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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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10 de agosto de 2009

La filosofía de Manuel Kant


por el Dr. Alberto Caturelli

Tomado de Centro Pieper

[Tomado de “La Filosofía”, Alberto Caturelli, Editorial Gredos, Madrid, 1977]







aturalmente que, salvo los momentos de crítica interna al inmanentismo, de los cuales he señalado los dos principales – Pascal y Vico –, hasta aquí se ha producido, desde Ockam, Nicolás de Cusa y luego Descartes, una primacía del pensar sobre el ser que no es ya des-cubierto por el pensamiento, sino que comienza a ser «puesto» por el pensar. Todos los intentos de superación de los problemas internos al cartesianismo han dejado intacto este momento en el cual la razón se hace criterio de la verdad. Si la razón, en cierto modo, pone al ser, se sigue que, al menos, de la razón no se duda en absoluto, y si de la razón no se ha dudado en absoluto, existe por lo menos un elemento que no es crítico y no ha sido puesto en cuestión: la misma razón. Luego es necesario preguntarse por la posibilidad de conocer de la misma razón, poniendo la razón en cuestión y – más tarde – cuando descubramos que la razón imprime sus «formas» a lo real «creando» el objeto de conocimiento en cuanto tal, habremos descubierto que casi todo el ser es creado o puesto por la razón. Y éste es el segundo momento de la absolutización de la razón. De ahí que en el mismo cogito ergo sum, al autoponerse la razón como criterio de la verdad, la misma razón se pone en cuestión y es necesario preguntarse por ella. Y éste es el momento de la filosofía de Kant.


a) Kant, precrítico

En el seno de una familia pietista nació Kant, el año 1724, y tuvo una buena formación en literaturas clásicas, primero, y luego, en sus estudios universitarios, realizados en su ciudad natal: Königsberg. Realizó estudios de física, matemáticas, ciencias naturales, lógica, metafísica, geografía. Se desempeñó como preceptor privado, y en 1755 comenzó a enseñar en la Universidad de Königsberg como «privatdozent». En 1770 fue profesor titular, y en ese cargo se mantuvo hasta su muerte, acaecida a los ochenta años. Era de dulce carácter, alegre, vivo, bromista, metódico hasta lo inverosímil y curioso de todo cuanto tuviera interés científico o fuera apto para la búsqueda de la verdad.
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31 de enero de 2009

Los Falsos Dogmas



Una vez más publico un artículo con doble objeto, el artículo en sí mismo, y presentar al autor. Para conocerlo, y conocer su buena muerte haga click sobre la imagen.




por Victor Pradera



Acción Española
Madrid, 1.º de enero de 1932
tomo I, número 2
páginas 113-122



n cualquiera ciencia hay un punto de partida no sujeto al raciocinio. Lo percibe el entendimiento sin otra operación que la meramente intuitiva. Afirma entonces, lo que ve porque lo ve, no por otra evidencia que le sirva para afirmar lo que súbitamente no viera.

Afirmar, sin embargo, lo que se ve, meramente porque se ve, no es conocer perfectamente una cosa. Esta plenitud de conocimiento por la intuición no es propia de la naturaleza humana, sino de la angélica, la cual posee uno total de la verdad intangible sin necesidad de discurrir de una noción a otra para completar un primero imperfecto. El hombre, en cambio, perfecciona sus conocimientos –es decir, elabora las ciencias– pasando de una cosa conocida a otra desconocida por medio del raciocinio. Hay, pues, en éste un movimiento que como toda mutación, debe partir de algo inmóvil. En nuestra potencia intelectiva se advierten, en consecuencia, dos operaciones distintas: una la mera percepción de algunas cosas, o sea el simple entendimiento de ellas; y otra, el proceso por el cual las así entendidas nos conducen mediante el raciocinio a las investigadas o inventadas. Ello pone de resalto que los conocimientos entendidos, aun siendo de orden distinto que los conocimientos discursivos, proceden de la misma potencia espiritual; y que tanto unos como otros son indispensables en la elaboración científica, al punto de que ésta sería imposible sin los primeros.

En los tiempos modernos es de absoluta necesidad dar el debido relieve a este resultado de la observación psicológica. No hay ciencia humana alguna, no puede haberla, sin la aceptación previa de ciertos conocimientos cuya verdad no puede ser comprobada. Quienes pretendan fundarla sobre principios sujetos en totalidad al raciocinio no saben lo que se dicen o dicen lo contrario de lo que saben. Hay un limite a la facultad crítica del hombre, a su avidez de justificación de todo lo que corre con el sello de la verdad, y ese límite se halla en los conocimientos intuitivos que llevan en sí mismos claridad tan adecuada a la naturaleza del entendimiento humano, que para que éste los perciba le basta su simple presencia. Por ello se denominan en toda ciencia las primeras verdades.

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9 de enero de 2009

La Moral del siglo XXI





por D. Rafael Gambra Ciudad


Publicado por el Blog de Cabildo (08/11/08)






BC” publicó un artículo de Luis Racionero bajo el título “El origen de los valores”. Según su autor, toda sociedad histórica ha tratado de fundamentar los valores y normas morales y jurídicas vigentes en ella en una instancia superior metafísica que, en la Europa anterior al siglo XIX, fue siempre la religión cristiana. El que mandaba y el que reprimía u ordenaba su conducta lo hacía siempre, no por un simple imperativo jurídico humano, sino porque tal era la voluntad de Dios reflejada en el orden natural. Durante siglos —dice Racionero— “el cristianismo logró ordenar el individualismo bárbaro bajo la férula de la cristiandad, imponiendo unos valores tomados de la Biblia y de los Evangelios, sancionados por las penas del infierno o los deleites del paraíso, y, si esto no bastaba, por la Inquisición y el brazo secular a sus órdenes”.

“El siglo de las Luces —añade— acabó con esto, y propuso la idea de un imperativo categórico de la razón, creyendo que, cuando se diese educación a la gente, ésta actuaría de modo razonable”. Las atrocidades bélicas y revolucionarias de los siglos XIX y XX no han confirmado ciertamente estos augurios, y una pléyade de sombríos diagnosticadores de nuestra época —desde Spengler hasta Koestler— confluyen en la necesidad de establecer una “escala de valores” de común aceptación que sirvan de referencia obligada a las leyes y las conductas. Su fundamentación en la ciencia le parece a Racionero imposible, dada la continua evolución de la misma. Ortega y Gasset y la escuela axiológica han tratado de conferir (o reconocer) objetividad a los valores, que serían así elementos de la realidad y no meras reacciones sentimentales o afectivas del sujeto.

Este ensayo de una moral laica, pero objetiva y estable, sería muy deseable, según nuestro autor, pero sucede que los valores sólo sirven para discutirlos, propagarlos o intentar “superarlos”.

La única solución sensata en orden al próximo milenio sería —para él— llegar a una escala de valores mediante el consenso. Existen —dice— una serie de normas y sentencias de general admisión por los humanos (conócete a ti mismo, nada en exceso, el Hombre es un fin en sí mismo, ama a tu prójimo, no hagas lo que no desees para ti, etc.), cuyos autores son hombres como Sócrates, Protágoras, Jesucristo, Kant, Teilhard… Si toda la humanidad conviniera en esos imperativos tendríamos un decálogo humanista y filantrópico perfectamente estable y universal.

Lo malo sería alcanzar ese consenso. Habría que apelar a novelistas como Rousseau para que lo imaginaran y escribieran. Además, aunque el imposible se diera, ¿cómo lograr que cada hombre aceptara los sacrificios o los esfuerzos inmensos (a veces la muerte o la ruina) que el cumplimiento de la moral exige, si ésta se basa sólo en un acuerdo meramente voluntario, humano, perfectamente discutible y discutido en el que él seguramente no ha participado?

Por otra parte, el ensayo ya se hizo en España hace cerca de dos siglos. En esto fuimos pioneros. La Constitución de 1812 fue el primer fruto de una Asamblea Constituyente (convención o consenso) a imitación de la Revolución francesa. En ella se establecía que los españoles habrían de ser “justos, honrados y benéficos”. Tan ambicioso imperativo ha servido de general pitorreo hasta nuestros días. Quizá la última década socialista que hemos vivido sea el mejor contraste del cumplimiento de aquel imperativo constitucional.

Yo no sé cuándo ni cómo el hombre moderno no creyente dispondrá para regular su conducta de algo que no sea la normativa legal positivista, ni si esa reconquista se hará por una inspiración superior, sobrenatural, o mediante trágicas experiencias históricas. Sólo sé que esa normativa superior habrá de ser necesariamente religiosa y, por supuesto, nuevamente cristiana. Todo lo demás son historias para escribir ensayos.

30 de septiembre de 2008

El hecho de suprimir de la enseñanza la religión es privar al hombre de la máxima verdad que lo realza



Enviado por María Luz López Pérez, desde España Peninsular. Gracias una vez más.

por José Lois Estévez.
TEOLOGÍA HOY. El Correo gallego 25 – X - 2004

Un poeta ha escrito: "Hacer más hombre al hombre es el camino y dar con Dios nuestra mayor proeza". La idea desarrollada en estos dos versos puede parecer de una simplicidad monótona, pero propugna la expansión de lo que verdaderamente dignifica al hombre. Pues, y por encima de todo lo único que de verdad nos sublima, haciéndonos superiores a todos los seres de nuestra experiencia, es la demostración científico filosófica de la existencia de Dios.En la Filosofía clásica, se ofrecían seis vías que implicaban esa demostración, aparte de muchas otras pruebas particulares, basadas todas en hechos concretos que se reputaban insostenibles sin la existencia de ese ser supremo. Existían, se afirmaba en el universo, seres contingentes cuya inexistencia era intrascendente para la evolución universal. Podían suprimirse sin que al mundo le ocurriera nada. Un ser contingente -se decía- podría existir o no. Eliminarlo era indiferente al cuadro cósmico. Esto era predicable de todos los seres de nuestra experiencia. No conocíamos ser alguno cuya supresión supusiera la abolición completa del mundo físico. Cuando meditando sobre esto nos preguntábamos si habría algún ser cuya existencia fuera de tal significado que sin él fuera imposible comprender el universo, llamándose por ello el Ser.
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27 de septiembre de 2008

Cartas a un escéptico en materia de religión (3)


Jaime Balmes

Enviado por María Luz López Pérez

Carta II

Multitud de religiones.

Profundo misterio que aquí se envuelve. Los católicos reconocen y lamentan este daño mucho más que todos los sectarios. Explicación del principio «quod nimis probat nihil probat», lo que prueba demasiado no prueba nada. Aplicación de este principio a la dificultad presente. Reglas de prudencia que conviene no perder de vista. Motivos de la permisión divina. Fatales consecuencias del pecado del primer padre. Impotencia de la filosofía en la explicación de los misterios del hombre.

Voy a pagar, mi estimado amigo, la deuda que en mi anterior contraje, de responder a la dificultad que V. me proponía, relativa a la permisión de Dios sobre tantas y tan diferentes religiones. Éste es uno de los argumentos que sin cesar producen los enemigos de la religión, y que suelen proponer con tal aire de seguridad y de triunfo, como si él solo bastara a echarla por tierra. No se crea que trate yo de desvanecer la dificultad, eludiendo el mirarla cara a cara, ni de disminuir su fuerza presentándola cubierta con velos que la disfracen; muy al contrario, opino que el mejor modo de desatarla es ofrecerla en toda su magnitud. Añadiré, además, que no niego que haya en esto un misterio profundo, que no me lisonjeo de señalar razones del todo satisfactorias en esclarecimiento de la objeción indicada, pues estoy íntimamente convencido de que éste es uno de los incomprensibles arcanos de la Providencia, que al hombre no le es dado penetrar. Me parece, no obstante, que les hace a muchos más mella de la que hacerles debiera; y tan distante me hallo de creer que en nada destruya ni debilite la verdad de la Religión Católica, que antes juzgo que en la misma fuerza de dicha dificultad podemos encontrar un nuevo indicio de que nuestra creencia es la única verdadera.

Es cierto que la existencia de muchas religiones es un mal gravísimo; esto lo reconocemos los católicos mejor que nadie, pues que somos los que sostenemos que no hay más que una religión verdadera, que la fe en Jesucristo es necesaria para la eterna salvación, que es un absurdo el decir que todas las religiones pueden ser igualmente agradables a Dios; y, por fin, los que tal importancia damos a la unidad de la enseñanza religiosa, que consideramos como una inmensa calamidad la alteración de uno cualquiera de nuestros dogmas. Por donde se ve que no es mi ánimo atenuar en lo más mínimo la fuerza de la dificultad ocultando la gravedad del mal en que estriba; y que a mis ojos es mayor este daño que no a los del mismo que me la ofrece. Nadie aventaja ni aun iguala a los católicos en confesar lo inmenso de esa calamidad del humano linaje; porque sus creencias los precisan a mirarla como la mayor de todas. Los que consideran como falsas todas las religiones, los que se imaginan que en cualquiera de ellas puede el hombre hacerse agradable a Dios y alcanzar la eterna salud, los que profesando una religión que creen única verdadera, no profesan el principio de la caridad universal sin distinción de razas, pueden contemplar con menos dolor esas aberraciones de la humanidad; pero esto no es dado a los católicos, para quienes no hay verdad ni salvación fuera de la Iglesia, y que, además, están obligados a mirar a todos los hombres como hermanos, y desearles en lo íntimo del corazón que abran los ojos a la luz de la fe, y que entren en el camino de la salud eterna. Bien se echa de ver que no trato, como suele decirse, de huir el cuerpo a la dificultad, y que antes procuro pintarla con vivos colores. Ahora voy a examinar su valor, presentándola desde un punto de vista en que por desgracia no se la considera comúnmente.

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La Edad Media


por H. Belloc


He dicho en el capítulo anterior que la Edad Oscura puede compararse a un largo sueño de Europa; un letargo que se inicia en la fatiga de la vieja sociedad, en el siglo V, y que termina en la primavera y surgimiento de los siglos XI y XII. La metáfora, por supuesto, es muy simple, porque ese sueño fué un sueño de guerra, y durante esos siglos, Europa se encontraba manteniendo desesperadamente sus posiciones contra el ataque de todas aquellas fuerzas que deseaban destruirlas: el Islam, ardiente y refinado, por el Sud; los bárbaros paganos analfabetos, por el Este y por el Norte. De todos modos, Europa fué relevada o despertada de su sueño.
He dicho que tres grandes fuerzas, humanamente hablando, operaron el milagro: la personalidad de San Gregorio VII, la breve aparición -debida a un feliz accidente- del Estado normando, y finalmente, las Cruzadas.

Los normandos de la Historia, los verdaderos normandos franceses que conocemos, se agitan en el panorama histórico una generación después del año 1000. San Gregorio fué de esa misma generación. Cuando se inició el esfuerzo normando, era un joven; murió, después de realizar una gran obra, en 1085. Y en la medida en que puede hacerlo un hombre solo, él, el heredero de Cluny, rehizo a Europa. Inmediatamente después de su muerte se oyó hablar de las Cruzadas. De estos tres hechos procede el vigor de una Europa joven, fresca y renovada.

Mucho más pudiera añadirse. Esa época fué iluminada y clarificada por la constante carga caballeresca contra el musulmán. El Asia fué rechazada de los Pirineos, y a través de los pasos de los Pirineos cabalgaron siempre los grandes aventureros cristianos. Los vascos -un pueblo pequeño y extraño- fueron el corazón de la reconquista, pero el valle del torrente de Aragón fué su canal. La vida de San Gregorio es contemporánea de la vida del Cid Campeador. Y en el mismo año de la muerte de San Gregorio, Toledo, el sagrado centro de España, fue arrancada de manos de los mahometanos y de sus aliados los judíos, y conservada firmemente. Todo el sud de Europa vivió espada en mano.

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22 de septiembre de 2008

La canción de Roland



por Gilbert K. Chesterton


Muchos recordarán, sin duda, por los cuentos escolares leídos en la niñez, que en la batalla de Hastings, Taillefer el Juglar marchaba al frente del ejército cantando la Canción de Rolando. Naturalmente, eran relatos de tipo victoriano, que pasaban por encima del Imperio Romano y las Cruzadas, de camino a cosas más serias, tales como la genealogía de Jorge I o la administración de Addington. Pero esa imagen se destacó en la imaginación como algo vivo en medio de la muerte; como encontrar un rostro conocido en un tapiz descolorido.
La canción que cantaba, es de presumir que no era la misma épica, ruda y noble que el mayor Scott Montcrieff tradujo íntegramente, prestando un sólido e histórico servicio a las letras. El juglar debió, por lo menos, seleccionar extractos o pasajes favoritos, o de lo contrario las batallas debieron retrasarse muchísimo. Pero el relato tiene la misma moraleja que la traducción, pues ambos comparten la misma inspiración. El valor de la narración reside en que sugiere a la mente infantil, a pesar de todos los efectos mortecinos de la distancia y la indiferencia, que un hombre no hace tal ademán con un espada a menos que sienta algo y que un hombre no canta a menos que tenga algo de qué cantar. La avaricia y el apetito por ciertas tierras feudales no inspira tal canto de juglaría.
En suma, el valor del relato reside en que deja traslucir que existe un corazón en la historia, aunque sea remota. Y el valor de la traducción reside en que, si debemos aprender historia, debemos aprenderla de memoria y de corazón. Debemos aprenderla en su totalidad y en detalle, deteniéndonos en espacios casuales de la obra contemporánea por amor al detalle. Y hasta podríamos decir que por amor a su mismo pesadez. Incluso un lector desordenado como yo, que sólo penetra aquí y allá en esas cosas, mientras sean realmente cosas de la época, a menudo llega a aprender más de ellas que de los más cuidadosos digestos constitucionales o sumarios políticos hechos por hombres más cultos que uno mismo. Un hombre moderno, conocedor de la historia moderna, puede encontrar allí cosas que no espera.
Aquí tengo espacio sólo para un ejemplo, uno de los tantos que podría citar para demostrar lo que quiero decir. La mayoría de las historias seleccionadas le dicen al joven estudiante algo de lo que fue el feudalismo en lo que respecta a la forma legal y las costumbres; que los subordinados se llamaban vasallos, que rendían homenaje y demás. Pero esas historias lo relatan de modo tal que sugieren una obediencia feroz y reticente; como si el vasallo no fuera más que un siervo. Lo que no se sugiere es que el homenaje era realmente un homenaje; algo digno de un hombre. El primer sentimiento feudal tenía algo de ideal y hasta de impersonal, como el patriotismo. Aún no habían nacido las naciones y aquellos pequeños grupos tenían casi el alma de naciones. Los lectores hallarán la palabra «vasallaje» usada repetidamente con un tono que no es sólo heroico sino también arrogante. El vasallo está, evidentemente, tan orgulloso de ser un vasallo como cualquiera podría estarlo de ser un caballero. En realidad, el poeta feudal usa la palabra «vasallaje» donde un poeta moderno usaría la palabra «caballería». Los Paladinos atacando el Paynim se ven atenaceados por el vasallaje. El arzobispo Turpin acuchilla al jefe musulmán costilla a costilla; y los cristianos, contemplando su triunfo, lanzan gritos de orgullo porque ha demostrado bravo vasallaje; y porque con tal arzobispo la cruz está a salvo. No había objeciones conscientes en su cristianismo.
Ésta es una clase de verdad que la literatura histórica debiera hacernos sentir; pero que las simples historias muy raramente lo logran. El ejemplo que di, del juglar de Hastings, es una complejidad de curiosas verdades que podrían ser transmitidas, y lo son muy pocas veces. Podríamos haber aprendido, por ejemplo, qué era un juglar, y de este modo habríamos comprendido que éste, en particular, pudo haber tenido sentimientos tan profundos y fantásticos como los del juglar celebrado en el poema del siglo XX, que murió gloriosamente mientras bailaba y hacía acrobacia frente a la imagen de Nuestra Señora; que pertenecía al gremio que tomó como tipo la alegría mística de san Francisco de Asís, quien llamó a sus monjes «juglares de Dios».
Un hombre debe leer por lo menos algunas obras contemporáneas antes de encontrar de este modo el corazón humano dentro de la armadura y de la toga monástica; los hombres que escriben la filosofía de la historia pocas veces nos presentan la filosofía de los personajes históricos y, mucho menos, su religión. Y el ejemplo final de esto es algo que también está ilustrado por el oscuro trovador que arrojó su espada mientras cantaba la Canción de Rolando, así como también arrojó la Canción misma. La historia moderna, puramente etnológica o económica, siempre habla de la aventura normanda en el lenguaje algo vulgar del éxito, pero es dable notar, en la verdadera historia normanda, que el bardo al frente de la línea de batalla gritaba la glorificación de la derrota. Esto atestigua la verdad, en el corazón mismo de la cristiandad, de que aun el poeta de la corte de Guillermo el Conquistador celebra a Rolando, el conquistado.
Esta alta nota de esperanza abandonada, de una hueste acosada y una batalla contra males sin fin, es la nota en la que finaliza el canto épico francés. No conozco nada tan conmovedor en poesía como este final extraño e inesperado; esa espléndida conclusión que no concluye nada. Carlomagno, el gran emperador cristiano, finalmente ha pacificado su imperio, ha hecho justicia casi como se haría el día del Juicio Final, y duerme en su trono en una paz semejante a la del Paraíso. Y allí se le aparece el ángel de Dios proclamando que se necesitan sus armas en una tierra nueva y distante, y que debe retomar otra vez la marcha interminable de sus días. Y el gran rey se mesa su larga barba y llora contra la inseguridad de la vida inquieta. El poema termina con una visión de guerra contra los bárbaros; una visión muy real. Pues nunca ha cesado esa guerra que defiende la salud del mundo contra todas las anarquías inflexibles y las negaciones que desunen y braman sin cesar contra ésa salud. Esa guerra no terminará jamás en este mundo; y el pasto ha crecido apenas sobre las tumbas de nuestros amigos que perecieron en ella.

12 de septiembre de 2008

Educación y Política



Enviado por María Luz López Pérez (corresponsal española). Largo, pero esclarecido y esclarecedor.
Muchas gracias, una vez más.



Por José LOIS ESTÉVEZ.

Tomado de RAZÓN ESPAÑOLA, núm. 34, marzo 1989

I. LA EDUCACIÓN COMO FIN POLÍTICO

1. El credo pedagógico de filiación política.


Una de las concepciones más en boga sobre la educación está determinada por el propósito latente de convertirla en instrumento político.

Resulta una incidencia o un corolario de la tentación absolutista inherente a los incentivos psicológicos que mueven a los gobernantes.

El apetito de poder lleva, en efecto, a los políticos a organizar las cosas de tal modo que puedan asegurarse la mayor discrecionalidad y la perpetuación de su hegemonía. Pronto descubren que la inducción de hábitos, consubstancial a la educación, es la mejor arma que les cabe para conseguir ese objetivo primordial. Y la convierten, así, en el medio, más o menos solapado, para mantener el statu quo.

Tradición y conservadurismo son entonces sus tácitas consignas. El político, por supuesto, no se descara hasta el punto de hacer patentes los verdaderos móviles que lo impulsan. Impersonaliza sus hechos y los presenta en la sociedad como inspirados por la más aséptica conveniencia pública, aunque sea él —huelga decirlo— su infablible definidor e intérprete. Lo que se predica con profusión debidamente orquestado y aderezado por las sabias técnicas de los Ministerios de Información o Propaganda, es que la educación, para merecer este nombre, debe cumplir el cometido de hacer al ser humano útil en grado máximo al Estado o a la comunidad; pero, entre líneas, hay que leer —y los hechos lo prueban— que el hombre educado según las consignas políticas es el que se conduce con servil docilidad a los fines particularísimos que se han propuesto los gobernantes.

La teoría individualista de la educación, antipodalmente opuesta a la que estamos exponiendo, suele presentarse por los que mantienen este antagónico punto de vista, como una consagración del egoísmo y de las miras estrechas, mientras que su antítesis (la «teoría» defendida por ellos) representa el sentir altruista, noble y progresivo.
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11 de septiembre de 2008

Tolerancia y cronolatría


por el Prof. Rubén Calderón Bouchet

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Tomado del Blog de Cabildo
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La tolerancia es la gran virtud liberal y, como todas las virtudes liberales abre un amplio crédito al error, los vicios y los males. Pensándolo bien, no solamente no es una virtud, es decir un hábito bueno que refuerza una disposición natural, sino que puede ser todo lo contrario: un vicio inspirado por el temor de corregir o de señalar los inconvenientes de una actitud molesta o agresiva. En el mejor de los casos puede ser prudente tolerar un mal que no se puede evitar, pero ¿hasta cuándo y hasta dónde? Son los límites que la propia prudencia determina y a partir de los cuales la tolerancia penetra en el terreno de una permisividad blanda y perniciosa.


El liberalismo nace en los cerebros burgueses cuando el reinado de los financieros comienza a reemplazar las antiguas potestades, y como esta substitución no se puede hacer sin emplear un poco de astucia, nada mejor que declarar libres a las opiniones políticas, económicas y religiosas y hacer de esos terrenos un “no man’s land” donde se instale el arbitrio de las oligarquías plebiscitarias bajo el soborno sagaz de las finanzas. ¿Quién dice eso? El Dr. don Carlos Marx, un especialista en revoluciones y un excelente conocedor de la historia europea, además de ser el mejor discípulo de Hegel y un falso profeta. Pero estas últimas notas, que harían rabiar al finado Padre Sepich y sus discípulos de la Universidad Nacional de Cuyo, podrán ser objeto de un comentario aparte que prometemos realizar con el superficial esmero que ponemos en todas nuestras reflexiones.


Si no hay ninguna verdad política, ni económica, ni religiosa, la tolerancia es el naipe obligado en estos juegos de azar, donde se trata de engañar al mensaje y obtener el poder que da el consenso de las masas manipuladas por la publicidad. Para que tal actitud pueda imponerse hay que terminar con la sabia organización de las sociedades naturales y con el orden impuesto a las finanzas y a la política misma por la influencia del saber religioso. ¡Santo Dios! ¿De dónde diablos saca usted todas esas perimidas sandeces? ¿Quién le ha dicho que hay un orden natural práctico impuesto por el juego espontáneo de las desigualdades sociales?


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Razón de la Historia


por Gonzalo Fernández de la Mora


El relato histórico ideal no sería la imagen ofrecida por un espejo colocado ante un acontecimiento humano. Esa imagen virtual sería inabarcable por la riqueza de sus detalles; sería atemporal porque reflejaría momentos y no procesos; sería superficial porque no revelaría motivaciones sino resultados; sería irracional porque no esclarecería causas. Tendría, en cambio, la ventaja de ser una información minuciosa y fidedigna.La obligación primaria del historiador es la búsqueda de datos ciertos y suficientes. No a la tentación fabuladora para colmar lagunas de las fuentes. No a la falacia para demostrar hipótesis o prejuicios. El pasado es inamovible; lo acontecido no puede ser deshecho y hay que aceptarlo tal como fue. Cabe reescribir una narración, incluso reconstruir un suceso, pero no rehacerlo. Es la apodíctica sentencia medieval: Quod factum est infactum fieri nequit. La exigencia de información exacta es ardua porque en todo testimonio laten elementos de subjetividad, y porque hay acontecimientos importantes sobre los que no aparece ningún testimonio fiable.


El segundo mandamiento es seleccionar lo significativo y relegar lo insignificante. A medida que se retrocede en el tiempo, van escaseando los testimonios hasta un punto en que todo resulta revelador. Pero, inversamente, en la contemporaneidad el volumen de los materiales informativos no cesa de crecer, y lo difícil es cribarlos para extraer lo realmente esencial. El anecdotario porteril es cada día más asequible al cronista; pero rara vez es iluminador del curso de la Humanidad. Todo pasado es histórico, pero no todo es Historia. Después de averiguar, hay que ordenar y triar.


El tercer imperativo es dar razón de lo acontecido. Esa tarea es ímproba porque todo hecho es individual e irrepetible, y toda acción humana es libre por lo que ambos son de difícil racionalización. La indeterminación y la infinita complejidad del acontecer humano no permiten conceptuarlo como las órbitas de los astros. Dar razón de sucesos con altas dosis de arbitrariedad, como son los del hombre, no es mostrar su necesidad, sino su imbricación dentro de un contexto. No se trata de justificar los crímenes, las guerras o las instituciones perversas como la esclavitud, sino de explicarlos desde las circunstancias en que se produjeron. No se trata de reducir a ecuaciones las conductas de minorías y masas, sino de establecer correlaciones que hagan no sólo intuibles, sino inteligibles, aquellos sucesos que condicionan el presente y el futuro. Por ejemplo, ni España se comprende sin la romanización, ni Hispanoamérica sin la hispanización.


El cuarto mandamiento es la neutralidad axiológica o abstención de canonizar o anatematizar en función de subjetivismos. Desde el modelo institucional de Locke y de Rousseau ninguna forma política preilustrada se salvaría de la condenación; desde la ortodoxia coránica casi ningún régimen aprobaría el examen. La Historia es maestra de la vida porque enseña que unas causas produjeron ciertos efectos; pero el historiador carece de títulos para erigirse en juez universal. Relatar y dar razón de los sucesos no es sentenciar y separar a buenos de malos. La más soberbia y gratuita de las pretensiones historiográficas es la tan frecuente de exaltar y reprobar, la de predicar en vez de contar.


El quinto imperativo es la independencia. Los líderes siempre han buscado cronistas áulicos complacientes en el uso de la palabra y del silencio. Las sociedades gustan de que los relatos aparezcan calificados, según los criterios dominantes. Es difícil encontrar historiadores que se hayan mantenido completamente independientes del poder o de la presión social. Cuando se hace la crítica de testimonios del pasado hay que depurarlos de prejuicios personales o colectivos. Es arquetípico el caso de las biografías mitificadas de Alejandro, en menor escala tan repetido.


El sexto mandamiento es no caer en la manipulación de futuribles, un conocimiento que los teólogos dudan que lo posea Dios. ¿Qué habría acontecido en la cuenca mediterránea si Julio César no hubiera sido asesinado, o en el mundo si los Estados Unidos no hubieran intervenido en el último conflicto mundial? Hay efectos inmediatos que son previsibles con una cierta probabilidad. Por ejemplo, lo que habría sido el catolicismo español si hubiesen triunfado en la guerra civil los protagonistas de la persecución religiosa. Pero, a medio plazo y a gran escala, tales extrapolaciones son vanas cuando no perversas.


Estos mandamientos no han dejado de violarse desde los tiempos del padre Herodoto; pero quizás nunca se ha llevado tan lejos como ahora la politización de la Historia. Los poderes, cada vez más poderosos, aspiran, como en la fábula famosa de Orwell, no sólo a que se les describa según sus deseos, sino a que el pasado se reinvente a su gusto y se demonice a unos y se beatifique a otros en función de disimilitudes o de parecidos, y de conveniencia o inconveniencia con lo presente. ¿Hay una sola crónica estalinista con elogios a Nicolás II? Han tenido que pasar tres cuartos de siglo para que la vida del zar pueda ser contada en ruso sin odio. Aunque con menos radicalidad, la situación se da en nuestros días.


Tal aberración intelectual no descalifica a las víctimas, sino a los ejecutores, a los que blanden la Historia como una tea o un látigo.Los relatos con odio o a sueldo son un atentado al logos porque no dan razón, sino sinrazón; pero no suelen perdurar. Los hechos son tercos y sobreviven a los manipuladores. Tiempo al tiempo.
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7 de septiembre de 2008

Cartas a un escéptico en materias de Religión (2)


Enviado por nuestra correponsal "extranjera" (casi me siento un director de un diario moderno), María Luz López Pérez, desde la España peninsular. (Señora, no me atosiguéis). ¿Les suena?


Carta I


Cuestiones importantes sobre el escepticismo.

Carácter de la autoridad ejercida por la Iglesia católica. La fe y la libertad de pensar. Vano prestigio de las ciencias. Un pronunciamiento científico. Naufragio de las convicciones filosóficas. Sistema para aliar cierto escepticismo filosófico con la fe católica. El escepticismo y la muerte. El escepticismo origen de un tedio insoportable. Es una de las plagas características de la época. Motivos de la permisión divina. La fe contribuye a la tranquilidad de espíritu.

Mi estimado amigo: Difícil tarea me ha deparado usted en su apreciada, hablándome del escepticismo: éste es el problema de la época, la cuestión capital, dominante, que se levanta sobre todas las demás, cual entre tenues arbustos el encumbrado ciprés. ¿Qué pienso del escepticismo; qué concepto formo de la situación actual del espíritu humano, tan tocado de esta enfermedad? ¿cuáles son los probables resultados que ha de acarrear a la causa de la religión? Todo esto quiere V. que le diga; a todas estas preguntas exige usted una respuesta cabal y satisfactoria; añadiéndome que «quizás de esta manera se esclarezcan algún tanto las tinieblas de su entendimiento, y se disponga a entrar de nuevo bajo el imperio de la fe».

Deja V. entrever algunos recelos de que mis respuestas sean sobrado dogmáticas y decisivas; haciéndome, la caritativa. advertencia de que «es menester despojarse por un momento de las convicciones propias, y procurar que la discusión filosófica se resienta todo lo menos posible de la invariable fijeza de las doctrinas religiosas». Asomaba a mis labios la sonrisa al leer las palabras que acabo de transcribir, viendo que de tal manera vivía V. equivocado sobre la verdadera situación de mi espíritu; pues se figuraba hallarme tan dogmático en filosofía como me había encontrado en religión. Paréceme. que, a fuerza de declamar contra la esclavitud del entendimiento de los católicos, han logrado en buena parte su dañado objeto los incrédulos y los protestantes, persuadiendo a los incautos de que nuestra sumisión a la autoridad de la Iglesia en materias de fe, quebranta de tal suerte el vuelo del espíritu y anonada tan completamente la libertad de examinar, hasta en los ramos no pertenecientes a religión, que somos incapaces de una filosofía elevada e independiente. Así tenemos por lo común la desgracia de que sin conocernos se nos juzgue, y sin oírnos se nos condene. La autoridad ejercida por la Iglesia católica sobre el entendimiento de los fieles, en nada cercena la libertad justa y razonable que se expresa en aquellas palabras del Sagrado Texto: entregó el mundo a las disputas de los hombres.

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2 de septiembre de 2008

Juramento del militar cristiano


Enviado por Aldo H. Delorenzi, (a quien agradecemos una vez más)


Tomo VI Catecismo compendiado Obispo Gaume 1882

LECCIÓN XXXVIII. CONSERVACIÓN Y PROPAGACIÓN DEL CRISTIANISMO. (SIGLOS XI Y XII). Pags 103 y ss

Óigase ahora una parte del ceremonial de su recepción, en el cual resplandece con una vehemencia é ingenuidad la más admirable aquel doble espíritu de fuerza y caridad que distingue a la Religión cristiana y que ella imprime a todas sus instituciones.

El postulante vestido de un largo ropón negro y de un manto acabado en punta, hincábase de rodillas al pié del altar con una antorcha encendida en la mano y una espada desenvainada que daba a bendecir al celebrante; habíase de antemano preparado con una confusión general y la sagrada Comunión.

El sacerdote después de rezar varias oraciones, rociando con agua bendita al caballero y la espada, le entregaba ésta, diciendo: “Recibe esta santa espada, en nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo, amen. Sírvete de ella para tu defensa, para la de la santa Iglesia de Dios, y para confusión de los enemigos de la cruz de Jesucristo y de la fe cristiana, y procura, en cuanto la humana fragilidad permite, nunca herir con ella injustamente.” Dicho esto la envainaba, y ciñéndosela al caballero, añadía: “Cíñete esta espada en nombre de Jesucristo, y acuérdate de que los Santos no tanto conquistaron reinos por las armas, cuanto por su acendrada fe”.

Entonces el caballero la desenvainaba, y el sacerdote seguía diciendo: “Esta espada en su brillo simboliza la fe, en su punta la esperanza, y en su pomo la caridad: empléala en servicio de la fe católica, y de la justicia, y de las viudas y pobres huérfanos. Ella es la verdadera fe y justificación de un caballero, pues la santificación consiste en ofrecer el alma a Dios y el cuerpo a los peligros en servicio suyo”; y mientras el mismo caballero blandía tres veces la espada, añadía:

“Esta triple acción de blandir la espada que tienes en la mano, significa que en nombre de la santísima Trinidad debes desafiar a todos los enemigos de la fe católica con esperanza de triunfo; así Dios te conceda esta gracia, amen”.

Los precedentes avisos y oraciones tienen un sentido tan profundo, que nos permitiremos recalcarlos con ligeras observaciones: el poder de la espada es el más terrible que los hombres conocen; la Religión antes de confiarlo a uno de sus hijos, quiere que sepa bien con qué espíritu, a qué fin y en qué casos debe hacer uso de él: ¿dónde se buscarán ceremonias mas instructivas y lecciones más interesantes?

Después presentaban y calzaban al caballero unas espuelas doradas, diciéndole: ¿Ves estas espuelas? ellas significan que así como las teme el caballo cuando se separa de la recta senda, igualmente tú debes temer desviarte de tu rango y de tus votos, y cometer iniquidad. Te las calzan doradas, porque el oro es el metal más rico y simboliza el honor”.

Venia en pos la recepción del manto de la Orden: el recipiente mostraba al profesante la cruz de ocho puntas impresas en su lado izquierdo, diciendo: Esta cruz la llevamos blanca en señal de pureza, debes llevarla también por dentro y fuera sin mancha ni borrón alguno.

Sus ocho puntas simbolizan las ocho bienaventuranzas que debes tener siempre en, tí, a saber:

1. disfrutar contento espiritual;

2. vivir sin malicia;

3. llorar los pecados;

4. humillarse ante las injurias;

5. amar la justicia;

6. ser misericordioso;

7. ser sincero y limpio de corazón;

8. sufrir las persecuciones.

Estas son otras tantas virtudes que has de grabar en tu corazón para consuelo y conservación de tu alma, a cuyo fin te encargo lleves abiertamente esta cruz cosida al lado izquierdo sobre el corazón sin dejarla jamás”.

Dicho esto le daba a besar la cruz y le echaba el manto sobre los hombros, añadiendo: “Toma esa cruz y este manto en nombre de la santísima Trinidad, para salud y reposo de tu alma, para aumento de la fe católica y defensa de todos los buenos cristianos, y en honra de nuestro Señor Jesucristo. Ponte la cruz al lado izquierdo, hacia la región del corazón, para que la ames perfectamente y la defiendas con tu mano derecha; y cuenta que no la abandones, pues ella es la verdadera enseña de nuestra Religión. Este manto que le echo encima, representa la vestidura de piel de camello que llevaba en el desierto nuestro patrono san Juan Bautista, y tú con recibirlo renuncias a las pompas y vanidades de la tierra. Úsalo en las ocasiones prescritas y procura que tu cuerpo sea amortajado con él.”

Sobre el manto había bordados en lienzo blanco los trofeos de la Pasión, y aludiendo a esto seguía diciendo el celebrante: “a fin de que pongas toda esperanza para la remisión de tus culpas en la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, hela aquí representada en este cordón con el que fue atado por los judíos; he aquí la corona de espinas; el pilar del azotamiento; la lanza con que fue traspasado; la esponja empapada en hiel y vinagre; los azotes; los cestos para dar limosna a los pobres y para recogerla cuando carecieres de bienes propios; la cruz de la crucifixión, cruz que te he puesto al hombro en memoria de la Pasión, y que servirá de regla para tu alma. Este yugo es muy ligero y suave, y en señal de la servitud que aceptaste, te ligo al cuello este cordón.

El tal cordón era de seda, blanco ó negro. Así, de pies a cabeza, el caballero de la Religión leía a una vez en todos sus vestidos sus deberes, sus promesas y su vocación sublime, no pudiendo dar un paso, ni echar sobre si una mirada sin penetrarse de la elevada santidad y noble valor que debían distinguirle; y ¿qué galardón se le prometía en cambio de tamaños sacrificios?

He aquí las últimas palabras del recipiente: “Te hacemos a tí y a todos tus deudos partícipe de todos los bienes espirituales que se hacen ó se hicieren en nuestra Religión por toda la cristiandad”.

Estos valerosos caballeros, que por tantos siglos formaron con sus pechos unos baluartes vivos alrededor del pueblo cristiano, proporcionaron a la Iglesia el reposo necesario para ocuparse en la santificación de sus hijos y seguir dirigiéndolos hacia el cielo; y en verdad que este tiempo fue aprovechado.

30 de agosto de 2008

Venganza viciosa


por el Dr. Antonio Caponetto


A Santo Tomás de Aquino le debemos las sutiles distinciones entre venganza virtuosa y viciosa, así como el enunciado de las muchas causas por las que esta última tuerce la justicia, imposibilita la equidad y degrada tanto el honor de los hombres como el de las sociedades. Si lo que principalmente intenta el vengador —explica el Aquinate— es el mal de aquel de quien se venga y en él se complace, eso es totalmente ilícito, porque gozarse del mal de otro es odio, opuesto a la caridad. Ni vale el que alguien se excuse diciendo que intenta causar un daño a quien injustamente se lo causó a él, como tampoco queda uno excusado por odiar a quien lo odia. Pues no hay razón que justifique el que peque yo contra otro porque este primero pecó contra mí (“Suma Teológica”, IIa, IIae, q. 108, art. 1).

Analizadas a la luz de estos rectos principios las múltiples acciones vengativas que ejecuta el Gobierno contra quienes combatieron al marxismo, no queda ni rastro de duda de la extrema ilegitimidad que tales acciones sistemáticamente configuran. Todo está planificado y ejecutado para que triunfe el rencor, el desquite y el revanchismo más atroz; como todo está sádica y morbosamente dispuesto para que quienes padecen el escarnio tribunalicio sean ultrajados a mansalva, antes, durante y después del pseudojuicio a que se los somete.
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Tomado de el blog de Cabildo.

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¿Hacia dónde se encamina la humanidad? Epílogo de Historia sencilla de la filosofía


por Rafael Gambra

Érase un buitre que me picoteaba los pies. Estoy indefenso porque es muy poderoso y quería saltarme a la cara. Preferí sacrificarle los pies, que los tengo ya destrozados”. F. Kafka.

Señora mía, veo que no entendéis los tiempos presentes: lo hecho, hecho está, y procuradnos pues novedades porque sólo lo nuevo llama ya nuestra atención. J. W. Goethe (El Diablo, en Fausto).

La reacción vitalista y existencial con que se inició el siglo xx constituyó, sin duda, un importante paso hacia una visión coherente y verdadera del universo. El espiritualismo y el pensar metafísico que durante los últimos siglos se mantuvieron a la defensiva frente a los ataques del materialismo, del determinismo -de la orgullosa concepción racionalista en suma-, parecieron durante la primera mitad del xx tomar la ofensiva y penetrar resueltamente en el propio camino de las ciencias físico-naturales. Si a principios de siglo los filósofos se disculpaban de serlo y procuraban aparecer como científicos experimentales, a mediados del mismo los científicos tenían que ser filósofos y hacían culminar sus obras en un capítulo filosófico, a menudo espiritualista. La crisis del racionalismo positivista supuso la remoción de un gran obstáculo que se oponía a la búsqueda abierta y sincera de la verdad. Era como un cristalino colocado ante las inteligencias, que orientaba su acción en un sentido cuya radical inadecuación se puso de manifiesto.

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10 de julio de 2008

Razón de la tradición.


por Gonzalo Fernández de la Mora

Hay quienes entienden la tradición como una revelación, ya originaria ya histórica, apenas asequible al logos. Es el caso de las tradiciones religiosas, como la judía, donde la única aproximación intelectual correcta es la exégesis del texto inspirado. Pero la tradición también es abordable desde otra perspectiva, la estrictamente racional.

Tradición es trasmisión desde el pasado al presente y, probablemente, hacia el futuro. La primera cuestión es determinar quién transmite. El sujeto de la tradición es el hombre. Los demás animales nacen con unos instintos inscritos en su código genético y pueden aprender ciertas prácticas específicas o de domesticación; pero carecen de tradición. Sólo los seres humanos inventan, asumen y perfeccionan tradiciones. Y lo hacen como individuos y como miembros de un grupo. Hay tradiciones hospicianas porque se desconoce a su inventor, no porque aparezcan por generación espontánea. Los autores de la tradición judía son los redactores de los libros bíblicos y los patriarcas. Las sociedades son destinatarias, portadoras y peremnizadoras de las tradiciones, pero no sus creadoras. Acontece lo mismo que con la llamada poesía popular: procede de un rapsoda concreto, aunque olvidado y luego colectivizado. El origen de toda tradición es individual aunque se ignore el nombre del actor. Desde su orto, una tradición, en la medida en que es humana, tiene una pretensión de racionalidad y no procede analizarla como un mito. Se puede narrar e incluso dar razón de una tradición porque su curso histórico es racionalizable, no simplemente descriptible. Siempre brota de un logos personal.
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7 de julio de 2008

León XIII y la intelectualidad cristiana

por Jaime Boffil Boffil

Uno de los nombres con que universalmente se saluda la figura de León XIII es el de «restaurador de la ciencia cristiana». Sigue en esto la tradición de los supremos Pastores de la Iglesia, que siempre consideraron ser cosa tocante a su ministerio elevar la verdadera ciencia. ¿Bajo qué punto de vista les compete ocuparse de ella? Evidentemente, en cuanto afecta a lo que constituye la razón de ser del Magisterio supremo y universal de la Iglesia: conservar a los hombres la libertad de hijos de Dios, por medio de la verdad de Cristo.

León XIII, en efecto, subraya enérgicamente que la restauración intelectual del humano linaje en nuestros días es ante todo una obra divina:

«Al ser instituida la religión cristiana, el universo recobró su primitiva dignidad mediante la admirable luz de la fe, difundida, no con argumentos de humano saber, sino con la manifestación del Espíritu y el poder de Dios. (I Cor. II, 4). De la misma manera en nuestros días. La disipación de los errores que entenebrecen la humana inteligencia hay que esperarla ante todo del omnipotente auxilio divino».{1}

Este planteo sobrenatural del problema, su invitación a los fieles a pedir los dones del Divino Espíritu, no excluye, en el ánimo del Pontífice, los medios naturales; entre cuyos auxilios, dice, consta ser el principal el recto uso de la filosofía. Un primer problema se nos plantea, pues, al estudiar la restauración intelectual emprendida por León XIII, a saber, la....

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Tomado de Revista Cristiandad, año I, nº 10, páginas 225-227, Barcelona, 15 de agosto de 1944.

29 de junio de 2008

El "Syllabus". Su razón y oportunidad.


por Jaime Boffil Boffil

«Se parte siempre de la hipótesis del materialismo, y los hombres más sensatos se entregan a menudo a la corriente sin darse cuenta de ello. Si este mundo lo es todo y el otro nada, bien está que se oriente todo hacia el primero y nada hacia el segundo. Pero si la verdad es todo lo contrario, entonces es necesario también adoptar la orientación contraria.» J. De Maistre

La ciudad de Dios y la ciudad del Mundo,
dos lógicas en oposición ante el fallo de Pío IX

Dos concepciones del hombre y de la vida se hallan frente a frente: la concepción sostenida por la Iglesia y la sostenida por la moderna civilización.

La Iglesia, Ciudad de Dios, con una lógica exacta»{1}, que sus enemigos reconocen y que sus hijos admiran como signo que es de la mano y de la asistencia divina, ha ido desarrollando –es decir, poniendo en luz cada vez más clara– el depósito dogmático que su Fundador le ha confiado.

Paralelamente, la Ciudad del Mundo, con una lógica no menor, y que revela asimismo la mano de su Príncipe, desarrolla por su parte los principios de la Revolución.

Entre una y otra concepción, media un abismo infranqueable{2}. Ni la astucia de la Ciudad segunda ni la caridad de la primera pueden disimularlo. Por esto, el tercer partido, que cree todavía posible echar un puente sobre sus riberas, ve fracasar irremisiblemente todos sus esfuerzos.

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24 de junio de 2008

Presentación: Aproximación a una teología política (a los mil cuatrocientos años de España católica)


por el Dr. Miguel Ayuso

(Miguel Ayuso Torres es un jurista español, catedrático de Ciencia Política y Derecho Constitucional, es quizá el representante actual más caracterizado del tradicionalismo hispánico, aprendido en los maestros más singulares, tanto españoles como hispanoamericanos, de la segunda mitad del siglo XX. Ha escrito doce libros y cerca de trescientos artículos en revistas especializadas.

Miguel Ayuso es doctor en Derecho. Actualmente es profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Pontificia Comillas. Ha dictado cursos en diversas universidades sobre su especialidad, tanto españolas, europeas y americanas.

En 2004, tras la muerte de Rafael Gambra, fue nombrado por el reclamante carlista Sixto Enrique de Borbón como jefe de su Secretaría Política.)

En la ocasión del XIV Centenario del lll Concilio de Toledo -mil cuatrocientos años de España católica- me cumple presentar, por el solo mérito de haber sido su coordinador, el presente trabajo colectivo. Obra de un equipo intelectual hondamente arraigado en el sillar del pensamiento tradicional y que, entre repeticiones y reiteraciones que refuerzan el análisis por provenir de talantes y métodos dispares, muestra un encuentro profundo a pesar de las discrepancias accidentales -aunque no por ello poco importantes o desdeñables- que también saltan a la vista y que no he querido esconder ni maquillar.

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22 de junio de 2008

La monarquía social y representativa en el pensamiento tradicional. (1954)



por Don Rafael Gambra Ciudad


Tanto el sociedalismo orgánico de Mella como su concepto de la Tradición, hunden sus raíces en la idea de que “la sociedad se fundamenta en la naturaleza del hombre”.

El hombre, según el pensamiento de Aristóteles, es un animal social, y en esta idea se halla implícita toda una amplísima teoría cuyas consecuencias supo Mella extraer, y que fue ignorada tanto por el racionalismo liberal como por el socialismo estatista.

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20 de junio de 2008

La unidad religiosa, encrucijada de la teología y de la política


Un artículo del llorado maestro español Don Rafael Gambra, escrito en 1989, con motivo del XIV Aniversario del III Concilio de Toledo.
Como todos sus escritos tiene el valor de lo perenne.

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A lo largo de la historia, los españoles siempre tuvimos a honra la preservación de nuestra Unidad religiosa católica, desde que la juró Recaredo en el III Concilio de Toledo -año 589- hasta la ley todavía cercana de 1968 (que, como consecuencia del II Concilio Vaticano, proclamó la "libertad religiosa") y más propiamente hasta la vigente Constitución laica de 1978, con la solo excepción de los cinco años de la II República. Incluso las Constituciones liberales del siglo pasado, por más que afirmasen como origen del poder el propio pacto constitucional, establecían la Unidad religiosa y la confesionalidad católica del Estado como punto primero de esa convención. Es decir, el Rey y las leyes reconocieron siempre a la religión católica como religión oficial, y los cultos públicos, la enseñanza y las costumbres se regularon dentro de los supuestos básicos de la fe católica.