

EL MODERNISMO DE PRINCIPIOS DE SIGLO
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uele afirmarse en nuestros días que el espíritu evangélico es incompatible con la condición militar. Esto conduce por lo común a una serie de oposiciones dialécticas invariablemente falsas. Así el mensaje cristiano queda reducido a una pasiva aceptación de cualquier cosa, a condición de que se mencione genéricamente la "fraternidad", el "amor" o algún otro tópico por el estilo, cuanto más vagamente mejor. A su vez, el estado militar se reduce al ejercicio ciego de la violencia, descontando que ella será siempre sinónimo de abuso y atropello.
oda la tradición nos dice que sin contemplación no hay educación. La segunda es una comunicación de la primera. Pero contra esto hoy se nos propone otra cosa: el saber desinteresado no tiene sentido, porque no hay nada que contemplar, puesto que lo único que tenemos son cosas sin sentido en sí o bien "constructos" -fea palabra- socioculturales, erigidos a partir del hombre mismo, que de esa manera se constituye en Dios. Esto es lo que está en la raíz de la recurrente e interminable crisis en que se debate la educación en nuestro tiempo, y lo que provoca como subproducto la rebelión del "cómo" frente al "qué", conformando una maraña cada vez más enredada. Siempre se pensó más bien que el orden en la educación era: primero la cosa contemplada por el maestro (I), lo que provoca un gozo que desborda (II) y entonces se comunica (III). Todo lo demás está en función de esto. Por ejemplo, la tan socorrida "evaluación" es algo necesario de hecho, pero no ocupa el centro de la escena. Aquel que se deleita tomando examen muchas veces despierta la sospecha de que está canalizando su voluntad de poder: una patología no poco frecuente en la docencia -y en actividades asistenciales- consiste en cierto gusto por ejercer poder frente a uno más débil. Esto no niega la necesidad de la exigencia académica ni significa aceptar el "facilismo" -otra palabreja fácil, valga la paradoja. Pero ninguna severidad a la hora de evaluar sustituye la previa contemplación gozosa de lo que se intente enseñar.
En nuestro tiempo se han alzado voces claras que han reiterado de muchos modos estas verdades de siempre. Queremos simplemente proponer algunos textos que se vinculan a este tema, de modo más o menos directo. Y nos gustaría comenzar con alguien que no se ubica precisamente entre los pensadores o autores cristianos, pero que describe con lucidez los males que nos afligen. Oigamos a Mario Bunge:
"De todos los enemigos de la educación, uno de los peores es el pedagogo que asegura que el modo de enseñar es más importante que lo que se enseña. Este personaje no es invento mío. Es común en los Estados Unidos y en los países donde se cree que todo lo importado de ese país es de alta calidad.
En estos sitios, la preparación de un futuro profesor de matemática, o alguna otra disciplina, dura cuatro años. Pero sólo uno de éstos se dedica al aprendizaje de la materia. Las tres cuartas partes del tiempo se invierten en pedagogía y didáctica.
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