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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

14 de agosto de 2009

14 de Agosto, Víspera de la Asunción, Conmemoración de San Eusebio, Confesor





resbítero en Roma; se desconoce su fecha de nacimiento; muerto en 357 (?). Era un patricio y sacerdote Romano, y es mencionado con distinción en martirologios Latinos. El antiguo martirologio auténtico de Usuard lo titula confesor en Roma bajo el reinado del emperador Ario Constantino y agrega que fue sepultado en el cementerio de Calixto. Algunos martirologios posteriores lo llaman mártir.

Los “Acta Eusebii”, descubiertos en 1479 por Mombritius y reproducidos por Baluze en su “Miscellanea” (1678-1715), cuentan el siguiente relato: Cuando el Papa Liberio obtuvo permiso de Constantino para regresar a Roma, supuestamente al precio de su ortodoxia, adhiriendo a la fórmula Aria de Sirminum, Eusebio, un sacerdote, ardiente defensor del Credo de Nicea, predicó públicamente contra ambos, papa y emperador, motejándolos como herejes. Cuando el grupo ortodoxo que apoyaba al antipapa Félix fue excluido de todas las iglesias, Eusebio continuó celebrando el servicio Divino en su propia casa. Fue arrestado y conducido ante Liberio y Constantino. Aquí osadamente reprobó a Liberio por desertar de la Fe Católica. En consecuencia fue puesto en una mazmorra, de cuatro pies de ancho (o fue puesto prisionero en su propia casa), donde dedicó su tiempo a orar y murió después de siete meses. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de Calixto con la simple inscripción: “Eusebio homini Dei”. Este acto de generosidad fue efectuado por dos sacerdotes, Gregorio y Orosio, amigos de Eusebio. Gregorio fue puesto en la misma prisión y también murió allí. Fue sepultado por Orosio, quien pretende ser el autor de los Actos. Generalmente se admite que estos Actos fueron una falsificación bien sea enteramente o por lo menos en parte, y escritos en el mismo espíritu si no por la misma mano, que la mención sobre Liberio en el “Liber Ponificalis”. Los Bolandistas y Tillemont señalan algunas dificultades históricas serias en la narración, especialmente el hecho de que Liberio, Constantino y Eusebio nunca estuvieron en Roma al mismo tiempo. Constantino visitó Roma solo una vez, y permaneció allí por cerca de un mes, y Liberio estaba entonces todavía en el exilio. Algunos, dando por sentada la presunta rendición de Liberio, vencerían esta dificultad afirmando que, a solicitud de Liberio, quien resentía el celo del sacerdote, el poder secular intervino y puso prisionero a Eusebio. No es del todo seguro si Eusebio murió luego del regreso de Liberio, durante su exilio, o incluso mucho antes de ese período.

La fiesta de San Eusebio se celebra el 14 de Agosto. La Iglesia del Equilino en Roma dedicada a él, de la que se ha dicho que fue construida en el sitio de su casa, es mencionada en las actas de un concilio celebrado en Roma bajo el Papa Símaco en 498 (Manai, VIII, 236-237), y fue reconstruida por el Papa Zacarías. Anteriormente tenía un statio en el Viernes siguiente al cuarto Domingo de Cuaresma. Una vez perteneció a las Celestinas (una orden ya extinta); León XII la dio a los Jesuitas. Una buena pintura que representa el triunfo de Eusebio, por Rafael Menge, 1759, está en el cielo raso. San Eusebio es el título del Cardenal-presbítero. El título fue transferido por Gregorio XVI, pero restablecido por Pío IX.

Am. Cath. Q. Rev., VIII, 529; STOKES en Dict. Of Chr. Biogr., a.v.; Acta SS., Aug., II, 166, y Sept., VI, 297; ARMELLINI, La Chiese di Roma (Rome 1887);c f. DUCHESNE, Liber Pontificalis (Paris 1886-92), I, s.v. Liberius, también la Introducción; DUFOURCQ, Les Gesta Martyrum Romains (Paris 1904).

FRANCIS MERSHMAN
Trascrito por C.A. Montgomery
Traducido del Inglés por Daniel Reyes V.

13 de agosto de 2009

Por el honor de San Cirilo de Alejandría



por el Dr. Antonio Caponetto



AGUINIS Y LOS DESPERDICIOS

LA FUNCIÓN FABULATRIZ

esde las páginas de “La Nación” —siempre prontas a albergar mendacidades— Marcos Aguinis ha vuelto por el tema que eternamente lo perturba y desquicia, el ataque a la Iglesia Católica.

Sucedió el viernes 7 de agosto, en una densa y declinante nota que tituló Mujer excluida… ¡qué desperdicio!, más el didáctico agregado previo de una volanta quejosa: Sigue la desigualdad de los géneros.

Aguinis viene de recibir un sopapo de su paisano Verbitsky, que el domingo 2 de agosto, desde“Página/12”, lo llamó “pavo real”, y lo desplumó como tal con el recuerdo de ingratos menesteres; entre otros, su vinculación con Massera, el cobro de una holgada jubilación de privilegio y algunas mentiras enhebradas al voleo. Dispuesto a no arredrarse por estas menudencias, y sabedor de que su perruno agresor es hombre de taleguillas sucias, Aguinis siguió con su oficio preferido, el de invertir la Cruz.

Tiene la nota de marras los tópicos remanidos del freudismo y del feminismo, y una obsecuencia hacia la mujer, que acaba degradándola; como suele pasar cuando los maridos parranderos quieren atemperar con lisonjas melifluas los desvaríos de alguna noche crapulosa. Tiene incluso el escrito curiosos reproches al cristianismo, como el de haberse dejado ganar por “el pueblo judío”, que “fue el primero en abolir el analfabetismo de los varones ¡cinco siglos antes de la era cristiana!”. Fatídico cargo, sobre todo si se piensa que cuanto no hicieron los cristianos antes de existir se debe a la horrible culpabilidad de no haber existido.

Mas en medio de naderías antes risibles que indignantes, el filósofo de Río Cuarto presenta el núcleo de su argumentación. Se trata de la historia de Hypatia de Alejandría, una científica de nota en la plenitud del siglo IV, que tras destratos varios por parte de los cristianos, habría sido asesinada en el año 415, mediante un crudelísimo linchamiento ejecutado “por un grupo de monjes” que no dejó tortura por infligirle a la desdichada sabia. Según Aguinis, “los historiadores coindicen en responsabilizar” a Cirilo de Alejandría “por el asesinato de Hypatia”; como responsable habría sido, asimismo, de“la masacre que en aquel año se realizó contra los judíos”.
Machismo, incultura y antisemitismo, he aquí un verdadero combo de acusaciones infames lanzadas impunemente contra el catolicismo, para seguir escribiendo otras diatribas después con la misma desaprensión intelectual. Ya se sabe de sobra que el diario que otrora fue de los Mitre y ahora es de los peores, no concederá análogo espacio para la réplica. También se sabe que la Jerarquía eclesiástica nada dirá, ocupada como está en conciliar las próximas tertulias interreligiosas con rabinos, imanes, sufíes, gurúes y el Padre Pepe de Paola.

No obstante, llega tarde el fabulador Aguinis con su histórico hallazgo. La historia de Hypatia —convertida en mito en la doble acepción de la palabra; esto es, como ficción y como símbolo— ha dado ya innúmeras y trilladísimas vueltas por la novelística, la cinematografía, las tablas, el ensayo, el amarillismo lésbico y hasta por el cómic de Hugo Pratt y las extravagancias cósmicas de Carl Sagan. Voltaire se le adelantó en su Examen important de Milord Bolingbroke ou le tombeau du fanatisme —sin contar con que a él mismo se le habían adelantado los gnósticos y los protestantes— y Umberto Eco, hace ya casi una década, evocó a la fémina en Baudolino.
Vueltas y piruetas tan abundantes cuanto torvas las de este personaje, pues cargan todas con el común denominador de las leyendas negras contra la Iglesia. En rigor, no hay ignorante infatuado que haya podido sortear la tentación de apelar a esta heroína para desfogar el odio anticatólico, aunque para lograr tal cometido tuvieran todos que falsificar burdamente los hechos y matar mil veces a Hypatia, como bien lo sostiene Miguel Ángel García Olmo, recientemente, en un ensayo notable a propósito del filme Ágora de Alejandro Amenábar (cfr. Las mil muertes de Hipatia, Alfa y Omega, nº 643, Madrid, 28-V-09).

Lejos, pues, del consejo bergsoniano, la función fabulatriz de Aguinis no irrumpe para atemperar el racionalismo, sino para sumarse al coro corrupto de los sepultadores de la verdad.

LOS CRISTIANOS E HYPATIA

La verdad, como siempre, es distinta y opuesta a la versión de estos incendiarios de Roma.
Se empieza por no contar con datos precisos sobre la biografía de Hypatia, a pesar —o por lo mismo— de que una vasta bibliografía ha dado cuenta de ella y de sus sucesos. Y tales son las brumas y las imprecisiones al respecto, que el historiador judío Heinrich Graetz, en el volumen segundo de su History of the Jews, aún cargándole el crimen a Cirilo, no tiene a la víctima por mujer sino por hombre.

Hypatia —mujer al fin— no fue menoscabada en vida por los cristianos, ni desecharon ellos su ciencia con orgullo a causa de su condición femenina. La misma María Dzielska, de la Universidad de Jagellónica, en su Hipatia de Alejandría —de la que hay versión castellana, por lo que puede constatarse su ausencia de toda apologética católica— narra que la filósofa contaba con cristianos entre sus alumnos, como el Obispo Sinesio de Cirene (cuyo intercambio epistolar conocemos gracias a la obra ingente de Agustín Fitzgerald, The Letters of Synesius of Cyrene, Londres, 1925), o el “digno y santo" sacerdote Teotecno, y los prestigiosos Olimpio, Herculiano e Isión.
José María Martínez Blázquez, por su parte, en su Sinesio de Cirene, intelectual –que ha tenido la gentileza de volcar digitalmente- menciona las buenas relaciones de Hypatia con el curial Amonio y el Patriarca Teófilo, así como los nombres de cristianos fervientes que, contemporáneos con los sucesos, no dudaron en defender su personalidad. Tal, por ejemplo, Timoteo, en su Historia Eclesiástica. También fue un cristiano, Sócrates Escolástico, quien en su Historia Eclesiástica(VII, 15), escrita con posterioridad a la muerte de la alejandrina, la encomió como “modelo de virtud”.
Entonces, la versión aguiniana de fanáticos católicos machistas opuestos a Hypatia por su género y por su paganismo, es puro cuento, trufa insidiosa y bola insensata echada a rodar con lamentable incultura.

LA MUERTE DE HYPATIA

Si no le es imputable a los cristianos el maltrato a esta mujer singular, tampoco lo es su muerte, ni mucho menos a San Cirilo de Alejandría.

El origen de tan amañada y dañina versión, según lo explica eruditamente Bryan J.Whittield en The Beauty of Reasoning: A Reexamination of Hypatia of Alexandra,hay que buscarlo en el desencajado Damascio, último escolarca de la Academia de Atenas, quien exiliado en Persia tras su cierre por orden de Justiniano, y dispuesto a azuzar las maledicencias contra Cirilo, a quien tuvo por rival —en un tiempo de rivalidades religiosas fortísimas y extremas— le atribuyó el homicidio sin más fundamento que sus propias conjeturas. Sin más fundamento que sus propias conjeturas, repetimos. Porque esto y no otra cosa es lo que, desde entonces y hasta hoy, siguen haciendo cuantos rivalizan endemoniadamente contra la Fe Verdadera. Han pasado siglos desde el lamentable episodio y nadie ha podido aportar otro cargo contra el gran santo de Alejandría que no fuera la sospecha, el rumor, la hipótesis trasnochada o la presunción prejuiciosa.
No hay mentira mayor que la sostenida por Aguinis, y según la cual “los historiadores coinciden en responsabilizar a Cirilo de Alejandría por el asesinato de Hypatia”.

Coinciden los enemigos frenéticos de la Iglesia Católica, no los historiadores o los genuinos estudiosos del caso, a algunos de los cuales llevamos citados en estas prietas líneas. No coinciden —y discrepan con la leyenda negra oficial impuesta finalmente por el Iluminismo— el arriano Filostorgio, el sirio Juan de Éfeso, los jansenistas Le Nain de Tillemont y Claude Pierre Goujet o el erudito Christopher Haas en su Alexandria in Late Antiquity: Topography and Social Conflict, publicado en 2006. No coincide tampoco Thomas Lewis, quien redactara ya en 1721 la célebre impugnación de la mentira a la que tituló sugestivamente “La Historia de Hypatia, la imprudentísima maestra de Alejandría: asesinada ydespedazada por el populacho, en defensa de San Cirilo y el clero alejandrino. De las calumnias del señor Toland”.

No coincide el mencionado Miguel Ángel García Olmo, quien advierte en la maniobra acusadora un “afán de mancillar la ejecutoría de un pastor teólogo de vida esforzada y ejemplar como fue Cirilo de Alejandría, venerado en Oriente y en Occidente”; y ni siquiera se atreve a coincidir Gonzalo Fernández, quien en su obraLa muerte de Hypatia, del año 1985, a pesar de la ninguna simpatía que manifiesta hacia el santo, llamando tiránico a su ministerio, concluye en que “ninguna de las fuentes sobre el linchamiento de Hipatia alude a la presencia de parabolani entre sus asesinos”. Losparabolani eran los miembros de una hermandad de monjes alistados voluntariamente para el servicio, principalmente entre los enfermos, y que en su momento respondieron incondicionalmente a San Cirilo, recibiendo la acusación de consumar el linchamiento de Hypatia. Recuérdese que también Aguinis, en el suelto que le objetamos, menciona a “un grupo de monjes”, como causa instrumental del delito.

No coinciden los hechos. Porque el mismo Cirilo, que lamentó y reprobó el crimen de Hypatia, amonestó enérgicamente en su Homilía Pascual del 419, a la plebe alejandrina dada a participar en turbamultas feroces y sanguinarias como la que puso desdichado fin a la vida de la filósofa. Si no se le cree al santo, las novelas de Lawrence Durrel —concretamente las de su Cuarteto de Alejandría— resultan una buena fuente para conocer el carácter sangriento y cruel de esas tropelías feroces del populacho alejandrino. Sin olvidarnos de que fueron esas mismas hordas las que dieron muerte a dos obispos cristianos, Jorge y Proterio, en el 361 y 457 respectivamente.
Aguinis, claro, además de la versión falseada de la muerte de Hypatia, sólo quiere recordar la expulsión de los judíos ordenada por San Cirilo, sin aclarar primero qué participacion tenían los hebreos en aquellos episodios luctuosos. Episodios que podían llegar a terribles excesos, como lo reconoce el ya citado Graetz, comentando los modos que solían tomar entonces los festejos del Purim. Porque como dice Maurice Pinay —en el capítulo VIII del segundo volumen de su Complot contra la Iglesia— los judíos “califican siempre esas medidas defensivas de los Estados Cristianos, de persecuciones provocadas por el fanatismo y el antisemitismo del clero católico”, pero son incapaces de ver las enormes vigas en los propios ojos. Tiene sobradas razones el exhaustivo Alban Butler, cuando en su voluminoso santoral, en la fecha correspondiente a la festividad del santo, el 9 de febrero, explica que Cirilo tomó legítimamente la decisión de expulsar a los judíos, tras comprobar “la actitud sediciosa y los varios actos de violencia cometidos por ellos”.

No coinciden, al fin, los juicios de la Santa Madre Iglesia, quien mucho tiempo después de agitadas las pasiones terrenas, disipadas las dudas, superadas las conjeturas malintencionadas, estudiadas las causas, investigadas las acciones, consideradas las objeciones y sopesadas las acciones, elevó dignamente a los altares a Cirilo de Alejandría, y lo proclamó Doctor de la Iglesia en 1882, bajo el Pontificado de León XIII. Años más tarde, en 1944, el Papa Pío XII, en su Orientalis Ecclesiæ, lo llamó“lumbrera de la sabiduría cristiana y héroe valiente del apostolado”. Y hace muy poco, en la Audiencia General del miércoles 3 de octubre de 2007, Benedicto XVI se abocó por entero a su encomio, recordando su defensa de la ortodoxia contra la herejía nestoriana. Para el Santo Padre, San Cirilo de Alejandría es el “custodio de la exactitud, que quiere decir custodio de la verdadera fe”;el varón justo que comprendió y predicó que “la fe del pueblo de Dios es expresión de la tradición, es garantía de la sana doctrina”.

Va de suyo que el lector honrado sabrá a quién creer al respecto. Si a la Iglesia, que para canonizar a alguien se toma siglos de estudios, pidiendo milagros y virtudes heroicas al candidato, o a un ropavejero de las letras, alucinado de odio a la Cruz, que súbitamente y sin más trámites que su audacia, declara asesino a un santo, y misógino a quien veneró a la más excelsa de las mujeres: María Santísima.

LA POBREZA DEL ESCÁNDALO

Bien está que exista el escándalo de la pobreza, porque la sangre del pobre —decía León Bloy— es el dinero mal habido de todos los rapaces. Pero a condición de que no se caiga en la pobreza del escándalo; esto es, en el raquitismo de un escándalo flaco y magro, sólo susceptible ante cuestiones terrenas, salariales o sociológicas.

Tomar en vano el nombre de Dios, profanar lo sacro, agraviar a los santos y mostrarse impiadoso y blasfemo, debería movilizar los ánimos y los actos reactivos de los católicos, antes y con mayor intensidad que las injusticias sociales. El Reino de Dios y su justicia sigue siendo lo primero. La añadidura se le ordena como lo subalterno a lo principal.

No pretendemos que lo entiendan nuestros obispos.

CONSEJOS PARA UN FEMINISTA MÓRBIDO

En cuanto a Aguinis, si anda buscando machismo en las religiones, le sugerimos una repasadita al Libro del Zoharo al Schulchan Arukh. O algo más próximo: el conocimiento descarnado y patético de las mujeres ultrajadas y prostituidas por la Zwi Migdal.

Y si su feminismo mórbido lo impulsa –como en la nota que le objetamos- a extasiarse en la descripción del linchamiento de Hypatia, para cargar las tintas y disponer las sensibilidades contra su odiado catolicismo, no le vendría mal retratar del mismo modo los horrendos crímenes rituales de Agnes Hruza y Marta Kaspar, cristianas ambas y víctimas probadas de la demencia judaica. La una desangrada salvajemente en el bosque de Brezin, el 1º de abril de 1899; la otra descuartizada en Paderborn, el 18 de marzo de 1932. Los detalles de este tipo de endemoniados acontecimientos se los dará la obra de Albert Monniot, Le crime rituel chez les juifs. Si la juzgara nazi —porque ya se sabe que, en la guerra semántica, da lo mismo que su autor la escribiera antes de la aparición de Hitler en la historia— podrá acudir a Las pascuas sangrientas del insigne judío Ariel Toaf. Y si recusara esta obra aduciendo la supuesta retractación que su autor hiciera de la misma, deberá entonces acudir a la obra de otro israelita honestísimo,El poder de la judería, de Israel Adán Shamir.

No dirá Aguinis que lo dejamos sin alternativas.

POR EL HONOR DE SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA

No; categóricamente no. La coincidencia de la historia no está en retratar un Cirilo obtuso, asesino y odiador de mujeres. Eso queda para los recolectores de desperdicios usurpando el papel de escritores; para los escribas de ascosidades elevados al podio de intelectuales; para los ignorantes de invencible memez adornados con los oropeles baratos de la decadencia posmoderna. Eso queda para los hijos del Padre de la Mentira y los sepulcros blanqueados.
En lo que coincide la vera historia sobre el santo y corajudo defensor de María como Madre de Dios, podrá contemplarlo y admirarlo el cristiano fiel y el hombre de voluntad recta adentrándose en sus escritos, que son muchos y ricos y bien sazonados en precisión, certidumbre y hondura. Quasten, Moliné, Altaner, Luis de Cádiz, Bardenhewer y la monumental obra de Migne, son sólo las principales patrologías que podrá consultar con provecho quien desee aproximarse al gran apologista.

A la derecha del Padre donde ahora se encuentra, y bajo el regazo celeste de María Theotokos, de quien fue su caballero en lisa enamorada y sapiente, no lo rozan las diatribas indoctas de un hábil especialista en cantar las gestas de la marranería.

San Cirilo de Alejandría: ora pro nobis.

13 de Agosto, San Casiano de Imola, Mártir, San Ponciano, Papa y Mártir, San Hipólito, Mártir y Santa Radegunda, Reina



an Casiano, maestro de escuela, sufrió el más cruel suplicio. Le ataron las manos atrás del cuerpo y lo entregaron a los niños, a quienes enseñaba, para que lo mataran a estiletazos. Tanto más prolongado y doloroso fue su suplicio cuanto menos fuerza tenían sus verdugos, y más gloriosa fue así su victoria.

Casiano era un maestro severo y eficiente. Enseñaba a sus niños los rudimentos de la gramática, al mismo tiempo que un arte especial: el de la taquigrafía, ese arte de condensar en breves signos las palabras. Es acusado de cristiano. Y los perseguidores tienen la maligna ocurrencia de ponerle en manos de los mismos niños, sus discípulos, para que muera atormentado por ellos, y que los instrumentos del martirio sean los mismos de que antes se valían para aprender.

El poeta Aurelio Prudencio, relata así el martirio de San Casiano:

"Unos le arrojan las frágiles tablillas y las rompen en su cabeza; la madera salta, dejándole herida la frente. Le golpean las sangrientas mejillas con las enceradas tabletas, y la pequeña página se humedece en sangre con el golpe. Otros blanden sus punzones... Por unas partes es taladrado el mártir de Jesucristo, por otras es desgarrado; unos hincan hasta lo recóndito de las entrañas, otros se entretienen en desgarrar la piel. Todos los miembros, incluso las manos, recibieron mil pinchazos, y mil gotas de sangre fluyen al momento de cada miembro. Más cruel era el verduguito que se entretenía en surcar a flor de carne que el que hincaba hasta el fondo de las entrañas".

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Para leer las hagiografías haga click sobre la imagen del Martirio de San Casiano.


12 de Agosto, Festividad de Santa Clara de Asís







reciosa es en la presencia del Señor la muerte de sus santos" (Ps. 115,15). Musitando estas palabras subía Santa Clara de Asís, "verdaderamente clara, sin mancilla ni obscuridad de pecado, a la claridad de la eterna luz", en la augusta hora del atardecer del día 11 de agosto de 1253.

Cabe el pobre camastro, permanecían llorosas sus hijas, transidas de dolor por la pérdida de la amantísima madre y guía experimentada. Allí estaban los compañeros de San Francisco. Fray León, la ovejuela de Dios, ya anciano; fray Angel, espejo de cortesía; fray Junípero, maestro en hacer extravagancias de raíz divina y decir inflamadas palabras de amor de Dios. Allá arriba, los asisienses seguían conmovidos los últimos instantes de su insigne compatriota. Prelados y cardenales y hasta el mismo Papa habíanla visitado en su última enfermedad. Y todos tenían muy honda la persuasión —Inocencio IV quiso en un primer momento celebrar el oficio de las santas vírgenes, que no el de difuntos— de que una santa había abandonado el destierro por la patria. Solamente ella lo había ignorado. Su humildad no le había dejado sospechar siquiera cuan propiamente se cumplían en su muerte aquellas palabras del salmo de la gratitud y de la esperanza, que sus labios moribundos recitaban. Muerte envidiable, corona de una vida más envidiable todavía, por haber ido toda ella marcada con el sello de la más absoluta entrega al Esposo de las almas vírgenes.

Porque Clara Favarone, de noble familia asisiense, oyó desde su primera juventud la voz de Dios que la llamaba por medio de la palabra desbordante de ¿mor y celo de las almas de su joven conciudadano S. Francisco de Asís. Con intuición femenina, afinada por la gracia y la fragante inocencia de su alma adivinó los quilates del espíritu de aquel predicador, incomprendido si es que no despreciado por sus paisanos, que había abandonado los senderos de la gloria humana y buscaba la divina con todos los bríos de su corazón generoso. Y se puso bajo su dirección. Los coloquios con el maestro florecieron en una decisión que pasma por la seguridad y firmeza con que la llevó a la realidad. Renunciando a los ventajosos partidos matrimoniales que le salían al paso y al brillante porvenir que el mundo le brindaba, huyó de la casa paterna en la noche del Domingo de Ramos de 1211. Ante el altar de la iglesita de Santa María de los Angeles, cuna de la Orden franciscana, Clara ofrendó a Dios la belleza de sus dieciocho años, rodeada de San Francisco y sus primeros compañeros. Se vistió de ruda túnica, abrazóse a dama Pobreza de la que a imitación de su padre y maestro haría su amiga inseparable y se dedicó a la penitencia y al sacrificio.
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11 de agosto de 2009

Sobre la herejía del siglo XX (y del XXI)



por el Dr. Miguel Ayuso


Tomado de El Brigante







uestro admirado Brigante ha traducido unos párrafos de Jean Madiran para introducir el asunto de cómo el olvido de la doctrina social compromete la fe. Olvido que, bien entendido, comprende también la reducción o la desnaturalización, como apunta con acierto en el breve, sugestivo y esencial incipit. El texto de Madiran, que tiene la densidad y clarividencia de casi todos los suyos, constituye una excelente introducción al problema. Aunque puede que para algunos haya de resultar oscuro e incluso, no lo sé, un poco críptico.
Se me ha ocurrido por eso, querido Brigante, comenzar a ilustrar el texto y el comentario, sin más pretensión que ayudar, por más que modestamente, al esclarecimiento del problema, al que podría dedicarse quizá una jornada de estudio amical una vez que los calores se hayan ido o, por lo menos, escondido. Piénselo, amigo Brigante.
El libro en cuestión, La herejía del siglo XX, de 1968, no esconde en sus primeras palabras cuál sea: “La herejía del siglo XX es la de los obispos”. Y, para los asustadizos, aclara a continuación: “No es que sean los inventores, sino los agentes”. Y es que el episcopado francés, desde por lo menos un siglo antes, esto es, desde la oposición al Syllabus, había orillado las enseñanzas romanas, prescindiendo de un “siglo de encíclicas”, y pasando del liberalismo al socialismo. Para –esto lo añado hoy, porque no era tan visible hace cincuenta años– volver nuevamente al liberalismo. Desde el punto de vista sociológico y aun psicológico no hay duda de que es esa mentalidad la que hizo y desarrolló el Concilio, constituyendo su “espíritu”. Si en derecho en cambio no prevaleció es de ardua discusión, entre hermenéuticas varias en liza, que no puede ser traída aquí ahora. Cita seguidamente el autor un texto impresionante del Año litúrgico de Dom Guéranger, el gran abad de Solesmes, quien en la fiesta de San Cirilo (el 9 de febrero) ofrece a consideración de los lectores el ejemplo del seglar Eusebio oponiéndose al obispo Nestorio: “La doctrina desciende por lo general de los obispos al pueblo fiel, y en el orden de la fe los subordinados no han de juzgar a sus jefes. Pero en el tesoro de la Revelación hay puntos esenciales de los que todo cristiano, sin más título que el de serlo, tiene el conocimiento necesario y la guarda obligada (…). Los verdaderos fieles son los hombres que hallan en el solo bautismo, en tales circunstancias, la inspiración de su conducta; no los pusilánimes que, bajo el pretexto especioso de la sumisión a los poderes establecidos, esperan para cargar contra el enemigo u oponerse a sus empresas a un programa que ni es necesario ni debe dárseles”.
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La experiencia de leer, un ejercicio de crítica experimental (5)





por C.S. Lewis





Tomado del Blog C.S. Lewis









5. Sobre los mitos


ntes de seguir avanzando debo desviarme para aclarar un posible malentendido suscitado por el capítulo precedente. Compárense los siguientes textos:

Había un hombre que cantaba y tocaba el arpa tan bien que hasta los animales y los árboles se apiñaban para oírlo. Cuando su esposa murió, descendió vivo al país de los muertos y tocó ante el Rey de los Muertos hasta que éste se apiadó de él y le devolvió a su mujer, con la condición de que la sacase de allí sin volverse en ningún momento para mirarla antes de que llegaran a la luz. Pero cuando ya casi estaban fuera, por un brevísimo instante, el hombre miró hacia atrás, y la perdió para siempre.

«Alguien está ausente durante muchos años; Poseidón sigue estrechamente sus pasos, y el héroe está solo; en su casa las cosas están de tal modo perturbadas que su hacienda es dilapidada por los pretendientes, y su hijo, objeto de una conjura. Llega, por fin, maltrecho a su hogar; se da a conocer, ataca a sus enemigos; él se salva y logra eliminarlos.» (Así resume Aristóteles la Odisea en su Poética— 1455b.)

Imaginemos —porque, sin duda, no lo escribiré— un resumen igualmente sucinto de Barchester Towers, de Middlemarch o de La feria de las vanidades; o bien de alguna obra mucho más breve, como Michael de Wordsworth, Adolphe de Constant u Otra vuelta de tuerca.

A pesar de su exigüidad, el primer resumen, escrito sin escoger mayormente las palabras, produciría —creo— una impresión muy intensa en cualquier persona sensible que lo leyese sin conocer antes la historia. En cambio, la lectura del segundo sería mucho menos satisfactoria. Aunque se vea que con esa trama podría escribirse una buena historia, el resumen por sí solo no constituye una buena historia. En cuanto al tercero, el que no he escrito, salta a la vista que sería inútil: no sólo para dar una idea del libro en cuestión, sino también por sí solo: aburrido, insoportable, ilegible.
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11 de Agosto, San Tiburcio Mártir y Santa Susana, Vírgen y Mártir



Digo a las personas no casadas y viudas: bueno les
es si así permanecen, como también permanezco yo.
(1 Corintias, 7, 8).


Tiburcio fue convertido con Cromacio, su padre. Intimado por el juez Fabiano a sacrificar a los ídolos o a caminar con los pies descalzos sobre carbones encendidos, hizo él la señal de la cruz, y, pisando las brasas: "Aprende -dijo al juez- que el Dios de los cristianos es el solo Dios verdadero. Estos carbones inflamados me parecen flores". Fabiano, atribuyendo este prodigio a la magia, lo hizo decapitar.

SANTA SUSANA ROMANA,
Mártir

Susana, virgen romana, el mismo día rehusó, por guardar su virginidad, aceptar por esposo a Galerio Máximo, hijo del emperador Diocleciano, fue sometida a crueles tormentos y, al fin, decapitada en su palacio, hacia el año 295.

MEDITACIÓN
SOBRE TRES MOTIVOS
PARA AMAR LA CASTIDAD

I. Dios quiere ser amado; ahora bien, para amarlo perfectamente, no hay estado más ventajoso que el de la castidad. "La que vive con un esposo, dice San Pablo, busca agradar a su esposo; pero una virgen no piensa sino en agradar a Dios". Oh divino Esposo de nuestras almas, ¡cuán dulce el amaros! ¿Quién os iguala en belleza, en bondad y en riquezas? Busca tu esposo semejante a Jesucristo; si encuentras uno, ámalo, adhiérete a él, si no, no te alejes de Jesús.

II. Testimonio de mucho amor por Jesucristo es sufrir mucho por Él y privarse, para agradarle, de los gozos terrenales; pues bien, eso es lo que hace un cristiano mediante la castidad: es preciso que se mortifique, que renuncie a todos los placeres de los sentidos, que se haga continua violencia. Se vio a muchos exponerse a sufrimientos, a la muerte misma, para agradar a una creatura cuya belleza los había seducido; ¡Y para agradar a Dios nada se quiere hacer! Si tanto se estima una perla falsa, ¡cuánto no habrá de estimarse una perla preciosa! (Tertuliano).

III. El sacrificio es el mayor honor que podemos tributar a Dios. Ahora bien, el hombre casto sacrifica su cuerpo como hostia viva. El amor divino es el fuego que consume esta inocente víctima; el sacrificador y la víctima son el corazón y el cuerpo del cristiano. Este holocausto dura lo que dura la vida; por esto la castidad es un martirio, aparentemente menos cruel que el que los tiranos hicieron sufrir a los primeros cristianos, pero en realidad más penoso a causa de su larga duración.La castidad conservada implica también su martirio. (San Jerónimo).

La castidad

Orad por las vírgenes.

ORACIÓN

Haced, Señor, que seamos sostenidos por la asistencia continua de vuestros bienaventurados mártires Tiburcio y Susana, ya que no cesáis de mirar favorablemente a quienes acordáis tales socorros. Por J. C. N. S. Amén.

10 de agosto de 2009

La pérdida del decoro




por Juan Manuel de Prada


Tomado de ABC




e aquí uno de los rasgos más distintivos de nuestra época. «Decoro» es palabra desprestigiada en el uso común, una de tantas palabras sobre las que el progresismo contemporáneo ha arrojado una carga peyorativa, despojándolas de su significado originario: una persona decorosa ya no es la que inspira respeto, por adecuar su comportamiento y aspecto a su condición, sino una persona mojigata, pudibunda, retrógrada, escrupulosa en el cumplimiento de convenciones que la modernidad repudia. De modo que, para que no la tachen de tal, la pobre gente abducida se ha propuesto perder el decoro, que es tanto como perder el respeto por uno mismo, pues sólo quien ha perdido el respeto por uno mismo se cree incapaz de inspirarlo. Y, naturalmente, cuando alguien se pierde el respeto a sí mismo necesita, para consolarse, perdérselo también a los demás; y así se instaura el reinado de la chabacanería, donde la falta de decoro se convierte en regla de supervivencia generalizada. Y donde la persona decorosa se convierte automáticamente en diana de escarnio; de tal modo que, para pasar inadvertida, ha de avenirse a ser indecorosa, como cualquier hijo de vecino.

La pérdida generalizada del decoro, que es síntoma elocuente de decrepitud social, se expresa de las formas más variadas y repelentes, todas ellas caracterizadas por el rasgo de la fatuidad, esa especie de risueña complacencia de quienes pretenden que se les respete cuando han perdido el respeto por sí mismos. Y una de las expresiones más sobrecogedoras de esta pérdida generalizada del decoro, que en verano alcanza cúspides pavorosas, afecta al atuendo. El gran Martinmorales solía endulzarnos los meses estivales con viñetas en las que satirizaba esta relajación de los hábitos indumentarios; últimamente lo hace menos, hastiado de predicar en el desierto. Cuando Martinmorales comenzó a denunciar esta lacra, que ejemplificaba en el uso de pantalones cortos por varones adultos, la pérdida del decoro indumentario parecía circunscrita a lugares de veraneo; han pasado apenas unos años y la plaga del pantalón corto -como la más infecta aún de las chanclas- se ha extendido por doquier.

Basta salir a la calle en cualquier ciudad española para tropezarse con hordas que se pasean rozagantes exhibiendo unas pantorrillas satisfechamente pelambrosas, o lo que todavía resulta más estragador para el buen gusto: despojadas de su pelambre por el roce de las perneras del pantalón largo y de los calcetines que las han cubierto durante el invierno. Pero el repeluzno que provoca la contemplación de tales canillas -salpimentadas a veces de granitos, escocidas de ronchones, hasta visitadas por alguna culebreante variz- es apenas reseñable comparado con la náusea que despierta la contemplación de esos pinreles calzados -es un decir- en unas chanclas de goma, también denominadas «flip-flop», onomatopeya que trata de describir el sonido grimosillo que producen al andar. A nadie se le escapa que los pies son una de las partes más comprometidas de la anatomía humana, más propensas a callosidades y malformaciones (hay dedos de pie que parecen percebes de roca); la chancla de goma agrava ese espectáculo generalmente sórdido, porque es un calzado que, al no incorporar sujeción en el talón muestra la transpiración de la planta del pie, convertida ya en mugre (que en algunos casos podríamos calificar de «arqueológica», dada su densidad). Pero la chabacanería ambiental pretende que aceptemos tales adefesios indumentarios (no nos referiremos, por piedad, a esos top reventones que estrangulan las mollas de la tripa a tantas jamonas) con risueña complacencia; es la complacencia de quienes han perdido el decoro, que es tanto como perder el respeto por uno mismo.


La filosofía de Manuel Kant


por el Dr. Alberto Caturelli

Tomado de Centro Pieper

[Tomado de “La Filosofía”, Alberto Caturelli, Editorial Gredos, Madrid, 1977]







aturalmente que, salvo los momentos de crítica interna al inmanentismo, de los cuales he señalado los dos principales – Pascal y Vico –, hasta aquí se ha producido, desde Ockam, Nicolás de Cusa y luego Descartes, una primacía del pensar sobre el ser que no es ya des-cubierto por el pensamiento, sino que comienza a ser «puesto» por el pensar. Todos los intentos de superación de los problemas internos al cartesianismo han dejado intacto este momento en el cual la razón se hace criterio de la verdad. Si la razón, en cierto modo, pone al ser, se sigue que, al menos, de la razón no se duda en absoluto, y si de la razón no se ha dudado en absoluto, existe por lo menos un elemento que no es crítico y no ha sido puesto en cuestión: la misma razón. Luego es necesario preguntarse por la posibilidad de conocer de la misma razón, poniendo la razón en cuestión y – más tarde – cuando descubramos que la razón imprime sus «formas» a lo real «creando» el objeto de conocimiento en cuanto tal, habremos descubierto que casi todo el ser es creado o puesto por la razón. Y éste es el segundo momento de la absolutización de la razón. De ahí que en el mismo cogito ergo sum, al autoponerse la razón como criterio de la verdad, la misma razón se pone en cuestión y es necesario preguntarse por ella. Y éste es el momento de la filosofía de Kant.


a) Kant, precrítico

En el seno de una familia pietista nació Kant, el año 1724, y tuvo una buena formación en literaturas clásicas, primero, y luego, en sus estudios universitarios, realizados en su ciudad natal: Königsberg. Realizó estudios de física, matemáticas, ciencias naturales, lógica, metafísica, geografía. Se desempeñó como preceptor privado, y en 1755 comenzó a enseñar en la Universidad de Königsberg como «privatdozent». En 1770 fue profesor titular, y en ese cargo se mantuvo hasta su muerte, acaecida a los ochenta años. Era de dulce carácter, alegre, vivo, bromista, metódico hasta lo inverosímil y curioso de todo cuanto tuviera interés científico o fuera apto para la búsqueda de la verdad.
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10 de Agosto, Festividad de San Lorenzo, Diácono y Mártir





onocemos a San Lorenzo y su martirio por el testimonio verídico, por la majestad romana y por el vuelo pindárico del himno en loor suyo del poeta probablemente cesaraugustano Aurelio Prudencio, que quizá había nacido en Zaragoza y debió de morir allá por el año 410, cuando, empujado por la enorme vitalidad de su pueblo, al frente de sus hordas de visigodos (o sea los godos de aquende el Danubio), Alarico, poderoso e inexorable como una inundación, anegó la ciudad de Roma y amagó anegar la civilización latina.

La extrema pasión del diácono Lorenzo había dejado en la antigüedad cristiana un recuerdo indeleble: pero no quedó tras ella ningún auténtico documento escrito. El primero que la consigna como tradición volátil, en inaprehensible estado de fluidez, es San Ambrosio. El segundo que la asume y la transforma en materia poética es el autor del Peristephanon, el más grande poeta cristiano hasta que, a los novecientos años de distancia, se irguió, más alto que las Pirámides, más perenne que el bronce, el florentino Dante Alighieri.

Prudencio canta la efusión de sangre cristiana con orgiástica embriaguez. Prudencio es hemólatra, es decir, idólatra de la pasión y de la sangre derramada por amor de Cristo. Prudencio, que es celtibérico, podría parecer bético, verbigracia de Córdoba y del linaje del Séneca de las tragedias y de Lucano, cantor de guerras más que civiles; de Córdoba, dije, patria de hombres enjutos bellos y fuertes que luchan a hierro con bestias generosas y pugnaces, en un circo sonante, lleno de pueblo, ávido de emoción.
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9 de agosto de 2009

Retablillo de Bram perplejo y su inesperada conversión







por José Antonio Ullate Fabo, (Licenciado en Derecho, escritor y periodista especializado en información y opinión religiosa, autor de El secreto masónico desvelado y La verdad sobre el Código da Vinci.)


Visto y tomado de El Brigante, (al que hoy he expoliado).








Primera tabla



abía alcanzado ya los setenta años y medio bien cumplidos. Echó cuentas y habían pasado ya cuarenta y cinco largos años y seis meses desde su ordenación sacerdotal; casi 24 años de su designación como obispo auxiliar de Los Ángeles; desde su nombramiento como arzobispo de Pórtland habían transcurrido más de veinte años; y ya hacía veinte meses que tenía en su poder el nombramiento de Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, de la Comisión Bíblica Internacional, y de la Pontificia Comisión Bíblica. Miró el calendario y, efectivamente, iba a cumplirse un año desde su elevación al cardenalato: apenas faltaba un mes. William Joseph Levada pensó que era oportuno dar una entrevista. Era la primera que concedía desde que se había convertido en “Guardián de la ortodoxia”. Le satisfacía releer el artículo 48 de la constitución
Pastor Bonus: Es función propia de la Congregación de la Doctrina de la Fe promover y tutelar la doctrina sobre la fe y las costumbres en todo el orbe católico; por lo tanto, es competencia suya lo que de cualquier modo se refiere a esa materia. Se sentía el tutor de la fe y de las costumbres de todo el orbe católico. ¿Quién mejor que él para puntualizar algunos asuntos?...
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El olvido de la doctrina social compromete la fe





Tomado de El Brigante




a inmensa mayoría de los católicos desconoce hoy la existencia de una doctrina social de la Iglesia, pero la inmensa mayoría de los que están familiarizados con su existencia, desconoce el verdadero alcance de ésta. La realidad no es nueva, sino más bien rancia. De un modo progresivo, gran parte de los católicos dejó de reconocer el corazón mismo de la doctrina social de la Iglesia: la doctrina política. Primero se hizo ver que se trataba de genéricas aspiraciones ideales, pero no realmente de una doctrina política vinculante; después, sencillamente, se dejó de enseñar y de hablar de ello. No todo el mundo, claro. Pero hasta en los mismos seminarios se circunscribió la doctrina social a la llamada cuestión social: el salario justo, el derecho a la propiedad…

El corazón de la doctrina social, la doctrina sobre el bien común temporal, es decir, sobre la política, quedó eclipsado para la mayoría y así sigue. Con lo que hasta la misma cuestión social se vuelve incomprensible y pura mojiganga mojigata. Para que esto pudiera pasar fue necesaria una torsión de la doctrina cristiana, sometida a un proceso –llamémoslo así– de progresiva “privatización”, lo cual no era posible sin el abandono previo de la sana filosofía, del realismo tomista y su celo por lo real. Una piedad voluntarista y no pocas veces sincera e intensa, se desentendía del orden natural y temporal, volcada –supuestamente más pura– sobre lo divino, sin ataduras carnales ni filosóficas. No se advertía que incluso el orden sobrenatural quedaba no sólo comprometido en su viabilidad, sino radicalmente alterado. El cristianismo espiritual, desasido de ataduras temporales, libérrimo y cátaro es, sencillamente, una doctrina inhumana y, por ende, doblemente falsa: niega la naturaleza y niega el dogma (como no podía ser de otro modo). Volveremos una y otra vez a este tema, arrinconado en nuestra catequesis, y más urgente que nunca. Estamos convencidos de que en él reside parte de la clave de nuestra situación claudicante. Una parte decisiva. A continuación, traemos a cuento un párrafo de La herejía del siglo XX, de Jean Madiran, como testimonio de ese fatal extrañamiento de la doctrina social y política de la Iglesia. Aunque tenga más de cuarenta años, tiene plena vigencia.

El Brigante.


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Exploradores




por Juan Manuel de Prada


Tomado de XLSemanal





asta hace poco, cuando estábamos en el campo, mi hija Jimena se conformaba con atender las señales de vida que se desarrollaban en su derredor: contemplaba el laborioso ir y venir de las hormigas en un hormiguero, contemplaba el vuelo nupcial de una mariposa, contemplaba los racimos de moras agraces que crecían al pie de una vereda. Su curiosidad, intensiva y microscópica, reparaba en cada brizna de hierba, en cada insecto, en cada roca que se hallaba en el radio de acción de su mirada; pero era una curiosidad sedentaria, satisfecha de las cosas menudas que ocurrían al alcance de su mano. Ahora, de repente, la curiosidad de mi hija se ha hecho nómada, codiciosa de paisajes que se extienden más allá del río, más allá de la loma, más allá del bosque, siempre más allá, como si aquella mirada escrutadora a la que hasta hace poco le bastaba con posarse sobre las minucias del mundo circundante necesitase más aire, más horizonte, más aventura. En los libros de ciencias sociales (ahora los llaman de `conocimiento del medio´) siempre estudiábamos que el hombre, a la vez que se hacía más civilizado, se volvía sedentario; pero esto, que tal vez sirva para configurar sumariamente las comunidades humanas, no sirve para explicar la inteligencia inquisitiva de los niños, que cuando es balbuciente apenas sale del nido, para arrojarse después al aire, con un ímpetu de pájaro suicida.

Mi hija Jimena, a sus siete años, está en medio de ese ímpetu, deseosa de expandir los contornos del mundo, deseosa de empujar la raya del horizonte más allá de donde alcanzan sus ojos. Antes de salir al campo, ordena a su abuela meter un par de botellines de agua en la nevera, para que se enfríen; y se provee de un pequeño bolso, que se cuelga en bandolera, donde los guarda. Esos botellines de agua son el viático que nos acompaña en nuestras exploraciones campestres; exploraciones todavía modestas, todavía medrosas, que se conforman con ascender una peña que hemos descubierto en lontananza, o en internarnos por un sendero que se pierde entre la fronda, o en alcanzar una fuente que brota en un promontorio; pero yo sé que mañana esas exploraciones se harán más arduas, sé que pronto mis piernas no podrán seguir a Jimena, sé que en su afán colonizador, la curiosidad de mi hija no hará sino crecer, encaramándose a una peña más alta, adentrándose en un sendero más borroso o entorpecido por la maleza, persiguiendo un manantial más recóndito o montaraz. Lo sé porque en otro tiempo yo fui como ella, yo también quise catalogar el mundo, yo también busqué en el libro de la naturaleza la cifra de mi incesante, insomne, peregrina curiosidad.

Y ahora, tanto tiempo después, convaleciente de los plurales desistimientos de la edad, mientras acompaño a mi hija en estas excursiones campestres, vuelven a mí, en gozoso turbión de recuerdos, los paseos que yo mismo di cuando tenía sus años por estos mismos parajes, acompañado por mi abuelo. Basta que nos internemos por un sendero que a simple vista parece ignoto para que la memoria, rápida como el instinto, me descubra la dirección que debo elegir en cada encrucijada. De repente, los accidentes del terreno me resultan reconocibles: en cada revuelta del camino, a modo de hito, me saluda un árbol a cuya sombra yo descansé siendo niño, un talud por el que me despeñé (y casi creo que vuelvo a sentir los rasponazos en la piel que testimoniaron aquel descenso accidentado), un zarzal en el que sin pretenderlo me enredé (y vuelvo a sentir sus púas como garfios, o tal vez tan sólo como dedos que no aceptan desasirse de su presa), una peña cuya forma caprichosa exaltó mi fantasía de apenas siete años, como ahora exalta la fantasía de mi hija Jimena. Y, al trepar a esa peña, al cruzar la vía del tren, al atisbar la carrera huidiza de un conejo, al inclinarme para beber del agua fresquísima (¡y sin necesidad de nevera!) de la fuente que nos aguarda en lo alto del promontorio, vuelvo a rescatar trepidaciones del alma que creía extintas, un enjambre de emociones que había guardado a buen recaudo en alguna cámara polvorienta de la memoria y que ahora, al sol de la tarde, resplandecen como ropa de domingo. Son las mismas emociones que asaltan por vez primera a Jimena y le hacen pegar brincos entre los matojos, dueña de un horizonte nuevo que mañana querrá ampliar. Pero eso será mañana; hoy, mientras volvemos a casa, saboreamos esas emociones como si fuesen un caramelo que no se gasta nunca, las saboreamos con la fruición de quienes comparten un secreto que no están dispuestos a revelar.