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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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22 de mayo de 2009

Iesus Christus 121. Entrevista a Monseñor de Galarreta


Visto en Radio Cristiandad


— Monseñor, Usted es uno de los cuatro obispos consagrados por Monseñor Marcel Lefebvre el 30 de junio de 1988. Acaba de ser nombrado Visitador del Seminario de La Reja en reemplazo de Monseñor Williamson. Antes de hablar de su actual función, quisiéramos hacerle unas preguntas con respecto a los acontecimientos de las últimas semanas. El 21 de enero de 2009 el Vaticano publicó un decreto sobre las excomuniones del 1º de julio de 1988 sancionando las consagraciones episcopales realizadas por Monseñor Lefebvre. En una entrevista dada a “Nouvelles de Chrétienté” (N°115, enero/febrero de 2009) Monseñor Fellay decía, refiriéndose a las excomuniones de 1988: “Este decreto era nulo, ya que no hubo excomunión”. En su sermón del 15 de marzo de 2009, también Usted dijo: “Siempre hemos afirmado y siempre hemos mantenido que esas censuras eran absolutamen­te nulas, de hecho y de derecho”. ¿Por qué afir­man la nulidad de las excomuniones declaradas por Juan Pablo II en 1988?

Siempre que hemos escrito a Roma, hemos tenido el cuidado de precisar que lo que pedíamos era la declaración de nulidad de las excomuniones o, de una forma un poco más aceptable para ellos, que se retirase el decreto de excomuniones precisamente porque estas excomuniones no existen. El acto de las consagraciones episcopales de 1988 por Monseñor Lefebvre fue un acto absolutamente necesario para la continuidad del sacerdocio católico, de la Tradición, de la fe católica y de la misma Iglesia. Fue un acto de supervivencia, de salvaguarda de la fe católica, y por lo tanto no es una falta que deba recibir ningún tipo de condenación o de censura. Fue un acto virtuoso y a mi modo de ver supremamente virtuoso por el bien de las almas y de la Santa Iglesia.

— ¿Si no hubo excomunión, no le parece contradictorio haber pedido a Roma hacer algo respecto al decreto?

Aparentemente contradictorio sí. En realidad no. Porque una cosa es la validez o no de las excomuniones, y otra cosa la impresión que tiene el resto de la iglesia y la opinión pública en general. Es evidente que recaía sobre nosotros un estigma a los ojos de toda la Iglesia, que era como una condenación de lo que representamos: la Tradición católica. Son dos aspectos distintos. El aspecto objetivo es que no había excomunión. El otro aspecto es el subjetivo, en el espíritu de la gente, y fue en orden a éste que se pidió se retirase el decreto.

— Como respuesta, Roma publicó el decreto del 21 de enero de 2009 en que no reconoce la nulidad de las excomuniones, sino que levanta la sanción. No es lo que había pedido la Fraternidad. Sin embargo Mons. Fellay hizo cantar un “Magnificat” para celebrar el hecho. Ud. mismo dijo en su sermón del 15 de marzo que “nos alegramos y agradecimos ese decreto”. ¿Por qué alegrarse, si no se cumplió con lo pedido?

Es indudable que el decreto tal como se hizo no responde ni a la verdad ni a la justicia, por lo tanto queda pendiente una rehabilitación de los obispos, incluidos Monseñor Lefebvre y Monseñor de Castro Mayer, y, en definitiva, una rehabilitación de todos los miembros de la Tradición. Pedimos que se retirase el decreto como un signo efectivo de buena voluntad y de cambio de actitud de Roma respecto a la Tradición y a nosotros. Por eso nos alegramos. Aunque el decreto no sea lo que debe ser, ya no se trata de persecución y de ruptura. También quita un obstáculo mayor para que las almas se puedan acercar a las riquezas de la tradición y a la verdadera fe.

— Monseñor, Ud. dijo en su sermón que había subido el número de fieles en el mundo después del decreto del 21 de enero.

Sí, efectivamente, después del Motu Proprio, hubo varios miles de sacerdotes que nos pidieron el DVD que enseña cómo rezar la Misa tradicional. También después de ese decreto ha habido mucha gente nueva que nos está contactando en nuestros prioratos y seminarios.

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Para leer la entrevista completa haga click sobre la imagen de Monseñor de Galarreta.


12 de febrero de 2009

El otro negacionismo


Artículo, sujeto a cambios, a publicarse en el próximo número (Nº 79) de la Revista Cabildo, en preparación.

Publicado por Santa Iglesia Militante, artículo al cual adherimos en todo.

por el Dr. Antonio Caponetto



esencadenados los sucesos eclesiásticos que todos conocemos, hemos dejado pasar deliberadamente algún tiempo, para que la precipitación no tiñera nuestro juicio, en tema ante cuya delicadeza y hondura cualquier prudencia parece poca.

Queremos decir, en principio, que nos contamos entre quienes recibimos con gozo y gratitud el levantamiento de las excomuniones a los cuatro obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. No desconocemos las argumentaciones de ciertos tradicionalistas destacados que objetan este gesto pontificio, así como la aceptación del mismo por parte de los obispos beneficiados. En efecto, cabe pensar que si las tales excomuniones eran nulas y su consiguiente abrogación está condicionada ahora a determinados reconocimientos que son los mismos que ocasionaron el conflicto, no es enteramente éste el mejor camino seguido.

Sin embargo, y no siendo especialistas en la materia, insistimos con sencillez, y si se quiere con candor, en subrayar el gozo y la gratitud. Porque cualquiera fuese el status canónico de aquellas durísimas sanciones –y cualesquieras las medidas más aptas para invalidarlas- en concreto constituían una injusticia grave, una ofensa a la Tradición, una impunidad para la maldita progresía, un guante innecesaria y exageradamente arrojado al rostro de los defensores de la Fe de siempre. El modernismo en pleno, que es decir hoy la plana mayor de los pastores y el rebaño inmenso de imbéciles o confundidos, salía ganancioso siempre con la vigencia cruel de la terrible excomúnica.

A la par, y por lo mismo, el levantamiento de tan durísima carga era la señal inequívoca dada al mundo de que el Santo Padre ya no consideraba fuera del redil a los seguidores de Monseñor Lefevbre. Junto con el Motu Proprio Summorun Pontificum, y con algunas otras medidas en consonancia, ahora era el mundo el que recibía el merecido revés, y el amontonamiento de herejes y heresiarcas el que malparado quedaba. La variopinta manada de tartufos, fariseos, imbéciles, pasteleros, obsecuentes y confundidos –sin olvidarnos de cierto prototipo de cura felón y bajo vuelo- que durante décadas blandieron la obediencia ciega al Papa hasta ridículas actitudes papólatras, ahora era al Papa al que debían acatar. Al Papa que, además, y con esta medida, señalaba un importantísimo punto reivindicador de partida. Porque si a aquellos obispos ya no les cabía pena alguna, era de buena lógica deducir que tampoco a la enseñanza que ellos predicaban. Enseñanza –que prescindiendo ahora de los matices debatibles que pueda tener, y que tampoco desconocemos- significaba en su conjunto la rehabilitación de una doctrina decididamente contrarrevolucionaria y antimoderna.

Digámoslo en dos palabras: estábamos expectantemente felices con la caritativa decisión de Benedicto XVI. Sucedía algo justo, esperábamos más. No era todo ni tampoco lo suficiente, pero las oraciones y la equidad del Vicario de Cristo permitían augurar mejores días. Era un punto de partida, escribíamos antes. Pero la línea que se podía trazar a partir de este punto se divisaba trascendental.

Poco duró la alegría. Cuatro hechos de distinto valor, pero todos ellos repudiables, la empañaron y la despojaron de su verdadero rango teológico, abriendo aquella llaga insondable por la que Jesucristo pudo decir "mi alma está muy triste" (Mc. 14, 34-35).

El primero de esos hechos es la infame reacción judía, su descomedimiento inaudito, su insolencia grotesca, su torvísima maniobra para entrometerse en lo que no le compete, descentrando la cuestión de su natural raiz religiosa para centrarla artificialmente en el terreno mitológico del holocausto. El periodismo mundial le respondió en pleno –compitiendo en ignorancia y malicia- y quien a la vista del unánime y poderoso montaje multimediático-israelí, insista en que no existen conjuras ni conspiraciones, o camina distraído o es su encubridor manifiesto. El llamado "Expediente Williamson" que, hasta donde sabemos apareció en IL Riformista denunciado por Paolo Rodari, habla a las claras de la existencia de una siniestra maniobra para abortar la iniciativa papal a favor del tradicionalismo. Póngasele al episodio el nombre que quiera. Quienes lo hemos visto desplegarse sin cesar, minuto a minuto, desde el 21 de enero y en todo el planeta, triturando salvajemente, sistemáticamente, la verdad, no podemos dejar de usar la desacreditada palabra complot.

El segundo hecho, en consonancia con el anterior, lo constituye la reacción conjunta de gobernantes y de pastores, contestes ambos en el proverbial "no pasarán", dirigido contra lo que más los enajena y perturba: la existencia del "fascismo". El término, claro, en la guerra semántica que han desatado –y que les da tanto rédito como la fábula del holocausto- no designa lo que debería designar sino, y en este caso en particular, el catolicismo ortodoxo y sin sombras de ambigüedades o de concesiones modernistas. Es la palabra que utilizan para encubrir lo que odian y poder perseguirlo a mansalva. No es necesario buscar el ejemplo de la canciller germana y de los episcopados europeos. Aquí entre nosotros, la negrísima dupla Libertino-Bergoglio basta como modelo del connubio atroz de los canallas. La primera, por el Gobierno, pidiendo la cabeza de Monseñor Williamson; el segundo, mediante el vocero episcopal Jorge Oesterheld, manifestando "el más enérgico rechazo" a las declaraciones del valiente purpurado.

El tercer hecho que nos entristece y apena, es la reacción de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Monseñor Williamson dijo la verdad. Tras él, y secundándolo lúcidamente, el Padre Abrahamowicz. Si nos apuran, hemos de lamentar que se quedaran cortos y escasos en el vigoroso testimonio de veracidad histórica que fueron capaces de dar. Que el gesto viril de ambos religiosos fuera sancionado por los superiores de la Fraternidad, que los dejaran solos frente a la cacería judaica, que tomaran distancia de sus declaraciones mostrándolas como meras opiniones personales, y que, al fin, los apartaran de sus funciones, es una conducta deplorable que nos decepciona profundamente. Por respeto a la Fraternidad –de la que nunca hemos formado parte, con la que hemos tenido y podremos tener diferencias, pero cuya injustísima marginación de la Iglesia siempre lamentamos- preferimos no utilizar adjetivos más gruesos. Mas no es sólo decepción el término que cabe para juzgar a estos débiles Superiores Religiosos, sino algunos otros de significados más descalificantes. También nos consta que así piensan muchos miembros lastimados y combativos de la obra que rigiera otrora el mismo Monseñor Marcel Lefevbre.

En su misiva al Cardenal Castrillón Hoyos del pasado 28 de enero, el Cardenal Williamson mentó al Jonás arrojado a las olas para comparar su disposición a anonadarse. ¡Bien por la humildad frailuna del prelado! Pero ante el rumbo que han tomado los acontecimientos, y el funesto desdoro que ha padecido a manos de quienes deberían haberlo encomiado, abroquelándose junto a él, más le valdría ahora citar a Josué al renovar la Alianza en Siquen: "aunque todos no, yo y mi casa sí" (Jos. 24, 15). Aunque todos pacten, simulen, negocien, claudiquen, contemporicen, alguien debe quedar respondiéndole sí a la Verdad. No fue él quien cometió imprudencia, ni quien causó disgusto al Papa, ni quien debe disculparse o ponerse a estudiar la cuestión, como lamentablemente parece estar convencido. Y si alguien le sugirió la lectura de Jean Claude Pressac, para que retracte su "negacionismo", debe saber asimismo que tales páginas también fueron replicadas, entre otros, por Carlos Mattogno.

Dejamos para el final la mención del cuarto hecho, y es la reacción del Papa. Lo diremos pensando y pesando las palabras: es una reacción irreflexiva y pecaminosa. Permítasenos explicarnos antes de que alguien se perturbe. Es irreflexiva porque en ningún momento se aceptó discutir –con los procedimientos habituales de las disciplinas humanísticas- las afirmaciones de carácter histórico apenas esbozadas por Monseñor Williamson. Hombre de talla intelectual indiscutida, habituado a los altos e intrincados debates académicos, en la ocasión, sin embargo, Benedicto XVI optó por el juicio a priori, a-lógico y apodíctico, reservando para los embustes historiográficos hebreos y aliadófilos el carácter sacro e inconcuso del que ya ni siquiera gozan los dogmas de la fe católica.

Convertir a la amañada historia oficial en el artículo trece del Símbolo de los Apóstoles, y condenar al revisionismo histórico con rango de pecado mortal contra la Cruz, no parece un acto de racionalidad; esto es, no parece el ejercicio de uno de esos hábitos del pensamiento riguroso con el que se nutre la ciencia. Tampoco el desconocer que hay judíos sensatos que no han trepidado en sentarse a debatir el tema, en tanto cuestión histórica, y otros más que lisa y llanamente podrían ser catalogados como revisionistas. Pensamos en los rabinos que integran la agrupación Karta Naturei, o en el escritor israelí J. B. Burg, decidido corajudamente en sus libros a desenmascarar las patrañas sionistas. Un hecho insólito y por demás negativo para la disciplina intelectual acaba de refrendar el Papa con su indebida actitud; el hecho inusitado, según el cual, en estos tiempos sin límites para las controversias racionales más audaces y escabrosas, un episodio concerniente al estudio del pasado se declara aprioristicamente incontrovertible so pena de excomunión. Aumenta nuestro desconcierto el que tamaña arbitrariedad la protagonice un hombre como el Santo Padre, cuyo horizonte cultural y fineza espiritual son notables. ¿Adónde está la tenebrosa corte de galileogalileístas gritando epur si muove? ¿Adónde están los defensores a ultranza del librepensamiento, repitiendo con Kant que ningún ámbito por intangible que parezca puede sustraerse a la crítica?

Pero amén de caer en la irracionalidad, entendida como sinónomo de irreflexividad, el Santo Padre ha dado una prueba de su condición pecadora, más que dolorosa y sufriente para quienes nos declaramos sus hijos, queriendo serle fieles y queriendo amarlo cada día. Ha pecado de debilidad y de obsecuencia contra el enmarañado poder judaico. Ha pecado de servilismo a la Sinagoga, de pusilanimidad frente al mundo, de contemporización con los deicidas. Ha pecado contra el sí,sí; no,no, contra el deber de confirmar en la Fe a su rebaño antes que el de alimentar a los lobos. Ha pecado de escándalo al preferir la mentira insidiosa propagada por Israel, a las verdades luminosas que brotan del estudio sereno. Ha quebrantado la regla ciceroniana enunciada por León XIII: "la primera ley de la historia es no atreverse a mentir; la segunda, no temer decir la Verdad". Ha pecado de ambigüedad por flojera, prudencia carnal o diplomacia vaticana. Ha pecado contra el segundo mandamiento, porque darle rango de dogma a lo que no lo es, pidiendo su acatamiento incondicional, es un modo de tomar el nombre de Dios en vano. Además, el amor a su patria alemana -que bien sabemos lo distingue- debería haberlo retraído de dar este paso, con el que los enemigos seculares de Germania vuelven a justificar y a reavivar el estado de acusación constante en el que la tienen sometida desde la parodia de Nürenberg.

Que nadie se confunda al respecto. Todo lo que con ocasión de las declaraciones históricas de Monseñor Williamson ha manifestado Roma, todo lo que se ha expresado sobre la llamada shoa y su negacionismo, todo lo que al respecto se les ha reconocido y tolerado a los judíos, no es magisterio ni virtud. Es oscurecimiento de la inteligencia ante la Verdad y quiebra de la voluntad ante el Bien. Del Papa se nos asegura su infalibilidad –dadas ciertas condiciones bien conocidas por cualquier catecúmeno- pero no su impecabilidad. Hay abundante y segura doctrina al respecto. Entonces, por angustioso que resulte, queden, pues, registrados en la conducta de Benedicto XVI la irreflexividad y el pecado. No es la primera vez que la historia de la Iglesia registra estos problemas, como registra la asistencia del Espíritu Santo y la posibilidad cierta de que la sabiduría y la virtud se impongan al error y a las claudicaciones. Recemos por ello. Queremos conservar la esperanza de que, finalmente, las muchas virtudes y dones del Santo Padre desmontarán el tinglado de la farsa.

De sobra conocemos lo que aullará la jauría ante lo que acabamos de decir. A esta altura de las ultimidades parusíacas que probablemente estemos viviendo, nos tiene sin cuidado.

Sólo dos guantes recogeremos. El uno, cuando se nos diga quiénes somos nosotros para sostener estas afirmaciones. Somos nada. Pero si desde la nada sale la proferición de que el pan es pan y el vino es vino, lo proferido no corre el riesgo de ser falso por la ausencia de entidad en el emisor. Se tendrá que probar que erramos, porque ya está probado que somos nadie y simples pecadores.

El segundo guante es el que golpea llamándonos nazis. Somos católicos, apostólicos y romanos que reconocemos en Benedicto XVI al Vicario de Cristo, y como tal lo respetamos y nos encolumnamos tras su Cátedra. Pero por la misma y reiterada profesión de catolicismo militante que nos distingue, sabemos que la actual distorsión de la cuestión judía, acentuada desde Nostra aetate en adelante, y hoy falsificada sin límites, es una amenaza contra la integridad de nuestra Fe, no contra la ideología nacionalsocialista. Y es una amenaza contra la misma economía de la salvación –que quiere para cada israelita el destino de Natanael- no contra las teorías racistas. Es un agravio a los Santos Evangelios, no a Mi lucha.

Es curioso que este negacionismo teológico importe menos que el llamado negacionismo del holocausto. Es inadmisible que negar la verdad católica movilice menos a los creyentes que negar las baladronadas de la prensa masónica y marxista. Es trágico que se pueda negar el depósito más íntimo de nuestra Religión Verdadera, para condescender al sincretismo con las falsas creencias, con las consignas cabalísticas y los planes talmúdicos. Es lamentable, al fin, que la Verdad siga siendo la gran excomulgada.

Los apóstoles y el mismo Pedro estaban temerosos y asustados porque "el mar se puso muy agitado, al punto de que las olas llegaban a cubrir la barca" (Mt. 8,24). Entonces, Nuestro Señor Jesucristo, "se levantó e increpó a los vientos y al mar, y se hizo una gran calma". Marcos agrega que Jesús "estaba en la popa, dormido sobre un cabezal", y que desafiando con entereza la embestida marina, le digo al torrente agitado: "¡Cállate! ¡Sosiégate!" (Mc. 4,38).

Ya no seas cobarde, Pedro. Conduce a tu rebaño al puerto de bonanza. Defiende a tus cabrillos no a las lobuznas fauces. Pastorea a tu grey no a carniceras huestes. Ten a mano la tralla para los fariseos y la mano bendecidora para tus hijos leales. Ya no seas más cobarde, Pedro. El único negacionismo que debe preocuparte es el de tu triple negación. Y si el miedo te doblega, despierta a Cristo que está soñando en el cabezal de la popa. Él impondrá la calma y el orden con el solo refulgir de su palabra regia, de su mirada soberana, de su irrefragable e invicta presencia divina.

30 de enero de 2009

Carta de Monseñor Richard Williamson al Cardenal Castrillón Hoyos


Enviada el 28 de Enero de 2009 y publicada en el día de la fecha.

Tomado de Dinoscopus (el blog de Mons. Williamson)


To His Eminence Cardinal Castrillón Hoyos


Your Eminence

Amidst this tremendous media storm stirred up by imprudent remarks of mine on Swedish television, I beg of you to accept, only as is properly respectful, my sincere regrets for having caused to yourself and to the Holy Father so much unnecessary distress and problems.

For me, all that matters is the Truth Incarnate, and the interests of His one true Church, through which alone we can save our souls and give eternal glory, in our little way, to Almighty God. So I have only one comment, from the prophet Jonas, I, 12:

"Take me up and throw me into the sea; then the sea will quiet down for you; for I know it is because of me that this great tempest has come upon you."

Please also accept, and convey to the Holy Father, my sincere personal thanks for the document signed last Wednesday and made public on Saturday. Most humbly I will offer a Mass for both of you.

Sincerely yours in Christ

+Richard Williamson

Traducción:

A Su Eminencia Cardenal Castrillón Hoyos

Su Eminencia:

En medio de este tremenda tormenta levantada por comentarios imprudentes de mi parte en la televisión sueca, le ruego que acepte, con el debido respeto, mi sincera manifestación de pena por las innecesarias angustias y problemas que he causado a Ud. y al Santo Padre.

Para mí, lo que realmente tiene importancia es la Verdad Encarnada, y los intereses de Su única verdadera Iglesia a través de la cual solamente es posible salvar nuestras almas y dar gloria eterna, en nuestro modesto modo, al Dios Todopoderoso. Por eso pues, solo hago un comentario, tomado del profeta Jonás, I,12.

Tómenme y arrójenme al mar, así el mar se encalmará para ustedes: porque sé que es a causa de mí que esta gran tempestad nos ha sobrevenido”.

Por favor, acepte también, y transmita al Santo Padre mi sincero agradecimiento personal por el documento firmado el pasado miércoles y hecho público el sábado. Con la mayor humildad ofreceré una misa por ambos.

Suyo sinceramente en Cristo.

+ Richard Williamson


27 de enero de 2009

"Todo ha cambiado y eso se lo debemos al Papa"


"Siento alegría y satisfacción y no son los sentimientos de una persona que piensa haber vencido". "Lo he sabido pocos días atrás en la oficina del cardenal Castrillón. Nos abrazamos". "Roma nos quiere realmente bien". "Todo ha cambiado y eso se lo debemos al Papa". Todas estas son frases de un hombre feliz ante el histórico decreto del pasado sábado: monseñor Bernard Fellay. El diario italiano “Libero” publicó el pasado domingo una entrevista en la cual el Superior de la Fraternidad de San Pío X habló acerca del levantamiento de las excomuniones y de la situación actual sin dejar de lado su análisis sobre la crisis actual de la Iglesia. Ofrecemos nuestra traducción.

***

Monseñor, el 30 de junio de 1988 usted era consagrado obispo por Monseñor Marcel Lefebvre, junto a otros tres sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X. Este acto hizo de ustedes y del obispo brasileño Antonio De Castro Mayer los primeros excomulgados después del Concilio Vaticano II. Hoy usted es el Superior general de la Fraternidad, lo que en el apresurado lenguaje periodístico es definido como “el jefe de los lefebvristas”. Estamos en Menzingen, Suiza, en la Casa general. Tenemos sobre la mesa el decreto de la Santa Sede que levanta aquellas excomuniones. ¿Qué siente?


Alegría, satisfacción. No son lo sentimientos de una persona que piensa haber vencido. Lo que la Fraternidad de San Pío X ha hecho desde su fundación hasta hoy, y que continuará haciendo siempre, lo ha hecho y lo hará sólo por el bien de la Iglesia. También las consagraciones episcopales de 1988 fueron realizadas con ese fin. Por el bien de la Iglesia y por nuestra supervivencia. Monseñor Lefebvre debía – repito: debía - asegurar una continuidad. No somos más que un pequeño bote de salvamento en un mar en tempestad. Nosotros hemos estado siempre al servicio de la Iglesia y siempre lo estaremos. El levantamiento de las excomuniones, junto al Motu proprio del Papa Benedicto XVI sobre la Misa antigua, es una señal importante, realmente importante, para nuestro pequeño bote. Es por eso que hablo de alegría y satisfacción.

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¿Dónde y cuando ha sabido del decreto?


Lo he sabido pocos días atrás en Roma, en la oficina de un cardenal, el cardenal Castrillón Hoyos, presidente de la Comisión Ecclesia Dei. Nos abrazamos. Enseguida, en primer lugar he dado gracias a la Virgen, éste es un regalo suyo. Es para obtener su intercesión que se han reunido más de un millón setecientos mil rosarios, rezados por fieles que deseaban el levantamiento de las excomuniones.

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¿Quién ha trabajado más en el Vaticano para llegar a esta solución?


Con seguridad el cardenal Hoyos, que es el presidente de la Comisión encargada de las relaciones entre la Santa Sede y la Fraternidad de San Pío X. Pero, sobre todo, el Papa Benedicto XVI. Lo he comprendido desde la primera audiencia en que me encontré con él, poco después de su elección. Aún cuando nos reprendía, el Santo Padre tenía un tono dulce, verdaderamente paternal.

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En el decreto se dice que el Santo Padre confía en vuestro compromiso “de no ahorrar esfuerzos por profundizar las necesarias discusiones con la Autoridad de la Santa Sede en los asuntos que permanecen abiertos”. ¿Qué quiere decir?


Quiere decir que, como todos los hijos de la Iglesia, estamos llamados a discutir aquellas cuestiones que consideramos fundamentales para la fe y para la vida de la Iglesia misma. Creo que esto reconoce, al menos, la seriedad de nuestra posición crítica sobre estos últimos cuarenta años. Nosotros no pedimos más que claridad. El hecho de que la voluntad del Santo Padre vaya en esta dirección es realmente de gran consuelo. Lo importante es que se entienda que, incluso en los momentos en que hacemos críticas severas, nosotros no estamos nunca contra la Iglesia o contra el papado. ¿Y cómo podríamos estarlo? A menudo nos han acusado de ser “lefebvristas” pero nosotros no somos “lefebvristas”, aunque siga siendo para nosotros un título de honra: nosotros somos católicos. El primero en no ser lefebvrista ha sido nuestro fundador, monseñor Lefebvre. Cuando esto quede claro, se comprenderán mejor nuestras posiciones. Tomará algún tiempo pero creo que, poco a poco, estará claro que todo lo que hacemos es obra de Iglesia.

*

El levantamiento de las excomuniones ¿es fruto de una tratativa y de un acuerdo o es un acto unilateral de la Santa Sede?


Nosotros hemos pedido en varias ocasiones la libertad en la celebración de la Misa antigua y el levantamiento de las excomuniones. Pero lo que ha ocurrido ahora no es fruto de una tratativa o de un acuerdo. Es un acto gratuito y unilateral que demuestra que Roma nos quiere realmente bien. Un verdadero bien. Por mucho tiempo hemos tenido la impresión de que Roma no quería entrar en el tema. Luego todo ha cambiado y eso se lo debemos al Papa.

*

¿Por qué Benedicto XVI ha querido tanto este acto? ¿Se ha dado cuenta de la complicación en la que se ha puesto con el levantamiento de las excomuniones?


Oh sí, creo que es bien consciente de las reacciones más diversas y más desordenadas. Además, en varias ocasiones antes y después de su elección papal, ha hablado de la crisis de la Iglesia en términos para nada ambiguos. Cuando mencionaba su dulzura paternal me refería al hecho de que en él se manifiestan, juntos, la conciencia de los tiempos en que vivimos, la firmeza para ponerles remedio y la atención a todos sus hijos. Esto hace que las reacciones más o menos inadecuadas ante sus actos lo pueden hacer sufrir pero ciertamente no hacen que cambie de parecer. Y aquí está también el motivo de esta decisión.

*

En este contexto, ¿se podría sintetizar esta noticia diciendo que la Tradición ya no está excomulgada?


Sí, aunque se necesitará tiempo antes de que esto se convierta en moneda corriente dentro del mundo católico. Hasta hoy, en muchos ambientes hemos sido considerados y tratados peor que el diablo. Todo lo que hacíamos y decíamos era necesariamente algo malo. No creo que la situación pueda cambiar repentinamente. Pero hoy hay un acto de la Santa Sede que nos permite decir que la Tradición no está excomulgada.

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¿Y qué se siente vivir como excomulgado?


Se siente dolor por el uso malicioso e instrumentalizado de una marca de infamia. Respecto a nuestra situación, en cambio, debo decir que nunca nos hemos sentido excomulgados, nunca nos hemos sentido cismáticos. Siempre nos hemos sentido parte de la Iglesia y la noticia de la que estamos hablando demuestra que teníamos razón.

*

Llegados a este punto nos preguntamos por qué esta situación se ha prolongado tanto. Y, sobre todo, ¿de qué naturaleza son las cuestiones que el documento de la Santa Sede y ustedes mismos dicen que deben ser aún discutidas?


Lo resumo brevemente. En un momento, dentro de la Iglesia hemos visto que se tomaba un camino nuevo, según nosotros un camino que habría llevado a grandes problemas. Nosotros no hemos hecho más que pensar, enseñar y practicar lo que la Iglesia había hecho siempre hasta aquel momento: nada más y nada menos. No hemos inventado nada. Hemos seguido, de hecho, la Tradición. Y hoy la Tradición ya no está excomulgada.

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Fuente: Libero


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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26 de enero de 2009

Carta del Superior General de la Fraternidad San Pío X a los fieles



ueridos fieles:

Como anuncio en el comunicado adjunto, “la excomunión de los obispos consagrados por S.E. Mons. Marcel Lefebvre el 30 de junio de 1988, que había sido declarada por la Sagrada Congregación para los Obispos por un decreto del 1º de julio de 1988 y que nosotros siempre rechazamos, ha sido retirada por otro decreto de la misma Congregación fechado el 21 de enero de 2009 por mandato del Papa Benedicto XVI”.

Esa era la intención de oración que les había confiado en Lourdes, con motivo de la fiesta de Cristo Rey de 2008. Ustedes han superado nuestras expectativas ya que un millón setecientos tres mil rosarios han sido rezados para conseguir de la intercesión de Ntra. Señora el fin de este oprobio, que a través de las personas de los obispos de la Fraternidad, pesaba sobre todos cuantos de lejos o de cerca adherían a la Tradición. Sepamos agradecer a la Santísima Virgen, que ha inspirado al Santo Padre este acto unilateral, benevolente y valeroso.

Asegurémosle con nuestras fervientes oraciones. Gracias a este gesto, los católicos del mundo entero apegados a la Tradición ya no serán más injustamente estigmatizados y condenados por haber mantenido la fe de sus padres.

La Tradición católica ya no está más excomulgada. Aún cuando ella nunca lo haya estado en sí, con frecuencia y cruelmente lo ha estado en los hechos; como la misa tridentina, que nunca había sido abrogada en sí, como felizmente lo ha recordado el Santo Padre a través del Motu Proprio Summorum Pontificum del 7 de junio de 2007.

El decreto del 21 de enero cita la carta del 15 de diciembre pasado al Card. Castrillón Hoyos, en la que expresaba nuestro apego “a la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, que es la Iglesia Católica”, reafirmando nuestra aceptación de su enseñanza bimilenaria y nuestra fe en el Primado de Pedro.

Yo recordaba cuanto sufrimos por la situación actual de la Iglesia, en que esta enseñanza y este Primado son ridiculizados, y agregaba: “Estamos prestos a escribir con nuestra sangre el Credo, a firmar el juramento antimodernista y la profesión de fe de Pío IV: aceptamos y hacemos nuestros todos los concilios hasta el Vaticano II, respecto al cual tenemos reservas”.

En todo ello tenemos la convicción de permanecer fieles a la línea de conducta trazada por nuestro fundador, Mons. Marcel Lefebvre, cuya pronta rehabilitación esperamos.

Así, pues, deseamos realizar estas “conversaciones” –que el decreto reconoce como “necesarias”- sobre las cuestiones doctrinales que se oponen al magisterio de siempre, no podemos hacer más que comprobar la crisis sin precedentes que hoy sacude a la Iglesia: crisis de las vocaciones, crisis en la práctica religiosa, del catecismo y de la frecuentación de los sacramentos… Paulo VI, antes que lo hiciéramos nosotros, hablaba incluso de una infiltración del “humo de Satanás” y de la “autodemolición” de la Iglesia. Juan Pablo II no dudó en decir que el catolicismo en Europa se encontraba como en estado de “apostasía silenciosa”.

Poco tiempo antes de su elección al Supremo Pontificado, el mismo Benedicto XVI comparaba a la Iglesia a un “barco que hace agua por todas partes”. Por eso, en estas conversaciones con las autoridades romanas, queremos examinar las causas profundas de la situación actual y proveyendo el remedio adecuado, llegar a una restauración sólida de la Iglesia.

Queridos fieles, la Iglesia está en manos de su Madre, la Santísima Virgen María. Nosotros confiamos en ella. Le habíamos pedido la libertad de la Misa de siempre, en todas partes y para todos. Le habíamos pedido que se retirara el decreto de las excomuniones. Le pedimos en nuestras oraciones, a Ella, que el la Sede de la Sabiduría, estos necesarios esclarecimientos doctrinales, de los que las almas perturbadas tienen tanta necesidad.

Menzingen, 24 de enero de 2009
+ Bernard Fellay

24 de enero de 2009

Laus Deo

Saturday, January 24, 2009



Con lettera del 15 dicembre 2008 indirizzata a Sua Em.za il Sig. Cardinale Dario Castrillón Hoyos, Presidente della Pontificia Commissione Ecclesia Dei, Mons. Bernard Fellay, anche a nome degli altri tre Vescovi consacrati il giorno 30 giugno 1988, sollecitava nuovamente la rimozione della scomunica latae sententiae formalmente dichiarata con Decreto del Prefetto di questa Congregazione per i Vescovi in data 1° luglio 1988. Nella menzionata lettera, Mons. Fellay afferma, tra l'altro: "Siamo sempre fermamente determinati nella volontà di rimanere cattolici e di mettere tutte le nostre forze al servizio della Chiesa di Nostro Signore Gesù Cristo, che è la Chiesa cattolica romana. Noi accettiamo i suoi insegnamenti con animo filiale. Noi crediamo fermamente al Primato di Pietro e alle sue prerogative, e per questo ci fa tanto soffrire l'attuale situazione".

Sua Santità Benedetto XVI - paternamente sensibile al disagio spirituale manifestato dagli interessati a causa della sanzione di scomunica e fiducioso nell'impegno da loro espresso nella citata lettera di non risparmiare alcuno sforzo per approfondire nei necessari colloqui con le Autorità della Santa Sede le questioni ancora aperte, così da poter giungere presto a una piena e soddisfacente soluzione del problema posto in origine - ha deciso di riconsiderare la situazione canonica dei Vescovi Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson e Alfonso de Galarreta sorta con la loro consacrazione episcopale.

Con questo atto si desidera consolidare le reciproche relazioni di fiducia e intensificare e dare stabilità ai rapporti della Fraternità San Pio X con questa Sede Apostolica. Questo dono di pace, al termine delle celebrazioni natalizie, vuol essere anche un segno per promuovere l'unità nella carità della Chiesa universale e arrivare a togliere lo scandalo della divisione.

Si auspica che questo passo sia seguito dalla sollecita realizzazione della piena comunione con la Chiesa di tutta la Fraternità San Pio X, testimoniando così vera fedeltà e vero riconoscimento del Magistero e dell'autorità del Papa con la prova dell'unità visibile.

In base alle facoltà espressamente concessemi dal Santo Padre Benedetto XVI, in virtù del presente Decreto, rimetto ai Vescovi Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson e Alfonso de Galarreta la censura di scomunica latae sententiae dichiarata da questa Congregazione il 1° luglio 1988, mentre dichiaro privo di effetti giuridici, a partire dall'odierna data, il Decreto a quel tempo emanato.

Roma, dalla Congregazione per i Vescovi, 21 gennaio 2009.

Card. Giovanni Battista Re
Prefetto della Congregazione per i Vescovi

















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Comunicado del Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (enlace en castellano)

Carta a los feligreses de Mons. Bernard Fellay (en castellano), click sobre este enlace