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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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28 de febrero de 2011

Las Indias no eran colonias





por Horacio Vázquez Rial






l título de este artículo es el de un libro del ilustre Ricardo Levene, que fue presidente de la Academia Argentina de la Historia y que publicó Espasa en su clásica colección Austral en 1951. Obra que me sirvió generosamente a la hora de elaborar mi tesis y que me acompaña silenciosamente desde hace muchos años.

Fue José Javier Esparza quien, en el curso de una conferencia suya sobre el virrey Santiago de Liniers, me recordó su existencia hace poco. Volví a mi casa y lo desempolvé -literalmente- para volver a leerlo. Y ahora escribo estas líneas para recordar a mis lectores, sobre todo a los que se enfadaron mucho con mi anterior artículo sobre el bicentenario de las independencias hispanoamericanas y la reescritura de la historia. La cuestión es que aún hay mucho que trabajar para saber qué pasaba por entonces y quitarse de encima la leyenda negra de la feroz opresión española sobre sus colonias americanas, genocidio indígena incluido. La obra de Joseph Perez al respecto es débil en ese terreno, como lo era la precedente de Julián Juderías (1913).

Lo primero que hay que aclarar para empezar a dilucidar es que hay dos fases perfectamente distinguibles en un proceso que se ha dado en llamar en su conjunto colonización -pobre Colón, de esta barrabasada etimológica se ha valido el ignorante Chávez para empezar a derribar sus estatuas-. Una primera corresponde al descubrimiento y población de América, realizada sin mayor desmedro demográfico de sus habitantes originales, que sumaban, según estimaciones de Rosenblat (1945) y Céspedes (1972), alrededor de once millones y medio. La ocupación política de aquellas tierras no costó a Castilla, en todo el curso del siglo XVI, más que el 2,5% de su población: unos 150.000 habitantes. Aproximadamente el mismo número de personas que pasaron del campo a las ciudades de la Península entre 1530 y 1594, según un estudio de Juan Reglá incluido en la Historia de España y América de Vicens Vives. La relación demográfica era de aproximadamente 1,3 a 100. Si hubo exterminio de poblaciones indígenas fue responsabilidad de los gobiernos independientes, en especial en zonas tan poco pobladas como el Río de la Plata, que no llega a ser virreinato hasta finales del siglo XVIII.

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21 de febrero de 2011

Crítica literaria: Dumont, Jean: El amanecer de los derechos del hombre. La controversia de Valladolid, trad. esp. ed. Encuentro, Madrid 1997, 280 pág





Por A. Landa




Tomado de la revista Razón Española







e traduce del francés al español esta importante monografía de un ilustre hispanista galo sobre la controversia de Valladolid —entonces capital de España— celebrada entre Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573) y Bartolomé de las Casas (1484-1566), por orden de Carlos V, en la magnífica capilla del Colegio de San Gregorio entre agosto de 1550 y abril de 1551, ante quince jueces entre los que figuraban los eminentes teólogos Melchor Cano y Domingo de Soto, especialistas en América como Bernardino de Arévalo y Gregorio López. Miles de páginas de las que sólo una parte se conserva, principalmente los alegatos de los contendientes, publicados posteriormente en forma de libros.

Es un hecho único en la historia que un soberano pregunte a un grupo de expertos si es lícita la consolidación y extensión de su Imperio y que se manifieste dispuesto nada menos que a retirarse de América, como exigía Las Casas. Si tal dictamen hubiera sido seguido, hoy el Nuevo Mundo se encontraría en una situación similar a la del Africa negra.

Según el autor, el vencedor dialéctico y, en último término, político fue el ponderado y realista Sepúlveda, frente al extremoso y fabulador Las Casas. Así se desprende de los documentos y de la Historia puesto que España continuó colonizando y evangelizando hasta mediados del siglo XIX. En su paroxismo, Las Casas, poco antes de morir, no sólo instaba al Papa para que condenara la conquista española, sino que maldijo a su Patria en estos apocalípticos términos: "Dios no puede sino volcar sobre España su furor y su cólera". Afortunadamente, no fue así.

El autor, a modo de introducción, demuestra que la cuestión de conciencia acerca de la licitud de la empresa americana se plantea ya en tiempos de Isabel la Católica, y las Relecciones de Vitoria son un alto testimonio de esa inquietud de doctrinarios y gobernantes. También las sucesivas Leyes de Indias van expresando tal preocupación moral.

El autor reconoce en Las Casas un amor a los indios; pero valora muy negativamente sus escritos, sus actitudes fanáticas y sus contradicciones. Exalta en cambio a Sepúlveda, el gran humanista traductor de Aristóteles y jurista eximio.

Esta es una magnífica monografía sobre un tema capital de la historia de España. Fue entonces cuando realmente amanecieron los derechos humanos puesto que los reyes y los teólogos se plantean la cuestión de los derechos fundamentales de los amerindios por el simple hecho de ser hombres, derechos anteriores a cualquier ley positiva. El autor desarrolla su tema con gran erudición y con equilibrado criterio. Un resumen de este libro debería constituir lección obligada en los estudios medios de todo hispanoamericano.

17 de febrero de 2011

Disculpas protestantes





por Vittorio Messori




Tomado de Conocereis de verdad










ólo los católicos piden disculpas por los errores históricos, hasta cuando no tienen por qué. Los protestantes de cualquier confesión señalan con un dedo acusador a los católicos, pero nunca lo dirigen hacia ellos mismos. »

© Il Timone/ Trad. Mar Velasco



Los turcos, ya se sabe, no sólo niegan obstinadamente que lo de Armenia haya sido un genocidio, sino que tienen una ley que lleva a los tribunales a quien se atreva a hablar sobre el asunto. O sea, todo lo contrario de lo que sucede en Europa, donde acaba en prisión todo aquel que toque el exterminio de los judíos. David Irving, historiador inglés, ha sido detenido en Viena por haber intentado demostrar que la cifra de seis millones de víctimas es insostenible. Le han caído tres años de prisión. Así pues, es obligatorio, por parte de unos, hablar de genocidio (incomparable, infinitamente peor que cualquier otro); y por parte de otros, está prohibido hablar del asunto. En cualquier caso, la primera víctima de la historia impuesta con tribunales y jueces es la Verdad. El precio de la hipocresía del siglo.


En cuanto a la culpabilidad histórica de otros que no sean nazis o turcos, es sabido que sólo los católicos piden disculpas, hasta cuando no tienen por qué. Si nos fijamos en los otros cristianos, los ortodoxos griegos o los protestantes de cualquier confesión señalan con un dedo acusador a los católicos, pero nunca lo dirigen hacia ellos mismos.

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22 de septiembre de 2009

Leyendas Negras de la Iglesia (6) Entre Sudamérica y Europa del Norte






por Vittorio Messori


Tomado de Conoze







n América latina, nos dicen, la Iglesia católica «está con los pobres». Pero los pobres no están con la Iglesia: millones de ellos se han pasado -y siguen pasando, miles y miles cada día- a las sectas duramente anticatólicas que vienen de Estados Unidos; o, como en Brasil, a los cultos animistas y sincretistas. En el continente que antes era «el más católico del mundo», el protestantismo (en sus versiones «oficiales» o en las versiones enloquecidas del fundamentalismo americano) está en camino de convertirse estadísticamente en mayoría, si se mantiene el ritmo actual de abandono de la Iglesia romana.

Nos encontraríamos frente a uno de esos «resultados catastróficos de la catequesis y la pastoral» de los que muchas veces ha hablado el cardenal Ratzinger. En efecto, los que han analizado las causas de la «gran huida» -y que lo han hecho en el territorio, enfrentándose a la realidad, más que a esquemas teóricos- han constatado que la «demanda» religiosa sudamericana se dirige a otra parte porque la «oferta» católica no la satisface. En breve: la gente (y más la del mitificado pueblo) ya no está en sintonía con una Iglesia que ha acentuado tanto su compromiso político, social, de justicia y bienestar terrenales, que ha llegado a ofuscar su dimensión directamente religiosa. En fin, el cura comicial, sindicalista y politizado ya no basta para satisfacer la necesidad de una esfera sagrada, trascendente y de esperanza eterna: de aquí la búsqueda alternativa en sectas que se exceden en lo contrario, rechazando cualquier compromiso con la realidad social, para anunciar una salvación que llegará sólo al final de la historia, en el momento del regreso glorioso de Cristo, o en un paraíso al que sólo se puede acceder por la puerta angosta de la muerte.

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16 de septiembre de 2009

Leyendas Negras de la Iglesia (5). Mártires en España




por Vittorio Messori


Tomado de Conoze








l Papa beatificó como mártires por la fe a once víctimas de la guerra civil española. No hace mucho, les correspondió el turno a otras veintiséis. La serie de beatificaciones comenzó el 22 de marzo de 1986, con el decreto de aprobación del martirio de tres carmelitas de Guadalajara. Durará mucho todo esto, dado que los procesos en curso son más de cien, muchos de ellos de grupo, y se refieren en su conjunto a 1.206 víctimas de la persecución anarco-socialista-comunista de los años treinta.

Ya se sabe que uno de los marcos que distinguen al mundo es el de dividir no sólo a los vivos sino también a los muertos; no todos los muertos, y mucho menos todos los mártires, son iguales; están los que deben ser venerados y recordados y los que hay que olvidar.

Por desgracia, esta perspectiva tan mundana, porque está ligada al poder político y cultural vigente en cada momento, parecía haber contaminado a una parte de la institución eclesiástica. En efecto, hubo unos años en los que una especie de silencio incómodo (cuando no un distanciamiento manifiesto por parte de cierta publicidad católica) se precipitó sobre la terrible matanza de la que fueron víctimas en la España de la guerra civil más de 6.832 personas entre curas, religiosas, monjas y miles de laicos, que murieron por el solo hecho de ser creyentes. Así, a partir de los años sesenta, y tal como escribe monseñor Justo Fernández Alonzo, director del Centro Español de Estudios Eclesiásticos, «motivos de oportunidad aconsejaron moderar el curso de los procesos de beatificación ya iniciados; sólo a partir de principios de los años ochenta volvieron a tener vía libre».

Hicieron falta el valor y el amor por la verdad de Juan Pablo II para reabrir una página de la historia que muchos, incluso ciertas fuerzas poderosas de la misma Iglesia, hubieran preferido que continuase cerrada para siempre.

Actualmente, el final del comunismo por autodisolución y la consiguiente relajación de la presión ejercida por una historiografía marxista tendenciosa que imponía un temor reverencial deberían favorecer una relectura objetiva del papel de la Iglesia en España, devastada primero por la guerra civil y sojuzgada después por el autoritarismo franquista. Ese régimen, apresuradamente definido como «fascista» y equiparado incluso con el nazismo, cuando en realidad estaba muy lejos del paganismo racial que distingue a este último, y de la idolatría al Estado de hegelismo casero, que aflora en el fascismo italiano, ese régimen decíamos, logró mantener a España fuera de la segunda guerra mundial a pesar de las presiones de Hitler y Mussolini, y no se distinguió por una actitud belicosa hacia el exterior. El final de Francisco Franco y de su régimen no es de ningún modo comparable al sangriento de Ceaucescu en Rumania ni a la quiebra económica y social de la Europa comunista. El rey Juan Carlos de Borbón, al que el socialista y fanático republicano Sandro Pertini consideraba como uno de los mejores jefes de Estado, fue elegido para la sucesión y preparado concienzudamente para ocupar el trono por el viejo caudillo. Sucesión que se produjo sin traumas, en un clima de pacificación y sobre bases económicas que permitieron a España situarse en estos años entre los países del mundo de crecimiento más rápido; todas estas cosas estuvieron espectacularmente ausentes en los países del Este, donde todo está por reconstruir, tanto en el plano de la economía como en el plano moral, mientras que los ánimos se encuentran aún sordamente divididos.


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Este libro fue editado en español en 1996, publicado en Italia en 1992. Mucha agua ha corrido bajo el puente desde entonces. (N. del E).

12 de septiembre de 2009

Leyendas Negras de la Iglesia (4)



por Vittorio Messori

Tomado de Conoze







Las Casas (II)



rma cínica de una guerra psicológica», es como define Pierre Chaunu el uso que las potencias protestantes hicieron de la obra de Las Casas. Las riendas de la operación antiespañola las llevó sobre todo Inglaterra, por motivos políticos pero también religiosos, pues en aquella isla, la separación de Roma efectuada por Enrique VIII había dado lugar a una Iglesia de Estado bastante poderosa y estructurada como para ponerse al frente de las demás comunidades reformadas de Europa. La lucha inglesa contra España fue vista así como la lucha del «Evangelio puro» contra «la superstición papista».


Los Países Bajos y Flandes desempeñaron un papel importante en esta operación de «guerra psicológica», pues estaban enzarzados en una lucha contra los españoles. Fue precisamente un flamenco, Theodor De Bry, quien diseñó los grabados que acompañarían una de las tantas ediciones realizadas en tierras protestantes de la Brevísima relación: dibujos truculentos, en los que los ibéricos aparecen entregados a todo tipo de sádicas crueldades contra los pobres indígenas. Dado que las imágenes de De Bry (que, como es lógico suponer, trabajó basándose en su imaginación) son prácticamente las únicas antiguas de la Conquista, y fueron reproducidas profusamente y continúan apareciendo incluso hoy en todos los manuales escolares, no hace falta precisar en qué medida contribuyeron a la formación de la leyenda negra.


Para añadir un elemento más a los muchos que ya se han citado, es preciso observar que nunca se reflexiona sobre lo que ocurrió después del dominio español. Ya se sabe que España fue invadida por Napoleón y que, a pesar de la resistencia tenaz e invencible que constituyó el primer síntoma del fin del imperio francés, tuvo que abandonar a sí mismos los extensos territorios americanos.

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4 de septiembre de 2009

Leyendas Negras de la Iglesia (3)





por Vittorio Messori


Tomado de Conoze






Las Casas


esulta significativo cuanto escribe el protestante Pierre Chaunu sobre la colonización española de las Américas y las denuncias como las de Las Casas: «Lo que debe sorprendernos no son los abusos iniciales, sino el hecho de que esos abusos se encontraran con una resistencia que provenía de todos los niveles -de la Iglesia, pero también del Estado mismo- de una profunda conciencia cristiana.»

De este modo, las obras como la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de fray Bartolomé fueron utilizadas sin escrúpulos por la propaganda protestante y después, por la iluminista, cuando en realidad son -para utilizar las mismas palabras que Chaunu- «el más hermoso título de gloria de España». Estas obras constituyen el testimonio de la sensibilidad hacia el problema del encuentro con un mundo absolutamente nuevo e inesperado, sensibilidad que faltará durante mucho tiempo en el colonialismo protestante primero y «laico» después, gestionado por la brutal burguesía europea del siglo XIX, ya secularizada.

Hemos visto cómo, de la Corona para abajo, no sólo no se tomaban medidas contra una denuncia como la de Las Casas, sino que se trató de poner remedio con leyes que tutelasen a los indios del que el «denunciante» mismo sería proclamado protector general. El fraile surcaría el océano en doce ocasiones para hablar ante el gobierno de la madre patria en favor de sus protegidos; en todas esas ocasiones iba a ser honrado y escuchado y sus cahiers de doléances iban a ser trasladados a comisiones que posteriormente los utilizarían para redactar leyes, y a profesores que darían vida al moderno «derecho de gentes».

Nos encontramos ante un hecho inédito, que no tiene parangón en la historia de Occidente, y resulta mucho más sorprendente si se añade que Las Casas no sólo fue tomado en serio, sino que, probablemente, fue tomado demasiado en serio.

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2 de septiembre de 2009

Leyendas Negras de la Iglesia (2)






por Vittorio Messori


Tomado de Conoze






Genocidio indígena


or lo tanto, las denuncias de Bartolomé de Las Casas fueron tomadas radicalmente en serio por la Corona española, lo cual la impulsó a promulgar severas leyes en defensa de los indios y, más tarde, a abolir la encomienda, es decir, la concesión temporal de tierras a los particulares, con lo que causó graves daños a los colonos.

Jean Dumont dice al respecto: «El fenómeno de Las Casas es ejemplar puesto que supone la confirmación del carácter fundamental y sistemático de la política española de protección de los indios. Desde 1516, cuando Jiménez de Cisneros fue nombrado regente, el gobierno ibérico no se muestra en absoluto ofendido por las denuncias, a veces injustas y casi siempre desatinadas, del dominico. El padre Bartolomé no sólo no fue objeto de censura alguna, sino que los monarcas y sus ministros lo recibían con extraordinaria paciencia, lo escuchaban, mandaban que se formaran juntas para estudiar sus críticas y sus propuestas, y también para lanzar, por indicación y recomendación suya, la importante formulación de las "Leyes Nuevas". Es más: la Corona obliga al silencio a los adversarios de Las Casas y de sus ideas.»

Para otorgarle mayor autoridad a su protegido, que difama a sus súbditos y funcionarios, el emperador Carlos V manda que lo ordenen obispo. Por efecto de las denuncias del dominico y de otros religiosos, en la Universidad de Salamanca se crea una escuela de juristas que elaborará el derecho internacional moderno, sobre la base fundamental de la «igualdad natural de todos los pueblos» y de la ayuda recíproca entre la gente.

Se trataba de una ayuda que los indios necesitaban de especial manera; tal como hemos recordado (y a menudo se olvida) los pueblos de América Central habían caído bajo el terrible dominio de los invasores aztecas, uno de los pueblos más feroces de la historia, con una religión oscura basada en los sacrificios humanos masivos. Durante las ceremonias que todavía se celebraban cuando llegaron los conquistadores para derrotarlos, en las grandes pirámides que servían de altar se llegaron a sacrificar a los dioses aztecas hasta 80.000 jóvenes de una sola vez. Las guerras se producían por la necesidad de conseguir nuevas víctimas.

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30 de agosto de 2009

Leyendas Negras de la Iglesia



por Vittorio Messori



Tomado de Conoze









Bartolomé de las Casas

Bartolomé de Las Casas se le atribuye la responsabilidad de la colonización española de las Américas. Un nombre que se saca siempre a relucir cuando se habla de las más afortunadas de sus obras, con un título que en sí constituye un programa: Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Una destrucción; si así define un español, para más señas fraile dominico, la conquista del Nuevo Mundo, ¿cómo encontrar argumentos en defensa de esa empresa? ¿Acaso el proceso no se cerró con un inapelable veredicto en contra para la colonización ibérica?

Pues no, no se cerró en absoluto. Es más, la verdad y la justicia imponen el que no se acepten sin críticas las invectivas de Las Casas; para usar la expresión que utilizan los historiadores más actualizados, ha llegado el momento de someterlo a una especie de proceso, a él, tan furibundo en los que iniciaba contra otros.

En primer lugar, ¿quién era Las Casas? Nació en Sevilla en 1474, hijo del rico Francisco Casaus, cuyo apellido delata orígenes judíos. Algunos estudiosos, al realizar un análisis psicológico de la personalidad compleja, obsesiva, «vociferante», siempre dispuesta a señalar con el dedo a los «malos», de Bartolomé Casaus, convertido luego en el padre Las Casas, han llegado incluso a hablar de un «estado paranoico de alucinación», de una «exaltación mística, con la consiguiente pérdida del sentido de la realidad». Juicios severos que, sin embargo, han sido defendidos por grandes historiadores como Ramón Menéndez Pidal.

Se trata de un estudioso español, por lo que se podría sospechar de parcialidad.

Pero William S. Maltby no es español, sino norteamericano de orígenes anglosajones, profesor de Historia de Sudamérica en una universidad de Estados Unidos, y en 1971 publicó un estudio sobre la «leyenda negra», los orígenes del mito de la crueldad de los «papistas» españoles. Maltby escribió, entre otras cosas, que «ningún historiador que se precie puede hoy tomar en serio las denuncias injustas y desatinadas de Las Casas» y concluye: «En resumidas cuentas, debemos decir que el amor de este religioso por la caridad fue al menos mayor que su respeto por la verdad.»
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18 de junio de 2009

Apéndice: Sobre el Papa Pío XII



por Antonio Rivero, L.C.


Tomado de Breve historia de la Iglesia. (Conoze)


ué decir sobre los silencios de Pío XII?

A diferencia de Benedicto XV, que había sido muy criticado por sus llamadas a la paz durante la primera guerra mundial, Pío XII recibió en vida unánimes alabanzas por su actitud durante el conflicto de 1939-1945, es decir, durante la segunda guerra mundial.

Pero en 1963, en una obra que alcanzó un gran éxito de escándalo, «El vicario», un joven autor alemán, Rolf Hochhuth, acusó a Pío XII de no haber condenado explícitamente el exterminio de los judíos por los nazis.

Se siguió una áspera controversia: ¿le faltó valentía? ¿Era favorable al nazismo? ¿Ignoraba lo que ocurría? El asunto tuvo la ventaja de provocar la publicación de numerosos documentos de los archivos, para hacer un poco de luz. Diplomático y secretario de estado, antes de ser papa, Pío XII conocía bien los asuntos alemanes; había firmado el concordato con Hitler en 1933, y en 1937 había participado en la redacción de la encíclica «Mit brennender Sorge. Sin ninguna simpatía por el nazismo, prefería las intervenciones diplomáticas discretas más que las declaraciones solemnes.

Durante la guerra, en numerosos discursos y radiomensajes de navidad volvió incansablemente sobre los excesos de la guerra y sobre los beneficios de una negociación y de una paz basada en un justo equilibrio. Bajo la responsabilidad de monseñor Montini (futuro Pablo VI) creó una oficina de información que transmitía noticias de los prisioneros y de los desaparecidos. Miles de judíos y otras personas perseguidas por los nazis encontraron abrigo en las instituciones pontificias y en los conventos. Y dio la orden de ayudar a los judíos de manera valiente y discreta. De hecho, al final de la guerra, delegaciones de altos dignatarios judíos, fueron a Roma para agradecerle cuanto había hecho por ese pueblo tan perseguido. Pero todo ello lo hizo con discreción, para evitar males mayores a quienes buscaba proteger.

En Zenit, 30 junio 2001, salió esta información que me parece oportuno poner aquí: «¿El linchamiento contra Pío XII? Una porquería». Quien así habla no es un integrista católico, ni un intelectual con simpatías clericales. Se trata de Paolo Mieli, uno de los más ilustres protagonistas del periodismo italiano, excorresponsal de «La Stampa» y exdirector del «Corriere della Sera» y hoy director de «RCS», la casa editorial más grande de Italia. Tiene pasión de historiador. De hecho, su último libro, que ya es un fenómeno editorial , lleva por título «Historia y política: Resurgimiento, fascismo y comunismo».

Mieli es judío, implacable ante la terrible tragedia del Holocausto, al que su familia tuvo que pagar un doloroso precio de sangre.

«Vengo de una familia de origen judío y he tenido parientes que murieron en los campos de concentración durante la segunda guerra mundial. Por tanto, hablo de todo esto con mucha dificultad» dijo Mieli al intervenir en Roma, el 6 de junio, en la presentación del libro «Pío XII. El Papa de los judíos» («Pio XII. Il Papa degli ebrei», Piemme, 2001), escrito por Andrea Tornielli, experto en asuntos vaticanos del diario milanés «Il Giornale».

«El libro de Andrea Tornielli -afirmó Mieli- hace de contrapeso para alcanzar un equilibrio justo sobre ese pontífice tan discutido. Al leer el libro se puede ver que durante un largo período de tiempo fueron precisamente los judíos quienes dieron las gracias a ese pontífice por lo que había hecho durante la segunda guerra mundial».

Desde los años sesenta, sin embargo, se ha puesto en discusión su figura con la obra teatral «El Vicario», en un primer momento, y, recientemente, con la publicación del libro del periodista británico John Cornwell, «El Papa de Hitler».

Y sin embargo, «ese papa y la iglesia que tanto dependía de él, hicieron muchísimo por los judíos -añade el director de la editorial «RCS—. Se calcula que algo menos de un millón, entre 700 y 800 mil judíos, fueron salvados por la iglesia y por ese pontífice. Es un dato -de fuente judía, pues el cálculo lo hizo Pinchas Lapide- que quizá debería preceder toda discusión sobre Pío XII. Seis millones de judíos asesinados por los nazis y casi un millón de judíos salvados gracias a la estructura de la iglesia y de este pontífice. Cuando se recuerda a las personas que hicieron algo para salvar físicamente a los judíos, muy pocos pueden enorgullecerse de haber hecho algo parecido a lo que hizo la Iglesia de Pío XII».

«Se recrimina a Pío XII por no haber alzado un grito ante las deportaciones del ghetto de Roma -continuó diciendo Mieli en la presentación del libro-, pero otros historiadores han observado que nadie vio a los antifascistas corriendo hacia la estación para tratar de detener el tren de los deportados. Y, sin embargo, muchos estudios, realizados en la posguerra, demuestran que era posible hacer algo, y que es totalmente infundada la teoría, según la cual, la resistencia no podía hacer nada por los judíos».

«Se amordaza, sin embargo, en la campaña contra Pío XII, la ayuda que ofreció la Iglesia a los judíos, una ayuda que fue incluso logística —continúa diciendo Mieli-. Quizá se olvida que toda la comunidad antifascista gozó de aquella ayuda, como puede leerse en el libro de Enzo Forcella "La resistencia en convento" ("La resistenza in convento")».

«Quiero decirlo con la máxima claridad -confesó Mieli-: poner las responsabilidades sobre las espaldas de Pío XII es una auténtica sinvergüencería. Pío XII no puede ser la persona a quien se le echa la culpa de algo que corresponde de manera compleja a toda la comunidad. Obviamente hablo de la comunidad que produjo el fenómeno horrendo del exterminio de los judíos, pero también de aquellos que asistieron sin reaccionar de manera adecuada. Los historiadores israelíes, por ejemplo, se preguntan por qué los judíos de Palestina fueron, por así decir, "sordos" ante lo que estaba sucediendo en Europa. ¿Por qué se dieron casos de colaboracionismo en los campos de concentración, que objetivamente facilitaron el exterminio?».

Ante la pregunta implícita sobre las razones por las que Pío XII se ha convertido en el blanco de tantos ataques, Mieli respondió: «Uno de los motivos por los que este importante papa fue crucificado se debe al hecho de que tomó parte contra el universo comunista de manera dura, fuerte y decidida. De una manera tal que hubo que esperar treinta años, con Juan Pablo II, para que ese estilo pudiera ser retomado adecuadamente, de una manera que fue fatal para el comunismo».

Al concluir, el ex director del «Corriere della Sera» dijo: «No quiero proponer y no tengo los requisitos para proponer la beatificación de este pontífice. Sin embargo, considero que es muy poco valiente ponerle sobre las espaldas responsabilidades que no tiene. Se le ha tratado casi como si hubiera estado junto a Hitler, junto a los nazis, como si fuera el único ser en el mundo que tuvo responsabilidades en el Holocausto. Creo y lo repito que esto es algo monstruoso, aberrante, algo que tendría que acabar».

En apoyo de las tesis de Mieli, intervino también en la presentación del libro el politólogo y ex embajador italiano Sergio Romano, que no es precisamente de cultura católica, quien explicó una curiosa paradoja: en un primer momento Pío XII fue «alabado y reconocido, sobre todo por las comunidades judías, por el valor y la generosidad con que defendió y salvó a un numero elevado de judíos de las persecuciones nazis»; después, «de manera imprevista, este juicio se trastocó completamente».

Para algunos autores, después de su muerte, «Pío XII pasó de ser el bienhechor de los judíos al cómplice de Hitler, a un cínico e indiferente espectador del genocidio judío».

«Existe una íntima relación -concluyó el embajador Romano- entre el juicio sobre Pío XII y la versión histórica que se ha ido afirmando progresivamente en los últimos cuarenta años: una versión en la que el nazismo se convierte en el único mal del siglo. En la divulgación de esta versión colaboró la propaganda soviética, la opinión de la izquierda en las sociedades occidentales y la parte que el genocidio judío tuvo en la legitimación nacional del Estado de Israel durante las fases más controvertidas de su historia. Hoy, tras el final de la guerra fría, la caída del comunismo, y la apertura de los archivos soviéticos, es posible escribir la historia de una manera más objetiva y neutral, enmarcando a los protagonistas en el clima en el que tuvieron que actuar y decidir».

28 de mayo de 2009

La Inquisición



Tomado de Arbil


Si no queremos pasar por analfabetos, por hombres-disco sin personalidad, sin crítica, que repetimos cuanto nos dicen, mejor es que aprendamos y pensemos con seriedad en el famoso tema de las torturas y muertes de la Inquisición

sted ya sabe que en toda guerra existe lo que se llama "propaganda de guerra". ¿En qué guerra no la ha habido? Pues bien: no olvide que España en el siglo XVI era la primera potencia mundial; casi todas las naciones europeas eran enemigas suyas, al mismo tiempo era la principal muralla contra el protestantismo.

La única vez que se han juntado contra una potencia el odio nacional y el religioso, los dos más grandes odios que existen.

¿Le extraña entonces que haya habido una "propaganda de guerra" proporcionada? ¿No ha oído lo que dicen hoy de los Estados Unidos todos los comunistas del mundo?

Ya puede ser una mujer todo lo honrada que se quiera, que si una lengua viperina lanza con el anónimo una calumnia contra aquella mujer, y más si es envidiada por su posición y poder, todo el mundo la señalará con el dedo y se harán comentarios maliciosos a su paso.

Que la acusen a Ud. de estafador. Tres palabras bastan. Pero el refutarlo le llenará montañas de razones, testimonios y pruebas. La acusación se lee en un momento, pero ¿quién va a tener humor para leer la defensa, sobre todo si hay animadversión contra Ud.?

Le voy a dar a Ud. una receta fácil y eficaz de demagogia: Pinte Ud. una cárcel lóbrega, por las paredes instrumentos de tortura, tres curas sentados tras una mesa, a poder ser bien gordos (es de más efecto), regodeándose en ver cómo se tortura a un hombre en el potro, o se le queman las plantas de los pies: si es una mujer, todavía tiene más efecto. Debajo un letrero: "Los horrores de la Inquisición". No se preocupe de más. Nadie va a ir a averiguar si Ud. miente o no. Llevaría mucho trabajo y estudio.

Sin embargo ahí van unas cuantas observaciones que no debe Ud. olvidar en este asunto:

Una institución, una persona hay que juzgarla dentro de la mentalidad de su época. ¿Condenaría Ud. de inculto o bárbaro a un profesor de universidad del siglo XVI porque ignoraba lo que es la electricidad, la televisión y la propulsión a chorro?

Pues bien, tenga presente que en aquella época la herejía era considerada como una conspiración contra el Estado. Estaban tan compenetrados el Estado y la religión que poner en peligro uno, era poner en peligro al otro. Tanto o más que hoy el comnismo.

¿Pruebas? En Alemania y Francia las guerras de religión duraron más de un siglo: hubo cientos de miles de muertos. La Inquisición fue creada por los Reyes de España para evitar que pasara lo mismo.

De hecho los judíos y los moriscos trataron más de una vez de que los turcos invadieran España.

No se olvide que entonces la pena de muerte se daba facilísimamente. En 1598 sólo en la prisión de Exeter, Inglaterra, fueron ajusticiadas 74 personas, muchos por haber robado una oveja (Hamilton).

Sir James Stephen calcula que en 300 años hubo en Inglaterra 264.000 condenados a muerte por diversos delitos. Unos 800 por año (más de dos por día).

¿Sabe Ud. que muchas veces los ladrones cuando huyen gritan: "al ladrón, al ladrón", para despistar? Los protestantes se llevan las manos a la cabeza ante la "crueldad" de la Inquisición. Pues bien, ahí van unos datos sueltos sacados de historiadores serios, conocidos, casi todos protestantes.

Lutero, fundador del protestantismo: En 1525 escribe a los nobles: "Matad cuantos campesinos podáis: hiera, pegue, degüelle quien pueda. Feliz si mueres en ello, mueres en obediencia a la Palabra divina". Más de cien mil labriegos perecieron.

En Sajonia protestante, la blasfemia tenía pena de muerte. Calvino mandó quemar a Servet (médico católico que descubrió la circulación de la sangre, y a quien eliminaron por "contradecir" a la Biblia con dicho descubrimiento) y otros muchos.

En 1560 el Parlamento escocés decretó pena de muerte contra todos los católicos.

Ahí van algunos artículos del código inglés para Irlanda:

"El Católico que enseña a otro católico o protestante será ahorcado".

"Si un católico adquiere tierras, todo protestante tiene el derecho de despojarle".

"Destierro perpetuo a todo sacerdote católico; quienes lo eludan, sean medio ahorcads vivos y luego descuartizados". ¿Para qué seguir?

Las comunidades calvinistas de París, Orleans, Ruan, Lyon, Angey en sínodo general en 1559, decretan pena de muerte a los herejes.

En Alemania fueron quemadas más de 100.000 brujas. Hasta niños de siete años y ancianos moribundos. Un juez solo, quemó en 16 años a 800 brujas (un promedio de 50 personas al año).

¿No sabe Ud. que Estados Unidos debe su fundación a puritanos que huían de la persecución religiosa de Inglaterra?

Y la Inquisición española ¿qué?

No se vió libre de las ideas de su tiempo y participó de la crueldad general. Pero tenga Ud. en cuenta los siguientes puntos:

El número de protestantes condenados a muerte, desde 1520 hasta 1820 en que fue suprimida, o sea en 300 años, según el investigador protestante alemán que se especializó en este tema, Schafer, fue de 220; de ellos sólo 12 fueron quemados. Ya ve: no toca ni a uno por año. ¿Qué pasa con la imagen del inquisidor parado en frente de hileras interminables de piras con condenados? Pasa que es mentira. Les advierto lealmente que la Inquisición actuaba también contra los moriscos y judaizantes y por eso el número de víctimas fue mayor.

La Inquisición no admitía todos los tormentos que eran usuales en aquella época en toda Europa. Sólo se podían aplicar una sola vez, en presencia del médico que podía suspenderlos si el reo recibía daño en la salud. Vea Ud. en cambio lo que se daban en la famosa torre de Londres a los católicos y se quedará asustado. Fue el primer tribunal del mundo que suprimió el tormento cien años antes de ser extinguida. El investigador norteamericano Mr. G. Lea, que ha escrito una obra en varios volúmenes sobre la Inquisición dice: "La Inquisición española en general fue menos cruel que los tribunales laicos al ejecutar la tortura".

No se podía aprisionar a nadie hasta que no hubiese tales pruebas que fuese evidente el delito. Se necesitaban por lo menos siete testigos juramentados ante Notario. No se admitían denuncias anónimas.

Si se confesaban y se arrepentían antes de dar la sentencia definitiva, se les absolvía con un castigo mayor o menor según lo que hubiesen tardado.

El reo tenía derecho a presentar cuantos testigos quisiese.

El reo podía estar en la cárcel, si era casado, con su mujer; si tenía criados le podían servir.

Si era culpable, el tribunal dictaba la sentencia, que debía ser confirmada por el Tribunal Supremo, al que se podía apelar y se le entregaba al Estado, el cual se encargaba de cumplir la sentencia. Las penas eran las más usuales entonces.

Y por último, tenga Ud. presente que gran parte de las acusaciones están tomadas de un sacerdote apóstata, Juan Antonio Llorente, que fue secretario de la Inquisición (se puso de parte de los invasores franceses en la guerra de la Independencia, tuvo que huir a Francia), y que él mismo confiesa que quemó todos los datos oficiales de que se sirvió para su obra. ¡Estupendo! Que le acusen a Ud. de haber falsificado cheques, y cuando pida Ud. las pruebas incriminatorias, le conteste su acusador que las quemó... Si eran tan comprometedoras para la Inquisición ¿por qué nos las publicó?

Vayamos terminando, poco a poco, con las horribles acusaciones con que han ido manchando a la Iglesia para los bajos fines de los acusadores...

4 de marzo de 2009

El anticlericalismo, una plaga de ayer y de hoy


por Pío Moa (para conocer al autor haga click sobre su imagen)

Comentario:es un historiador no católico, proveniente del PCE (partido comunista español), que en su afán de objetividad histórica ha terminado por ser "políticamente incorrecto".

Tomado de Conoze (visto en La Catapulta)



egún una opinión muy divulgada por ciertos medios, la Iglesia es la principal culpable de las desdichas y violencias, especialmente las guerras civiles, que han sacudido a España en los dos siglos pasados. La causa estaría en el fanatismo y cerrazón eclesiásticos ante los derechos humanos y las nuevas corrientes políticas. Esa acusación ha sido asumida incluso por muchos cristianos o próximos al cristianismo, y se puede leer hoy en órganos conservadores sin que levante críticas o protestas.

Sin embargo, los hechos desmienten por completo tal idea. Lo que olvidan esos críticos es que el liberalismo llegó a España, en gran medida, no a través de su versión anglosajona, consciente de sus raíces cristianas y en todo caso respetuosa con ellas, sino de la tendencia revolucionaria francesa, el jacobinismo, introducido aquí por la invasión napoleónica. La Revolución francesa fue realmente la fragua de los totalitarismos que iban a asolar el mundo en el siglo XX. Comentando los destrucciones de estatuas por los talibanes, el dramaturgo Arrabal recordaba recientemente las fechorías, enormemente peores, de los talibanes revolucionarios franceses contra edificios y obras de arte. Ello aparte de la institucionalización del terror, el genocidio y una mortífera persecución religiosa.

En España, la invasión francesa trajo los mismos efectos: matanzas, devastaciones y saqueos de obras artísticas, conductas vistas por los españoles de entonces, casi unánimemente católicos, como sacrílegas e intolerables. Es lógico, vista la cuestión desde un ángulo neutral, que no sólo el clero, sino también la gran masa de la población, entendiera aquellas prédicas sobre los derechos del hombre como el pretexto y encubrimiento del crimen, pues, efectivamente, así fue.

Sin embargo, el jacobinismo se asentó en el país, sobre todo, a través de logias masónicas militares, tuvo el anticlericalismo como su rasgo más marcado, y no contribuyó en lo más mínimo a cambiar las ideas que la gente se había hecho sobre él a partir de la experiencia. Al contrario. Muy débil, por su aislamiento, el jacobinismo recurrió enseguida a la violencia: suya es, contra lo que muchos creen, la invención de los pronunciamientos militares, tan dañinos para la estabilidad del país durante el siglo XIX. De él proceden las incitaciones al asesinato de frailes, con calumnias como la de que habían envenenado las fuentes. La Desamortización de Mendizábal fue otro hecho indicativo. La medida, seguramente necesaria, pero realizada a la manera jacobina, es decir, brutal y sin respeto al derecho de propiedad, resultó asoladora. Cientos de miles de personas que vivían en terrenos eclesiásticos fueron expulsadas, formando un ejército de mendigos, delincuentes y otros marginados, abono para la demagogia y la convulsión social. La desforestación fue muy intensa. Grandes bibliotecas se dispersaron o se perdieron, obras de arte de primera magnitud desaparecieron, se hundieron joyas arquitectónicas. Un ejemplo entre muchísimos: el Gobierno ordenó destruir el monasterio de La Rábida, cuna del descubrimiento de América, y sustituirlo por un monolíto. Todo ello no impedía a nuestros jacobinos invocar exaltadamente la cultura.

A lo largo del siglo XIX y parte del XX, continuaron estas conductas, más o menos esporádica o sistemáticamente. A principios del siglo XX Ferrer Guardia, ídolo de muchos progresistas, preconizaba "una revolución sangrienta, ferozmente sangrienta", y la llevó a la práctica, en lo que pudo, mediante salvajes atentados. Las posturas jacobinas, mezcladas con las revolucionarias socialistas y anarquistas, culminaron en la II República, inaugurada con la quema de más de cien edificios: conventos, bibliotecas (incluyendo la segunda de España), centros de enseñanza y formación profesional, laboratorios, esculturas, cuadros, etc.

El fanatismo jacobino, aliado con el socialismo revolucionario, rechazó la victoria electoral, democrática, del centro derecha en 1933, y respondió a ella con la revuelta de octubre del 34, organizada por el PSOE y los nacionalistas catalanes de la Esquerra, con el apoyo moral de las izquierdas republicanas. Aunque la insurrección solo duró unas horas en Cataluña y dos semanas en Asturias, bastó para la matanza de unos 40 religiosos y la destrucción de numerosos templos, incluyendo la voladura de la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, joya invalorable del románico, y de la universidad de la misma ciudad, arrasando su valiosísima biblioteca. Etc.

Todo esto no fue sino un aperitivo, comparado con lo que ocurriría desde febrero de 1936, al ganar las elecciones el Frente Popular y volver al poder el viejo jacobinismo, de la mano de los revolucionarios extremos, anarquistas, socialistas, radicales y comunistas. Como creo haber probado en El derrumbe de la II República y la guerra civil, la actitud izquierdista causante del levantamiento de octubre del 34 no sólo no se corrigió, sino que se extremó, y su victoria electoral se tradujo en el naufragio de la legalidad, manifiesto en oleadas de incendios, asaltos a locales y prensa derechistas, y cientos de asesinatos. Cuando los políticos de derechas urgieron al Gobierno a cumplir su deber poniendo coto al desorden, el Gobierno rehusó, y ellos fueron amenazados de muerte en el mismo Parlamento. Amenazas cumplidas en el caso de Calvo Sotelo, mientras Gil-Robles se salvaba por puro azar. En estas condiciones, la mitad del país (por lo menos) con sentimientos católicos se vio en el dilema de rebelarse o dejarse aplastar. Optó por lo primero, como es sabido.

Sobre la persecución religiosa del Frente Popular en la guerra, no hará falta extenderse, pero sí señalar que fue quizá la más sangrienta que haya sufrido nunca la Iglesia, peor probablemente que las del Imperio Romano o de la Revolución francesa.

En suma, a lo largo de los siglos XIX y XX el anticlericalismo ha dejado un rastro espeluznante de incendios, agresiones, torturas y asesinatos de clérigos y católicos. El rechazo a tales conductas es bien lógico, y no debe confundirse con el rechazo al liberalismo o las nuevas ideas en general. Pues la Iglesia logró un acomodo aceptable con el liberalismo moderado, o conservador, en especial durante el casi medio siglo de la Restauración, único período en 130 años en que España prosperó de modo sostenido. Y durante la República, su actitud fue en extremo legalista y moderada, contra lo que sostienen ciertas propagandas e historiografías sin base.

En la actualidad, el anticlericalismo no hace llamamientos a la sangre, pero no renuncia a su propio pasado, reivindicado explícitamente, o al menos disculpado o embellecido. Naturalmente, todo el mundo tiene derecho a criticar a la Iglesia, pero cuando esa crítica se ejerce por medio de la manipulación y la falsificación histórica, como ocurre casi sistemáticamente, entonces debe ser a su vez criticada sin ambages.

No siendo católico, amo sin embargo la verdad, y creo que de la falsificación no puede salir nada bueno. Un pueblo engañado sobre su propio pasado corre peligro de recaer en lo peor de él. Me repugna sumamente que quienes tienen tras de sí un historial siniestro, no sólo no lo repudien, sino que se erijan en jueces y fiscales de los demás y les exijan que pidan perdón.


18 de enero de 2009

Leyenda Negra (2)






por Vittorio Messori




Tomado de Conoze






a cuestión de las distintas colonizaciones de las Américas (la ibérica y la anglosajona) es tan amplia, y son tantos los prejuicios acumulados, que sólo podemos ofrecer algunas observaciones.
Volvamos a la población indígena, tal como señalamos prácticamente desaparecida en los Estados Unidos de hoy, donde están registradas como «miembros de tribus indias» aproximadamente un millón y medio de personas. En realidad, esta cifra, de por sí exigua, se reduciría aún más si consideramos que para aspirar al citado registro basta con tener una cuarta parte de sangre india.
En el sur la situación es exactamente la contraria; en la zona mexicana, en la andina y en muchos territorios brasileños, casi el noventa por ciento de la población o bien desciende directamente de los antiguos habitantes o es fruto de la mezcla entre los indígenas y los nuevos pobladores. Es más, mientras que la cultura de Estados Unidos no debe a la india más que alguna palabra, ya que se desarrolló a partir de sus orígenes europeos sin que se produjese prácticamente ningún intercambio con la población autóctona, no ocurre lo mismo en la América hispano-portuguesa, donde la mezcla no sólo fue demográfica sino que dio origen a una cultura y una sociedad nuevas, de características inconfundibles.
Sin duda, esto se debe al distinto grado de desarrollo de los pueblos que tanto los anglosajones como los ibéricos encontraron en aquellos continentes, pero también se debe a un planteamiento religioso distinto. A diferencia de los católicos españoles y portugueses, que no dudaban en casarse con las indias, en las que veían seres humanos iguales a ellos, a los protestantes (siguiendo la lógica de la que ya hemos hablado y que tiende a hacer retroceder hacia el Antiguo Testamento al cristianismo reformado) los animaba una especie de «racismo» o al menos, el sentido de superioridad, de «estirpe elegida», que había marcado a Israel. Esto, sumado a la teología de la predestinación (el indio es subdesarrollado porque está predestinado a la condenación, el blanco es desarrollado como signo de elección divina) hacía que la mezcla étnica e incluso la cultural fueran consideradas como una violación del plan providencial divino.
Así ocurrió no sólo en América y con los ingleses, sino en todas las demás zonas del mundo a las que llegaron los europeos de tradición protestante: el apartheid sudafricano, por citar el ejemplo más clamoroso, es una creación típica y teológicamente coherente del calvinismo holandés. Sorprende, por lo tanto, esa especie de masoquismo que hace poco impulsó a la Conferencia de obispos católicos sudafricanos a sumarse, sin mayores distinciones ni precisiones, a la «Declaración de arrepentimiento» de los cristianos blancos hacia los negros de aquel país. Sorprende porque aunque por parte de los católicos pudo haber algún comportamiento condenable, dicho comportamiento, al contrario de lo ocurrido en el caso protestante, iba en contra de la teoría y la práctica católicas. Pero da igual, hoy por hoy, parece ser que existen no pocos clericales dispuestos a endilgarle a su Iglesia culpas que no tiene.
Las formas de conquista de las Américas se originan precisamente en las distintas teologías: los españoles no consideraron a los pobladores de sus territorios como una especie de basura que había que eliminar para poder instalarse en ellos como dueños y señores. Se reflexiona poco sobre el hecho de que España (a diferencia de Gran Bretaña) no organizó nunca su imperio americano en colonias, sino en provincias. Y que el rey de España no se ciñó nunca la corona de emperador de las Indias, a diferencia de cuanto hará, incluso a principios del siglo XX, la monarquía inglesa. Desde el comienzo, y más tarde, con implacable constancia, durante toda la historia posterior, los colonos protestantes se consideraron con el derecho, fundado en la misma Biblia, de poseer sin problemas ni limitaciones toda la tierra que lograran ocupar echando o exterminando a sus habitantes. Estos últimos, como no formaban parte del «nuevo Israel» y como llevaban la marca de una predestinación negativa, quedaron sometidos al dominio total de los nuevos amos.
El régimen de suelos instaurado en las distintas zonas americanas confirma esta diferencia de las perspectivas y explica los distintos resultados: en el sur se recurrió al sistema de la encomienda, figura jurídica de inspiración feudal, por la cual el soberano concedía a un particular un territorio con su población incluida, cuyos derechos eran tutelados por la Corona, que seguía siendo la verdadera propietaria. No ocurrió lo mismo en el norte, donde primero los ingleses y después el gobierno federal de Estados Unidos se declararon propietarios absolutos de los territorios ocupados y por ocupar; toda la tierra era cedida a quien lo deseara al precio que se fijó posteriormente en una media de un dólar por acre. En cuanto a los indios que podían habitar esas tierras, correspondía a los colonos alejarlos o, mejor aún, exterminarlos, con la ayuda del ejército, si era preciso.
El término «exterminio» no es exagerado y respeta la realidad concreta. Por ejemplo, muchos ignoran que la práctica de arrancar el cuero cabelludo era conocida tanto por los indios del norte como por los del sur. Pero entre estos últimos desapareció pronto, prohibida por los españoles. No ocurrió lo mismo en el norte. Por citar un ejemplo, la entrada correspondiente en una enciclopedia nada sospechosa como la Larousse dice: «La práctica de arrancar el cuero cabelludo se difundió en el territorio de lo que hoy es Estados Unidos a partir del siglo XVII, cuando los colonos blancos comenzaron a ofrecer fuertes recompensas a quien presentara el cuero cabelludo de un indio fuera hombre, mujer o niño.»
En 1703 el gobierno de Massachusetts pagaba doce libras esterlinas por cuero cabelludo, cantidad tan atrayente que la caza de indios, organizada con caballos y jaurías de perros, no tardó en convertirse en una especie de deporte nacional muy rentable. El dicho «el mejor indio es el indio muerto», puesto en práctica en Estados Unidos, nace no sólo del hecho de que todo indio eliminado constituía una molestia menos para los nuevos propietarios, sino también del hecho de que las autoridades pagaban bien por su cuero cabelludo. Se trataba pues de una práctica que en la América católica no sólo era desconocida sino que, de haber tratado alguien de introducirla de forma abusiva, habría provocado no sólo la indignación de los religiosos, siempre presentes al lado de los colonizadores, sino también las severas penas establecidas por los reyes para tutelar el derecho a la vida de los indios.
Sin embargo, se dice que millones de indios murieron también en América Central y del Sur. Murieron, qué duda cabe, pero no como para estar al borde de la desaparición como en el norte. Su exterminio no se debió exclusivamente a las espadas de acero de Toledo y a las armas de fuego (que, como ya vimos, casi siempre fallaban), sino a los invisibles y letales virus procedentes del Viejo Mundo.
El choque microbiano y viral que en pocos años causó la muerte de la mitad de la población autóctona de Iberoamérica fue estudiado por el grupo de Berkeley, formado por expertos de esa universidad. El fenómeno es comparable a la peste negra que, procedente de India y China, asoló Europa en el siglo XIV. Las enfermedades que los europeos llevaron a América como la tuberculosis, la pulmonía, la gripe, el sarampión o la viruela eran desconocidas en el nicho ecológico aislado de los indios, por lo tanto, éstos carecían de las defensas inmunológicas para hacerles frente. Pero resulta evidente que no se puede responsabilizar de ello a los europeos, víctimas de las enfermedades tropicales a las que los indios resistían mejor. Es de justicia recordar aquí, cosa que se hace con poca frecuencia, que la expansión del hombre blanco fuera de Europa asumió a menudo el aspecto trágico de una hecatombe, con una mortalidad que, en el caso de ciertos barcos, ciertos climas y ciertos autóctonos, alcanzó cifras impresionantes.
Al desconocer los mecanismos del contagio (faltaba mucho aún para Pasteur) hubo hombres como Bartolomé de las Casas -figura controvertida que habrá que analizar prescindiendo de esquemas simplificadores- que fueron víctimas del equívoco: al ver que aquellos pueblos disminuían drásticamente, sospecharon de las armas de sus compatriotas, cuando en realidad no eran las armas las asesinas, sino los virus. Se trata de un fenómeno de contagio mortífero observado más recientemente entre las tribus que permanecieron aisladas en la Guayana francesa y en la región del Amazonas, en Brasil.
La costumbre española de decir ¡Jesús!, a manera de augurio a quien estornuda, nace del hecho de que un simple resfriado (del cual el estornudo es síntoma) solía ser mortal para los indígenas que lo desconocían y para el que carecían de defensas biológicas.