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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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1 de abril de 2011

Vidas execrables: Las lloronas de Alfonsín


por el Dr. Antonio Caponetto






Visto y tomado del blog de Cabildo







Sabrá el lector amigo, y aún el que no lo es, todo lo que hemos dicho sobre el gobierno y la persona de Raúl Alfonsín en esos ominosos años que lo tuvieron como presidente o como protagonista principal de la política argentina.

Las páginas de “Cabildo” son, al respecto, un testigo insobornable y minucioso de la perversión de aquella época y de aquel hombre funestísimo.

Sería ocioso hacer ahora una lista de sus muchas calamidades. Pero nadie en su sano juicio puede olvidar que Alfonsín fue miembro de la Internacional Socialista y abogado defensor de Santucho, ejecutor de una política gramsciana explícitamente anticatólica, y defensor de todos los postulados de la cultura de la muerte, empezando por el divorcio vincular que logró convertir en ley, aclarando expresamente que lo hacía para “meterle una cuña a la Iglesia”, esto es, por odium Christi.

Denostador de la guerra justa de Malvinas, cuyo festejo prohibió y de cuya derrota se valió para encumbrarse; socio y cómplice de la hez liberal-judeo-marxista a la que instaló omnipoderosa, conformando una verdadera sinagoga radical; genuflexo ante los plutócratas nativos y extranjeros, no hubo acción concreta contra Dios y contra la Patria, contra la Verdad y contra el Bien, que no lo tuviera por causa eficiente.

No faltaron incluso, bajo su mandato, hechos y sujetos de declarada inspiración satánica, manifestándose impunemente con todo el respaldo oficial. El llamado destape pornográfico lo tuvo entre sus promotores más insanos. El cercenamiento territorial y soberano lo contó como artífice.

Si lo principal, el Reino de Dios y su Justicia, fue profanado a sabiendas por este hombre ruin, tampoco resolvió la añadidura, pues el país se hundió en la demencia de la hiperinflación, viéndose obligado a renunciar y a fugarse del gobierno medio año antes de cumplir su mandato.

De ninguno de sus múltiples daños se arrepintió públicamente, como correspondía hacerlo a quien públicamente causó tanto mal. No hubo jamás un sólo gesto público que nos induzca a pensar que la genuina metanoia cristiana le había ganado el alma, ni mucho menos hubo un solo gesto público de alcance rectificador y reparador por tanto agravio infligido a la Fe y a la Nación.

Y si es cierto que le pidió a Laguna que le administrara la Extremaunción, más parece el pedido la ratificación de su religiosismo krausista y gnóstico, que el querer asegurarse el verdadero tránsito al cielo.

Nadie de auténtica fe católica le puede pedir a un reconocido heresiarca que le administre los últimos óleos.

Ni habrá varón digno que acuda a prelado indigno en sus postrimerías, habiendo para elegir sacerdotes íntegros en la verdadera Iglesia. Todo huele a parodia; excepto, claro, la misericordia del Altísimo, que puede volver de carne hasta el más duro corazón de piedra.

Tras su muerte, y como era previsible, la Masonería le rindió homenaje, con comunicados oficiales y sentidos obituarios. Circularon por doquier, de modo que no es el caso probar el aserto sino sencillamente recordarlo.

El resto fue el show siniestro que todos padecimos durante tres días y que a nadie puede sorprender. Elevado al procerato y al rango cuasifaraónico de deidad cívica, compitieron en decir sandeces sobre su cadáver, los políticos todos, los medios íntegros, y el ciudadano corriente, víctima de la desmemoria, de la sensiblería y de la ignorancia.

Pero no sería ésta la burla mayor que sacudiría nuestra ya fogueada indignación, ni el dolor más hondo infligido por los mendaces apologistas del muerto. Faltaba lo peor.

El malvado recibió el elogio de la Jerarquía Eclesiástica —por boca de Monseñor Arancedo— en una solemne Misa de cuerpo presente. Veintidós Obispos concelebraron en Roma, en la Basílica de San Juan de Letrán, otra Santa Misa por su alma, reconociéndolo “por lo que hizo y por lo que sufrió”; la Comisión Nacional de Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Argentina, le rindió su agradecido tributo y homenaje; un telegrama del Vaticano lo llamó “hombre de altas miras”, y para servir de remate a tanta desmesura y falacia, Monseñor Estanislao Karlic trazó un largo, cálido y completo panegírico trespunteado en el que le agradeció “su servicio de hermano mayor” (cfr. “El Diario”, Paraná, 4 de abril de 2009).

Según Karlic, en el precitado periódico, hay que recordar a Alfonsín “con mucho agradecimiento”, “con mucho respeto y con mucho afecto”, puesto que —entre otras cosas— “fue un hombre que empezó a recitar su fe recitando el preámbulo de la Constitución, y poniendo a Dios como fuente de toda razón y justicia”.

Nosotros creíamos que la Fe estaba contenida en el Credo, y que recitándolo se recitaba aquélla; como creemos recordar también —muy nítidamente— que aquel preámbulo voceado con insistencia por el occiso, era intencional y abruptamente cortado precisamente en la parte en la cual el mismo menciona a Dios como “fuente de toda razón y justicia”.

Pero ahora sabemos, Karlic mediante, que este Hermano Mayor era un paradigma de conducta, y que las chafalonías alberdianas de 1853 valen más que el Symbolo de Nicea.

¡Ay, Cardenal Karllic, tan cerca siempre de la masonería y tan lejos de Cristo Rey!; y ¡ay! del rebaño, cuántas veces perseguido y ultrajado otrora por quien acaba de morir, cuántas veces alzado en buen combate contra sus acechanzas, y recibiendo ahora la insidiosa burla de ver al persecutor encomiado.

Dios perdone a Alfonsín sus perrerías diabólicas, que fueron muchas, gruesas y de efectos negros, todavía impagos y vigentes. Le sirvan las Misas y las preces para mover la compasión del Padre. Dios perdone asimismo a esta clerecía escuálida de agallas, preñada de felonías cuanto huera de rectitud doctrinal.

Y Dios perdone, al fin, al puñado de clericalistas a quienes encima tenemos que soportar que nos reprochen el que nos toque la pesada tarea de hablar sí, sí; no, no de lo que acontece en la Iglesia. Dolor tras los dolores, no diremos al menos que el Señor no nos escucha cuando le pedimos la gracia de vivir intensamente la Cuaresma.

30 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (6)







Tomado de la Editorial Virtual



Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow







VI. LAS VIRTUDES POLÍTICAS



Cuestión disputada sobre la Caridad
Artículo 2, en el cuerpo:

Como la virtud es la que opera en orden al bien, de cada virtud se requiere que se halle de tal modo dispuesta respecto del bien, que actúe bien, es decir, voluntaria, pronta y deleitablemente, y también con firmeza: éstas son, en efecto, las condiciones de la acción virtuosa, las cuales no se pueden dar si el que actúa no ama el bien por el cual actúa, puesto que el amor es el principio de todo afecto de la voluntad. Lo que se ama se desea mientras no se tiene, produce deleite cuando se tiene, y la tristeza sobreviene por aquello que impide poseerlo. Además, aquello que se hace por amor, se hace firme, pronta y deleitablemente. En consecuencia, para la virtud se requiere amor del bien en orden al cual la virtud opera. (...) Si el hombre es admitido a participar del bien de una ciudad, y se hace ciudadano de ella, le corresponde tener las virtudes para obrar lo que es propio del ciudadano, y por ello amar el bien de la ciudad. Así, el hombre que, por la divina gracia, es admitido a participar de la celestial bienaventuranza, que consiste en la visión y fruición de Dios, se hace cual ciudadano y socio de la sociedad bienaventurada, a la cual se la llama Jerusalén celeste, según aquello de Efesios 2, 19: “Sois conciudadanos de los santos y familiares de Dios”. Por lo cual, al hombre así incorporado a las cosas celestes le competen ciertas virtudes gratuitas, que son las virtudes infusas; para cuya debida operación se exige el amor del bien común de toda sociedad en absoluto, que es el bien divino, en cuanto es objeto de la bienaventuranza.

Ahora bien, amar el bien de una ciudad ocurre de dos modos: uno, para poseerlo; otro, para conservarlo. Amar el bien de una ciudad para tenerlo y poseerlo, no es lo que hace al buen político, pues de esta manera también un tirano ama el bien de una ciudad, para dominarla; lo cual es amarse a sí mismo más que a la ciudad: desea, en efecto, este bien para sí, no para la ciudad. Pero amar el bien de la ciudad para conservarlo y defenderlo, es amar verdaderamente a la ciudad; lo cual hace al buen político, en tanto que, para conservar y extender el bien de la ciudad, se expone al peligro de muerte y desdeña el bien privado.

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28 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (5)








Tomado de la Editorial Virtual




Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow





V. LA LEY HUMANA

Suma Teológica, parte II, sección I, cuestión 90, artículo 1, en el cuerpo

La ley es una cierta regla y medida de los actos, por la cual se induce a actuar o se retrae de la acción: la ley, en efecto, se llama así en cuanto procede de “ligar”, puesto que obliga a actuar. Ahora bien, la regla y medida de los actos humanos es la razón, la cual es el primer principio de ellos, pues a la razón compete ordenar al fin, que es el primer principio en el actuar, según dice el Filósofo. En cualquier orden de cosas, lo que es principio es medida y regla en dicho orden, tal como lo es la unidad en el orden de los números, y el primer movimiento en el orden de los movimientos. De lo cual se sigue que la ley es algo que pertenece a la razón.

Ibídem, artículo 2, en el cuerpo

Así como la razón es el principio de los actos humanos, así también en la misma razón hay algo que es principio de lo demás que a ella compete. Por esto, es preciso que a tal principio corresponda de modo primero y primordial la ley.

Ahora bien, el primer principio en el orden de la operación, al que se refiere la razón práctica, es el fin último. Y el fin último de la vida humana es la felicidad o bienaventuranza. Por lo cual es preciso que la ley corresponda primordialmente a lo que se ordena a la bienaventuranza.

Además, puesto que lo que es parte se ordena al todo como lo imperfecto a lo perfecto, y el hombre es parte de la comunidad perfecta, es necesario que la ley se refiera propiamente a lo que se ordena a la felicidad común. Por lo cual el Filósofo, al dar una definición de lo legal, menciona la felicidad y la comunidad política. Dice, en efecto, en el V libro de la Ética, que “llamamos justo legal a lo que causa y conserva la felicidad y, particularmente, la comunión política”. Pues, como él mismo dice en el libro I de la Política, la ciudad es la comunidad perfecta.

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23 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (4)







Tomado de la Editorial Virtual



Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow






IV. EL RÉGIMEN POLÍTICO

Acerca del régimen de los príncipes
Libro I, capítulos 1 a 6

Capítulo 1
“Es necesario que los hombres que viven en sociedad sean diligentemente gobernados por algún jefe”

2 Debemos empezar nuestro propósito exponiendo qué se entiende por la palabra Rey. En todas las cosas que se ordenan a un fin, y que pueden proceder de distinta manera, es necesario un dirigente que conduzca al fin debido. Pues no llegaría la nave al puerto de destino si, al ser movida en distintas direcciones por vientos diversos, no fuese dirigida al puerto por el gobierno del capitán. Ahora bien, el hombre tiene un fin al que se ordena toda su vida y su acción, por ser agente racional, de quien es propio evidentemente obrar por un fin. Sin embargo, ocurre que los hombres tienden de diversos modos al fin que se proponen, como manifiestan sus diversos afanes y acciones. El hombre, por consiguiente, necesita un dirigente que lo conduzca al fin.

3 Todo hombre tiene naturalmente impresa la luz de la razón, por la cual dirige sus actos al fin. Y si al hombre conviniese vivir solo, como a otros muchos animales, no necesitaría de nadie para dirigirse a su fin; cada uno sería rey de sí mismo bajo el mandato supremo de Dios, en cuanto que se dirigiría en sus actos por la luz de la razón dada por Dios. Pero es natural al hombre ser animal social y político, que vive en sociedad mucho más que todos los demás animales, como exigen sus necesidades naturales. En efecto, a los demás animales la naturaleza los proveyó de alimento, los vistió de pelos y los dotó de defensas, como los dientes, los cuernos y las uñas, o, al menos, les dio velocidad para la huida. El hombre, por el contrario, viene de la naturaleza desprovisto de todo eso. Pero en lugar de ello le ha sido dada la razón, mediante la cual y valiéndose de las manos puede proporcionarse todas esas cosas; si bien para ello no se basta uno solo, porque así no podría llevar una vida con suficiencia de medios. Es, por tanto, natural al hombre vivir en sociedad con muchos.

4 Es más: otros animales están provistos de instinto natural para conocer lo que les es útil o nocivo, como la oveja percibe naturalmente al lobo como enemigo, y otros animales conocen instintivamente ciertas hierbas medicinales y otras cosas necesarias para la vida. El hombre, en cambio, no tiene conocimiento natural de las cosas que son necesarias para su vida más que en común; pero por raciocinio, a partir de principios universales, puede llegar al conocimiento de las cosas necesarias para la vida humana. Sin embargo, no es posible que un solo hombre adquiera por sí todos estos conocimientos. Por lo tanto es necesario que el hombre viva en sociedad para que uno sea ayudado por otro, y sean diversos los que se ocupen de las diversas invenciones; por ejemplo, uno de la medicina, otro se ocupe de esto, y otro de aquello.

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12 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (3)








Tomado de la Editorial Virtual



Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow






III. LA POTESTAD POLÍTICA

Comentarios a los libros de las Sentencias, de Pedro Lombardo
Libro II, distinción 44, cuestión 2, artículo 2, en el cuerpo

La obediencia a un precepto se da en la medida de la obligatoriedad de su observancia. Esta obligatoriedad es efecto del orden de la potestad, la cual dispone de fuerza coactiva, no sólo respecto de lo temporal sino también de lo espiritual, “en razón de conciencia”, como dice el Apóstol a los Romanos, XIII, 5, porque el orden de la potestad desciende de Dios, según el Apóstol allí mismo indica. Por tanto, en cuanto las potestades proceden de Dios, los cristianos están obligados a obedecerlas; no lo están, en cambio, respecto de aquellas que no proceden de Dios.

Ahora bien, una potestad puede no proceder de Dios por dos motivos: sea en cuanto al modo de ser adquirida, sea en cuanto al uso que se haga de ella. Lo primero puede ocurrir de dos maneras: por defecto de la persona, en cuanto que sea indigna, o por defecto del mismo modo de adquirir la potestad, en cuanto sea adquirida por violencia, o por simonía, o por cualquier modo ilícito. Por el primer defecto no se impide que alguien adquiera el derecho de la potestad; y, puesto que la potestad, según su razón formal, siempre procede de Dios (lo cual es causa del deber de obediencia), por ello, a los que así la adquieren, aunque indignos, los súbditos les deben obediencia.

Pero el segundo defecto impide el derecho de la potestad: en efecto, quien se hace del dominio por violencia no se convierte por ello verdaderamente en magistrado o señor; y por esto, cuando exista la posibilidad, puede alguien repeler tal dominio: a menos que con posterioridad se haga legítimo, sea por el consenso de los súbditos, sea en virtud de autoridad superior.

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8 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (2)






Tomado de la Editorial Virtual



Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow






II. EL FIN DE LA SOCIEDAD POLÍTICA

Exposición sobre los diez libros Éticos a Nicómaco, de Aristóteles
Libro I, lección 2, parágrafo 30

Es claro que una causa, mientras más extenso sea el ámbito en el que ejerce su poder, tiene prioridad sobre otras y es superior a ellas. Por lo cual el bien, que tiene razón de causa final, es superior en la medida en que se extiende a un ámbito mayor. Por lo cual, si un mismo bien es de un hombre y de toda la ciudad, mucho mejor y más perfecto es procurarlo y conservarlo en cuanto bien de toda la ciudad que en cuanto bien de un solo hombre.

Corresponde, por otra parte, al amor que debe existir entre los hombres, que se conserve el bien, aún el de un solo hombre. Ahora bien, mucho mejor y más divino es que este amor se manifieste respecto de toda la nación y a las ciudades. A veces es deseable que se manifieste respecto de una sola ciudad, pero es más divino que se extienda a toda la nación, en la cual se comprenden muchas ciudades. Se dice que esto es más divino, pues se da en ello en mayor grado la semejanza de Dios, que es la causa última de todos los bienes.

Este bien, el que es común a una o a muchas ciudades, es objeto de una actividad o un cierto arte, al cual se le llama civil.

Suma contra los Gentiles
Libro III, capítulo 24

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5 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (1)



Tomado de la Editorial Virtual



La Traducción

La selección de los escritos políticos de Santo Tomás así como la traducción que se ofrece aquí es obra de Juan Antonio Widow. Al respecto, el traductor, entre algunos otros conceptos, sugiere las siguientes consideraciones adicionales:

Tomás de Aquino se ocupa de los temas políticos en tiempos que no son de crisis. Situación que es fundamental para entender el estilo de sus escritos y el modo de tratar esos temas. Es ésta una gran diferencia que distingue su obra de la de otros filósofos políticos, como Platón, Aristóteles, san Agustín o, entre los modernos, Hobbes. El tema político ha sido siempre especialmente sensible a las circunstancias en que se escribe sobre él, debido a la imposibilidad que tiene todo hombre inteligente de abstraerse de condiciones que forman parte de la vida de su propio espíritu. Si Agustín escribía suDe civitate Dei bajo la impresión causada en su alma por el saqueo de Roma por las huestes de Alarico, y en vísperas de la irrupción de los vándalos en sus propias tierras del norte de África, Tomás, en cambio, compone sus obras en tiempos de Luis IX, el Santo, cuando Europa vivía el apogeo de la civilización feudal y de la cultura de la Cristiandad. La decadencia, que siempre está incubada en los momentos culminantes de una cultura, sólo iba a manifestar sus primeros síntomas hacia 1280, después de la muerte de Tomás. Esto significa que Tomás no encara el tema político considerado como problema universal. Lo único que para él tiene indudable universalidad son los principios de la política, entendida ésta como la parte más importante — pues de algún modo comprende a la monástica y a la económica — de la ciencia moral.

Esto mismo explica el hecho de que sus obras dedicadas al tema hayan sido pocas. Y no sólo pocas, sino inconclusas: De regimine principum es original suyo sólo hasta el capítulo 4 del libro II; el resto lo redactó Tolomeo de Lucca, quien en varios aspectos se aparta del pensamiento de su maestro. Lo mismo ocurre con el comentario a los libros Políticosde Aristóteles: dejó de redactarlo en la lección séptima del libro III, siendo continuado a partir de allí por Pedro de Auvernia. Y, aparte del brevísimo opúsculo De regimine iudaeorum, dedicado a la duquesa de Brabante, éstas son las únicas obras en que trata específicamente el tema político. En otras lo toca incidentalmente.

La presente selección se ha realizado de acuerdo a una ordenación temática, por lo cual en algunos casos no se respetado el orden secuencial de los escritos citados. Esto se notará particularmente en el caso del De regimine principum, obra de la cual se cita completo el libro primero, pero sin respetar la secuencia de sus capítulos. Las traducciones del latín son propias, salvo la del De regimine principum, que se cita según la versión castellana, con algunas modificaciones menores, del R.P. Victorino Rodríguez, O.P. (Editorial Fuerza Nueva, Madrid, 1978). Las traducciones se han hecho del original latino editado por Marietti, Taurini-Romae; salvo para los comentarios a la Escritura y a los libros de las Sentencias de Pedro Lombardo, que han sido traducidos de Opera omnia, Frommann-Holzboog, Stuttgart, 1980. Por último, es de advertir que se ha querido traducir no sólo los textos, sino también los títulos de las obras y el modo de citarlas.

- JUAN ANTONIO WIDOW. Licenciado en Filosofía, Universidad Católica de Valparaíso. Doctor en Filosofía, Universidad Complutense de Madrid. Profesor de Teoría Política y Metafísica en la Universidad Católica de Valparaíso y en la Universidad Adolfo Ibáñez. Director de la revista Philosophica, del Instituto de Filosofía de la U. Católica de Valparaíso. Autor de numerosos artículos en revistas especializadas y del libro El animal político (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1984 [segunda edición 1981].

I. LA CIENCIA POLÍTICA

Exposición sobre los diez libros Éticos a Nicómaco, de Aristóteles,
libro I, lección 1 (parágrafos 1 al 6):

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18 de enero de 2011

Gobernar a los hombres






por Vittorio Messori


Visto y Tomado de Conoze










a que tanto se discute acerca de las reformas institucionales, sobre el indispensable cambio de sistema, puede ser interesante no perder de vista la perspectiva católica.


Es sabido que los hombres pueden organizarse según tres modelos fundamentales, si bien divididos, mezclados y entrelazados de modos diversos: la monarquía, la aristocracia y la democracia.



La Iglesia siempre ha llamado a no preferir en abstracto a ninguno de estos modelos así como a no excluir tampoco a ninguno de ellos: la elección depende de los tiempos, de la historia y de la idiosincrasia de los diversos pueblos. Así, si los últimos papas (pero empezando sólo desde Pío XII con el mensaje radiado la Navidad de 1944, cuya difusión fue prohibida, y no por casualidad, en Alemania y en la República de Saló) parecían preferir para el Occidente contemporáneo el sistema representativo parlamentario, se han guardado mucho por otro lado de hacer de ello una especie de dogma, como si fuese el único aceptable para un católico. Sencillamente, lo han considerado el más oportuno en estos tiempos para dichos países. Por los mismos motivos, la Iglesia no debe arrepentirse ni pedir disculpas por haber mantenido a sus capellanes en las cortes de los reyes del Antiguo Régimen o por haber considerado una Res publica christiana (pese a ciertas discusiones, pero no por causa del sistema de gobierno) a la de Venecia, que representa el sistema más ilustre de régimen aristocrático.



En aquellos tiempos, en aquellos lugares, con aquellas historias y temperamentos era lo que convenía. Y, sobre todo, se trataba de autoridades legítimas para las que regía el severo mandamiento del Apóstol: «Que todos estén sometidos a las autoridades constituidas; ya que no hay más autoridad que la de Dios y las que existen son establecidas por Dios. Así, quien se opone a la autoridad se opone al orden establecido por Dios. Y quienes se opongan atraerán sobre sí la condena... Es necesario estar sometidos, no sólo por temor al castigo sino también por razones de conciencia... Dad a cada uno lo que le corresponde: a quien corresponda tributo, tributo; a quien temor, temor; a quien respeto, respeto...» (Rom. 13, 1s, 5, 7).



Desde el momento en que la Iglesia no puede hacer «lo que le sale de la cabeza», no pudiendo «inventarse» una Revelación según la moda y las exigencias siempre cambiantes porque es esclava de la Palabra de Dios (tanto si ésta gusta como si no), el comportamiento «católico» específico ante los diferentes sistemas de gobierno debería juzgarse a la luz de este párrafo de Pablo y de otros del mismo tenor repartidos por el Nuevo Testamento. Entre ellos se encuentra la Primera carta de Pedro (2, 7), esa exhortación que es casi una síntesis, tan breve como eficaz, de la praxis cristiana: «Amad a todo el mundo, amad a vuestros hermanos, temed a Dios, honrad al rey.»



Ante estas citas y ante muchísimas otras que podrían exponerse, el problema no es achacable a la Iglesia «oficial», acusada por efecto de su historia de «asimilación al poder», o de «obsequiosidad con los gobiernos, sin importar el carácter de éstos». El problema se invierte para convertirse en el de los «contestatarios», los «revolucionarios» que, no obstante, afirmaban -y en algunos casos todavía lo hacen- inspirarse en las Escrituras para llevar a cabo su lucha política, cuando éstas dicen justo lo contrario.



No se cuestiona, pues, la legitimidad «cristiana» del jesuita del siglo XVII, por poner un ejemplo, consejero del rey en Versalles; en todo caso, la del sacerdote guerrillero o el catequista revolucionario. Puede parecer desagradable pero es necesario atenerse, si se desea hacerlo, a la Palabra de Dios; o si no, inventarse otra acorde con la propia ideología.



El pensamiento católico, pues, no ha hecho un absoluto de ninguna forma política, como en la actualidad (tras despertarnos del sometimiento al «rojo» y de la borrachera «comunitaria») corremos el riesgo de hacer con el sistema democrático-liberal-capitalista que celebra inquietantes triunfos en su patria, los Estados Unidos de América.



El pensamiento católico siempre ha tenido en cuenta que todos los regímenes -hasta el más perfecto sobre el papel, el más noble en teoría- luego lo encarnan hombres a los que el pecado original ha legado una mezcla de valor y cobardía, de altruismo y egoísmo, de grandeza y de miseria.



Así pues, a lo largo de los siglos el esfuerzo de los hombres de la Iglesia se ha decantado menos por el perfeccionamiento de las estructuras y más por el de los hombres. Más que aspirar en abstracto a un «buen gobierno», ha intentado contribuir a formar «buenos gobernantes». La mejor estructura sociopolítica derivada de la teoría puede llegar a convertirse en una pesadilla si la dirigen hombres indignos.



El cristianismo no es un asunto de ideólogos iluministas que se encierran en sus aposentos o en las charlas de salón o de convenciones con el fin de elaborar proyectos para «el mejor de los mundos posibles». El creyente debe sustituir aquel aroma de muerte de los principios teóricos por la realidad de la vida, el pragmatismo de la relación que no se encuentra en las estructuras anónimas sino en las personas, en su contradictoria amalgama de humanidad. La política no se redime con los «manifiestos», todo lo más redimiendo a los políticos y «purificando el corazón» del pueblo que los lleva al gobierno y los apoya.



Bajo este punto de vista también se juzgaría el grandioso esfuerzo de las órdenes religiosas, sobre todo de aquellas que surgieron después de la Reforma protestante, cuando se intentaba reconstruir una sociedad desgarrada. Es decir, del esfuerzo de los jesuitas, barnabitas, escolapios y tantos otros para asegurar una formación católica a la clase dirigente.



Solamente una superficialidad de antiguo contestatario puede escandalizarse porque aquellos religiosos parecieran favorecer a los hijos de los ricos, de los poderosos, de quienes «cuentan» (sin olvidar que los hijos de la gente pobre en modo alguno quedaron abandonados a su suerte, ya que junto a los «colegios para nobles» de jesuitas o barnabitas siempre surgieron colegios, oratorios o talleres para los abandonados). Quien se escandalice no comprende el punto de vista que debería adoptar el creyente: el prius no es la lucha para cambiar el sistema de gobierno en abstracto, que es siempre relativo, imperfecto e insatisfactorio, dado que el bien absoluto no existe en estas materias y lo máximo a lo que puede llegar la política es a limitar los daños. El prius resulta ser el compromiso para colocar en las estructuras de gobierno a buenos gobernantes. Así, formar para el deber, el sentido de la solidaridad, de la justicia y de la moderación a los vástagos de las familias nobles destinados a gestionar los poderes públicos en un futuro era la forma más eficaz de ocuparse también de la suerte del campesino, del obrero y del artesano que habrían podido sufrir los efectos prácticos de ese poder.



Por esta razón no se predicó la revuelta (cuyos resultados ya hemos visto por otro lado; y que, además, estaba descartada en las Escrituras). En cambio, sí se tuvo en consideración que la intervención sobre «los de arriba» mediante la formación evangélica de los políticos y, luego, mediante el mayor grado posible de cristianización de la política, resultaba mucho más social que la llamada a «los de abajo», con la demagogia hacia las masas. Por lo demás, eran siempre conscientes de la relatividad de todas las estructuras terrenales: «Ya que no poseemos aquí abajo una ciudad permanente sino que vamos en busca de una futura» (Hab. 13, 14); «Nuestra patria está en los cielos y allí esperamos a nuestro Señor Jesucristo como salvador» (Flp. 3, 20).



Obviamente, éstos sólo son apuntes sobre asuntos que hasta hace poco el creyente daba por descontados, pero que ahora corren el riesgo de parecer escandalosos. Son apreciaciones que pueden ayudar, de todos modos, a comprender el pasado y a intervenir sobre el presente, con vistas al futuro, sin salirse del sendero de una tradición milenaria.



31 de agosto de 2009

LOS "PRUDENTES"


por D. Blas Piñar



Visto y Tomado de Las Cruces de las Espadas





onfieso que me conturba leer o escuchar a quienes podrían autocalificarse como "prudentes".

Los "prudentes" son un grupo escogido de cidudadanos que perciben y están dispuestos a obedecer una sugerencia casi instintiva: la de no definirse, la de alejarse de esto y de aquello, la de lavarse las manos y apartarse del conflicto, sin ignorarlo ni desconocerlo; la de observar a quienes libran el combate con una mirada de desprecio cariñoso, la de repretir entre dientes o en voz alta, según los momentos: "¡Qué locos!" "¡Este es un país de locos!"

Los "prudentes" han sustituido en su papel de magisterio a los que en una distribución clásica se conocían como los sabios.

Estos no entraban en el fragor de la contienda, pero militaban en la misma.

Los sabios, por la ancianidad, que era un ingrediente de la sabiduría, no bajaban al campo de la lucha, pero desempeñaban un papel por su aportación ideológica y su presencia sin deserciones, en la totalidad del conflicto.

Pero los "prudentes" no.

Los "prudentes" se cargan de paciencia, y ante el binomio juez-criminal no están ni con uno ni con otro, y ante el que rasga la bandera y aquel que la repone en el mastil procuran guardar silencia significativo, y ante el que niega la transubstanciación eucarística y el que la confiesa hablan de puras controversias doctrinales, sin aludir al dogma, etc…

Yo no sé si tales "prudentes" acampan en el terreno de los miedosos, de los inmaduros o de los tíbios.

Es muy posible que de todo haya en la viña del Señor, porque son muy distintos los temperamentos de los hombres.

En cualquier caso, y del mismo modo que se busca justificación "a posteriori" al hecho inmoral realizado, también se pretende, con anticipación, presentarse al público con argumentos que ante los mayores desastres permitan hablar con optimismo.

Hay un método que utilizan con frecuencia los "prudentes" y que consiste en salir por peteneras, en encauzar la conversación hacia un tema distinto, o desplazar, si es posible, las preocupaciones del auditorio o del espectador hacia cuestiones de indudable importancia, pero inferiores al planteado y, sobre todo, ajeno a la competencia más inmediata y urgente del que pontifica.

Así se proyectan planes de reforma de alcance sustantivo, para un futuro tan largo como incierto, cuando la tierra está temblando a nuestro pies; o se hacen incursiones sobre lo temporal, el desarrollo o la técnica, cuando las almas sienten el escalorfrío de la duda allí mismo donde ardía muy poco antes una llama encendida de la fe.

Pero el método de la distracción evasiva no es el único que emplean los "prudentes".

El más ordinario, el que mueve a mayores simpatías, el que despierta más admiraciones de una parte y la máxima desilusión en otras, es el que condena las posiciones adoptadas por los demás y aspira a centrar y asumir lo que puede haber "de noble y de puro en cada una de ellas".

Es algo así como un "ecumenismo" en pequeño, como una tercera posición más elevada, como un producto de laboratorio o de alquimia, que aspira a concentrar las emanaciones laudables de quienes se situan en los polos opuestos.

Decia que los "prudentes" acampaban en terrernos distintos.

Unos, los miedosos, no quieren embanderarse con ninguno, pero tampoco quedar mal con nadie, por lo que pueda sucedesr.

Si escarbamos en sus ideas, las encontraresmo capaces de servir a todos.

Podríamos espigar en su cosecha y ofrecerlas en haces como sentencias de autoridad para que ambos ejércitos las utilicen como armas.

Son como los proveedores de material de guerra para los dos frentes.

Los estados mayores y los soldados de filas acuden al provverdor, pero, conociendo su habilidad, aunque le utilizan, le desprecian.

Los "prudentes" inmaduros son, para mi, los más honestos, porque su falta de decisión, sus titubeos y declaraciones anfibias, aunque siembran la confusión y la incertidumbre y a la confusión del mismo que las formula.

Su fallo está no tanto en su "prudencia" como en su audacia, o en su temeridad, para expresarse sin tener juicio formado, dejándose arrastrar por la novelería o por el viento de las palabras de cuño reciente que la moda ha puesto en uso y que ya, por archisabidas, carecen de impacto, como ahora se dice.

Los que más me preocupan del campo de los "prudentes" son los tíbios, los desapasionados, los incapaces para la lágrima y la cólera por las causas que merecen llorar y reñir, los frios y los asépticos, los que levantan el picaporte con el codo por no mancharse las manos, los que abandonan al herido en la carretera para no ensuciar la tapicería reluciente de su vehículo, los que desconocen la infamia o se ausencian para no verse envueltos en la formalidades y molestias del proceso…

Esta tibieza de los "prudentes" nos acongoja y nos acecha, y pretende tentarnos cuando la fatiga del esfuerzo nos agota.

Al oido acostumbra a susurrarnos: "¡De qué te sirve todo esto!" "Mientras tú peleas, ellos se solapan en los puesto clave y se ríen de tu forcejeo inútil" "Parece mentira que seas inteligente y aún no te hayas dado cuenta de que el éxito se consigue medrando, pero nunca con la voz clara y a pecho descubierto"

Pero a los tibios los vomita Dios, y me permitiría añadir que los vomita el pueblos, si es verdad aquello que tanto se repite de "¡vox populi, vox Dei!".

Los "prudentes", ya sean tibios, inmaduros o miedosos, suelen ser las primeras víctimas de su iniquidad, y, en cualquier caso, las víctimas sin honor, de una causa neutra y esteril.

La historia, maestra de la vida está plagada de ejemplos.

La frase evangélica es tan clara como aleccionadora: "El que no está Conmigo está contra Mí".

Hay casos en los que no est posible la componenda, la actitud centrista o mediadora, al corte por la mitad como en el juicio de Salomón, en lo que, en suma, hay que definirse.

Pero el vómito de los tibios no impurificará ni aplastará la vida mientras haya en el mundo hombres y mujeres que hayan hecho suyo el lema subyugante: "Hemos amado la justicia y hemos odiado la iniquidad".

30 de agosto de 2009

La Crisis Nacional y Global


por Alejandro Vera Barros

Tomado del blog de Cabildo



APRENDER A DISTINGUIR

Resulta obvio: el título que encabeza esta nota gira en torno a una circunstancia que involucra a todos, o más bien a casi todos los países del orbe. Las opiniones de “economistas académicos” y las de los que no lo son, difieren tanto en aspectos fundamentales como en aquellos que no revisten siquiera entidad secundaria. No acuerdan entre ellos, ni siquiera los tributarios de unas mismas escuelas: no podría esperarse entonces que surja un mínimo acuerdo al menos entre las figuras más autorizadas. Por lo tanto, en su conjunto, han dicho todo o casi todo lo que con alguna seriedad o careciendo absolutamente de ella pueda haberse dicho.

En lo que respecta al segundo conjunto, denominado también por Paúl Krugman el de los “economistas convencionales”:(periodistas, políticos, empresarios, mercaderes, y hasta ideólogos indoctos de esos que no toleran verse excluidos del convite) ,vale decir todos los que tengan acceso a los medios de difusión (acceso que no comporta haber adquirido derecho alguno) algo han dicho y es de esperar que sigan diciendo. Por ello no tiene sentido.

Quedan pendientes por cierto algunos aspectos que no tienen importancia menor, como:
1) Profundidad y extensión territorial del fenómeno; y
2) el tiempo durante el cual se prolongará este fenómeno indeseado y el que demandará recuperar niveles de actividad, empleo e ingresos satisfactorios.

Sin duda que no pueden distraer la atención de nadie las disimilitudes existentes entre los llamados países desarrollados y los denominados emergentes. Gobernantes y empresarios deben aprender a distinguir estas diversidades, tanto como todas aquellas que tengan su origen en las diferentes y múltiples estructuras. Ahora bien, las incógnitas a resolver escapan de las manos de los economistas: es más tarea de adivinos, ajenos a las disciplinas científicas. No es lo nuestro.

BANDIDOS CON PODER

Pero, sí debemos ocuparnos de lo que ocurre dentro de nuestras fronteras.

Aquí son muchos y grandes los desaciertos en los que han incurrido los que hoy ejercen un poder que nadie les dio, y que lo han tomado en una suerte de golpe comando más propio de bandas de delincuentes desorganizadas y carentes de todo parámetro ético; persiguen la posesión del botín que tienen al alcance de la mano por única disposición del soberano que presume de tribuno republicano. De ética pública no se atisba el más mínimo rastro, se la busque por donde se quiera. En síntesis, los gobernantes son bandidos movidos únicamente por el afán de dinero y de poder. Poder que han ejercido en todo ámbito sin recato, freno o estilo.

El ex presidente, dueño del poder real, no se ha privado de exceso alguno y no hay sector de la economía que no haya destruido. Es tal el desaguisado que ha provocado en todos los ámbitos que ni él mismo, si tuviera algún día la dignidad y la voluntad de arreglarlo no sabría por dónde empezar ni cómo hacerlo. Este es el resultado de haber saqueado el patrimonio nacional y despojado a los habitantes de sus bienes. Quedaron a salvo los amigos de la pareja gobernante que pudieron, asociados a ellos, acumular ingentes fortunas.

Dejo en claro que no intento atribuirles los daños ocasionados por un fenómeno tan indeseado como incontrolable cual es el de la sequía que asuela aún a nuestra tierra. Sí les imputo en cambio haber destrozado lo mejor de la actividad agropecuaria, saqueado las arcas públicas y aquellas que tenían por fin sostener entidades de bien público destinadas en particular a mantener y solventar necesidades de los sectores más carenciados. Es también grave la responsabilidad que les cabe por haber consentido el despojo de industrias y recursos naturales asociados con empresarios que hasta ayer ostentaban caras adornadas con forzadas sonrisas de apariencias angelicales; esta es otra variante de las bandas de bandidos a las que ya aludimos.

LAS UBRES MÁS SUCIAS

Este panorama descripto es del dominio público. Nadie lo ignora ni el menos avisado. Callan muchos por temor a perder la innumerable cantidad de planes que se cuentan entre los mecanismos más corruptores de las virtudes de un pueblo; planes trabajar, jefes y jefas de hogar y otros muchos que al menos desalientan la virtud del trabajo honesto y forzado. Paralelamente proliferan bandas de menores analfabetos en las letras pero abocados a graduarse en el comercio de armas, tráfico y consumo de drogas y siga el muestrario.

Pero todo tiene su razón de ser: El jefe máximo de la banda se encuentra frente a unas elecciones que de perderlas implicarían su muerte política; es así que a caballo de uno de los más perversos sistemas políticos que ha conocido el hombre —la democracia liberal alumbrada por la masonería y alimentada por el sufragio universal que es la leche que mana de las ubres más sucias de la historia— no se ha detenido frente a las maniobras y artilugios con fines electoralistas que se le podrían haber ocurrido. No puedo negarle al hombre que imaginación tiene; tanta como desprecio a los gobernados y a las instituciones.

Va de suyo que el cuadro se enmarca en el desprecio absoluto al bien común, que tanto significa y que se supone que él y su banda ignoran. Si lo supieran no tendríamos derecho a salir en defensa de los desprotegidos, como lo hicimos párrafos arriba. Si lo supieran tampoco tendríamos derecho a proclamar, como raíz única de nuestra identidad la defensa de nuestra tradición hispano-católica.

6 de julio de 2009

Sobre las causas del orden político (2)





por D. Rubén Calderón Bouchet



Tomado de su libro Sobre las causas del orden político
Editorial Nuevo Orden
Buenos Aires, 1976







La naturaleza humana considerada como causa eficiente

Conviene repetir aquí conceptos anticipados en párrafos anteriores y el primero de ellos es: la filosofía práctica define y demuestra por las cuatro causas.
La sociedad es una unidad de orden moral y no una substancia corporal compuesta de materia "ex qua" y "forma substancial" como los cuerpos naturales. La materia y la forma de lo social deben tomarse en un sentido análogo. La materia de lo social no es materia prima, sino una materia informada sobre la que se imprime una nueva formalidad accidental. El término técnico empleado por la escuela es el de "materia in qua".

El hombre informado por una disposición virtuosa hacia los otros, tiene a esos otros como materia "circa quam" de sus actos. La reflexión sobre la causa material de la sociedad se escinde en dos reflexiones íntimamente conectadas: una toma al hombre como sujeto de una forma especificadora de sus actos relativos a los demás y la otra toma a los demás en cuanto objetos de esa disposición virtuosa.

La forma habitual recibida en el dispositivo operacional del sujeto humano viene impuesta por una acción del hombre mismo. El hombre actúa como causa eficiente y padece como "materia in qua" del orden social. Pero la disposición social informada tiene a su vez a otros hombres como objeto, de manera que el hombre aparece ofreciendo un tercer aspecto de su compleja realidad, como materia "circa quam" del orden social.
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Para leer el capítulo completo haga click sobre la imagen del autor.

5 de julio de 2009

Conferencia: El pecado propio del Liberalismo




por el Dr. Julián Gil de Sagredo
Doctor en Derecho y Filosofía.
Madrid, 14 de abril de 1982.


Tomada de Stat Veritas



sta conferencia tenía por epígrafe "el liberalismo es pecado". Como esa afirmación aún siendo cierta es algo genérica he preferido concretar en el título "el pecado propio del liberalismo" que es el reto o rebelión de la Razón contra Dios.

Este pecado por ser intelectual es esencialmente luciferino y por ello el liberalismo es la obra maestra de Satanás tanto en su malicia intrínseca como en la estrategia de largos alcances que utiliza para lograr sus objetivos. Se trata de un sistema de propaganda muy sagaz que astutamente maneja la semántica al revés.

La maniobra de vaciar a las palabras de sentido propio y de rellenarlas de sentido contrario produce resultados inesperados. Por ejemplo al término cristianismo se le despoja de Fe sobrenatural y se le rellena de libre examen, entonces los cristianos son los protestantes y para contra-distinguirnos de ellos tenemos que utilizar el término católico. Al término ecumenismo se le sustrae su significado como proyección universal de la Fe de Cristo y se le inyecta la teoría de la igualdad de religiones con lo cual se crea una Iglesia ecuménica integrada por toda clase de credos. Lo que antes era signo distintivo de la Iglesia Católica distingue y caracteriza ahora al consejo general de las Iglesias con sede en Ginebra y además se asesta un golpe mortal contra las divisiones, las cuales no tienen razón de ser si todas las religiones son iguales.

Esa técnica tan sutil mediante la cual insensiblemente se trasplanta el sentido de los vocablos se aplica también al campo político y social. El socialismo por ejemplo por su significado etimológico podría denotar una concepción derivada del derecho natural que presenta a la sociedad como cuerpo orgánico y en cierto sentido autónomo. Pues bien, se suplanta la soberanía social por la política y pasa a significar absorción por el Estado de las actividades sociales, es decir, estatismo y totalitarismo. Todo lo contrario de lo que denota su significado etimológico. El mismo término liberalismo tiene su cuna en el país de la hidalguía que es España y por ello liberal era el que en sus relaciones sociales se caracterizaba por su generosidad, por su comprensión, por su magnanimidad ¿Quién podría imaginar hace dos siglos que ese término noble y generoso iba a traspasar la frontera de todos los países como banderín de enganche de lo que hoy se llama doctrina liberal?

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Para leer la conferencia completa (enfáticamente recomendada), haga click sobre la imagen de la ejecución de Luis XVI, o sobre el facsímil de la Declaración de los Derechos del Hombre.

2 de julio de 2009

Sobre las causas del orden político (1)



por D. Rubén Calderón Bouchet



Tomado de su libro Sobre las causas del orden político
Editorial Nuevo Orden
Buenos Aires, 1976







La pitié, la pitié réelle due á ces malhereux
et à ses semblables, présents et futurs,
est précisément la raison qui prescrit de
ne pas oublier autant que le fait notre siècle,
la justé protection due à la semènce des forts.

CHARLES MAURRAS

[La piedad, la piedad verdadera que es
debida a esos desdichados y a sus semejantes,
presentes y futuros, es precisamente la
razón que prescribe no olvidar, como lo
olvida nuestro siglo, la justa protección
debida a la semilla de los fuertes.]


Cuestiones preliminares


o basta decir que una ciencia tiene que fundarse en la observación de los hechos para que la cuestión metodológica quede terminada. La noción de "hecho" no es tan simple como parece y menos aún cuando se pretende determinar la especie a que tales hechos pertenecen. No puedo saber si un hecho es económico, político, físico o social si previamente no tengo una idea general de la realidad, lo bastante inteligente y reflexiva, que me permita dividirla en una serie de sectores capaces de ordenar la complejidad de su composición.

No basta estudiar hechos. Estos no tienen sentido si no se los observa a la luz de principios universales para ubicarlos con precisión en el orden real. Esta necesidad explica la costumbre escolástica de comenzar con una definición de aquello que se va a estudiar. El propósito es limitar el área de la investigación mediante un trazo firme de sus fronteras ónticas. De otra manera se parte a la deriva sin saber nada de los objetos buscados.

Los inductivistas a rajatablas consideran poco científicas las generalizaciones previas y con el sano propósito de terminar con el fantasma de "las lucubraciones silogísticas", olvidan un buen almacén de ideas universales, sin las cuales les sería muy difícil orientarse en el tupido bosque de los hechos. Un buen investigador en un preciso sector del universo necesita universalidad. Es decir: unidad intelectual en la apreciación de la multiplicidad real. El descubrimiento de la unidad de orden en la pluralidad de los entes, constituye el fundamento del saber filosófico.
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29 de junio de 2009

La "física política" de Charles Maurras y la Política Cristiana





por el R.P. Julio Meinvielle





Copia escaneada de la tercera edición reproducida en la Colección “Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino”, volumen 3º, editado en Bs. Aires en el año 1974. Al final se agregan como Apéndices (incluidos también en el volumen citado) varios trabajos del autor relacionados con el tema y un ensayo sobre Maurras)








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La "física política" de Charles Maurras y la Política Cristiana (19)



harles Maurras ha sido un gran maestro de la política, un maestro sólo comparable a Aristóteles. Ha visto la política en sus conexiones concretas: el interés general, que Santo Tomás denomina bien común, sobre los bienes particulares de los grupos y personas. Este interés general, que constituye la ley esencial de la política, no se funda en el contrato, como ha pretendido Rousseau, y después de él, el liberalismo.

La esencia de la política está dada en la naturaleza. Charles Maurras llama física a esta naturaleza (20). Y ella encierra: La estructura de las familias, el régimen de los matrimonios, la pertenencia del hijo; la educación, la instrucción, la escuela; la estructura de la comuna y de la provincia, la del país y la del oficio; la estructura de la Nación, del Estado central, de los Estados descentralizados; la relación de lo temporal y de lo espiritual (21).

En esta clasificación de los elementos sociales, que no dependen del contrato sino que se fundan en la naturaleza, Charles Maurras sigue los pasos de Aristóteles, quien, al comienzo de su célebre POLÍTICA, asienta la ley de oro que ha de regir toda convivencia política entre los hombres: que aquel bien al que se ordena la ciudad ha de ser el principalísimo entre todos los bienes humanos. Si toda comunidad se ordena al bien, es necesario que aquella comunidad que es la más principal sea la que procura el bien más principal entre todos los bienes.(22)
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27 de junio de 2009

El Igualitarismo y el Evangelio




por el R.P. Julio Meinvielle





Copia escaneada de la tercera edición reproducida en la Colección “Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino”, volumen 3º, editado en Bs. Aires en el año 1974. Al final se agregan como Apéndices (incluidos también en el volumen citado) varios trabajos del autor relacionados con el tema y un ensayo sobre Maurras)








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Apéndices a la Concepción Católica de la Política




iertos católicos, imbuídos del espíritu igualitarista de Rousseau, han querido buscar en el Evangelio un fundamento a la democracia. Para eso han hecho violencia de los pasajes en que Jesucristo afirma la preeminencia de los pobres en el Reino de los cielos.

Estos católicos democratistas han naturalizado o carnalizado la verdad sobrenatural del Evangelio.

1. El Evangelio, y la doctrina de la Iglesia, por consiguiente, jamás han preconizado la igualdad aritmética de los hombres ni en el orden natural ni en el sobrenatural.

No en el orden natural, porque Cristo no vino a destruir, sino a perfeccionar la ley, (MATEO, 5, 17). Ahora bien: la ley natural exige que a una diversidad natural correspondan derechos sociales y políticos desiguales, según explica el Angélico Doctor en los pasajes citados.

No en el orden sobrenatural, porque, como maravillosamente expone el Apóstol San Pablo, hay en la Iglesia diversidad de méritos, según la gracia que se da a cada uno; por esto en el cielo hay diversas mansiones, como enseñaba Cristo (JUAN 14, 2). Y una es la claridad del sol, otra la claridad de la luna y otra la de las estrellas; porque una estrella difiere de otra en claridad. (I COR, 15, 41).

Hay, además, diversidad de funciones en la misma Iglesia, porque hay diversidad de ministerios, como enseña el Apóstol. (I COR. 12, 5). El uno recibe del Espíritu el don de hablar con sabiduría; otro recibe del mismo Espíritu el don de hablar con mucha ciencia... etcétera. Mas todas estas cosas las causa el mismo indivisible Espíritu, repartiéndolas a cada uno, según quiere. Porque así como el cuerpo humano es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros, con ser muchos, son un solo cuerpo, así también el cuerpo místico de Cristo... . Que ni tampoco el cuerpo es un solo miembro, sino muchos. Si dijere el pie: pues no soy la mano, no soy del cuerpo, ¿dejará por eso de ser del cuerpo? . Y si dijere la oreja: pues que no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿dejará por eso de ser del cuerpo? . Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese el oído, ¿dónde estaría el olfato?. Mas ahora ha puesto Dios en el cuerpo muchos miembros y los ha colocado en él como le plugo.

2. Afirmada la constitución jerárquica de la economía natural y de la sobrenatural, el Evangelio enseña que la economía sobrenatural está regida por una ley de apreciación contraria a la economía natural. En el Reino de los cielos son bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran... los que padecen persecución por la justicia. (MATEO, 5).

De aquí que en el cristianismo el mérito sobrenatural se mida por la locura de la cruz y no por la sabiduría de las palabras o por el poder del mundo, y la jerarquía eclesiástica exige que el mayor se reconozca el menor (así el Sumo Pontífice es Siervo de los siervos de Dios) : porque Cristo, el Maestro, no vino a ser servido, sino a servir.

Bossuet ha expuesto esa doctrina en su sermón sobre LA EMINENTE DIGNIDAD DE LOS POBRES EN LA IGLESIA. Los pobres entran por derecho propio; los ricos no pueden participar de las riquezas sobrenaturales si no consienten en abrir sus tesoros y prodigarlos a los pobres después de haber besado humildemente sus pies.
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26 de junio de 2009

Declaración del Instituto de Filosofía Práctica



A Propósito de las elecciones del domingo 28 de Junio





omo las circunstancias no han cambiado desde entonces, sino que ciertos males se han agravado y continúan callados quienes deberían hablar, y como nuestra memoria es débil, nos parece oportuno reiterar la declaración referida a los comicios del año 2007, con algunos agregados:

El 23 de octubre de ese año, el INFIP emitió una manifestación, reproducida por varios blogs, con motivo de las elecciones que se llevaron a cabo cuatro días después.

La misma comenzaba criticando a un buen párroco y a su pedido dirigido a los feligreses para que votaran a secas, sin dar ningún criterio respecto al voto.

La declaración fue entregada a dicho sacerdote y es un legítimo orgullo para el INFIP su cambio de actitud práctica, pues en la iglesia a su cargo, treinta días antes de las próximas elecciones puso a disposición de sus fieles las consideraciones del Episcopado Mexicano acerca de los principios que deben tener en cuenta los católicos al votar.

No sabemos nada de la reacción del Arzobispado de Córdoba, cuyo error en dicha ocasión fue peor, pues intentaba persuadir a los fieles para que se inscribieran como fiscales de cualquier partido para asegurar la pureza del comicio, como si ésta fuera el único problema.

Aclarada la cuestión, y felicitando a Mons. Luis Emilio Martinoia, párroco de Nuestra Señora de Luján, por su cambio de actitud, para refrescar la memoria, les enviamos a nuestros socios y amigos, dicha declaración:

de muchos que debieran hablar y no lo hacen, cuando diariamente en la Argentina se pretenden demoler y en buena parte con éxito, los cimientos de orden natural y sobrenatural, sobre los cuales se edifica una sociedad cristiana, no es posible permanecer mudos.

Ante todo, debemos denunciar la corrupción de la democracia, que como régimen legítimo, es un medio para que muchos elijan a los mejores; nunca, como cualquier otra forma política, es un fin en sí misma, pues aquí, como señala Danilo Castellano, “no se trata de la democracia como confrontación dialéctica y por lo tanto como vía para arribar a la verdad… sino de la democracia que se coloca ella misma como verdad”.

Entonces, si no creemos en la diosa democracia, no basta pedir a los feligreses que voten y sí importa a quién votan; qué propuestas y programas votan. Es por ello, que constituye un grave pecado objetivo de omisión, no orientar el pensamiento y la conciencia de quienes votan, más en este momento de desintegración y de descomposición que padecemos.

Además, es triste comprobar, que el párroco no advertía una realidad señalada por Sebastiano Vasalli acerca de tantas democracias de nuestro tiempo, incluida la nuestra: “Es la negación del hombre en cuanto individuo y en cuanto sujeto del propio pensar. Es la apoteosis del hombre electoral; del ‘hombre masa’… Y el gobierno del número. Se opera sobre los números para gobernar a los hombres y se obra sobre los hombres para gobernar a los números… La fábula de la democracia en ciento y más años ha producido un hombre nuevo y distinto. Ha producido el hombre elector, manipulable con los mecanismos de la propaganda… es la oligarquía “dei furbi”, término que se puede traducir por astutos, pícaros, o sinvergüenzas, “La favola della vera democrazia”, Corriere della Sera, Milano, 6/2/2006),

No es posible moralmente, patrióticamente, votar programas e individuos que atentan a diario contra la conservación y el desarrollo demográfico de la Argentina: los ataques a la vida desde su interrupción en el seno materno hasta no respetar su término natural; a la familia, fundada en la unidad y la indisolubilidad del matrimonio entre un hombre y una mujer, orientado a la procreación, a la educación de los hijos y a la perfección de sus miembros en un todo de orden jerárquico y servicial; a una sana educación transmisora de los grandes conceptos acerca de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto, que engendra el acuerdo básico implícito que posibilita, el cual hace posible, el mantenimiento y el desarrollo de una sociedad, son prueba de ello.

No es posible moralmente, patrióticamente, votar a quienes quieren extender el matrimonio a las uniones sodomíticas, contrarias a la naturaleza, a quienes promueven la adopción por homosexuales o lesbianas, a los responsables de que un día un inmenso preservativo fuera el vestido del Obelisco, símbolo de esta Ciudad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires.

No es posible moralmente, patrióticamente, votar por quienes han corrompido la administración de justicia, al aplicar en forma ostensible “dos pesas y dos medidas”.

No es posible moralmente, patrióticamente, votar por quienes defienden el mito de la soberanía popular y exaltan a la libertad como valor supremo, lo cual conduce a endiosar al hombre, haciéndolo la medida de todas las cosas, legislador y juez absoluto de sí mismo en todos los órdenes. Ante este caos ético del relativismo, Tomás Casares reivindica los principios inmutables: la norma que a ello se oponga “no tiene autoridad de ley por más que sea lo que quiera la mayoría o lo que quieran todos; pues lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, análogamente a la verdad y el error no son lo que decida o prefiera el arbitrio de nadie. Son lo que son, pura y simplemente”.

No es posible moralmente, patrióticamente, votar a quienes cotidianamente sustituyen a la idoneidad por la acepción de personas, por el nepotismo, por el amiguismo, por el partidismo, y hasta a veces, por la complicidad.

No es posible moralmente, patrióticamente, votar por quienes nos esquilman, agobian, amenazan y persiguen a través de los impuestos, las tasas y las retenciones, para luego dilapidar lo recaudado en costosas y agobiantes campañas electorales, en mantener a la nueva clase de “representantes del pueblo”, sus asesores y sus ñoquis, en viajes y festines.

No es posible moralmente, patrióticamente, votar por quienes distorsionan todos los días la economía del país con subsidios e inoportunas y prepotentes intervenciones, mientras incrementan sus deudas reales y más allá de compadradas y declaraciones, cultivan el sometimiento a las internacionales del dinero.

No es posible moralmente, patrióticamente, votar por quienes han privatizado el bien común político, para servirse de él y transformarlo en un bien ajeno a los gobernados; por quienes, como proféticamente denunciaba nuestro fundador Guido Soaje Ramos, “apuntan a reducir a los hombres a un común denominador de enanismo moral por el estímulo de los apetitos inferiores y por la imposición de hábitos de servilismo, de adulación al poderoso, de mendicidad sistemática, de renuncia a las legítimas libertades”.

No es posible moralmente, patrióticamente, votar por quienes diariamente cultivan la hipocresía y la mentira, utilizan electoralmente a sectores cautivos masificados, que oscilan entre la pobreza y la miseria, los corrompen con dádivas y subsidios, generando una “cultura de la vagancia”, fomentando la pereza, olvidando que el trabajo sano le aporta al hombre un enriquecimiento espiritual, una pertenencia que lo enraíza, pues como escribe Saint-Exupéry: “mi trabajo no vale nada si él no me hace ser de alguna cosa: piloto de una línea, jardinero de un jardín, arquitecto de una catedral, soldado de una Patria”.

Somos hombres libres; por eso a nuestros socios y amigos que se multiplican, a los cursantes de nuestros seminarios, a los asistentes a las tertulias, nos les pediremos que voten ni que no voten, pero queremos recordarles las bienaventuranzas del político del Cardenal Francisco Javier Nguyen van Thuan, las verdaderas, no las “light”, tal como fueron proclamadas en la Jornada de Civitas, en Padua el 3 de mayo del 2002 y publicadas en el Corriere de la Sera, Milano, 4/5/2002.

1) Bienaventurado el político que tiene conocimiento y conciencia del propio papel.

2) Bienaventurado el político de quien se respeta la honorabilidad.

3) Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por el suyo particular.

4) Bienaventurado el político que se conserva fielmente coherente y respeta las promesas electorales.

5) Bienaventurado el político que realiza la unidad y haciendo de Jesús el punto de apoyo, la defiende.

6) Bienaventurado el político que sabe escuchar al pueblo antes, durante y después de las elecciones.

7) Bienaventurado el político que no tiene miedo, ante todo de la verdad.

8) Bienaventurado el político que no tiene miedo de los medios, porque en el momento del juicio deberá responder sólo a Dios.

Este es el espejo en el que deberían mirarse nuestros gobernantes, gobernantas, candidatos o candidatas, para enmendarse, y para que sus rostros, por más maquillajes, estilistas, cirugías, tinturas o hasta picaduras de avispas a que acudan, no acaben mostrando la proterva realidad de sus almas.

Buenos Aires, 19 de junio de 2009.

Gerardo PALACIOS HARDY

Vicepresidente


Bernardino MONTEJANO

Presidente