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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

31 de octubre de 2008

El cumpleaños infeliz



por el Dr Antonio Caponetto


Tomado del blog de Cabildo

CARA O CRUZ

Se ha repetido ya muchas veces que el mejor ardid del demonio es convencernos de su inexistencia. Hábil en intrigas y ocultamientos, el escondite de su propia realidad es la garantía de su éxito. Actuar negando la entidad del sujeto le otorga eficacia a la acción e impunidad al responsable. La simulación y el fraude son pues, parte substancial de su trabajo; y ha de tener forzosamente algo de endemoniado quien hace de su función una impostura y una trapacería permanente.

Mas siendo cierto lo antedicho, y sin que importe una contradicción con ello, parecería que hoy ya no se pretende negar la existencia del Demonio sino afirmar la conveniencia de su figura y el carácter positivo de su presencia. Entronizarlo como ídolo intangible y, revestido previamente de ángel de la luz, exhibirlo bajo la faz bonachona y positiva de un prometedor de utopías. Con algo de víctima incomprendida por el pasado y mucho de fulgurante dinamizador del cambio y del futuro. Ya no el monstruo que atemorizaba en la soledad a los supersticiosos, sino el mascarón sonriente que encandila y saluda a las multitudes. Ya no el oculto por su fealdad visible, sino el visible por su fealdad ocultada. Y ya no más el impresentable y el negado por su ruindad, sino el ruin presentable y caracterizado de afable.

Hay indudablemente una distancia —pero también un camino directo que la recorre y unifica— entre el escamotear aviesamente a Satán y el pedir con descaro su mandato, entre el fingir su inconsistencia y el proclamar su candidatura. Pero tácticas variables y complementarias, apuntan en el fondo a un mismo fin: segar a Dios de las almas y de los pueblos, apartar de Dios las inteligencias, las voluntades y los corazones. Tácticas reversibles e intercambiables, decimos, pero cuyos responsables tienen nombres y rostros conocidos que al revés o al derecho ya no pueden engañarnos. Janos modernos —remozados y maquillados— míreselos como se los mire, son la cara de la culpa y del odio. Mas el solo hecho de su bifrontalidad caricaturesca y luciferiana, el solo hecho de adquirir un fondo endemoniado tras una apariencia apacible, habla a las claras de una degradación de lo humano, de una atrofia del señorío y de una ausencia de la univocidad propia de lo noble. Algo sabía de esto Dostoievski cuando nos describe a Pedro Verjovenski en Los Endemoniados.

Por eso, muchas explicaciones cabrá dar sobre la actual situación argentina. Analistas y politicólogos mercan con la tragedia nacional como con un producto abaratado y en oferta. Pero no podrá inteligirse plenamente nuestro drama, ni proponerse seriamente su regeneración, sin una perspectiva teológica como la que dejamos entrever. Lo que hoy acontece en la Patria es, estrictamente hablando, diabólico. Es la Revolución Mundial Anticristiana avanzando descontroladamente, es el Judaísmo y la Masonería cogobernando a sus anchas; es el liberalismo y el socialismo repartiéndose el patrimonio material y cultural, es el marxismo y sus socios adueñándose como gavillas en rapiña de cuanto topan a su paso. Es el primado de la impostura y la inmoralidad, la tiranía de la subversión y la perversidad de la democracia. Es la Sinagoga de Satanás, como lo dijo para siempre León XIII, y el enseñoreamiento de Satán en la Ciudad del que tan bien habló Marcel de la Bigne. Era él justamente, el que explicando con trazos magníficos el dominio del Maligno sobre el cuerpo social y político, sintetizaba acertadamente la cuestión en la falacia de la soberanía popular. Y es cierto; porque secularizado el poder no queda otra cosa más que todas las formas de la rebelión del hombre contra el Creador. Pero de un hombre que ha hecho del pecado original un grito de liberación, de la masificación un motivo de orgullo, y de la suma de sus desvaríos la omnipotencia numérica de sus derechos. Así, el despotismo de la cifra y la adulación de la cantidad que comporta el mito de la soberanía popular erigido en suprema razón de los estado, va justificando y convalidándolo todo: desde el desmembramiento territorial hasta la corrupción de la moral y de las costumbres; desde la destrucción de la familia hasta la profanación de la Cruz; desde el empobrecimiento físico de la población hasta su vejamen espiritual. Siempre es el guarismo, la aritmética, la estadística o el censo lo que se invoca para legitimar las tropelías. Siempre es la prevalencia de lo más y el griterío de los acumulados, siempre es el cálculo contra la Unidad Indivisa de la Verdad, siempre es el volumen basto del averno contra la longitud etérea del Cielo. Lo que acontece en la Patria, sin dudas, es algo propiamente diabólico.

Y se entiende que en una nación ganada por las huestes del Gran Farsante no pueda sino prevalecer la mentira y la confusión deliberada, las intrigas palaciegas y las urdimbres viscosas en las que se enriedan sus mismos agentes. Porque cuando no se reconoce a Dios, pasa lo que vociferaba Sartre: “el Infierno son los otros”. Que lo diga si no —es un ejemplo— el enfermo Germán López. En manos de los lacayos del Padre de la Mentira, la Argentina está rodeada de embustes.

Mentira en el lenguaje oficial incapaz de definir y siempre pronto para adormecer y profanar. Mentira en la diplomacia reducida a la cobardía de los conciliábulos y a los enjuagues de las trastiendas. Mentira en la economía programada para los usureros y los tecnócratas. Mentira en la educación convertida en lavado de cerebros contra la rehabilitación de la inteligencia. Mentira en la seguridad pública librada a la indefensión y a las agresiones de toda índole. Mentira en las promesas demagógicas y en las bravatas comiteriles, mentiras en el parlamento y en los despachos públicos, en los balcones del oprobio o en los sillones académicos. Mentira en la oposición cómplice y envidiosa por no poder mentir desde el poder. Mentira en los atentados y en las investigaciones, en los repudios y en las interpelaciones ministeriales. Mentiras, en fin, en las invocaciones cívicas imbecilizadas de pacifismo y en las voces trémulas y psudoprotestatarias de los que debieran defenderse como siempre se han sabido defender los varones.

En este estado de cosas, este caos que es fruto causal y metódico de la negación del Orden, tiene en la persona de Alfonsín a su primer responsable y a su más penosa encarnadura. Lo decimos expresamente ante ese entorno servil de amanuenses que tratan de preservarlo y de mantener incólume su imagen. Pero su imagen es la que mostramos hoy, y que cada vez más, se vuelve nítida para la indignación nacional. Es la cara de un enemigo de Dios y de la Patria. Es el anverso y el reverso de la misma negación de Cristo y de la Fe Fundadora. Es la cara de la traición al ser nacional, de la claudicación de la estirpe y de la construcción de una factoría materialista e impía. Por eso es bueno repetirlo: cara o Cruz.

Nosotros —que hemos crecido y amado a la sombra del Crucifijo— sabemos bien lo que es el demonio. Sabemos de su vileza incurable como de su final ruinoso, para él, para sus pompas y para todos sus sirvientes de turno. Sabemos que Satán está en la Ciudad, pero la ciudad se llama de la Santísima Trinidad y de Santa María de los Buenos Aires, e “ipsa conteret caput tuum”. Ella misma —vencedora imparable en la lucha final— le aplastará la cabeza al Infame.

No. No es el Maldito el que nos amedrenta. Son los católicos tibios y rendidos. Los que todavía creen que se puede edificar una segunda república y no entienden que hay que restaurar en Cristo Rey la que tenemos despojada y en servidumbre. A ellos, el consejo sabio del Padre Ribadeneyra de andar “apercibido y armado”. A los nuestros la certeza de que “de todo laberinto se sale de arriba”. Arriba, bien alto, donde las águilas no cierran sus alas imperiales. Donde el Arcángel que custodia la Argentina ya tiene desplegado el Campamento.


La Cristiandad, una realidad histórica (4)



por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.


Capítulo III

El orden político de la Cristiandad


En la presente conferencia trataremos de exponer el modo como la Edad Media entendió el orden político, tanto en lo que hace a la estructuración jerárquica de la sociedad, cuanto a las relaciones que habían de mediar entre la autoridad espiritual y el poder temporal, con una mirada final a las proyecciones internacionales.
I. El Feudalismo y los lazos de la fidelidad

El orden político de la Edad Media tuvo su raíz en una contextura institucional de notable originalidad: el feudalismo.

1. La génesis de la institución feudal

Para captar el sentido del feudalismo es preciso examinar su origen en la Europa caótica de los siglos V al VIII. A lo largo de dichos siglos el Imperio romano se fue haciendo pedazos no sólo por el embate de las invasiones bárbaras sino también como consecuencia de la descomposición interior. En el viejo Imperio todo había dependido de la fuerza del poder central. Desde el momento en que ese poder se vio agrietado y desbordado, la ruina se hacía inevitable. Los Emperadores eran creados y destituidos según el capricho de sus guardias pretorianas. Roma fue tomada y retornada por los bárbaros, la Europa entera no era sino un vasto campo de batalla donde se enfrentaban las armas y las tribus.

En medio del desconcierto generalizado, del sálvese quien pueda, comenzaron a despuntar diversos poderes locales. A veces era el jefe de una banda que agrupaba en torno suyo a un grupo de aventureros; otras, el dueño de algún terreno, que trataba de asegurar en él la tranquilidad que el Estado, prácticamente inexistente, ya no estaba en condiciones de garantizar. La tierra se había convertido en la única fuente de riqueza, y como el intercambio de mercancías se había vuelto muy dificultoso por la peligrosidad de los caminos, era menester defenderla personalmente.

R. Pernoud compara dicha situación con lo que hoy sucede en diversos lugares, y por nuestra parte podríamos agregar que también entre nosotros, a saber, la necesidad de policías paralelas para proteger a los ciudadanos pacíficos amenazados por la ola de la delincuencia descontrolada. «Esto puede ayudarnos a comprender lo sucedido entonces: un campesino modesto, incapaz de garantizar su propia seguridad y la de su familia, se dirige a un vecino más poderoso que él con posibilidad de mantener un grupo de hombres armados; éste se compromete a defenderle y, a cambio, le pide una parte de sus cosechas. Aquél se beneficiará de una serie de garantías, y éste, el señor, se hallará más rico, más poderoso y, en consecuencia, más apto para ejercer la protección que se le pide. El acuerdo, en principio, favorecerá tanto al uno como al otro, sobre todo en circunstancias difíciles. Es un acuerdo de hombre a hombre, un contrato recíproco que, por supuesto, no sanciona ninguna autoridad superior, pero que estaba basado en una promesa, en un juramento, sacramentum, que era un acto sagrado y tenía un valor religioso» (¿Qué es la Edad Media?, 105-106).
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Y para terminar el día ¡Ave María!

30 de octubre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (6)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val



Capítulo V


MI NOMBRAMIENTO DE CARDENAL SECRETARIO DE ESTADO





No sin gran repugnancia me decido a tocar este tema mío, tan personal, al que, ciertamente, no hubiera aludido si no se hubiese hecho público hace tiempo y no hubiera sido mencionado, con más o menos pormenores, por otras perso­nas. Es más. por indiscreción de un antiguo amigo, se ha publi­cado ya impreso el texto de la carta que Su Santidad se sirvió dirigirme en aquella ocasión Por ello, he creído no debía vacilar en dar a conocer por mí mismo lo ocurrido, muy es­pecialmente teniendo en cuenta que constituye una prueba característica del modo de actuar de Pío X. Pocos, quizá, creerían fácilmente el hecho de que durante los dos meses largos que transcurrieron desde el día de su elección a la mañana en que me entregó el nombramiento, Pío X no me hizo la menor insinuación sobre sus planes a este respecto. Los más absurdos rumores circulaban por en­tonces en el ambiente con relación a la persona que tendría mayores probabilidades de ser designada por el Santo Padre para el puesto de Cardenal Secretario de Estado y sobre la resolución que adoptaría en este punto. Creo que, por mera casualidad, mi nombre apareció en la prensa al lado de otros varios, aunque, por razones claras y evidentes, parecía lógico que Su Santidad no pensara en mí, y —debo confesarlo inge­nuamente— yo mismo no me paré a considerar la posibilidad de aquella solución, tan extraña e inesperada.

Transcurrieron semanas de trabajo febril. La pesada carga de la tarea diaria no me dejaba tiempo de reflexionar en otra cosa, y sólo aspiraba a verme relevado de la ingente respon­sabilidad de un oficio transitorio, que ninguna persona razo­nable hubiera deseado ver prolongado. Más tarde supe que el Santo Padre, durante este lapso de tiempo, había requerido repetidas veces la opinión de algu­nos de los miembros más destacados y experimentados del Sacro Colegio sobre este asunto, y lo había hecho objeto de sus constantes oraciones. En la mañana del domingo 18 de octubre de 1903 despa­ché, como siempre, durante una hora varios asuntos con Su Santidad, y cuando me levantaba para despedirme, me alar­gó un sobre algo voluminoso dirigido a mí con su propia le­tra, diciendo distraídamente, como refiriéndose a algo que había olvidado: "¡Ah Monseñor! Esto es para vos." En ocasiones anteriores se había conducido en idéntica forma al terminar nuestras entrevistas, y más de una vez me había entregado grandes sobres de esta clase con igual so­brescrito, conteniendo documentos que requerían atención especial. No experimenté, por tanto, la menor sorpresa ni di importancia excepcional a este hecho. Deslicé el paquete entre los restantes papeles, y respondí: "Muy bien, Santo Padre; ya lo veré para informaros mañana." Al atravesar la loggia, camino de mis habitaciones, me detuvo el Cardenal Mocenni, quien, al parecer, había habla­do con Su Santidad por la mañana temprano y sabía lo que iba a pasar. Su Eminencia me había demostrado siempre una gran amistad y simpatía durante los ocho años que pasé en el Vaticano con León XIII, y acostumbraba tratarme con familia­ridad. "Bueno, ¿qué noticias tenemos esta mañana? —me pre­guntó con la franqueza un tanto áspera en él habitual— ¿Quién va a ser el nuevo Cardenal Secretario?" "Tened la seguridad de que yo no lo sé, Eminencia —fue mi respuesta—; el Santo Padre no ha hecho nunca alusión a este punto en presencia mía." El Cardenal inclinó un poco la cabeza para volverla a levantar con un gesto de sorpresa. "¿Cómo es esto? —excla­mó casi bruscamente—.Venga a mi cuarto."

Le seguí hasta su despacho, donde me hizo sentar, empe­zando a asediarme a preguntas. Manifestó que creía imposi­ble que yo no estuviera enterado de la decisión tomada por Su Santidad. Volví a insistir yo en el hecho de que nada ex­cepcional había ocurrido durante mi audiencia con el Papa, que no habíamos hablado ni una sola palabra sobre el futuro Cardenal Secretario y que yo me había marchado, como de costumbre, con mis papeles y un sobre con documentos que el Santo Padre me había entregado momentos antes de salir. "¡Un sobre!—exclamó—. ¿Dónde está? ¿Porqué no lo abrís?"

Así lo hice, echando una rápida ojeada a la carta que ha­bía dentro. ¿Sería demasiado decir que me sentí un tanto ofus­cado y bastante conmovido al leer su contenido? El anciano Cardenal me miraba con una sonrisa compren­siva y me daba afectuosas palmadas sobre el hombro. Junto con el autógrafo del Papa iba incluida una considerable suma en billetes de Banco, que justificaban el grosor del sobre. Con su bondad paternal, Su Santidad deseaba, sin dudas, que yo aceptase aquella cantidad, por no haber percibido hasta en­tonces remuneración de ninguna clase, y porque también deseaba contribuir a los gastos que me ocasionaría el nom­bramiento.

La carta decía así:

"
La opinión de los eminentes Cardenales que os eligieron como Secretario de Cónclave, la amabilidad con que consen­tisteis en aceptar durante este tiempo los deberes de Secreta­rio de Estado y la escrupulosa fidelidad con que habéis des­empeñado este puesto tan delicado, me obligan a rogaros os hagáis cargo, con carácter permanente, del cargo de mi Se­cretaría de Estado. "Con este motivo, y también para satisfacer una necesidad afectiva de mi propio corazón y daros una pequeña prueba de mi profunda gratitud, en el próximo Consistorio, que ha­brá de celebrarse, Dios mediante, el próximo día 9 de no­viembre, me daré el placer de crearos Cardenal de la Santa Iglesia Romana. "Para vuestra tranquilidad, debo añadir que, al obrar de este modo, cumplo un deseo de la mayoría de los Cardena­les, los cuales comparten mi admiración por los excelentes dones con que os ha dotado el Señor y con los que, cierta­mente, habréis de rendir servicios muy señalados a la Iglesia. "Al llegar a este punto, con particular afecto, os doy mi bendición apostólica. "Dado en el Vaticano el 18 de octubre de 1903 Pío P P X."

Algo repuesto de mi sorpresa, subí a ver al Santo Padre, que me recibió con particular cariño, pero descartando fir­memente cualquier intento de oponerme a su resolución o de eludir el compromiso. Habíase decidido —me aseguró— con plena deliberación, y debía inclinarme ante la voluntad de Dios como él mismo había hecho en mi presencia.

Juan Donoso Cortés: Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (14)



Capítulo VII

De cómo Dios saca el bien de la prevaricación Angélica y de la humana


De todos los misterios, el más pavoroso es este de la libertad, que constituye al hombre señor de sí mismo y le asocia a la Divinidad en la gestión y en el gobierno de las cosas humanas.

Consistiendo la libertad imperfecta dada a la criatura en la facultad suprema de escoger entre la obediencia y la rebeldía hacia su Dios, otorgarle la libertad viene a ser lo mismo que conferirle el derecho de alterar la inmaculada belleza de sus creaciones; y como quiera que en esa belleza inmaculada consiste el orden y la armonía del universo, otorgarle la facultad de alterarla viene a ser lo mismo que conferirle el derecho de sustituir el orden con el desorden, la armonía con la perturbación, el bien con el mal.

Este derecho, aun encerrado en los límites que dijimos, es tan exorbitante, y esta facultad tan monstruosa, que el mismo Dios no hubiera podido otorgarla si no hubiera estado cierto de convertirla en instrumento de sus fines y de atajar sus estragos con su poder infinito.

La razón suprema de existir la facultad concedida a la criatura de convertir el orden en desorden, la armonía en perturbación, el bien en mal, está en la potestad que tiene Dios de convertir el desorden en orden, la perturbación en armonía y el mal en bien. Suprimida esta altísima potestad en Dios, sería lógicamente necesario o suprimir aquella facultad en la criatura o negar a un mismo tiempo la divina inteligencia y la omnipotencia divina.
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Herejes (10)



por Gilbert K. Chesterton

X. De sandalias y simplicidad







La gran desgracia del pueblo inglés moderno no es que sea más fanfarrón que cualquier otro pueblo (que no lo es); es que lo es acerca cosas sobre las que no puede serlo si no quiere perderlas. Un francés puede sentirse orgulloso por ser atrevido y lógico, sin dejar por ello de ser atrevido y lógico. Un alemán puede sentirse orgulloso por ser reflexivo y ordenado sin dejar por ello de ser reflexivo y ordenado. Pero un inglés no puede sentirse orgulloso por ser simple y directo sin dejar de ser simple y directo. En relación con estas extrañas virtudes, conocerlas es matarlas. Un hombre puede ser consciente de su heroísmo, o ser consciente de su divinidad, pero no puede (a pesar de todos los poetas anglosajones) ser consciente de su inconsciencia.

No creo que pueda negarse sinceramente que cierta parte de esta imposibilidad se vincula con algo que es muy distinto (en su propia opinión al menos) de la escuela del anglosajonismo. Me refiero a esa escuela de la vida simple, que generalmente se asocia a Tolstói. Si hablar sin cesar de nuestra propia robustez nos lleva a ser menos robustos, todavía es más cierto que hablar sin cesar de nuestra propia simplicidad nos hace menos simples.

Una gran queja, creo yo, debe formularse contra los defensores de la vida simple; la vida simple en todas sus variadas formas, desde el vegetarianismo hasta la honorable coherencia de los dujobores. Esta queja contra ellos se basa en que nos llevarían a ser simples en cosas que no importan, pero complejos en las cosas importantes.
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¿ Y porqué no una Salve Regina?




Choir of the cathedral of Einsiedeln
Choral Master: Pater Roman Bannwart
Organ: Pater Cornelius Winiger
Cond.: Pater Daniel Meier

29 de octubre de 2008

Adorote , Devote

Una oleada emocional irresistible


(en todas partes se cuecen habas, el "ejemplo" argentino, ha cundido con creces) El cruzamante

por Juan Manuel de Prada

CÁNDIDO Méndez ha declarado que «ni un fiscal ni nadie» va a poder frenar la «oleada emocional irresistible» provocada por el auto del juez Garzón. La invocación a esa tromba de emociones resume, mejor que cualquier diagnóstico, un estado de cosas en el que el Derecho ha dejado de regir; porque donde triunfan las emociones desatadas, la juridicidad brilla por su ausencia. En honor a la verdad, Cándido Méndez no hace sino apuntarse así a una tradición antijurídica que en su sindicato ha contado con esforzados paladines. Ramón González Peña, destacado ugetista que «participó como dirigente en el golpe de estado contra el gobierno republicano de octubre de 1934» (según se afirma sin empacho en la biografía que nos proporciona la propia página web del sindicato), pronunciaba el 20 de febrero de 1936 un mitin en el que se defendía esta misma «oleada emocional» contra el rigor jurídico: «Para la próxima revolución -reclamaba González Peña-, es necesario que constituyamos unos grupos que yo denomino «de las cuestiones previas». En la formación de esos grupos yo no admitiría a nadie que supiese más de la regla de tres simple, y apartaría de esos grupos a quienes nos dijesen quiénes habían sido Kant, Rousseau y toda ese serie de sabios. Es decir, que esos grupos harían la labor de desmoche, la labor de saneamientos, de quitar las malas hierbas ; y cuando esta labor estuviese realizada, cuando estuviesen bien desinfectados los edificios públicos, sería llegado el momento de entregar las llaves a los juristas». ¡Toma ya Estado de Derecho!
González Peña, promotor de estos «grupos de las cuestiones previas», llegaría a dirigir durante la Guerra Civil la Unión General de Trabajadores, siendo nombrado... ¡Ministro de Justicia! en el segundo gobierno de Negrín. No podía ser menos, pues desde luego su doctrina sobre la «labor de desmoche y saneamientos» sentó cátedra en la justicia republicana; y la revolución se puso las botas a «quitar las malas hierbas». Por supuesto, la UGT desempeñó un papel protagonista en estos «grupos de las cuestiones previas», formando parte de los Comités de Salud Pública y Tribunales Populares que empezaron a actuar a partir de julio de 1936, e incorporando afiliados -presumimos que poco conocedores de «Kant, Rousseau y toda esa serie de sabios»- a las brigadas del amanecer que «saneaban« la población de elementos facciosos: léase, gentes que hubiesen votado a las derechas, católicos practicantes, lectores de ABC y demás ralea fascista. Todo ello a lomos de esa «oleada emocional irresistible» que el auto de Garzón ha resucitado setenta años después; y a la que Cándido Méndez, rindiendo homenaje a la «memoria histórica» de su sindicato, ha corrido gozosamente a subirse, cual surfista en día de asueto, mientras otros sucumben a la oleada del paro, que también es irresistible aunque Cándido Méndez se haga el longui.
Que un sindicato que cuenta con episodios tan turbios a sus espaldas -y cuyos dirigentes se beneficiaron de la misma Ley de Amnistía que ahora Garzón declara parcialmente abolida- se persone cínicamente en un proceso donde la juridicidad brilla por su ausencia provocaría una «oleada de indignación irresistible» en cualquier sociedad sana; pero la española -como escribía el otro día César Alonso de los Ríos- es una sociedad humillada, que no tiene empacho en abandonar a sus padres y abuelos en la fosa común de los criminales contra la Humanidad, mientras el secretario general de un sindicato que se puso las botas a «desmochar y sanear» posa como adalid de una causa noble. Y conste que, entre los afiliados de la UGT, hubo también en aquellos años de emociones desatadas muchos hombres nobles: hombres como, por ejemplo, el responsable del sindicato en la localidad barcelonesa de Castellar del Vall_s, que murió asesinado tras descubrirse que había redactado un aval para intentar salvar la vida del párroco de la misma localidad; que, por cierto, también fue asesinado, por el delito de ser cura. Ese párroco y ese ugetista de Castellar del Vall_s encarnarían, en una sociedad sana, la España que deberíamos recordar y honrar con orgullo; pero las sociedades humilladas y enfermas prefieren entregarse a la «oleada emocional irresistible» de la mistificación y la mentira.

28 de octubre de 2008

Perla


por Juan Vázquez de Mella

"La tradición, ridículamente desdeñada por los que ni siquiera han penetrado su concepto, no sólo es elemento necesario del progreso, sino una ley social importantísima, la que expresa la continuidad histórica de un pueblo, aunque no se hayan parado a pensar sobre ella ciertos sociólogos que, por detenerse demasiado a admitir la naturaleza animal, no han tenido tiempo de estudiar la humana en que radica.

Y esa es la causa de que todo hombre, aun sin advertirlo y sin quererlo, sea tradicionalista, porque empieza por ser ya una tradición acumulada. Que se despoje, si puede, de lo que ha recibido de sus ascendientes aunque sea prescindiendo de su ser, y ver que lo que queda no es él mismo, sino una persona mutilada que reclama la tradición como el complemento de su existencia. El revolucionario más audaz que, en nombre de una teoría idealista, formada más por la fantasía que por el entendimiento, se propone derribar el edificio social y pulverizar hasta los sillares de sus cimientos para levantar otro de nueva planta, si antes de empezar el derribo se detiene a preguntarse a sí mismo quién es, si la pasión no le ciega, oirá una voz que le dice desde los muros que amenaza y desde el fondo de su alma: Eres una tradición compendiada que se quiere suicidar; eres el último vástago de una dinastía de antepasados tan antigua como el linaje humano; ninguna es más secular que la tuya. Si uno sólo faltara en esa cadena de miles de años, no existirías; quieres derrocar una estirpe de tradiciones, y eres en parte obra de ellas.

Quieres destruir una tradición en nombre de tu autonomía, y empiezas a negar las autonomías anteriores y por desconocer las siguientes; al inaugurar tu obra, quieres que continúe una tradición contra las tradiciones pasadas y contra las tradiciones venideras, proclamando la única verdad de la tuya. Mirando atrás, eres parricida; mirando adelante, asesino; y mirándote a ti mismo, un demente que cree destruir a los demás cuando se mata a sí mismo"

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Juan Vázquez de Mella, El pensamiento de Mella. Selección de sus O.C., T. XXVIII, Subirana, Barcelona 1942. Páginas 233-235.


Actualidad nacional (Argentina)

En verdad, me tienen harto los KK
Desconozco a los autores de los artículos que recomiendo leer.
En este blog de noticias publican autores de todo pelaje. Liberales, algunos masones (por lo menos al decir de un comentarista), socialistas y "periodistas" de la gran prensa, es decir zurditos que se suman al "pensamiento político correcto".
También publica algún "petardista", y de tanto en tanto un nacionalista católico.
Hoy sugiero leer algunos artículos de actualidad, que si no en todo, en parte comparto. (si hay alguna referencia a la "constitución (liberal) nacional", o a la "democracia", ruego sepan disculparme.)
Anticipándome a las críticas de lectores hago mía la definición de Santo Tomás de Aquino:

"Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo."

Para leer : Hurtolandia

Para leer: El páramo de la indiferencia

Para leer: Di Lullo, el folklore y la identidad nacional

Para leer: Imploración por la sensatez

Para leer y meditar: "Cristo Rey" por el cura Castellani

La Cristiandad, una realidad histórica (3)


por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.

Capítulo II

La cultura en la Cristiandad

Terminamos la conferencia anterior aludiendo al abanico de esplendores que se desplegó en la Edad Media, al carácter arquitectónico y catedralicio de su Weltanschauung, que incluye la religión, la cultura, la política, la economía, el trabajo, el arte. A partir de la presente conferencia iremos exponiendo los diversos componentes de esa catedral. Hoy nos abocaremos al análisis de la cultura, a partir de sus prolegómenos en la época de Carlomagno.
I. El Renacimiento Carolingio

No sería justo afirmar que con la caída del Imperio Romano, se extinguió todo resabio de cultura. Aquí y allá, en la Europa primitiva dominada por las tribus bárbaras, se fueron encendiendo pequeños focos de vida intelectual. Así, durante los siglos V y VI, en el norte de Italia dominada por Teodorico, rey ostrogodo, con sede en Ravena, tuvo lugar un pequeño «renacimiento» con el apoyo de Boecio y Casiodoro. En la España visigótica apareció también una gran figura, S. Isidoro de Sevilla, eminente autor enciclopédico, quien tuvo el mérito de transmitir a las generaciones venideras lo que él había sistematizado del pensamiento antiguo. Gran Bretaña, por su parte, a comienzos del siglo VIII, nos legó a S. Beda el Venerable, monje erudito, que creó en la Iglesia anglosajona un centro de cultura en torno a su persona. Según algunos autores, Beda representa en Occidente el momento culminante de su cultura intelectual durante el período comprendido entre la calda del Imperio y el siglo IX.También a Inglaterra le debemos a Vinfrido, que tomaría luego el nombre de Bonifacio, uno de los hombres más grandes del siglo VIII, el principal artífice de la conversión de los germanos al cristianismo, quien sería el que consagrase a Pipino el Breve, padre de Carlomagno, muriendo finalmente mártir en Fulda en 754. Tanto S. Beda como S. Bonifacio prepararon un compacto grupo de monjes misioneros, los cuales, en todos los lugares donde predicaron, juntamente con el cristianismo llevaron las letras y la civilización.
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El Papa San Pío X: Memorias (5)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val



IMPRESIONES DE HOMBRES DE ESTADO SOBRE PÍO X




Todos saben que el príncipe von Bulow, al retirarse de la Cancillería del Imperio alemán, acostumbrada pasar los inviernos y primaveras en Roma, donde poseía la "Villa Mal­ta". Nunca dejaba de solicitar audiencia con el Santo Padre, tanto a su llegada como al abandonar la Ciudad Eterna. Siem­pre le conmovían hondamente estas entrevistas con Pío X, y después de sus audiencias me expresaba invariablemente su admiración por Su Santidad, que le había sorprendido, una vez más, con la sagacidad de sus observaciones y la exactitud de sus juicios sobre hombres y cosas. En diversas ocasiones le oí comentar su entrevista con las siguientes palabras: "Todo lo que me ha dicho Su Santidad es verdadero y justo. He co­nocido a muchos monarcas y jefes de Estado, pero raras ve­ces he visto en ellos esa percepción tan notable de la natura­leza humana y ese conocimiento que Su Santidad posee de las fuerzas que gobiernan al mundo y a la sociedad moder­na."

Me habían informado, con carácter confidencial, que el príncipe von Bulow era opuesto a la gran guerra y a las nor­mas políticas que habían de llevar, irremisiblemente, a la con­flagración; no estoy en condiciones de afirmar si esto era o no cierto; lo que sí puedo asegurar sin vacilación es que ni el príncipe ni otras personas obtuvieron jamás una sola palabra salida de los labios de Pío X para favorecer o justificar la ten­dencia de provocar una agresión o el empleo de la violencia. El Santo Padre hubiera derramado gustoso su propia sangre para evitar el horrendo conflicto y proteger a la Humanidad de los innumerables sufrimientos de la guerra.

Emilio Olivier, el distinguido político francés, que tuvo ocasión de conversar ampliamente con el Santo Padre en los primeros días de su pontificado, expresaba su opinión en tér­minos casi idénticos, y al terminar su audiencia pronunció las siguientes palabras, reproducidas en la prensa. "No tiene la majestad oficial de León XIII, pero posee la que brota de una amabilidad y bondad irresistibles. Lo que más me ha sorprendido ha sido el don de su inteligencia su­perior, plena de claridad, lucidez y precisión "Sabe escuchar maravillosamente, entiende a la perfección cuanto se le quiere decir y afronta sin vacilación el punto decisivo o delicado de la cuestión, que él resume con pala­bras breves y concisas, sin fantasías ni divagaciones, con un enorme sentido de realidad y abarcando en un instante lo que es factible y lo que no. "Aún más que su inteligencia, me ha llamado la atención en Pío X su valentía. Posee un valor auténtico, suave, amable, sin jactancia. No es capaz de elevar la voz para decir non possumus; pero si se ve forzado a hacerlo, lo hará con voz mesurada y se mantendrá inflexible. "Si surgieran circunstancias difíciles, podréis esperar de él grandes cosas, y si la ocasión lo requiere, sabrá ser, a la vez, héroe y santo."

El conde Goluchowski, el conde Sturza, sir Wilfrid Laurier, Mr John Redmond y otros eminentes políticos y hombres deEstado, tanto de Europa como de América, no fueron menos explícitos en manifestar una estimación semejante, refirién­dose a las cualidades y al carácter del Pontífice.

El Arzobispo Bignami, de Siracusa (Sicilia), recientemente fallecido, me visitó, en diciembre de 1917, para relatarme una larga conversación celebrada pocos días antes con uno de los ministros de Italia más conocidos, entonces en el Po­der, a quien, casualmente, había encontrado en el curso de un viaje por la isla. Este distinguido miembro del Gobierno, después de expresarse con elocuencia sobre los merecimien­tos y éxitos del Papa Pío X, no vaciló en declarar que, en su opinión, el sentimiento general de la bondad del Santo Padre había inducido a muchos a pasar por alto otras cualidades sobresalientes que consideraba situaban merecidamente a Pío X entre los más grandes Pontífices de la Iglesia católica.

"El mismo —añadió— no había tenido nunca ocasión de tratar a su Santidad, y por tanto, no había experimentado personal­mente el encanto de su bondad, pero le juzgaba por sus actos, que en muchas circunstancias había tenido personalmente ocasión de apreciar"

Tomé nota por escrito de estas afirmaciones que proce­dían de los labios de Monseñor Bignami.

El pensamiento de la Revolución Nacional (2)


por el Dr. Antonio de Oliveira Salazar


CAPITULO I

Condiciones de la reforma financiera
Las primeras palabras dirigidas por el Dr. OHveira Salazar a su País, fueron pronunciadas en el Salón del Consejo de Estado el día 27 de Abril de 1928, al tomar posesión del Mtnistero de Hacienda. Se trata de una alocución muy breve, en que expone los prin­cipios fundamentales de esa restauración financiera de Portugal que despierta hoy la admiración general.

Se pregunta con frecuencia cual es el secreto de esa obra de regeneración, y cómo un presupuesto que durante tanto tiempo se había presentado como ejem­plo de desorden, ha podido ser transformado en un verdadero modelo de presupuesto ordenado.

Este discurso responde cumplidamente a la pregunta y demuestra la sencillez de los remedios aplicados a un mal que parecía incurable.



Dos palabras tan sólo en esta ocasión que ustedes, ilustres compañeros y tantas personas amigas quieren hacer excepcionalmente solemne..

Agradezco al señor Presidente del Consejo (1) el ofrecimiento que me ha hecho, con el acuerdo unánime del Consejo de Ministros, de la cartera de Hacienda, así como las amables palabras que me ha dirigido.

No tiene V. E. que agradecerme que haya aceptado el encargo, porque representa para mi un sacrificio tan grande, que por nadie lo hubiera hecho obedeciendo a móviles de favor o de amistad.

Lo hago por mi País, como un deber de conciencia, fría y serenamente cum­plido. A pesar de todo, no habría tomado sobre mi esta pesada tarea, si no tuviera la seguridad de que mi actuación podría ser al menos útil y que se me daba la seguridad de poder actuar en condiciones de eficacia.

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28 de Octubre, Festividad de San Simón y San Judas Tadeo, Apóstoles y Mártires


San Judas Tadeo es uno de los santos más populares, a causa de los numerosos favores celestiales que consigue a sus devotos que le rezan con fe. En Alemania, Italia, América y muchos sitios más, tiene numerosos devotos que consiguen por su intercesión admirable ayuda de Dios, especialmente en cuanto a conseguir empleo, casa u otros beneficios.
Santa Brígida cuenta en sus Revelaciones que Nuestro Señor le recomendó que cuando deseara conseguir ciertos favores los pidiera por medio de San Judas Tadeo. Judas es una palabra hebrea que significa: "alabanzas sean dadas a Dios".
Tadeo quiere decir: "valiente para proclamar su fe".
Simón significa: "Dios ha oído mi súplica".
A San Simón y San Judas Tadeo se les celebra la fiesta en un mismo día porque según una antigua tradición los dos iban siempre juntos todas partes a predicanr la Palabra de Dios. Ambos fueron llamados por Jesús para formar parte del grupo de sus 12 escogidos o apóstoles. Ambos recibieron el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego el día de Pentecostés y presenciaron los milagros de Jesús en Galilea y Judea y oyeron sus sermones; le vieron ya resucitado y hablaron con Él después de su santa muerte en la Cruz, le vieron luego de Su gloriosa resurrección y fueron testigos prescenciales Su ascensión al cielo.
A Judas se le llama Tadeo para diferenciarlo de Judas Iscariote que fue el que entregó a Jesús.
San Judas Tadeo escribió una de las Cartas del Nuevo Testamento. En la misma, ataca a los gnósticos y dice que los que tienen fe pero no hacenbuenas obras son como nubes que no tienen agua, árboles sin fruto, y olas con sólo espumas, y que los que se dedican a los pecados de impureza y a hacer actos contrarios a la naturaleza, sufrirán la pena del fuego eterno.
La antigua tradición cuenta que a San Simón lo mataron aserrándolo por medio y, a San Judas Tadeo, cortándole la cabeza de un hachazo. A San Judas le pintan muchas veces con un hacha en la mano.

27 de octubre de 2008

Una vez más (¡¡hasta que se nos haga carne!!)



¡¡¡ Viva Cristo Rey !!!



¡Christus vincit, Christus regnat, Christus, Christus, imperat!
¡Christus vincit, Christus regnat, Christus, Christus, imperat!

¡Christus vincit, Christus regnat, Christus, Christus, imperat!


A Roma, sepultada en sus ruinas

Buscas en Roma a Roma ¡oh peregrino!
y en Roma misma a Roma no la hallas:
cadáver son las que ostentó murallas
y tumba de sí proprio el Aventino.

Yace donde reinaba el Palatino
y limadas del tiempo, las medallas
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades que Blasón Latino.

Sólo el Tiber quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya sepultura
la llora con funesto son doliente.

¡Oh Roma en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura!








Francisco de Quevedo y Villegas

Herejes (9)


por Gilbert K. Chesterton

IX. Los humores de George Moore

George Moore inició la carrera literaria publicando sus confesiones personales, lo que no tendría nada de malo si no hubiera seguido escribiéndolas el resto de su vida.

Se trata de un hombre de mente genuinamente impetuosa, y de gran dominio sobre un tipo de convicción esquiva y retórica que excita y agrada. Se halla en un estado perpetuo de sinceridad temporal. Ha demostrado su admiración por los excéntricos modernos más admirables, hasta que éstos no han sido capaces de soportarlo más. Hay que admitir sin reservas que todo lo que escribe surge de un poder mental auténtico. El relato en el que expone sus motivos para abandonar la Iglesia católica es tal vez el tributo más admirable a esa confesión que se haya escrito en los últimos años. Pero lo cierto es que la debilidad que han dejado al desnudo los muchos méritos de Moore es, de hecho, esa debilidad que la Iglesia católica combate tan bien.
Moore odia el catolicismo porque éste destruye la casa de espejos en la que vive. A Moore no le disgusta tanto que le pidan que crea en la existencia espiritual de milagros o sacramentos, le disgusta que le pidan que crea en la existencia real de otras personas. Como Pater, su maestro, y los demás estetas, su verdadera batalla con la vida es que ésta no es un sueño que puede ser modelado por quien lo sueña. No es el dogma sobre la realidad del otro mundo lo que le preocupa, es el dogma sobre la realidad de éste.
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Juan Donoso Cortés: Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (13)



Capítulo VI

De la prevaricación angélica y la humana grandeza y enormidad del pecado



Hasta aquí he expuesto la teoría católica acerca del mal, hijo del pecado, y acerca del pecado que nos vino de la libertad humana, la cual se mueve anchamente en sus limitadas esferas, a la vista y con el consentimiento de aquel soberano Señor que, haciéndolo todo con peso, número y medida, dispuso las cosas con un consejo tan alto, que ni su providencia oprimiese el libre albedrío del hombre, ni los estragos de este libre albedrío, siendo grandes y portentosos como son, lo fueran con menoscabo de su gloria. Antes, empero, de pasar adelante, me ha parecido cosa digna de la majestad de este asunto hacer aquí una relación seguida de aquella prodigiosa tragedia que comenzó en el cielo y acabó en el paraíso, dejando a un lado los reparos y las objeciones que quedaron desvanecidas en otro lugar, y que de ninguna otra cosa servirían sino de oscurecer la belleza, a un mismo tiempo sencilla e imponente, de esta lamentable historia. Antes vimos de qué manera la teoría católica se aventaja a las demás por la altísima conveniencia de todas sus soluciones; ahora veremos de qué manera los hechos en que se funda, considerados en sí mismos, aventajan a todas las historias primitivas por lo que tienen de grandes y de dramáticos. Antes sacamos su belleza por comparaciones y deducciones; ahora admiraremos en ellos mismos, sin apartar los ojos a otros objetos, su incomparable belleza.
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Jordán Bruno Genta, in memoriam

Enviado por su autor .


1974 - 27 de octubre - 2008

Por Antonio Caponnetto


Se llamaba Jordán Bruno Genta, aunque algunos todavía no sepan escribir ni pronunciar su nombre.

Jordán, palabra aguda de resonancias graves y luminosas, como el río en el que recibió el bautismo Nuestro Señor Jesucristo. Bruno, fuerte como coraza o armadura, en antigua semántica germana.

Dios se las ingenió para que se cumpliera el poema :mira que al dar un nombre se recibe un destino.

Enseñó la Verdad Católica, Apostólica y Romana, en plena y continua comunión con la Cátedra de Pedro.

No aprobó jamás los procedimientos castrenses irregulares y clandestinos para combatir al marxismo. Clamaba por la guerra justa, limpia, frontal y varonilmente librada: la guerra contrarrevolucionaria, de la que fue su más esclarecido doctrinario.

Sostuvo una enemistad firmísima con el comunismo, pero también –y simétricamente- con el liberalismo en todas sus variantes. El liberalismo sigue siendo un pecado, y lo sabía.

No fue democrático. Admiraba a los grandes monarcas santos, a los varones jerárquicos instauradores de gobiernos fuertes, a los jefes aristocráticos, a los Caudillos de la Patria y de Occidente; y hasta respetaba cristianamente a los grandes conductores nacionales a quienes aplastó la conjura aliada en 1945.

La Realeza Social de Jesucristo era su opción política. El Omnia Instaurare in Christo, su lema y su norte. Su divisa flameante e izada bien al tope.

Nunca fundó un partido ni aconsejó formarlo o integrarlo. Nunca creyó en la unidad de los opuestos, ni en la coyunda con liberales y populistas, ni en la acción conjunta con quienes no existe previamente la unidad en el Ser. Repetía con Santa Teresa: “es preferible la Verdad en soledad al error en compañía”. Y con Aristóteles: “en toda juntura entre lo malo y lo bueno, sufre lo bueno”. No mixturaba los contrarios, así como evitaba mezclar el agua con el vino.

Se atrevió a decir lo que otros callaban y aún callan: que hay una culpabilidad judeomasónica tras el drama de la Argentina y tras la derrota de la Civilización Cristiana. Ni el pulso ni la voz tremaron en su cuerpo cada vez que fue necesario opugnar con la Sinagoga de Satanás. Pero tampoco faltó la caridad siempre que un prójimo, fuere quien fuese, se aquerenciaba hasta su puerta.

Denunciaba con bizarría al Imperialismo Internacional del Dinero, y con mirada sobrenatural alertaba contra la acción del Anticristo.

Señaló la naturaleza crapulosa del peronismo, y una por una marcó a fuego las canalladas múltiples de Perón, artífice de la subversión , cohonestador de sus primeros crímenes, y propugnador hasta el final del mundialismo masónico, previo paso por el continentalismo y el socialismo nacional, como repitió hasta el hartazgo.Las tónicos del pasado no son las medias verdades sino la metafísica y la teología.

Expresamente repudió la falsa línea ideológica “San Martín -Rosas-Perón”. Sus arquetipos no eran los incendiarios de iglesias sino los herederos de la estirpe del Cid. Una memoria completa no basta para saberlo. Es necesario una historia veraz.

La teoría de los dos demonios, y la posición de quienes se sienten discriminados porque sólo se ataca a uno de ellos, le hubiera causado repulsión y desprecio. En la patria, no se enfrentaron ni se enfrentan dos demonios sino las dos ciudades agustinianas. Él batalló por la Civitas Dei y cayó en su defensa, heroicamente. No fue la víctima accidental de una refriega terrorista. Fue un combatiente valeroso abatido a mansalva por el enemigo.

No estaba por azar cuando ocurrió el atentado marxista, el 27 de octubre de 1974. Ni recibió una bala casualmente, ni resultó víctima de una explosión que buscaba otro destinatario. La substancia antes que los accidentes explican su caída. Lo habían ido a matar a la puerta de su casa. Un domingo, cuando rumbeaba para la Santa Misa, en la tradicional festividad de Cristo Rey, como depués escribieron sádicamante sus verdugos.

Tuercen los hechos quienes dicen que lo mataron por pensar diferente. Lo mataron por pensar verdadero y obrar y vivir en consecuencia.

Cayó con muerte previsible, anunciada, esperada. Con la muerte bella y merecida del mártir. Dio su sangre ofrecida en oblación por la Cruz y la Bandera, por la Fe y por la Verdad Crucificada.

Para inteligir lo sucedido el 27 de octubre de 1974, no hay que acudir a "las sórdidas noticias policiales", sino al misterio de la Comunión de los Santos.

Que lo hayan matado los mismos que antes y después mataron a tantos otros -¡ay!, tantos hombres de bien!- no quiere decir que lo hayan matado por lo mismo. No lo mataron por lo mismo que buscaban segar las cabezas de mercaderes yanquis, de empleados del Club de Roma, de dirigentes radicales, de empresarios usureros o de gremialistas mencheviques. Los guerrilleros distinguieron en su momento lo que hoy no saben ni quieren distinguir otros.

Y que haya muerto en democracia, bajo un gobierno constitucional, no aumenta las culpas de la guerrilla sino la ingénita perversión de la democracia.

Lo mataron por ser católico y nacionalista. Lo mató el odio rojo por luchar por el Amor de los Amores.

En vida, quisimos ser sus discípulos y seguidores.

Desde que lo asesinaron, no hemos dejado de honrarlo, recordarlo, difundirlo, y darlo a conocer entre quienes no habían tenido la gracia de conocerlo. Lo hicimos sin medios y sin los medios. En soledad, con la conspiración de silencio como sombra amenazante y artera. Lo hicimos -corriendo modestos pero concretos riesgos- sin que se enteraran ni nos acompañaran los que hoy, en buena hora, se han percatado de su existencia y se suman a la partida. Bienvenidos si vienen por la victoria pendiente, antes que por la paz ghandiana. Por el perdón tendido al que se arrepienta y enmiende, y la resistencia empecinada contra los herederos sanguinarios del bolchevismo, enseñoreados hoy sobre la nación.

¿Que importancia tiene que una pseudojusticia mundana -en manos de sodomitas y aborteras- declare alguna vez que su crimen fue de lesa humanidad? ¿Son acaso las categorías de Nüremberg las que glorificarán a nuestros muertos ilustres? ¿Son acaso los criterios del enemigo los que han de blanquear sus memorias insignes? No fue un crimen de lesa humanidad contra los derechos del Salvador el que se perpetró en el Gólgota. Fue el deicidio. Los deicidas siguen matando a los testigos del Gólgota. Y no hay leguleyería internacionalista que alcance para calificar a los victimarios.

Tampoco estamos pidiendo que un tribunal oportunista y mendaz investigue a los autores del homicidio, ni que ciertos pastores cobardes consideren la sola posibilidad de introducir su beatificación.

Ningún secreto encierra la causalidad formal de su asesinato. Los que lo abatieron gobiernan. Sus nombres y sus rostros, son los nombres y los rostros excecrables del Régimen. Caras con muecas sicarias y rictus infames que no logran disimular los avances cosméticos.

Y está a la derecha del Padre, gozando del merecido cielo que alcanzó por asalto, al haber caído como mártir de la Fe en el más estricto y cabal sentido de la palabra. Los mártires de los últimos tiempos no serán reconocidos como tales, escribía San Agustín. No serán reconocidos por los heresiarcas. Pero el Dios de los Ejércitos pasa revista en cada alba, y un ángel arcabucero señala su presencia con un centelleo vertical de luces altas.

De eso se trata este homenaje. De decir la verdad entera.

Jordán Bruno Genta: mártir de Cristo Rey. Jordán Bruno Genta: maestro de la Verdad. Jordán Bruno Genta: católico y nacionalista.

Jordán Bruno Genta: ¡Presente!

26 de octubre de 2008

26 de Octubre, Conmemoración de San Evaristo, Papa y Mártir




Nació por los años 60, de una familia judía asentada en tierras griegas. Recibió educación judía y aprendió en los liceos helénicos.

No se conocen datos de su conversión al cristianismo, pero se le ve ya en Roma como uno de los presbíteros muy estimados por los fieles que, lleno de celo, eleva el nivel de la comunidad de cristianos de la ciudad, entregándose por completo a mostrarle a Jesucristo. Amplio conocedor de la Sagrada Escritura, es docto en la predicación y humilde en el servicio.

Muerto mártir el Papa Anacleto, sucesor de Clemente, la atención se fija en Evaristo. Por humildad se resistió con todas las fuerzas posibles a asumir la dignidad que comportaba tan alto servicio. El día 27 de Julio del año 108 tuvo la Iglesia por Papa a Evaristo.

Atendió cuidadosamente las necesidades del rebaño: Defiende la verdadera fe contra los errores gnósticos. Establece normas que afectan a la consagración y trabajo pastoral de los Obispos y de los diáconos. Manda la celebración pública de los matrimonios. Se ocupa de la vida de los fieles, esbozándose ya una cierta administración territorial, para su mejor atención y gobierno. También escribió cartas a los fieles de Africa y de Egipto.

Murió mártir, siendo Trajano emperador, hacia el 117.

La iglesia del tiempo cada día crece en número, pero está perseguida por las leyes; es silenciosa y fuerte en la fe, oculta y limpia en las obras; vive dentro del Imperio en estado latente, desplegando poco a poco su potencialidad al soplo del Espíritu.

Autor: Arquidiócesis de Madrid

La Cristiandad, una realidad histórica (2)



por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.
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Capítulo I

Cristiandad y Edad Media

Hemos titulado esta primera conferencia «Cristiandad y Edad Media». Trataremos de explicar en ella el sentido de ambas palabras, los hitos principales que jalonan su historia y las características de la Cristiandad medieval.I. Las expresiones «Edad Media» y «Cristiandad»

Siempre es conveniente, antes de entrar en materia, delimitar los términos que se van a emplear. Máxime que en este caso se trata de palabras muy vapuleadas por el uso y no siempre bien entendidas.

1. La «Edad Media»

Bien decía Régine Pernoud, una de las medievalistas más caracterizadas de la actualidad, que no hay casi día en el que no se tenga ocasión de escuchar frases tales como «ya no estamos en la Edad Media», «eso es volver a la Edad Media» o «no tengas mentalidad medieval». Y ello en cualquier circunstancia, ya se quiera sostener las banderas de la liberación femenina, como defender ideas ecológicas, o luchar contra el analfabetismo (¿Qué es la Edad Media?; título original: Pour en finir avec le moyen âge, Magisterio Español, Madrid 1979, 44).

Digamos de entrada que la misma denominación de «Edad Media» no tiene propiamente sentido alguno. Tomada en su acepción etimológica, supone una división tripartita del tiempo. Trataríase de una edad «intermedia» entre otras dos edades, una pasada, la Antigüedad clásica. Y otra futura, la Modernidad. Si con eso se quiere decir que, cronológicamente, es como un puente entre una edad que la precede y otra que la sigue, no se afirma con ello absolutamente nada. ¿Qué época no es un paso entre la que la antecede y la que la continúa? En ese sentido toda edad –exceptuadas la que abre la historia y la que la cierra– sería edad «media». Y nosotros mismos, un día, seremos también «medievales» para nuestros sucesores.

Pero las cosas no son tan sencillas. Hay en la fórmula una categorización muy determinada, de influjo hegeliano, según parece insinuarlo la división tripartita de la historia, como prejuzgándose que no habrá jamás otros períodos en el devenir histórico. La Edad Media resulta así una edad-víctima, entre otras dos edades, en una posición de evidente inferioridad; ella incluiría varios siglos de tinieblas después de los siglos de luz que fueron los de la antigüedad clásica, y antes de los siglos de plenitud que son los modernos, en continuo progreso hacia una consumación intrahistórica.
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A la muerte de Cristo Nuestro Señor




Cristo es Rey, por derecho de conquista


La tarde se escurecía
entre la una y las dos,
que viendo que el Sol se muere,
se vistió de luto el sol.

Tinieblas cubren los aires,
las piedras de dos en dos
se rompen unas con otras,
y el pecho del hombre no.

Los ángeles de paz lloran
con tan amargo dolor,
que los cielos y la tierra
conocen que muere Dios.

Cuando está Cristo en la cruz
diciendo al Padre, Señor,
¿por qué me has desamparado?
¡ay Dios, qué tierna razón!,

¿qué sentiría su Madre,
cuando tal palabra oyó,
viendo que su Hijo dice
que Dios le desamparó?

No lloréis Virgen piadosa,
que aunque se va vuestro Amor,
antes que pasen tres días
volverá a verse con vos.

¿Pero cómo las entrañas,
que nueve meses vivió,
verán que corta la muerte
fruto de tal bendición?

«¡Ay Hijo!, la Virgen dice,
¿qué madre vio como yo
tantas espadas sangrientas
traspasar su corazón?

¿Dónde está vuestra hermosura?
¿quién los ojos eclipsó,
donde se miraba el Cielo
como de su mismo Autor?

Partamos, dulce Jesús,
el cáliz desta pasión,
que Vos le bebéis de sangre,
y yo de pena y dolor.

¿De qué me sirvió guardaros

de aquel Rey que os persiguió,

si al fin os quitan la vida v

vuestros enemigos hoy?»


Esto diciendo la Virgen

Cristo el espíritu dio;

alma, si no eres de piedra llora,

pues la culpa soy.

Lope Félix de Vega y Carpio

Ultimo Domingo de Octubre, Festividad de Cristo Rey



¡¡Viva Cristo Rey!!

¡Christus vincit! ¡Christus regnat! ¡Christus imperat!






Cristo Rey (un sermón del Padre Ezcurra).

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Cristo es Rey. Es una palabra que hoy, a veces, se prefiere no usar; suena demasiado fuerte, demasiado duro. Algunos prefieren decir “Maestro”, prefieren decir “Pastor”, prefieren presentar a Cristo como hermano, como amigo, a veces en un plano solamente horizontal, pero sin utilizar toda la fuerza que tiene esta palabra que nos está indicando la pura realidad. Parecería que se avergonzaran algunos de dar testimonio del Rey que está en los cielos. Parecería que nombrar a Cristo como Rey fuera muy duro para un tiempo en el cual a las palabras definidas se las trata de evitar.

Entonces se prefiere no hablar de Cristo como Rey. Tal vez parezca poco democrático. Quisieran hablar de Cristo, como presidente. Y sin embargo Cristo es Rey. Y Cristo es Rey por diversos motivos, que ya hace muchos años señalaba en su enseñanza doctrinal dogmática el Papa Pío XI en la Encíclica Quas Primas, que dio el espíritu que animó a la primera y a la mejor fuerza de la Acción Católica.

Cristo es Rey, en primer lugar por su excelencia. Llamamos rey, en cualquier orden del ser o del conocer, a aquello que es lo primero, a aquello que es lo mejor; entre un determinado ramo de artistas, se llama rey a aquel que ejecuta mejor ese arte; entre las flores se llama la reina a la rosa porque es la más hermosa en su belleza y en su perfume.

El rey indica lo excelente, lo más noble, lo más grande. Y por eso, es Rey el Verbo de Dios cuando asume aquí en la tierra una naturaleza humana, cuando se hace hombre. Y entonces, esa naturaleza humana, esa alma y ese cuerpo asumidos por Cristo es lo más noble, es lo más perfecto, es lo principal de la Creación porque está unido indefectiblemente a la divinidad, al Verbo Creador, al Verbo en el cual, por su Palabra fueron dichas, fueron pronunciadas, fueron creadas todas las cosas.Cristo es Rey por su propia naturaleza divina, porque es el Verbo de Dios hecho hombre. Es aquello de los cual da testimonio delante de Poncio Pilato cuando él le pregunta: “Tú eres Rey?” “Sí, Yo soy Rey, mi reino no es de este mundo”. Lo cual no significa que Cristo no reine sobre este mundo, sino que su reino no tiene origen en este mundo; no es un reino humano. El poder que tiene Cristo es el poder que ha recibido del Padre; pero es un poder sobre todas las cosas, sobre todas las cosas del cielo y de la tierra.


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