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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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9 de febrero de 2011

UN CUENTO DE REYES





por Don Fernando Vizcaíno Casas








a Madre Superiora lo traía de la mano. Era rubio, con el pelo ensortijado y unos ojos azules inmensamente tristes. El traje negro aumentaba todavía más la apariencia dolorosa del niño, que lo miraba todo con cierta penosa indiferencia: los pasillos blanquísimos, el comedor con macetas, las clases…

— ¿Ves? Ésta será tu habitación —dijo la Superiora, que lo acercó a una de las últimas camas—. Apréndete bien el número, Quique. Te corresponde la cama 23. ¿No lo olvidarás?

— No, madre…

— Tienes un armarito al fondo con el mismo número. Deja allí las cosas que has traído.

— Sí, madre…

Llegó en seguida sor Asunción. La Superiora le habló en voz baja.

— Cúidelo mucho estos primeros días, hermana. Ya sabe quién es, ¿verdad?

— Ya sé, ya. El del accidente, ¿no? ¡Pobrecito!…

— Y precisamente en estas fechas…

Aquellas fechas eran las de Navidad, y Quique tenía que pasarlas espantosamente solo. Justamente la víspera de Nochebuena, sus padres y un hermano mayor habían muerto en un choque de automóviles. No tenía más familia que un tío lejano con negocios en México y mientras llegaba o mientras decidía el destino del niño, hubo de acogerse a la Beneficencia del Estado.

Pasó metido dentro de sí todas las fiestas. En realidad, aún no había reaccionado. De golpe y porrazo llamaron a la puerta de su casa; pero no eran sus padres, no era su hermano Jaime. Eran dos señores vestidos de gris que le dijeron de sopetón que toda su familia estaba ya en el cielo.

Luego la tata Juana hizo la maleta y se encontró allí, en la Casa de San Gabriel. Las monjitas le dedicaban todas sus preferencias y unos muchachos, indiferentes con sus problemas, se empeñaban en jugar con él de continuo. Pero él no tenía ninguna gana de jugar.

Y eso que a los siete años no se comprende demasiado estas cosas.


Después del Año Nuevo, las monjitas comenzaron a preparar el recibimiento de los Reyes Magos. Quique no había escrito la carta. A Quique le dictaba todos los años la carta su madre, pero ya nunca más podría hacerlo.

— Si quieres, yo te la dictaré —le había dicho sor Asunción. Pero a él no le interesó la idea.

Su vecino de cama se llama Juan. Expósito de apellido, aunque aseguraba que en cuanto fuese mayor pediría otro, cuestión que Quique no acababa de entender. Juan tenía ya diez años y presumía de saber bastante de todo. Por eso Quique se atrevió a consultarlo.

— Oye, ¿tú crees que me traerán algo los Reyes si no les escribo bien la carta? Porque como siempre me ayudaba mamá…

Juan se rió. Se rió mucho. Llamó a varios compañeros más, todos mayores como él y se rieron a coro.

— ¡Claro que te traerán, rico! ¡Carbón a toneladas…! ¿No es eso lo que les dejan a los niños malos?

— Pero yo no he sido malo… —protestó Quique, sin comprender la algarabía.

— ¡No has sido malo! Entonces, ¿qué esperas que te traigan sus Majestades?

— Yo sí que lo tenía pensado… Pero no sé…

— Dilo, hombre, dilo —vociferó Juan—. Cuéntanoslo todo…

— Yo quería este año un automóvil de esos que funcionan con electricidad…, de esos que parecen de veras y puede uno guiarlo y todo…

— ¿De los que valen seis mil pesetas…?

— Creo que sí…

Volvieron a reírse todos con estrépito.

— Pues aquí, don Felipe no reparte más que soldaditos de plomo…

— Y balones de fútbol. Aunque no de reglamento, ¿eh?

— Pero yo no he pedido balones. A mí no me gusta el fútbol…

— ¡Ay, que rico!

— ¡Igual le traen el automóvil…!

— ¡O un “Talgo” de verdad…!

— ¡El tontaina ese…!

Quique se quedó muy preocupado. Después de comer, en el recreo de las cuatro, llamó a Juan:

— ¿Es que tú no quieres a los Reyes Magos?

— ¡Pero qué Reyes Magos, ni qué flautas, bobo!

No se enteró, esta es la verdad. Anduvo dándole vueltas todo el día y toda la noche, hasta que le llegó el sueño. Al otro día le dijo a sor Asunción:

— Hermana, ¿de verdad quiere usted ayudarme a escribir a los Reyes?

— Pues claro que sí, Quique…

Pero después, la monja se resistió a pedir el automóvil con motor eléctrico. ¿Por qué? Parecía empeñada en que Quique pidiese el balón de fútbol. O soldaditos de plomo.

— No, hermana, no. Yo sólo quiero el automóvil. En resumen; que al final, la carta de la hermana no sirvió y Quique se hizo el ánimo y escribió otra él solo. Era muy corta: apenas cuatro líneas. Habían colocado en el vestíbulo un buzón que decía: “Para sus Majestades de Oriente”, y allí la echó, cerciorándose bien de que había llegado al fondo.

Era el día 4 de enero. Hacía frío y una lluvia menuda, pertinaz y molesta, salpicaba los cristales de las ventanas.

Al otro día se lo contó a Juan. Juan volvió a llamar a los de la pandilla.

— Sí, sí, el automóvil. Balones y soldaditos. Ya verás…

— Yo he pedido el automóvil.

—Claro, gilipollas.

Pasó la noche inquieto. ¿Tendrían razón los mayorcetes? No, no podía ser. Los Reyes Magos existían desde siempre. Desde que llegaron al portal de Belén y ofrendaron regalos al Niño Jesús.

No tenía sueño: serían más de las 12 cuando se le acercó sor Asunción, que aquella noche velaba.

— ¿No duermes, Quique?

— No, hermana. Dígame, hermana, ¿vendrán los Reyes?

— ¡Claro que vendrán!

— ¿Y me traerán el automóvil?

— Eso ya no lo sé. Nuestros Reyes Magos son pobrecitos, ¿sabes?

— Los Reyes Magos son muy ricos, hermana.

—No sé, no sé… Anda, duerme. Casi a las tres se quedó dormido.


A las once de la mañana estaba anunciada la visita de los Reyes al Asilo. Pero eran apenas las diez cuando unas trompetas avisaron su llegada. Venían sobre tres caballos blancos y apenas traían comitiva. En un camión se amontonaban los juguetes. La Madre Superiora salió muy nerviosa a recibirlos.

— ¿Cómo se han adelantado sin avisar…? Los niños no estarán preparados…

— Perdónenos, Reverenda Madre… Tenemos tantas visitas que hacer…

— ¿Y don Felipe? ¿No viene don Felipe de Melchor…?

— No, no viene de Melchor…

Pasaron al patio central. Los niños fueron saliendo en filas. Los Reyes los acariciaron, les regalaron peladillas y pidieron que alguien ayudase a descargar el camión. Fue un espectáculo inolvidable: aquel año, no había balones, no había soldaditos de plomo. Todos los juguetes eran caros; incluso sor Emilia, que hablaba alemán, descubrió que no eran de fabricación española. El último juguete que se entregó fue el automóvil eléctrico; un precioso automóvil color azul. El propio Baltasar gritó el nombre de su destinatario.

— Y esto para Quique, que tanta ilusión tenía. Juan y la pandilla, en cambio, recibieron unos espantosos sacos de carbón. Y andaban mascullando quejas cuando los Reyes volvieron a montar en sus caballos blancos y dijeron adiós con la mano.

— Además, no ha venido don Felipe —protestó Juan.

Quique estaba al volante del automóvil azul.


A las once menos diez sonó el teléfono.

— Salimos ahora mismo de la Cruz Roja. Llegamos en seguida.

— ¿Pero quiénes llegarán?

— ¿Quién va a ser, hermana? La cabalgata de los Reyes.

— ¿Otra vez?

Fue sencillo explicar la doble visita a los niños. Juan y la pandilla sonrieron al fin, porque don Felipe traía los balones de fútbol. Pero nadie supo nunca de dónde vinieron los Reyes Magos anteriores. Nadie, excepto Quique. Él sabía que de Oriente.

Y tenía razón.
Fernando Vizcaíno Casas

Nota: Este relato ha sido tomado del libro “…y habitó entre nosotros”, de Editorial Planeta, Colección Fábula, año 1982.

24 de marzo de 2009

El silencio de los verracos







por Fernando Vizcaíno Casas





Tomado de Razón Española
Número 108. Julio-Agosto de 2001






ilencio culpable, premeditado, ominoso. La conjura de los silencios, la censura por omisión, denunciada hace ya veinte años por la exquisita Mercedes Salisachs en un admirable artículo publicado en República de las letras y reproducido sin rubor por el diario dinástico, que no se dió por aludido. La táctica del mutismo, muchas veces peor y más dañina que el ataque. Callar lo que no interesa, para dejar al personal en ignorancia. Una de las formas de ejercitar la represión de las ideas ajenas y de las verdades históricas sin que se vean ni la inquina ni el lápiz rojo del censor, habitual hoy en los llamados medios «informativos».

El pasado marzo, el Papa beatificó a 223 víctimas de la persecución religiosa padecida en España durante la guerra civil. La beatificación más numerosa de la historia, consecuencia de un exterminio tambien sin precedentes: ni los cristianos del siglo IV sufrieron matanzas de semejante magnitud y tamaña crueldad. Entre los martirizados había sacerdotes, monjas, maestros, empresarios, labriegos, ancianos, gentes de múltiple condición social, unidas entre sí por su fé católica, a la que no renunciaron jamás y por la que entregaron sus vidas.

Eso lo han contado los periódicos. Sin embargo, ni en ellos ni en las radios ni en los telediarios se hizo mención alguna de quienes les sacrificaron, de cuál era la identidad de los asesinos y el bando en que militaban. Mártires de la guerra civil, se ha dicho, sin más. La ignorancia histórica de la juventud actual y aún de otra generación anterior, les habrá dejado ayunos de conocimiento. Porque no he leído ni oído un sólo comentario donde se dijera que les martirizaron los rojos o, como ahora suele decirse, los republicanos y, si prefieren concretar, los comunistas, los anarquistas de la FAI y de la CNT, los milicianos socialistas, aquella serie de facinerosos que sació su odio contra la iglesia incendiando templos (con sus correspondientes tesoros artísticos), destruyendo conventos y masacrando a personas que creían en Dios y así lo manifestaban.

¿Mártires de la guerra civil? Sí, claro. Pero más exactamente de la revolución marxista, contemplada en silencio cómplice y, por tanto, tácitamente consentida por el Gobierno republicano, ése que los seudohistoriadores sectarios o sencillamente ignaros consideran todavía depositario de la «legitimidad democrática». No se quieren enterar de que autores tan dispares como Stanley G. Payne, o Salvador de Madariaga, o Pío Moa hace muchos años que coincidieron en que, al menos, a partir de mayo de 1936, España dejó de ser un Estado de Derecho, las instituciones democráticas perdieron toda vigencia, y el poder y la autoridad quedaron en el arroyo. De donde los tomaron las que, como disculpa estúpida, suelen denominar los escritores del «Frente Popular de la Cultura» (Ricardo de la Cierva dixit) masas «incontroladas».

¿Incontroladas? Más bien armadas primero por el propio Gobierno republicano y toleradas después durante tantos meses que resulta ridículo querer exculpar a ese Gobierno de su absoluta, indiscutible responsabilidad .


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