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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

28 de octubre de 2008

El pensamiento de la Revolución Nacional (2)


por el Dr. Antonio de Oliveira Salazar


CAPITULO I

Condiciones de la reforma financiera
Las primeras palabras dirigidas por el Dr. OHveira Salazar a su País, fueron pronunciadas en el Salón del Consejo de Estado el día 27 de Abril de 1928, al tomar posesión del Mtnistero de Hacienda. Se trata de una alocución muy breve, en que expone los prin­cipios fundamentales de esa restauración financiera de Portugal que despierta hoy la admiración general.

Se pregunta con frecuencia cual es el secreto de esa obra de regeneración, y cómo un presupuesto que durante tanto tiempo se había presentado como ejem­plo de desorden, ha podido ser transformado en un verdadero modelo de presupuesto ordenado.

Este discurso responde cumplidamente a la pregunta y demuestra la sencillez de los remedios aplicados a un mal que parecía incurable.



Dos palabras tan sólo en esta ocasión que ustedes, ilustres compañeros y tantas personas amigas quieren hacer excepcionalmente solemne..

Agradezco al señor Presidente del Consejo (1) el ofrecimiento que me ha hecho, con el acuerdo unánime del Consejo de Ministros, de la cartera de Hacienda, así como las amables palabras que me ha dirigido.

No tiene V. E. que agradecerme que haya aceptado el encargo, porque representa para mi un sacrificio tan grande, que por nadie lo hubiera hecho obedeciendo a móviles de favor o de amistad.

Lo hago por mi País, como un deber de conciencia, fría y serenamente cum­plido. A pesar de todo, no habría tomado sobre mi esta pesada tarea, si no tuviera la seguridad de que mi actuación podría ser al menos útil y que se me daba la seguridad de poder actuar en condiciones de eficacia.

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28 de Octubre, Festividad de San Simón y San Judas Tadeo, Apóstoles y Mártires


San Judas Tadeo es uno de los santos más populares, a causa de los numerosos favores celestiales que consigue a sus devotos que le rezan con fe. En Alemania, Italia, América y muchos sitios más, tiene numerosos devotos que consiguen por su intercesión admirable ayuda de Dios, especialmente en cuanto a conseguir empleo, casa u otros beneficios.
Santa Brígida cuenta en sus Revelaciones que Nuestro Señor le recomendó que cuando deseara conseguir ciertos favores los pidiera por medio de San Judas Tadeo. Judas es una palabra hebrea que significa: "alabanzas sean dadas a Dios".
Tadeo quiere decir: "valiente para proclamar su fe".
Simón significa: "Dios ha oído mi súplica".
A San Simón y San Judas Tadeo se les celebra la fiesta en un mismo día porque según una antigua tradición los dos iban siempre juntos todas partes a predicanr la Palabra de Dios. Ambos fueron llamados por Jesús para formar parte del grupo de sus 12 escogidos o apóstoles. Ambos recibieron el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego el día de Pentecostés y presenciaron los milagros de Jesús en Galilea y Judea y oyeron sus sermones; le vieron ya resucitado y hablaron con Él después de su santa muerte en la Cruz, le vieron luego de Su gloriosa resurrección y fueron testigos prescenciales Su ascensión al cielo.
A Judas se le llama Tadeo para diferenciarlo de Judas Iscariote que fue el que entregó a Jesús.
San Judas Tadeo escribió una de las Cartas del Nuevo Testamento. En la misma, ataca a los gnósticos y dice que los que tienen fe pero no hacenbuenas obras son como nubes que no tienen agua, árboles sin fruto, y olas con sólo espumas, y que los que se dedican a los pecados de impureza y a hacer actos contrarios a la naturaleza, sufrirán la pena del fuego eterno.
La antigua tradición cuenta que a San Simón lo mataron aserrándolo por medio y, a San Judas Tadeo, cortándole la cabeza de un hachazo. A San Judas le pintan muchas veces con un hacha en la mano.

27 de octubre de 2008

Una vez más (¡¡hasta que se nos haga carne!!)



¡¡¡ Viva Cristo Rey !!!



¡Christus vincit, Christus regnat, Christus, Christus, imperat!
¡Christus vincit, Christus regnat, Christus, Christus, imperat!

¡Christus vincit, Christus regnat, Christus, Christus, imperat!


A Roma, sepultada en sus ruinas

Buscas en Roma a Roma ¡oh peregrino!
y en Roma misma a Roma no la hallas:
cadáver son las que ostentó murallas
y tumba de sí proprio el Aventino.

Yace donde reinaba el Palatino
y limadas del tiempo, las medallas
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades que Blasón Latino.

Sólo el Tiber quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya sepultura
la llora con funesto son doliente.

¡Oh Roma en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura!








Francisco de Quevedo y Villegas

Herejes (9)


por Gilbert K. Chesterton

IX. Los humores de George Moore

George Moore inició la carrera literaria publicando sus confesiones personales, lo que no tendría nada de malo si no hubiera seguido escribiéndolas el resto de su vida.

Se trata de un hombre de mente genuinamente impetuosa, y de gran dominio sobre un tipo de convicción esquiva y retórica que excita y agrada. Se halla en un estado perpetuo de sinceridad temporal. Ha demostrado su admiración por los excéntricos modernos más admirables, hasta que éstos no han sido capaces de soportarlo más. Hay que admitir sin reservas que todo lo que escribe surge de un poder mental auténtico. El relato en el que expone sus motivos para abandonar la Iglesia católica es tal vez el tributo más admirable a esa confesión que se haya escrito en los últimos años. Pero lo cierto es que la debilidad que han dejado al desnudo los muchos méritos de Moore es, de hecho, esa debilidad que la Iglesia católica combate tan bien.
Moore odia el catolicismo porque éste destruye la casa de espejos en la que vive. A Moore no le disgusta tanto que le pidan que crea en la existencia espiritual de milagros o sacramentos, le disgusta que le pidan que crea en la existencia real de otras personas. Como Pater, su maestro, y los demás estetas, su verdadera batalla con la vida es que ésta no es un sueño que puede ser modelado por quien lo sueña. No es el dogma sobre la realidad del otro mundo lo que le preocupa, es el dogma sobre la realidad de éste.
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Juan Donoso Cortés: Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (13)



Capítulo VI

De la prevaricación angélica y la humana grandeza y enormidad del pecado



Hasta aquí he expuesto la teoría católica acerca del mal, hijo del pecado, y acerca del pecado que nos vino de la libertad humana, la cual se mueve anchamente en sus limitadas esferas, a la vista y con el consentimiento de aquel soberano Señor que, haciéndolo todo con peso, número y medida, dispuso las cosas con un consejo tan alto, que ni su providencia oprimiese el libre albedrío del hombre, ni los estragos de este libre albedrío, siendo grandes y portentosos como son, lo fueran con menoscabo de su gloria. Antes, empero, de pasar adelante, me ha parecido cosa digna de la majestad de este asunto hacer aquí una relación seguida de aquella prodigiosa tragedia que comenzó en el cielo y acabó en el paraíso, dejando a un lado los reparos y las objeciones que quedaron desvanecidas en otro lugar, y que de ninguna otra cosa servirían sino de oscurecer la belleza, a un mismo tiempo sencilla e imponente, de esta lamentable historia. Antes vimos de qué manera la teoría católica se aventaja a las demás por la altísima conveniencia de todas sus soluciones; ahora veremos de qué manera los hechos en que se funda, considerados en sí mismos, aventajan a todas las historias primitivas por lo que tienen de grandes y de dramáticos. Antes sacamos su belleza por comparaciones y deducciones; ahora admiraremos en ellos mismos, sin apartar los ojos a otros objetos, su incomparable belleza.
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Jordán Bruno Genta, in memoriam

Enviado por su autor .


1974 - 27 de octubre - 2008

Por Antonio Caponnetto


Se llamaba Jordán Bruno Genta, aunque algunos todavía no sepan escribir ni pronunciar su nombre.

Jordán, palabra aguda de resonancias graves y luminosas, como el río en el que recibió el bautismo Nuestro Señor Jesucristo. Bruno, fuerte como coraza o armadura, en antigua semántica germana.

Dios se las ingenió para que se cumpliera el poema :mira que al dar un nombre se recibe un destino.

Enseñó la Verdad Católica, Apostólica y Romana, en plena y continua comunión con la Cátedra de Pedro.

No aprobó jamás los procedimientos castrenses irregulares y clandestinos para combatir al marxismo. Clamaba por la guerra justa, limpia, frontal y varonilmente librada: la guerra contrarrevolucionaria, de la que fue su más esclarecido doctrinario.

Sostuvo una enemistad firmísima con el comunismo, pero también –y simétricamente- con el liberalismo en todas sus variantes. El liberalismo sigue siendo un pecado, y lo sabía.

No fue democrático. Admiraba a los grandes monarcas santos, a los varones jerárquicos instauradores de gobiernos fuertes, a los jefes aristocráticos, a los Caudillos de la Patria y de Occidente; y hasta respetaba cristianamente a los grandes conductores nacionales a quienes aplastó la conjura aliada en 1945.

La Realeza Social de Jesucristo era su opción política. El Omnia Instaurare in Christo, su lema y su norte. Su divisa flameante e izada bien al tope.

Nunca fundó un partido ni aconsejó formarlo o integrarlo. Nunca creyó en la unidad de los opuestos, ni en la coyunda con liberales y populistas, ni en la acción conjunta con quienes no existe previamente la unidad en el Ser. Repetía con Santa Teresa: “es preferible la Verdad en soledad al error en compañía”. Y con Aristóteles: “en toda juntura entre lo malo y lo bueno, sufre lo bueno”. No mixturaba los contrarios, así como evitaba mezclar el agua con el vino.

Se atrevió a decir lo que otros callaban y aún callan: que hay una culpabilidad judeomasónica tras el drama de la Argentina y tras la derrota de la Civilización Cristiana. Ni el pulso ni la voz tremaron en su cuerpo cada vez que fue necesario opugnar con la Sinagoga de Satanás. Pero tampoco faltó la caridad siempre que un prójimo, fuere quien fuese, se aquerenciaba hasta su puerta.

Denunciaba con bizarría al Imperialismo Internacional del Dinero, y con mirada sobrenatural alertaba contra la acción del Anticristo.

Señaló la naturaleza crapulosa del peronismo, y una por una marcó a fuego las canalladas múltiples de Perón, artífice de la subversión , cohonestador de sus primeros crímenes, y propugnador hasta el final del mundialismo masónico, previo paso por el continentalismo y el socialismo nacional, como repitió hasta el hartazgo.Las tónicos del pasado no son las medias verdades sino la metafísica y la teología.

Expresamente repudió la falsa línea ideológica “San Martín -Rosas-Perón”. Sus arquetipos no eran los incendiarios de iglesias sino los herederos de la estirpe del Cid. Una memoria completa no basta para saberlo. Es necesario una historia veraz.

La teoría de los dos demonios, y la posición de quienes se sienten discriminados porque sólo se ataca a uno de ellos, le hubiera causado repulsión y desprecio. En la patria, no se enfrentaron ni se enfrentan dos demonios sino las dos ciudades agustinianas. Él batalló por la Civitas Dei y cayó en su defensa, heroicamente. No fue la víctima accidental de una refriega terrorista. Fue un combatiente valeroso abatido a mansalva por el enemigo.

No estaba por azar cuando ocurrió el atentado marxista, el 27 de octubre de 1974. Ni recibió una bala casualmente, ni resultó víctima de una explosión que buscaba otro destinatario. La substancia antes que los accidentes explican su caída. Lo habían ido a matar a la puerta de su casa. Un domingo, cuando rumbeaba para la Santa Misa, en la tradicional festividad de Cristo Rey, como depués escribieron sádicamante sus verdugos.

Tuercen los hechos quienes dicen que lo mataron por pensar diferente. Lo mataron por pensar verdadero y obrar y vivir en consecuencia.

Cayó con muerte previsible, anunciada, esperada. Con la muerte bella y merecida del mártir. Dio su sangre ofrecida en oblación por la Cruz y la Bandera, por la Fe y por la Verdad Crucificada.

Para inteligir lo sucedido el 27 de octubre de 1974, no hay que acudir a "las sórdidas noticias policiales", sino al misterio de la Comunión de los Santos.

Que lo hayan matado los mismos que antes y después mataron a tantos otros -¡ay!, tantos hombres de bien!- no quiere decir que lo hayan matado por lo mismo. No lo mataron por lo mismo que buscaban segar las cabezas de mercaderes yanquis, de empleados del Club de Roma, de dirigentes radicales, de empresarios usureros o de gremialistas mencheviques. Los guerrilleros distinguieron en su momento lo que hoy no saben ni quieren distinguir otros.

Y que haya muerto en democracia, bajo un gobierno constitucional, no aumenta las culpas de la guerrilla sino la ingénita perversión de la democracia.

Lo mataron por ser católico y nacionalista. Lo mató el odio rojo por luchar por el Amor de los Amores.

En vida, quisimos ser sus discípulos y seguidores.

Desde que lo asesinaron, no hemos dejado de honrarlo, recordarlo, difundirlo, y darlo a conocer entre quienes no habían tenido la gracia de conocerlo. Lo hicimos sin medios y sin los medios. En soledad, con la conspiración de silencio como sombra amenazante y artera. Lo hicimos -corriendo modestos pero concretos riesgos- sin que se enteraran ni nos acompañaran los que hoy, en buena hora, se han percatado de su existencia y se suman a la partida. Bienvenidos si vienen por la victoria pendiente, antes que por la paz ghandiana. Por el perdón tendido al que se arrepienta y enmiende, y la resistencia empecinada contra los herederos sanguinarios del bolchevismo, enseñoreados hoy sobre la nación.

¿Que importancia tiene que una pseudojusticia mundana -en manos de sodomitas y aborteras- declare alguna vez que su crimen fue de lesa humanidad? ¿Son acaso las categorías de Nüremberg las que glorificarán a nuestros muertos ilustres? ¿Son acaso los criterios del enemigo los que han de blanquear sus memorias insignes? No fue un crimen de lesa humanidad contra los derechos del Salvador el que se perpetró en el Gólgota. Fue el deicidio. Los deicidas siguen matando a los testigos del Gólgota. Y no hay leguleyería internacionalista que alcance para calificar a los victimarios.

Tampoco estamos pidiendo que un tribunal oportunista y mendaz investigue a los autores del homicidio, ni que ciertos pastores cobardes consideren la sola posibilidad de introducir su beatificación.

Ningún secreto encierra la causalidad formal de su asesinato. Los que lo abatieron gobiernan. Sus nombres y sus rostros, son los nombres y los rostros excecrables del Régimen. Caras con muecas sicarias y rictus infames que no logran disimular los avances cosméticos.

Y está a la derecha del Padre, gozando del merecido cielo que alcanzó por asalto, al haber caído como mártir de la Fe en el más estricto y cabal sentido de la palabra. Los mártires de los últimos tiempos no serán reconocidos como tales, escribía San Agustín. No serán reconocidos por los heresiarcas. Pero el Dios de los Ejércitos pasa revista en cada alba, y un ángel arcabucero señala su presencia con un centelleo vertical de luces altas.

De eso se trata este homenaje. De decir la verdad entera.

Jordán Bruno Genta: mártir de Cristo Rey. Jordán Bruno Genta: maestro de la Verdad. Jordán Bruno Genta: católico y nacionalista.

Jordán Bruno Genta: ¡Presente!

26 de octubre de 2008

26 de Octubre, Conmemoración de San Evaristo, Papa y Mártir




Nació por los años 60, de una familia judía asentada en tierras griegas. Recibió educación judía y aprendió en los liceos helénicos.

No se conocen datos de su conversión al cristianismo, pero se le ve ya en Roma como uno de los presbíteros muy estimados por los fieles que, lleno de celo, eleva el nivel de la comunidad de cristianos de la ciudad, entregándose por completo a mostrarle a Jesucristo. Amplio conocedor de la Sagrada Escritura, es docto en la predicación y humilde en el servicio.

Muerto mártir el Papa Anacleto, sucesor de Clemente, la atención se fija en Evaristo. Por humildad se resistió con todas las fuerzas posibles a asumir la dignidad que comportaba tan alto servicio. El día 27 de Julio del año 108 tuvo la Iglesia por Papa a Evaristo.

Atendió cuidadosamente las necesidades del rebaño: Defiende la verdadera fe contra los errores gnósticos. Establece normas que afectan a la consagración y trabajo pastoral de los Obispos y de los diáconos. Manda la celebración pública de los matrimonios. Se ocupa de la vida de los fieles, esbozándose ya una cierta administración territorial, para su mejor atención y gobierno. También escribió cartas a los fieles de Africa y de Egipto.

Murió mártir, siendo Trajano emperador, hacia el 117.

La iglesia del tiempo cada día crece en número, pero está perseguida por las leyes; es silenciosa y fuerte en la fe, oculta y limpia en las obras; vive dentro del Imperio en estado latente, desplegando poco a poco su potencialidad al soplo del Espíritu.

Autor: Arquidiócesis de Madrid

La Cristiandad, una realidad histórica (2)



por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.
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Capítulo I

Cristiandad y Edad Media

Hemos titulado esta primera conferencia «Cristiandad y Edad Media». Trataremos de explicar en ella el sentido de ambas palabras, los hitos principales que jalonan su historia y las características de la Cristiandad medieval.I. Las expresiones «Edad Media» y «Cristiandad»

Siempre es conveniente, antes de entrar en materia, delimitar los términos que se van a emplear. Máxime que en este caso se trata de palabras muy vapuleadas por el uso y no siempre bien entendidas.

1. La «Edad Media»

Bien decía Régine Pernoud, una de las medievalistas más caracterizadas de la actualidad, que no hay casi día en el que no se tenga ocasión de escuchar frases tales como «ya no estamos en la Edad Media», «eso es volver a la Edad Media» o «no tengas mentalidad medieval». Y ello en cualquier circunstancia, ya se quiera sostener las banderas de la liberación femenina, como defender ideas ecológicas, o luchar contra el analfabetismo (¿Qué es la Edad Media?; título original: Pour en finir avec le moyen âge, Magisterio Español, Madrid 1979, 44).

Digamos de entrada que la misma denominación de «Edad Media» no tiene propiamente sentido alguno. Tomada en su acepción etimológica, supone una división tripartita del tiempo. Trataríase de una edad «intermedia» entre otras dos edades, una pasada, la Antigüedad clásica. Y otra futura, la Modernidad. Si con eso se quiere decir que, cronológicamente, es como un puente entre una edad que la precede y otra que la sigue, no se afirma con ello absolutamente nada. ¿Qué época no es un paso entre la que la antecede y la que la continúa? En ese sentido toda edad –exceptuadas la que abre la historia y la que la cierra– sería edad «media». Y nosotros mismos, un día, seremos también «medievales» para nuestros sucesores.

Pero las cosas no son tan sencillas. Hay en la fórmula una categorización muy determinada, de influjo hegeliano, según parece insinuarlo la división tripartita de la historia, como prejuzgándose que no habrá jamás otros períodos en el devenir histórico. La Edad Media resulta así una edad-víctima, entre otras dos edades, en una posición de evidente inferioridad; ella incluiría varios siglos de tinieblas después de los siglos de luz que fueron los de la antigüedad clásica, y antes de los siglos de plenitud que son los modernos, en continuo progreso hacia una consumación intrahistórica.
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A la muerte de Cristo Nuestro Señor




Cristo es Rey, por derecho de conquista


La tarde se escurecía
entre la una y las dos,
que viendo que el Sol se muere,
se vistió de luto el sol.

Tinieblas cubren los aires,
las piedras de dos en dos
se rompen unas con otras,
y el pecho del hombre no.

Los ángeles de paz lloran
con tan amargo dolor,
que los cielos y la tierra
conocen que muere Dios.

Cuando está Cristo en la cruz
diciendo al Padre, Señor,
¿por qué me has desamparado?
¡ay Dios, qué tierna razón!,

¿qué sentiría su Madre,
cuando tal palabra oyó,
viendo que su Hijo dice
que Dios le desamparó?

No lloréis Virgen piadosa,
que aunque se va vuestro Amor,
antes que pasen tres días
volverá a verse con vos.

¿Pero cómo las entrañas,
que nueve meses vivió,
verán que corta la muerte
fruto de tal bendición?

«¡Ay Hijo!, la Virgen dice,
¿qué madre vio como yo
tantas espadas sangrientas
traspasar su corazón?

¿Dónde está vuestra hermosura?
¿quién los ojos eclipsó,
donde se miraba el Cielo
como de su mismo Autor?

Partamos, dulce Jesús,
el cáliz desta pasión,
que Vos le bebéis de sangre,
y yo de pena y dolor.

¿De qué me sirvió guardaros

de aquel Rey que os persiguió,

si al fin os quitan la vida v

vuestros enemigos hoy?»


Esto diciendo la Virgen

Cristo el espíritu dio;

alma, si no eres de piedra llora,

pues la culpa soy.

Lope Félix de Vega y Carpio

Ultimo Domingo de Octubre, Festividad de Cristo Rey



¡¡Viva Cristo Rey!!

¡Christus vincit! ¡Christus regnat! ¡Christus imperat!






Cristo Rey (un sermón del Padre Ezcurra).

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Cristo es Rey. Es una palabra que hoy, a veces, se prefiere no usar; suena demasiado fuerte, demasiado duro. Algunos prefieren decir “Maestro”, prefieren decir “Pastor”, prefieren presentar a Cristo como hermano, como amigo, a veces en un plano solamente horizontal, pero sin utilizar toda la fuerza que tiene esta palabra que nos está indicando la pura realidad. Parecería que se avergonzaran algunos de dar testimonio del Rey que está en los cielos. Parecería que nombrar a Cristo como Rey fuera muy duro para un tiempo en el cual a las palabras definidas se las trata de evitar.

Entonces se prefiere no hablar de Cristo como Rey. Tal vez parezca poco democrático. Quisieran hablar de Cristo, como presidente. Y sin embargo Cristo es Rey. Y Cristo es Rey por diversos motivos, que ya hace muchos años señalaba en su enseñanza doctrinal dogmática el Papa Pío XI en la Encíclica Quas Primas, que dio el espíritu que animó a la primera y a la mejor fuerza de la Acción Católica.

Cristo es Rey, en primer lugar por su excelencia. Llamamos rey, en cualquier orden del ser o del conocer, a aquello que es lo primero, a aquello que es lo mejor; entre un determinado ramo de artistas, se llama rey a aquel que ejecuta mejor ese arte; entre las flores se llama la reina a la rosa porque es la más hermosa en su belleza y en su perfume.

El rey indica lo excelente, lo más noble, lo más grande. Y por eso, es Rey el Verbo de Dios cuando asume aquí en la tierra una naturaleza humana, cuando se hace hombre. Y entonces, esa naturaleza humana, esa alma y ese cuerpo asumidos por Cristo es lo más noble, es lo más perfecto, es lo principal de la Creación porque está unido indefectiblemente a la divinidad, al Verbo Creador, al Verbo en el cual, por su Palabra fueron dichas, fueron pronunciadas, fueron creadas todas las cosas.Cristo es Rey por su propia naturaleza divina, porque es el Verbo de Dios hecho hombre. Es aquello de los cual da testimonio delante de Poncio Pilato cuando él le pregunta: “Tú eres Rey?” “Sí, Yo soy Rey, mi reino no es de este mundo”. Lo cual no significa que Cristo no reine sobre este mundo, sino que su reino no tiene origen en este mundo; no es un reino humano. El poder que tiene Cristo es el poder que ha recibido del Padre; pero es un poder sobre todas las cosas, sobre todas las cosas del cielo y de la tierra.


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25 de octubre de 2008

San Ezequiel Moreno, un obispo molesto


por el R.P José María Iraburu

Hechos de los Apóstoles en América



Riojano y agustino recoleto

A orillas del Ebro, en Alfaro, pequeña ciudad agrícola de la Rioja, el modesto sastre Félix Moreno y su mujer Josefa Díaz tuvieron seis hijos, cuatro hembras y dos varones, Eustaquio, el primogénito, y Ezequiel, nacido en 1848, cuarto de los hermanos. Creció Ezequiel en el marco de una familia muy cristiana, y acompañaba a su padre, aun en invierno, al rosario de la aurora. Siempre tuvo afición y buena voz para el canto, y se acompañaba bien con la guitarra. Eustaquio en cambio fue un buen violinista. Fue de chico Ezequiel monaguillo del convento de las dominicas, con las que guardó siempre una gran amistad.

Teniendo Ezequiel doce años, Eustaquio ingresó en el noviciado de los agustinos recoletos de Monteagudo, en Navarra, y teniendo dieciséis, murió su padre, con lo que la familia se vió en muy difícil situación económica. La señora Josefa tuvo que sacar adelante la familia con muchos y diversos trabajos. Entre otros, ayudada por Ezequiel, vendía hilo y baratijas en la plaza de Alfaro. Por eso, cuando Ezequiel dijo a su madre que él también quería ser agustino recoleto, ella trató de disuadirle, haciéndole ver que si fuera sacerdote diocesano podría ayudar a la familia. Sin embargo, como buena madre cristiana, supo ceder a sus insistentes razones.

La vocación, según parece, la tenía desde niño. Contaba la madre Catalina Les, sacristana de las dominicas, que siendo Ezequiel muy pequeño, le preguntaron en el convento qué iba a ser de mayor. «Fraile», contestó sin dudarlo. «¡Tú, fraile!, le dijeron, tan calandrajo [pequeño, poca cosa], ¿para qué te quieren?». Pero él, sin inmutarse, solucionó el problema: «Ya me pondré un sombrero de copa, para ser más alto».

En este resumen biográfico de San Ezequiel Moreno nos atendremos a las Cartas pastorales, circulares y otros escritos, a los dos tomos de sus Cartas privadas, que fueron publicadas por su primer biógrafo, el agustino recoleto Toribio Minguella, obispo de Sigüenza. Y seguiremos también la obra Beato Ezequiel Moreno, el camino del deber, escrita por fray Angel Martínez Cuesta, también agustino recoleto.

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El Papa San Pío X: Memorias (4)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val



PÍO X Y SU PRIMERA RECEPCIÓN DEL CUERPO DIPLOMÁTICO




Casi inmediatamente después de su elección, el Santo Pa­dre debía recibir al Cuerpo Diplomático. El Decano, señor D'Antas, Embajador portugués, fue el encargado de solicitar la audiencia. Dado el excesivo calor, y con objeto de evitar a Su Santidad un cansancio innecesario, satisfaciendo al miemo tiempo la conveniencia de los representantes diplomáti­cos, deseosos de abandonar Roma y comenzar su acostum­brado descanso, se decidió organizar una recepción colectiva. El señor D'Antas se comprometió a representar a sus colegas dirigiendo unas palabras de homenaje al Santo Padre en nombre de sus respectivos Soberanos y Gobiernos. Fue, pues, fijada la audiencia para el 6 de agosto.

Aquella mañana, a las once, empezaron a llegar al Vatica­no embajadores y ministros en uniforme de gala, acompaña­dos de su personal de secretarios y agregados. Uno de estos últimos me confesaba más tarde que, a medida que subían la escalera por grupos, expresaban muchos de ellos la curiosi­dad que sentían por ver la manera con que serían recibidos por el nuevo Pontífice. La empresa constituiría, sin duda, una dura prueba para éste —decía—; se mostraría turbado no es­tando acostumbrado a desenvolverse en ceremonias de corte. Contrariamente a su ilustre predecesor, León XIII, el nuevo Pontífice era de origen humilde, y los informes que de el se conocían le retrataban preeminentemente como un cura ru­ral. El pronóstico trajo a mi memoria las palabras de Natanael: "Pero ¿es que de Nazareth puede salir algo bueno?" Felipe le dijo: "Ven y ve."

No estuve presente a la recepción, pues yo no tenía puesto en la misma. Me encontraba trabajando en la Sala Borgia, cuando entró mi capellán a decirme era intención del Cuerpo Diplomático hacerme una visita como Pro-Secretario de Esta­do, inmediatamente después de la audiencia con Su Santi­dad. Las amplias habitaciones Borgia eran suficientes y capa­ces para albergar, incluso, a mayor número de personas, y rápidamente pude prepararlas para recibir a mis visitantes. Todos llegaron, poco después, con sus brillantes atuendos. Los Enviados se sentaron en semicírculo, con sus secretarios, en pie, detrás de ellos. Después de un intercambio de frases de mutuo saludo, se hizo un gran silencio y pude observar que todos tenían la expresión un tanto seria. La conversación se abría camino laboriosamente. Les pregunté si estaban satisfechos de la au­diencia, si les había dirigido la palabra Su Santidad y otras minucias semejantes. Las respuestas me llegaban casi en monosílabos. Sí, se hallaban muy satisfechos. El Santo Padre les había honrado con unas breves palabras, les había recibi­do con la mayor cordialidad, etc., etc.

Volvió a reinar el silencio, y comencé a sentirme un poco incómodo. Me preguntaba a mí mismo lo que habría sucedi­do arriba; si habría habido algún roce desagradable o alguna equivocación lamentable; ¿cuál podría ser, si no, la causa de aquel malestar evidente y de aquella grave actitud. Bruscamente, el representante de Prusia se decidió a hablar claro: "Monseñor —exclamó—, díganos, ¿qué tiene este hombre que tanto nos atrae?" "Sí, sí, díganoslo", repitieron los demás como un eco.

Un poco sorprendido, les pregunté si había sucedido algo fuera de lo común durante la audiencia y en qué razón se fundaban para dirigirme tal pregunta. No, nada excepcional había pasado. Su Santidad —me dijeron— no les había entre­tenido mucho tiempo, y, al terminar su breve alocución, con­testando al discurso del Decano, el Santo Padre se había diri­gido personalmente a saludar a cada uno de ellos, retirándo­se después, pero dejándoles sous le charme de sa personalité (bajo el encanto de su personalidad). Todo lo que pude obser­varles fue que yo mismo había visto por primera vez a Su Santidad muy pocos días antes, y había quedado igualmente impresionado por su carácter y el encanto de su personali­dad. No les ofrecí ninguna otra explicación. Pero cuando los visitantes se habían marchado, sus pala­bras continuaban presentes en mi mente; y a la pregunta de: "¿Por qué nos atrae de ese modo?", me parecía escuchar la respuesta: "Porque es un hombre de Dios."

Lejos de disminuir, este sentimiento de honda veneración y estima hacia Pío X fue acrecentándose, a medida que transcurría el tiempo, entre los miembros del Cuerpo Diplomático. Y esta sensación no se limitaba a los representantes católicos. Era igualmente compartida, y con gran intensidad, por lodos los demás. Hasta en aquellos momentos en que surgieran serias divergencias y conflictos entre la Santa Sede y sus Gobiernos, estu­vo siempre patente la consideración especial y la reverencia de los diplomáticos experimentaban personalmente por el Santo Padre. Les inspiraba, invariablemente, en toda ocasión gran confianza, y ellos, a a su vez, dieron constantes muestras de la que depositaban en su no fingida sinceridad y en la elevación y pureza de sus miras. Comprendían perfectamen­te que cuando actuaba con energía en nombre de la Iglesia, y aun cuando mostraba severidad en las medidas que adoptaba en defensa de sus derechos, lo hacía sin amargura y guiado tan sólo por la íntima convicción de su enorme responsabilidad.

Esto se demostró de modo muy especial al tiempo de su muerte, y creo que, muy raras veces, el fallecimiento de un Pontífice produjo dolor tan verdadero e impresión tan pro­funda de pérdida personal entre los miembros del Cuerpo Diplomático como en aquella ocasión Pude observar a más de uno conmovido hasta las lágrimas, y recuerdo exactamen­te cómo un representante no católico, hablando del Santo Padre en la mañana siguiente a su muerte, al expresar su condolencia, salía diciendo que pensaba solicitar de su Go­bierno el traslado a otro puesto, ya que cualquiera que fuere el nuevo Pontífice elegido, Roma no volvería a ser para él la misma que había sido con Pío X.

Aquel mismo día, otro de los plenipotenciarios, refirién­dose a la situación agitada de Europa y al estallido de la gran guerra, exclamó en m presencia: "El último destello y espe­ranza de paz se ha extinguido con la desaparición de Pío X, ya no nos rodean si no tinieblas por todas partes." "Hemos tenido nuestros desacuerdos y momentos difíciles bajo el Pon­tífice fallecido —decía uno de los representantes no católi­cos—; pero siempre podía uno darse perfecta cuenta de los elevados propósitos de Su Santidad, de su apreciación de las dificultades de la otra parte y de la rectitud de sus intenciones."

25 de Octubre, Conmemoración de San Crisanto y Santa Daria, Mártires



San Crisanto y Santa Daría no pudieron ser inducidos, ni por las amenazas ni por las promesas, a adorar a los ídolos. Viéndolos firmes y dispuestos a morir antes que ofender a Dios, el tirano hizo envolver a Crisanto en la piel de un buey y lo expuso así a los ardores de un sol ardiente; hizo conducir a Daría a un lugar de libertinaje, pero un león la defendió contra las infames tentativas de sus enemigos. Entonces el tirano los hizo arrojar a los dos en un gran brasero, pero salieron de entre las llamas sin haber experimentado mal alguno. Por fin, fueron conducidos a un arenal y allí enterrados vivos bajo un montón de piedras.

24 de octubre de 2008

Poesía



ORACIÓN A LA LUZ

Señor: yo sé que en la mañana pura
de este mundo, tu diestra generosa
hizo la luz antes que toda cosa
porque todo tuviera su figura.

Yo sé que te refleja la segura
línea inmortal del lirio y de la rosa
mejor que la embriagada y temerosa
música de los vientos en la altura.

Por eso te celebro yo en el frío
pensar exacto a la verdad sujeto
y en la ribera sin temblor del río:

por eso yo te adoro, mudo y quieto:
y por eso, Señor, el dolor mío
por llegar a Ti se hizo soneto.





José María Pemán

23 de Octubre, Festividad de San Antonio María Claret, Obispo y Confesor

Por involuntario error omití, en el día de ayer, actualizar el Santoral. En desgravio de San Antonio María Claret, y de los lectores, haciendo click sobre la imagen del Santo Arzobispo y Fundador, se abre un enlace a su Autobiografía, que si bien es larga es sumamente edificante.



Oración Apostólica de San Antonio María Claret



Señor y Padre mio,
que te conozca
y te haga conocer,
que te ame
y te haga amar;
que te sirva
y te haga servir;
que te alabe
y te haga alabar
por todas las criaturas
.

La Cristiandad, una realidad histórica (1)


por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.

«Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. Entonces aquella energía propia de la sabiduría cristiana, aquella su divina virtud había compenetrado las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, impregnando todas las clases y relaciones de la sociedad; la religión fundada por Jesucristo, colocada firmemente sobre el grado de honor y de altura que le corresponde, florecía en todas partes secundada por el agrado y adhesión de los príncipes y por la tutelar y legítima deferencia de los magistrados; y el sacerdocio y el imperio, concordes entre sí, departían con toda felicidad en amigable consorcio de voluntades e intereses. Organizada de este modo la sociedad civil, produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de ellos y quedará consignada en un sinnúmero de monumentos históricos, ilustres e indelebles, que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá nunca desvirtuar ni oscurecer».
León XIII, Immortale Dei, 1885, 28.
Presentación del Autor

En el año 1991 dicté un curso sobre la Cristiandad a solicitud de la Corporación de Abogados Católicos. Me pareció un ofrecimiento interesante ya que si bien pululan las monografías sobre la Edad Media, apenas sí se ha intentado la exposición de una visión panorámica que incluya la diversidad de los aspectos que caracterizan a dicho período. Me puse, pues, a bucear en la abundantísima literatura medievalista. Y de dicha lectura brotó el curso, dictado en ocho conferencias, cada una de ellas desdoblada en dos.

Más allá de mis expectativas, el curso fue seguido por un público numeroso, selecto, evidentemente interesado en los distintos temas que lo jalonaban. Durante el transcurso, y especialmente al término del mismo, varios de los asistentes me preguntaron si no pensaba publicar las ponencias. Mi respuesta, reiterada una y otra vez, fue negativa, ya que pensaba no haber dicho nada original, ni tratarse de un trabajo de investigación científica. En las conferencias eslabonaba una cita con otra, no declarando siempre su origen, como es normal en el estilo hablado. El único mérito, si lo hubo, lo constituía la síntesis de todo lo leído, y el abanico de temas que posibilitaba la comprensión de lo que fue la Weltanschauung medieval.

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El pensamiento de la Revolución Nacional


por el Dr. Antonio de Oliveira Salazar
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Para que sirva de prefacio

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Este libro se titula Discursos más por la facilidad del nombre que por la exactitud de la expresión. Con mayor propiedad debería deno­minarse: Trozos de prosa que fueron pronuncia­dos. Lo fueron por su autor ante auditorios más o menos numerosos, y al escribirlos originaria­mente con tal destino, no podía darles cualida­des impropias de esa finalidad.
La oratoria tiene sus exigencias y sus reglas, descubiertas por la razón y por la experiencia, y propias para la consecución de sus objetivos; pero la verdadera elocuencia no se logra con satisfacer íntegramente esas exigencias y obe­decer fielmente esas reglas. La elocuencia no es el brillo de la forma, ni la locuacidad del orador, ni la claridad del asunto, ni la corrección,ni del decir, ni la majestad y movimiento de la exposición, ni la propiedad de los gestos, ni la riqueza de las modulaciones vocales: nada de ésto por si solo, aunque ciertamente sea algo de todo ello; es por encima de todo, don misterioso de comunicabilidad por la palabra hablada, que muy pocos hombres poseen, y con el cual, según los términos clásicos, se convence, se deleita y se persuade a los oyentes. Como obra de arte, el discurso tiene sobre todas las otras la excelencia, y al mismo tiempo la fragilidad, de ser obra viva, imposible de conservarse en el tiempo: solo existe en toda su plenitud y perfección en el momento mismo en que es creada. Después, quedan los trazos de las ideas y las cenizas de las pasiones, apagadas, muertas, sin alma.
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El Papa San Pío X: Memorias (3)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val
MI PRIMERA AUDIENCIA CON PIO X
Había terminado el Conclave. Después de rendir home­naje, de acuerdo con el ceremonial, al Pontífice recien­temente elegido, los Cardenales abandonaron el Vaticano para reintegrarse a sus respectivas residencias en varias partes de la ciudad.Las últimas horas de aquel día memorable las in­vertí, sentado ante mi mesa, en la Sala Borgia, revisando pa­peles y despachando los asuntos más urgentes que habría de ultimar antes de emprender mi regreso.
Al ser elegido el Papa, aquella mañana del día 4 de agosto, le acompañé desde su puesto en la Capilla Sixtina, a una ha­bitación pequeña, contigua al lado del Evangelio, donde el Santo Padre se puso la sotana blanca y donde tuve el privile­gio de colocar el también blanco solideo sobre su cabeza. Se dirigió entonces a ocupar su puesto en la silla colocada frente al altar mayor.
Ante él desfilaron, por turno, en la forma acos­tumbrada e inclinándose en señal de obediencia al nuevo Papa, todos los Cardenales. En este intervalo, el Cardenal diácono más antiguo, Monseñor Macchi, abandonó la Capilla Sixtina para ir a proclamar la elección de Su Santidad desde el bal­cón principal que mira a la gran plaza de San Pedro.
Inmediatamente después, es costumbre que el Papa dé su primera bendición solemne Urbi et Orbi.
El maestro de ceremonias, Monseñor Riggi, preguntó al nuevo Pontífice si pen­saba hacerlo así desde la loggia interior de la Basílica o desde la exterior que domina la ciudad. El Santo Padre volvióse ha­cia mí, preguntándome cuál era la opinión del Sacro Colegio a este respecto. Por indicación del Cardenal Decano, a quien transmití la pregunta, informé a Su Santidad que el Colegio de Cardenales había examinado la cuestión antes del Conclave, en reunión a la que él no había asistido, y aun cuando se inclinaban por la conveniencia de que la bendi­ción papal fuera dada dentro del recinto de la Basílica, si­guiendo el ejemplo de León XIII, no querían coartar la liber­tad de Su Santidad y dejaban el asunto a su decisión .
"Me someteré a la opinión del Sacro Colegio", fue la respuesta del Papa. Al preguntarle yo si deseaba dirigirse en seguida a San Pedro a este propósito o prefería aplazarlo para horas más tarde, contestó que le era indiferente y que obraría según se estimase más oportuno. Me atreví a sugerirle mi opinión de que tal vez fuera mejor no demorar la ceremonia, y así se hizo.
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24 de Octubre, Festividad de San Rafael Arcángel


El Arcángel San Rafael, uno de los espíritus celestiales que, gozando de la beatífica y eternal presencia de Dios, se nos han manifestado nominalmente, fue enviado por divina dignación para destacar dos hechos importantes de tal protección: la curación de Sara de la opresión del demonio y la curación de la ceguera de Tobías, juntamente con la protección viandante al joven Tobías. Es por ello que la Iglesia, particularmente en España, celebra su fiesta con especial veneración; siendo muchas las instituciones puestas bajo su especial patronazgo, entre ellas, las fuerzas municipales de la Guardia Urbana y la Orden de San Juan de Dios en sus hospitales.

— Fiesta: 24 de octubre. Misa propia.
Es San Rafael uno de les tres santos mílites de la corte celestial que nominalmente venera la Madre Iglesia y destaca como dignos de veneración particular. Su historia está referida en el Libro de Tobías del Antiguo Testamento. Se cuenta en dicho Libro que el santo Patriarca Tobías de la Ley mosaica destacaba por su virtud y temor de Dios, practicando todas las obras de misericordia y caridad. Permitió el Señor, no obstante, que sufriera tribulaciones y trabajos: fue cautivo en Nínive de Salmanasar, perdió sus bienes y hacienda y hasta fue condenado a muerte por el rey Senaquerib, librándose de ella mediante la fuga. Al regreso a su casa, dedicóse nuevamente a obras de misericordia.
Fatigado un día del trabajo de enterrar a los muertos, israelitas como él y víctimas de las iras del rey, quiso descansar junto a una pared, cayéndole entonces en los ojos, mientras dormía, inmundicias de un nido de golondrinas y quedando por ello ciego. Sobrellevó con admirable paciencia y resignación esta prueba del Señor, soportando hasta agravios y ofensas de su mujer y amigos, que se burlaban y hacían mofa del poco provecho que sus penitencias y virtudes le habían traído. “Todo ello le causaba profunda pena, por lo que rogaba fervientemente al Señor auxilio y consuelo. Al mismo tiempo que Tobías insistía en tales fervientes súplicas, una doncella llamada Sara, hija de Raguel, vecina de Rages, ciudad de los medos, rogaba también a Dios la librara de la desgracia que la afligía, con la muerte de sus varios esposos, apenas contraía matrimonio. Oyó el Señor las oraciones de Tobías y de Sara y envió a su Arcángel Rafael para aliviarlos.
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