Este blog está optimizado para una resolución de pantalla de 1152 x 864 px.

Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

Mostrando entradas con la etiqueta Sábana Santa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sábana Santa. Mostrar todas las entradas

8 de enero de 2009

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (12 y último)




por el R. P. Raimondo Sorgia, OP



12. Y vosotros, ¿quién decis que soy yo? Mt 16,15




stamos concluyendo ya este largo viaje en torno a la Sábana Santa. Y probablemente el lector se ve envuelto en un torbellino de impresiones, como cuando visita y descubre un país extranjero...La Sábana tiene en sí misma una fuerte carga de... provocación, en el sentido de estímulo, de invitación. Y el motivo es bastante claro, aunque el tema sea tan complejo.Si se hubiese tratado de una antigua tela babilónica con la impresión de un crucificado, nos habríamos preguntado por un tiempo si no pudiera haber pertenecido a un esclavo condenado a muerte por orden de Hammurabi. Y la cuestión hubiera quedado en eso solo. Alguna línea más en las nuevas enciclopedias.Si se hubiese tratado de un largo trozo de tejido encontrado en el interior de un sepulcro junto al Nilo, sería legítima curiosidad preguntar a la ciencia moderna quién sería el misterioso personaje fotografiado en aquel rollo de tela egipcia. ¿Algún dignatario que no fue fiel? ¿Un faraón derrotado en batalla por un poderoso rey enemigo, y cuya momia faltase en la lista de los hallazgos arqueológicos? Curiosidad legitima, pero nada más.Aquí, en cambio, según todo lo visto, hallamos la impresión total del Hombre más importante que jamás haya existido. El personaje de la Sábana sería Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios. Un Dios que ha tomado la misma realidad y ciudadanía humana de uno de nosotros. Un hombre joven y fuerte, que se arriesga al fracaso popular, y que en la plenitud de sus facultades mentales se enfrenta con un terrible género de muerte para confirmar su idea- fuerza: Dios ha descendido con él a la tierra para ofrecer a los hombres una última posibilidad de salvación. En la Sábana tenemos así una recuperación íntegra y definitiva de su imagen, ofrecida a todos los hombres de buena voluntad, en cualquier nación y tiempo.Según esto, la Sábana Santa de Turín ha guardado su cuerpo crucificado y a Él pertenece la imagen que en ella nos ha quedado prodigiosamente estampada.Imaginemos un caso extraño, sumamente extraño. Supongamos que un ladrillo se separe espontáneamente para volar hasta las manos del albañil que está reparando la fachada de una casa en el último piso. La física moderna afirma que esto podría suceder teóricamente, quizá una sola vez en cien billones de años…Yo estoy convencido de que sería necesario esperar mucho más tiempo para conseguir que una antigua sábana funeraria fotografiara espontáneamente el cadáver envuelto en ella, conservando una perfecta imagen humana, una imagen que además ilustra con toda exactitud la dolorosa y detallada crónica del Vía Crucis, recorrida paso a paso por Jesús.Más aún. He aquí que la ciencia actual y la historia evangélica coinciden al afirmar que la imagen íntegra del Hombre de la Sábana Santa ha podido estamparse en ella en un lapso de tiempo de apenas 30-40 horas, o incluso en un instante. En el breve período de permanencia de Jesús en el sepulcro; del anochecer del viernes al alba del domingo. En el momento divino de la resurrección.¿Por qué el Creador del universo, el Señor de las complejísimas leyes que gobiernan los fenómenos sensibles, no podría haberse valido en algún modo de la acción conjunta del áloe-mirra-fibrina- radiaciones celulares, etc., para obtener aquel unicum absoluto que es la imagen que puedes ver en la Sábana Santa, y que historia, fe y ciencia coinciden en atribuir a Cristo?
*****
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Divino Rostro.

2 de enero de 2009

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (11)


por el R. P. Raimondo Sorgia, OP




11. Investigaciones en torno a la Sábana



l cerrar la introducción se hablaba de la posibilidad de que desde el espacio nos llegue hoy el rayo de una estrella situada a años-luz de nosotros, y de que sea vista por quien está mirando al cielo. Ciertamente en estos últimos treinta años muchos estudiosos han seguido dirigiendo sus telescopios hacia la Sábana, con resultados a veces distintos e incluso opuestos, como sucede en astronomía, al profundizar en el conocimiento de los cuerpos celestes objeto de sus estudios.

Frente a quien, convencido por las múltiples pruebas a favor, se declara defensor de la plena autenticidad de la Sábana como lienzo fúnebre que envolvió el cuerpo de Cristo después de su muerte en la cruz, surge de vez en cuando alguien que, sintiéndola como un cuerpo extraño, intenta por todos los medios rechazarla, poniéndola entre las más celebres falsificaciones que se hayan dado en la historia.

Veamos, por el contrario, una síntesis de las pruebas que aseguran la autenticidad de la Sábana Santa. Da confianza y conmueve la seriedad con que la ciencia del siglo XX se acerca a los interrogantes que rodean al hombre en general y en particular a éste de la Sábana. Si no está al servicio de una ideología, el científico de hoy camina de puntillas, con humildad, alrededor de realidades que le sobrepasan. Podemos confiar en que el científico auténtico no esconderá nada, y no afirmará nada antes de haber verificado cada hipótesis. Las opiniones personales cuentan más bien poco.

Este es el motivo por el que conmueve la humildad del científico digno de tal nombre. Y da tranquilidad pensar que podrán surgir nuevos interrogantes, pero la ciencia, que ya ha admitido el encontrarse delante de un misterio, digno del máximo respeto y de la más atenta consideración, sabrá cómo responder también a las nuevas preguntas.

Desde 1898, hasta hoy, las más variadas disciplinas del saber humano, como la anatomía, arqueología, exégesis bíblica, química, física, electrónica, fotografía, se han aplicado con creciente perfección al análisis de este documento; de modo que, como señala oportunamente una experta en los estudios sobre la Sábana, hoy su autenticidad no se encuentra en discusión (M. E. Patrizi, La macro-fotografia nello studio della Sindone, en «Il Tempo», 30-III-1978).

*****

Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Divino Rostro.

24 de diciembre de 2008

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (10)


por el R. P. Raimondo Sorgia, OP




10. El investigador que interrogaba a las plantas







n 1973 se introduce en esta historia el profesor Max Frei, criminólogo, director del gabinete científico de la Policía de Zurich y perito de Interpol, además de ser redactor especializado en el periódico alemán Kriminalistik. Con una mente bien despierta, un olfato instintivo y un largo entrenamiento en todos los campos de investigación, este doctor Frei es también uno de los mejores expertos en el ámbito de una nueva disciplina bastante nueva, la llamada polinología.¿Que es la polinología? El término fue creado en 1944 por los botánicos ingleses Heyde y Williams, de la raíz griega palé que quiere decir harina, polvo, en directa relación al polen y a las esporas vegetales. Cuando una flor llega a su madurez, libera de las anteras de sus estambres un tenue, casi impalpable polvo viviente; es el polen. Transportado sobre todo por el viento, está destinado a alcanzar el ovario de una flor de la misma especie, y realizar así la fecundación. El color del polen, es generalmente amarillo, rosado, celeste, marrón o blanco. Cogidos uno a uno, estos granos son verdaderamente microscópicos; hay algunos que miden apenas 2’5 micrones.Y además, estos pequeños granos, precisamente porque contienen en su interior la preciosa chispa de una nueva vida, están preparados de modo completamente funcional: dotados de apéndices para adherirse mejor al cuerpo de los insectos que los transportan, o de sacos auríferos para ser llevados por el viento, tienen una capa externa muy fuerte, resistente incluso a ácidos o substancias cáusticas existentes en la naturaleza, como el calor estival o las heladas invernales, y que a su vez explotará espontáneamente en el tiempo de la fecundación, al hincharse el protoplasma.Es casi increíble la cantidad de polen que en la época de floración se esparce alrededor de una zona verde, dispersándose en la atmósfera prácticamente por todas partes. Basta pensar que de un solo metro cuadrado de bosque poblado de alisos sería posible recoger 2.160 millones de granos, o igualmente de un matorral de retama en flor de un metro cuadrado unos 4.060 millones de ellos.


*****


Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Divino Rostro.

13 de diciembre de 2008

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (9)


por el R. P. Raimondo Sorgia, OP

9. Gracias, monsieur Delage


na copia de la primera foto misteriosa, revelada en 1898, llega casualmente a manos de un científico francés, Ives Delage. Era un científico en estado puro o, para entendernos, un hombre de ciencia, y, como él mismo precisaba, no de iglesia. Ciencia y fe pueden muy bien estar de acuerdo, y no son pocos los estudiosos de fama mundial que creen firmemente en Dios. Estos investigan desde su fe tanto el mundo extremadamente pequeño de las partículas subatómicas y de las células como el de la inmensidad del cosmos, que guarda los secretos de las estrellas gigantes, de los años-luz y de los espacios ilimitados.Delage en cambio es libre pensador, de hecho ateo, o al menos agnóstico. Del todo autónomo e independiente, siente una atracción irresistible por la ciencia, sin sospechar que a menudo Dios se esconde en cualquier esquina, esperando encontrar a quien tenga sed de la verdad. Es un personaje de relieve, bien preparado y digno de todo respeto en el campo de la biología general, de la zoología, de la biomecánica y de la fisiología experimental. Y tiene una mente lúcida, con la capacidad de llegar al fondo de las cuestiones y además el coraje de llamar al pan, pan y al vino, vino.
El día en que llega a sus manos la fotografía del hombre de Turín, del que tanto hablan todos, el doctor Delage la analiza con su mirada investigadora, con una curiosidad cada vez mayor. Primero observa la imagen de la Sábana Santa tal y como se presenta en realidad: fondo claro, impronta oscura. Después analiza el cuerpo humano que se destaca sobre el fondo de la fotografía de la Sábana. Vuelve varias veces a mirar aquel rostro majestuosamente sereno, y piensa para sí:«Me parece que esta fotografía es verdadera, sin el menor retoque…
La imagen que la Sábana Santa ofrece al visitante se diría que es un negativo. De hecho, las zonas en relieve, por ejemplo la nariz, los párpados cerrados, los pómulos, están obscuras, y en cambio las partes hundidas están claras… La fotografía, cambiando entre sí las luces y las sombras, me presenta una imagen humana increiblemente nítida, con una perfección anatómica y una belleza de formas que no me hubiera imaginado nunca antes de verla... El cuerpo de este hombre, que hasta hace un momento parecía misterioso e incomprensiblemente impreso al revés, tiene una figura perfectísima. Y este rostro, no puedo negarlo, es verdaderamente sorprendente» Y –continuando con su meditación de laico– «Dicen que éste es el rostro de Cristo. Yo no lo sé; pero no sé tampoco a qué otra persona puede pertenecer. Y si lo comparo con los retratos de Jesús que desde el Renacimiento han realizado los mejores pintores... éste los supera a todos… Es por todo esto por lo que quiero saber cómo ha podido formarse esta imagen».
****
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Divino Rostro.

9 de diciembre de 2008

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (8)


por el R. P. Raimondo Sorgia, OP


8. 960’8 grados: ¡punto de fusión!


esde hace varios siglos, Palestina y Jerusalén, con sus Santos Lugares, santificados por la vida, muerte y resurrección de Cristo, no están ya en manos de los judíos ni de los cristianos. Sobre toda la región del Medio Oriente domina inexorablemente la nueva religión del Islam. Se organizan, como sabemos, distintas expediciones de Cruzados, que se proponen liberar y proteger al menos el área del sepulcro. Si bien no siempre tienen éxito, ofrecen a miles de peregrinos una oportunidad maravillosa para aquellos tiempos: poder visitar el país de Jesús.

Los galeones de las repúblicas marineras hicieron viajes entre Pisa, Génova, Venecia y la otra orilla del Mediterráneo, los puertos de Chipre, Famagosta, Limasol, Tolemaida. Iban cargados no sólo de tropas y de armas, sino también de mercancías y botines de guerra, además de una variopinta multitud de devotos y aventureros, de santos y de penitentes. Gracias a alguno de ellos, convertidos en cronistas ocasionales, podemos conocer otras informaciones útiles para unir los eslabones de la famosa cadena entre la historia propiamente dicha de la Sábana Santa y su tradición oral, escrita o documentada de algún modo.

De este modo, sabemos que durante el saqueo de Constantinopla, sucedido en el curso de la IV Cruzada [1202-1204], la Sábana Santa desapareció de la ciudad por motivos de seguridad. También en Constantinopla la pudieron venerar –«precisamente en la capilla de Santa María en el barrio de Blachernæ»–, el rey de Francia Luis VIII y otros visitantes notables, como Guillaume, arzobispo de Tiro, y Amanry, rey de Jerusalén.

Durante algún tiempo, el pueblo tuvo la fortuna de asistir cada viernes a la ostensión pública de la Sábana Santa. Después, con el asedio y toma de Constantinopla por los sarracenos, la reliquia más preciosa del sacrificio de Jesús fue confiada de nuevo a manos seguras –probablemente dentro de los sólidos muros de un convento– y permanece en clandestinidad hasta que reaparece a la luz del sol, más allá de los Alpes, exactamente en Italia y en Francia.

En 1353 la Sábana Santa llega a Turín por primera vez durante un período de tiempo bastante breve. Comienza en este momento su vida histórica en el sentido más riguroso y moderno del término: desde entonces, cada cambio y cada hecho relacionado con ella, será escrupulosamente registrado y, en consecuencia, documentado.

****
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Divino Rostro.

5 de diciembre de 2008

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (7)



por el R. P. Raimondo Sorgia, OP


7. La prueba que convenció a Juan



aría de Magdala acaba de llegar a casa de los amigos y, con la respiración entrecortada por la emoción, les cuenta que la tumba donde la otra noche depositaron el cadáver del Maestro ya no está cerrada por la pesada rueda de piedra: «¡Se han llevado el Señor! Y ¡quién sabe dónde lo habrán escondido!»

Superado el primer instante de sorpresa, obedeciendo a su naturaleza impulsiva, Pedro se levanta y se pone en camino. A su lado va Juan.

El más joven de los dos será también el más rápido y el primero en asomarse a la entrada de la tumba excavada en la ladera de la colina. No hay ni rastro de Jesús. No entra, pero su mirada se dirige enseguida hacia la losa sobre la que, con sus amigos, depositaron a su Maestro. «Sus ropas –escribe más tarde– estaban allí, en el suelo».

Ha llegado Pedro, que entra rápidamente; efectivamente, las vendas están por un lado; la Sábana plegada sobre sí misma, junto al paño que ha servido como sudario...

Juan está observando cada detalle. Reflexiona. Tiene un nudo en la garganta y, mientras se acerca a Pedro, comprende de repente que Jesús tiene que haber resucitado verdaderamente.

¿Por qué? –nos preguntamos–. Puede que esté aquí, en estas pocas líneas del Evangelio, absolutamente simples en apariencia, el motivo de aquella repentina conversión del más joven de los Apóstoles a la fe absoluta en la resurrección de Jesús.

[El autor propone seguir una interpretación de Jn 20,5-9, analizando el sentido de algunas palabras, como keimena y entetuligmenon, en el texto original griego, con lo que adquieren un significado más convincente las palabras del evangelista, que vio cómo estaban las cosas y creyó]

Mentalmente él debió revivir la escena final de aquel trágico viernes: «aquí encima depositamos el cuerpo del Señor, después de haberlo recubierto con esta sábana, asegurada con estas vendas; el rostro se lo cubrimos con este paño, anudándolo detrás de la cabeza; así es como lo dejamos». Juan está seguro. Pedro no estaba el otro día, pero él sí. Puede dar testimonio mejor que nadie.

Ahora sobre la superficie de la tumba están la Sábana, las vendas que la envolvían y el sudario. Todo en regla, salvo que el cuerpo ya no está. «Pero la Sábana está como doblada sobre sí misma y suelta; y lo mismo las vendas; y el sudario que habíamos atado en la cabeza del maestro está exactamente en la misma posición que la otra noche. Nadie lo ha soltado... Todo el envoltorio conserva incluso por algunos sitios como la forma del cuerpo. ¿Cómo ha podido salir el Maestro, sino espiritualizando su propio cuerpo y luego resucitando verdaderamente, como nos había dicho, aunque nosotros no lo hubiésemos entendido?»

****
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Divino Rostro.

28 de noviembre de 2008

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (6)




por el R. P. Raimondo Sorgia, OP



6. El encuentro con la vida


¿Que sucedió hace millones de años, en el momento preciso en que la omnipotente voz del Eterno llamó de la nada al Universo? Hasta los más expertos especialistas en los grandes cálculos confiesan no saber cómo describir aquel instante. A menos que se haga novela en vez de ciencia.

Y ¿qué sucedió hace dos mil años, al final de la noche entre el sábado y el domingo de Pascua? El hecho es conocido: un crucificado, inerte y frío, muerto hace más de un día, estrechamente envuelto en una sábana, como cualquier otro cadáver de un palestino que hubiera recibido sepultura, en un momento se reanima y revive. Desde aquél preciso instante Cristo será el Resucitado. Ahora bien, ¿quien sino el mismo Hombre-Dios, que pudo morir, pero no ser sometido para siempre al poder de la muerte, quién sino El podría contarnos desde dentro el más increíble de sus milagros? ¿Quién puede hacer la crónica de lo que, bien entendido, debe llamarse la resurrección de sí mismo?

Por eso nuestras palabras parecerán el balbuceo de un niño, pues ya el misterio de una célula viva, que palpita y se reproduce, constituye un espectáculo impresionante. Podemos intentar imaginarnos lo que sucedió; pero al final, tendremos que admitir que nos hemos quedado en la superficie, mientras que la potencia divina actuó en las profundidades del Ser y dispuso según su voluntad de las más complejas e inmutables leyes de la naturaleza. Solo nos ayudan el insuficiente relato evangélico y la reflexión sobre las obras de Dios, es decir, la teología cristiana.

En primer lugar, hay que afirmar que Jesús, trágica e irreversiblemente acabado como hombre, seguía siendo el Hombre-Dios. El alma se había separado del cuerpo, ya que El, inclinando la cabeza, había gritado: «¡Padre te confío mi vida!». La suya había sido una muerte clínica en el más estricto sentido de la palabra, confirmada también con el golpe de la lanza que penetró hasta el fondo del corazón. Pero la divinidad –su ser Dios– que provenía a Cristo de la persona del Verbo, no se resintió, no podía resentirse de ningún modo por aquel drama. Durante la espera, cargada del misterio más grande de la historia humana, la persona del Verbo se mantuvo íntimamente en contacto con aquel cuerpo inanimado encerrado en la Sábana Santa, incluso siendo cuerpo y alma separados entre sí.

Dado que estamos tocando las cotas más elevadas de la teología, es más que normal que a veces parezca desfallecer nuestra mente. La persona de Cristo es una persona eterna. Es el Verbo eterno; así que no se podía disolver ni siquiera cuando no había unión del alma con el cuerpo de Jesús.

****
Para leer el capítulo completo haga click sobre la imagen del Divino Rostro.

25 de noviembre de 2008

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (5)


por el R.P. Raimondo Sorgia, O.P.


5. Morir en una tarde de abril


Es humanamente imposible analizar el abismo de dolor dentro del cual pasó Cristo las últimas tres horas de su existencia mortal. En tan dificil postura, entre convulsiones, con los músculos cada vez más debilitados y lleno de dolorosos calambres, hasta la más elemental de nuestras funciones, la de respirar, es un auténtico suplicio. La respiración corta y fatigada sólo consigue introducir una cantidad mínima de oxígeno en los pulmones, en los que se ha concentrado un nivel intolerable de anhídrido carbónico y como consecuencia de ello la sangre está saturada de toxinas. En tales condiciones, su corazón, anteriormente sometido a una dura prueba, no puede resistir más y cede de repente. «Y de nuevo –escriben los evangelistas– dando un fuerte grito, Jesús dice: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu”. Y dicho esto, inclinando la cabeza, expiró».

La medicina ha investigado las causas físicas de aquella muerte. Dalla Nora resume de esta manera las distintas opiniones:

«Según algunos médicos, se debería a los calambres tectánicos. A causa de éstos, los músculos respiratorios, al estar siempre tensos con la espiración, producen la asfixia. Esto explicaría que en la imagen de la Sábana Santa, el pecho está notablemente levantado, en detrimento de la cavidad peritoneal, hundida a causa de la convexidad del diafragma. Para otros, el Señor murió debido a un colapso ortostático, es decir, por la caída de la sangre a las extremidades inferiores por efecto de la gravedad, porque el corazón no podía dar la presión suficiente. Otros consideran que el Señor murió de infarto de miocardio; la hipótesis, del médico ingles Stroud, del siglo pasado, es compartida por algún médico moderno [Ricci]» (G. Dalla Nora, op. cit. 34).

Con la más absoluta certeza podemos afirmar que el Hombre de la Sábana no sólo estaba clínicamente muerto, sino que, si se puede decir, había sido herido como para morir más de una vez.

Ricci, describiendo las investigaciones experimentales escribe precisamente que «en estos casos, la sangre hinchaba la bolsa pericárdica de modo que anulaba el espacio pléurico, y cuando con el bisturí se abría el pericardio, la sangre aparecía ya separada en dos elementos: arriba el plasma, que por peso especifico flotaba encima, y debajo el elemento corpusculado de la sedimentación –incluso después de una hora–. De aquí la hipótesis del médico inglés William Stroud de la muerte de Jesús por una fractura del corazón.

****
Para leer el capítulo completo haga click sobre la imagen del Divino Rostro.

15 de noviembre de 2008

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (3)



por el R.P. Raimondo Sorgia, O.P.



3. De Getsemaní al proceso nocturno




Pido disculpas, pero es necesario empezar desde el principio la historia de la Sábana Santa. Quiero precisar enseguida que en los tres capítulos que siguen no he tratado de escribir una devota meditación sobre el Vía Crucis, sino de recoger y subrayar aquellos hechos que constituyen las premisas inmediatas de la muerte de Jesús, y que han dejado un rastro más o menos evidente en el conjunto de las huellas de la Sábana. Nos detendremos en particular en las principales lesiones externas y también hablaremos de las violencias morales a las que fue expuesto el corazón del hombre de la Sábana, aunque esto pueda parecer extraño.
Uno tras otro los discípulos han salido del Cenáculo detrás de Jesús, que con paso ligero recorre el laberinto de calles del barrio de Siloé –desierto en aquellas horas– que desciende desde la ciudad alta hacia el fondo del valle. Nadie tiene ánimo para hablar; sólo se oyen las pisadas de los pies desnudos, que a menudo se hunden en el blando polvo de las calles de tierra. Pasan junto al Templo y llegan enseguida a las piedras del torrente Cedrón, por las que corre el agua de la última crecida invernal. Suben por la orilla opuesta y cruzan el muro pequeño de rocas que rodea el Campo de los Olivos. El propietario del campo ha dado permiso a Jesús para andar por él libremente siempre que quiera; de hecho ya ha pasado allí otras noches, ahora que el tiempo es bueno, paseando, durmiendo, bajo los olivos o en la gruta que se abre en la colina.
El Maestro desea, ahora más que nunca, estar un poco apartado; se muestra siempre dueño de sí mismo; pero una arruga en su amplia frente indica quizás que su tristeza aumenta de modo preocupante. Para no entristecer mucho a los suyos, Jesús les invita a descansar cada uno donde prefiera, y se va adentrando en el interior del campo de los olivos, acompañado sólo de Pedro, Santiago y Juan, los testigos de la Transfiguración... ¡Qué diferente es su transfiguración esta noche!...Como una marea alta que nadie pudiera contener, la angustia vuelve a crecer y se desborda de repente. Ya no la esconde: tiene miedo, angustia, un palpitar tremendo. Basta mirarle el rostro, palidísimo. «Me muero de tristeza». Los tres amigos están asustados, pero no saben qué hacer o qué decir para consolarle; ya es una suerte tener a su lado amigos en una noche como ésta.
Vacilando un poco, Jesús se aleja unos cuarenta pasos, más o menos la distancia –precisa Lucas– que se puede alcanzar tirando una piedra. Las piernas se le doblan solas y, como agotado por un gran cansancio, Jesús cae de rodillas: tiene que haberle sucedido algo terrible. Como la noche es serena, y con luna llena, los tres que luchan cada vez menos contra el sueño tienen la sensación de encontrarse ante la sombra de su Maestro, incansable y vigoroso hasta hace pocas horas. En ese momento les llega su voz bastante clara: «¡Abba!, ¡Padre mío! Para ti nada hay imposible; aleja de mí este cáliz». El cáliz, modo realista oriental de expresar una situación insoportable: la bebida de sabor muy amargo que se rechaza después del primer sorbo, es la amargura que le invade el espíritu.
Jesús, nuestro hermano, acaba de comenzar el largo Vía Crucis que le espera y que El conoce bien. Y siente ya tanta angustia que le tiembla todo el cuerpo, cubierto de sudor frío. Un sudor nunca visto antes, pues a medida que su lamento se hace más dolorido, «su sudor –dice el médico evangelista Lucas– empieza a deslizarse hasta el suelo como gotas de sangre».
****
Para leer el capítulo completo haga click sobre la imagen del rostro de Nuestro Señor

12 de noviembre de 2008

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (2)


por el R.P. Raimondo Sorgia, O.P.


2. Nadie se lo había imaginado antes

Hace cien años, en la primavera de 1898, el rey Luis IX, descendiente de los duques de Saboya, de quienes había heredado, entre otras cosas, la Sábana Santa, se preguntaba pensativo si habría hecho bien en aceptar una propuesta un poco extraña para aquellos tiempos: un fotógrafo que solicitaba con insistencia permiso para fotografiar la Sábana Santa. El fotógrafo era el abogado Secondo Pia, un aficionado que aseguraba estar bien preparado. Al final había prevalecido la sugerencia favorable de uno de los consejeros del rey: autorizarle, aunque no fuera más que por tener una copia fiel de aquella reliquia que milagrosamente había salido indemne de mil peligros.

El misterio de la fotografía se había descubierto pocos años antes, cuando algunos químicos advirtieron que los bromuros y cloruros de plata se ennegrecían al ser expuestos a la luz. Este descubrimiento significó el nacimiento de la fotografía. Cuando se fotografía, la luz imprime por un instante la placa bañada con estas sales, y la impresión es mayor en el lugar donde la imagen es más clara y menor donde es más oscura. Después del proceso de revelado, de la placa o del celuloide, las partes más luminosas se ennegrecen y las oscuras quedan claras, constituyendo el negativo fotográfico.

Por tanto, en el negativo de una fotografía, los puntos de luz y de oscuridad se encuentran invertidos: por ejemplo, el negativo de un joven de cabellos negros presenta las mejillas y la frente negras, mientras que las órbitas de los ojos, los labios y los cabellos son blancos. Igualmente, en el negativo fotográfico se invierte el lugar de la imagen, por un juego de rayos, estudiado por los físicos en la óptica geométrica, de modo que lo que está a la derecha pasa a la izquierda y viceversa. Por todo ello, aunque se conozca bien una cara, resulta difícil reconocerla, porque no estamos habituados a la inversión.

Para obtener el positivo con la distribución de los colores –reagrupados en los dos fundamentales, blanco y negro– conforme al objeto fotografiado, se filtra la luz a través del negativo, imprimiéndose en el papel, de tal modo que lo negro resulta blanco y lo blanco negro, y volviéndose a invertir el lugar de las imágenes (Cfr. G. Dalla Nora, Hanno fotografato il volto di Gesù, Elle Di Ci, Leumann, Torino 1975, 11).

En aquella época no existían los actuales equipos de fotografía, las polaroid, las instamatic; para una foto de precisión hacía falta un gran aparato, que imprimía en una placa emulsionada las primeras reproducciones en blanco y negro.

La tarea era muy importante, quizás incluso irrepetible, como para afrontarla a la ligera, por lo que en los meses anteriores a la fotografía de la Sábana, concertada para mayo, el abogado fotógrafo duplica su trabajo, para calcular el tiempo de exposición de las placas, la intensidad y posición de las luces, etc. Al acercarse el día establecido, se prepara en el presbiterio de la capilla donde va a ser expuesta la Sábana Santa un pequeño carril por el que pudiera desplazarse la plataforma con la cámara fotográfica. Era ésta una caja de madera, reforzada con tiras de metal, voluminosa, pues en su interior contenía una placa de 51 x 63 cm., con una lente Voigtländer. A los lados de la plataforma se encienden dos focos que llenan de luz la reliquia. Se colocan delante filtros transparentes de cristal esmerilado, para evitar los reflejos, y sobre la lente un filtro amarillo muy delgado.

****
Para leer el capítulo completo haga click sobre la imagen del Divino Rostro.

8 de noviembre de 2008

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (1)


por el R.P. Raimondo Sorgia, O.P.


1. Carta abierta al lector

Hablar de la misteriosa realidad que es la Sábana Santa supone adentrarse en un tema apasionante, en un gran problema.

Los adultos probablemente habrán visto u oído hablar de las imágenes de la Sábana de Turín, sobre todo desde que en 1973 se transmitiera por Eurovisión su imagen, y posteriormente el documental que compraron y retransmitieron las cadenas de televisión de muchos países. Imagino que también muchos jóvenes saben algo sobre la Sábana, porque desde hace tiempo periódicos y revistas le han dedicado títulos, artículos y fotografías, especialmente con ocasión de su ostensión desde agosto hasta octubre del año 2000. Quizás algunos lectores hayan tenido ocasión de visitar la Sábana Santa y la exposición organizada con tal motivo en Turín en estas fechas. En todo esto radica una de las dificultades del tema: exponerlo de forma que sea accesible a personas con muy diferente nivel de información y de interés sobre el mismo.

Por otra parte, es preciso que se trate de una explicación seria, objetiva, completa, que al mismo tiempo resulte comprensible. Son muchas las preguntas científicas y religiosas que se plantean alrededor del fascinante atractivo de la imagen del Hombre de la Sábana más misteriosa de la historia, y es seguro que al encontrarse con ellas el lector querrá encontrarlas resueltas. Por eso, no obstante la dimensión reducida de este cuaderno, se incluyen en él datos históricos, descripciones científicas, narraciones de los Evangelios, reconstrucciones de ambientes y además, reflexiones fundadas en la razón y en la fe. Aunque para algunos resulten superfluas determinadas explicaciones, comprenderán fácilmente que otros precisarán de ellas.

Es cierto que se podría haber sistematizado un material tan rico y complejo dentro de esquemas más rígidos. Pero he preferido no hacerlo; y más bien hablar de la Sábana, auténtico universo incluido dentro de cuatro metros de tela, en la manera más fluida y atrayente que pudiera. Hablar de la Sábana no es simplemente volver atrás en el pasado, como quien recorre de nuevo las excavaciones de una ciudad antigua por el mero gusto de conocerla. La Sábana Santa se presenta a la mentalidad moderna como un desafío, un pacífico y exaltante reto que «no teme a los exámenes, y que solo tiene miedo de ser enjuiciada sin haber sido sometida a examen».

Puede sorprender el hecho de no encontrar siempre de acuerdo a los estudiosos acerca de un determinado problema, en especial al interpretar algunos fenómenos, o al atribuir a los mismos una causa u otra. Es fácil que esto suceda en los casos de indagaciones realizadas por investigadores distintos, sobre casos particularmente complicados. Al principio habrá tantas conclusiones como investigadores: cada uno de ellos, se habrá valido, como es lógico, de sus propios métodos, indicios, técnicas deductivas. Cada uno ha buscado el centro de la cuestión partiendo de su punto de vista. Es posible que sólo un último investigador, confrontando los elementos recogidos por sus colegas y eliminando gradualmente las hipótesis de menor consistencia, llegue a dar con una solución del misterio satisfactoria, definitiva y completa.

En el caso que nos ocupa, esto ocurre además en un enigma que, como la Sábana Santa, está constituido por otros cien misterios de menor importancia, pero estrechamente relacionados entre sí. Por eso en los puntos más arduos, todavía abiertos a la investigación científica, se presentan dos o más hipótesis sobre su explicación. Al autor le corresponde el deber de informar y de ofrecer un mínimo de orientación sobre ellos; pero después tendrá que ser el lector quien llegue a una conclusión mediante su inteligencia, capacidad de reflexión y ánimo humilde.

Finalmente, quiero hacer tres sugerencias que serán de utilidad para interpretar mejor el rostro del Hombre de la Sábana:

1ª.- Las dos bandas más oscuras en el positivo, es decir, en la foto al natural, que se notan enseguida alrededor del rostro y que le dan un extraño alargamiento, son debidas en parte a la masa de los cabellos y en parte a un casual amarilleamiento de esa parte de superficie, determinada por una mayor exposición a la luz; o bien podría tratarse de una distinta tonalidad del tejido por una diferencia de calidad en las fibras de lino utilizadas por el anónimo tejedor palestino.

2ª.- Hay que tener siempre presente las condiciones físicas en las que se encontraba el cuerpo de Jesús en el momento de la sepultura. Entre las deformaciones más marcadas y que destrozaron sus facciones, deben considerarse: la rotura del cartílago de la nariz, a causa de un puñetazo o bastonazo, o bien por una caída violenta, de donde resulta una ligera desviación hacia la derecha y una caída hacia el labio superior del extremo de la punta de la nariz. El ojo y la ceja derecha aparecen hinchados; como el labio superior mismo y la región del pómulo derecho. También el mentón, aun teniendo en cuenta un cierto espesor de la barba, aparece hinchado por un fuerte golpe o una caída al suelo. Imaginando una línea vertical que pase entre las cejas y la mitad de la boca, es conveniente «aislar» el lado izquierdo del rostro, pues ésa es, de algún modo, la parte más íntegra.

3ª.- Es necesario habituarse a mirar la imagen del rostro, y observarla pausadamente. Mejor aún si se enmarca, como retrato, y se le mira a distancia.

Sucede a veces, que mientras alguien de noche mira el cielo, tiene la impresión de que en un momento determinado, una nueva estrella se ha encendido delante de sus ojos. Un astrónomo diría que es el rayo de una estrella alejada de nosotros miles de años-luz, que esta noche ha alcanzado precisamente nuestra atmósfera y ha podido ser vista por quien estaba contemplando el firmamento. En la Sábana Santa hay también una determinada señal luminosa, que empezó a lucir hace dos mil años, y que puede que ahora se encuentre con el lector de estas páginas.