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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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15 de abril de 2011

Oración para alcanzar la bendición divina en los estudios - Santo Tomás de Aquino



Enlace
reador inefable, que de los tesoros de Tu sabiduría dispusiste las tres jerarquías de los ángeles, y, con orden admirable, las colocaste sobre el cielo empíreo y hermosamente estableciste las partes del universo.

Tú, que eres llamado verdadera fuente de la luz y de la sabiduría, y además principio supereminente: dígnate infundir, sobre las oscuridades de mi intelecto, un rayo de tu claridad que remueva de mí las dos tinieblas con las que he nacido: el pecado y la ignorancia.

Tú, que haces elocuentes las lenguas de los niños, instruye la mía, e infunde en mis labios la gracia de tu bendición. Dame agudeza para entender, capacidad para retener, modo y facilidad para aprender, sutileza para interpretar, gracia copiosa para hablar.

Dispón el comienzo, dirige el progreso, y llévala a su plenitud.

Tú, que eres verdadero Dios y verdadero hombre,
que vives y reinas, por los siglos de los siglos. Amén


Santa María Sede de la Sabiduría, ruega por nosotros.
Santo Tomás de Aquino, ruega por nosotros.


5 de abril de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (7 y último)









Tomado de la Editorial Virtual



Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow




VII. LA GUERRA Y LA SEDICIÓN

La guerra justa [*]

Suma Teológica, parte II, sección II, cuestión 40, artículo 1, en el cuerpo

Tres cosas se requieren para que sea justa una guerra. Primera: la autoridad del príncipe bajo cuyo mandato se hace la guerra. No incumbe a la persona particular declarar la guerra, porque puede hacer valer su derecho ante tribunal superior; además, la persona particular tampoco tiene competencia para convocar a la colectividad, cosa necesaria para hacer la guerra. Ahora bien, dado que el cuidado de la república ha sido encomendado a los príncipes, a ellos compete defender el bien público de la ciudad, del reino o de la provincia sometidos a su autoridad. Pues bien, del mismo modo que la defienden lícitamente con la espada material contra los perturbadores internos, castigando a los malhechores, a tenor de las palabras del Apóstol: No en vano lleva la espada, pues es un servidor de Dios para hacer justicia y castigar al que obra mal (Rom 13,4), le incumbe también defender el bien público con la espada de la guerra contra los enemigos externos. Por eso se recomienda a los príncipes: Librad al pobre y sacad al desvalido de las manos del pecador (Sal 81,41), y San Agustín, por su parte, en el libro Contra Faust. enseña: El orden natural, acomodado a la paz de los mortales, postula que la autoridad y la deliberación de aceptar la guerra pertenezca al príncipe.

Se requiere, en segundo lugar, causa justa. Es decir, que quienes son atacados lo merezcan por alguna causa. Por eso escribe también San Agustín en el libro Quaest.: Suelen llamarse guerras justas las que vengan las injurias; por ejemplo, si ha habido lugar para castigar al pueblo o a la ciudad que descuida castigar el atropello cometido por los suyos o restituir lo que ha sido injustamente robado.

Se requiere, finalmente, que sea recta la intención de los contendientes; es decir, una intención encaminada a promover el bien o a evitar el mal. Por eso escribe igualmente San Agustín en el libro De verbis Dom.: Entre los verdaderos adoradores de Dios, las mismas guerras son pacíficas, pues se promueven no por codicia o crueldad, sino por deseo de paz, para frenar a los malos y favorecer a los buenos. Puede, sin embargo, acontecer que, siendo legítima la autoridad de quien declara la guerra y justa también la causa, resulte, no obstante, ilícita por la mala intención. San Agustín escribe en el libro Contra Faust.: En efecto, el deseo de dañar, la crueldad de vengarse, el ánimo inaplacado e implacable, la ferocidad en la lucha, la pasión de dominar y otras cosas semejantes, son, en justicia, vituperables en las guerras.

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Notas

[1] - JUAN ANTONIO WIDOW. Licenciado en Filosofía, Universidad Católica de Valparaíso. Doctor en Filosfía, Universidad Complutense de Madrid. Profesor de Teoría Política y Metafísica en la Universidad Católica de Valparaíso y en la Universidad Adolfo Ibáñez. Director de la revista Philosophica, del Instituto de Filosofía de la U. Católica de Valparaíso. Autor de numerosos artículos en revistas especializadas y del libro El animal político (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1984 [segunda edición 1981]).

[*] - Versión sobre la guerra justa tomada de: http://hjg.com.ar/sumat/c/c40.html

5 de Abril, San Francisco Ferrer, Confesor



Santoral católico del 5 de Abril

  • San Vicente Ferrer, Confesor
  • Santa Catalina de Palma, Virgen
  • San Alberto de Montecorvino, Obispo
  • Santa Etelburga, Abadesa de Lyminge
  • San Gerardo de Sauve-Majeure, Abad
  • Beata Crescencia de Kaufbeuren, Virgen
  • Beata Juliana de Monte Cornillon o de Liegi, Virgen
  • Beata María Asunción Pallota, Virgen
  • Y en otras partes, otros muchos santos Mártires y Confesores, y santas Vírgenes.R. Deo Gratias.





San Vicente Ferrer



a vida de los santos, aparte de ofrecernos un ejemplar e irrecusable testimonio de heroicas virtudes, manifiesta siempre el empeño providencial de Dios en la historia humana y en la vida de la Iglesia, tanto que la presencia de algunos santos no se explica sin esa misión providencial. Ellos han polarizado muchas veces en su vida determinados períodos de la historia y su influencia espiritual o social ha configurado los perfiles de ciertos momentos y estilo de vida, y hasta han pesado definitivamente a la hora de dar solución a las crisis de su tiempo. Cierto igualmente que, por ese mismo canon providencial que Dios impone a los acontecimientos humanos, también los santos se han visto condicionados en sus actos por las circunstancias en que se movieron. Todo esto da sentido y justificación a la vida de San Vicente Ferrer y nos evita caer en una interpretación simplista y unilateral de su portentosa obra. La visión exclusivamente milagrera de su figura, por la que han discurrido durante muchos años la tradición y la leyenda, contribuyó a desenfocar la plenitud auténtica y la realidad total de la vida de San Vicente, hasta tal punto que algún historiador moderno se atrevía a decir que cada circunstancia de su vida fue un milagro. Hoy, con sana crítica y juicio sereno, no podemos admitir esa visión colorista que nos ha dado a un San Vicente Ferrer opulento despilfarrador de milagros, aun cuando sería insensatez negar la realidad de su poderosa taumaturgia. Pero no debemos hacer de sus copiosos milagros una peana para colocar sobre ella la vida del Santo.

San Vicente Ferrer nació en Valencia el 23 de enero de 1350, en el seno de una familia de ascendencia gerundense. Su padre, Guillermo Ferrer, era notario. La casa natalicia de Vicente distaba muy poco del Real Convento de Predicadores, donde los hijos de Santo Domingo de Guzmán se habían establecido por singular gracia del rey Don Jaime el Conquistador, recién conquistadas para la fe las tierras de Valencia. El gran prestigio que siempre tuvieron en aquella capital los frailes predicadores, el contacto habitual que nuestro Santo debió tener con ellos desde su niñez y el interior llamamiento de Dios determinaron en Vicente la resolución de vestir el hábito blanco y negro de los dominicos. Tal suceso tuvo lugar en el Real Convento de Predicadores el 5 de febrero de 1367, y el día 6 del mismo mes del año siguiente emitió los votos de su profesión religiosa.
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30 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (6)







Tomado de la Editorial Virtual



Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow







VI. LAS VIRTUDES POLÍTICAS



Cuestión disputada sobre la Caridad
Artículo 2, en el cuerpo:

Como la virtud es la que opera en orden al bien, de cada virtud se requiere que se halle de tal modo dispuesta respecto del bien, que actúe bien, es decir, voluntaria, pronta y deleitablemente, y también con firmeza: éstas son, en efecto, las condiciones de la acción virtuosa, las cuales no se pueden dar si el que actúa no ama el bien por el cual actúa, puesto que el amor es el principio de todo afecto de la voluntad. Lo que se ama se desea mientras no se tiene, produce deleite cuando se tiene, y la tristeza sobreviene por aquello que impide poseerlo. Además, aquello que se hace por amor, se hace firme, pronta y deleitablemente. En consecuencia, para la virtud se requiere amor del bien en orden al cual la virtud opera. (...) Si el hombre es admitido a participar del bien de una ciudad, y se hace ciudadano de ella, le corresponde tener las virtudes para obrar lo que es propio del ciudadano, y por ello amar el bien de la ciudad. Así, el hombre que, por la divina gracia, es admitido a participar de la celestial bienaventuranza, que consiste en la visión y fruición de Dios, se hace cual ciudadano y socio de la sociedad bienaventurada, a la cual se la llama Jerusalén celeste, según aquello de Efesios 2, 19: “Sois conciudadanos de los santos y familiares de Dios”. Por lo cual, al hombre así incorporado a las cosas celestes le competen ciertas virtudes gratuitas, que son las virtudes infusas; para cuya debida operación se exige el amor del bien común de toda sociedad en absoluto, que es el bien divino, en cuanto es objeto de la bienaventuranza.

Ahora bien, amar el bien de una ciudad ocurre de dos modos: uno, para poseerlo; otro, para conservarlo. Amar el bien de una ciudad para tenerlo y poseerlo, no es lo que hace al buen político, pues de esta manera también un tirano ama el bien de una ciudad, para dominarla; lo cual es amarse a sí mismo más que a la ciudad: desea, en efecto, este bien para sí, no para la ciudad. Pero amar el bien de la ciudad para conservarlo y defenderlo, es amar verdaderamente a la ciudad; lo cual hace al buen político, en tanto que, para conservar y extender el bien de la ciudad, se expone al peligro de muerte y desdeña el bien privado.

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28 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (5)








Tomado de la Editorial Virtual




Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow





V. LA LEY HUMANA

Suma Teológica, parte II, sección I, cuestión 90, artículo 1, en el cuerpo

La ley es una cierta regla y medida de los actos, por la cual se induce a actuar o se retrae de la acción: la ley, en efecto, se llama así en cuanto procede de “ligar”, puesto que obliga a actuar. Ahora bien, la regla y medida de los actos humanos es la razón, la cual es el primer principio de ellos, pues a la razón compete ordenar al fin, que es el primer principio en el actuar, según dice el Filósofo. En cualquier orden de cosas, lo que es principio es medida y regla en dicho orden, tal como lo es la unidad en el orden de los números, y el primer movimiento en el orden de los movimientos. De lo cual se sigue que la ley es algo que pertenece a la razón.

Ibídem, artículo 2, en el cuerpo

Así como la razón es el principio de los actos humanos, así también en la misma razón hay algo que es principio de lo demás que a ella compete. Por esto, es preciso que a tal principio corresponda de modo primero y primordial la ley.

Ahora bien, el primer principio en el orden de la operación, al que se refiere la razón práctica, es el fin último. Y el fin último de la vida humana es la felicidad o bienaventuranza. Por lo cual es preciso que la ley corresponda primordialmente a lo que se ordena a la bienaventuranza.

Además, puesto que lo que es parte se ordena al todo como lo imperfecto a lo perfecto, y el hombre es parte de la comunidad perfecta, es necesario que la ley se refiera propiamente a lo que se ordena a la felicidad común. Por lo cual el Filósofo, al dar una definición de lo legal, menciona la felicidad y la comunidad política. Dice, en efecto, en el V libro de la Ética, que “llamamos justo legal a lo que causa y conserva la felicidad y, particularmente, la comunión política”. Pues, como él mismo dice en el libro I de la Política, la ciudad es la comunidad perfecta.

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23 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (4)







Tomado de la Editorial Virtual



Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow






IV. EL RÉGIMEN POLÍTICO

Acerca del régimen de los príncipes
Libro I, capítulos 1 a 6

Capítulo 1
“Es necesario que los hombres que viven en sociedad sean diligentemente gobernados por algún jefe”

2 Debemos empezar nuestro propósito exponiendo qué se entiende por la palabra Rey. En todas las cosas que se ordenan a un fin, y que pueden proceder de distinta manera, es necesario un dirigente que conduzca al fin debido. Pues no llegaría la nave al puerto de destino si, al ser movida en distintas direcciones por vientos diversos, no fuese dirigida al puerto por el gobierno del capitán. Ahora bien, el hombre tiene un fin al que se ordena toda su vida y su acción, por ser agente racional, de quien es propio evidentemente obrar por un fin. Sin embargo, ocurre que los hombres tienden de diversos modos al fin que se proponen, como manifiestan sus diversos afanes y acciones. El hombre, por consiguiente, necesita un dirigente que lo conduzca al fin.

3 Todo hombre tiene naturalmente impresa la luz de la razón, por la cual dirige sus actos al fin. Y si al hombre conviniese vivir solo, como a otros muchos animales, no necesitaría de nadie para dirigirse a su fin; cada uno sería rey de sí mismo bajo el mandato supremo de Dios, en cuanto que se dirigiría en sus actos por la luz de la razón dada por Dios. Pero es natural al hombre ser animal social y político, que vive en sociedad mucho más que todos los demás animales, como exigen sus necesidades naturales. En efecto, a los demás animales la naturaleza los proveyó de alimento, los vistió de pelos y los dotó de defensas, como los dientes, los cuernos y las uñas, o, al menos, les dio velocidad para la huida. El hombre, por el contrario, viene de la naturaleza desprovisto de todo eso. Pero en lugar de ello le ha sido dada la razón, mediante la cual y valiéndose de las manos puede proporcionarse todas esas cosas; si bien para ello no se basta uno solo, porque así no podría llevar una vida con suficiencia de medios. Es, por tanto, natural al hombre vivir en sociedad con muchos.

4 Es más: otros animales están provistos de instinto natural para conocer lo que les es útil o nocivo, como la oveja percibe naturalmente al lobo como enemigo, y otros animales conocen instintivamente ciertas hierbas medicinales y otras cosas necesarias para la vida. El hombre, en cambio, no tiene conocimiento natural de las cosas que son necesarias para su vida más que en común; pero por raciocinio, a partir de principios universales, puede llegar al conocimiento de las cosas necesarias para la vida humana. Sin embargo, no es posible que un solo hombre adquiera por sí todos estos conocimientos. Por lo tanto es necesario que el hombre viva en sociedad para que uno sea ayudado por otro, y sean diversos los que se ocupen de las diversas invenciones; por ejemplo, uno de la medicina, otro se ocupe de esto, y otro de aquello.

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12 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (3)








Tomado de la Editorial Virtual



Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow






III. LA POTESTAD POLÍTICA

Comentarios a los libros de las Sentencias, de Pedro Lombardo
Libro II, distinción 44, cuestión 2, artículo 2, en el cuerpo

La obediencia a un precepto se da en la medida de la obligatoriedad de su observancia. Esta obligatoriedad es efecto del orden de la potestad, la cual dispone de fuerza coactiva, no sólo respecto de lo temporal sino también de lo espiritual, “en razón de conciencia”, como dice el Apóstol a los Romanos, XIII, 5, porque el orden de la potestad desciende de Dios, según el Apóstol allí mismo indica. Por tanto, en cuanto las potestades proceden de Dios, los cristianos están obligados a obedecerlas; no lo están, en cambio, respecto de aquellas que no proceden de Dios.

Ahora bien, una potestad puede no proceder de Dios por dos motivos: sea en cuanto al modo de ser adquirida, sea en cuanto al uso que se haga de ella. Lo primero puede ocurrir de dos maneras: por defecto de la persona, en cuanto que sea indigna, o por defecto del mismo modo de adquirir la potestad, en cuanto sea adquirida por violencia, o por simonía, o por cualquier modo ilícito. Por el primer defecto no se impide que alguien adquiera el derecho de la potestad; y, puesto que la potestad, según su razón formal, siempre procede de Dios (lo cual es causa del deber de obediencia), por ello, a los que así la adquieren, aunque indignos, los súbditos les deben obediencia.

Pero el segundo defecto impide el derecho de la potestad: en efecto, quien se hace del dominio por violencia no se convierte por ello verdaderamente en magistrado o señor; y por esto, cuando exista la posibilidad, puede alguien repeler tal dominio: a menos que con posterioridad se haga legítimo, sea por el consenso de los súbditos, sea en virtud de autoridad superior.

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8 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (2)






Tomado de la Editorial Virtual



Traducción y selección de textos por Juan Antonio Widow






II. EL FIN DE LA SOCIEDAD POLÍTICA

Exposición sobre los diez libros Éticos a Nicómaco, de Aristóteles
Libro I, lección 2, parágrafo 30

Es claro que una causa, mientras más extenso sea el ámbito en el que ejerce su poder, tiene prioridad sobre otras y es superior a ellas. Por lo cual el bien, que tiene razón de causa final, es superior en la medida en que se extiende a un ámbito mayor. Por lo cual, si un mismo bien es de un hombre y de toda la ciudad, mucho mejor y más perfecto es procurarlo y conservarlo en cuanto bien de toda la ciudad que en cuanto bien de un solo hombre.

Corresponde, por otra parte, al amor que debe existir entre los hombres, que se conserve el bien, aún el de un solo hombre. Ahora bien, mucho mejor y más divino es que este amor se manifieste respecto de toda la nación y a las ciudades. A veces es deseable que se manifieste respecto de una sola ciudad, pero es más divino que se extienda a toda la nación, en la cual se comprenden muchas ciudades. Se dice que esto es más divino, pues se da en ello en mayor grado la semejanza de Dios, que es la causa última de todos los bienes.

Este bien, el que es común a una o a muchas ciudades, es objeto de una actividad o un cierto arte, al cual se le llama civil.

Suma contra los Gentiles
Libro III, capítulo 24

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7 de marzo de 2011

7 de Marzo, Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia





edieval el ambiente de intrigas, de luchas y apetencias políticas, que rodearon su aristocrática cuna napolitana. Medieval el clima de renovación monástica y de contienda universitaria, en que cuajó su vocación religiosa y su formación intelectual. Medieval también la gran crisis ideológica que dividía a la cristiandad y que habría de encontrar en Tomás el más genial y supremo moderador. Pero la figura de Tomás de Aquino trasciende todo encasillamiento temporal, conquistando actualidad y vigencia siempre palpitantes, de múltiple y fecunda irradiación.

No ha sido Tomás de los santos más desfigurados por leyendas ingenuas o tradiciones biográficas, desprovistas de rigor histórico y de penetración psicológica. Mas sus dimensiones de gigante suelen hacer que sea muy fragmentariamente conocido. La preeminencia de su misión intelectual y personalidad científica, que le colocan en la cúspide del pensamiento católico, a veces le distancian de nosotros, restando atractivo y eficacia a su patronato sobre la juventud estudiosa. Por eso no quisiéramos silenciar otros aspectos muy humanos de su vida, que le sitúan ante aquellos problemas, inquietudes y luchas propias de la edad juvenil.

Se presenta —a la visión sensible— como una naturaleza vigorosa, de dimensiones atléticas en su cuerpo y de energías esforzadas en el alma. Alto, grueso, bien proporcionado, color trigueño y frente despejada, de porte distinguido y sensibilidad extraordinaria. Síntesis acabada de una herencia lombarda en la línea paterna de Aquino y normanda por la materna de los condes de Teate. Último hijo varón de familia numerosa; doce hermanos que integraron un variado panorama de trayectorias: guerreros y caballeros, poetas y teólogos, abadesas o madres.

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5 de marzo de 2011

Santo Tomás de Aquino: Escritos políticos (1)



Tomado de la Editorial Virtual



La Traducción

La selección de los escritos políticos de Santo Tomás así como la traducción que se ofrece aquí es obra de Juan Antonio Widow. Al respecto, el traductor, entre algunos otros conceptos, sugiere las siguientes consideraciones adicionales:

Tomás de Aquino se ocupa de los temas políticos en tiempos que no son de crisis. Situación que es fundamental para entender el estilo de sus escritos y el modo de tratar esos temas. Es ésta una gran diferencia que distingue su obra de la de otros filósofos políticos, como Platón, Aristóteles, san Agustín o, entre los modernos, Hobbes. El tema político ha sido siempre especialmente sensible a las circunstancias en que se escribe sobre él, debido a la imposibilidad que tiene todo hombre inteligente de abstraerse de condiciones que forman parte de la vida de su propio espíritu. Si Agustín escribía suDe civitate Dei bajo la impresión causada en su alma por el saqueo de Roma por las huestes de Alarico, y en vísperas de la irrupción de los vándalos en sus propias tierras del norte de África, Tomás, en cambio, compone sus obras en tiempos de Luis IX, el Santo, cuando Europa vivía el apogeo de la civilización feudal y de la cultura de la Cristiandad. La decadencia, que siempre está incubada en los momentos culminantes de una cultura, sólo iba a manifestar sus primeros síntomas hacia 1280, después de la muerte de Tomás. Esto significa que Tomás no encara el tema político considerado como problema universal. Lo único que para él tiene indudable universalidad son los principios de la política, entendida ésta como la parte más importante — pues de algún modo comprende a la monástica y a la económica — de la ciencia moral.

Esto mismo explica el hecho de que sus obras dedicadas al tema hayan sido pocas. Y no sólo pocas, sino inconclusas: De regimine principum es original suyo sólo hasta el capítulo 4 del libro II; el resto lo redactó Tolomeo de Lucca, quien en varios aspectos se aparta del pensamiento de su maestro. Lo mismo ocurre con el comentario a los libros Políticosde Aristóteles: dejó de redactarlo en la lección séptima del libro III, siendo continuado a partir de allí por Pedro de Auvernia. Y, aparte del brevísimo opúsculo De regimine iudaeorum, dedicado a la duquesa de Brabante, éstas son las únicas obras en que trata específicamente el tema político. En otras lo toca incidentalmente.

La presente selección se ha realizado de acuerdo a una ordenación temática, por lo cual en algunos casos no se respetado el orden secuencial de los escritos citados. Esto se notará particularmente en el caso del De regimine principum, obra de la cual se cita completo el libro primero, pero sin respetar la secuencia de sus capítulos. Las traducciones del latín son propias, salvo la del De regimine principum, que se cita según la versión castellana, con algunas modificaciones menores, del R.P. Victorino Rodríguez, O.P. (Editorial Fuerza Nueva, Madrid, 1978). Las traducciones se han hecho del original latino editado por Marietti, Taurini-Romae; salvo para los comentarios a la Escritura y a los libros de las Sentencias de Pedro Lombardo, que han sido traducidos de Opera omnia, Frommann-Holzboog, Stuttgart, 1980. Por último, es de advertir que se ha querido traducir no sólo los textos, sino también los títulos de las obras y el modo de citarlas.

- JUAN ANTONIO WIDOW. Licenciado en Filosofía, Universidad Católica de Valparaíso. Doctor en Filosofía, Universidad Complutense de Madrid. Profesor de Teoría Política y Metafísica en la Universidad Católica de Valparaíso y en la Universidad Adolfo Ibáñez. Director de la revista Philosophica, del Instituto de Filosofía de la U. Católica de Valparaíso. Autor de numerosos artículos en revistas especializadas y del libro El animal político (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1984 [segunda edición 1981].

I. LA CIENCIA POLÍTICA

Exposición sobre los diez libros Éticos a Nicómaco, de Aristóteles,
libro I, lección 1 (parágrafos 1 al 6):

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22 de enero de 2011

Biografía de Santo Tomás de Aquino (8 y último)










por Gilbert K. Chesterton

Tomado de La Editorial Virtual












VIII – El Complemento a Santo Tomás

on frecuencia se dice que Santo Tomás, a diferencia de San Francisco, no permitió en su obra el indescriptible elemento de la poesía. Como, por ejemplo, que hay escasas referencias a cualquier placer en las flores y frutos reales de las cosas naturales, frente a cualquier cantidad de preocupación respecto de las raíces enterradas de la naturaleza. Y sin embargo, confieso que, leyendo su filosofía, he tenido una impresión, muy peculiar y poderosa, análoga a poesía. De un modo bastante curioso, de alguna forma es más análoga a la pintura y recuerda mucho la impresión que producen los mejores pintores modernos cuando arrojan una extraña y casi cruda luz sobre objetos austeros y rectangulares, o cuando parecen estar tanteando más que tratando de asir los pilares mismos de la mente subconsciente. Probablemente esto es porque en su obra hay una cualidad que es primitiva – en el mejor sentido de una palabra muy mal utilizada – pero, de cualquier manera que sea, el placer, definitivamente, no es sólo de la razón sino también de la imaginación.

Quizás la impresión está relacionada con el hecho que los pintores trabajan con cosas reales y sin palabras. Un artista dibuja bastante seriamente las grandes curvas de un cerdo porque no está pensando en la palabra “cerdo”. No hay ningún pensador que esté tan inconfundiblemente pensando acerca de cosas sin dejarse engañar por la influencia indirecta de las palabras como Santo Tomás de Aquino. Es cierto que, en ese sentido, no posee la ventaja de las palabras en un grado mayor que la desventaja de las palabras. En esto se diferencia nítidamente de, por ejemplo, San Agustín que fue, entre otras cosas, un ingenioso. También fue una especie de poeta en prosa, con un poder sobre las palabras en su aspecto emocional y ambiental, de tal modo que sus libros abundan en hermosos pasajes que resuenan en la memoria como compases de música; como el illi in vos saeviant; o bien la inolvidable exclamación. “¡Tarde te he amado, oh antigua belleza!” Es cierto que hay poco y nada de esta clase en Santo Tomás; pero si bien careció de la utilización más elevada de la pura magia de las palabras, también estuvo libre de su abuso, como el de los artistas meramente sentimentales o egocéntricos que pueden volverse tan sólo enfermizos y adeptos a una magia negra, por cierto. Y en verdad, es a través de alguna de estas comparaciones con el intelectual puramente introspectivo que podemos hallar una pista acerca de la real naturaleza de la cosa que describo, o más bien fracaso en describir. Me refiero a la poesía elemental y primitiva que brilla a través de todos sus pensamientos; y especialmente a través del pensamiento con el cual comienza todo su pensar. Es la intensa exactitud de su sentido de la relación que existe entre la mente y la cosa real fuera de la mente.

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Para leer el capítulo completo haga click sobre este enlace.

18 de enero de 2011

Biografía de Santo Tomás de Aquino (7)











por Gilbert K. Chesterton

Tomado de La Editorial Virtual











VII – La Filosofía Permanente


s una pena que la palabra Antropología se haya degradado hasta significar el estudio de los antropoides. En la actualidad ya está asociada a riñas entre profesores de la prehistoria (en más de un sentido) sobre si una astilla de piedra es el diente de un hombre o de un mono; cosa que a veces se resuelve como en aquél famoso caso en que resultó ser el diente de un cerdo. Está muy bien que exista una ciencia puramente física de estas cosas; pero la denominación comúnmente utilizada bien hubiera podido estar dedicada, por analogía, a cosas no sólo más amplias y profundas sino algo más relevantes. Así como en Norteamérica los nuevos humanistas le han señalado a los antiguos humanitarios que su humanitarismo estuvo en gran medida concentrado en cosas que no son especialmente humanas – tales como condiciones físicas, deseos, necesidades económicas, medioambiente y etc. – del mismo modo, en la práctica, quienes se llaman antropólogos tienen que estrechar sus mentes para dedicarse a cosas materiales que no son notablemente antrópicas. Tienen que salir de caza por la Historia y la Prehistoria para atrapar algo que decididamente no es un Homo Sapiens, pero que de hecho siempre es considerado como un Simius Insipiens. El Homo Sapiens sólo puede ser considerado en relación con la Sapientia y sólo un libro como el de Santo Tomás está realmente dedicado a la idea intrínseca de Sapientia. En resumen: debería existir un verdadero estudio llamado antropología, concordante con la teología. En este sentido, Santo Tomás de Aquino, es, quizás más que otra cosa, un gran antropólogo.

Pido disculpas por las palabras iniciales de este capítulo a todos esos excelentes y eminentes hombres de ciencia que están dedicados al real estudio de la humanidad en su relación con la biología. Pero me imagino que serán los últimos en negar que, en la ciencia popular, ha habido una disposición algo desproporcionada a convertir el estudio de los seres humanos en el estudio de los salvajes. Y el salvajismo no es Historia; o bien es el comienzo de la Historia, o bien es su fin. Sospecho que los más grandes científicos estarán de acuerdo en que demasiados profesores se han perdido en la selva o en la jungla; profesores que quisieron estudiar antropología y nunca pasaron más allá de la antropofagia. Pero tengo un motivo en particular para iniciar esta sugerencia de la necesidad de una más elevada antropología con un pedido de disculpas a los genuinos biólogos que pueden parecer estar incluidos – pero que ciertamente no lo están – por esta protesta en contra de la ciencia popular barata. Porque lo primero que hay que decir de Santo Tomás como antropólogo es que realmente es como el mejor de la clase de los biólogos modernos dedicados a la antropología; es decir: es de la clase que se autodenominaría como agnóstica. Este hecho es un punto de inflexión en la Historia, tan nítido y decisivo, que la historia realmente necesita ser recordada y registrada.

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14 de enero de 2011

Biografía de Santo Tomás de Aquino (6)











por Gilbert K. Chesterton

Tomado de La Editorial Virtual











VI - Aproximación al Tomismo


l hecho que el tomismo sea la filosofía del sentido común es, en si mismo, una cuestión de sentido común. No obstante, esto requiere cierta explicación porque por demasiado tiempo hemos tomado estas cuestiones en un sentido muy poco común. Para bien o para mal, Europa desde la Reforma – y más especialmente todavía Inglaterra desde la Reforma – ha sido en cierto peculiar sentido el hogar de la paradoja. Por sentido peculiar quiero decir que la paradoja se sentía como en su casa y que las personas se sentían cómodas con ella. El ejemplo más familiar es la fanfarronada inglesa sobre que los ingleses son prácticos porque no son lógicos. A un griego de la antigüedad, o a un chino, esto le parecería exactamente igual a decir que los oficinistas de Londres son buenos para sumar las columnas de sus libros contables porque no son exactos en aritmética. Pero la clave no reside en que ésa es una paradoja sino en que la paradoja ha devenido en ortodoxia; en que las personas descansan sobre una paradoja tan plácidamente como sobre un lugar común. No es que la persona práctica esté parada de cabeza – algo que a veces puede llegar a ser una gimnasia estimulante aunque sorprendente – es que descansa sobre su cabeza y hasta duerme de cabeza. Y esto es un detalle importante porque la función de la paradoja es la de despertar la mente. Tómese una buena paradoja, como aquella de Oliver Wendell Holmes: “Dadnos los lujos de la vida y renunciaremos a las necesidades.” Es divertida y por lo tanto llamativa; tiene un aire de desafío; contiene una verdad real aunque romántica. Es, en su totalidad, parte de la broma que se expresa casi bajo la forma de una contradicción en los términos. Pero la mayoría de las personas estará de acuerdo en que existiría un considerable peligro en fundamentar todo el sistema social sobre la noción de que las necesidades no son necesarias; como que algunos han basado toda la Constitución Británica sobre la noción de que el sinsentido siempre terminará funcionando como un sentido común. Aunque, incluso en esto, se puede decir que el odioso ejemplo se ha difundido y que el sistema industrial moderno realmente nos dice: “Dadnos lujos tales como el jabón perfumado y renunciaremos a necesidades tales como el trigo”.

Hasta aquí todo eso es familiar, pero lo que ni siquiera ahora se ha percibido es que no solamente la política práctica sino que también las filosofías abstractas del mundo moderno han sufrido esta extraña tergiversación. Desde que el mundo moderno comenzó allá por el Siglo XVI, nadie formuló un sistema filosófico que realmente se haya correspondido con el sentido de realidad de todo el mundo; con eso que las personas comunes, abandonadas a sí mismas, llamarían sentido común. Cada uno de estos sistemas comenzó con una paradoja; con un punto de vista peculiar que demandaba el sacrificio de lo que sería el punto de vista cuerdo. Eso es lo único que tienen en común Hobbes y Hegel, desde Kant y Bergson hasta Berkeley y William James. Una persona tenía que creer algo que no creería ninguna persona normal si ese algo le fuese planteado a su simplicidad; como que la ley está por encima del derecho, o que el derecho está fuera de la razón, o que las cosas son tan sólo como las pensamos, o que todo es relativo a una realidad que ni siquiera existe. El filósofo moderno alega, como irradiando confianza, que una vez que le concedamos esto, el resto será fácil; que él enderezará al mundo si se le permite retorcer la mente tan sólo una vez.

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11 de enero de 2011

Biografía de Santo Tomás de Aquino (5)








por Gilbert K. Chesterton

Tomado de La Editorial Virtual















V. La verdadera vida de Santo Tomás

n este punto, aun en este bosquejo tan burdo y superficial sobre un gran santo está implícita la necesidad de escribir algo que no puede concordar con el resto; es lo único importante de escribir e imposible de escribir. Un santo puede ser cualquier clase de hombre, con una cualidad adicional que es a la vez única y universal. Podríamos incluso decir que lo único que distingue a un santo de un hombre común es su disposición a ser como los hombres comunes. En este sentido, la palabra “común” debe entenderse en su significado natural y noble, ligado al concepto del orden comunitario. Un santo está por lejos más allá de cualquier deseo de distinguirse; es la única clase de hombre superior que jamás ha sido una persona superior. Mas todo esto surge de un gran hecho central, que el santo no condesciende en llamar privilegio pero que es, en su misma naturaleza, una especie de privacidad y en ese sentido casi una forma de propiedad privada. Como con toda sana propiedad privada, el santo se da por satisfecho con tenerla; no desea limitar el número de personas que la tienen. Trata siempre de ocultarla por una especie de buenos modales celestiales y Tomás de Aquino trató de ocultarla más que la mayoría. Para llegar a ella, en la medida en que nos sea posible llegar, lo mejor será comenzar por los estratos superiores y llegar a lo que hubo adentro desde lo que fue más visible por fuera.

La presencia física de Santo Tomás de Aquino es, en realidad, más fácil de resucitar que la de muchos otros que vivieron antes de la época en que se comenzaron a pintar retratos. Se ha dicho que en su aspecto o porte físico había poco de italiano; pero me imagino que esto, en el mejor de los casos, es una comparación inconsciente entre Santo Tomás y San Francisco y, en el peor de ellos, sólo una comparación entre él y la superficial leyenda sobre alegres organilleros y vendedores de helado exagerados. No todos los italianos son alegres organilleros y muy pocos son parecidos a San Francisco. Una nación nunca es un tipo; casi siempre es una mezcla de dos o tres tipos más o menos identificables por sus rasgos generales. Santo Tomás fue de un cierto tipo que no es demasiado común en Italia, como que es común en italianos poco comunes.

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6 de enero de 2011

Biografía de Santo Tomás de Aquino (4)










por Gilbert K. Chesterton


Tomado de La Editorial Virtual













IV. Una meditación sobre los Maniqueos

ay una anécdota casual acerca de Santo Tomás de Aquino que lo ilumina como el destello de un rayo, no sólo por fuera sino también por dentro. Es que lo muestra no sólo como un personaje – y hasta como un personaje de comedia – mostrando la coloración de su período y su trasfondo social sino que, al menos por un instante, hace una radiografía de su mente. Es un incidente trivial que ocurrió un día en que, a regañadientes, consintió en que lo arrastraran lejos de su trabajo; casi podríamos decir que lejos de su juego. Porque hallaba trabajo y diversión en el inusual pasatiempo de pensar, que para algunas personas es algo mucho más intoxicante que tomar. Había declinado cualquier cantidad de invitaciones sociales a la corte de reyes y príncipes, no porque fuese huraño – cosa que no era – sino porque siempre estaba ardiendo con los realmente gigantescos planes de exposición y discusión que llenaban su vida. En una famosa ocasión, sin embargo, fue invitado a la corte del rey Luis IX de Francia, más conocido como el famoso San Luis, y por alguna razón las autoridades dominicas de la Orden le dijeron que acepte, lo cual hizo inmediatamente puesto que era un fraile obediente hasta en sueños, o mejor dicho hasta en su permanente trance de reflexiones.

A la hagiografía oficial se le puede hacer válidamente la acusación de tener a veces la tendencia a hacer aparecer a los santos como si fuesen todos iguales. Eso a pesar de que no hay personas más diferentes entre si que los santos. Ni siquiera los asesinos difieren más entre ellos. Y difícilmente puede haber habido un contraste mayor, dejando de lado lo esencial de la santidad, que el existente entre Santo Tomás y San Luis. San Luis había nacido caballero y rey; pero era una de esas personas en las que cierta simplicidad, combinada con coraje y energía, les permite cumplir directa y rápidamente cualquier tarea o función, por más oficial que sea, de un modo natural y, en cierto sentido, con facilidad. Fue un hombre en el cual lo santo y lo sano no se combatían; y ambas virtudes se traducían en acción. No era amigo de pensar mucho, en el sentido de teorizar mucho. Pero, aun en el ámbito de la teoría, poseía una especie de presencia de ánimo característico del raro hombre realmente práctico forzado a pensar. Nunca dijo algo incorrecto y fue ortodoxo por instinto. En el antiguo proverbio acerca de reyes que son filósofos o filósofos que son reyes hay cierto error de cálculo relacionado con un misterio que sólo el cristianismo pudo revelar. Porque, si bien para un rey es posible desear fuertemente ser un santo, para un santo no es posible desear fuertemente ser un rey. Un buen hombre difícilmente esté constantemente soñando con ser un gran monarca; pero la liberalidad de la Iglesia es tal que no puede prohibirle, ni siquiera a un gran monarca, el sueño de ser un buen hombre. Luis fue una persona directa y militar a la que no le importó mayormente ser un rey, como que tampoco le hubiera importado ser un capitán o un sargento, o cualquier otro rango, en su ejército. Ahora bien, a un hombre como Santo Tomás categóricamente no le hubiera gustado ser rey, o quedar enredado en la pompa y en la política de los reyes. No sólo su humildad sino también una especie de fastidio subconsciente y esa fina aversión por la futilidad que con frecuencia es dado hallar en las personas apacibles y cultas, le hubieran impedido tomar contacto con las complejidades de la vida cortesana. Además, durante toda su vida se cuidó de quedar al margen de la política; y en ese momento no había un símbolo político más evidente y en cierta forma más provocador, que el poder del Rey en París.

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3 de enero de 2011

Biografía de Santo Tomás de Aquino (3)











por Gilbert K. Chesterton


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III - La Revolución Aristotélica


lberto el suabo, con justa razón llamado El Grande, fue el fundador de la ciencia moderna. Hizo más que ninguna otra persona para preparar ese proceso que convirtió al alquimista en químico y al astrólogo en astrónomo. Es curioso como, habiendo sido en su tiempo y en este sentido casi el primer astrónomo, figura ahora en la leyenda como el último astrólogo. Los historiadores serios están abandonando la absurda noción en cuanto a que la Iglesia medieval persiguió a todos los científicos acusándolos de brujería. La verdad es casi lo opuesto. A los científicos, el mundo a veces los persiguió por brujos; y a veces corrió detrás de ellos por brujos, que es una forma de seguirlos contraria a perseguirlos. Únicamente la Iglesia los consideró real y exclusivamente como científicos. Más de un clérigo investigador fue acusado de simple magia al hacer sus lentes y sus espejos; pero fue acusado por sus ignorantes y rústicos vecinos, y probablemente hubiera sido acusado exactamente de la misma manera si estos vecinos hubiesen sido paganos, puritanos, o adventistas del séptimo día. Pero aun así tenía mejores probabilidades de ser absuelto siendo juzgado por el papado que siendo simplemente linchado por los laicos. El pontífice católico no denunció a Alberto Magno por practicar la magia. Fueron las semipaganas tribus del Norte las que lo admiraron como a un mago. Son las semipaganas tribus de las ciudades actuales, los lectores de libros baratos de interpretación de sueños y panfletos de charlatanería, son los profetas periodísticos los que todavía lo admiran por astrólogo. Se admite que el alcance de sus conocimientos documentados, de hechos estrictamente materiales y mecánicos, fue asombroso para un hombre de su tiempo. Es cierto que, en la mayoría de los demás casos, existió cierta limitación en cuanto a los datos disponibles a la ciencia medieval, pero eso por cierto que no tuvo nada que ver con la religión medieval. Por de pronto, los datos de Aristóteles y de la gran civilización griega en muchos sentidos fueron más limitados todavía. Y en última instancia lo esencial no es tanto una cuestión de acceso a los hechos sino de la actitud frente a los hechos. La mayoría de los eruditos, informados por los únicos informantes que tenían de que un unicornio tiene solamente un cuerno o que una salamandra vive en el fuego, utilizaron eso más como una ilustración de la lógica que como un incidente de la vida. Lo que realmente dijeron fue: “Si un unicornio tiene un sólo cuerno, dos unicornios tienen la misma cantidad de cuernos que una vaca.” Y eso no dejó ni por un ápice de ser cierto debido al hecho que el unicornio es una fabulación. Pero con Alberto Magno durante el Medioevo, al igual que con Aristóteles durante la Edad Antigua, lo que comenzó fue algo así como un poner énfasis en la pregunta: “¿Tiene el unicornio un sólo cuerno o la salamandra un fuego en lugar de un hogar?” Sin duda alguna, cuando los límites sociales y geográficos de la vida medieval comenzaron a permitir la exploración del fuego en busca de salamandras o los desiertos en busca de unicornios, las personas tuvieron que modificar muchas de sus ideas científicas. Los hechos los expusieron a la misma clase de burla que hoy existe por parte de toda una generación de científicos que acaban de descubrir que Newton no tiene sentido, que el espacio es limitado y que el átomo no existe.

Este gran alemán, conocido durante su período de mayor fama como profesor en París, fue durante un tiempo profesor en Colonia. En aquella hermosa ciudad romana se congregaron a su alrededor cientos de amantes de esa extraordinaria vida que fue la vida estudiantil de la Edad Media. Se juntaban en grandes grupos llamado naciones; y el hecho ilustra muy bien la diferencia entre el nacionalismo medieval y el moderno. Porque, si bien cualquier mañana podía haber una gresca entre los estudiantes españoles y los estudiantes escoceses, o entre los flamencos y los franceses, y si bien podían centellear espadas y podían volar piedras por los más puramente patrióticos principios, a pesar de todo ello sigue siendo un hecho que todos habían concurrido a la misma escuela para aprender la misma filosofía. Y, si bien eso pudo no haber impedido el iniciar una pelea, pudo no obstante haber tenido bastante que ver con cómo terminarla. Ante estos variopintos grupos de hombres procedentes de todos los rincones de la tierra, el padre de la ciencia desenrolló su rollo de rara sabiduría acerca del sol y los cometas, los peces y los pájaros. Era un aristotélico desarrollando, por decirlo así, la única sugerencia experimental de Aristóteles; y en esto fue enteramente original. Se preocupó menos de ser original en las cuestiones más profundas relativas a los seres humanos y a la moral. En cuanto a ellas se limitó a enseñar un aristotelismo decente y cristiano. En cierto sentido hasta estuvo dispuesto a hacer un compromiso en la cuestión meramente metafísica planteada por los nominalistas y los realistas. Nunca hubiera sostenido él sólo la gran guerra que se cernía por un cristianismo equilibrado y humanizado; pero cuando la guerra llegó se puso enteramente de su parte. A Alberto Magno lo llamaron Doctor Universal por el alcance de sus estudios científicos pero, en realidad, fue un especialista. La leyenda popular nunca está del todo equivocada; si un científico es un mago, él lo fue. Es que el hombre de ciencia siempre ha sido más mago que el sacerdote desde el momento en que su objetivo es “controlar los elementos” en lugar de someterse al Espíritu, que es más elemental que los elementos.

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30 de diciembre de 2010

Biografía de Santo Tomás de Aquino (2)







por Gilbert K. Chesterton


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II El Abate Fugitivo

omás de Aquino, de un modo extraño y simbólico, procedía del mismo centro del mundo civilizado de su tiempo; del nudo o espiral de poderes que en ese momento controlaban a la cristiandad. Está relacionado con todos ellos; incluso con algunos que podrían muy fácilmente ser descriptos como destructores de la cristiandad. Para él, toda la controversia religiosa, toda la controversia internacional, fue una controversia de familia. Nació en la púrpura, casi literalmente en la cima de la púrpura imperial desde el momento en que su propio primo era el Emperador del Sacro Imperio. Podría haber colocado a la mitad de los reinos de Europa en su escudo – si no hubiera arrojado ese escudo a un lado. Fue italiano, francés y alemán; y europeo en todo sentido. Por un lado heredó la energía inherente al episodio de los Normandos cuyas extrañas campañas organizadoras sonaron y tamborilearon como nubes de flechas por todos los rincones de Europa; con una de ellas siguiendo al Duque Guillermo, lejos, hacia el norte, a través de las cegadoras nieves de Chester mientras la otra, siguiendo senderos griegos y púnicos, llegaba a través de la isla de Sicilia hasta las puertas de Siracusa. Otro lazo de sangre lo unía a los grandes emperadores del Rin y del Danubio que proclamaban portar la corona de Carlomagno. El rojo Barbarroja, que duerme bajo el caudaloso río, fue su tío abuelo y Federico II, el “Maravilla del Mundo”, su primo segundo. Y, sin embargo, cien lazos más íntimos lo ataban a la intensa vida interior, a la vivacidad local, a las pequeñas naciones amuralladas y a los miles de santuarios de Italia. Habiendo heredado un parentesco físico con el Emperador, sostuvo, por lejos con mayor firmeza, un parentesco espiritual con el Papa. Entendió el significado de Roma y el sentido en que Roma continuaba gobernando al mundo; y no se inclinó a pensar que los emperadores alemanes de su tiempo conseguirían ser realmente romanos desafiando a Roma; como que tampoco lo habían conseguido los emperadores griegos de una época anterior. A este entendimiento cosmopolita desde su posición heredada le añadió luego muchas cosas propias que contribuyeron al entendimiento mutuo entre los pueblos y le dieron algo del carácter de un embajador y de un intérprete. Viajó mucho; no sólo fue bien conocido en París y en las universidades alemanas sino que, casi con certeza, visitó Inglaterra; probablemente fue a Oxford y a Londres; y se ha comentado que podríamos estar siguiendo sus pasos y los de sus acompañantes dominicos cuando bajamos al río hasta la estación de ferrocarril que todavía hoy lleva el nombre de Black-friars [15] Pero la verdad se aplica tanto a los viajes de su mente como a los de su cuerpo. Estudió la literatura de hasta los adversarios del cristianismo con mucha más atención e imparcialidad que lo acostumbrado en su época; realmente trató de comprender el aristotelismo árabe de los musulmanes y escribió un tratado muy humano y razonable sobre el problema del trato a los judíos. Siempre intentó verlo todo desde adentro, aunque ciertamente tuvo la suerte de haber nacido en el interior del sistema político y de la alta política de sus días. Lo que pensó de todos ellos podrá quizás ser inferido del próximo capítulo de su historia.

Santo Tomás podría así representar muy bien al Hombre Internacional, tanto como para pedir prestado el título de un libro moderno [16]. Pero sería justo recordar que vivió en una época internacional; en un mundo que fue internacional en un sentido no sugerido por ningún libro moderno ni por ninguna persona moderna. Si recuerdo bien, el candidato moderno para el puesto de El Hombre Internacional fue Cobden, que fue un hombre casi anormalmente nacional, estrechamente nacional; un sujeto muy refinado pero alguien a quien es difícil imaginar moviéndose en otra parte que no sea entre Midhurst y Manchester. Tuvo una política internacional y se dedicó a viajes internacionales; pero si siempre permaneció siendo una persona nacional ello fue porque siguió siendo una persona normal; y eso fue lo normal en el Siglo XIX. Pero no lo fue en el XIII. En ese siglo, una persona de la influencia internacional de Cobden casi hubiera podido ser alguien de nacionalidad internacional. Los nombres de naciones, ciudades y lugares de origen no tenían entonces esa connotación de profunda división que es la característica del mundo moderno. A Tomás de Aquino, siendo estudiante, le pusieron el sobrenombre de “el buey de Sicilia”, a pesar de que su lugar de nacimiento está cerca de Nápoles, y esto no le impidió a la ciudad de París considerarlo simple y concretamente como parisino porque había sido una gloria de la Sorbona, a tal punto que la ciudad propuso enterrar sus huesos allí cuando falleciera. O bien, para mencionar un contraste más obvio con los tiempos modernos, considérese lo que se entiende en el lenguaje moderno por “profesor alemán”. Y después téngase presente que el más grande de todos los profesores alemanes, Alberto Magno, fue también una de las glorias de la Universidad de París y fue en París que Aquino lo conoció. Imaginen un moderno profesor alemán que se hace famoso en toda Europa por la popularidad de sus clases en París.

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28 de diciembre de 2010

Biografía de Santo Tomás de Aquino (1)






por Gilbert K. Chesterton


Tomado de La Editorial Virtual
















Nota Introductoria

ste libro no tiene más pretensión que la de ser un esquema popular de una gran personalidad histórica que debería ser más popular. Su objetivo estará cumplido si lleva a quienes apenas si han escuchado algo sobre Santo Tomás de Aquino a leer acerca de él en libros mejores. Pero de esta limitación necesaria se desprenden ciertas consecuencias que, quizás, deberían estar permitidas tratar desde el comienzo.

En primer lugar, se desprende que la historia está contada en gran medida para quienes no son de la comunión de Santo Tomás y pueden estar interesados en él del mismo modo en que yo puedo interesarme por Confucio o por Mahoma. No obstante, por el otro lado, la necesidad de presentar un perfil claramente delineado implicó la necesidad de internarse en los perfiles del pensamiento de quienes pueden pensar de un modo diferente. Si escribo un bosquejo de Nelson principalmente para extranjeros, puedo tener que explicar en forma detallada muchas cosas que todos los ingleses ya saben y, probablemente, tendré que dejar de lado, en aras de la brevedad, muchos detalles que a muchos ingleses les gustaría saber. Pero, por el otro lado, sería difícil escribir una narración muy vívida y emocionante de Nelson ocultando, por completo y al mismo tiempo, el hecho que peleó contra los franceses. Sería fútil hacer un bosquejo de Santo Tomás y ocultar el hecho que peleó contra herejes; y, sin embargo, el hecho en sí puede volver difícil el propósito mismo para el cual se lo emplea. Sólo puedo expresar mi esperanza, y por cierto mi confianza, en que quienes me consideran un hereje difícilmente me reprocharán por expresar mis propias convicciones, y por cierto que no lo harán por expresar las convicciones de mi héroe. Hay solamente un punto en que una cuestión como ésa atañe a esta muy simple narración. Es la convicción – que he expresado una o dos veces a lo largo de la misma – de que el cisma del Siglo XVI no fue en realidad sino la tardía revuelta de los pesimistas del Siglo XIII. Fue un rebrote del antiguo puritanismo agustino contra la liberalidad aristotélica. Sin ello no podría yo colocar mi figura histórica en la Historia. Pero todo esto no tiene más intención que la de ser el rápido bosquejo de una figura en un paisaje y no un paisaje con figuras.

En segundo lugar se desprende que en una simplificación como ésta difícilmente pueda decir mucho del filósofo aparte de mostrar que tenía una filosofía. Para decirlo de algún modo, sólo he dado algunas muestras de esa filosofía. Y, por último, se desprende que resulta prácticamente imposible tratar la teología en forma adecuada. Una dama que conozco tomó un libro con una selección de pasajes comentados de Santo Tomás y comenzó esperanzada a leer una sección que llevaba el inocente título de “La Simplicidad de Dios”. Terminó dejando el libro con un suspiro diciendo: “Bueno, si ésa es Su simplicidad, me pregunto cómo será Su complejidad”. Con todo el respeto que me merece ese excelente comentario tomista, no deseo que este libro sea puesto a un lado luego de la primer ojeada con un suspiro similar. He asumido el punto de vista que la biografía es una introducción a la filosofía, y que la filosofía es una introducción a la teología; y que sólo puedo conducir al lector justo hasta pasar la primera etapa del relato.

En tercer lugar no he creído necesario tener en cuenta a esos críticos que, de tanto en tanto, adulan desesperadamente a la tribuna reimprimiendo párrafos de la demonología medieval con la esperanza de horrorizar al público moderno tan sólo con un lenguaje poco familiar. He dado por supuesto que las personas cultas saben que Aquino y sus contemporáneos – y todos sus adversarios durante los siglos posteriores – creían por cierto en demonios y en hechos similares, pero no he creído que valía la pena mencionarlos aquí por la simple razón de que no contribuyen a destacar o a distinguir el retrato. En todo eso no hubo disidencias entre teólogos protestantes o católicos durante todos los cientos de años en que existió teología en absoluto; y Santo Tomás no se destaca por sostener esos puntos de vista, excepto por sostenerlos más bien de un modo moderado. No he discutido cuestiones como ésa, no porque tenga alguna razón para ocultarlas, sino porque de ningún modo conciernen a esa persona que aquí es mi objetivo presentar. De todos modos, difícilmente haya espacio en un marco como ése para una figura como ésta.

I - Sobre dos frailes

Séame permitido anticipar un comentario nombrando a una notoria personalidad que irrumpe por dónde hasta los ángeles del Doctor Angélico podrían tener temor de transitar. Hace algún tiempo escribí un pequeño libro del tipo y forma de éste sobre San Francisco de Asís; y tiempo después (ya no sé ni cuando ni cómo, según dice la canción, y por cierto que no sé por qué) prometí escribir un libro del mismo tamaño, o de la misma brevedad, sobre Santo Tomás de Aquino. La promesa fue franciscana sólo en su temeridad; y el paralelo estuvo lejos de ser tomista en su lógica. Se puede hacer un bosquejo de San Francisco; pero de Santo Tomás sólo se puede hacer un plano como el de una ciudad laberíntica. Y aun así, en cierto sentido, Santo Tomás podría caber en un libro mucho más extenso o en uno mucho más breve. Lo que realmente sabemos de su vida podría ser tratado con razonable justicia en unas pocas páginas; porque no desapareció, como San Francisco, en una profusión de anécdotas personales y leyendas populares. Por el contrario, lo que sabemos, o podríamos saber, o eventualmente tendríamos la suerte de aprender de su trabajo, probablemente llenará más bibliotecas en el futuro que las que llenó en el pasado. Fue lícito bosquejar a San Francisco en un esbozo; pero en el caso de Santo Tomás todo depende del llenado del esbozo. De algún modo fue hasta medieval el iluminar una miniatura del Poverello cuyo mismo título es un diminutivo. Pero el hacer un digesto, en forma condensada, del Buey Mudo de Sicilia excede todos los intentos compilatorios en cuanto a tratar de poner un buey dentro de una taza de té. Pero debemos tener fe en que es posible hacer un esbozo biográfico, ahora que cualquiera parece ser capaz de escribir un esbozo de la Historia, o bien un esbozo de cualquier cosa. Sólo que en el presente caso, la talla del esbozo es más bien de dimensiones sobredimensionadas. El hábito que podría contener al colosal fraile no figura en el inventario.

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