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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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3 de junio de 2009

El Pequeño mundo de Don Camilo (22)


por Giovanni Guareschi


Materia bruta







ACÍA una semana que don Camilo andaba en permanente agitación, corriendo atareado a diestra y siniestra y olvidándose hasta de comer. Una tarde, regresando del pueblo vecino, apenas llegado al suyo, debió descender de la bicicleta porque algunos hombres estaban cavando una zanja nuevecita que cruzaba la carretera.

–Ponemos una cañería para un nuevo desagüe – explicó un obrero. – Orden del alcalde.Don Camilo se encaminó derecho a la Municipalidad, donde, enojado, le espetó a Peppone esta andanada:

–¡Aquí todos nos volvemos locos! ¿Precisamente ahora se ponen a cavar esa porquería de zanja? ¿No saben que hoy es viernes?

–¿Y con eso? – contestó Peppone, haciéndose el sorprendido. – ¿Está prohibido cavar una zanja en viernes?

Don Camilo rugió:

–¿Pero no comprendes que apenas faltan dos días para el domingo?

Peppone se mostró preocupado. Tocó un timbre y apareció el Brusco.

–Oye – lo interpeló Peppone. – El reverendo dice que como hoy es viernes no faltan más que dos días para el domingo. ¿Qué te parece?

El Brusco tomó seriamente en consideración el asunto, sacó el lápiz y se puso a echar cuentas en un papel.

–Efectivamente, – dijo luego – teniendo presente que son las cuatro de la tarde y que de aquí a medianoche hay ocho horas, para llegar al domingo faltan solamente treinta y dos.

Don Camilo había seguido esta farsa echando espuma y finalmente perdió la paciencia.

–He comprendido – gritó. – ¡Es una maniobra estudiada para boicotear la visita del obispo!

–Reverendo – preguntó Peppone, – ¿qué tiene que ver el canal de la cloaca con la visita del obispo? Además, y discúlpeme, ¿quién es este obispo? ¿Y a qué viene?

–¡A llevarse al infierno tu alma condenada! – gritó don Camilo. – Es preciso cerrar enseguida la zanja, que de otro modo el obispo el domingo no podrá pasar.

Peppone puso cara de zonzo.

–¿No podrá pasar? ¿Y cómo pasó usted? Si no me equivoco, sobre la zanja hay una buena pasarela.

–¡Pero el obispo viene en automóvil! – exclamó don Camilo. – ¡No se puede hacer descender del coche al obispo!

–Disculpe, no sabía que los obispos no pudiesen caminar a pie – replicó Peppone. – Si eso es así, la cuestión cambia de aspecto. Brusco, telefonea a la ciudad y pide que manden sin demora una grúa. La tendremos junto a la zanja y cuando llegue el automóvil del obispo, lo levantamos con la grúa y lo transportamos del otro lado. ¿Entendido?

–Entendido, jefe. ¿De qué color desea la grúa?

–Que sea niquelada o cromada; lucirá mejor.

En circunstancias como ésta, aun quien no hubiese tenido los puños blindados de don Camilo hubiera empezado a repartir bofetadas. Pero precisamente en casos como éste don Camilo en cambio tenía la virtud de recobrar inmediatamente la calma. Porque entonces su razonamiento era de una sencillez formidable "Si éste me provoca tan desfachatadamente, tan sin disimulo, significa que espera mi reacción. Luego, si yo le doy un puñetazo en la cara le presto un servicio. En efecto, aquí pegaría, no a un Peppone sino a un alcalde en funciones y esto produciría un escándalo mayúsculo, creándome una atmósfera hostil a mí y por consiguiente al obispo".
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12 de mayo de 2009

El Pequeño mundo de Don Camilo (21)





por Giovanni Guareschi


A ORILLAS DEL RÍO





NTRE la una y las tres de la tarde en agosto, el calor, en los pueblos ahogados entre los maizales y el cáñamo, es algo que se ve y toca. Se diría que uno tiene ante los ojos, a un palmo de la nariz, un extenso velo ondulante de vidrio hirviente.Atraviesas un puente, miras abajo, hacia el canal, y ves el fondo seco y resquebrajado, y aquí y allá algún pescado muerto. Y cuando del camino que corre sobre el terraplén miras dentro de un cementerio, te parece sentir crepitar bajo el sol ardiente los huesos de los muertos.
Por la carretera provincial marcha lentamente algún carrito de ruedas altas, lleno de arena. El carretero duerme boca arriba sobre la carga, con la panza al aire y el dorso abrasado; o bien, sentado en el cabezal pesca con una pequeña podadera dentro de media sandía sostenida entre las piernas como una palangana.Al llegar al dique grande se ve el río, vasto, desierto, inmóvil y silencioso: antes que un río parece un cementerio de aguas muertas.
Don Camilo se encaminaba al dique grande con un pañolón blanco metido entre el sombrero y el cráneo, a la una y media de una tarde de agosto, y viéndolo así bajo el sol, en medio de la blanca carretera, no hubiera podido imaginarse nada más negro ni más clerical,"Si en este momento existe en el radio de veinte kilómetros uno solo que no duerma, me dejo cortar la cabeza" – dijo para sí don Camilo.
Saltó el dique y fue a sentarse a la sombra de un montecillo de aromos. A través del follaje se veía centellar el agua. Se desvistió, dobló cuidadosamente las ropas y haciendo de ellas un atado lo ocultó entre las hojas de un arbusto. Luego se metió en el río en calzoncillos.
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29 de abril de 2009

El Pequeño mundo de Don Camilo (20)



por Giovanni Guareschi



El Mitín





penas Peppone leyó en las esquinas el manifiesto en el cual se decía que un orador de la ciudad hablaría en la plaza en un mitin a invitación del comité del Partido Liberal, dio un brinco.

–¿Aquí, en el baluarte rojo, se podrá permitir una provocación semejante? – gritó – ¡Ya veremos quién manda aquí!

Convocó a su estado mayor y el suceso inaudito fue estudiado y analizado. La proposición de incendiar inmediatamente el comité del Partido Liberal quedó descartada. La de impedir la reunión también fue rechazada.

–¡Vean las insidias de la democracia! – concluyó Peppone. – ¡Que el primer atorrante pueda permitirse el lujo de hablar en una plaza pública!

Decidieron permanecer en el orden y la legalidad: movilización general de todas las fuerzas, organización de escuadras de vigilancia para evitar celadas; ocupar los puntos estratégicos, custodiar el comité y alistar los mensajeros para pedir refuerzos en las fracciones vecinas.

–El hecho de realizar un mitin aquí demuestra que están seguros de arrollarnos – dijo. – De todos modos no nos tomarán desprevenidos.

Los vigías apostados a lo largo de las calles de acceso al pueblo debían comunicar cualquier movimiento sospechoso. Entraron en servicio desde la mañana del sábado, pero durante el día no se vio ni un gato.

Por la noche el Flaco avistó a un ciclista sospechoso, que luego resultó ser un borracho normal. El mitin debía efectuarse la tarde del domingo y hasta las 15 no se vio a nadie.

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5 de marzo de 2009

El Pequeño mundo de Don Camilo (19)



por Giovanni Guareschi


La Procesión





ODOS los años, al celebrarse la feria del pueblo, se llevaba en procesión al Cristo crucificado del altar. El cortejo llegaba hasta el dique y allí se efectuaba la bendición de las aguas para que el río no hiciera locuras y se comportara decentemente.

Como en otras ocasiones parecía que también en ésta las cosas funcionarían con la acostumbrada regularidad, y don Camilo estaba dando los últimos toques al programa de la fiesta, cuando apareció el Brusco en la rectoral.

–El secretario del comité – dijo el Brusco – me manda a hacerle saber que el comité participará en la procesión en pleno con bandera.

–Agradezco al secretario Peppone – contestó don Camilo. – Me alegraré de que todos los hombres del comité estén presentes. Sin embargo, es necesario que tengan la amabilidad de dejar la bandera en casa. No debe haber banderas políticas en cortejos sacros. Estas son las órdenes que tengo.

El Brusco se marchó y poco después llegó Peppone con la cara congestionada y los ojos fuera de las órbitas.

–¡Somos cristianos como todos los demás! – gritó Peppone entrando en la rectoral sin pedir siquiera permiso. – ¿En qué somos distintos de los otros?

–En que cuando entran en casa ajena ustedes ni se quitan el sombrero – respondió don Camilo tranquilamente.

Peppone se quitó el sombrero con rabia.

–Ahora eres igual a los demás cristianos – dijo don Camilo.

–¿Por qué no podemos venir a la procesión con nuestra bandera? – gritó Peppone. – ¿Qué tiene de particular nuestra bandera? ¿Es la bandera de los ladrones y los asesinos?

–No camarada Peppone – explicó don Camilo mientras encendía su toscano. – Es una bandera partidaria y aquí se trata de un acto religioso y no político.

–¡En ese caso tampoco deben ustedes admitir las banderas de la Acción Católica!

–¿Por qué? La Acción Católica no es un partido político, tanto es así que yo soy su secretario. Precisamente te aconsejo que te inscribas con tus camaradas.

Peppone soltó una carcajada.

–¡Si quiere usted salvar su alma negra, deberá inscribirse en nuestro partido!

Don Camilo abrió los brazos.

–Procedamos así – repuso sonriendo, – cada cual queda donde está y amigos, como antes.

–Yo y usted nunca hemos sido amigos – afirmó Peppone.

–¿Tampoco cuando estuvimos juntos en los montes?

–¡No! Era una simple alianza estratégica. Por el triunfo de la causa uno puede aliarse hasta con los curas.

–Bueno –dijo don Camilo con calma. – Pero si quieren venir a la procesión deben dejar la bandera en casa.

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27 de febrero de 2009

El pequeño mundo de Don Camilo (18)


por Giovanni Guareschi


Hombres y animales





A Grande era un fundo al que no se le veía el fin, con un establo de cien vacas, quesería a vapor, pomar y pare usted de contar. Todo ello propiedad del viejo Pasotti, quien vivía solo en la Abadía, teniendo a sus órdenes un ejército de criados y peones.

Un día los peones iniciaron un movimiento y capitaneados por Peppone fueron todos a la Abadía, donde el viejo Pasotti les dio audiencia desde una ventana.

–¡Que los parta un rayo! – gritó Pasotti, asomando la cabeza – ¿Es que en este puerco país ya no se acostumbra dejar en paz a los hombres de bien?

–A los hombres de bien, sí – contestó Peppone, – pero no a los explotadores que niegan a los trabajadores lo que les corresponde por derecho.

–Para mí, el derecho es lo que establece la ley – rebatió Pasotti – y yo con la ley estoy en paz. Peppone entonces dijo que hasta que Pasotti no hubiese concedido las mejoras, los jornaleros de la Grande se abstendrían de trabajar.

–¡A sus cien vacas les dará de comer usted! – concluyó Peppone.

–Bien – repuso Pasotti. Y cerrando la ventana fue a reanudar el sueño interrumpido.

Así empezó la huelga en la Grande y fue una resistencia organizada personalmente por Peppone, con brigadas de vigilancia, turnos de guardia, mensajeros y puestos de asedio. Las puertas y las ventanas del establo fueron clavadas y selladas.

El primer día las vacas mugieron porque no habían sido ordeñadas. El segundo día mugieron por falta de ordeño y porque sentían hambre, y el tercer día a lo demás se agregó la sed, de manera que los mugidos se oían hasta mas allá de los límites de la comuna. Entonces la vieja sirvienta de Pasotti salió por la portezuela de servicio de la Abadía y explicó a los hombres del puesto de asedio que iba a la farmacia del pueblo a comprar un desinfectante.

–Ha dicho el patrón que no quiere pescarse el cólera con el olor de las vacas cuando hayan muerto de hambre.

Esta noticia hizo menear la cabeza a los más viejos criados que trabajaban con Pasotti desde hacía cincuenta años y sabían que éste tenía la cabeza más dura que el hierro. En estas circunstancias intervino personalmente Peppone con su estado mayor y sus hombres y dijo que si alguien tenía el coraje de acercarse al establo, lo trataría como a un traidor de la patria.

En la tarde del cuarto día acudió a la casa parroquial Santiago, un antiguo vaquero de la Grande.

–Hay una vaca que debe parir y muge que parte el alma. Y morirá de seguro si no se la ayuda, pero si alguien se acerca al establo le rompen los huesos.

Don Camilo fue a asirse de la barandilla del altar.

–Señor – dijo al Cristo crucificado, – ¡detenedme o emprendo la marcha sobre Roma!



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24 de febrero de 2009

El pequeño Mundo de Don Camilo (17)


por Giovanni Guareschi


Capítulo 17

Nocturno con campanas




ESDE cierto tiempo don Camilo se sentía constantemente vigilado por dos ojos. Cuando andaba por el camino o a través de los campos y se volvía repentinamente, aunque no veía a nadie estaba seguro de que si hubiese revisado detrás del seto o entre las matas, habría encontrado los ojos y lo demás.

Habiendo salido de noche dos veces de su casa, al sentir un crujido detrás de la puerta llegó a entrever una sombra.

–Déjalo hacer –le había contestado el Cristo del altar, cuando don Camilo le había pedido consejo. – Dos ojos nunca hicieron mal a nadie.

–Convendría saber si los dos ojos viajan solos o acompañados de un tercero de calibre 9, por ejemplo – suspiró don Camilo. – Es un detalle que tiene su importancia.

–Nada puede turbar una conciencia tranquila, don Camilo.

–Lo sé, Señor – dijo suspirando nuevamente don Camilo. – Lo malo es que habitualmente el que se comporta así no dispara contra la conciencia sino contra la espalda.

Don Camilo, sin embargo, no adoptó ninguna actitud. Transcurrió todavía algún tiempo y una noche, estando solo en su casa, leyendo, "sintió" repentinamente los ojos.

Y eran tres. Levantó lentamente la cabeza y vio en primer término el ojo negro de una pistola y luego los ojos del Rubio.

–¿Debo levantar las manos? – le preguntó tranquilamente don Camilo.

–No quiero hacerle daño – contestó el Rubio guardando el arma en el bolsillo del saco. – Temía que se asustara viéndome de repente y que se pusiera a gritar.

–Entiendo – repuso don Camilo. – ¿No se te ha ocurrido que llamando a la puerta te hubieras ahorrado todo este trabajo?

El Rubio no contestó y fue a apoyarse en el alféizar de la ventana. Luego, de pronto se volvió y se sentó junto a la mesa de don Camilo.

Tenía el pelo revuelto, los ojos cavados en profundas ojeras y la frente llena de sudor.

–Don Camilo, – dijo el Rubio entre dientes – al de la casa del dique lo despaché yo.

Don Camilo encendió el "toscano".

–¿Al del dique? – dijo tranquilamente – ¡Bah! Asunto viejo, cuestión de índole política que entró en la amnistía. ¿De qué te preocupas? Estás en paz con la ley.

El Rubio se encogió de hombros.

– Me importa un pito de la amnistía – dijo con rabia. – Yo todas las noches apenas apago la luz lo siento junto a mi cama. No consigo comprender qué me sucede.

Don Camilo arrojó una bocanada de humo azul.

–No es nada, Rubio – le dijo sonriente. – Un consejo: duerme con la luz encendida.

El Rubio saltó en pie.

–¡Vaya usted a tomarle el pelo al cretino de Peppone – gritó, – no a mí!

–En primer lugar, Peppone no tiene nada de cretino; y segundo: yo nada más puedo hacer por ti – dijo don Camilo.

–Si hay que comprar velas o hacer alguna ofrenda a la iglesia, yo pago. Pero usted debe absolverme, ya que con la ley estoy en paz.

–En efecto, hijo – dijo con dulzura don Camilo. – Lo malo es que la amnistía para las conciencias no la han dictado y por eso aquí aun se continúa con el sistema primitivo. Para ser absueltos es preciso arrepentirse y luego demostrar estar arrepentidos y luego proceder de manera que se merezca el perdón. Trámite largo.

El Rubio lanzó una risotada.

–¿Arrepentirme? ¿Arrepentirme de haber despachado a aquél? ¡Siento haber despachado uno sólo!

–Es una materia en la que soy por completo incompetente. Por otra parte, si tu conciencia te dice que has hecho bien, no hay problemas – dijo don Camilo abriendo un libro ante los ojos del Rubio. – ¿Ves?, nosotros tenemos reglamentos muy precisos que no admiten la excepción del móvil político. Quinto: no matar. Séptimo: no robar.

–¿Qué tiene que ver eso conmigo? – preguntó el Rubio con voz misteriosa.

–Nada – lo tranquilizó don Camilo.–Me parecía que tú me habías dicho que con la excusa de la política, lo habías asesinado para apoderarte de su dinero.

–¡No he dicho eso! – gritó el Rubio sacando a relucir la pistola y apuntándola a la cara de don Camilo. – ¡No lo dije, pero es verdad! ¡Sí, es verdad, y si usted tiene el valor de contarlo, lo fulmino!

–Nosotros estas cosas no se las decimos ni siquiera al Padre Eterno – dijo don Camilo, tranquilizándolo. – De todos modos, Él lo sabe mejor que nadie.

El Rubio pareció calmarse. Aflojó la mano y miró la pistola.

–¡Qué cabeza! – exclamó riendo. – Ni me había dado cuenta de que estaba con el seguro.

Hizo girar el tambor y dejó la bala encañonada.

–Don Camilo – dijo luego con voz extraña; – estoy harto de ver a ése junto a mi cama. Aquí no hay vuelta: o usted me absuelve o disparo.

La pistola le temblaba ligeramente en la mano. Don Camilo palideció y miró al Rubio en los ojos. Jesús – dijo mentalmente, – este perro está rabioso y disparará. Una absolución concedida en estas condiciones no tiene valor. ¿Qué hago?

–Si tienes miedo, absuélvelo – respondió la voz del Cristo.

Don Camilo cruzó los brazos sobre el pecho.

–No, Rubio – dijo.

El Rubio apretó los dientes.

–Don Camilo, ¡déme la absolución o disparo!

–No.

El Rubio apretó el gatillo y el gatillo cayó, pero el tiro no salió.

Entonces fue don Camilo el que disparó, y el tiro dio justo en el blanco, porque las trompadas de don Camilo siempre hacían impacto. Luego subió al campanario y a las once de la noche repicó a fiesta durante veinte minutos. Todos dijeron que don Camilo se había vuelto loco, todos menos el Cristo, que meneó la cabeza sonriendo, y el Rubio, que, corriendo enloquecido, a través de los campos, había llegado a la orilla del río y estaba por arrojarse al agua oscura; pero el repique de las campanas lo alcanzó y lo detuvo.

Y el Rubio volvió atrás, porque había escuchado una voz nueva para él y éste fue el verdadero milagro, pues una pistola que falla es un suceso de este mundo, pero que un cura eche a volar festivamente las campanas a las once de la noche es realmente cosa del otro mundo.



8 de febrero de 2009

El pequeño Mundo de Don Camilo (16)


por Giovanni Guareschi

Capítulo 16

El Vengador





LEGÓ el Flaco en su bicicleta de carrera y frenó a la americana: proeza especial que consiste en saltar del asiento hacia atrás y quedar cabalgando sobre la rueda. Don Camilo, que estaba leyendo el diario, sentado en un banco delante de la casa parroquial, levantó la cabeza.
–¿Es Stalin el que te da los pantalones? –le preguntó tranquilamente.
El Flaco le alargó una carta, se tocó con el índice la visera de la gorra, montó en la bicicleta y, antes de doblar la esquina, se volvió y gritó de pie en los pedales:
–¡Me los da el papa! Luego disparó con la velocidad del rayo.
Don Camilo esperaba esa carta. Se trataba de la invitación a la ceremonia inaugural de la "Casa del Pueblo", con programa anexo de los festejos. Discursos, informes, banda, refrescos, y por la tarde un Gran encuentro de pugilato entre el campeón del Comité local, peso máximo, camarada Mirko Bagotti, y el campeón de la Federación Provincial, peso máximo, camarada Anteo Gorlini.
Don Camilo fue a referir esto al Cristo del altar.
–Señor – exclamó después de haberle leído el programa, – ¡esto es una deshonestidad! Si Peppone no fuese el último villano, habría puesto en el programa, no una trompeadura, sino el partido de desquite entre el Gallardo y el Dynamo. Así que yo ahora...
–Ahora ni sueñes siquiera en ir a cantarle cuatro frescas como desearías, pues no tienes razón – le interrumpió el Cristo. – Era lógico que Peppone procurara hacer algo distinto de lo que tú hiciste. En segundo lugar, era lógico que Peppone no se expusiera a inaugurar su casa con una derrota. Aun en el supuesto de que su campeón llegara a perder, la cuestión no tendría importancia: camarada el uno tanto como el otro, las cosas quedan en familia. Una derrota sufrida por su equipo resultaría perjudicial para el prestigio de su partido. Don Camilo, tú debes admitir por lo tanto que Peppone no podía incluir un encuentro con tu equipo.
–Sin embargo –exclamó don Camilo, – en mi programa hubo un torneo con su equipo. ¡Y también he perdido!
–Don Camilo – rebatió el Cristo con dulzura – tú no representas un partido. Tus muchachos no defendían los colores de la Iglesia, defendían simplemente el prestigio de un equipo deportivo que por una feliz combinación se ha formado a la sombra de la iglesia parroquial. ¿O crees acaso que la del domingo fue una derrota de la religión cristiana?
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5 de febrero de 2009

El pequeño Mundo de Don Camilo (15)


por Giovanni Guareschi

Capítulo 15

La derrota




l duelo a cuchillo que venía durando ya casi un año, terminó con el triunfo de don Camilo, quien llegó a concluir su "Parque de Recreo Popular" cuando a la "Casa del Pueblo" de Peppone le faltaba aún toda la carpintería.


El "Parque de Recreo Popular" resultó una obra de primera: salón de tertulia para representaciones, conferencias y demás actos públicos; pequeña biblioteca con sala de lectura y escritura; superficie cubierta para ejercicios deportivos y juegos invernales. Además, una magnífica extensión cercada, con campo de gimnasia, pista, piscina, jardín de infantes, calesita, columpios, etcétera. Cosas en su mayor parte en estado embrionario, pero lo importante en todo es empezar.Para la fiesta de la inauguración don Camilo había preparado un programa en forma: cantos corales, justas atléticas y partido de fútbol. Porque don Camilo había organizado un equipo sencillamente formidable, y fue éste un trabajo al que dedicó tanto entusiasmo que, echadas las cuentas, al cabo de ocho meses de adiestramiento, los puntapiés que don Camilo había dado a los once jugadores habían sido muchos más que los puntapiés dados por los once jugadores juntos a la pelota.


Peppone sabía todo y tragaba bilis. No podía soportar que el Partido que representaba verdaderamente al pueblo, resultara segundo en el torneo iniciado por don Camilo a favor del pueblo. Y cuando don Camilo le había hecho saber que para demostrar "su simpatía por las más ignorantes capas sociales del pueblo", había generosamente concedido al equipo "Dynamo" la ocasión de medirse con el suyo, el "Gallardo", Peppone palideció, y haciendo llamar a los once muchachos del equipo seccional los puso en fila contra el muro y les espetó este discurso"Jugarán contra el equipo del cura. ¡O vencen o le rompo la cara a todos! ¡Es el Partido el que lo ordena, por el honor del pueblo vilipendiado!"–¡Venceremos! – contestaron los once, que sudaban de miedo.


Cuando lo supo, don Camilo reunió a los hombres del Gallardo y refirió la cosa.–No estamos aquí entre gente grosera y salvaje como esos sujetos –concluyó sonriendo. – Podemos así reaccionar como caballeros juiciosos. Con la ayuda de Dios les meteremos seis goles a cero. No hago amenazas: digo sencillamente que el honor de la parroquia está en las manos de ustedes. Quiero decir, en los pies. Cumpla cada uno su deber de buen ciudadano. Ahora, naturalmente, si hay algún bribón que no se emplea a fondo, yo no haré tragedias como Peppone, que rompe las caras. ¡Yo les pulverizo el trasero a puntapiés!.


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20 de enero de 2009

El pequeño mundo de Don Camilo (14)

por Giovanni Guareschi


Capítulo 14


La vuelta al redil



L sacerdote enviado para regentear la parroquia durante la convalecencia política de don Camilo, era un curita joven y delicado, que conocía perfectamente su oficio y hablaba con garbo, con lindas palabritas redondas y limpitas que parecían recién cosechadas en la viña del vocabulario. Naturalmente, aun sabiendo que se trataba de una gestión provisoria, el curita había introducido en la iglesia esas pequeñas innovaciones necesarias para que un hombre pueda hallar soportable su permanencia en casa ajena.
Aquí no se hace parangón alguno; pero es como cuando vamos a dormir en un hotel y aun sabiendo que sólo permaneceremos en él una noche, no podemos menos que mover a la derecha la mesita que estaba a la izquierda y poner a la izquierda la silla que estaba a la derecha, pues cada uno de nosotros tiene un concepto propio de la estética y del equilibrio de las masas y los colores, y por eso experimenta ciertos sufrimientos cuando, pudiendo hacerlo, no procura restablecer ese equilibrio que le parece alterado.
El hecho es que el primer domingo que el curita ofició, la gente notó dos importantes innovaciones: el gran cirio decorado con florcitas que estaba a la izquierda del altar, sobre el segundo peldaño de la balaustrada, había sido puesto a la derecha, ante el cuadrito de una santa, cuadrito que antes no existía.Por la curiosidad de conocer al nuevo párroco; se hizo presente todo el pueblo.
Peppone y los demás cabecillas rojos estaban en primera fila.
–¿Has visto? – dijo riendo el Brusco a Peppone, señalándole el candelabro cambiado de sitio – ¡Novedades!
–¡Hum! – murmuró Peppone, que estaba muy nervioso. Y tal se mantuvo hasta tanto el curita se acercó a la balaustrada para hacer el discursito ritual.
Peppone entonces no pudo más y antes que el curita soltara una palabra, se separó del grupo, marchó resueltamente hacia la derecha, aferró el gran candelabro, lo llevó a la izquierda y lo puso en el antiguo sitio, sobre el segundo peldaño.
Luego volvió al centro de la primera fila, y, plantándose con las piernas abiertas y los brazos cruzados, miró sañudamente en los ojos al curita.
–¡Bien! – murmuró la muchedumbre de los fieles, incluso los reaccionarios.
El curita, que había seguido lo ejecutado por Peppone con la boca abierta, palideció, y balbuceando como pudo su sermón, regresó al altar para concluir la misa.
Cuando salió, se encontró con Peppone y todo su estado mayor, que lo esperaban. El atrio estaba lleno de gente silenciosa y enojada.
–Diga un poco, don... don no sé qué – preguntó Peppone, dejando caer, las palabras de lo alto, – ¿quién es esa cara nueva que usted ha colgado en el pilar de la derecha?
–Santa Rita de Casia – balbuceó el curita.
–En este pueblo nada tiene que hacer Santa Rita de Casia, ni ninguna cosa parecida – afirmó Peppone. – Aquí todo está bien como estaba.El curita abrió los brazos.
–Yo creo que estoy en mi derecho – comenzó a protestar; pero Peppone no lo dejó seguir.
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18 de enero de 2009

El pequeño mundo de Don Camilo

por Giovanni Guareschi



Capítulo 13

Graffitti



ALIENDO al atrio, una mañana don Camilo vio que, durante la noche, alguien había escrito en rojo sobre el muro cándido de la casa parroquial un "Don Camalo" (que, en dialecto genovés significa estibador de puerto, y por extensión, hombre zafio, ordinario), de una altura de medio metro.
Don Camilo, con un balde de cal y una brocha se empeñó en tapar la escritura, pero el color era de anilina y cubrir con cal la anilina es como invitarla a unas bodas: siempre aparece a la superficie aunque la capa tenga tres dedos de espesor. En vista de ello, don Camilo se proveyó de un raspador y empleó media jornada de trabajo en borrar la leyenda.
Se presentó después al Cristo del altar, blanco como un molinero, pero con un humor negro.
–Si me entero de quien ha sido. – dijo – le doy tal paliza que el palo se vuelve estopa.
–No dramatices, don Camilo. – le aconsejó el Cristo – Es cosa de muchachones. Al fin y al cabo no te han dicho nada grave.
–No está bien llamar estibador a un sacerdote – protestó don Camilo – Además, es un apodo acertado y si la gente descubre esto, me lo pega en la espalda por toda la vida.
–Tienes buena espalda, don Camilo – lo consoló el Cristo sonriendo – Yo no la tenía como la tuya y debí llevar la cruz; sin embargo no he apaleado a nadie.
Don Camilo dijo que el Cristo tenía razón, pero no estaba convencido del todo, y por la noche, en vez de ir a la cama, se escondió en un sitio bien disimulado y aguardó pacientemente. Hacia las dos de la madrugada apareció en el atrio un sujeto que, poniendo un balde en el suelo, se puso cautelosamente a trabajar de pintor en el muro de la casa parroquial, Don Camilo no lo dejó terminar siquiera la D, y encajándole el balde en la cabeza, lo largó zumbando con un fulminante puntapié.
El color de la anilina es terrible, y Jigote (uno de los hombres de choque de Peppone), que había recibido la ducha de tinta en la cabeza, debió permanecer tres días encerrado en su casa, fregándose la cara con todos los solventes del universo; pero alguna vez debió salir para ir a su trabajo. El hecho ya se había divulgado y le aplicaron enseguida el apodo de Pielroja. Como don Camilo soplaba en el fuego, la rabia hacía que el pobre Jigote, de rojo se pusiera verde. Hasta que una noche, don Camilo, regresando de una visita hecha al médico, advirtió que alguien le había embadurnado con inmundicias la manija de la puerta; pero lo advirtió demasiado tarde. Entonces sin más dilación salió en busca de Jigote, a quien pescó en la hostería, y con una bofetada capaz de nublarle la vista a un elefante, le plantó en la cara el barniz de la manija. Naturalmente, estas cosas resbalan enseguida al campo político, y como Jigote estaba en compañía de cinco o seis de los suyos, don Camilo se vio precisado a echar mano a un banco.
Esa misma noche un desconocido le dio una serenata a don Camilo arrojando un petardo en la puerta de su casa.
Los seis que habían sido cepillados por el banco de don Camilo reventaban de rabia y en la hostería gritaban como endemoniados y poco había faltado para que estallase un incendio. La gente estaba preocupada.
Así fue como una mañana don Camilo debió ir urgentemente a la ciudad porque el obispo quería hablarle.
El obispo era viejo y encorvado, y para mirarle la cara a don Camilo tenía que levantar la cabeza.
–Don Camilo – dijo el obispo – tú estás enfermo. Tienes necesidad de pasarte tranquilo unos meses en un lindo pueblecito de la montaña. Sí, sí; ha muerto el cura de Puntarroja y por tanto haces un viaje y dos servicios: me reorganizas bien la parroquia y recuperas la salud. Luego vuelves fresco como una rosa. Te sustituirá don Pedro, un mozo que no te causará ninguna molestia. ¿Estás contento, don Camilo?
–No, monseñor, pero partiré cuando monseñor ordene.
–Bravo – repuso el obispo – Tu disciplina es tanto más meritoria cuanto que aceptas sin discutir una cosa que no te agrada.
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14 de enero de 2009

Juan Donoso Cortés: Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (24)






Capítulo VII




Recapitulación. Ineficacia de todas las soluciones propuestas. Necesidad de una solución más alta






asta aquí hemos visto de qué manera la libertad del hombre y la del ángel, con la facultad de escoger entre el bien y el mal, que constituye su imperfección y su peligro, era una cosa no sólo justificada, sino también conveniente. Vimos también cómo del ejercicio de esa libertad constituida salió el mal con el pecado, el cual alteró profundísimamente el orden puesto por Dios en todas las cosas y la manera convenientísima de ser de todas las criaturas. Pasando más adelante, después de habernos dado cuenta de los desórdenes de la creación, nos propusimos demostrar y demostramos, a nuestro entender cumplidamente, que así como al ángel y al hombre, dotados del libre albedrío, les fue dada la tremenda potestad de sacar el mal del bien y de inficionar todas las cosas, el uno con su rebelión el otro con su desobediencia y ambos con su pecado, Dios, para hacer contraste a esa libertad perturbadora, se reservó la potestad de sacar el bien del mal y el orden del desorden, usando de ella larga y convenientemente, hasta el punto de poner las cosas en un ser más concertado y perfecto que el que hubieran alcanzado sin los ángeles rebeldes y sin los hombres pecadores. No siendo posible evitar el mal sin suprimir la libertad angélica y la humana, que eran un gran bien, Dios, en su infinita sabiduría, hizo de modo que el mal, sin ser suprimido, fue transformado hasta el punto de servir, en su mano omnipotente, de instrumento de mayores conveniencias y de más altas perfecciones.

Para demostrar lo que a nuestro propósito cumplía, observamos que el fin general de las cosas era manifestar todas a su manera las perfecciones altísimas de Dios y ser como centellas de su hermosura y magníficos reflejos de su gloria. Consideradas desde el punto de vista de este fin universal, no nos fue difícil demostrar que de la obediencia humana y de la rebelión angélica se siguieron bienes incomparables, y que así la una como la otra sirvieron para que las criaturas, que antes reflejaban solamente la divina bondad y la divina magnificencia, reflejaran también toda la sublimidad de su misericordia y toda la grandeza de su justicia. El orden no fue universal y absoluto sino cuando las criaturas tuvieron en sí todos estos espléndidos reflejos.

De los problemas relativos al orden universal de las cosas pasamos a los que se refieren al orden general de las cosas humanas; discurriendo por este anchísimo campo, vimos propagarse el mal en la humanidad con el pecado; allí vimos de qué manera la humanidad estuvo en Adán y cómo la especie fue en el individuo pecadora. Así como el pecado, considerado en sí mismo, fue poderoso para turbar el orden del universo, lo fue también y con mayor razón para poner en desorden todas las cosas humanas. Para la inteligencia de lo que antes dijimos y de lo que diremos después, conviene advertir aquí que, así como el fin universal de las cosas es manifestar las perfecciones divinas, el fin particular del hombre es conservar su unión con Dios, lugar de su alegría y su descanso; el pecado desordenó las cosas humanas, apartando al hombre de esa unión, que constituye su fin especial, y desde ese momento el problema, por lo que hace a la humanidad, consiste en averiguar de qué manera el mal puede ser vencido en sus efectos y en su causa: en sus efectos, es decir, en la corrupción del individuo y de la especie con todas sus consecuencias; en su causa, es decir, en el pecado.

Dios, que es simplicísimo en sus obras porque es perfectísimo en su esencia, vence al mal en su causa y en sus efectos por la secreta virtud de una sola transformación; pero ésta tan radical y portentosa, que por ella todo lo que era mal se muda en bien, y todo lo que era imperfección, en perfección soberana. Hasta aquí hemos venido exponiendo la manera y forma con que Dios transforma en instrumentos del bien los efectos mismos del mal y del pecado. Procediendo todos ellos de una corrupción primitiva del individuo y de la especie, no son otra cosa en la especie ni en el individuo, considerados en sí, sino una desgracia lamentable; quien dice desgracia, dice efecto necesario; y si la causa de donde el efecto se sigue es de aquellas que obran de una manera constante, quien dice desgracia, tanto quiere decir como desgracia, por su naturaleza, invencible. Imponiendo la desgracia como una pena, Dios hizo posible su transformación por medio de su aceptación voluntaria por parte del hombre. Cuando el hombre, ayudado de Dios, aceptó heroicamente como una pena justa su desgracia, su desgracia no cambió de naturaleza, considerada en sí misma, lo cual sería imposible de todo punto; pero adquirió una nueva y extraña virtud: la virtud expiatoria y purificante. Conservando siempre su invencible identidad, produce efectos que naturalmente no están en ella, siempre que se combina de una manera sobrenatural con la aceptación voluntaria. Esta doctrina consoladora y sublime nos viene a un tiempo mismo de Dios, de la razón y de la Historia, constituyendo una verdad racional, histórica y dogmática.


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13 de enero de 2009

El pequeño mundo de Don Camilo





por Giovanni Guareschi



Capítulo 12




El huevo y la gallina





NTRE los hombres de Peppone había uno al que llamaban Bólido.Era una bestia enorme, lenta y tarda como un elefante y un poco tocado. Bólido pertenecía a la "escuadra política", capitaneada por el Pardo y tenía la función de tanque: cuando era preciso aventar una asamblea adversaria, Bólido se ponía al frente de la escuadra y no había quien lo detuviese en su inexorable avance, y de esa manera el Pardo y los que lo seguían, podían llegar bien pronto hasta la tribuna del orador, y allí, con silbidos y mugidos, lo reducían a silencio en contados minutos.

Una tarde en que Peppone se encontraba en el comité, rodeado de todos los cabecillas de las seccionales, entró Bólido. Una vez puesto Bólido en movimiento, para detenerlo se necesitaba una bomba explosiva. Así que todos se hicieron a un lado y lo dejaron pasar. Sólo se detuvo ante el escritorio de Peppone.

–¿Qué quieres? – preguntó Peppone fastidiado.

–Ayer le he dado una paliza a mi mujer. – explicó Bólido, bajando la cabeza avergonzado – Pero la culpa fue suya.

–¿Y vienes a decírmelo a mí? – gritó Peppone – ¡Anda a contárselo al párroco!

–Ya se lo conté. – contestó Bólido – Pero don Camilo me ha contestado que ahora, con el artículo 7° las cosas han cambiado, que él no puede absolverme y que debes hacerlo tú, que eres el jefe del comité.

Peppone, dando un puñetazo en la mesa hizo callar a los otros, que se reían a carcajadas.

–Ve a decirle a don Camilo que se vaya al infierno – gritó.

–Voy, jefe; – dijo Bólido – pero primeramente me debes absolver.

Peppone empezó a gritar, pero Bólido, sacudiendo la cabezota, gruñó:

–Yo no me muevo de aquí si no me absuelves. Y si dentro de dos horas no me has absuelto, empiezo a romper todo, porque eso significa que la tienes conmigo.

La alternativa era, o matar a Bólido o ceder.

–¡Te absuelvo! – gritó Peppone.

–No, así no vale; – rezongó Bólido – tienes que absolverme en latín como hace el cura.

–¡Ego te absolvio! – dijo Peppone que reventaba de rabia.

–¿Qué penitencia debo cumplir? –preguntó Bólido.

–Ninguna.

–Bien. – dijo Bólido complacido, iniciando la retirada – Ahora voy a decirle a don Camilo que se vaya al infierno, y si hace cuestión, se la doy.

–Si hace cuestión, quédate quieto, si no quieres que te dé él la paliza. – le dijo a gritos Peppone.

–Bueno; – aprobó Bólido – pero si me ordenas dársela, yo se la doy lo mismo, aunque después la reciba también.

Don Camilo esperaba ver llegar esa misma noche a Peppone hecho una fiera. En cambio no se dejó ver. Apareció la tarde siguiente con su estado mayor, y todos se pusieron a charlar, comentando un diario, sentados en los bancos situados delante de la casa parroquial.


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10 de enero de 2009







por Giovanni Guareschi


Capítulo 11



La bomba





RAN los días que en el Parlamento y en los diarios los políticos se agarraban de los pelos por causa de aquel famoso artículo 4°que luego resultó ser el 7°[3],y como entraban en danza la Iglesia y la religión, don Camilo no había vacilado en meterse hasta el pescuezo en la tormenta.Cuando estaba seguro de trabajar por una causa justa, don Camilo procedía como un carro blindado, y de ese modo, como los otros hacían de la cuestión sobre todo un problema partidario y veían en la aprobación del artículo una victoria del más poderoso adversario político, las relaciones entre don Camilo y los rojos eran muy tirantes y soplaban vientos de garrotazos.

–Nosotros queremos que el día en que sea rechazado el artículo sea de regocijo para todos. – había dicho Peppone a los suyos, en una reunión

– Por lo tanto, participará también en los festejos nuestro reverendo arcipreste.

Y había impartido directivas para la confección de un magnífico don Camilo de paja y trapos, que sería conducido al cementerio con gran pompa y al son de la música, con un gran letrero sobre la panza que diría: "Artículo 4°".

Naturalmente, don Camilo lo había sabido enseguida y se apresuró a hacer preguntar a Peppone si, habiendo él, don Camilo, determinado abrir un círculo de mujeres católicas en el comité de la Sección, el camarada Peppone estaba dispuesto a cederle las habitaciones lo más pronto posible, sin esperar el día de la aprobación del artículo.

La mañana siguiente aparecieron en el atrio el Brusco y otros cinco o seis de la barra, quienes se pusieron a discutir en voz alta, indicando con amplios ademanes esta o aquella parte de la casa parroquial.

–Yo opinaría hacer el salón de baile utilizando toda la planta baja y situar el bufet en el primer piso.

–También se podría abrir una puerta en el muro divisorio y unir la planta baja con la capilla de San Antonio; levantar una pared para aislar la iglesia y poner el bufet en la capilla.

–Demasiada complicación. Mas bien: ¿Dónde alojamos al arcipreste? ¿En el sótano?

–Es demasiado húmedo, pobrecito. Mejor en el desván...

–También podríamos ahorcarlo en el poste de la luz.

–¡Eso no! En el pueblo hay todavía tres o cuatro católicos y es preciso tenerlos contentos también a ellos. Dejémosles el cura. ¿Qué molestias da el pobrecito?

Don Camilo escuchaba escondido detrás de la celosía de una ventana del primer piso y sentía trabajarle el corazón como el motor de un carro blindado en una cuesta. Finalmente no pudo más y abriendo de par en par la ventana se asomó con la escopeta amartillada en la mano izquierda y con una carga de cartuchos en la derecha.

–Tú, Brusco, que entiendes de esto, – dijo don Camilo – para tirar a las becadas, ¿qué tamaño de perdigones emplearías?

–Depende – dijo el Brusco, abandonando rápidamente el campo junto con sus camaradas.

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7 de enero de 2009

El pequeño mundo de Don Camilo (10)




por
Giovanni Guareschi





Capítulo 10



Expedición punitiva





OS jornaleros se reunieron en la plaza y empezaron a alborotar reclamando trabajo a la Municipalidad, pero la Municipalidad no tenía recursos, y entonces el alcalde Peppone se asomó al balcón y les gritó que se mantuviesen en calma, que él estaba pensando cómo arreglar las cosas.

–Provéanse de automóviles, motocicletas, camiones y birloches y tráiganmelos aquí a todos dentro de una hora. – ordenó Peppone a sus segundos, reunidos en su despacho.

Emplearon tres horas, pero al fin todos los más adinerados propietarios y arrendatarios del municipio estaban reunidos, pálidos y turbados, mientras abajo la multitud rumoreaba.

Peppone se explicó pronto.

–Yo siempre llego donde puedo llegar. – dijo bruscamente – La gente que tiene hambre quiere pan y no lindas palabras: o ustedes entregan mil liras por hectárea, y con eso se podrá dar trabajo en obras de utilidad pública a esos hombres, o yo, como alcalde y jefe de las masas trabajadoras, me lavo las manos.

El Brusco se asomó al balcón y explicó a la gente que el alcalde había dicho esto y lo otro. Más tarde haría saber qué contestaban los propietarios. La gente respondió con un alarido que hizo palidecer a los notificados.

La discusión no duró mucho y más de la mitad firmó la promesa de ofrecer espontáneamente un tanto por hectárea. Ya parecía que todos iban a firmarla, cuando, llegados al viejo Verola, el arrendatario de Campolargo, el negocio no siguió adelante.

–No firmo ni aunque me maten. – dijo Verola– Cuando se dicte la ley, entonces pagaré; ahora no doy un cobre.

–¡Iremos a tomarlos! – gritó el Brusco.

–Sí, sí. – masculló el viejo Verola, el cual, entre hijos, hijos de los hijos, maridos de las hijas y nietos podía reunir en Campolargo unas quince escopetas de buena puntería. – Sí, sí: el camino ustedes lo conocen.

Los que ya habían firmado se mordieron los labios de rabia y los demás dijeron

–Si no firma Verola, tampoco firmamos nosotros.

El Brusco refirió a los de la plaza el incidente y los de la plaza pidieron a gritos que echaran abajo a Verola o que subirían ellos a buscarlo. Pero Peppone se presentó en el balcón y les aconsejó que no hiciesen estupideces.

–Con lo que hemos obtenido podemos tirar adelante dos meses. Entre tanto, sin salirnos de la legalidad, como hemos procedido hasta ahora, encontraremos el modo de convencer a Verola y a los otros.

Aparentemente todo quedó en regla y Peppone en persona acompañó en su automóvil a Verola para convencerlo. Mas, por toda contestación, cuando bajó frente al puentecito de Campolargo, el viejo dijo:

–A los setenta años se tiene un solo miedo: el de tener que vivir aún muchos más.

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5 de enero de 2009

El pequeño mundo de Don Camilo (9)


por Giovanni Guareschi


Capítulo 9


Rivalidad



LEGÓ de la ciudad un personaje importante y la gente acudió a escucharlo de todos los distritos. Peppone había dispuesto que el mitin tuviese lugar en la plaza grande, y no sólo hizo levantar un hermoso palco tapizado de rojo sino que se procuró también una de esas camionetas que tienen en el techo cuatro grandes bocinas y adentro el mecanismo eléctrico para amplificar la voz.

La tarde de aquel domingo, pues, la plaza estaba repleta de gente, que invadía hasta el atrio de la iglesia, lindante con la plaza.

Don Camilo había cerrado todas las puertas y se había retirado a la sacristía para no ver a nadie, no oír a nadie y no hacerse mala sangre. Dormitaba, cuando una voz que parecía la de la cólera divina, lo hizo sobresaltar: "¡Camaradas!..."

Como si las paredes no existieran.

Don Camilo fue a desahogar su indignación con el Cristo del altar mayor.

–Deben haber apuntado una de sus malditas bocinas justamente contra nosotros. – exclamó – Esta es una verdadera violación de domicilio.

–¿Qué vas a hacerle, don Camilo? Es el progreso – repuso el Cristo.

Después de una premisa genérica, el orador había entrado enseguida en el fondo de la cuestión, y como era un extremista, cargaba sin miramientos.

"¡Es necesario mantenerse en la legalidad y nos mantendremos! ¡Aun a riesgo de tener que empuñar las ametralladoras y de fusilar a todos los enemigos del pueblo!..."

Don Camilo piafaba como un caballo.

–Jesús, ¿oís esas cosas?

–Oigo, don Camilo; desgraciadamente, oigo.

–Jesús, ¿por qué no disparáis un rayo en medio de esa canalla?

–Don Camilo, permanezcamos en la legalidad. Si para hacer comprender a uno que se equivoca, tú lo dejas tendido de un escopetazo, ¿quieres decirme con qué objeto me habría dejado yo colgar en la cruz?

Don Camilo abrió los brazos.

–Tenéis razón; no nos queda sino esperar que también a mí me cuelguen en la cruz.

El Cristo sonrió.

–Si en lugar de hablar y después pensar en lo que has dicho, antes pensaras lo que debes decir y luego hablases, evitarías arrepentirte de haber dicho tonteras.

Don Camilo bajó la cabeza.

"...en cuanto a aquellos que, escondiéndose a la sombra del crucifijo, intentan disgregar con el veneno de sus palabras ambiguas a la masa de los trabajadores..."

La voz del altoparlante, llevada por el viento, llenó la iglesia e hizo temblar los vidrios rojos, amarillos y azules de las ventanitas góticas.

Don Camilo aferró un grueso candelabro de bronce y empuñándolo como una clava se dirigió a la puerta rechinando los dientes.

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2 de enero de 2009

El Pequeño mundo de Don Camilo (8)

Por Giovanni Guareschi

Capítulo 8

El Tesoro




LEGÓ a la casa parroquial el Flaco, un joven excombatiente de la resistencia que oficiaba de mensajero de Peppone cuando éste luchaba en los montes, y que ahora estaba empleado de mandadero en la Municipalidad. Traía una carta grande, de lujo, escrita a mano en letra gótica y con el membrete del partido.

Vuestra Señoría queda invitada a honrar con su presencia la ceremonia de proyecciones sociales que se desarrollará mañana a las 10 horas en la Plaza de la Libertad.
El Secretario del Comité, camarada Bottazzi Alcalde José.

Don Camilo encaró al Flaco.

–Dile al camarada Peppone alcalde José, que no tengo ningún deseo de ir a escuchar las acostumbradas pamplinas contra la reacción y los capitalistas. Las sé de memoria.

–No, – explicó el Flaco – no habrá discursos políticos. Será una ceremonia patriótica de proyecciones sociales. Si usted se niega a concurrir significa que no entiende nada de democracia.

Don Camilo meneó gravemente la cabeza.

–Si las cosas son así, no he dicho nada.

–Bien. Dice el jefe que vaya de uniforme y con todos los utensilios.

–¿Qué utensilios?

–Sí, el baldecito y el pincel; hay mucho que bendecir.

El Flaco hablaba de este modo a don Camilo precisamente porque el Flaco era un tipo que por su talla especial y agilidad diabólica, en la montaña podía pasar entre las balas sin recibir un rasguño. Así, cuando el grueso libro lanzado por don Camilo llegó donde estaba la cabeza del Flaco, este ya había saltado fuera de la rectoral y apretaba los pedales de su bicicleta.

Don Camilo se levantó, recogió el libro y fue a desahogarse con el Cristo del altar.

–Señor, – dijo – ¿será posible que no se pueda saber qué están tramando esos para mañana? Nunca vi cosa tan misteriosa. ¿Qué significarán todos estos preparativos? ¿Qué significan los ramos que están plantando en torno del prado entre la farmacia y la casa de los Baghetti? ¿Qué diablura estarán maquinando?

–Hijo, si fuese una diablura, en primer lugar no la harían a la vista de todos y, en segundo lugar, no te llamarían para la bendición. Ten paciencia hasta mañana.

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31 de diciembre de 2008

El pequeño mundo de Don Camilo (7)


por Giovanni Guareschi




Capítulo 7



Incendio doloso









NA noche lluviosa, repentinamente la casa vieja empezó a arder. La casa vieja era una antigua tapera abandonada en la cima de un montículo escarpado. Aun de día la gente dudaba acercarse porque decían que estaba llena de víboras y de fantasmas. Lo extraño del caso era que la casa vieja consistía en una gran pila de piedras, pues hasta las más pequeñas astillas que habían quedado cuando la habían abandonado después de llevarse toda la madera que pudieron, el aire se las había comido. Y ahora la tapera ardía como una fogata.

Mucha gente bajó a la calle y salió del pueblo para contemplar el espectáculo, y no había persona que no se maravillara del suceso.

Llegó también don Camilo, quien se situó en el corrillo que miraba desde el sendero que conducía a la casa vieja.

–Habrá sido una hermosa cabeza revolucionaria la que ha llenado de paja la barraca y luego le ha prendido fuego para festejar alguna fecha importante. – dijo en voz alta don Camilo, abriéndose paso a empujones hasta quedar a la cabeza del montón

– ¿Qué dice de esto el señor alcalde?

Peppone ni siquiera se volvió.

–¿Qué quiere que sepa? – rezongó.

–¡Vaya! Como alcalde deberías saberlo todo. – repuso don Camilo, que se divertía extraordinariamente

– ¿Se festeja acaso algún acontecimiento histórico?

–No lo diga ni en broma, que mañana se difundirá en el pueblo que nosotros hemos organizado este mal negocio –interrumpió el Brusco que, junto con todos los cabecillas rojos, marchaba al lado de Peppone.

El sendero, al terminar los dos vallados que lo flanqueaban, desembocaba en una ancha meseta pelada como la miseria, en cuyo centro estaba el áspero montículo que servía de basamento a la casa vieja. La distancia a la tapera era de trescientos metros y se la veía llamear como una antorcha.

Peppone se paró y la gente se abrió a su derecha y a su izquierda.Una ráfaga de viento trajo una nube de humo hacia el grupo.

–Paja... ¡Cómo no!... Esto es petróleo.

La gente empezó a comentar el hecho curioso y algunos se movieron para acercarse más, pero fuertes gritos los detuvieron.

–¡No hagan estupideces!

Algunas tropas se habían detenido en el pueblo y en sus alrededores al final de la guerra; en consecuencia podía tratarse de un depósito de nafta o de bencina colocadas allí por alguna sección, o tal vez escondidas por alguien que las hubiera robado. Nunca se sabe.

Don Camilo se echó a reír.

–¡No hagamos novelas! A mí este asunto no me convence y quiero ver con mis propios ojos de qué se trata.Y decididamente se separó de la grey y se dirigió a la tapera a pasos rápidos.

No había andado cien metros cuando Peppone en dos zancadas lo alcanzó.


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26 de diciembre de 2008

El pequeño mundo de Don Camilo (6)


por Giovanni Guareschi


Capítulo 6


En vedado


ODAS las mañanas don Camilo iba a medir la famosa grieta de la torre y siempre era la misma historia: la grieta no se agrandaba, pero tampoco se achicaba. Perdió entonces la calma y un día envió al sacristán a la Municipalidad.

–Ve a decirle al alcalde que venga enseguida a ver este horror. Explícale que es una cosa grave.

El sacristán fue y volvió.

–Ha dicho el alcalde Peppone que confía en su palabra de que la cosa es grave, pero que si usted quiere mostrarle la grieta le lleve la torre a la Municipalidad. Él recibe hasta las cinco.

Don Camilo no parpadeó. Se limitó a decir después del oficio vespertino:

–Si mañana Peppone o alguno de su banda tiene el coraje de hacerse ver en la misa, asistiremos a un espectáculo de cinematógrafo. Pero lo saben, tienen miedo y no se harán ver.

La mañana siguiente no había ni la sombra de un "rojo" en la iglesia, pero cinco minutos antes de empezar la misa se sintió resonar en el atrio el paso cadencioso de una formación en marcha.

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