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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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19 de abril de 2011

Imagen de culto e imagen de devoción (1)




(...) Quede, (...) en claro, que a diferencia del cuadro de tema religioso, el icono es arte sagrado. Ya se lo utilice en el orden doméstico para la oración familiar, o en la iglesia para la liturgia, es siempre objeto de un verdadero culto, lo que lo diferencia sustancialmente de la simple imagen de piedad, que con frecuencia se usa tan solo con fines de ornamentación. (...) Nadie ha penetrado como (R) Guardini en la diferencia que existe entre lo que él llama "imagen de culto" y la "imagen de devoción".

Expongamos aquí lo principal de su análisis. Por imagenes de culto entiende Guardini al Cristo de Monreale, la Madonna de la iglesia de Torcello, los Santos de San Apolinar, y todo lo a ellos semejante en mosaicos, vitraux, esculturas y pinturas.

En cambio, llama imagenes de devoción al Cristo de Miguel Angel, la Madonna de Tiziano, las figuras de Rafael, Rubens, y cuanto tiene algun parentesco con dichas imagenes. La imagen de culto no procede de la experiencia interior del artista, sino del ser y el gobierno de Dios, que obra sobre el mundo a traves de sus palabras y de sus "gestas", y particularmente por el misterio de la encarnación del Verbo. (...) La imagen de devoción, en cambio, brota de la vida interior del individuo, sea del artista o del que la encarga, sea del pueblo o de la época, con sus corrientes y tendencias propias. También este tipo de imagenes se refiere a Dios y a su gobierno, pero como procediendo de la piedad humana.

Es decir, mientras que la imagen de culto parece venir de la trascendencia, la imagen de devoción surge de la inmanencia, de la interioridad.

De El icono, esplendor de lo sagrado, P. Alfredo Saenz SJ, Gladius, 2004.

Imagen: Virgen y el Niño (mosaico S. XII-XV) en Santa Maria della Assunta, Torcello, Venecia, It.


6 de abril de 2011

Antonio Gramsci (2)






por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.





Visto y tomado de Centro Pieper




I. El Marxismo en el Proceso de la Modernidad

l primer aspecto en que me voy a detener es, a mi juicio, muy interesante y manifiesta el lugar del marxismo en el proceso de la “modernidad”, término que él mismo utiliza. Porque Gramsci piensa que el marxismo no es una especie de aerolito caído del cielo, que bruscamente intercede en la historia, sino la culminación de un largo y secular proceso, de un largo itinerario histórico y filosófico.

Así leemos en uno de sus escritos: “La filosofía de la praxis –nombre con el cual siempre menciona al marxismo– presupone todo ese pasado cultural, el renacimiento, la reforma, la filosofía alemana, la Revolución francesa, el calvinismo y la economía clásica inglesa, el liberalismo laico y el historicismo que se encuentra en la base de toda la concepción moderna de la vida”. O sea, nada menos que desde el Renacimiento para aquí, un largo y secular proceso que ofrece esta fruta madura, digámoslo así, del marxismo.

Especialmente Gramsci se remite al testimonio de Hegel, adhiriendo sobre todo a aquella concatenación que el filósofo de Berlín establece entre las actividades teoréticas y las prácticas. Como Uds. saben, Hegel descubría un nexo entre el espíritu de la Revolución francesa y la filosofía de Kant, Fichte y Schelling, o, como la llama Gramsci, la filosofía clásica alemana, indicando que sólo dos pueblos, los alemanes y los franceses, por opuestos que sean entre sí, o incluso por ser opuestos, tema caro a Hegel, a su dialéctica, son los que intervinieron decisivamente en la instauración del gran Evo Moderno, del espíritu moderno –expresión, calificativo al que con frecuencia recurre Gramsci–, comenzado a fines del siglo XVIII y albores del XIX.

El nuevo principio, el principio moderno, irrumpió en Alemania –escribe Gramsci– como espíritu y concepto, mientras que en Francia se desplegó como realidad efectiva. El alemán puso la idea, el francés la acción política. Hay, entonces, una complementación de estas dos actividades, la actividad política francesa y la actividad filosófica alemana, la cual ha sido –dice Gramsci– recogida por los teóricos de la filosofía de la praxis.
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1 de abril de 2011

Antonio Gramsci (1)





por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.





Visto y tomado de Centro Pieper






ntonio Gramsci nació en Cerdeña, en 1891, en el seno de una familia pequeño-burguesa. La familia Gramsci, padre, madre y seis hermanos, vivió en la penuria económica, cosa que marcó a Antonio para siempre.

De físico débil, sin embargo su inteligencia era bien despierta desde chico, desde joven, robusta, como lo demostrará su producción literaria, a la que luego naturalmente aludiremos.

Terminados sus estudios secundarios, allí en la isla de Cerdeña, zona humilde, se inscribió en la Universidad de Turín, donde tuvo ocasión de conocer a Palmiro Togliatti, quien sería el gran dirigente del Partido Comunista Italiano después de la Segunda Guerra Mundial.

Al tiempo que transcurre su vida en la Universidad, se va formando una mentalidad revolucionaria. Poco a poco Italia se estaba industrializando. Milán se iba convirtiendo en un gran centro industrial y desde 1899 funcionaba en Turín la fábrica Fiat, constituyéndose dicha ciudad en el centro del naciente proletariado organizado, el proletariado italiano.

En 1914, el año del comienzo de la Primera Guerra Mundial, se inscribe Gramsci en el Partido Socialista, comenzando entonces su labor periodística. Escribe diversos artículos, a lo largo de dos o tres años. Sin embargo, se siente incómodo en el Partido Socialista. Por aquel entonces, la vida política italiana se desarrollaba en torno a dos grandes Partidos, el de los liberales y el de los socialistas históricos, como se los llamaba, pero estos dos Partidos eran dos Partidos agotados, decrépitos. Precisamente en 1919 aparecieron dos nuevos Partidos, más juveniles, con más empuje. El primero fue el de Don Luigi Sturzo, el Partito Popolare Italiano, futura Democracia Cristiana, donde por primera vez desde la unidad de Italia, numerosos católicos, aunque no todos, por cierto, entraron en la vida política del país. Gramsci nunca perdería de vista esto que él denominaría el “catolicismo político”. El segundo movimiento que apareció rejuveneciendo la vida política italiana fue el Fascismo, ya que, también en 1919, Mussolini creó los primeros Fasci di Combattimento con la intención de instaurar en el país lo que él llamaba “un nuevo orden”.
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23 de febrero de 2011

Sobre la virtud del Patriotismo





por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.




Tomado de “Siete virtudes olvidadas”






La Patria y la Nación

ntes de introducirnos en el análisis de la virtud misma, digamos algo sobre el concepto de “Patria” y de “Nación”, sin cuyo conocimiento se torna poco menos que imposible tratar de la virtud que tiene a ellas por objeto. ¿Cómo aparecieron las Patrias en la historia? La humanidad, tal como se halla hoy, se nos presenta dividida en sociedades territoriales determinadas. No fue así desde el comienzo. La humanidad se inició con una familia, nuestros primeros padres, a los que se les dijo: “Creced y multiplicaos” (Gén. 1, 22). Así lo hicieron los hombres primitivos y luego se fueron dispersando por el mundo. Conservaban, ciertamente, algunos vínculos comunes, como el idioma, las costumbres, un conjunto de verdades elementales, que conocían por la revelación natural, etc. Pero la soberbia, subyacente en el intento prometeico de la construcción de la torre de Babel, los dividió profundamente, desvinculándose entre ellos y perdiendo la comunidad de lengua. Segmentada la humanidad y dispersa por el mundo, el ideal de la sociedad universal, que debía agrupar a todos los hombres, quedó frustrado. Aparte de los egoísmos crecientes, brotes de la soberbia, otros factores como las grandes distancias, los obstáculos físicos, los mares, los océanos y las cordilleras, opusieron dificultades poco menos que insalvables a la conspiración de todos los hombres hacia su destino común. Sin embargo dicho destino subsistía, y en razón del carácter sociable con que Dios creó al hombre, se fueron concretando diversos grupos o sociedades particulares, con fines específicos y concretos.

Dichas sociedades menores nacieron, pues, de la combinación del carácter comunitario de la naturaleza humana, que postula la conspiración a un destino común para todo el género humano, con diversas circunstancias geográficas y hechos históricos que circunscribieron a la humanidad en agrupaciones fragmentarias. Primero aparecieron las tribus, agrupaciones de familias, luego los municipios, y finalmente fueron surgiendo, esplendorosas y magníficas, las patrias, sociedades mayores, dentro de las cuales el hombre podía alcanzar su destino temporal, dentro del linaje humano. En este sentido, cabría decir que Dios mismo es el que está en el origen de las diversas patrias (…) Tras esta mirada transcendental, penetremos en el sentido de las palabras “patria” y “nación”, partiendo de su significación semántica. La palabra “patria” proviene de patres. Por consiguiente, al decir patria nos estamos refiriendo a nuestro país como algo que nos viene dado, como una herencia. Mirando al pasado, advertimos que la patria es la tierra de nuestros padres. La palabra “nación”, por su parte, se deriva de natus, es decir, que tiene que ver más bien con los hijos, los herederos. En ese caso, estamos mirando preferentemente hacia el futuro. Podría concluirse que si la Patria es una herencia, la Nación es un quehacer, una misión. De ahí que, como escribe Nicolás Berdiaiev, “tienen mucha razón quienes definen la nación como una unidad de destino histórico”. (1)
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3 de agosto de 2009

Sobre la virtud del Patriotismo





por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.




Tomado del blog de Cabildo






La Patria y la Nación



ntes de introducirnos en el análisis de la virtud misma, digamos algo sobre el concepto de “Patria” y de “Nación”, sin cuyo conocimiento se torna poco menos que imposible tratar de la virtud que tiene a ellas por objeto. ¿Cómo aparecieron las Patrias en la historia? La humanidad, tal como se halla hoy, se nos presenta dividida en sociedades territoriales determinadas. No fue así desde el comienzo. La humanidad se inició con una familia, nuestros primeros padres, a los que se les dijo: “Creced y multiplicaos” (Gén. 1, 22). Así lo hicieron los hombres primitivos y luego se fueron dispersando por el mundo. Conservaban, ciertamente, algunos vínculos comunes, como el idioma, las costumbres, un conjunto de verdades elementales, que conocían por la revelación natural, etc. Pero la soberbia, subyacente en el intento prometeico de la construcción de la torre de Babel, los dividió profundamente, desvinculándose entre ellos y perdiendo la comunidad de lengua. Segmentada la humanidad y dispersa por el mundo, el ideal de la sociedad universal, que debía agrupar a todos los hombres, quedó frustrado. Aparte de los egoísmos crecientes, brotes de la soberbia, otros factores como las grandes distancias, los obstáculos físicos, los mares, los océanos y las cordilleras, opusieron dificultades poco menos que insalvables a la conspiración de todos los hombres hacia su destino común. Sin embargo dicho destino subsistía, y en razón del carácter sociable con que Dios creó al hombre, se fueron concretando diversos grupos o sociedades particulares, con fines específicos y concretos.
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14 de junio de 2009

La Revolución Francesa




por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.



Tomado de Centro Pieper




Protagonismo de las ideas en la Revolución




o son pocos los que identifican la Revolución Francesa con el derramamiento de sangre y la guillotina. Pero eso fue lo postrero. La Revolución comenzó mucho antes, subvirtiendo primero el orden de las ideas[1].

La bibliografía que existe sobre la Revolución Francesa es inmensa. Entre nosotros, destaquemos un notable ensayo de Enrique Díaz Araujo, del que nos valdremos para desarrollar el tema[2].

Dos fueron los «ideólogos» principales que prepararon la Revolución.

Ante todo Voltaire, hombre singular, por cierto, apoltronado en un cómodo deísmo o teísmo cuya principal virtualidad consistiría en contener los posibles ímpetus del bajo pueblo por el que no ocultaba su más profundo desprecio. Su lema hasta la muerte sería: «Ecrassez l’infame» («destruid a la infame»), es decir, a la Iglesia. «Jesucristo –dirá– necesitó doce apóstoles para propagar el cristianismo. Yo voy a demostrar que basta uno solo para destruirlo». Voltaire aplicó su inteligencia práctica a la labor panfletaria. Desde su lujosa residencia de Ferney daría a luz libelo tras libelo, donde se afirmaba que la Biblia no tenía grandeza ni belleza, que el Evangelio sólo había traído desgracias a los hombres, que la Iglesia, entera y sin excepción, era corrupción o locura. Simplificación caricaturesca, incansable repetición de los mismos motivos, tales eran sus procedimientos predilectos.

Fue también el maestro de la duda y del criticismo como método de trabajo. En el artículo que escribió para la Enciclopedia bajo el título «¿Qué es la verdad?», decía: «De las cosas más seguras, la más segura es dudar». Gracias a sus vínculos con la masonería, Voltaire entró en contacto epistolar con varios soberanos de Europa, como José I de Austria, los ministros Pombal de Portugal y Aranda de España, María Teresa de Austria, y sobre todo Federico II de Prusia (al que llamó «el Salomón del Norte») y Catalina la Grande de Rusia (a la que denominó «la Semíramis del Norte»), y así contribuyó para que el antiguo despotismo se convirtiese en un «despotismo ilustrado», como comenzó a llamarse. «Era –comenta Hazard– una figura de minué: reverencia de los príncipes a los filósofos y de los filósofos a los príncipes»[3]
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11 de mayo de 2009

Desacralización de la Liturgia




por el R.P. Alfredo SÁENZ, S.J.



Tomado de La Quimera del Progresismo,
Colección Clásicos Contrarrevolucionarios,
Buenos Aires, 1981







El artículo 7 de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia dice que "toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo Sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sacra por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia". Si la liturgia es "acción sagrada por excelencia", la desacralización de la liturgia sería en estricta consecuencia, la destrucción simple y llana de la misma, así como el atentado supremo contra lo sagrado.
Vamos a dividir nuestra exposición en tres partes. En primer lugar, expondremos de manera sucinta lo qué es la liturgia. Luego analizaremos lo que quiere decir sagrado: el concepto de lo sacro. Y, finalmente, describiremos las principales desacralizaciones que en nuestro tiempo están afectando el ámbito sagrado de la liturgia.

I. QUÉ ES LA LITURGIA

En toda acción litúrgica encontramos tres elementos esenciales:

— signos sensibles, instituidos por Cristo o por la Iglesia;
— tales signos son eficaces de lo que significan
— y ordenados a la santificación de los hombres y a la glorificación de Dios.

A estos tres puntos sustanciales de toda auténtica liturgia aluden expresamente las palabras del Concilio en el mismo art. 7, donde se dice que "en la liturgia los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Cristo, es decir la Cabeza y los miembros, ejerce el culto público íntegro". Y el art. 10 concluye de manera semejante: "Por tanto, de la liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia, como de su fuente, y se obtiene con la máxima eficacia la santificación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios, a la cual las demás obras de la Iglesia tienen como a su fin".
Es decir que en la liturgia Dios santifica a la Iglesia y la Iglesia glorifica a Dios. Todo ello por medio de Cristo. El culto de la Iglesia no es otra cosa que la participación de la Iglesia en el culto que Cristo, como Cabeza del Cuerpo, rinde a Dios, en el ejercicio de su sacerdocio continuado en, por y con la Iglesia.
Reuniendo todos esos elementos, el P. Vagaggini define la liturgia como "el conjunto de signos sensibles de cosas sagradas, instituídos por Cristo o por la Iglesia, eficaces, cada uno a su modo, de aquello que significan, y por los cuales el Padre por medio de Cristo, Cabeza de la Iglesia, en la presencia del Espíritu Santo, uniéndose a Cristo, su Cabeza y Sacerdote, por su medio rinde como cuerpo culto a Dios". Definición kilométrica, sin duda, pero no por ello menos jugosa. Por eliminación de lo prescindible, podríamos quedarnos con esta breve definición: "la liturgia es el conjunto de signos sensibles y eficaces de la santificación y del culto de la Iglesia".

Cristo mismo fue una "liturgia viva". Porque en Él se conjugan maravillosamente la santificación de su naturaleza humana y el culto que como hombre tributaba a Dios Padre. Según enseña Santo Tomás, en la santificación es Dios quien mira al hombre, y en la glorificación es el hombre el que mira a Dios. Pues bien, en Cristo hay una íntima compenetración de lo divino y de lo humano, de la acción divina que santifica y de la respuesta humana que glorifica. Este doble acto: santificación y glorificación, acaece en toda celebración litúrgica. En algunos sacramentos, es cierto, predomina más el aspecto santificante; en otros, el glorificante. Pero en todos coexisten ambos elementos. La Eucaristía, que constituye como la plenitud de todos los sacramentos, es el ápice de la santificación del hombre y de la glorificación de Dios. Por eso la Misa es el centro de toda la liturgia.
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3 de abril de 2009

La Caballería: la Fuerza Armada al servicio de la Verdad desarmada (6)





por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.


La Caballería
Ediciones Excalibur, Buenos Aires, 1982




III. QUIEN CONFERÍA EL ORDEN DE LA CABALLERÍA

a hemos aludido a aquel viejo proverbio según el cual "nadie nace caballero". Hemos dicho, asimismo, que, en principio, incluso a los plebeyos se les podía conferir la Caballería, por su valor y su especial abnegación. Si era cierto aquello de que "La Caballería confería nobleza", resultaba obvio que la manera de ser ennoblecido sin títulos previos fuera justamente el ser armado caballero. La institución suscitó, naturalmente, el anhelo entusiasta de la mejor juventud. Francisco Bernardone, hijo de un comerciante de Asís, soñó a los veinte años con llegar a ser caballero. El atractivo esplendoroso de tal título tuvo por cierto mucho que ver con el fervor que tantos jóvenes pusieron en lanzarse a la Cruzada. La Caballería se bebía de generación en generación. "Don Galaor —leemos en Amadís de Gaula—, que con el ermitaño se criaba, como ya oímos, siendo ya en edad de diez y ocho años, hízose valiente de cuerpo y membrudo, y siempre leía en unos libros que el buen hombre le daba de los hechos antiguos que los caballeros en armas pasaron; de manera que cuasi con ello, como con lo natural con que naciera, fue movido a gran deseo de ser caballero" (50).
El jóven candidato esperaba su ingreso con entusiasmo impaciente. Era su idea fija, su gran ideal. ¿Cuándo seré caballero?, se decía el escudero. Y el caballero decía a su mujer: ¿Cuándo nuestros hijos llegarán a ser caballeros? La Caballería era el sueño, la meta. Esas generaciones tenían el tormento, la pasión de la Caballería.¿A quién pertenecía el derecho de crear nuevos caballeros? ¿Quién hacía de consagrador?
En los comienzos de la Caballería, todo caballero tenía el derecho de hacer caballeros, según parecería deducirse de esta recomendación de Lulio: "Tampoco un caballero debe armar caballero si ignora la Orden de Caballería, porque es desordenado el caballero que hace otro caballero sin saberle enseñar las costumbres que pertenecen al caballero" (51).
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25 de marzo de 2009

La Caballería: la Fuerza Armada al servicio de la Verdad desarmada (5)


por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.

Ediciones Excalibur, Buenos Aires, 1982





ntremos ahora a analizar el modo como los antiguos eran armados caballeros. Tal acto requería una larga preparación y se desarrollaba en el seno de un ritual cada vez más detallado. Era un acto transeúnte pero que marcaba una especie de carácter, al punto que si luego el caballero se hacía felón debía ser solemnemente degradado.

I. APRENDIZAJE DE LA CABALLERÍA: EL ESCUDERO

No se nacía caballero. Para llegar a serlo se requería un previo aprendizaje del quehacer caballeresco, una escuela de Caballería. A este respecto leemos en la obra de Raimundo Lulio: "La ciencia y escuela de la Orden de Caballería es que el caballero haga enseñar de montar a caballo a su hijo en su mocedad; porque si entonces no lo aprende, en la mayor edad no lo podrá aprender. Conviene también que el hijo de caballero, cuando es escudero, sepa cuidar del caballo; no menos conviene que primero sea súbdito que señor, y sepa servir a señor, pues sin esto no conocería, cuando caballero, la nobleza de su señorío. Por esto el caballero debe someter a su hijo a otro caballero, para que aprenda de aderezar y guarnecer y las demás cosas que pertenecen al honor de caballero" (27). Según se ve, no se trata tan sólo de aprender cosas materiales, andar a caballo, saber ensillarlo, etc. Se requiere un aprendizaje en la obediencia, en la fidelidad, para que luego el señorío entre como por osmosis. Comenzar por ser súbdito para ir bebiendo la nobleza del señorío.
Se realiza pues una suerte de "iniciación" en el arte de la Caballería. Tal "iniciación" debe ser comunicada por otro caballero, único capaz de entender y de transmitir el honor de la Caballería. "Como el que quiere ser carpintero o zapatero necesita de tener maestro carpintero o zapatero, así el que ama la Orden de Caballería y quiere ser caballero, conviene que tenga maestro que sea caballero, porque tanto es cosa fuera de propósito que un escudero aprenda la Orden de Caballería de otro que de caballero, como lo sería si el carpintero enseñara al que quiere ser zapatero" (28).
Todos los que tenían señorío, desde el Rey hasta el último caballero, consideraban como uno de sus deberes más gustosos el preparar futuros caballeros. Los Reyes no miraban esta obligación como si fuese una carga, sino como un privilegio al que asignaban gran valor, la educación de jóvenes nobles en su palacio. También los grandes barones, en esto como en todo, se esforzaban por imitar al Rey, invitando a su casa a los hijos de los caballeros. Como se ve, se trataba de una verdadera escuela de caballería.
Educar a los futuros caballeros era lo que los franceses llamaban les nourrir, alimentarlos, criarlos, fortificarlos. "Este es uno de mis nourrís", decían al verlo pasar. Entre los "nutridos" y los que ios "nutrían" existía un lazo casi sagrado, irrompible. El joven noble debía a su educador un profundo, inalterable reconocimiento, y su respeto por él revestía carácter filial. Su señor era verdaderamente un padre. Cuando Rolando, gravemente herido en Roncesvalles, estaba a punto de entregar su alma a los ángeles que lo esperaban, uno de sus últimos pensamientos, el más conmovedor quizás, fue para el educador de su juventud: "Estaba allí yacente, bajo un pino, el conde Rolando. Se puso a recordar muchas cosas, de todos los países que había conquistado, y de la dulce Francia, y de los hombres de su raza, y de Carlomagno, su señor, que lo había nourri".
La educación del futuro caballero comenzaba desde la más tierna infancia. Apenas llegado a la edad de siete años se le mandaba al castillo de algún poderoso barón, que solía ser el señor feudal de sus padres para que recibiese a su lado la instrucción correspondiente a su clase, desempeñando al mismo tiempo las funciones de doncel o paje, que aunque implicaban cierta servidumbre, pues debía acompañar constantemente a su señor y ayudarlo en los servicios domésticos, se consideraban ennoblecidas por la elevada alcurnia de aquel a quien se servía. A los catorce años el doncel pasaba a la categoría de escudero. ¿Cuánto tiempo duraba este nuevo aprendizaje? Es cosa difícil de determinar por los textos. Cinco años, o siete, rara vez más, y a menudo menos, ya que generalmente se era armado caballero entre los 16 y los 21 años. En los actos públicos, los nombres de los escuderos ya figuraban bajo el título de milites. Pero todavía no tenían derecho a tocar una espada. La espada era el arma sagrada, esa espada cuya empuñadura contenía huesos de santos, un verdadero relicario. Incluso la lanza, en la primitiva severidad del código caballeresco, le estaba vedada al escudero, quien se resarcía batiéndose a golpes de venablo.

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18 de marzo de 2009

La Caballería: la Fuerza Armada al servicio de la Verdad desarmada (4)


por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.

Ediciones Excalibur, Buenos Aires, 1982





III. ETAPAS DE LA CABALLERÍA





os estudiosos suelen distinguir tres épocas en la historia de la Caballería Cristiana.



1. LA ÉPOCA HEROICA

La Caballería conoció una época de oro, la que vivía la Cristiandad en ese momento. Nos referimos especialmente a los siglos XI y XII. La época en que el Papa era nada menos que Gregorio VII, la época en que se construiría Vezelay, la época en que el Cid iba ensanchando Castilla al paso de su caballo, la época en que Godofredo de Bouillon atravesaba el Asia Menor hacia Jerusalén, la época que vió elevarse San Marcos de Venecia, las catedrales de Toledo y de París.
Fue una época brillante asimismo en santos: el tiempo en que vivió San Anselmo, San Bernardo, San Francisco de Asís. Fue igualmente en este período cuando apareció La Chanson de Roland, la primera gran obra poética de Europa cristiana. Tal fue la mejor Caballería, la de los siglos XI y XII, la de las Cruzadas, una Caballería viril, austera y conquistadora.

2. LA ÉPOCA GALANTE

Podríamos llamar así a la segunda etapa de la Caballería. Fue precisamente entonces, a principios del siglo XIII, cuando comenzó a ser cantada y glorificada en mil poemas y relatos fantásticos, como los del ciclo carolingio, del ciclo bretón o de la Mesa Redonda. Esta caballería es menos agreste sí, pero porque es menos viril. Poco a poco comenzó a olvidar el antiguo objetivo, la tumba de Cristo, conquistada a golpe de lanza y a chorros de sangre. Las elegancias de un amor fácil ocupan en ella el lugar antes reservado al arte de la guerra, y el espíritu de aventura va reemplazando al espíritu de cruzada. A las austeridades de lo Sobrenatural se sustituye el naciente atractivo de lo Maravilloso.

La época galante de la Caballería no concebía un caballero sin una "dama de sus pensamientos", a la que éste ofrecía sus hazañas, y cuyo nombre invocaba al entrar en combate. Quizás esta nueva figura vino a suplir el primitivo culto a Nuestra Señora — "Notre Dame"—, por la que justamente se rompía lanzas. La nueva "dame", por lo general una duquesa o una princesa, fue, al parecer, artificiosamente introducida por los poetas. Tal amor era casi siempre un amor platónico, y a veces imposible, sea por la desigualdad social, sea, incluso, por tratarse de una dama ya casada.

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14 de marzo de 2009

La Caballería: la Fuerza Armada al servicio de la Verdad desarmada (3)


por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.

Ediciones Excalibur, Buenos Aires, 1982





II.
LAS ORDENES MILITARES




un cuando este ensayo se limita al análisis de la Caballería en general, no parece posible eludir el tema de las Ordenes Militares.
La aparición de tales Ordenes constituye una demostración palmaria de la espiritualidad ascética y monástica que fue penetrando progresivamente todos los estamentos de la sociedad europea, sobre todo a partir del siglo XI, y con más fuerza desda San Bernardo, monje y santo, quien escribió su célebre epístola Ad milites Templi, carta constitucional de los Caballeros del Temple.
Los caballeros de las Ordenes Militares eran una rara mezcla de soldados y monjes. Tales caballeros abrazaban una determinada Regla monástica no para retirarse a la soledad, sino para mejor cumplir su ideal caballeresco. Eran, ante todo, verdaderos monjes. Bajo una regla, aprobada por la Santa Sede, hacían los tres votos religiosos a los cuales solían añadir un cuarto voto de consagrarse enteramente a la guerra contra los infieles. Y simultáneamente eran soldados, formaban un ejército permanente, dispuesto a entrar en batalla dondequiera surgiese una amenaza de parte de los enemigos de la religión cristiana. Estas Ordenes constituyen como una sacramentalización de la Caballería, su sacralización. Acaso ninguna edad histórica haya producido un símbolo tan expresivo y adecuado de su propio espíritu.
Las Ordenes Militares incluían generalmente tres clases de miembros: los sacerdotes, que vivían en los conventos de la propia Orden; los caballeros nobles, que se dedicaban a la guerra y con frecuencia llevaban vida de campaña; y los sirvientes, hermanos legos que ayudaban a los caballeros en el servicio de las armas o bien a los sacerdotes en los oficios domésticos. Todos llevaban una gran cruz bordada sobre la túnica y los caballeros también en el manto.
El origen de las Ordenes Militares está en las Cruzadas, sin las cuales difícilmente hubieran surgido. Con todo, hay que notar que la mayor parte de ellas nació con fines no estrictamente militares o guerreros, sino más bien caritativos y benéficos, para custodiar los caminos, dar morada a los peregrinos, etc. Pero muy pronto se advirtió la necesidad ineludible del recurso a las armas.
Hoy sin duda resulta chocante a más de uno la idea de "un monje que combate". Santo Tomás se adelanta a esta dificultad, preguntándose en la Suma Teológica "si puede alguna orden religiosa tener por objeto la vida militar". Y responde: "Hemos dicho que se puede fundar una orden dedicada no sólo a las obras de la vida contemplativa, sino a las de la vida activa, en lo que tienen de servicio del prójimo y amor de Dios y no en lo que se refiere a negocios humanos. Ahora bien, el oficio militar puede estar ordenado al servicio del prójimo, y no sólo en orden a las personas privadas, sino también para defensa de todo el estado. Por eso se dijo de Judas Macabeo que 'combatía con alegría en las batallas de Israel y aumentó la gloria de su pueblo'. Puede, además, estar ordenado a conservar el culto divino, por lo que se lee que dijo el mismo Judas Macabeo: 'Luchamos por nuestras vidas y nuestras leyes'. Y Simón dijo a su vez: 'Sabéis cuánto hemos luchado yo y mis hermanos y la casa de mi padre por nuestra ley y nuestras cosas santas'. Luego muy bien puede fundarse una orden religiosa para la vida militar, no con un fin temporal, sino para la defensa del culto divino, del bien público o de los pobres y de los oprimidos, según el mandato del Salmo: 'Salvad al pobre, librad al indigente de las manos del pecador'" (16).

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9 de marzo de 2009

La Caballería: la Fuerza Armada al servicio de la Verdad desarmada (2)


por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.

Ediciones Excalibur, Buenos Aires, 1982




I. EL ORIGEN DE LA CABALLERÍA





1. DEL USO BRUTAL DE LA FUERZA AL CABALLERO CATÓLICO

No es la Caballería una de esas tantas instituciones que han ido apareciendo a lo largo de la historia, erigidas por un Papa o decretadas por un Rey. Si bien con el tiempo la Caballería se convirtió en un estamento signado por un espíritu profundamente cristiano, nada tiene en sus orígenes que recuerde los comienzos de una orden religiosa.
¿Hasta qué siglo debemos remontarnos para encontrar el inicio de la Caballería? Algunos han creído deber recurrir a la época de los griegos, especialmente de los que vivían en Atenas, entre los cuales existían los llamados "eupátrides", a quienes Solón denominara precisamente "caballeros". Otros han preferido ubicar su origen remoto en el mundo de Roma, particularmente en los llamados "equites romani". Con todo, sin negar que éstos puedan constituir "antecedentes" de la institución caballeresca, nos parece ir demasiado lejos en la inquisición de los orígenes. Al menos en lo que hace a la concreta aparición de la Caballería en Occidente, resulta mejor remitirse a los siglos que enmarcaron las invasiones de los bárbaros. Occidente —y de manera peculiar la Iglesia— experimentó la necesidad de atemperar los ardores de la sangre germana y de ofrecer un cauce o un ideal a ese ímpetu, no pocas veces tan mal empleado. Tal nos parece el origen remoto de la Caballería: una costumbre germana idealizada por la Iglesia. De ahí que la Caballería no será primariamente una institución sino un ideal, un estilo de vida militante, hasta llegar a constituir con el tiempo la forma cristiana de la condición militar. El "caballero" será simplemente "el soldado cristiano".

Fue el ataque generalizado de los árabes contra el mundo cristiano, el detonante que exigió de Occidente la formación de un ejército constituido casi exclusivamente por hombres de a caballo. Luego esta institución se hizo más permanente, y no mera respuesta a una emergencia coyuntural. En la edad feudal la figura del caballero ya había cobrado un especial y firme relieve. El caballero era un soldado o guerrero de distinción; el solo hecho de que pudiera sufragar los gastos de mantenimiento de un buen caballo, con uno o varios sirvientes, los correspondientes bagajes, y algún otro caballo de recambio, era señal de que no se trataba de un rústico cualquiera, sino de alguien que poseía algún patrimonio. Y como el mismo combatir a caballo suponía cierto entrenamiento en el manejo de las armas con la consiguiente instrucción militar, todo esto vino a otorgar a los caballeros cierta preeminencia y distinción en la sociedad medieval. Si se trataba de un caballero que era al tiempo señor feudal, el derecho a la caballería era heredado por el primogénito, con lo suficiente para equiparse debidamente y poder seguir ejerciendo su digna profesión militar.

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5 de marzo de 2009

La Caballería: la Fuerza Armada al servicio de la Verdad desarmada (1)



por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.

Ediciones Excalibur, Buenos Aires, 1982



Prólogo

Jorge Norberto Ferro
Antonio Caponetto



I. FE Y MILICIA

uele afirmarse en nuestros días que el espíritu evangélico es incompatible con la condición militar. Esto conduce por lo común a una serie de oposiciones dialécticas invariablemente falsas. Así el mensaje cristiano queda reducido a una pasiva aceptación de cualquier cosa, a condición de que se mencione genéricamente la "fraternidad", el "amor" o algún otro tópico por el estilo, cuanto más vagamente mejor. A su vez, el estado militar se reduce al ejercicio ciego de la violencia, descontando que ella será siempre sinónimo de abuso y atropello.

Las consecuencias de este planteo revisten mayor gravedad que lo que podría parecer. En efecto, no son ya los posibles excesos o vicios del soldado los que resultan cuestionados, sino la existencia misma de lo militar en un marco cristiano, la misión y el estilo del hombre de armas.

De allí a la desmovilización ética de los cuadros militares hay muy poco trecho, pues la disyuntiva planteada conspira contra su misma naturaleza. O las fuerzas armadas se adecúan a una mentalidad pacifista, internacionalista... "cristiana", o es preferible que desaparezcan.

En este mundo de imprecisos "derechos humanos" y de "adultez de la humanidad", que desconoce las nociones de Orden y Jerarquía; que, de espaldas a la Realeza de Cristo, ha identificado el progreso con la apostasía, subordinando la Justicia a la comodidad y la Verdad a la conveniencia; que descree del amor a la Patria, procurando un mundialismo utópico y un paraíso en la tierra, mientras hipócritamente se perpetran las peores atrocidades en este mundo, pues, es lógico que la figura del soldado resulte tan insoportable como extemporánea, y que se pretenda también que resulte anticristiana.

Porque el auténtico soldado sabe que "milicia es la vida del hombre sobre la tierra", que hay bienes que no son mediatizables ni negociables, y por los cuales es preciso estar dispuesto a dar la vida; que los pueblos y las naciones crecen cuando combaten contra la infidelidad a sus misiones y contra lo que se oponga a su verdadero destino; y que hay una violencia legítima cuando se ofrece y se derrama la sangre en defensa de Dios y del Orden por El instaurado.

En el plano religioso, las consecuencias a las que aludíamos son igualmente serias. Se pretende reducir la doctrina cristiana a una serie de recetas para asegurar una promiscua convivencia. De este modo, el cristiano deberá ser ecléctico y anodino, adaptable a todo y con todo reconciliable; capaz de rápidos cambios de puntos de vista y de múltiples transacciones, aunque resulten contradictorias. Nada suscitará su rechazo frontal ni moverá su cólera. La norma será el tipo humano edulcorado y sumiso. El lema, pedir perdón por un pasado presuntamente intolerante y cerril.

No es extraño entonces, que cuando la Iglesia Católica acepta a las fuerzas armadas instituídas en los países civilizados del mundo cristiano y convive con ellas, no falten sectores que generen hacia Ella actitudes de sospecha o de acusación; como si la Iglesia estuviera traicionando sus principios. No obstante, son esos mismos sectores los que nada dicen cuando algún o algunos miembros de la catolicidad, participan —como viene sucediendo dolorosamente— en las fuerzas bélicas de las organizaciones terroristas. Y es aquí cuando la falacia del pacifismo se hace más evidente.

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23 de diciembre de 2008

Perlita

«El español vivió su Edad Media poniéndose frente a Dios en la actitud del caballero ante su señor, actitud que conservaría de cara a la hazaña de la conquista de América. Sánchez Albornoz pone en boca del hombre hispano la plegaría del vasallo feudal:
"Soy tu espada, Señor, estoy combatiendo a tus enemigos y llevando tu nombre a nuevas tierras. Llevo tu cruz en mis banderas, a Ti consagro mis conquistas. Tu madre es la mía, y ella es también mi Dama, Nuestra Señora. Soy tu siervo, Señor, Te rindo pleitesía; ayúdame a extender Tu santo nombre y a honrar a Nuestra Señora, a los ángeles y a los santos varones que te sirvieron ayer..."»

Alfredo Saenz, S. J..

26 de noviembre de 2008

Para esto he nacido...


Sermón del R.P. Alfredo Sáenz, S.J.,
en la Festividad de Cristo Rey.

Publicado por Página Católica



"Si, como dices, soy Rey. Para esto he nacido, para esto he venido al mundo"
(Jn 18, 37), respondió solemnemente el Señor ante el tribunal imperial, confirmando que se había hecho hombre para ser rey y efectuar la obra suprema de la realeza: dar testimonio de la Verdad. Jesucristo quiere reinar en nuestro interior de modo que nuestros pensamientos, afectos y odios, sean los suyos; pero, al mismo tiempo, quien ha dicho: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 29, 18), desea proyectar su reyecía a la sociedad toda convirtiéndola en Cristiandad.

Así sucedió en el esplendor cristiano de la Edad Media, culminación del proceso evangelizador comenzado en 313 con el Edicto de Milán, por el cual se hicieron carne las palabras del Apóstol: "Es necesario que Cristo reine" (1 Cor 15, 25). Pero otras palabras, "No queremos que éste reine sobre nosotros" (Lc 19, 14) - "No tenemos más rey que el César" (Jn 19, 15) habrían también de encarnarse, para socavar los cimientos de la Ciudad de Dios, en la gran Revolución Anticristiana principiada en el Renacimiento paganizante y el Protestantismo luterano, y continuada con el deísmo racionalista de la revolución Francesa y el ateísmo de los Soviet, para llegar al inmanentismo de la aldea global que ha expulsado de sí a su Rey.

El beato Pío IX llamó católicos liberales a muchos hermanos que, contaminados por la ciudad del hombre y al decir del cardenal Pie, están dispuestos a obsequiar al Dioshombre el incienso y la mirra correspondientes a sus dos naturalezas, pero jamás le concederán el oro que se debe a su realeza porque, para establecer contubernio con el mundo, han debido negar esta verdad. Por eso hoy que ya no se habla de este misterio ni en los foros, ni en las familias, ni siquiera en la misma Iglesia, pidamos militar bajo las banderas de este Rey y proclamemos sin hesitación: ¡Es necesario que Cristo reine y que todo sea restaurado en Él!

8 de noviembre de 2008

La Cristiandad, una realidad histórica (7)


por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.


Capítulo VI

La post-Cristiandad


La Cristiandad fue un hecho histórico, una realidad concretada, no una mera utopía de gabinete. Ello no significa que haya sido la realización perfecta del ideal soñado, lo cual es imposible en esta tierra, dada la debilidad de la naturaleza humana. Decía Péguy que siempre el número de los pecadores será mayor que el de los santos. Con todo, si hubo algún período de la historia en que el poder político y el orden temporal reconocieron la superioridad del orden sobrenatural fue, sin duda, la Edad Media. Luego soplarán otros vientos y se predileccionarán otras excelencias. A estos nuevos vientos y distintas excelencias nos referiremos en la presente conferencia.

Por cierto que el Evo Moderno no apareció de la mañana a la noche. Algunas de sus líneas ya comenzaron a insinuarse durante el transcurso de la Edad Media, especialmente en sus postrimerías. Comenzó, por ejemplo, a atribuirse un valor nuevo al dinero, con la consiguiente inclinación al lucro; la unidad política empezó a agrietarse y el Imperio se fue volviendo una ficción; en el orden de la cultura, las ciencias y las artes, que justamente habían ido adquiriendo una sana autonomía, seguirían su camino centrífugo, pero ahora en detrimento de su subordinación esencial a la teología.

Dificil nos será sintetizar en esta sola conferencia el complejo proceso de los tiempos modernos. Lo han intentado ya muchos pensadores. Dada la vastedad del tema, nuestro tratamiento del mismo será, por necesidad, sucinto y apretado.

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6 de noviembre de 2008

La Cristiandad, una realidad histórica (6)



por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.


Capítulo V


El arte de la Cristiandad



Durante mucho tiempo se consideró el arte medieval como un arte decadente. Grave error. La Edad Media fue una de las épocas en que el arte resplandeció con mayor fulgor. Y conste que al afirmar esto no pensamos tan sólo en los artistas en sentido estricto. La sociedad, en su conjunto, vivió en un ambiente de belleza. Como afirma Huizinga, la estética de la existencia se mostraba en el aspecto cotidiano de la ciudad y del campo. Ya el mismo modo de vestir, con tanta diversidad de telas, colores, gorras y caperuzas, confería a los distintos estamentos de la sociedad un marco externo de hermosura y dignidad, que permitía percibir tanto las diferentes dignidades cuanto las delicadas relaciones entre los amigos y los enamorados. La estética de las emociones no se restringía a las alegrías y dolores del nacimiento, el matrimonio y la muerte, en que el espectáculo estaba impuesto por las circunstancias especiales. Todo lo que se refería al valor, el honor y el amor, era considerado a través de formas bellas y estilizadas (cf. El otoño de la Edad Media… 85-88).



En la presente conferencia analizaremos las diversas manifestaciones del arte en la Edad Media, pero lo haremos a la luz de la catedral, punto de partida y lugar de retorno de todas las expresiones estéticas que impregnaron de belleza la Cristiandad medieval.

3 de noviembre de 2008

La Cristiandad, una realidad histórica (5)


por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.


Capítulo IV

El orden social de la Cristiandad

En una obra literaria medieval que lleva por nombre, Poème de Miserere, cuya autoría pertenece a Reclus de Molliens, se indica con claridad la estructuración que caracterizó a la sociedad de aquella época:


Labeur de clerc est de prier

Et justice de chevalier.

Pain leur trouvent les labouriers.

Gil paist, cil prie et cil défend.

Labor del clérigo es rezar

y justicia la del caballero;

Pan les proporcionan los que trabajan.

Uno da el pan, otro reza y otro defiende.


Un estamento que oraba, otro que trabajaba y otro que combatía defendiendo la justicia. En esta constitución tripartita se reconocía la fórmula ideal de la sociedad medieval, tan semejante al organismo humano, que posee, también él, una cabeza, un corazón y diversos miembros. Era un sistema armonioso de distribución de fuerzas.

En otro poema del mismo autor, el «De Carité», se afirma algo semejante, si bien señalándose mejor el papel complementario de los tres estamentos:


L’épée dit: G’est ma justice

Garder les clercs de Sainte Eglise

Et ceux par qui viande est quise.

Oficio mío es, dice la espada,/ Proteger a los clérigos de la Santa Iglesia/ Y a aquellos que procuran el sustento.


Analicemos cada uno de los niveles.

I. Los que oran

En la cumbre de la pirámide social de la Edad Media se encontraba el estamento eclesiástico –«labeur de clerc»–, porque decía relación con el orden superior, el orden sobrenatural, constituyendo una suerte de puente entre la tierra y el cielo. Expondremos el papel de este estamento en el contexto más general del modo como en aquella época se entendía la vida espiritual.

1. La Edad Media: una época religiosa

Durante los 300 años de su transcurso, la Edad Media conoció etapas muy diversas. Sin embargo los cambios que dichas etapas implicaban jamás menoscabaron la unanimidad de la fe, que siempre siguió siendo un dato indiscutido. Y conste que se trataba de una fe que no se restringía al plano meramente cerebral sino que imbuía casi con naturalidad todas las facetas de la actividad humana. Como dice Daniel-Rops, «nada se hizo entonces en la tierra que no tuviera, directa o indirectamente, a Dios como fin, como testigo o como juez» (La Iglesia de la Catedral y de la Cruzada… 44).

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31 de octubre de 2008

La Cristiandad, una realidad histórica (4)



por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.


Capítulo III

El orden político de la Cristiandad


En la presente conferencia trataremos de exponer el modo como la Edad Media entendió el orden político, tanto en lo que hace a la estructuración jerárquica de la sociedad, cuanto a las relaciones que habían de mediar entre la autoridad espiritual y el poder temporal, con una mirada final a las proyecciones internacionales.
I. El Feudalismo y los lazos de la fidelidad

El orden político de la Edad Media tuvo su raíz en una contextura institucional de notable originalidad: el feudalismo.

1. La génesis de la institución feudal

Para captar el sentido del feudalismo es preciso examinar su origen en la Europa caótica de los siglos V al VIII. A lo largo de dichos siglos el Imperio romano se fue haciendo pedazos no sólo por el embate de las invasiones bárbaras sino también como consecuencia de la descomposición interior. En el viejo Imperio todo había dependido de la fuerza del poder central. Desde el momento en que ese poder se vio agrietado y desbordado, la ruina se hacía inevitable. Los Emperadores eran creados y destituidos según el capricho de sus guardias pretorianas. Roma fue tomada y retornada por los bárbaros, la Europa entera no era sino un vasto campo de batalla donde se enfrentaban las armas y las tribus.

En medio del desconcierto generalizado, del sálvese quien pueda, comenzaron a despuntar diversos poderes locales. A veces era el jefe de una banda que agrupaba en torno suyo a un grupo de aventureros; otras, el dueño de algún terreno, que trataba de asegurar en él la tranquilidad que el Estado, prácticamente inexistente, ya no estaba en condiciones de garantizar. La tierra se había convertido en la única fuente de riqueza, y como el intercambio de mercancías se había vuelto muy dificultoso por la peligrosidad de los caminos, era menester defenderla personalmente.

R. Pernoud compara dicha situación con lo que hoy sucede en diversos lugares, y por nuestra parte podríamos agregar que también entre nosotros, a saber, la necesidad de policías paralelas para proteger a los ciudadanos pacíficos amenazados por la ola de la delincuencia descontrolada. «Esto puede ayudarnos a comprender lo sucedido entonces: un campesino modesto, incapaz de garantizar su propia seguridad y la de su familia, se dirige a un vecino más poderoso que él con posibilidad de mantener un grupo de hombres armados; éste se compromete a defenderle y, a cambio, le pide una parte de sus cosechas. Aquél se beneficiará de una serie de garantías, y éste, el señor, se hallará más rico, más poderoso y, en consecuencia, más apto para ejercer la protección que se le pide. El acuerdo, en principio, favorecerá tanto al uno como al otro, sobre todo en circunstancias difíciles. Es un acuerdo de hombre a hombre, un contrato recíproco que, por supuesto, no sanciona ninguna autoridad superior, pero que estaba basado en una promesa, en un juramento, sacramentum, que era un acto sagrado y tenía un valor religioso» (¿Qué es la Edad Media?, 105-106).
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28 de octubre de 2008

La Cristiandad, una realidad histórica (3)


por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.

Capítulo II

La cultura en la Cristiandad

Terminamos la conferencia anterior aludiendo al abanico de esplendores que se desplegó en la Edad Media, al carácter arquitectónico y catedralicio de su Weltanschauung, que incluye la religión, la cultura, la política, la economía, el trabajo, el arte. A partir de la presente conferencia iremos exponiendo los diversos componentes de esa catedral. Hoy nos abocaremos al análisis de la cultura, a partir de sus prolegómenos en la época de Carlomagno.
I. El Renacimiento Carolingio

No sería justo afirmar que con la caída del Imperio Romano, se extinguió todo resabio de cultura. Aquí y allá, en la Europa primitiva dominada por las tribus bárbaras, se fueron encendiendo pequeños focos de vida intelectual. Así, durante los siglos V y VI, en el norte de Italia dominada por Teodorico, rey ostrogodo, con sede en Ravena, tuvo lugar un pequeño «renacimiento» con el apoyo de Boecio y Casiodoro. En la España visigótica apareció también una gran figura, S. Isidoro de Sevilla, eminente autor enciclopédico, quien tuvo el mérito de transmitir a las generaciones venideras lo que él había sistematizado del pensamiento antiguo. Gran Bretaña, por su parte, a comienzos del siglo VIII, nos legó a S. Beda el Venerable, monje erudito, que creó en la Iglesia anglosajona un centro de cultura en torno a su persona. Según algunos autores, Beda representa en Occidente el momento culminante de su cultura intelectual durante el período comprendido entre la calda del Imperio y el siglo IX.También a Inglaterra le debemos a Vinfrido, que tomaría luego el nombre de Bonifacio, uno de los hombres más grandes del siglo VIII, el principal artífice de la conversión de los germanos al cristianismo, quien sería el que consagrase a Pipino el Breve, padre de Carlomagno, muriendo finalmente mártir en Fulda en 754. Tanto S. Beda como S. Bonifacio prepararon un compacto grupo de monjes misioneros, los cuales, en todos los lugares donde predicaron, juntamente con el cristianismo llevaron las letras y la civilización.
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