
Tomado de Centro Pieper
[Tomado de “La Filosofía”, Alberto Caturelli, Editorial Gredos, Madrid, 1977]

******************************************************
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del autor.



n cualquiera ciencia hay un punto de partida no sujeto al raciocinio. Lo percibe el entendimiento sin otra operación que la meramente intuitiva. Afirma entonces, lo que ve porque lo ve, no por otra evidencia que le sirva para afirmar lo que súbitamente no viera.
Afirmar, sin embargo, lo que se ve, meramente porque se ve, no es conocer perfectamente una cosa. Esta plenitud de conocimiento por la intuición no es propia de la naturaleza humana, sino de la angélica, la cual posee uno total de la verdad intangible sin necesidad de discurrir de una noción a otra para completar un primero imperfecto. El hombre, en cambio, perfecciona sus conocimientos –es decir, elabora las ciencias– pasando de una cosa conocida a otra desconocida por medio del raciocinio. Hay, pues, en éste un movimiento que como toda mutación, debe partir de algo inmóvil. En nuestra potencia intelectiva se advierten, en consecuencia, dos operaciones distintas: una la mera percepción de algunas cosas, o sea el simple entendimiento de ellas; y otra, el proceso por el cual las así entendidas nos conducen mediante el raciocinio a las investigadas o inventadas. Ello pone de resalto que los conocimientos entendidos, aun siendo de orden distinto que los conocimientos discursivos, proceden de la misma potencia espiritual; y que tanto unos como otros son indispensables en la elaboración científica, al punto de que ésta sería imposible sin los primeros.
En los tiempos modernos es de absoluta necesidad dar el debido relieve a este resultado de la observación psicológica. No hay ciencia humana alguna, no puede haberla, sin la aceptación previa de ciertos conocimientos cuya verdad no puede ser comprobada. Quienes pretendan fundarla sobre principios sujetos en totalidad al raciocinio no saben lo que se dicen o dicen lo contrario de lo que saben. Hay un limite a la facultad crítica del hombre, a su avidez de justificación de todo lo que corre con el sello de la verdad, y ese límite se halla en los conocimientos intuitivos que llevan en sí mismos claridad tan adecuada a la naturaleza del entendimiento humano, que para que éste los perciba le basta su simple presencia. Por ello se denominan en toda ciencia las primeras verdades.
*****
BC” publicó un artículo de Luis Racionero bajo el título “El origen de los valores”. Según su autor, toda sociedad histórica ha tratado de fundamentar los valores y normas morales y jurídicas vigentes en ella en una instancia superior metafísica que, en la Europa anterior al siglo XIX, fue siempre la religión cristiana. El que mandaba y el que reprimía u ordenaba su conducta lo hacía siempre, no por un simple imperativo jurídico humano, sino porque tal era la voluntad de Dios reflejada en el orden natural. Durante siglos —dice Racionero— “el cristianismo logró ordenar el individualismo bárbaro bajo la férula de la cristiandad, imponiendo unos valores tomados de la Biblia y de los Evangelios, sancionados por las penas del infierno o los deleites del paraíso, y, si esto no bastaba, por la Inquisición y el brazo secular a sus órdenes”.

Multitud de religiones.
Profundo misterio que aquí se envuelve. Los católicos reconocen y lamentan este daño mucho más que todos los sectarios. Explicación del principio «quod nimis probat nihil probat», lo que prueba demasiado no prueba nada. Aplicación de este principio a la dificultad presente. Reglas de prudencia que conviene no perder de vista. Motivos de la permisión divina. Fatales consecuencias del pecado del primer padre. Impotencia de la filosofía en la explicación de los misterios del hombre.
Voy a pagar, mi estimado amigo, la deuda que en mi anterior contraje, de responder a la dificultad que V. me proponía, relativa a la permisión de Dios sobre tantas y tan diferentes religiones. Éste es uno de los argumentos que sin cesar producen los enemigos de la religión, y que suelen proponer con tal aire de seguridad y de triunfo, como si él solo bastara a echarla por tierra. No se crea que trate yo de desvanecer la dificultad, eludiendo el mirarla cara a cara, ni de disminuir su fuerza presentándola cubierta con velos que la disfracen; muy al contrario, opino que el mejor modo de desatarla es ofrecerla en toda su magnitud. Añadiré, además, que no niego que haya en esto un misterio profundo, que no me lisonjeo de señalar razones del todo satisfactorias en esclarecimiento de la objeción indicada, pues estoy íntimamente convencido de que éste es uno de los incomprensibles arcanos de la Providencia, que al hombre no le es dado penetrar. Me parece, no obstante, que les hace a muchos más mella de la que hacerles debiera; y tan distante me hallo de creer que en nada destruya ni debilite la verdad de la Religión Católica, que antes juzgo que en la misma fuerza de dicha dificultad podemos encontrar un nuevo indicio de que nuestra creencia es la única verdadera.
Es cierto que la existencia de muchas religiones es un mal gravísimo; esto lo reconocemos los católicos mejor que nadie, pues que somos los que sostenemos que no hay más que una religión verdadera, que la fe en Jesucristo es necesaria para la eterna salvación, que es un absurdo el decir que todas las religiones pueden ser igualmente agradables a Dios; y, por fin, los que tal importancia damos a la unidad de la enseñanza religiosa, que consideramos como una inmensa calamidad la alteración de uno cualquiera de nuestros dogmas. Por donde se ve que no es mi ánimo atenuar en lo más mínimo la fuerza de la dificultad ocultando la gravedad del mal en que estriba; y que a mis ojos es mayor este daño que no a los del mismo que me la ofrece. Nadie aventaja ni aun iguala a los católicos en confesar lo inmenso de esa calamidad del humano linaje; porque sus creencias los precisan a mirarla como la mayor de todas. Los que consideran como falsas todas las religiones, los que se imaginan que en cualquiera de ellas puede el hombre hacerse agradable a Dios y alcanzar la eterna salud, los que profesando una religión que creen única verdadera, no profesan el principio de la caridad universal sin distinción de razas, pueden contemplar con menos dolor esas aberraciones de la humanidad; pero esto no es dado a los católicos, para quienes no hay verdad ni salvación fuera de la Iglesia, y que, además, están obligados a mirar a todos los hombres como hermanos, y desearles en lo íntimo del corazón que abran los ojos a la luz de la fe, y que entren en el camino de la salud eterna. Bien se echa de ver que no trato, como suele decirse, de huir el cuerpo a la dificultad, y que antes procuro pintarla con vivos colores. Ahora voy a examinar su valor, presentándola desde un punto de vista en que por desgracia no se la considera comúnmente.
****
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del autor.





Enviado por nuestra correponsal "extranjera" (casi me siento un director de un diario moderno), María Luz López Pérez, desde la España peninsular. (Señora, no me atosiguéis). ¿Les suena?
Carta I
Cuestiones importantes sobre el escepticismo.
Carácter de la autoridad ejercida por la Iglesia católica. La fe y la libertad de pensar. Vano prestigio de las ciencias. Un pronunciamiento científico. Naufragio de las convicciones filosóficas. Sistema para aliar cierto escepticismo filosófico con la fe católica. El escepticismo y la muerte. El escepticismo origen de un tedio insoportable. Es una de las plagas características de la época. Motivos de la permisión divina. La fe contribuye a la tranquilidad de espíritu.
Mi estimado amigo: Difícil tarea me ha deparado usted en su apreciada, hablándome del escepticismo: éste es el problema de la época, la cuestión capital, dominante, que se levanta sobre todas las demás, cual entre tenues arbustos el encumbrado ciprés. ¿Qué pienso del escepticismo; qué concepto formo de la situación actual del espíritu humano, tan tocado de esta enfermedad? ¿cuáles son los probables resultados que ha de acarrear a la causa de la religión? Todo esto quiere V. que le diga; a todas estas preguntas exige usted una respuesta cabal y satisfactoria; añadiéndome que «quizás de esta manera se esclarezcan algún tanto las tinieblas de su entendimiento, y se disponga a entrar de nuevo bajo el imperio de la fe».

Enviado por Aldo H. Delorenzi, (a quien agradecemos una vez más)
Tomo VI Catecismo compendiado Obispo Gaume 1882
LECCIÓN XXXVIII. CONSERVACIÓN Y PROPAGACIÓN DEL CRISTIANISMO. (SIGLOS XI Y XII). Pags 103 y ss
Óigase ahora una parte del ceremonial de su recepción, en el cual resplandece con una vehemencia é ingenuidad la más admirable aquel doble espíritu de fuerza y caridad que distingue a la Religión cristiana y que ella imprime a todas sus instituciones.
El postulante vestido de un largo ropón negro y de un manto acabado en punta, hincábase de rodillas al pié del altar con una antorcha encendida en la mano y una espada desenvainada que daba a bendecir al celebrante; habíase de antemano preparado con una confusión general y la sagrada Comunión.
El sacerdote después de rezar varias oraciones, rociando con agua bendita al caballero y la espada, le entregaba ésta, diciendo: “Recibe esta santa espada, en nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo, amen. Sírvete de ella para tu defensa, para la de la santa Iglesia de Dios, y para confusión de los enemigos de la cruz de Jesucristo y de la fe cristiana, y procura, en cuanto la humana fragilidad permite, nunca herir con ella injustamente.” Dicho esto la envainaba, y ciñéndosela al caballero, añadía: “Cíñete esta espada en nombre de Jesucristo, y acuérdate de que los Santos no tanto conquistaron reinos por las armas, cuanto por su acendrada fe”.
Entonces el caballero la desenvainaba, y el sacerdote seguía diciendo: “Esta espada en su brillo simboliza la fe, en su punta la esperanza, y en su pomo la caridad: empléala en servicio de la fe católica, y de la justicia, y de las viudas y pobres huérfanos. Ella es la verdadera fe y justificación de un caballero, pues la santificación consiste en ofrecer el alma a Dios y el cuerpo a los peligros en servicio suyo”; y mientras el mismo caballero blandía tres veces la espada, añadía:
“Esta triple acción de blandir la espada que tienes en la mano, significa que en nombre de la santísima Trinidad debes desafiar a todos los enemigos de la fe católica con esperanza de triunfo; así Dios te conceda esta gracia, amen”.
Los precedentes avisos y oraciones tienen un sentido tan profundo, que nos permitiremos recalcarlos con ligeras observaciones: el poder de la espada es el más terrible que los hombres conocen; la Religión antes de confiarlo a uno de sus hijos, quiere que sepa bien con qué espíritu, a qué fin y en qué casos debe hacer uso de él: ¿dónde se buscarán ceremonias mas instructivas y lecciones más interesantes?
Después presentaban y calzaban al caballero unas espuelas doradas, diciéndole: ¿Ves estas espuelas? ellas significan que así como las teme el caballo cuando se separa de la recta senda, igualmente tú debes temer desviarte de tu rango y de tus votos, y cometer iniquidad. Te las calzan doradas, porque el oro es el metal más rico y simboliza el honor”.
Venia en pos la recepción del manto de la Orden: el recipiente mostraba al profesante la cruz de ocho puntas impresas en su lado izquierdo, diciendo: Esta cruz la llevamos blanca en señal de pureza, debes llevarla también por dentro y fuera sin mancha ni borrón alguno.
Sus ocho puntas simbolizan las ocho bienaventuranzas que debes tener siempre en, tí, a saber:
1. disfrutar contento espiritual;
2. vivir sin malicia;
3. llorar los pecados;
4. humillarse ante las injurias;
5. amar la justicia;
6. ser misericordioso;
7. ser sincero y limpio de corazón;
8. sufrir las persecuciones.
Estas son otras tantas virtudes que has de grabar en tu corazón para consuelo y conservación de tu alma, a cuyo fin te encargo lleves abiertamente esta cruz cosida al lado izquierdo sobre el corazón sin dejarla jamás”.
Dicho esto le daba a besar la cruz y le echaba el manto sobre los hombros, añadiendo: “Toma esa cruz y este manto en nombre de la santísima Trinidad, para salud y reposo de tu alma, para aumento de la fe católica y defensa de todos los buenos cristianos, y en honra de nuestro Señor Jesucristo. Ponte la cruz al lado izquierdo, hacia la región del corazón, para que la ames perfectamente y la defiendas con tu mano derecha; y cuenta que no la abandones, pues ella es la verdadera enseña de nuestra Religión. Este manto que le echo encima, representa la vestidura de piel de camello que llevaba en el desierto nuestro patrono san Juan Bautista, y tú con recibirlo renuncias a las pompas y vanidades de la tierra. Úsalo en las ocasiones prescritas y procura que tu cuerpo sea amortajado con él.”
Sobre el manto había bordados en lienzo blanco los trofeos de la Pasión, y aludiendo a esto seguía diciendo el celebrante: “a fin de que pongas toda esperanza para la remisión de tus culpas en la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, hela aquí representada en este cordón con el que fue atado por los judíos; he aquí la corona de espinas; el pilar del azotamiento; la lanza con que fue traspasado; la esponja empapada en hiel y vinagre; los azotes; los cestos para dar limosna a los pobres y para recogerla cuando carecieres de bienes propios; la cruz de la crucifixión, cruz que te he puesto al hombro en memoria de la Pasión, y que servirá de regla para tu alma. Este yugo es muy ligero y suave, y en señal de la servitud que aceptaste, te ligo al cuello este cordón.”
El tal cordón era de seda, blanco ó negro. Así, de pies a cabeza, el caballero de la Religión leía a una vez en todos sus vestidos sus deberes, sus promesas y su vocación sublime, no pudiendo dar un paso, ni echar sobre si una mirada sin penetrarse de la elevada santidad y noble valor que debían distinguirle; y ¿qué galardón se le prometía en cambio de tamaños sacrificios?
He aquí las últimas palabras del recipiente: “Te hacemos a tí y a todos tus deudos partícipe de todos los bienes espirituales que se hacen ó se hicieren en nuestra Religión por toda la cristiandad”.
Estos valerosos caballeros, que por tantos siglos formaron con sus pechos unos baluartes vivos alrededor del pueblo cristiano, proporcionaron a la Iglesia el reposo necesario para ocuparse en la santificación de sus hijos y seguir dirigiéndolos hacia el cielo; y en verdad que este tiempo fue aprovechado.

por el Dr. Antonio Caponetto
A Santo Tomás de Aquino le debemos las sutiles distinciones entre venganza virtuosa y viciosa, así como el enunciado de las muchas causas por las que esta última tuerce la justicia, imposibilita la equidad y degrada tanto el honor de los hombres como el de las sociedades. Si lo que principalmente intenta el vengador —explica el Aquinate— es el mal de aquel de quien se venga y en él se complace, eso es totalmente ilícito, porque gozarse del mal de otro es odio, opuesto a la caridad. Ni vale el que alguien se excuse diciendo que intenta causar un daño a quien injustamente se lo causó a él, como tampoco queda uno excusado por odiar a quien lo odia. Pues no hay razón que justifique el que peque yo contra otro porque este primero pecó contra mí (“Suma Teológica”, IIa, IIae, q. 108, art. 1).

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Estoy indefenso porque es muy poderoso y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificarle los pies, que los tengo ya destrozados”. F. Kafka.
Señora mía, veo que no entendéis los tiempos presentes: lo hecho, hecho está, y procuradnos pues novedades porque sólo lo nuevo llama ya nuestra atención. J. W. Goethe (El Diablo, en Fausto).
La reacción vitalista y existencial con que se inició el siglo xx constituyó, sin duda, un importante paso hacia una visión coherente y verdadera del universo. El espiritualismo y el pensar metafísico que durante los últimos siglos se mantuvieron a la defensiva frente a los ataques del materialismo, del determinismo -de la orgullosa concepción racionalista en suma-, parecieron durante la primera mitad del xx tomar la ofensiva y penetrar resueltamente en el propio camino de las ciencias físico-naturales. Si a principios de siglo los filósofos se disculpaban de serlo y procuraban aparecer como científicos experimentales, a mediados del mismo los científicos tenían que ser filósofos y hacían culminar sus obras en un capítulo filosófico, a menudo espiritualista. La crisis del racionalismo positivista supuso la remoción de un gran obstáculo que se oponía a la búsqueda abierta y sincera de la verdad. Era como un cristalino colocado ante las inteligencias, que orientaba su acción en un sentido cuya radical inadecuación se puso de manifiesto.
****
por Gonzalo Fernández de la Mora
por Jaime Boffil BoffilUno de los nombres con que universalmente se saluda la figura de León XIII es el de «restaurador de la ciencia cristiana». Sigue en esto la tradición de los supremos Pastores de la Iglesia, que siempre consideraron ser cosa tocante a su ministerio elevar la verdadera ciencia. ¿Bajo qué punto de vista les compete ocuparse de ella? Evidentemente, en cuanto afecta a lo que constituye la razón de ser del Magisterio supremo y universal de la Iglesia: conservar a los hombres la libertad de hijos de Dios, por medio de la verdad de Cristo.
León XIII, en efecto, subraya enérgicamente que la restauración intelectual del humano linaje en nuestros días es ante todo una obra divina:
«Al ser instituida la religión cristiana, el universo recobró su primitiva dignidad mediante la admirable luz de la fe, difundida, no con argumentos de humano saber, sino con la manifestación del Espíritu y el poder de Dios. (I Cor. II, 4). De la misma manera en nuestros días. La disipación de los errores que entenebrecen la humana inteligencia hay que esperarla ante todo del omnipotente auxilio divino».{1}
Este planteo sobrenatural del problema, su invitación a los fieles a pedir los dones del Divino Espíritu, no excluye, en el ánimo del Pontífice, los medios naturales; entre cuyos auxilios, dice, consta ser el principal el recto uso de la filosofía. Un primer problema se nos plantea, pues, al estudiar la restauración intelectual emprendida por León XIII, a saber, la....
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen.
«Se parte siempre de la hipótesis del materialismo, y los hombres más sensatos se entregan a menudo a la corriente sin darse cuenta de ello. Si este mundo lo es todo y el otro nada, bien está que se oriente todo hacia el primero y nada hacia el segundo. Pero si la verdad es todo lo contrario, entonces es necesario también adoptar la orientación contraria.» J. De Maistre
La ciudad de Dios y la ciudad del Mundo,
dos lógicas en oposición ante el fallo de Pío IX
Dos concepciones del hombre y de la vida se hallan frente a frente: la concepción sostenida por la Iglesia y la sostenida por la moderna civilización.
La Iglesia, Ciudad de Dios, con una lógica exacta»{1}, que sus enemigos reconocen y que sus hijos admiran como signo que es de la mano y de la asistencia divina, ha ido desarrollando –es decir, poniendo en luz cada vez más clara– el depósito dogmático que su Fundador le ha confiado.
Paralelamente, la Ciudad del Mundo, con una lógica no menor, y que revela asimismo la mano de su Príncipe, desarrolla por su parte los principios de la Revolución.
Entre una y otra concepción, media un abismo infranqueable{2}. Ni la astucia de la Ciudad segunda ni la caridad de la primera pueden disimularlo. Por esto, el tercer partido, que cree todavía posible echar un puente sobre sus riberas, ve fracasar irremisiblemente todos sus esfuerzos.
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Beato Pío IX.
Miguel Ayuso es doctor en Derecho. Actualmente es profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Pontificia Comillas. Ha dictado cursos en diversas universidades sobre su especialidad, tanto españolas, europeas y americanas.
En 2004, tras la muerte de Rafael Gambra, fue nombrado por el reclamante carlista Sixto Enrique de Borbón como jefe de su Secretaría Política.)
Tanto el sociedalismo orgánico de Mella como su concepto de la Tradición, hunden sus raíces en la idea de que “la sociedad se fundamenta en la naturaleza del hombre”.
El hombre, según el pensamiento de Aristóteles, es un animal social, y en esta idea se halla implícita toda una amplísima teoría cuyas consecuencias supo Mella extraer, y que fue ignorada tanto por el racionalismo liberal como por el socialismo estatista.
Para leer el artículo completo haga click sobre la imágen.
