Queridos amigos y benefactores:
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En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Excelencias, queridos sacerdotes, queridos ordenandos, queridos fieles:
Nos alegra mucho recibir hoy de la misericordia divina, y al mismo tiempo poder dar a la Fraternidad y a la Iglesia, estos nuevos sacerdotes y diáconos, en el comienzo de este año que el Santo Padre quiere que sea un año sacerdotal. Durante este año toda la Iglesia va a rezar por los sacerdotes, por buenos y santos sacerdotes. Y nos parece difícil no ver una atención, una sonrisa de la Divina Providencia, el hecho que el mismo día designado por el Papa como inicio de este año sacerdotal, ese primer día, Mons. Tissier pudo ordenar trece sacerdotes en Estados Unidos. Si Dios quiere, hasta el fin de este año, serán 27 los sacerdotes ordenados para la Fraternidad, y un poco más de treinta en total, incluyendo a los sacerdotes de las congregaciones amigas. Sí, es una gran alegría poder recibir estos sacerdotes, sobre todo cuando se mira la necesidad en la que se encuentra la Iglesia; cuando se piensa que nosotros, pequeña Fraternidad, casi llegamos a treinta sacerdotes este año, mientras que países que antes eran católicos, como Francia o Alemania, no llegan a cien.
Estamos realmente sorprendidos por el alboroto generado por estas ordenaciones, mientras se ve a tantas almas sufrir, morir de hambre espiritual por no tener sacerdotes que les comuniquen la fe y la gracia que necesitan para vivir y salvarse. Siempre lo hemos dicho: después del decreto sobre las excomuniones apareció una nueva situación intermedia, y por tanto necesariamente imperfecta. Así, pues, exigir de repente una perfección canónica se parece a un médico, que tras haber aplicado un yeso a una pierna rota de una persona, le pida que corra seguidamente una carrera de cien metros. También nos conduce a pensar en mezquindad de quien, observando una mancha sobre el uniforme del soldado que está en medio del combate, se creería con deber de expresar su estupefacción… Aunque estos ejemplos expresan cierta imperfección canónica, estimamos que, ante Dios, siguiendo a Monseñor Lefebvre, estos actos están perfectamente justificados por la situación en la que se encuentra la Iglesia. También se justifican por las injusticias que hubo al inicio de esta situación, como la supresión injusta de la Fraternidad, la cual seguimos considerando como existente. Sí, queridos fieles.
Esta ceremonia tiene lugar el día de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Y la colecta de hoy alude en esta fiesta no sólo al martirio de San Pedro y San Pablo sino también al comienzo de la Iglesia, su “exordium”. Se puede decir el comienzo de la Iglesia romana. Fue cimentada ahí. Es bastante extraordinario ver en el Evangelio de hoy cómo Nuestro Señor quiso ligar la institución del Vicario de Cristo, piedra sobre la que está fundada la Iglesia de Cristo, a la profesión de la fe en la divinidad de Nuestro Señor. Nuestro Señor instituye el Papado inmediatamente después de la primera confesión de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Es verdad que de la divinidad de Nuestro Señor deriva todo lo que sigue en la Iglesia, para la Iglesia: el Papa, los obispos y los sacerdotes. Todo deriva de la divinidad de Nuestro Señor. Sí. Nuestro Señor es Dios según la realidad objetiva, no por un simple deseo de los hombre, una proyección de no sé qué… No. Se trata de la realidad objetiva del Verbo de Dios, segunda Persona de la Santísima Trinidad. Verdadero Dios, eterno, todopoderoso, encarnado, hecho carne. Todo deriva de eso, de la divinidad de Jesús. La diferencia esencial que vemos entre la Iglesia católica y las otras religiones se encuentra en su fundador, que es Dios, que no sólo nos permite sino que nos obliga a declarar esta esencia divina de la Iglesia. Es verdad, ella tiene un elemento material humano, está formada por hombres, pero esencialmente es divina, por su fundador, por su fin, por sus medios que vienen de Dios y conducen a Dios, que son los únicos que pueden efectivamente llevar a Dios y al cielo.
Sí, vemos en el Papa al Vicario de Cristo. Si reconocemos en él el poder supremo, plenario, inmediato sobre todos los fieles y sobre todos los miembros de la Iglesia, es precisamente porque es el Vicario de Cristo, Jesús sobre la tierra. Saludamos al sacerdote porque en él vemos a Jesús. El sacerdote, conforme al dicho, es “otro Jesús”. Si Jesús no fuese Dios, ese dicho tal vez tendría cierto valor, pero no tendría el valor que le da la Iglesia católica, el valor que le da Dios. Elegido entre los hombres, elevado por sobre los hombres para servir a los intereses divinos: he aquí al sacerdote. En el Nuevo Testamento existe un único Sacerdote, el Sumo Sacerdote: Nuestro Señor Jesucristo. Encontramos el origen del Sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo en esa unión inefable en su Persona de dos naturalezas, humana y divina. Esa unión lo hace intermediario, Mediador entre Dios y los hombres. Siendo hombre, puede hablar a Dios en el nombre de los hombres. Siendo Dios, habla y trae a los hombres los beneficios, la misericordia, los mandamientos divinos.
Nuestro Señor es enviado por su Padre a este mundo caído, este mundo que desde sus comienzos rompió la amistad con Dios. “Dios ha amado tanto a los hombres que les ha dado, entregado a su Hijo”. Esta misión del Hijo, que se ve en la Encarnación, es la de salvar. Su nombre es Jesús: Salvador. Nuestro Señor va a realizar esta salvación con un acto inaudito, sobrecogedor: su Pasión. Él, siendo el Inocente, la misma Santidad, va a sufrir, a ser maltratado, azotado, rechazado, clavado en la cruz. Va a morir sobre este madero abominable para salvarnos. “Propter nos homines et propter nostram salutem”: “Por nosotros los hombres, y por nuestra salvación, bajó de los cielos”. La misión de Nuestro Señor es salvar. Salvar porque los hombres no pueden salvarse. Despojados de todo, caídos, ya no pueden reparar los puentes rotos con el cielo. El único“pontifex”, el único que va a reparar este puente, es Nuestro Señor, “único nombre dado bajo el cielo que nos puede salvar”, como dice San Pedro, el primer Papa, a sus compatriotas, en el comienzo mismo de la Iglesia. Nuestro Señor resucitó, probando así su divinidad, por si fuera necesario. No es una imaginación de los hombres, no es una proyección de la piedad de ellos, es una realidad objetiva. Es Dios, verdadero Dios. Y sube al cielo.
Por una disposición, quisiéramos decir, por una audacia inefable, Dios se va a atrever a encomendar su misión salvífica a sus criaturas. Nuestro Señor quiso asociar la Iglesia a la misión que sólo Él puede realizar. Quiso asociar la Iglesia, su Iglesia, y en esta Iglesia, particular y principalmente al sacerdote. No es una simple delegación de poder. Nuestro Señor envía a sus Apóstoles diciéndoles:“Todo poder me ha sido dado sobre el cielo y la tierra. Id. Los envío, a todas las naciones. Los que creyeren y fueren bautizados serán salvados. Los que no creyeren se condenarán”. Se podría ver en eso una delegación de poder, pero es mucho más. Porque, ya lo hemos dicho, en el Nuevo Testamento existe un único Sacerdote: Nuestro Señor. Los sacerdotes que Él elige para sí son realmente sacerdotes por una participación formal en su propio sacerdocio. El carácter que va a ser impreso en ustedes por esta ordenación sacerdotal de hoy —que les hace sacerdotes para siempre, con este sello indisoluble, que marca su alma, que la transforma para la eternidad—, es una participación en la unión hipostática, es decir, a lo que hace Sacerdote a Nuestro Señor, y que los convierte en sus instrumentos privilegiados. Cada vez que ustedes realicen un acto sacerdotal, lo harán como instrumento. El efecto operado no puede venir sino de Dios. Infundir la gracia en un alma —gracia que es una participación de la naturaleza divina, de la vida divina—, no puede ser hecho sino por Dios. Nuestro Señor lo quiere hacer a través de sus ministros, que son sus instrumentos, unidos a Él de una manera que supera todo lo que se puede observar en las criaturas. No existe otro ejemplo al que se pueda comparar.
La obsesión del sacerdote debe ser salvar las almas. Nada puede anteponerse, ya que es la obsesión de Nuestro Señor: Arder de prender el fuego de la caridad en las almas; arder de sacar a las almas de su miseria para llevarlas a Dios. Sí. Quien lleva las almas a la misericordia y la esperanza de Dios es el sacerdote. Y Dios sabe si hoy en día se necesita, si existe la miseria y la desesperación en los hombres de hoy. Es el único que puede verdaderamente, efectivamente, remediar la miseria más terrible que es la del pecado, del alejamiento de Dios, y de la desesperación de las almas que, espantadas por su miseria, abandonaron la esperanza de poder salir adelante. Sólo el sacerdote puede traer esta esperanza.
Sí. Dios conoce todas las almas. Sobre la cruz Dios ha pagado por todas las almas, por todos los pecados de todos los hombres. Pagó el precio de la salvación. Al sacerdote le toca llevar a las almas este precio, esta gracia. Es muy importante para el sacerdote saber desaparecer y dejar aparecer a Nuestro Señor Jesucristo, y así ayudar a esas pobres almas para que ya no vean a un hombre sino a Jesús.
Amén.
+ Bernard Fellay
Ecône, 29 de junio de 2009

Carta del Superior General Nº 74 a los amigos y benefactores
Queridos amigos y benefactores:
Lo habíamos pedido desde el año 2001 como signo de buena voluntad de parte del Vaticano hacia el movimiento tradicional; porque desde el Concilio todo lo que es y quiere ser tradicional en la Santa Iglesia sufre persecución tras persecución, hasta el punto de negársele derecho de ciudadanía. Eso, obviamente, destruyó en parte o aún completamente la confianza para con las autoridades romanas. Mientras esa confianza no sea restablecida parcialmente —decía entonces— nuestras relaciones seguirían siendo mínimas.
La confianza no es solamente un buen sentimiento; es un fruto que nace naturalmente cuando en estas autoridades vemos a pastores que tienen en cuenta el bien de todo lo que llamamos “la Tradición”. Y nuestros prerrequisitos se formularon en ese sentido.
Es imposible, de hecho, comprender nuestra posición y nuestra actitud frente a la Santa Sede si no se quiere incluir la percepción del estado de crisis en que se encuentra la Iglesia. No se trata de algo superficial, ni de una visión personal. Estamos ante una realidad independiente de nuestra percepción, admitida de tiempo en tiempo por estas mismas autoridades, y comprobada muchas veces en los hechos. Esta crisis tiene aspectos múltiples, variados, en ocasiones profundos, otras veces circunstanciales, y todos la sufrimos.
Los fieles se sienten mal impresionados por las ceremonias de la nueva liturgia —que con frecuencia son escandalosas—, y por la predicación habitual, en la que, en el campo moral, se enseñan cosas en completa contradicción con la doctrina multisecular de la Iglesia y el ejemplo de los Santos. Muy a menudo los padres de familia tuvieron que comprobar, con inmenso dolor, la pérdida de la fe de sus hijos confiados a institutos católicos de formación, o lamentar su casi total ignorancia de la doctrina católica por falta de un catecismo serio. Un número incalculable de religiosos, tras las revisiones de sus constituciones y el reciclado posconciliar, manifiesta una pérdida del espíritu evangélico, en particular el de la renuncia, la pobreza y el sacrificio; pérdida que tuvo por consecuencia casi inmediata una disminución tal de vocaciones, que muchas órdenes y congregaciones cierran sus conventos uno tras otro, o bien pura y simplemente desaparecen. En muchas diócesis la situación es igualmente dramática.
Lo dicho conforma un todo coherente y no sucedió por casualidad sino después de un concilio que quiso ser reformador, adaptando la Iglesia al gusto de la época. Se nos acusa de ver una crisis allí donde no la habría o de atribuir falsamente a este concilio consecuencias que, con todo, son desastrosas, extremadamente graves y que cualquiera puede comprobarlas, o aún de aprovechar esta situación para justificar una actitud incorrecta de rebelión o de independencia.
Sin embargo, tómense los textos de los Padres de la Iglesia, del Magisterio, de la liturgia, de la teología, a lo largo de todos los tiempos: hallamos una unidad a la cual adherimos de todo corazón. Y las líneas de conducta actuales contestan fuertemente, lesionan y amenguan en la práctica esta unidad doctrinal. Nosotros no inventamos una ruptura; infelizmente existe con claridad. Basta ver la manera cómo nos tratan algunos episcopados, incluso después de que se retiraron las excomuniones, para comprobar cuán profundo es el rechazo de los modernistas ante todo lo que sabe a Tradición, al punto que es imposible no dar a este rechazo el nombre de ruptura con el pasado.
Sí, tal como nos sorprendimos por la publicación del decreto del 21 de enero, lo hemos sido por la violencia de la reacción de los progresistas y de la izquierda en general en contra de nosotros. Es verdad que encontraron la acariciada oportunidad en las desgraciadas declaraciones de Monseñor Williamson, y a través de una injusta amalgama, pudieron vilipendiar nuestra Fraternidad como chivo expiatorio. En realidad, hemos sido instrumentalizados en una lucha mucho más importante: la de la Iglesia, que con razón lleva el título de “militante”, contra los espíritus malvados que pululan en los aires, como dice San Pablo.
Por cierto, no dudamos en asentar nuestra historia en la gran historia de la Iglesia, en la de esa lucha titánica por la salvación de las almas anunciada desde el Génesis y descripta de manera cautivante en el Apocalipsis de San Juan. Con frecuencia esta lucha se mantiene a nivel espiritual; de tanto en tanto, pasa de la esfera de los espíritus y de las almas a la de los cuerpos y se transforma en visible, como en las persecuciones abiertas.
A través de lo que ha pasado en estos últimos meses es preciso saber reconocer un momento más intenso de esta lucha. Y es muy claro que aquel que está en la mira es el Vicario de Cristo, en su empeño de iniciar cierta restauración de la Iglesia. Se teme por el acercamiento entre la cabeza de la Iglesia y nuestro movimiento, se teme una pérdida de los logros del Vaticano II, y se pone todo en movimiento para neutralizarlo. ¿Qué piensa verdaderamente el Papa al respecto? ¿Dónde se sitúa? Los judíos y los progresistas le exigen que elija entre el Vaticano II y nosotros… al punto que la Secretaría de Estado no tuvo mejor idea que poner como condición necesaria para nuestro reconocimiento canónico la aceptación completa de lo que consideramos como la fuente principal de los problemas actuales, y a los cuales nos oponemos desde siempre…
Sin embargo, tanto ellos como nosotros estamos obligados ante juramento antimodernista y ante las demás condenaciones de la Iglesia. Por eso no aceptamos abordar el Concilio Vaticano II sino a la luz de estas declaraciones solemnes (profesiones de fe y juramento antimodernista) hechas delante de Dios y de la Iglesia. Y si aparece una incompatibilidad, entonces y por fuerza lo errado son las novedades. Contamos con las discusiones doctrinales anunciadas para poner estos puntos en evidencia tan profundamente como sea posible.
Aprovechándose del nuevo estado de cosas tras el decreto sobre la excomunión, que en nada cambió la situación canónica de la Fraternidad, muchos obispos intentan imponernos un círculo cuadrado, exigiendo que obedezcamos a pies juntillas y en todos sus puntos al Derecho Canónico, como si estuviésemos perfectamente regularizados, cuando, al mismo tiempo, ¡nos declaran canónicamente inexistentes! Un obispo alemán ya ha anunciado que antes de fin de año la Fraternidad volverá a estar fuera de la Iglesia… ¡Encantadora perspectiva! La única solución viable, que por otra parte es la que habíamos pedido, es la de una situación intermedia, inevitablemente incompleta e imperfecta a nivel canónico, pero que sea aceptada como tal, sin arrojarnos a la cara la acusación constante de desobediencia y rebelión, y sin imponernos prohibiciones intolerables; porque, al fin y al cabo, el estado anormal en el que se encuentra la Iglesia y que llamamos “estado de necesidad”, vuelve a ser demostrado por la actitud y las palabras de ciertos obispos en relación al Papa y a la Tradición.
¿Cómo evolucionarán las cosas? No lo sabemos. Mantenemos nuestra propuesta de que se acepte nuestra situación actual imperfecta como provisoria, abordando finalmente las discusiones doctrinales anunciadas y esperando que reporten buenos frutos.
En un camino tan difícil, ante oposiciones tan violentas, os pedimos, queridos fieles, recurrir a la oración una vez más. Nos parece que es el momento indicado para lanzar una ofensiva de envergadura, profundamente enraizada en el mensaje de Nuestra Señora de Fátima, en el que Ella misma ha prometido un resultado exitoso, ya que ha anunciado que al final su Corazón Inmaculado triunfará. Nosotros le pedimos este triunfo a través de los medios que ella misma ha pedido: la consagración, por el Pastor Supremo y todos los obispos del mundo católico, de Rusia a su Corazón Inmaculado, y la propagación de la devoción a su Corazón doloroso e inmaculado.
De allí que, con ese fin, queremos ofrecerle, a contar desde ahora hasta el 25 de marzo de 2010, un ramillete de doce millones de rosarios, como una corona correspondiente a tantas estrellas que enjoyan su persona, acompañada de una suma equivalentemente importante de sacrificios cotidianos, que nos daremos el cuidado de procurarlos, ante todo, en el cumplimiento fiel de nuestro deber de estado, y con la promesa de propagar la devoción a su Corazón Inmaculado. Ella misma presenta eso como el fin de sus apariciones en Fátima. Estamos íntimamente persuadidos que si cumplimos atentamente lo que Ella nos pide, obtendremos mucho más de lo que nunca esperaríamos, y sobre todo, nos aseguraremos nuestra salvación al beneficiarnos con las gracias que nos ha prometido.
Pedimos, por tanto, que nuestros sacerdotes hagan un esfuerzo especial para facilitar a los fieles esta devoción, colocando el acento no sólo en la comunión reparadora de los primeros sábados de mes, sino también incitando a los fieles a vivir una intimidad más profunda con Nuestra Señora, consagrándose a su Corazón Inmaculado. Convendría también conocer mejor y profundizar en la espiritualidad del gran heraldo de la Inmaculada, el Padre Maximiliano Kolbe.
Este año se cumplen el XXVº aniversario de la consagración de nuestra Fraternidad al Corazón Inmaculado. Queremos renovar esta feliz iniciativa del Padre Schmidberger comprometiendo toda nuestra alma y reavivando nuestros corazones en este espíritu. Es evidente que no tenemos la intención de indicar a la Divina Providencia lo que ella debería hacer; pero en los ejemplos de los Santos y de la propia Sagrada Escritura hemos aprendido que los grandes deseos pueden precipitar de manera impresionante los designios de Dios. Es con esta audacia que hoy confiamos esta intención al Corazón Inmaculado de María, pidiéndole que nos reciba a todos bajo su maternal protección. ¡Dios los bendiga abundantemente!
En la fiesta de la gloriosa resurrección de Nuestro Señor Jesucristo,
+ Bernard Fellay
Winona, 15 de abril de 2009
Tomado de Fraternidad Sacerdotal San Pío X - Distrito de America del Sur

"Siento alegría y satisfacción y no son los sentimientos de una persona que piensa haber vencido". "Lo he sabido pocos días atrás en la oficina del cardenal Castrillón. Nos abrazamos". "Roma nos quiere realmente bien". "Todo ha cambiado y eso se lo debemos al Papa". Todas estas son frases de un hombre feliz ante el histórico decreto del pasado sábado: monseñor Bernard Fellay. El diario italiano “Libero” publicó el pasado domingo una entrevista en la cual el Superior de la Fraternidad de San Pío X habló acerca del levantamiento de las excomuniones y de la situación actual sin dejar de lado su análisis sobre la crisis actual de la Iglesia. Ofrecemos nuestra traducción.
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Monseñor, el 30 de junio de 1988 usted era consagrado obispo por Monseñor Marcel Lefebvre, junto a otros tres sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X. Este acto hizo de ustedes y del obispo brasileño Antonio De Castro Mayer los primeros excomulgados después del Concilio Vaticano II. Hoy usted es el Superior general de la Fraternidad, lo que en el apresurado lenguaje periodístico es definido como “el jefe de los lefebvristas”. Estamos en Menzingen, Suiza, en la Casa general. Tenemos sobre la mesa el decreto de la Santa Sede que levanta aquellas excomuniones. ¿Qué siente?
Alegría, satisfacción. No son lo sentimientos de una persona que piensa haber vencido. Lo que la Fraternidad de San Pío X ha hecho desde su fundación hasta hoy, y que continuará haciendo siempre, lo ha hecho y lo hará sólo por el bien de la Iglesia. También las consagraciones episcopales de 1988 fueron realizadas con ese fin. Por el bien de la Iglesia y por nuestra supervivencia. Monseñor Lefebvre debía – repito: debía - asegurar una continuidad. No somos más que un pequeño bote de salvamento en un mar en tempestad. Nosotros hemos estado siempre al servicio de la Iglesia y siempre lo estaremos. El levantamiento de las excomuniones, junto al Motu proprio del Papa Benedicto XVI sobre la Misa antigua, es una señal importante, realmente importante, para nuestro pequeño bote. Es por eso que hablo de alegría y satisfacción.
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¿Dónde y cuando ha sabido del decreto?
Lo he sabido pocos días atrás en Roma, en la oficina de un cardenal, el cardenal Castrillón Hoyos, presidente de la Comisión Ecclesia Dei. Nos abrazamos. Enseguida, en primer lugar he dado gracias a la Virgen, éste es un regalo suyo. Es para obtener su intercesión que se han reunido más de un millón setecientos mil rosarios, rezados por fieles que deseaban el levantamiento de las excomuniones.
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¿Quién ha trabajado más en el Vaticano para llegar a esta solución?
Con seguridad el cardenal Hoyos, que es el presidente de la Comisión encargada de las relaciones entre la Santa Sede y la Fraternidad de San Pío X. Pero, sobre todo, el Papa Benedicto XVI. Lo he comprendido desde la primera audiencia en que me encontré con él, poco después de su elección. Aún cuando nos reprendía, el Santo Padre tenía un tono dulce, verdaderamente paternal.
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En el decreto se dice que el Santo Padre confía en vuestro compromiso “de no ahorrar esfuerzos por profundizar las necesarias discusiones con la Autoridad de la Santa Sede en los asuntos que permanecen abiertos”. ¿Qué quiere decir?
Quiere decir que, como todos los hijos de la Iglesia, estamos llamados a discutir aquellas cuestiones que consideramos fundamentales para la fe y para la vida de la Iglesia misma. Creo que esto reconoce, al menos, la seriedad de nuestra posición crítica sobre estos últimos cuarenta años. Nosotros no pedimos más que claridad. El hecho de que la voluntad del Santo Padre vaya en esta dirección es realmente de gran consuelo. Lo importante es que se entienda que, incluso en los momentos en que hacemos críticas severas, nosotros no estamos nunca contra la Iglesia o contra el papado. ¿Y cómo podríamos estarlo? A menudo nos han acusado de ser “lefebvristas” pero nosotros no somos “lefebvristas”, aunque siga siendo para nosotros un título de honra: nosotros somos católicos. El primero en no ser lefebvrista ha sido nuestro fundador, monseñor Lefebvre. Cuando esto quede claro, se comprenderán mejor nuestras posiciones. Tomará algún tiempo pero creo que, poco a poco, estará claro que todo lo que hacemos es obra de Iglesia.
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El levantamiento de las excomuniones ¿es fruto de una tratativa y de un acuerdo o es un acto unilateral de la Santa Sede?
Nosotros hemos pedido en varias ocasiones la libertad en la celebración de la Misa antigua y el levantamiento de las excomuniones. Pero lo que ha ocurrido ahora no es fruto de una tratativa o de un acuerdo. Es un acto gratuito y unilateral que demuestra que Roma nos quiere realmente bien. Un verdadero bien. Por mucho tiempo hemos tenido la impresión de que Roma no quería entrar en el tema. Luego todo ha cambiado y eso se lo debemos al Papa.
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¿Por qué Benedicto XVI ha querido tanto este acto? ¿Se ha dado cuenta de la complicación en la que se ha puesto con el levantamiento de las excomuniones?
Oh sí, creo que es bien consciente de las reacciones más diversas y más desordenadas. Además, en varias ocasiones antes y después de su elección papal, ha hablado de la crisis de la Iglesia en términos para nada ambiguos. Cuando mencionaba su dulzura paternal me refería al hecho de que en él se manifiestan, juntos, la conciencia de los tiempos en que vivimos, la firmeza para ponerles remedio y la atención a todos sus hijos. Esto hace que las reacciones más o menos inadecuadas ante sus actos lo pueden hacer sufrir pero ciertamente no hacen que cambie de parecer. Y aquí está también el motivo de esta decisión.
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En este contexto, ¿se podría sintetizar esta noticia diciendo que la Tradición ya no está excomulgada?
Sí, aunque se necesitará tiempo antes de que esto se convierta en moneda corriente dentro del mundo católico. Hasta hoy, en muchos ambientes hemos sido considerados y tratados peor que el diablo. Todo lo que hacíamos y decíamos era necesariamente algo malo. No creo que la situación pueda cambiar repentinamente. Pero hoy hay un acto de la Santa Sede que nos permite decir que la Tradición no está excomulgada.
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¿Y qué se siente vivir como excomulgado?
Se siente dolor por el uso malicioso e instrumentalizado de una marca de infamia. Respecto a nuestra situación, en cambio, debo decir que nunca nos hemos sentido excomulgados, nunca nos hemos sentido cismáticos. Siempre nos hemos sentido parte de la Iglesia y la noticia de la que estamos hablando demuestra que teníamos razón.
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Llegados a este punto nos preguntamos por qué esta situación se ha prolongado tanto. Y, sobre todo, ¿de qué naturaleza son las cuestiones que el documento de la Santa Sede y ustedes mismos dicen que deben ser aún discutidas?
Lo resumo brevemente. En un momento, dentro de la Iglesia hemos visto que se tomaba un camino nuevo, según nosotros un camino que habría llevado a grandes problemas. Nosotros no hemos hecho más que pensar, enseñar y practicar lo que la Iglesia había hecho siempre hasta aquel momento: nada más y nada menos. No hemos inventado nada. Hemos seguido, de hecho, la Tradición. Y hoy la Tradición ya no está excomulgada.
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Fuente: Libero
Traducción: La Buhardilla de Jerónimo
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