Este blog está optimizado para una resolución de pantalla de 1152 x 864 px.

Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

Mostrando entradas con la etiqueta Blas Piñar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Blas Piñar. Mostrar todas las entradas

31 de agosto de 2009

LOS "PRUDENTES"


por D. Blas Piñar



Visto y Tomado de Las Cruces de las Espadas





onfieso que me conturba leer o escuchar a quienes podrían autocalificarse como "prudentes".

Los "prudentes" son un grupo escogido de cidudadanos que perciben y están dispuestos a obedecer una sugerencia casi instintiva: la de no definirse, la de alejarse de esto y de aquello, la de lavarse las manos y apartarse del conflicto, sin ignorarlo ni desconocerlo; la de observar a quienes libran el combate con una mirada de desprecio cariñoso, la de repretir entre dientes o en voz alta, según los momentos: "¡Qué locos!" "¡Este es un país de locos!"

Los "prudentes" han sustituido en su papel de magisterio a los que en una distribución clásica se conocían como los sabios.

Estos no entraban en el fragor de la contienda, pero militaban en la misma.

Los sabios, por la ancianidad, que era un ingrediente de la sabiduría, no bajaban al campo de la lucha, pero desempeñaban un papel por su aportación ideológica y su presencia sin deserciones, en la totalidad del conflicto.

Pero los "prudentes" no.

Los "prudentes" se cargan de paciencia, y ante el binomio juez-criminal no están ni con uno ni con otro, y ante el que rasga la bandera y aquel que la repone en el mastil procuran guardar silencia significativo, y ante el que niega la transubstanciación eucarística y el que la confiesa hablan de puras controversias doctrinales, sin aludir al dogma, etc…

Yo no sé si tales "prudentes" acampan en el terreno de los miedosos, de los inmaduros o de los tíbios.

Es muy posible que de todo haya en la viña del Señor, porque son muy distintos los temperamentos de los hombres.

En cualquier caso, y del mismo modo que se busca justificación "a posteriori" al hecho inmoral realizado, también se pretende, con anticipación, presentarse al público con argumentos que ante los mayores desastres permitan hablar con optimismo.

Hay un método que utilizan con frecuencia los "prudentes" y que consiste en salir por peteneras, en encauzar la conversación hacia un tema distinto, o desplazar, si es posible, las preocupaciones del auditorio o del espectador hacia cuestiones de indudable importancia, pero inferiores al planteado y, sobre todo, ajeno a la competencia más inmediata y urgente del que pontifica.

Así se proyectan planes de reforma de alcance sustantivo, para un futuro tan largo como incierto, cuando la tierra está temblando a nuestro pies; o se hacen incursiones sobre lo temporal, el desarrollo o la técnica, cuando las almas sienten el escalorfrío de la duda allí mismo donde ardía muy poco antes una llama encendida de la fe.

Pero el método de la distracción evasiva no es el único que emplean los "prudentes".

El más ordinario, el que mueve a mayores simpatías, el que despierta más admiraciones de una parte y la máxima desilusión en otras, es el que condena las posiciones adoptadas por los demás y aspira a centrar y asumir lo que puede haber "de noble y de puro en cada una de ellas".

Es algo así como un "ecumenismo" en pequeño, como una tercera posición más elevada, como un producto de laboratorio o de alquimia, que aspira a concentrar las emanaciones laudables de quienes se situan en los polos opuestos.

Decia que los "prudentes" acampaban en terrernos distintos.

Unos, los miedosos, no quieren embanderarse con ninguno, pero tampoco quedar mal con nadie, por lo que pueda sucedesr.

Si escarbamos en sus ideas, las encontraresmo capaces de servir a todos.

Podríamos espigar en su cosecha y ofrecerlas en haces como sentencias de autoridad para que ambos ejércitos las utilicen como armas.

Son como los proveedores de material de guerra para los dos frentes.

Los estados mayores y los soldados de filas acuden al provverdor, pero, conociendo su habilidad, aunque le utilizan, le desprecian.

Los "prudentes" inmaduros son, para mi, los más honestos, porque su falta de decisión, sus titubeos y declaraciones anfibias, aunque siembran la confusión y la incertidumbre y a la confusión del mismo que las formula.

Su fallo está no tanto en su "prudencia" como en su audacia, o en su temeridad, para expresarse sin tener juicio formado, dejándose arrastrar por la novelería o por el viento de las palabras de cuño reciente que la moda ha puesto en uso y que ya, por archisabidas, carecen de impacto, como ahora se dice.

Los que más me preocupan del campo de los "prudentes" son los tíbios, los desapasionados, los incapaces para la lágrima y la cólera por las causas que merecen llorar y reñir, los frios y los asépticos, los que levantan el picaporte con el codo por no mancharse las manos, los que abandonan al herido en la carretera para no ensuciar la tapicería reluciente de su vehículo, los que desconocen la infamia o se ausencian para no verse envueltos en la formalidades y molestias del proceso…

Esta tibieza de los "prudentes" nos acongoja y nos acecha, y pretende tentarnos cuando la fatiga del esfuerzo nos agota.

Al oido acostumbra a susurrarnos: "¡De qué te sirve todo esto!" "Mientras tú peleas, ellos se solapan en los puesto clave y se ríen de tu forcejeo inútil" "Parece mentira que seas inteligente y aún no te hayas dado cuenta de que el éxito se consigue medrando, pero nunca con la voz clara y a pecho descubierto"

Pero a los tibios los vomita Dios, y me permitiría añadir que los vomita el pueblos, si es verdad aquello que tanto se repite de "¡vox populi, vox Dei!".

Los "prudentes", ya sean tibios, inmaduros o miedosos, suelen ser las primeras víctimas de su iniquidad, y, en cualquier caso, las víctimas sin honor, de una causa neutra y esteril.

La historia, maestra de la vida está plagada de ejemplos.

La frase evangélica es tan clara como aleccionadora: "El que no está Conmigo está contra Mí".

Hay casos en los que no est posible la componenda, la actitud centrista o mediadora, al corte por la mitad como en el juicio de Salomón, en lo que, en suma, hay que definirse.

Pero el vómito de los tibios no impurificará ni aplastará la vida mientras haya en el mundo hombres y mujeres que hayan hecho suyo el lema subyugante: "Hemos amado la justicia y hemos odiado la iniquidad".

18 de julio de 2009

La última Cruzada




por D. Blas Piñar



Tomado del Blog de Cabildo




l 18 de Julio de 1936 sigue siendo una fecha clave y, a la vez, desencadenante. La hoja del calendario que señalaba el día, el mes y el año, fue desprendida, pero el acontecimiento que enmarcaba continúa vivo, porque fue trascendente, saltando la frontera temporal de unas horas fugitivas.

Se iniciaba un Alzamiento militar en España. Tenía un respaldo civil importante. Respondía a una exigencia biológica nacional. Contaba con una doctrina y un programa político entrañado en la Historia y con proyección de futuro.No fue un pronunciamiento castrense al estilo decimonónico, ni una lucha entre facciones que aspiraban a la conquista del poder. No fue una guerra civil químicamente pura. Fue el planteamiento beligerante y castrense de un combate ideológico en el que se debatía lo sustancial, en el que se había hecho necesario y urgente, como había dicho José Antonio, dar la existencia para salvar la esencia.

**********************************************
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del autor.

18 de mayo de 2009

Mística y Política de Hispanidad



A mi hermano Rodolfo si, tal vez, lo lee...
Cruzamante



por D. Blas Piñar




ué es la Hispanidad?

La Hispanidad es un vocablo de uso corriente entre nosotros, y hasta se atisban o vislumbran de un modo confuso, al pronunciarlo, algunas de las ideas que en el vocablo se esconden y contienen. Hoy, la Hispanidad circula como una moneda de valor y cuño conocidos.

Pero a nosotros, ahora y en este momento, nos incumbe algo más que recibir la moneda, examinarla superficialmente y dejarla correr en el mercado. Desaprovecharíamos con estúpida frivolidad esta ocasión que la Providencia nos depara si no intentáramos -con la impresión de riesgo que la aventura implica- retirarnos con esa moneda a nuestro estudio a fin de considerarla con atención y minuciosa simpatía, de repasar, despacio y con amor, las honduras y el perfil de sus relieves, de recitar con pausa sus orlas y leyendas y de entrañarnos en su hechura para conocer con detalle su ingrediente y la ley que norma y preside su íntima aleación.

¿Cómo y cuando se ha elaborado y construido la doctrina de la Hispanidad? ¿Cuáles son sus principios ideológicos? ¿Cuál es la empresa, el programa, el quehacer de la Hispanidad?

Porque, ciertamente, nosotros no hemos inventado la Hispanidad. Nos hemos limitado a bautizarla, a darle un nombre. Monseñor Zacarías de Vizcarra, Obispo Consiliario general de la Acción Católica Española, fue el feliz descubridor de la palabra. Y Ramiro de Maeztu, uno de sus teóricos y expositores, el que la propaga y vulgariza. Pero la Hispanidad estaba ahí. Nosotros no la hemos edificado ni constituido. Nos hemos limitado a declararla, a proclamarla, a quitar los velos que la cubrían.

Nos ha sucedido con la Hispanidad aquello que acontece con los astros y con los dogmas. No son nuevos, no nacen de la noche a la mañana. No se crean, ni se inventan cada día.

El astro esta en su sitio, girando en su órbita desconocida para nosotros, hasta que llega un instante en que la triple concurrencia de un observador agudo, de un tiempo bonancible y de un instrumento hábil señalan, con precisión y exactitud, la diáfana presencia de la antes ignorada criatura sideral.

El dogma, igualmente, está embebido, navegando en el tesoro de la Revelación tradicional y escrita, vagamente percibido, expuesto a los choques de la discusión y la disputa, hasta que, agudizada la perspectiva histórica y asistido por la infalibilidad prometida cuando se trata de los graves asuntos que atañen a la Fe, el Romano Pontífice declara la verdad que, so pena de herejía, deben aceptar y creer los hijos de la Iglesia.

Los mismos contradictores de la Hispanidad, los de dentro y los de fuera de nuestra dimensión geográfica, han contribuido, sin saberlo, a aclarar sus contornos. La reciedumbre y agresividad de sus ataques nos revelaba que había algo de peso que atacar, y como reacción y contraste, aquello que insultaban, menospreciaban y zaherían atrajo la curiosidad de muchos; al principio. con las precauciones y cautelas de algo que se reputa vergonzante y prohibido y, al fin, con el ímpetu, el entusiasmo y la generosidad de una causa que se estima grande y bella a la vez.

Fue así como una generación, luego conocida como la generación de la esperanza, pudo tener la sensación, espiritual y física, de que una entera y prolija comunidad humana había vivido en la plenitud de la Hispanidad. La Hispanidad comenzó a percibirse cuando, por paradoja, empezó a retirarse, cuando dejo de vitalizar el conjunto, y ello por la sencilla razón de que, al igual que el hombre, las colectividades tienen un sistema nervioso que acusa la incomodidad y la falta de salud.
Estamos en el camino de retorno, enfermos, si, pero con la ilusión rejuvenecida y alimentada por el tesoro de la experiencia. Esa experiencia, necesaria siempre, que cursa a los hombres y a las sociedades, que les da un cierto sentido para discernir y ponderar, nos ha revelado ahora, de un modo clarividente, que nuestro error, error grave y colectivo, no fue otro que asociar la quiebra del Imperio a la quiebra de la Hispanidad, es decir, de los principios ideológicos que la habían estructurado en el curso de tres siglos de amorosa convivencia.

No fuimos capaces de percibir que el Imperio -aquel Imperio sin imperialismo, como alguien ha estampado con letras de molde- era tan sólo una fórmula política, un expediente pasajero, contingente, susceptible de mudanza y de cambio, sin que por ello padeciera la Hispanidad.
La Hispanidad
era lo permanente, el espíritu con fuerza y energía creadora y fecundante, capaz de corporeizarse, de hacerse visible y operar a través de esquemas distintos. Estimamos que al devenir insuficiente e inservible la fórmula, también lo sustantivo se encontraba en liquidación, y con infantil alegría emprendimos la subasta.

**************

Para leer el artículo completo, enfáticamente recomendado, haga click sobre la imagen del autor.