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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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22 de mayo de 2011

Plutocracia







por Juan Manuel de Prada



Tomado de XLsemanal










uando era joven, no leía las páginas económicas de los diarios porque se me antojaban un coñazo; y la petulancia propia del hombre de letras me obligaba a desdeñar los números. Ahora que soy mayor procuro no leerlas tampoco, pero en mi elección ya no intervienen la petulancia o el desdén, sino el horror al mal. El mal, sin embargo, posee una fascinación hipnótica, una suerte de magnetismo turbio, como la Gorgona; y aunque sepamos que mirarlo de frente nos petrificará, acabamos haciéndolo. Hace un par de semanas, las páginas económicas de los diarios publicaban los resultados de las principales compañías eléctricas: así, sabíamos que una de ellas había obtenido un beneficio neto, durante el primer trimestre de este ejercicio, superior a los 1000 millones de euros, un 10 por ciento más que el primer trimestre del año anterior; y que otra había cerrado el pasado ejercicio con un beneficio de más de 4100 millones, un 20 por ciento más que el ejercicio anterior. El consejero delegado de esta última, para celebrar tan opíparos resultados, reclamaba al Gobierno una subida de la tarifa de acceso de entre el 15 y el 20 por ciento durante los dos próximos años, que se traduciría en un alza del recibo de la luz de entre un 7,5 y un 10 por ciento; un alza que debería acumularse a las sufridas en los últimos tiempos. Con un par.

Hasta aquí los números, expuestos desnudamente, con esa aritmética gélida con que se desenvuelve el mal. Cifras semejantes las hallamos todos los días en las páginas económicas de los periódicos, referidas a grandes corporaciones y emporios financieros: pocos días antes, el consejero delegado de un banco, tras hacer públicos sus beneficios mastodónticos, anunciaba que las concesiones de créditos se mantendrían cerradas durante los próximos años. Y, entretanto, crece la insolvencia de familias y pequeños empresarios, incapaces de afrontar sus deudas; crecen el paro (en volandas de esa «flexibilización del empleo» que, según nos aseguran cínicamente, es la panacea contra la crisis) y los recortes salariales que es un primor. De donde hemos de inferir, necesariamente, que el deterioro constante de nuestra economía real es proporcional a la creciente lozanía de las grandes corporaciones; y que todas las medidas que hasta la fecha han impulsado los gobiernos no tienen otro objeto que detraer el dinero de la economía real para engrosar las cuentas de resultados de las grandes corporaciones. Las subidas del recibo de la luz quizá sean una expresión especialmente escandalosa; pero encontraríamos otras pruebas por doquier, igualmente inequívocas.

A medida que la crisis causa estragos, resulta cada vez más evidente que estamos asistiendo a la consagración de una nueva forma de plutocracia, lograda sobre el expolio de la economía real y la rendición del poder político, convertido en perro caniche de las consignas que recibe del gran capital. La crisis, que nació cuando la burbuja del sector financiero alcanzó dimensiones insoportables, se pretende solucionar del modo más peregrino: en lugar de explotar esa burbuja vacía, o de reducirla a unas dimensiones soportables, lo que se trata es de abastecerla, nutriéndola con los recursos de una economía real exhausta, hasta convertirla en una burbuja «maciza», mientras la economía real queda reducida a una carcasa hueca y exangüe (paro creciente, familias insolventes, pequeñas empresas condenadas a la quiebra, etcétera). Para completar esta labor maligna, la plutocracia tiene bien agarraditos de salva sea la parte a los Estados, cuya deuda forma parte de esa burbuja financiera que ahora se trata de estabilizar a toda costa, reduciendo a la inanición a sus contribuyentes; es un empeño suicida, pero los Estados han asociado su destino al de la plutocracia: forman ya una aleación inseparable, una amalgama que tarde o temprano saltará hecha añicos; pero que, hasta entonces, nadie podrá separar.

En medio de este enjambre de malignidad, la propaganda oficial se desvive por convencer a la pobre gente expoliada de que las privaciones y sacrificios que ahora se le exigen redundarán en su beneficio. Que es como si el vampiro prometiera sarcásticamente a la víctima cuyas venas está saqueando que de este modo la protegerá de contraer una anemia. Y, mientras nos imponen nuevas privaciones y sacrificios, nos entretienen con sus cabriolas y volteretas (una campaña electoral por aquí, unas primarias por allá), que es como si el vampiro que nos saquea las venas nos hiciera cosquillas en las plantas de los pies, para aliviarnos los estertores.

3 de abril de 2011

Tiempos borrosos






por Juan Manuel de Prada






Tomado de XLsemanal








n par de amigos, septuagenario el uno, octogenario el otro, me hacen la misma observación: les resulta muy difícil discernir, en la elección de sus lecturas, el grano de la paja, porque tienen la impresión de que en los últimos tiempos se ha producido un fenómeno de plétora o sobreabundancia, sumado -o íntimamente entremezclado- con una tendencia hacia la confusión, cuya consigna parece ser mezclar, embadurnar, exaltar la mediocridad, llamar a lo bueno malo y bueno a lo malo... de tal modo que, a la postre, nada deje poso, nada deje huella, porque el zurriburri todo lo engulle y todo lo vomita, con idéntico afán bulímico, para mantener siempre renovada -siempre cambiante- su provisión de alfalfa. Al principio, tiendo a pensar que mis amigos piensan así porque se hallan en esa edad en la que, por sabiduría acumulada y por conciencia del valor precioso de la vida que nos resta por vivir, abandonamos el tráfago del que hasta hace poco hemos participado, para encaramarnos en una atalaya y contemplar con cierto desapego el sinvivir de quienes aún se debaten en su ruido y en su furia. Pero enseguida reparo en que yo mismo participo de su misma impresión.
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2 de abril de 2011

Mentiras






por Juan Manuel de Prada





Tomado de ABC








icen que el comer y el rascar todo es empezar; y lo mismo podría predicarse del mentir. Se empieza mintiendo con rubor y embarazo, pero una vez que se le coge el tranquillo a la mentira, se acaba mintiendo con la misma facilidad con que se respira. Esta inercia gustosa de la mentira parece haberse adueñado de nuestro gobierno, que después de mentirnos sobre sus conversaciones con los etarras también pretendía mentirnos sobre sus conversaciones con el príncipe de Gales, a quien los cronistas de sociedad califican de «elegantísimo», que es como piadosamente se denomina a los príncipes en edad provecta a los que ya se les pasó el arroz. Los fontaneros de Moncloa debieron ver muy pasado al provecto príncipe, a quien la maledicencia popular atribuye ciertos brotes de alzheimer; y así discurrieron intercalar algunas mentiras en un comunicado de prensa en el que se insinuaba que Zapatero y el provecto príncipe ambos habrían hablado sobre Gibraltar. Pero las mentiras, cuando tu interlocutor no padece alzheimer, tienen las patas cortas; y en unas pocas horas la embajada británica, actuando al más puro estilo etarra, emitió un desmentido que dejaba a la altura del betún a los fontaneros de Moncloa.
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26 de marzo de 2011

Amnesia de la jaima







por Juan Manuel de Prada




Tomado de ABC









e acuerdan de la célebre jaima de Gadafi? Por ella desfilaron todos los poderosos de este mundo, naturalmente por razones de Estado, que es como en la jerga oficial se denomina a la pasta: allí hicieron manitas con el libio; allí aceptaron sus dádivas; allí sellaron convenios de explotación petrolífera y tratados comerciales con venta de armas incluida; allí, en fin, cerdearon como cochinos en una pocilga. Todos aquellos agasajos no se los hacía un tiranuelo cualquiera, sino el instigador del atentado de Lockerbie, que pese a reconocer su responsabilidad en la matanza consiguió el levantamiento de las sanciones contra Libia; y que unos años más tarde lograría también que uno de los autores directos de la masacre fuese devuelto a su país, donde se le dispensó el recibimiento que antaño se tributaba a los héroes. Y, mientras todo esto ocurría, los poderosos del mundo seguían cerdeando en la jaima de Gadafi.

Ahora los mismos que disfrutaron de los favores del libio, cagándose en la memoria de las víctimas de Lockerbie, le arrojan bombas; y esperan que nos traguemos su monserga filantrópica y que aplaudamos su súbita conversión en paladines de los derechos humanos. Gadafi ha perpetrado durante años todo tipo de abusos entre sus súbditos, ha planeado atentados terroristas, ha sufragado guerrillas que han asolado el continente africano, ha hecho desaparecer a sus opositores como por arte de ensalmo, mientras los poderosos del mundo cerdeaban en su jaima; y ahora, de repente, Gadafi se convierte en la bicha de Occidente. Ocurre esto cuando por primera vez Gadafi tiene que repeler un ataque organizado de milicianos rebeldes que pasean encaramados en carros de combate y abaten aviones del ejército libio con baterías antiaéreas; pero estos rebeldes armados hasta los dientes son designados por los poderosos del mundo «civiles indefensos»; los mismos poderosos del mundo que, cuando Gadafi encarcelaba o ejecutaba verdaderos «civiles indefensos» hacían cola ante su jaima, con el catálogo de armas que pensaban venderle a buen precio (por razones de Estado, por supuesto).

A los rebeldes muy probablemente los hayan armado los mismos que previamente habían armado a Gadafi; y ahora, después de armar a unos y otros, los poderosos del mundo se erigen en policías de tráfico y decretan una zona de exclusión aérea que sufren los verdaderos «civiles indefensos», a quienes la democracia y la libertad les llueven beatíficamente en forma de bombas. Como la «operación militar» es especialmente indecorosa, ninguno de los poderosos del mundo quiere adoptar un protagonismo excesivo, salvo el gabacho Sarkozy, que quizá sea el que más tenga que esconder de todos; y unos y otros pugnan por ceder protagonismo al «mando conjunto» de la OTAN, amparados en la resolución de la ONU: como si la resolución de la ONU y el «mando conjunto» de la OTAN fuesen otra cosa que los testaferros de su voluntad. Nuestra cancillera Trini, entretanto, reconoce que las posibilidades de derrocar a Gadafi son más bien escasas; pero, en cambio, considera que en Libia «existe base suficiente» para que el pueblo se reconcilie, en lo que demuestra poseer dotes nada desdeñables para el chiste macabro.

A esto, los apóstoles del pacifismo que se rasgaban las vestiduras cuando invadieron Irak lo llaman un «mal menor». Y así, con un «mal menor» se puede sepultar en el olvido el «mal mayor» que durante años se escenificó en la jaima de Gadafi.

8 de marzo de 2011

Crítica Literaria: Porqué soy católico?







por Juan Manuel de Prada




Publicado en www.abc.es








lguna de las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan se ha dirigido a mí en estas fechas, en solicitud de una recomendación libresca. Me permito aconsejarles que no dejen de regalar (o de regalarse) el suculento libro Por qué soy católico, publicado recientemente por la editorial El Buey Mudo, donde se reúnen los escritos apologéticos de Gilbert Keith Chesterton tras su conversión al catolicismo.

Decir «escritos apologéticos» puede inducir a confusión, pues uno enseguida se imagina una literatura árida, erizada de espinosas cuestiones teológicas, abrumada de indigestas abstracciones y mecánicamente zaherida por el sonsonete o latiguillo de la llamada a la conversión; pero en estos ensayos de Chesterton nada hay de mecánico o indigesto o espinoso, porque aquel gordo genial tenía la virtud de convertir el catecismo en una novela de aventuras y la teología en una intrépida epopeya. Decía el gran Leonardo Castellani que Chesterton tuvo «la sabiduría del anciano, la cordura del varón, la combatividad del joven, la petulancia del muchacho, la risa del niño y la mirada asombrada y seria del bebé»; y toda esta munición de cualidades conforma una escritura luminosa, incisiva, capaz de entrometerse en los dobladillos de las medias verdades para delatar su fondo de oprobiosa y mugrienta mentira, capaz de desvelar la verdad oculta de las cosas, sepultada entre la chatarra de viejas herejías que nuestra época nos vende como ideas nuevas.En algún pasaje de este libro formidable Chesterton afirma que «la conversión llama al hombre a estirar su mente igual que quien despierta de un sueño se siente impulsado a estirar los brazos y las piernas». Este estiramiento mental permite a Chesterton abordar los asuntos de su época (que son, con pocas variantes, los asuntos de cualquier época) desde perspectivas inéditas, haciendo uso de una «vista de águila» que deslumbra por su sagacidad, por su novedad, por su indesmayable originalidad; y es que la fe de Chesterton nunca es una creencia enclaustrada en sus dogmas, sino derramada sobre el anchuroso mundo, deseosa de dilucidar todos los conflictos que el mundo propone. Fe encarnada, en fin; y encarnándose en las cosas acaba alumbrando su sentido más recóndito y cabal. Creo que la razón por la que hoy no existe en el ámbito católico un escritor de la talla de Chesterton es precisamente porque los católicos hemos convertido nuestra fe en algo doctrinario que se enquista en las cosas, en lugar de alumbrarlas por dentro; y, al renunciar a una fe encarnada, el católico cae en la trampa de abordar las cosas desde los presupuestos «ideológicos» al uso, sobre los que incorpora, a modo de pegote o excrecencia, su fe doctrinaria, que así se muestra rígida o inmovilista a los ojos de nuestra época.


Contra esa visión inmovilista de la fe se rebela Chesterton en cada una de las setecientas páginas de este volumen asombroso. Y así nos muestra la incesante novedad de la fe católica, en cuyo acervo encuentra siempre explicaciones novedosas (explicaciones eternas) que desenmascaran la caducidad y contingencia de las tendencias modernas. En Por qué soy católico, Chesterton nos demuestra que la única manera de evitar el estancamiento mental consiste en enseñar a los hombres a ampliar sus miras, para que sean capaces de mirar más lejos y a más largo plazo; y así se revela como un maestro que no sólo estimula nuestra inteligencia, sino que la abraza, la sustenta, la vigoriza, la dota de un andamiaje robusto y, a la vez, la impulsa por caminos nunca trillados. Esta vigorosa expansión de la inteligencia que ilumina las cosas en apariencia más dispares se la proporciona a Chesterton una fe encarnada y unificadora; luego, claro está, hace falta saber escribir como Chesterton, pero para eso hay que estar tocado por la Gracia. A las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan les recomiendo que no dejen pasar por su pueblo a los Reyes Magos sin que les procuren su ejemplar de Por qué soy católico.


4 de marzo de 2011

La culpa la tiene Franco






por Juan Manuel de Prada




Tomado de ABC









ublicaba ABC una entrevista de Mariano Calleja a Ana Pastor y Teresa Cunillera, vicepresidentas del Congreso, que constituye una pieza maestra de comicidad. Al buen entrevistador se le distingue por la capacidad para radiografiar al entrevistado, despojándolo de los aderezos y afeites con que trata de escamotear su verdadera personalidad; y Calleja se revela aquí un entrevistador superdotado, logrando que Teresa Cunillera se nos muestre en su espléndida ridiculez, sin añadir ni un solo subrayado a sus declaraciones mentecatas. Hay un pasaje especialmente gozoso en el que Calleja pregunta: «Para Teresa Cunillera, ¿Cataluña es una nación?». A lo que la interpelada responde afirmativamente; y, puesta a enhebrar sandeces, añade: «Nosotros estamos cómodos en una Constitución que define España como nación de naciones». Aquí Calleja, con muy caritativa delicadeza, la corrige: «No, perdone, la Constitución no dice eso en ningún lado…». Pero Cunillera, en una pirueta conceptual abracadabrante, remacha: «Bueno, lo llamó nacionalidad para que cupiera».

¡Con un par! Toda la entrevista está regada de parecidos dislates, ensartados con una suerte de complacencia orgullosa que en el lector provoca una mezcla de risa floja y alipori. La buena de Cunillera se ve a sí misma como una campeona en «lucha permanente contra el machismo»; y es natural que una mujer que emplea tantas energías en combatir tamaña plaga no encuentre hueco para adiestrar sus neuronas. Para Cunillera, el machismo consiste en que los diputados «imiten con recochineo» a las diputadas. A esto antes se le llamaba tener dotes para el histrionismo; pero en esta nueva era en que señoras como la buena de Cunillera alcanzan magistraturas tan encumbradas se le llama machismo (lo que, en buena lógica, da la razón a quienes piensan que el feminismo consiste en que las mujeres imiten histriónicamente a los hombres).
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25 de febrero de 2011

¿Qué celebramos en Navidad?









por Juan Manuel de Prada












hesterton escribió que celebramos un trastorno del universo, una inversión de nuestras categorías mentales. Adorar a Dios significaba hasta la Navidad elevar los ojos a un cielo inescrutable que nos sobrecogía con su inmensidad; a partir de la Navidad, adorar a Dios significa volver los ojos al suelo, incluso acostumbrarlos a la luz mortecina de una cueva, para reparar en la fragilidad de un niño que gimotea entre las pajas. Las manos que habían modelado las estrellas se convierten, de súbito, en unas manecitas diminutas; la grandeza infinita de Dios se torna fragilidad de un niño recién nacido que se amamanta a los pechos de su Madre.

Omnipotencia e indefensión, divinidad e infancia, que hasta entonces eran conceptos antípodas, se congregan de repente, formando una amalgama única que desafía las leyes físicas, que subvierte nuestras categorías mentales, que despatarra, en fin, el universo. A este despatarrarse del universo lo llamamos Navidad.

Pequeño entre los pequeños

Nuestra fe, que para enfrentarse a la inmensidad misteriosa de Dios tenía que armarse de un telescopio, descubre de repente que requiere un microscopio para fijarse en ese Niño que manotea en el interior de una cueva. Dios, que habitaba el empíreo, se hace el más pequeño entre los pequeños; y tamaño cataclismo, que pone a prueba la capacidad de comprensión de los más sabios, es aceptado con naturalidad por los más sencillos. Son los pastores los que más prontamente adoran a ese niño nacido en una cueva; y lo hacen porque entienden —con esa intuición formidable que las gentes sencillas tienen para las cosas santas y sobrenaturales— que un Dios encumbrado en su trono de inaccesible majestad no puede ser el Dios que abrace su insignificancia. Su fe simplicísima, infantil si se quiere, ha soñado con un Dios como este, que acampe entre sus rebaños, que sea uno más entre ellos, padeciendo sus mismas zozobras, sus mismas necesidades elementales, su misma pobreza y laceria. Y, al acercarse a la cueva donde se ha consumado el prodigio, descubren que ese Dios hecho niño se amamanta a los pechos de su Madre, se refugia aterido en el regazo de su Madre, como cualquier niño en el mundo; y ese vínculo entre el Niño y la Madre acaba de completar el cataclismo de la Navidad: Dios deja de ser una entidad abstracta y autosuficiente, para convertirse en un Dios trémulo que se nutre y se cobija en una Madre, intercesora en nuestra relación con Él. Para hacerle una carantoña o un arrumaco, hay que acercarse a la Madre; para invocarlo, hace falta preguntar su nombre a la Madre; para cogerlo en brazos y achucharlo hay que solicitar permiso a la Madre.
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23 de febrero de 2011

La cruz, siempre la cruz










por Juan Manuel de Prada


Tomado de Religión en libertad





arias asociaciones de la llamada Memoria Histórica reclaman que la cruz que preside el Valle de los Caídos sea desmantelada, porque «de ninguna forma se puede consentir que se siga alzando hacia el cielo ese símbolo de muerte y venganza».

La frase es suficientemente explícita para que requiera mayor glosa o comentario: un signo de amor y redención es visto como «símbolo de muerte y venganza»; y tal inversión de las categorías —«¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!», clamaba Isaías— exige un grado de ofuscación moral que no se explica mediante causas meramente naturales.

Esa aversión a la Cruz es de naturaleza preternatural; y para entenderla plenamente hace falta recordar aquellas palabras de San Pablo a los efesios: «No es nuestra lucha contra la sangre y la carne...», etcétera. Un mero ateo puede ver en la Cruz un armatoste inservible o irrisorio; pero para ver en ella un «símbolo de muerte y venganza» hace falta «creer y temblar». Y ese temblor a modo de ataque epiléptico lo provoca el odium fidei, que a lo largo de los diversos crepúsculos de la Historia se ha manifestado bajo las expresiones más diversas, desde las más sañudas a las más sibilinas. En esta fase de la Historia, el odium fidei se disfraza con la coartada legalista propia del laicismo, que el gran Leonardo Castellani definía como «la sustitución de Dios por el Estado, al cual se transfieren los atributos divinos de Aquél, incluido el poder absoluto sobre las almas».

Mientras estas asociaciones de la llamada Memoria Histórica solicitan, por las bravas, la voladura de la cruz que preside el Valle de los Caídos, el Estado, más sibilinamente, prohíbe que se celebre misa en la Basílica, después de impedir las visitas turísticas, alegando que es preciso acometer obras de restauración en el recinto, cuyo resultado será el mismo que reclaman las asociaciones cristofóbicas, pero realizado a través de medios más finos: unos reclaman el empleo de la dinamita, nostálgicos quizá de episodios de cristofobia rampante como los que jalonaron nuestra Guerra Civil; los otros, más eficientes que nostálgicos, emplean dudosos informes técnicos e indudables grúas. Y lo hacen amparados en la coartada legal, pues el Valle de los Caídos se cuenta entre los monumentos administrados por Patrimonio Nacional, que puede impedir que se celebren misas en la Basílica y cepillarse los conjuntos escultóricos que la presiden, alegando que la celebración de tales misas entorpece el libre acceso de los ciudadanos al recinto, o bien —como parece que es la coartada legal elegida— que tales conjuntos escultóricos precisan restauración. Y contra la coartada legal nada vale, ni siquiera la ingenua invocación de la Constitución, que especifica que la libertad religiosa estará limitada por «el mantenimiento del orden público».

De modo que a los cristófobos finos o sibilinos que han decretado el cierre de la Basílica, después de haber dejado durante años que en ella se celebraran misas por concesión graciosa, les bastará alegar que la celebración de misas «altera el orden público» para justificar su acción. Y, una vez restablecido el orden, podrán incluso dar el gustazo a los cristófobos más sañudos de dinamitar la Cruz que preside el lugar: porque coartadas legales y dinamita son tan sólo expresiones diversas de un mismo sentimiento de los que «creen y tiemblan», que los viejos teólogos denominaban odium fidei. A ver si nos vamos enterando.

22 de febrero de 2011

Las democracias islámicas






por Juan Manuel de Prada










oda esa algazara con que Occidente recibe el proceso revolucionario desatado en los países islámicos del norte de África se me antoja una patética muestra de «wishful thinking», propia de mentes decadentes y perezosas. En la concepción musulmana, orden religioso y orden político no conforman esferas separadas, ni en grado de autonomía ni siquiera de subordinación de la segunda a la primera. Cuando se compara este proceso con el que en Europa se desató con la Revolución Francesa (aunque su origen debamos buscarlo en la Reforma protestante), se olvida que en el Occidente cristiano orden religioso y orden político siempre estuvieron separados, aunque subordinado el segundo al primero; lo que el proceso revolucionario instauró fue la subversión del orden político contra el orden religioso, la «soberanía» del rey o del pueblo rebelados contra la ley divina. En el Islam, fe religiosa y poder político no se conciben separados, ni en grado de autonomía, ni de subordinación, ni muchísimo menos de subversión del orden político contra el religioso; en el Islam, las creencias religiosas «santifican» o legitiman el poder político, que a su vez sostiene la vigencia y difusión de la fe. El poder político, en la concepción musulmana, es unidad en la fe de la «umma» o comunidad de los creyentes y garantía de la expansión del Islam; y todas las revueltas que en el mundo musulmán han sido no han tenido otro propósito, consciente o inconsciente, sino restaurar la institución histórica del califato.

Las autocracias del norte de África siempre fueron vistas por los mahometanos como un impedimento para tal propósito; y, visto desde su perspectiva, no les falta razón. Son regímenes, en efecto, que dificultan o impiden la cohesión de la «umma», por atender otros propósitos espurios (sostenimiento de dinastías usurpadoras, permisividad con otros cultos religiosos, sometimiento a los dictados yanquis, etcétera). La restauración de ese quimérico califato que devuelva la conciencia de «umma» es la utopía tácita o confesa que ha alimentado todas las revueltas islámicas; utopía que una y otra vez se ha estrellado con la escasa capacidad política del temperamento musulmán, así como con trabas geográficas y étnicas diversas.

La democracia es una creación política a la que el cristianismo dio forma, con su teoría del poder divino que, a través del pueblo, se deposita en un gobernante; y, en sus manifestaciones últimas, ha devenido una herejía cristiana. Para un musulmán, la democracia es simplemente una blasfemia, una abominación repugnante; pues Islam significa «sumisión a Alá», y toda su dinámica religiosa tiende consiguientemente a proclamar la majestad inaccesible de Alá y la insignificancia del hombre creado, a quien no le resta otro destino sino acatar con sentido fatalista el abismo infranqueables que separa la divinidad desencarnada y la humanidad débil y sometida. Si un musulmán se aviene a hablar de «democracia» es para referirse, en términos que al occidental pasen inadvertidos, a una recuperación de la «umma» o comunidad de creyentes. Lo que de estas revueltas salga no serán, como los ilusos pretenden, regímenes democráticos, sino un Islam más robusto en el caso de que cuajen; y un Islam más enviscado y áspero en el caso de que fracasen. Y, en uno y otro caso, dolor, mucho dolor, como el que ya están padeciendo las minorías cristianas en Egipto, mientras por aquí seguimos tocando el arpa, en loor a ese oxímoron delirante llamado democracia islámica.

13 de febrero de 2011

Destruirse desde dentro









Por Juan Manuel de Prada











a declarado Mel Gibson que su película Apocalypto, en la que se recrean las postrimerías de la civilización maya, constituye en realidad una alegoría sobre la decadencia de las sociedades occidentales. Apocalypto se abre con una cita de Will Durant que basta para advertirnos de sus intenciones: «Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro». La frase, de una lucidez que espanta, sirve de diagnóstico para nuestra época. Mucha gente me pregunta si considero que el islam es un enemigo para Occidente; mi respuesta es siempre la misma: «En absoluto. El enemigo está dentro, el enemigo somos nosotros mismos».¿Qué peligro podría significar el islam si Occidente estuviese orgulloso de defender los valores que conforman su idiosincrasia? Los musulmanes residentes en nuestros países tendrían que acatar estos valores si desearan disfrutar de las ventajas que les reportan; desde el primer instante en que se atrevieran a infringirlos, serían despachados con viento fresco, o castigados por la Ley, como cada hijo de vecino. El problema no está en los musulmanes, por mucho que profesen una fe que a la vez postula un ordenamiento sociopolítico a cuyo rebufo se cobijan las más sórdidas dictaduras; bastaría con que los musulmanes tuviesen claro que jamás podrían ver realizados, en Occidente, sus anhelos expansionistas.

El problema para Occidente comienza cuando se muestra incapaz de defender los valores que fundan su ordenamiento jurídico, cuando descree de los hitos que han propiciado su progreso, cuando reniega de la moral que ha humanizado su convivencia; cuando, en definitiva, se niega a sostener la supremacía de su orden social y, a cambio, se abandona a un aguachirle de necedades merengosas que, bajo el marbete de Alianza de Civilizaciones o de cualquier otra majadería limítrofe, prefiguran la rendición.

Todavía quedan algunos ilusos que, a la hora de imaginarse el fin de nuestra civilización, se dedican a otear el horizonte, en busca de enemigos externos. Olvidan que, cuando entraron en Roma, los bárbaros no tuvieron que librar ninguna encarnizada batalla con un ejército defensor, ni vencer la resistencia de sus vecinos; entraron como Pedro por su casa, sin asestar un mandoble, enseñoreándose de una posesión que les pertenecía desde mucho tiempo atrás, desde que los gobernantes del otrora amedrentador imperio se convirtieron en una patulea de pacifistas claudicantes, desde que sus ciudadanos se entregaron con regocijo a las ventajas de la vida muelle y al disfrute de su opulencia.

Así perecen las civilizaciones, así las potencias más poderosas devienen naciones de opereta: destruidas desde dentro, inmoladas por los botarates que rigen sus destinos y por la chusma que los encumbró al poder. Porque no debemos pensar que los gobernantes irresponsables que rigen los destinos de los países en decadencia son meteoritos que abruptamente irrumpen en la vida política, venidos del espacio exterior, surgidos de la nada; por el contrario, son el fruto natural de una sociedad podrida y dimisionaria, son la expresión quintaesenciada de un clima moral decrépito, que es el de los pueblos dispuestos a mirar siempre hacia otro lado, dispuestos a entregar su primogenitura por un plato de lentejas, dispuestos a ceder a la extorsión, a renunciar a los principios que fundan su existencia, a ponerse de rodillas ante quien los quiere genuflexos, con tal de diferir un problema que se les viene encima, no importa que esté enturbantado o cubierto por la capucha macabra del terrorismo.

En estos días en que la dulce paz de los esclavos vuelve a asomar a los labios de nuestros gobernantes, amortizados ya aquellos dos muertecitos accidentales del aeropuerto; en estos días en que vuelve a iniciarse ese «proceso» indecoroso que tanto regocija a los enemigos de España, ya sabemos, con insobornable certeza, que la destrucción vendrá desde dentro

Publicado por Juan Manuel de Prada el 22-01-2007 en www.abc.es

6 de febrero de 2011

Comprando votos








por Juan Manuel de Prada




Tomado de Fundación Burke








¿Cómo se logra que alguien piense lo que yo quiero que piense?

Introduciendo en su inteligencia injertos emocionales que se convierten en muletillas del pensamiento y resetean la inteligencia; injertos cuya implantación colectiva convierte automáticamente a quien los rechace en un proscrito o outsider condenado a la intemperie. En el Matrix progre, la «ciudadanía» (esto es, el pueblo convertido en rebaño reseteado) vive plácidamente con sus injertos, que llega a interiorizar como mecanismo de supervivencia. Y así, por ejemplo, a la «ciudadanía» humillada se le impone mediante injerto que la guerra de Irak, en la que mueren niños despedazados por las bombas de los terroristas, es una vergüenza universal; en cambio, la guerra de Afganistán, donde igualmente mueren niños despedazados por las bombas de los terroristas, se erige como por arte de birlibirloque en un combate justo contra «el terrorismo islamista que ha declarado la guerra al mundo civilizado y a todos los que no están dispuestos a someterse a su terror» (Chacón pixit y dixit). Entre los injertos emocionales que garantizan la supervivencia en el Matrix progre se cuenta la consideración de la Guerra Civil como un tebeo de buenos y malos; donde los malos eran los abuelos de la gente de derechas, quienes -si no desean convertirse en proscritos condenados a la intemperie- tendrán por cojones que asimilar la doctrina oficial.

A este reseteado de la inteligencia se le llama ingeniería social. Sus armas incluyen la propaganda de los medios de adoctrinamiento de masas y se extienden al ámbito escolar, mediante la introducción de la llamada sarcásticamente «Educación para la Ciudadanía»; su finalidad última (o finalidad única) no es otra que asegurarse sucesivas remesas de votantes que perpetúen el poder establecido en el Matrix progre. Pero los injertos que resetean la inteligencia tardan a veces en ser asimilados por la «ciudadanía»; y hasta ocurre que hay tipejos contumaces que se resisten a ingresar en el rebaño reseteado. Para compensar esta fatalidad el poder establecido acude entonces al método más expeditivo de la compra directa de votos, que por supuesto disfraza con acuñaciones campanudas; la más eficaz de todas ellas es la llamada «extensión de derechos», que consiste en elegir un grupo social cualquiera -cuanto más numeroso mejor- y proveerlo de una limosnilla, pecuniaria o jurídica (antijurídica, más bien, pues se trata de «conceder» derechos que no existen), que asegure su adhesión incondicional a los postulados del Matrix progre y su automática conversión en rebaño de votantes a piñón fijo.

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2 de febrero de 2011

La tragedia de la escuela católica







por Juan Manuel de Prada



Tomado de Fundación Burke










olegios católicos, cantera de líderes», rotulaba ayer este periódico un magnífico -y, acaso sin pretenderlo, estremecedor- reportaje de Blanca Torquemada en el que se desempolva la infancia y adolescencia de diversos dirigentes políticos españoles que estudiaron con curas y monjas.

En realidad, el rótulo que mejor hubiese casado con el reportaje hubiese sido: «Colegios católicos, cantera de líderes anticatólicos», a la vista del ganao que en él se concitaba; pero basta el eufemismo de «cantera de líderes» para designar la tragedia de la escuela católica, cuya razón de ser no es otra que la de erigirse en «cantera de discípulos»; y no del liberalismo, ni del socialismo, ni del feminismo, ni de cualquiera de los «ismos» o idolatrías políticas establecidas, sino discípulos de Cristo.

«Dejad que los niños se acerquen a mí», dice Jesús en cierto pasaje muy divulgado del Evangelio; pero cuando se comprueba que muchos niños que pasan por la escuela católica son quienes luego, de adultos, más se alejan de Cristo y más afanosamente trabajan para que otros también se alejen, uno empieza a considerar que tal vez la escuela católica debería empezar a aplicarse la admonición que hallamos en el mismo pasaje evangélico: «Al que escandalizare a uno de estos pequeños, más le valdría encajarse una rueda de molino y arrojarse al mar».

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28 de enero de 2011

La religión de los druidas





por Juan Manuel de Prada


Tomado de Religión en Libertad











or Tutatis! Las autoridades británicas han reconocido el druidismo como «religión genuina». En lo que obran con gran coherencia y rectitud, considerando el concepto de religión que postulan. Un atisbo de lo que las autoridades británicas entienden por religión nos lo ofrecía aquel texto descacharrante que el bueno de David Cameron perpetró, con motivo de la reciente visita al Reino Unido de Benedicto XVI, a quien dispensó los mismos piropos que podría haber dirigido al mismísimo druida de Stonehedge. Cameron hilaba allí una sarta de paparruchas buenistas que no se le habrían ocurrido ni a un fulano que acabase de zamparse un guiso de setas lisérgicas aderezadas con anisete: que si la Iglesia católica «es un socio en la búsqueda para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio», que si la Iglesia católica «es una aliada en la campaña global contra el cambio climático», que si la Iglesia católica colabora con «otros grupos de fe en los temas de bienestar», etcétera. La mera imagen de una Iglesia católica colaborando en temas de «bienestar», aliada en la campaña global contra el cambio climático y empeñada en alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio causaría irrisión... si no fuera porque antes causa horror; pues así, exactamente así, es como San Pablo nos describe la impostura religiosa a la que, hacia el final de los tiempos, se entregarán las naciones, «poniendo al hombre en el lugar de Dios».

En sus Cuatro sermones del Anticristo (recién publicados por El Buey Mudo), John Henry Newman analiza esta impostura religiosa descrita por San Pablo, cuando los hombres se hagan «amadores de sí mismos», negando el poder de Dios «con una apariencia de piedad». Tal «apariencia de piedad» es fácilmente distinguible en los discursos de los políticos; y Cameron, en aquella salutación grotesca al Papa, hacia gala de ella sin rebozo. El objetivo último consiste en otorgar el mismo rango a todos los «credos religiosos», con tal de que se sumen al gran proyecto de «promoción del bienestar del individuo» (o sea, de «adoración del hombre»). Si la Iglesia católica desea seguir siendo considerada ese «aliado» o «socio» habrá de convertirse, según expresión del Apocalipsis, en una ramera que fornica con los reyes de la tierra: esto es, en una mera organización «humanitaria» que renuncia a su misión, para convertirse en una suerte de capataz solidario. Y si se resiste a desempeñar este papel que la última impostura religiosa le ha adjudicado, ya sabe lo que le espera.


Para que la impostura religiosa final triunfe habrá de generalizarse primero la apostasía, que en contra de lo que muchos ingenuos piensan no vendrá impuesta –o no solamente– desde fuera, sino que se desarrollará en el propio seno de la Iglesia. «La persecución más grande a la Iglesia no procede de enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia», nos recordaba hace poco Benedicto XVI. Claro que también desde fuera se le puede echar una mano. Este reconocimiento del druidismo como «religión genuina» se presenta como un episodio más –si se quiere especialmente chusco o estrafalario– en el intento de igualar todos los «credos religiosos», con tal de que se sumen al gran proyecto de «promoción del bienestar del individuo». ¿O es que acaso los druidas no pueden ser unos aliados estupendos en la campaña global contra el cambio climático y en la búsqueda para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio? Pues claro que sí. ¡Por Tutatis!

24 de enero de 2011

Fumadores apestados








por Juan Manuel de Prada





Tomado de XLsemanal








onsumatum est. El tabaco ha sido desterrado de la vida social española; y nos han logrado convencer de que lo han hecho para proteger nuestra salud, después de bombardearnos con una propaganda desquiciada que hace del tabaco la mayor causa de mortandad de los países desarrollados. El infarto del fumador se atribuye siempre al tabaco, no importa que haya acaecido mientras ejecutaba ejercicios gilipollescos en un gimnasio. El cáncer de pulmón del fumador se atribuye siempre al tabaco, no importa que diariamente respire los tufos de gasolina requemada que expelen los automóviles. En su cruzada antitabaquista, han llegado a afirmar que los niños que crecen en hogares donde se fuma pueden desarrollar problemas de raquitismo. Probablemente, los divulgadores de infundios tan tremebundos crecieran -como yo mismo, como casi todo el mundo- en un hogar habitado por fumadores, sin quedarse raquíticos. Pero los apóstoles de la histeria ni siquiera se arredran cuando el sentido común y los datos puramente empíricos desmienten sus truculencias; su labor -a medio camino ante la del calumniador y la del seudoprofeta jeremías- consiste, sobre todo, en sembrar el pavor entre el público más crédulo o hipocondriaco. A la inmoralidad de nuestros gobernantes no le importa el sufrimiento del fumador; le importa conseguir, mediante la elocuencia sórdida de los números, que su sufrimiento deje de estimular la piedad del prójimo, para convertirse en motivo de segregación y repudio social.
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10 de enero de 2011

Descargas


por Juan Manuel de Prada



Tomado de XLsemanal






o podría entender que se cerrasen las páginas de descargas de Internet si previamente nuestros gobernantes proclamasen con solemnidad: «Establecemos que toda forma de transmisión gratuita de la cultura debe considerarse delictiva; y que toda persona, física o jurídica, que contribuya a la misma será puesta a disposición judicial». Tal pronunciamiento se me antojaría injusto y aberrante; pero, puesto que estamos en manos de gobernantes injustos y aberrantes, deseo que al menos se expresen como los tiranos que son, sin disfraces democráticos ni pamplinas buenistas. Lo que, en cambio, no puedo entender es que nuestros gobernantes pretendan cerrar las páginas de descargas de Internet y castigar a sus administradores mientras, por ejemplo, mantienen abiertas las bibliotecas públicas. Aquí algún lector escandalizado me opondrá: «¡Cómo se atreve a comparar las páginas web de descargas, esos zocos de latrocinio, con las bibliotecas, esos templos donde se custodia el saber!». A lo que le responderé: «Zocos o templos, como usted lo desee; pero lo cierto es que se dedican a lo mismo, que es la transmisión gratuita de cultura, o de lo que nuestra época entiende por cultura, que con frecuencia es borra para obturar las meninges; y si la biblioteca es de préstamo, como suelen ser todas las bibliotecas públicas, más todavía».

Algún lector ofendido por mi defensa de las descargas de Internet me ha reprochado: «¿Le gustaría a usted que mañana un multimillonario filántropo se dedicara a imprimir sin ánimo de lucro sus libros, y los pusiera a disposición de cualquier hijo de vecino?». A lo que yo le he respondido: «¡Pero, hombre de Dios, si ese multimillonario filántropo ya existe! Se llama «red de bibliotecas públicas del Estado»; y tiene abiertas sucursales en todos los barrios de nuestras ciudades, en todos los pueblos que salpican nuestra malhadada piel de toro, y hasta en autobuses itinerantes que llegan a las aldeas más recónditas y despobladas, y en los andenes del metro». Es verdad que este multimillonario filántropo no «imprime sin ánimo de lucro» mis libros, para ponerlos a disposición de cualquier hijo de vecino; no, hace algo todavía más ruin y desvergonzado, que consiste en obligar al contribuyente a apoquinar dinero para comprar unos cuantos ejemplares de mi libro (en honor a la verdad, más bien pocos o casi ninguno en mi caso concreto y excepcional, pues no soy escritor afecto al Régimen) que, repartidos por la «red de bibliotecas públicas del Estado», están a disposición de cualquier hijo de vecino para que los lea gratis. ¡Y este multimillonario, más caradura que filántropo, resulta que es el mismo que pretende evitar a toda costa que en Internet la gente, montándoselo por su cuenta, haga lo mismo que él hace en su «red de bibliotecas públicas»! Uno podría entender que se exigiera pagar una cantidad estipulada por descargar una canción o una película si en las bibliotecas se exigiera, a cada lector que toma prestado un libro, el abono de una compensación económica para el autor de ese libro, que por culpa de ese préstamo deja de vender un ejemplar. Pero si tan saludable requisito no se lo impone el Estado a las bibliotecas, ¿con qué derecho pretende imponérselo a los internautas? Y si no cierra las bibliotecas, ¿por qué pretende cerrar las páginas de descargas?

Aquí alguien podría aducir: «¡Es que Internet es una selva sin reglas, y en la selva hay que poner orden!». Póngase orden, pues: pero si el encargado de poner orden en la selva se limita a podar o arrancar un arbolito, dejando que en lo demás la selva siga tan agreste e infestada de alimañas y pantanos mefíticos como antes, hemos de concluir que a tal encargado no le interesaba adecentar la selva, sino arrancar ese arbolito concreto, al que profesaba especial inquina u ojeriza. Y si nuestros gobernantes, que (con la única excepción de la pedofilia) jamás se han preocupado de combatir la turbamulta de conductas delictivas que hallan cobijo y propagación en Internet, empezando por calumnias, injurias y difamaciones sin cuento, de repente se muestran tan celosos en la persecución de las descargas, hemos de pensar que los mueve algún impulso no demasiado filantrópico. A la postre, los tiranos, por mucho que aderecen de disfraces democráticos y pamplinas buenistas sus acciones, acaban mostrando las costuras de injusticia y aberración que constituyen el meollo de su alma; y esta época de ignominia acabará siendo recordada como aquel tiempo demencial en que abortar era un derecho y bajarse una película de Internet, un delito.

6 de enero de 2011

Cristo ¿vuelve o no vuelve?




por Juan Manuel de Prada


Tomado de XLsemanal











ecía Leon Bloy que, cuando quería estar al tanto de las últimas
noticias, leía el Apocalipsis. Sospecho que hoy casi nadie sigue el ejemplo de Bloy, ni siquiera entre los creyentes. Leonardo Castellani, en su libro El Apokalypsis de San Juan (que acaba de publicar Homo Legens, con prólogo del menda), se pregunta por qué la propia Iglesia católica ha dejado de predicar la escatología, los misterios últimos que se siguen recitando en el Credo (segunda venida de Cristo o Parusía, resurrección de la carne, Juicio Final) e invocando en la liturgia de la misa («¡Ven, Señor Jesús!»), si bien de forma cada vez más automática, como se recitan abstrusas fórmulas algebraicas que ya nadie entiende. Podría aducirse que la Iglesia ha dejado de predicar tales misterios por prudencia, para evitar una confrontación conflictiva con el racionalismo propio de la época, como los cristianos de los primeros siglos se acogían a la «disciplina del arcano», para evitar las persecuciones de los emperadores romanos; pero lo cierto es que la Iglesia no hace uso de la misma «prudencia» en otras cuestiones en que su doctrina choca con igual o mayor violencia con la mentalidad contemporánea (pensemos en las cuestiones de moral sexual). Por lo demás, la disciplina del arcano a la que se acogían los primeros cristianos los aconsejaba callar sobre determinados puntos del dogma cuando se desenvolvían en el mundo; pero en modo alguno tal disciplina se extendía a las celebraciones litúrgicas, y tampoco a la predicación de sus ministros.


Otra razón que podría aducirse es que la predicación de la
escatología puede infundir entre los fieles ideas extravagantes que lindan con la herejía o la locura. Al propio Castellani algún cura le reprochó que se dedicara a la exégesis del Apocalipsis, advirtiéndole que quienes lo hacían terminaban mal de la olla; a lo que Castellani, siempre tan sarcástico, le respondió preguntándole si San Ireneo o el cardenal Newman debían contarse en el gremio de los que han perdido la chaveta. Lo cierto es que toda predicación de índole religiosa puede producir perturbaciones, como demuestra el hecho de que tantos locoides afirmen haber presenciado una aparición mariana; mas no por ello la Iglesia ha dejado de hablar de la Virgen. Y el día que dejara de hacerlo, por temor a excitar la fantasía de los fieles propensos a las ideas extravagantes, estaría traicionando su misión. Sin embargo, ha dejado de predicar la escatología. ¿Por qué?


Algún cura al que se lo he preguntado me ha dicho que
el Apocalipsis es un libro demasiado oscuro, por lo que es mejor centrarse en la predicación de los Evangelios. Aceptando que los Evangelios no sean también oscuros en muchos pasajes (¡échale un galgo a ciertas parábolas!), lo cierto es que el Apocalipsis está contenido de forma abreviada en los Evangelios (Mc 13, Mt 24); y que uno de estos pasajes se lee en las iglesias, en la misa del penúltimo domingo del tiempo ordinario. ¡Pero resulta que luego, en la predicación, el asunto central del Evangelio se soslaya, se maquilla, se edulcora y embrolla! Y lo mismo ocurre con las predicaciones del Adviento, que es el tiempo litúrgico establecido para recordar la primera venida de Cristo y anunciar su segunda; pero de la segunda nada se dice. ¿Por qué?

Yo creo que una de las causas principales del agostamiento de la fe en nuestra época es que los creyentes han dejado de creer en esta segunda venida; o, al menos, que han dejado de pensar en ella. Y, despojada de su horizonte escatológico (de su clave de bóveda), la fe acaba desustanciada, porque la fe «es sustancia de lo que se espera». Y cuando el creyente deja de esperar, o no sabe a ciencia cierta lo que espera, acaba reduciendo su fe a un código de buena conducta, a pura moralina inmanentista; y para el viaje de la buena conducta no hacen falta las alforjas de la fe. Incluso pueden resultar enojosas: pues la fe desustanciada, en un mundo incrédulo, lo único que acarrea (quien lo probó lo sabe) son desprecios, aflicciones y malos mirares; y cuando tales formas de tribulación dejan de entenderse a la luz de la escatología, resultan insoportables. Conque, para no padecerlas, el creyente deja que su fe vaya pereciendo de inanición.

A las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan les
recomiendo, como Leon Bloy, la lectura del Apocalipsis, que no es un libro amargo, sino jubiloso en extremo; y, si lo encuentran demasiado oscuro, acudan al libro de Leonardo Castellani que arriba mencionaba, en cuya venta yo no me llevo un duro, sino tan sólo la satisfacción de predicar en Adviento la segunda venida.

26 de octubre de 2009

¿Me amas?





por Juan Manuel de Prada



Tomado de XLSemanal




uestro alejamiento de las lenguas clásicas –un barco a la deriva que se va hundiendo irreparablemente– nos impide disfrutar de delicadezas como la que Benedicto XVI resalta en un pasaje de su último libro, Los apóstoles y los primitivos discípulos de Cristo (Espasa), dedicado a Pedro. En griego existen dos verbos que designan la acción de amar: filéo, que expresa el amor de la amistad, tierno y entregado, pero no totalizador; y agapáo, que significa amar sin reservas, con una donación completa e incondicional a la persona amada. El evangelista Juan, cuando refiere el episodio de la aparición de Jesús resucitado a Pedro a orillas del lago Tiberíades, emplea ambos de un modo muy significativo y dilucidador. Podemos imaginarnos ese episodio como el encuentro de dos viejos amigos conscientes de la herida que se ha abierto en su relación, pero dispuestos a restañarla sinceramente, dispuestos a recibir y dar perdón, para que esa herida no ensombrezca el futuro de su amistad. Pedro sabe que, apenas unos días antes, cuando su amigo más lo necesitaba, lo ha traicionado por cobardía o por mero instinto de supervivencia, negándolo hasta tres veces después de prometerle lealtad absoluta. Y Jesús, por su parte, sabe que esa traición ha sido consecuencia de la debilidad de su amigo, consecuencia pues de la propia naturaleza humana; y sabe también que su amigo está avergonzado y mohíno por su falta de coraje. Entonces Jesús, dispuesto a olvidar ese desliz, le pregunta a bocajarro: «¿Me amas?».

El evangelista escribe agapâs-me; esto es: «¿Me amas con un amor completo e incondicional?». Es como si Jesús demandara a Pedro un amor superior al que hasta entonces le ha profesado, un amor que excluya las debilidades y que proclame una adhesión entusiasta, acérrima, tal vez sobrehumana. Nada hubiese resultado más sencillo para Pedro que responder agapô-se («te amo incondicionalmente»), satisfaciendo esa demanda de amor absoluto que Jesús le lanza; pero, consciente de sus limitaciones, consciente de que lo ha traicionado y de que en el futuro tal vez vuelva a hacerlo (aunque, desde luego, nada más alejado de su propósito), Pedro le responde con pudorosa y escueta humildad: Kyrie, filô-se; esto es: «Señor, te quiero al modo humano, con mis limitaciones». Podemos imaginar que la respuesta de Pedro por un segundo defraudaría a Jesús: ha ofrecido a su amigo su perdón sincero y algo más que su perdón, a cambio de que nunca más le vuelva a fallar; pero su amigo no desea defraudarlo con esperanzas vanas, no desea que Jesús le atribuya virtudes sobrehumanas. Entonces Jesús insiste y vuelve a usar el verbo agapáo: «¿Me amas más que éstos?», refiriéndose a los discípulos que se hallan junto a Pedro a orillas del lago. Esta segunda pregunta de Jesús debió de incorporar un matiz perentorio, incluso exasperado, algo así como: «Oye, te estoy preguntando que si me amas a muerte, no me vengas con medias tintas». Pedro sin duda captó ese tono requirente, tal vez incluso enojado de Jesús; y algo debió de temblar dentro de él, tal vez el miedo a decepcionar a su amigo; y no parece improbable que su respuesta tuviese un tono compungido, desfalleciente, lastimado, temeroso de recibir una reprimenda. Pero así y todo volvió a emplear el verbo filéo:

Entonces Jesús vuelve a interpelarlo por tercera vez, como tres habían sido las veces que su amigo lo había negado, en la noche amarga; pero, para sorpresa de Pedro, que ya estaría esperando un chaparrón de maldiciones e invectivas, Jesús emplea ahora el mismo verbo al que Pedro se había aferrado antes: Fileis-me? Es un momento de gran fuerza conmovedora, porque Jesús se da cuenta de que no puede exigirle a su amigo algo que no está en la frágil naturaleza humana; y, olvidándose de esa exigencia sobrehumana, se adapta, se amolda a la debilidad de Pedro, a la frágil condición humana, porque entiende que en su amor renqueante que tropieza y cae y sin embargo se vuelve a levantar dispuesto a proseguir sin titubeos su camino puede haber un ímpetu, una alegría de andar superior incluso a la de un amor que se cree vacunado contra todos los tropiezos. Entonces Pedro, gratificado por el perdón de su amigo que lo acepta como es, que lo abraza también en el tropiezo y en la caída, afirma con alivio, con decisión, con alborozo: «Sabes que te quiero» (filô-se).

Y fueron amigos para siempre. Tal vez porque el amor más exigente e incondicional es el que brindamos a quien no nos viene con demasiadas condiciones y exigencias.
«Señor, te quiero a mi pobre y defectuosa manera, con todas mis fragilidades a cuestas».

12 de octubre de 2009

Obama, príncipe de la paz




por Juan Manuel de Prada



Tomado de ABC




A concesión del Nobel de la Paz al falso mesías Obama ha provocado entre sus obnubilados adoradores un rapto de entusiasmo orgiástico; y, entre quienes aún se resisten a adorarlo, una suerte de perplejidad abrumada, pues consideran que tal premio no recompensa acciones concretas, sino vagas promesas. Pero lo cierto es que son precisamente esas vagas promesas las que encumbraron a Obama, las que le concedieron autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación y lo elevaron a un trono de adoración ante el que desfilan todos los moradores de la tierra. Y siendo esas vagas promesas las que lo entronizaron, nada más natural que ahora lo premien por mantener a sus adoradores genuflexos con un despliegue de falsos prodigios. Después de todo, si Obama ha logrado que el cretinismo contemporáneo distinga a la gorilona de su señora como un epítome de la elegancia y la feminidad, ¿por qué no habría de lograr que lo distinguiese a él con el título de Príncipe de la Paz?

¡Ah, paz, qué hermosa palabra! En su estremecedora novela Señor del Mundo, Benson imagina a un falso mesías llamado Felsenburgh que se entroniza lanzando promesas de paz mundial. Felsenburgh, como Obama, es «un senador americano dotado de extraordinaria elocuencia» que, raudo como una pantera (pero con pies de oso y voz de león), se inviste de un «prestigio fuera de lo común» ante los ojos de la masa cretinizada, sin que nadie pueda explicarse de forma racional su endiosamiento. Cuando sube al estrado de los discursos, Felsenburgh «anuncia la fraternidad universal», provocando entre la multitud un gesto unánime de rendida adhesión: «Eran muchos los que lloraban en silencio, miles de personas movían los labios sin emitir ni una sílaba, todos los rostros estaban vueltos hacia esa figura, como si en ella se concentrasen las esperanzas de todas las almas. Del mismo modo se concentraron las miradas de muchos en quien hoy conoce la Historia con el nombre de Jesús de Nazaret».

Pero aquel Jesús vino a traer la espada; y el Felsenburgh de Benson viene a traer la paz. Con él, se acaban los gritos que claman por un Dios que nunca aparece; y arrecian los gritos que claman por un hombre que, ante los ojos de la multitud cretinizada, aparece investido de divinidad: «Él era el verdadero Salvador del Mundo. Allí había alguien a quien se podía seguir con entera tranquilidad, un dios sin duda, un hombre también: dios por ser humano, y humano por ser divino». Y a la adoración de Felsenburgh se dedica la multitud cretinizada, entregándole el título de monarca universal. Una vez lograda una paz engañosa durante el primer año de su mandato, Felsenburgh dedica el segundo a conseguir un falso bienestar para la humanidad, solucionando la crisis económica que la aflige; y, a continuación, dedica el tercer año de su mandato a deleitar a sus adoradores con los falsos portentos de la moderna tecnología, que permite a la masa cretinizada el dominio utilitario de la naturaleza, creando y destruyendo vida a placer. Así se alcanza el cuarto año de su reinado, en el que -tras la feliz resolución de las cuestiones política, social y científica- Felsenburgh se dispone a consumar su misión, poniendo fin al «problema religioso», que para entonces se reduce a la supervivencia de cierta religión «grotesca y esclavizadora», la única que con sus «negativas tendencias extremistas» se resiste a aceptar la adoración eufórica del hombre. Quienes profesan esa religión son contemplados como una secta de peligrosos delincuentes; de modo que su persecución es aceptada como un beneficio público que la masa cretinizada acoge con entusiasmo orgiástico. Un entusiasmo incluso mayor que el que hoy exhiben los adoradores de Obama, tras su entronización como Príncipe de la Paz.