El Problema Del 25 De Mayo
Por Antonio Caponnetto
[El Caballero De Nuestra Señora, 2º época Año: 8 Numero 147 8 de mayo del año del Señor 2008]
Querido Marcelo:
Me pides que te escriba para El Caballero de Nuestra Señora –publicación que llevo gratamente en el corazón desde los tiempos en que la iniciará, el inolvidable Padre Carlos Lojoya- alguna nota sobre La Revolución de Mayo.
Permitime que te diga porqué me resulta tan difícil hacerlo.
Tradicionalmente prevalecía la visión liberal y masónica de Mayo. Mayo era un dogma indiscutido, en virtud del cual debía repetirse que la patria había nacido en 1810, bajo los sacros auspicios de la democracia, del liberalismo y de la macabra Revoluta de 1789. España era una madrasta malísima –como la de las patochadas infantiles de Walt Disney- y habíamos hecho muy bien en sacárnoslas de encima. Los realistas eran tiranos opresores, los revolucionarios eran libertadores, y cada quien ocupaba su bando de malo o de bueno en los libros de texto. ¡Manes de parabienes!
No le faltaba fundamento in re a esta visión. Porque efectivamente, este Mayo liberal, masónico, antiespañol y aún anticatólico había existido. Quien se acerque a las malandanzas de Castelli, Moreno y Monteagudo –entre tantos otros- podrá comprobarlo. Otrosí queda penosamente al descubierto cuando se consideran los escritos o los actos del curerío progresista de entonces, más confundidos que Casaretto después del Summorum Pontificum de Benedicto XVI. Por eso desde Roma llegaron voces legítimamente recelosas sino admonitorias respecto del movimiento revolucionario, como lo ha probado Rómulo Carbia en su La Iglesia y la Revolución de Mayo.
Nuestro mismo Himno ratifica penosamente la existencia oficial de ese Mayo en todo contrario a nuestras raíces católicas. Hasta Ricardo Rojas –que le ha encontrado un par de plagios a la letra, y que nos exime “de la admiración estética”- se intranquiliza un poquitín ante aquello de “escupió su pestífera hiel”. ¿No será mucho, Vicente? Cristina lo canta a lo yanky, con la mano en su siliconado pecho. Yo, caro amigo, te confieso, como bautizado, no puedo andar gritando por ahí que la libertad es “un grito sagrado”. Y si tengo que ver “en un trono a la noble igualdad”, ya no es igualdad, pues está entronizada y ennoblecida.
Como fuere, el Mayo masonete existió y es aborrecible. Existió y fue el que terminó imponiéndose, salvo durante el interregno glorioso de Don Juan Manuel. Los zurdos –que atacan a Roca por lo que tuvo de bueno- suelen decir que “es preferible un Mayo Francés a un Julio Argentino”. Tengo para mí en ocasiones, ante tanta confusión, que es preferible que no haya mayos.
Los revisionistas –salvo alguno que creyó ver en el 25 de Mayo un 17 de octubre avant garde, y en el gorro frigio al famoso pochito con visera- en principio, pusieron las cosas en su lugar. Al menos los mejores de sus representantes probaron que hubo otro Mayo. Monárquico, hispánico, católico, militar y patricio; enemigo de Napoleón que no de España, fiel a nuestra condición de Reyno de un Imperio Cristiano, en pugna contra britanos y franchutes, filosóficamente escolástico, legítima e ingenuamente leal al Rey cautivo, y germen de una autonomía, que devino forzosamente en independencia, cuando la orfandad española fue total, como total el desquicio de la casa gobernante. Federico Ibarguren y Roberto Marfany, entre otros, se llevan las palmas del esclarecimiento y de la reivindicación de este otro Mayo. Mas nadie ha empardado, en claridad y en rectitud de juicio, al Mayo Revisado de Enrique Díaz Araujo. Sólo ha salido un tomo de los tres anunciados que componen la singular obra, pero es para aguardar ansiosos que la tríada se complete.
Tampoco faltan hechos y personajes para probar la existencia de este Mayo genuino. Están las Memorias de Saavedra, la Autobiografía de Domingo Matheu, la de Manuel Belgrano, las cartas de Chiclana, Viamonte y Tomás Manuel de Anchorena. Está la obrita curiosa de Alberdi, El Gobierno de Sudamérica, y el mensaje magnífico de Rosas a la Legislatura, del 25 de mayo de 1836. Y hasta las fábulas humorísticas de Domingo de Azcuénaga están para nuestro entendimiento de la época.
Leyendo meditadamente este material, es asombroso cómo se intelige el pasado y cómo se disipan las ficciones ideológicas. Lo que surge de estos valiosos testimonios no es el enjambre de conjeturales paraguas populistas, sino la espada de Saavedra “de dulce y pulido acero toledano, y que en su mano parecía una joya”, al buen decir de Hugo Wast. Espada puesta al servicio de la misma causa por la que en España, hacia la misma época, se desenvainaran otras para enfrentar al invasor Bonaparte. Y si surge también el Cabildo de estas veras semblanzas, es porque entonces, el mismo no era aún una figurita didáctica, sino una hidalga institución de raigambre medieval, custodia de los fueros locales y comarcales.
Pero están los documentos que retratan este Mayo porque estuvieron los acontecimientos y los hombres que los protagonizaron. Y esto sería lo más importante por considerar y celebrar hoy, sino fuera que ese “Mayismo” fue derrotado, y prevaleció el otro. No sólo historiográficamente, que ya es grave, sino política y fácticamente, que es lo peor.
Escuchemos a Rosas, en un fragmento de su valioso mensaje precitado: ”No se hizo [la Revolución de Mayo] para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad. No se hizo para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud. ¡Pero quien lo hubiera creído! Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la nación española, fue interpretado en algunos malignamente […] Perseveramos siete años en aquella noble resolución de mantenernos fieles a España, hasta que, cansados de sufrir males sobre males, nos pusimos en manos de la Divina Providencia y confiando en su infinita bondad y justicia tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España y de toda otra dominación extranjera”.
Nuestros amigos carlistas, de un lado y del otro del Atlántico, están enojados con el 25 de Mayo. No les falta razones, ni son pocas las verdades que al respecto han recordado. Puede aceptarse incluso lo que enseñan: que nuestra guerra independentista tuvo algo o bastante de una dolorosa guerra civil, en tanto americanos hubo que se sentían inaboliblemente insertos a la Corona, con un gesto de lealtad que los honra. Puede y debe aceptarse, además, que la fábula escolar de “los realistas” malvados y los “patriotas” impolutos es un cuento de mal gusto. El realista Liniers fue un arquetipo de nuestra lucha soberana; el patriota Moreno, la contrafigura del cipayo. Y hasta tienen razón los carlistas cuando comentan que, en ciertas zonas hispanoamericanas, los negros defendieron la Corona y se batieron por su causa, sin importarle su condición. Claro que hablamos –como lo hace Luis Corsi Otálora- de los bravos negros que enarbolaban orgullosos los pendones de la Orden de San Luis- y no de los morochos mercenarios de D’elía. Por eso decía Ramón Doll que “hay negros de todos los colores”.
Pero determinadas cosas vinculadas a nuestro 25 de Mayo, los admirados carlistas parecería que no quieren ver, o ven a medias, y entonces precipitan sus juicios. No quieren ver, por ejemplo,la gravísima crisis moral del Imperio Español, sintetizada en aquella sentencia tan dura cuanto cierta de Richard Heer: “España estaba gobernada por un galán frívolo, una reina lasciva y un rey cornudo”. No quieren ver que, a comienzos de 1810, sólo quedaban las apariencias de España, con “los franceses que salen por un lado y los ingleses que entran por el otro”, según afirmación de Benito Pérez Galdós en “El equipaje del Rey José”. No quieren ver que tanto ultraje, tanto vejamen, tanta depredación y anonadamiento de la Madre Patria, eran males causados por sus mismos reyes felones, por su misma borbonidad traicionera, por la vacancia y la acefalía cobarde de una Corona, que ya no era la de los siglos del Descubrimiento y la Evangelización.
Y no quieren ver –como lo ha sintetizado certeramente Luis Alfredo Andregnette Capurro, replicando a Federico Suárez Verdeguer- que “las Cortes de 1810 y 1812, pletóricas de iluminismo jacobino, y Fernando VII con su avaricia absolutista, precursora del liberalismo, sellaron la destrucción del Imperio Católico. Crimen incalificable, porque la Revolución (en el sentido del verbo latino volver hacia atrás),aspiró a una unión más perfecta con la Metrópoli”. Crimen que se ejecutó con varias puñaladas traperas, como cuando el 24 de septiembre de 1810, las Cortes de Cádiz aprobaron la ley por la cual se dispuso la extinción de Provincias y Reynos diferenciados de España e Indias, en clara señal de abolición de los honrosos Pactos sellados por Carlos V en Barcelona el 14 de septiembre de 1519.
¿De qué lado estaba entonces la traición? ¿De los americanos que se levantaban jurando fidelidad al rey Cautivo, deseando conservar sus tierras, aunque reclamando la necesaria autonomía para no ser arrastrados por la crisis peninsular, o de la casa gobernante española que pactó la rendición ante Napoleón Bonaparte? ¿Quiénes eran los leales, los que se rebelaban aquí, a imitación de los combatientes hispánicos, para comportarse como súbditos corajudos y lúcidos, o aquellos funcionarios, cortesanos y monarcas que se desentendieron vilmente de la suerte de estos Reynos, como lo gritaba Fray Pantaleón García en el Buenos Aires de 1810? ¿Adónde la fidelidad? ¿En las intrigas borbónicas para convertirnos en pato de la boda, como decía Saavedra; o en este surero Buenos Aires levantado en hazañas, primero contra el hereje britano, y contra los alcahuetes de Pepe Botella después, y en ambos casos, levantado siempre con la bandera de España entre los mástiles?
A ver si nos vamos entendiendo.
La historia es historia de lo que fue, no de lo que pudo haber sido, o de lo que nos hubiese gustado que fuera.
Nos hubiese gustado que el Imperio Hispano Católico no se extinguiera; y que nosotros nos constituyéramos en “la última avanzada de ese Imperio”, como cantaba Anzoátegui. Nos hubiese gustado que Mayo no hubiese sido necesario; y seguiremos repitiendo con José Antonio: “si volvieran Isabel y Fernando, ya mismo me declaraba monárquico”; esto es vasallo de aquella Corona por la cual la monarquía se reencontró a sí misma como forma pura y paradigmática de gobierno.
Nos hubieran gustado tantas cosas.
Pero los hechos se dieron de otro modo, seguramente por permisión de la Divina Providencia. Y no renegamos de nuestro Mayo Católico e Hispánico, ni de una autonomía que no era desarraigo, ni separación espiritual, ni ingratitud moral. No renegamos de aquellos patriotas que, portadores de sangre y de estirpe hispanocriolla, tuvieron que batirse al fin, heroicamente, para que esa autonomía fuese respetada.
¿Ves, querido Marcelo, porqué es tan difícil hablar o escribir sobre el 25 de Mayo?
¿Qué festejamos ese día? El Mayo masón desde ya que no. Ese será el del Bicentenario Oficial. Un festejo tan desnaturalizado y horrible como lo fue el de la gloriosa Reconquista y Defensa de 1806-1807. Será el Mayo falsificado y ruin, liberal y marxista, agravado por el magisterio soez de Felipe Pigna –nuevo Taita Magno de la Historia, como lo ridiculizaría Castellani- según el cual, Moreno fue el primer desaparecido y Saavedra el primer represor. Y lo peor es que a esta obscenidad llaman algunos ahora revisionismo histórico.
El Mayo de algunos de nuestros entrañables amigos españoles, tampoco podríamos festejar. Para ellos lo de aquí fue una simple traición a España; y aunque traidores hubo, sin duda, tuvo aquel acontecimiento protagonistas centrales transidos de lealtad y de fidelidad, de arraigo espiritual y encepamiento religioso, de recto y fecundo amor al solar natal, de prudente, gradual y legítimo sentido de emancipación americana.
El Mayo de los revisionistas heterodoxos, que vieron en aquellas jornadas de 1810 un alzamiento de orilleros resentidos y desarrapados rencorosos, tampoco es celebrable. Entre otras cosas, porque no existió. El piqueterismo es cosa de este siglo. Tampoco el Mayo de los católicos liberales, que creyeron calmar sus conciencias encontrando alguna tonsura entre los revolucionarios, aunque enseñaran las peores macanas modernistas.
Si algún Mayo recuerdo con gratitud,emoción y decoro; con absoluta austeridad de manifestaciones festivas, es el que encarna aquel Comandante de Patricios, que afirmando con meridiana claridad que se alzaba contra franceses e ingleses -y contra todos aquellos que aquí o acullá quisieran comprometer el destino de estas tierras franqueándoles las invasiones- puso su condición militar al servicio de Dios y de entrambas Españas.
De él dijo Braulio Anzoátegui: “Saavedra era un militar que jamás andaba sin uniforme, porque comprendía que un militar sin uniforme es una persona peligrosa que de pronto le da por pensar como un político cualquiera, y piensa y es capaz de olvidarlo todo; es como una dueña de casa que olvida lo que vale la docena de huevos. En esto se parecen las malas dueñas de casa a los malos militares: en que no saben cuánto valen los huevos”.
Saavedra lo sabía. Y tenía fama de saber estas cosas fundamentales. Por eso, el Capitán Duarte lo quiso proclamar Rey de América. Pero Moreno lo acusó de borracho y lo desterró de la ciudad. También desterrado acabaría Saavedra.
Curioso destino el de nuestros hombres de armas. Si no saben cuánto valen los huevos los nombran Generales. Si proclaman nuestra soberanía pasan a la historia por borrachos.
Te mando un abrazo fuerte
En Cristo y en la Patria
Antonio Caponnetto
25 de mayo de 2008
25 de Mayo de 1810
24 de mayo de 2008
A mis escasos lectores

No creo que nuestras acciones puedan cambiar el futuro.
"Dios no nos pide ser vencedores, si no no ser vencidos".
Es un escapulario portado por un Mártir de la Vendée.
Patriotismo, Virtud Olvidada
¡Así nos va!.
Si Ud. llegó hasta este blog, es muy probable que sea un"troglodita" que cree que la Patria existe.
Tómese un rato largo, algo más de una hora y escuche la magnífica conferencia que sobre El Patriotismo, Virtud Olvidada, diera el R.P. Alfredo Sáenz el 06/06/07.
No la escuche solo, llame a su familia y a sus amigos.
Vale la pena.
Amar la Patria es el amor primero,
y es el postrero amor después de Dios,
y si es crucificado y verdadero,
ya es un solo Amor, ya no son dos.
R.P. Leonardo Castellani S.J.
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Tomada de Página Católica

24 de Mayo, Fiesta de María Auxiliadora
Comienzos...
Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra "Boetéia", que significa "La que trae auxilios venidos del cielo". Ya San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla nacido en 345, la llama "Auxilio potentísimo" de los seguidores de Cristo. Los dos títulos que más se leen en los antiguos monumentos de Oriente (Grecia, Turquía, Egipto) son: Madre de Dios y Auxiliadora. (Teotocos y Boetéia). En el año 476 el gran orador Proclo decía: "La Madre de Dios es nuestra Auxiliadora porque nos trae auxilios de lo alto".
San Sabas de Cesarea en el año 532 llama a la Virgen "Auxiliadora de los que sufren" y narra el hecho de un enfermo gravísimo que llevado junto a una imagen de Nuestra Señora recuperó la salud y que aquella imagen de la "Auxiliadora de los enfermos" se volvió sumamente popular entre la gente de su siglo.
El gran poeta griego Romano Melone, año 518, llama a María "Auxiliadora de los que rezan, exterminio de los malos espíritus y ayuda de los que somos débiles" e insiste en que recemos para que Ella sea también "Auxiliadora de los que gobiernan" y así cumplamos lo que dijo Cristo: "Dad al gobernante lo que es del gobernante" y lo que dijo Jeremías: "Orad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien". En las iglesias de las naciones de Asia Menor la fiesta de María Auxiliadora se celebra el 1º de octubre, desde antes del año mil (En Europa y América se celebre el 24 de mayo). San Sofronio, Arzobispo de Jerusalén dijo en el año 560: "María es Auxiliadora de los que están en la tierra y la alegría de los que ya están en el cielo".
San Juan Damasceno, famoso predicador, año 749, es el primero en propagar esta jaculatoria: "María Auxiliadora rogad por nosotros". Y repite: "La "Virgen es auxiliadora para conseguir la salvación. Auxiliadora para evitar los peligros, Auxiliadora en la hora de la muerte". San Germán, Arzobispo de Constantinopla, año 733, dijo en un sermón: "Oh María Tú eres Poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda"liadora/.
El nombre de Auxiliadora se le daba en el año 1030 a la virgen María, en Ucrania (Rusia), por haber liberado aquella región de la invasión de las tribus paganas. Desde entonces en Ucrania se celebra cada año la fiesta de María Auxiliadora el 1ro de octubre.
La batalla de Lepanto.
En el siglo XVI, los mahometanos estaban invadiendo a Europa. En ese tiempo no había la tolerancia de unas religiones para con las otras. Y ellos a donde llegaban imponían a la fuerza su religión y destruían todo lo que fuera cristiano. Cada año invadían nuevos territorios de los católicos, llenando de muerte y de destrucción todo lo que ocupaban y ya estaban amenazando con invadir a la misma Roma. Fue entonces cuando el Sumo Pontífice Pío V, gran devoto de la Virgen María convocó a los Príncipes Católicos para que salieran a defender a sus colegas de religión. Pronto se formó un buen ejército y se fueron en busca del enemigo. El 7 de octubre de 1572, se encontraron los dos ejércitos en un sitio llamado el Golfo de Lepanto.
Los mahometanos tenían 282 barcos y 88,000 soldados. Los cristianos eran inferiores en número. Antes de empezar la batalla, los soldados cristianos se confesaron, oyeron la Santa Misa, comulgaron, rezaron el Rosario y entonaron un canto a la Madre de Dios. Terminados estos actos se lanzaron como un huracán en busca del ejército contrario.
Al principio la batalla era desfavorable para los cristianos, pues el viento corría en dirección opuesta a la que ellos llevaban, y detenían sus barcos que eran todos barcos de vela o sea movidos por el viento. Pero luego - de manera admirable - el viento cambió de rumbo, batió fuertemente las velas de los barcos del ejército cristiano, y los empujó con fuerza contra las naves enemigas. Entonces nuestros soldados dieron una carga tremenda y en poco rato derrotaron por completo a sus adversarios.
Es de notar, que mientras la batalla se llevaba a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría las calles de Roma rezando el Santo Rosario.
En agradecimiento de tan espléndida victoria San Pío V mandó que en adelante cada año se celebrara el siete de octubre, la fiesta del Santo Rosario, y que en las letanías se rezara siempre esta oración: MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS, RUEGA POR NOSOTROS.
Las guerras religiosas del siglo XVI
El centro de expansión , de este titulo, radicó en Alemania meridional, que, a pesar del triunfo protestante, se propusieron mantenerse fieles al catolicismo. En 1618 estallan las guerras de religión conocidas como "guerras de los 30 años". Los príncipes católicos y el pueblo comenzaron a invocar a la virgen Sma. Con el titulo de "María Auxiliadora" y acudieron en peregrinación a una capilla que, con esta denominación se había levantado a la Virgen en la ciudad de Passau ( Alemania). En medio de las mil vicisitudes de la guerra, de la peste y del enfrentamiento religioso, los católicos de Baviera y del Tirol se sintieron protegidos por la Sma. Virgen y experimentaron una renovación espiritual. Este movimiento mariano estuvo alentado y guiado por los Padres Capuchinos y por la Cofradía de María Auxiliadora, promotora de la nueva devoción mariana. En ella muchos creyeron encontrar un medio seguro para salvar su Fe católica y la libertad de sus tierras.
Los turcos atacan Viena (1683)
Junto a las convulsiones religiosas y sociales provocadas en le centro de Europa por la crisis protestante, surgió el ímpetu del Islam. En 1683 los turcos, capitaneados por el visir Kará Mustafá, ponen sitio a Viena, capital del impero. El Papa Inocencio XI vio entonces en serio peligro la existencia de una Europa cristiana; los creyentes acudieron a la protección de la Virgen María. La invocación María, ayuda (María hilf), afirma un historiador, recorrió todas las regiones de Alemania y Austria. La victoria fue para las fuerzas cristianas, aunque las islámicas eran tres veces superiores. Viena quedó liberada. Una vez mas los pueblos experimentaron la ayuda de la virgen María Auxiliadora.
El Papa y Napoleón.
El siglo XIX sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón llevado por la ambición y el orgullo se atrevió a poner prisionero al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII. Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas.
El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: "Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica". Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: "Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados", vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres. Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a pagar en triste prisión el resto de su vida.
El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.
San Juan Bosco y María Auxiliadora.
El 9 de junio de 1868, se consagró en Turín, Italia, la Basílica de María Auxiliadora. La historia de esta Basílica es una cadena de favores de la Madre de Dios. su constructor fue San Juan Bosco, humilde campesino nacido el 16 de agosto de 1815, de padres muy pobres.
A los tres años quedó huérfano de padre. Para poder ir al colegio tuvo que andar de casa en casa pidiendo limosna. La Sma. Virgen se le había aparecido en sueños mandándole que adquiriera "ciencia y paciencia", porque Dios lo destinaba para educar a muchos niños pobres. Nuevamente se le apareció la Virgen y le pidió que le construyera un templo y que la invocara con el título de Auxiliadora.
Empezó la obra del templo con tres monedas de veinte centavos. Pero fueron tantos los milagros que María Auxiliadora empezó a hacer en favor de sus devotos, que en sólo cuatro años estuvo terminada la gran Basílica. El santo solía repetir: "Cada ladrillo de este templo corresponde a un milagro de la Santísima Virgen". Desde aquel santuario empezó a extenderse por el mundo la devoción a la Madre de Dios bajo el título de Auxiliadora, y son tantos los favores que Nuestra Señora concede a quienes la invocan con ese título, que ésta devoción ha llegado a ser una de las más populares.
San Juan Bosco decía: "Propagad la devoción a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros" y recomendaba repetir muchas veces esta pequeña oración: "María Auxiliadora, rogad por nosotros". El decía que los que dicen muchas veces esta jaculatoria consiguen grandes favores del cielo.
El mismo Don Bosco ideó la imagen de la Señora: vestida con túnica y manto regios, como reina bellísima, coronada de doce estrellas, con la enseña de su Hijo Jesús en los brazos, atento como Ella a los hombres, y con el poder de Dios en su mano derecha, simbolizado en el cetro. Y con los ojos en dirección a la tierra, a la Iglesia, a la Humanidad. Una Señora dinámica, en pie, dispuesta a auxiliar de inmediato. Esta imagen, reproducida en miles de formas: medallas, estampas, calendarios, llaveros... nos ofrece una compañía cotidiana como una interpelación y un signo de que detrás hay gente amiga. La imagen también se hace peregrina, en pequeñas estatuillas que van de casa en casa, visitando los hogares en su humilde altar ambulante. Esta visita es devuelta el 24 de mayo, acontecimiento anual de características singulares. Todos los templos de María Auxiliadora reciben a muchedumbres de devotos y son escenario de expresiones impregnadas de un profundo sentido religioso, cristiano y popular. Se dan cita, junto a la liturgia más entrañable, procesiones y verbenas, el calor del encuentro y la alegría de la esperanza. Esta fiesta va precedida de la solemne novena y tiene el 24 de cada mes su conmemoración, como un medio más para la continuidad, a través del año, de una vida cristiana que se va haciendo bajo la mirada alentadora de la Madre Auxiliadora.
VillancicoQuien tuviera por señora
la Virgen reina del cielo
no tema ningún recelo.
Que a los flacos coraçones
con su gracia torna fuertes,
haze vidas de las muertes
y es llave de las presiones:
quien de sus consolaciones
alcançare algún consuelo,
no tema ningún recelo.
Siempre vive sin tristura
quien le tiene devoción;
da muy gran consolación
la vista de su figura:
el que servir la procura
con amor en este suelo,
no tema ningún recelo.
A quien ella da osadía
no teme ningún temor
y si tiene algún dolor
se le vuelve en alegría:
Señora Virgen María,
consuela mi desconsuelo,
no tema ningún recelo.
Juan del Encina (1468-1530)
23 de mayo de 2008
¿Derechos humanos o negocio?
Imperdible nota sobre Hebe de Bonafini et al.
Algo de Vivaldi, por Cecilia Bártoli
¿Cómo no compartirlo?
Aunque Ud. no sea amante del "bel canto", no podrá creer lo que hace esta mujer con su voz.
22 de mayo de 2008
Jueves después de la Santímisima Trinidad
21 de mayo de 2008
Evolucionismo (9)

Eva mitocondrial y Adán cromosoma Y
Difícil tema , en torno del cual se infiere que el origen del ser humano, con pruebas científicas, ronda alrededor de un hombre, y una mujer, tal cual describe el Génesis.
Con nota introductoria, a efectos de aclarar conceptos.
Ver el artículo aquí
20 de mayo de 2008
Catedral de Jaén: espíritu católico en la Arquitectura

1. La fachada principal
Descripción histórico-artística: La fachada la comenzó el arquitecto Eufrasio López en 1667. Al morir en 1684, la continuó su discípulo Blas Delgado, que la terminó en 1688. La fachada mide 33 metros de anchura por 32 de altura, sin incluir los arranques de las torres que la enmarcan y le confieren un aspecto italianizante.
Descripción religiosa: Es un gran retablo en piedra con las características del estilo barroco: multitud de imágenes (15) y decorados pétreos; monumentalidad; y efecto teatral como intento de acercar la liturgia al pueblo.
1. La Puerta del Perdón (central) se abre sólo en las solemnidades y jubileos. En el dintel aparece la Asunción de María, titular de la Catedral, devoción del rey santo a la que consagraba todas las catedrales. En el balcón central, el Santo Rostro nos recuerda la reliquia especial que custodia este templo. Desde ese balcón se bendecía a los fieles con el Santo Rostro el Viernes Santo y el día de la Asunción de María. Arriba del todo: San Fernando, el rey santo que conquistó Jaén y parte de Andalucía al poder musulmán. Además de conquistador fue auspiciador de esta Catedral al poner la sede episcopal y la capital en Jaén, en 1249.
2. La Puerta de los fieles (izquierda) está protegida por San Miguel Arcángel, jefe de los ejércitos celestiales, considerado desde antiguo el guardián por excelencia de la puerta de los santuarios, encargado de impedir la entrada al demonio. En el barroco, además, San Miguel simboliza el triunfo de la Iglesia Católica sobre sus enemigos.
3. La Puerta del Clero (derecha) que conduce a la sacristía está dedicada a Santa Catalina, patrona de la ciudad antes del descenso de la Virgen de la Capilla en 1430. Al parecer, en el tercer cerco que Fernando III realizó a la ciudad de Jaén, tomada por los árabes, cuando estaba a punto de retirarse, Santa Catalina se le apareció y lo animó a no retirarse, mostrando en prenda las llaves de la ciudad. Al día siguiente el rey Alahamar entregó la ciudad. En agradecimiento, Fernando III la nombró patrona. Según algunos investigadores, hay indicios de una devoción a esta Santa en época previa a la reconquista de la ciudad. Sta. Catalina, no obstante, es venerada por su sabiduría, su elocuencia, su fortaleza y su purísima castidad, por lo que no es difícil entender que en la edad media se la invocara como patrona del clero.
A los lados de la puerta central, entre las columnas, se encuentran las columnas de la fe, los apóstoles San Pedro y San Pablo. A los lados de San Fernando están los cuatro evangelistas, Mateo (con el ángel), Juan (con el águila), Lucas (con el toro) y Marcos (con el león). Más allá aún, se encuentra los cuatro grandes Padres de la Iglesia Occidental: San Ambrosio (con la iglesia en la mano), San Gregorio Magno (con la tiara papal), San Agustín obispo (con el libro de teología) y san Jerónimo, sacerdote, que tradujo la Vulgata por encargo del Papa.
En resumen, el monumental retablo barroco de la fachada, esculpido en piedra, nos presenta de manera sencilla los tres fundamentos de la fe y de la Iglesia: la Sagrada Escritura (Evangelistas), la Sagrada Tradición (Santos Padres) y el Magisterio (San Pedro y San Pablo); todo ello unido a las raíces locales de la Catedral: el rey San Fernando conquistó la ciudad de Jaén con la ayuda de Santa Catalina en 1246, fundó la Catedral en 1249 y la dedicó a la Asunción de María.
Los arquetipos

Me escribe uno de mis pocos lectores: ¿porqué esa fijación con los Santos?. Reyes y reinas santos por un lado, Santo del día por otro.
Incapaz de explicárselo mejor, reproduzco un texto de un sacerdote, maestro, consejero y llorado amigo, cuya semblanza haré el día de su muerte, 26 de Mayo.
Los arquetipos
Por el R.P. Alberto Ezcurra Uriburu (RIP)
[Desgrabación de uno de sus sermones, publicado en Tú reinarás, editorial Kyrios, San Rafael, 1994. Fragmentos]
Cristo: primer arquetipo
Cristo es el arquetipo. Cristo es el modelo. Cristo es la imagen, del Dios y del hombre perfecto. Y nosotros crecemos como cristianos y como hombres cuando imitamos a Cristo. Un día lo dijo Jesús: "Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto".
Y uno dice: "Caramba, no es tan fácil". Sed perfectos como Dios es infinitamente perfecto. ¿Y cómo hago yo para ser perfecto como Dios si a Dios nunca lo he visto? Precisamente en Jesucristo, Dios se hace visible. El Padre infinitamente perfecto pero invisible, se hace visible en Jesucristo. En Jesús aparece la imagen de Dios y la imagen del Padre. En Jesús aparece el modelo que tenemos que imitar, el modelo al cual nos tenemos que ir asemejando, el arquetipo con el cual nos tenemos que ir conformando. Eso aparece en Jesucristo. Por eso, lo repito, la vida del cristiano tiene que ser una imitación de Cristo.
Pero ¡ojo!: de Cristo Jesús. No de los falsos cristos que andan dando vueltas por ahí. El Papa Juan Pablo II en el discurso inaugural de la conferencia de Puebla advirtió contra las relecturas del Evangelio que nos presentan un Cristo falsificado y dijo que
Falsificaciones de Cristo
Cuántas veces escuchamos: "Cristo era un gran tipo, un gran hombre, un gran moralista, un gran político, un gran ejemplo para la humanidad". Pero que era Dios, que nació de
O nos presentan ese Cristo que en forma de blasfemia aparece a veces en el cine, en el teatro o en los ambientes culturales que padecemos. Como en un teatro que lleva el nombre del General San Martín, aquel que ordenaba en el Ejército de los Andes, que el blasfemo fuera azotado primero y que si volviera a repetir la blasfemia se le atravesara la lengua con un hierro al rojo y se lo arrojara del Cuerpo. En un teatro que lleva su nombre se ha blasfemado de Cristo.
El cristo hippie, el cristo super-star, el cristo guitarrero, el cristo estúpido que se muestra en tantos ambientes católicos y en tantos grupos juveniles. O el cristo guerrillero que vimos hace unos años atrás. Todavía recuerdo los carteles: "BUSCADO". Y aparecía Jesús con la barba y el pelo que parecía más Fidel Castro que Jesucristo, con la ametralladora o el fusil al hombro. "BUSCADO. INDIVIDUO PELIGROSO".
Toda esas son falsificaciones de Cristo, como son falsificaciones de Cristo muchas imágenes hechas con tal mal gusto que nos hacen recordar a aquel tipo que tenía un taller de obras religiosas, y lo encuentra un amigo haciendo una imagen de un santo de yeso y le dice: "¿Y ése qué santo es?" "Y... depende. Si me sale con barba es Jesucristo, si no María Magdalena". ¡Esas imágenes que vemos a veces del Señor!
El padre Castellani describe un cuadro del Sagrado Corazón y dice: "Era una de esas imágenes suavemente persuasivas en que el poderoso fundador del cristianismo era un zoncito triste de cabellos rubios". Imaginemos la figura y, agrega Castellani, "parecía un hortelano polaco con un pimiento morrón en la mano".
¡Tantas veces nos han presentado así al Sagrado Corazón de Jesús!, como una Magdalena a la cual le han pintado la barba. ¡Eso no es el amor de Cristo! Aquel gran escritor católico, León Bloy, escribía un día en su diario, en el mes de junio: "Día del Sagrado Corazón. ¡Malaya los que ven en este día el color rosado, cuando es la sangre roja de Cristo que brota a borbotones del Corazón abierto!". El Corazón de Cristo, el amor de Cristo, no es una cosa blanca, fofa, unisex, romanticona, sensiblera. El Corazón de Cristo es el corazón atravesado en
El Corazón de Cristo es el Corazón de Cristo presente en
La Sábana Santa : el retrato de Cristo
Miremos aquella imagen de Cristo que no está pintada por mano de hombre. Miremos esa imagen milagrosa de Cristo que está impresa en
Hay un libro sobre
Y si uno compara ese rostro de Cristo en
Y uno dice: todos los esfuerzos de los artistas, de los pintores, de los dibujantes, de los escultores, para representarnos lo que era el rostro de Cristo no sirven para nada. No tienen nada que hacer con esa imagen que Cristo quiso imprimir maravillosamente y milagrosamente en
Y así tiene que haber sido el Señor en su vida. La serenidad y el dolor. La sencillez, la humildad y al mismo tiempo el poder.
Los santos: imitadores de Cristo
Ahora bien, hace un rato decíamos: ¿Cómo imitar a Dios? Dios se nos muestra en Cristo, pero todavía a veces nos desanimamos un poco. "Pero yo soy flojo; pero yo soy pecador... Claro, Cristo tenía todo eso, pero porque era Dios, y yo soy nada más que un hombre, un pobre pecador". ¿Cómo puedo hacer yo para imitar a ese arquetipo, ese modelo de perfección infinita? ¿A Cristo lo veo cerca? ¿Confío en El? ¿Lo quiero? Pero al mismo tiempo lo veo demasiado alto, demasiado grande. Es mi amigo, es el que me perdona, es el que me ama, el que llama. Es mi hermano porque me ha hecho hijo de Dios. Pero también es el Señor, es el Verbo de Dios, es el Verbo que se hizo carne. ¿Cómo puedo imitarlo? Ahí precisamente está el lugar de los santos.
Los santos son los caminos para llegar a Cristo. Los santos nos están mostrando los caminos para llegar a la imitación de Cristo. Fíjense: si miramos las cosas que Dios ha creado, es infinita la variedad de cosas que ha hecho. Para un planeta habitado (y por más que haya hipótesis, teorías y discusiones, hasta ahora el único que conocemos es el nuestro), llenó los cielos con millones de soles, de estrellas y de planetas. Y en este planeta habitado Dios no se quedó en chiquito ¡Cuántas son las especies, las variedades infinitas de plantas, animales, de cosas que Dios ha creado! ¡Cuál es la maravilla que existe mirando una célula con el microscopio, una gota de agua, el ala de un insecto, las cosas más pequeñas de la naturaleza! ¡Y cuánta la maravilla de las cosas que podemos descubrir a la distancia con el telescopio!
¿Por qué Dios creó tanta infinita variedad de creaturas? Porque las creaturas son cada una de ellas como un espejito que está reflejando un rayo de la infinita protección de Dios. Por eso Dios hizo que las cosas creadas fueran muchas y fueran distintas y fueran múltiples. Para que nosotros mirando las cosas pudiéramos ver a Dios.
Yo a veces me planteo esto. Es el problema que uno tiene cuando enseña catecismo. Cuando uno les dice a los chicos: "¿Saben qué es el cielo? Ver a Dios". Y los pobres chicos, ¿qué piensan? Una de esas espantosas imágenes donde Dios aparece como un viejo venerable de barba blanca, sentado arriba de un globo o de una nube, con Jesús entre los brazos y con la palomita del Espíritu Santo revoloteando y arriba de la cabeza. Y eso mal pintado. Entonces los chicos miran y dicen: "y en el cielo uno ve a Dios... bueno un ratito está bien, pero a los quince minutos la cosa se pone aburrida, y mientras el catequista o la catequista insiste más y más en explicarles qué es la eternidad y a poner ejemplos para explicar la eternidad, el niño cada vez tiene un susto más grande y dice: "por lo menos en el infierno me van a dejar portarme mal y patalear un poco".
Ver a Dios. Tenían mucha mejor imaginación y pedagogía catequística los pieles rojas, cuando explicaban el cielo como una inmensa pradera llena de búfalos. Sabemos que no es así, pero para un pueblo de guerreros y cazadores, como eran los píeles rojas, ¿cuál es la imagen de la felicidad? La imagen de la felicidad era una pradera llena de caza. ¡Eso sí los podía entusiasmar mucho más que la imagen falsa que nosotros presentamos del cielo! Y toda la felicidad que el piel roja encontraba en la caza del búfalo, en el cielo la iba a tener y mucho más.
Entonces nosotros no mentiríamos si a un muchachito de catecismo que nos dice: "Padre, ¿en el cielo podré jugar al fútbol?"; le contestáramos: "todos los partidos que quieras y vas a hacer todos los goles que quieras, y vas a ganar siempre". No le estaríamos diciendo una mentira, porque esa felicidad que él pone en el partido, en los goles y en el triunfo, en el cielo la va a tener y mucho más.
Y pensemos nosotros en todas las cosas bellas que podemos mirar. En el paisaje de una noche estrellada, en los lagos del sur, en la armonía de una flor, en los colores de un insecto, en el rostro de una persona querida, y podemos decir: "Ver a Dios es todo eso y mucho más, infinitamente más. Eso es ver a Dios".
Cada una de las creaturas refleja un rayito de ese sol de infinita belleza que es Dios. Lo mismo pasa en
Así son los santos. Cada uno de los santos refleja una de las infinitas perfecciones de Cristo. Y entre todos los santos nos muestran como un retrato de Cristo y todavía existe allí la inmensa distancia que hay entre el retrato y la realidad de la persona. Pero las perfecciones infinitas de Cristo las descubrimos en los santos.
Y así los santos nos muestran el camino para seguir a Cristo. Nos muestran los distintos aspectos, las distintas facetas de esa perfección infinita de Cristo. Y nos están mostrando cuál debe ser el camino para imitar. Cada uno de nosotros tiene un camino que es propio e irrepetible. Pero cada uno de nosotros, conociendo la vida de los santos, puede descubrir ¡cuál es el camino!, mi sendero; de qué forma yo puedo seguir a Cristo. Para esto también es necesario que conozcamos verdaderamente lo que son los santos y lo que no son los santos.
Deformaciones de la misión del santo
¿Cuál es la relación que tiene la gente muchas veces con los santos? Los santos vienen a ser y son nuestros intercesores. Los santos ruegan a Dios por nosotros. Pero a veces, el que los santos nieguen a Dios por nosotros, le pidan a Dios por nosotros, es lo único que la gente mira. Y entonces los pobres santos vienen a transformarse en una especie de "mangueros" o de "coimeros" celestiales, con los cuales nosotros nos tenemos que acomodar para llegar al patrón y así el patrón nos consiga aquello que nosotros queremos.
Y la costumbre, que existe todavía en algunas partes de que si el santo no me cumplió, lo pongo "en penitencia". San Antonio no consiguió novia, de cara contra la pared o colgado con la cabeza para abajo, en penitencia, "pues yo le recé la novena y el santo no me cumplió". Y eso existe. El creer que infaliblemente con la novena le vamos a sacar a Dios lo que se nos ocurra pedirle. Aprobar el examen aunque no hayamos estudiado; sacarnos la lotería o el Prode para solucionar nuestra situación económica, etc. Y algunos miran así a los santos. Y si los santos no funcionan, se inventan santos: San Cono, para ganar la lotería;
Los santos tampoco son tipos que ya nacieron santos. Eso aparecía antes, sobre todo en algunas vidas de santos, donde nos mostraban tan maravilloso al santo que uno se desanimaba. Uno veía que al santo, desde que nació, le volaba una palomita sobre la cuna y una tía piadosa decía: "de esta niña van a salir cosas grandes".
Y el santo no mamaba los viernes de cuaresma y no quería ir a jugar un partido con los amigos porque prefería ayudar misa. Entonces nosotros que queríamos ir a jugar el partido en vez de ir a misa, ya nos sentíamos desalentados. Entonces decimos: "no, eso no es para mí". O sea los santos son algunos tipos muy especiales, a los cuales Dios los eligió para ser santos. Ya nacieron así y ya se les notaba desde chico, porque era medio pavito. Y entonces nosotros nos damos cuenta que vivir, ser cristianos, nos cuesta, que tenemos que pelearla, que metemos la pata y que caemos en pecado. Entonces decimos: "¡No! En todo caso trataré, en fin, de caer en buen lado en el momento de la muerte, pero en fin, de no hacer macanas demasiado gordas y confesarme cuando me vaya mal para que Dios me tenga misericordia y me deje un lugarcito del lado de la puerta en el cielo. Pero yo no nací para santo".
No. Esas son falsificaciones de los santos, y sabemos porque nos lo muestra la historia de
O sea, los santos son hombres y mujeres como nosotros, jóvenes y viejos, varones y mujeres, chicos y grandes, pobres y ricos, mendigos y reyes, soldados y emperadores, profesionales, amas de casa, religiosos y laicos que se tomaron en serio el Evangelio y la vida cristiana, que quisieron hacer algo grande por Cristo; que regaron con la oración y con la fuerza de la gracia esa semillita de la vida cristiana para tratar de imitar a Cristo. Y eso no es fácil, por supuesto. Por eso tampoco va aquella imagen a la cual ya me referí: el santo flojito, el santo sentimentalón, el santo que es bueno porque no le da el cuero para ser malo; el santo pavote, el santo unisex.
No, ser santo es heroico. Lo dice el padre Castellani: "Los santos fueron varones. Ellos supieron morir. Hasta en las santas mujeres hubo un algo de varón. Y esto es lo que no sabían y podían concebir una nación donde es libre tener o no religión. Nos los pintan los pintores cual muñecos afeitados, cual muñecos extasiados en lumínicas delicias con un halo de zafiro. Mejor debieran pintarlos sucios y mal afeitados; los santos son soldados de esos que saben morir".
La santidad compromete al martirio
Es heroica la santidad. El héroe y el santo son los dos modelos, los dos arquetipos de una vida plena. Las virtudes sobrenaturales: la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, la misericordia, la oración, y las virtudes naturales: la palabra empeñada, el coraje, el heroísmo, el amor por la familia, por la justicia, por la patria. El héroe y el santo se identifican, porque el héroe cristiano, el que se juega la vida por una causa humana noble, por la patria, por la justicia, por la familia, por Dios, es santo. Y el santo al mismo tiempo es alguien que ha vivido heroicamente el Evangelio, el seguimiento de Cristo, las virtudes humanas. Por eso el héroe y el santo se identifican en el mártir. En aquel que es capaz de dar con su sangre testimonio de que se ha tomado en serio aquello que está predicando con su lengua.
El mártir. Pero nuestro tiempo es cobarde; nuestro tiempo de compromiso, nuestro tiempo de diálogo, nuestro tiempo de cobardía, nuestro tiempo de "no te metas"; no quiere saber nada con los mártires. Le vuelve las espaldas, lo quiere olvidar. El cardenal de Polonia, Wydzinky, el maestro de Juan Pablo II, dijo alguna vez: "No existe
San Pablo decía que somos como miembros del Cuerpo de Cristo y dice: "¿Cómo puede ser que un miembro sufra, si yo no sufro con él?". Y nosotros, cristianos de Occidente, de este Occidente cobarde, de este Occidente apóstata, volvemos las espaldas al martirio. Preferimos la vida cómoda, la vida fácil, el compromiso, la transacción, incluso el tender la mano de diálogo con aquellos que tienen la mano manchada con la sangre de nuestros hermanos en la fe.
Y sin embargo, en nuestro tiempo, a pesar de todo eso, en nuestro tiempo el martirio ha estado presente, tal vez como en ninguna otra época de la historia de
La santidad va unida con el heroísmo, y nuestro siglo a pesar de ser un siglo de cobardía, es también un siglo de heroísmo. Por eso frente a los falsos modelos tenemos que levantar los Santos. Al principio decíamos: a un joven se lo educa con principios y con palabras, pero sobre todo con ejemplos. Si un chico o una chica ven que en casa papá o mamá dicen "hay que hacer esto", pero hacen lo contrario, ¿qué es lo que queda? ¿Lo que dicen? No, lo que hacen.
En nuestra educación los modelos son importantes. En todos los órdenes. Es importante para
Cuando los modelos para la juventud, son todos esos personajes de la farándula, de la televisión, del triunfo fácil y de la plata fácil, ¿qué juventud estamos formando cuando al santo y al héroe lo han reemplazado los ídolos? Y cuando puede ser ídolo, hasta un personaje como Michael Jackson, que se hace diez operaciones para arreglarse la cara, para conseguir un producto que no es ni blanco ni negro, ni varón ni mujer y figurar en las remeras de nuestros jóvenes. Cuando, como si no hubiera santos en nuestro tiempo, tratan de imponernos los santones. Precisamente, ¿por qué? Porque los encuentran fuera de
Un ejemplo entre miles, entre millones que se podrían encontrar en nuestro tiempo del santo que junta en el martirio la santidad y el heroísmo. Eso es lo que precisamos hoy en nuestra Patria Argentina. En esta Patria que nació cristiana. Cristiana con
Esa es la herida profunda en el corazón de nuestra Patria. Porque los argentinos nos olvidamos que esta Argentina nació cristiana. Porque nos olvidamos de Dios y de los mandamientos y de nuestra herencia cristiana. Esa es la raíz profunda de la crisis de nuestra Patria. Es una herida en el alma, en el alma de
Hay que volver a las raíces cristianas de nuestra Patria porque solamente siendo plenamente cristianos, por el camino de los santos y por el camino de Cristo, podremos ser plenamente hombres y argentinos. Porque ese hombre vertical, del cual alguna vez hemos hablado, no ese hombre que está doblado como el chancho para hundirse en la inmundicia y en el barro y en la miseria de la vida de todos los días, sino el hombre de pie; el hombre que sobre sus pasiones e instintos tiene una voluntad fuerte y sobre la voluntad fuerte, una inteligencia que le muestra la verdad; solamente ese hombre vertical, de pie, es capaz de mirar hacia arriba, de mirar hacia Dios. Pero para eso necesita la gracia. Porque nuestra naturaleza humana, herida por el pecado no puede ponerse de pie, vertical, sin la gracia de Dios.
Pensemos en nuestra pobre Patria. En esa Patria que si la miramos en su derrota y en su entrega podemos llorarla con los versos de Rubén Darío:
"Seremos entregados a los bárbaros fieros,
tantos millones de hombres hablaremos inglés.
Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros.
Callaremos ahora para llorar después"
Que si la miramos en su interior la podemos llorar con los versos de Castellani, cuando dice:
"Pobre Patria en manos de hombres tenderos y charlatanes.
¿Será posible que hayan muerto ya todos tus capitanes?"
Eso es lo que precisa nuestra Patria. El Santo y el héroe. Y que el Santo sea heroico en el testimonio de
Y para eso: mirar hacía los santos, porque mirarlos a ellos es mirar hacia Cristo. Y mirar a Cristo y tomar a Cristo como imagen, como modelo, como arquetipo, es encaminarnos nosotros hacia la plenitud, hacia la perfección, como cristianos y como hombres.

20 de mayo, festividad de San Bernardino de Siena, Confesor
por Bernardino Llorca, s.j.
San Bernardino de Siena fue uno de aquellos predicadores de penitencia que en el siglo XV recorrieron gran parte de Italia y contribuyeron eficazmente a la reforma y mejoramiento de las costumbres. Su celo ardiente y apostólico y su oratoria popular y apasionada han quedado como ejemplos vivientes del celo y de la predicación evangélica y aun del estilo de aquellos predicadores del siglo XV, San Vicente Ferrer, San Juan de Capistrano y otros.
Nacido en 1380 en Massa, cerca de Siena, de la noble familia de los Albiceschi, recibió Bernardino en Siena una educación completa en las ciencias eclesiásticas. En 1402 vistió el hábito de San Francisco; en 1404 recibió la ordenación sacerdotal y un año después fue destinado a la predicación.
Pero transcurren unos doce años, y ni su voz ni sus cualidades oratorias le ayudaban a desempeñar con éxito este importante ministerio. Mas como, por otra parte, se distinguía por sus eximias virtudes religiosas, aparece el año 1417 como guardián en el convento franciscano de Fiésole. Entonces, pues, de una manera inesperada, que tiene todos los visos de sobrenatural, se refiere que recibió la orden divina, transmitida por un novicio: «Hermano Bernardino, ve a predicar a Lombardía».
El hecho es que, desde 1418, aparece San Bernardino en Milán y comienza aquella carrera de grandes misiones o predicaciones populares, cuya característica era un intenso amor a Jesucristo, que llegaba al interior de sus oyentes y arrancaba lágrimas de penitencia. Este amor a Jesucristo lo sintetizaba en el anagrama del nombre de Jesús, tal como, precisamente desde entonces, se ha ido popularizando cada vez más: I H S. Llevábalo a guisa de banderín y procuraba fuera grabado en todas las formas posibles, en estampas de propaganda, en grandes carteles y, sobre todo, en los testeros de las iglesias, casas consistoriales y domicilios particulares de las poblaciones donde misionaba. Aquello debía servirles de recuerdo perenne de las verdades predicadas y de las decisiones tomadas. De ello pueden verse, aun en nuestros días, multitud de ejemplos en los territorios donde él predicó.
Efectivamente, en 1418 predica la Cuaresma en la iglesia principal de Milán, donde el último de los Visconti daba el triste ejemplo de una vida entregada a todos los vicios. Bernardino se revela un orador popular de cualidades extraordinarias. El pueblo se siente transformado por el fuego de su predicación. Vuelve al año siguiente y se repiten los mismos resultados de grandes conversiones y reforma de costumbres. De 1419 a 1423 recorre las poblaciones de Bérgamo, Como, Plasencia, Brescia. Unas veces predica en la misa, otras durante el día; unas veces organiza una misión, otras es un sermón de circunstancias; pero el resultado es siempre la transformación de las costumbres y reforma de vida. En 1423 desarrolla su actividad reformadora en Mantua, y por vez primera aparece allí su fuerza taumatúrgica. Según los relatos contemporáneos, al negarse el barquero a conducirle al otro lado del lago, lo atraviesa sobre su manteo, y a nadie sorprende tan estupendo milagro, pues todos son testigos de su ascetismo extraordinario y del abrasado amor de Dios que respira en su predicación.
Pero el fruto de su apostolado no se limita a la transformación de costumbres y reforma de vastos territorios. En Venecia, donde predica en 1422, obtiene la fundación de una cartuja y de un hospital para infecciosos. Predica de nuevo en Verona en 1423, y de nuevo nos relatan los cronistas del tiempo un milagro estupendo obrado por él, cuando hace retornar a la vida a un hombre muerto en un accidente. La fama de su santidad y de la fuerza arrebatadora de su predicación toma proporciones nunca oídas. A partir del año 1424 llega a su apogeo. Ya no bastan las mayores iglesias para contener las grandes masas, ansiosas de escuchar la palabra ardiente de un santo. En Vicenza habla en la plaza pública a una multitud de veinte mil personas. En Venecia desarrolla en 1424 una actividad extraordinaria y acude la población entera a las plazas públicas para escucharle. Los grandes carteles, en que ostenta el anagrama de Jesús, producen un efecto admirable. De allí pasa a Ferrara, donde consigue tocar el corazón de sus habitantes, que renuncian en masa al lujo y a las diversiones pecaminosas.
Parece imposible que su naturaleza débil y enfermiza pueda resistir un trabajo tan agotador, sobre todo si se tiene presente que lo acompaña con una vida extremadamente austera. Su aspecto exterior, tal como nos lo transmitieron los más afamados pintores del cuatrocientos, es el prototipo del ascetismo más exagerado, que contribuye eficazmente a la eficacia de su obra apostólica. Predica la Cuaresma en Bolonia, que se hallaba en rebelión contra el romano pontífice Martín V (1417-1431). Introduce un nuevo juego, haciendo pintar el nombre de Jesús en las cartas que se emplean. El pueblo y el mercader que se compromete en esta empresa la miran con recelo; pero, al fin, terminan todos por entusiasmarse con el invento, que trae consigo una transformación completa de la ciudad. Siguiendo la llamada de los florentinos, predica en Florencia durante el verano de 1424, y esta ciudad, prototipo de la elegancia y del lujo más exagerados, termina la misión organizando grandes hogueras, a las que las damas de la más elegante sociedad arrojan los objetos más preciados de sus vanidades. Más aún. Como recuerdo de tan importantes acontecimientos se hace pintar el anagrama de Jesús y se coloca en la fachada de la iglesia de la Santa Cruz.
En medio de esta carrera de predicación en grande estilo de San Bernardino no podía faltar su turno a su ciudad natal, Siena. En efecto, después de predicar la Cuaresma en Prato, en 1425, llega a Siena a fines de abril, y allí derrocha tesoros de su más ardiente palabra apostólica durante cincuenta días. Entre sus oyentes se encuentra el gran humanista Eneas Silvio Piccolomini, el futuro papa Pío II (1458-1464). La ciudad en peso decide esculpir el anagrama de Jesús en el testero del Palazzo publico. En Asís, en Perusa, en otras poblaciones renueva todas las maravillas de su predicación. En 1427 se hallaba en Viterbo, donde predica la Cuaresma y ataca duramente la usura, una de las plagas del tiempo.
Esta campaña de 1418-1427, extraordinariamente fecunda en frutos de conversiones, renovación de costumbres y reforma fundamental de vida, constituye la primera etapa de la gran obra reformadora realizada por San Bernardino de Siena. Ahora bien, para conocer las características de la predicación de este gran orador cristiano debemos poner a la cabeza de todas su eminente santidad y austeridad de vida, que fascinaba a las multitudes y arrastraba con la fuerza irresistible del ejemplo. Mas, por lo que se refiere a la estructura literaria de sus sermones, no podemos tomar como ejemplos los esquemas latinos que se nos han conservado y podemos leer en sus obras, por ejemplo, en la edición crítica de las mismas, que se ha publicado en nuestros días. Porque su palabra viva y ardiente era completamente diversa de estos esbozos eruditos, a manera de tratados teológicos. De la verdadera elocuencia de su lenguaje popular y vivo nos dan una idea aproximada los Sermones vulgares, que uno de sus oyentes copió en su predicación de Siena en 1427 y han sido recientemente publicados. Aquí es todo vida, naturalidad, comunicación íntima con el auditorio. El orador, sin perder de vista el objeto primordial de su discurso, sigue la inspiración del momento, repite las cosas más difíciles, mezcla su discurso con frecuentes diálogos con el auditorio, prorrumpe en ardientes exclamaciones y apóstrofes, lo empapa todo con un espíritu sobrenatural y divino, que lleva la convicción a las almas y arranca de sus oyentes lágrimas de compunción y propósitos de reforma.
Es admirable la maestría de esta oratoria, eminentemente popular y profundamente teológica y cristiana. Conserva siempre la dignidad de la cátedra apostólica; adáptase, en cuanto le es posible, a los oyentes que le escuchan y a las circunstancias del tiempo; fustiga las divisiones de partidos y los vicios más típicos de la época, sobre todo la usura, la sensualidad, el despilfarro, la vanidad, el espíritu pendenciero; pero siempre en una forma tan digna y elevada que aparecen su espíritu verdaderamente apostólico y las entrañas de misericordia de Dios, siempre dispuesto a acoger en sus brazos a los que de veras se arrepienten de sus vicios y pecados. En particular se observa que, a diferencia de Jerónimo Savonarola, se mantiene siempre alejado de los partidos y de toda significación política, y nunca se expresa de un modo desconsiderado contra ninguna clase de autoridades, eclesiásticas y aun civiles.
Esto no obstante, el año 1427, cuando predicaba la Cuaresma en Viterbo, fue citado y tuvo que presentarse en Roma ante el Papa Martín V. Habíase elevado una acusación contra él por la novedad que ofrecía su predicación sobre el nombre de Jesús y la propaganda que hacía de las estampas, tabletas e inscripciones de su anagrama. Al llegar a Roma se le prohibió subir al púlpito y fue obligado a mantenerse recluido hasta que se examinara y decidiera su causa. El Santo, lleno de la más humilde resignación y con la confianza puesta en Dios, obedeció sin ninguna especie de resistencia. Pero entonces mismo llegó su inseparable amigo y discípulo predilecto, San Juan de Capistrano, quien supo exponer su causa en tal forma que el Papa se convenció de que la devoción del anagrama de Jesús no ofrecía ninguna dificultad teológica y, por el contrario, podía ser un resorte eficaz para fomentar la devoción del pueblo. La respuesta a los acusadores se dio públicamente, permitiendo el Papa que San Bernardino predicara en Roma durante ochenta días, en los que dirigió al pueblo romano ciento catorce sermones.
Puesta así de relieve la santidad, y habiendo aumentado extraordinariamente la popularidad y reputación de su compaisano, los sienenses suplicaron al Papa que nombrara obispo de Siena a San Bernardino. El Papa accedió a tan justificados ruegos, pero el Santo se resistió. En cambio, entonces precisamente dio él comienzo a la segunda etapa de su vida apostólica. Desde agosto del mismo año 1427 desarrolla una intensa campaña en Siena, desgarrada entonces por las más encarnizadas divisiones. Los cuarenta y cinco sermones que entonces predicó, tomados literalmente por un copista y publicados en nuestros días, son la más clara prueba de la elocuencia popular, fuerza persuasiva y unción religiosa y aun mística de su predicación.
Luego siguió un amplio recorrido por la Toscana, Lombardía, Romaña, Marca de Ancona. La madurez de su criterio y experiencia, la eximia santidad de su vida y la aureola de reputación que lo acompañaba, todas estas circunstancias juntas producían un efecto sin precedentes. Nada se resiste a su arrolladora elocuencia. Así, con su palabra de fuego, consigue fácilmente detener a los sienenses en su ya iniciada guerra contra Florencia. Precisamente en esta ocasión el emperador Segismundo se encuentra en Siena y traba con él la más íntima amistad, y en abril de 1433 le lleva consigo a Roma.
Desde 1433 se inicia la última etapa de la vida de San Bernardino. Retirado al convento de Capriola, se dedica tres años al trabajo de redacción de sus obras.
En 1436 dedícase de nuevo dos años a la predicación. En 1438 es nombrado vicario general de los conventos de la observancia, y en inteligencia con Eugenio IV (1431-1447), que tan decididamente la favorecía, trabaja desde entonces en fomentarla por todas partes. Es significativa, en este sentido, la carta dirigida el 31 de julio de 1440 a todos sus súbditos. Con la anuencia de Eugenio IV toma como ayudante en esta obra de reforma regular a San Juan de Capistrano, su más insigne discípulo, émulo de su elocuencia popular y de la eximia santidad de su vida. En esta forma visita las provincias de Génova, Milán y Bolonia. Es un nuevo campo, donde realiza una labor sumamente provechosa.
Finalmente, en 1442, admite el Papa su renuncia a este cargo. Parece que podía entonces dedicarse al descanso. Pero su espíritu apostólico no se lo permite. Agotado por las fatigas de tantos años de predicación y por una vida de continuas austeridades y la observancia más estricta de la disciplina religiosa, siente reanimarse su espíritu entregándose de nuevo a la predicación. Así lo vemos en Milán, en el otoño de 1442, donde combate la herejía de un tal Amadeo; predica en Padua en 1443 una serie de sesenta sermones, que, copiados literalmente por uno de sus oyentes, constituyen una de las mejores joyas de la elocuencia sagrada; tiene que negarse a predicar en Ferrara, y aparece luego en Vicenza. A principios de 1444 tiene un breve descanso en su querido convento de Capriola, donde acaba de revisar algunas de sus obras, en particular sus Discursos sobre las Bienaventuranzas. Al exponer el Bienaventurados los que lloran da suelta a su tierno corazón por la honda pena que acaba de experimentar por la muerte del hermano Vicente, compañero suyo inseparable durante veintidós años. «Débil de cuerpo –exclama–, con frecuencia yo he estado enfermo. Entonces él me sostenía, él me conducía. Si mi cuerpo se sentía débil, él me alentaba. Si me sentía decaído o negligente en el servicio de Dios, él me excitaba. Yo era imprevisor, olvidadizo; pero él velaba por mí. ¿Cómo me has sido arrebatado, oh Vicente? ¿Cómo me has sido arrancado, tú que eras como una misma cosa conmigo, tú que eras tan conforme a mi corazón?»
Tal es San Bernardino al final de su vida: el gran predicador popular, que ha transformado con su palabra y ejemplo comarcas enteras de Italia; el gran propagador de la devoción del nombre de Jesús, a la que dedicó escritos maravillosos; el gran entusiasta de la devoción a María; el gran reformador y defensor de la observancia; el enamorado de Cristo al estilo de su padre, San Francisco de Asís. Es un sol que se halla en su ocaso. Todavía quiere predicar a Cristo. Sacando fuerzas de flaqueza, se decide a ir a predicar a Nápoles. En el camino predica en varios lugares; obra varios milagros; se detiene en Asís, en Santa María de los Angeles; pero, llegado a Áquila, rendido al cansancio, muere el 20 de mayo, víspera de la Ascensión. Seis años después, el 24 de mayo de 1450, el papa Nicolás V (1447-1555), cediendo a los clamores del pueblo cristiano, le eleva al honor de los altares.
San Bernardino de Siena es, indudablemente, uno de los más grandes santos del siglo XV, uno de los mejores modelos de la predicación popular cristiana, uno de los más preciosos ejemplos de aquel puro y encendido amor de Cristo, tan característico de su padre San Francisco de Asís y del espíritu franciscano de todos los tiempos.
Bernardino Llorca, S. I., San Bernardino de Sena, en Año Cristiano, Tomo II, Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959, pp. 436-443.
19 de mayo de 2008
El fin (objeto perseguido) del matrimonio.
Fin del Matrimonio
Conclusión I: El fin primario del matrimonio es la generación y educación de los hijos.
He aquí las pruebas:
a) Sagrada Escritura: Dios instituyó el matrimonio como contrato natural con las siguientes palabras: “Procread y multiplicaos y henchid la tierra” (Gen. 1.28). Luego ésa es su finalidad primaria y principal.
b) El Magisterio de la Iglesia: Como acabamos de indicar, el Código Canónico declara expresamente que “la procreación y la educación de la prole es el fin primario del matrimonio”. Este fin es tan necesario y tan esencial que, si se le excluye positivamente, no puede haber matrimonio válido, pues a él se ordena el matrimonio por su misma naturaleza.
c) La razón teológica: La da Santo Tomás en la siguiente forma: “El matrimonio fue instituido principalmente para el bien de la prole, no sólo para engendrarla, ya que eso puede verificarse también fuera del matrimonio, sino además para conducirla a un estado perfecto, pues todas las cosas tienden a que sus efectos logren la debida perfección. Dos perfecciones podemos considerar en la prole, a saber, la perfección de la naturaleza no sólo en cuanto al cuerpo (educación física), sino también respecto del alma mediante aquellas cosas que pertenecen a la ley natural (educación moral) y la perfección de la gracia (educación religiosa)”…
Conclusión II: El fin secundario del matrimonio es la ayuda mutua de los cónyuges y el remedio de la concupiscencia.
He aquí las pruebas:
a) Sagrada Escritura: .. Gen. 2.18 y ss. … 1Cor 7.9.
b) El Magisterio de la Iglesia: Es doctrina constante de la Iglesia, recogida oficialmente en el Código canónico. Escuchemos a Pío XI en su encíclica sobre el matrimonio: “Hay pues tanto en el mismo matrimonio como en el uso del derecho matrimonial, fines secundarios, como son la ayuda mutua, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia, cuya consecución de ninguna manera está prohibida a los esposos, siempre que quede a salvo la naturaleza intrínseca del acto conyugal y, por ende, su debida ordenación al fin primario” Casti connubii n.13
c) La razón teológica: (La da Santo Tomás) …
463. Errores y desviaciones modernas en torno a los fines del matrimonio
Por lo que acabamos de decir puede deducirse lo que hay que pensar en torno a ciertas teorías modernas que abogan por un cambio de valores en torno a los fines del matrimonio tal como hasta ahora los ha entendido la tradición cristiana, en el sentido de poner como fin primario del mismo el amor recíproco de los cónyuges, que alcanzaría su máximo exponente en su unión carnal. La procreación, más que el fin primario, no es sino una consecuencia del amor entre los cónyuges, que sería el verdadero fin primario y esencial.
La Iglesia ha rechazado explícitamente semejantes novedades, que llevarían lógicamente a las mayores aberraciones (v. gr. a que la impotencia generativa no sería impedimento dirimente del matrimonio, a que podría practicarse el onanismo por cualquier leve pretexto, etc.). Consta por las enseñanzas de Pío XII en diferentes ocasiones y por la formal y terminante declaración del Santo Oficio (hoy Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, cuyo prefecto es el Card. Ratzinger).
Escuchemos a Pío XII:
“La verdad es que el matrimonio, como institución natural, por disposición divina no tiene como fin primario e íntimo el perfeccionamiento personal de los esposos, sino la procreación y educación de una nueva vida. Los otros fines, aun siendo intentados por la naturaleza, no se hallan al mismo nivel que el primario, y menos aún le son superiores; antes bien, le están esencialmente subordinados.
Precisamente para cortar radicalmente todas las incertidumbres y desviaciones que amenazaban difundir errores tocante a la jerarquía de los fines del matrimonio y de sus mutuas relaciones, Nos mismo redactamos hace algunos años (10/03/1944) una declaración sobre el orden que guardan dichos fines, indicando que la misma estructura interna de la disposición natural revela lo que es el patrimonio de la tradición cristiana, lo que los Sumos Pontífices han enseñado repetidamente y lo que en la debida forma ha sido fijado por el Código de Derecho Canónico. Y poco después, para corregir las opiniones contrarias, publicó la Santa Sede un decreto en el que se declara que no puede admitirse la sentencia de ciertos autores recientes, que niegan que el fin primario del matrimonio es la procreación y educación de la prole, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son equivalentes e independientes de él”. Pío XII Discurso a las obstétricas de Roma, 29/10/1951 AAS 43, 835-854.
He aquí el texto íntegro del decreto del Santo Oficio a que alude el Papa en las palabras que acabamos de citar:
“Se han publicado en estos últimos años algunos escritos acerca de los fines del matrimonio y la relación y orden que guardan entre sí, donde se afirma que la generación de la prole no es el fin primario del matrimonio o que los fines secundarios de éste no están subordinados al fin primario, sino que son independientes del mismo.
En estos escritos, unos señalan un fin primario al matrimonio y otros le asignan otro; por ejemplo, el complemento y personal perfección de los cónyuges mediante una plena comunión de vida y de acción; el mutuo amor y unión de los cónyuges, que ha de fomentarse y perfeccionarse por la entrega psíquica y corporal de la propia persona, y otros muchos por el estilo.
A veces, en esos mismos escritos, a los vocablos empleados en los documentos eclesiásiticos (tales como fin primario y secundario) se les da un sentido que no está en armonía con el atribuido comúnmente por los teólogos.
Esta nueva manera de pensar y de expresarse ha venido a sembrar errores y a fomentar incertidumbres. Para conjurar unos y otras, los eminentísimos y reverendísimos Padres de esta Suprema Sagrada Congregación encargados de la tutela de las cosas de la fe y costumbres, en sesión plenaria habida el miércoles 29 de marzo de 1944, a la duda propuesta: “Si puede admitirse la opinión de algunos modernos, que niegan que el fin primario del matrimonio sea la generación y educación de la prole, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son igualmente principales e independientes”, resolvieron que se debía contestar: Negativamente…”