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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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29 de enero de 2011

Concepción Católica de la Economía (7 y último)




Por el R.P. Julio Meinvielle

Edición de los Cursos de Cultura Católica. Impreso por Francisco A. Colombo, 19 de septiembre de 1936.

Tomado de Stat Veritas










E P Í L O G O

Si fuese posible ordenar la economía sin ordenar la vida, este libro tendría ya que cerrarse. Pero la economía es una preocupación en la vida, no la única. ¿Qué lugar ocupa en la vida? Y una civilización colocada exclusivamente bajo el signo de lo económico ¿qué caracteres debe revestir, en qué momento debe surgir, cómo comienza y en qué ha de terminar?

He aquí otras tantas preguntas que reclaman la respuesta de la inteligencia que lee. Y esta res-puesta surge de estas reflexiones acerca del momento actual escritas con motivo de la Encíclica Charitate Christi Compulsi que S. S. Pío XI dirigió al mundo comentando esta crisis del Capitalismo.

No es mi propósito hacer aquí un comentario de esta Encíclica. Sólo pretendo indicar esquemáti-camente algunas reflexiones, sobre lo que, a mi juicio, constituye el tema central de la misma, o sea, el grave momento porque atraviesa hoy el mundo. "En tal estado de cosas – dice S. S. Pío XI refiriéndose al malestar actual – la misma caridad de Cristo nos estimula a dirigirnos de nuevo a vosotros, venerables hermanos, a nuestros feligreses, a todo el mundo, para exhortar a todos, a reunirse y oponerse, con todas sus fuerzas, a los males que oprimen a toda la humanidad y a aquellos aún peores que la amenazan".

De aquí que, en el pensamiento Pontificio, el momento actual tenga una significación especialísima. No precisamente porque sea actual, es decir, porque se ha hecho presente a nosotros (tan grande es la fatuidad del individuo moderno que se imagina eje del universo a través del tiempo y del espacio), sino porque en realidad este instante ha de decidir de la misma existencia de la humanidad. Si la humanidad no quiere verse sumergida en un espantoso caos (como dice el Pontífice: si quiere verse libre del peligro del terror o de la anarquía), tiene que asegurar el momento actual.

El momento actual es decisivo, crítico para las raíces mismas de la humanidad. Así como la humanidad sucumbió en una catástrofe, en el diluvio, de la misma manera parecería estar a punto de sucumbir en otra.
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Para leer el epílogo completo (muy enfáticamente recomendado), haga click sobre este enlace.

24 de enero de 2011

Concepción Católica de la Economía (6)





Por el R.P. Julio Meinvielle

Edición de los Cursos de Cultura Católica. Impreso por Francisco A. Colombo, 19 de septiembre de 1936.

Tomado de Stat Veritas










CAPITULO VI
ORDEN ECONOMICO - SOCIAL



asta aquí hemos estudiado la estructura interna de los diversos valores económicos (la producción de la tierra, la producción industrial con sus elementos de trabajo y capital, las finanzas, el consumo), y hemos esbozado la ordenación jerárquica de todos estos valores en el conjunto de la economía.

El consumo, decíamos, debe ser la medida próxima de la economía, es decir, todos los valores económicos deben tender y ordenarse hacia el consumo. Se ha de producir para el consumo; se ha de comerciar para asegurar un más abundante y equitativo consumo; se ha de emplear la moneda y su inversión en capital para el consumo. El consumo, a su vez, se medirá por las exigencias materiales del hombre, según la condición de cada uno; empleando las palabras del Doctor Angélico, diremos que el hombre debe buscar con medida la posesión de las riquezas exteriores en cuanto son necesarias a su vida según su condición social.

En resúmen, que la medida de todo es el hombre, así como el hombre está medido por Dios. Dios está en la cúspide de todo el orden humano: porque el hombre ha de alcanzarle en la caridad que culmina en la contemplación de los Santos. Pero para ello ha de ordenar toda la vida de sus operaciones internas por la práctica de las virtudes morales. En el orden de su espíritu, la medida del hombre es el Bien sin medida. Ha de tender a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas. (Mc. XII, 30). En este orden, las perspectivas del progreso son infinitas, porque su espíritu tiende a Dios, que es el Bien Infinito.

Pero Dios que, por un designio de su misericordia, se ha constituido en la medida sin medida del hombre, no destruye el orden humano; al contrario, lo exige como un sustento que pueda soportar las infinitas proyecciones del Bien Divino. La Economía, pues, destinada a servir al hombre, guarda toda su realidad como un humilde instrumento que provee al hombre de su pan material para que esté así en condiciones de comer el pan espiritual.

Jerarquía admirable de valores que, al restituir cada realidad a su propia función, protege a las inferiores con el apoyo de las superiores.

En cambio, la economía moderna que invierte todos los valores económicos y humanos, haciendo del lucro infinito el objeto propio de la economía y de toda la vida humana, destruye al hombre y a la economía, después de haber lesionado los sagrados derechos de Dios. Creo haberlo demostrado en les capítulos que preceden.
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19 de enero de 2011

Concepción Católica de la Economía (5)





Por el R.P. Julio Meinvielle

Edición de los Cursos de Cultura Católica. Impreso por Francisco A. Colombo, 19 de septiembre de 1936.

Tomado de Stat Veritas








CAPITULO V

EL CONSUMO

emos visto en el precedente capítulo la suerte de una economía entregada al dinero como a su último fin. Siendo éste, de suyo, infinito, ilimitado, como observaron Aristóteles y Santo Tomás, debía imprimir un movimiento de aceleración infinita a toda la vida económica. Así acaeció, en efecto. El ansia insaciable de lucrar, no sólo desatada sino glorificada en el régimen económico moderno, estimuló el comercio del dinero con dinero para producir más dinero. Las Finanzas, con su motor, el préstamo a interés, coronaron toda la vida económica.

En una economía colocada bajo el signo del lucro, detrás de las Finanzas debía seguir, corriendo vertiginosamente, el comercio de mercaderías, porque en él, sin una actividad directamente productora, se acrecienta rápidamente el dinero. Y así, la vida comercial y mercantil, con la furia desbocada del transporte marítimo, fluvial y carretero, agitó la humanidad hasta entonces relativamente pacífica, haciendo de ella un inmenso mercado.

Detrás del comercio debía venir, también en carrera vertiginosa, para responder a la incesante demanda del mercado, la producción. Primero la producción industrial, porque se ejerce en el dominio de lo artificial y por ende de lo ilimitado; y en segundo lugar, la natural que, por lo mismo, está atada a las exigencias limitadas de las fuerzas naturales.

Por fin, si hay que producir para comerciar y comerciar para lucrar, es necesario también consumir, porque si no hay consumo, no es posible la producción. Pero el consumo siempre es forzosamente limitado, aunque de propósito se le pervierta. Y es más limitado que la producción de la tierra. Luego, debe venir detrás de ella.

Y así, en la economía lucrativa del mundo moderno, el consumo viene a la cola de todo proceso económico, arrastrado por la producción, así como a ésta le arrastra el comercio, y a éste, a su vez, la Banca.

Sería erróneo sacar de aquí la consecuencia de que en el mundo moderno se busca no comer. Al contrario, se busca que se coma, que se consuma en modo infinito, ilimitado, acelerado, para poder producir infinitamente y comerciar infinitamente y lucrar infinitamente. En este mundo sin Dios, el infinito de la materia se filtra por todos los dominios de la actividad.

El error de la economía moderna no está, pues, en suprimir el consumo. Al contrario, está en elevarlo al infinito para poder continuar hasta el infinito los otros procesos económicos.
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15 de enero de 2011

Concepción Católica de la Economía (4)







Por el R.P. Julio Meinvielle

Edición de los Cursos de Cultura Católica. Impreso por Francisco A. Colombo, 19 de septiembre de 1936.
Tomado de Stat Veritas









CAPITULO IV

LAS FINANZAS


l exponer en el primer capítulo la naturaleza del capitalismo, descubrimos su ley fundamental que se resume en su definición: "aceleración del lucro por la aceleración de la producción y del consumo". El lucro, infinito, insaciable, rige toda la ordenación económica moderna, de suerte que se consume para producir y se produce para ganar. La producción regula el consumo y las finanzas rigen la producción. Demostramos cómo una economía regida por este vicio capital debía resultar una economía nefasta para el hombre y nefasta consigo misma, porque había de llevar en sus entrañas su propia ruina sin poder jamás, ni siquiera por un instante, proporcionar el bienestar económico del hombre.


En los dos capítulos anteriores expusimos la ordenación de la producción, agrícola e industrial, y justificamos los conceptos de propiedad, trabajo y capital. Pero en la exposición de estos conceptos, nos esforzamos continuamente por advertir la inutilidad de todo ordenamiento mientras las finanzas que rigen hoy, con sacudidas violentas, la vida económica, no vuelvan a su función propia.

He aquí que en este cuarto capítulo acometemos el estudio de las finanzas. Es éste pues, la clave de estas páginas, a menos como explicación y crítica del capitalismo. El estudio de las finanzas nos va a revelar el punto fundamental que sostiene toda la economía moderna, llamada capitalismo; nos va a descubrir la raíz de la presente crisis económica, crisis definitiva, insoluble. Podrá sentirse algún alivio, pero será éste como la mejoría que preludia el desenlace fatal del agonizante.

Sin embargo, como no es nuestro intento primordial criticar el capitalismo, sino exponer la concepción católica de la economía, procuraremos que en el curso del presente capítulo aparezca la nítida noción católica sobre la moneda, el capital y el crédito.

Las verdaderas riquezas

Pues bien, las verdaderas riquezas son las llamadas por Santo Tomás (II-II q.118, a. 2) riquezas naturales, o sea: los productos de la tierra y de la industria, porque sólo ellas pueden remediar la indigencia y proporcionar la suficiencia de bienes para vivir virtuosamente. Por esto, el Jefe de casa y el político prudente adquieren y atesoran estas riquezas tan útiles para la comunidad doméstica y política, porque sin lo necesario para la vida no es posible el gobierno de la casa o de la ciudad. (Com. de Santo Tomás a “Politicorum liber I, lectio II, de Aristóteles) .

Pero su adquisición presupone su producción. Una vez producidas, es necesario que circulen para que las producidas por nosotros lleguen a los demás y les aprovechen, y en cambio las producidas por ellos nos aprovechen a nosotros. Es necesario, pues, permutar las riquezas naturales.

Evidentemente que en la primera comunidad doméstica no fué necesario este intercambio, porque como todo se producía en casa y todo pertenecía al jefe de la familia, éste distribuía el trabajo y repartía sus productos. Pero a medida que se formaron los pueblos y ciudades, apareció una elemental división del trabajo, y se hizo imperiosa la permuta de las riquezas naturales, conocida con el nombre de trueque. (Santo Tomás, ib. lección VII).
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10 de enero de 2011

Concepción Católica de la Economía (2)




Por el R.P. Julio Meinvielle




Edición de los Cursos de Cultura Católica. Impreso por Francisco A. Colombo, 19 de septiembre de 1936.


Tomado de Stat Veritas









CAPÍTULO II

LA PRODUCCIÓN DE LA TIERRA



n el capítulo anterior descubrimos al vivo la perversión esencial y funesta de toda economía que, como el capitalismo, esté regida intrínsecamente por la concupiscencia del lucro.

Siendo ésta un instinto insaciable, infinitamente vertiginoso, dinámico, acelerador, es rebelde a toda medida, y por esto importa una radical inversión de todos los valores humanos, y aún de los mismos valores económicos. De los valores humanos: porque en lugar de poner la economía al servicio de la vida corporal del hombre, para que así pueda éste alcanzar la integridad de su vida intelectual y espiritual y ponerse al servicio de Dios, Señor único que merece plena adhesión, la concepción económica moderna absorbe todas las energías espirituales y materiales del hombre y las coloca a merced del gigantesco edificio económico, alrededor del cual todo el mundo – desde el último desocupado hasta el poderoso financista – está obligado a postrarse en religiosa danza.

Inversión de los mismos valores económicos: porque en lugar de emplear el dinero como un puro medio de cambio que facilite la distribución y difusión de las riquezas naturales, se hace de él precisamente lo opuesto, es decir un fin último, con una poderosa fuerza de atracción que concentra en pocas manos más dinero, y con él las mismas riquezas naturales.

De tal suerte está armada la economía capitalista, que todo concurre a la multiplicación del oro: las riquezas y el crédito sirven para multiplicar el oro; si se comercia es para multiplicar el oro; si se produce es para comerciar y con ello multiplicar el oro; si se consume es para producir más y con ello comerciar más y poder multiplicar más el oro. De modo que la vida es una danza perpetua alrededor del oro, al cual, para colmo de la paradoja, nadie ve porque duerme en las cavernas misteriosas de los grandes bancos.

De modo que el consumo, que debía de ser el fin próximo regulador de todo el proceso económico, viene a estar, en último término, supeditado a la producción, al comercio y a la finanza; y, en cambio, la finanza, que debía ocupar el último lugar como un puro medio, obtiene el primero de fin regulador.

Jerarquía de la producción

Esta morbosa aceleración debía provocar al mismo tiempo un trastorno profundo en los fenómenos económicos particulares, tales como la producción.
Sin entrar en consideraciones metafísicas que pueden parecer profundas, apliquemos el sentido común y preguntemos: ¿cuál es la finalidad de la producción de riquezas?, ¿para qué se empeña el hombre en el trabajo, y produce? Sin duda para disponer de bienes que pueda consumir. No quiere decir esto que sólo haya de producir lo que diariamente consume. De ningún modo. Puede y debe producir más, y ahorrar aquello que no consume, y formar un patrimonio estable que le asegure la vida en el mañana a él y a su familia y que se perpetúe entre sus herederos. Pero aún esto que inmediatamente no consume, lo produce en previsión del consumo que necesitará mañana sin poderlo entonces producir. Luego, siempre será verdad que produce para consumir. ¿Y cuáles son los primeros bienes de cuyo consumo necesita el hombre?: ¿gozar, vivir en habitación conveniente, vestirse o comer? Sin duda que primero es comer, y después vestirse, y luego tener habitación conveniente, y por fin disfrutar de honestos pasatiempos. Y como la tierra es la que casi directamente nos proporciona lo necesario para comer, vestir y habitar, y en cambio la industria nos suministra de preferencia lo superfluo, se sigue que, en un régimen económico ordenado, la producción de la tierra y sus riquezas deben obtener primacía sobre la producción industrial, la vida del campo sobre la vida urbana.

Es decir: exactamente lo inverso de lo que acaece y forzosamente debe acaecer en la economía moderna. La economía capitalista es, en su esencia, pura aceleración. La producción de la tierra y el consumo de sus productos se substrae a la aceleración: no es posible, por ejemplo, obtener trigo en pocos días o en algunas horas, o consumir 10 kilos de pan en vez de uno. En cambio la producción de lo superfluo puede aumentar ilimitadamente, porque siempre es posible crear nuevas necesidades superfluas y satisfacerlas infinitamente. Luego la economía capitalista, por su misma esencia, siéntese impulsada al fenómeno "contra naturam" (que viola las exigencias naturales) de hacer de la industria, de la fábrica, el tipo normal de producción y, en cambio, imaginar la agricultura como un acoplado arrastrado por la industria. Henry Ford ha tenido la franqueza de confesarlo cuando considera la agricultura como una industria "auxiliar o subsidiaria", según palabras textuales. (En Aujourd hui et demain, pág. 230; citado por Marcel Malcor, Nova et Vetera, janvier et mars, 1929).
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8 de enero de 2011

Concepción Católica de la Economía (1)





Por el R.P. Julio Meinvielle





Edición de los Cursos de Cultura Católica. Impreso por Francisco A. Colombo, 19 de septiembre de 1936.


Tomado de Stat Veritas





CAPITULO I


LA ECONOMIA Y LA ECONOMIA MODERNA



l mundo vive hoy bajo el signo de la inquietud económica, Porque se ha Perdido el sentido de la economía. Se conocen una infinidad de fenómenos económicos, llamados producción, tierra, capital, trabajo, finanzas, consumo; se registran pretendidas leyes económicas; se construyen teorías y se crean escuelas económicas; pero no se posee el sentido de la economía, porque se ha perdido el de la vida humana.

El mundo moderno – llamo mundo moderno al engendrado por la acción antitradicional de la Reforma Protestante, perpetuado en el liberalismo del siglo XIX y dispuesto ahora a sepultarse en la anarquía bolchevista –, el mundo moderno, digo, no sabe ni puede saber qué es la vida, porque se ha privado del acto propio de la inteligencia, que es “juzgar”.

En el "juicio", la inteligencia conoce el valor real (ontológico) de las cosas. Es un acto esencialmente teleológico. Frente a un ser, no tanto quiere conocer su funcionamiento, su mecanismo, su realidad fenoménica, como su esencia determinada por su finalidad: "¿Para qué es tal ser?”, y conocida su finalidad, ajustar a ella su funcionamiento.

Por esto nuestra preocupación constante en el presente libro será formular un juicio de valor sobre la realidad económica. Habremos de penetrar en las entrañas mismas de los fenómenos económicos modernos, para descubrir su conformación esencial y ver si hay en ellos una perversión ingénita, y en este caso, proponer las condiciones del medicamento eficaz. Como los fenómenos económicos que nos rodean son esencialmente capitalistas, nada más justo que precisar la naturaleza de la Economía capitalista.
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3 de septiembre de 2009

El significado de la canonización de Pío X



























Por el R. P. Julio Meinvielle


Tomado de Stat Veritas




los cuarenta años de su muerte, Pío X acaba de ser canonizado. Todavía están presentes en el escenario del mundo, muchos que fueran testigos del fuego ardiente de su fe y de su caridad. Pío X fue un santo. Y el secreto de su santidad fue la Fe. "Nada había más natural a sus ojos que lo sobrenatural. Creía como respiraba, porque de tal suerte Dios le era sensible. El mundo de la Fe le era familiar, y se movía en él con comodidad, mientras que el mundo, así solo, donde iba a vivir y actuar debía permanecerle extraño, o al menos le parecía tal, porque la fealdad de sus pensamientos y de sus costumbres horribles le repugnaban. No se mezclará en él sino forzado a la lucha contra los enemigos declarados de la Iglesia y contra los adversarios emboscados del Dogma, en que las antenas sobrenaturales de su Fe intrépida captarán las inspiraciones divinas para dictarle decisiones humanamente sorprendentes, imprevistas, pero poderosamente fecundas". (1)

Porque Pío X se movía en el mundo de la Fe, podía estimar en su justo valor el estado del mundo y medir la gravedad de los errores que le ame­nazaban. De aquí el significado de sus reprobaciones contra desvaríos espirituales que han determinado el estado calamitoso en que se encuentra hoy el mundo.

Tres son estos desvaríos. El primero lo constituye la guerra contra los derechos imprescriptibles de la Iglesia, llevada a cabo particularmente en Francia por el gobierno masónico de Combes. Frente a un gobierno, empeñado en crear una Iglesia y un episcopado " nacional " , Pío X se yergue como un gigante en toda la majestad de su soberana autoridad y pro­nuncia el non possumus. El gobierno rompe relaciones con la Iglesia, se incauta de sus bienes, prohíbe todo acto de culto en las escuelas, en el ejército y en todos los establecimientos públicos y niega en absoluto el derecho de enseñar a las congregaciones religiosas. Pío X, en su encíclica VEHEMENTER del 11 de febrero de 1907 reprueba y condena la ley votada en Francia de separación de la Iglesia y del Estado. "En consecuencia, dice allí, Nos protestamos solemnemente con todas nuestras fuerzas contra la proposición, contra el voto y contra la promulgación de esta ley, declarando que nunca podrá ser ella alegada contra los derechos imprescriptibles de la Iglesia para debilitarlos."

Más peligrosa que la acción de los enemigos de fuera lo es siempre la de los enemigos de dentro. Pío X va a proceder con toda energía para conjurar el mal, tan frecuente entonces como ahora en los medios católicos, de acomodar la doctrina y la ac­ción social-política a los requerimientos del siglo.

Las corrientes subjetivistas, inmanentistas y evo­lucionistas que inficionaban la mentalidad moderna se infiltraban en los ambientes intelectuales católicos determinando en exégesis, historia de los dogmas y de la Iglesia, filosofía y teología una nueva interpretación del cristianismo que, en la realidad de los hechos, lo alteraba fundamentalmente, y, con ello, lo destruía. Contra ese segundo desvarío espi­ritual, conocido con el nombre de modernismo, Pío X pronuncia sentencia de condenación en el decreto "Lamentabili" del 17 de julio de 1907, y más particularmente en la encíclica PASCENDI, del 7 de setiembre del mismo año, en la que lo califica como "colección de todas las herejías".

La adaptación al espíritu moderno determinaba en el plano social-político errores no menos peligro­sos que podríamos denominar demoliberales. Ha­ciendo del pueblo la fuente de la autoridad pública, Marc Sangnier y su equipo del 'Sillon buscaba un ordenamiento social-político fundado en la nivela­ción de clases, soñando así cambiar las bases natu­rales y tradicionales de la sociedad para edificar la sociedad del futuro sobre otros principios que serían más fecundos y bienhechores que aquellos sobre los que reposa la sociedad cristiana actual. Contra este tercer desvarío espiritual, mezcla de liberalismo y socialismo, Pío X enseña de manera categórica " No, Venerables Hermanos —preciso es recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores—, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la ciudad nueva por edificar en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos natu­rales y divinos contra los ataques, siempre renova­dos, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: omnia instaurare in Christo". (2)

Pero Pío X comprendió que de nada valían estas condenaciones de los documentos públicos si la conducción diaria de los asuntos de la Iglesia no estaba en manos de hombres verdaderamente de Dios. Por esto llamó junto a sí, para que compartiera el gobierno de la Iglesia en la secretaría de Estado, al Cardenal Merry del Val. Pero no es esto todo. Un prelado romano, muy discutido y atacado, Mons. Benigni, fundó con la aprobación expresa de Pío X el Sodalitium Pianum, o Sapiniére, en abreviatura S.P., para descubrir las infiltraciones moder­nistas y demoliberales dentro de la Iglesia y, con ello, mantener la pureza e integridad de la verdad católica en el plano del pensamiento y de la acción.

Pío X ha sido violentamente atacado por la firmeza de sus directivas espirituales. Y cuando, en razón de la santidad notoria de su vida, no se han atrevido a atacarlo a él directamente, lo han con­siderado "un santo cura de campaña" y se han en­sañado, en cambio, con el Cardenal Merry del Val y con Mons. Benigni. Una de las objeciones, en apariencia más sólidas, que se ha levantado con­tra la santidad del Pontífice en el proceso de su canonización, la han constituido precisamente las actividades del ilustre Cardenal y de Mons. Benigni.

Pero, en vano, como lo manifestó Pío XII, en el discurso que pronunció el 3 de junio de 1951 en la Plaza de San Pedro, en ocasión de la beatificación del gran Pontífice. " Ahora, dijo entonces, que el examen más minucioso ha descubierto a fondo to­dos los actos y las vicisitudes de su pontificado, ahora que se conocen las consecuencias de aquellas vicisitudes, ninguna duda, ninguna reserva es ya po­sible, y se debe reconocer que, aun en los períodos más difíciles, más ásperos, más graves y de más res­ponsabilidad, Pío X, asistido por la gran alma de su fidelísimo secretario de Estado, el Cardenal Merry del Val, dio prueba de aquella iluminada prudencia que nunca falta en los santos, aunque en sus apli­caciones se encuentre en contraste doloroso, pero inevitable, con los engañosos postulados de la pru­dencia humana y puramente terrestre". (3)

Pero hay todavía más. Pío XII no se ha contentado con defender a Pío X y a sus ilustres colaboradores. Ha hecho el elogio positivo de sus cualidades extraordinarias. "Con su mirada de águila, más pers­picaz y más segura que la corta vista de miopes razonadores, veía el mundo tal como era, veía la misión de la Iglesia en el mundo, veía con ojos de santo Pastor cuál era su deber en el seno de una sociedad descristianizada, de una cristiandad con­taminada, o, al menos, acechada por los errores de la época y por la perversión del siglo."

"La mirada de águila" de Pío X vio claro asimismo en el asunto de l'Action Française y de Charles Mau­rras. Cierto que la incredulidad religiosa de Mau­rras, que había perdido la fe en su juventud, ha alcanzado un grado de sacrílega impiedad y de blasfemia en obras como Anthinea y Le chemin de Pa­radis. Pero el programa de acción política contra el demoliberalismo de la Revolución, forjado por Maurras, ofrecía garantías para una firme restauración social-política en la línea católica. Su Action Française era, en el plano político, una defensa de la Iglesia contra la Revolución. A Camille Bellaigue, que pedía una bendición para Maurras, le respondió Pío X: "¡Nuestra bendición! ¡Pero todas nuestras bendiciones! Y decidle que es buen defensor de la Fe". (4)

Creemos conveniente recordar estos hechos para descubrir el significado completo de la canonización de Pío X, en este año de 1954. Los errores que él condenó y anatematizó con energía desusada se en­cuentran hoy, para mal de Francia y del mundo, en pleno apogeo. Laicismo de Estado, debilitamiento de la doctrina católica, infiltración del marxismo. De modo particular estos errores han hecho presa de Francia y aun de Italia. Los acontecimientos últimos producidos en el sector católico de estos dos países los ponen en evidencia.

Pero, felizmente, estos errores al desarrollarse y mostrar sus perversas virtualidades han puesto en guardia a muchos hombres todavía responsables y ello ha de determinar que los pueblos busquen la solución de sus problemas en el caminó señalado por el gran Pontífice. Santidad de vida e integridad de doctrina, recta concepción del ordenamiento econó­mico-político de la ciudad, prudentes pero progre­sivas y efectivas reformas que eliminen las injusti­cias sociales, son tres condiciones inseparables para restaurar la ciudad católica. Desgraciadamente en nuestro tiempo se ha confundido, de manera inex­tricable, reforma de las injusticias con izquierdismo económico-político y se ha querido bautizar esa confusión con un sentimentalismo evangélico, sucedáneo de la caridad. El mérito excepcional de San Pío X consiste precisamente en que, siendo él un luminar ardiente de auténtica caridad, ha estable­cido las condiciones para que, sin confusión, se adjudicasen las justas partes que se deben a la verdad y a la justicia.

Finalmente, la canonización del Papa que conde­nó el modernismo y el demoliberalismo en el mismo año en que su sucesor Pío XII toma enérgicas me­didas contra el modernismo de teólogos franceses y contra el socialismo de los prêtres-ouvriers, es signo de feliz presagio para la noble nación fran­cesa. Los que amamos a Francia, a la Francia de San Luis y de Juana de Arco, creemos que han de encontrar cumplimiento las palabras que Pío X pronunció en el Consistorio del 29 de noviembre de 1911.

Dijo el Santo Pontífice: "Hijos de Francia que gemís bajo la persecución, sabedlo, el pueblo que ha hecho alianza con Clodoveo en las fuentes bau­tismales de Reims, se arrepentirá y volverá a su primera vocación. Un día vendrá, y Nos esperamos que no sea lejano, en que Francia, como Saulo sobre el camino de Damasco, será envuelta con una luz celeste y oirá una voz que le repetirá: «Hija mía, ¿por qué me persigues?». Y sobre su respuesta: «¿quién eres tú, señor?» la voz replicará: «Yo soy Jesús a quien tú persigues... Duro te es dar coces contra el aguijón, porque en tu obstinación tú te reniegas a ti misma». Ella, temblando, sorprendida, dirá: «Señor, ¿qué queréis que haga?» y Él: «Levántate, lávate de las manchas que te han desfigu­rado, despierta en tu seno los sentimientos dormidos y el pacto de nuestra alianza, y anda, Hija muy amada de la Iglesia, Nación predestinada, Vaso de elección, anda a llevar, como en el pasado, mi Nombre delante de los pueblos y de todos los reyes de la tierra»".

R. P. Julio Meinvielle, “ DIÁLOGO ” Nº 1, Primavera 1954.
Notas:

(1) T. R. P. Gillet, Appel au bon sens.
(2) Notre chame apostolique, del 25 de agosto de 1910.
(3) Ecclesia de Madrid, 9 de junio de 1951.
(4) HARY MITCHELL, Pie X et La France, Les Editions du Cèdre, Paris , 1954.

15 de agosto de 2009

Cristianismo y democracia


Por el R. P. Julio Meinvielle


Publicado en Revista VERBO nº 266 Año XXVIII Septiembre 1986




a presente guerra no está ajena a esta lucha y aunque la decisión militar a favor de uno de los bandos no se haya de mirar como necesariamente decisiva para imponer en el orbe una reforma universal anticristiana, no cabe duda que en la realidad concreta puede resulta decisiva. No en vano, la paz de Westfalia inaugurara la dominación del filosofismo y el Congreso de Viena el siglo del liberalismo y el Tratado de Versalles la difusión del comunismo. La reunión de Dumbarton Osaks no permite llamarse a engaño respecto al propósito del más larvado de los bandos que, en la seguridad de tener en sus manos el triunfo no oculta ya los temibles planes de dominación universal que trae escondidos bajo el embeleso de las grandes palabras de cristianismo y democracia.

Táctica secular del iluminismo, tan antigua como el mundo, cuando el enemigo del linaje humano escondía la muerte bajo la perfidia del eritis sicut dei, seréis como dioses.

Los planes de dominación anticristiana universal comunes a la Rusia de Stalin como a los Estados Unidos de Roosevelt, serán aplicados inexorablemente si el esperado triunfo se materializa. Inglaterra cada día cuenta menos y su decadente influencia puede ser motivo decisivo para que abandone, si puede, la participación en un planteo que perjudica visiblemente a sus intereses.

Si se examina con atención, puede observarse que los dos grandes vocablos cristianismo y democracia, tras la ventaja que tienen de sugerir en forma vaga e indefinida los dos grandes bienes – paz religiosa y paz civil - que los pueblos de algún modo apetecen, sirven precisamente par destruir los valores concretos y reales donde estos bienes se encuentran.

Porque no hay realmente cristianismo sino en el catolicismo. Y el catolicismo es hoy destruido en nombre del cristianismo. Y la democracia entendida como un régimen de convivencia política donde se ofrezca a todos los ciudadanos las garantías de paz civil no se encuentra sino en un Estado, jerárquico y autoritario. Estado que es hoy furiosamente combatido en nombre de la democracia.

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29 de junio de 2009

La "física política" de Charles Maurras y la Política Cristiana





por el R.P. Julio Meinvielle





Copia escaneada de la tercera edición reproducida en la Colección “Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino”, volumen 3º, editado en Bs. Aires en el año 1974. Al final se agregan como Apéndices (incluidos también en el volumen citado) varios trabajos del autor relacionados con el tema y un ensayo sobre Maurras)








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La "física política" de Charles Maurras y la Política Cristiana (19)



harles Maurras ha sido un gran maestro de la política, un maestro sólo comparable a Aristóteles. Ha visto la política en sus conexiones concretas: el interés general, que Santo Tomás denomina bien común, sobre los bienes particulares de los grupos y personas. Este interés general, que constituye la ley esencial de la política, no se funda en el contrato, como ha pretendido Rousseau, y después de él, el liberalismo.

La esencia de la política está dada en la naturaleza. Charles Maurras llama física a esta naturaleza (20). Y ella encierra: La estructura de las familias, el régimen de los matrimonios, la pertenencia del hijo; la educación, la instrucción, la escuela; la estructura de la comuna y de la provincia, la del país y la del oficio; la estructura de la Nación, del Estado central, de los Estados descentralizados; la relación de lo temporal y de lo espiritual (21).

En esta clasificación de los elementos sociales, que no dependen del contrato sino que se fundan en la naturaleza, Charles Maurras sigue los pasos de Aristóteles, quien, al comienzo de su célebre POLÍTICA, asienta la ley de oro que ha de regir toda convivencia política entre los hombres: que aquel bien al que se ordena la ciudad ha de ser el principalísimo entre todos los bienes humanos. Si toda comunidad se ordena al bien, es necesario que aquella comunidad que es la más principal sea la que procura el bien más principal entre todos los bienes.(22)
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27 de junio de 2009

El Igualitarismo y el Evangelio




por el R.P. Julio Meinvielle





Copia escaneada de la tercera edición reproducida en la Colección “Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino”, volumen 3º, editado en Bs. Aires en el año 1974. Al final se agregan como Apéndices (incluidos también en el volumen citado) varios trabajos del autor relacionados con el tema y un ensayo sobre Maurras)








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Apéndices a la Concepción Católica de la Política




iertos católicos, imbuídos del espíritu igualitarista de Rousseau, han querido buscar en el Evangelio un fundamento a la democracia. Para eso han hecho violencia de los pasajes en que Jesucristo afirma la preeminencia de los pobres en el Reino de los cielos.

Estos católicos democratistas han naturalizado o carnalizado la verdad sobrenatural del Evangelio.

1. El Evangelio, y la doctrina de la Iglesia, por consiguiente, jamás han preconizado la igualdad aritmética de los hombres ni en el orden natural ni en el sobrenatural.

No en el orden natural, porque Cristo no vino a destruir, sino a perfeccionar la ley, (MATEO, 5, 17). Ahora bien: la ley natural exige que a una diversidad natural correspondan derechos sociales y políticos desiguales, según explica el Angélico Doctor en los pasajes citados.

No en el orden sobrenatural, porque, como maravillosamente expone el Apóstol San Pablo, hay en la Iglesia diversidad de méritos, según la gracia que se da a cada uno; por esto en el cielo hay diversas mansiones, como enseñaba Cristo (JUAN 14, 2). Y una es la claridad del sol, otra la claridad de la luna y otra la de las estrellas; porque una estrella difiere de otra en claridad. (I COR, 15, 41).

Hay, además, diversidad de funciones en la misma Iglesia, porque hay diversidad de ministerios, como enseña el Apóstol. (I COR. 12, 5). El uno recibe del Espíritu el don de hablar con sabiduría; otro recibe del mismo Espíritu el don de hablar con mucha ciencia... etcétera. Mas todas estas cosas las causa el mismo indivisible Espíritu, repartiéndolas a cada uno, según quiere. Porque así como el cuerpo humano es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros, con ser muchos, son un solo cuerpo, así también el cuerpo místico de Cristo... . Que ni tampoco el cuerpo es un solo miembro, sino muchos. Si dijere el pie: pues no soy la mano, no soy del cuerpo, ¿dejará por eso de ser del cuerpo? . Y si dijere la oreja: pues que no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿dejará por eso de ser del cuerpo? . Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese el oído, ¿dónde estaría el olfato?. Mas ahora ha puesto Dios en el cuerpo muchos miembros y los ha colocado en él como le plugo.

2. Afirmada la constitución jerárquica de la economía natural y de la sobrenatural, el Evangelio enseña que la economía sobrenatural está regida por una ley de apreciación contraria a la economía natural. En el Reino de los cielos son bienaventurados los pobres, los mansos, los que lloran... los que padecen persecución por la justicia. (MATEO, 5).

De aquí que en el cristianismo el mérito sobrenatural se mida por la locura de la cruz y no por la sabiduría de las palabras o por el poder del mundo, y la jerarquía eclesiástica exige que el mayor se reconozca el menor (así el Sumo Pontífice es Siervo de los siervos de Dios) : porque Cristo, el Maestro, no vino a ser servido, sino a servir.

Bossuet ha expuesto esa doctrina en su sermón sobre LA EMINENTE DIGNIDAD DE LOS POBRES EN LA IGLESIA. Los pobres entran por derecho propio; los ricos no pueden participar de las riquezas sobrenaturales si no consienten en abrir sus tesoros y prodigarlos a los pobres después de haber besado humildemente sus pies.
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24 de junio de 2009

Concepción Católica de la Política (11 y último)





por el R.P. Julio Meinvielle






Copia escaneada de la tercera edición reproducida en la Colección “Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino”, volumen 3º, editado en Bs. Aires en el año 1974. Al final se agregan como Apéndices (incluidos también en el volumen citado) varios trabajos del autor relacionados con el tema y un ensayo sobre Maurras)








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EL ESTADO Y LA ECONOMIA

a economía no pertenece al sector público sino al privado de la vida social. En consecuencia, relaciones de obreros y empresarios en la unidad de una empresa, de una empresa con otra, de unas ramas de la producción con otras, todo esto pertenece al sector privado, porque se trata de las relaciones de una parte con otra dentro del organismo social. El Estado puede y debe intervenir, pero no como una parte, sino desde fuera, desde otro plano, como poder regulador que establece la legislación que condiciona el ámbito de la justicia dentro del cual se han de mover las partes.

El liberalismo ha negado o restringido toda intervención del Estado en la economía. El socialismo, por el contrario, ha hecho de la economía una actividad esencialmente pública y estatal. Una y otra posición son equivocadas. Si hay que afirmar contra el socialismo el carácter privado de la actividad económica, es también necesario asentar contra el liberalismo la necesaria regulación del poder público. Esta es tanto más indispensable cuanto en la actividad económica se desarrolla una lucha de intereses que hace difícil la supervivencia de los sectores más débiles. Si se da libertad absoluta a las fuerzas que intervienen en el proceso económico, las más poderosas devorarán a las inferiores. Aquí no hay un problema tan sólo de justicia. Lo hay también, pero no únicamente. Existe un problema de funcionamiento de la economía. Sabido es que en economía unos sectores interdependen recíprocamente de otros. Así, por ejemplo, la clase que recibe sueldos y salarios depende de la clase empresaria, que busca el hacer mayores sus beneficios. Esta clase, aguijoneada por el aumento de sus beneficios, puede estar tentada de reducir los sueldos y salarios de los obreros y empleados. Pero a la larga, comprimido el volumen de sueldos y salarios, redúcese también el consumo, ya que la masa de asalariados constituye la masa de consumidores. Sin ventas regulares y continuas, las empresas no pueden asegurar su funcionamiento, con lo que el proceso regular de la economía se deteriora. Y, a la postre, se detiene. Las célebres crisis periódicas se hicieron tan violentas durante el capitalismo liberal por haberse agudizado el desajuste entre los diversos grupos que intervienen con interdependencia en el proceso económico.
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23 de junio de 2009

Concepción Católica de la Política (10)




por el R.P. Julio Meinvielle





Copia escaneada de la tercera edición reproducida en la Colección “Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino”, volumen 3º, editado en Bs. Aires en el año 1974. Al final se agregan como Apéndices (incluídos también en el volumen citado) varios trabajos del autor relacionados con el tema y un ensayo sobre Maurras)



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DOCTRINA CATOLICA



a tesis católica abomina igualmente de todos estos errores que, en realidad, no son irreductibles, según hemos sugerido. Su doctrina se condensa en la fórmula, ya muchas veces repetida, de que el Estado es el supremo promotor del bien común.

Pero no puede lograrse el bien común de la nación si no se establece un régimen en el que todas las unidades que la integran puedan conseguir su bien propio. Porque, aunque sean dos bienes específicamente distintos, como enseña el Angélico (II - II., q. 58, a. 7, ad 2) de tal suerte están ordenados el uno al otro, que mutuamente se solicitan. Y el bien propio del hombre-individuo, es decir, su derecho a la existencia, a la dignidad, a la libertad, y el bien propio del hombre-familia, o sea el derecho a constituir un hogar estable, en que los padres se perpetúen, no puede lograrse, en la concurrencia de muchos, si un poder central no es capaz de asegurar a cada uno de ellos el ejercicio de los respectivos derechos.

Es función entonces del Estado asegurar a los particulares el ejercicio de sus derechos naturales. Pero no puede ser ésta, sin embargo, su función específica y primordial. Porque, en rigor, los propios particulares, tanto individuos como sociedades menores, deben constituirse y armonizarse de tal suerte que puedan, de ordinario, sin recurrir a un poder extraño, asegurar el ejercicio de los derechos cuya esfera de acción no pasa de suyo el ámbito de los bienes privados. El poder del Estado comienza propiamente y alcanza como su lugar y esfera propia en el sector de lo público, de lo común, o sea cuando se trata de regular los actos de los particulares, no en cuanto éstos dicen relación de uno con otro, sino en cuanto dicen relación con la comunidad, o afectan o pueden tener repercusión en la comunidad, o en la vida social. El campo propio de acción del Estado es entonces la esfera de lo público, o sea de aquello que pasa el límite de las puras relaciones privadas.
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