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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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10 de febrero de 2011

Reflexiones preliminares sobre el catolicismo y el liberalismo ante la economía (III y IV y final)






Por José Antonio Ullate Fabo




Tomado de su blog El Brigante











n este contexto, entenderé por “catolicismo” la filosofía social contenida en el magisterio pontificio y en los maestros aprobados por la autoridad eclesiástica a lo largo de la Historia. Como se me objetará que, aun así acotado, el catolicismo no presenta una doctrina unitaria sobre el asunto, tal como se deduce del cotejo de las más recientes encíclicas “sociales” con las primeras, reduciré todavía más el sentido del término: la filosofía social de Santo Tomás de Aquino, en cuanto aprobada repetidas veces por la suprema autoridad de la Iglesia, y en cuanto idealmente recogida en los principios rectores de las grandes encíclicas.

También resulta problemático el segundo término de la comparación: el liberalismo. Desde el campo economicista se recelará ante una simplificación que aúne a los fisiócratas, a Adam Smith y a von Mises, que mezcle la escuela de Chicago, la teoría neoclásica y la escuela austriaca. Aunque la objeción no dejaría de tener su fundamento en cuanto a las aplicaciones a los problemas concretos de la economía, la paradoja de la analogía –ciertamente poco apreciada en campo liberal– nos presentará una salida digna para obtener la deseada reducción al uno. Me refiero a que por liberalismo en este contexto voy a tener también unos principios rectores filosóficos en cuya progenie se inserta la multiforme y no pocas veces contradictoria posteridad de ese mismo liberalismo filosófico.

Formalmente no me voy a enredar en la cuestión de las diferentes explicaciones y propuestas concretas del catolicismo social y de los liberalismos varios sobre la realidad económica, sino que voy a trazar el punto de demarcación, de separación filosófica entre una y otra visión. Es un propósito bien humilde, pero espero que no exento de alcance clarificador.



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La diferencia más llamativa entre la filosofía social cristiana y la liberal en lo tocante a la economía afecta precisamente a la definición, al estatuto mismo de la propia economía y al concepto de libertad humana. Mientras que para el cristianismo la economía será una ciencia de tipo moral, para el liberalismo estamos ante una ciencia de tipo físico. Eso conllevará que para los primeros la economía deba estar completa e íntimamente subordinada a la moral y a la política, mientras que para los segundos, esta hipotética subordinación sólo lo será extrínsecamente. Veamos por qué.
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8 de febrero de 2011

Reflexiones preliminares sobre el catolicismo y el liberalismo ante la economía ( I y II)






Por José Antonio Ullate Fabo




Tomado de su blog El Brigante











l tema de la economía se ha tornado un campo esotérico para el común de los mortales y por ende coto privado de los especialistas. Esta primera consideración nos indica que esa transformación de un aspecto tan ligado a la vida cotidiana y a la consecución de los fines de la gente delata la existencia de alguna distorsión radical en el proceso. El objeto de esta intervención es compartir algunas reflexiones previas para la mejor comprensión de las relaciones problemáticas entre catolicismo y liberalismo en materia de economía. Relaciones de enfrentamiento que no son sino un capítulo de la querella entre el univocismo materialista y la analogía del ser realista, a cuenta de un medio necesario para la consecución del bien común y de los bienes particulares de los miembros de la sociedad.
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29 de enero de 2011

Concepción Católica de la Economía (7 y último)




Por el R.P. Julio Meinvielle

Edición de los Cursos de Cultura Católica. Impreso por Francisco A. Colombo, 19 de septiembre de 1936.

Tomado de Stat Veritas










E P Í L O G O

Si fuese posible ordenar la economía sin ordenar la vida, este libro tendría ya que cerrarse. Pero la economía es una preocupación en la vida, no la única. ¿Qué lugar ocupa en la vida? Y una civilización colocada exclusivamente bajo el signo de lo económico ¿qué caracteres debe revestir, en qué momento debe surgir, cómo comienza y en qué ha de terminar?

He aquí otras tantas preguntas que reclaman la respuesta de la inteligencia que lee. Y esta res-puesta surge de estas reflexiones acerca del momento actual escritas con motivo de la Encíclica Charitate Christi Compulsi que S. S. Pío XI dirigió al mundo comentando esta crisis del Capitalismo.

No es mi propósito hacer aquí un comentario de esta Encíclica. Sólo pretendo indicar esquemáti-camente algunas reflexiones, sobre lo que, a mi juicio, constituye el tema central de la misma, o sea, el grave momento porque atraviesa hoy el mundo. "En tal estado de cosas – dice S. S. Pío XI refiriéndose al malestar actual – la misma caridad de Cristo nos estimula a dirigirnos de nuevo a vosotros, venerables hermanos, a nuestros feligreses, a todo el mundo, para exhortar a todos, a reunirse y oponerse, con todas sus fuerzas, a los males que oprimen a toda la humanidad y a aquellos aún peores que la amenazan".

De aquí que, en el pensamiento Pontificio, el momento actual tenga una significación especialísima. No precisamente porque sea actual, es decir, porque se ha hecho presente a nosotros (tan grande es la fatuidad del individuo moderno que se imagina eje del universo a través del tiempo y del espacio), sino porque en realidad este instante ha de decidir de la misma existencia de la humanidad. Si la humanidad no quiere verse sumergida en un espantoso caos (como dice el Pontífice: si quiere verse libre del peligro del terror o de la anarquía), tiene que asegurar el momento actual.

El momento actual es decisivo, crítico para las raíces mismas de la humanidad. Así como la humanidad sucumbió en una catástrofe, en el diluvio, de la misma manera parecería estar a punto de sucumbir en otra.
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24 de enero de 2011

Concepción Católica de la Economía (6)





Por el R.P. Julio Meinvielle

Edición de los Cursos de Cultura Católica. Impreso por Francisco A. Colombo, 19 de septiembre de 1936.

Tomado de Stat Veritas










CAPITULO VI
ORDEN ECONOMICO - SOCIAL



asta aquí hemos estudiado la estructura interna de los diversos valores económicos (la producción de la tierra, la producción industrial con sus elementos de trabajo y capital, las finanzas, el consumo), y hemos esbozado la ordenación jerárquica de todos estos valores en el conjunto de la economía.

El consumo, decíamos, debe ser la medida próxima de la economía, es decir, todos los valores económicos deben tender y ordenarse hacia el consumo. Se ha de producir para el consumo; se ha de comerciar para asegurar un más abundante y equitativo consumo; se ha de emplear la moneda y su inversión en capital para el consumo. El consumo, a su vez, se medirá por las exigencias materiales del hombre, según la condición de cada uno; empleando las palabras del Doctor Angélico, diremos que el hombre debe buscar con medida la posesión de las riquezas exteriores en cuanto son necesarias a su vida según su condición social.

En resúmen, que la medida de todo es el hombre, así como el hombre está medido por Dios. Dios está en la cúspide de todo el orden humano: porque el hombre ha de alcanzarle en la caridad que culmina en la contemplación de los Santos. Pero para ello ha de ordenar toda la vida de sus operaciones internas por la práctica de las virtudes morales. En el orden de su espíritu, la medida del hombre es el Bien sin medida. Ha de tender a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas. (Mc. XII, 30). En este orden, las perspectivas del progreso son infinitas, porque su espíritu tiende a Dios, que es el Bien Infinito.

Pero Dios que, por un designio de su misericordia, se ha constituido en la medida sin medida del hombre, no destruye el orden humano; al contrario, lo exige como un sustento que pueda soportar las infinitas proyecciones del Bien Divino. La Economía, pues, destinada a servir al hombre, guarda toda su realidad como un humilde instrumento que provee al hombre de su pan material para que esté así en condiciones de comer el pan espiritual.

Jerarquía admirable de valores que, al restituir cada realidad a su propia función, protege a las inferiores con el apoyo de las superiores.

En cambio, la economía moderna que invierte todos los valores económicos y humanos, haciendo del lucro infinito el objeto propio de la economía y de toda la vida humana, destruye al hombre y a la economía, después de haber lesionado los sagrados derechos de Dios. Creo haberlo demostrado en les capítulos que preceden.
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19 de enero de 2011

Concepción Católica de la Economía (5)





Por el R.P. Julio Meinvielle

Edición de los Cursos de Cultura Católica. Impreso por Francisco A. Colombo, 19 de septiembre de 1936.

Tomado de Stat Veritas








CAPITULO V

EL CONSUMO

emos visto en el precedente capítulo la suerte de una economía entregada al dinero como a su último fin. Siendo éste, de suyo, infinito, ilimitado, como observaron Aristóteles y Santo Tomás, debía imprimir un movimiento de aceleración infinita a toda la vida económica. Así acaeció, en efecto. El ansia insaciable de lucrar, no sólo desatada sino glorificada en el régimen económico moderno, estimuló el comercio del dinero con dinero para producir más dinero. Las Finanzas, con su motor, el préstamo a interés, coronaron toda la vida económica.

En una economía colocada bajo el signo del lucro, detrás de las Finanzas debía seguir, corriendo vertiginosamente, el comercio de mercaderías, porque en él, sin una actividad directamente productora, se acrecienta rápidamente el dinero. Y así, la vida comercial y mercantil, con la furia desbocada del transporte marítimo, fluvial y carretero, agitó la humanidad hasta entonces relativamente pacífica, haciendo de ella un inmenso mercado.

Detrás del comercio debía venir, también en carrera vertiginosa, para responder a la incesante demanda del mercado, la producción. Primero la producción industrial, porque se ejerce en el dominio de lo artificial y por ende de lo ilimitado; y en segundo lugar, la natural que, por lo mismo, está atada a las exigencias limitadas de las fuerzas naturales.

Por fin, si hay que producir para comerciar y comerciar para lucrar, es necesario también consumir, porque si no hay consumo, no es posible la producción. Pero el consumo siempre es forzosamente limitado, aunque de propósito se le pervierta. Y es más limitado que la producción de la tierra. Luego, debe venir detrás de ella.

Y así, en la economía lucrativa del mundo moderno, el consumo viene a la cola de todo proceso económico, arrastrado por la producción, así como a ésta le arrastra el comercio, y a éste, a su vez, la Banca.

Sería erróneo sacar de aquí la consecuencia de que en el mundo moderno se busca no comer. Al contrario, se busca que se coma, que se consuma en modo infinito, ilimitado, acelerado, para poder producir infinitamente y comerciar infinitamente y lucrar infinitamente. En este mundo sin Dios, el infinito de la materia se filtra por todos los dominios de la actividad.

El error de la economía moderna no está, pues, en suprimir el consumo. Al contrario, está en elevarlo al infinito para poder continuar hasta el infinito los otros procesos económicos.
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15 de enero de 2011

Concepción Católica de la Economía (4)







Por el R.P. Julio Meinvielle

Edición de los Cursos de Cultura Católica. Impreso por Francisco A. Colombo, 19 de septiembre de 1936.
Tomado de Stat Veritas









CAPITULO IV

LAS FINANZAS


l exponer en el primer capítulo la naturaleza del capitalismo, descubrimos su ley fundamental que se resume en su definición: "aceleración del lucro por la aceleración de la producción y del consumo". El lucro, infinito, insaciable, rige toda la ordenación económica moderna, de suerte que se consume para producir y se produce para ganar. La producción regula el consumo y las finanzas rigen la producción. Demostramos cómo una economía regida por este vicio capital debía resultar una economía nefasta para el hombre y nefasta consigo misma, porque había de llevar en sus entrañas su propia ruina sin poder jamás, ni siquiera por un instante, proporcionar el bienestar económico del hombre.


En los dos capítulos anteriores expusimos la ordenación de la producción, agrícola e industrial, y justificamos los conceptos de propiedad, trabajo y capital. Pero en la exposición de estos conceptos, nos esforzamos continuamente por advertir la inutilidad de todo ordenamiento mientras las finanzas que rigen hoy, con sacudidas violentas, la vida económica, no vuelvan a su función propia.

He aquí que en este cuarto capítulo acometemos el estudio de las finanzas. Es éste pues, la clave de estas páginas, a menos como explicación y crítica del capitalismo. El estudio de las finanzas nos va a revelar el punto fundamental que sostiene toda la economía moderna, llamada capitalismo; nos va a descubrir la raíz de la presente crisis económica, crisis definitiva, insoluble. Podrá sentirse algún alivio, pero será éste como la mejoría que preludia el desenlace fatal del agonizante.

Sin embargo, como no es nuestro intento primordial criticar el capitalismo, sino exponer la concepción católica de la economía, procuraremos que en el curso del presente capítulo aparezca la nítida noción católica sobre la moneda, el capital y el crédito.

Las verdaderas riquezas

Pues bien, las verdaderas riquezas son las llamadas por Santo Tomás (II-II q.118, a. 2) riquezas naturales, o sea: los productos de la tierra y de la industria, porque sólo ellas pueden remediar la indigencia y proporcionar la suficiencia de bienes para vivir virtuosamente. Por esto, el Jefe de casa y el político prudente adquieren y atesoran estas riquezas tan útiles para la comunidad doméstica y política, porque sin lo necesario para la vida no es posible el gobierno de la casa o de la ciudad. (Com. de Santo Tomás a “Politicorum liber I, lectio II, de Aristóteles) .

Pero su adquisición presupone su producción. Una vez producidas, es necesario que circulen para que las producidas por nosotros lleguen a los demás y les aprovechen, y en cambio las producidas por ellos nos aprovechen a nosotros. Es necesario, pues, permutar las riquezas naturales.

Evidentemente que en la primera comunidad doméstica no fué necesario este intercambio, porque como todo se producía en casa y todo pertenecía al jefe de la familia, éste distribuía el trabajo y repartía sus productos. Pero a medida que se formaron los pueblos y ciudades, apareció una elemental división del trabajo, y se hizo imperiosa la permuta de las riquezas naturales, conocida con el nombre de trueque. (Santo Tomás, ib. lección VII).
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10 de enero de 2011

Concepción Católica de la Economía (2)




Por el R.P. Julio Meinvielle




Edición de los Cursos de Cultura Católica. Impreso por Francisco A. Colombo, 19 de septiembre de 1936.


Tomado de Stat Veritas









CAPÍTULO II

LA PRODUCCIÓN DE LA TIERRA



n el capítulo anterior descubrimos al vivo la perversión esencial y funesta de toda economía que, como el capitalismo, esté regida intrínsecamente por la concupiscencia del lucro.

Siendo ésta un instinto insaciable, infinitamente vertiginoso, dinámico, acelerador, es rebelde a toda medida, y por esto importa una radical inversión de todos los valores humanos, y aún de los mismos valores económicos. De los valores humanos: porque en lugar de poner la economía al servicio de la vida corporal del hombre, para que así pueda éste alcanzar la integridad de su vida intelectual y espiritual y ponerse al servicio de Dios, Señor único que merece plena adhesión, la concepción económica moderna absorbe todas las energías espirituales y materiales del hombre y las coloca a merced del gigantesco edificio económico, alrededor del cual todo el mundo – desde el último desocupado hasta el poderoso financista – está obligado a postrarse en religiosa danza.

Inversión de los mismos valores económicos: porque en lugar de emplear el dinero como un puro medio de cambio que facilite la distribución y difusión de las riquezas naturales, se hace de él precisamente lo opuesto, es decir un fin último, con una poderosa fuerza de atracción que concentra en pocas manos más dinero, y con él las mismas riquezas naturales.

De tal suerte está armada la economía capitalista, que todo concurre a la multiplicación del oro: las riquezas y el crédito sirven para multiplicar el oro; si se comercia es para multiplicar el oro; si se produce es para comerciar y con ello multiplicar el oro; si se consume es para producir más y con ello comerciar más y poder multiplicar más el oro. De modo que la vida es una danza perpetua alrededor del oro, al cual, para colmo de la paradoja, nadie ve porque duerme en las cavernas misteriosas de los grandes bancos.

De modo que el consumo, que debía de ser el fin próximo regulador de todo el proceso económico, viene a estar, en último término, supeditado a la producción, al comercio y a la finanza; y, en cambio, la finanza, que debía ocupar el último lugar como un puro medio, obtiene el primero de fin regulador.

Jerarquía de la producción

Esta morbosa aceleración debía provocar al mismo tiempo un trastorno profundo en los fenómenos económicos particulares, tales como la producción.
Sin entrar en consideraciones metafísicas que pueden parecer profundas, apliquemos el sentido común y preguntemos: ¿cuál es la finalidad de la producción de riquezas?, ¿para qué se empeña el hombre en el trabajo, y produce? Sin duda para disponer de bienes que pueda consumir. No quiere decir esto que sólo haya de producir lo que diariamente consume. De ningún modo. Puede y debe producir más, y ahorrar aquello que no consume, y formar un patrimonio estable que le asegure la vida en el mañana a él y a su familia y que se perpetúe entre sus herederos. Pero aún esto que inmediatamente no consume, lo produce en previsión del consumo que necesitará mañana sin poderlo entonces producir. Luego, siempre será verdad que produce para consumir. ¿Y cuáles son los primeros bienes de cuyo consumo necesita el hombre?: ¿gozar, vivir en habitación conveniente, vestirse o comer? Sin duda que primero es comer, y después vestirse, y luego tener habitación conveniente, y por fin disfrutar de honestos pasatiempos. Y como la tierra es la que casi directamente nos proporciona lo necesario para comer, vestir y habitar, y en cambio la industria nos suministra de preferencia lo superfluo, se sigue que, en un régimen económico ordenado, la producción de la tierra y sus riquezas deben obtener primacía sobre la producción industrial, la vida del campo sobre la vida urbana.

Es decir: exactamente lo inverso de lo que acaece y forzosamente debe acaecer en la economía moderna. La economía capitalista es, en su esencia, pura aceleración. La producción de la tierra y el consumo de sus productos se substrae a la aceleración: no es posible, por ejemplo, obtener trigo en pocos días o en algunas horas, o consumir 10 kilos de pan en vez de uno. En cambio la producción de lo superfluo puede aumentar ilimitadamente, porque siempre es posible crear nuevas necesidades superfluas y satisfacerlas infinitamente. Luego la economía capitalista, por su misma esencia, siéntese impulsada al fenómeno "contra naturam" (que viola las exigencias naturales) de hacer de la industria, de la fábrica, el tipo normal de producción y, en cambio, imaginar la agricultura como un acoplado arrastrado por la industria. Henry Ford ha tenido la franqueza de confesarlo cuando considera la agricultura como una industria "auxiliar o subsidiaria", según palabras textuales. (En Aujourd hui et demain, pág. 230; citado por Marcel Malcor, Nova et Vetera, janvier et mars, 1929).
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8 de enero de 2011

Concepción Católica de la Economía (1)





Por el R.P. Julio Meinvielle





Edición de los Cursos de Cultura Católica. Impreso por Francisco A. Colombo, 19 de septiembre de 1936.


Tomado de Stat Veritas





CAPITULO I


LA ECONOMIA Y LA ECONOMIA MODERNA



l mundo vive hoy bajo el signo de la inquietud económica, Porque se ha Perdido el sentido de la economía. Se conocen una infinidad de fenómenos económicos, llamados producción, tierra, capital, trabajo, finanzas, consumo; se registran pretendidas leyes económicas; se construyen teorías y se crean escuelas económicas; pero no se posee el sentido de la economía, porque se ha perdido el de la vida humana.

El mundo moderno – llamo mundo moderno al engendrado por la acción antitradicional de la Reforma Protestante, perpetuado en el liberalismo del siglo XIX y dispuesto ahora a sepultarse en la anarquía bolchevista –, el mundo moderno, digo, no sabe ni puede saber qué es la vida, porque se ha privado del acto propio de la inteligencia, que es “juzgar”.

En el "juicio", la inteligencia conoce el valor real (ontológico) de las cosas. Es un acto esencialmente teleológico. Frente a un ser, no tanto quiere conocer su funcionamiento, su mecanismo, su realidad fenoménica, como su esencia determinada por su finalidad: "¿Para qué es tal ser?”, y conocida su finalidad, ajustar a ella su funcionamiento.

Por esto nuestra preocupación constante en el presente libro será formular un juicio de valor sobre la realidad económica. Habremos de penetrar en las entrañas mismas de los fenómenos económicos modernos, para descubrir su conformación esencial y ver si hay en ellos una perversión ingénita, y en este caso, proponer las condiciones del medicamento eficaz. Como los fenómenos económicos que nos rodean son esencialmente capitalistas, nada más justo que precisar la naturaleza de la Economía capitalista.
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30 de enero de 2009

La Economía Política y el Cristianismo (8 y último)





por S.E.R. Zeferino Card. González Díaz de Tuñón O.P.




VIII



e nos dirá tal vez, que la Economía política ha prestado también servicios no despreciables a los diferentes miembros de la sociedad en general, y a las clases indigentes en particular. Es verdad, y no seremos nosotros ciertamente los que neguemos esos servicios ni los que desconozcamos los bienes y ventajas que las modernas naciones deben a la ciencia económica. Empero sí afirmaremos otra vez más, que esos servicios hubieran sido y serian más sensibles, más universales y, sobre todo, más fecundos, si la ciencia económico-política se hubiera inspirado en los principios cristianos, si no se hallara informada por cierto espíritu de hostilidad más o menos encubierta contra las ideas, instituciones y tendencias de la doctrina católica, dejándose arrastrar y avasallar por el espíritu racionalista, que al depositar en su seno los gérmenes del sensualismo, ha torcido y falseado su marcha natural y racional. Las investigaciones y enseñanzas de esta ciencia sobre las leyes que rigen la producción de las riquezas, sobre la importancia y dignidad del trabajo, sobre las condiciones y causas de su energía y fecundidad, sobre el cambio y distribución de las riquezas, sobre las ventajas e inconvenientes de la libre concurrencia, sobre el poder y resultados del crédito, sobre organización del trabajo y de los impuestos, sobre mejoramiento de las clases indigentes, etc., etc., hubieran sido, a no dudarlo, más acertadas, más legítimas, y sobre todo, más provechosas y fecundas en resultados prácticos, si se hubieran verificado bajo las inspiraciones de la idea católica y con subordinación al criterio cristiano. La Economía política, como toda ciencia, merece los homenajes de todo hombre pensador y de recto corazón, considerada en si misma; pero esto no quita que sea por desgracia una verdad, que no ha producido todo el bien que pudiera y debiera haber producido, a no haberse separado del cristianismo. Más aún; en virtud de esta separación y hostilidad contra el cristianismo, ha sido arrastrada fatalmente a abrazar, sobre ciertos problemas, soluciones racionalistas y teorías sensualistas, perniciosas en sumo grado a la sociedad en general, y a las clases indigentes en particular.

Y no es por cierto necesario buscar muy lejos la prueba de esta afirmación, porque nos la suministra manifiesta y palpable el problema de la miseria que nos viene ocupando. Acabamos de indicar, en efecto, los medios morales y materiales que la Economía político-cristiana recomienda y practica para combatir la llaga del pauperismo, disminuir sus fatales resultados y dulcificar los padecimientos de las clases necesitadas. Y bien: pongamos ahora en frente de esos medios y de las instituciones católicas, los medios e instituciones de la Economía política racionalista: pongamos en frente de la teoría cristiana las teorías de las escuelas económicas inspiradas en el racionalismo y el sensualismo.

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27 de enero de 2009

La Economía Política y el Cristianismo (7)



por S.E.R. Zeferino Card. González Díaz de Tuñón O.P.





VII





o resalta menos la superioridad de la doctrina económico-política del cristianismo, sobre la doctrina económico-política del racionalismo contemporáneo, con respecto al problema de la miseria de las clases obreras y al antagonismo permanente y cada día más amenazador entre el trabajo y el capital.
¿Puede dudarse, en efecto, que ese creciente antagonismo que hace temblar el suelo bajo nuestras plantas y cuyos siniestros rugidos llegan, hasta nosotros desde todos los puntos del horizonte, es debido en gran parte, ya que no en todo, a la ausencia de los principios católicos y de las virtudes cristianas? Suponed por un momento que en el corazón y en la inteligencia [98] de esas grandes masas de obreros reinaran las creencias católicas: suponed que practicaran en su mayoría las virtudes cristianas por espíritu y motivos cristianos, estableciendo como norma de su conducta y de su vida, la humildad, la resignación, el espíritu de sacrificio, el desinterés y desprendimiento de los bienes de este mundo, en relación con los de la vida eterna, la castidad, la moderación ríe las pasiones, la caridad y las mortificaciones de la vida cristiana. Suponed, al propio tiempo, que los capitalistas y los ricos se hallan vivificados por las mismas creencias y virtudes, y que reducen a la práctica el grande y múltiple precepto de la caridad, que reasume y compendia toda la ley y todas las virtudes del cristianismo; es bien seguro que no se presentaría hoy con tan alarmantes proporciones ese formidable antagonismo entre el trabajo y el capital, y que desaparecerían los serios peligros y trastornos con que el socialismo y el comunismo amenazan hoy a la sociedad. Pero implantad en el seno de la sociedad y principalmente en el corazón y la inteligencia de las clases necesitadas, los principios del racionalismo y del sensualismo economista. Predicadles y enseñadles con la palabra y con el ejemplo, inculcadles un día y otro día que nada significan las amenazas del cristianismo sobre los misterios de la vida y de la muerte eterna; que Jesucristo es un mito o un impostor semejante a Mahoma; que nada tienen que esperar ni que temer después de la vida presente. [99]


Mostradles una y otra vez con vuestro ejemplo y vuestras doctrinas, que el bienestar material y los goces de la vida constituyen el bien supremo del hombre y el único móvil de la actividad humana; y veréis a esa sociedad dominada, mejor dicho, devorada por la pasión de las riquezas, y al rico explotando al pobre y cotizando sin misericordia los sudores del obrero; y al pobre, agitado por rencorosa envidia y concentrado odio contra el rico, y al socialista obrero alzarse airado para reclamar su parte en el banquete de la vida y de la felicidad. Si las riquezas, con los placeres y satisfacciones que las acompañan, constituyen el único destino del hombre sobre la tierra; si no existe otra vida en la cual se restablezca el equilibrio de la justicia, frecuentemente violada por los poderosos de este mundo; si no existe para el hombre un destino ulterior y superior en que se realice la ley de la compensación entre el bien y el mal; si, en una palabra, la poderosa aspiración hacia la felicidad que en el corazón del hombre se revela, no tiene más objeto ni más término que las satisfacciones y goces de la vida presente, ¿por qué razón y con qué derecho gozan esa felicidad algunos hombres, mientras la inmensa mayoría se ven siempre alejados y como repelidos de la misma? Tales son las últimas consecuencias, pero consecuencias lógicas y naturales del racionalismo, aplicado a la Economía política. Una vez proclamada la autonomía del hombre, esta conduce espontáneamente a la [100] negación de la ley del sacrificio y abnegación de si mismo en presencia de Dios y de los hombres, al reinado del orgullo, a la proclamación del derecho divino de las pasiones, a la rehabilitación de todas las concupiscencias y a la legitimidad del egoísmo.
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22 de enero de 2009

La Economía Política y el Cristianismo (6)




por S.E.R. Zeferino Card. González Díaz de Tuñón O.P.




VI




ongamos ahora en frente de la solución católica del problema de la población, la solución de Malthus, de Stuart Mill, y en general, de la Economía sensualista y racionalista. Reconociendo esta la dificultad suma de poner al nivel del movimiento de la población el desarrollo y acrecentamiento de las riquezas, dificultad que se hace insuperable cuando al trabajo productor de esas riquezas se señala el interés personal y los goces materiales como regla suprema, estimulo principal y fin último, convierte sus miradas hacia el segundo término del problema, buscando medios de retardar el movimiento o desarrollo de la población, a fin de mantener el equilibrio entre este movimiento y la producción de las riquezas. De aquí la teoría de los economistas racionalistas y sensualistas acerca del estado estacionario de la población, como condición normal de la sociedad. Y en verdad que semejante teoría es una aplicación lógica y una deducción legítima de la economía sensualista. Porque la verdad es que si el ideal de la vida humana es el [91] disfrute tranquilo del bienestar y de los goces terrenos, preciso será evitar a toda costa y por todos los medios el desnivel entre la población y las riquezas, a fin de que estas y los goces que producen se hallen al alcance de todos los miembros de la sociedad. ¿Qué resulta de aquí? Que la Economía política racionalista, sintiéndose impotente para resolver el problema del equilibrio entre la población y las riquezas, porque rechaza la solución de la Economía cristiana, que resuelve el problema de la manera que es soluble, atendidas las condiciones presentes de la humanidad, por los medios que arriba quedan indicados, vese precisada a retroceder veinte siglos para plagiar y reproducir las doctrinas tan inmorales como contrarias a la dignidad y libertad del hombre, adoptadas por las escuelas paganas. Las trabas legales para la realización de los matrimonios, la prohibición de los mismos a las clases obreras e indigentes mientras no se hallen en posesión de una fortuna determinada, impedir la procreación y buscar la esterilidad relativa sin reparar en medios, he aquí los procedimientos adoptados y aconsejados por la moderna Economía política del racionalismo para resolver el problema indicado. No es difícil reconocer las infamias de todo género, la inmoralidad y el libertinaje a que es ocasionada semejante solución. La dignidad del hombre, la santidad de la unión conyugal, la libertad individual, la moralidad pública y privada, la fecundidad ordenada de [92] la especie, son a todas luces incompatibles con las teorías, los consejos y preceptos de los economistas de nuestros días que se inspiran en las doctrinas de Malthus, de Stuart Mill y de otros partidarios de la Economía sensualista.
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20 de enero de 2009

La Economía Política y el Cristianismo (5)





por S.E.R. Zeferino Card. González Díaz de Tuñón O.P.



V





asta el último tercio del siglo pasado habíase creído generalmente que la población de los estados estaba en relación con la prosperidad de los mismos, y el acrecentamiento de población era mirado como un barómetro seguro del bienestar, de la abundancia y de la fuerza de una nación. Algunos economistas, sin embargo, comenzaron a vislumbrar que el rápido acrecentamiento de población, lejos de ser la causa y un indicante cierto de la prosperidad nacional, podía por el contrario, llegar a ser origen de males y calamidades sin cuento para los individuos. Los economistas italianos Ricci y Ortiz habían emitido sobre este punto ideas más o menos acertadas, que tendían a destruir el sistema de Smith, el cual identificaba la prosperidad de las naciones con el acrecentamiento de su población. Empero el que dio a conocer toda la importancia de este problema, y fijó sobre él la atención de los economistas y de los gobiernos, fue sin duda Malthus, al publicar su Ensayo sobre el principio de población. [79]Sabido es que Malthus intenta demostrar que, prescindiendo de todo obstáculo, la población tiende a multiplicarse según una progresión geométrica, al paso que la multiplicación de las subsistencias, aun en los países de circunstancias más favorables, no llega a esta proporción. Según nuestro autor, la especie humana se multiplica como los números 1, 2, 4, 8, etc.; pero los medios de subsistencia sólo crecen como los números 1, 2, 3, 4, 5, etc.
Partiendo de esta idea, fundamental en su teoría, Malthus llega a las siguientes afirmaciones: Primera: la población se limita necesariamente por los medios de subsistencia. Segunda: la población crece invariablemente en todas las partes en que crecen los medios de subsistencia al nivel del número de los consumidores, a menos que no impidan su desarrollo obstáculos poderosos o manifiestos. Tercera: cuando se quieren elevar las subsistencias al nivel del número de los consumidores, no se obtiene otro efecto que el multiplicar en mayor escala los mismos consumidores , y es preciso procurar constantemente que la población se mantenga un poco más bajo que su nivel, relativamente a los medios de subsistencia. Cuarta: los obstáculos particulares, y todos los demás que detienen el poder preponderante, forzando la población a reducirse al nivel de los medios de subsistencia, pueden todos ellos reducirse a estos tres puntos: la violencia moral, el vicio y la desgracia. [80]
Aunque no entra en nuestro ánimo, ni en el objeto de estos artículos, examinar la economía de Malthus en el terreno puramente científico, y sí únicamente en sus relaciones con la enseñanza católica, bueno será advertir de paso que la expresada teoría no parece hallársela nuestro juicio, en completa consonancia con lo que la observación y la estadística nos revelan acerca de la progresión relativa de la población en relación con los medios de subsistencia.

14 de enero de 2009

La Economía política y el Cristianismo (4)




por S.E.R. Zeferino Card. González Díaz de Tuñón O.P.


IV




l orgullo y la malicia de ciertos hombres, decía Fenelon, son los que arrastran a tantos otros a una horrorosa pobreza.» Los que hayan meditado un poco sobre ese terrible cáncer del pauperismo, que corroe las sociedades modernas, y que produce viva y constante inquietud en los gobiernos y en los pueblos, comprenderán sin dificultad toda la verdad que encierran las palabras del ilustre arzobispo de Cambray. [53]

Los que hayan leído algo sobre economía y estadística, los que hayan reflexionado sobre la situación relativa de las dos grandes clases sociales, la clase rica y la clase indigente, saben demasiado cuan trascendental es para los gobiernos y para la Economía política el problema de la clase obrera. Contribuciones de pobres, asociaciones filantrópicas, reglamentación para los hospicios y demás establecimientos de beneficencia, inspección y vigilancia administrativa, organización del trabajo, sociedades cooperativas; de todo se ha echado mano para resolver el gran problema, y sin embargo, el gran problema existe siempre y se revela cada día más alarmante y amenazador, y parece tender y acercarse rápidamente a la solución socialista.

No negaremos los resultados favorables de los esfuerzos realizados por la administración civil, ni la conveniencia de los medios antes indicados; pero sí diremos que esos esfuerzos y esos medios, si no han sido estériles, han sido menos fecundos de lo que correspondía a sus proporciones. Y es que han sido separados de la savia vivificadora y fecundante de toda obra benéfica, el gran principio de la caridad católica; porque, como decía Balmes: «¡Ay de los desgraciados que no reciben el socorro en sus necesidades sino por medio de la administración civil, sin intervención de la caridad cristiana! En las relaciones que se darán al público, la filantropía exagerará los cuidados que prodiga al infortunio, pero en realidad las cosas [54] pasarán de otra manera. El amor de nuestros hermanos, si no está fundado en principios religiosos, es tan abundante de palabras como escaso de obras. La visita del pobre, del enfermo, del anciano desvalido, es demasiado desagradable para que podamos soportarla por mucho tiempo cuando no nos obligan a ello muy poderosos motivos. Donde falta la caridad cristiana podrá haber puntualidad, exactitud, todo lo que se quiera por parte de los asalariados para servir, si el establecimiento está sujeto a una buena administración; pero faltará una cosa, que con nada se suple, que no se paga: el amor. Mas se nos dirá: y ¿no tenéis fe en la filantropía? No; porque, como ha dicho Chateaubriand, «la filantropía es la moneda falsa de la caridad.»

La Economía política anti-cristiana, la escuela económica que prescinde de los principios religiosos y morales, no solo es incapaz de dar solución satisfactoria al gran problema, sino que ha contribuido poderosamente a que haya tomado y tome cada día proporciones exasperantes. La escuela que sólo se ocupa del bienestar material, echando por completo en olvido, o al menos, prescindiendo de los destinos superiores del hombre; la escuela que ensalza y promueve el lujo ilimitado como un medio de producción y de bien para el hombre y la sociedad; la escuela que sólo tiene y recomienda para el obrero la educación industrial, echando a un lado la educación moral y religiosa; la escuela, en fin, que no halla otro medio [55] para conducir al obrero a la adquisición del bienestar que la excitación al trabajo por medio de la multiplicación de necesidades, siquiera estas sean facticias, y por el aliciente de los goces materiales, no es ciertamente la llamada a mejorar la suerte de las clases obreras y establecer relaciones armónicas y permanentes entre la humanidad pobre y la humanidad rica. Lo que si podrá producir semejante escuela económica es ese lujo insultante que se revela en nuestras sociedades, esas fortunas colosales que aparecen repentinamente en las grandes ciudades industriales y fabriles, esa nueva aristocracia del dinero y de la industria, que arrastra en pos de si poblaciones enteras de artesanos y obreros, que nos recuerdan los antiguos patricios romanos de los últimos tiempos de la república y primeros del imperio, con sus centenares de esclavos, sus innumerables quintas, sus estanques de lampreas, sus termas, sus cenas y sus convites de millones de sextercios.


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9 de enero de 2009

La Economía política y el Cristianismo (3)





por S.E.R. Zeferino Card. González Díaz de Tuñón O.P.


III



ntes de exponer sus ideas sobre Economía política, Smith había publicado la Teoría de los sentimientos morales, obra en que el publicista de Kirkaldy pretende cimentar y levantar todo el edificio de la ciencia moral sobre la estrecha base de la simpatía, eliminando, por consiguiente, de la idea de la virtud, el esfuerzo, el sacrificio y la energía de la voluntad. Esto nos explica en parte las tendencias materialistas y el espíritu egoísta que se descubren en su sistema económico-político: la Teoría de los sentimientos morales llama naturalmente, y se halla en armonía con las teorías desenvueltas en las Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Si se añade a esto que Smith, lo mismo que Say, principal propagador de sus doctrinas económicas en el continente, vivieron, conversaron y estuvieron en intimas relaciones con los filósofos sensualistas e irreligiosos del pasado siglo, no será difícil darse razón del espíritu que domina en su sistema económico-político. [35]

Ello es cierto, sin embargo, que nadie menos que Smith debiera haber prescindido de la idea cristiana, al exponer sus teorías de Economía política. Puede decirse que todo el sistema económico-político del profesor de Edimburgo se halla basado sobre la teoría del trabajo y su división: esta es la idea fundamental y dominante en su doctrina; es como la teoría madre, a la cual se refieren y subordinan de una manera más o menos directa todas sus ideas sobre esta materia.

Pues bien; si Smith hubiera reflexionado sobre este punto con espíritu imparcial y despreocupado, hubiera reconocido sin duda que el cristianismo es el que ha desarrollado y multiplicado en las sociedades modernas el poder del trabajo, porque el cristianismo, y sólo el cristianismo, es el que ha restituido al hombre la propiedad del trabajo.

Recuérdese sino, lo que era la humanidad antes del cristianismo; recuérdense aquellas manadas de esclavos que marchaban envilecidas en pos de los patricios romanos; recuérdese que Atenas, la ciudad más civilizada, tal vez, de la antigüedad, contaba en tiempo de Demetrio Falerio cuatrocientos mil esclavos para poco más de veinte mil ciudadanos; y se verá que el cristianismo, al proclamar la libertad del hombre, restituyó a las tres cuartas partes del linaje humano la propiedad de su trabajo, y con ella, un elemento el más poderoso para la producción y multiplicación de la riqueza. Pero escuchemos sobre este punto la voz [36] tan autorizada como elocuente del P. Lacordaire; he aquí cómo se expresa el célebre orador de Nuestra Señora de París, al exponer el tránsito operado en la humanidad por la acción del cristianismo, bajo el punto de vista de la propiedad del trabajo:

«El rico se había degradado a sí mismo, había degradado al pobre, y nada común existía entre estos dos miembros vivos, pero podridos, de la humanidad. El rico ni siquiera sospechaba que debiese algo al pobre. Le había arrebatado todo derecho, toda dignidad, todo respeto de si mismo, toda esperanza, todo recuerdo de origen común y de fraternidad. Nadie pensaba en la instrucción del pobre, nadie en sus dolencias, nadie en su suerte. El pobre vivía entre la crueldad de su señor, la indiferencia de todos y su propio desprecio. En este estado le encontró Jesucristo. Veamos qué hizo de él.

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1 de enero de 2009

La Economía política y el Cristianismo




por S.E.R. Zeferino Card. González Díaz de Tuñón O.P.



II



na vez iniciada en la ciencia esta dirección, el principio católico se apoderó de ella, y bajo su inspiración apareció la verdadera ciencia de la Economía política, representada por la Economía político-cristiana. Sólo en esta escuela pueden encontrarse las verdaderas teorías de la ciencia, porque sólo el cristianismo puede dar una base sólida, segura y humanitaria a la Economía política. La Economía político-cristiana enseña que no es el fin de la sociedad, aun considerada en el orden puramente natural y civil, la simple producción de las riquezas, sino más bien su mayor difusión posible entre los hombres, pero con subordinación al bienestar moral. La Economía político-cristiana no sacrifica la prosperidad y riquezas de los individuos a la riqueza y prosperidad de las naciones, sino que procura conciliar la prosperidad de las naciones con el bienestar del mayor número posible de individuos; atiende con marcada predilección a las clases indigentes, y enseña que no debe procurarse la prosperidad [11] y la abundancia de algunas clases, en perjuicio de los individuos y del mayor número de indigentes, y mucho menos aun en detrimento de sus intereses morales y religiosos.

Y no es que el cristianismo condene las riquezas y el poder de las naciones, como tampoco condena en principio su legítima adquisición y posesión por parte de los individuos. Lejos de eso, el cristianismo hace del trabajo, principal productor y representante de la riqueza, una condición necesaria al hombre, una ley divina y hasta una virtud de las más recomendables. Lo que el cristianismo condena, porque no puede menos de condenarlo, es que las riquezas se tomen como fin y no como medio. Lo que el cristianismo reprueba son las teorías económicas que subordinan el hombre moral a las riquezas materiales; porque el cristianismo, que estimula, que aprueba y que manda el trabajo, quiere que la humanidad rica respete a la humanidad pobre; quiere que aquella no acumule riquezas materiales a expensas del bienestar material, moral y religioso de esta; quiere, sobre todo, que el gran principio de la caridad sea la base de las relaciones entre la primera y la segunda, y que los gobiernos y la legislación se inspiren en ella cuando se trata del mejoramiento de las clases indigentes.

Tal es, en resumen, la enseñanza católica en orden a la ciencia económica; tales son las bases y los principios de la escuela cristiana de Economía política, en [12] oposición con la escuela egoísta de Smith, Say y sus discípulos.

Porque es preciso no olvidarlo, y es preciso repetirlo muy alto. Si es cierto que el trabajo y la previsión constituyen dos elementos principales de la Economía política; si vienen a ser como los dos factores y generadores más importantes de la producción y distribución de la riqueza, no lo es menos que la religión de Jesucristo y las máximas del evangelio son las más propias para ejercer influencia tan poderosa como benéfica en la existencia y desarrollo de esos dos grandes elementos de producción, en esos dos grandes factores del movimiento económico. Que si la religión de Jesucristo y las máximas del evangelio aconsejan, y promueven, y prescriben, y santifican el trabajo, también aconsejan, y fomentan, y prescriben, y santifican la previsión, concediéndole el carácter honroso de la virtud. Porque, a los ojos del evangelio y del cristianismo, es una virtud, y virtud muy importante en el orden moral y religioso, esa previsión, en fuerza de la cual el hombre sin contentarse con el bienestar personal, se preocupa del bienestar de sus allegados y herederos. El hombre previsor ama, es verdad, el trabajo que produce las riquezas, pero al propio tiempo y cuando se trata de su consumo, usa de las mismas con moderación y templanza, sin dar entrada a un lujo devorador, ni a goces materiales inmoderados. La previsión, en fin, cuando se halla [13] inspirada y ennoblecida por el principio cristiano, comunica el espíritu de iniciativa, fecundiza el trabajo, se complace en los ahorros y en la moderación, pero sin matar la benevolencia y la caridad conciliando los caracteres y ventajas de la previsión con el desprendimiento y el amor del prójimo.

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