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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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6 de agosto de 2009

La gran imbecilidad del Estado Liberal (1)







por D. Víctor Pradera


Tomado de Obras Completas de Víctor Pradera,
T I, págs. 64-73
Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1945







Soberanía nacional. La Nación es soberana.


a Nación no tiene superior en su género; la evolución de la personalidad social lo ha puesto de manifiesto. Su fin es el destino humano temporal; quedó indubitablemente demostrado. Y la soberanía consiste, precisamente, en la concurrencia de ambas notas; independencia en cuanto a la persona y plenitud en el género del fin. El fárrago doctrinal con que se ha pretendido esclarecer aquel concepto, tanto por las escuelas alemanas como por las francesas, no ha conducido sino a su total oscurecimiento y a la confusión de las relaciones que ligan a la Nación y al Estado.

Apartemos de nosotros las logomaquias, y volvamos a la claridad de la vieja Filosofía. O soberanía es un atributo de superioridad y de plenitud, o no habrá alquimia intelectual que la produzca. O es la Nación—en el orden social—la entidad soberana, o no cabe la aplicación del término a aquel orden. La Nación, pues, es soberana; y en consecuencia, existe la soberanía nacional.

Y que nadie se asombre de estas palabras trazadas por quien constantemente viene cifrando el error político en Juan Jacobo Rousseau. Además de la realidad conocida filosóficamente con la denominación expresada, existe el mito a que, se ha dado por la Revolución el mismo nombre. Muchos de sus errores arraigaron en el mundo porque, con engaño, los hizo circular bajo viejas palabras.
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4 de agosto de 2009

Prólogo a El Estado Nuevo, de Víctor Pradera





por D. José María Pemán




Tomado de Obras Completas de Víctor Pradera,
T I, págs. 64-66
Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1945









ocos hombres cumplieron, como Víctor Pradera, de un modo tan íntegro y total, la función para la que parecían colocados en la vida. Dios le había destinado indudablemente, como en general a la Comunión Tradicionalista de España, para una misión de conservación y traslado del tesoro tradicional patrio, al través de unos tiempos de deserción y olvido. El fue, con los Nocedales, Menéndez y Pelayo, Aparisi, Mella, una de las piedras fundamentales de ese vado por el que la Tradición logró pasar el río del Siglo revolucionario y llegar a esta orilla donde ahora se remoza y solea.


Víctor Pradera adecuó su espíritu de un modo pleno y sumiso a esa misión, que como era de conservación y custodia con vistas a eficacias futuras y no de momento, requería integridades inflexibles, y no acomodaciones y contemplaciones. Para el cumplimiento de su misión le bastó a Víctor Pradera poner toda su pasión en la Verdad íntegra, plena y rectilínea, sin la más leve lima ni redondeo en la acritud de sus aristas. Como no pensaba encajarla, de momento, en el convencionalismo de la vida activa y ordinaria, no tenia por qué aminorar su tamaño ni recortar sus perfiles. Asi como él la concebía, la adoraba, en toda su magnitud, encajaba perfectamente en el espacio puro del pensamiento, único sitio donde, como en un sagrario, la tenía él puesta, en espera de que le limpiaran y barrieran el altar de la Patria para que fuera digno de que la trasladaran a él.


Para Víctor Pradera no existía más que una forma de honradez mental, de caballerosidad intelectual, que era la Lógica. Rendía a la Lógica un culto semejante al que se rinde al honor. Quebrarla, torcerla, paliarla simplemente, le parecía traición mental. Yo le recuerdo en un bánquete de Acción Expañola, en San Sebastian, en plena República intransigente y persecutoria. El delegado de la Autoridad, antes de comenzar el banquete, nos había pedido a los oradores moderación y prudencia. El la había prometido de muy buena fe. Luego, llegada la hora, se había puesto a brindar, como él sólo sabia hacerlo, construyendo ciclópeamente, a manotazos sobre el mantel, un inflexible encadenamiento de ideas lógicas, que iban naturalmente a desembocar en la unidad católica, en el Rey y en el golpe de Fuerza. Ya iba por esas alturas de su oración, congestiva la cara, hinchada la vena de la frente, cuando comenzaron a funcionar los teléfonos, y el delegado, de orden del Gobernador civil, trató de suspender los discursos. Recuerdo el asombro casi ingenuo con que Pradera recibió la orden y la casi aniñada seriedad con que replicó al delegado :

—Pero ¿no era lógico cuanto yo iba diciendo?
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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen Víctor Pradera.


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2 de agosto de 2009

Semblanza de Víctor Pradera



por D. Tomás Domínguez Arévalo, Conde de Rodezno



Tomado de Obras Completas de Víctor Pradera,
T I, págs. 66-69
Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1945








ara la nueva edición de El Estado Nuevo, el postrer libro de Pradera, se me hace el honor de pedirme unas lineas. Tarea fácil y difícil a un tiempo. Fácil cuanto suponga el abandono sentimental al recuerdo del amigo inolvidable, mártir de España y de la causa católica; inasequible a mi empeño, si pretendiese disertar sobre su labor ingente de pensador y de apóstol. Me abandono, pues, a lo primero.

Fue Víctor Pradera uno de los hombres que más influyeron en el desenvolvimiento de mi modesta vida política. Algunos años mayor que yo, los suficientes para considerarle como maestro, no sólo en orden a merecimientos, sino por la delantera que me llevaba en cargos públicos e historia política, pero no los suficientes para que la diferencia de edad excluyese la cordial confianza y el íntimo compañerismo, todas mis actuaciones giraron frecuentemente ligadas a las suyas, a lo que contribuía también el paisanaje. Fue Pradera figura nacional, y gran figura nacional pero tuvo en Navarra y en las Vascongadas su máxima representación. Por ello, la Revolución, que no perdona, le eligió como víctima señera en su propia tierra, en aquella tierra vasca, que él navarro de corazón y de nacimiento, vasco de residencia, había conmovido tantas veces con el verbo encendido de hispanidad flagelando a los que prostituían las conciencias y los sentimientos tradiclonales del país con las morbosas lucubraciones del impropiamente denominado nacionalismo vasco, proterva concepción de cerebros cien veces malditos, que en Pradera tuvo su más eficaz adversario.

Cuando yo era estudiante, Pradera, muy jóven aun pero ya ingeniero de Caminos y abogado, era diputado a Cortes por Tolosa. Los estudiantes carlistas de aquella época nos formamos en el espíritu de aquel diputado vascongado que a veces en el Congreso sostenía solo con el tesón que siempre le caracterizó los principios tradicionalistas. Todo ello en aquella época en que la ola liberal envolvía al mundo y todo lo arrollaba, bien distinta a ésta de los últimos años, cuando el ser tradicionalista casi se puso de moda, por haber ya dado las premisas liberales el fruto natural de sus consecuencias.
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Para leer la semblanza completa haga click sobre la imagen de Víctor Pradera.

29 de julio de 2009

Prólogo a la Obra Completa de Víctor Pradera

Tal como se había anunciado, comienza hoy la publicación de obras de Víctor Pradera, un excepcional político español de principios del siglo XX, muerto (mártir) en 1936. Casi desconocido en estas latitudes, quien quiera conocerlo someramente puede acceder a una suscinta biografía en este enlace. Quien quiera conocerlo mejor puede hacerlo en éste.
Una vez más debo hacer público mi agradecimiento a Da. María Luz López Pérez, quien me hiciera llegar el libro desde España.





por D. Francisco Franco Bahamonde



Tomado de Obras Completas de Víctor Pradera,
T I, págs. V-XII
Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1945







l nombre de Víctor Pradera, unido para siempre a nuestra Historia, obliga sin distinción a los españoles. Por ello, basta el deseo de su esposa de que figure mi firma a la cabeza de sus obras para que lo acoja y rinda público homenaje al español ejemplar, modelo de rectitud política, espejo de caballeros y luchador incansable por la unidad de nuestra Patria.

Quiso Dios premiarle las batallas libradas en su servicio, concediéndole la muerte que tiene reservada para los héroes y los mártires. Sus virtudes heroicas, forjadas en una vida rectilínea, y por todos conceptos ejemplar, resplandecen en los días terribles del cautiverio, cuando, de cara a la muerte, conforta, con sus palabras y estimula con el ejemplo a sus compañeros de prisión, que pronto habrían de serlo de martirio, proclamando la fe de Cristo ante los crueles verdugos, con tal celo y gallarda valentía como pudieran hacerlo los santos confesores de nuestra Madre Iglesia.

No muere quien entrega la vida con sublime heroísmo, en el que llega a perdonar a sus enemigos e implorar públicamente a Dios Nuestro Señor perdón para sus verdugos. La extensión y multiplicación de los casos ejemplares no puede amenguar la grandeza de los mismos.

No había de atesorar Víctor Pradera una vida como la que llevó, y su muerte sola constituiría un ejemplo perenne de valor y de firmeza cristiana. Lo que para él fue trono de gloria, constituyó, sin embargo, para España una de las pérdidas más grandes y sensibles. Su colaboración segura y su consejo sabio y leal hubieran representado en nuestra dura tarea de gobierno poderosa asistencia; mas al permitir Dios en sus altos designios pérdida tan grande para nuestras filas, nos colma, por otra parte, de bondades con muestras constantes de su predilección, que nos hace pensar en la intercesión valiosa de tantos gloriosos mártires que, próximos al Poder divino, recogen para España la pródiga cosecha que sembró su muerte.

¡Cuántas veces al tropezar en estos años con el espíritu cerril de tanta capillita, a que los españoles son tan dados, se ha puesto de manifiesto el vacío que Víctor Pradera nos ha dejado! ¡ Qué grandioso paladín de la unidad de la Patria hemos perdido! ¡Qué fruto no hubiera dado a nuestra causa su espíritu batallador, al servicio de una poderosa inteligencia, él, que tanto peleó Por la unidad en los tiempos y ambientes más adversos!

Las obras, oraciones y escritos de Pradera—salidos a la luz en tiempos liberales, de desastres y traiciones, moviéndose en un clima político materialista y desintegrador, y teniendo que buscar la eficacia en lo posible, sin perder por ello la posición firme de la doctrina—encierran para los españoles un tesoro inagotable de enseñanzas, deducidas con la lógica irrebatible de la Historia fecunda: de España en sus días luminosos del Imperio, o de las sentencias y vidas de sus grandes santos, o de sus gloriosos capitanes.
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Para leer el prólogo completo haga click sobre la imagen de Víctor Pradera, o sobre la del Generalísimo Franco.


30 de junio de 2009

Epílogo del libro Estado Nuevo





por Víctor Pradera


Ha llegado a mis manos un tomo de las Obras Completas de Víctor Pradera, gracias al envío realizado por la Sra. María Luz López Pérez, a quien públicamente reitero mi agradecimiento.
Iré publicando, a medida que lo escanée, artículos de este vigoroso pensador católico político español, desconocido , o casi, de este lado de la mar océano, y me parece que olvidado allende.
Para quienes quieran conocer a este autor recomiendo estos artículos, publicados en esta bitácora hace un tiempo. ( éste, éste y éste en que además del artículo hay un enlace a su biografía.)
Aunque paradójico, comenzaré publicando el Epílogo de su libro El Estado Nuevo, porque brinda en ajustada síntesis una visión panorámica de lo expuesto en más de 300 páginas. (Nota del Editor).



Epílogo

o parece que se haya omitido punto alguno fundamental en la investigación del Estado que debe sustituir al concebido por la Revolución; y al llegar a su término, nos ocurre algo parecido a lo que acontenció a Chesterton, el gran paradojista inglés. Cuéntanos en su profunda y regocijada Ortodoxia, que, aun saturado en su primera época de todos los embustes anticristianos de la literatura escéptica, habíanse levantado en su espíritu dudas tan hondas, que se decidió a analizar cuidadosamente los argumentos de orden racional que el sectarismo oponía al dogma cristiano, y que, habiéndolo hecho, llegó a crear una filosofía de la vida para su uso particular.

Entróle entonces la comezón de cotejar los principios que habían llevado la paz a su alma con aquellos otros que son la base racional del Cristianismo, y que lo sobrenatural perfecciona e ilumina. Conmovido, observó que todo cuanto él había descubierto como cosa nueva hacía diecinueve siglos que lo predicaba a la Humanidad la Religión cristiana. Por ello, Chesterton, donosamente, se compara a un piloto que, habiendo calculado mal su derrotero, se imaginase descubrir durante la noche una nueva tierra, en los mares del Sur, que el amanecer iluminara—deshaciendo el error—como la vieja Inglaterra, descubierta muchos siglos antes en los del Norte.

En este estudio del Estado nuevo nos ha ocurrido cosa exactamente igual a la que aconteció al paradojista inglés: hemos descubierto que el nuevo Estado no es otro que el Estado español de los Reyes Católicos.


15 de mayo de 2009

Victor Pradera, un católico en la vida pública de principios de siglo.



por José Ignazio Etxaniz .

Tomado de Revista Arbil (Nº 42)

Ficha: José Luis Orella Martínez: VICTOR PRADERA, UN CATÓLICO EN LA VIDA PÚBLICA DE PRINCIPIOS DE SIGLO. BAC, MADRID, 2000


Nuevo libro que nos muestra la biografía y las ideas que impulsaron a una personalidad que supo comprometerese en la vida pública hasta llegar al sacrificio personal por la defensa de los valores que mantenía, y que podría ser ejemplo de coherencia para los políticos actuales




a presente obra recupera la vida y el pensamiento de una persona que ha quedado olvidada y que por esta razón resulta inédita en la actual historiografía española. El libro de José Luis Orella, profesor de Historia de la Universidad San Pablo-CEU, nos recupera a uno de los pioneros del catolicismo social en España. A través de los hechos de la vida de Víctor Pradera el lector entra en la vertebración de un catolicismo activo en los más diversos campos de la sociedad.

Nacido en Pamplona en 1872 y recriado en San Sebastián, la juventud de Víctor Pradera nos lleva a las aulas recién estrenadas de la Universidad de Deusto, institución dirigida por los jesuitas con la misión de formar una élite católica. Víctor Pradera pertenecerá a su segunda promoción y será compañero de José María Urquijo, fundador del periódico La Gaceta del Norte; y el P. Angel Ayala, fundador de la ACN de P (Propagandistas). El sello recibido en Deusto le servirá para ser un católico vinculado a la vida pública española de principios de siglo XX.

En sus primeros capítulos vemos transcurrir a un Víctor Pradera comprometido con el carlismo y que va forjando su personalidad intelectual en un catolicismo vertebrado en el tomismo nacido en la escuela de Malinas de manos del cardenal Mercier, y en una visión descentralizada de España, por su mentor ideológico Juan Vázquez de Mella. Su actividad como joven diputado por Tolosa se verá marcada por la defensa de las peculiaridades regionales de España dentro de un concepto uninacional y de la salvaguardia de los derechos de la Iglesia en el estado liberal.

Sin embargo, la primera guerra mundial producirá profundos cambios en el mundo y en las personas. El despertar de las nacionalidades y la instauración del comunismo en Rusia marcarán una época que devolverá a Víctor Pradera a una vida pública, abandonada a favor de sus actividades profesionales de ingeniero y abogado. Como nos relata su autor, Pradera se verá convertido en el paladín de la unidad nacional española en el País Vasco y Navarra, pero desde una visión descentralizada y en defensa de sus peculiaridades forales, frente a las pretensiones nacionalistas de crear un estado independiente y racialmente vasco.

Al mismo tiempo el miedo al socialismo revolucionario le empujará a huir de las capillas políticas y a fomentar la unión de las fuerzas políticas de la derecha bajo un programa común y a favorecer un extenso desarrollo del catolicismo social como única vía de formación integral de la persona. En este camino, el libro nos muestra su participación en la formación del Partido Social Popular y la posterior colaboración desde una posición crítica con el régimen del general Miguel Primo de Rivera. Resulta interesante señalar la labor que el autor realiza por describir el origen del catolicismo social en Europa, después en España y evidentemente que concepción tenía de ello el propio biografiado.

No obstante, una de las partes más atractivas del libro resulta la dedicada a la II República donde Víctor Pradera se convierte en el principal ideólogo de los carlistas, pero con una gran influencia en el resto de las formaciones de derechas. Su participación en la revista Acción Española y especialmente la fama que alcanzó su libro El Estado Nuevo, en el que sistematizo el corporativismo como una alternativa política viable en España, y le convirtió en una celebridad nacional. El autor realiza una buena labor explicando y diferenciando las características de la derecha accidentalista de José María Gil Robles, la encabezada por José Calvo Sotelo y Manuel Fal Conde, y finalmente el nacionalsindicalismo liderado por José Antonio Primo de Rivera.

Otra de las notas a destacar del libro es la diferenciación cuidada del corporativismo derivado del catolicismo social, del defendido por el fascismo y las divergencias entre extremas derechas y movimientos fascistas. En la actualidad que es fácil la equivocación, el autor presta un sumo cuidado en diferenciar las diferentes opciones políticas. De este modo, la principal y más famosa obra de Pradera, El Estado Nuevo, tiene un capítulo dedicado integro a la concepción organicista del ingeniero navarro. En la parte final es clarificador e interesante en los momentos actuales dedicar un capítulo diferencias y semejanzas entre fascismo y movimientos tradicionalistas, y otro a los movimientos afines al corporativismo católico que surgieron fuera de España. El integrar al catolicismo organicista español con el resto del mundo ayuda a centrar mejor el tema del libro.

Se agradece también al autor que en la fase de inicio de la guerra civil nos detalle lo más posible los últimos días de Víctor Pradera, probando con apoyo documental la implicación del consejero nacionalista de orden público en su asesinato y el de sus compañeros. En definitiva es un libro breve, pero denso en información y que viene a rellenar un espacio vacío de nuestra historia contemporánea de principios de siglo XX, a través de la vida de uno de nuestros principales intelectuales católicos, que resulta todavía un gran desconocido para el lector de la calle. La apuesta de la BAC, como de su autor de recuperar el papel ejercido por Víctor Pradera en la historia de nuestro país es una labor importante en la recuperación de las raíces históricas de nuestra patria.

8 de febrero de 2009

Víctor Pradera; un intelectual entre los ismos de una época




por José Luis Orella


Tomado de Arbil



radera fue uno de sus últimos eslabones de la ideología carlista. El navarro heredó el bagaje autóctono de diferentes autores, orgullosos de su idiosincracia nacional. Esta herencia, junto a las enseñanzas católicas de la justicia social y complementándola con las ideas de autores extranjeros, le ayudó a perfilar una visión del mundo más acorde con la realidad. Pradera aunó la herencia política tradicionalista con la moderna del corporativismo, pero desde una visión propia patriótica. Su mayor logro fue la sistematización en un sistema político de un indefinido abanico de ideas. Pradera las dio forma y concretó en una forma de Estado que, a la vez de moderno, estaba acorde con la personalidad histórica de la nación y respondía a las necesidades de su sociedad.El Estado Nuevo desarrollado por Pradera, como hijo directo del carlismo, fue asumido como modelo por otros movimientos políticos. Su semejanza y diferenciación con ellos fue defendida como una necesidad para la salvaguarda de su identidad, en un periodo de propagación de ideas políticas que invitaba a la confusión. La comparación con el fascismo exigía una aclaración. Además el corporativismo católico abría al tradicionalismo español a una gran variedad de movimientos afines europeos. La internacionalización de los fenómenos políticos fomentó salidas similares a problemas que escapaban de los confines nacionales. Las ideas de Pradera se asemejaron a las de algunos prestigiosos intelectuales europeos y se enriquecieron con algunas de sus experiencias, pero Pradera salvó la originalidad de su pensamiento de caer en el mimetismo de la estela de otros movimientos más famosos.

El Estado Nuevo

Su última obra "El Estado Nuevo" fue su libro cumbre, donde Pradera volcó todo su saber ideológico expresado en artículos y mítines. Este libro constituyó la concreción más exacta del pensamiento político tradicionalista. Pradera empezó a escribir "El Estado Nuevo" en las páginas de "Acción Española", como respuesta complementaria a sus primeras contribuciones a la revolución. En los primeros artículos Pradera trató de desmontar racionalmente los pilares en que se sustentaba la doctrina rousseauniana. Tras rebatir la teoría enemiga, el navarro planteó la antítesis que serviría de alternativa salvadora al sistema liberal. Pradera se dedicó a partir del nº 47 de Acción Española a dar su visión del modelo ideal de Estado Nuevo que solucionaría los problemas de España. El nuevo Estado no le cabían dudas a Pradera, sería la panacea de las calamidades, por estar basado en un régimen inspirado en la tradicional historia española y, por tanto, acorde al espíritu autóctono.La importancia de la obra fue de tal calibre, que Pradera tuvo que reunir los artículos en un libro que editó a finales de 1935. "El Estado Nuevo" se convirtió en la obra más famosa e importante de Pradera, que materializó y sintetizó la propuesta política del Bloque Nacional de Calvo Sotelo. La importancia de este libro vino por ser Pradera quien sistematizó en una realidad unas ideas voceadas por tradicionalistas y neotradicionalistas alfonsinos, que hasta entonces en nada específico se había concretado.
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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del gran pensador político, católico y español.

31 de enero de 2009

Los Falsos Dogmas



Una vez más publico un artículo con doble objeto, el artículo en sí mismo, y presentar al autor. Para conocerlo, y conocer su buena muerte haga click sobre la imagen.




por Victor Pradera



Acción Española
Madrid, 1.º de enero de 1932
tomo I, número 2
páginas 113-122



n cualquiera ciencia hay un punto de partida no sujeto al raciocinio. Lo percibe el entendimiento sin otra operación que la meramente intuitiva. Afirma entonces, lo que ve porque lo ve, no por otra evidencia que le sirva para afirmar lo que súbitamente no viera.

Afirmar, sin embargo, lo que se ve, meramente porque se ve, no es conocer perfectamente una cosa. Esta plenitud de conocimiento por la intuición no es propia de la naturaleza humana, sino de la angélica, la cual posee uno total de la verdad intangible sin necesidad de discurrir de una noción a otra para completar un primero imperfecto. El hombre, en cambio, perfecciona sus conocimientos –es decir, elabora las ciencias– pasando de una cosa conocida a otra desconocida por medio del raciocinio. Hay, pues, en éste un movimiento que como toda mutación, debe partir de algo inmóvil. En nuestra potencia intelectiva se advierten, en consecuencia, dos operaciones distintas: una la mera percepción de algunas cosas, o sea el simple entendimiento de ellas; y otra, el proceso por el cual las así entendidas nos conducen mediante el raciocinio a las investigadas o inventadas. Ello pone de resalto que los conocimientos entendidos, aun siendo de orden distinto que los conocimientos discursivos, proceden de la misma potencia espiritual; y que tanto unos como otros son indispensables en la elaboración científica, al punto de que ésta sería imposible sin los primeros.

En los tiempos modernos es de absoluta necesidad dar el debido relieve a este resultado de la observación psicológica. No hay ciencia humana alguna, no puede haberla, sin la aceptación previa de ciertos conocimientos cuya verdad no puede ser comprobada. Quienes pretendan fundarla sobre principios sujetos en totalidad al raciocinio no saben lo que se dicen o dicen lo contrario de lo que saben. Hay un limite a la facultad crítica del hombre, a su avidez de justificación de todo lo que corre con el sello de la verdad, y ese límite se halla en los conocimientos intuitivos que llevan en sí mismos claridad tan adecuada a la naturaleza del entendimiento humano, que para que éste los perciba le basta su simple presencia. Por ello se denominan en toda ciencia las primeras verdades.

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