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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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11 de enero de 2011

711-1492: ocho siglos que hicieron a España




por el R.P. Angel David Martín Rubio



Tomado de su sitio Desde mi campanario









n el año 2011, que ahora se inicia, se cumplen 1.300 años de la batalla de Guadalete que pone fin a la España visigoda abriendo un nuevo período histórico clausurado ocho siglos más tarde con la definitiva reconquista de Granada por los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492.

Orígenes de la expansión islámica

Es bien conocido de todos el proceso de expansión militar protagonizado por los sucesores de Mahoma, el creador de la nueva religión llamada por él Islam (es decir, resignación-sometimiento a la voluntad de Dios), denominándose muslimes o musulmanes (resignados-sometidos) a los que la seguían.
En las décadas posteriores a la muerte del considerado Profeta se abrió desde la península arábiga una tenaza sobre el Mediterráneo que iba a derrotar a las estructuras políticas vigentes en Oriente y Occidente (como los Imperios persa y bizantino y el reino visigótico).

En Oriente, las victorias del emperador León III (717-741) contuvieron temporalmente un avance que reanudarían después con nuevo vigor los turcos seldjúcidas mientras que en Occidente fueron frenados definitivamente en los campos de Poitiers, al sur de Francia por las tropas a las órdenes de Carlos Martel (732). A largo plazo resultaría decisiva la configuración de una zona de resistencia en el norte de España con posterioridad a la batalla de Covadonga

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26 de octubre de 2009

Fray Pacual está triste...




por el R.P. Angel David Martín Rubio



Tomado de su sitio Desde mi campanario









Fray Pascual Saturio Medina es un Dominico, que publica un artículo como “firma invitada” en el “Diario de Cádiz” y que “ve con tristeza” la iniciativa del Obispo de Cádiz que no es otra que haber determinado un lugar y una hora para la celebración de la Misa en lo que ahora se denomina “Forma Extraordinaria” del Rito Romano.

Lo que entristece al Prior del Convento de Santo Domingo de Cádiz no es otra cosa que la puesta en práctica de las instrucciones del Santo Padre en su “Motu Proprio Summorum Pontificum” (7-junio-2007) en el que se reconoce que la Liturgia Romana Tradicional nunca estuvo abrogada y que es un derecho de los fieles y de los sacerdotes poder celebrarla y recibir bajo esa forma los Sacramentos.

El miembro de la antaño gloriosa Orden de Predicadores lleva a cabo una auténtica caricatura de la Misa Católica y de la propia Iglesia, tanto de lo que él atribuye a la vivencia religiosa propia de los años de su ya lejana juventud (denigrada en sus personas y en sus expresiones) como en la simpática e ingenua descripción de lo que nos ha venido tras el Vaticano Segundo. Pero no le falta razón al decir, con simpleza indigna de un teólogo, que un rito expresa una mentalidad o que un modo de celebrar resulta expresión de un modo de pensar. Sería más correcto recordar, con el adagio clásico que “La ley de la oración es la ley de la fe” (“Lex orandi, lex credendi”) o que “La ley de la oración determine la ley de la fe” (“legem credendi lex statuat supplicandi”). La ley de la oración es la ley de la fe, la Iglesia cree como ora, y los Cardenales Ottaviani y Bacci afirmaron en su “Breve Examen Critico del Novus Ordo Missae” que “el nuevo Ordinario de la Misa —si se consideran los elementos nuevos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen en él sobreentendidas o implícitas— se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los cánones del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio”.

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23 de septiembre de 2009

Quien quiera ser el primero




por el R.P. Angel David Martín Rubio


Tomado de su excelente Blog: Desde mi campanario










uien quiera ser el primero
, que sea el último de todos y el servidor de todos”. En el Evangelio de este Domingo (Mc 9, 30-37) Jesús cierra la discusión de sus discípulos sobre quién era el más importante proponiendo la humildad; una enseñanza sobre la humildad, tanto más oportuna cuanto menos se comprende y practica.

La palabra “humildad” tiene su origen en la latina “humus” (tierra); etimológicamente, significa “inclinado hacia la tierra”; la virtud de la humildad nos sitúa en nuestra verdadera posición, inclinados ante Dios. Esta virtud puede definirse como: "Una cualidad por la que una persona considerando sus defectos tiene una modesta opinión de sí misma, y se somete voluntariamente a Dios y a los demás por Dios." Para Santo Tomás: "consiste en mantenerse dentro de los propios límites sometiéndose a la autoridad superior sin intentar alcanzar aquello que está por encima de uno".

Es, ante todo, luz, conocimiento, porque el hombre recibe luces para entender su pequeñez y su miseria, principalmente con relación a Dios. Por eso decía Santa Teresa que "la humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende anda en mentira".

Ese justo conocimiento radica en la verdad: “En el hombre se pueden considerar dos cosas: lo que tiene de Dios y lo que tiene en sí mismo. De sí mismo tiene cuanto significa imperfección o defecto; de Dios, en cambio, todo cuanto significa bondad y perfección, pues toda bondad creada es participación de la divina e increada” (Sto.Tomás).

La verdadera humildad consiste en saber que el puesto que se ocupa y los dones o virtudes que se poseen no están para brillar y ser considerados, sino para cumplir una misión cara a Dios y en servicio de los demás.

Pero la conciencia de esta misión que tenemos como cristianos no es menos importante que la verdadera humildad. Jesucristo no reprocha a los apóstoles querer ser el primero, sino equivocar el camino que lleva a ser el primero en el Reino de Dios: “Los discípulos ambicionaban alcanzar del Señor honores, y deseaban ser enaltecidos por Cristo, porque cuanto más elevado está el hombre, es más digno de ser honrado. Por esto el Señor no puso obstáculo al deseo de sus discípulos, sino que los condujo a la humildad” (San Juan Crisóstomo). “Viendo, pues, el Señor el pensamiento de sus discípulos, cuida de corregir con la humildad el deseo de gloria” (San Beda)

Porque existe el peligro de una humildad falsamente entendida que consiste en decir que “no somos nada” pero en realidad lo que estamos haciendo es rehuir la responsabilidad que tenemos para dar fruto a los talentos que hemos recibido de Dios y ocultando nuestra condición de cristiano en medio del mundo, disfrazando bajo capa de humildad nuestra timidez o nuestra mediocridad.

En cambio, la verdadera humildad hace que tengamos vivo en el alma que cuanto poseemos, también nuestros talentos y virtudes, pertenecen a Dios. A pesar de nuestras propias miserias somos portadores de valores eternos, somos instrumentos de Dios.

Nuestro modelo es el mismo Cristo: Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón y María Santísima: Dios ha mirado la humillación de su esclava. Cuando imitamos sus virtudes, ellos nos enseñan a reconocer lo poco que somos y, al mismo tiempo, a ponernos al servicio de los demás y a ser ambiciosos de crecer en el amor de Dios.

17 de septiembre de 2009

Y si hoy nos arrancan las cruces…






por el R.P. Angel David Martín Rubio


Tomado de su excelente Blog: Desde mi campanario







ada vez que se habla de quitar los crucifijos de lugares públicos o de suprimir símbolos religiosos tengo que reconocer que quienes promueven estas blasfemias demuestran más coherencia para el error que aquéllos que comparten los principios en los que se inspiran dichas iniciativas y ahora se rasgan las vestiduras condenando las consecuencias sin llegar a cuestionar el sistema que las ampara. Para estos últimos, el crucifijo es poco más que un signo cultural; de ahí que piensen que puede estar sin problemas en instituciones como las escuelas o los ayuntamientos que han abandonado hasta las más elementales referencias de lo que representan los valores de una sociedad sana. Sitios en los que igual se adoctrina para la ciudadanía que se practica la educación sexual al estilo de ZP o se gestiona la corrupción económica y moral. Para ellos el crucifijo no dice nada, no impone nada.

Por el contrario, a quienes promueven su retirada sí les molesta y parecen ser más conscientes que los sedicentes católicos de que puede haber pocos signos más radicales que un Dios crucificado. A él pertenecen todos los derechos y nuestro es solamente el deber de rendirle adoración. Y porque tenemos el deber de adorar a Dios, tenemos el derecho de tener nuestras iglesias, nuestras escuelas católicas. Lo mismo vale para la familia. Porque tenemos el deber de fundar una familia cristiana, tenemos el derecho de tener cuanto sirve para defender la familia cristiana.

Esto último lo proclamaban las estrofas del himno de la fiesta de Cristo Rey que proclamaban a Nuestro Señor como Rey de la familia, del Estado, y de la Ciudad terrenal y que, con toda lógica teniendo en cuenta la pseudo-teología que la inspiraba, fueron suprimidas en la desgraciada reforma litúrgica posterior al concilio Vaticano II:

Que con honores públicos te ensalcen
Los que tienen poder sobre la tierra;
Que el maestro y el juez te rindan culto,
Y que el arte y la ley no te desmientan.
Que las insignias de los reyes todos
Te sean para siempre dedicadas,
Y que estén sometidos a tu cetro
Los ciudadanos todos de la patria.

La renuncia a proclamar la necesidad del Reinado Social de Cristo Rey tiene su mejor expresión en la verdadera negación de su Realeza significada por esta transformación que ha pasado casi desapercibida.
A nadie extrañará que una vez arruinado el universo de valores vigentes hasta no hace mucho tiempo, su lugar vaya siendo ocupado por una nueva hegemonía: la de esa mentalidad, hoy dominante, sustrato permanente de una práctica política que es, al mismo tiempo, la consecuencia y el principal motor del proceso. Al servicio de esta estrategia se ponen medios tan dispares como la democracia, la demolición del Estado nacional, la inmigración, la auto-demolición de la Iglesia, la memoria histórica, la destrucción de la familia, la desmoralización del Ejército, la educación para la ciudadanía, la cultura de la dependencia promovida por una gestión económica de los recursos dirigida por el Estado…

Siguiendo este modelo, el sistema político actualmente implantado en España se edificó sobre tres pilares levantados entre 1978 y 1985: la destrucción de la nación (autonomías), la destrucción de la familia (divorcio) y la destrucción de la vida (aborto); hoy únicamente estamos asistiendo a las últimas consecuencias del proyecto puesto en marcha por las fuerzas políticas entonces dominantes. El árbol se plantó, ahora basta recoger sus frutos y lo único que admite una mínima disputa es quién habrá de llevarse la cosecha.

Si hay alternativa, únicamente será posible en la medida que tenga lugar la recuperación de la hegemonía en la sociedad civil. Algo que implica la lucha por la Verdad ―que no se impone por sí misma― y la capacidad de generar instrumentos coercitivos que, al amparo de la ley, actúen como freno de las tendencias disgregadoras. Por eso es lástima que en lugar de aceptar ovinamente los hechos, los católicos españoles no reaccionemos como vaticinaba el nicaragüense Pablo Antonio Cuadra Cardenal (1912-2002), poeta católico y colaborador de la revista Acción Española en los años en que la siniestra Segunda República española (esa que añoran algunos que no la conocieron) ordenó retirar los crucifijos de las escuelas:

¡Ay Virgencita que luces,
ojos de dulces miradas!
Que vieron llegar las Espadas,
que dieron paso a las Cruces.

Mira a tus Tierras Amadas!
Y si hoy nos arrancan las Cruces,
¡Brillen de nuevo las luces
del filo de las espadas!