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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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10 de octubre de 2009

La verdad sobre El Código da Vinci (Parte Segunda).- Examen crítico de los argumentos del Código Da Vinci (X)



Por José Antonio Ullate Fabo





Tomado de Conoze












XIV.- Merovingios

Sorprendente precisión para alguien que no sabe nada

Capítulo 60, página 318:

«-¿Y esos cuatro arcones con documentos son el tesoro que los caballeros templarios encontraron bajo el Templo de Salomón?

»-Exacto».

No existe ningún documento que lo sugiera ni siquiera hay ningún indicio que nos haga pensar que los templarios excavaran el Templo de Salomón y encontraran esos cuatro arcones de que habla Teabing, ni el sarcófago de la Magdalena, como dirá más adelante.

Ahora bien, según Teabing, esos arcones contienen la única prueba de que esos arcones existen. Teabing confiesa que no los ha visto, ni ha visto ninguno de los supuestos documentos. Entonces, ¿cómo sabe de qué está hablando? ¿Cómo sabe que lo que hallaron no fueron los tesoros de la reina de Saba o la fórmula de la Coca-Cola?

Aquí conviene que los merovingios sean descendientes de Jesús, y que París sea fundada por aquéllos

Capítulo 60, página 319:

«El linaje de Cristo se perpetuó en secreto en Francia hasta que, en el siglo v, dio un paso osado al emparentar con sangre real francesa, iniciando el linaje conocido como la Casa Merovingia.

»-Los merovingios fundaron París.

»-Sí, ésa es una de las razones por las que la leyenda del Grial es tan rica en Francia».

No sabemos cómo ese fantástico linaje de Cristo entroncó con los descendientes de Meroveo ni cuándo sucedió tal cosa. Obviamente, la historia no recoge ningún episodio semejante, ni podemos deducirlo por ningún indicio. Pero hay más, los francos, hasta llegar a Clovis -Clodoveo-, eran un pueblo germánico muy particular. A diferencia de otras grandes tribus germánicas no habían entrado en contacto con el cristianismo, ni en su versión ortodoxa ni con el arrianismo. Los otros dos pueblos bárbaros que dominaban también la antigua Galia romana, los visigodos y los burgundios, eran arrianos. La población galo-romana de estas regiones era, sin embargo, en su mayoría católica.

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3 de octubre de 2009

La verdad sobre El Código da Vinci (Parte Segunda).- Examen crítico de los argumentos del Código Da Vinci (IX)






por José Antonio Ullate Fabo






Tomado de
Conoze








XIII.- El Gran Maestre, Magdalena y "Q"



El Gran Maestre indiscreto y su nieta, la ingenua

Capítulo 58, página 306:

Sophie «recordó a un airado sacerdote que en una ocasión había aparecido en casa de su abuelo y se había puesto a aporrear la puerta.

»-¿Vive aquí Jacques Sauniére? -le había preguntado, mirándola desde las alturas cuando le abrió la puerta-. Quiero hablar con él sobre el artículo que ha escrito. -El sacerdote blandía un periódico.

»[...] Sophie se fue corriendo a la cocina y empezó a hojear el diario matutino. Encontró el nombre de su abuelo en un artículo de la segunda página. Lo leyó. No lo entendió todo, pero parecía que el gobierno francés, accediendo a las presiones de los curas, había aceptado prohibir la exhibición de una película americana llamada La última tentación de Cristo, en la que Jesús tenía relaciones sexuales con una señora llamada María Magdalena. Y su abuelo decía que la Iglesia se equivocaba y se mostraba arrogante al prohibir aquella película».

[En el capítulo 9 nos hemos enterado de que Sophie Neveu tiene 32 años cuando transcurre la novela].

Aquí hay cosas muy raras. Primeramente, Jacques Sauniére era supuestamente el Gran Maestre del super secreto Priorato de Sión. Ni los más profundos conocedores de las sociedades secretas y del mundo de los símbolos, ni los expertos «buscadores del Grial» sabían cuál era su identidad. «La identidad real del conservador, así como la de sus tres sénéchaux era casi tan sagrada como el secreto que guardaban» (prólogo). Hemos visto como sor Sandrine, pese a pertenecer a los escalafones más bajos del priorato, llevaba una vida discreta bajo la apariencia de una piadosa monja. Sin embargo, quien más celoso tenía que ser de su misión, quien bajo ningún concepto debía permitir que se asociara su nombre al secreto del culto a la diosa, es quien viola la norma de la discreción y mete la pata de la forma más burda. Vemos que cuando arrecia la polémica en torno a la película de Martin Scorsese, La última tentación de Cristo, Sauniére, escribe un artículo firmado con su propio nombre en la segunda página de un periódico, y tercia en la disputa, calentando el ambiente. No parece el hombre para una misión tan secreta, pues no es capaz de hacer que otro firme el artículo.

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24 de septiembre de 2009

La verdad sobre El Código da Vinci (Parte Segunda).- Examen crítico de los argumentos del Código Da Vinci (VIII)







por José Antonio Ullate Fabo






Tomado de
Conoze






XII.- Apertura de mente y casamiento obligatorio

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Langdon y Teabing quieren que nos liberemos de prejuicios para que veamos lo que ellos ven. Luego, nos explican qué es un escotoma

Capítulo 58, páginas 302-303:

Leigh Teabing ha hecho pasar a Langdon y a Sophie a su «estudio», allí le ha explicado a la chica la «verdad» de La última cena de Leonardo. Según él, en lugar de San Juan, Leonardo pintó a María Magdalena. «Sophie se fijó en aquella figura, observándola con detenimiento. Al estudiar el rostro y el cuerpo, le recorrió una oleada de desconcierto. Aquella persona tenía una larga cabellera pelirroja, unas delicadas manos entrelazadas, y la curva de unos senos. Era, sin duda... una mujer. [...]

»Sophie no podía apartar la vista de aquella mujer sentada junto a Cristo. [...] Aunque había visto muchas veces aquella pintura, nunca le había llamado la atención aquella evidente disonancia.

»-Nadie se fija -dijo Teabing-. Nuestras ideas preconcebidas de esta escena son tan fuertes que nos vendan los ojos y nuestra mente suprime la incongruencia.

»-Es un fenómeno conocido como escotoma -añadió Langdon-. El cerebro lo hace a veces con símbolos poderosos».

Más adelante entraremos en el tema de la supuesta presencia de una mujer en el lugar de San Juan en la composición de La última cena de Leonardo. Por ahora, baste decir que, de acuerdo con los cánones estéticos del renacimiento italiano, Leonardo retrata a la derecha de Jesucristo a un joven, poco más que un adolescente, que representa al discípulo amado. Si nos fijamos en los motivos que hacen concluir a Sophie que el apóstol «era sin duda una mujer», ninguno es consistente: la larga cabellera, como queda claro en las obras de Leonardo, era habitual en los varones, principalmente en los jóvenes. De hecho, el cabello largo y suelto es propio de los varones de su tiempo y no de las mujeres, a las cuales (como a la Gioconda, o a la Virgen María) Leonardo las pinta siempre con velo o con un manto que cubra la cabeza. Según Brown, la figura tiene «unas delicadas manos entrelazadas»: efectivamente, las manos están entrelazadas, lo cual no indica más que pasividad o contemplación. En cambio no se percibe que las manos sean especialmente femeninas sino, más bien, las manos de un joven. Lógicamente, son manos menos curtidas que las de los otros apóstoles. Lo más increíble es que Sophie ve claramente «la curva de unos senos». La vestimenta del apóstol, como la de Jesús, es amplia y forma numerosos pliegues. Aparte de eso, intentar adivinar la existencia de atributos femeninos en la figura de San Juan es practicar el mismo juego al que muchos hemos jugado de niños: buscar «caras» en la luna o descubrir formas sorprendentes en las nubes. La prueba está en que el lector puede buscar pliegues semejantes en las vestiduras de Jesús, ¿qué deberíamos concluir de eso, según Brown?

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