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Otro artículo más largo sobre Rock: Revolución y Satanismo
(Cardenal Joseph Ratzinger, Papa Benedicto XVI)
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Después de haberse graduado en Padua el 25 de septiembre de 1655, fue ordenado sacerdote el 21 de diciembre siguiente, y a los dos meses se trasladó a Roma por invitación de Alejandro VII, que lo había conocido en Münster, a donde Barbarigo había ido como secretario del embajador de Venecia para el congreso de paz de Westfalia. Quería una comida sobria, pero muchos libros para alimentarse intelectualmente. En Roma lo sorprendió la epidemia de la peste: "Al principio sentía tanto miedo que me parecía morir"; pero aceptó el puesto de organizador de sanidad pública, y se demostró activísimo y valiente.
Cuando lo nombraron obispo de Bérgamo, hizo su entrada en privado el 27 de marzo de 1658. Puso su esmero sobre todo en las escuelas cristianas y en la formación de los candidatos al sacerdocio. En 1660 fue nombrado cardenal, y a los cuatro años elegido para la importante sede episcopal de Padua. Concluía un programa pastoral así: "El ver ciertas ocasiones de escándalos, de pecados, sin saber qué camino coger: estos, hermanos, son mis angustias, mis males, estas mis lágrimas".
En las frecuentes visitas pastorales a las 320 parroquias, el infatigable obispo se mezclaba con los bulliciosos niños para explicarles el catecismo. Su preocupación principal fue la formación de los seminaristas. Vendió todos los objetos de plata del palacio y compró un viejo monasterio que transformó en seminario; después no ahorró gastos con tal de llevar profesores de Milán y hasta del extranjero.
Todos los días iba a estar con los alumnos, porque, como le escribió al gran duque Cósimo III, "el seminario es un poco de descanso, o por decir mejor el único descanso que encuentro entre las espinas del gobierno episcopal". En los dos últimos conclaves en los que participó casi resulta elegido Papa. A fines de mayo de 1697 salió para su última visita pastoral. Murió el 18 de junio de ese mismo año, con merecida fama de Santo.
Antoine de Saint Exupery escribió, en El Principito, la frase que sirve de título a estas líneas. El significado es obvio: las cosas en verdad importantes en la vida humana no son los oropeles del mundo, los que se ven, se palpan y se disfrutan.
Pero, curiosamente, esa frase tan acertada vino a mi memoria hace pocos días, a propósito de algo que a primera vista poco tiene que ver con Saint Exupery: la llegada a nuestra Capital de la antorcha olímpica camino a Beijing y los juegos que se celebrarán allí en poco tiempo más. Los diarios informaban de algo curioso: a su paso por la Ciudad de la Santísima Trinidad y puerto de Santa María de los Buenos Aires, y a diferencia de la mayoría de las ciudades europeas y americanas, el desfile de la antorcha olímpica no sufrió el más mínimo menoscabo, protesta o repudio. Cosa nada fácil de entender. Si hay un país en el que proliferan los organismos defensores de los «derechos humanos» es esta pobre Ínsula. Y si hay un país que viola setenta veces siete cada día esos derechos es la China actual. ¿Cómo entender esta circunstancia? ¿Cómo hicieron estos ofensores para no tropezar con aquellos defensores? ¿Los pescaron descuidados o mirando para otro lado?
Quizás convenga buscar la explicación en una historia reciente pero hasta ahora muy mal contada: la del siglo XX. Imaginemos un selenita que cayera en la tierra y se atiborrara de los muchos libros en que se relatan los sucedidos de la recién fenecida centuria. Y que se tropezara con los numerosos testimonios de los crímenes del comunismo. El más completo de los cuales es El libro negro del comunismo por Stephen Courtois y otros. En él, como es sabido, se cifra en cien millones la cantidad de personas asesinadas, durante el siglo XX, por los diversos regímenes comunistas. ¿Qué diría el selenita? Primero preguntaría si el dato es verdadero y se le contestaría que varios comentaristas han observado que el cálculo es demasiado conservador pero que la cantidad de cien millones puede considerarse un mínimo indudable. A continuación el selenita sorprendido preguntaría si no era ese un dato esencial para entender la Historia del siglo en que se produjo tal matanza y se asombraría de ver el dato sencillamente ignorado en numerosos libros. Cómo –diría–, ¿qué historiador del siglo XIV podría omitir la Peste Negra que se llevó veinticinco millones de europeos?
¿Y qué historiador del siglo XVI podría olvidar los cerca de setenta millones de indígenas americanos que murieron víctimas de la viruela y otras enfermedades?
Es evidente que aquí hay algo raro. Si se analizan los regímenes comunistas en que se produjeron los crímenes, se verá también que no se trata de «accidentes históricos» no deseados, como las muertes del siglo XIV y del XVI, ambas producto de la irrupción de microbios contra los que las poblaciones locales no tenían anticuerpos. Por el contrario, aquellos regímenes no sólo practicaron el terror sino que hicieron del Terrorismo de Estado la clave de su supervivencia. Intentaban implantar un sistema contrario a la naturaleza humana y rechazado por el grueso de la población. Las minorías apoderadas del aparato estatal no podían mantenerse en su posición más que creando un clima de terror que paralizara a sus enemigos. Por eso ni cabe la discusión, a estas alturas, sobre si fue Lenin o fue Stalin el que comenzó la persecución a los burgueses, kulaks (campesinos ricos) y demás «elementos contrarrevolucionarios». La toma del Palacio de Invierno se hizo el 7 de Noviembre de 1917. La creación de la Cheka (primera forma del organismo represor que terminó llamándose KGB) fue el 7 de Diciembre de ese mismo año, exactamente un mes después. El comunismo, quedaba probado, no se sirve del terror, el comunismo es y siempre será el terror en acción.
Ahora bien, así como el mago David Copperfield hizo desaparecer, ante un auditorio atónito, la Torre Eifel, los periodistas e intelectuales han escamoteado con un solo pase mágico este monumental hecho del siglo XX. Lo esencial se ha desvanecido delante de nuestros ojos: el terrorismo de izquierda no existe y naturalmente todos los juicios que se hacen respecto del comunismo en sus diversas formas quedan falseados ante esta colosal omisión.
Y la izquierda argentina ha logrado, además de coadyuvar en el objetivo general, que hasta la Corte Suprema, en un arranque de Suprema Irrisión, le de la razón. Los crímenes de los militares son imprescriptibles, inolvidables, imperdonables, los de los terroristas no. Asombroso pase de magia por el que unas vidas humanas son invalorables pero el Estado las pagará a precio de oro y otras en cambio sólo merecen el olvido.
Supongo, lector amigo, que has visto la relación entre Saint Exupery, la antorcha china y el terror comunista. Y has asistido a esta fascinante paradoja: lo esencial puede ser invisible a los ojos por su propia naturaleza o porque una clase dirigente intelectual lo hace desaparecer del horizonte dejando en su lugar una montaña de mentiras y engaños, una colina de sofismas.
Para Hegel el Estado sólo existe cuando los ciudadanos pueden encontrar satisfacción a sus intereses razonables y, a la vez, reconocen al Estado al reconocer su voluntad particular manifestada en la voluntad general a través de las leyes. Es decir, el Estado existe cuando es capaz de conciliar lo particular –los intereses particulares- con lo universal –la voluntad general-. Cuando esta conciliación se realiza, es entonces cuando el individuo es libre.
Sin embargo, la realización de estos postulados en el Estado moderno, en la actual democracia moderna, ha llevado a la tiranía del pensamiento políticamente correcto o la llamada tiranía de la mayoría. La libertad de pensamiento y de realización de la persona, ha sido cercenada.
Para Hegel, si un grupo no se ve representado por la voluntad general, generaría una facción dentro del Estado, opuesto al mismo. Para evitar esta posibilidad el Estado moderno ha destruido aquello que dice defender. Y lo ha hecho a través de un sistema de medios de comunicación, que al más puro estilo orwelliano, nos dice que debemos pensar –lo políticamente correcto- asegurando así un pueblo sumiso que vive en la ilusión de ser libre. A esta sumisión e ilusión se ha llegado haciendo uso de varios mitos.
La ingeniería social
Antes de hablar de los mitos voy a definir el término ingeniería social, que es fundamental para poder explicar con claridad lo que quiero decir. Por ingeniería social entiendo el conjunto de medios que el sistema utiliza para imbuirnos ciertas ideas, formas de pensar, esquemas mentales, etc. Esta ingeniería está en la televisión, la radio, los periódicos, internet, etc. Tras la repetición de ciertos hechos o ciertas ideas, de manera directa o indirecta, se lleva a que las personas asuman como propios ciertos postulados, que se incorporan a la conciencia colectiva, manifestada en lo políticamente correcto y a la cual no se puede contradecir sin sufrir una anatema social.
El mito del hedonismo y el vitalismo
Los medios de comunicación nos invaden con mensajes e imágenes que, de manera más o menos sutil, nos invitan a poner como fin de nuestra vida el placer (hedonismo) e igualmente se nos invita a dejarnos llevar “por lo que pide el cuerpo” (vitalismo). Su manifestación diaria está en: la mentalidad de la fiesta, del querer las cosas hechas, del no-esfuerzo, la sexualidad desordenada, la pornografía, el gusto por lo morboso y bajo, el poco interés por los temas culturales o humanísticos de verdad, la televisión basura, etc. Esto no deja de ser la más abyecta tiranía de las pasiones sobre la libre voluntad, lo cual persigue dos fines.
El mito del progreso
Así la ingeniería social maneja y cercena la libertad de pensamiento de la población. Todo este proceso consigue varias cosas: a) hace creer a la gente que son libres, que han elegido libremente su lucha, sus pensamientos y su posicionamiento respecto a un tema, y que además el Estado es bueno porque ha cumplido con sus expectativas; b) de que el mundo (o el país) progresa y eso es bueno; c) de que su modo de vida se concilia perfectamente con las reivindicaciones que han abanderado, por lo que se reafirma en su estilo de vida vitalista y hedonista. Es un círculo vicioso del que la salida es difícil. Queda así claro que la democracia liberal es la gran dictadura del pensamiento políticamente correcto.
La finalidad
¿Cuál es la finalidad de esta dictadura del pensamiento? La respuesta está en el otro gran aspecto del liberalismo: la economía. Con este sistema se consigue una gran cantidad de gente que vive presa de la novedad y de los impulsos que le transmiten desde la ingeniería social. Es la manera perfecta de conseguir una masa aborregada que no se cuestiona nada y está ansiosa de novedades. Así, siempre está dispuesta a consumir las nuevas modas, tecnologías, tendencias, etc. Todo el sistema está hecho para favorecer el consumismo: la homogeneización social a escala mundial, la generación de necesidades artificiales, la publicidad, etc. Estamos inmersos en una sociedad sustancialmente económica donde se enriquecen unos pocos que a su vez son los que sostienen el sistema. La finalidad del sistema es, en última instancia, el beneficio económico desmesurado de unos cuantos, a costa de nuestra libertad. Pero tampoco debería extrañarnos, al fin y al cabo, los fundamentos políticos que han dado lugar a nuestra democracia liberal se encuentran en la filosofía burguesa que aspiraba a esto: el enriquecimiento económico.
Objeciones
Se podría responder que el Estado no nos quiere poco formados sino que nos invita a la lectura y nos pone escuelas. Veámoslo con detalle.
Se podría argumentar que el sistema no quiere sólo que vivamos para nosotros mismos o únicamente de una forma vitalista o hedonista. Nos invita a ser solidarios, constantemente. Esto es obvio, el sistema sabe que las personas necesitamos salir de nosotros y sentir que hacemos algo por los demás, es lo mínimo de la naturaleza humana. Pero el modo que nos ofrece el sistema es una salida fácil. No nos pide que cambiemos el mundo –eso es imposible, dice-, simplemente que hagamos algo sencillo: apadrinar un niño, dar dinero a una ong o hasta participar en algún grupo solidario. Sin embargo:
Ahora, no digo que participar en algunas de estas actividades no pueda ser bueno, simplemente que no son contradictorias con el sistema. Mas bien al contrario, lo refuerzan porque no cuestionan su raíz y nos hacen sentir satisfechos –aunque no hayamos conseguido realmente cambiar las estructuras que hacen posible tantos males-.
Se me podrá decir que el sistema me deja expresarme contra él y no pasa nada. Bueno, soy políticamente incorrecto y, por tanto, mal visto. En segundo lugar este texto nunca pasará de ciertos círculos. Jamás aparecerá en primera plana de un periódico o se debatirá del mismo en la televisión de manera justa. Y si algo de eso pasase no sería gracias al sistema, sino a pesar suyo.
El papel de la Iglesia Católica y su neutralización
Sin embargo el sistema no puede alterar la naturaleza profunda del ser humano. Este tiene anhelo de eternidad, de infinito, de verdad, de bien, de belleza y de justicia. Es a lo que aspira el ser humano, es el suspiro eterno que saldrá de su alma hasta que encuentre la Verdad. Es la religión quien da respuesta a estos anhelos humanos; el vitalismo, el hedonismo, el consumismo, etc. son un mal sustituto de la fe, que rápidamente nos cansan y hastían. Pero la religión nos coloca en unos valores y en una forma sana de entender el mundo completamente opuesta al actual sistema. La búsqueda continua y sincera de la Verdad nos deposita en la Iglesia de Cristo, en la Iglesia Católica. Pero la fe que guarda la Iglesia tiene un conjunto de valores, una cosmovisión que es incompatible con el actual sistema. Y lo es, aunque mostrar esto requerirá de otro artículo. El sistema es consciente de ello y quiere relegar a Jesucristo al ámbito de lo privado. Manifestarse hoy día como católico es algo políticamente incorrecto. Y es que, la verdadera enemiga del sistema es la Iglesia Católica. Si la Iglesia, tomando la expresión de Chesterton, hiciese uso de su dinamita, no sólo volaría un sistema injusto por naturaleza sino que podría dar el sustrato sano y firme para una buena sociedad.
La facción dentro del Estado y opuesto al mismo
Hegel afirma que cuando dentro del Estado hay un grupo que no se siente identificado con la voluntad general, crea una facción dentro del Estado opuesto al mismo. Si esto es cierto, evidentemente hoy la gran mayoría, por activa o por pasiva, se siente identificada con la voluntad general, puesto que no cuestionan el Estado, o mejor dicho, no cuestionan el mismo sistema. Hay pequeños grupos que sí cuestionan al mismo sistema, aunque no todos se puedan decir que sean muy inteligentes. Es más, muchos de estos grupos antisistema son instrumentos del sistema. Estos individuos sucios, con pintas raras, que acuden a la violencia y se dicen así mismos antisistema, no dejan de ser un instrumento del sistema para poder decir: ¿Qué prefieres, lo que hay o eso? Y la respuesta es obvia, nadie va a quedarse con “eso”.
Por tanto, hay que realmente hacer una facción a esta tiranía, una oposición intelectual fundamentada en la fe, la tradición y la recta razón, con una visión cristiana de la sociedad, de la política y de la economía. Quizás en la actualidad el único sitio donde se me ocurre que podemos ver algo así es en el Carlismo y el distributismo.
Pedro Jiménez de León
Tomado de Hispánitas.




Una breve síntesis de una unidad heroica que con sus sacrificios hizo un gran servicio a España
El 1 de Abril de 1939 acaba, por fin, la Guerra de Liberación en España, considerada como Cruzada por el Episcopado de entonces, después de casi 3 años de lucha encarnizada. Por fin se había conseguido la Victoria sobre la masonería y el comunismo ateo en tierra española, en tierra de María. A partir de ese momento comenzaba la reconstrucción de la nación, que estaba desecha, pero que tenía la firme convicción de ser un pueblo grande, bendecido por Dios, y con todas las posibilidades de participar en su prosperidad. Tenían por delante un gran trabajo, y Franco, dirigente de ese triunfo, encabezaba también el resurgimiento de una España herida por sus muertos, pero orgullosa de haber cumplido, una vez más con su Destino Histórico de ser baluarte de la Fe. En septiembre del mismo año de la Victoria sobre el comunismo en España, Alemania invade Polonia, aliándose con Rusia. El territorio polaco es repartido entre los dos países, comenzando así la guerra más terrible sufrida por la Humanidad. Era el inicio de la II Guerra Mundial. España quedó atrapada entre dos bandos. Inicialmente , las simpatías españolas estaban del lado del Eje (alemanes) debido a la participación alemana e italiana en la Cruzada al lado de las fuerzas nacionales. Pero Polonia era una nación católica y parte de su territorio, después de la ocupación de los alemanes, pertenecía a Rusia. España formaba parte del Pacto Anti-Comitern, y la alianza entre rusos y alemanes violaba ese acuerdo. El día 4 de Septiembre España firma un decreto de neutralidad, al que se atiene siempre pese a todo tipo de amenazas y presiones, poniendo por encima de todo la paz y resurgimiento económico de España. La economía nacional no podía permitirse el gasto de una nueva intervención militar como la que pretendía Alemania. A partir de la caída de Francia en manos alemanas, la posición neutral de España se ve más comprometida, porque Alemania parece imparable y ha ocupado el territorio vecino. A Franco, italianos y sobre todo Hitler le proponen la tentación de que si entra en la guerra, Gibraltar volvería a ser español. Un sueño largamente anhelado por toda la nación. Franco no se arruga frente a esto y responde que Gibraltar sólo es una de las aspiraciones españolas, quitándole así importancia al asunto. El 12 de junio, Franco sustituye el término de neutralidad por el de “no beligerancia”. De esta manera desconcierta a los aliados y a las fuerzas del Eje, que no saben de qué lado está el Generalísimo. Hitler seguía presionando. Éste no acostumbraba a pedir favores ni alianzas. Se limitaba a dar órdenes. Reyes o jefes de estado recibían la invitación a colaborar. Si aceptaban se les daba misiones de guerra y esperanzas de gloria, si se negaban, el país era invadido. Franco tuvo la agudísima astucia de no decirle nunca que no, sin llegar a colaborar con él en la Guerra. Tras varias gestiones de emisarios de Hitler, y las repetidas negativas españolas a entrar en la guerra, Hitler decide entrevistarse personalmente con Franco convencido de que saldrá del encuentro con el apoyo de nuestro General. El resultado, ya lo sabemos. Franco, tras una noche de oración delante del Santísimo Sacramento que mandó exponer, jugó la partida de forma magistral y no se llegó a ningún compromiso. Hitler diría más tarde que prefería sacarse unas cuantas muelas antes que volver a entrevistarse con Franco. A éste le siguen presionando y él sigue pidiendo cosas necesarias para la reconstrucción nacional (como alimentos y otro artículos de primera necesidad, maquinaria, etc) pero sin llegar a entrar en la guerra. Harto de todo esto, Hitler abandona su intento. La cosa cambia cuando el 22 de junio de 1941 Alemania invade la URSS, iniciando la llamada “Operación Barbarroja”. El 24 de junio, la juventud española se concentra en la calle, frente a la Secretaría General del Movimiento, aclamando a los alemanes que comienzan a luchar contra el monstruo ruso, causante de tanta barbarie en España y pedir la participación española en la lucha contra el comunismo, devolviendo así la “visita” hecha por los rusos comunistas del 36 al 39. El gobierno decide entonces, enviar una División de voluntarios. Pero aclara perfectamente que no se posiciona en la Guerra. La participación española es contra el comunismo, en respuesta por lo que había pasado en España, y en defensa de la Civilización Cristiana amenazada por esta satánica ideología. Serrano Súñer, ministro de Asuntos Exteriores, se dirige a la multitud enfervorizada. Se abren, a partir de entonces, banderines de enganche en toda España para reclutar a los voluntarios. Jóvenes de toda condición social y oficio acuden masivamente al llamamiento. El número de los que se presentaban era 40 veces superior al requerido para formar la División. Estudiantes, catedráticos, obreros, campesinos, altos cargos del Estado y la Falange, militares, muchos de los cuales, al no tener plaza de oficial, se alistan como soldados rasos. Todos ellos forman parte de la División Azul. El nombre de “azul” se debe al color de la camisa que vistieron, ya que la mayoría de ellos eran miembros de la Falange. El uniforme lo completaba chaqueta marrón, pantalón verde oscuro y la boina roja. Al frente de la División se nombró al General Agustín Muñoz Grandes. Era uno de los más destacados militares españoles. Tenía 9 heridas en combate. Héroe de las guerras de Marruecos y de la Cruzada, afín a los ideales sociales falangistas y famoso por su capacidad de dirección en el combate y por su campechanía y cuidado paternal de sus soldados en el frente. Concluido el reclutamiento, el 13 de julio de 1941 partían desde la estación del Norte de Madrid las primeras unidades, despedidas por sus familiares y multitud de gente, brazo en alto, acompañados por los acordes del Cara al Sol. Serrano Súñer volvió a dirigirse a los allí presentes con las siguientes palabras de despedida: “ El heroísmo de esta División Azul hará que las cinco rosas de la Falange florezcan en los torturados campos de Rusia, una esperanza que tiembla en el sepulcro de nuestro Fundador, José Antonio Primo de Rivera. ¡ Arriba España!. ¡Arriba Franco!”. Al echar a andar el tren, volvió a escucharse el Cara al Sol entonado por miles de personas brazo en alto. Desde Valencia, Valladolid y otros lugares partieron también trenes de voluntarios hacia Hendaya y desde allí por Francia hasta llegar a Alemania. Al cruzar el país vecino, la población y los rojos españoles exiliados se mostraron de forma hostil con los divisionarios, recibiendo éstos insultos y apedreamientos. Al pasar Alemania todo cambió y los españoles se vieron apabullados por las muestras de afecto. Su destino final era el campamento de Grafenwörh, donde se transformaron en la 250 División de Infantería de la Wehrmacht (250 División del ejército alemán). La organización militar alemana era muy diferente a la española y ésta tuvo que adaptarse y reorganizarse, ya que, por lo dicho anteriormente, entraron a formar parte del ejército alemán. La moral de los españoles era alta, a pesar de los cambios en todos los sentidos y del escaso rancho alemán. Hubo encendidas protestas por este motivo de algunos divisionarios y Muñoz Grandes solicitó un envío de comida desde España para que sus hombres pudieran saborear comida española dos o tres veces por semana. El General español quería a sus hombre en el frente en seguida y, contrariamente a lo previsto por los alemanes (que la habían previsto de tres meses) organizó una rápida e intensísima instrucción que duró un mes. Después de esta instrucción todos los divisionarios prestaron juramento de fidelidad a Hitler, como siempre, brazo en alto, pero con la clara advertencia de que sólo en la lucha de éste contra el comunismo. Los voluntarios españoles demostraban una capacidad de aprendizaje y manejo de las armas que desconcertaba a los alemanes. También les desconcertaba la alegría propia española y ésto, unido al poco tiempo (según ellos) de instrucción provocaba en los mandos germanos la duda de la capacidad combativa de los divisionarios. La diferencia entre alemanes y españoles se reflejaba en las muchas peleas que había. Se notaba falta de disciplina en la División, pero luego la compensaron con creces en el frente con su asombroso valor y capacidad de heroísmo y sacrificio, durante toda su estancia en la estepa rusa. Fueron llevados en tren hasta una localidad polaca y desde allí irían a pie hasta el frente. Recorrían una media de unos 40 km diarios, a pesar de lo cual, los españoles no perdieron el sentido del humor. Era fácil localizarlos en medio del paisaje. Cada Unidad de Infantería estaba encabezada por un abanderado. Cada pieza de artillería lucía una medalla de la Virgen del Pilar, de Covadonga o de la Paloma, y el yugo y las flechas adornaban muchos camiones. La vida en el campamento era muy diferente para los alemanes y para los españoles. Aquellos comían embutidos fríos, mientras que los nuestros saboreaban gazpacho y potajes. Los alemanes eran rígidos y los españoles paseaban por el campamento con una campechanía y naturalidad que encrespaba a los germanos. Todos los hombres de la División Azul se estremecían al ver acercarse el mercedes negro que llevaba al General Muñoz Grandes, que aprovechaba algún descanso para aparecer de improviso en el campamento. Se acercaba a los soldados, compartía su rancho y les ofrecía cigarrillos. Charlaba un rato con ellos y después se iba de nuevo a sus obligaciones. Los primeros caídos llegaron en tierras rusas. 29 españoles encontraron la muerte camino del frente. Otra noticia importante llega a los divisionarios: la División Azul había sido agregada al 16 Ejército del Grupo de ejércitos del Norte. Su destino sería el cerco sobre la ciudad de Leningrado. El 12 de octubre, festividad de la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad y de la División Azul, los españoles ocupan su puesto en el frente. Empieza la batalla del Volchov. La temperatura empezó a caer hasta los 5 grados bajo cero. Los españoles, por la noche, se reunían en torno a las hogueras. Los alemanes no lo podían creer. La improvisación y la cercanía de los oficiales españoles para con sus soldados (daban órdenes tomando tranquilamente una taza de café) sorprendía a los germanos. Un capitán alemán, comentó asombrado: ” Los españoles tocan la trompeta todo el día. Para comer y también para rezar. El corneta es un muchacho de unos quince años. Montan el altar, llega el sacerdote y los soldados ya están allí: arrodillados, rezando y cantando, como si la guerra no rugiera a su alrededor”. El cuartel general divisionario quedó instalado en la ciudad de Grigorovo. La División estaba desplegada a lo largo de un frente de 60 km. Los españoles tenían la misión de romper las líneas enemigas. Empezaron los combates, y con ellos los primeros caídos. Uno de los primeros fue el cabo Javier García Noblejas, camisa vieja de la Falange. Los españoles iniciaron el cruce del río en sus botes de goma. La batalla fue larga y muy dura. Los españoles lucharon con su valentía característica, encontrándose con, además de la dureza de los ataques rusos, problemas climatológicos como el frío, que a veces llegaba a congelar las ametralladoras, y el lodo (la famosa rasputitsa). Los españoles conquistaron algún pueblo y los rusos contestaban. En un tira y afloja por ambas partes, en la que cayeron muchos españoles, soldados y oficiales. Los alemanes quedaron impresionados por el heroísmo y la capacidad de sacrificio de la infantería española. En el combate y no en la retaguardia del campamento es donde se demuestran las cualidades de todo buen militar. La División fue encargada de reemplazar al grueso de un regimiento alemán en las aldeas de Otenskii, Poselok y Posad. Camino de sus nuevas posiciones los guripas descubrían los cadáveres congelados de sus camaradas. La lucha se hacía cada vez más dura. Las condiciones en que tenían que combatir los españoles eran tremendamente complicadas y los ataques rusos, tremendos. Las bajas nacionales eran tremendas, unidas a los casos de congelación y diarrea por las raciones en mal estado. Muñoz Grandes visitó a sus hombres. Se interesó por el estado de los heridos y arengó a todos:
¡A la muerte, a la muerte,