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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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20 de julio de 2009

Carta a un jóven hedonista




por D. Gonzalo Fernández de la Mora




Epílogo del libro Sobre la felicidad (2001)



l hedonismo es una concepción de la ética que identifica el bien del hombre con el placer, entendido como el sentimiento agradable producido por la adecuada excitación de uno o varios sentidos. Aunque los efectos últimos de una sensación placentera puedan ser relativamente amplios, su origen es puntual. En cambio, la felicidad es un sentimiento difuso que ni está necesariamente vinculado a los sentidos ni es físicamente localizable, por ejemplo, el gozo que proporciona ser alabado.

Un cierto hedonismo fue propugnado, según fuentes indirectas, por Aristipo, y de forma relativamente atenuada por otros pensadores como Lamettrie en su libro L'art de jouir ou l'école de la volupté (1751). La elaboración teórica del hedonismo ha sido escasa y débil a causa de los insuperables problemas especulativos y empíricos que plantea. Sin embargo, tan profunda insuficiencia doctrinal no ha impedido que, al menos parcialmente, haya sido una práctica habitual del hombre. Compartido con otros animales, el placer físico encuentra su fácil cauce en las estructuras irracionales de nuestra especie.

La dimensión «instintiva» y sensorial del hombre gravita espontáneamente hacia el placer. No sería realista negar la tendencia y sus efectos felicitarios. Lo problemático del hedonismo se plantea en tres niveles: el primero es que la búsqueda del placer es individualista y egoísta; el segundo es que el hombre no está solo y ha de atener sus comportamientos al hecho social; el tercero es que el hedonismo tiene unos costes y el saldo final felicitario suele ser negativo.

Para el hedonismo radical los placeres por excelencia son las drogas y el sexo; para el hedonismo instrumental el bien supremo es el dinero porque permite adquirir lo que satisface a los sentidos. En el hedonismo hay un materialismo originario, puesto que cuanto excita los sentidos tiene extensión, o sea, masa. En cambio, los estímulos de la felicidad pueden ser inmateriales, como creer que se ha resuelto un problema algebraico.

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Para leer el artículo completo, enfáticamente recomendado haga click sobre la imagen del autor.


28 de abril de 2009

El vaciamiento del progresismo


por D. Gonzalo Fernández de la Mora


Tomado de Razón Española




n la segunda mitad del siglo XVIII, la idea de «progreso» ascendió al primer plano de la filosofía de la Historia y figuró en los títulos de libros famosos como el de Turgot y, sobre todo, el de Condorcet. Significaba el proceso de perfeccionamiento y mejora del género humano, supuestamente indefinido. Del sustantivo se derivó el término político «progresismo», que hicieron suyo los protagonistas y los epígonos de la revolución francesa. A partir de entonces, las izquierdas se consideraron como encarnaciones del progresismo. En el siglo XX, el marxismo y sus realizaciones del socialismo real trataron de monopolizar el progresismo. Así es como la URSS se autodenominó la avanzada de los pueblos progresistas, y su líder, Stalin, el abanderado del progresismo. En las postrimerías soviéticas, el eufemístico vocablo «progresismo» casi sustituyó al de «comunismo». Además de un término propagandístico ¿cuál era su contenido doctrinal?

En el siglo XIX la sustancia ideológica del progresismo era la concepción del mundo de la revolución francesa y, después, el liberalismo. Pero en el siglo XX los liberales se opusieron al comunismo, y éste se vengó identificándose con el progresismo que, de este modo, se convirtió en sinónimo de la concepción marxista del mundo, que entrañaba un método, una sociología, una economía y una interpretación de la Historia. Hasta el hundimiento de la URSS, la ecuación semántica era progresismo=marxismo. Y no deja de ser sumamente cínico que se presentaran como causas de progreso, una filosofía que ha producido degradación, una teoría económica que ha ocasionado miseria, y una forma política inseparable de la tiranía.

Al derrumbarse el marxismo por inconsistencia teórica y fracaso práctico, los autodenominados progresistas tuvieron que iniciar un camino de adelgazamiento conceptual a causa de la pérdida de la concepción marxista del mundo. Poco antes del desplome, los socialdemócratas o socialistas de rostro humano se arrogaron el «verdadero» progresismo. Del bagaje marxista sólo les quedaba el modelo de economía estatalizada. Pero cuando en los años sesenta el Partido Socialista alemán, y luego los de otros países, fueron adoptando el modelo económico de mercado y propiedad privada de los medios de producción, ¿a qué se redujo un progresismo, aligerado del marxismo y de la economía centralizada? El proceso de adelgazamiento llegó así a un punto de raquitismo intelectual verdaderamente grave.

Aunque con retraso, ese proceso de desustanciación doctrinal también lo fueron padeciendo las izquierdas políticas españolas. Al final, incluso lo aceleraron, porque el Psoe, desde que asumió el poder en 1982, introdujo a la sociedad española en el modelo económico más capitalista de toda la historia nacional.

¿A qué últimas y desesperadas posiciones se retiran hoy nuestros progresistas? Desde luego, a un atuendo astroso; pero eso no es una concepción del mundo, es una simple moda feísta y tan poco filosófica como las formas de maquillaje y vestimenta. Sin marxismo ni estatismo, ¿qué alberga una mente progresista? Pues alberga el último recuelo del stalinismo, un anti norteamericanismo visceral. La ecuación política vigente es progresismo=antinorteamericanismo. ¿Puede tal ecuación ser calificada de progresista? En modo alguno.

Los Estados Unidos, aunque alejados de una perfección ideal, son la sociedad más desarrollada del planeta, la de más oportunidades, la más abierta, la que produce la mayor parte de los avances científicos y técnicos, y la que ha intervenido como gendarme para desarticular al terror soviético y, últimamente, al iraquí y al talibán, ambos, símbolos del reaccionarismo histórico más retrógrado. De hecho, antinorteamericanismo es hoy sinónimo de regresión y retroceso. Con ocasión de la guerra de Afganistán se ha visto a los «progres» lanzar alfilerazos a los EE.UU., cuando no piropos al fanatismo y al horror talibánes. Se han convertido en «progresistas retro», si tal paradoja semántica es admisible.

En la Universidad Autónoma de Madrid, unos pocos criptomarxistas han reclutado a unos cuantos estudiantes despistados en la «Sociedad Carlos», que parece el nombre de un coro rock, pero que no lo es, puesto que el tal Carlos es Karl Marx. Los miembros de esta entidad se consideran los progresistas de hoy. Más que cómico, es patético.

La raquitización y vaciamiento del progresismo lo ha reducido a casi nada; sus adictos se han hecho viajeros en el túnel del tiempo hacia lo peor del pasado próximo. Carlos Marx ya está en el desván de los saberes como una curiosidad erudita, y en el archivo de la Historia como un cáncer social; pero para unos pocos retroprogresistas es una rancia droga que, como todas, los va convirtiendo en nulidades mentales.

Vaciado de contenido conceptual, el progresismo ni siquiera es nihilismo, es una mueca.


23 de noviembre de 2008

Lo que España debe a Franco



por D. Gonzalo Fernández de la Mora


Tomado de Razón Española


De los muertos quedan en este planeta sus huesos y sus obras; las de Franco están principalmente asociadas a sus casi cuarenta años como Jefe del Estado. El progreso de la especie humana no lo deciden las masas, sino las minorías egregias; pero sería un simplismo reducir un período de la historia, por ejemplo, el principado de Augusto, a la acción de una persona. Los grandes líderes políticos son desencadenantes y catalizadores de potencialidades sociales. La era de Franco no se explica sin él, pero tampoco sólo con él; su persona simboliza una trabada sucesión de realizaciones colectivas que están posibilitando afirmativamente nuestro futuro; eso es lo que queda.

En primer lugar, gracias a la victoria de un ejército capitaneado por Franco, España ha estado y permanece dentro del Occidente libre. Si en 1939 hubiera triunfado el modelo que propugnaban Negrín y sus consejeros soviéticos, aquellos que engalanaban la zona republicana con gigantescas efigies de Stalin, nuestra patria se encontraría en una situación análoga a la de Albania o quizá a la de Yugoslavia. De la era de Franco queda nada menos que la sostenida inserción de España en el área de la libertad.

En segundo lugar, Europa sufrió los horrores de la II Guerra Mundial, en la que perecieron generaciones enteras y fueron destruidas porciones inmensas de los patrimonios nacionales. Para mí resulta inexplicable que Franco, sólo armado de su gorro cuartelero y de prudencia política, pudiera detener en Hendaya a unas divisiones acorazadas que habían barrido en pocos días a los ejércitos aliados. Pero ese hecho extraordinario ha permitido que centenares de miles de compatriotas, que estábamos en edad militar, pudiéramos vivir para contribuir a la reconstrucción material y social, la del llamado "milagro económico español". Y el suelo peninsular se libró del fuego que redujo a cenizas dilatadas extensiones del continente. También eso se mantiene.
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16 de noviembre de 2008

La corrupción



por D. Gonzalo Fernández de la Mora

I.

INTRODUCCION

Corrupción es un término polisémico que aquí se utiliza principalmente en su acepción de soborno. Pero no se trata, por ejemplo, del soborno a un abogado contrario para que cometa errores procesales, ni del soborno a un administrador para que perjudique al propietario; se trata del soborno a funcionarios públicos en el ejercicio de la misión que les ha encomendado la Administración sea local, regional o estatal. Es la especie de soborno de mayores efectos generales.Tanto en el soborno privado como en el público hay tres afectados: el que soborna, el sobornado y el perjudicado. Pero en el soborno público, ese perjudicado no es un individuo o una empresa, es la sociedad entera puesto que los caudales desviados le pertenecen. La malversación del funcionario incide, por activa o por pasiva, sobre cualquier ciudadano, sea beneficiario o contribuyente; todos robados.

Acerca del tema hay ya una importante bibliografía internacional en la que destacan algunos tratados, flanqueados por centenares de artículos monográficos; pero en España la cuestión, abordada tangencial o partidariamente, no ha sido planteada desde una teoría general.

En nuestros días, la corrupción administrativa no ha sido ocasional, sino sistemática, y no sólo personal, sino también institucional. Por ejemplo, en Italia más de la cuarta parte de los parlamentarios ha llegado a estar bajo investigación, y el secretario general del partido socialista huyó para sustraerse a una pena de cárcel.

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11 de septiembre de 2008

Razón de la Historia


por Gonzalo Fernández de la Mora


El relato histórico ideal no sería la imagen ofrecida por un espejo colocado ante un acontecimiento humano. Esa imagen virtual sería inabarcable por la riqueza de sus detalles; sería atemporal porque reflejaría momentos y no procesos; sería superficial porque no revelaría motivaciones sino resultados; sería irracional porque no esclarecería causas. Tendría, en cambio, la ventaja de ser una información minuciosa y fidedigna.La obligación primaria del historiador es la búsqueda de datos ciertos y suficientes. No a la tentación fabuladora para colmar lagunas de las fuentes. No a la falacia para demostrar hipótesis o prejuicios. El pasado es inamovible; lo acontecido no puede ser deshecho y hay que aceptarlo tal como fue. Cabe reescribir una narración, incluso reconstruir un suceso, pero no rehacerlo. Es la apodíctica sentencia medieval: Quod factum est infactum fieri nequit. La exigencia de información exacta es ardua porque en todo testimonio laten elementos de subjetividad, y porque hay acontecimientos importantes sobre los que no aparece ningún testimonio fiable.


El segundo mandamiento es seleccionar lo significativo y relegar lo insignificante. A medida que se retrocede en el tiempo, van escaseando los testimonios hasta un punto en que todo resulta revelador. Pero, inversamente, en la contemporaneidad el volumen de los materiales informativos no cesa de crecer, y lo difícil es cribarlos para extraer lo realmente esencial. El anecdotario porteril es cada día más asequible al cronista; pero rara vez es iluminador del curso de la Humanidad. Todo pasado es histórico, pero no todo es Historia. Después de averiguar, hay que ordenar y triar.


El tercer imperativo es dar razón de lo acontecido. Esa tarea es ímproba porque todo hecho es individual e irrepetible, y toda acción humana es libre por lo que ambos son de difícil racionalización. La indeterminación y la infinita complejidad del acontecer humano no permiten conceptuarlo como las órbitas de los astros. Dar razón de sucesos con altas dosis de arbitrariedad, como son los del hombre, no es mostrar su necesidad, sino su imbricación dentro de un contexto. No se trata de justificar los crímenes, las guerras o las instituciones perversas como la esclavitud, sino de explicarlos desde las circunstancias en que se produjeron. No se trata de reducir a ecuaciones las conductas de minorías y masas, sino de establecer correlaciones que hagan no sólo intuibles, sino inteligibles, aquellos sucesos que condicionan el presente y el futuro. Por ejemplo, ni España se comprende sin la romanización, ni Hispanoamérica sin la hispanización.


El cuarto mandamiento es la neutralidad axiológica o abstención de canonizar o anatematizar en función de subjetivismos. Desde el modelo institucional de Locke y de Rousseau ninguna forma política preilustrada se salvaría de la condenación; desde la ortodoxia coránica casi ningún régimen aprobaría el examen. La Historia es maestra de la vida porque enseña que unas causas produjeron ciertos efectos; pero el historiador carece de títulos para erigirse en juez universal. Relatar y dar razón de los sucesos no es sentenciar y separar a buenos de malos. La más soberbia y gratuita de las pretensiones historiográficas es la tan frecuente de exaltar y reprobar, la de predicar en vez de contar.


El quinto imperativo es la independencia. Los líderes siempre han buscado cronistas áulicos complacientes en el uso de la palabra y del silencio. Las sociedades gustan de que los relatos aparezcan calificados, según los criterios dominantes. Es difícil encontrar historiadores que se hayan mantenido completamente independientes del poder o de la presión social. Cuando se hace la crítica de testimonios del pasado hay que depurarlos de prejuicios personales o colectivos. Es arquetípico el caso de las biografías mitificadas de Alejandro, en menor escala tan repetido.


El sexto mandamiento es no caer en la manipulación de futuribles, un conocimiento que los teólogos dudan que lo posea Dios. ¿Qué habría acontecido en la cuenca mediterránea si Julio César no hubiera sido asesinado, o en el mundo si los Estados Unidos no hubieran intervenido en el último conflicto mundial? Hay efectos inmediatos que son previsibles con una cierta probabilidad. Por ejemplo, lo que habría sido el catolicismo español si hubiesen triunfado en la guerra civil los protagonistas de la persecución religiosa. Pero, a medio plazo y a gran escala, tales extrapolaciones son vanas cuando no perversas.


Estos mandamientos no han dejado de violarse desde los tiempos del padre Herodoto; pero quizás nunca se ha llevado tan lejos como ahora la politización de la Historia. Los poderes, cada vez más poderosos, aspiran, como en la fábula famosa de Orwell, no sólo a que se les describa según sus deseos, sino a que el pasado se reinvente a su gusto y se demonice a unos y se beatifique a otros en función de disimilitudes o de parecidos, y de conveniencia o inconveniencia con lo presente. ¿Hay una sola crónica estalinista con elogios a Nicolás II? Han tenido que pasar tres cuartos de siglo para que la vida del zar pueda ser contada en ruso sin odio. Aunque con menos radicalidad, la situación se da en nuestros días.


Tal aberración intelectual no descalifica a las víctimas, sino a los ejecutores, a los que blanden la Historia como una tea o un látigo.Los relatos con odio o a sueldo son un atentado al logos porque no dan razón, sino sinrazón; pero no suelen perdurar. Los hechos son tercos y sobreviven a los manipuladores. Tiempo al tiempo.
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3 de agosto de 2008

Razón del miedo



por Gonzalo Fernández de la Mora

(para conocer al autor haga click sobre la imagen)


Miedo es la inquietud que se siente ante la representación de un mal. El pánico no es su forma suprema; es una emoción cualitativamente distinta porque está suscitada por un mal inminente que provoca bloqueo e inacción.
El mal presente produce dolor; pero en el miedo hay anticipación, presunción de un mal que todavía es virtual, imaginativo, sólo mental.
Se teme no lo que es en acto, sino en potencia. Parece absurdo un sentimiento penoso cuyo fundamento, aunque posible, es irreal; pero es una emoción orientadora y fértil, aunque no exclusiva de la especie humana.
El hombre es un ser asustado. Mucho antes del uso de razón, se siente dominado por un genérico miedo al dolor y a la soledad. El maduro enfrentamiento con la realidad suscita otros miedos: al mercado de bienes necesarios o suntuarios, a la competencia o agresividad del prójimo, y a la muerte. Estos temores son esenciales para la existencia humana; su ausencia es gravemente desestimulante y, en definitiva, letal porque vivir es permanecer en estado de alarma.Sin el miedo a la soledad, el niño no podría sobrevivir, porque únicamente puede perdurar al abrigo de otros, sobre todo del maternal. En los primeros años, aislarse sería suicidarse. El infantil miedo a perderse viene exigido por su menesterosidad natural. Es un temor imprescindible y eficaz. No es un absurdo, es un imperativo de racionalidad obvia.
La sociabilidad del adulto es difícilmente separable del miedo a la soledad. Se busca al amigo, al vecino, al colaborador, y también al amante, aunque en este último caso presione, además, el instinto genésico. Estar sólo es una carencia que atemoriza. Superarla es posibilitar la continuidad de la especie, el trabajo, la solidaridad, el amor y el progreso. El miedo a la reclusión robinsónica es un dinamismo radical.
Vivir es consumir, necesitar bienes. El adulto ha de cuidar de sí mismo, ha de prever y proveer. El temor a la menesterosidad mueve a formarse y a producir. La fabulosa hipótesis de Jauja no es otra cosa que la eliminación ideal de todo miedo a la pobreza. Tal lugar no existe. Innumerables necesidades en potencia son el estímulo del esfuerzo humano. Sin miedo a la indigencia se desaceleraría la Historia hasta aproximarse a la entropía social máxima.
Se teme a la inseguridad física y a la incertidumbre de la propiedad que imperan entre irracionales, la impropiamente llamada ley de la selva, que es simple anomia. Y ese temor mueve a configurar las sociedades políticas o a integrarse en ellas. La ciudadanía no suprime el miedo, sino que lo transforma y sublima: el miedo universal e indeterminado es sustituido por el concreto y previsible a los usos y normas penales. Una vez constituido el Estado, su fundamento real es la amenaza de coacción legítima. Cualquier otra interpretación es utópica. La fuerza de las leyes es proporcional a su capacidad ejecutiva real. No otra es la situación en ámbitos superiores: el relativo orden internacional es o hegemonía de una superpotencia o amenaza disuasoria de otras. Es, en definitiva, la consecuencia de miedos colectivos. En todas sus formas, el Derecho entraña coacción, y se volatiliza cuando deja de inspirar temor. La convivencia pacífica es compatibilización de los intereses individuales en función de normas constrictivas. Sin intimidación que amedrenta no hay Estado.
La seguridad colectiva es fruto del miedo.
La sociedad política subsume los plurales miedos al otro en el miedo al soberano y sus agentes. Se reglamenta la resolución de las pretensiones contrapuestas y, a veces, excluyentes. La guerra de todos contra todos se limita. El otro ya no es un agresor, sino un concurrente. Ese salto convivencial es consecuencia del miedo. Poco a poco se van ampliando los ámbitos de solidaridad: de la inaccesible cueva al recinto castreño, de ahí a la ciudad amurallada, luego al Estado y, finalmente, a la ecumene. Se ritualiza la lucha darwinista, se renuncia a la ley personal del físicamente más fuerte. Ese repliegue nace del miedo de los más débiles y del miedo del poderoso a la coalición de los demás. La especie multiplica sus posibilidades de avance cuando el otro deja de ser un enemigo mortal. El miedo a ese terrible escenario resulta pacificador. La racionalización del temor es lo que denominamos paz.
El nervio de la convivencia institucionalizada es el miedo a la ley. En las sociedades imperfectas, que lo son todas, se añade el desasosiego ante las facultades discreccionales del gobernante que arbitrariamente favorece o posterga. El aspirante a participar en el poder ha de observar sin pausa los gestos del soberano para atenerse a ellos, temeroso de caer en su desgracia.
El simple súbdito ha de optar entre el consenso dócil o la disidencia al precio del ostracismo, quizás temporal, pero la mayoría de los discrepantes tampoco se libra del temor a desagradar a su líder de la oposición. No hay disciplina partidista sin amenaza. Es imposible escapar a la coacción de la ley, y es muy dificil liberarse del temor político, incluso en los regímenes menos despóticos. Pese a las retóricas populistas, los goznes axiales de la cosa pública son el gendarme y el recaudador, y su máquina oscila entre el pavor y el temor. No es una sinrazón porque, como quintaesencia el refranero, el miedo guarda la viña.
El temor a la insatisfacción es el resorte de la invención creadora, utilitaria en muchos, autorrealizadora en algunos. Muchos descubrimientos son producto de miedos a insatisfacciones o a frustraciones. En un paraíso ultraterreno donde no exista el miedo no hay lugar para la investigación ni pura ni aplicada. En el mundo se sabe porque se teme.
Y el miedo a la muerte obliga a planificar una existencia limitada y, sobre todo, mueve a la religiosidad y a la adquisición de méritos para otro mundo. Los inmortales no han de esforzarse en ser buenos: ni los bienaventurados ni los proscritos mejoran o empeoran éticamente. El miedo a la muerte es un poderoso factor de moralización y de ordenación de las existencias individuales. Dios es independiente de las emociones humanas, pero los hombres le temen. Ese sentimiento ha sido uno de los más fecundos de la Historia.
El terrorismo es la explotación maligna del miedo; es estéril porque nace del rencor y de la venganza; es inhumano por su zoológica crueldad; es involutivo porque sólo es demoledor; es demencia, pasión y nihilismo.
Hay en el hombre algo de gacela pávida y, por tanto, en vigilia y riesgo. Pero los temores humanos no suelen ser sólo vías de supervivencia, son también motores de progresiva racionalización. Los desazonantes miedos azuzan al logos. Así es el "homo sapiens", aunque quepa concebir otro subjetivamente mejor.

10 de julio de 2008

Razón de la tradición.


por Gonzalo Fernández de la Mora

Hay quienes entienden la tradición como una revelación, ya originaria ya histórica, apenas asequible al logos. Es el caso de las tradiciones religiosas, como la judía, donde la única aproximación intelectual correcta es la exégesis del texto inspirado. Pero la tradición también es abordable desde otra perspectiva, la estrictamente racional.

Tradición es trasmisión desde el pasado al presente y, probablemente, hacia el futuro. La primera cuestión es determinar quién transmite. El sujeto de la tradición es el hombre. Los demás animales nacen con unos instintos inscritos en su código genético y pueden aprender ciertas prácticas específicas o de domesticación; pero carecen de tradición. Sólo los seres humanos inventan, asumen y perfeccionan tradiciones. Y lo hacen como individuos y como miembros de un grupo. Hay tradiciones hospicianas porque se desconoce a su inventor, no porque aparezcan por generación espontánea. Los autores de la tradición judía son los redactores de los libros bíblicos y los patriarcas. Las sociedades son destinatarias, portadoras y peremnizadoras de las tradiciones, pero no sus creadoras. Acontece lo mismo que con la llamada poesía popular: procede de un rapsoda concreto, aunque olvidado y luego colectivizado. El origen de toda tradición es individual aunque se ignore el nombre del actor. Desde su orto, una tradición, en la medida en que es humana, tiene una pretensión de racionalidad y no procede analizarla como un mito. Se puede narrar e incluso dar razón de una tradición porque su curso histórico es racionalizable, no simplemente descriptible. Siempre brota de un logos personal.
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5 de julio de 2008

Carta a un joven hedonista


Por Gonzalo Fernández de la Mora
Nuevamente un artículo con doble propósito, el artículo en si mismo y conocer a este insigne pensador español. Acceso a su biografía en el artículo completo.


El hedonismo es una concepción de la ética que identifica el bien del hombre con el placer, entendido como el sentimiento agradable producido por la adecuada excitación de uno o varios sentidos. Aunque los efectos últimos de una sensación placentera puedan ser relativamente amplios, su origen es puntual. En cambio, la felicidad es un sentimiento difuso que ni está necesariamente vinculado a los sentidos ni es físicamente localizable, por ejemplo, el gozo que proporciona ser alabado.

Un cierto hedonismo fue propugnado, según fuentes indirectas, por Aristipo, y de forma relativamente atenuada por otros pensadores como Lamettrie en su libro L'art de jouir ou l'école de la volupté (1751). La elaboración teórica del hedonismo ha sido escasa y débil a causa de los insuperables problemas especulativos y empíricos que plantea. Sin embargo, tan profunda insuficiencia doctrinal no ha impedido que, al menos parcialmente, haya sido una práctica habitual del hombre. Compartido con otros animales, el placer físico encuentra su fácil cauce en las estructuras irracionales de nuestra especie.

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