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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

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14 de octubre de 2008

Apología de la Hispanidad (3)


Tercera y última parte del





Discurso pronunciado en el Teatro «Colón»,
de Buenos Aires, el día 12 de octubre de 1934,
en la velada conmemorativa del «Día de la Raza»
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por S. E. R. Dr. Isidro Cardenal Gomá Tomás,
arzobispo de Toledo y Primado de España.
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Veamos ahora las

IV
Formas más eficaces de hacer raza
y trabajar por la hispanidad

Perdonadme que reitere la palabra y el concepto de hispanidad, porque todos los valores espirituales de la América latina son originariamente españoles; porque estos valores han sido sostenidos durante tres siglos por la acción política y administrativa de España, y más aún por la acción misionera de España; y porque si los siglos pasados señalan a los pueblos sus caminos, faltaríamos a nuestra misión histórica si no hiciéramos hispanidad.

Cierto que otras naciones europeas han aportado a la América latina, sobre todo en el último siglo, su caudal de sangre, de esfuerzo, de civilización peculiar. Pero todas ellas no han dejado más que un sedimento superficial en la gran masa de la población americana; algo más denso en las modernas ciudades cosmopolitas. Pero las capas profundas de la civilización secular de estas Américas las pusimos nosotros, con la erección de sus más famosas ciudades, que se construyeron al estilo español; con los obispados y misiones, que irradiaron la vida espiritual de la Metrópoli hasta el corazón de las selvas vírgenes; con esos Cabildos o Municipios, a los que se concedieron iguales privilegios que a los de Castilla y León, institución de derecho político que no ha sido igualada en ningún país de Europa; con las Universidades, que lograron tanto lustre como las de Europa y que difundieron aquí la cultura en el mismo nivel que en el mundo viejo; en las encomiendas y reducciones, sobre todo las asombrosas reducciones del Plata, que llevaron a estos pueblos a ser tan felices como pueda haberlo sido pueblo alguno de la tierra, pudiendo parangonarse las instituciones de derecho civil y político de estos países con las conquistas de la moderna democracia, sin los peligros de la atomización de la autoridad. Sobre estos pilares se levantó la civilización americana, que, o dejará de ser lo que es, o debiera seguir por los caminos de la hispanidad.

Lo primero que hay que hacer para que España y América se encuentren y se abracen en el punto vivo que les es común, que es su propia alma, es destruir la leyenda negra de una conquista inhumana y de una dominación cruel de España en América. Lo pide la verdad histórica; lo exigen las últimas investigaciones de la crítica, hecha sobre documentos auténticos del Archivo de Indias por historiadores que tal vez fueron a bucear allí para sacar testimonios contra España; lo reclama la justicia, porque la leyenda negra es un estigma que no sólo deshonra a España, sino que puede perjudicarla en sus intereses vitales –iguales, a lo menos, a los de todo el mundo– sobre estas tierras que descubrió y civilizó y de las que tal vez se la quiera desplazar.

Valen en este punto todos los recursos que no se apoyen en una falsedad o en una injusticia. Las naciones no están obligadas a la ley del Evangelio que nos manda ofrecer la mejilla sana cuando se nos ha herido en la otra. Verdad contra la mentira; la vindicación legítima contra la calumnia villana; el sol entero de nuestra gloria en América para disipar los puntos negros de nuestra gestión.

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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del gran prelado español.

13 de octubre de 2008

Apología de la Hispanidad (2)


Segunda parte del


Discurso pronunciado en el Teatro «Colón»,
de Buenos Aires, el día 12 de octubre de 1934,
en la velada conmemorativa del «Día de la Raza»
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por S. E. R. Dr. Isidro Cardenal Gomá Tomás,
arzobispo de Toledo y Primado de España.
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II
La obra de España, obra de catolicismo

Yo debiera demostraros ahora que la obra de España fué, antes que todo, obra de catolicismo. No es necesario. Aquí está el hecho, colosal. Al siglo de empezada la conquista, América era virtualmente cristiana. La Cruz señoreaba, con el pendón de Castilla, las vastísimas regiones que se extienden de Méjico a la Patagonia; cesaban los sacrificios humanos y las supersticiones horrendas; templos magníficos cobijaban bajo sus bóvedas a aquellos pueblos, antes bárbaros, y germinaban en nuevos y dilatados países las virtudes del Evangelio. Jesucristo había triplicado su reino en la tierra.

Porque España fué un Estado misionero antes que conquistador. Si utilizó la espada fué para que, sin violencia, pasara triunfante la Cruz. La tónica de la conquista la daba Isabel la Católica, cuando a la hora de su muerte dictaba al escribano real estas palabras: «Nuestra principal intención fué de procurar atraer a los pueblos dellas (de las Indias) e los convertir a Nuestra santa fe catholica.» La daba Carlos V cuando, al despedir a los Prelados de Panamá y Cartagena, les decía: «Mirad que os he echado aquellas ánimas a cuestas; parad mientes que deis cuenta dellas a Dios, y me descarguéis a mí.» La dieron todos los Monarcas en frases que suscribiría el más ardoroso misionero de nuestra fe. La daban las leyes de Indias, cuyo pensamiento oscila entre estas dos grandes preocupaciones: la enseñanza del cristianismo y la defensa de los aborígenes.

España mandó a América lo más selecto de sus misioneros. Franciscanos, Dominicos, Agustinos, Jesuítas, acá enviaron hombres de talla y de fama europea. Los nombres de Fray Juan de Gaona, una de las primeras glorias de la iglesia americana; de Fray Francisco de Bustamante, uno de los grandes predicadores de su tiempo; Fray Alonso de Veracruz, teólogo eminente; todos ellos eran de alto abolengo, o por la sangre o por las letras, y dejaban una Europa que les hubiera levantado sobre las alas de la fama.

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Para leer esta segunda parte del discurso haga click sobre la imagen del ilustre Obispo, que fiel a estas palabras, pronunciadas en 1934, predicó la Cruzada Española de 1936.

12 de octubre de 2008

Apología de la Hispanidad (1)

Comentario inicial: como los lectores del blog no habrán dejado de notar, soy ferviente defensor y partidario de la Hispanidad.

Para este día en particular, que debería celebrarse con todo fausto en 20 naciones hermanas, pero pasa acallado por las voces, ¡ay!, hoy dominantes: indigenistas, anticatólicas y antiespañolas, he reservado este magnífico discurso, que si bien fue pronunciado de un solo tirón, lo publicaré en tres partes, para que pueeda ser leído, meditado y saboreado en toda su extensión. No tiene ni una coma de más, ... ni de menos.

Esta es la voz de un Obispo Católico. Esta es "sal que sala la Tierra". ¡Ay!, otra vez, ¡Qué diferencia con las voces de nuestros políticamente correctos, hodiernos obis...pillos!. Otras voces, otros discursos.

A todos los hispanos que se sienten hijos de la Madre Patria, un fuerte abrazo en Xto Rey.

El Cruzamante

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Discurso pronunciado en el Teatro «Colón»,
de Buenos Aires, el día 12 de octubre de 1934,
en la velada conmemorativa del «Día de la Raza»
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por S. E. R. Dr. Isidro Cardenal Gomá Tomás,
arzobispo de Toledo y Primado de España.
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(para conocer a este insigne Príncipe de la Iglesia haga click sobre su imagen)
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Nunca, en funciones de orador, me sentí sobrecogido como en estos momentos. Me encuentro como desplazado, porque todo aquí es para mí nuevo: el sitio, un teatro fastuoso en vez de un templo; un auditorio cultísimo, en que se concentra la flor de una civilización; el tema, que deberá versar sobre la Raza, y que sólo de lejos podrá rozarse con las doctrinas del magisterio episcopal; y, sobre todo, el enorme desnivel entre esta asamblea y este orador. Porque yo he venido aquí sin el bagaje de un ideario que pueda llenar las exigencias de vuestro pensamiento, sin esta autoridad que sólo puede dar un nombre especializado en cuestiones de americanismo o consagrado por la elocuencia, y sin lo que en estos momentos se requiere para dar tono a un discurso: una palabra rica para reproducir, como en un arpa, los movimientos del espíritu o el relampagueo de una imaginación que no tengo; cálida, para que produzca en los corazones el entusiasmo o la emoción; fuerte, intencionada y dúctil, para fundir en uno vuestro pensamiento y el mío: que en todo esto consiste la elocuencia, y ésta, la soberana de las almas, fué siempre más propicia a los jóvenes que a los viejos, para quienes, dice Cicerón, naturaleza ha reservado los dones pacíficos y lentos del buen juicio y del consejo.

Pero no me arredra este cúmulo de factores adversos. Son más y de mayor fuerza los que me alientan. Es la invitación, llena de fraternal afecto, del señor Arzobispo de Buenos Aires, que, interpretando el sentir hispano de este gran pueblo, del que es pastor insigne, llama al Primado de España para que interprete el sentido de hispanidad de esta fiesta de la Raza y evoque por unos momentos nuestra unidad de origen, de historia y de destinos, en la caduca Europa y en esta América, lozana y pujante. Es esta lengua, vuestra y mía, que acá injertaron los españoles en los pueblos aborígenes y que dentro de un siglo será el vínculo social de cien millones de seres humanos. Es el alma latina, y especificando más, el alma española, asiento de la hidalguía, madre de la claridad espiritual meridiana, que ha llenado ambos mundos con el hálito del amor que funde y con este sentido cristiano que acá y allá forma el subsuelo de la vida. Es esta fe la fe de Cristo, que empujó a nuestros mayores a salvar el Atlántico; que arrancó de la idolatría a los viejos pobladores de América; que realizó la visión de Miqueas, porque por ella pudo levantarse en todo meridiano la Hostia pura y Blanca, oblatio munda, desde las bajas Antillas a los Andes, de la tierra de Magallanes a Beering, y desde la que hoy el Amor de los Amores, vuestro Jesús y mi Jesús, ha dominado inmensas multitudes, fundido el pensamiento en el mismo dogma y el corazón en la misma caridad. Es la misma autoridad espiritual, el gran Papa Pío XI, que ha querido dar a este Congreso Eucarístico un sello particular de unidad, enviándole la representación más alta y más identificada con él, el Emmo. Cardenal Pacelli, a quien todos, vosotros y yo, rendimos el homenaje de nuestra admiración, por ser quien es y de nuestro rendimiento por lo que representa.

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para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Cardenal. (allí encontrará un enlace para conocerlo).