Este blog está optimizado para una resolución de pantalla de 1152 x 864 px.

Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

Mostrando entradas con la etiqueta R.P. Podestá. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta R.P. Podestá. Mostrar todas las entradas

17 de abril de 2011

17 de Abril, Domingo de Ramos en la Pasión de Nuestro Señor







Sermón del Domingo de Ramos (1989)



por el R.P. Gustavo Podestá













odos los años, los israelitas piadosos, juntándose en grupos, desde los más diversos puntos de Israel, se encaminaban en procesión a Jerusalén, la Ciudad Santa. En el ponerse en movimiento hacia allí, hacia el monte Sión, hacia el Templo, representaban exteriormente, escenificaban, el camino de la existencia, que oscuramente presentían llevaba a alguna parte, tenía sentido, significado. No desembocaba en el absurdo, la oscuridad, la nada.

También para nosotros será Jerusalén, la Jerusalén celestial, la finalidad de nuestra cristiana vida y, también eso, nosotros lo solemos significar en diversas peregrinaciones:

La peregrinación a Santiago o a Roma en Europa. Nuestras peregrinaciones a Luján. Nos reconocemos en marcha, en camino y la consigna es no detenerse, avanzar. La meta espera.

Y la alegría de la llegada. Cuando por fin se divisan, a lo lejos, las agujas de las torres de Luján.

En el Medioevo, cuando los romeros, por la Via Flaminia, al llegar a la cima del Monte Mario, finalmente veían, por vez primera, el maravillosos espectáculo de Roma.

Así también era el monte de los Olivos para los que llegaban a Jerusalén. Desde allí se veía finalmente la Ciudad Santa en todo su esplendor y los peregrinos prorrumpían en gritos de alegría y alborozo. Habían llegado al final del camino.

Y, para la ocasión, el júbilo de haber llegado se expresaba con una oración que ha llegado a nosotros y que es el salmo 118 que finalizaba con la frase: “Yhavé da la salvación”. En hebreo “¡Hosanna!” y, entonces, desde la ciudad, les contestaban, recibiéndolos. “ Bendito el que viene en nombre de Jahvé; desde la Casa de Yahvé los bendecimos”.

Pero hoy el que llega a su meta no es cualquiera. Los discípulos de Jesús modifican el versículo de bienvenida: “¡Bendito el Rey –dicen– que viene en nombre de Jahvé!” Y Jesús ha proclamado simbólicamente esta su condición regia, al mandar requisar sin dar explicaciones (como tenían derecho los antiguos reyes) un asno de ceremonia para su ingreso. Y también como solo a los reyes, alfombran con sus capas los soldados su camino.

Pero algunos tienen miedo: ‘no es prudente' dicen, ‘los romanos se enojarán', ‘las autoridades se asustarán', ‘los poderosos reaccionarán'.

Y Jesús les contesta con la enigmática frase: “os aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras”.

Porque esta frase no hay que entenderla como una metáfora para expresar la necesidad que tienen los discípulos en su alegría de reconocer en voz alta la realeza de Jesús. Su sentido es mucho más trágico. Si hubiéramos seguido leyendo a Lucas habríamos visto inmediatamente seguir a lo que escuchamos al principio de la Misa que Jesús ‘llora por Jerusalén' y pronuncia esa frase fatídica que termina “no dejaran en ti piedra sobre piedra”.

Y así, pues, hay que entender la frase de Jesús: ‘aunque los discípulos callen, habrá otra manera mucho más terrible de proclamar que Jesús es el rey'. Las piedras de la ciudad de Jerusalén en ruinas proclamarán a gritos, con su testimonio elocuente, que esa ciudad, por medio de sus autoridades, se negó a recibir al rey que venía a ofrecerle la paz.

Y Jesús llora por su patria. Él es judío hasta lo más profundo de sí mismo, por eso verdaderamente hombre. Porque no se encarnó en la humanidad universal, en el hombre apátrida y sin familia de la social democracia y de la ONU. Él fue verdaderamente hombre, porque era un ser humano profundamente enclavado en su tierra y en su herencia de sangre y, por eso mismo, fue hombre universal y modelo para todos, dispuesto como estaba a dar la vida por su patria amada.

Pero su país no lo reconocerá. Buscará otros caminos ajenos al heroísmo de su estirpe, a la fe de sus mayores los profetas, a la alianza con Dios. Preferirán las componendas con los poderes de este mundo, con el imperialismo romano, la alianza con el oro, la custodia de una falsa paz sin honor y sin dignidad.

Y al final, lo mismo, no quedará piedra sobre piedra.

Y el triunfo de Jesús, que pudo ser su propio triunfo, más allá de su proyección en frutos de Resurrección y de Vida se encarnará luego en otros patriotismos y en otras sangres constructores de cristiandad.

La Semana Santa de este año se nos viene -más allá del bochinche artificial del circo eleccionario- cargada de oscuros presagios. Entre una dirigencia apátrida enemiga de Cristo, y prudentes que no se deciden a proclamarlo rey en voz alta, todos extraviados del único fundamento posible de la verdadera paz.

También nosotros, pues, lloramos por la patria. Y ya los escombros de lo que fue un país están por gritar lo que callamos y no supimos defender los discípulos y lo que silenciaron los fariseos.

Ya están los clavos forjados; ya el leño cortado y cepillado en un rincón de la carpintería de Pilatos. Ya las treinta monedas contadas.

La peregrinación de Jesús llega a su fin.

El rey llega a ofrecer la paz, a reclamar su trono a Jerusalén.

20 de marzo de 2011

Segundo Domingo de Cuaresma



por el R.P. Gustavo Podestá





Lectura del santo Evangelio según san Mateo 17, 1-9




Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". 5 Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo". Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo". Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".


SERMÓN (Cuaresma de 1990)

ara el mundo civilizado contemporáneo, el fin del verano marca el comienzo de la temporada de trabajo, de estudio, el empezar a ponerse nervioso por los problemas que se avecinan, por las decisiones que hay que tomar. La época estival ha sido un paréntesis de vacaciones, de espera. Políticos, sindicalistas, periodistas, dirigentes estudiantiles, dispersos por Punta del Este, Pinamar, Mar del Plata, Europa, no han podido todavía ejercer plenamente toda su actividad ruidosa, deletérea. La universidad en receso, la televisión trabajando con figuras de segunda, el congreso cerrado Enero y Febrero suelen ser épocas de una .cierta tranquilidad. Las cosas comienzan a moverse recién en Marzo. Y, si esto en épocas normales, ¡cuánto más en las nuestras, en este año seguramente difícil que iniciamos!

En las antiguas civilizaciones agrarias ello no era así. Como todavía no lo es en nuestro campo. El verano, la época de la cosecha, con los días más largos del año, son aquellos en donde más se trabaja. Es la época dura de la siega, del embolse, del enfarde, del guardar en los silos y graneros. Es recién allí cuando toda la zozobra del agricultor tiene fin: se ha superado el riesgo de las plagas, de la sequia, de los yuyos. Recién ahora el fruto abundantemente recogido garantiza que no se pasará hambre durante el invierno, que ya se acerca con sus días más tranquilos y descansados. Incluso más tranquilos desde el punto de vista político, porque, en la antigüedad, los ejércitos salen a pelear en verano. En las épocas frías y lluviosas de difícil movilidad no salen, se retiran a cuarteles de invierno.

El fin de la cosecha es pues tiempo de regocijo, de alegría, de festejo. Todas las culturas agrarias han celebrado y celebran especialísimamente este fin de las tareas, este haber recogido el fruto, dando gracias alborozadas a las divinidades de la fertilidad y la naturaleza. Y la fiesta se hace en el mismo campo donde se obtuvo la cosecha y donde se espera nuevamente obtenerla el año próximo. Así las ‘ bacanales ', entre griegos y romanos, festejos en honor a Baco, la divinidad de la vid, y que se realizaban entre las viñas. O las ' cerealias ', en honor de Ceres o Deméter, diosa de la cebada. O las ‘ antiforias' , las ‘ talisias' , las ‘ anonales' , las ‘ epactas' , la ‘ paganales' y tantas otras más de nombres menos conocidos.

También los judíos, cuando se asentaron en tierra palestina, copiaron estas fiestas de sus primitivos ocupantes, los cananeos y le fueron dando, poco a poco, un sentido religioso ortodoxo. El festejo del fin de la cosecha se hacia en medio del campo, en donde toda la aldea habla estado trabajando de sol a sol los últimos días, para lo cual ni siquiera retornaban a sus casas. El clima era benigno y durante la recolección podía dormirse casi a la intemperie, en refugios precarios hechos con ramas y hojas. La fiesta se hacia pues allí mismo entre esas chozas.

Cuando, más adelante, el judaísmo se hizo más urbano y la legislación unificante de Jerusalén obligó a todo el mundo a realizar todas las actividades religiosas en el templo de la capital, esta fiesta conservó su primitivo carácter, precisamente porque todos los habitantes de la ciudad y los peregrinos que llegaban a ella, durante seis días vivían en chozas hechas de ramas que se construían en el atrio del templo, en las plazas y en las azoteas de las casas. De allí que la fiesta se llamara fiesta de las chozas (‘sukkot') o de las tiendas o de los tabernáculos, como traducía el latín.

Pero ya allí el festejo había adquirido un nuevo significado. Los sacerdotes de Jerusalén habían cargado de teología a esta antigua fiesta pagana y, más allá de convertirla en un agradecimiento a Dios por los dones obtenidos, le habían otorgado un simbolismo superior: el de recuerdo de la época de la huida a Egipto, del Éxodo. Particularmente del tiempo durante el cual el pueblo de Israel había permanecido en el desierto, liberado del Faraón y en camino hacia la tierra prometida, cuando, trashumantes, vivían en tiendas. Junto con Pascua y Pentecostés, la fiesta de las Tiendas o de los tabernáculos se había convertido pues en el festejo más importante de la liturgia judía. Para muchos, inclusive era la más importante de todas las fiestas. Al menos la más popular, porque conservaba -y aún conserva e nuestros días entre los judíos- todo el carácter festivo y divertido de la antigua fiesta campestre.

Más aún, en la época de Cristo, la celebración se había transformado no solo en recuerdo de la liberación de Egipto y el paso del desierto, sino en ocasión de encendida esperanza de una próxima liberación política, de un nuevo Éxodo que seria encabezado por un nuevo Moisés, anunciada por otro Elías y protagonizada por el esperado ungido del Señor, el Mesías, el hijo de Dios -como se denominaba a los reyes davídicos- que habría de encabezar triunfalmente la reconstrucción nacional y su definitiva liberación.

Vean: este es el contexto de ideas que quiere sugerir la escena de la visión de los apóstoles que nos refiere Mateo, con su referencia a ‘las chozas'.

La única otra vez que Mateo habla en su evangelio de un 'monte elevado' es en el evangelio del domingo pasado, aquel monte en donde el tentador muestra, en visión, a Cristo, ‘todos los reinos del mundo con todo su esplendor'. Monte, por supuesto, no ubicado geográficamente. El mismo monte en donde ahora el que es tentado es Pedro, los discípulos, nosotros, cuando en los momentos de exaltación y de experiencia religiosa sentida, sensible, fervorosa pensamos que fácilmente ya podemos festejar nuestro ser cristianos, instalarnos y que el Señor se pondrá presurosamente al servicio de nuestras actividades y esperanzas humanas individuales y nacionales. La tentación atractiva de un mesianismo puramente humano que Cristo ha rechazado en el evangelio del domingo pasado.

Todos hemos tenido en nuestra vida alguno de esos momentos de presencia luminosa y casi palpable de Cristo en nuestras vidas. Cuando nos confesamos por primera vez después de muchos años; luego de aquel retiro; en aquella ocasión que puede haber sido larga, -años o meses- o corta, -días o minutos- de experiencia ardiente de fe cristiana. Todos, también, somos capaces, en nuestros momentos de oración verdadera, profunda, de planear hechos heroicos, tener propósitos santísimos, proyectos cristianísimos.

Mateo nos advierte que, aunque ellos se puedan gestar y deban gestarse en oración, frente al Señor, su realización no se dará fácilmente, ni iluminados siempre por esos instantes de presencia, sino, generalmente, abajo, en el llano, donde el camino de Cristo conduce hacia otro monte bien distinto: el monte del calvario, de la lucha, del esfuerzo, de la rutina diaria, de la constancia pertinaz, de la voluntad viril.

Y que, a pesar de que la gracia sana la naturaleza, y que, sin duda, cualquier problema humano, de cualquier índole que fuera, personal o social, familiar o político, es más fácil enfrentarlo con la fuerza de Cristo y con la luz de su palabra y, por lo tanto, con mayores esperanzas de éxito aún humano, es mucho más cierto que la liberación que viene a traernos el Señor va mucho más allá de cualquier salud temporal, problema personal o mesianismo político. Y que, de lo que viene a liberarnos principalmente Jesús es, no de los problemas humanos, sino del pecado, de la cerrazón en lo humano que lleva a la muerte. Y que la tierra prometida que nos señala y a donde nos conduce a través, a veces, de penosos desiertos, está mucho más allá de todos nuestros proyectos, aún de los más aparentemente cristianos y, por eso, puede parecer que en ellos no nos ayuda.

Aquí está pues el sentido de nuestro evangelio de hoy que la liturgia nos quiere proponer en este tiempo de Cuaresma, para que purifiquemos a nuestro ser cristianos de falsas ilusiones y lo encaminemos a la verdadera Esperanza, que es la de la Pascua. Las fiestas de las chozas, de las tiendas, de los tabernáculos, que podamos tener con Cristo en nuestros momentos de oración, de encuentro con él en este mundo, de fervor espiritual y dicha terrenal duran poco. Tenemos que aprovecharlas sí para acumular fuerzas, para guardarlas en nuestros graneros; pero hemos de saber que, sin excepciones, tarde o temprano sigue el invierno, hay que volver- a trabajar, arar y plantar. Y tornará a haber plagas, sequias y depredadores del alma y del cuerpo.

Pero es allí, en el invierno, en el llano, en donde probaremos realmente nuestra calidad de discípulos del Señor, en donde deberemos poner en carne y en sangre y en fatiga la obediencia a Jesús que, en oración, sabemos que debemos practicar pero que, en lo cotidiano, se nos vuelve arduo.

Y el invierno puede venirnos este año a los argentinos de muchas maneras, espiritual y materialmente. Se acabó para nosotros la fiesta de las chozas de las tiendas; la falsa alegría de los mesías políticos, de las bacanales demagógicas, de las soluciones fáciles. Pongámonos pues decididamente detrás de nuestro verdadero jefe, el Señor, todo lo contrario de un político, de un demagogo. Porque, aunque de vez en cuando, en alguno de nuestros momentos de oración o de legítimos gozos cristianos nos muestre su rostro resplandeciente de hijo de Dios, de Rey en su trono y vestido de armiño y de brocado, la mayoría de las veces estará a nuestro lado bien en el llano, polvo y uniforme de combate, sudor y espada, preanuncios de cruz en la mirada.

19 de enero de 2011

A tiempo y a destiempo



Este artículo fue publicado originalmente, el 18 de Enero de 2009.

Como en toda obra buena, en su relectura se enriquecen los conceptos otrora adquiridos.

Así es que he decidido republicarlo a "destiempo", reafirmando, para mí y para mis lectores lo expresado en aquella oprtunidad.



18 de Enero de 2009

El objetivo de esta bitácora, por si algún lector descuidado, distraído o desinformado, no se ha dado cuenta, es proclamar a voz en cuello la Reyecía , no sólo espiritual, sino política y social de Nuestro Señor Jesucristo.

Por eso las citas tan frecuentes de SS San Pío X: "Omnia instaurare in Christo" (toda una definición Política, con mayúsculas).

Tambien habrán notado los más avisados, que se publican muchos sermones del R.P. Podestá, de quien fuí feligrés durante muchos años, por su "tradicionalidad" (valga el neologismo), y por su elocuencia, (a la cual sus escritos, transcriptos de sus homilías, no hacen mérito).


En feliz concurrencia, mi hermano menor (en puridad, el marido de mi hermana menor), a quien su edad y su "insolencia" le permiten llamarme "tío", me consulta ayer si sabía cuál era el icono más antiguo que se conserva.

Por cierto que no lo sabía. pero investigando un poco, descubro, como no podía ser de otro modo, que es un
Pantocrator (Rey del Universo), realizado c.550, que se conserva en el Convento de Santa Catalina del Monte Sinaí, o de la Transfiguración, en la península del mismo nombre. Buscando el día de hoy un sermón sobre las bodas de Canaá, evangelio del día, por curiosidad leo uno de este esclarecido sacerdote católico, sobre Cristo Rey, del año 2005.

De allí el título de esta entrada: a destiempo (litúrgico), que no "existencial", un sermón sobre Cristo Rey, Señor de Todo lo Creado:
Pantocrator.

El Cruzamante.



Cristo Rey

Pantocrator. c. 550



por el R. P. Gustavo Podestá


ún los más jóvenes recuerdan cómo tanto en la Iglesia -a cuya cabeza se le adjudicó desproporcionadamente parte del triunfo- como en las sociedades occidentales, la caída del comunismo significó un nuevo impulso de optimismo para las alicaídas doctrinas del progreso que venían imperando desde, al menos, hacía dos siglos. De hecho dichas expectativas optimistas habían vuelto a ser alentadas tan pronto terminada la segunda guerra mundial, y habían alcanzado su mayor auge en la época de Kennedy, cuando parecía que, poco a poco, el final de la guerra fría culminaba en una especie de pacto de coexistencia -por no decir colaboración- entre un comunismo ruso que disimulaba sus aspectos más inhumanos y un occidente -y lamentablemente una parte de la Iglesia - que coqueteaba sin pudor alguno con el marxismo y el tercermundismo. Llevando, en muchos lugares, como Latinoamérica y su Teología de la Liberación , a la guerrilla más sangrienta.


No hay que olvidar esta situación de la era de Kennedy para entender el clima de utopismo progresista que permeó todo el desarrollo del Concilio Vaticano II. Concilio que se cuidó bien de romper este clima de conciliación con ningún tipo de condena o reclamo doctrinal, no haciendo la más mínima mención al drama de los países en manos del marxismo y asimilando, en un lenguaje farragoso y poco preciso, todas las ideas fuerzas del universalismo pacifista, 'nación-unidista' y 'ecológico-socialista' de la época. Desde entonces los clérigos que se formaron en los seminarios fueron obligados a alimentarse de esa literatura conciliar, fruto de compromisos entre contrapuestas tendencias eclesiásticas y que, salvo allí donde repetían, fuera de contexto, afirmaciones del Magisterio anterior, no aportaban nada a la formación de las mentes ni de los corazones. Así hemos llegado a la predicación humanista actual, despojada de fibra y teología, que suele escucharse en nuestros púlpitos y cátedras episcopales.

Pero claro, lo de Kennedy tocó a su fin. Sus proyectos fracasaron lastimosamente, al menos en Latinoamérica, entre otras cosas, no por el menor motivo de que la supuesta 'ayuda americana' era tragada por la avidez de burocracias corruptas que no alcanzaban sus beneficios a la gente y porque lo único que de hecho llegaba era la ideología inmoral, siempre izquierdosa y anticristiana, que dominaba la ONU , la UNESCO, la OMS, la Banca Mundial, la CEPAL y otras 'organizaciones no gubernamentales', pero costeadas por intereses mundialistas.

De todos modos, caído el comunismo, el 'tercermundismo' llamado católico perdió uno de sus caballitos de batalla.

Es bueno recordar que ese fenómeno de mixtura entre cristianismo y marxismo militante había sido la lógica consecuencia de que el catolicismo hubiera echado por la borda -a partir de la aceptación de León XIII, a fines del siglo XIX, de las reglas de juego de la democracia liberal y partitocrática- su proyección necesaria en la política y la economía. La Iglesia oficial, renunciando a la cristiandad en contra de la naturaleza misma del catolicismo, redujo la fe a la vida puramente familiar y personal. La renuncia a aquella cristiandad y la adopción de otras praxis no específicamente católicas tomó su forma definitiva en el Vaticano II. Ya a ningún prelado significativo se le ocurrirá sostener la verdad de siempre de que, si el mundo, aún en sus estructuras temporales, debe servir al auténtico Bien Común, su única posibilidad consiste en someterse desde ya, en este tiempo, a la reyecía de Cristo. Así la fiesta de Cristo Rey que estamos celebrando hoy, trasladada al final del año litúrgico, se transformó en el festejo de una meta puramente escatológica, fuera del tiempo.

En realidad la lápida teórica a la reyecía temporal de Cristo la había suministrado el filósofo cristiano de origen judío Jacques Maritain, quien sostenía, la posibilidad y necesidad de una política puramente humanista sin referencia a lo sobrenatural -sólo basada en una ley natural que, despojada de sustento cristiano, fue suplantada prestamente por los cambiantes así llamados derechos humanos-.

De todos modos, cuando, por exigencias internas de la fe, muchos católicos sintieron la necesidad de proyectarla política y socialmente, perdida la memoria de la cristiandad y la auténtica política católica, no encontraron modelo mejor que, por una parte el liberalismo y, en su ala más comprometida, el socialismo marxista, que les parecía -erróneamente- respondía mejor a las pautas cristianas. Y así, desde el evangelio, hasta se llegó a justificar y alentar el terrorismo y la subversión.

Pero, como decíamos, fracasado el comunismo, al menos en la Unión Soviética, quedaba, aparentemente solo y triunfante, el modelo liberal. Adalid teórico o al menos propagandista 'best seller' de dicho modelo victorioso fue el mediático Francis Fukuyama, nacido en el año 1952 en Chicago, doctorado en Harvard. La obra que lo lanzó a la fama fue "El fin de la historia", del año 1992. Allí postulaba que -caídas todas las luchas ideológicas junto al muro de Berlín- el progreso había alcanzado finalmente su objetivo. El triunfo arrasador de la democracia liberal era capaz de terminar con toda guerra. Todo el mundo se iría dando cuenta ahora de las ventajas del sistema, el único apto para garantizar el crecimiento y distribución de la riqueza de las naciones y el máximo garante de las libertades individuales y felicidad de las mayorías. La historia se había cerrado.

El libro tuvo una repercusión fulminante y sustentó durante mucho tiempo las tesis sobre la globalización.

Pero el mismo Fukuyama ha debido, en obras posteriores, por cierto de menor repercusión, ir matizando sus afirmaciones. Desde dos desmañadas obras del 95 y el 99 tendientes a la defensa de 'valores', incluso familiares, como necesarios para sustentar la prosperidad y el crecimiento -que fueron la base teórica del llamado renacimiento moral americano (efímero, por cierto), hasta, en el 2002, "Nuestro futuro posthumano. Consecuencias de la revolución de la biotecnología", donde Fukuyama tomaba en cuenta las nuevas posibilidades de la ingeniería genética de intervenir en el cerebro y comportamiento humanos, cosa que crearía, a su juicio, fuentes de desigualdad no previstas en sus obras anteriores. La bioética fue en esos años su preocupación y, de hecho, es en este renglón, actual asesor del presidente Bush.

Sin embargo su último libro, recién traducido al castellano, "La construcción del estado. Hacia un nuevo orden mundial en el siglo XXI", apenas toca el tema. En realidad habla de que el fracaso, al menos temporal, de su tesis del "Fin de la Historia ", tiene su explicación en la debilidad de los estados, incapaces de imponer el verdadero orden liberal, sobre todo en los países del tercer mundo. Y así Fukuyama defiende la tutela que, mediante ejércitos globalizados, han de ejercer las organizaciones internacionales, y, mientras éstas se muestren ineficaces, la necesidad de que asuman dicha tutela Estados fuertes donde impere la libertad, como los Estados Unidos, interviniendo allí donde los estados nacionales no cumplan el papel de hacer respetar las garantías individuales.

Curioso que, en su libro, a pesar de que sus cambios de posición obedecen en gran parte al 11 N y lo de las torres gemelas, el Islam apenas aparezca mentado como 'fenómeno pasajero', excusa solo de masas pauperizadas -según F- y que desaparecerá tan pronto sus seguidores comprendan el papel benéfico del sistema global impuesto convincentemente por las armas y las inversiones. Curioso también que en sus obras no se haga nunca la más mínima alusión al papel de la Iglesia Católica sino como lejano factor histórico ya superado.

(Fukuyama anda en estos momentos por aquí, en Buenos Aires, invitado por la Universidad di Tella y acaba de dictar, en el auditorio del edificio Malba, una conferencia sobre el tema)

Pero es verdad que a los grupos -de los cuales Fukuyama, a la manera de Kissinger, no es sino un hábil mercenario-, consciente o no; e.d. a la Trilateral , al grupo Bilderberg, al Council on Foreign Relations (CFR), a las grandes empresas noticiosas, a los tejes-manejes anticristianos judeo talmúdicos y masónicos en sus miles de disfraces, lo único que les interesa es, precisamente, hacer desaparecer a la Iglesia como verdadero fin de la historia. Porque -es bueno tenerlo siempre claro-: a pesar de los fatídicos equilibrios maritainianos y conciliares, no existen más metafísicas -como afirma San Pablo en la epístola que acabamos de escuchar (I Cor 15, 20)- ni por lo tanto más políticas que la de (1) o aceptar que el hombre es criatura y, por lo tanto, ha de encaminar su vida y sus sociedades de acuerdo a la ley de su Creador expresada en las leyes naturales y en Cristo Rey, ayudado necesariamente por Su Gracia y encaminado a la Vida verdadera; o (2) el hombre es Dios y por tanto capaz de modificar las normas a su arbitrio, sin el recurso a ninguna fuerza que venga de lo alto y encerrado en los límites adamíticos, a la postre homicidas, de su naturaleza.

En esta segunda metafísica, prometeica y demoníaca, es imperioso suplir la unidad humana sublimada por Cristo y su Iglesia en el respeto de toda persona, raza, nación y cultura sanables, por un universalismo igualitario y humanista de mediano consumo, digitalmentee controlado, satisfecho en sus instancias primarias, recreado por sexo, fútbol y droga. Todas las religiones adorando al hombre y, la católica, admitida sólo como una más, y en la medida en que sirva a la democracia y a la humanidad global. Y, lamentablemente, en eso estamos: ¿Cristo Rey? Una conmemoración simbólica. Lo único verdadero: el Reino mundialista del hombre. El hombre rey, el hombre dios, la ecología entronizada, la humanidad incensada, la democracia reunida alrededor del circo y del pan elevados a liturgia dominical.

De tal modo que hoy ni siquiera cuando hombres de Iglesia son atacados o impugnados por la política podemos estar seguros de que lo sean como un factor más de poder en el cual ficticias rivalidades hacen a la estabilidad del sistema global o lo hacen realmente por oposición a lo cristiano. Todo es confuso.

Por ejemplo, cuando nuestro impresentable presidente, dueño de millones mal habidos depositados en el exterior y mentor de cuanta iniciativa corruptora y disolvente pueda proponerse en el país, ataca a hombres de Iglesia, hasta es capaz de decir cosas verdaderas. Como por ejemplo cuando afirma que la Declaración de la nonagésima Asamblea General de la Conferencia Episcopal Argentina más parece el manifiesto de un partido político que una pieza de índole religiosa y pastoral.

Lo mismo cuando insta a los obispos a que, en lugar de criticar para afuera, miren un poco qué es lo que está sucediendo dentro de la Iglesia. Y lo cierto es que, en eso de tomarlos medio en broma, como lo ha hecho algún ministro, no dejan de ser razonables, porque si nuestros dirigentes eclesiásticos tienen la misma idoneidad para dar consejos sobre la marcha de la economía del país como la que demuestran para dirigir a sus iglesias en ruinas y sus inexistentes vocaciones sacerdotales y sus fieles refugiándose en las sectas o en el ateísmo práctico -según estadísticas que alarman a la Santa Sede-, francamente no parece serio hacerles demasiado caso.

Antes, los obispos hablaban en nombre de Cristo Rey, de la Tradición católica, de siglos de gobierno inspirado por las verdades cristianas. Pero ahora que nada de ello se predica, que, para peor, aparentemente se ha pedido perdón por esa maravillosa experiencia y doctrina milenaria, ¿en nombre de qué competencia o autoridad los religiosos reivindican potestad alguna sobre problemas económicos, sociales, o políticos? Si, como sería lógico, de política y leyes se pronunciaran abogados católicos, la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Católica , la Corporación de abogados católicos; si sobre economía lo hiciera la Facultad de Economía de la misma UCA o asociaciones de empresarios católicos o corporaciones profesionales semejantes, al menos tendrían la seriedad de sus conocimientos y experiencia y cierta lejana garantía de su inspiración católica. Pero la reunión de cuatro o cinco días de religiosos que cuanto mucho han estudiado -no todos demasiado bien- algo de teología y un cristianismo adaptado a los tiempos e infiltrado por la gnosis masónica, ¿qué puede sacar de lúcido respecto de cuestiones sociales y políticas? Más, cuando sabemos que cada uno, en esas materias, no sólo no tienen grandes estudios y casi todo lo absorben de la televisión que miran a la noche y los diarios o noticiosos que leen o escuchan a la mañana, sino que, en sus opiniones, tienen entre sí tantas divergencias como la de los diversos partidos por los cuales, como cualquier integrante del padrón, votan religiosamente cuando les toca hacerlo.

Nos gustaría más escucharlos hablar católicamente de cuestiones religiosas -como irónicamente les ha sugerido el presidente 'K'-. Pero también allí, la prudencia y las nuevas doctrinas de la libertad religiosa -piedra libre para contaminar con cualquier superchería la mente ya bastante estragada de nuestros pueblos- y la de la igualdad de todas las religiones, 'dogmas' impuestos por los poderes mundiales, obliga a nuestros pastores a ser sinuosos, jamás claros, amigos de componendas, de no enfrentamientos.

Eso es lo peor, hoy: el 'enfrentamiento'. Por eso, a callar cuando algún obispo digno se atreve a hacer afirmaciones religiosas sobre una verdad moral y suscita las iras del gobierno. Por eso, a asombrarse y desmentir rápidamente -mediante 'voceros'- cuando algún pasaje acertado que por casualidad se les escapó en medio de un documento tan inocuo y sin trascendencia como el emitido por la Conferencia , toma vuelo y suscita ira y reacción. Pero, sobre todo, jamás referirse a que en la Iglesia misma hay problemas, que las cosas no van como deberían ir o que se dude de que ellos manejan infaliblemente bien a sus diócesis, más aún que las han 'renovado' venciendo la herencia vetusta que les dejaron sus predecesores.

Pero esto ya es un hecho: estamos casi peor que en épocas preconstantinianas, que en las catacumbas. Una a una han sido destruidas las esencias nacionales otrora católicas reconocedoras de Cristo Rey. Las ideas gnósticas judeo talmúdicas y masónicas han carcomido el caracú de la antigua cristiandad; dos guerras mundiales han abatido lo poco que de ella restaba; los medios y las grandes finanzas están en manos del enemigo; el ariete talmúdico del Islam avanza -como lo ha hecho desde su nacimiento salvo retrocesos temporarios- en todos los frentes.

Pocos eclesiásticos se atreven a predicar la 'entera verdad', como ha acusado el Papa Benedicto hace una semana nada menos que a los obispos de Austria. No quedan ni naciones, ni ejércitos cristianos; solo, aislados, unos cuantos soldados, algunos obispos, algunos religiosos, algunas familias, algunos que todavía ven y reconocen, al menos en sus vidas, la reyecía del Señor del Universo. Por eso la reconquista, si todavía es posible en esta tierra, habrá de ser esforzada y paulatina.

Y hay que empezar por lo más importante: por lo que acaba de decir el Papa Benedicto y les leo: "Es necesario, dar a la Iglesia un cambio de dirección. Antes que nada la confesión clara, corajuda y entusiasta de la fe en Jesucristo, -no de cualquier Dios esfuminado- el Cristo que vive aquí y ahora en su Iglesia, único en quien el hombre puede encontrar la felicidad. (.) Y hacerlo sin concesiones, como en los primeros tiempos, en clara misión de proclamar la entera verdad. (.) Aunque puede que debamos en nuestros días actuar con ponderación, la prudencia de ninguna manera ha de impedirnos presentar la palabra de Dios con total claridad, aun en aquellas cosas que el mundo no quiere aceptar o que suscitan reacciones de protesta o de burla. (.) Una enseñanza católica que se ofrece de modo incompleto, es una contradicción en sí misma y, a largo plazo, no puede ser fecunda. Sólo la claridad y belleza de la fe católica integral puede hacer luminosa la vida del hombre y de las sociedades. Sobre todo si se presenta mediante testigos entusiastas y entusiasmantes"

Siguiendo a nuestro Papa y en la solemnidad de hoy, comprometámonos, más que nunca, en esta Iglesia asediada, en este mundo y esta patria que han sido arrebatados a nuestro Rey, a cerrar filas a su vera y, al menos en el bastión de nuestros corazones, seguir proclamando, con nuestra vida y conducta, que tenemos sólo a Cristo por Rey.

11 de octubre de 2009

Santa María Madre de Dios




En el nuevo calendario litúrgico la Fiesta de Santa María, Madre de Dios, se festeja el 1 de Enero, de allí las alusiones a dicha fecha. (N.d.E.)



por el R.P. Gustavo Podestá
(01/01/2004)


Tomado de Catecismo









la manera de la Pascua, Navidad tiene su octava. Ocho días que se entienden litúrgicamente como uno solo: un prolongado 25 de Diciembre de 192 horas en donde en todas las celebraciones se dice "en este día en que la Virgen María dio a luz al Salvador del mundo". Y esos ocho días, esa octava se cierra con la solemnidad de Santa María Madre de Dios. Porque es bueno que, en comunión con la Iglesia de todos los tiempos, con las palabras del Concilio de Éfeso, "confesemos que el Emmanuel es realmente Dios, y que por esta razón, la Santísima Virgen es Madre de Dios, pues Ella ha dado a luz según la carne, al Verbo de Dios hecho carne." Con este solemne pronunciamiento el tercer Concilio Ecuménico de la historia de la Iglesia, proclamaba, el 11 de octubre de 431, la maternidad divina de María, contra los errores nestorianos que le negaban tal carácter, aduciendo que Dios no tiene ni puede tener madre. En el fondo negando calidad divina a Nuestro Señor y, por lo tanto, haciendo vana la Navidad, la Encarnación, nuestra vocación de cielo.

Con este título -Madre de Dios-, en este Buenos Aires descreído, los cristianos proclamamos, pues, que ella no es solo una figura amable, reproducida en cantidad de imágenes frente a las cuales presentar solo el dolor, el vacío o las urgencias o conveniencias de nuestras necesidades temporales, sino la mediadora de la Gracia, lo sobrenatural, lo divino, sobre todo de la gracia que nos libera del límite de nuestras culpas, de nuestros pecados y que tienen fuerza -haciéndonos partícipes de la divinidad de su Hijo- para llevarnos al cielo.

Con este título -Madre de Dios- decimos que su hijo no es simplemente un hombre sabio, el par de Confucio o de Sidartha Gautama o de Mahoma, supuestos voceros de cualquier sabiduría de este mundo, gurúes de lo humano, maestros de autoayuda y, mucho menos, promotor de revoluciones sociales o garante de justicia social ni de la democracia o los derechos humanos, sino el mismísimo Dios, potente para elevarnos, más allá de las miserias o utopías de este mundo y del linde de lo humano, a Su celeste morada.

En estos días de Navidad los cristianos proclamamos, pues, de un modo más explícito nuestra fe en la Encarnación. Creemos firmemente que el Hijo de Dios, Uno con el Padre, Eterno, Invisible, Inmenso, asume nuestra naturaleza humana. "El Verbo se hace carne". El Inmenso se deja contener en el claustro de una madre que es también virgen, porque, de lo solamente humano, no puede salir sino lo humano, "la carne es carne, el espíritu es espíritu", decía Jesús a Nicodemo. Y es el Espíritu Santo no la carne el que 'cubre a María con su sombra'.

El Hijo de Dios se hace hijo de María y Ella nos lo entrega como hermano y, si aceptamos su fraternidad -en fe, esperanza y caridad- ella media la Gracia que nos hace también sus hijos.

María, según los primeros teólogos, los llamados santos padres, que gustaban ver a la Virgen en anticipos del Antiguo testamento, es como la zarza ardiente vista por Moisés ardiendo sin nunca consumirse. También María, abrasada por el fuego del amor divino, da a luz al hijo de Dios, luz y fuego, sin consumirse, por siempre Virgen y fecunda (Ex 3, 1-3).

María es como la vara de Aarón, el sacerdote compañero de Moisés, rama seca y sin vida, que echa brotes y florece de la noche a la mañana en virtud de la palabra de Dios. También Ella, en la pobreza asumida de su virginidad humanamente infecunda, sin vida en su seno cerrado; mas dando el Fruto bendito en virtud de la palabra que le es dirigida y en la que cree (Num 17, 16-24).

María es la pequeña nube en el horizonte que ve Elías sobre al mar desde la cima del monte Carmelo, anticipando que se acabarán los largos años de sequía que han dejado yerma la tierra de Israel y traerá la lluvia abundante que devolverá fertilidad al pueblo elegido (I Reyes 18, 41-46).

Y así siguiendo....

Un himno mariano de la liturgia bizantina, multiplicando comparaciones de este tipo, al modo de letanías, canta las glorias de María repitiendo incansablemente: "Alégrate"

El arcángel Gabriel es enviado desde lo alto para decir a la Madre de Dios: ¡Alégrate!.

Y al verte, Señor, encarnarte, exclama maravillado: ¡Alégrate!

Alégrate, resplandor de gozo!

Alégrate; tú que levantas al hombre de su bajeza!

Alégrate, por ti Eva no llora más.

Alégrate, montaña inaccesible a los pensamientos de los hombres!

Alégrate, abismo impenetrable hasta para los ángeles!

Alégrate, tú, trono y el palacio del Rey

Alégrate, tú que llevas al que lo lleva todo.

Alégrate, estrella que anuncia el Sol naciente,

Alégrate, tabernáculo de la divina encarnación,

Alégrate, tú que renuevas toda creatura,

Alégrate, tú por quien el Creador se hace Niño pequeño!

Alégrate, esposa no desposada!

Hagamos nuestro este canto jubiloso y esa alegría -sobre todo en medio de nuestras penas y soledades- y unamos nuestra acción de gracias a la de los santos de todos los tiempos. Porque somos, también nosotros, hijos de esta Madre Virgen y estamos bajo su amparo. Alegrémonos en este día porque Dios ha obrado en Ella maravillas, y Ella sí, que es, nueva Eva, "carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos". Y por eso Madre de Dios y madre nuestra.

Que María convierta la esterilidad de nuestros actos infecundos en actos de gracia, de cristiana alegría, para que, aún en la estrechez y dificultades de los argentinos, el 2004 nos sirva para hacernos más santos -que es lo único para lo que sirve el tiempo-, más hijos de la Admirable Madre, opulentos herederos de Cielo.

6 de agosto de 2009

6 de Agosto, Festividad de la Transfiguración de Nuestro Señor






por el R.P. Gustavo Podestá




Tomado de Catecismo




u aspecto se volvió de un blanco fulgurante -del latín fulgur, rayo- ex-astrá-pton, dice el griego, de astrapé, también rayo, relámpago, de allí nuestro término astro-.

Blancura de los astros, que proviene de la superficie candente de sus gases ionizados, hidrógeno y helio, su fotósfera, con temperaturas que van de los cuatro mil a los nueve mil grados.

El rayo, -el fulgurum, el astrapé- es algo más modesto: aunque la diferencia de potencial entre las nubes y el suelo alcance el valor de algunos millones de voltios y saltan chispas de varios miles de amperios de intensidad, como solo duran algunas milésimas de segundo, la cantidad de electricidad producida es muy pequeña y las temperaturas que provocan a su paso no superan los mil grados y por brevísimo tiempo...

Las enormes temperaturas del sol, nuestro astro cercano, como las del resto de las estrellas, son producidas por un proceso de reacción nuclear autocontrolada, descrita por el premio Nobel de la física del 67, Hans Albert Bethe, en donde a razón de 4,5 millones de toneladas por segundo 4 átomos de H se transforman en dos de helio, liberando una lluvia de neutrinos y cantidades fabulosas de energía en forma de fotones.
**********************************************************

Para leer el sermón completo, mas la hagiografía de los santos que hoy se conmemoran, haga click sobre la imagen.

7 de junio de 2009

Festividad de la Santísima Trinidad



por el R. P. Gustavo Podestá (1986)







l domingo pasado, con la solemnidad de Pentecostés, hemos clausurado el tiempo de Pascua. Ese período del año litúrgico en el cual la Iglesia quiere revivir, para los cristianos, los misterios del amor divino que fundan al Pueblo de Dios, nos hacen vivir a cada uno con la misma vida que procede de Él, y nos encamina a la participación definitiva de la plenitud y alegría eternas.

Y cualquiera que viva estos acontecimientos pascuales con un mínimo de atención se da cuenta de que en ellos intervienen protagónicamente tres personajes: uno, Dios, llamado por Jesús, Padre suyo y Padre nuestro, movido en todas sus actitudes y acciones hacia nosotros por querer de padre, por amor paterno.

El segundo personaje de la Pascua es, indudablemente, el mismo Jesús, el hijo de María, quien a través de la Resurrección se descubre como el Hijo de Dios, el Señor sentado a la derecha del Padre. Jesús es quien hace carne y sangre, cercana y tangible, la presencia del Dios Padre entre nosotros:” Quién me ve a mí ve al Padre” , le dice Jesús a Felipe. Es el Dios Padre quien se regala en Jesucristo, quien se da como testimonio y prenda de verdadero amor a los hombres.

Y finalmente, el tercer protagonista: el Espíritu Santo, aquel que, habiendo vivificado a Jesús, después de la Resurrección y Ascensión, sigue haciendo presente la Vida de Dios entre los hombres en su Iglesia y encaminándonos, a cada uno de nosotros, hacia la santidad, enviado por Dios Padre y por Jesucristo.

Pero –como escuchamos en el evangelio de hoy- este Espíritu va introduciendo y haciendo crecer cada vez más a la Iglesia en la verdad. Y, precisamente, la Iglesia , después de Pentecostés, mientras predicaba al mundo la noticia gozosa del amor de Dios realizado históricamente entre nosotros en Jesucristo y alcanzado a cada uno de los hombres por el Espíritu Santo, al mismo tiempo, por este mismo Espíritu, oraba y reflexionaba sobre quiénes serían estos Tres, no por curiosidad, sino para poder conocerlos y amarlos cada vez más.

Y, poco a poco, la Iglesia , escrutando su propia vida, tratando de entender cada vez mejor el acontecimiento pascual, iluminada por el Espíritu y leyendo las Escrituras, entendió y -lo definió en sus primeros concilios ecuménicos- que la actuación de estos Tres protagonistas en la historia humana, reflejaba, aún cuando nosotros apenas lo pudiéramos entender, lo que sucedía en el mismísimo centro del existir divino, en las profundidades centelleantes y enceguecedoras de Dios, antes de la creación del Universo, aún cuando Jesús de Nazaret nunca hubiera existido, aún cuando el Espíritu Santo jamás se hubiera derramado en los corazones de los hombres.

Y ahora, cuando después de los festejos pascuales que cerramos el último domingo, retomamos el tiempo normal, el que se llama litúrgicamente “tiempo durante el año”, antes de seguir adelante entre las cosas y preocupaciones de los hombres tratando de iluminarlas con el evangelio, en este domingo de la Solemnidad de la Santísima Trinidad , levantamos brevemente nuestra mirada hacia la refulgencia de Dios para, con nuestros ojos encandilados y miopes, confesar e intentar atisbar algo de este misterio.

Porque el acontecimiento pascual ha hecho ver a la Iglesia que en la unicidad simplicísima y perfectísima de Dios, antes de todos los tiempos y aún sin ningún tiempo, existen Tres Álguienes que, en el tiempo, luego, se han manifestado en la humanidad resucitada de Jesús y en la efusión del espíritu de vida, en los protagonistas de la Pascua.

Pero ¿qué o quiénes son estos Tres Álguienes?

Y la Iglesia, desde sus dogmas, nos contesta: son tres “Hipóstasis”, o son tres “Personas”.

Y nosotros seguimos quedando perplejos, porque “hipóstasis”, ¿quién sabe lo que quiere decir, salvo algún teólogo anteojudo?

Y hablar de tres personas, ¿no es inmediatamente crear confusiones? ¿Qué entendemos nosotros como ‘personas' sino los individuos humanos, uno separado del otro, uno sentado en distinto banco que otro? Hablar de tres personas en Dios, ¿no es, inevitablemente, pensar en tres dioses, y no en uno sólo? ¿No va esto directamente en contra de nuestra fe en un solo Dios?

Ya San Agustín, hace más de 1500 años, decía que no le gustaba usar la palabra “persona”, precisamente por esta confusión, pero que la utilizaba porque no encontraba otra, como para decir algo.

Pero claro. Si. Es verdad que Dios es único, uno. Pero eso es distinto que afirmar que es un Dios solo, solitario, un inmerso y aburrido Buda mirándose eternamente el ombligo, a sí mismo. No. No puede ser. ¿Cómo vamos a negar a la riqueza y felicidad infinitas de Dios aquello que en la vida del ser humano se constituye en las dichas y alegrías más hondas, como es la riqueza de las relaciones, de las comunicaciones y comuniones de amistad y de amor entre nosotros?

Y, por otra parte, ¿no es verdad, también, que la verdadera amistad y comunión habla más bien de unidad, no de ruptura, no de partidos; y que las auténticas relaciones de amor, del amor que es regalo de sí mismo, muerte al egoísmo, llevan a unir a los amigos, a los amados, no a separarlos? Cuando yo te quiero de tal manera que vos me importás más que yo, y son tus alegrías mis alegrías, y tus penas las mías, como en el auténtico matrimonio ¿no que nos transformamos ‘en una sola carne'?

Claro que éste, así, es un amor difícil; son relaciones personales casi imposibles entre los hombres si dejados a su humana naturaleza. Se hacen posibles solo con la gracia, en cuanto por ella nos injertamos, precisamente, en la dinámica del altruismo trinitario.

Pero esto ya nos va ayudando a entender lo que estos Tres --‘hipóstasis', ‘personas' o como se les quiera llamar -- son, en la fogarada de la alegría compartida del existir divino.

Porque la misma Iglesia, en su dogma, nos enseña que en Dios no hay ninguna afirmación de sí mismo. Su trino ser personal consiste en salir de sí, proceder –como se dice en teología-. Jugando con las etimologías, la vida trinitaria es un ‘ex-sistir', un ‘salir de', no un ‘in-sistir', un ‘permanecer en', un afirmarse dentro. Y porque los Tres son ‘ex-sistencias' –en el sentido etimológico de la palabra- no hay Tres ‘in-sistencias' individuales, sino una sola ‘con-sistencia', o una sola subsistencia, y por lo tanto, un solo existir, un único Dios.

Porque, vean, no existe el ‘ego' del Padre. Toda su Persona es ‘regalarse al Hijo'. Ni existe el ‘ego' del Hijo, porque toda su Persona es recibir del Padre, en Él reconocerse, y con el Padre, entregarse en el Espíritu Persona. No hay ningún ‘ego' en Dios; hay puros ‘tú'. Nadie fija su mirada en sí mismo sino en el otro. Y por eso hay comunión perfecta, suma unidad.

Esto lo afirma la teología diciendo que las personas trinitarias son pura ‘relación', ‘referencia al otro'. Persona, en Dios, no es ser ‘en si', sino ser ‘para los otros', alguien ‘religado'. ”Relación individua y subsistente con la misma única divina subsistencia”, diría con precisión un teólogo profesional.

¡Qué distinta esta plasmación del yo personal en la Trinidad que la plasmación o estructuración del ‘ego' frente al ‘tu', en la dialéctica Fichteana o Hegeliana o incluso Freudiana, que implican la polaridad, el enfrentamiento, la afirmación del ‘ego' en puja antitética con el ‘tu' y con el ‘él'! Dialéctica destructora de sociedades y familias, en la que la afirmación de la personalidad pasa por la negación de la ajena, por la lucha de clases, por la diferencia de partidos, por la pugna mutua entre individuos.

¡Afirma tu personalidad! ¡Vive tu vida! ¡Libérate! Sé tú mismo. ¡Realízate! predica a gritos el pensamiento y la revolución modernos.

Mi ego antes que mi familia, mi sector político antes que el bien común, que la patria. Y allí estamos todos, haciendo girar el mundo alrededor nuestro, competencia de egos, lucha de sectores, cada uno lo más arriba posible aunque tenga que pisar a los demás. Y, como trágica consecuencia, todos abajo, porque disgregados, sin la fuerza de la unidad, sin familia y sin patria. Solos; y ni siquiera únicos como Dios, porque todos iguales y mediocres.

No. No es así como nos realizaremos como personas ni como nación; en el partido, en la dialéctica, en la ruptura con todas nuestras relaciones naturales y sobrenaturales, en la afirmación alocada de nosotros mismos. Porque en la cerrazón de nuestro egoísmo sólo encontraremos la pobreza de nuestro límite, y todo lo que toquemos y todos a cuantos toquemos, como con el toque de Midas al revés, lo convertiremos en parte exigua y digerida de nuestro yo.

No. A imagen de las Personas trinitarias, cuyo ser es exsistir, salir de sí mismas, afirmar a los demás, olvidarse de sus egos y encontrar su yo en el darse y el servir, en el tú y en el nosotros, ‘religados' a nuestros seres queridos y a Dios. Así seremos personas y así nos ha dicho Cristo: “Aquel que quiera conservar su ego lo perderá; aquel que lo pierda por amor a mí y a los demás, ése lo hallará”

Y al fin y al cabo, la vida de Jesucristo, el misterio luminoso de su Pascua, no es sino reflejo del eterno y trinitario existir divino: puro mirarse en los ojos de los otros, olvido de sí mismo, existir de Aquel que vino no a buscarse a sí mismo, no a ser servido, sino a servir y dar su vida por los demás.


******************
Tomado de Catecismo


21 de mayo de 2009

Festividad de la Ascensión del Señor





por el R.P. Gustavo Podestá


Tomado de Catecismo










Lectura del santo Evangelio según san Marcos 16, 15-20


Jesús dijo a sus discípulos: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán» Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.


SERMÓN (1991)


omo Saúl, David reinó durante cuarenta años. El mismo tiempo reinó Salomón. La alianza con Noé se realizó cuarenta días después del diluvio. A los cuarenta años es llamado Moisés desde la zarza de fuego: cuarenta días debe permanecer luego en la cima del Sinaí. Son cuarenta los años que deben errar los judíos por el desierto preparándose para entrar en la tierra prometida. Cuarenta días y cuarenta noches debe caminar Elías por el desierto hacia el Horeb, el monte de Dios. A los cuarenta días de su nacimiento es conducido el Señor al templo. Durante cuarenta días ayuna en el desierto. Cuarenta son los meses de su vida pública. Cuarenta son los días de cuaresma. Cuarenta eran las veces que debían repetir una lección los discípulos de los rabinos para que se considerara ya aprendida. Cuarenta las horas que pasa el Señor en el sepulcro antes de su resurrección. Una cuarentena son los días que tradicionalmente hay que dejar pasar sin síntomas para declarar curada una enfermedad.

Aquellos que saben de gematría o aritmosofía -es decir la ciencia simbólica de los números- afirman que el cuarenta es un número que suele expresar el coronamiento de un ciclo, el fin de un período, el cumplimiento de una etapa, el fin de algo y el implícito comienzo de lo que sigue, de lo que viene.

Y de hecho, para Lucas -que es el único de los evangelistas que habla de un período de cuarenta días mediando entre la resurrección y la ascensión- lo importante no es dar un dato cronológico sino destacar que las apariciones frecuentes del resucitado en los primeros tiempos de la pascua no son sino el momento previo y liminar de la historia de la Iglesia que habrá de desarrollarse en una presencia del Señor a través del Espíritu que prescindirá de sus apariciones visibles.

Porque la verdad es que los primeros teólogos cristianos que dejaron sus reflexiones en los libros que hoy tenemos del nuevo testamento no distinguían resurrección de ascensión. Más aún: los cuarenta días simbólicos de Lucas solo se tomaron como días verdaderos recién a partir del año 370 cuando por primera vez se festeja una fiesta especial de la Ascensión a los cuarenta días de la Pascua. Antes la Ascensión se festejaba junto con Pentecostés y, antes todavía, todo junto el día de la Pascua.

Así pues debemos saber que la imagen de la ascensión no es la descripción de un acontecimiento puntual y fechado, sino una de las tantas metáforas utilizadas por los autores del nuevo testamento para indicar el nuevo estado que adquiere Cristo después de su muerte, es decir una de las tantos modos de considerar el acontecimiento de la Resurrección. Resurrección que, como sabemos, no es un mero recuperar de parte de Jesús su existencia terrena pasada, sino un ser promovido de lo que en él había de humano al nivel señorial de su divina filiación. Fue 'exaltado ' dicen varios pasajes, 'fue glorificado ' dicen otros, 'fue recibido en gloria' , 'entró en su gloria', 'pasó al Padre', 'regresó a Dios', 'subió como Hijo de hombre ', 'fue al Padre ', todas expresiones equivalentes, intentando expresar lo inexpresable, lo humanamente inexperimentable.

Y hay todavía otras maneras de decir lo mismo: Sobre el transfondo de los salmos 68 y 110 siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies"), esta glorificación o exaltación de Jesús es descripta también como una marcha triunfal al cielo o como un proceso de coronación, de entronización a la derecha de Dios. Y así el Resucitado -se dice en el NT- alcanza el dominio soberano 'sobre el universo' o 'es constituido por encima de todas las cosas Cabeza de la Iglesia', como escuchamos en la segunda lectura, la de la carta de San Pablo a los Efesios. ("

Y lo mismo se expresa por medio de títulos: por su triunfo en la cruz Jesús es promovido, nombrado, 'Señor ', 'Kyrios ', 'mesías ', 'hijo ', 'intercesor ', 'guía ', 'salvador ' -así dicen diversos pasajes-, títulos que no tenía antes de la Pascua. En el siglo IV, San Hilario de Poitiers hablará todavía de la conquista del titulo de Señor y de Hijo de Dios que Jesús logra en la batalla del calvario y Marcelo de Ancira se referirá a Jesús como el hombre convertido por medio de la cruz en Señor, el ' kyriakós ánthropos '.

De tal modo que aún antes, digamos, de pensar en la resurrección, los primeros testigos de los sucesos pascuales lo que entienden haber presenciado es una verdadera transformación, metamorfosis, promoción, ascenso, del hombre Jesús a Cristo Señor, del hombre pasible y sufriente de antes de la Pascua al hombre postpascual partícipe de la gloria, de la majestad, del poder y de la divinidad de Dios. Porque, como dice la epístola a los Filipenses, porque murió en la cruz, "por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el 'Nombre-sobre-todo-nombre'; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo- y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor! para gloria de Dios Padre". Esta es la verdad de la Pascua.

En virtud de su exaltación, pues, Jesús es ascendido a Kosmocrator, Pantocrator , "Señor del universo, emperador sobre vivos y sobre muertos" como dice Pablo a los romanos. "A él están sometidas todas las cosas, todo principado, potestad y dominación y cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro", lo hemos escuchamos en la segunda lectura. Y por eso en el Apocalipsis de Juan se le llama a Jesús 'Rey de reyes y Señor de señores'.

Digamos pues que la exaltación o ascensión -que hoy festejamos- no es sino uno de los aspectos, el más importante sin duda, de la resurrección, no algo distinto de ella. Solo Lucas las separa pedagógicamente mediante estos cuarenta días simbólicos, que en su teología no son sino el prolegómeno del tiempo de la Iglesia en el cual Cristo, aunque más presente que nunca a los suyos, ya no necesitará aparecerse más. Aún cuando, todavía cuatro años después, se haga ver por Pablo camino a Damasco y conserve siempre la potestad de aparecerse cuantas veces quiera y a quien quiera en la historia de la iglesia y de los santos.

Pero lo que quiere decir Lucas es que el período de las apariciones que debían fundar el testimonio sobre la Resurrección que nos transmitirían los apóstoles había terminado. Y que el Señor de ninguna manera se alejaba de su Iglesia, sino que inauguraba un estilo nuevo de presencia, mucho más íntimo y cercano que el de la mera visibilidad corpórea y mediante el cual todo cristiano, en cualquier lugar y espacio que estuviera en el futuro, sin necesidad de acceder a Jesús atravesando a codazos la multitud, como cuando estaba entre los doce en Palestina y sin pedirle audiencia, podríamos acceder a su cercanía y proximidad en la oración, en su Iglesia, en sus sacramentos.

Lo que hoy celebramos es precisamente ello, esa ruptura del límite del tiempo y del espacio, de lo meramente corpóreo y terreno, que permite que Jesús se haga presente a todos los instante de nuestra vida cristiana desde su adquirida condición divina.

La ascensión no es, pues, el comienzo de la ausencia ni de la lejanía sino, muy por el contrario, de un estar con nosotros distinto, constante y poderoso de Cristo en su manera señorial, glorificada, espiritual y al cual aún físicamente podemos acceder mediante los sacramentos.

Que en la fé, la esperanza y la caridad podamos sintonizar lo mejor posible, con las mínimas interferencias de mundo y de pecado, esta presencia que escapa aún a nuestras percepciones terrenas, hasta el día en que, también nosotros, transformados, elevados, metamorfoseados, podamos percibirla en todo su colorido, fragancia, belleza, majestad y gozo, en el cara a cara del cielo.