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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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29 de abril de 2009

Literatura y Modernismo





por el Dr. Jorge Norberto Ferro




Tomado de La Quimera del Progresismo,
Colección Clásicos Contrarrevolucionarios,
Buenos Aires, 1981









abido es que la literatura es caja de resonancia de todo conflicto humano. ¿Cómo ha reflejado el problema del Modernismo? Distinguiremos dos momentos: la crisis de principios de siglo y el replanteo neomodernista posterior al Concilio Vaticano II.

EL MODERNISMO DE PRINCIPIOS DE SIGLO


Las abstrusas tesis modernistas intentaron llegar al gran público mediante la novela El Santo, de Antonio Fogazzaro (1842-1910), puesta en el Index en 1906. No nos detendremos en su análisis, recomendando simplemente el trabajo de J. Ploncard D'Assac, "El Santo", incluido en La Revolución mediante la Iglesia, México, Ed. Tradición, 1975. La lectura de la novela nos brinda un acabado cuadro del modernismo: el "religioso enamorado", con esa ya clásica mezcla de sensualidad de sacristía, la pedantería de los católicos "cultos", algunas buenas intenciones que naufragan en un humanismo inmanentista, y la deliberada voluntad de destruir la Iglesia desde adentro, con una "estrategia sin tiempo". Sobre esto transcribiremos dos párrafos:

El padre Pablo no supo contener un gesto de impaciencia. Selva también pareció un poco fastidiada, porque, a la verdad, un acuerdo, en cuanto a ciertas ideas fundamentales, era necesarios. Sin él, la reunión podía resultar peor que inútil, peligrosa.
—Hay muchos católicos —dijo— en Italia y fuera de Italia, que desean una reforma de la Iglesia. La deseamos sin rebelión, ejecutada por la legítima autoridad. Deseamos reformas en el culto, reformas en la enseñanza religiosa, reformas en la disciplina del clero, reformas también en el supremo gobierno de la Iglesia. Para esto tenemos necesidad de crear una opinión que induzca a la autoridad legítima a obrar de conformidad con ella, sea dentro de veinte años, de treinta o de cincuenta. Pero, los que pensamos así, estamos disgregados. No sabemos unos de otros, excepto de aquellos pocos que publican artículos o libros. Es muy probable que haya en el mundo católico una grandísima cantidad de personas religiosas y cultas que piensen como nosotros. He creído que sería útilísimo para la propaganda de nuestras ideas que, al menos, nos conociéramos. Esta noche nos reuniremos aquí unos cuantos para una primera inteligencia (pág. 41).
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5 de marzo de 2009

La Caballería: la Fuerza Armada al servicio de la Verdad desarmada (1)



por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.

Ediciones Excalibur, Buenos Aires, 1982



Prólogo

Jorge Norberto Ferro
Antonio Caponetto



I. FE Y MILICIA

uele afirmarse en nuestros días que el espíritu evangélico es incompatible con la condición militar. Esto conduce por lo común a una serie de oposiciones dialécticas invariablemente falsas. Así el mensaje cristiano queda reducido a una pasiva aceptación de cualquier cosa, a condición de que se mencione genéricamente la "fraternidad", el "amor" o algún otro tópico por el estilo, cuanto más vagamente mejor. A su vez, el estado militar se reduce al ejercicio ciego de la violencia, descontando que ella será siempre sinónimo de abuso y atropello.

Las consecuencias de este planteo revisten mayor gravedad que lo que podría parecer. En efecto, no son ya los posibles excesos o vicios del soldado los que resultan cuestionados, sino la existencia misma de lo militar en un marco cristiano, la misión y el estilo del hombre de armas.

De allí a la desmovilización ética de los cuadros militares hay muy poco trecho, pues la disyuntiva planteada conspira contra su misma naturaleza. O las fuerzas armadas se adecúan a una mentalidad pacifista, internacionalista... "cristiana", o es preferible que desaparezcan.

En este mundo de imprecisos "derechos humanos" y de "adultez de la humanidad", que desconoce las nociones de Orden y Jerarquía; que, de espaldas a la Realeza de Cristo, ha identificado el progreso con la apostasía, subordinando la Justicia a la comodidad y la Verdad a la conveniencia; que descree del amor a la Patria, procurando un mundialismo utópico y un paraíso en la tierra, mientras hipócritamente se perpetran las peores atrocidades en este mundo, pues, es lógico que la figura del soldado resulte tan insoportable como extemporánea, y que se pretenda también que resulte anticristiana.

Porque el auténtico soldado sabe que "milicia es la vida del hombre sobre la tierra", que hay bienes que no son mediatizables ni negociables, y por los cuales es preciso estar dispuesto a dar la vida; que los pueblos y las naciones crecen cuando combaten contra la infidelidad a sus misiones y contra lo que se oponga a su verdadero destino; y que hay una violencia legítima cuando se ofrece y se derrama la sangre en defensa de Dios y del Orden por El instaurado.

En el plano religioso, las consecuencias a las que aludíamos son igualmente serias. Se pretende reducir la doctrina cristiana a una serie de recetas para asegurar una promiscua convivencia. De este modo, el cristiano deberá ser ecléctico y anodino, adaptable a todo y con todo reconciliable; capaz de rápidos cambios de puntos de vista y de múltiples transacciones, aunque resulten contradictorias. Nada suscitará su rechazo frontal ni moverá su cólera. La norma será el tipo humano edulcorado y sumiso. El lema, pedir perdón por un pasado presuntamente intolerante y cerril.

No es extraño entonces, que cuando la Iglesia Católica acepta a las fuerzas armadas instituídas en los países civilizados del mundo cristiano y convive con ellas, no falten sectores que generen hacia Ella actitudes de sospecha o de acusación; como si la Iglesia estuviera traicionando sus principios. No obstante, son esos mismos sectores los que nada dicen cuando algún o algunos miembros de la catolicidad, participan —como viene sucediendo dolorosamente— en las fuerzas bélicas de las organizaciones terroristas. Y es aquí cuando la falacia del pacifismo se hace más evidente.

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11 de diciembre de 2008

Educación y Contemplación: Breve Antología apenas anotada




por el Dr. Jorge Norberto Ferro

Tomado de Tercio San Carlos





oda la tradición nos dice que sin contemplación no hay educación. La segunda es una comunicación de la primera. Pero contra esto hoy se nos propone otra cosa: el saber desinteresado no tiene sentido, porque no hay nada que contemplar, puesto que lo único que tenemos son cosas sin sentido en sí o bien "constructos" -fea palabra- socioculturales, erigidos a partir del hombre mismo, que de esa manera se constituye en Dios. Esto es lo que está en la raíz de la recurrente e interminable crisis en que se debate la educación en nuestro tiempo, y lo que provoca como subproducto la rebelión del "cómo" frente al "qué", conformando una maraña cada vez más enredada. Siempre se pensó más bien que el orden en la educación era: primero la cosa contemplada por el maestro (I), lo que provoca un gozo que desborda (II) y entonces se comunica (III). Todo lo demás está en función de esto. Por ejemplo, la tan socorrida "evaluación" es algo necesario de hecho, pero no ocupa el centro de la escena. Aquel que se deleita tomando examen muchas veces despierta la sospecha de que está canalizando su voluntad de poder: una patología no poco frecuente en la docencia -y en actividades asistenciales- consiste en cierto gusto por ejercer poder frente a uno más débil. Esto no niega la necesidad de la exigencia académica ni significa aceptar el "facilismo" -otra palabreja fácil, valga la paradoja. Pero ninguna severidad a la hora de evaluar sustituye la previa contemplación gozosa de lo que se intente enseñar.

En nuestro tiempo se han alzado voces claras que han reiterado de muchos modos estas verdades de siempre. Queremos simplemente proponer algunos textos que se vinculan a este tema, de modo más o menos directo. Y nos gustaría comenzar con alguien que no se ubica precisamente entre los pensadores o autores cristianos, pero que describe con lucidez los males que nos afligen. Oigamos a Mario Bunge:

"De todos los enemigos de la educación, uno de los peores es el pedagogo que asegura que el modo de enseñar es más importante que lo que se enseña. Este personaje no es invento mío. Es común en los Estados Unidos y en los países donde se cree que todo lo importado de ese país es de alta calidad.

En estos sitios, la preparación de un futuro profesor de matemática, o alguna otra disciplina, dura cuatro años. Pero sólo uno de éstos se dedica al aprendizaje de la materia. Las tres cuartas partes del tiempo se invierten en pedagogía y didáctica.

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