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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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31 de mayo de 2009

El comunismo en la revolución anticristiana (6)




por el R.P. Julio Meinvielle







APÉNDICE I

CIVILIZACION CRISTIANA VERSUS COMUNISMO





Me cabe la satisfacción y el honor de desarrollar en esta nobilísima ciudad de Méjico el tema principal de este “Sexto Congreso de la Liga Mundial Anticomunista”.
Nuestra generación, desde sus albores, viene luchando sin tregua contra el comunismo ateo, que si logró implantarse establemente en Rusia en 1917, intentó poner el pie, aun antes, en estepueblo de Méjico. Todavía recuerdo cómo nosotros los argentinos, hace cincuenta años, seguíamos con ansiedad y emoción, las gestas heroicas del pueblo mejicano, que se levantó en armas por los derechos imprescriptibles de Cristo Rey y de la patria. Gracias al arrojo y al valor de los jóvenes mejicanos, América Latina debía verse libre del comunismo. Y éste había de cambiar de táctica para penetrar en nuestros pueblos, no enfrentando la creencia religiosa, sino sirviéndose de ella para la penetración. Así han entrado en Cuba y en Chile.

Aunque América Latina, de modo global, se haya defendido del comunismo desde entonces, no ha alcanzado todavía un régimen de civilización que le dé estabilidad y que la defienda eficazmente de caer en el comunismo. Por ello, tan oportuno resulta el tratamiento de este tema, “Civilización, sí; comunismo, no”, ya que en esta crisis de la civilización – que no otra cosa significa el comunismo – sólo la historia nos ha de revelar cuáles son los valores imprescindibles que ha de aportar a los pueblos una auténtica civilización. Y con ello entro directamente en el tema.

Una civilización, proyección del hombre

Una civilización no es otra cosa que el hombre proyectado en lo social. Esto por lo que se refiere tanto a la naturaleza de una civilización como a su desarrollo histórico. Una civilización, en efecto, no puede sino proyectar las acciones de sus unidades componentes, y éstas, en último término, son los hombres; los hombres con sus pensamientos, sus quereres y sus pasiones; los hombres con sus alegrías y congojas; los hombres con las obras de sus manos en las artes y en laarquitectura; los hombres en la literatura, la filosofía y la religión. Por esto, para medir el valor ymérito de una civilización hay que hacerlo no sólo por las acciones de sus grandes hombres sinotambién de sus hombres comunes y aun por las de sus hombres inferiores. De un modo o de otro, la civilización es resultado de lo que proyectan y realizan sus hombres, y la riqueza y miseria quecontiene no pueden ser mayor ni menor que la que contienen sus hombres. Aquí vale el criterio que nos da el Señor de los Evangelios, Mt. 7, 17: “Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo, da frutos malos”.
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28 de mayo de 2009

El Comunismo en la Revolución Anticristiana (5)







Por el R.P. Julio Meinvielle



CAPÍTULO IV


LA CIUDAD CATOLICA, UNICA SOLUCION CONTRA EL COMUNISMO Y CONTRA EL ACTUAL DESGARRAMIENTO DE LAS SOCIEDADES HUMANAS





o sabemos dónde irá a desembocar esta encrucijada de la historia que vive el mundo actual. Tampoco hemos de estar muy solícitos por saberlo. Ello pertenece a los designios inescrutables del Creador. Pero si el comunismo es obra y etapa de la Revolución Anticristiana, peor que el mismo comunismo es la Revolución Anticristiana, que produce estos frutos mortíferos del naturalismo, del liberalismo, del socialismo y comunismo, que lo invade y lo penetra todo. Esta revolución es una totalidad que quiere destruir totalmente al hombre cristiano.

Si es una totalidad, hay que oponerle otra totalidad. Hay quienes quieren curar los males de la sociedad contemporánea con recetas incompletas cuya eficacia alimentan en su propia imaginación. Unos, recetas puramente religiosas; otros, políticas; quienes, sociológicas o económicas. Y aun, en cada uno de estos sectores de la actividad humana, tienen a su vez el secreto mágico que va a poner remedio a todos los males. Y así los que ponen sus esperanzas en lo económico piensan, por ejemplo, en la participación de los obreros en las empresas o simplemente en la propiedad comunitaria (1).

No es necesario explicar que la realidad es compleja y es sobre todo una totalidad que está determinada por causas y encierra elementos que son en general humanos, y por lo mismo religiosos, políticos y económicos.

La Iglesia tiene un programa para el hombre de hoy. Este programa, que es religioso-cívico, lo viene enunciando en forma coherente desde el pontificado de León XIII, y Pío XII ha sido su magnífico expositor.

Para comprender el programa religioso-cívico que la Iglesia propone al hombre contemporáneo como solución de los males que le aquejan y aun de otros que le amenazan, tengamos bien presente el carácter de la sociedad en que vivimos. Porque a pesar de la degradación deletérea de la Revolución Anticristiana, los cimientos de nuestra civilización occidental han sido construidos sobre la base de la Europa cristiana, la cual, a su vez, ha recogido lo mejor de la civilización grecorromana e incluso del mundo germánico, bajo la inspiración de la Iglesia.

Tenemos un patrimonio que conservar. El concepto de Dios trascendente, de Cristo y de la Iglesia; el concepto del hombre, de la familia y de la sociedad; el concepto del derecho y de la propiedadson otros tantos pilares firmes, que, a pesar de una acción corrosiva, se conservan fundamentalmente incólumes. Además, que estos conceptos de la vida occidental perseveran en instituciones todavía sanas en su fundamento, heredadas de la Europa cristiana.

La Iglesia no renuncia ni a la idea de “civilización cristiana” que, como hemos visto, se identifica con la de “Ciudad Católica”, ni a la de la “Europa cristiana”. San Pío X afirma taxativamente: “La Iglesia, al predicar a Cristo crucificado, escándalo y locura a los ojos del mundo, vino a ser la primera inspiradora y fautora de la civilización, y la difundió doquier que predicaron sus Apóstoles, conservando y perfeccionando los buenos elementos de las antiguas civilizaciones paganas, arrancando a la barbarie y adiestrando para la vida civil los nuevos pueblos, que se guarecían al amparo de su seno maternal, y dando a toda la sociedad, aunque poco a poco, pero con pasos seguros y siempre progresivos, aquel sello tan realzado que conserva universalmente hasta el día de hoy”. Y añade a continuación: “La civilización del mundo es civilización cristiana: tanto es más valedera, durable y fecunda en preciosos frutos, cuanto es más genuinamente cristiana; tanto más declina, con daño inmenso del bienestar social, cuanto más se sustrae a la idea cristiana”.
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24 de mayo de 2009

El Comunismo en la Revolución Anticristiana (4)






Por el R.P. Julio Meinvielle




CAPÍTULO III



EL COMUNISMO, ÚLTIMA ETAPA DE LA REVOLUCIÓN ANTICRISTIANA




emos señalado los cuatro valores esenciales que debe encerrar una civilización si quiere ser perfectiva del hombre y resultarle beneficiosa. Hemos visto también como se ha venido efectuando, bajo la Revolución Anticristiana que tiene como agente responsable al mismo Satanás, un proceso regresivo en que se les ha arrebatado a los antiguos pueblos católicos uno tras otro, cada uno de estos valores hasta sumirlos en esta postración que desemboca en el comunismo.

Corresponde ahora que, en función de los valores que perfeccionan al hombre, examinemos el comunismo enseñado por Marx y llevado a la práctica por la actual revolución comunista mundial.

El comunismo, heredero histórico de las dos Revoluciones, agudiza sus consecuencias aun en el plano en que éstas se efectuaron. Porque el comunismo es una revolución contra la verdadera autoridad religiosa y aun contra toda religión. Para él, la religión es una alienación del hombre, una perdición, una frustración. La religión es el opio del pueblo, enseña Marx.

En Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, en 1844, Marx escribe: “La religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que aún no se ha adquirido a sí mismo, o que ha vuelto a perderse”... “La miseria religiosa es la expresión de la miseria real, y por otra parte, la protesta por la miseria real”.

Pero la religión no sólo es inútil; es positivamente mala, porque es destructora del hombre. La dialéctica de la oposición entre Dios y el hombre, está alimentando todo el pensamiento de Marx. Si Dios existe y es Creador del hombre, entonces no puede existir el hombre y menos ser creador de sí mismo. Porque lo que uno es y tiene, lo es y lo tiene a costa del otro. Pero como el hombre existe, y es creador de su propia historia, luego Dios no existe ni es creador del hombre.

Cuando el hombre recurre a Dios lo hace determinado por una debilidad, una pérdida de sí mismo que le lleva a transferir imaginativamente en un superhombre los atributos que a él le faltan. Esa transferencia imaginativa no hace sino trabar el esfuerzo que el hombre debe emplear en su propia autocreación.
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19 de mayo de 2009

El Comunismo en la Revolución Anticristiana (3)




Por el R.P. Julio Meinvielle







CAPÍTULO II



DE LA CIUDAD CATÓLICA A LA CIUDAD COMUNISTA





l comunismo no puede ser entendido ni doctrinaria ni históricamente si no se establece un punto de referencia con el cual compararle. Este punto puede ser el cristianismo, el hombre, la sociedad burguesa o cualquier otro que quiera tomar la casi infinita consideración humana. Se logrará así de él, según el caso, una inteligencia más o menos verdadera y completa. Pero el único punto que proporciona sobre él una luz verdadera y completa es el de la Ciudad Católica. Porque éste es el de la sociedad elaborada de acuerdo al plan de Dios, en la Providencia actual, el único que satisface plenamente los designios de Dios y las aspiraciones del hombre. Cuando el hombre entiende cómo debe ser la ciudad terrestre, en qué forma ha de estructurarse y hacia qué fin ha de ordenarse, entiende también cuán perversa, absurda y nefasta es la ciudad comunista, que contraría de tan radical modo los derechos de Dios y las exigencias del hombre.


No ha de faltar quien encuentre peregrino este concepto de Ciudad Católica, como si fuera una novedad caprichosa, enunciada arbitrariamente. No hay tal. Es un concepto que aparece en el magisterio y en el pensamiento ordinario de la Iglesia a veces no con este nombre, sino con el más común de Civilización Cristiana. San Pío X, en el importante documento Notre Charge Apostolique, del 25 de agosto de 1910, sobre la democracia cristiana de Le Sillon, lo registra en un párrafo de singular energía, que dice así: “Hay que recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual, en que cada individuo se convierte en doctor y legislador. No, venerables hermanos, no se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; no se levantará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe; es la Civilización Cristiana. Es la Ciudad Católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre los fundamentos naturales y divinos de los ataques siempre nuevos de la utopía moderna, de la Revolución y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo”.

A la luz de la Ciudad Católica vamos, pues, a estudiar la utopía comunista. La Ciudad Católica alcanzó su momento de plenitud histórica en el siglo XIII, cuando la sabiduría culminó con Santo Tomás de Aquino, cuando la prudencia política logró forma maravillosa con San Luis, rey de Francia, cuando el arte se iluminó en el pincel del Beato Angélico. Unos siglos después, la Revolución anticristiana rompe la unidad de la Ciudad Católica. Y se inicia un proceso de degradación que alcanza cada vez capas más profundas de la ciudad, amenazándola con una ruina y muerte total. El comunismo significa esta ruina y muerte total de la Ciudad Católica. De triunfar en forma definitiva y permanente – si Dios lo permitiere –, se sumergiría en un naufragio total la Ciudad Católica.

Adviértase que decimos la Ciudad Católica, y no el cristianismo o la Iglesia Católica. Esta, que es indefectible, en virtud de la promesa de asistencia de Cristo, podrá seguir viviendo, y con alta fuerza del Espíritu, en el corazón de muchas almas escogidas, así, poco más o menos, como persevera viviendo el catolicismo en la Rusia soviética o en China comunista. Habría catolicismo, pero no habría Ciudad Católica.
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15 de mayo de 2009

El comunismo en la Revolución Anticristiana (2)





Por el R.P. Julio Meinvielle




CAPÍTULO I

DE LA REALEZA DE CRISTO, EN LA HISTORIA, A LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA






l presente libro quiere determinar con precisión qué sitio ocupa el comunismo en la Revolución anticristiana. Pero ello no es posible si no se determina, a su vez, el significado y alcance de la misma Revolución anticristiana. La Revolución anticristiana no puede ser caracterizada en toda su significación si no se fija el carácter necesariamente cristiano que ha de revestir el movimiento de la historia después que Cristo se ha hecho presente entre nosotros.

El tema del presente ensayo es precisamente éste, a saber, cuál sea el significado último delcomunismo en la historia. Y la historia, en definitiva, pertenece a Cristo como le pertenece todohombre. El comunismo, que aparece en la historia y llena toda una época de la vida del hombre en su paso por la tierra, ha de entrañar necesariamente una significación en la relación tambiénnecesaria del hombre en Cristo.

De aquí que en un primer capítulo hayamos de explicar la significación de Cristo y de su enemigo el anti-Cristo en la historia de los pueblos.

La historia de los pueblos en su dinamismo más profundo proclama a Cristo en su divina Realeza. No se ha de considerar como una ocurrencia piadosa que nos refiramos a la Realeza de Cristo para medir el lugar y el alcance del comunismo, sino que está ello exigido por la necesidad de encontrar una razón explicativa suficiente de este hecho que invade a los pueblos cristianos en un momento determinado de su historia.

La historia de los hombres

La historia en su realidad última está constituida por las acciones de los hombres. Pero, ¿quétienen de especial las acciones de los hombres frente a las de otros seres para que precisamente ellas y sólo ellas constituyan la historia? A esta cuestión, por mucho que se profundice, no se le puede dar respuesta más satisfactoria que la que le dio la sabiduría griega cuando definió al hombre como animal racional. La historia procede de esta doble condición del hombre. Porque el hombre con su razón pone libremente un determinado orden en el curso de sus acciones sobre sí mismo, sobre los otros hombres y sobre las cosas a su servicio, resulta un determinado desarrollo histórico que necesariamente se halla transido por una contingencia radical.

Aunque este desarrollo ha resultado éste y no otro, pudo haber resultado otro y no éste. No sólo la serie de la sucesión histórica, sino cada eslabón de esa serie, dependiente de una voluntad humana, pudo haber sido otro. El hombre hace su historia y hace la historia. Por ser racional es libre, y por ser libre es un agente responsable de su propio destino.

La historia del hombre está constituida por acciones y hechos, libremente puestos, que deben determinar un contorno de realizaciones en su paso por la tierra. Un contorno en el espacio y en el tiempo. En el espacio, porque el obrar del hombre, se entrecruza no sólo con el paisaje sinoentre las decisiones de los unos con las decisiones de los otros, de las de unos hombres individuales con las de otros hombres individuales, entre las de unos grupos sociales con las de otros grupos sociales, entre las de unas naciones con las de otras naciones y, finalmente, entre las de unas civilizaciones con las de otras civilizaciones.

E igualmente en el tiempo, porque las acciones de los hombres determinan otras múltiples acciones que repercuten y cristalizan en realizaciones e instituciones que, a su vez, también actúan y ejercen influencia más o menos profunda y lejana.

La historia es un inmenso entrecruzarse de pensamientos, palabras, acciones y realizaciones de los hombres. Un entrecruzarse a veces pacífico, a veces bélico. Un entrecruzarse de destrucción y de construcción.

La historia, por ser, precisamente, creación libre del hombre, se opone a la naturaleza. Ésta, en efecto, se mueve por un modo invariable de obrar. Aunque el hombre tiene también naturalezaque lo faculta para un obrar también determinado, sin embargo, esa determinación de ésa sunaturaleza y de las facultades que de ella emanan está dotada de una amplia plasticidad y libertad que provienen de su condición racional. En consecuencia, la historia no se opone a la naturaleza negándola, sino continuándola. Es decir que no niega la naturaleza, sino que expresa una de las realizaciones posibles en que esa naturaleza puede desplegarse.

Al contrario de lo que pasa en las otras naturalezas, privadas de razón, en que sólo es posible una realización determinada y fija de esa naturaleza. La especie humana admite en realidad infinitas realizaciones. Piénsese sino, no sólo en las innumerables civilizaciones de que nos da cuenta la historia sino también en otras que pudieron ser posibles.

Aunque la historia está constituida por todas las acciones de los hombres, en realidad, no seconsidera historia sino tan sólo ciertas acciones relevantes cumplidas por determinadascomunidades humanas o por personas destacadas de esas comunidades.

Res gesta, las hazañas, las acciones ilustres eran tan sólo registradas en la memoria de los pueblos. La historia cobraba así la función de paradigma de los pueblos. Constituía por lo mismo un alto magisterio de dignidad en la conducta de los hombres.

La diversidad de historias

Hablamos de historia de los pueblos, del hombre y de la humanidad. Pero, en realidad, desde el punto de vista del hombre, esta historia no existe.
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Para leer el capítulo completo haga click sobre la imagen del cura Meinvielle.


13 de mayo de 2009

El comunismo en la Revolución Anticristiana (1)




Libro del R.P. Julio Meinvielle


Prólogo a la Tercera Edición, 1974, por el Dr. Carlos A. Sacheri





Para leer los prólogos de las dos primeras ediciones, del mismo P. Meinvielle, haga click sobre su imagen. ( muy recomendado)







a realidad operante de la subversión comunista constituye, sin lugar a dudas, el aspecto más negativo y disolvente de la crisis intelectual y moral del siglo veinte. Muchos han sido los esfuerzos desplegados por multitud de filósofos, teólogos, economistas, políticos, sociólogos, etc., para desentrañar el meollo de la teoría y la praxis marxista-leninista y señalar sus consecuencias negativas tanto para la persona humana como para el orden social. Dentro de la vastísima bibliografía existente, se destaca, sin embargo, esta obra de R. P. Julio Meinvielle, que conoceahora su tercera edición, publicándose sin incluir el apéndice titulado “La Mater et Magistra y lapropiedad colectiva privada”, por haber sido éste agregado en la reedición de “Conceptosfundamentales de la Economía” (segunda edición, Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires, 1973).
La reflexión sobre el fenómeno comunista ha sido una de las constantes preocupaciones del P. Meinvielle a lo largo de su amplia trayectoria intelectual. En tal sentido, resultaría largo historiar la larga serie de libros, artículos, conferencias y editoriales por él consagrados a los más diversos aspectos teóricos y prácticos del marxismo, a partir de su primera obra “Concepción católica de la política” (editada por los Cursos de Cultura Católica, 1932, y ahora reeditada por la Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, vol. III, Ediciones Dictio, 1974), hasta su última conferencia pronunciada en México, D.F., en el VI Congreso de la Liga Mundial Anticomunista (WACL), durante el 25 de agosto de 1972, bajo el título de “Civilización cristiana versus Comunismo” (publicada en “Verbo”, nº 126/127, diciembre, 1972, que se incluye como Apéndice en la presente edición).
Este libro del Padre Julio es complementario de “El poder destructivo de la dialéctica comunista” (29 edición, Cruz y Fierro Editores, Buenos Aires, 1973) y tiene la virtud de situar la Revolución Comunista en una doble perspectiva complementaria. En primer lugar, dicho movimiento es analizado a la luz de la antropología filosófico-teológica, la cual nos brinda la auténtica imagen del hombre y del orden social, sobre la base del realismo filosófico de Aristóteles y Santo Tomás. En segundo lugar, el fenómeno marxista es enfocado a la luz de la teología católica de la historia y de la cultura. Esta doble perspectiva, no sólo confiere a la obra una singularidad excepcional, sino que le permite alcanzar la máxima hondura al juzgar los efectos devastadores de la empresa comunista a la luz de la crisis histórica de las naciones cristianas.
El punto de partida antropológico está dado substancialmente por la formulación de la doctrina de las cuatro formalidades, la cual configura uno de los mayores aportes intelectuales del autor. Al distinguir los cuatro aspectos esenciales del ser humano (ser-sensible-racional-divino),Meinvielle detecta su íntimo paralelismo con las funciones sociales básicas en toda cultura (economía de ejecución – economía de dirección – política sapiencial). Dicho ordenamiento es universalmente válido, pues se inspira en la propia naturaleza del hombre, razón por la cual trasciende las contingencias y variaciones propias de cada época y de cada sociedad. Pero, a partir del nominalismo del siglo catorce, Occidente fue involucionando a través de tres momentos sucesivos: el Renacimiento y la Reforma, la Revolución Francesa y, por último, la RevoluciónComunista, cuya exaltación del homo faber instaura la dominación del proletariado o economía de ejecución por encima de todos los otros valores.
Ubicada en tal perspectiva, surge con nitidez la perversidad intrínseca de la empresa comunista, como lo señalara magistralmente Pío XI en la Divini Redemptoris (nº 58). Al invertir la jerarquía natural de valores, la sociedad colectivista nos ofrece un hombre amputado, reducido a la condición de engranaje anónimo del sistema. Privado de derechos esenciales, carente de iniciativa y de responsabilidades concretas, el homo faber del marxismo termina siendo una tristísima caricatura de la imagen del hombre según el orden natural y cristiano. Meinvielle pone a la vez de manifiesto cómo el marxismo penetra en todos los ambientes a través de su instrumentoclave, la lucha de clases o praxis revolucionaria, mediante la cual disuelve todas las estructuras,instituciones y grupos dirigentes, reemplazándolos por sus propias “correas de transmisión”.
El libro reafirma la gran perspectiva teológica, característica de todo el pensamiento del autor, de la civilización cristiana o ciudad católica, esto es, de la Cristiandad. Al respecto cabe señalar que Julio Meinvielle es el máximo teólogo de la Cristiandad en lo que va del siglo veinte.
Esta constante que jalona toda su labor intelectual alcanza su perfil definitivo en la presente obra,al insertarse en una teología de la Historia centrada en la obra redentora de Cristo Rey, Señor delos tiempos y de las naciones. Con su lucidez habitual, su rigor conceptual y su apertura constantea los problemas que signan estos tiempos cruciales para el destino del mundo, el Padre Meinvielle ha realizado una labor señera que ilumina a los espíritus sedientos de verdades trascendentes y los alienta para la recuperación de nuestra Iglesia y de nuestra Patria, frente a la ofensiva arrolladora del aparato comunista internacional.

CARLOS ALBERTO SACHERI
Buenos Aires, marzo 7 de 1974,
en la festividad de Santo Tomás de Aquino,
Doctor Universal de la Iglesia.