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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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10 de febrero de 2011

Cardenal Pie, obispo de Poitiers –III el naturalismo anti-cristo







por el R.P. José María Iraburu


Tomado de su blog Reforma ó Apostasía








–Perdone, pero tengo información cierta de que el personal se va cansando del tema del Cardenal Pie.

–¿Y qué le vamos a hacer?… Le cuento. En Burgos, en la Facultad de Teología, hace años, me encargaron seleccionar en los grandes fondos de la Biblioteca general los libros que debían reunirse en un Seminario de Espiritualidad, poniéndolos más a mano. Y revisando todos esos fondos, acumulados desde el siglo XVI, pude comprobar, p. ej., que había muy pocos ejemplares de las Obras de San Juan de la Cruz, y que por el contrario se hallaban numerosas ediciones de obras como Alfalfa espiritual para las ovejas de Cristo, o bien Reloj ascético para despertar conciencias dormidas, y otros libros semejantes. Se veía claramente que éstos fueron en su tiempo los libros más leídos por el personal, y que pocos leían a San Juan de la Cruz. ¿Y qué le vamos a hacer?… «Yo he venido al mundo para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37). Y el Cardenal Pie dice la verdad. Y yo la digo.


risto es Rey, y la Iglesia ora y labora para que reine sobre los hombres y sobre las naciones. Como ya confesamos en posts anteriores (20-21), Cristo es el Rey del mundo: a Él le ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18); ya en el presente histórico «vive y reina por los siglos de los siglos», y sabemos además con absoluta certeza de fe que finalmente «todas las naciones vendrán a postrarse en su presencia» (Ap 15,4), y que «su reino no tendrá fin» (Lc 1,33). Esta verdad grandiosa es uno de los temas centrales de la sagrada Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

Mons. Pie, recordando las tres primeras peticiones del Padrenuestro –santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo–, escribe: «Jesucristo, al enseñar la oración dominical, dispuso que ninguno de los suyos pudiese cumplir el primer acto de la religión, que es la oración, sin ponerse en relación con todo lo que pueda hacer progresar o retardar, favorecer o impedir el reino de Dios sobre la tierra. Y evidentemente, como las obras del hombre deben estar coordinadas con su oración, un cristiano no es digno de tal nombre si no se emplea activamente, de acuerdo a la medida de sus fuerzas, en procurar este reino temporal de Dios, y en despejar lo que lo obstaculiza» (III,500).

«No queremos que él reine sobre nosotros» (Lc 19,14). La fe en Cristo Rey y en la conveniencia de que ya en la historia reine en el mundo, una fe siempre viva en la Europa cristiana, comienza a ser negada abiertamente desde los comienzos del siglo XVIII por los filósofos, de los que parte la masonería, la Ilustración, el liberalismo. El espíritu diábólico infunde así en los hombres la convicción de que sólamente lograrán ser del todo libres, del todo hombres, cuando se sacudan el «yugo suave y la carga ligera» de Cristo (Mt 11,30), y afirmen con plena decisión, personal y colectivamente. Es el mismo espíritu que le hace decir al Israel rebelde a Yavé: «no te serviré (non serviam)… Somos libres, no te seguiremos» (Jer 2,20.31).

Esta rebelión de las naciones contra Cristo, iniciada en Occidente y difundida a todos los pueblos que le siguen, es ya la forma cultural y política predominante en nuestra época. Hombres de la cultura, y concretamente los políticos, han sustraído, han robado el mundo a Cristo, su Señor natural. Y llevan siglos destrozando la antigua Cristiandad occidental día a día, más y más, la cultura, las costumbres, la educación, las leyes, la vida política, los medios de comunicación, el pensamiento, el arte, todo. Y aunque no llegan a derribar las Catedrales, ciertamente procuran siempre borrar hasta el menor vestigio secular del antiguo mundo cristiano.

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7 de febrero de 2011

Cardenal Pie, obispo de Poitiers –II maestro de Papas





por el R.P. José María Iraburu


Tomado de su blog Reforma ó Apostasía









–¿No irá usted a poner el magisterio de un Obispo por encima del Magisterio pontificio?

–No, ciertamente. Pero sí quiero señalar, poniendo como ejemplo al Obispo de Poitiers, lo que puede hacer un Obispo, uno solo, cuando toma en serio su condición de Sucesor de los Apóstoles, y no se autolimita en un corporativismo episcopal que, en tiempos de crisis, puede ser muy lamentable.


Los seminarios de Saint-Sulpice, donde Pie se formó –en el de París, concretamente–, daban una buena formación espiritual y cultural; pero entre los profesores algunos eran de tendencia galicana, otros ultramontana. Y la enseñanza doctrinal era ecléctica, ciertamente no tomista, y de escasa calidad.

Católico romano, no galicano. La mayoría de los obispos de Francia eran en aquel tiempo de tendencia más o menos acentuadamente galicana. El galicanismo estimaba que las bulas de los Papas no obligaban en ninguna diócesis de Francia sino después de ser aprobadas por el Gobierno y promulgadas por los obispos. Durante el concilio de Trento fue precisamente la presión del episcopado francés la que impidió la definición del primado del Papa. En 1682, a petición de Luis XIV, la Asamblea General del Clero proclamó «los cuatro principios del galicanismo», que resumo con poca precisión muy brevemente: Pedro y Pablo y sus sucesores recibieron una potestad espiritual, pero no civil; los concilios son superiores al Papa; los cánones eclesiásticos son válidos, pero también obligan las tradiciones de la Iglesia de Francia; el Papa no es infalible sin el consentimiento de la Iglesia. Esos cuatro principios fueron condenados por Alejandro VIII, y también por Inocencio XI. Y en 1693 Luis XIV se vio obligado a retirarlos, pero la doctrina galicana nunca fue abjurada y de hecho siguió vigente hasta el concilio Vaticano I.

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2 de febrero de 2011

Cardenal Pie, obispo de Poitiers –I. Lúcido y valiente




por el R.P. José María Iraburu


Tomado de su blog Reforma ó Apostasía










–Perdone, pero ¿este escrito suyo no es un plagio del libro del P. Sáenz?

–Bueno, en realidad toma por base el libro del P. Alfredo Sáenz, S. J., El Cardenal Pie, lucidez y coraje al servicio de la verdad (Ed. Nihuil - Ed. Gladius, Buenos Aires 1987; hay nueva edición en Gladius 2007, 538 ps.). Pero tanto como un plagio no es. El P. Sáenz es buen amigo mío y me lo consiente con todo gusto. En la Fundación GRATIS DATE le hemos publicado tres preciosas obras suyas (Catálogo F.GD). Él a su vez escribió su libro tomando como base la obra de Mons. Baunard, Histoire du Cardinal Pie, Ed. H. Oudin, 18862, vols. I-II; y la de Jean Creté, Vie du cardinal Pie, 1980. Unos y otros citan los textos de Oeuvres de Monseigneur l’évêque de Poitiers, Paris-Poitiers, Ouidin 1886-1879, vols. I-IX.


ouis Edouard Pie (1815-1880), hijo de un zapatero, nace en un pueblecito de la diócesis de Chartres, estudia en un colegio y en el Seminario Menor de esa ciudad, en 1835 ingresa en el Seminario de San Sulpicio, cerca de París, es ordenado sacerdote en 1839 y Obispo de Poitiers en 1849, donde ejerce su ministerio pastoral durante treinte años, hasta su muerte, siempre bajo el lema mariano Tuus sum ego, que hace suyo ya al recibir el subdiaconado. A mediados del XIX, cuando parte del episcopado francés era galicano y otra parte ultramontano, según se inclinase a una cierta autonomía de Roma o profesara una fidelidad total a la Sede romana, el Obispo de Poitiers se adhiere siempre en doctrina y disciplina a Roma, como todos los obispos de la zona eclesiástica de Burdeos, a la que pertenece Poitiers. Muerto el Beato Pío IX (1878), con quien mantenía una relación personal y cordial muy estrecha, su sucesor, León XIII, en uno de sus primeros actos, creó Cardenal al Obispo de Poitiers (1879).

Mons. Pie, desde su ordenación episcopal, se mostró sumamente devoto de San Hilario de Poitiers (310-367) –el gran defensor, con San Atanasio, de la divinidad de Cristo frente a los arrianos–, procurando en todo seguir su ejemplo y citando sus escritos con gran frecuencia. Cuidó siempre especialmente de los sacerdotes y de los religiosos. A semejanza de San Carlos Borromeo en referencia a San Ambrosio de Milán, fundó Pie los Oblatos de San Hilario, para sacerdotes diocesanos con vida comunitaria. Celebró veinte Sínodos diocesanos, procurando siempre en ellos la buena formación doctrinal de su clero, su fervor espiritual y pastoral, y si fidelidad disciplinar.

Poitiers es un lugar de Francia de muy especial significación histórica. –En la batalla de Poitiers es donde los francos, dirigidos por Carlos Martel, logran una victoria militar definitiva sobre los invasores islámicos (732), salvando la autonomía y el cristianismo de las naciones europeas. –Cerca de la ciudad de Poitiers está la abadía de Ligugé, cuna de la vida monástica en las Galias. Fué fundada en el año 361 por San Martín de Tours (316-397), discípulo de San Hilario, obispo de Poitiers, que le cedió el terreno de una antigua villa romana. Este monasterio fue rescatado de las ruinas por Mons. Pie y su íntimo amigo dom Guéranger (1805-1875), restaurado en Solesmes de la vida monástica en Francia, que había sido eliminada por la Revolución. –La Vendée, perteneciente a la diócesis de Poitiers, fue misionada por San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), y presentó la resistencia y la guerra más valiente contra las fuerzas anticristianas de la Revolución (1793-1796).

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