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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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7 de junio de 2009

Credo Atanasiano



"Todo el que quiera salvarse, debe ante todo mantener la Fe Universal. El que no guardare ésta Fe íntegra y pura, sin duda perecerá eternamente. Y la Fe Universal es ésta: que adoramos a un solo Dios en Trinidad, y Trinidad en Unidad, sin confundir las Personas, ni dividir la Sustancia. Porque es una la Persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; mas la Divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu es toda una, igual la Gloria, coeterna la Majestad. Así como es el Padre, así el Hijo, así el Espíritu Santo. Increado es el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Incomprensible es el Padre, incomprensible el Hijo, incomprensible el Espíritu Santo. Eterno es el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno; como también no son tres incomprensibles, ni tres increados, sino un solo increado y un solo incomprensible. Asimismo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios. Así también, Señor es el Padre, Señor es el Hijo, Señor es el Espíritu Santo. Y sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. Porque así como la verdad cristiana nos obliga a reconocer que cada una de las Personas de por sí es Dios y Señor, así la religión Cristiana nos prohibe decir que hay tres Dioses o tres Señores. El Padre por nadie es hecho, ni creado, ni engendrado. El Hijo es sólo del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente. Hay, pues, un Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. Y en ésta Trinidad nadie es primero ni postrero, ni nadie mayor ni menor; sino que todas las tres Personas son coeternas juntamente y coiguales.
De manera que en todo, como queda dicho, se ha de adorar la Unidad en Trinidad, y la Trinidad en Unidad. Por tanto, el que quiera salvarse debe pensar así de la Trinidad. Además, es necesario para la salvación eterna que también crea correctamente en la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Porque la Fe verdadera, que creemos y confesamos, es que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre; Dios, de la Sustancia del Padre, engrendado antes de todos los siglos; y Hombre, de la Sustancia de su Madre, nacido en el mundo; perfecto Dios y perfecto Hombre, subsistente de alma racional y de carne Humana; igual al Padre, según su Divinidad; inferior al Padre, según su Humanidad. Quien, aunque sea Dios y Hombre, sin embargo, no es dos, sino un solo Cristo; uno, no por conversión de la Divinidad en carne, sino por la asunción de la Humanidad en Dios; uno totalmente, no por confusión de Sustancia, sino por unidad de Persona. Pues como el alma racional y la carne es un solo hombre, así Dios y Hombre es un solo Cristo; El que padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, resucitó al tercer día de entre los muertos. Subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, Dios Todopoderoso, de donde ha de venir a juzgar a vivos y muertos. A cuya venida todos los hombres resucitarán con sus cuerpos y darán cuenta de sus propias obras. Y los que hubieren obrado bien irán a la vida eterna; y los que hubieren obrado mal, al fuego eterno. Esta es la Fe Universal, y quien no lo crea fielmente no puede salvarse. AMEN "


15 de marzo de 2009

El Credo comentado (8)



por Santo Tomás de Aquino, O.P.




Artículo 7


Y DE ALLI HA DE VENIR A JUZGAR A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS



101.—El juzgar corresponde al oficio de rey y de Señor. Prov 20, 8: "El Rey sentado sobre el trono de la justicia disipa con la mirada todo mal". Y como Cristo ascendió al Cielo, y está sentado a la derecha de Dios como Señor de todos, es claro que a él le toca el juzgar.
Por lo cual en la regla de la Fe católica confesamos que "ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos". Esto mismo lo dijeron también los Angeles (Hechos I, II): "Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo, vendrá así como le habéis visto ir al cielo".

102.—Debemos considerar tres cosas acerca de este juicio. Primero, su forma; segundo, lo que se le debe temer; tercero, cómo hemos de prepararnos para ese juicio.

103.—Tres cosas concurren a la forma de un juicio: quién sea el juez, quiénes serán juzgados y acerca de qué.

104.—Pues bien, Cristo es el juez. Hechos 10, 42: "Es El quien ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos": ya sea que tomemos por muertos a los pecadores, y por vivos a los justos; o literalmente por vivos a los que aún vivan a la sazón, y por muertos a cuantos hayan muerto. El es el juez no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre. Y esto por tres razones.
Primeramente porque es necesario que los que son juzgados vean al juez. Ahora bien, tan deleitable es la Divinidad, que nadie puede verla sin gozo; por lo cual ningún condenado podrá verla, porque de lo contrario gozaría. Por lo tanto es necesario que aparezca bajo la forma de hombre, para que sea visto por todos. Juan 5, 27: "Le ha dado poder para juzgar, porque es el Hijo del hombre".
En segundo lugar, porque en cuanto hombre mereció tal oficio. Pues en cuanto hombre fue injustamente juzgado El mismo, por lo cual Dios lo hizo juez de todo el mundo. Job 36, 17: "Tu causa ha sido juzgada como la
de un impío: recibirás la culpa y la pena".
En tercer lugar, para que, siendo juzgados por un hombre, los hombres cesen de desesperar. Pues si sólo Dios fuese el juez, los hombres, aterrados, desesperarían. Luc 21, 27: "Verán venir al Hijo del hombre en una nube". Ciertamente serán juzgados cuantos son, fueron y serán. Dice el Apóstol en II Cor 5, 10: "Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada quien reciba lo que es debido a su cuerpo, según el bien o el mal que haya hecho".

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28 de febrero de 2009

El Credo comentado (7)


por Santo Tomás de Aquino, O.P.




Artículo 6



ASCENDIÓ A LOS CIELOS, Y SE SENTÓ A LA DIESTRA DE DIOS PADRE OMNIPOTENTE




96.—Tras de creer en la resurrección de Cristo es necesario creer en su ascensión, por la cual ascendió al Cielo a los cuarenta días. Y por eso se dice: "Ascendió a los cielos".
Acerca de su ascensión debes notar tres cosas.
Primeramente fue a) sublime, b) racional y c) útil.

97.—a) Fue sublime porque ascendió a los cielos. Y esto se explica de tres maneras. Primero, por encima de todos los cielos materiales. Dice el Apóstol en Ef 4, 10: "Subió por encima de todos los cielos". Cristo fue el primero en realizar tal cosa. Antes, en efecto, el cuerpo terreno no existía sino en la tierra, tanto que aun Adán estuvo en un paraíso terrenal.
En segundo lugar, ascendió por encima de todos los cielos espirituales. Ef I, 20-22: "Sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero; y bajo sus pies sometió todas las cosas".
En tercer lugar, ascendió hasta el trono del Padre. Dan 7, 13: "Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre, y llegó hasta el Anciano de los días"; y Marc 16, 19: "Y el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo, y se sentó a la diestra de Dios".

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22 de febrero de 2009

El Credo comentado (6)



por Santo Tomás de Aquino, O.P.




Artículo 5

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS, Y AL TERCER DÍARESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS






77.—Como ya dijimos, la muerte de Cristo consistió, como en los demás hombres, en que su alma se separó de su cuerpo; pero de manera tan indisoluble está unida la Divinidad a Cristo hombre, que aun cuando el alma y el cuerpo se separaron entre sí, la misma Deidad estuvo siempre perfectísimamente unida al alma y al cuerpo, por lo cual en el sepulcro estuvo el Hijo de Dios con el cuerpo, y descendió a los infiernos (1) con el alma.

78.—Por cuatro razones descendió Cristo con su alma a los infiernos.La primera fue soportar toda la pena del pecado, para expiar así toda la culpa. Porque la pena del pecado del hombre no era sólo la muerte del cuerpo, sino que también era un sufrimiento del alma. Porque como el pecado era también por parte del alma, también la misma alma era castigada por la privación de la visión divina. De modo que sin esa pena, de ninguna manera se satisfacía. Por ello, después de muertos, todos descendían, aun los santos Padres, antes de la venida de Cristo, a los infiernos. Así es que para soportar toda la pena debida a los pecadores, Cristo quiso no sólo morir, sino también bajar con el alma a los infiernos. De aquí que diga el Salmo 87, 5-6: "Contado entre los que bajan a la fosa, soy como un hombre acabado, libre entre los muertos". Pues los demás estaban allí como esclavos, pero Cristo como libre.

79.—La segunda fue el socorrer perfectamente a todos sus amigos. En efecto, El tenía amigos no sólo en el mundo sino también en los infiernos. Pues se es amigo de Cristo en la medida en que se tiene caridad, y en los infiernos había muchos que habían muerto con la caridad y la fe en El que había de venir, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y otros justos y varones perfectos. Y como Cristo había visitado a los suyos en el mundo y los había socorrido por su propia muerte, quiso también visitar a los suyos que estaban en los infiernos y socorrerlos bajando hasta donde se hallaban ellos. Eccli 24, 45: "Penetraré a todas las profundidades de la tierra, y visitaré a todos los que duermen, e iluminaré a cuantos esperan en el Señor".
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19 de febrero de 2009

El Credo comentado (5)



por Santo Tomás de Aquino, O.P.


Artículo 4



PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO, FUE
CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO






59.—Así como le es necesario al cristiano creer en la encarnación del Hijo de Dios, así también le es necesario creer en su pasión y en su muerte, porque, como dice San Gregorio, "de nada nos aprovecharía el haber nacido si no nos aprovecha el haber sido redimidos".
Pues bien, que Cristo haya muerto por nosotros es algo tan elevado, que apenas puede nuestra inteligencia captarlo; no sólo, sino que no le cuadra a nuestro espíritu. Y esto es lo que dice el Apóstol (Hechos 13, 41): "En vuestros días yo voy a realizar una obra, una obra que no creeréis si alguien os la cuenta". Y Habacuc I, 5: "En vuestros días se cumplirá una obra que nadie creerá cuando se narre". Pues tan grandes son la gracias de Dios y su amor a nosotros, que hizo por nosotros más de lo que podemos entender.

60.—Sin embargo, no debemos creer que de tal manera haya sufrido Cristo la muerte que muriera la Divinidad, sino que la humana naturaleza fue lo que murió en El. Pues no murió en cuanto Dios, sino en cuanto hombre. Y esto es patente mediante tres ejemplos. El primero está en nosotros. En efecto, es claro que al morir el hombre, al separarse el alma del cuerpo, no muere el alma, sino el mismo cuerpo, o sea, la carne.
Así también, en la muerte de Cristo, no muere la Divinidad sino la naturaleza humana.

61.—Pero si los judíos no mataron a la Divinidad, es claro que no pecaron más que si hubiesen matado acualquier otro hombre.

62.—A esto debemos responder que suponiendo a un rey revestido con determinada vestidura, si alguienmse la manchase incurriría en la misma falta que si manchase al propio rey. De la misma manera los judíos: no pudieron matar a Dios, pero al matar la humana naturaleza asumida por Cristo, fueron castigados como si hubiesen matado a la Divinidad misma.

63.—Además, como dijimos arriba, el Hijo de Dios es el Verbo de Dios, y el Verbo de Dios encarnado es como el verbo del rey escrito en una carta. Pues bien, si alguien rompiese la carta del rey, se le consideraría igual que si hubiere desgarrado el verbo del rey. Por lo mismo, se considera el pecado de los judíos de igual manera que si hubiesen matado al Verbo de Dios.

64.—Pero ¿qué necesidad había de que el Verbo de Dios padeciese por nosotros? Muy grande. Y se puede deducir una doble necesidad. Una, como remedio de los pecados, y la otra como modelo de nuestros actos.

65.—Para remedio, ciertamente, porque contra todos los males en que incurrimos por el pecado, encontramos el remedio en la pasión de Cristo. Ahora bien, incurrimos en cinco males.

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17 de febrero de 2009

El Credo comentado (4)








por Santo Tomás de Aquino, O.P.


Artículo 3

QUE FUE CONCEBIDO DEL ESPÍRITU SANTO Y NACIÓ DE LA VIRGEN MARÍA




45.—No solamente es necesario creer en el Hijo de Dios, como está demostrado, sino que es menester creer también en su encarnación. Por lo cual San Juan, después de haber dicho muchas cosas sutiles y difíciles (sobre el Verbo), en seguida nos habla de su encarnación en estos términos (Jn I, 14): Y el Verbo se hizo carne. Y para que podamos captar algo de esto, propondré
dos ejemplos.
Es claro que nada es tan semejante al Hijo de Dios como el verbo concebido en nuestra mente y no proferido. Ahora bien, nadie conoce el verbo mientras permanece en la mente del hombre, si no es aquel que lo concibe; pero es conocido al ser proferido. Y así, el Verbo de Dios, mientras permanecía en la mente del Padre no era conocido sino por el Padre; pero ya revestido de carne, como el verbo se reviste con la voz, entonces por primera vez se manifestó y fue conocido. Baruc (3, 38): "Después apareció en la tierra, y conversó con los hombres".
El segundo ejemplo es éste: por el oído se conoce el verbo proferido, y sin embargo no se le ve ni se le toca; pero si se le escribe en un papel, entonces sí se le ve y se le toca. Así, el Verbo de Dios se hizo visible y tangible cuando en nuestra carne fue como inscrito; y así como al papel en que está escrita la palabra del rey se le llama palabra del rey, así también el hombre al cual se unió el Verbo de Dios en una sola hipóstasis, se llama Hijo de Dios, Isaías 8, I: "Toma un gran libro, y escribe en él con un punzón de hombre"; por lo cual los santos apóstoles dijeron (acerca de Jesús): "Que fue concebido del Espíritu Santo, y nació de la Virgen María".

46.—En esto erraron muchos. Por lo cual los Santos Padres, en otro símbolo, en el Concilio de Nicea, añadieron muchas precisiones, en virtud de las cuales son destruidos ahora todos los errores.

47.—En efecto, Orígenes dijo que Cristo nació y vino al mundo para salvar también a los demonios. Por lo cual dijo que todos los demonios serían salvos al fin del mundo. Pero esto es en contra de la Sagrada Escritura.
En efecto, dice San Mateo (25, 41): "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles". Por lo cual, para rechazar esto se agrega: "Que por nosotros los hombres (no por los demonios) y por nuestra salvación". En lo cual aparece mejor el amor que Dios nos tiene.

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13 de febrero de 2009

El Credo comentado (3)


por Santo Tomás de Aquino, O.P.

Artículo 2
Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO, SEÑOR NUESTRO

31.—No sólo les es necesario a los cristianos creer en un Dios único, y en que El es creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas, sino que también les es necesario creer que Dios es Padre y que Cristo es verdadero Hijo de Dios.Lo cual, como lo dice el bienaventurado Pedro en su Segunda Epístola Canónica, cap. I, no es una fábula, sino algo cierto y probado por la palabra de Dios en la montaña. En efecto, dice él allí (16-18): "Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de Nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad.Porque recibió de Dios Padre honor y gloria cuando de la sublime Gloria le vino esta voz: Este es mi hijo muy amado en quien me complazco. Oídle. Nosotros mismos escuchamos esta voz venida del cíelo, estando con El en el monte santo".El mismo Jesucristo en muchas ocasiones llama Padre suyo a Dios y se dice Hijo de Dios. Por lo cual los Apóstoles y los Santos Padres pusieron entre los artículos de Fe que Cristo es Hijo de Dios, al decir: "Y en Jesucristo su Hijo", esto es, Hijo de Dios.

32.—Pero hubo algunos herejes que creyeron en esto de manera perversa.En efecto, Fotino dice que Cristo no es Hijo de Dios sino tal como lo son los varones virtuosos que, por vivir honestamente y por cumplir con la voluntad de Dios, merecen ser llamados hijos de Dios por adopción; y que de esta manera Cristo, que vivió honestamente e hizo la voluntad de Dios, mereció ser llamado Hijo de Dios; y pretendió que Cristo no existió antes de la Bienaventurada Virgen, sino que empezó a existir cuando fue concebido por Ella. Y así erró doblemente. Primero, por no decir que Cristo es verdadero Hijo de Dios según la naturaleza; y en segundo lugar al decir que Cristo empezó a existir en el tiempo en cuanto a todo su ser, mientras que nuestra fe afirma que El es Hijo de Dios por naturaleza y que lo es ab aeterno. Y en todo esto tenemos testimonios expresos contra Fotino en la Sagrada Escritura.En efecto, contra lo primero la Escritura dice no sólo que Cristo es Hijo sino que es Hijo único. Juan I, 18: "El Hijo único, que está en el seno del Padre, El lo ha contado". Y contra lo segundo, Juan 8, 58: "Antes de que Abraham fuese, Yo soy". Ahora bien, es claro que Abraham existió antes que la Santísima Virgen, por lo cual los Santos Padres agregaron, en otro Símbolo, contra lo primero: "Su único Hijo"; y contra lo segundo: "Y nacido del Padre antes de todos los siglos".
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9 de febrero de 2009

El Credo comentado (2)






por Santo Tomás de Aquino, O.P.


Artículo 1



CREO EN UN SÓLO DIOS, PADRE TODOPODEROSO, CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA



13.—Entre todas las cosas que los fieles deben creer, lo primero es que existe un solo Dios. Pues bien, debemos considerar qué significa esta palabra: "Dios", que no es otra cosa que Aquel que gobierna y provee al bien de todas las cosas. Así es que cree que Dios existe aquel que cree que El gobierna todas las cosas de este mundo y provee a su bien.
Al contrario, el que crea que todas las cosas ocurren al acaso no cree en la existencia de Dios. Sin embargo, nadie hay tan insensato que no crea que las cosas de la naturaleza son gobernadas, están sometidas a una providencia y ordenadas, de modo que ocurren conforme a cierto orden y a su tiempo. En efecto, vemos que el sol y la luna y las estrellas y todos los otros seres de la naturaleza guardan un curso determinado, lo cual no ocurriría si fuesen efecto del azar. En consecuencia, si hubiere alguien que no creyese en la existencia de Dios, sería un insensato. Salmo 13, I: "Dijo el necio en su corazón: no hay Dios".

14.—Sin embargo, hay algunos que creen que Dios gobierna y dispone las realidades naturales, pero no creen que Dios sea providente respecto de los actos humanos, así que no creen que los actos humanos estén gobernados por Dios. Y la razón de ello es que ven que en este mundo los buenos son afligidos y los malos prosperan, por lo cual parece que no hay una providencia divina respecto a los hombres, por lo cual hablando por ellos dice Job (22, 14): "Dios se pasea por los caminos del cíelo y se desinteresa de nuestros asuntos".
Pero esto es demasiado estúpido. Pues a éstos les ocurre como si algún ignorante en medicina viere al médico recetar a un enfermo agua, a otro vino, conforme lo piden las reglas de la medicina, y creyere que eso lo hace al acaso, por su ignorancia de esas reglas, siendo que por un justo motivo lo hace, o sea, el darle a uno vino, y al otro agua.

15.—Lo mismo debemos decir de Dios. Pues por justo motivo y por su providencia Dios dispone las cosas que les son necesarias a los hombres, por lo cual a algunos buenos los aflige y a algunos malos los deja en prosperidad. Así es que quien crea que esto ocurre por azar es un insensato y se le tiene por tal, porque esto no proviene sino de que ignora la sabiduría y las razones del gobierno divino.
Job 11,6: "Ojalá que Dios te revelara los arcanos de su sabiduría y la multiplicidad de sus designios". Por lo cual es de creer firmemente que Dios gobierna y dispone no sólo las realidades naturales sino también los actos humanos.
Salmo 93, 7-10: "Y dicen: 'No lo verá el Señor, no se da cuenta el Dios de Jacob'. Comprended, estúpidos del pueblo; insensatos ¿cuándo vais a ser cuerdos? El que plantó la oreja ¿no oirá? El que formó los ojos ¿no va a ver?... El Señor conoce los pensamientos de los hombres".
Dios ve, pues, todas las cosas, y los pensamientos y los secretos de la voluntad. De aquí que se les imponga especialmente a los hombres la necesidad de obrar bien, porque todo lo que piensan y hacen manifiesto está a la mirada divina.
El Apóstol dice en Hebreos 4, 13: "Todo está desnudo y patente a sus ojos".

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7 de febrero de 2009

El Credo Comentado (1)






por Santo Tomás de Aquino, O.P.



EXPOSICIÓN DEL SÍMBOLO DE LOS APOSTÓLES O DEL "CREDO IN DEUM"


Prólogo




.—Lo primero que le es necesario al cristiano es la Fe, sin la cual nadie se llama fiel cristiano. Pues bien, la Fe produce 4 bienes.




2.—Primeramente por la Fe se une el alma a Dios. En efecto, por la fe el alma cristiana realiza una especie de matrimonio con Dios (Oseas, 2, 20): "Te desposaré conmigo en la Fe". Por lo cual al ser bautizado el hombre, desde luego confiesa la Fe, cuando se le pregunta: "¿Crees en Dios?", porque el bautismo es el primer sacramento de la fe. Lo dice el Señor (Mc 16, 16): "El que crea y sea bautizado será salvo". Porque el bautismo sin la fe es inútil, por lo cual es de saberse que nadie es acepto a Dios sin la fe (Heb II, 6): "Sin la fe es imposible agradar a Dios".

Por esta razón San Agustín, comentando a Romanos 14, 23: "Todo lo que no proceda de la fe es pecado", escribe:
"Donde falta el conocimiento de la eterna e inmutable verdad, falsa es la virtud aun con las mejores costumbres".

3.—El segundo bien es que por la Fe comienza en nosotros la vida eterna. Porque la vida eterna no es otra cosa que conocer a Dios, por lo cual dice el Señor (Jn 17, 3): "La vida eterna es que te conozcan a ti el solo Dios verdadero". Pues bien, este conocimiento de Dios empieza aquí por la fe, para perfeccionarse en la vida futura, en la cual lo conoceremos tal cual es. Por lo cual se dice en Hebreos II, I: "La fe es la substancia de las realidades que se esperan". Así es que nadie puede alcanzar la bienaventuranza, que es el verdadero conocimiento de Dios, si primero no lo conoce por la fe (Juan 20, 29): "Bienaventurados los que no vieron y creyeron".

4.—El tercer bien es que la fe dirige la vida presente. En efecto, para vivir bien es menester que el hombre sepa qué cosas son necesarias para bien vivir, y si tuviera que aprender por el estudio todas las cosas necesarias para bien vivir, o no podría alcanzar tal cosa, o la alcanzaría después de mucho tiempo. En cambio la fe enseña todo lo necesario para vivir sabiamente. En efecto, ella nos
enseña la existencia del Dios único, que recompensa a los buenos y castiga a los malos, y que hay otra vida y otras cosas semejantes, que nos incitan suficientemente a hacer el bien y a evitar el mal (Habac 2, 4): "Mi Justo vive de la fe". Lo cual es manifiesto, porque ninguno de los filósofos de antes de la venida de Cristo, a pesar de todos los esfuerzos, pudo saber tanto acerca de Dios y de lo necesario para la vida eterna cuanto después de la venida de Cristo sabe cualquier viejecita mediante la fe.
Por lo cual Isaías (II, 9) dice: "Colmada está la tierra con la ciencia del Señor".

5.—El cuarto bien es que por la fe vencemos las tentaciones (Hebr I I, 33): "Por la fe los santos vencieron reinos". Y esto es patente, porque toda tentación viene o del diablo, o del mundo, o de la carne. En efecto, el diablo tienta para que no obedezcas a Dios ni te sujetes a El. Y esto lo rechazamos por la fe. Porque por la fe sabemos que El es el Señor de todas las cosas, y por lo tanto que se le debe obedecer: I Pe 5, 8: "Vuestro adversario el diablo ronda buscando a quién devorar: resistidle firmes en la fe".
El Mundo, por su parte, tienta o seduciendo con lo próspero o aterrándonos con lo adverso. Pero todo lo vencemos por la fe, que nos hace creer en otra vida mejor que ésta, y así despreciamos las cosas prósperas de este mundo y no tememos las adversas: I Jn 5, 4: "La victoria que vence al mundo es nuestra fe", y a la vez nos enseña a creer que hay males mayores, los del infierno.
La Carne, en fin, nos tienta induciéndonos a las delectaciones momentáneas de la vida presente. Pero la fe nos muestra que por ellas, si indebidamente nos les adherimos, perdemos las delectaciones eternas: Ef 6. 16: "Embrazad siempre el escudo de la fe".
Con todo esto queda patente que es grandemente útil tener fe.

6.—Pero puede alguno decir: es una tontería creer en lo que no se ve; así es que no se puede creer en lo que no vemos.

7.—Respondo. En primer lugar, la imperfección de nuestro entendimiento resuelve esta dificultad: porque si el hombre pudiese perfectamente conocer por sí mismo todas las realidades visibles e invisibles, necio sería creer en lo que no vemos. Pero nuestro conocimiento es tan débil que ningún filósofo pudo jamás descubrir a la perfección la naturaleza de un solo insecto. En efecto, leemos que un filósofo vivió treinta años en soledad para conocer la naturaleza de la abeja. Por lo tanto, si nuestro entendimiento es tan débil, ¿acaso no es insensato no creerle a Dios sino lo que el hombre puede conocer por sí mismo? Por lo cual sobre esto se dice en Job 36, 26: "¡Qué grande es Dios, y cuánto excede nuestra ciencia!".

8.— En segundo lugar se puede responder que si un maestro enseñase algo de su ciencia y cualquier dijese que eso no es tal como el maestro lo afirma por no entenderlo él, por gran necio tendríamos a ese rústico.
Pues bien, es un hecho que el entendimiento de los ángeles excede al entendimiento del mejor filósofo más que el entendimiento de éste al del rústico. Por lo cual necio es el filósofo si no quiere creer lo que dicen los ángeles, y con mayor razón si no quiere creer lo que Dios enseña. Sobre esto se dice en Eccli 3, 25: "Muchas cosas que sobrepujan la humana inteligencia se te han enseñado".

9.—En tercer lugar se puede responder que si el hombre no quisiera creer sino lo que conoce, ciertamente no podría vivir en este mundo. En efecto, ¿cómo se podría vivir sin creerle a nadie? ¿Cómo creer ni siquiera que tal persona es su padre? Por lo cual es necesario que el hombre le crea a alguien sobre las cosas que él no puede conocer perfectamente por sí mismo. Pero a nadie hay que creerle como a Dios, de modo que aquellos que no creen las enseñanzas de la fe, no son sabios sino necios y soberbios, como dice el Apóstol en la 1ª Epístola a Timoteo, 6, 4: "Soberbio es, y no sabe nada". Por lo cual dice San Pablo en la 2a. Epístola a Timoteo, I, 12: "Yo sé bien en quién creí y estoy cierto".

10.—Se puede todavía responder que Dios prueba la verdad de las enseñanzas de la fe. En efecto, si un rey enviase cartas selladas con su sello, nadie osaría decir que esas cartas no proceden de la voluntad del rey.
Pues bien, consta que todo aquello que los santos creyeron y nos transmitieron acerca de la fe de Cristo marcadas están con el sello de Dios: ese sello lo muestran aquellas obras que ninguna pura criatura puede hacer: son los milagros con los que Cristo confirmó las enseñanzas de los Apóstoles y de los santos.

11.—Si me dices que nadie ha visto hacer un milagro, respondo: consta que todo el mundo adoraba los ídolos y perseguía a la fe de Cristo, como lo atestiguan aun las historias de los paganos; y sin embargo todos se han convertido a Cristo: sabios y nobles, y ricos y poderosos y los grandes, por la predicación de unos cuantos pobres y simples que predicaron a Cristo. Y esto ha sido obrado o milagrosamente, o no. Si milagrosamente, ya está la demostración. Si no, yo digo que no puede haber mayor milagro que la conversión del mundo entero sin milagros. No hay para qué investigar más.

12.—Así es que nadie debe dudar de la fe, sino creer en lo que es de fe más que en las cosas que ve; porque la vista del hombre puede engañarse, mientras que la ciencia de Dios es siempre infalible.

20 de mayo de 2008

Credo

Primera parte



Segunda parte