Este blog está optimizado para una resolución de pantalla de 1152 x 864 px.

Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

Mostrando entradas con la etiqueta Franco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Franco. Mostrar todas las entradas

1 de abril de 2011

¡Arriba España!




Tomado del Blog de CaBILDO


PRIMERO DE ABRIL:

EL DÍA DE LA VICTORIA


“En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo…”


Si nuestra fue la Cruzada, de 1936 a 1939, de ellos fue la guerra civil, de 1938 a 1939. Efectivamente, dentro de sus frentes y en las ciudades que ocupaban, los rojos tuvieron su propia guerra en miniatura, tal vez para poder ganar alguna batalla en la península. Así fue que los socialistas se tiroteaban entre sí, ya fueran “los de Largo Caballero” contra “los de Prieto”, o bien los anarquistas de la F.A.I. contra los comunistas de Barcelona, o quizás todos ellos contra los del Partido Obrero de Unificación Marxista, alias ¡POUM! que acabó con fama de ser fascista, vaya uno a saber por qué. Los demonios, aún cuando se unan para llevar adelante su guerra contra los hijos de la Mujer, se odian entre sí, y a estos “luchadores por la libertad” (…de perdición, diríamos con cierto tinte papal en la expresión) les pasaba otro tanto.

Pero mientras los rojos retrocedían peleándose entre sí y llevándose el oro a Rusia, Cataluña volvía a ser de España, las políticamente llamadas potencias se apresuraban a designar embajadores ante la España de Burgos (cuartel general de Franco) para no quedar fuera de foco, y los diarios internacionales empezaban a pensar cómo podrían explicar el triunfo de los nacionales luego de publicar tantos comunicados triunfalistas de los republicanos, dirijamos nuestra mirada hacia quienes más habían sufrido en los casi tres años de combates: veamos a Madrid y a la Iglesia.

¡Madrid! En realidad, Madrid no fue ocupada el 28 de marzo de 1939: la verdadera ocupación tuvo lugar varios años antes, y la llevaron a cabo los milicianos, que la llenaron con su odio a todo lo sacro, a todo lo honrado. Estos invasores, los llamados leales que fueron desleales a todo lo divino y lo humano, se encargaron de sembrar de chekas y cadáveres su territorio, y en medio de la suciedad y las ruinas que toda guerra trae aparejada, escribieron en cada pared, en cada escaparate, en cada cartelón, sus consignas más rutilantes: “Fortificarse es vencer”, “Madrid será la tumba del fascismo”, “Madrid resiste”, y la última, la más famosa y desafiante: “¡No pasarán!”

(¡Qué diferencia con las calles de cada pueblo liberado, ya fuesen éstas grandes avenidas o humildes callejuelas, donde además de los vítores a España, a Franco y a la Falange, solía aparecer una frase breve, pero llena de un hondísimo sentimiento, reflejo del alma de quienes la escribían, síntesis expresiva que apuntaba a lo espiritual por sobre todo: “Ante Dios no serás héroe anónimo”).

Lo cierto fue que se llegó a las puertas de Madrid y… pasamos, claro. El avance final fue una marcha jubilosa, casi no hubo resistencia. Los soldados republicanos, hartos de tantas privaciones y mentiras, salían al encuentro de los nacionales y muchas veces, luego de tirar sus armas y saludarlos con el brazo en alto, les pedían que les diesen algo de comer y que los aceptaran en sus filas. Al fin de cuentas, es menester recordarlo: no eran soviéticos, sino españoles.

Muchos de los milicianos, que habían asesinado a tantos prisioneros patriotas, se paseaban masivamente enarbolando banderas blancas. Desde la Ciudad Universitaria, donde habían llegado las tropas marroquíes del Ejército de África, desde Carabanchel, desde la Casa de Campo, los soldados de Dios y de España buscaban el centro de la capital, donde la quinta columna (los partidarios camuflados que resistieron el terror de los tres años de la guerra en los sótanos de Madrid) se había lanzado a la calle a liberar a los presos que aún estaban con vida y a mostrar su júbilo por la victoria haciendo tremolar sus banderas al viento y volviendo a llenarse los ojos de sol. Madrid ya era libre, y ellos volvían a rezar sin miedo a que los matasen por hacerse la señal de la cruz.

Con la promesa-sueño de “tomar un café en Madrid” al fin cumplida, durante el 29 y el 30 de marzo, los ejércitos nacionales terminaron de liberar las últimas zonas españolas ocupadas por la garra del oso ruso. Los últimos lugares que aún aguardaban su libertad eran Almería, Murcia y Cartagena, desde donde todavía huían algunos comunistas irreductibles.

Y el famoso 1º de Abril, desde ese entonces y para siempre nuestro Día de la Victoria, y el comunicado final… “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”. Gracias a Dios, todo había terminado.

Todo podía comenzar otra vez.

¿Y la Iglesia? Al caer la tarde de ese glorioso 1º de Abril, Franco recibió un telegrama. Éste decía: “Levantado nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente con Vuestra Excelencia deseada victoria católica España, hacemos votos porque este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo vigor sus antiguas cristianas tradiciones que tan grande la hicieron. Con estos sentimientos efusivamente enviamos a Vuestra Excelencia y a todo el noble pueblo español nuestra apostólica bendición. Pius PP. XII”.

Con las últimas horas de la histórica jornada, partió la contestación al telegrama del Vicario de Cristo: “Intensa emoción me ha producido paternal telegrama de Vuestra Santidad con motivo victoria total de nuestras armas, que en heroica cruzada han luchado contra enemigos de la religión, la patria y la civilización cristiana. El pueblo español, que tanto ha sufrido, eleva también con Su Santidad el corazón al Señor que le dispensa su gracia y le pide protección para su gran obra del porvenir y conmigo expresa a Vuestra Santidad inmensa gratitud por sus amorosas frases y por su apostólica bendición que ha recibido con religioso fervor y con la mayor devoción hacia Vuestra Beatitud. Francisco Franco, jefe del Estado español”.

¿Quién mejor que el Papa de la Hispanidad podría resumir la alegría de la Esposa de Cristo ante la Victoria de la Undécima Cruzada? Regocijémonos, españoles, con la voz de la Roma eterna:

“Con inmenso gozo Nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la católica España, para expresaros nuestra paternal congratulación por el don de la paz y de la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probadas en tantos y tan generosos sufrimientos.
“Anhelante y confiado esperaba Nuestro predecesor, de santa memoria, esta paz providencial, fruto, sin duda, de aquella fecunda bendición que, en los albores mismos de la contienda, enviaba «a cuantos se habían propuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la religión». Y Nos no dudamos de que esta paz ha de ser la misma que él mismo desde entonces auguraba, «anuncio de un porvenir de tranquilidad en el orden y de honor en la prosperidad».
“Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar, una vez más, sobre la heroica España. La nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del nuevo mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu (…)
“Nos, con piadoso impulso, inclinamos, ante todo, nuestra frente a la santa memoria de los Obispos, sacerdotes, religiosos de uno y otro sexo y fieles de todas las edades y condiciones que, en tan elevado número, han sellado con sangre su fe en Jesucristo y su amor a la religión católica. Maiorem hac dilectionem nemo habet. No hay mayor prueba de amor”.(Fragmentos del mensaje que dirigió Su Santidad Pío XII a España con motivo de la Victoria, el 16 de abril de 1939).

Pocos días más tarde, el 20 de mayo, Franco rindió su espada victoriosa ante el Cristo de Lepanto, traído expresamente desde la ciudad de Barcelona, y colocado en el altar mayor de la iglesia de Santa Bárbara, en Madrid.

Luego del Te Deum, el Caudillo pronunció la siguiente oración:

“Señor, acepta complacido la ofrenda de este pueblo que conmigo y por tu nombre ha vencido con heroísmo a los enemigos de la verdad, que están ciegos. Señor Dios, en cuyas manos está el derecho y todo poder, préstame tu asistencia para conducir este pueblo a la plena libertad del imperio, para gloria tuya y de la Iglesia.
“Señor: que todos los hombres conozcan a Jesús, que es Cristo, Hijo de Dios vivo”.


El Cardenal Isidro Gomá y Tomás, Primado y Arzobispo de Toledo, le dio la bendición diciendo: “El Señor sea siempre contigo, y Él, de quien procede todo derecho y todo poder, y bajo cuyo imperio están todas las cosas, te bendiga y con admiración providencial siga protegiéndote, así como al pueblo cuyo régimen te ha sido encomendado. Prueba de ello sea la bendición que te doy en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Luego, el Cardenal Gomá y nuestro Caudillo Franco se abrazaron. Y las campanas de toda una nación volaron anunciándole al mundo que España era Una y Libre. Y luego del abrazo de la cruz y la espada, España también fue Grande.

Españoles, unámonos en el recuerdo de nuestros gloriosos muertos y junto a ellos, gritemos una vez más:

España ¡Una!
España ¡Grande!
España ¡Libre!
¡Arriba España!
¡Viva España!
Rafael García de la Sierra

29 de julio de 2009

Prólogo a la Obra Completa de Víctor Pradera

Tal como se había anunciado, comienza hoy la publicación de obras de Víctor Pradera, un excepcional político español de principios del siglo XX, muerto (mártir) en 1936. Casi desconocido en estas latitudes, quien quiera conocerlo someramente puede acceder a una suscinta biografía en este enlace. Quien quiera conocerlo mejor puede hacerlo en éste.
Una vez más debo hacer público mi agradecimiento a Da. María Luz López Pérez, quien me hiciera llegar el libro desde España.





por D. Francisco Franco Bahamonde



Tomado de Obras Completas de Víctor Pradera,
T I, págs. V-XII
Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1945







l nombre de Víctor Pradera, unido para siempre a nuestra Historia, obliga sin distinción a los españoles. Por ello, basta el deseo de su esposa de que figure mi firma a la cabeza de sus obras para que lo acoja y rinda público homenaje al español ejemplar, modelo de rectitud política, espejo de caballeros y luchador incansable por la unidad de nuestra Patria.

Quiso Dios premiarle las batallas libradas en su servicio, concediéndole la muerte que tiene reservada para los héroes y los mártires. Sus virtudes heroicas, forjadas en una vida rectilínea, y por todos conceptos ejemplar, resplandecen en los días terribles del cautiverio, cuando, de cara a la muerte, conforta, con sus palabras y estimula con el ejemplo a sus compañeros de prisión, que pronto habrían de serlo de martirio, proclamando la fe de Cristo ante los crueles verdugos, con tal celo y gallarda valentía como pudieran hacerlo los santos confesores de nuestra Madre Iglesia.

No muere quien entrega la vida con sublime heroísmo, en el que llega a perdonar a sus enemigos e implorar públicamente a Dios Nuestro Señor perdón para sus verdugos. La extensión y multiplicación de los casos ejemplares no puede amenguar la grandeza de los mismos.

No había de atesorar Víctor Pradera una vida como la que llevó, y su muerte sola constituiría un ejemplo perenne de valor y de firmeza cristiana. Lo que para él fue trono de gloria, constituyó, sin embargo, para España una de las pérdidas más grandes y sensibles. Su colaboración segura y su consejo sabio y leal hubieran representado en nuestra dura tarea de gobierno poderosa asistencia; mas al permitir Dios en sus altos designios pérdida tan grande para nuestras filas, nos colma, por otra parte, de bondades con muestras constantes de su predilección, que nos hace pensar en la intercesión valiosa de tantos gloriosos mártires que, próximos al Poder divino, recogen para España la pródiga cosecha que sembró su muerte.

¡Cuántas veces al tropezar en estos años con el espíritu cerril de tanta capillita, a que los españoles son tan dados, se ha puesto de manifiesto el vacío que Víctor Pradera nos ha dejado! ¡ Qué grandioso paladín de la unidad de la Patria hemos perdido! ¡Qué fruto no hubiera dado a nuestra causa su espíritu batallador, al servicio de una poderosa inteligencia, él, que tanto peleó Por la unidad en los tiempos y ambientes más adversos!

Las obras, oraciones y escritos de Pradera—salidos a la luz en tiempos liberales, de desastres y traiciones, moviéndose en un clima político materialista y desintegrador, y teniendo que buscar la eficacia en lo posible, sin perder por ello la posición firme de la doctrina—encierran para los españoles un tesoro inagotable de enseñanzas, deducidas con la lógica irrebatible de la Historia fecunda: de España en sus días luminosos del Imperio, o de las sentencias y vidas de sus grandes santos, o de sus gloriosos capitanes.
***************************************************

Para leer el prólogo completo haga click sobre la imagen de Víctor Pradera, o sobre la del Generalísimo Franco.


26 de noviembre de 2008

Franco y las clases medias



por Rafael Casas de la Vega

Tomado de Razón Española

Se ha escrito mucho sobre Franco. Para ensalzarle y para rebajarle. Dentro de España se estilaba ensalzarle cuando estaba en el poder, a todo lo largo de su vida. Fuera de España se puso de moda rebajarle, tras la II Guerra Mundial, hasta niveles irracionales. Muerto el General, el número de los maledicentes ha aumentado en España y se mantiene en el exterior. No es rara la diversidad de opiniones sobre hombres importantes. Creo, incluso, que lo que caracteriza a la verdadera calidad de un personaje histórico, a su categoría, es precisamente la diversidad apasionada de opiniones acerca del mismo.

Hace poco, en un periódico he leído un juicio crítico del General acerca de sí mismo, que me parece sumamente adecuado. Cuenta el General Vernon Walters, del Ejército de los Estados Unidos, que su Presidente le encargó preguntar a nuestro General qué pasaría, cuando él -Franco- se muriera. ¿Quedaría todo igual? ¿Qué cree que cambiaría? ¿Quedaba un Ejército poderoso para mantener la situación? Muchas cosas cambiarían: "España irá lejos en el camino que desean ustedes, democracia, pornografía, drogas y qué sé yo. Habrá grandes locuras pero ninguna de ellas será fatal para España... porque yo voy a dejar algo que no encontré al asumir el gobierno de este país, hace cuarenta años: la clase media española. Diga a su Presidente que confíe en el buen sentido del pueblo español, no habrá otra guerra civil".

Efectivamente, éste es el gran triunfo de Franco y de su gran equipo, de sus curas, de sus militares, de sus falangistas, de sus requetés, de sus miles de asesinados por creer en Jesucristo, de los pobres, que eran mayoría y se unieron a él, porque estaban hartos de las izquierdas exigentes con la estaca levantada y de las derechas que predicaban la paciencia. Pero quizá, sobre todo, de su clase media, que podría sacudirse la miseria de los pueblos y emprender otros caminos vedados hasta entonces, caminos de verdadera libertad.
****
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Caudillo.

24 de noviembre de 2008

Franco frente a Hitler



por Ricardo de la Cierva

Tomado de Razón Española


1. HENDAYA


El momento histórico más importante y controvertido de España en la segunda guerra mundial es la entrevista de Hendaya entre Franco y Hitler. Para los historiadores y propagandistas del antifranquismo éste es un caballo de batalla; para ellos Franco quiso entrar en la guerra y fue Hitler quien le despreció.
Sinceramente creo que esta tesis no se tiene de pie ni ante los documentos que pudiéramos llamar clásicos ni sobre todo ante los que hemos conocido recientemente.
Hitler, el conquistador y dueño de casi toda Europa, el hombre que había obligado a un premier británico y a otros líderes europeos a visitarle en su propio terreno, había emprendido el viaje más largo de su vida para entrevistarse en Hendaya, el 23 de octubre de 1940, con el Caudillo de España Francisco Franco.

Pero Hitler no viaja sólo para hablar con Franco. La víspera convoca al jefe del gobierno francés, Pierre Laval, a una conversación con él y el ministro von Ribbentrop en la pequeña estación francesa de Montoire-sur-Loire. Allí se concierta una entrevista del Führer para el día 24 con el mariscal Pétain. La conversación de Hitler con Franco está enmarcada en dos contactos del máximo nivel con Francia, a la que Hitler pretende captar como pieza fundamental para su Orden Nuevo y, por tanto, no hará nada que pueda herir a Francia cuando hable con Franco; con lo cual el fracaso de la entrevista con Franco estaba cantado según la perspectiva de Franco.
Mientras el tren de Hitler, Erika se va aproximando al sur de Francia, Franco y Serrano Suñer descansan en el palacio de Ayete, cerca de San Sebastián, donde han llegado aquella tarde. A Franco le cuesta conciliar el sueño, pero al fin lo consigue.
Para la reconstrucción de la entrevista de Hendaya voy a transcribir como principal documento, el que nos ha legado el barón de las Torres, don Luis Alvarez de Estrada, introductor de embajadores e intérprete de Franco, que dominaba perfectamente el alemán y fue el único testigo entre los presentes que tomó notas durante el encuentro y tres días después las paso a limpio. Utilizo la versión que se ha publicado recientemente en la revista Razón Española (1).

Me apoyo también en la exposición del profesor Luis Suárez, quien recoge el testimonio del intérprete alemán Schmidt, que no actuó como tal, pero pudo observar la escena, recopilar testimonios directos y resulta fidedigno.
****
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del autor.

23 de noviembre de 2008

Lo que España debe a Franco



por D. Gonzalo Fernández de la Mora


Tomado de Razón Española


De los muertos quedan en este planeta sus huesos y sus obras; las de Franco están principalmente asociadas a sus casi cuarenta años como Jefe del Estado. El progreso de la especie humana no lo deciden las masas, sino las minorías egregias; pero sería un simplismo reducir un período de la historia, por ejemplo, el principado de Augusto, a la acción de una persona. Los grandes líderes políticos son desencadenantes y catalizadores de potencialidades sociales. La era de Franco no se explica sin él, pero tampoco sólo con él; su persona simboliza una trabada sucesión de realizaciones colectivas que están posibilitando afirmativamente nuestro futuro; eso es lo que queda.

En primer lugar, gracias a la victoria de un ejército capitaneado por Franco, España ha estado y permanece dentro del Occidente libre. Si en 1939 hubiera triunfado el modelo que propugnaban Negrín y sus consejeros soviéticos, aquellos que engalanaban la zona republicana con gigantescas efigies de Stalin, nuestra patria se encontraría en una situación análoga a la de Albania o quizá a la de Yugoslavia. De la era de Franco queda nada menos que la sostenida inserción de España en el área de la libertad.

En segundo lugar, Europa sufrió los horrores de la II Guerra Mundial, en la que perecieron generaciones enteras y fueron destruidas porciones inmensas de los patrimonios nacionales. Para mí resulta inexplicable que Franco, sólo armado de su gorro cuartelero y de prudencia política, pudiera detener en Hendaya a unas divisiones acorazadas que habían barrido en pocos días a los ejércitos aliados. Pero ese hecho extraordinario ha permitido que centenares de miles de compatriotas, que estábamos en edad militar, pudiéramos vivir para contribuir a la reconstrucción material y social, la del llamado "milagro económico español". Y el suelo peninsular se libró del fuego que redujo a cenizas dilatadas extensiones del continente. También eso se mantiene.
****
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del autor.

20 de noviembre de 2008

El último gran patriota


Hoy se cumplen 33 años de la muerte del Caudillo
(R.I.P.)

por José Lois Estévez

Tomado de Razón Española

Enviado por María Luz López Pérez (a quien agradecemos públicamente su envío)


0. Nunca fui beneficiario del franquismo. Más bien lo contrario. Mantuve con él profundas discrepancias en cuanto a la concepción de la política; sobre todo en materia de educación. Pero esto no me ha impedido nunca reconocer sus méritos. Es lo que trataré de hacer también ahora: Justicia.


1. Durante las vacaciones escolares de mi tercer curso de bachillerato me sorprendió la noticia del Alzamiento nacional. Venía estudiando en Portugal con los jesuitas, en Entre-os-Ríos, en la confluencia de Támega y Duero, y en Curía, en hoteles improvisados como colegios, tras su injusta expulsión de España, consiguiente a un precepto constitucional totalmente arbitrario. En aquellos momentos, como tantos otros españoles, me solidaricé con los militares sublevados. Recuerdo haber escrito un breve poema, que expresaba mi admiración al Caudillo. Podría evocar aún algunos versos:


España fue grande, imperial,
laureles de glorias pasada

ciñen las espadas
que han hecho a la Patria inmortal.
Espadas heroicas que encarnan la gloria española
fueron profanadas;
mas ya Franco arbola
las viejas espadas.


No me quedé solo en aquel arranque entusiasta: Eramos muchos los que, horrorizados del sectarismo republicano (2), nos expresábamos así. Porque nadie podrá negar con verdad la existencia entonces de dos Españas: una que atacaba desde el poder y otra que padeciendo la más inicua de las agresiones, depositaba su esperanza en un Movimiento militar que pusiera fin a semejante caos. En octubre de 1939 José Montero Alonso publicaba el Cancionero de la guerra, un florilegio en donde recogía poemas -muy desiguales en calidad- de una treintena de escritores. Claro que no están todos los que son. Recurriendo a la memoria, podría añadir muchos otros poemas a Franco. Voy a contentarme con uno de Victoriano Rivas, que comenzaba con cuatro versos impresionantes:


Las manos de la historia te sostienen la pluma.
El futuro se exalta, porque no pudo verte.
Y el presente te aprieta con caricia y te abruma
Con una pena incrédula de perderte.

****
para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Generalísimo.