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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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24 de febrero de 2009

En el centenario de la Pascendi




Conferencia pronunciada en el

Círculo Antonio Molle Lazo


por José Miguel Gambra






a encíclica de San Pio X llamada Pascendi fue publicada ahora hace 100 años contra el modernismo y estaba precedida del decreto Lamentabili, donde se condenaban unas decenas de proposiciones extraídas de esa corriente de pensamiento. Como parece propio de su conmemoración podría empezar por mencionar las circunstancias en que fue escrita, por citar los autores más destacados cuyas ideas provocaron en aquel momento esa reacción de la jerarquía eclesiástica. Cabría hablar de Loisy, de Le Roy y de Tyrrel entre otros, pues sin duda ellos y los filósofos en los que se inspiraron inmediatamente, como Blondel y Bergson, y otros más remotos, ya pertenecientes a la órbita del protestantismo, como Schleiermacher y Strauss, pero sobre todo Kant.
Sin embargo, prefiero adoptar otra perspectiva. Porque entender la Pascendi como condenación en un momento dado de las doctrinas de unos pensadores muy determinados es, en cierta medida, hacerle el juego a los propios modernista y a sus sucesores. En efecto, esta encíclica, en cuanto constituye una parte del magisterio ordinario, por cuanto se halla en consonancia con lo que la Iglesia ha mantenido desde sus comienzos, tiene un alcance muy superior al de unas circunstancias determinadas.
El modernismo pretende que los documentos eclesiásticos tienen una vigencia limitada y transitoria que se debe comprender a la luz de unas condiciones ambientales particulares; los conciben como respuestas de la jerarquía a retos momentáneos que nunca deben sacarse fuera de su contexto histórico. Y así, respecto de la Pascendi los historiadores de la Iglesia, más o menos progresistas, estás dispuestos a reconocer la imprudencia y exageración de los autores que inmediatamente provocaron lo que llaman crisis del modernismo. Pero, al mismo tiempo, califican de injusta lo que llaman tendencia integrista que extiende a otras época, a otros movimientos y a otros autores las condenas contenidas en la encíclica y el decreto. Así, un importante prelado, cuyo nombre no citaré, decía no hace mucho:
"hay decisiones del Magisterio que (...) son sobre todo una expresión de prudencia pastoral y una especie de disposición provisional (...). Se puede pensar al respecto en las declaraciones de los Papas del siglo pasado sobre libertad religiosa, así como en las decisiones antimodernistas de comienzos de este siglo (...). En los aspectos de sus contenidos, [estas declaraciones y decisiones] fueron superadas, después de haber cumplido su deber pastoral en un determinado momento histórico".
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18 de febrero de 2009

Con motivo de la canonización de San Pío X


Don Bepi... el Papa campesino


Va haber un nuevo santo en los altares: Pío X, el Papa que rigió desde agosto de 1903 hasta agosto de 1914 la Iglesia Católica. El proceso de canonización de Giuseppe Sarto, como se llamaba civilmente, o "Don Bepi", como le decían, ha terminado triunfalmente: un decreto pontificio ha certificado ya sus milagros.

por Vicente Sanchez Ocaña
Revista Vea y Lea 1954



erá proclamado santo oficialmente por Pío XII en una ceremonia que se celebrará a fines de mayo en la plaza de San Pedro de Roma, a los 39 años y 9 meses de su tránsito.Recordamos a continuación algunas noticias de su elevación al trono pontificio, realizada contra su voluntad y a despecho de sus protestas y súplicas. También hablamos de su vida y de su muerte. Pío X fué una de las primeras víctimas de la guerra de 1914-18. Se puede decir que la guerra lo mató tan claramente como si una bala de los combates de vanguardia le hubiera dado en el corazón. Fué, por lo demás, el único gran personaje del mundo al que la guerra mató: los que la provocaron siguieron viviendo.

COMO FUE PAPA

El conclave que se reunió a la muerte del Papa León XIII para elegirle sucesor —agosto de 1903— fué dramático.Era el candidato de superior influencia, casi seguro de ser elegido Papa, el secretario de Estado de León XIII, cardenal Rampolla del Tindaro, el cual obtuvo, en efecto, en la primera votación, 24 votos, contra 17 del cardenal Gotti y unos pocos que se repartieron entre varios otros cardenales: Serafín Vanutelli, Agliardi, Sarto...Este último, José Sarto, patriarca de Venecia, eclesiástico sin nombre, poder ni ambiciones, tan pobre que para pagarse el viaje de Venecia a Roma debió pedir 300 liras prestadas, se encogió de hombros al oír que cinco cardenales lo votaban:—Algunos colegas se quieren divertir a mi costa.
En la segunda votación Rampolla lograba 29 votos, y Gotti, 16. José Sarto, ¡reunía 19!. No sólo a él sorprendían; muchos no se explicaban aquellos sufragios por un campesino desconocido.
Un cardenal francés —cuentan— interpeló, curioso, al oscuro Sarto. Este movió la cabeza:—No entiendo el francés, hermano.—¿No entiende el francés?... "Ergo non est papabilis!". (¡Luego no es papable!).
Sarto asintió, fogosamente, en el único idioma de que disponía para las relaciones internacionales, el latín:—"Verum est, eminentissime frater, non sum papabilis. Deo gratias!". (Es verdad, eminentísimo hermano, no soy papable. ¡Gracias a Dios!).
En aquel momento se produjo gran revuelo en el conclave. El cardenal Puzyna, príncipe-obispo de Cracovia, súbdito de Austria-Hungría, se puso en pie.—Su Majestad Católica el emperador Francisco José —declaró— veta la elección para Sumo Pontífice de Su Eminencia el cardenal Rampolla del Tindaro. Estoy encargado de advertirlo.
Cayó un profundo silencio sobre la asamblea. El derecho a vetar la elevación de alguna persona a Papa, aunque discutido, parecía reconocerse tradicionalmente a tres potencias: España, Francia y Austria. ¿Por qué ahora vetaba Austria al cardenal Rampolla? Se decía que lo consideraba enemigo político...Rampolla, muy pálido, se alzó a su vez:—Deploro que se cometa un grave atentado a la libertad de la Iglesia... —Vaciló un instante. Luego, balbuciendo—: Respecto a mí, a mi humilde persona..., nada me podía suceder más honroso..., más agradable.
El conclave, por el momento, se inclinó ante el veto. Más bien reaccionó a favor del cardenal Rampolla, que en la votación, a cuyo comienzo Puzyna lo vetó en nombre del emperador Francisco José, había conservado los 29 votos de la anterior. Pero otros cardenales se iban agregando a los votantes que tuviera desde el principio el humilde José Sarto: consideraban que hacer Papa a aquel aldeano inocente era un modo de eludir el pleito político planteado por Austria; también de dar a la Iglesia un digno rector, porque todos coincidían en estimarlo piadoso y bonísimo. En el cuarto escrutinio, Rampolla tenía 30 votos y José Sarto 24.
Después, Rampolla bajó a los 16 votos y Sarto subió a los 25...Entonces José Sarto —"Don Bepi", como le llamaban en la tierra veneciana—, que hasta entonces no había tomado en serio los sufragios que lo señalaban, se espantó. Bruscamente comprendió que quizá lo eligieran Papa, que estaba "en peligro" serio de ser Papa... Con uno de sus movimientos rudos de aldeano se abrió paso entre las filas de cardenales y se arrojó de rodillas en medio del salón:—¡No me elijan, hermanos, no me elijan! ¡Por caridad, no me elijan! Yo no soy capaz. No tengo inteligencia, ni estudios, ni educación...Lloraba desconsolado.
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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Papa Santo, enemigo declarado de la herejía modernista que hoy nos agobia.

13 de enero de 2009

El significado de la canonización de Pío X




Por el R. P. Julio Meinvielle


Tomado de Stat Veritas




los cuarenta años de su muerte, Pío X acaba de ser canonizado. Todavía están presentes en el escenario del mundo, muchos que fueran testigos del fuego ardiente de su fe y de su caridad. Pío X fue un santo. Y el secreto de su santidad fue la Fe. "Nada había más natural a sus ojos que lo sobrenatural. Creía como respiraba, porque de tal suerte Dios le era sensible. El mundo de la Fe le era familiar, y se movía en él con comodidad, mientras que el mundo, así solo, donde iba a vivir y actuar debía permanecerle extraño, o al menos le parecía tal, porque la fealdad de sus pensamientos y de sus costumbres horribles le repugnaban. No se mezclará en él sino forzado a la lucha contra los enemigos declarados de la Iglesia y contra los adversarios emboscados del Dogma, en que las antenas sobrenaturales de su Fe intrépida captarán las inspiraciones divinas para dictarle decisiones humanamente sorprendentes, imprevistas, pero poderosamente fecundas". (1)

Porque Pío X se movía en el mundo de la Fe, podía estimar en su justo valor el estado del mundo y medir la gravedad de los errores que le ame­nazaban. De aquí el significado de sus reprobaciones contra desvaríos espirituales que han determinado el estado calamitoso en que se encuentra hoy el mundo.

Tres son estos desvaríos. El primero lo constituye la guerra contra los derechos imprescriptibles de la Iglesia, llevada a cabo particularmente en Francia por el gobierno masónico de Combes. Frente a un gobierno, empeñado en crear una Iglesia y un episcopado " nacional " , Pío X se yergue como un gigante en toda la majestad de su soberana autoridad y pro­nuncia el non possumus. El gobierno rompe relaciones con la Iglesia, se incauta de sus bienes, prohíbe todo acto de culto en las escuelas, en el ejército y en todos los establecimientos públicos y niega en absoluto el derecho de enseñar a las congregaciones religiosas. Pío X, en su encíclica VEHEMENTER del 11 de febrero de 1907 reprueba y condena la ley votada en Francia de separación de la Iglesia y del Estado. "En consecuencia, dice allí, Nos protestamos solemnemente con todas nuestras fuerzas contra la proposición, contra el voto y contra la promulgación de esta ley, declarando que nunca podrá ser ella alegada contra los derechos imprescriptibles de la Iglesia para debilitarlos."

Más peligrosa que la acción de los enemigos de fuera lo es siempre la de los enemigos de dentro. Pío X va a proceder con toda energía para conjurar el mal, tan frecuente entonces como ahora en los medios católicos, de acomodar la doctrina y la ac­ción social-política a los requerimientos del siglo.

Las corrientes subjetivistas, inmanentistas y evo­lucionistas que inficionaban la mentalidad moderna se infiltraban en los ambientes intelectuales católicos determinando en exégesis, historia de los dogmas y de la Iglesia, filosofía y teología una nueva interpretación del cristianismo que, en la realidad de los hechos, lo alteraba fundamentalmente, y, con ello, lo destruía. Contra ese segundo desvarío espi­ritual, conocido con el nombre de modernismo, Pío X pronuncia sentencia de condenación en el decreto "Lamentabili" del 17 de julio de 1907, y más particularmente en la encíclica PASCENDI, del 7 de setiembre del mismo año, en la que lo califica como "colección de todas las herejías".

La adaptación al espíritu moderno determinaba en el plano social-político errores no menos peligro­sos que podríamos denominar demoliberales. Ha­ciendo del pueblo la fuente de la autoridad pública, Marc Sangnier y su equipo del 'Sillon buscaba un ordenamiento social-político fundado en la nivela­ción de clases, soñando así cambiar las bases natu­rales y tradicionales de la sociedad para edificar la sociedad del futuro sobre otros principios que serían más fecundos y bienhechores que aquellos sobre los que reposa la sociedad cristiana actual. Contra este tercer desvarío espiritual, mezcla de liberalismo y socialismo, Pío X enseña de manera categórica " No, Venerables Hermanos —preciso es recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores—, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la ciudad nueva por edificar en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos natu­rales y divinos contra los ataques, siempre renova­dos, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: omnia instaurare in Christo". (2)

Pero Pío X comprendió que de nada valían estas condenaciones de los documentos públicos si la conducción diaria de los asuntos de la Iglesia no estaba en manos de hombres verdaderamente de Dios. Por esto llamó junto a sí, para que compartiera el gobierno de la Iglesia en la secretaría de Estado, al Cardenal Merry del Val. Pero no es esto todo. Un prelado romano, muy discutido y atacado, Mons. Benigni, fundó con la aprobación expresa de Pío X el Sodalitium Pianum, o Sapiniére, en abreviatura S.P., para descubrir las infiltraciones moder­nistas y demoliberales dentro de la Iglesia y, con ello, mantener la pureza e integridad de la verdad católica en el plano del pensamiento y de la acción.

Pío X ha sido violentamente atacado por la firmeza de sus directivas espirituales. Y cuando, en razón de la santidad notoria de su vida, no se han atrevido a atacarlo a él directamente, lo han con­siderado "un santo cura de campaña" y se han en­sañado, en cambio, con el Cardenal Merry del Val y con Mons. Benigni. Una de las objeciones, en apariencia más sólidas, que se ha levantado con­tra la santidad del Pontífice en el proceso de su canonización, la han constituido precisamente las actividades del ilustre Cardenal y de Mons. Benigni.

Pero, en vano, como lo manifestó Pío XII, en el discurso que pronunció el 3 de junio de 1951 en la Plaza de San Pedro, en ocasión de la beatificación del gran Pontífice. " Ahora, dijo entonces, que el examen más minucioso ha descubierto a fondo to­dos los actos y las vicisitudes de su pontificado, ahora que se conocen las consecuencias de aquellas vicisitudes, ninguna duda, ninguna reserva es ya po­sible, y se debe reconocer que, aun en los períodos más difíciles, más ásperos, más graves y de más res­ponsabilidad, Pío X, asistido por la gran alma de su fidelísimo secretario de Estado, el Cardenal Merry del Val, dio prueba de aquella iluminada prudencia que nunca falta en los santos, aunque en sus apli­caciones se encuentre en contraste doloroso, pero inevitable, con los engañosos postulados de la pru­dencia humana y puramente terrestre". (3)

Pero hay todavía más. Pío XII no se ha contentado con defender a Pío X y a sus ilustres colaboradores. Ha hecho el elogio positivo de sus cualidades extraordinarias. "Con su mirada de águila, más pers­picaz y más segura que la corta vista de miopes razonadores, veía el mundo tal como era, veía la misión de la Iglesia en el mundo, veía con ojos de santo Pastor cuál era su deber en el seno de una sociedad descristianizada, de una cristiandad con­taminada, o, al menos, acechada por los errores de la época y por la perversión del siglo."

"La mirada de águila" de Pío X vio claro asimismo en el asunto de l'Action Française y de Charles Mau­rras. Cierto que la incredulidad religiosa de Mau­rras, que había perdido la fe en su juventud, ha alcanzado un grado de sacrílega impiedad y de blasfemia en obras como Anthinea y Le chemin de Pa­radis. Pero el programa de acción política contra el demoliberalismo de la Revolución, forjado por Maurras, ofrecía garantías para una firme restauración social-política en la línea católica. Su Action Française era, en el plano político, una defensa de la Iglesia contra la Revolución. A Camille Bellaigue, que pedía una bendición para Maurras, le respondió Pío X: "¡Nuestra bendición! ¡Pero todas nuestras bendiciones! Y decidle que es buen defensor de la Fe". (4)

Creemos conveniente recordar estos hechos para descubrir el significado completo de la canonización de Pío X, en este año de 1954. Los errores que él condenó y anatematizó con energía desusada se en­cuentran hoy, para mal de Francia y del mundo, en pleno apogeo. Laicismo de Estado, debilitamiento de la doctrina católica, infiltración del marxismo. De modo particular estos errores han hecho presa de Francia y aun de Italia. Los acontecimientos últimos producidos en el sector católico de estos dos países los ponen en evidencia.

Pero, felizmente, estos errores al desarrollarse y mostrar sus perversas virtualidades han puesto en guardia a muchos hombres todavía responsables y ello ha de determinar que los pueblos busquen la solución de sus problemas en el caminó señalado por el gran Pontífice. Santidad de vida e integridad de doctrina, recta concepción del ordenamiento econó­mico-político de la ciudad, prudentes pero progre­sivas y efectivas reformas que eliminen las injusti­cias sociales, son tres condiciones inseparables para restaurar la ciudad católica. Desgraciadamente en nuestro tiempo se ha confundido, de manera inex­tricable, reforma de las injusticias con izquierdismo económico-político y se ha querido bautizar esa confusión con un sentimentalismo evangélico, sucedáneo de la caridad. El mérito excepcional de San Pío X consiste precisamente en que, siendo él un luminar ardiente de auténtica caridad, ha estable­cido las condiciones para que, sin confusión, se adjudicasen las justas partes que se deben a la verdad y a la justicia.

Finalmente, la canonización del Papa que conde­nó el modernismo y el demoliberalismo en el mismo año en que su sucesor Pío XII toma enérgicas me­didas contra el modernismo de teólogos franceses y contra el socialismo de los prêtres-ouvriers, es signo de feliz presagio para la noble nación fran­cesa. Los que amamos a Francia, a la Francia de San Luis y de Juana de Arco, creemos que han de encontrar cumplimiento las palabras que Pío X pronunció en el Consistorio del 29 de noviembre de 1911.

Dijo el Santo Pontífice: "Hijos de Francia que gemís bajo la persecución, sabedlo, el pueblo que ha hecho alianza con Clodoveo en las fuentes bau­tismales de Reims, se arrepentirá y volverá a su primera vocación. Un día vendrá, y Nos esperamos que no sea lejano, en que Francia, como Saulo sobre el camino de Damasco, será envuelta con una luz celeste y oirá una voz que le repetirá: «Hija mía, ¿por qué me persigues?». Y sobre su respuesta: «¿quién eres tú, señor?» la voz replicará: «Yo soy Jesús a quien tú persigues... Duro te es dar coces contra el aguijón, porque en tu obstinación tú te reniegas a ti misma». Ella, temblando, sorprendida, dirá: «Señor, ¿qué queréis que haga?» y Él: «Levántate, lávate de las manchas que te han desfigu­rado, despierta en tu seno los sentimientos dormidos y el pacto de nuestra alianza, y anda, Hija muy amada de la Iglesia, Nación predestinada, Vaso de elección, anda a llevar, como en el pasado, mi Nombre delante de los pueblos y de todos los reyes de la tierra»".

R. P. Julio Meinvielle, “ DIÁLOGO ” Nº 1, Primavera 1954.
Notas:

(1) T. R. P. Gillet, Appel au bon sens.
(2) Notre chame apostolique, del 25 de agosto de 1910.
(3) Ecclesia de Madrid, 9 de junio de 1951.
(4) HARY MITCHELL, Pie X et La France, Les Editions du Cèdre, Paris , 1954.

8 de enero de 2009

Alocución de S.S. Pío XII en la canonización de S.S. San Pío X


























Gozo del Padre Santo

sta hora de espléndido triunfo, que Dios, exaltador de los humildes, ha preparado y como adelantado para sellar la ascensión maravillosa de su fiel siervo Pío X a la gloria suprema de los altares, colma nuestra alma de gozo, del cual, venerables hermanos y amados hijos, participáis vosotros tan abundantemente con vuestra presencia. Damos, pues, fervientes gracias a la divina bondad por habernos concedido el vivir este acontecimiento extraordinario; tanto más cuanto que, por vez primera quizá en la historia de la Iglesia, la formal canonización de un Papa es proclamada por quien tuvo en otro tiempo el privilegio de estar a su servicio en la Curia romana.
Fausto y memorable es este día no sólo para Nos, que lo contamos entre los más felices de nuestro pontificado, a quien por otra parte la Providencia había reservado tantos dolores y preocupaciones, sino también para la Iglesia entera, que, reunida espiritualmente en torno a Nos, exulta al unísono con una intensa emoción religiosa.

¿Qué significa para la Iglesia la santidad de Pío X?

El nombre tan querido de Pío X atraviesa en este radioso atardecer de un extremo al otro toda la tierra, pronunciado con los acentos más diversos y despertando por doquier pensamientos de celestial bondad, fuertes impulsos de fe, de pureza, de piedad eucarística; resuena como testimonio perenne de la presencia fecunda de Cristo en su Iglesia. Con generosa recompensa al exaltar a su siervo, Dios atestigua la santidad eminente por la cual, más aún que por su cargo supremo, Pío X fue durante su vida el campeón ilustre de la Iglesia y, por lo mismo, es hoy el santo dado por la Providencia a nuestra época.
Por eso deseamos que contempléis precisamente desde este punto de vista la gigantesca y dulce figura del Santo Pontífice para que, cuando las sombras de la noche hayan caído sobre esta jornada memorable y se hayan apagado las voces del inmenso hosanna, el rito solemne de su canonización permanezca como una bendición en vuestras almas y como prenda de salvación para el mundo.

Programa de su Pontificado

1. El programa de su pontificado lo anunció él mismo solemnemente con su primera encíclica (f supremi, del 4 de octubre de 1903), en la que declaraba ser su único propósito instaurare omnia in Christo (Eph. 1, 10), es decir, recapitular, volver a llevar todo a la unidad en Cristo. Pero ¿cuál es el camino que nos franquea el acceso a Jesucristo?, se preguntaba él, mirando con amor a las almas descarriadas y vacilantes de su tiempo. La respuesta, válida ayer como hoy y en los siglos venideros, es: ¡la Iglesia! Por eso su primera solicitud, mantenida sin cesar hasta la muerte, fue el hacer que la Iglesia fuese en concreto cada vez más apta y más dispuesta para llevar a los hombres hacia Jesucristo.

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6 de enero de 2009

Alocución de S.S. Pío XII en la solemne beatificación de Pío X


Ante la ingente multitud que llenaba la plaza de San Pedro en la ceremonia vespertina del día 3 de junio de 1951, en cuya mañana el Padre Santo había procedido a la solemne beatificación de Su Santidad Pío X, el Vicario de Cristo pronunció en italiano el siguiente discurso:


Astro refulgente
*

na celeste alegría inunda nuestro corazón, un himno de alabanza y gratitud al Omnipotente brota de Nuestros labios por habernos concedido el Señor elevar al honor de los altares a nuestro Beato predecesor Pío X. Es también gozo y reconocimiento de toda la Iglesia, a la que visiblemente representáis, amados hijos e hijas, reunidos aquí ante nuestros ojos como un mar viviente, o que, esparcidos sobre la superficie de la tierra, nos escucháis en la exultación de este día bendito.
Se ha realizado un anhelo común. Desde el tiempo de su piadoso tránsito, mientras ante su tumba se agolpaban en número cada vez mayor las devotas peregrinaciones, de todas las naciones afluían súplicas para implorar la glorificación del inmortal Pontífice. Procedían de los más altos grados de la Jerarquía eclesiástica, del clero secular y regular, de todas las clases sociales, y especialmente de las más humildes, de las que él mismo había brotado como purísima flor. Y de aquí que estos anhelos han sido oídos; he aquí que Dios, en los designios arcanos de su Providencia, ha escogido al indigno sucesor de aquél para saciarlos y hacer resplandecer en esta penumbra, que ofusca el camino todavía incierto del mundo de hoy, el fúlgido astro de su blanca figura que ilumine el camino y afirme los pasos de la Humanidad enferma.
Pero mientras el gozo de que rebosa nuestro corazón nos impulsa irresistiblemente a cantar en él las maravillas de Dios, nuestra voz titubea como si las palabras debiesen faltarnos, insuficientes como son para exaltar dignamente, aun en rápidos rasgos, la vida y las virtudes del sacerdote, del Obispo, del Papa, en la prodigiosa ascensión desde la pequenez de la aldea nativa y desde la humildad de su hogar hasta la cumbre de la grandeza y de la gloria en la tierra y en el cielo.
Desde hace más de dos siglos no había vuelto a amanecer sobre el Pontificado Romano un día de esplendor parangonable con éste, ni había resonado con tal vehemencia y concordia la voz cantora de himnos de todos aquellos para quienes la Cátedra de Pedro es la roca en que está anclada su fe, el faro que conforta su indefectible esperanza, el vínculo que les afirma en la unidad y en la caridad divina.
¡Cuántos aún entre vosotros conservan todavía vivo en su espíritu y en su corazón el recuerdo de nuestro Beato! ¡Cuántos vuelven a ver todavía con el pensamiento, como Nos mismo lo vemos, aquel rostro que respiraba una bondad celeste! ¡Cuántos lo sienten cercano, cercanísimo a ellos, a este sucesor de Pedro, a este Papa del siglo XX, que, en el formidable huracán levantado por los negadores y por los enemigos de Cristo, supo demostrar desde el principio una consumada experiencia en el manejo del timón de la nave de Pedro, pero a quien Dios llamó a Sí cuando la tempestad arreciaba más violenta! ¡Qué dolor, qué desánimo entonces al verle morir, cuando había llegado al colmo la angustia de un mundo sacudido! Pero he aquí que la Iglesia le ve hoy reaparecer, no ya como un remador que lucha fatigosamente en la barra contra los elementos desencadenados, sino como un protector glorioso que desde el cielo lo protege con su mirada tutelar, en la cual brilla la aurora de un día de consuelo y de fuerza, de paz y de victoria.

El buen Pastor

En cuanto a Nos, que estábamos entonces en los comienzos de nuestro sacerdocio, pero ya al servicio de la Santa Sede, no podremos nunca olvidar nuestra intensa emoción cuando, al mediodía de aquel 4 de agosto de 1903, desde la loggia de la basílica vaticana, la voz del Cardenal primer diácono anunció a la multitud que aquel conclave —tan notable por tantos aspectos— había hecho su elección en el Patriarca deVenecia, José Sarto.
Entonces se pronunció por vez primera ante el mundo el nombre de Pío X. ¿Qué iba a significar este nombre para el Papado, para la Iglesia, para la Humanidad? Cuando hoy, casi medio siglo después, repasamos en espíritu el sucederse de los graves y complicados sucesos que lo han llenado, nuestra frente se inclina y nuestras rodillas se doblan en admirada adoración de los designios divinos, cuyo misterio se revela lentamente a los pobres ojos humanos, a medida que se cumplen en el curso de la Historia.
Pastor, buen pastor, lo fue él. Parecía nacido para serlo. En todas las etapas del camino que poco a poco le condujo desde el humilde hogar nativo, pobre de bienes de la tierra, pero rico de fe y de virtudes cristianas, hasta el vértice supremo de la Jerarquía, el hijo de Riese permaneció siempre igual a sí mismo, simple, afable, accesible a todos en su casa parroquial de la aldea, en la sala capitular de Trevíso, en el obispado de Mantua, en la sede patriarcal de Venecia, en el esplendor de la púrpura romana, y continuó siéndolo en la majestad soberana, sobre la silla gestatoria y bajo el peso de la tiara, el día en que la Providencia, modeladora de las almas desde la lejanía del tiempo, inclinó el espíritu y el corazón de sus colegas a poner el cetro caído de las manos lánguidas del gran anciano León XIII, en las paternalmente firmes de él. Justamente de tales manos tenía entonces necesidad el mundo.
No habiendo podido apartar de su cabeza el terrible peso del Sumo Pontificado, él, que había huido siempre los honores y las dignidades, como otros huyen de la vida ignorada y oscura, acopló entre lágrimas el cáliz de las manos del Padre divino.

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30 de diciembre de 2008

Un papa Santo habla...


CARTA ENCÍCLICA IUCUNDA SANE
DE S.S. SAN PIO X
(selección)


s responsabilidad de Los Pastores:



a) Fomentar la vida sobrenatural en todos los órdenes de la sociedad humana.


b) Pedir a Dios misericordia mediante la oración privada y pública. Tan importante es este deber del obispo que Gregorio no temía en decir que llevaba inútilmente el nombre de obispo el que “apartándose del amor divino y de la oración, no acudía al campo de batalla para defender decididamente la causa del Señor”

c) Iluminar las inteligencias predicando constantemente la verdad y refutando las malas teorías con la verdadera y sólida ciencia filosófica y teológica, y con todos los auxilios que proceden del genuino progreso de la investigación histórica.


d) Procurar que las virtudes cristianas se inculquen y se asienten en el alma de modo que cada uno cumpla sus deberes de hombre y de cristiano no de palabra, sino de verdad, y tenga una confianza filial en la Iglesia y sus ministros, pidiéndoles el perdón de los pecados; y en general pidiendo la gracia de los Sacramentos. De esta forma y solo así acomodarán su vida a los preceptos de la ley cristiana.


e) Buscar la salvación de todos, incluso a costa de su propia vida, a imagen de Jesucristo, que decía a los pastores de la iglesia: el buen pastor da la vida por sus ovejas.

Lo que los Pastores no deben hacer:

a) Dejarse embaucar por la mal llamada ciencia. Por ella los pastores creen estimarse más dignos de la Iglesia y de trabajo más fructífero para la salvación eterna de los hombres si, “movidos por una prudencia humana, distribuyen abundantemente la mal llamada ciencia, movidos por la vana esperanza de que así pueden ayudar mejor a los equivocados, cuando en realidad los hacen compañeros de su propio descarrío. Pero la verdad es única y no puede dividirse; permanece eterna, sin doblegarse a los tiempos: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”.

b) Preocuparse mucho del alimento y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana.

c) Ocultar, como con un velo, algunos de los principales preceptos evangélicos, temiendo que se les haga menos caso, e incluso se les abandone. Al proponer la verdad, será prudente proceder con tacto; cuando se hayan de tratar asuntos con quienes desprecian nuestras instituciones y viven completamente apartados de Dios, como decía Gregorio, al curar las heridas, es preciso tocarlas antes con mano delicada.

21 de diciembre de 2008

La voz de un Papa Santo


S. S. San Pío X

"Se proclaman idealistas irreductibles; que tienen doctrina social propia y principios filosóficos y religiosos propios para reorganizar la Sociedad con un plan nuevo; que se han formado un concepto especial de la dignidad humana, de la libertad, de la justicia y de la fraternidad, y que, para justificar sus sueños sociales apelan al Evangelio interpretado a su modo, y lo que es más grave todavía, a un Cristo desfigurado y disminuido (...) Su sueño consiste en cambiar sus cimientos naturales y tradicionales y en prometer una ciudad futura edificada sobre otros principios que se atreven a declarar más fecundos, más beneficiosos que aquellos sobre los que descansa la actual sociedad cristiana. No, -preciso es recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventarse ni la «ciudad» mueva por edificarse en la nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la «ciudad» católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo (...) Le Sillon tiene la noble preocupación de la dignidad humana. Pero esta dignidad la entiende a la manera de ciertos filósofos, de quienes la Iglesia dista mucho de poder alabar (...) Pero más extrañas todavía, espantosas y aflictivas a la vez, son la audacia y levedad de hombres que, llamándose católicos, sueñan con refundir la sociedad en las condiciones dichas y establecer sobre la tierra, por encima de la Iglesia católica, «el reinado de la justicia y del amor», con obreros venidos de todas partes, de todas las religiones o faltos de religión, con creencias o sin ellas, a condición de que olviden lo que los divide, es a saber, sus convicciones religiosas y filosóficas, y de que pongan en común lo que los une, esto es, un generoso idealismo y fuerzas tomadas de donde puedan (...) Asusta ver a los nuevos apóstoles obstinados en hacer cosa mejor con un vago idealismo y las virtudes cívicas. ¿Qué van a producir? ¿Qué es lo queva a salir de esa colaboración? Una construcción puramente verbalista y quimérica, donde espejearán revueltas y en confusión seductora, las palabras de libertad, justicia, fraternidad y amor, de igualdad y exaltación del hombre, todo ello fundado en la dignidad humana mal entendida; una agitación tumultuosa, estéril para el fin propuesto, provechosa para los agitadores de masas menos utopistas" (Encíclica Notre Charge Apostolique).

19 de diciembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (16)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val


XV

SU FAMILIA



ntes de dar por terminadas estas Memorias, quisiera hacer mención de algunos hechos concernientes a la familia de Pío X que más particularmente han llegado a mi conocimiento personal Ellos ¡lustran las tradiciones domésticas de su hogar y muestran el ambiente que tanto contribuyó a la formación de su carácter individual, y que él elevó aún más con la santidad de sus virtudes.
Ya me he referido a su propio renunciamiento, que le inducía a no buscar ventajas temporales para los suyos, como hubiera podido hacer tan fácilmente desde los diferentes puestos de su brillante carrera.
En este sentido, dio al mundo entero y, especialmente, al clero, un ejemplo casi inédito de desinterés y sencillez de espíritu, demostrando que únicamente perseguía fines espirituales.
Cuando en el otoño de 1917 sobrevino la desastrosa invasión de las provincias venecianas y el enemigo se adentró en el país, entre el Isonzo y el Piave, hubo necesidad de evacuar a toda prisa ciudades y pueblos próximos a la línea de combate, bien para evitar que cayeran sus habitantes en manos del enemigo, bien para facilitar la urgente tarea de una inmediata defensa. La gente huía a millares, y entre los desgraciados refugiados de Gemona, Cavaso, Venecia, Salzano, Riese y otras localidades se encontraban varios sobrinos de Pío X.
Ninguno de ellos había vivido nunca con desahogo. Ganaban en distintas profesiones un modesto sustento que les bastaba para no pasar grandes privaciones. Uno de ellos era escultor, dos o tres desempeñaban puestos de maestros de escuela; algunos mantenían un pequeño negocio o industria, y otros habían obtenido modestos empleos en la Administración local.
Al estallar la tormenta, veintitrés de ellos, entre hombres, mujeres y niños, se vieron obligados a huir en pocas horas, abandonando sus tranquilos hogares y cuantos bienes les pertenecían, sin más equipaje que un pequeño hatillo. Algunos hubieron de salir a pie, teniendo que andar varias millas para poder llegar al ferrocarril más próximo que les trasladara a un lugar de refugio transitorio. Giuseppina Parolin Salvadori, sobrina del Papa, escapó con dificultad de Gemona en llamas; huyó, en medio de indecibles sufrimientos, a través del Tagliamento, sola, sin protección algún y separada de su marido.
Después de un viaje interminable, cuyas penalidades no necesito describir, todos llegaron a Roma una noche, dirigiéndose al pequeño piso de la plaza Rusticucci, donde vivían las hermanas mayores del Papa. No se les negó hospitalidad, como era natural, aunque allí no había medios disponibles de poder proporcionar alojamiento adecuado a veintitrés huéspedes inesperados: ni habitaciones, ni camas, ni los elementos más indispensables a la vida cotidiana. Amontonados todos durante aquella primera noche y el día siguiente, eran, en verdad, dignos de lástima. ¡Y eran los familiares del Santo Padre!.

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12 de diciembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (15)



por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val



XIV

ULTIMA ENFERMEDAD Y MUERTE





"¡Muy bien, siervo bueno y fiel!" S. Mat. XXV, 21


uán repentinamente llegó el fin! Después del ataque de influenza que sufrió el Santo Padre en 1913, debido, sin duda, a lo menos en parte, al exceso de trabajo realizado, Pío X recobró notablemente sus fuerzas. A decir verdad, nunca estuvo tan enfermo como la gente creía, a juzgar por los informes exagerados de la Prensa, y durante toda su enfermedad y convalecencia se mantuvo tan jovial y lleno de vida, que era difícil conseguir que permaneciera ocioso.
"Si no fuera por estos dignos doctores y me guiara exclusivamente de mi propio criterio, hace ya tiempo que me habría levantado", repetía constantemente durante los días que permaneció en cama. Algunas veces le vi incorporarse bruscamente de la almohada para firmar un documento que yo le presentaba, y me decía sonriendo, mientras su mano escribía firme: "Eminencia, ya veis cómo mis manos obedecen todavía", y rubricaba la firma con su habitual energía.
Al reanudar su vida normal parecía encontrarse mejor de lo que le había visto en muchos años. Aumentó su actividad. Parecía haber adquirido nuevas fuerzas y haberse desprendido, en cierto modo, de la pesada carga de los años. El obligado reposo a que se había sometido, había sido evidentemente una verdadera bendición para su salud, y todos teníamos motivos suficientes para esperar que así podría continuar varios años.
Y, efectivamente, así continuó, pero solamente hasta agosto de 1914, o sea, hasta el comienzo de la Gran Guerra. Es difícil explicar lo hondamente que le afectó la temible tragedia. Como ya he indicado, había previsto y predicho explícitamente el conflicto europeo desde hacía mucho tiempo. La pena y el dolor que le invadieron al estallar la conflagración fueron muy intensos. Día y noche el horrible espectáculo de la cruenta lucha atormentaba su imaginación, a lo que se unía una visión clarísima de los sufrimientos y angustias que se derivarían inevitablemente de la catástrofe.
La invasión de Bélgica y las noticias de las primeras batallas le llenaron de amarga pena. Esperaba febrilmente la comprobación documental de los hechos para trazar su línea de conducta definitiva y elevar sin miedo su voz en defensa de los sagrados principios de la justicia y de la paz. Pero la voz del Maestro se hizo oír antes que tuviera tiempo más que para dictar una exhortación preliminar que lleva fecha del 2 de agosto.

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2 de diciembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (14)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val


Capítulo XIII


SU HUMILDAD






bi humilitas ibi maiestas (Donde hay humildad, allí reina la majestad.) (SAN AGUSTÍN, Sermón 14) La verdad de este axioma de San Agustín, creo que en pocas personas se ha dado de modo tan perfecto como en Pío X Verdadera, profunda, natural, tales eran las cual dades principales que caracterizaban la hum Idad del Santo Padre. Me llamaba especialmente la atención que esta cualidad se había convertido en una faceta tan característica de su temperamento, que venía a ser en él como una segunda naturaleza.

No había en su humildad nada de esta actitud superficial, tímida y falsa que sólo es indicio de debilidad y que, algunas veces, puede ser simplemente una forma de autosugestión, de un oculto anhelo de estimación o de un miedo sutil a afrontar la crítica. Amaba demasiado a verdad y era harto sincero en todas sus cosas para afectar una aparienc a exterior de virtud que no sentía.

Ningún esfuerzo le costaba el ser humilde, porque tenía una baja idea de sí mismo. La arraigada convicción de que todos nuestros dones vienen de Dios, le hacía mucho más fácil admirar las dotes que descubría en otras personas que reconocer las que él mismo poseía.

La adulación y la lisonja, tanto en público como en privado, le repugnaban sobremanera, y si alguna persona osaba dirigírsele en esta forma, procuraba, con una respuesta seca o con una réplica humorística, disimular su descontento.

Pero confieso que no me explico cómo nadie se atrevía a adularle, ya que incluso el proferir una palabra de sincera y espontánea admiración, parecía fuera de lugar en su presencia y se apagaba en los labios antes de ser pronunciada; tal era el respeto que inspiraba la sinceridad y dignidad de su carácter. "Como en la hornaza se prueba la plata y en el crisol el oro, así se prueba el hombre por la boca del que le alaba." (Prov. XXVII, 21.)


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25 de noviembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (13)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val


XII

EL NUEVO CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO


La reforma de la Curia Romana, la fundación del Instituto Bíblico; la construcción de Seminarios centrales y la promulgación de leyes para la mejor disciplina del clero; la nueva disciplina referente a la primera comunión y a la co­munión frecuente; el restablecimiento de la música sacra, la vigorosa resistencia desplegada frente a los fatales errores del llamado modernismo y la valiente defensa de la libertad de la Iglesia en Francia, Alemania, Portugal, Rusia y otros países, sin aludir a otros actos de gobierno, justifican ciertamente que Pío X haya sido destacado como un gran Pontífice y un director humano excepcional. Puedo testificar que todo este enorme trabajo fue debido principal y —muchas veces— ex­clusivamente a su propia idea e iniciativa. La Historia habrá de proclamarle como algo más que un Papa cuya "bondad" nadie sería capaz de discutir.

Los límites que me he impuesto al trazar estas breves Me­morias me impiden entrar a fondo en el estudio de las diver­sas e importantes cuestiones a que más arriba me refiero; pero hay una de ellas cuya importancia creo merece especial aten­ción en este corto relato, y ésta es la compilación del nuevo Código de Derecho Canónico.

Pocos días después de su elección ya declaraba su firme propósito de acometer esta empresa, que tanto deseó ver rea­lizada. No era de extrañar. Era, ante todo, sacerdote y pastor y, por temperamento, amante de las medidas prácticas y efi­cientes. Hasta entonces había visto más de una vez dificulta­da su administración por la profusión enmarañada de una le­gislación confusa, de decretos que admitían diversas inter­pretaciones y disposiciones que habían quedado anticuadas o no eran adecuadas a las nuevas circunstancias. Una codifi­cación del Derecho Canónico era medida que consideraba importantísima y que contribuiría a mantener con mayor fuerza los inmutables principios y el vigor de la disciplina eclesiásti­ca, Nova et Vetera.

Acarició la esperanza de ver introducida esta lejana refor­ma en los días de su vida, y en distintas fases de los trabajos preparatorios le oí exclamar: "Tenemos que adelantarlo, pues me estoy haciendo viejo, y quisiera ver el final." La Providen­cia había dispuesto las cosas de otro modo, y, al cabo de once años de labor ininterrumpida, que vigiló y dirigió en todos sus detalles, dejó una completísima tarea que habría de ser coronada por su sucesor en la Cátedra de Pedro.

Benedicto XV le rindió un merecido y elocuente homena­je al promulgar el nuevo Código. En la solemne alocución al Sacro Colegio de Cardenales, en el Consistorio celebrado el día 4 de diciembre de 1916, después de exponer las razones que habían impuesto esta revisión del Derecho Canónico y las numerosas ventajas que se derivarían de la publicación del nuevo Código, el Papa continuó diciendo: "La Divina Providencia había ordenado que la gloria de ofrecer este inmenso servicio a la Iglesia recayera sobre Pío X, nuestro predecesor de santa memoria. Todos sabéis, venera­bles hermanos, con qué interés acometió esta empresa ver daderamente gigantesca en los mismos comienzos de su pontificado y con qué celo y perseverancia la prosiguió todo el tiempo que mantuvo en sus manos el gobierno de la Iglesia. "Y aunque no le fue concedida la posibilidad de comple­tar su tarea, a él solo debemos considerar como verdadero autor del Código. Por ello su nombre pasará a la posteridad, al lado de aquellos Pontífices de mayor fama en los anales del Derecho Canónico: Inocencio III, Honorio III y Gregorio IX. Para Nos es suficiente el haber podido promulgar lo que él llevó a cabo."

Como ejemplo de la minuciosidad con que Pío X inició los trabajos del nuevo Código de Derecho Canónico, diri­giendo las investigaciones preliminares, no puedo hacer cosa mejor que transcribir aquí una nota autógrafa suya que tengo ante mi vista y que me fue entregada por él mismo en fecha del 2 de marzo de 1 904. El Santo Padre había escrito lo siguiente:

"Será conveniente decidir en la primera reunión sobre los puntos siguientes:

1°. Además de Monseñor Gasparri (y por elección suya) es preciso nombrar dos vicesecretarios que puedan ayudarle en la confección de las actas de las sesiones, sustituyéndole cuan­do él no pueda asistir a éstas.

2°. Nombrar los consultores de Roma.

3°. Seleccionar uno o dos Cardenales para presidir las Con­gregaciones de los consultores.

4°. Solicitar de los Obispos que:

a) Deleguen en un consejero de entre los canonistas de sus respectivos distritos, el cual deberá venir a Roma o exponer por escrito sus opiniones.

b) Manifiesten los puntos de Derecho en los que crean conveniente introducir modificaciones y declaren sus propias opiniones.

5°. Fijar el número de reuniones mensuales de las Congre­gaciones de Cardenales y de los consultores.

6°. Acordar si los consultores habrán de estudiar conjunta­mente los títulos del Código o si será preferible distribuir en­tre ellos las diversas ponencias por estudiar.

7°. Encarecer el rápido comienzo de los trabajos, sin aplazarlos para tiempo más oportuno, ya que dum Romae consulitur Saguntum expugnatur, y no sería adecuado que, estando en Roma, nos rigiéramos por las Calendas grie­gas."

Naturalmente que en el curso de los trabajos ocurría con frecuencia que las opiniones eran dispares y resultaba difícil decidir la conveniencia de introducir o no una determinada reforma sobre algún punto legislativo dado. Se contrastaban argumentos de peso en pro y en contra de las proposiciones. Los puntos de vista y desiderata de los Obispos de las distin­tas partes del mundo no guardaban siempre la deseada armo­nía, y los consultores romanos exponían sus razonamientos con fuerza bastante para que las opiniones de ambos bandos merecieran una seria consideración.

Pío X, que con tanta frecuencia revelaba aquel su instinto práctico tan sobresaliente, promulgó en aquella ocasión un Decreto por vía de ensayo, orientado hacia aquellas normas que parecían apoyar mejor los argumentos de más peso, los cuales, más adelante podrían ser o no incorporados a la legislación definitiva, ofreciendo así a los ponentes la posibilidad de corregir, e incluso de retirar, algunas propuestas de carácter especial cuando llegara el momento de redactar el texto definitivo del nuevo Código.

Incapaces de comprender la sabiduría de este procedimien­to, algunos comentadores superficiales se han inclinado a creer, sin base de juicio suficiente, que bien Pío X o su suce­sor, Benedicto XV, se habían retractado en decisiones impor­tantes. Empero, como queda dicho, no fue así. Por otra parte, es evidente que quizá subsistan algunos artículos del Código que Pío X, personalmente, hubiese querido redactar de otro modo, pero rara vez imponía su propio criterio en cuestiones que constituían materia opinable y que no implicaban el sa­crificio de ningún principio esencial.

19 de noviembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (12)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val




Capítulo XI


Su Caridad


Hacia finales de año, no más tarde, que yo recuerde, de la fiesta de la Epifanía, el Santo Padre gustaba de revisar sus cuentas particulares, que me mostraba en estas ocasiones con evidente placer- "Presentiamo i! hilando al segretario di Stato per il controllo" (Presentemos el balance al secretario de Estado para su comprobación), solía decir con una sonrisa de satisfacción. Llevaba un libro del tamaño de un cuaderno grueso, don­de en una y otra página anotaba día por día toda cantidad recibida, grande o pequeña y toda suma gastada.

Las limos­nas para Misas que le llegaban de todas partes del mundo recibían entrada aparte en un cuaderno especial, y llevaba este registro con particular cuidado. "No quiero ir al Purgato­rio por descuidar la cuestión de las Misas", era una de sus observaciones habituales a este respecto. Pero todas las partidas restantes eran anotadas en el primer libro ya ndicado, y, al terminar el año, restaba escrupulosa­mente del total de donativos los fondos destinados a atencio­nes especiales. Nada era capaz de inducirle a diferir la distri­bución o modificar la consignación de donativos de carácter específico, y censuraba severamente la costumbre, muy ex­tendida entre los administradores, de emplear cantidades recibidas para un fin determinado en hacer frente a otras nece­sidades urgentes o en prestar una ayuda transitoria a empre­sas distintas de las indicadas por los donantes, bajo el pretex­to de que el importe retirado provisionalmente habría de ser repuesto más tarde sin perjudicar a los interesados.

Recuerdo cómo después del horrible terremoto de Messina y Reggio Calabria, cuando a manos del Santo Padre habían llegado grandes sumas para la reconstrucción de iglesias y escuelas, así como para aliviar a las desgraciadas víctimas de la tremenda catástrofe, no pocas personas piadosas le insta­ron a que destinara parte de los fondos de Messina para otras obras de celo, más o menos relacionadas con Sicilia o Calabria. El Papa, invariablemente, denegaba estas peticiones. "Ni un céntimo —decía— de lo que los fieles me han entregado para las víctimas de los terremotos será invertido en otra obra, por digna que sea de interés. Han confiado en mí, y yo soy res­ponsable ante ellos."

Estos fondos, que alcanzaban la cifra de seis millones de francos, fueron administrados y distribuidos por él mismo en persona. El balance anejo a la cuenta general, publicada en la prensa, de todo lo invertido en Calabria, fue obra suya per­sonal, y dejó atónito al jefe de Contabilidad del Vaticano por la rapidez y exactitud con que revisó listas interminables de cifras, verificando los cálculos necesarios para separar las dis­tintas sumas destinadas a finalidades diversas. Terminado su informe económico, recuerdo que pronunció las siguientes palabras: "Estoy pensando si quizá no será éste el último ba­lance que hagamos abarcando tantos millones generosamen­te donados por el mundo entero para alivio de las provincias atacadas." Desgraciadamente no se equivocó.

Pío X no se detuvo jamás a considerar lo invertido en cari­dades, y daba incesantemente; su impulso era el de otorgar siempre cuanto poseía. Pero para sí mismo obraba de modo totalmente opuesto y exigía la economía más estricta. El día de su elevación al Pontificado o la mañana siguiente, un jo­yero se había apresurado a brindarle una valiosa cruz pectoral con su cadena, con la esperanza de que fuera adquirida por Su Santidad. El Santo Padre la usó varios días, simplemente por el he­cho de que la vio entre sus nuevos ornamentos y vestiduras, que suponía tendría que adoptar en adelante, y en la idea de que la magnífica cruz y cadena pertenecían al tesoro papal. Tres semanas más tarde fue presentada al cobro una factura por valor de más de tres mil francos. "¡Ah, no! —exclamó inmediatamente Pío X, moviendo lentamente la cabeza—. ¿No pensaréis, supongo, que estoy dispuesto a invertir todo ese dinero en una cruz para mí? Aquí la tenéis; dad las gracias a ese hombre y devolvédsela en seguida. Con seguridad que habrá cruces de sobra que pertenecieran al Papa anterior, y, en todo caso, estaré muy satisfecho con la que yo traje de Venecia." Ai decir esto, se quitó la cruz que llevaba puesta para que fuera devuelva al joyero. Aun para cosas que atañían a su conveniencia personal, e incluso cuando su salud se hallaba interesada, tropezábamos con una gran dificultad para que nos autorizara a hacer algún gasto. Su consejero médico, el doctor Marchiafava, insistía constantemente en la necesidad de que saliera a menudo a respirar aire puro; nunca cesaba de lamentarse de no dispo­ner el palacio de otro acceso a los jardines del Vaticano que a través de las interminables y frías galerías que rodeaban el Belvedere y la biblioteca, por las que el Santo Padre se vería obligado a pasar, tanto al salir como al entrar, por lo general, en medio del polvo nevitablemente levantado por la multi­tud de curiosos que se agolpaba para verle. La necesidad de un paso especial a los jardines había sido siempre sentida por su predecesor, León XIII, aunque para éste el inconveniente era menor, ya que acostumbraba utili­zar una si la de manos. Pero Pío X se oponía tenazmente a ser transportado en esta forma, entre otras razones, porque el movimiento le producía un poco de mareo. Tras detenida reflexión y laborioso estudio, nuestro arqui­tecto resolvió al fin el problema, formulando una propuesta para abrir un túnel que pusiera en comunicación el Cortile del Belvedere con los jardines. De este modo, el Papa podría dirigirse fácilmente a éstos directamente desde su ascensor privado o desde la gran escalinata del palacio.

Ninguno de mis argumentos, sin embargo, logró persuadir a Su Santidad para que autorizase este gasto, que, a su juicio, redundaría únicamente en su comodidad personal Conseguí, por último, su consentimiento, asegurándole que el túnel sería construido con fondos que yo me comprometía a reunir, solicitándolos de personas amigas, las cuales sabía positivamente que contribuirían con gusto y hasta con orgu­llo a esta mejora del Vaticano, en especial si les hacía ver el servicio que con ello rendían a Pío X y a sus sucesores. Así se hizo.

14 de noviembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (10)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val


Capítulo IX

PIO X Y LAS ARTES


La Iglesia ha dispensado siempre su generosa protección a las artes donde quiera que haya ejercido su influencia. Roma es un testimonio elocuente de este aserto, de la tradi­cional munificencia de sus Pontífices y de sus ilustrados es­fuerzos, no sólo para conservar los monumentos antiguos y las innumerables reliquias del pasado, así paganas como cris­tianas, sino también para alentar la actividad de artistas que daban pruebas de un genuino talento.

Y esto ha sido igual­mente cierto en períodos agitados de la Historia, cuando los Pontífices estaban abrumados con problemas económicos y por los arduos deberes de su apostólico ministerio. Sin embargo, es evidente que, considerados individualmen­te, no todos los Papas han sido personalmente dotados de un temperamento artístico ni nclinados por su educación a pro­fesar un interés especial por el arte.

Ya he apuntado que Pío X estaba demasiado absorbido, como sacerdote y como pastor, por su enorme celo y gran actividad en pro de la salvación de las almas, para disponer de tiempo suficiente que dedicar a otros menesteres, a pesar del interés que en ello pudiera tener Pero amaba las cosas bellas, y había visto muchas en el transcurso de su vida en Mantua, Padua y Venecia, así como en sus raras visitas a Roma.

Disfrutaba con el trato de artistas ilustres, a quienes siempre acogía gustoso y con miras a au­mentar sus conocimientos artísticos. Este trato, unido a sus lecturas, contribuyó, sin duda, a educar su gusto, que era ex­celente y refinado de por sí, a veces casi severo. La Exposición de Arte Sacro organizada en Venecia, en la preciosa iglesia de los Santos Juan y Pablo, debió su origen a la iniciativa alentadora del Patriarca, Cardenal Sarto, que se tomó infinitos trabajos para asegurar su éxito. A este propósito debo hacer constar su costumbre de re­cordar lo maravillosamente que se hallan descritas las verda­des de la fe católica en los tesoros inapreciables del arte cris­tiano antiguo, tan profusamente esparcidos por Italia, y cómo los maestros de antaño estaban imbuidos del verdadero espí­ritu de la Iglesia. "En la Italia moderna —decía con frecuen­cia—, la vida y el sentimiento de ese lenguaje sublime están dormidos y es preciso despertarlos una vez más."

Censuraba rigurosamente cualquier negligencia en la vigi­lancia debida a los tesoros artísticos e históricos. Las circula­res que repetidamente dirigía al clero de Italia y del extranje­ro, dando instrucciones precisas y reglas prácticas en este sen­tido, merecen una atención más minuciosa de la que hasta ahora se les ha prestado. Afirmaba sin vacilación que los museos y galerías de arte son necesarios para la conservación de herencias valiosas, ya que si éstas se perdieran o deterioraran, no podrían ser nunca repuestas. Pero consideraba dichas instituciones en cierto modo inadecuadas, y de buena gana las hubiera suplido de otra manera. Sustentaba el criterio de que las obras artísticas e históricas debían permanecer en el lugar para el que habían sido creadas, y que el separarlas de su sitio, a menudo, desfi­gura el fin buscado por sus autores.

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10 de noviembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (9)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val



Capítulo VIII

SU CULTURA Y ELOCUENCIA


Ninguna fuente de información más digna de crédito so­bre los primeros años y educación del Pontífice Pío X que el testimonio del canónigo Marchesan deTreviso, cuida­dosamente reunido y publicado en su Vida de Pío X. En dicho volumen, el autor testifica el aprovechamiento de Giuseppe Sarto en el estudio de los clásicos y de la litera­tura, aprovechamiento que le valió siempre los plácemes de sus profesores, y del que más tarde dio pruebas abundantes en innumerables discursos, alocuciones, sermones y cartas pastorales, no menos que en su correspondencia particular.

Pío X estaba sumido hondamente en el trabajo pastoral, único objeto de su vida, como Párroco, como Obispo y como Supremo Pontífice, para poder dedicar una parte considera­ble de tiempo a las actividades literarias o artísticas. No obs­tante, cuando la ocasión se presentaba, revelaba las dotes y los gustos de una mente cultivada, tanto en el campo literario como en el artístico. Había leído mucho. Las Santas Escrituras, la Teología y la Historia parecían ser sus materias preferidas, y aun en medio de las tareas cotidia­nas y de la incesante labor de su elevado ministerio —lo he comprobado personalmente—, gustaba leer varias obras y mantener contacto con el pensamiento moderno.

Una y otra vez había de sorprenderme con su exacto conocimiento de naciones y pueblos distantes, de sus tradiciones, costumbres y carácter peculiar. De aquí la facilidad que poseía para ha­cerse cargo de una situación y apreciar los puntos de vista y sentimientos predominantes de países tan distintos del suyo, que nunca había visitado. Sin hacer mención de países cuya información se encuen­tra más al alcance de una mentalidad occidental, su com­prensión, por ejemplo, de las intrincadas cuestiones relacio­nadas con los eslavos, con su liturgia y sus aspiraciones na­cionales, era a veces notable. Debíase esto, sin duda, en gran parte, a los conocimientos adquiridos con el contacto de muchos representantes de aquellas nacionalidades durante los nueve años que residió en Venecia.

Tenía siempre ante su mesa las publicaciones más recien­tes en italiano y francés sobre los más diversos asuntos. Leía el francés sin la menor dificultad y con verdadero placer, aun­que le intimidaba siempre hablar esta lengua, principalmen­te, presumo, porque no conseguía dominar su pronunciación y acento. No obstante, en algunas ocasiones le oí seguir una conver­sación privada en este idioma, y una de las veces, precisa­mente después de la solemne beatificación de Juana de Arco, ante centenares de peregrinos reunidos en San Pedro para su solemne audiencia, los sorprendió gratamente a todos con una larga respuesta en francés al discurso de homenaje que le fue dirigido.

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5 de noviembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (8)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val



Capítulo VII

CARACTERÍSTICAS DE PIO X

El amable carácter de Pío X y la bondad de su corazón han sido atestiguados por todos cuantos tuvieron con él algún contacto, siendo unánime la opinión, cuando se trata de exaltar lo que generalmente se designa con el nombre de su "bon­dad" Y esto, ciertamente, no tiene nada de extraño. Un aspecto tan destacado de su personalidad no podía menos de impresionar las mentes de tantos millares de perso­nas que se acercaron a él en los once años de su pontificado, sin mencionar a los que habían sido objeto directo de su ca­ridad inagotable y del suave celo del humilde cura rural de Tómbolo, del párroco de Salzano o de aquellos que le habían conocido íntimamente cuando trabajaba en medio de ellos como canciller de Treviso, Obispo de Mantua y Cardenal Pa­triarca de Venecia.

Si a esta paterna solicitud en todos los casos de sufrimien­to o de desgracia que tenía ocasión de conocer, añadimos la generosa ayuda de su dictamen y consejo, aun en aquellas cuestiones que, aparentemente, carecían de importancia para los no directamente nteresados, la ayuda material y genero­sas limosnas que dispensaba, tanto en público como en privado, y su extrema delicadeza para los sentimientos de aque­llos a quienes favorecía, se comprenderá perfectamente por qué no podrá ser nunca olvidada aquella "bondad" de Pío X y por qué tantas personas se limitan a ensalzar sólo esta visi­ble muestra de su personalidad que tan verdaderamente re­flejaba el amor de su Divino Maestro.

Pero sería un gran error creer que esta característica tan atrayente de Pío X le retratara plenamente o resumiera sus dotes y cualidades, nada más lejos de la verdad. Al lado de esta "bondad", y felizmente combinada con la ternura de su corazón paternal, poseía una indomable energía de carácter y una fuerza de voluntad que podrían testificar sin vacilación los que realmente le conocieron, aunque, en más de una oca­sión, sorprendiera y aun causara extrañeza a aquellos que tan sólo habían tenido ocasión de experimentar su delicadeza y reserva habituales. Mantenía un absoluto señorío de sí y dominaba los impul­sos de su ardiente temperamento. No vacilaba en ceder en asun­tos que no consideraba esenciales, y aun estaba dispuesto a considerar y aceptar la opinión de otros si ello no implicaba riesgo de un principio; pero no había en él ninguna debilidad.

Cuando surgía alguna cuestión en la que se hacía necesa­rio definir y mantener los derechos y libertad de la Iglesia, cuando la pureza e integridad de la verdad católica requerían afirmación y defensa o era preciso sostener la disciplina ecle­siástica contra la relajación o la influencia mundanas, Pío X revelaba entonces toda la fuerza y energía de su carácter y el intrépido valor de un gran Pontífice consciente de la respon­sabilidad de su sagrado ministerio y de los deberes que creía tenía que cumplir a toda costa. Era inútil, en tales ocasiones, que nadie tratara de doblegar su constancia; toda tentativa de intimidarle con amenazas o de halagarle con especiosos pretextos o recursos meramente sentimentales, estaba condenada al fracaso.

En tales casos, al cabo de muchos días de reflexión y no­ches en vela, solía yo verle con una mano extendida sobre la mesa, que iba cerrando poco a poco hasta apretar el puño; entonces, levantando la cabeza, con una mirada severa y de­cidida en sus ojos, habitualmente tan serenos y tranquilos, me expresaba su resolución definitiva o me daba su juicio en frases breves y mesuradas. Sin necesidad de más palabras, ya sabía uno a que atenerse...

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Para leer el capítulo completo haga click sobre la imagen del Santo Cardenal Secretario de Estado que necesitaríamos en esta hora aciaga.
(este capítulo fue "escaneado" por el Cruzamante y la "Cruzamantita", su "petite fille", quien afirma haber hecho de "obra de mano barata").

3 de noviembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (7)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val

VI

PIO X Y LA GRAN GUERRA


Hoy me encuentro ya en condiciones de afirmar que Su Santidad había predicho repetidas veces la declaración de la Gran Guerra Europea mucho tiempo antes que la tor­menta estallara y en una época en que muy pocos, si hubo algunos —al menos que yo sepa—, se aventuraban a expo­ner, en términos generales, el temor de que, tarde o tempra­no, la creciente hostilidad entre las naciones preponderantes y poderosas daría como inevitable resultado una guerra vio­lenta, con todas sus horribles consecuencias.

Ya en los años 1911 y 1912, el Santo Padre me hablaba frecuentemente del conflicto que se aproximaba, y se expresó más de una vez en este sentido y de manera casi alarmante. En distintas ocasiones durante el curso de aquellos años —cuatro o cinco veces que yo recuerde—, al entrar en su habitación para mi audiencia matinal de las nueve, Su Santi­dad habría de iniciar la conversación con esta frase: "Emi­nencia, las cosas van mal " (Eminenza, le cose vanno male.)

Por lo general, a aquella hora el Papa había ya revisado los periódicos y telegramas de la noche anterior o de la mañana, y antes de emprender la tarea cotidiana, hacía un resumen de a situación general y manifestaba sus puntos de vista respec­to al giro de los acontecimientos públicos. Me exponía situaciones históricas similares, mencionando lecciones del pasa­do que no habían sido aprendidas, junto con la semejanza de factores cuya obra es constante en todas las épocas de la his­toria del mundo, y los que eran evidentes en nuestros días, no obstante las circunstancias siempre distintas. Al mismo tiem­po me hacía ver cómo por encima de la sed insaciable de las pasiones humanas se manifestaba de modo permanente la mano directora de la Providencia. Cuando el Santo Padre ha­blaba sobre estos asuntos estaba en sus mejores momentos.

Pero raramente aventuraba una predicción definida. De aquí que cuando me afirmaba con tanto énfasis que "las co­sas iban mal", yo, naturalmente, trataba de descubrir la razón particular de esta impresión desfavorable, recogida en la prensa o en otras fuentes.

Sin pretender yo insistir en el hecho de que otras varias veces había habido también motivos semejantes de alarma, preguntaba al Santo Padre en estas ocasiones qué era lo que especialmente había llamado su atención, dando origen a los temores que me participaba. "Las cosas van mal —me res­pondía invariablemente—; la gran guerra se aproxima." (Le cose vano male; viene i l guerrone.) "No me refiero a esta gue­rra —añadía en la época de la expedición italiana a Libia y durante el conflicto de los Balcanes—. No es ésta, sino la gran guerra." (II guerrone.)

¿Quién podía, en realidad, negar la posibilidad de una conflagración general en Europa? Sin embargo, yo me atrevía a insinuarle que no parecía probable se produjera en un futu­ro inmediato; que tal vez fuera aplazándose por largo tiempo o, incluso, ser evitada en nuestros días, y que, a pesar de sus imprudencias, aquellos que tenían las riendas del Gobierno y que se encontraban en situación de controlar en alguna me­dida el curso de los acontecimientos, daban indudables mues tras de vacilación antes de lanzar al mundo a una aventura cuyo resultado final nadie podía prever.

El Santo Padre, después de escuchar con atención mis ob­servaciones, de carácter un tanto optimista, solía levantar su mano como amonestándome, y me replicaba con inusitada gravedad: "Eminencia, las cosas van mal; no pasaremos más allá del año 1914." (Eminenza..., non passeremo il 14.)

Como ya he dicho, esto ocurrió varias veces durante aque­llos años, y recuerdo cómo, al regresar a mi habitación, me­ditaba las palabras de Su Santidad. Me detenía a considerar qué motivos podía tener para fijar de modo tan concreto el año 1914 como el de la futura guerra, y no podía hallar una respuesta satisfactoria.

Por aquel entonces no dije ni una palabra de esto a nadie, pues me parecía estaba obligado a guardar exclusivamente para mí estas impresiones. Pero ahora no veo razón alguna para dejar de hacer partícipes a otras personas de esta nota­ble predicción que me hizo repetidas veces el Santo Padre, y a éstas corresponde ahora definir su carácter.

Que dicha predicción no era una idea pasajera, es induda­ble, no sólo porque fue reiteradamente sugerida en mi presen­cia, sino también porque así lo corrobora otro testimonio que no ha llegado a mi conocimiento sino muy recientemente.

El doctor Bruno Chaves, ministro brasileño cerca de la Santa Sede durante muchos años, dimitió de su cargo en 1913. El Papa Pío X le mostró siempre gran afecto, y hablaba con él en términos de gran confianza. En una carta que me dirige desde su residencia de Pelotas el 24 de octubre de 1917, el doctor Chaves hace alusión a su última audiencia con el Santo Padre, celebrada el día 30 de mayo de 1913, durante la cual le dijo Su Santidad "Sois afortunado, señor, en poder regresar a vuestro hogar del Brasil, no seréis testigo de la gran guerra mundial "

"Pensé —escribe el doctor Chaves— que Su Santidad se refería a los Balcanes, pero continuó diciendo: Los Balcanes son el comienzo de una gran conflagración que soy impoten­te para evitar y que no seré capaz de resistir" "Transmití, con carácter confidencial, este temor de Su Santidad a algunos de mis amigos de por aquí en el mes de agosto de aquel mismo año de 1913 Doce meses más tarde, el temor se había con­vertido en una cruel y triste realidad "

La carta del doctor Chaves está escrita en portugués, y la transcripción anterior es traducción literal de la misma. Muy bien podría hallarse relacionado con esta predicción el hecho de que, por aquella misma época, paseando un día el Santo Padre por los jardines del Vaticano, se detuviera fren­te a la hornacina de Nuestra Señora de Lourdes y exclamara en presencia de su capellán privado, Monseñor Bressan: "Com­padezco a mi sucesor Yo no lo veré; pero es demasiado cierto que la Religio depopulata está muy próxima."