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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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12 de abril de 2011

Charles Maurras: camino intelectual hacia la monarquía




por D. Rubén Calderón Bouchet





Tomado del blog del Matiner Carlí







n Francia la república fue un poder disolvente. No solamente no conservaba nada sino que malgastaba, dilapidaba sin ningún cuidado ni respeto la larga herencia física y espiritual del país. Maurras, por un momento entusiasmado con el boulangisme no pudo soportar mucho tiempo el ente demagógico que salía de esa confusa amalgama de jacobinismo, bonapartismo y chauvinismo de escarapela tricolor.

No, indudablemente, la sola dictadura no era bastante. Carecía de continuidad y uno de los peores males atribuibles al sufragio y a los golpes de estado es que cada gobierno deshace lo que el otro hizo, convirtiendo la administración de la sociedad civil en una sucesión de actos convulsivos de donde desaparece la obra de los siglos. La monarquía hereditaria y legítima, conforme a la ley de sucesión establecida definitivamente por las costumbres francesas, le pareció a Maurras que era el único régimen que podía garantizar la continuidad de Francia (…)

El Rey era lo único que podía salvar a Francia de esta sumisión al poder apátrida del dinero. Por supuesto que Maurras no pensaba en una cándida personalidad milagrosamente sustraída a la presión de los sobornos, pensaba en una magistratura a la que no podía alcanzar, por su situación y su carácter hereditario, el asedio de la publicidad. Constituía parte de la naturaleza de la monarquía defenderse de los otros poderes sociales y muy especialmente de la agresión de las finanzas so pena de desaparecer miserablemente fagocitada por ellos. Maurras confiaba en que el Rey podría actuar sobre estos grupos, como lo confirmaban repetidos hechos de la historia. Una política sometida a las fuerzas internacionales del dinero ha dejado de ser francesa. Más, ha dejado de ser política, en el sentido restaurador y medical al que se refería Maurras en seguimiento de Aristóteles. El interés fundamental de las potestades financieras es destruir todo lo que no pueden comprar y aquello que no se puede comprar es todo cuanto hace a la nobleza, la perfección y la santidad de la vida. Lo que distingue, lo que califica, lo que hace del hombre genérico un francés, un inglés, un español, un italiano, etc. Todo cuando se inscribe en un proceso de perfección cultural debe desaparecer en beneficio de una masa homogénea, reiterable y sumisa a las consignas publicitarias propaladas por los medios de comunicación (…)
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14 de febrero de 2011

Autoridad y libertad






Por D. Rubén Calderón Bouchet



Texto: CALDERÓN BOUCHET, Rubén: Autoridad y libertad. En: Revista Cabildo, Nº 36, Bs. As., mayo de 2004, pp. 24-25.


Tomado de El Renegáu





l hombre normal y espontáneamente tiende a ser realista y a creer que el mundo que lo rodea existe independientemente de que lo piense o no lo piense. Es una evidencia inmediata que se le impone sin previa crítica y que puede recibir el adjetivo de ingenua o natural, como ustedes quieran, pero cuando se ha hecho hasta la saciedad la experiencia de fundar una explicación de la realidad a partir de la inmanencia, un retorno a un sano contacto con los primeros principios es un indicio claro de salud mental. El lenguaje humano nace de esta experiencia acrítica y conserva en sus signos verbales la tendencia espontánea a un realismo inmediato que da cuenta y razón de nuestro encuentro con las cosas. Recuperar la intención primordial de la lengua es una faena de depuración filosófica a la que se dedicó especialmente la escuela aristotélica.


Sucede que en el curso de la historia el hombre puede cambiar un sistema de valores por otro e invertir el orden de las prelacías axiológicas poniendo en primer lugar aquello que, por su índole, ocupa el último sitio en una escala jerárquica saludable. En nuestro tiempo asistimos, entre asombrados y perplejos, a una instalación a todo trapo de los valores económicos que trae, como inmediata consecuencia, una corrupción de las ciencias, de la política, del arte y hasta de la religión y la economía misma que al hipertrofiarse se convierte en una suerte de falsa religión, como sucede en el marxismo o en ese capitalismo salvaje que pretende reemplazarlo.

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11 de febrero de 2011

De herejías y boberías










por D. Rubén Calderón Bouchet



Tomado del blog de Cabildo






stamos muy lejos de Francia, pero de vez en cuando llega hasta nosotros alguna nota de sus curas más a la page, y que es usada de inmediato por alguno de nuestros frailecitos de barba que predica en mangas de camisa a un centenar de muchachos y muchachas que se sacuden al son de una guitarra.

Hace un tiempo, uno de ellos, muy avispado y al tanto de lo que se cocina en París, culpaba a ciertos católicos de estar todavía bajo la influencia del tomismo, que ha esterilizado la búsqueda filosófica y teológica y ha tratado de encerrar a la Iglesia en una Bastilla sin ventanas a la historia.

Los dogmas —aseguraba— han sido creados en un momento de la historia de la Iglesia para responder a ciertas necesidades impuestas por el tiempo y el lugar. Así la confesión apareció en los comienzos de la cristiandad, pero el psicoanálisis la ha hecho innecesaria y obsoleta. También la inmortalidad del alma que no está mencionada para nada en el Credo pudo, en un momento determinado de la historia, tener una cierta importancia, pero como carece de toda base científica resulta absolutamente incongruente predicarla en los nuevos catecismos como si fuera una verdad de fe. A estas manifestaciones claras de su heterodoxia progresista sucedió una ardiente apología del creyente laico al que otorgó, como en su fecha Lutero, todos los carismas del sacerdocio, del profeta y hasta del rey.

Los jóvenes asistentes lo obligaron a una corta pausa, pues sintieron la necesidad de agitarse, conmovidos por el otorgamiento de todos aquellos dones que evitaría, de ser llevados a la práctica, la molesta disciplina de los seminarios y el uso innoble de alguna sotana apolillada.

Concluyó su discurso con una nutrida apología de la libertad religiosa y como había entre los asistentes un par de figuras que parecían reprobar sus conceptos, se dirigió a los tradicionalistas asegurándoles que ellos no tenían el total monopolio de la estupidez y que, al fin de cuentas, si no exageraban sus principios podían salvarse como cualquier otro creyente de cualquiera otra religión.

Este generoso deseo, lejos de aquietar los ánimos de los intransigentes, provocó una serie de preguntas y observaciones que auspiciaron un diálogo algo subido de tono y que no siempre el orador, a pesar de su serena ecuanimidad, pudo mantener en los límites del respeto. Uno de los observantes adujo que si el alma no fuera inmortal a qué diablos menciona el Credo la “vida perdurable”. En cuanto a la confesión, le recordó las palabras de Cristo: “Los pecados les serán perdonados a todos aquellos a quienes perdonéis”.

Lo que siguió ya no es narrable porque todos se habían salido un poco de las casillas y los seguidores del buen religioso estimaron que debían sacar a los intrusos a patadas y pusieron manos y pies a la obra, de manera que muchas objeciones quedaron latentes en el ánimo de los viejos católicos.

Como viejo y muy sordo que soy, no asisto a las conferencias, pero uno de los expulsados de la reunión que había ligado algunas patadas y todavía masticaba su rencor me informó con todos los detalles lo que había dicho el curita y como se trataba de un muchacho echado a perder por las lecturas de Castellani y de Meinvielle y acaso algún libro mío leído sin la luz del Concilio, me dijo que el buen religioso criticó a los Papas que no habían sabido acoger las ideas liberales, ni comprender los progresos implícitos en la Revolución Francesa. Por esa razón no entendieron la democracia ni el carácter evangélico que emanaba de ella. Por supuesto, entre esos Papas abominables se encontraba, en lugar de privilegio, la figura de San Pío X, cuya santidad proclamada por el Magisterio, no impresionaba demasiado a nuestro religioso, que debía considerarla un error atribuible a la época.

19 de septiembre de 2009

Libro leído para Usted




Por Víctor Eduardo Ordoñez


Tomado de Revista Mikael Nº6
Revista del seminario de Paraná
Tercer cuatrimestre de 1974









RUBÉN CALDERÓN BOUCHET, Los fundamentos espirituales de la Ciudad Cristiana, editado por C.A.P.I., Mendoza, 1973, 272 pgs.


ste libro, rico y complejo, presenta como dos partes bien definidas, equivaliendo la primera a una larga introducción a la segunda y, si bien en ambas luce una erudición asombrosa, tal vez aquélla sea más propiamente técnica.

En lo que llamamos la introducción se trata de ubicar los basamentos, "los fundamentos espirituales", de la civilización cristiana, para lo cual se actualizan las grandes cuestiones relacionadas con la religión, la revelación, el racionalismo, inspiración sagrada de la Biblia, el romanticismo y la fenomenología como otras tantas ópticas de enfoque de la sacralidad.

El A. se ubica en la posición de un filósofo estricto, no de un hombre religioso, al iniciar su estudio. Esta actitud lo exime de los compromisos del apologista.

Por lo tanto su primera preocupación es demostrar que "lo religioso" no es dé ninguna manera un producto de la fantasía, una extrapolación de la subjetividad, una trampa que el hombre se tiende a sí mismo para ubicarse ante el misterio y para rescatarse de la desesperación. La vivencia de Dios, fundamento de cualquier universo religioso, es eso: una vivencia, una noción viva, presente e inmediata, una dimensión cotidiana. A esta observación se llega sin necesidad de ningún dato revelado. La sociología, la psicología, la historia de las religiones, la experiencia personal misma, nos la proporcionan. Simplemente, nos estamos moviendo por el momento en un plano naturalista.
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6 de julio de 2009

Sobre las causas del orden político (2)





por D. Rubén Calderón Bouchet



Tomado de su libro Sobre las causas del orden político
Editorial Nuevo Orden
Buenos Aires, 1976







La naturaleza humana considerada como causa eficiente

Conviene repetir aquí conceptos anticipados en párrafos anteriores y el primero de ellos es: la filosofía práctica define y demuestra por las cuatro causas.
La sociedad es una unidad de orden moral y no una substancia corporal compuesta de materia "ex qua" y "forma substancial" como los cuerpos naturales. La materia y la forma de lo social deben tomarse en un sentido análogo. La materia de lo social no es materia prima, sino una materia informada sobre la que se imprime una nueva formalidad accidental. El término técnico empleado por la escuela es el de "materia in qua".

El hombre informado por una disposición virtuosa hacia los otros, tiene a esos otros como materia "circa quam" de sus actos. La reflexión sobre la causa material de la sociedad se escinde en dos reflexiones íntimamente conectadas: una toma al hombre como sujeto de una forma especificadora de sus actos relativos a los demás y la otra toma a los demás en cuanto objetos de esa disposición virtuosa.

La forma habitual recibida en el dispositivo operacional del sujeto humano viene impuesta por una acción del hombre mismo. El hombre actúa como causa eficiente y padece como "materia in qua" del orden social. Pero la disposición social informada tiene a su vez a otros hombres como objeto, de manera que el hombre aparece ofreciendo un tercer aspecto de su compleja realidad, como materia "circa quam" del orden social.
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2 de julio de 2009

Sobre las causas del orden político (1)



por D. Rubén Calderón Bouchet



Tomado de su libro Sobre las causas del orden político
Editorial Nuevo Orden
Buenos Aires, 1976







La pitié, la pitié réelle due á ces malhereux
et à ses semblables, présents et futurs,
est précisément la raison qui prescrit de
ne pas oublier autant que le fait notre siècle,
la justé protection due à la semènce des forts.

CHARLES MAURRAS

[La piedad, la piedad verdadera que es
debida a esos desdichados y a sus semejantes,
presentes y futuros, es precisamente la
razón que prescribe no olvidar, como lo
olvida nuestro siglo, la justa protección
debida a la semilla de los fuertes.]


Cuestiones preliminares


o basta decir que una ciencia tiene que fundarse en la observación de los hechos para que la cuestión metodológica quede terminada. La noción de "hecho" no es tan simple como parece y menos aún cuando se pretende determinar la especie a que tales hechos pertenecen. No puedo saber si un hecho es económico, político, físico o social si previamente no tengo una idea general de la realidad, lo bastante inteligente y reflexiva, que me permita dividirla en una serie de sectores capaces de ordenar la complejidad de su composición.

No basta estudiar hechos. Estos no tienen sentido si no se los observa a la luz de principios universales para ubicarlos con precisión en el orden real. Esta necesidad explica la costumbre escolástica de comenzar con una definición de aquello que se va a estudiar. El propósito es limitar el área de la investigación mediante un trazo firme de sus fronteras ónticas. De otra manera se parte a la deriva sin saber nada de los objetos buscados.

Los inductivistas a rajatablas consideran poco científicas las generalizaciones previas y con el sano propósito de terminar con el fantasma de "las lucubraciones silogísticas", olvidan un buen almacén de ideas universales, sin las cuales les sería muy difícil orientarse en el tupido bosque de los hechos. Un buen investigador en un preciso sector del universo necesita universalidad. Es decir: unidad intelectual en la apreciación de la multiplicidad real. El descubrimiento de la unidad de orden en la pluralidad de los entes, constituye el fundamento del saber filosófico.
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22 de junio de 2009

El Profeta del Leviatán





por D. Rubén Calderón Bouchet




Tomado de Mikael Nº 3
Revista del Seminario de Paraná
Tercer cuatrimestre de 1973




Tú aplastaste la cabeza, del Leviatán y
le diste en pasto a las fieras del desierto

(Salmo 74, 14)

Aquel día castigará Yahveh
con su espada dura,
grande, fuerte,
a Leviatán, serpiente huidiza, a Leviatán,
serpiente tortuosa,
y matará al dragón que hay en el mar
(Isaías 27,1)




1. LA VIDA DE TOMAS HOBBES


n 1588 Tomás Hobbes padre era vicario de Westport, pequeña iglesia contigua a Malmesbury en la cercanía de la parroquia de Charlton. Los conocimientos teológicos del vicario eran modestos; apenas si alcanzaban para leer las plegarias y enterrar con cierta dignidad a sus muertos. Su fuerte eran los juegos de cartas, y los sábados pasaba la noche en compañía de algunos parroquianos mal afamados, para dormirse los domingos mientras musitaba sus oraciones obligatorias.

"El Cuervo"

Inglaterra vivía los años gloriosos de la reina Isabel, bajo la amenaza de la Armada de Felipe II de España. La esposa del vicario Hobbes, próxima a dar a luz, oyó hablar del desembarco español como de un hecho acaecido, y del susto se adelantó en su maternidad. Nuestro Tomás Hobbes nació así, el 5 de abril de 1588, en un parto prematuro provocado por el pánico.
Tres años más tarde el vicario de Westport desapareció para siempre de su hogar a raíz de una disputa sostenida con un parroquiano. La madre y sus tres niños fueron recogidos en Malmesbury por Francisco Hobbes, hermano mayor del irresponsable.
Tomás aprendió sus primeras letras en la escuela parroquial de Westport antes de desaparecer su padre. Continuó sus estudios primarios en Malmesbury y luego inició un curso preparatorio con un profesor particular llamado Lartimer.
Lartirner conocía bien sus latines y sabía transmitir su ciencia con entusiasmo. Hobbes recordará más tarde que a los catorce años y por instigación de Lartimer, había vertido en yámbicos latinos toda la "Medea" de Eurípides. Hazaña gramatical melancólica pero reveladora de su formación paciente y minuciosa.
Gemelo del terror y amante de las elegías latinas, manifestó en su juventud tanta tristeza en sus ojos negros y bajo sus oscuros cabellos, que recibió de sus compañeros el nombre agorero de "El cuervo".
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17 de abril de 2009

Diderot, o el burgués vagabundo





por D. Ruben Calderón Bouchet




Tomado de La Enciclopedia y el Enciclopedismo
Ediciones OIKOS, Buenos Aires, 1983.








"Escritor incorrecto, traductor infiel, metafísico atrevido, moralista peligroso, mal geómetra, físico mediocre, filósofo entusiasta, literato que ha escrito muchas obras pero del que no podemos decir que conozcamos un buen libro", así pre­senta la figura de Diderot un enjundioso estudio sobre el Siglo de las Luces realizado por Jean-Marie Goulemot y Michel Launay, autores que se declaran continuadores de la Ilustración. Su frase "Todo cambia todo pasa. Sólo el todo dura" es un ejemplo de la profundidad filosófica de Diderot. Sin em­bargo su figura ha sido exaltada tanto en el Occidente liberal como en la URSS como campeón del progresismo y como defensor de la soberanía popular.

La vida de Diderot

En el siglo XVIII la preponderancia social y espiritual del burgués impone ya su marca utilitaria a todo el ámbito de la cultura. Las ciencias positivas substituyen, entre la gente ilus­trada, el saber tradicional y determinan en alguna medida la "forma mentis" de la nueva sabiduría filosófica que hallará en Alemania sus expresiones más acabadas. En Francia, la filosofía es apenas una retórica y, como lo expresó el mismo Denis Diderot, no se podía ser filósofo sin sacri­ficar un gallo a las musas, especialmente a la del teatro y la poesía, porque eran las formas más extendidas de la literatura. Diderot consideraba también imprescindible que para ser filósofo había que ser ateo. Voltaire no llegó a una conclusión tan terminante y se contentó con ser deísta: una modalidad más atenuada del ateísmo y más de acuerdo con su espíritu utilitario.
Diderot amó demasiado sus caprichos y sus fantasías para frenar su inteligencia en los umbrales de la conveniencia social. No era, como Voltaire, un gran burgués que preparaba, conforme a las exigencias del poder absoluto, el predominio de un raciona­lismo ilustrado contenido en los límites de un economicismo prag­mático. Diderot era un hijo del pueblo, destinado por su proce­dencia y su capacidad intelectual a hacer carrera en el clero. Hay en su porte, en su blandura física y en sus gustos por las franca­chelas voluptuosas una falta de mesura y circunspección que hace pensar en un clérigo vagabundo, perdido en el tumulto de la Ilus­tración. Catalina La Grande, que tuvo la oportunidad de cono­cerlo personalmente y de echar sobre él una mirada libre del espejismo literario, dijo que era un atolondrado, un charlatán y un payaso. No obstante, no le escatimó su ayuda, y gracias a las mercedes de la zarina Diderot pasó sus últimos años en una rela­tiva holgura.
Nació en Langres, en octubre de 1713, en el seno de una fa­milia de artesanos-comerciantes. El padre fabricaba y vendía cu­chillos, navajas, tijeras y otros instrumentos cortantes de fácil ubicación comercial en una zona rural como aquélla. Fue alumno de los jesuítas, como Voltaire, pero no tenía, como el hijo del notario Arouet, la posibilidad de entrar a tra­bajar en el despacho paterno. Los Diderot, al sobresalir en los latines, podían aspirar al cargo de canónigos. Este hubiera sido el destino de Denis, si su precocidad erótica no hubiese pesado tanto en la orientación de sus propósitos. Un tío ya canónigo, que suponemos cargado con todas las alforjas de la sabiduría familiar, hizo brillar ante los ojos de los padres una prebenda eclesiástica como un seguro sobre el porvenir del muchacho. Denis no se tentó y aceptó abandonar sus estudios y ponerse modestamente en la fragua paterna y seguir con los cuchillos. El morbo de la cultura había afectado seriamente el cerebro del joven estudiante y, tras haber martillado unos días sobre el yunque, volvió a los latines, convencido de que sus manos habían sido hechas para sostener la pluma y dar vueltas las hojas de los libros.
Los jesuítas pensaban lo mismo y trataron de persuadir a Denis que era mucho más conveniente entrar en el seminario de la Compañía de Jesús que amontonar sebo en el pedestre usu­fructo de una canonjía eclesiástica. Diderot estaba en la edad del heroísmo y probablemente no amaba en exceso a su impor­tante tío, el canónigo de Vigneron. y decidió seguir el señuelo pro­puesto por los jesuítas: un par de años en el colegio Louis Le Grand de París y luego el noviciado.
El padre, que decididamente prefería la canonjía, lo llevó a la capital de Francia y lo puso en el Colegio d'Harcourt, donde Denis completó sus estudios hasta recibir el título de "maestro de artes".
El ambiente de París puso término a sus inclinaciones sa­cerdotales y Diderot se lanzó a una franca bohemia, de la que extrajo esa experiencia que volcó en su obra maestra, Le Neveu de Rameau, que tanto gustó a Goethe. Cuando el padre se enteró de sus andanzas le cortó los víveres y Denis se vio librado a sus propias fuerzas y a algunos subsidios clandestinos que la madre le hacía llegar con una sirvienta de la casa.

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11 de febrero de 2009

Breve reflexión sobre el anti-semitismo






por D. Rubén Calderón Bouchet



Tomado de Argentinidad











s un tópico hablar hoy del anchuroso espacio que ocupa la mentira, de tal modo se ha hecho carne en nosotros el no llamar a las cosas por su nombre que la sola pretensión de poner en las palabras usuales una cierta claridad y precisión significativa, aparece como una manifiesta intención de herir la susceptibilidad de alguien o corregir la plana de algunos de esos mensajes mendaces a los que son tan aficionados los representantes oficiales de cualquier institución, empezando por las eclesiásticas y terminando por las estatales. El tema del holocausto judío figura en todos los diarios e inspira una serie de escritos entre la fauna más heterogénea de los plumíferos profesionales, que querer comprender lo que quieren decir supone un esfuerzo por encima de las posibilidades de cualquier caletre empeñado en tener una idea clara del asunto.

El mismo término judío tiene una serie de significaciones tan poco precisas como cargadas de sentimientos dispares, que hacen más difícil un uso semántico seguro. Se aplica a una religión, a un pueblo, a una raza, a una nación o a una actitud existencial frente a la figura de Cristo. Por supuesto que todas, y cada una de tales designaciones puede entrar con su carga de denuestos, zalemas, adulaciones e insultos sin que ninguna termine de satisfacer al implicado que, como Simone Well, no se sentía señalada específicamente por ella y esto aumentaba su perplejidad al sentirse perseguida por algo que jamás había hecho suyo, con perfecta conciencia de sus implicaciones.

Esta tribulación declarada por Simone Weill ante Gustave Thibon, debe haber sido la de muchos otros en condiciones semejantes que, si bien se consideraban implicados en una persecución general, no lograban comprender muy bien a título de que se los perseguía: no tenían fe religiosa, no eran sionistas, estaban dispuestos a mezclar su sangre sin grandes inconvenientes, era tan indiferentes con respecto a Cristo como lo eran con respecto a Abraham del que se decían descendientes; carecían de dinero y no conseguían créditos con más facilidad que cualquier otro. ¿Tenían aspectos de judíos? Generalmente sí y esto los ponía en situación de ser marcados con una prontitud que hubieran deseado menos rápida. Leí el caso de uno de ellos que, por precaución de los padres no había sido circuncidado, pero que tenía tal pinta de judío que debía echar mano a la bragueta cuatro o cinco veces por día para evitar que lo expulsaran de Paris o fuera a parar a un campo de concentración como el pobre Max Jacob, a quien el cristianismo no le había hecho crecer el prepucio.

De cualquier modo y cualquiera fuere su consistencia ideológica existe un “lobby” internacional judío que hace sentir una presión tan fuerte sobre la Iglesia Católica, que ha inspirado modificaciones en los misales y hasta se habla de una depuración del Evangelio de Juan, acusado de inspirar los peores sentimientos anti-semitas.

Y hete aquí una nueva locución que ha entrado en el vocabulario moderno para mayor confusión de las mentes y entender la amplitud de los sentimientos contrarios al judío con una designación que abarca todos los pueblos que hablan una lengua de origen semítico: árabes, coptos, sirios, arameos, libaneses, etc. Hoy, el anti-semitismo es un movimiento de repulsa tan universal que no creo que exista una persona capaz de abarcarlo en toda su plenitud de una sola corazonada, por mucha confianza que tengamos en la capacidad difusiva del odio.

El judío existe, probablemente no es ninguna de esas cosas que señalaba Simone Weill, pero hace sentir su presencia con tal fuerza y con tanta tenacidad sobre la Iglesia Católica que nos hace pensar que existe, precisamente, para el castigo y la confusión del clero modernista, que hace toda clase de concesiones y cumplidos para atraer la simpatía de esta agrupación humana, siempre dispuestos a someterla a un juicio definitivo ante el tribunal de la historia.

Es verdad que no todos los judíos son ricos, pero el “lobby” lo es y el Tribunal de la Historia como la misma Iglesia, suele ser muy sensible a un montón de dólares bien distribuidos. Al fin de cuentas ¡Qué diablos! Somos judeo-cristianos y esto está escrito en los documentos pontificios y lo afirman la pléyade de teologillos que se suponen administradores titulares de las verdades conciliares.

Es una designación muy nueva y no parece tener un gran apoyo en las Sagradas Escrituras que, como todos ustedes saben, han sido demasiado influidas por el anti-semitismo de Juan y Pablo, ambos solemnemente empeñados en llamar “judíos” a los que se oponían abiertamente a Cristo y señalar como “hebreos” a los miembros del pueblo de Israel que podían hallarse en una actitud de perplejidad frente a la figura de Jesús de Nazareth.

Si esto así es, tenemos que “judío” es el hebreo que no admitió que Jesús fuera el Mesías y complotó con los saduceos y los fariseos para lanzar contra El una condena de muerte en la cruz. De esta manera hablar de religión judeo-cristiana es un absurdo y una manifiesta contradicción en los términos, en primer lugar porque la religión es la revelación de Dios y no un artilugio fabricado por los hombres, de manera que el término judía para señalar la procedencia nacional del producto no resulta conveniente. En segundo lugar si llamamos judío al hebreo que rechazó el mesianismo de Cristo no podemos envolverlo en la responsabilidad de aquello que combatió con denuedo. El judío puede ser culpable de la muerte de Cristo pero no de su culto al que expresamente, y en todas las oportunidades que tuvo, trató de destruir.

¡Ah! ¡Entonces usted es anti-judío y por ende también anti-semita y casi seguramente nazi!.

Estas son las probables complicaciones de una simple discusión en torno al verdadero significado de una palabra ¿Quién me metió a mí a querer descubrir lo que quería decir judío y la inclusión de este término en una serie de locuciones en las que no se advertía claramente su sentido? Resulta que ahora no solamente soy un opositor sistemático al judaísmo, sino a todo el mundo de habla semítica en general y pertenezco, de hecho, a esa escoria del universo que se llama nazismo.

No crea el lector eventual de estas líneas que exagero y me alabo de una probable acusación que nadie tiene interés en hacerme. No, la acusación existe y ha tomado forma pública en un periódico escrito en alemán y distribuido en la comunidad judía de Buenos Aires, y ahora me cuentan que le ha tocado el turno al querido Antonio Caponnetto. Es un indicio claro de la dificultad de poder hablar de los judíos sin provocar una reacción pasional en donde pululan los reproches del más grueso calibre y de las más antojadizas imputaciones. Decir que no soy nazi me ha parecido siempre una exculpación innecesaria y casi ridícula. Siempre que he hablado de ese movimiento político y lo he hecho en algunos libros míos, me he colocado en la posición que corresponde a un católico tradicionalista, absolutamente ajeno a las lucubraciones racistas de esa mezcla de gnosis y neo paganismo ario. He escrito algo y he hablado en alguna conferencia sobre la personalidad de Arturo de Gobineau y sin dejar de rendir homenaje a su talento literario, no he ocultado un irónico alejamiento de su explicación zoológica de la historia de las civilizaciones. Por lo demás, meterlo a Gobineau en una aventura anti-judía o anti-semítica me ha parecido siempre una clara manifestación de ignorancia o el deseo de embarcarlo en la promoción del nazismo por la interpretación abusiva que hizo Rosenberg de su tesis racista. Gobineau fue siempre un gran admirador de los judíos a quienes regalaba con el atributo casi ario de su origen racial. En un intercambio de cartas con Tocqueville, expresa su admiración por el Islam, donde sobrevive con toda violencia un judaísmo militar y agresivo que era completamente de su agrado.

Cuando la fe católica se debilita y la dirección de la Iglesia cae en manos de gente poco apta para las actitudes que impone el comando, surge de los abismos de la conciencia cristiana ese sentimiento de culpa que dormita en el fondo de todo pecador e impone la necesidad de un “mea culpa” para restablecer la concordia con Dios. La Iglesia ha impuesto el sacramento de la confesión y éste provoca en el alma ese renacimiento en el que se recupera la salud espiritual y se comienza de nuevo con un sano olvido de los pecados que han obtenido el perdón. El signo más claro del debilitamiento aparece cuando el sentimiento de culpa perdura y se extiende más allá del perdón obtenido como si encontrara un cierto placer en el mantenimiento de la condición de indignidad. La culpa ha dejado de ser el resultado de una caída personal y se ha convertido en una suerte de enfermedad colectiva, de abyección pastoral, en la que se envuelve a toda la Iglesia como si fuera ésta la portadora de un pecado nefando de lesa humanidad.

Esta es la situación que las autoridades de la Iglesia han creado con respecto al judaísmo y que imponen a los creyentes como si todos ellos cargaran sobre sus espaldas el crimen de haber acusado a los judíos de un deicidio que, al parecer nunca cometieron. Es verdad que los judíos que pidieron la muerte del Mesías han muerto ya hace varios siglos y sus descendientes no pueden estar directamente complicados en la crucifixión de Cristo, pero cuando se acepta una herencia con la plena conciencia de lo que ella implica, se carga sobre los hombros todo el peso de un rechazo espiritual que es parte, casi total de la heredad aceptada. No he intervenido para nada en el asesinato de Luís XVI ni de María Antonieta, pero si soy republicano francés y me hago cargo de todo cuanto este asentimiento implica, admito ser un regicida y no estoy tan libre como creo de la sangre derramada en nombre de los ideales a los que adhiero. Nazco en el seno de la comunidad judía y en tanto no tenga clara conciencia de la actitud religiosa que debe adoptar con respecto a Cristo, puedo ser perfectamente inocente de su muerte, pero cuando comprendo bien en donde estoy parado y admito la plena responsabilidad de mi herencia religiosa acepto que una parte de su sangre caiga también sobre mí mismo.

¡Ah! ¡Perfecto! Entonces usted al declararse cristiano hace suyos todos los crímenes cometidos por los cristianos en su historia milenaria.

Ninguno de esos crímenes constituye un elemento intrínseco y definitorio del cristianismo. El rechazo de Cristo y la complicidad en su juicio es parte esencial de la posición religiosa del judío, es lo que lo define y explica. Sin eso el judaísmo no sería lo que es y por lo tanto no existiría como tal. Si existen otros crímenes en la historia del pueblo hebreo no entran a título de componente formal de su composición, de manera que tienen sus cabezas responsables y corresponde al tribunal de la historia señalar sus nombres y determinar sus culpas.

Los hebreos que aceptaron el mesianismo de Cristo Jesús y fundaron la Iglesia dejaron de ser judíos en el sentido estricto del término y se convirtieron en cristianos. Cuando se habla de una culpa popular y se reprocha a Israel la comisión de un deicidio, se habla de una culpabilidad asumida por todos los que tienen clara conciencia de pertenecer a un pueblo constituido como tal a raíz de ese crimen.

La posición adoptada por las actuales autoridades de la Iglesia Católica no hace mucho por aclarar el problema y arroja, sobre sus penumbras naturales, la confusa niebla de esa suerte de culpabilismo que parece la marca exclusiva de la conciencia esclava. No soy esclavo y no siento sobre mi alma el peso de ningún pecado que no haya cometido personalmente. Estoy dispuesto a declararme culpable de lo que he hecho y aún de lo que he omitido, pero de ninguna manera me siento arrepentido por los desmanes que, falsa o verdaderamente, puedo atribuir a otros.

Los judíos acusan a la Iglesia Católica de no haber hecho oír su protesta contra los crímenes nazis cometidos contra su pueblo. Resulta muy difícil en el entrevero de un acontecimiento político de ese tamaño, medir con exactitud las culpas de uno y otro bando y señalar a los culpables con la vara de un juez inapelable: ¡Este es el culpable y este otro no ha roto ni un plato! Lo determino yo, con la asistencia infalible del Espíritu Santo y sin dejar un margen para la inquietud o la duda. Que los judíos asuman esa responsabilidad ante la historia y lo determinen de una vez para siempre, me parece bien, al fin de cuentas son parte del pleito y tienen pleno derecho a defenderse como puedan, pero la Iglesia Católica carece de la misma seguridad y no pretende en este asunto, gozar de una infalible asistencia del Espíritu. Amén.

28 de enero de 2009

El Islam: Una ideología religiosa


por D. Rubén Calderón Bouchet


Tomado de Argentinidad



La religión es un conocimiento rodeado de una serie de prácticas culturales que el hombre ha recibido del propio Dios, con las características de un contrato de adhesión, cuyas cláusulas debe respetar si quiere organizar su vida de acuerdo con los designios de la Divina Providencia.



or qué una ideología?

El término ideología aplicado a la religión de Mujamad (Mahoma) no es una ocurrencia nuestra. En su oportunidad fue usado por Máxime Rodinson para dar cuenta y razón de la religión islámica cuando se ocupó del asunto en su libro sobre Mujamad (Mahoma).

No obstante, detrás del uso de una misma palabra, hay en Rodinson un trasfondo, llamémoslo filosófico, que difiere totalmente de éste que constituye el fundamento de nuestra personal posición. Para Rodinson la ideología nace de los cambios introducidos en el pueblo árabe por la fuerza de una economía comercial que impone, a la antigua organización tribal comunitaria, otra de tipo individualista sugerida por el auge de los nuevos criterios económicos. Indudablemente, para Rodinson no existe la religión como una realidad independiente de un estado particular de conciencia determinado por una relación específica entre el hombre y los medios de producción. La religión se convierte así en un ingrediente de la compleja respuesta que damos a las necesidades prácticas de la vida y que constituye algo así como la salsa poética en la dura prosa del proceso económico.

Menos racionalista que el Profesor Rodinson, creo que la religión es un conocimiento rodeado de una serie de prácticas culturales que el hombre ha recibido del propio Dios, con las características de un contrato de adhesión, cuyas cláusulas debe respetar si quiere organizar su vida de acuerdo con los designios de la Divina Providencia.

Se suele hablar también de religión natural con el propósito de señalar el conocimiento que el hombre adquiere de Dios a través del mundo físico y las experiencias de su realidad anímica. Pero así como no existe un estado de naturaleza absolutamente puro de todo compromiso sobrenatural con Dios, no existe tampoco una religión natural que no se encuentre efectivamente complicada con las revelaciones de la proto-tradición o de las tradiciones históricas conservadas por los distintos pueblos que componen el abigarrado mosaico de nuestro curso terrenal.

La religión no es, en mi perspectiva, un fenómeno de conciencia condicionado por todas las incidencias de nuestra trayectoria temporal y mucho menos la consecuencia inevitable de una situación social cualquiera, por mucho que se multipliquen los ingredientes de su composición. Así como la creación misma, la religión es un don de Dios, y se tiene que haber perdido todo contacto con el fundamento creador del universo para pensar de una manera distinta y buscar la fuente de un proceso en donde no hay ninguna realidad frontal sino los dones gratuitos de la creación y la revelación.

Hecha esta primera advertencia que consideramos fundamental, admitimos que, indudablemente, las ideologías son creaciones del espíritu humano con el deliberado propósito de dar una explicación justificativa del poder que asume un determinado grupo de hombres, para conducir a los otros en una dirección distinta de aquélla que la Providencia ha fijado.

Esta substitución de los designios divinos por otros de humana apariencia es lo que suele tener de común la ideología con la religión y lo que conduce a muchos hombres a confundirlas, pasando por alto sus claras diferencias.

Cualquiera sea el origen del libro que nosotros conocemos con el nombre reduplicativo de "El Corán", la intención de su autor fue, en un primer momento, la de enseñar a los árabes el contenido del Pentateuco. Hay a lo largo del Corán referencias muy claras a este respecto, y solamente un fuerte deseo de ver en él una manifestación religiosa original ha impedido advertirlo. La religión predicada por Mujamad (Mahoma) está íntimamente ligada al monoteísmo israelita según la forma que éste tomó cuando se produjo la escisión provocada por el advenimiento de Cristo. Es pues un judaísmo por su inspiración fundamental, pero un judaísmo ideológico, en tanto su decisión religiosa es de rechazo a la cuenca viva de la revelación para encerrarse en la clausura de un propósito humano.

No es faena fácil para los historiadores de oficio examinar el origen de este libro y poner alguna coherencia en la sucesión de los "suras" que constituyen su contenido. Si bien la tradición islámica es unánime en atribuir su autoría al profeta Mujamad (Mahoma), la forma en que fue recogido su mensaje y el ordenamiento del texto da lugar a tantas contradicciones y divergencias que resulta casi imposible aceptar todas las leyendas que circulan en torno a la manera en que fue escrito.

Lo que ha llegado hasta nosotros tiene, al parecer, su apoyo en la predicación de Mujamad (Mahoma), pero no se puede decir con rigor que sea la obra de un solo autor, sino más bien de una legión de copistas, intérpretes y compiladores, que tuvo por resultado la "vulgata" llamada de Osmán, unos sesenta años después de la muerte del Profeta. La clasificación realizada en el texto tradicional es, como afirma Gastón Wiet, de una singular arbitrariedad:

"Los distintos capítulos (sura), ciento catorce en total, están ordenados según su longitud: los más largos a la cabeza y los más cortos al final, sin tomar en consideración la cronología de las revelaciones hechas al profeta. Ahora bien, como el libro santo tiene partes que se contradicen, los musulmanes se han visto en la necesidad de buscar una relación cronológica entre los suras para saber, en caso de prescripciones contrarias, cuál es la que abroga y cuál la que permanece" (WIET, G. L'Islam, Histoire Universelle de "La Pléiade", T. II, p. 54, Gallimard, Paris, 1957).

La faena historiográfica, si bien se piensa, conspira decididamente contra la atmósfera de seguridad y firmeza que los verdaderos fieles querían imponer al Corán. Para ellos, lo que Mujamad (Mahoma) escuchó del Ángel Gabriel y lo que contiene la vulgata de Osmán son una misma y única cosa, una copia fiel del libro que existe desde toda la eternidad en el cielo y que junto al trono de Allah, está custodiado por los Santos Ángeles.

Esta versión paradigmática del libro no coincide para nada con lo que está a la vista y hace falta la fe rotunda de un auténtico musulmán para aceptarla sin atender los reclamos de la crítica histórica. Así como no hay seguridad en el origen de los textos, tampoco la hay acerca de la lengua en que fueron primitivamente escritos y aunque sus más apasionados defensores consideran que fue "el árabe elocuente y puro", los censores dictaminan que esa lengua todavía no existía y nace a la vida precisamente con el Corán propagado con la vulgata de Osmán.

Nada arredra a un verdadero creyente cuando se trata del libro sagrado: ni los datos filológicos sobre la evolución del idioma árabe, ni los conocimientos aportados por las ciencias en torno a las formas literarias y su difusión en el mundo antiguo. El Corán es un poema, un código legislativo, un libro religioso y una narración de los sucesos relacionados con la prédica de Mujamad (Mahoma). Es todas estas cosas y algunas otras que se pueden descubrir cuando se lo examina con el debido celo. Un lector desapasionado y objetivo, a la manera de nuestros hombres de ciencia, puede no descubrir ninguno de estos géneros. Renán, que titubeó mucho tiempo en clasificarlo con certeza, terminó diciendo que constituía una colección de discursos de índole diversa, sin que esta declaración lo dejara demasiado contento.

Para los verdaderos creyentes, y los musulmanes lo son por antonomasia, es el libro sagrado y punto de partida de una disciplina religiosa que se impuso a la anarquía de su temperamento y los lanzó a la conquista del mundo, con una fuerza, una fe y un fanatismo pocas veces igualado en el curso de la historia. Decir que es un libro religioso, sin añadir una serie de explicaciones que permitan distinguirlo de otros de la misma especie, es un abuso de confianza.

Sin dudas, hay en el Corán una serie de verdades que pertenecen al elenco tradicional de la religión revelada y, como es fácil de advertir, esas nociones son de procedencia bíblica, y ha sido con mucha posterioridad a la prédica de Mujamad (Mahoma) cuando surgió la idea de reclamar para el Corán una originalidad que la simple lectura de sus textos hacía completamente innecesaria y que el más simple cotejo dejaba ver sin ninguna dificultad.

Hay verdades religiosas pero no una nueva revelación; apenas un amaño discreto para poner esos principios al alcance de la imaginación árabe sin que se advierta, en lo más mínimo, un esfuerzo por elevar las mentes a un encuentro con Dios que permita hablar de un itinerario perfectivo. Todo lo contrario, el Corán parece destinado a despertar una afluencia pasional incontenible que lance el alma del creyente en una empresa de conquista político militar y de ninguna manera en la faena de la contemplación mística.

La disciplina impuesta a los fieles no tiene designios de enmienda ascética, a no ser los impuestos por la vida militar y la exaltación del valor frente a la muerte, sostenido por una visión del más allá en perfecta correspondencia con las inclinaciones más salaces del erotismo. La salvación no es la obra de una purificación espiritual, sino de la obediencia pasiva a los jefes religiosos y políticos de la comunidad islámica. La guerra santa es el sacramento único que abre para el creyente las puertas del cielo. Esto explica por qué razón la paz enmohece el espíritu del musulmán y termina lanzándolo a las querellas inútiles, a la pereza y el abandono.

El Corán inspira un acto de fe del que ha desaparecido todo movimiento de reflexión inteligente y por eso mismo no se conoce, entre los musulmanes, algo semejante a la teología cristiana. Se niega el trinitarismo cristiano con los argumentos más rudos y la ofuscación más absoluta; y aun cuando se dice por ahí que Jesús fue el Verbo de Dios, sólo se quiere afirmar que se trata de un profeta en nada diferente de los otros por cuya boca Dios ha hecho sentir su voluntad. El misterio de la Encarnación está negado por principio y cualquier discusión en torno al mismo despierta la cólera del musulmán que ve en peligro la consistencia de su monoteísmo.

Si se examinan los deberes religiosos proscriptos por el Corán y los actos del culto que los encuadran, se verá sin esfuerzos su perfecta simplicidad y la absoluta prescindencia de cualquier movimiento interior destinado a poner la conducción del alma en las facultades más nobles del espíritu.

Cinco son las obligaciones que el musulmán debe practicar para tener su alma en buenas relaciones con Dios: confesar que Allah es el único Dios y Mahoma su profeta. Esto cuantas veces fuese necesario y especialmente en las circunstancias solemnes de la vida y cuando se prevé la hora de la muerte. Cuatro plegarias son de observancia: al alba, al mediodía, a la oración y a la noche. El creyente tiene que colocarse orientado hacia la Meca para no olvidarse jamás del centro de donde partió su conquista. Las plegarias pueden hacerse solitariamente o en conjunto. Cuando son varios los que se congregan para orar, uno de ellos dirige la ceremonia con las prosternaciones y saludos correspondientes. La preparación previa a la plegaria exige un acto de purificación que consiste en lavarse el rostro, las manos, los antebrazos y los pies. Conviene que se haga con agua pura o en su defecto con arena. Respecto a la posibilidad de una purificación interior no se dice nada.

Existe entre los musulmanes una práctica del ayuno aparentemente muy riguroso. Durante los treinta días del mes de Ramadán, noveno del año lunar musulmán, el creyente no puede comer, ni beber, ni fumar, ni tener relaciones sexuales durante el día, entre la salida y la puesta del sol.

Todo buen musulmán debe dar a su comunidad religiosa el décimo de sus entradas y tiene la obligación de un viaje ritual a la Meca, cuya ejecución implica un repertorio bastante complicado de actos puramente externos pero que condicionan las predisposiciones de obediencia y sumisión a la ley del Profeta.

El Corán fija la constitución de la familia islámica sobre la poligamia. Se entiende que un buen musulmán no puede tener más de cuatro mujeres. La apología de esta forma matrimonial podemos leerla en la introducción al libro sagrado en su reciente edición argentina.

No es necesario estar dotado de un exagerado pudor para comprender el grado de sometimiento a los sentidos que semejante unión significa. Se entiende que el privilegio de tener un serrallo, por modesto que sea, supone, para los creyentes menos favorecidos por la fortuna, tener que resignarse a la poliandria o, en el mejor de los casos, a una monogamia aceptada sin entusiasmo.

En una organización social dominada por la presencia vigilante de los clanes el matrimonio es, ante todo, un acto político y tiene por propósito fundamental la unión de las familias. De aquí la importancia que tiene para los jefes contraer fructuosas alianzas con los grupos familiares más poderosos. Mujamad (Mahoma) no dejó de rendir cálido tributo a esta costumbre solidaria, pero fue ampliamente superado por sus sucesores en cuanto la extensión del Islam impuso numerosas alianzas.

Se ha exagerado un poco la actitud despectiva del árabe con respecto a la mujer. El Corán recomienda la dulzura y el buen trato para con las mujeres, los niños y los ancianos. No obstante, su ética es esencialmente masculina, y son los hombres válidos los que llevan sobre sus espaldas tanto el peso como el honor de la guerra que santifica y salva. La mujer pertenece al mundo secreto y privado del hombre, al "harem", cuyo significado apunta a esa situación de secreta privacidad.

Mujamad (Mahoma), luego de la muerte de su primera mujer, que tuvo el extraño privilegio de ser única, concertó trece matrimonios según los analistas más inclinados a dejar constancia de los hechos bien fundados. Otros anuncian que tuvo quince mujeres. De cualquier modo es un número que muchos imanes hubieran tenido como cantidad desdeñable y en absoluto indigna de un hombre de su alcurnia.

Por supuesto, los simples soldados podían practicar libremente el onanismo, la pederastía o la bestialidad, sin que ninguno de estos vicios fuera especialmente condenado o cerrara para siempre las puertas del Paraíso para quienes morían en combate. Mujamad (Mahoma) comprendió muchos de los inconvenientes que traía la poligamia y escribió, no sin mostrar un cierto desengaño: "que nunca llegaréis a hacer reinar la concordia entre vuestras mujeres, cualesquiera fuera vuestra buena voluntad''. Añadió, a continuación, con el propósito de evitar algún intempestivo intento de subversión mujeril:

"Los hombres son los pastores de las mujeres, porque Dios los prefirió a ellas y, además, porque las sustentan de su peculio. Las buenas esposas deben ser tímidas, conservar su pudor en ausencia del esposo, porque Dios las vigila. En cuanto aquellas de quienes sospecháis deslealtad, exhortadlas y dejadlas solas en sus lechos; si persisten castigadlas, pero si os obedecen no las provoquéis, porque Dios es excelso, grande" (Sura 4, aleya 34). (*).

Por supuesto, este régimen, lejos de aplacar, aumenta la lujuria del temperamento árabe y suele provocar algunos desmanes de la concupiscencia, eso que Mujamad (Mahoma), con gran amplitud de espíritu, llamó obscenidades: copular con la madre, con la hija, con las hermanas, con las nodrizas, hermanas de leche, nueras, suegras o hijastras bajo tutela. El consejo coránico es evitar tales atropellos, pero ante el hecho consumado se debe confiar en Dios que es indulgentísimo y misericordioso (S.4-A1.23).

La indulgencia de Allah para con las debilidades humanas es tan generosa que no hace falta ningún esfuerzo ascético para conquistar la plenitud paradisíaca. Diríamos, forzando un poco las líneas de una reflexión, que no pretende entrar en dificultades teológicas, que así como no existe una teología ascética, no hay en el Corán ni la sombra de un esfuerzo para alcanzar una cierta perfección espiritual.

Esto nos obliga a considerar con atención el carácter religioso de este libro, porque si bien se advierte en él una preocupación constante por confirmar el legalismo de la "Torah" judía, existen también otras dos intenciones que conviene destacar: en primer lugar, refutar los principios cristianos refundiendo la prédica de Cristo en el ámbito del legalismo talmúdico y, en segundo lugar, provocar una exaltación agresiva de la fe para servir un objetivo de conquista político militar.

El Antiguo Testamento es un libro religioso y aunque narra las peripecias del pueblo elegido en sus relaciones con Dios, el protagonista del drama es siempre Yavé, y hasta tal punto que el pueblo que recibe la revelación tiene valor en tanto muestra fidelidad a las verdades propuestas para su conservación y su difusión entre los hombres. El pueblo israelita es una comunidad sacrificial que Yavé ha tomado para sí, como vehículo de una finalidad esencialmente religiosa.

La relación del Corán con el pueblo árabe, aparentemente, obedece a una disposición semejante pero tiende a transformarse, a poco andar, en un instrumento de agresión conquistadora. Todo cuanto podía haber de negativo en la transformación del pueblo de Israel cuando rechazó al Cristo, aparece en el Islamismo sin ninguno de los atenuantes que hacen tan complicada la situación espiritual del judío moderno. En este último persiste siempre el sentimiento de su dependencia de un juicio divino que lo obliga a un examen cuidadoso en la justificación de sus actos. En una perspectiva histórica puramente humana, el advenimiento de Cristo decepcionó la expectativa mesiánica del judío. Esperaban que el enviado de Yavé los pusiera a la cabeza de todas las naciones como pueblo sacerdotal, pero Jesús puso de relieve la universalidad del mensaje religioso y colocó al primogénito a la misma altura de los gentiles.

Esto hirió profundamente el orgullo judío, se resintió y se cerró para siempre en la clausura de una esperanza carnal orientada con preferencia a la destrucción del cristianismo o a su corrupción en un mesianismo del aquende.

Los árabes admitieron del judaísmo un esquema de simplificación activista y violenta y rechazaron con desprecio todo cuanto en el cristianismo podía haber de profundo y misterioso. Consideraron blasfemo hablar de Trinidad, porque no existía para ellos ni el más leve interés en tomar la naturaleza de Dios como objeto de una meditación. Eso era griego para ellos. Lo esencial es conocer la voluntad divina, que se expresa en la ley, y poner en ejecución sus mandatos, que consisten en conquistar las naciones por Allah. Si los otros no "desisten de cuanto dicen, un severo castigo azotará a los blasfemos entre ellos". (Sura 5, Aleya 73).

Estos esquemas favorecen la acción y desconciertan a los preguntones que complican la fe con sus problemas. A lo largo del Sura 5, el autor del Corán se empeña en advertir que Cristo y María enseñaron la obediencia a la ley y en ningún momento se consideraron a sí mismos como divinidades, ni se compararon con Dios. Por esas razones la prédica de Jesús debe inscribirse en una línea de absoluta fidelidad a la "Torah" y no en la de esa falsa ruptura que alegan los cristianos.

No hay misterio trinitario, ni encarnación, ni gracia santificante, y por eso se puede decir con tranquilidad que el Islamismo rechaza formalmente la religión, pero acepta reemplazar la voluntad de Dios con los designios de su fiereza conquistadora. No existe el pecado original, ni la naturaleza caída; la mayor parte de las faltas se borran con una simple penitencia exterior, porque en el fondo no constituyen agravios a Dios, sino delitos disciplinarios que deben ser corregidos con la férula del gobernante. En sentido estricto y formal, el Islam no es una religión, ni constituye un brote privilegiado de la tradición primordial. Es una ideología, como afirma Rodinson, pero totalmente apoyada en el judaísmo y sin otra complicación mesiánica que la imposición del Islam por la fuerza de las armas.



Nota de la Editorial (*): Todas las citas del Corán que aparecen en esta obra han sido tomadas de: El Sagrado Corán, Traducción literal, íntegra y directa del arábigo al español, con comentarios y compendios de las suras por Ahmed Abboud y Rafael Castellanos, 3S edición, Editorial Arábigo Argentina "El Nilo", Buenos Aires, Argentina, 1980. Cabe aclarar que la palabra "sura" es sustantivo masculino, a pesar del uso femenino que se le da en el texto antes citado, y por ese motivo el lector encontrará "el sura", etc. a lo largo de la obra.