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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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29 de abril de 2011

Monseñor Bernard Fellay: Carta a los Amigos y Benefactores Nº 78




Queridos amigos y benefactores:

El nuevo año nos ha reservado muchas sorpresas, más bien desagradables, para no decir dramáticas. Hablamos, por supuesto, de los acontecimientos que afectan a la Iglesia, no de la serie de desastres de Japón, o los trastornos en los países árabes y en África, ¡que sin embargo deberían servir de advertencia a todos! ¿Pero quién los interpreta así?

En efecto, las catástrofes que perjudican y aniquilan las almas son mucho más perniciosas que toda catástrofe natural, con sus muertos, sus tragedias y sus sufrimientos muy dolorosos. El rostro del mundo cambiaría si los hombres se preocupasen por sus almas al igual que de sus cuerpos. Sin embargo, lo que a justo título lleva a reaccionar y buscar la curación a nivel del cuerpo humano, a causa del dolor inmediato experimentado, prácticamente no existe a nivel de nuestro espíritu. El pecado, que tanto mal causa a toda la humanidad y a cada ser humano, es muy poco sentido y por eso no se buscan los remedios adecuados. Nos referimos a una catástrofe espiritual. En efecto, ¿qué otro nombre se puede dar a un acontecimiento que descarría a una multitud de almas y que pone en peligro la salvación de millones, quizás miles de millones de almas? Ahora bien, en Roma, a comienzos de este año, se anunciaron al menos dos hechos susceptibles de acarrear la no conversión, y por ende la condenación eterna de las almas: la beatificación del Papa Juan Pablo II y la renovación de la jornada de oraciones de Asís, con motivo del 25º aniversario del primer encuentro de todas las religiones organizados en Asís por el mismo Juan Pablo II.
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16 de enero de 2011

Homilia de Mons. Fellay crítica con Asis 2011






















Durante la Homilía de Epifanía, en París, habló Mons. Fellay


n la teoría conocen, en la teoría ellos creen. Pero, en la realidad, ¿creen? ¿Realmente creen que Nuestro Señor es Dios? ¿Realmente creen que la paz entre los hombres, entre las naciones, está en su mano? ¿Realmente creen en todas las consecuencias inmediatas de su divinidad? ... ¿Van, como los Magos, los Tres Reyes a adorar al Dios verdadero y a buscar a Dios para alcanzar la paz y para pedirle por ella? ¿Van al Rey de la Paz: Rex pacificus?

¡Oh, cómo la historia se repite, ¡ay!

Sí, estamos profundamente indignados, protestamos con vehemencia contra la repetición de los días de Asís. Todo lo que hemos dicho, todo lo que Mons. Lefebvre había dicho en el momento [de la primera Jornada Mundial de Oración por la Paz en Asís en 1986], lo repetimos en nuestro propio nombre. Es evidente, mis queridos hermanos, que tal cosa exige reparación. ¡Qué misterio!

Sí, a adorar: ¿qué significa eso? Adorar significa en primer lugar: reconocer, reconocer la divinidad. La adoración es dada sólo a Dios. Y el reconocimiento de su divinidad implica inmediatamente la sumisión, una declaración de sumisión a la soberanía de Dios. Es reconocer que Dios tiene todo derecho sobre nosotros, que estamos realmente en completa y absoluta dependencia de Dios para nuestra existencia, nuestra vida, nuestra habilidad de actuar, pensar, el desear y querer. Todo bien, todo lo bueno que nos sucede, viene de la bondad de Dios. Y esto no es cierto-sólo para los creyentes, no sólo para los cristianos-esto es cierto para todas las criaturas, absolutamente todas las criaturas.

Dios, el Creador de todas las cosas, visibles e invisibles, es el mismo que también gobierna este mundo, el que sostiene todas las cosas por el poder de su Palabra, a Aquel en quien todo tiene su estabilidad! Señor de la vida y la muerte, de los individuos y las naciones! Dios todopoderoso y eterno, a quien todo el honor y la gloria le es debida! Sí, adorar es ponerse en esta postura de humildad que reconoce los derechos de Dios.

Vayamos, entonces, vamos a Nuestro Señor, aunque Él oculta su divinidad, a pesar de que Él es un niño pequeño en los brazos de su Madre, ¡Él es verdaderamente Dios! Él es verdadero Dios, enviado por la misericordia del buen Dios para salvarnos. Porque Él se hizo hombre, y al convertirse en un hombre que se convirtió en el Salvador, y su nombre, dado por el mismo Dios, es Jesús: ¡el Salvador! El único nombre que se ha dado bajo el cielo, por el cual podamos ser salvos. El único Salvador! El único Santo, "Tu solus Sanctus" [como decimos en el Gloria], que viene a traer algo inaudito: la invitación a la felicidad eterna de Dios.

¿Cómo puede la gente depositar la esperanza de recibir sus bendiciones cuando lo insultan, cuando lo ignoran, cuando lo disminuyen? ¡Es una locura! ¿Cómo puede alguien tener esperanza de paz entre los hombres cuando se hace una burla de Dios?

Y aquí el pensamiento moderno hace realmente extraños tipos de proyecciones: se pretende que todas las religiones, en última instancia, adoramos a un solo y mismo Dios verdadero. Eso es absolutamente falso, está incluso en el Apocalipsis, lo encontramos ya en los salmos, en el Salmo 96:5, "¡Todos los dioses de los gentiles son demonios!" Son los demonios. ¡Y Asís estará lleno de demonios! Esta es la Revelación, es la fe de la Iglesia, lo que enseña la Iglesia!

Ahora, ¿dónde está la continuidad? Ahora, ¿dónde está la ruptura? ¡Qué misterio!

Sí, mis queridos hermanos, si queremos ser salvos, hay una sola manera, y ella es el camino de Nuestro Señor Jesucristo.

Anexos:

Sermon de Mons Fellay en francés, en audio

Declaración de Mons. Lefebvre sobre la reunión de Asís de 1986

Encíclica Mortalium Animos, sobre el llamado "diálogo interreligioso".

Fuente: Panorama Católico Internacional
Visto en: Apostolado Eucarístico

3 de julio de 2009

SERMÓN DE S.E.R. MONSEÑOR BERNARD FELLAY, SUPERIOR GENERAL DE LA FRATERNIDAD SAN PÍO X, EN LAS ORDENACIONES SACERDOTALES DE ECÔNE DEL 29 DE JUNIO



Enviado por Stat Veritas

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


Excelencias, queridos sacerdotes, queridos ordenandos, queridos fieles:


Nos alegra mucho recibir hoy de la misericordia divina, y al mismo tiempo poder dar a la Fraternidad y a la Iglesia, estos nuevos sacerdotes y diáconos, en el comienzo de este año que el Santo Padre quiere que sea un año sacerdotal. Durante este año toda la Iglesia va a rezar por los sacerdotes, por buenos y santos sacerdotes. Y nos parece difícil no ver una atención, una sonrisa de la Divina Providencia, el hecho que el mismo día designado por el Papa como inicio de este año sacerdotal, ese primer día, Mons. Tissier pudo ordenar trece sacerdotes en Estados Unidos. Si Dios quiere, hasta el fin de este año, serán 27 los sacerdotes ordenados para la Fraternidad, y un poco más de treinta en total, incluyendo a los sacerdotes de las congregaciones amigas. Sí, es una gran alegría poder recibir estos sacerdotes, sobre todo cuando se mira la necesidad en la que se encuentra la Iglesia; cuando se piensa que nosotros, pequeña Fraternidad, casi llegamos a treinta sacerdotes este año, mientras que países que antes eran católicos, como Francia o Alemania, no llegan a cien.


Estamos realmente sorprendidos por el alboroto generado por estas ordenaciones, mientras se ve a tantas almas sufrir, morir de hambre espiritual por no tener sacerdotes que les comuniquen la fe y la gracia que necesitan para vivir y salvarse. Siempre lo hemos dicho: después del decreto sobre las excomuniones apareció una nueva situación intermedia, y por tanto necesariamente imperfecta. Así, pues, exigir de repente una perfección canónica se parece a un médico, que tras haber aplicado un yeso a una pierna rota de una persona, le pida que corra seguidamente una carrera de cien metros. También nos conduce a pensar en mezquindad de quien, observando una mancha sobre el uniforme del soldado que está en medio del combate, se creería con deber de expresar su estupefacción… Aunque estos ejemplos expresan cierta imperfección canónica, estimamos que, ante Dios, siguiendo a Monseñor Lefebvre, estos actos están perfectamente justificados por la situación en la que se encuentra la Iglesia. También se justifican por las injusticias que hubo al inicio de esta situación, como la supresión injusta de la Fraternidad, la cual seguimos considerando como existente. Sí, queridos fieles.


Esta ceremonia tiene lugar el día de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Y la colecta de hoy alude en esta fiesta no sólo al martirio de San Pedro y San Pablo sino también al comienzo de la Iglesia, su “exordium”. Se puede decir el comienzo de la Iglesia romana. Fue cimentada ahí. Es bastante extraordinario ver en el Evangelio de hoy cómo Nuestro Señor quiso ligar la institución del Vicario de Cristo, piedra sobre la que está fundada la Iglesia de Cristo, a la profesión de la fe en la divinidad de Nuestro Señor. Nuestro Señor instituye el Papado inmediatamente después de la primera confesión de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Es verdad que de la divinidad de Nuestro Señor deriva todo lo que sigue en la Iglesia, para la Iglesia: el Papa, los obispos y los sacerdotes. Todo deriva de la divinidad de Nuestro Señor. Sí. Nuestro Señor es Dios según la realidad objetiva, no por un simple deseo de los hombre, una proyección de no sé qué… No. Se trata de la realidad objetiva del Verbo de Dios, segunda Persona de la Santísima Trinidad. Verdadero Dios, eterno, todopoderoso, encarnado, hecho carne. Todo deriva de eso, de la divinidad de Jesús. La diferencia esencial que vemos entre la Iglesia católica y las otras religiones se encuentra en su fundador, que es Dios, que no sólo nos permite sino que nos obliga a declarar esta esencia divina de la Iglesia. Es verdad, ella tiene un elemento material humano, está formada por hombres, pero esencialmente es divina, por su fundador, por su fin, por sus medios que vienen de Dios y conducen a Dios, que son los únicos que pueden efectivamente llevar a Dios y al cielo.


Sí, vemos en el Papa al Vicario de Cristo. Si reconocemos en él el poder supremo, plenario, inmediato sobre todos los fieles y sobre todos los miembros de la Iglesia, es precisamente porque es el Vicario de Cristo, Jesús sobre la tierra. Saludamos al sacerdote porque en él vemos a Jesús. El sacerdote, conforme al dicho, es “otro Jesús”. Si Jesús no fuese Dios, ese dicho tal vez tendría cierto valor, pero no tendría el valor que le da la Iglesia católica, el valor que le da Dios. Elegido entre los hombres, elevado por sobre los hombres para servir a los intereses divinos: he aquí al sacerdote. En el Nuevo Testamento existe un único Sacerdote, el Sumo Sacerdote: Nuestro Señor Jesucristo. Encontramos el origen del Sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo en esa unión inefable en su Persona de dos naturalezas, humana y divina. Esa unión lo hace intermediario, Mediador entre Dios y los hombres. Siendo hombre, puede hablar a Dios en el nombre de los hombres. Siendo Dios, habla y trae a los hombres los beneficios, la misericordia, los mandamientos divinos.


Nuestro Señor es enviado por su Padre a este mundo caído, este mundo que desde sus comienzos rompió la amistad con Dios. “Dios ha amado tanto a los hombres que les ha dado, entregado a su Hijo”. Esta misión del Hijo, que se ve en la Encarnación, es la de salvar. Su nombre es Jesús: Salvador. Nuestro Señor va a realizar esta salvación con un acto inaudito, sobrecogedor: su Pasión. Él, siendo el Inocente, la misma Santidad, va a sufrir, a ser maltratado, azotado, rechazado, clavado en la cruz. Va a morir sobre este madero abominable para salvarnos. “Propter nos homines et propter nostram salutem”: “Por nosotros los hombres, y por nuestra salvación, bajó de los cielos”. La misión de Nuestro Señor es salvar. Salvar porque los hombres no pueden salvarse. Despojados de todo, caídos, ya no pueden reparar los puentes rotos con el cielo. El único“pontifex”, el único que va a reparar este puente, es Nuestro Señor, “único nombre dado bajo el cielo que nos puede salvar”, como dice San Pedro, el primer Papa, a sus compatriotas, en el comienzo mismo de la Iglesia. Nuestro Señor resucitó, probando así su divinidad, por si fuera necesario. No es una imaginación de los hombres, no es una proyección de la piedad de ellos, es una realidad objetiva. Es Dios, verdadero Dios. Y sube al cielo.


Por una disposición, quisiéramos decir, por una audacia inefable, Dios se va a atrever a encomendar su misión salvífica a sus criaturas. Nuestro Señor quiso asociar la Iglesia a la misión que sólo Él puede realizar. Quiso asociar la Iglesia, su Iglesia, y en esta Iglesia, particular y principalmente al sacerdote. No es una simple delegación de poder. Nuestro Señor envía a sus Apóstoles diciéndoles:“Todo poder me ha sido dado sobre el cielo y la tierra. Id. Los envío, a todas las naciones. Los que creyeren y fueren bautizados serán salvados. Los que no creyeren se condenarán”. Se podría ver en eso una delegación de poder, pero es mucho más. Porque, ya lo hemos dicho, en el Nuevo Testamento existe un único Sacerdote: Nuestro Señor. Los sacerdotes que Él elige para sí son realmente sacerdotes por una participación formal en su propio sacerdocio. El carácter que va a ser impreso en ustedes por esta ordenación sacerdotal de hoy —que les hace sacerdotes para siempre, con este sello indisoluble, que marca su alma, que la transforma para la eternidad—, es una participación en la unión hipostática, es decir, a lo que hace Sacerdote a Nuestro Señor, y que los convierte en sus instrumentos privilegiados. Cada vez que ustedes realicen un acto sacerdotal, lo harán como instrumento. El efecto operado no puede venir sino de Dios. Infundir la gracia en un alma —gracia que es una participación de la naturaleza divina, de la vida divina—, no puede ser hecho sino por Dios. Nuestro Señor lo quiere hacer a través de sus ministros, que son sus instrumentos, unidos a Él de una manera que supera todo lo que se puede observar en las criaturas. No existe otro ejemplo al que se pueda comparar.


Habrá intentos de comparación pero quedarán lejos de esta realidad, que se expresa de la manera más sobrecogedora en el momento de la consagración, en ese momento en que van a decir, ya desde hoy, en unión con el obispo que les ordena, “Esto es mi cuerpo”. Este es el momento solemne, que por excelencia tiene que estar lleno de verdad. El sacerdote dice: “Esto es mi cuerpo”, sabiendo perfectamente que ese “mi” no le pertenece. Sin embargo, lo dice de verdad, porque en ese momento él mismo no se pertenece. Su ser entero, su inteligencia, su voluntad, sus labios, su lengua, sus palabras, pertenecen a Nuestro Señor Jesucristo. Es por eso, y gracias a eso, que ocurre algo real cuando se emiten esas palabras. Si fuesen sólo palabras humanas, no ocurriría nada más que lo que pueden hacer las palabras de los hombres: Comunicar, expresar un pensamiento. Nada más. Producir un cambio en la realidad, producir este cambio que se llama “Transubstanciación”, sólo Dios lo puede hacer. Y, efectivamente, en ese momento sagrado de la consagración, la omnipotencia de la palabra divina, del mismo Dios, pasa a través del sacerdote, un poco como toda la personalidad del artista pasa a través de su pluma cuando escribe un poema. El poeta escribe con un instrumento, una pluma. Esta pluma, ella sola, no puede hacer nada, sino dejar pasar la tinta. En la mano del poeta, puede redactar un poema. Es realmente por la pluma que fue redactado, pero todo se atribuye al poeta, que no hubiese escrito sin la pluma. Del mismo modo, Nuestro Señor, como la personalidad del poeta pasa a través de la pluma hasta el papel —de tal manera que existe una ciencia, la grafología, que estudia desde el papel, los rasgos de la personalidad por medio de su letra—, pasa a través de su sacerdote, lo usa enteramente. De la misma manera que la eucaristía le permite multiplicar su presencia, así el sacerdote le permite multiplicar su operación, su acción sacerdotal en el espacio. Es el mismo Jesús, el único Jesús, que por este medio asombroso actúa en cada una de las almas que van a recibir los sacramentos. Ningún acto sacerdotal en la Iglesia se hace sin Nuestro Señor Jesucristo. Santo Tomás lo afirma: “El rito entero de la religión cristiana se deriva del sacerdocio de Cristo”. En este carácter se encuentra toda la espiritualidad sacerdotal. No solo la espiritualidad sino su fin, su vida, todo se encuentra en él.


En este abismo se encuentran, podríamos decir, dos infinitudes: la infinitud de Dios, la santidad de Dios, que por este carácter hace de ustedes una persona sagrada, y la infinitud de lo que queda de miseria humana, de criatura. Porque Dios, al imprimir este carácter, les va a dejar su naturaleza humana, con sus cualidades y defectos, sin tocar nada. Eso requiere de los hombres, al mirarlos a ustedes, tengan de hecho la misma mirada de fe que deben dirigir a la hostia. Las apariencias siguen estando. Las especies quedan. Queda la personalidad del sacerdote. Siguen siendo los mismos; sin embargo, son portadores de otra realidad: Dios, Nuestro Señor Jesucristo. Todo y nada. Todo su apostolado, su acción, su ministerio sacerdotal debe y no puede desenvolverse sino en esta dependencia total, absoluta, de Nuestro Señor Jesucristo. Cuando ustedes vayan a dar la absolución, cuando abran el cielo a un alma, cuando le abran la eternidad, será Dios quien desee que pronuncien esta sentencia, este acto, pero quien perdone será Nuestro Señor, por medio de esta sentencia o absolución que pronuncien. Es Dios quien quería esta alma; y sin lesionar su libertad, es Él quien los llevó a ustedes hacia ella. Es Él quien la atrajo a la confesión. Cuando administren alguna comunión, la sagrada Eucaristía, también es Dios quien buscó a esta alma y llevó las manos de ustedes hacia ella. La Divina Providencia es infalible, lo sabemos, lo confesamos. También sabemos que, a la vez que les confiere este carácter de instrumento, Dios se compromete, se obliga, a acompañar sus actos libres. Les obedece. Ustedes deciden la hora en que van a rezar la misa. Si no la rezan, no habrá misa. Si no quieren confesar, no se administrará la absolución. Se somete a ustedes. ¡Él! ¡Dios grande, eterno! Qué obligación tan grande para nosotros, sacerdotes, de velar constantemente para hallar la voluntad de Dios, y no hacer sino su voluntad. Se requiere mucha delicadeza para evitar cualquier obra personal o pretensión de buscar imponerse a Dios, en esta misión que es la propia de Nuestro Señor Jesucristo, y que, una vez más, es la de salvar las almas. Al imprimir en ustedes este carácter, Nuestro Señor Jesucristo les deja participar en su misión, en la sed de las almas.


La obsesión del sacerdote debe ser salvar las almas. Nada puede anteponerse, ya que es la obsesión de Nuestro Señor: Arder de prender el fuego de la caridad en las almas; arder de sacar a las almas de su miseria para llevarlas a Dios. Sí. Quien lleva las almas a la misericordia y la esperanza de Dios es el sacerdote. Y Dios sabe si hoy en día se necesita, si existe la miseria y la desesperación en los hombres de hoy. Es el único que puede verdaderamente, efectivamente, remediar la miseria más terrible que es la del pecado, del alejamiento de Dios, y de la desesperación de las almas que, espantadas por su miseria, abandonaron la esperanza de poder salir adelante. Sólo el sacerdote puede traer esta esperanza.

Sí. Dios conoce todas las almas. Sobre la cruz Dios ha pagado por todas las almas, por todos los pecados de todos los hombres. Pagó el precio de la salvación. Al sacerdote le toca llevar a las almas este precio, esta gracia. Es muy importante para el sacerdote saber desaparecer y dejar aparecer a Nuestro Señor Jesucristo, y así ayudar a esas pobres almas para que ya no vean a un hombre sino a Jesús.


Pidamos a Nuestra Señora, Madre del Sacerdote, Mediadora de todas las gracias, que haga de nosotros sus instrumentos, instrumentos de salvación… Que recuerden a este mundo que no quiere escuchar hablar de Dios, que se revuelca en todo género de placeres que llevan directamente a la eterna condenación. Pidámosle la gracia de recordarles que Dios existe, que el hombre no está hecho para esta tierra sino para el cielo. Este mensaje cuesta. “El mundo os odiará”. Son las palabras de Nuestro Señor a sus Apóstoles. Nuestro Señor presenta eso como totalmente normal: “El mundo me ha odiado primero. El discípulo no es más que el maestro”. Queridos ordenandos, si aguardan tener una vida sacerdotal tranquila, en un sillón, sin pena ni lágrimas, entonces, les suplico, no se acerquen. No es el programa que presenta la Iglesia a sus sacerdotes. No es el programa de Nuestro Señor Jesucristo. “Si alguno quiere ser mi discípulo, renúnciese a sí mismo, lleve su cruz todos los días y sígame”. ¿A dónde fue Nuestro Señor? A la cruz, a ser clavado sobre la cruz. Es hermoso hablar de la resurrección, pero no habría resurrección sin antes Cruz y pasión. La resurrección será para el cielo. Aquí abajo el sacerdote es a la vez sacerdote y víctima. Es lo único seguro en esta vida. Si están unidos al sacerdocio de Nuestro Señor, también están unidos a la hostia, a su sacrificio. Hoy en día el mundo se muere, la Iglesia está en esta crisis por no querer escuchar hablar de eso. Es como si se hubiera eliminado la cruz. Para la Iglesia, el único medio de salir adelante es abrazar de nuevo la cruz, exigir a sus ministros que abracen la cruz, que vivan del espíritu de Jesús. Este es el programa. Querer buscar otro camino es equivocarse. Eso no quiere decir que haya que ser masoquista. No. Quiere decir que hay que vivir de la caridad de Cristo. “No hay amor mayor que aquél que da su vida por sus amigos”. El amor de ustedes debe tener la misma extensión que el amor de Jesús. Si Jesús murió por todos, el sacerdote debe tener entonces la misma disposición. No sólo respecto a los que nos aman, que quieren para nosotros cosas buenas, sino también para todas las almas que el Padre eligió y entregó a su Hijo. Pidamos a Nuestra Señora esta caridad, esta fe inquebrantable. Pidamos este valor; pidamos poder llevar a las almas una paz que supera todas las tribulaciones, las contradicciones. Dios es más que todo eso. Que de esta manera se salven muchas almas. Que contribuyamos, con nuestra pobre y pequeña colaboración, a esta restauración de la Iglesia con la restauración del sacerdocio católico, por amor a la Iglesia, por el honor de Dios y su gloria.


Amén.

+ Bernard Fellay

Ecône, 29 de junio de 2009

25 de abril de 2009

Carta de Mons. Fellay



Carta del Superior General Nº 74 a los amigos y benefactores

Queridos amigos y benefactores:


uando lanzamos una nueva cruzada del Rosario con ocasión de nuestra peregrinación a Lourdes en octubre pasado, no contábamos, por cierto, con una respuesta tan rápida del Cielo a nuestra petición. En efecto, así como sucedió con nuestra primera petición, a la cual Nuestra Señora había respondido tan eficazmente por intermedio del Vicario de Cristo y su Motu Proprio sobre la Misa tradicional, plugo a la Virgen María concedernos una segunda gracia aún más rápidamente: en el transcurso de una visita a Roma en enero, cuando entregué el ramillete de 1.703.000 rosarios rezados por las intenciones del Sumo Pontífice, recibía de manos del Cardenal Castrillón Hoyos el decreto de remisión de las “excomuniones”.

Lo habíamos pedido desde el año 2001 como signo de buena voluntad de parte del Vaticano hacia el movimiento tradicional; porque desde el Concilio todo lo que es y quiere ser tradicional en la Santa Iglesia sufre persecución tras persecución, hasta el punto de negársele derecho de ciudadanía. Eso, obviamente, destruyó en parte o aún completamente la confianza para con las autoridades romanas. Mientras esa confianza no sea restablecida parcialmente —decía entonces— nuestras relaciones seguirían siendo mínimas.

La confianza no es solamente un buen sentimiento; es un fruto que nace naturalmente cuando en estas autoridades vemos a pastores que tienen en cuenta el bien de todo lo que llamamos “la Tradición”. Y nuestros prerrequisitos se formularon en ese sentido.

Es imposible, de hecho, comprender nuestra posición y nuestra actitud frente a la Santa Sede si no se quiere incluir la percepción del estado de crisis en que se encuentra la Iglesia. No se trata de algo superficial, ni de una visión personal. Estamos ante una realidad independiente de nuestra percepción, admitida de tiempo en tiempo por estas mismas autoridades, y comprobada muchas veces en los hechos. Esta crisis tiene aspectos múltiples, variados, en ocasiones profundos, otras veces circunstanciales, y todos la sufrimos.

Los fieles se sienten mal impresionados por las ceremonias de la nueva liturgia —que con frecuencia son escandalosas—, y por la predicación habitual, en la que, en el campo moral, se enseñan cosas en completa contradicción con la doctrina multisecular de la Iglesia y el ejemplo de los Santos. Muy a menudo los padres de familia tuvieron que comprobar, con inmenso dolor, la pérdida de la fe de sus hijos confiados a institutos católicos de formación, o lamentar su casi total ignorancia de la doctrina católica por falta de un catecismo serio. Un número incalculable de religiosos, tras las revisiones de sus constituciones y el reciclado posconciliar, manifiesta una pérdida del espíritu evangélico, en particular el de la renuncia, la pobreza y el sacrificio; pérdida que tuvo por consecuencia casi inmediata una disminución tal de vocaciones, que muchas órdenes y congregaciones cierran sus conventos uno tras otro, o bien pura y simplemente desaparecen. En muchas diócesis la situación es igualmente dramática.

Lo dicho conforma un todo coherente y no sucedió por casualidad sino después de un concilio que quiso ser reformador, adaptando la Iglesia al gusto de la época. Se nos acusa de ver una crisis allí donde no la habría o de atribuir falsamente a este concilio consecuencias que, con todo, son desastrosas, extremadamente graves y que cualquiera puede comprobarlas, o aún de aprovechar esta situación para justificar una actitud incorrecta de rebelión o de independencia.

Sin embargo, tómense los textos de los Padres de la Iglesia, del Magisterio, de la liturgia, de la teología, a lo largo de todos los tiempos: hallamos una unidad a la cual adherimos de todo corazón. Y las líneas de conducta actuales contestan fuertemente, lesionan y amenguan en la práctica esta unidad doctrinal. Nosotros no inventamos una ruptura; infelizmente existe con claridad. Basta ver la manera cómo nos tratan algunos episcopados, incluso después de que se retiraron las excomuniones, para comprobar cuán profundo es el rechazo de los modernistas ante todo lo que sabe a Tradición, al punto que es imposible no dar a este rechazo el nombre de ruptura con el pasado.

Sí, tal como nos sorprendimos por la publicación del decreto del 21 de enero, lo hemos sido por la violencia de la reacción de los progresistas y de la izquierda en general en contra de nosotros. Es verdad que encontraron la acariciada oportunidad en las desgraciadas declaraciones de Monseñor Williamson, y a través de una injusta amalgama, pudieron vilipendiar nuestra Fraternidad como chivo expiatorio. En realidad, hemos sido instrumentalizados en una lucha mucho más importante: la de la Iglesia, que con razón lleva el título de “militante”, contra los espíritus malvados que pululan en los aires, como dice San Pablo.

Por cierto, no dudamos en asentar nuestra historia en la gran historia de la Iglesia, en la de esa lucha titánica por la salvación de las almas anunciada desde el Génesis y descripta de manera cautivante en el Apocalipsis de San Juan. Con frecuencia esta lucha se mantiene a nivel espiritual; de tanto en tanto, pasa de la esfera de los espíritus y de las almas a la de los cuerpos y se transforma en visible, como en las persecuciones abiertas.

A través de lo que ha pasado en estos últimos meses es preciso saber reconocer un momento más intenso de esta lucha. Y es muy claro que aquel que está en la mira es el Vicario de Cristo, en su empeño de iniciar cierta restauración de la Iglesia. Se teme por el acercamiento entre la cabeza de la Iglesia y nuestro movimiento, se teme una pérdida de los logros del Vaticano II, y se pone todo en movimiento para neutralizarlo. ¿Qué piensa verdaderamente el Papa al respecto? ¿Dónde se sitúa? Los judíos y los progresistas le exigen que elija entre el Vaticano II y nosotros… al punto que la Secretaría de Estado no tuvo mejor idea que poner como condición necesaria para nuestro reconocimiento canónico la aceptación completa de lo que consideramos como la fuente principal de los problemas actuales, y a los cuales nos oponemos desde siempre…

Sin embargo, tanto ellos como nosotros estamos obligados ante juramento antimodernista y ante las demás condenaciones de la Iglesia. Por eso no aceptamos abordar el Concilio Vaticano II sino a la luz de estas declaraciones solemnes (profesiones de fe y juramento antimodernista) hechas delante de Dios y de la Iglesia. Y si aparece una incompatibilidad, entonces y por fuerza lo errado son las novedades. Contamos con las discusiones doctrinales anunciadas para poner estos puntos en evidencia tan profundamente como sea posible.

Aprovechándose del nuevo estado de cosas tras el decreto sobre la excomunión, que en nada cambió la situación canónica de la Fraternidad, muchos obispos intentan imponernos un círculo cuadrado, exigiendo que obedezcamos a pies juntillas y en todos sus puntos al Derecho Canónico, como si estuviésemos perfectamente regularizados, cuando, al mismo tiempo, ¡nos declaran canónicamente inexistentes! Un obispo alemán ya ha anunciado que antes de fin de año la Fraternidad volverá a estar fuera de la Iglesia… ¡Encantadora perspectiva! La única solución viable, que por otra parte es la que habíamos pedido, es la de una situación intermedia, inevitablemente incompleta e imperfecta a nivel canónico, pero que sea aceptada como tal, sin arrojarnos a la cara la acusación constante de desobediencia y rebelión, y sin imponernos prohibiciones intolerables; porque, al fin y al cabo, el estado anormal en el que se encuentra la Iglesia y que llamamos “estado de necesidad”, vuelve a ser demostrado por la actitud y las palabras de ciertos obispos en relación al Papa y a la Tradición.

¿Cómo evolucionarán las cosas? No lo sabemos. Mantenemos nuestra propuesta de que se acepte nuestra situación actual imperfecta como provisoria, abordando finalmente las discusiones doctrinales anunciadas y esperando que reporten buenos frutos.

En un camino tan difícil, ante oposiciones tan violentas, os pedimos, queridos fieles, recurrir a la oración una vez más. Nos parece que es el momento indicado para lanzar una ofensiva de envergadura, profundamente enraizada en el mensaje de Nuestra Señora de Fátima, en el que Ella misma ha prometido un resultado exitoso, ya que ha anunciado que al final su Corazón Inmaculado triunfará. Nosotros le pedimos este triunfo a través de los medios que ella misma ha pedido: la consagración, por el Pastor Supremo y todos los obispos del mundo católico, de Rusia a su Corazón Inmaculado, y la propagación de la devoción a su Corazón doloroso e inmaculado.

De allí que, con ese fin, queremos ofrecerle, a contar desde ahora hasta el 25 de marzo de 2010, un ramillete de doce millones de rosarios, como una corona correspondiente a tantas estrellas que enjoyan su persona, acompañada de una suma equivalentemente importante de sacrificios cotidianos, que nos daremos el cuidado de procurarlos, ante todo, en el cumplimiento fiel de nuestro deber de estado, y con la promesa de propagar la devoción a su Corazón Inmaculado. Ella misma presenta eso como el fin de sus apariciones en Fátima. Estamos íntimamente persuadidos que si cumplimos atentamente lo que Ella nos pide, obtendremos mucho más de lo que nunca esperaríamos, y sobre todo, nos aseguraremos nuestra salvación al beneficiarnos con las gracias que nos ha prometido.

Pedimos, por tanto, que nuestros sacerdotes hagan un esfuerzo especial para facilitar a los fieles esta devoción, colocando el acento no sólo en la comunión reparadora de los primeros sábados de mes, sino también incitando a los fieles a vivir una intimidad más profunda con Nuestra Señora, consagrándose a su Corazón Inmaculado. Convendría también conocer mejor y profundizar en la espiritualidad del gran heraldo de la Inmaculada, el Padre Maximiliano Kolbe.

Este año se cumplen el XXVº aniversario de la consagración de nuestra Fraternidad al Corazón Inmaculado. Queremos renovar esta feliz iniciativa del Padre Schmidberger comprometiendo toda nuestra alma y reavivando nuestros corazones en este espíritu. Es evidente que no tenemos la intención de indicar a la Divina Providencia lo que ella debería hacer; pero en los ejemplos de los Santos y de la propia Sagrada Escritura hemos aprendido que los grandes deseos pueden precipitar de manera impresionante los designios de Dios. Es con esta audacia que hoy confiamos esta intención al Corazón Inmaculado de María, pidiéndole que nos reciba a todos bajo su maternal protección. ¡Dios los bendiga abundantemente!

En la fiesta de la gloriosa resurrección de Nuestro Señor Jesucristo,

+ Bernard Fellay

Winona, 15 de abril de 2009


Tomado de Fraternidad Sacerdotal San Pío X - Distrito de America del Sur

Para enviar sus rosarios por Internet: click aquí

Para bajar las planillas que luego se entregarán en los Prioratos: click aquí

13 de marzo de 2009

Comunicado del Superior General de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X

l Papa Benedicto XVI ha enviado una carta a los obispos de la Iglesia Católica, con fecha de 10 de marzo de 2009, en la cual les dio a conocer las intenciones que lo guiaron en el importante paso que constituyó el Decreto del 21 de enero de 2009.

Después del reciente “desencadenamiento de una avalancha de protestas”, agradecemos profundamente al Santo Padre por haber puesto el debate en el nivel en el cual debe desarrollarse, el de la fe. Compartimos plenamente su preocupación prioritaria de la predicación “en nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento”.

La Iglesia atraviesa, en efecto, una gran crisis que sólo podrá ser resuelta con un retorno integral a la pureza de la fe. Con San Atanasio, profesamos que “todo el que quiera salvarse debe mantener, ante todo, la fe católica y el que no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente” (Símbolo Quicumque).

Lejos de querer detener la Tradición en 1962, deseamos considerar el Concilio Vaticano II y el Magisterio post-conciliar a la luz de esta Tradición que san Vicente de Lérins ha definido como “lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos” (Commonitorium), sin ruptura y en un desarrollo perfectamente homogéneo. Así es como podremos contribuir eficazmente a la evangelización pedida por el Salvador (cfr. Mateo 28, 19-20).

La Fraternidad Sacerdotal San Pío X asegura a Benedicto XVI su voluntad de abordar los debates doctrinales reconocidos como “necesarios” en el Decreto del 21 de enero, con el deseo de servir a la Verdad revelada que es la primera caridad que debe ser manifestada a todos los hombres, cristianos o no. La Fraternidad le asegura su oración a fin de que su fe no desfallezca y que pueda confirmar a sus hermanos (cf. Lucas 22,32).

Ponemos estas conversaciones doctrinales bajo la protección de Nuestra Señora de la Confianza, con la seguridad de que ella nos obtendrá la gracia de transmitir fielmente lo que hemos recibido, “tradidi quod et accepi” (1Cor 15, 3).

Menzingen, 12 de marzo de 2009

+ Bernard Fellay

27 de enero de 2009

"Todo ha cambiado y eso se lo debemos al Papa"


"Siento alegría y satisfacción y no son los sentimientos de una persona que piensa haber vencido". "Lo he sabido pocos días atrás en la oficina del cardenal Castrillón. Nos abrazamos". "Roma nos quiere realmente bien". "Todo ha cambiado y eso se lo debemos al Papa". Todas estas son frases de un hombre feliz ante el histórico decreto del pasado sábado: monseñor Bernard Fellay. El diario italiano “Libero” publicó el pasado domingo una entrevista en la cual el Superior de la Fraternidad de San Pío X habló acerca del levantamiento de las excomuniones y de la situación actual sin dejar de lado su análisis sobre la crisis actual de la Iglesia. Ofrecemos nuestra traducción.

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Monseñor, el 30 de junio de 1988 usted era consagrado obispo por Monseñor Marcel Lefebvre, junto a otros tres sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X. Este acto hizo de ustedes y del obispo brasileño Antonio De Castro Mayer los primeros excomulgados después del Concilio Vaticano II. Hoy usted es el Superior general de la Fraternidad, lo que en el apresurado lenguaje periodístico es definido como “el jefe de los lefebvristas”. Estamos en Menzingen, Suiza, en la Casa general. Tenemos sobre la mesa el decreto de la Santa Sede que levanta aquellas excomuniones. ¿Qué siente?


Alegría, satisfacción. No son lo sentimientos de una persona que piensa haber vencido. Lo que la Fraternidad de San Pío X ha hecho desde su fundación hasta hoy, y que continuará haciendo siempre, lo ha hecho y lo hará sólo por el bien de la Iglesia. También las consagraciones episcopales de 1988 fueron realizadas con ese fin. Por el bien de la Iglesia y por nuestra supervivencia. Monseñor Lefebvre debía – repito: debía - asegurar una continuidad. No somos más que un pequeño bote de salvamento en un mar en tempestad. Nosotros hemos estado siempre al servicio de la Iglesia y siempre lo estaremos. El levantamiento de las excomuniones, junto al Motu proprio del Papa Benedicto XVI sobre la Misa antigua, es una señal importante, realmente importante, para nuestro pequeño bote. Es por eso que hablo de alegría y satisfacción.

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¿Dónde y cuando ha sabido del decreto?


Lo he sabido pocos días atrás en Roma, en la oficina de un cardenal, el cardenal Castrillón Hoyos, presidente de la Comisión Ecclesia Dei. Nos abrazamos. Enseguida, en primer lugar he dado gracias a la Virgen, éste es un regalo suyo. Es para obtener su intercesión que se han reunido más de un millón setecientos mil rosarios, rezados por fieles que deseaban el levantamiento de las excomuniones.

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¿Quién ha trabajado más en el Vaticano para llegar a esta solución?


Con seguridad el cardenal Hoyos, que es el presidente de la Comisión encargada de las relaciones entre la Santa Sede y la Fraternidad de San Pío X. Pero, sobre todo, el Papa Benedicto XVI. Lo he comprendido desde la primera audiencia en que me encontré con él, poco después de su elección. Aún cuando nos reprendía, el Santo Padre tenía un tono dulce, verdaderamente paternal.

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En el decreto se dice que el Santo Padre confía en vuestro compromiso “de no ahorrar esfuerzos por profundizar las necesarias discusiones con la Autoridad de la Santa Sede en los asuntos que permanecen abiertos”. ¿Qué quiere decir?


Quiere decir que, como todos los hijos de la Iglesia, estamos llamados a discutir aquellas cuestiones que consideramos fundamentales para la fe y para la vida de la Iglesia misma. Creo que esto reconoce, al menos, la seriedad de nuestra posición crítica sobre estos últimos cuarenta años. Nosotros no pedimos más que claridad. El hecho de que la voluntad del Santo Padre vaya en esta dirección es realmente de gran consuelo. Lo importante es que se entienda que, incluso en los momentos en que hacemos críticas severas, nosotros no estamos nunca contra la Iglesia o contra el papado. ¿Y cómo podríamos estarlo? A menudo nos han acusado de ser “lefebvristas” pero nosotros no somos “lefebvristas”, aunque siga siendo para nosotros un título de honra: nosotros somos católicos. El primero en no ser lefebvrista ha sido nuestro fundador, monseñor Lefebvre. Cuando esto quede claro, se comprenderán mejor nuestras posiciones. Tomará algún tiempo pero creo que, poco a poco, estará claro que todo lo que hacemos es obra de Iglesia.

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El levantamiento de las excomuniones ¿es fruto de una tratativa y de un acuerdo o es un acto unilateral de la Santa Sede?


Nosotros hemos pedido en varias ocasiones la libertad en la celebración de la Misa antigua y el levantamiento de las excomuniones. Pero lo que ha ocurrido ahora no es fruto de una tratativa o de un acuerdo. Es un acto gratuito y unilateral que demuestra que Roma nos quiere realmente bien. Un verdadero bien. Por mucho tiempo hemos tenido la impresión de que Roma no quería entrar en el tema. Luego todo ha cambiado y eso se lo debemos al Papa.

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¿Por qué Benedicto XVI ha querido tanto este acto? ¿Se ha dado cuenta de la complicación en la que se ha puesto con el levantamiento de las excomuniones?


Oh sí, creo que es bien consciente de las reacciones más diversas y más desordenadas. Además, en varias ocasiones antes y después de su elección papal, ha hablado de la crisis de la Iglesia en términos para nada ambiguos. Cuando mencionaba su dulzura paternal me refería al hecho de que en él se manifiestan, juntos, la conciencia de los tiempos en que vivimos, la firmeza para ponerles remedio y la atención a todos sus hijos. Esto hace que las reacciones más o menos inadecuadas ante sus actos lo pueden hacer sufrir pero ciertamente no hacen que cambie de parecer. Y aquí está también el motivo de esta decisión.

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En este contexto, ¿se podría sintetizar esta noticia diciendo que la Tradición ya no está excomulgada?


Sí, aunque se necesitará tiempo antes de que esto se convierta en moneda corriente dentro del mundo católico. Hasta hoy, en muchos ambientes hemos sido considerados y tratados peor que el diablo. Todo lo que hacíamos y decíamos era necesariamente algo malo. No creo que la situación pueda cambiar repentinamente. Pero hoy hay un acto de la Santa Sede que nos permite decir que la Tradición no está excomulgada.

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¿Y qué se siente vivir como excomulgado?


Se siente dolor por el uso malicioso e instrumentalizado de una marca de infamia. Respecto a nuestra situación, en cambio, debo decir que nunca nos hemos sentido excomulgados, nunca nos hemos sentido cismáticos. Siempre nos hemos sentido parte de la Iglesia y la noticia de la que estamos hablando demuestra que teníamos razón.

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Llegados a este punto nos preguntamos por qué esta situación se ha prolongado tanto. Y, sobre todo, ¿de qué naturaleza son las cuestiones que el documento de la Santa Sede y ustedes mismos dicen que deben ser aún discutidas?


Lo resumo brevemente. En un momento, dentro de la Iglesia hemos visto que se tomaba un camino nuevo, según nosotros un camino que habría llevado a grandes problemas. Nosotros no hemos hecho más que pensar, enseñar y practicar lo que la Iglesia había hecho siempre hasta aquel momento: nada más y nada menos. No hemos inventado nada. Hemos seguido, de hecho, la Tradición. Y hoy la Tradición ya no está excomulgada.

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Fuente: Libero


Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

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