evitándolo se curaba en salud, aun a riesgo de resultar esnob. Esta aversión a dejarse fotografiar es hoy una manía o testarudez mucho más dificultosa que en los tiempos en que Henry James escribía Los amigos de los amigos; pero, desde luego, si alguien desea que no lo retraten debe empezar por rehuir la vida social, como hacía la protagonista de aquel relato.

Siempre me ha causado gran hilaridad esa gente anhelante de notoriedad que, después de entregarse con denuedo y delectación a la vida social, finge melindres o rechazo ante el escrutinio de una cámara; y esa hilaridad se tiñe con sus ribetes de asquito cuando esa misma gente, después de introducir a sus hijos en la vorágine de su notoriedad, se pone estupenda si alguien osa retratarlos en público. Uno pensaba que esta hipocresía chillona era achaque propio de los petardos y petardas del famoseo, pero ahora descubrimos que también es achaque gubernativo; en donde se demuestra que estamos gobernados por petardos. Resulta que Zapatero decide acompañarse de sus hijas en su tournée americana, tal vez para darles el capricho de pasearse (a costa del presupuesto) por la Quinta Avenida, tal vez para que puedan disfrutar del estrellato o asteroidato de su progenitor; resulta que Zapatero no se priva de llevarlas a la tribuna de la sede de Naciones Unidas, para que escuchen su discurso delicuescente, o a los saraos que Obama, su anfitrión y falso mesías, organiza; pero luego, cuando retratan a sus hijas, reacciona como cualquier petardo o petarda del famoseo y pretende que las fotografías (para las cuales, por cierto, sus hijas han posado con donaire y poderío, escoltadas por los rostros risueños de sus papis y del matrimonio Obama) sean retiradas de la circulación. Sólo que, a diferencia de los petardos y petardas del famoseo, que tienen que comerse con patatas las consecuencias de su desliz, nuestro petardo presidencial ordena a sus mamporreros que llamen de madrugada a los periódicos, exigiéndoles en tono amenazante que no se atrevan a divulgar tales fotografías.
Esto de exhibir a las hijas en la tribuna de la sede de Naciones Unidas y en los saraos que organiza el falso mesías Obama, y luego pretender que las fotografías en las que las hijas aparecen posando sean retiradas de las circulación es como pretender estar en misa y repicando. Claro que aquí estar en misa equivale a exhibir a las hijas; y repicando equivale a ponerse estupendo, aduciendo que divulgar las fotografías de las hijas constituye un atentado contra los menores. O sea, la misma hipocresía chillona que se gastan los petardos y petardas del famoseo. Aunque, en honor a la verdad, hemos de decir que la hipocresía chillona de nuestro petardo presidencial admite circunstancias atenuantes; y es que la indumentaria gótica de las muchachas -botas doctor Martens, muñequeras de estibador, vestuario a lo Morticia Addams- parece más apropiada para una fiesta de Halloween que para una velada en el Metropolitan. Pero tal vez las hijas de Zapatero fueron las únicas que entendieron la verdadera naturaleza del sarao al que habían sido invitadas, mitad mascarada y mitad aquelarre, con el falso mesías Obama engañando al mundo con sus triquiñuelas -«Truco o trato»- y, en medio de la foto, un gran calabazón hueco y sonriente iluminando la escena.

23 de septiembre de 2009

Quien quiera ser el primero




por el R.P. Angel David Martín Rubio


Tomado de su excelente Blog: Desde mi campanario










uien quiera ser el primero
, que sea el último de todos y el servidor de todos”. En el Evangelio de este Domingo (Mc 9, 30-37) Jesús cierra la discusión de sus discípulos sobre quién era el más importante proponiendo la humildad; una enseñanza sobre la humildad, tanto más oportuna cuanto menos se comprende y practica.

La palabra “humildad” tiene su origen en la latina “humus” (tierra); etimológicamente, significa “inclinado hacia la tierra”; la virtud de la humildad nos sitúa en nuestra verdadera posición, inclinados ante Dios. Esta virtud puede definirse como: "Una cualidad por la que una persona considerando sus defectos tiene una modesta opinión de sí misma, y se somete voluntariamente a Dios y a los demás por Dios." Para Santo Tomás: "consiste en mantenerse dentro de los propios límites sometiéndose a la autoridad superior sin intentar alcanzar aquello que está por encima de uno".

Es, ante todo, luz, conocimiento, porque el hombre recibe luces para entender su pequeñez y su miseria, principalmente con relación a Dios. Por eso decía Santa Teresa que "la humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende anda en mentira".

Ese justo conocimiento radica en la verdad: “En el hombre se pueden considerar dos cosas: lo que tiene de Dios y lo que tiene en sí mismo. De sí mismo tiene cuanto significa imperfección o defecto; de Dios, en cambio, todo cuanto significa bondad y perfección, pues toda bondad creada es participación de la divina e increada” (Sto.Tomás).

La verdadera humildad consiste en saber que el puesto que se ocupa y los dones o virtudes que se poseen no están para brillar y ser considerados, sino para cumplir una misión cara a Dios y en servicio de los demás.

Pero la conciencia de esta misión que tenemos como cristianos no es menos importante que la verdadera humildad. Jesucristo no reprocha a los apóstoles querer ser el primero, sino equivocar el camino que lleva a ser el primero en el Reino de Dios: “Los discípulos ambicionaban alcanzar del Señor honores, y deseaban ser enaltecidos por Cristo, porque cuanto más elevado está el hombre, es más digno de ser honrado. Por esto el Señor no puso obstáculo al deseo de sus discípulos, sino que los condujo a la humildad” (San Juan Crisóstomo). “Viendo, pues, el Señor el pensamiento de sus discípulos, cuida de corregir con la humildad el deseo de gloria” (San Beda)

Porque existe el peligro de una humildad falsamente entendida que consiste en decir que “no somos nada” pero en realidad lo que estamos haciendo es rehuir la responsabilidad que tenemos para dar fruto a los talentos que hemos recibido de Dios y ocultando nuestra condición de cristiano en medio del mundo, disfrazando bajo capa de humildad nuestra timidez o nuestra mediocridad.

En cambio, la verdadera humildad hace que tengamos vivo en el alma que cuanto poseemos, también nuestros talentos y virtudes, pertenecen a Dios. A pesar de nuestras propias miserias somos portadores de valores eternos, somos instrumentos de Dios.

Nuestro modelo es el mismo Cristo: Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón y María Santísima: Dios ha mirado la humillación de su esclava. Cuando imitamos sus virtudes, ellos nos enseñan a reconocer lo poco que somos y, al mismo tiempo, a ponernos al servicio de los demás y a ser ambiciosos de crecer en el amor de Dios.