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El conocimiento


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La emanación vital
esde esta comprensión de los grados de perfección de la escala de los entes, Santo Tomás ofreció una metafísica de la vida, que se encuentra expuesta sintéticamente en dos textos. En el primero, el capítulo 11 del libro IV de la Summa contra Gentiles, sitúa los distintos entes según la perfección de sus operaciones.
Para su profunda comprensión, es útil tener en cuenta esta observación sobre la bondad de la operación, señalada en el siguiente pasaje de la Suma:
«El primer ser de las cosas es el ser substancial por el que decimos que las cosas son entes en sentido absoluto y buenas de algún modo. En cambio, cuando se las considera en posesión de su último acto, decimos que son buenas en sentido absoluto y entes de alguna manera» (STh I, 5, 1, ad 1).
El ser substancial, por el que el ente es en acto, no confiere las últimas perfecciones del ente, que son accidentales. De ahí que el ente substancial no puede denominarse ente bueno de modo absoluto, sino de alguna manera, la de la substancia. En cambio, el ente finito puede denominarse bueno absolutamente en cuanto perfeccionado por los accidentes, actos últimos.
A esta perfección última, que se adquiere al obrar, se tiende por la propia naturaleza.
«De la forma se deriva la inclinación al fin, a la acción y a otras cosas, porque los entes que están en acto obran y tienden a lo que les es provechoso con arreglo a su forma» (STh I, 5, 5 in c.).
Estos agentes imperfectos obran en razón de su imperfección entitativa para remediarla. De manera que puede decirse, con el Aquinate, que
«hay algunos agentes que simultáneamente obran y reciben los cuales son agentes imperfectos. A estos les compete el que aún al obrar ellos intenten adquirir algo» (STh I, 44, 4 in c.).
Esta última indicación se explica, porque se concibe la operación en cuanto tal como ordenada a difundir la propia perfección. La imperfección de la criatura es la que hace que esté dirigida a la perfección propia del sujeto que obra. Por ello, advierte el Aquinate:
«La inclinación de las cosas naturales es doble: a ser movida y a obrar. La inclinación de su naturaleza a ser movida es inclinación encorvada en sí misma (...), pero la inclinación de su naturaleza a obrar no es encorvada en sí misma (...), sino que busca el bien de lo generado, que es su forma, y además el bien común, que es la conservación de la especie» (Quodlibet, I, q. 4, a. 8, ad 3).
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a doctrina del ser de Santo Tomás también permite explicar los grados de perfección, que aparecen en la escala de los entes, ordenados de menor a mayor perfección, no como concreciones o determinaciones categoriales, sino como distintas participaciones del ser. Lo que puede considerarse como otra tesis nuclear del tomismo, la que habría que añadir a las XXIV Tesis tomistas, al igual que las del bien, el ser y el ejemplarismo agustiniano.



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Naturaleza de Dios
simismo precisa Santo Tomás que la razón natural también puede, en este sentido explicado, conocer a Dios no sólo como creador, sino también como persona, aunque no como tres personas divinas realmente distintas entre sí, identificadas en una sola y misma esencia.
«Lo divino puede ser objeto de una doble consideración por parte del entendimiento. La primera, considerando a Dios tal como Él es en sí mismo». Así se conoce, aunque imperfectamente, gracias a la divina Revelación. «Pero la inteligencia en su consideración de lo divino puede proceder desde otro punto de vista, cual es conocer a Dios a la manera de ella y no tal como es en sí mismo, resultando así una visión en ideas múltiples y distintas de lo que en Dios es uno» (STh III, 3, 3 in c.).
Desde las criaturas la razón humana puede ascender hasta Dios como Creador, obteniendo un concepto filosófico de Dios en su naturaleza, porque «el poder creador de Dios es común a toda la Trinidad, y, por ello, pertenece a la unidad de su esencia» (STh I, 32, 1 in c.).
También «podemos considerar la naturaleza divina como subsistente y como persona», porque «en Dios, es idéntico lo que es y aquello por lo que es; por tanto, todo lo que se atribuye a Dios en abstracto, considerado aparte del resto, será algo subsistente, y, por lo tanto, una persona, ya que tal atributo pertenece a una naturaleza intelectual» (STh III, 3, 3 ad 1).
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El ser, acto y perfección
pesar de su importancia en el orden causal, el bien no tiene una primacía absoluta, porque se fundamenta en el acto de ser. Como dice el Aquinate,
«así como es imposible que algún ente sea sin tener el ser, así es necesario que todo ente sea bueno, por esto mismo que tiene ser» (De veritate, q. 21, a. 2, in c.).
El bien se constituye y fundamenta en el ser, y, por ello, tanto la perfección como la perfectividad, que supone el bien, es la del acto, que es perfección. «Toda cosa es perfecta en cuanto es en acto» (Summa contra Gentiles, I, 28.) y «es de la naturaleza del acto que se comunique a sí mismo» (De Potentia, q. 2, a. 1, in c.). La concepción del ser como acto y perfección primera y básica es otro principio fundamental, que podría añadirse a las «tesis tomistas» y que ya está ímplicita en las tres primeras tesis.
El ente es el primer conocido del entendimiento, lo que éste primeramente concibe, por ser el objeto formal propio del mismo, o el aspecto bajo el cual alcanza lo que conoce. De ahí que sea lo último que se encuentra en todo análisis conceptual. No se le puede, por tanto, añadir nada que no sea también ente. Según Santo Tomás, «en esto se apoya Aristóteles para probar, en su Metafísica, que el ente no puede ser un género» (De veritate, q. 1, a. 1, in c. Cf. Aristóteles, Metafísica, II, 3, 998b 20-30). Es un concepto único, pero no únivoco como lo es, en cambio, todo género, sino que posee una unidad proporcional, y, por ello, es análogo.
Si se afirma que el ente «se divide en diez géneros» (De ente et essentia, c. 1), no se significa que lo hace como un género en otros géneros o subgéneros, sino como un concepto análogo se diversifica en sus analogados. El concepto de ente no posee unidad, propia de las nociones unívocas, sino una unidad analógica o proporcional. Sus analogados están contenidos de modo actual e implícito en esta unidad proporcional.

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El bien difusivo
a escrito también Canals: «Notaba Ramón Orlandis que las denominadas "veinticuatro tesis tomistas" podían ser reconocidas ciertamente como "principios y proposiciones mayores", pero no como si fuesen "los principios y proposiciones mayores" de la síntesis metafísica de Santo Tomás» (Canals, 1991, 20). En efecto, pueden considerarse otros muchos e incluso más nucleares.
Uno de ellos es el carácter difusivo del bien. En la síntesis tomista tiene una importancia extraordinaria el bien. Santo Tomás lo concibe como motivo de la creación y como fin de lo creado. En la doctrina metafísica tomista del ser es un principio capital. Desde la tesis de la naturaleza difusiva del bien, se comprende la del ser como acto, e incluso toda la sistemática de las estructuras actopotenciales, con las que se da razón de la constitución ontológica del ente finito y creado, sujeto de cambio y movimiento, y numéricamente múltiple en la identidad específica.
Dios, bien infinito, por el acto libre de la creación, comunica el bien; y lo hace poniendo en las criaturas la capacidad de participarlo por semejanza. Dios otorga así el bien participado y la capacidad de poseerlo. De manera que las limitaciones de las criaturas no suponen un mal, el denominado mal metafísico. No existe este mal, porque la finitud es un bien, aunque limitado. La limitación o finitud es un modo de participar del bien, es la condición para poder poseer el bien.
La tesis de que todo lo potencial es capacidad receptiva del bien, supone otra anterior también en la línea de lo bueno: el carácter difusivo del bien. Lo que es en acto, no sólo es perfecto, sino perfectivo, y, como concecuencia, es bueno y difusivo de su mismo bien.
La concepción de todo ente como bueno le permite considerar el universo como una jerarquización de bienes, en el que cada uno de ellos está dispuesto en distintos niveles de bondad, según su participación en el bien, que son así expresados analógicamente. Todas las realidades creadas son buenas en alguna medida, y en cuanto tales poseen las dimensiones de modo, especie y orden, descubiertas por San Agustín.
De manera que la explicación metafísica de Santo Tomás de la criatura se hace «desde unas tesis más definitivas y últimamente sintéticas, que es preciso situar en la metafísica neoplatónica del bien difusivo, la doctrina de la participación del bien por los entes del universo, y la ontología del mismo bien trascendental expresada en la caracterización agustiniana del bien finito como vestigio o imagen de la "Trinidad divina", según la dimensión ternaria de "especie", "modo" y "orden"» (Canals, 1991, 20).
Santo Tomás, por tanto, considera que son tres los elementos constitutivos de toda perfección en el ser finito: la especie, el modo, y el orden. Modo, especie y orden son tres dimensiones del bien finito, pero que no constituyen una estructura de composición, sino que suponen una misteriosa identidad y diferenciación.
El modo constituye la vertiente existencial y singular de las realidades finitas, por el que pueden estar y actuar determinadamente en un lugar concreto. El modo no es sino la diferenciación individual, según la cual la perfección se da accidentalmente en el ente. La especie es el aspecto conceptualizable de la entidad, lo que atrae la atención de la inteligencia. La especie no es sino la forma misma del ente, es decir, el principio intrínseco de la perfección del mismo. El orden es el elemento relativo, fundado en los otros dos. Da razón de la referencia y orientación de las cosas, de su dinamismo tendencial, tanto en su aspecto de apetición o de búsqueda como de difusión de sí. El orden es, por tanto, la inclinación o tendencia que el ente según su forma, o perfección intrínseca, tiene a otras cosas distintas, a su acciones, a la comunicación de sus perfecciónes y a su fin.
Las cosas son así buenas por esta tríada, y, por tanto, no únicamente por su naturaleza, sino también por su modalización propia y por su ordenación o finalidad. No se considera, por consiguiente, que la singularización sea una desintegración de la esencia, ni la limitación, o finitud, como un mal metafísico.

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Importancia de las Tesis
l mismo Canals ha puesto de relieve recientemente que esta situación o «estatuto» ha cambiado para dos proposiciones contenidas en una de ellas. Ha escrito que «la promulgación, el 11 de octubre de 1992, por el Papa Juan Pablo II, del nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nos pone ante un hecho que no puede ser ignorado en la reflexión sobre las conexiones entre el misterio revelado y sus formulaciones dogmáticas, y las verdades racionales filosóficas, en especial en el campo metafísico» (Canals, 1996, 33).
En el número 318 del Catecismo, que es de «resumen», se lee:
«Ninguna criatura tiene el poder infinito que es necesario para crear en el sentido propio de la palabra, es decir, para producir y dar el ser al que no lo tenía (llamar del no ser a la existencia)» (Catecismo, 318). Tiene además una nota que se refiere a «DS 3624» (Denzinger-Schönmetzer), que es la tesis 24 de las tesis tomistas.
Por consiguiente, nota Canals, «a una afirmación equivalente a lo que profesamos creer a cerca de Dios "Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles", se le conexiona, en la anotación, con puntos de la "tesis" veinticuatro, que son obviamente enunciados metafísicos» (Canals, 1996, 33).
Es patente que, con ello «tenemos, pues, que la anotación puesta en el número 318 del nuevo Catecismo sugiere como explicación complementaria de su enseñanza sobre la potencia creadora una doctrina metafísica (...) que no deja de ser discutida por diversos autores escolásticos» (Canals, 1996, 34).
Reconoce Canals que «los textos citados en las notas de un documento doctrinal mantienen sólo la autoridad y el valor que tienen en sí mismos, y no participan, por el hecho de ser así citados, del mismo carácter del propio documento al que se añaden como notas. Pero que hayan sido citadas -probablemente por primera vez en un documento doctrinal- en el nuevo Catecismo, resulta muy significativo, precisamente porque su redacción y aprobación se dirigieron a delimitar y distinguir la síntesis metafísica tomista respecto de doctrinas opuestas enseñadas por otros autores eclesiásticos» (Canals, 1996, 33).
Debe aceptarse que «las tesis filósoficas afirmadas en el Catecism
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uede concluirse, por ello, con Canals que «parece obvio que las XXIV tesis se proponen "a modo de normas directivas seguras" porque contienen algunos puntos característicos de aquella síntesis (...) la más coherente y armónica, edificada por Santo Tomás de Aquino sobre aquellos fundamentos ciertos que son en Santo Tomás lo capital de su doctrina filosófica» (Canals, 1998a, 110).En este texto, se refiere Canals a la respuesta de la Sagrada Congregación de Estudios, Dubia «Cum Summus», del 7 de marzo de 1916, en el pontificado de Benedicto XV. La cuestión que se preguntaba era «si las XXIV tesis de filosofía, aprobadas por la Sagrada congregación de Estudios, contienen verdaderamente la genuina doctrina de Santo Tomás, y si, en caso afirmativo, deben ser impuestas en las Escuelas Católicas». La respuesta fue la siguiente:«Todas esas XXIV tesis de filosofía expresan la genuina doctrina de Santo Tomás, y deben ser propuestas como normas directivas seguras» (Benedicto XV, AAS 8, 1916, 156-157).Un poco antes el mismo Papa había contestado a la siguiente carta del Prepósito General de la Compañía, P. Wladimiro Ledóchowski:«A los pies de Vuestra Santidad, pido humildemente a Vuestra Santidad que, para disipar todas las dudas, se digne aprobar la respuesta dada al R. P. General Martín sobre las cuestiones relativas a la distinción real entre esencia y existencia. La respuesta fue la siguiente: "La sentencia de la distinción real entre esencia y existencia es libre -tanto como su contraria- en la Compañía, y cualquiera puede seguirla y enseñarla, con tal de que cumpla dos condiciones: que no la tome como fundamento de toda la filosofía cristiana, y no la arguya como necesaria para probar la existencia de Dios, sus atributos, su infinitud, o la emplee para explicar e ilustrar debidamente los dogmas, y que no censure a los eximios doctores de la Compañía, de merecida alabanza en la Iglesia» (En Saranyana, 1992, 282-283).Esta carta, Ad pedes Sanctitatis, alude a otra del P. Luis Martín, en el que planteaba la obligatoriedad de la tercera tesis, que establecía la distinción real de esencia y ser. Como observa Saranyana, «la insistencia del Papa, primero de carácter universal en la encíclica Aeterni Patris y después particularizada en la carta (Gravissime Nos), debió provocar algunas perplejidades entre los filósofos y teólogos jesuitas, incertidumbres que versaban principalmente sobre la distinción real entre esencia y esse» (Saranyana, 1992, 282).
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Principios naturales y principios tomistas
n tercer lugar, Canals ha hecho notar en esta cuestión que «las XXIV tesis "principios y enunciados mayores del Doctor Angélico", no coincidían, ni en la intención de los que las presentaron, ni en la mente de San Pío X, con aquellas verdades ciertas y fundamentales de las que no es lícito disputar porque son el fundamento de toda ciencia verdadera» (1998a, 109).
Recuerda Canals un texto de Pío XII, el Discurso en el cuarto centenario de la Universidad Gregoriana, del 17 de octubre de 1953, en el que se lee:
«No se confunda la doctrina católica y las verdades naturales con ella conexas, reconocidas por todos los católicos, con los propios elementos y los conceptos peculiares por los que se diferencian entre sí los varios sistemas filosóficos y teológicos, que se encuentran en la Iglesia».
Se dice también sobre estos últimos que
«ninguna de semejantes explicaciones o argumentaciones constituye la puerta para entrar en la Iglesia, y con mayor razón es ílicto afirmar que constituye la única puerta. Ni siquiera del más santo insigne Doctor se ha valido nunca la Iglesia como de fuente originaria de la verdad, ni tampoco ahora lo usa como tal. Ciertamente considera grandes Doctores y honra con las mayores alabanzas a Santo Tomás y a San Agustín; pero sólo a los autores de las Sagradas Escrituras divinamente inspiradas tiene y confiesa por infalibles. De modo que la Iglesia intérprete y custodio de las Sagradas Escrituras por mandato de Dios, depositaria en sí de la viva Tradición Sagrada, es Ella misma la puerta para alcanzar la salud, ella misma es para sí, bajo la guía y la tutela del Espíritu Santo, la fuente de la verdad».
Y se advierte seguidamente que
«los varios sistemas de doctrina a que permite adherirse la Iglesia, es absolutamente necesario que estén de acuerdo con todo aquello que había sido conocido con certeza por la filosofía antigua y por la cristiana desde los primeros tiempos de la Iglesia» (Pío XII, AAS 45 (1953), 684-85).
Comenta Canals, en otro lugar, que «la Iglesia sabe y sostiene que estos preámbulos racionales y verdades naturalmente ciertas son de suyo anteriores a la recepción de la fe y necesarias precisamente para darle su carácter de "obsequio razonable". Si estas verdades exigen el asentimiento cierto de la mente es, pues, en primer término porque pueden de suyo ser alcanzadas por la verdadera filosofía, en la que la luz de la razón sea rectamente dirigida. Por esto al confirmar su vigencia absolutamente necesaria en toda doctrina filosófica permitida por la Iglesia, recoge ésta el testimonio que aquellas verdades obtienen, no sólo de su acuerdo con la fe, sino de "la sabiduría de los siglos". Ellas constituyen "el patrimonio común de la filosofía antigua y de la filosofía cristiana", aquello que "los más excelentes filósofos y los principales Doctores de la Iglesia" hallaron y sostuvieron» (Canals, 1954, 73).
Esa doctrina general, conexa a la fe, y conocida por el pensamiento antiguo y cristiano, sería la indicada por Pío X como «capital» en Santo Tomás y que no es discutible por su fundamentalidad de toda ciencia verdadera.
Sin embargo, continúa advirtiendo Canals:
«Tampoco conviene interpretar el testimonio secular de la "filosofía perenne" de la humanidad con un criterio "lamennaisiano" de "consentimiento universal". No se trata de apoyarse en un sufragio universal de cuantos han sido considerados como sabios por los hombres; de este modo fácilmente se podría conmover la certeza de que pertenezcan al patrimonio de sabiduría de la humanidad. La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, sabe dónde se encuentra la verdad, donde se hallan tales principios mantenidos en toda su pureza y desarrollados con seguridad. Toda filosofía permitida por la Iglesia deberá coincidir y convenir en "aquellos principios y afirmaciones de la filosofía escolástica"» (Canals, 1954, 73-74).
Según Pío XII en este texto, «entre aquellas verdades brevemente aludidas hace unos instantes, enumérense, por vía de ejemplo, las que se refieren a la naturaleza de nuestro conocimiento; al adecuado concepto de la verdad; a los principios metafísicos afianzados en la verdad y que son absolutos; a la existencia de Dios, infinito, personal, Creador de todas las cosas, a la naturaleza humana, la inmortalidad del alma, la conveniente dignidad de la persona, a los deberes que la ley moral grabada en él por la naturaleza, promulga e impera» (AAS 45 (1953), 684-85).
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Génesis de las tesis
as tesis tomistas, como ha explicado Paolo Dezza, fueron obra de las intensas y perseverantes gestiones de los jesuitas Guido Matiussi y Giuseppe Leonardi. Su génesis comienza con el primero -discípulo de otro notable jesuita tomista, Juan Cornoldi, uno de los principales renovadores del tomismo, que conoció gracias a Serafín Sordi-, cuando, a finales de septiembre de 1910, dio una carta a su amigo el padre jesuita Giuseppe Leonardi, para que se la entregará al Papa. En ella, le proponía la conveniencia de que se indicasen las principales tesis de la doctrina filosófica del Aquinate, para que se pudiesen seguir con toda seguridad las directrices que había dado el Papa en su reciente breve Sacrorum Antistitum (1 de septiembre de 1910), y para tal fin la carta iba acompañada de una lista de veintes posibles tesis (Cf. Canals, 1997c, 38).
En este documento, dirigido a «todos los Obispos y Maestros supremos de las Órdenes religiosas», el Papa Pío X, citaba estas palabras finales de su encíclica Pascendi (8 de septiembre de 1907):
«Por lo que toca a los estudios, queremos, y definidamente mandamos, que la Filosofía escolástica se ponga por fundamento de los estudios sagrados (...) Lo principal que hay que notar es que cuando prescribimos que se siga la Filosofía escolástica, entendemos principalmente (præcipue) aquélla que enseñó Santo Tomás de Aquino, acerca de la cual, cuanto decretó Nuestro predecesor queremos que siga vigente, y en cuanto fuere menester, lo restablecemos y confirmamos, mandando que sea por todos exactamente observado. A los Obispos pertenecerá urgir y exigir, si en alguna parte se hubiese descuidado en los Seminarios, que se observe en adelante, y lo mismo mandamos a los superiores de las Ordenes religiosas» (AAS 40 (1907), 639-640).
Como ha explicado el historiador Saranyana, «el término præcipue, empleado por el Romano Pontífice, en 1907, levantó una verdadera nube de comentarios, y su repetición en 1910 contribuyó aún más a las polémicas. Para unos debía interpretarse en el sentido de unice; para otros, el Papa habría querido señalar sólo la preferencia de la Iglesia, en el sentido de que Santo Tomás sería el primus inter pares, el más destacado escolástico, al que habría que tomar en cuenta, aunque no obligatoriamente cuando otros escolásticos se apartasen razonablemente de sus sentencias (...) El clima de incertidumbre en que se movían los profesores de los seminarios y de las facultades eclesiásticas, motivado por las constantes contestaciones a la autoridad doctrinal de Santo Tomás y, sobre todo, por las dudas y discusiones en torno al genuino pensamiento tomista, empezó a ser preocupante» (Saranyana, 1992, 276-277).
No es extraño que Pío X acogiera favorablemente la iniciativa de los dos jesuitas. Contestó a Matiussi pidiéndole que diera forma definitiva al esbozo, que le había enviado. Lo que hizo casi inmediatamente, mandando de nuevo su texto de veinte tesis ya mejorado. El Papa lo dio a varios profesores para que le manifestaran su opinión y en el caso favorable las revisarán. Se desconoce el nombre de los consultados, únicamente el del profesor de la Universidad Gregoriana Genaro Bucceroni, que se mostró contrario a la formulación y a su publicación.
Muy recientemente Enrique Miguel-Aguayo ha probado que otro de los consultados fue el cardenal Billot, entonces todavía profesor de Teología dogmática en la Gregoriana. También que la respuesta del jesuita fue afirmativa, justificándola por la situación de los estudios en los centros de la Compañía y acompañándola de algunas modificaciones al texto de la tesis. El Papa seleccionó dos de los informes pedidos, uno de ellos el de Billlot, y se los envió a Matiussi, que le remitió poco después una tercera versión de las tesis, recogidas todas las observaciones

Carácter de las tesis tomistas
ebe advertirse, que la aprobación de las Tesis por la Sagrada Congregación de Estudios tuvo un carácter disciplinar y no doctrinal. Por ello, como ha explicado Canals, en primer lugar, se hizo «no en un documento de magisterio doctrinal que las impusiese al asentimiento especulativo de los filósofos y teólogos católicos, sino en un acto disciplinar, a modo de interpretación de lo preceptuado sobre la enseñanza, y propuestas a modo de normas, tantas veces atribuido a un segundo momento, posterior a la muerte de Pío X, y realizado bajo el pontificado de Benedicto XV (...) De aquí que ninguna consulta o información sobre las tesis se elevó al santo Oficio, la actual Congregación para la Doctrina de la Fe» (Canals, 1998a, 100).
Para Canals, «el carácter del acto de 1914 es el de una interpretación auténtica de normas disciplinares que establecían que los estudios eclesiásticos se inspirasen en la doctrina de Santo Tomás» (Canals, 1998a, 99). De un modo parecido fue entendido en una editorial de «La Civiltà Cattolica», publicada junto con el texto de las tesis.
En ella, se negaba el carácter de documento dogmático, que requiriera el asentimiento de la fe, y se caracterizaba incluso como una disposición magisterial únicamente sobre su autenticidad tomista, no sobre su veracidad objetiva.
«No se trata aquí de un documento dogmático, en el que se determine alguna verdad como perteneciente a la fe y a las costumbres, o se condene algún error contrario. No se pronuncia censura alguna a nadie que sienta de otro modo de cuanto se anuncia en las tesis, y ni siquiera encontramos en este documento un acto o decreto disciplinar que imponga la obligación de atenerse a él, ¿de qué se trata pues? De una simple, a la vez que autorizada, aprobación con la que no se sentencia de la verdad o falsedad de las tesis propuestas, ni de su mayor o menor probabilidad, pero ciertamente se declara que contienen los principios y las enunciaciones más importantes de la doctrina de Santo Tomás de Aquino, sobre todo en el orden metafísico» (Civiltà, 1914, 708).
Después de indicarse que es un bien el proporcionar esta seguridad, y que tiene muchas ventajas, se advierte:
«Se engañaría totalmente quien, atendiendo a la índole de las tesis, las más de alta metafísica, y que son en gran manera discutidas entre no pocos de los insignes doctores católicos, quisiese sacar el argumento para insinuar que mejor haría la Iglesia si callase sobre tales cuestiones. Por firmeza bien podría ser que la Santa Iglesia encuentre que pertenezca a su sabiduría y prudencia el no intervenir con preceptos, o con censuras y reproches de algún tipo, juzgando más oportuno que libremente se discuta de una parte y de otra sobre tales proposiciones; pero una cosa es el no imponer, el no definir, y otra es el callar del todo, de manera que no manifieste siquiera las propias preferencias y se abstenga de dar hasta sugerencias y consejos. El pretender esto sería hacer una injuria a la Iglesia, considerandola incompetente para juzgar sobre tales cuestiones, o al menos que deba permanecer indiferente para una solución o para otra» (Ib. 708-709).
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«Apóstol de los tiempos modernos»
n la celebración del sexto centenario de la canonización de Santo Tomás, el filósofo francés Jacques Maritain dijo en Aviñón, donde el papa Juan XXII lo había canonizado el 18 de julio de 1323, que «su doctrina aparece como la única poseedora de energías harto poderosas y suficientemente puras como para obrar con eficacia (...) sobre el universo entero de la cultura, para restablecer en el orden a la inteligencia humana y, con la gracia de Dios, conducir así por los senderos de la Verdad al mundo que agoniza por falta de conocer» (Maritain, 1942, 79).
Precisó seguidamente, en su conferencia, que «el mal, que sufren los tiempos modernos, es ante todo, un mal de la inteligencia; comenzó por la inteligencia y ahora ha llegado hasta las más profundas raíces de la inteligencia ¿Por qué admirarnos si el mundo aparece como envuelto por las tinieblas? Si tu ojo estuviere malo, todo tu cuerpo estará entenebrecido (Mt 6, 23) (...) En el comienzo de todos nuestros desórdenes, podemos apreciar, por de pronto y ante todo, una ruptura de las normas supremas de la inteligencia. La responsabilidad de los filósofos es aquí inmensa» (Maritain, 1942, 80).
Los principales síntomas de este mal son tres. El primero, de orden racional.
«La inteligencia cree afirmar su poder negando y rechazando, tras la teología, la metafísica como ciencia, renunciando a conocer la Causa primera y las realidades inmateriales y alimentando una duda, más o menos refinada, que hiere a la vez la percepción de los sentidos y los principios de la razón, es decir, aquello mismo de que depende nuestro conocimiento. Este presuntuoso hundimiento del conocer humano se puede calificar con una sola palabra: agnosticismo».
El segundo es de orden religioso.
La inteligencia «rechaza el orden sobrenatural que considera imposible, y esa negación se extiende a toda la vida de la gracia. Digámoslo con una sola palabra: naturalismo».
El tercero, moral, porque
«la inteligencia se deja seducir por el espejismo de una concepción mítica de la naturaleza humana que atribuye a esta naturaleza las condiciones propias del espíritu puro y que la supone, en cada uno de nosotros, tan pura y tan íntegra como lo es en el ángel su propia naturaleza; de ahí que nos reivindique, con el completo dominio sobre la naturaleza, esa autonomía superior, esa plenitud de propia suficiencia (...) Esto es lo que, dando a la palabra su pleno sentido metafísico, se puede llamar individualismo; y que fuera más exacto calificar de angelismo» (Ib. 82).
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«Luz apacible»
ste programa de su vida, Santo Tomás lo vivió con serenidad y humildad. Louis de Wohl la caracteriza como «luz apacible», en su espléndida biografía novelada La luz apacible. Novela sobre Sto. Tomás de Aquino y su tiempo. Al final de la obra, uno de los personajes, recordando palabras del Padre Abad de Fossanova, piensa que
«"su mayor logro ha sido que ha convertido la filosofía en un arma poderosa al servicio de Cristo. No sólo ha conseguido hacer una feliz síntesis del pensamiento cristiano y la filosofía aristotélica, sino que ha logrado también infundir a la misma filosofía el soplo del Santo Espíritu"... Filósofo, teólogo, metafísico... ¡Con tal que no se olvidasen del hombre!... Porque Tomás había sido el hombre más amable, más gentil, más digno de ser amado que había conocido» (Wohl, 1983, 375).
Santo Tomás, que había nacido a principios de 1225 en el castillo de Rocaseca, conoció la Orden de Predicadores, en Nápoles, durante su primera estancia de 1239 a 1243, después de haber permanecido nueve años en la abadía de Montecasino. Sus padres, Landolfo y Teodora, le habían trasladado del castillo de Rocaseca, cerca de Aquino -hoy en día prácticamente en ruinas, pero que será restaurado, por haber sido su lugar del nacimiento-, a la abadía de los benedictinos, cuando contaba tan sólo cinco años de edad.
Uno de los primeros biógrafos de Santo Tomás, Guillermo de Tocco en su Historia beati Thomæ, refiere «una visión de doña Teodora cuando concibió a Tomás, calcada sobre la Anunciación de Jesús a su Madre María. "Estando en Rocaseca, en los confines de la Campania, vino a ella en espíritu fray Bueno (que era mejor en vida y religiosidad), un anacoreta, con fama de santo, que había estado con otros muchos en el territorio de Rocaseca, y le dijo: 'Alégrate, Señora, porque el hijo que llevas en tu seno se llamará Tomás. Tú y tu marido pensáis hacerlo monje en el monasterio de Montecasino, en el que descansa el cuerpo de san Benito, con la esperanza de llegar a los grandes réditos del monasterio, mediante su promoción a la máxima prelatura. Pero Dios ha dispuesto sobre él otra cosa: que sea fraile de la Orden de Predicadores, y obtendrá tal claridad en la ciencia y en la santidad de vida, que en todo el mundo de su tiempo no se encuentre a nadie como él'. A lo que respondió la señora: 'No soy digna de tener tal hijo; haga Dios según el beneplácito de su voluntad' " (...) Demasiado parecido a la Anunciación. Es probable que sea sólo leyenda» (Forcada, 1993, 16-17).
No parece leyenda, en cambio, otra noticia sobre la infancia del Aquinate:
«Los primitivos biógrafos y algunos de los testigos del Proceso de canonización relatan un hecho encantador, que tiene un sabor muy significativo para sus mentalidades. Siendo el niño todavía lactante, su madre, con otras señoras, fue a los baños de Nápoles y llevó consigo al niño con la nodriza. Ésta sentó a Tomás para bañarlo y él, alargando la mano, porque todavía no andaba, agarró fuertemente un pequeño trozo de pergamino. Queriendo abrirle la mano para desnudarlo, el niño comenzó a gritar, llorando. Compadecida la nodriza lo baño con la mano cerrada, lo secó, lo vistió y se lo llevó a su madre. Dona Teodora le abrió la mano, por más que el niño lloraba, le quitó el pergamino, en el que estaba escrita la salutación angélica: "Ave María". Desde entonces, cuantas veces lloraba, la nodriza no podía hacerlo callar sino dándole el escrito, que el niño inmediatamente se llevaba a la boca» (Forcada, 1993, 20-21).
También «los biógrafos anotan su prodigiosa memoria, la brillantez de su inteligencia y su inquietud por conocer a Dios, que se manifestaba en la pregunta que le hacía frecuentemente a su maestro: ¿Qué cosa es Dios?» (Ib. 23).
El Papa Gregorio IX había excomulgado al emperador Federico II, persona muy extraña y complicada, que había heredado el reino de Sicilia y que se estaba apoderando de los Estados Pontificios. El emperador ocupó la abadía por la fuerza y expulsó a los monjes. Santo Tomás, testigo de estos hechos, por consejo del abad, fue enviado por su familia, que estaba al lado del emperador, a la Facultad de Artes de la Universidad napolitana, fundada catorce años antes por el mismo emperador.
Allí pudo conocer a los dominicos del convento de Santo Domenico Magiore. A principios de 1244, un año después de la muerte de su padre, pidió la admisión al prior de este convento dominicano, dado que la Orden de Santo Domingo colmaba sus deseos de estudio y de vida religiosa, como refleja muy bien su «Principio».
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2
«Riegas los montes»
mediados del siglo XIII, en la Universidad de París, para ser promovido al grado máximo de maestro o doctor, uno de los requisitos era el de pronunciar una lección solemne ante todo el claustro de Maestros y Profesores. Se conserva el texto de esta lección, que se llamaba «Principio», que impartió Santo Tomás al finalizar el curso 1255-56, titulada Sobre la recomendación de la Sagrada Escritura. Está basada en un versículo del Salmo 103, «La gloria de Dios en la creación», que dice: «desde tu morada riegas los montes, y la tierra se sacia de tu acción fecunda» (103, 13).Este breve texto de Santo Tomás es muy importante, porque su contenido fue el programa de toda su vida y lo que permite entender su fecundidad, que atraviesa el tiempo. Comienza el Aquinate citando un pasaje del Pseudo-Dionisio, en el que se afirma que la Providencia divina hace que los dones superiores desciendan de lo más alto hasta lo más bajo de un modo escalonado, por medio de grados intermedios, y ello, tanto en los espirituales como en los corporales. Desde este principio se puede comprender la metáfora del Salmo. Así como la lluvia desde el cielo riega los montes y forma ríos que descienden hacia los valles, fecundando su suelo, así también la Sabiduría divina riega la mente de los maestros, que fluye hasta sus oyentes.
Considera a continuación cuatro cuestiones: la altura de la doctrina espiritual, la dignidad de sus profesores, la condición de sus oyentes y el orden de la comunicación.
-La Sagrada doctrina o Teología tiene gran altura por tres motivos. El primero es por su origen, que es la Sabiduría divina. El segundo es por su contenido. Algunas de sus verdades son conocidas por todos los hombres, aunque imperfectamente; otras, en cambio, sólo las entienden los adiestrados en el arte de razonar; y, por último, otras sobrepasan toda razón humana, están así únicamente en el texto de la Sagrada Escritura, donde habita la misma sabiduría divina.
Santo Tomás distingue un doble orden de verdades cognoscibles por el hombre: las verdades naturales o racionales y las verdades sobrenaturales, que han sido reveladas por Dios. La delimitación se da incluso en el conocimiento de Dios, que es así al mismo tiempo objeto de estudio de la Sagrada doctrina o Teología sobrenatural y de la Teología natural o racional, aunque con una formalidad distinta. La primera lo alcanza en cuanto a Dios, con la luz sobrenatural de la fe; la segunda. en cuanto causa primera de los entes, con la luz natural de la razón.
La Teología metafísica a partir de los entes asciende al conocimiento de Dios, pero no como Él es en sí mismo, sino como causa de todos ellos. Los principios que utiliza son los connaturales del conocimiento humano; y el método utilizado es la argumentación racional. En cambio, la Sagrada doctrina tiene por objeto a Dios mismo, pero según se ha revelado; para su estudio se apoya en unos principios, que son las verdades de la fe, y, por ello su método esta basado en la autoridad divina.
Sin embargo, la Sagrada doctrina argumenta usando métodos racionales, aunque, como dirá el Aquinate en la Suma Teológica,
«la Sagrada doctrina utiliza también la razón humana, no ciertamente para demostrar el dogma, lo cual suprimiría el mérito de la fe, sino para esclarecer otras cosas que esta ciencia enseña» (STh I, 1, 8, ad 2). El uso de la razón por la Sagrada doctrina no supone una reducción del misterio revelado a mero pensamiento racional, porque «los argumentos de la razón humana no alcanzan a demostrar las verdades de la fe, pero, sin embargo, la Sagrada doctrina de los artículos revelados deduce otras verdades» (STh I, 1, 8, ad 1).
De manera que «así como las otras ciencias no argumentan para demostrar sus principios, sino que, basadas en ellos, discurren para demostrar otras verdades que hay en ellas, así tampoco la Sagrada doctrina emplea argumentos para demostrar los suyos, que son los artículos de la fe, sino que partiendo de ellos, procede a demostrar otras cosas» (STh I, 1, 8, in c.).
Existe también un conocimiento racional natural y espontáneo de Dios. El concepto de Dios, obtenido por el esfuerzo de la inteligencia humana por medio de las criaturas es accesible a cualquier hombre. Para todo hombre normal, que no haya sufrido deformaciones intelectuales o morales, es decir, sin prejuicios ni vicios, no le es difícil llegar a conocer a Dios, creador trascendente y personal. En cambio, no le es fácil a un hombre contaminado intelectualmente y de vida desordenada conocer a Dios a través del espectáculo de la naturaleza y de su propia interioridad. En realidad, no desea que sea cierta la existencia de Dios, porque comprometería consecuentemente su vida.
Este conocimiento intelectual, espontáneo y precrítico, puede elaborarse, para una comprensión más profunda y que proporcione un mayor grado de certeza, desde razonamientos y demostraciones más complejas. Su sistematización es la tarea de la Teología filosófica. Por consiguiente, para Santo Tomás los dos conocimientos, el natural y el sobrenatural, son distintos, pero están en continuidad. Cada uno representa la perfección del anterior, que es su sujeto.
El tercer motivo de la sublimidad de la Sagrada doctrina es por su fin. La meta de la Teología es que el hombre alcance la vida eterna. Finalidad que es la más alta de todas.
-La segunda cuestión que hay que considerar es la dignidad de los profesores. Gracias a la perfección de la Sagrada doctrina, sus maestros se pueden comparar a las montañas, que se señalan en el Salmo, regadas desde arriba. Tal comparación obedece a tres causas. Primera, por la elevación de las montañas sobre la tierra, pues así deben ser los profesores, que han de estar por encima de lo terrenal. Segunda, porque las montañas son las primeras en ser iluminadas por los rayos del sol, e igualmente los doctores son los primeros en recibir la participación de la sabiduría divina. Tercera, porque las montañas protegen a los valles, y los maestros deben defender a la fe de los errores.
Los profesores, por consiguiente, tienen tres funciones principales: predicar, enseñar y disputar. Por ello, su vida tendría que ser intachable, para iluminar con la predicación a los fieles, para enseñar a sus alumnos y para disputar contra los errores.
-La tercera cuestión se refiere a los oyentes. Si los profesores son los montes, los oyentes son la tierra, fertilizada por las aguas. Y también, por tres motivos. Primero, el oyente debe ser humilde al recibir la Sagrada doctrina, como la tierra con el agua que baja de los montes y que proviene de arriba. Segundo, tiene que ser firme, como la tierra, para no dejarse llevar por lo errores. Tercero, procurar ser fecundo, como la tierra, multiplicando por todas partes la sabiduría que han oído.
-La última cuestión es el orden que debe seguirse en la comunicación de la sabiduría. Hay que enfocarlo teniendo en cuenta tres principios. Primero, no es necesario comunicar a los oyentes todo lo que se sabe, el mismo maestro no ha podido aprehender toda la sabiduría divina. Segundo, en relación a los oyentes debe tenerse en cuenta que sólo Dios tiene la sabiduría por naturaleza, los profesores la comparten, aunque no por completo, y los oyentes participan en la medida suficiente para hacerla fructíficar como la tierra. Tercero, el poder de comunicar pertenece a Dios, y los profesores lo tienen como ministros y servidores de la sabiduría divina.
Concluye Santo Tomás precisando que, para ser buen ministro de la sabiduría divina, son necesarias cuatro cualidades: inocencia, sabiduría, celo y obediencia. Nadie por sí mismo y de sí mismo es apto para poserlas y para este ministerio. El maestro tiene que esperar recibir esta capacidad de Dios. Por ello,
«hay que pedirla a Dios. "Si alguno de vosotros está falto de sabiduría, pídala a Dios, que a todos da largamente y sin reproche, y le será otorgada" (Sant 1, 5). Recemos para que Cristo nos la conceda a nosotros. Amén».