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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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4 de abril de 2011

Algunos milagros de San Pío de Pietralcina




urante la segunda guerra mundial, en Italia, el pan se racionó. En el convento del Padre Pío había siempre muchos invitados más los pobres que siempre iban allí pidiendo comida. Un día los Frailes se encontraron con que apenas tenían dos libras aproximadamente de pan. Todos los hermanos oraron antes de sentarse a comer. El Padre Pío entró en la Iglesia, y rato después regresó con muchísimo pan en sus manos. El Superior le preguntó al Padre Pío: "¿Dónde usted ha encontrado pan?” El Padre Pío contestó: “me los dìò un peregrino en la puerta". Nadie habló, pero todos pensábamos que sólo el Padre Pío podía encontrar a ese peregrino.

Durante la segunda guerra mundial, el hijo de la señora Luisa; Oficial de la Marina Real Británica, era motivo de angustia para su madre; pues ésta oraba todos los días por la conversión y la salvación de su hijo. Un día llegó un peregrino inglés a San Giovanni Rotondo, y trajo algunos periódicos ingleses. Luisa quiso leerlos. Ella leyó la noticia del hundimiento del barco en que su hijo viajaba Llorando va a ver al Padre Pío quien la consoló inmediatamente: ¿Quién le ha dicho que su hijo está muerto? De hecho, el Padre Pío; le pudo explicar exactamente el nombre y la dirección del hotel en dónde estaba su hijo, después de que él escapó del naufragio en el Atlántico. Él se acomodó en ese Hotel, mientras esperaba un nuevo cargo. Inmediatamente Luisa le envió una carta; y a los 15 días, su hijo le respondió.

Había una mujer tan noble y buena en San Giovanni Rotondo que el Padre Pío dijo que era imposible, de encontrar cualquier falta en su alma, para perdonar. En otros términos; ella vivió para ir al cielo. Al final de la Cuaresma, Paolina, estaba tremendamente enferma. Los doctores no daban esperanzas. Su marido y sus cinco niños fueron al convento a orar al Padre Pío y pedirle ayuda. Dos de los cinco niños tiraron del hábito del Padre Pío y lloraron. ¡Pío Padre se perturbó; e intentó consolarlos y prometió orar por ellos, nada más! Algunos días después, al principio de la Séptima hora, las cosas cambiaron. De hecho él pidió por Paulina, para que sanara y dijo a todos: "Ella se recuperará el Día de Pascua. Pero durante el viernes santo, Paolina perdió la conciencia, y el sábado entró en estado de coma; finalmente, después de algunas horas Paolina murió. Algunos de sus parientes tomaron su traje de novia para ponérselo según una vieja tradición. Otros parientes corrieron al convento para pedirle un milagro al Padre Pío. Él les contestó: "Ella resucitará” y fuè al altar para dar la Santa Misa. Cuando el Padre Pío empezó a cantar el Gloria y el sonido de las campanillas que anuncian la resurrección de Cristo, la voz del Padre Pío rompió en llanto y sus ojos estaban llenos de lágrimas. En el mismo momento Paolina resucitó y sin ninguna ayuda ella bajó de la cama, ella se arrodilló y oró tres veces el Credo. Luego se levantó y sonrió. "Ella resucitó". De hecho el Padre Pío no había dicho, "ella se recuperará" sino "ella resucitará". Cuando le preguntaron, que le pasó durante el tiempo que ella estaba muerta; contestó: "Yo subí, subí, subí; hasta que entré en una gran luz, y de pronto regresé.

En mayo de 1925. María tenía su bebé enfermo de nacimiento. María estaba muy angustiada por su bebé. De hecho, después de una visita médica, le dijeron que su niño tenía una enfermedad muy complicada. No había esperanzas para él: jamás se podría recuperar. María decidió ir en tren a San Giovanni Rotondo. Ella vivía en un pueblo pequeño al sur de Puglia, pero escuchando los milagros del Padre Pío, del fraile que tenía los estigmas de Jesús y que hacía milagros, a los enfermos y daba esperanza a los desgraciados; surgió en ella una gran fe e inmediatamente se fuè de viaje, pero durante el trayecto el bebé se murió. Ella había vigilado su cuerpecito toda la noche, y lo puso en la maleta y la cerró... Al día siguiente de ver morir a su hijo, estaba en el convento de San Giovanni Rotondo. ¡Ya no había ninguna esperanza! El niño estaba muerto. Pero Maria no había perdido su fe. Por la tarde estaba delante del Padre Pío. Se encontraba en la fila de la confesión y tenía en sus manos la maleta que contenía el cadáver de su hijo. Se había muerto veinticuatro horas antes. Se arrodilló delante del Padre Pío y lloró desesperadamente suplicándole ayuda. Él la miró profundamente. La madre abrió la maleta, y le mostró el cadáver de su hijo al Padre Pío. El pobre Padre se condolió hasta las entrañas por el dolor de ésta madre. Tomó el pequeño cuerpo y puso sus manos estigmatizadas en su cabeza, y entonces oró mirando al cielo. Después de un rato, la pobre criatura estaba viva de nuevo. Un gesto, un movimiento de los pies, los brazos... parecía dormido y simplemente se despertó después de un sueño largo. Hablando a la madre le dijo: "¿Mima, por qué usted está llorando? Su hijo está durmiendo " La madre y los gritos de la muchedumbre llenaron la iglesia. ¡Todos hablaban sobre el gran milagro!

7 de septiembre de 2009

Un santo para los sencillos, que se puede «tocar»




por Vittorio Messori





l cuerpo en la urna de Padre Pío, las reliquias, las pérdidas hemáticas de los estigmas: lo que horroriza al eterno gnosticismo intelectual, a su abstracción, a su espiritualidad aséptica es, precisamente, lo que aparece como un signo de Dios ante el «sensus fidei» de la llamada «gente común»

Comprendo bien el desconcierto, si no la repulsión, de muchos laicos e incrédulos ante un santo como el Padre Pío, y a las formas y modos de su culto. Es más: me solidarizaría con ellos, esas sensaciones de estupor y molestia serían también mías, si las vicisitudes de la vida no me hubieran llevado a una perspectiva cristiana. Es más, católica: una devoción así puede ser comprendida por las Iglesias greco-eslavas, aunque con matices diversos, pero es aborrecida por las confesiones cristianas cercanas a la Reforma. Para ateos, agnósticos, protestantes, el clímax de este horror clerical ha sido el directo televisado de la exposición del cuerpo del capuchino, con un adecuado tratamiento de silicona sobre el rostro, como ha explicado el especialista, y la urna a una temperatura controlada.

Pero también para muchos católicos que se dicen «adultos», todo en San Giovanni Rotondo es teológicamente incorrecto: desde aquel 1918 en que se manifestaron los estigmas sobre el cuerpo del oscuro fraile, hasta hoy. Y siempre será «incorrecto», a pesar de los intentos algo patéticos de normalizar el escándalo que representa el Padre Pío. Y en esta línea de adecuación al «mundo», también entra haber encargado la nueva basílica a una «estrella» de la arquitectura como Renzo Piano. Un gran profesional, naturalmente, pero de un explícito, rocoso agnosticismo, y exponente de una cultura que está en los antípodas de aquella en la que está inmerso el santo franciscano.

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7 de junio de 2009

La firmeza doctrinal del Padre Pío




Publicado en la revista IESUS CHRISTUS,
Nº 64, año 1999.



Tomado de Apostolado Eucarístico

ste último año de un siglo cada vez más decadente ha visto en el mes de mayo la beatificación del Padre Pío, ese santo religioso que Dios ha colocado como un signo para nuestra época. En efecto, mientras se quiere hacernos creer en una nueva Iglesia "carismatica", no se encuentran más auténticos "santos milagrosos" como todos aquellos que jalonaron la historia de la Iglesia desde Pentecostés. El Padre Pío parece terminar así su radiante procesión, y de una magnífica manera: como el único sacerdote que llevó los estigmas de Nuestro Señor Jesucristo.

Se ha escrito mucho sobre el Padre Pío -al parecer, más de seiscientas obras- y se ha insistido mucho sobre lo que tenía de extraordinario en su vida: no solamente sus numerosos carismas (penetración de conciencias, curaciones, resurreciones, bilocaciones, éxtasis, aromas, profecías, etc...) sino también los increíbles sufrimientos que sobrellevó desde su más tierna infancia, las persecuciones sufridas por parte de algunos hombres de Iglesia y hasta de cofrades en religión. Todo esto, sin olvidar sus dos grandes obras de caridad: la fundación de la " Casa del sufrimiento" y de los "Grupos de oraciones".

Entonces, se nos presenta al Padre Pío como un santo más admirable que imitable, y -al fin de cuentas- las lecciones más interesantes de esta vida corren el riesgo de escapársenos, junto con las aplicaciones prácticas que podrían transformar nuestra existencia. Así es que vamos a tratar -bien que imperfectamente- de destacar algunas, esperando saber sacar provecho de ellas, y pidiendo que el Padre, desde lo alto, nos asista fuertemente tal como lo ha prometido a todos los que quisieran ser sus "hijos espirituales".

En el punto de partida de una vida totalmente sacrificada por Dios y por las almas, que había una familia pobre, piadosa y numerosa, donde la abnegación de cada uno suavizaba y transfiguraba las demás realidades diarias. Esto confirma aquella justa sentencia de Mons. de Ségur, que dice que en las familias donde no reina el espíritu de sacrificio las vocaciones están más comprometidas. Bautizado al día siguiente de su nacimiento -por lo que dará gracias a Dios durante toda su vida- recibió el nombre de Francisco, preludio de su vocación franciscana que se habría de revelar con cocasión de las visitas de un hermano capuchino que iba a mendigar el alimento para su convento.
Su vocación no se decidiría sin esfuerzo: "Sentía dos fuerzas que se enfrentaban en mí, desgarrándome el corazón: el mundo me quería para él, y Dios me llamaba a una nueva vida. Dios mío, ¿cómo describir mi martirio? El único recuerdo de la lucha que se desarrollaba en mí me hiela la sangre en las venas..."Entró en el noviciado cuando aún no había alcanzado los dieciséis años. Arriba de la puerta de la clausura, para acogerlo, estaba un cartel: "O la penitencia, o el infierno". Su programa consistía en muchas oraciones, bastante trabajo y poca lectura, limitándose ésta al estudios de la Regla y las Constituciones.

El Hermano Pío pronto se empezó a destacar por la abundancia de las lágrimas que derramaba durante la oración de la mañana, consagrada en los capuchinos a la meditación sobre la Pasión, lo cual lo obligaba a extender un pañuelo ante sí, sobre el piso del santuario. Como con San Francisco, fue ante todo por esa amorosa y compasiva contemplación de Jesús crucificado a lo que el Padre Pío debió la gracia de recibir más tarde los dolorosos estigmas en su cuerpo. Sin embargo, como se lo confiaría a su director espiritual, el Padre Agostino, "las luchas espirituales, en comparación con las que sufro en mi carne, son muy superiores". Parece que Dios espera que los justos expíen más especialmente en sí mismos, por medio de la tentación, los pecados públicos de sus contemporáneos. En la época en que el psicoanálisis desculpabilizante iba ganando más y más terreno, el Padre Pío -como la pequeña Teresita- tuvo que sufrir una terrible crisis de escrúpulos"casi insoportable" que lo atormentó por tres largos años. Después de la tempestad, la noche. Noche del espíritu que duró varias decenas de años, tachonada con raras claridades: "vivo una noche perpetua(...) me veo molestado en todo, y no sé si obro bien o mal. No es un escrúpulo, lo sé: la incertidumbre de no saber si agrado o no al Señor es lo que me aplasta. Y esto, en todo y todo lugar: en el altar, en el confesionario... en todo lugar". Sus máximas deben ser meditadas bajo la perspectiva de estas pruebas místicas: "El amor es más bello en el temor, porque es así como nos fortalece". O "Cuanto más se ama a Dios, menos se le siente".

Santa Teresita le opuso su pequeño caminito de la infancia espiritual al orgulloso racionalismo de su tiempo, pero también lo expió con unas terribles tentaciones contra la fe. Se conoce su famoso "¡ Quiero creer !"También el Padre Pío conoció pruebas violentas y prolongadas contra la fe, como lo testimonian sus cartas dirigidas al Padre Agostino: "Las blasfemias me atraviesan el espíritu sin cesar y, más todavía, las ideas falsas, como las ideas de infidelidad y de falta de fe. Me siento el alma traspasada en cada instante de mi vida, me muero... Mi fe es todo un esfuerzo de mi pobre voluntad contra toda persuasión humana. En suma, mi fe es el fruto de los continuos esfuerzos que hago sobre mí mismo. Y todo esto, Padre mío, no es algunas veces por día, sino que es algo continuo... ¡ Padre mío, qué difícil es creer !"Son preciosas lecciones para nosotros, si nos extrañamos por ser tentados hasta allí.¿Comó sobrellevó el Padre Pío estas terribles pruebas? De la forma en que lo había aprendido durante su noviciado: con la oración asidua, la mortificación de sus sentidos, la fidelidad costare lo que costase a las exigencias del deber de esta doy, por fin, con la obediencia perfecta al sacerdote encargado de su alma.

Esta experiencia, duramente adquirida, le permitió muy rápidamente atraer sobre sí almas deseosas de perfección, y ser exigente con ellas: a sus dirigidos, desde un primer momento les trazaba un programa de cinco puntos: confesión cada semana, comunión y lectura espiritual diarias, examen de conciencia cada noche, oración mental dos veces por día. En cuanto al Rosario, se imponía por sí mismo."La confesión es el baño del alma. ¡Hay que hacerla cada ocho días por lo menos! ¡Si en una habitación bien limpia y hasta desocupada, entramos luego de ocho días, verán que en ella hay polvo, y tiene la necesidad de ser limpiada de nuevo!"

A aquel que se declara indigno de comulgar, el Padre Pío le contestaba: "Eso es muy verdadero, no somos dignos de un don semejante. Sin embargo, acercarse al Santísimo en estado de pecado mortal es una cosa, y ser indigno de Él es otra cosa completamente diferente. Todos nosotros somos indignos, pero es Él quien nos invita. Es Él quien lo quiere. Humillémosnos y recibámoslo con un corazón contrito y lleno de amor". A otro que le decía que el examen de conciencia le parecía inútil, pues en cada una de sus acciones su conciencia le mostraba claramente si lo que hacía era bueno o malo, le replicaba: "Está bien dicho, pero todo mercader avisado de este mundo no se limita a controlar durante el día si perdió o ganó luego de cada venta. A la noche hace sus cuentas de todo el día para establecer lo que conviene hacer al día siguiente. De esto se sigue que es indispensable hacer cada noche un riguroso examen de conciencia, breve pero lúcido"."El daño que produce en las almas la privación de la lectura de los Libros Santos me hace temblar de horror... ¡Qué fuerza tiene la lectura sagrada para conducir a cambiar el camino, y para hacer entrar en el camino de la perfección hasta a las personas mundanas!"

Cuando el Padre Pío fue condenado a no poder ejercer ningún ministerio, ocupó sus tiempos libres, no para leer el diario, "el evangelio del diablo", sino numerosos libros de doctrina, historia y espiritualidad. Lo cual no le impidió decir: "A Dios se lo busca en los libros, pero se lo encuentra en la oración. Sus consejos para la oración eran muy simples: "Cuando no logren meditar bien, no dejen por eso de hacer su deber. Si las distracciones son numerosas, no pierdan el ánimo, hagan la meditación pacientemente, y ganarán a pesar de todo. Fijen el tiempo, la duración de su meditación, y no se muevan de su lugar hasta no haberla terminado, aún si debieran ser crucificados... ¿Por qué ustedes se inquietan tanto por no saber meditar como quisieran? La meditación es un medio para alcanzar a Dios, no es un fin. La meditación apunta al amor de Dios y del prójimo. Amen a Dios con toda su alegría y sin reservas, amen al prójimo como a sí mismos y habrán realizado la mitad de su meditación".

Lo mismo para la asístencia al Santo Sacrificio de la Misa: debe consistir más en actos (contrición, fe, amor) que en consideraciones intelectuales. A quien le preguntaba si era necesario seguir la Misa con un misal, el Padre Pío le respondia que el misal soló le era necesario al sacerdote. Para él, la mejor manera de asistir al Santo Sacrificio era unirse a la Virgen de los Dolores, al pie de la cruz, en la contemplación y el amor. Solamente en el paraíso -aseguraba- uno podrá darse cuenta de todos los beneficios que habremos recibido participando de la Santa Misa.

El Padre Pío, que era tan afable y agradable en las relaciones humanas, podía volverse duro y rígido cuando el honor de Dios estaba en juego, particularmente en la Iglesia: "El murmullo de los fieles era interrumpido por el Padre, que fulminaba con la mirada a cualquiera que no observara una actitud de oración... Si alguien permanecía de pie, aunque fuese por falta de lugar, lo invitaba perentoriamente a ponerse de rodillas para participar dignamente del Santo Sacrificio de la Misa". El monaguillo demasiado desenvuelto se llevaba también sus reproches: "Chiquito, si quieres ir al infierno, no tienes necesidad de mi firma". También le había declarado la guerra sin cuartel a las modas de la posguerra: "El Padre Pío, sentado en su confesionario abierto, vigila todo el año que las mujeres y las jóvenes que se confiesan con él no lleven vestidos cortos (exigía que las faldas oculten las rodillas). A menudo había lágrimas: ¡esperar tanto tiempo para confesarse y hacerse excluir por causa de una falda demasiado corta!... Entonces, algunas almas buenas se adelantan para ofrecer su ayuda: en un rincón se descose un dobladillo, o se presta un abrigo. Luego, el Padre acepta a veces admitir a las humilladas a la confesión ".

A su dierector espiritual, que un día le reprochó su conducta a veces tan severa, le contestó: "Puedo obedecerle; sin embargo, Jesús es quien me va diciendo cada vez cómo actuar con la gente". Se trataba, entonces, de una severidad inspirada desde arriba, únicamente querida por el honor de Dios y la salvación de las almas: "Las mujeres que buscan la vanidad en sus vestidos no podrán revestirse jamás de la vida de Jesucristo, y pierden todo adorno del alma desde que ese ídolo entra en su corazón". Y que no le reprocharan una falta de caridad: "Les ruego que no me aflijan más llamando a la caridad, pues la caridad más grande es la de arrancar a las almas ligadas por Satanás para ganarlas para Cristo".

Modelo de respeto y de sumisión hacia sus superiores eclesiásticos y religiosos, en particular en ocasión de las persecuciones contra su persona, no podía permanecer mudo ante una desviación nefasta para la Iglesia. Antes mismo del fin del concilio, en febrero de 1965, se le anunció que pronto habría que celebrar la Misa con un nuevo rito ad experimentum en lengua vernácula, y elaborada por una comisión litúrgica conciliar para responder a las aspiraciones del hombre moderno. Antes mismo de tener el texto ante sus ojos, le escribió inmediatamente a Pablo VI para pedirle dispensa de esta experiencia litúrgica y poder seguir celebrando la Misa de San Pío V. Ante el Cardenal Bacci, el enviado del Papa que se había desplazado personalmente para traerle esa autorización, el Padre Pío dejó escapar una queja: "Por piedad, terminen rápidamente el Concilio". El mismo año, en medio de la euforia conciliar que prometía "una nueva primavera" para la Iglesia y para el mundo, el Padre le confió a uno de sus hijos espirituales: "Recemos en esta época de tinieblas. Hagamos penitencia por los elegidos". Y, sobre todo, por aquel que debe ser su pastor de aquí abajo. Toda su vida se iba a "inmolar" por el Papa reinante, cuya foto se encontraba siempre entre las pocas imágenes de su celda.

Otras escenas harto significativas de reacciones contra el aggiornamento que las órdenes religiosas experimentaron desde el día siguientes del Vaticano II fueron éstas (las citas están extraídas de una obra que posee el Imprimatur): "El Padre General (de los franciscanos) vino de Roma antes del Capítulo especial para las Constituciones, en 1966, para pedirle al Padre Pío oraciones y bendiciones. Lo encontró en el comedor del convento: Padre, he venido para encomendarle el Capítulo especial para las nuevas Constituciones. Apenas oyó, Capítulo especial, nuevas Constituciones, el Padre Pío hizo un gesto violento y lanzó ¡no son más que palabras y ruinas!. Pero qué quiere, Padre, las nuevas generaciones...los jóvenes evolucionan a su manera...hay nuevas exigencias. El Padre Pío le dijo es el cerebro y el corazón los qué faltan, nada más: la inteligencia y el amor."Luego, se dirigió hacia su celda; se dio vuelta, y lo apuntó con su dedo, diciéndole: <<¡No nos desnaturalicemos, no nos desnaturalicemos! ¡En el juicio de Dios, San Francisco no nos reconocerá como sus hijos!>>"Un año después, la misma escena, pero para el aggiornamento de los capuchinos: " Un día, unos cofrades estaban discutiendo con el Padre Definidor General sobre los problemas de la Orden, cuando el Padre Pío, tomando una actitud extraña, se puso a gritar, fijando su mirada a lo lejos: <<¿Pero qué están haciendo en Roma? ¿qué están combinando? ¡Hasta quieren cambiar la Regla de San Francisco!>> Y el Definidor le dijo: Padre, estos cambios se proponen porque los jóvenes no quieren saber más nada de la tonsura, del hábito, de los pies descalzos."<<¡Expúlsenlos fuera! ¡Expúlsenlos fuera! ¿Pero qué? ¿Ellos le hacen un favor a San Francisco tomando el hábito y siguiendo su modo de vida, o más bien es San Francisco quien les hace un gran don?>>

"Si se considera que el Padre Pío fue un verdadero alter Christus, que toda su persona, cuerpo y alma, fueron tan perfectamente conformes como le fue posible a los de Jesucristo, este rechazo neto del Novus Ordo Missae y del aggiornamento, debe ser para nosotros una lección que hay que retener. También es notable que el Buen Dios haya querido llamar a Sí a su fiel servidor poco tiempo antes de la imposición implacable del Novus Ordo en la Iglesia y la orden capuchina. Y también lo fue que Datharina Tangari, una de sus hijas espirituales más privilegiadas, haya sostenido tan admirablemente a los sacerdotes de Ecône hasta su muerte, un año después de las consagraciones de 1988.

El Padre Pío era aún menos complaciente con el orden -o más bien, con el desorden- social y político: "Confusión de ideas y reino de ladrones" (en 1966...) Profetizó que los comunistas llegarían al poder "por sorpresa, sin esfuerzo... Nos daremos cuenta de la noche a la mañana". Lo que no debe extrañarnos es que los pedidos de Nuestra Señora de Fátima no hayan sido escuchados. Hasta le precisó a Mons. Piccinelli que la bandera roja ondearía sobre el Vaticano, "pero eso pasará". En esto, de nuevo, su conclusión se aproxima a la de la Reina de los Profetas: "Pero al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará". ¿Cómo? Por la omnipotencia divina, ciertamente, pero provocada por las dos grandes fuerzas del hombre: la oración y la penitencia. Es la gran lección que Nuestra Señora quiso recordarnos con insistencia al principio de este siglo: Dios quiere salvar al mundo por la devoción al Corazón Inmaculado de María, y no existe ningún problema, material o espiritual, nacional o internacional, que no pueda ser resuelto por el Santo Rosario y por nuestros sacrificios.

También esta fue, sin duda, la última lección que el Padre Pío ha querido dejarnos, por medio de su ejemplo y sobre todo, por los "Grupos de oración" que difundió por el mundo entero."No abandonaba nunca el Rosario, hasta tenía uno bajo su almohada. Rezaba varias decenas de Rosarios por día". Algunas horas antes de expirar, como se lo urgía a decir todavía algunas palabras más, no supo decir otra cosa que esto: "Amen a la Santísima Virgen y háganla amar. Recen siempre el Rosario".

La próxima glorificación del Venerable Padre Pío ciertamente va a despertar en muchas almas la curiosidad y la admiración por su persona. Podemos aprovechar esto para hacer que se recuerden sus lecciones, si es que sabemos aprovecharlas nosotros mismos, en el amor misericordioso de los Santísimos Corazones de Jesús y María.

HERMANO JUAN
(Tomado de la "Carta a los amigos de San Francisco",
del Convento de Morgon, Francia)

4 de mayo de 2009

La apostasía del clero


LA APOSTASIA DEL CLERO, SEGÚN UNA MANIFESTACIÓN DE NTRO. SEÑOR AL P. PÍO DE PIETRELCINA


Texto extraído del libro, ¡ALERTA HUMANIDAD!


Enviado por José Luis de la Hermosa Muñoz de Morales



Antes de dar a conocer estas manifestaciones del famoso capuchino, queremos resaltar estas palabras del Papa PAULO VI, siendo arz. de Milán en favor del mismo: «Veneradísimo Padre, he oído decir que V. Paternidad celebrará próximamente el quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal; y me atrevo yo también a felicitarle por las gracias inmensas a Vd. concedidas y por Vd. dispensadas. Es este verdaderamente el caso de repetir con alegría y reconocimiento a la bondad de Dios: «VENITE, AUDITE ET NARRABO OMNES QUI TIMETIS DEUM, QUANTA FECIT ANIMAE MEAE.» «¿Qué diremos de su sacerdocio favorecido con tantos dones y con tanta fecundidad?» Con este prólogo de entrada del Papa, a la labor santificadora y apostólica del P. PIO, reconocida ya por todo el mundo, aunque la incompresión y hostilidad del mismo VATICANO le tuvo varios años «suspenso a divinis» podemos calibrar mejor las palabras que trascribe en una carta a su DIRECTOR espiritual:

«En la mañana del viernes, me hallaba todavía en el lecho, cuando se me apareció JESÚS. Se hallaba de mala traza y desfigurado. Y me mostró una gran multitud de sacerdotes, religiosos y seculares, entre los cuales se hallaban varios dignatarios de la Iglesia. De ellos unos estaban celebrando, otros iban a celebrar y otros habían celebrado. La Contemplación de Jesús, así angustiado, me causó mucha pena, por lo que quise preguntarle el motivo de tanto sufrimiento. No obtuve ninguna respuesta. Pero miraba a aquellos sacerdotes, hasta que como cansado de mirarlos retiró la vista y con gran horror mío, pude apreciar que dos lágrimas le surcaban las mejillas.» Se alejó de aquella multitud de sacerdotes con una expresión de gran disgusto y desprecio llamándolos «MACELLAI» (carniceros). Y vuelto hacia mi, dijo: HIJO MIO NO CREAS QUE MI AGONÍA HAYA DURADO TRES HORAS; no; YO ESTARE EN AGONÍA POR MOTIVO DE LAS ALMAS MAS FAVORECIDAS POR MI, HASTA EL FIN DEL MUNDO.» «DURANTE EL TIEMPO DE MI AGONÍA, HIJO MIÓ, NO HAY QUE DORMIR, MI ALMA BUSCA UNA GOTITA DE COMPASIÓN HUMANA, PERO ¡AY! ME DEJAN SOLO BAJO EL PESO DE LA INDIFERENCIA. LA INGRATITUD Y SUENO DE MIS MINISTROS ME HACEN MAS DURA LA AGONÍA. ¡AY! QUE MAL CORRESPONDEN A MI AMOR. Lo que más me hace sufrir es que éstos a su indiferentismo añaden el desprecio y la incredulidad. ¡Cuántas veces estaba para acabar con ellos si no hubieran detenido mi brazo los ángeles y las almas enamoradas...!
Escríbele a tu Padre, y refiérele esto que has visto y has oído de mí esta mañana.
«JESÚS continuó todavía, pero aquello que me dijo no podré manifestarlo a criatura alguna de este mundo. Esta aparición me causó tal dolor en el cuerpo y mayor todavía en el alma que por todo el día sentí una gran postración y hubiera creído morirme, si el dulcísimo JESÚS no me hubiera sostenido. ESTOS NUESTROS DESGRACIADOS HERMANOS CORRESPONDEN AL AMOR DE JESÚS ARROJÁNDOSE CON LOS BRAZOS ABIERTOS EN LA INFAME SECTA DE LA MASONERÍA. Roguemos por ellos a Fin de que el Señor ilumine sus mentes y toque sus corazones. (Cf. Carta del 19 de marzo de 1913, LETTERE AL PADRE SPIRITUALE. EDIZIONE «PRO SANCTITATE» ROMA, 1970.)

¡Cuándo ilumina esta carta para ilustrar a los que no creen posible la intromisión y escalada de la SECTA MASÓNICA en los más altos grados de la IGLESIA en los tiempos actuales! No lo creía así el santo P. Pío de Pietrelcina!.

4 de octubre de 2008

5 de junio de 2008

SANTO PADRE PIO DA PIETRELCINA. Anécdotas.

Padre Pío Anécdotas

¡Cuida por dónde caminas!
Un hombre fue a San Giovanni Rotondo para conocer al Padre Pío pero era tal la cantidad de gente que había que tuvo que volverse sin ni siquiera poder verlo. Mientras se alejaba del convento sintió el maravilloso perfume que emanaba de los estigmas del padre y se sintió reconfortado.
Unos meses después, mientras caminaba por una zona montañosa, sintió nuevamente el mismo perfume. Se paró y quedó extasiado por unos momentos inhalando el exquisito olor. Cuando volvió en sí, se dio cuenta que estaba al borde de un precipicio y que si no hubiera sido por el perfume del padre hubiera seguido caminando... Decidió ir inmediatamente a San Giovanni Rotondo a agradecer al Padre Pío. Cuando llegó al convento, el Padre Pío, el cual jamás lo había visto, le gritó sonriendo:- “¡Hijo mío! ¡Cuida por dónde caminas!”.

Debajo del colchón

Una señora sufría de tan terribles jaquecas que decidió poner una foto del Padre Pío debajo de su almohada con la esperanza de que el dolor desaparecería. Después de varias semanas el dolor de cabeza persistía y entonces su temperamento italiano la hizo exclamar fuera de sí: -“Pues mira Padre Pío, como no has querido quitarme la jaqueca te pondré debajo del colchón como castigo”. Dicho y hecho. Enfadada puso la fotografía del padre debajo de su colchón.
A los pocos meses fue a San Giovanni Rotondo a confesarse con el padre. Apenas se arrodilló frente al confesionario, el padre la miró fijamente y cerró la puertecilla del confesionario con un soberano golpe. La señora quedó petrificada pues no esperaba semejante reacción y no pudo articular palabra. A los pocos minutos se abrió nuevamente la puertecilla del confesionario y el padre le dijo sonriente: “No te gustó ¿verdad? ¡Pues a mí tampoco me gustó que me pusieras debajo del colchón!”.

Los consejos del Padre Pío

Un sacerdote argentino había oído hablar tanto sobre los consejos del Padre Pío que decidió viajar desde su país a Italia con el único objeto de que el padre le diera alguna recomendación útil para su vida espiritual. Llegó a Italia, se confesó con el padre y se tuvo que volver sin que el padre le diera ningún consejo. El padre le dio la absolución, lo bendijo y eso fue todo. Llegó a la Argentina tan desilusionado que se desahogaba contando el episodio a todo el mundo. “No entiendo por qué el padre no me dijo nada”, decía, “¡y yo que viajé desde la Argentina sólo para eso!” “-El Padre Pío lee las consciencias y sabía que yo había ido con la esperanza de que me diera alguna recomendación”, etc, etc. Así se quejaba una y otra vez hasta que sus fieles le empezaron a preguntar: “Padre, ¿está seguro que el padre Pío no le dijo nada?¿no habrá hecho algún gesto, algo fuera de lo común??”. Entonces el sacerdote se puso a pensar y finalmente se acordó que el Padre Pío sí había hecho algo un poco extraño. “-Me dio la bendición final haciendo la señal de la cruz sumamente despacio, tan despacio que yo pensé: ¿es que no va a acabar nunca?”, contó a sus fieles. “¡He ahí el consejo!”, le dijeron, “usted la hace tan rápido cuando nos bendice que más que una cruz parece un garabato”. El sacerdote quedó contentísimo con esta forma tan original de aconsejar que tenía el Padre Pío.

El vigilante y los ladrones

“Unos ladrones merodeaban en mi barrio, en Roma, y esto me impedía ir a visitar al Padre Pío. Al final me decidí después de haber hecho un pacto mental con él: “Padre, yo iré a visitarte si tú me cuidas la casa...”.
Una vez en San Giovanni Rotondo, me confesé con el Padre y al día siguiente, cuando fui a saludarle, me reprendió: “¿Aún estás aquí? ¡Y yo que estoy sudando para sostenerte la puerta!”.
Me puse de viaje inmediatamente, sin haber comprendido qué había querido decirme. Habían forzado la cerradura, pero en casa no faltaba nada.”

Niños y caramelos

“Hacía tanto tiempo que no iba a visitar al Padre Pío que me sentía obsesionada por la idea de que se hubiera olvidado de mí.
Una mañana, después de haberle confiado, como de costumbre, mi hija bajo su protección, fui a Misa. De regreso, encontré a la pequeña saboreando un caramelo. Sorprendida le pregunté quién le había dado el “melito”, como ella llamaba a los caramelitos, y muy contenta me señaló el retrato del Padre Pío que dominaba sobre el corralito donde dejaba a la pequeña durante mis breves ausencias.
No di ninguna importancia al episodio y no pensé más en él.
Después de algún tiempo, no logrando sacarme de la cabeza la idea de que el Padre Pío se hubiera olvidado de mí, pude finalmente ir a visitarlo. Inmediatamente después de la confesión, cuando fui a besarle la mano, me dijo riendo: “...¿también tú querías un “melito”?”.

Un calvo

“No había remedios para mi cabello que iba desapareciendo de mi cabeza, y sinceramente me disgustaba quedar calvo. Me dirigí al Padre Pío y le dije: “Padre, ruegue para que no se me caiga el cabello”.
El Padre en ese momento bajaba por la escalera del coro. Yo lo miraba ansioso esperando una contestación. Cuando estuvo cerca de mí cambió el semblante y con una mirada expresiva señaló a alguien que estaba detrás y me dijo: “Encomiéndate a él”. Me di vuelta. Detrás había un sacerdote completamente calvo, con una cabeza tan brillante que parecía un espejo. Todos nos echamos a reír.

El zapatazo

Una vez un paisano del Padre Pío tenía un fuertísimo dolor de muelas. Como el dolor no lo dejaba tranquilo su esposa le dijo: “¿Por qué no rezas al Padre Pío para que te quite el dolor de muelas?? Mira aquí está su foto, rézale”. El hombre se enojó y gritó furibundo: “¿Con el dolor que tengo quieres que me ponga a rezar???”. Inmediatamente cogió un zapato y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la foto del Padre Pío.
Algunos meses más tarde su esposa lo convenció de irse a confesar con el Padre Pío a San Giovanni Rotondo. Se arrodilló en el confesionario del Padre y, luego de decir todos los pecados que se acordaba, el Padre le dijo: “¿Qué más recuerdas?” “Nada más”, contestó el hombre. “¿¿Nada más?? ¡¿Y qué hay del zapatazo que me diste en plena cara?!.”

El saludo “grande, grande”

Una hija espiritual del Padre Pío se había quedado en San Giovanni Rotondo tres semanas con el único propósito de poder confesarse con él. Al no lograrlo, ya se marchaba para Suiza profundamente triste, cuando se acordó que el Padre Pío daba todos los días la bendición desde la ventana de su celda. Se animó con la idea de que por lo menos recibiría su bendición antes de partir y salió corriendo hacia el convento. Por el camino iba diciendo para sus adentros: “quiero un saludo grande, grande, sólo para mí”. Cuando llegó se encontró con que la gente se había marchado pues el Padre había dado ya su bendición, los había saludado a todos agitando su pañuelo desde su ventana y se había retirado a descansar. Un grupo de mujeres que rezaban el Rosario se lo confirmaron. Era inútil esperar. La señora no se desanimó por eso y se arrodilló con las demás mujeres diciendo para sí: “no importa, yo quiero un saludo grande, grande, sólo para mí”. A los pocos minutos se abrió la ventana de la celda del Padre y éste, luego de dar nuevamente su bendición, se puso a agitar una sábana a modo de saludo en vez de usar su pañuelo. Todos se echaron a reír y una mujer comentó: “-¡Miren, el padre se ha vuelto loco!”. La hija espiritual del padre comenzó a llorar emocionada. Sabía que era el saludo “grande, grande” que había pedido para sí.

Un niño y los caramelos

Un niño, hijo de un guardia civil, deseaba tener un trencito eléctrico desde hacía mucho tiempo. Acercándose la fiesta de Reyes, se dirigió a un retrato del Padre Pío colgado en la pared, y le hizo esta promesa: “Oye, Padre Pío, si haces que me regalen un trencito eléctrico, yo te llevaré un paquete de caramelos”.
El día de los Santos Reyes el niño recibió el trencito tan deseado.
Pasado algún tiempo, el niño fue con su tía a San Giovanni Rotondo. El padre Pío, paternal y sonriente, le preguntó: “-Y los caramelos, ¿dónde están?”.

¡Por dos higos!

Una señora devota del Padre Pío comió un día un par de higos de más. Asaltada por los escrúpulos, pues le parecía que había cometido un pecado de gula, prometió que iría en cuánto pudiera a confesarse con el Padre Pío. Al tiempo se dirigió a San Giovanni Rotondo y al final de la confesión le dijo al padre muy preocupada: “Padre, tengo la sensación de que me estoy olvidando de algún pecado, quizá sea algo grave”. El Padre le dijo: “No se preocupe más. No vale la pena. ¡Por dos higos!”.

¿Esperas que me case yo con ella?

El Padre Pío estaba celebrando una boda. En el momento culminante del acto el novio, muy emocionado, no atinaba a pronunciar el “sí” del rito.
El Padre esperó un poco, procurando ayudarlo con una sonrisa, pero viendo que era en vano todo intento, exclamó con fuerza: “¡¿En fin, quieres decir este “sí” o esperas que me case yo con ella?!”

¡Padre, ruegue por mis hijitos!

Una señora muy devota del Padre Pío nunca se iba a dormir sin haberle encomendado antes a sus hijos. Todos las noches se arrodillaba frente a la imagen del Padre y le decía: “Padre Pío, ruegue por mis hijitos”. Después de tres años de rezar todos los días la misma jaculatoria pudo ir a San Giovanni Rotondo. Cuando vio al Padre le dijo: “Padre, ruegue por mis hijitos”. “Lo sé, hija mía”, le dijo el Padre, “¡hace tres años que me vienes repitiendo lo mismo todos los días!”.

¡Y tú te burlas!

Una devota del Padre Pío se arrodillaba todos los días frente a la imagen del padre y le pedía su bendición. Su marido, a pesar de ser también devoto del padre, se moría de la risa y se burlaba de ella pues consideraba que aquello era una exageración. Todas las noches se repetía la misma escena entre los esposos. Una vez fueron los dos a visitar al Padre Pío y el señor le dijo: “Padre, mi esposa le pide su bendición todas las noches”. “Lo sé”, contestó el Padre, “¡y tú te burlas!”.

Bilocaciones

Padre Pío reza a San Pío X

Una vez el Cardenal Merry del Val contó al Papa Pío XII que había visto al Padre Pío rezando en San Pedro frente a la tumba de San Pío X, el día de la canonización de Santa Teresita. El Papa preguntó al Beato Don Orione qué pensaba del asunto. Don Orione respondió: “Yo también lo vi. Estaba arrodillado rezando a San Pío X. Me miró sonriente y luego desapareció”.

Padre Pío en Uruguay

Monseñor Damiani, obispo uruguayo, fue a San Giovanni Rotondo a confesarse con el padre Pío. Luego de confesarse se quedó unos días en el convento. Una noche se sintió enfermo y llamaron al Padre Pío para que le diera los últimos sacramentos. El padre Pío tardó mucho en llegar y cuando lo hizo le dijo:
“Ya sabía yo que no te morirías. Volverás a tu diócesis y trabajarás algunos años más para gloria de Dios y bien de las almas”. “Bueno”, contestó Monseñor Damiani, “me iré pero si usted me promete que irá a asistirme a la hora de mi muerte”. El Padre Pío dudó unos instantes y luego le dijo “Te lo prometo”.
Monseñor Damiani volvió al Uruguay y trabajó durante cuatro años en su diócesis.
En el año 1941 Monseñor Alfredo Viola festejó sus bodas de plata sacerdotales. Para tal acontecimiento se reunieron todos los obispos uruguayos y algunos argentinos en la ciudad de Salto, Uruguay. Entre ellos estaba Monseñor Damiani, enfermo de angina pectoris. Hacia la medianoche el Arzobispo de Montevideo, luego Cardenal Antonio María Barbieri, se despertó al oír golpear a su puerta. Apareció un fraile capuchino en su habitación que le dijo: “Vaya inmediatamente a ver a Monseñor Damiani. Se está muriendo”. Monseñor Barbieri fue corriendo a la alcoba de Monseñor Damiani, justo a tiempo para que éste recibiera la extremaunción y escribiera en un papel: “Padre Pío..” y no pudo terminar la frase. Fueron muchos los testigos que vieron un capuchino por los corredores. Quedó en el palacio espiscopal de Salto un medio guante del padre Pío que curó a varias personas.
En 1949 Monseñor Barbieri fue a San Giovanni Rotondo y reconoció en el padre al capuchino que había visto aquella noche, a más de diez mil kilómetros de distancia. El Padre no había salido en ningún momento de su convento.
Hoy día hay en Salto una gruta que recuerda esta bilocación y desde allí el padre ha hecho varios milagros.

Nos hemos salvado por los pelos aquella tarde ¿eh General?

El General Cardona, después de la derrota de Caporetto, cayó en un estado de profunda depresión y decidió acabar con su vida. Una tarde se retiró a su habitación exigiéndo a su ordenanza que no dejara pasar a nadie. Se dirigió a un cajón, extrajo una pistola y mientras se apuntaba la sien oyó una voz que le decía: “Vamos, General, ¿realmente quiere hacer esta tontería?”. Aquella voz y la presencia de un fraile lo disuadieron de su propósito, dejándolo petrificado. Pero ¿cómo había podido entrar ese personaje en su habitación? Pidió explicaciones a su ordenanza y este le contestó que no había visto pasar a nadie. Años más tarde, el General supo por la prensa que un fraile que vivía en el Gargano hacía milagros. Se dirigió a San Giovanni Rotondo de incógnito y ¡cuál no fue su sorpresa cuando reconoció en el fraile al capuchino que había visto en su habitación! “Nos hemos salvado por los pelos aquella tarde ¿eh General?”, le susurró el Padre Pío.

Amor del Padre Pío por San Pío X y Pío XII

El Padre Pío solía decir que San Pío X era el papa más simpático desde San Pedro hasta nuestros días. “Un verdadero santo”, decía siempre, “la auténtica figura de Nuestro Señor”. Cuando murió San Pío X Padre Pío lloraba como un niño diciendo: “Esta guerra se ha llevado a la víctima más inocente, más pura y más santa: el Papa”, pues corrían rumores que el Santo Padre había ofrecido su vida para salvar a sus hijos del flagelo de la guerra.
Una vez Padre Pío dijo a un sacerdote que iba para Roma: “Dile a su Santidad (Pío XII) que con gusto ofrezco mi vida por él”. Cuando murió Pío XII el Padre Pío también lloraba desconsoladamente. Al día siguiente de la muerte no lloraba más y entonces le preguntaron: “Padre, ¿ya no llora por el Papa?” “No”, contestó el padre, “pues Cristo ya me lo ha mostrado en Su gloria”.

Reacciones frente al “aggiornamento” de los franciscanos

El Padre Pío ya había expresado su descontento frente a los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II cuando el cardenal Bacci fue a verlo a San Giovanni Rotondo. “¡Terminad con el concilio de una vez!¡Por piedad, terminádlo pronto!”, le había dicho al cardenal.
Cuando el encargado de la Orden franciscana fue a San Giovanni Rotondo para pedirle oraciones al Padre para los “Nuevos Capítulos”el padre se enojó mucho. Apenas oyó el padre la palabra “nuevos capítulos” se puso a gritar: “¿Qué están combinando en Roma? ¡Ustedes quieren cambiar la regla de San Francisco! En el juicio final San Francisco no nos reconocerá como hijos suyos.” Y frente a la explicación de que los jóvenes no querían saber de nada con la tonsura ni con el hábito, el padre gritó: “¡Echádlos fuera! ¡Ellos se creen que le hacen un favor a San Francisco entrando en su Orden cuando en realidad es San Francisco quien les hace un gran don!”.

Material extraído de: “La voce del Padre Pío”, “Padre Pío de Pietrelcina” de Yves Chiron

27 de mayo de 2008

Algo más sobre San Pío de Pietralcina

San Pío de Pietralcina , ¡¡Incorrupto¡¡



1887 (25 de mayo) Nace en Pietralcina (Benevento)
1968
(23 de septiembre), tras recibir la Extremaunción, muere serenamente con el santo Rosario en la mano y con "¡Jesús!…¡María!… " en los labios.

Portador de los Estigmas de Cristo, rezó hasta el último día la misa de San Pío V. (misa tradicional, misal de 1962).
Exhumado en marzo de este año muestra una conservación totalmente antinatural.
Más de 7.000 peregrinos diarios, desde entonces lo han visto.
¡Véanlo ustedes!