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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

10 de noviembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (9)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val



Capítulo VIII

SU CULTURA Y ELOCUENCIA


Ninguna fuente de información más digna de crédito so­bre los primeros años y educación del Pontífice Pío X que el testimonio del canónigo Marchesan deTreviso, cuida­dosamente reunido y publicado en su Vida de Pío X. En dicho volumen, el autor testifica el aprovechamiento de Giuseppe Sarto en el estudio de los clásicos y de la litera­tura, aprovechamiento que le valió siempre los plácemes de sus profesores, y del que más tarde dio pruebas abundantes en innumerables discursos, alocuciones, sermones y cartas pastorales, no menos que en su correspondencia particular.

Pío X estaba sumido hondamente en el trabajo pastoral, único objeto de su vida, como Párroco, como Obispo y como Supremo Pontífice, para poder dedicar una parte considera­ble de tiempo a las actividades literarias o artísticas. No obs­tante, cuando la ocasión se presentaba, revelaba las dotes y los gustos de una mente cultivada, tanto en el campo literario como en el artístico. Había leído mucho. Las Santas Escrituras, la Teología y la Historia parecían ser sus materias preferidas, y aun en medio de las tareas cotidia­nas y de la incesante labor de su elevado ministerio —lo he comprobado personalmente—, gustaba leer varias obras y mantener contacto con el pensamiento moderno.

Una y otra vez había de sorprenderme con su exacto conocimiento de naciones y pueblos distantes, de sus tradiciones, costumbres y carácter peculiar. De aquí la facilidad que poseía para ha­cerse cargo de una situación y apreciar los puntos de vista y sentimientos predominantes de países tan distintos del suyo, que nunca había visitado. Sin hacer mención de países cuya información se encuen­tra más al alcance de una mentalidad occidental, su com­prensión, por ejemplo, de las intrincadas cuestiones relacio­nadas con los eslavos, con su liturgia y sus aspiraciones na­cionales, era a veces notable. Debíase esto, sin duda, en gran parte, a los conocimientos adquiridos con el contacto de muchos representantes de aquellas nacionalidades durante los nueve años que residió en Venecia.

Tenía siempre ante su mesa las publicaciones más recien­tes en italiano y francés sobre los más diversos asuntos. Leía el francés sin la menor dificultad y con verdadero placer, aun­que le intimidaba siempre hablar esta lengua, principalmen­te, presumo, porque no conseguía dominar su pronunciación y acento. No obstante, en algunas ocasiones le oí seguir una conver­sación privada en este idioma, y una de las veces, precisa­mente después de la solemne beatificación de Juana de Arco, ante centenares de peregrinos reunidos en San Pedro para su solemne audiencia, los sorprendió gratamente a todos con una larga respuesta en francés al discurso de homenaje que le fue dirigido.

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La Catedral Profanada


por el Dr Antonio Caponetto

Tomado del Blog de Cabildo



ANTE UNA NUEVA Y
GRAVE PROFANACIÓN DE LA CATEDRAL
METROPOLITANA

El próximo martes 11 de noviembre —si la ira justiciera de Dios no dispone lo contrario— la Catedral Metropolitana de Buenos Aires sufrirá un nuevo y gravísimo agravio.

No se trata en la ocasión del regular desfile sacrílego que frente a ella, y con la anuencia explícita del Gobierno, realizan en tropel los sodomitas y sus aliados de depravada especie. Tampoco de la invasión de las Madres, cuya sola presencia es una deposición irreverente y procaz. Ni del arribo oficial de la masonería, ultrajando el espacio sacro so pretexto de un indebido homenaje al Gral. José de San Martín.

No; en la Festividad del Patrono de la Ciudad, la Arquidiócesis de Buenos Aires mediante su Comisión de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso, por un lado; y la tenebrosa B’Nai B’rith por otro, co-celebrarán una “liturgia de conmemoración” en el “70 aniversario de la Noche de los Cristales Rotos”. Tamaño oficio religioso —según lo anuncia la invitación oficial que tenemos a la vista— suma, además, los auspicios y las adhesiones de cinco instituciones judaicas, unidas todas con la jerarquía católica nativa para “honrar y recordar” a las víctimas de “los nazis” que “en la noche del 9 de noviembre de 1938, profanaron y destruyeron más de 1000 sinagogas, mataron a decenas, encarcelaron a 30.000 judíos en campos de concentración [saqueando] negocios y empresas”.

El hecho, por donde se lo mire, constituye una mentira infame y una abominación que clama al cielo. Mentira es que se acuse, sin más, a los nazis, de los luctuosos y reprobables hechos conocidos como la Kristallnacht o Noche del Cristal, repitiendo por enésima vez la versión canonizada por la propaganda sionista y las usinas aliadas, ya varias y científicas veces rebatida en trabajos como los de Ingrid Weckert (“Crystal Night 1938. The biggest anti-german spectaculum”), o el de “Flash Point, Kristallnacht 1938. Instigators, victims and beneficiaries”. Mentira es que se oculte el asesinato, a manos del judío Herzel Grynscpan, del diplomático alemán Ernst von Rath, cuya alevosía —sumada a otras acciones judaicas de similar tono— motivó la reacción violenta contra los israelitas aquella noche trágica y condenable.

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10 de Noviembre, Festividad de San León Magno, Papa, Padre y Doctor de la Iglesia


La soberana personalidad de San León Magno es, en realidad, tan grandiosa, que apenas sabemos de él más datos —olvidados los de su infancia, educación y juventud— que los gigantes de su pontificado.

Debió nacer en los primeros años del siglo V o finales del anterior, época crucial y erizada de problemas, donde habían de brillar sus dotes excepcionales.Parece que fue romano, (tusco le llama el Liber Pontificalis), y bien lo manifiesta el fervor con el que habla en sus discursos de aquella Roma imperial sublimada por el cristianismo, que llama su patria:
"La que era maestra del error se hizo discípula de la verdad... Y aunque, acumulando victorias, extendió por mar y tierra los derechos de su imperio, menos es lo que las bélicas empresas le conquistaron, que cuanto la paz cristiana le sometió. Y cuanto más tenazmente el demonio la tenía esclavizada, tanto es más admirable la libertad que le donó Jesucristo."En el año 430 era ya arcediano de la iglesia papal, cargo que solía llevar la sucesión en el Pontificado. Y ya para entonces eran admiradas su sabiduría teológica, su elocuencia magnificente y su diplomacia habilísima.

En una legación a las Galias donde se preparaba la infecunda victoria de los Campos Cataláunicos sobre las hordas de Atila, le sorprendió la muerte del papa San Sixto III y su elevación al trono pontificio, acogida con grandes aclamaciones por el pueblo romano. Era el 29 de septiembre del 440.
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9 de noviembre de 2008

Nueva "Misa " holandesa. Con el copyright de los dominicos



por Sandro Magister

Tomado de Asociación Cultural Monfort

ROMA, 3 de octubre del 2007


– En el volver a darle plena ciudadanía al rito antiguo de la misa, con el motu proprio “Summorum Pontificum”, Benedicto XVI ha mencionado su intención de reaccionar también al exceso de “creatividad” que en el nuevo rito “llevó a menudo a deformaciones de la liturgia al límite de lo soportable”. Ateniéndose a lo que ocurre en algunas áreas de la Iglesia, esta creatividad incide no sólo sobre la liturgia sino también sobre los mismos fundamentos de la doctrina católica.

En Holanda, en Nijmegen, en la iglesia de los frailes agustinos, cada domingo la misa es presidida conjuntamente por un protestante y por un católico, que se turnan entre la liturgia de la Palabra y el sermón, y la liturgia eucarística. El católico es casi siempre un simple laico, y frecuentemente una mujer. Para la plegaria eucarística, en vez de los textos del misal se prefieren los textos compuestos por el ex jesuita Huub Oosterhuis. El pan y el vino lo comparten todos.

Ningún obispo ha autorizado jamás esta forma de celebración. Pero el P. Lambert van Gelder, uno de los agustinos que la promueve, está seguro de estar en lo correcto: “En la Iglesia son posibles diferentes formas de participación, nosotros somos parte de la comunidad eclesial a todos sus efectos. No me considero para nada cismático”.
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Herejes (12)


por Gilbert K. Chesterton


El paganismo y Lowes Dickinson

Sobre el nuevo paganismo (o neopaganismo), tal como fue espectacularmente predicado por Swinburne, o delicadamente por Walter Pater, no hay necesidad de dejar mucha constancia, excepto como algo que dejó tras de sí incomparables ejercicios en la literatura inglesa. El nuevo paganismo ya no es nuevo, y nunca, en ningún momento, se pareció en lo más mínimo al paganismo. Las ideas sobre la civilización antigua que han arraigado en la mentalidad pública son ciertamente extraordinarias.

El término «pagano» se usa constantemente en la ficción y en la literatura superficial como sinónimo de «hombre sin religión», cuando lo cierto es que el pagano solía ser un hombre con media docena de ellas. Los paganos, según esta noción, se pasaban el día tocándose con coronas de flores y bailando en estado de embriaguez, cuando lo cierto es que, si había dos cosas en las que la mejor civilización pagana creía sinceramente, eran en un sentido de la dignidad bastante rígido y en un sentido de la responsabilidad rígido en exceso. A los paganos se los representa, sobre todo, como ebrios y libertinos, cuando lo cierto es que, sobre todo, eran razonables y respetables. Se les alaba por desobedientes, cuando poseían sólo una gran virtud: su obediencia cívica. Se les envidia y se les admira por ser desver­gon­zadamente felices, cuando lo cierto es que su único gran pecado fue la desesperación.

Lowes Dickinson, el más maduro y provocador de los escritores que últimamente han abordado este tema y otros similares, es un hombre demasiado sólido como para haber caído en el viejo error de considerar el paganismo como una mera forma de anarquía. Para usar en beneficio propio ese entusiasmo helénico que tiene como ideal el mero apetito y el egotismo, no hace falta conocer gran cosa de filosofía, basta con saber algo de griego. Lowes Dickinson sabe bastante de filosofía, así como mucho griego, y su equivocación, si es que se equivoca, no es la del simple hedonista. Pero la diferencia que establece entre cristianismo y paganismo en la cuestión de los ideales morales – diferencia que expone con maestría en un ensayo titulado «How long halt ye?» [«¿Hasta cuándo claudicaréis?»] publicado en la Independent Review – contiene, en mi opinión, un error más profundo. Según él, el ideal del paganismo no era, claro está, un mero paroxismo de desenfreno, libertad y capricho, sino un ideal de humanidad plena y satisfecha.Según él, el ideal del cristianismo es un ideal de ascetismo.
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9 de Noviembre, dedicación de la Basílica de Letrán


En las Actas o Hechos del Martirio de San Justino y Compañeros se lee: «De nuevo preguntó el prefecto Rústico: `¿En dónde se reúnen?'. Justino contestó: `En donde cada uno puede y prefiere; tú crees que todos nosotros nos reunimos en un mismo lugar, pero no es así, porque el Dios de los cristianos, que es invisible, no se puede circunscribir en un lugar, sino que llena el cielo y la tierra y sus fieles lo veneran y lo glorifican en cualquier lugar»'. En su franca respuesta, el grande apologista San Justino repetía ante el juez lo que Jesús le había dicho a la samaritana: «Créeme, mujer, ha llegado la hora de que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis al que no conocéis, nosotros adoramos al que conocemos, porque la salvación viene de los judíos, pero ha llegado el momento, y es este, en el que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque el Padre quiere estos adoradores. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad». (Jn 4: 21-24).
La fiesta de hoy, la de la dedicación de la Basílica del Santísimo Salvador o de San Juan de Letrán, ciertamente no contrasta con el testimonio de San Justino ni con la palabra de Cristo. En efecto, salvos el deber y el derecho de la oración siempre y en cualquier lugar, también es cierto que desde los tiempos apostólicos la Iglesia, como grupo de personas, ha tenido necesidad de algunos lugares para reunirse a orar, proclamando la Palabra de Dios y renovando el sacrificio de la muerte y resurrección de Cristo, cumpliendo sus palabras: «Tomad y comed todos; tomad y bebed todos; haced esto en memoria mía».
A1 principio estas reuniones se hacían en las casas privadas, entre otras cosas porque la Iglesia no tenía ninguna aprobación oficial. Pero esto debió suceder muy pronto: hay un episodio singular al principio del siglo III cuando Alejandro Severo dio razón a la comunidad cristiana en un proceso contra los hosteleros, que reclamaban contra la transformación de una hostería en lugar de culto cristiano.
La basílica lateranense fue fundada por el Papa Melquíades (311-314) en las propiedades donadas para este fin por Constantino al lado del Palacio Lateranense, hasta entonces residencia imperial y después residencia pontificia. Así nació la «iglesia-madre de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe», destruida y reconstruida muchas veces. En ella o en el antiguo Palacio Lateranense (ahora sede del Vicariato de Roma) se celebraron cinco concilios, en los años 1123, 1139, 1179, 1215 y 1512. «Pero el templo vivo y verdadero de Dios debemos ser nosotros» dice San Cesarlo de Arles.

8 de noviembre de 2008

Vivaldi: Gloria in D major (RV 589)

Antonio Vivaldi (1678 - 1741).

Gloria, for 3 solo voices, chorus, trumpet, oboe, violin (ad lib), 2 violas, 2 cellos, strings & continuo in D major (RV 589):


Concerto Italiano.

Deborah York (Soprano).
Patrizia Biccire (Soprano).
Sara Mingardo (Contralto).

Dir. Rinaldo Alessandrini.












Movements:

Gloria in excelsis Deo (Chorus).
Et in terra pax (Chorus).
Laudamus te (Sopranos I and II).
Gratias agimus tibi (Chorus).
Propter magnam gloriam (Chorus).
Domine Deus (Soprano).
Domine, Fili unigenite (Chorus).
Domine Deus, Agnus Dei (Contralto and Chorus).
Qui tollis peccata mundi (Chorus).
Qui sedes ad dexteram Patris (Contralto).
Quoniam tu solus sanctus (Chorus).
Cum Sancto Spiritu (Chorus).

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (1)


por el R.P. Raimondo Sorgia, O.P.


1. Carta abierta al lector

Hablar de la misteriosa realidad que es la Sábana Santa supone adentrarse en un tema apasionante, en un gran problema.

Los adultos probablemente habrán visto u oído hablar de las imágenes de la Sábana de Turín, sobre todo desde que en 1973 se transmitiera por Eurovisión su imagen, y posteriormente el documental que compraron y retransmitieron las cadenas de televisión de muchos países. Imagino que también muchos jóvenes saben algo sobre la Sábana, porque desde hace tiempo periódicos y revistas le han dedicado títulos, artículos y fotografías, especialmente con ocasión de su ostensión desde agosto hasta octubre del año 2000. Quizás algunos lectores hayan tenido ocasión de visitar la Sábana Santa y la exposición organizada con tal motivo en Turín en estas fechas. En todo esto radica una de las dificultades del tema: exponerlo de forma que sea accesible a personas con muy diferente nivel de información y de interés sobre el mismo.

Por otra parte, es preciso que se trate de una explicación seria, objetiva, completa, que al mismo tiempo resulte comprensible. Son muchas las preguntas científicas y religiosas que se plantean alrededor del fascinante atractivo de la imagen del Hombre de la Sábana más misteriosa de la historia, y es seguro que al encontrarse con ellas el lector querrá encontrarlas resueltas. Por eso, no obstante la dimensión reducida de este cuaderno, se incluyen en él datos históricos, descripciones científicas, narraciones de los Evangelios, reconstrucciones de ambientes y además, reflexiones fundadas en la razón y en la fe. Aunque para algunos resulten superfluas determinadas explicaciones, comprenderán fácilmente que otros precisarán de ellas.

Es cierto que se podría haber sistematizado un material tan rico y complejo dentro de esquemas más rígidos. Pero he preferido no hacerlo; y más bien hablar de la Sábana, auténtico universo incluido dentro de cuatro metros de tela, en la manera más fluida y atrayente que pudiera. Hablar de la Sábana no es simplemente volver atrás en el pasado, como quien recorre de nuevo las excavaciones de una ciudad antigua por el mero gusto de conocerla. La Sábana Santa se presenta a la mentalidad moderna como un desafío, un pacífico y exaltante reto que «no teme a los exámenes, y que solo tiene miedo de ser enjuiciada sin haber sido sometida a examen».

Puede sorprender el hecho de no encontrar siempre de acuerdo a los estudiosos acerca de un determinado problema, en especial al interpretar algunos fenómenos, o al atribuir a los mismos una causa u otra. Es fácil que esto suceda en los casos de indagaciones realizadas por investigadores distintos, sobre casos particularmente complicados. Al principio habrá tantas conclusiones como investigadores: cada uno de ellos, se habrá valido, como es lógico, de sus propios métodos, indicios, técnicas deductivas. Cada uno ha buscado el centro de la cuestión partiendo de su punto de vista. Es posible que sólo un último investigador, confrontando los elementos recogidos por sus colegas y eliminando gradualmente las hipótesis de menor consistencia, llegue a dar con una solución del misterio satisfactoria, definitiva y completa.

En el caso que nos ocupa, esto ocurre además en un enigma que, como la Sábana Santa, está constituido por otros cien misterios de menor importancia, pero estrechamente relacionados entre sí. Por eso en los puntos más arduos, todavía abiertos a la investigación científica, se presentan dos o más hipótesis sobre su explicación. Al autor le corresponde el deber de informar y de ofrecer un mínimo de orientación sobre ellos; pero después tendrá que ser el lector quien llegue a una conclusión mediante su inteligencia, capacidad de reflexión y ánimo humilde.

Finalmente, quiero hacer tres sugerencias que serán de utilidad para interpretar mejor el rostro del Hombre de la Sábana:

1ª.- Las dos bandas más oscuras en el positivo, es decir, en la foto al natural, que se notan enseguida alrededor del rostro y que le dan un extraño alargamiento, son debidas en parte a la masa de los cabellos y en parte a un casual amarilleamiento de esa parte de superficie, determinada por una mayor exposición a la luz; o bien podría tratarse de una distinta tonalidad del tejido por una diferencia de calidad en las fibras de lino utilizadas por el anónimo tejedor palestino.

2ª.- Hay que tener siempre presente las condiciones físicas en las que se encontraba el cuerpo de Jesús en el momento de la sepultura. Entre las deformaciones más marcadas y que destrozaron sus facciones, deben considerarse: la rotura del cartílago de la nariz, a causa de un puñetazo o bastonazo, o bien por una caída violenta, de donde resulta una ligera desviación hacia la derecha y una caída hacia el labio superior del extremo de la punta de la nariz. El ojo y la ceja derecha aparecen hinchados; como el labio superior mismo y la región del pómulo derecho. También el mentón, aun teniendo en cuenta un cierto espesor de la barba, aparece hinchado por un fuerte golpe o una caída al suelo. Imaginando una línea vertical que pase entre las cejas y la mitad de la boca, es conveniente «aislar» el lado izquierdo del rostro, pues ésa es, de algún modo, la parte más íntegra.

3ª.- Es necesario habituarse a mirar la imagen del rostro, y observarla pausadamente. Mejor aún si se enmarca, como retrato, y se le mira a distancia.

Sucede a veces, que mientras alguien de noche mira el cielo, tiene la impresión de que en un momento determinado, una nueva estrella se ha encendido delante de sus ojos. Un astrónomo diría que es el rayo de una estrella alejada de nosotros miles de años-luz, que esta noche ha alcanzado precisamente nuestra atmósfera y ha podido ser vista por quien estaba contemplando el firmamento. En la Sábana Santa hay también una determinada señal luminosa, que empezó a lucir hace dos mil años, y que puede que ahora se encuentre con el lector de estas páginas.

La Cristiandad, una realidad histórica (7)


por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.


Capítulo VI

La post-Cristiandad


La Cristiandad fue un hecho histórico, una realidad concretada, no una mera utopía de gabinete. Ello no significa que haya sido la realización perfecta del ideal soñado, lo cual es imposible en esta tierra, dada la debilidad de la naturaleza humana. Decía Péguy que siempre el número de los pecadores será mayor que el de los santos. Con todo, si hubo algún período de la historia en que el poder político y el orden temporal reconocieron la superioridad del orden sobrenatural fue, sin duda, la Edad Media. Luego soplarán otros vientos y se predileccionarán otras excelencias. A estos nuevos vientos y distintas excelencias nos referiremos en la presente conferencia.

Por cierto que el Evo Moderno no apareció de la mañana a la noche. Algunas de sus líneas ya comenzaron a insinuarse durante el transcurso de la Edad Media, especialmente en sus postrimerías. Comenzó, por ejemplo, a atribuirse un valor nuevo al dinero, con la consiguiente inclinación al lucro; la unidad política empezó a agrietarse y el Imperio se fue volviendo una ficción; en el orden de la cultura, las ciencias y las artes, que justamente habían ido adquiriendo una sana autonomía, seguirían su camino centrífugo, pero ahora en detrimento de su subordinación esencial a la teología.

Dificil nos será sintetizar en esta sola conferencia el complejo proceso de los tiempos modernos. Lo han intentado ya muchos pensadores. Dada la vastedad del tema, nuestro tratamiento del mismo será, por necesidad, sucinto y apretado.

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La muerte de un inquisidor


por Vittorio Messori

El verano propicia las relecturas, sobre todo las de textos clásicos. Como tal se considera La civilización del Occidente medieval de Jacques Le Goff, que leí cuando se publicó en francés y que ahora, después de muchas ediciones en varias colecciones, Einaudi vuelve a presentar en edición de bolsillo. Aprovecho este día de verano para darle un repaso.

Entre los medievalistas laicos, Le Goff es uno de los santones pero no es ajeno a las gaffes, la más clamorosa de las cuales es la del asesoramiento histórico para la adaptación cinematográfica de El nombre de la rosa de Umberto Eco, quien tuvo que admitir que «su» Edad Media, la del libro, era históricamente más exacta que la reflejada en imágenes con el consejo «científico» de este tan homenajeado profesor francés. Pero Le Goff también es autor de El nacimiento del Purgatorio, obra que, a pesar de su apariencia severamente académica, hay que tomar con pinzas y está plagada de un deseo iconoclasta (si bien hábilmente enmascarado) hacia la pastoral y, sobre todo, el dogma católicos.

Volvamos a La civilización del Occidente medieval, donde tampoco faltan perspectivas sectarias, o más bien, falsedades propiamente dichas. Por ejemplo, en las páginas 102 y 103 de la última edición italiana, dice así: «Los dominicos y los franciscanos se convierten para muchos en símbolo de hipocresía; los primeros inspiran aún más odio por la forma en que se han puesto al frente de las represiones de la herejía, que por el papel asumido en la Inquisición. Una revuelta popular en Verona acaba cruelmente con el primer "mártir" dominico: san Pedro, llamado precisamente, Mártir, y la propaganda de la orden difunde su imagen con un cuchillo clavado en el cráneo.»

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8 de Noviembre, Conmemoración de lo Cuatro Santos Coronados


Recordamos a cuatro hermanos mártires: Severo, Severino, Carpóforo y Victorino, que vivieron en la última parte del siglo III y a comienzos del IV.

Servían como militares al emperador Diocleciano, pues gozaban de gran reputación como soldados, y tenían puesto honoríficos en la corte. Además, eran cristianos y no ocultaban su condición de tales; asistían a las reuniones y a los oficios divinos, generalmente realizados en las catacumbas, socorrían a los pobres y visitaban a los presbíteros.

En el año 304, Diocleciano decreto que todos los súbditos del Imperio sacrificasen públicamente a los dioses. Se desató de este modo, con mayor furor, la persecución contra los seguidores de Cristo, y prontamente los cuatro santos fueron apresados. Como se negaron a prestar juramento a los dioses, fueron llevados delante del ídolo de Esculapio y amenazados de muerte si no le rendían culto.
Los cuatro gritaban: "¡Es un falso Dios!".
Fueron azotados cruelmente, pero ellos continuaron gritando: "¡Nuestro Dios es Jesucristo!"

Se los sometió a toda clase de tormentos. Y así, entregaron su vida. Diocleciano ordenó que sus cuerpos fuesen arrojados a la plaza, para que sirvieran de alimento a los perros.
Afirma la tradición que transcurridos cinco días, ningún perro se les acercó, poniendo de manifiesto que los hombres eran más crueles que las bestias. Los cristianos, en secreto les dieron sepultura en una arenal.
Sus restos están ahora en la iglesia que lleva el nombre de los Santos Coronados, en Roma.
Los santos mártires Claudio, Nicóstrato, Sinforiano, Castor y Simplicio, cuyo recuerdo celebra la Iglesia también hoy, padecieron en la misma persecución y fueron sepultados en el mismo cementerio.

Éstos cinco eran escultores de profesión y se negaron a esculpir una estatua del dios Esculapio, para no dar lugar a idolatría. Diocleciano mandó que fuesen azotados, sus cuerpos se colocaron en cajones y arrojados al río.
No es seguro que este hecho haya ocurrido en Roma o que en realidad ocurrió en Panonia (actual Hungría).
No obstante sus restos descansan también en la iglesia de los Santos Coronados, en Roma.

7 de noviembre de 2008

Dos reflexiones



Por D. Rubén Calderón Bouchet


Tomado de Argentinidad



EL TIEMPO Y LA SANGRE: El hombre ha sido hecho por Dios para que lo conozca, lo sirva, lo ame y de esta manera salve su alma y para nada más, añade con vascongada intrepidez San Ignacio de Loyola. La cosa, presentada así, con la brusca parquedad de un axioma, puede parecernos hoy demasiado simple y deja sin responder a una serie de interrogantes que desde la ciencia y la filosofía moderna saldrían al encuentro de nuestra inquietud. Personalmente me atrevo a dejarlo así, como ésta, porque me parece una respuesta saludable y muy bien fundada al misterio que nos plantea nuestra propia existencia.

En primer lugar porque si no nos hizo Dios ¿Quién nos hizo? ¿Cómo explico la aparición de este preguntón inagotable que emerge de rondón entre las bestias apacibles y comienza su inquietante aventura histórica? ¿A quién dirige sus preguntas? Y como esta es una pregunta más que se impone con todo el peso de una necesidad casi absoluta, el buen sentido sugiere la existencia de un interlocutor ante quien preguntamos y cuyo silencio nos llena de consternación y congoja. No obstante la respuesta de Dios es muy clara y cuando fue interrogado por Moisés frente a la zarza que ardía inexplicablemente ante sus ojos, dijo con toda seguridad: Soy el que soy, el que Es te envía para que respondáis a los tuyos.

Si Dios se señala a sí mismo como el Ser por antonomasia, todas las preguntas que hagamos en nuestra vida tienen que ser resueltas en la plenitud con que vivamos nuestra propia realidad. Es en la cumbre de nuestra generosidad existencial donde hallaremos la respuesta que sosiega y calma la congoja que despierta su aparente silencio. El monte Sinaí, el Tabor son los símbolos topográficos de la altura que es menester alcanzar para oír la contestación del Señor. Mientras permanecemos en los pantanos de la bajeza sólo oiremos el croar de los batracios y el lastimero ruido de las bestias que se arrastran.

Él es el que Es y el ser tiene gradaciones: desde el cascote al hombre, pasando por las plantas y los animales hay un ascenso claro que cualquier imbécil puede notar y colocados ya, en la escala de lo humano, desde el distraído por el son de las flautas bucólicas y el espejismo de los encantos carnales, hasta el abstraído en la contemplación de las verdades eternas hay diferencias existenciales tan notables que únicamente puede negarlas el que carece de ojos espirituales para percibir la nobleza de las almas.

Decía Don Quijote que nadie es más que otros si no hace más, pero el que hace más, es más. En este preciso sentido ascender la montaña de la generosidad hasta anegarse en el olvido de sí mismo, es la manera de arrimarse a Dios y escuchar la respuesta a la pregunta que le hemos dirigido y que consiste, fundamentalmente, en este ascenso a la cima de nuestra realidad.

Pero somos también sangre, tiempo y agonía, es muy cierto, pero la agonía no serviría para nada sino fuera capaz de vencer a la sangre y al tiempo. A la primera porque nos ata demasiado al dolor y al sufrimiento y al segundo porque nos encadena a los sucesos que, como el amor de los marineros: besan y se van y una noche nos casan con la muerte y no vuelven nunca más. Neruda estaba demasiado ligado al tiempo y a la sangre para escuchar la voz del Señor. En el tumulto que hacían las voces de las cosas no podía oír otra palabra hasta que quedó, acostado en su nostalgia y mecido por el rumor de las olas que no pueden responder a ninguna de nuestras preguntas.

La sangre y el tiempo son escabeles que nos conducen hasta el que verdaderamente Es o son etapas que nos detienen en el ascenso y nos engañan con el atractivo de su esplendor efímero. En la época juvenil es el fervor de la sangre lo que nos distrae de nuestros esfuerzos y dispersa las energías en el ancho campo de los atractivos sensuales. Más tarde, en el ocaso de la vida, nos atan a la tristeza, para hundirnos en la bajeza del dolor sin sentido.

Conocer a Dios es una cuestión de crecimiento humano, amarlo, es lo mismo que desear nuestra perfección y respirar el aire de las cumbres alcanzadas, sin olvidar que en el ascenso nos acecha un enemigo más solapado y malicioso que la carne. Se oculta en todos los desengaños y en cada una de las dificultades que el camino ofrece. Allí está, agazapado y estéril, para decirnos que todo, absolutamente todo es inútil, y que en la cima no hay más que cuatro piedras barridas por el viento. Dios quiere que aparezcan casi cuando el Sol se oculta y cuando apenas nos quedan fuerzas para negarnos a la sugestión de su derrotismo, por eso en el Padre Nuestro aparece al final, cuando ya hemos pedido el advenimiento del Reino y sólo nos queda rogar que nos libre del Malvado: “sed libera nos a Malo”.

Se dice que el llanto de un viejo es tanto más triste cuanto es el resumen de toda su vida y cuando un anciano llora, el Malo le insinúa al oído que él es el autor del universo, el fabricante de este dédalo absurdo del que sólo podemos salir por el artilugio de una muerte voluntaria.

CUESTIONES DE ESTILO: Entre el discurso parlamentario y la homilía dominical se desliza la cátedra como una suerte de disertación intermedia que tiene algo de discurso y un poco de homilética. En verdad no es ni una cosa ni otra, para discurso la falta énfasis y ese llamado a la emoción apto para conmover la fibra del partidario y para homilía carece del vuelo sobrenatural que conduce el alma a la contemplación de las verdades divinas. No obstante el buen catedrático no está totalmente libre de convocar la afectividad del oyente, necesita despertar una emoción que ayude a la faena intelectual y, en alguna medida, toque esas cuerdas del alma donde vibra el entusiasmo por la verdad y hasta asoma un poco la virtuosidad polémica que exige el combate contra la mentira filosófica o la deformación científica de algunos hechos. El buen catedrático tiene algo de polemista y, sin caer en la oratoria partidaria, debe sostener con buen ímpetu las opiniones comprometidas en el debate.

Siempre hay debate y nunca conviene evitarlo del todo, aunque se soslayen por impertinentes los dicterios ofensivos y los recursos a los golpes directos, muy eficaces en la polémica callejera, pero poco recomendables en la serenidad de la cátedra. Porque la cátedra tiene necesariamente que ser serena. Cuando el profesor manifiesta su iracundia, pierde seriedad y cae fácilmente en el ridículo, algo que debe evitarse como el peligro mayor que puede amenazar la integridad de un catedrático. El ridículo y el aburrimiento son los enemigos declarados: el primero en un sentido absoluto y total, un profesor ridículo, es inadmisible. En cambio un profesor aburrido puede tolerarse dentro de ciertos límites y con la seguridad de que conoce bien sus asuntos y es capaz de impartir una enseñanza saludable. Contra ambos flagelos es siempre aconsejable el uso de una discreta ironía. Entendámonos bien: la ironía no es el sarcasmo ni la burla, es el uso suave y matizado de un escepticismo muy ligero que afecta tanto al catedrático como a sus oyentes y los hacen partícipes de una cierta ignorancia extensible a todos los conocimientos humanos. Sabemos que dos y dos son cuatro, pero si damos a entender que esta seguridad plúmbea adviene solamente con los entes de razón, ponemos a nuestra afirmación un límite sereno y sonriente que nos devuelve más tranquilos a la perpleja inseguridad de los otros conocimientos. Gilson solía decir que el pensador moderno pensaba, allí donde el antiguo trataba de conocer y con esta suave advertencia nos ponía en guardia contra los abusos de la lógica en el accidentado terreno de la filosofía.

Cuando examinamos una obra literaria lo primero que se impone a nuestra consideración es el carácter del estilo: oratorio, homilético, catedrático, narrativo o dialogado y esto sucede en cualquier género literario, incluso en aquellas composiciones poéticas que por su brevedad podrían escapar a una apreciación de esta naturaleza. En Juan Ramón Jiménez predomina siempre el acento narrativo: ya se asome por la verja de un viejo parque desierto o se quede un instante en el balcón a solas con su enamorada. Antonio Machado es un orador sumamente parco y sobrio, pero decidido a marcar las tierras de Alvar González en el corazón de España con la decisiva tristeza de sus campos solitarios o increpar a Dios por haberle quitado lo que él más quería y haberlo dejado al fin en su coloquio con el mar. Unamuno era decididamente homilético y su vocación sacerdotal se hacía sentir en todo lo que escribía, así fuera en abierta polémica con la Iglesia. Ramiro de Maeztu y José Ortega y Gasset fueron dos profesores y como catedráticos universales asumieron, por su cuenta y riesgo, la faena de informar a los españoles de su época todo cuanto podía servirles para colocarlos en el nivel de los tiempos.

Un buen novelista tiene, necesariamente, que ser un buen narrador, pero, al mismo tiempo, es conveniente que sepa hacer hablar a sus personajes de acuerdo con lo que son y con lo que representan en la sociedad a la que pertenecen y ambas condiciones no siempre se dan en el mismo artista. Ricardo Gűiraldez lleva en Don Segundo Sombra una narración muy bien sostenida por la etopeya de su personaje central y los pocos diálogos que anima el cuadro evocativo tienen una indudable veracidad, pero son pocos y emergen, esporádicamente traídos a colación por el recuerdo de un personaje o de una escena vivida por su propia memoria.

Castellani es un escritor religioso y aunque sus homilías son de su exclusiva propiedad, imponen su presencia tanto en sus cuentos como en sus versos y los convierten en rezagos, no siempre de primera clase, de sus auténticos sermones.

El lobby gay pierde las elecciones



por Juanjo Romero

Tomado de De Lapsis

Acabaron las elecciones. Mis preferencias están documentadas, únicamente me resta decir, gracias Sarah Palin.

Tiempo tendremos para analizar los resultados y sus consecuencias, pero la misma lucha ya ha sido una victoria. Las posturas de apología del aborto de políticos ‘católicos’ como Pelosi —la «Presidenta del Congreso»— o Biden —el hoy vicepresidente— han servido para que los católicos useños, con sus obispos a la cabeza (como le gusta a Miguel Serrano), saltasen a la arena, con valentía. Sinceramente creo que los frutos los veremos pronto, el caminó comenzó a andarse.

Pero estos americanos son muy raros, y aprovechan las convocatorias de elecciones para someter a sufragio leyes que consideran importantes. En estos comicios se votaba sobre 153 propuestas en 36 estados. La verdad es que muy heterogéneas, desde once de ellas que preguntaban sobre la apertura de casinos, a otras tres sobre la prohibición del matrimonio homosexual.

Yo estaba especialmente atento a una batalla que creí perdida —hombre de poca fe—, fundamentalmente por la desproporción de medios: la proposition 8 en California. Estos benditos, pretendían volver a introducir en la constitución del Estado que «sólo el matrimonio entre un hombre y una mujer es válido o reconocido en California», esta simple adición deja fuera de la ley los innumerables intentos para reconocer el gaymonio. En Arizona y Florida, terminado el escrutinio, han salido adelante las propuestas, se protege el matrimonio entre hombre y mujer, uniéndose a otros 26 estados que ya habían aprobado leyes de protección de la familia en las elecciones de 2000 y 2004; en Arkansas además se protege la adopción, limitándola a parejas casadas (por lo tanto los artificios que utilizaba el lobby gay quedan también fuera de la ley).

Sin embargo el caso de California era singular. Por un lado, la Prop 8, como se la conoce, era una iniciativa ciudadana, promovida por distintas plataformas agrupadas en la ProtectMarriage.com. Por otro lado era el segundo asalto. Sorpresivamente se ganó en 2004 (con el 61%) una iniciativa similar —la Prop 22—, pero mediante prácticas de filibusterismo leguleyo (que os ahorro), fue obviada y se aprobó la ley que reconocía el matrimonio entre personas del mismo sexo.

La batalla era desigual, se tenía a la clase política en contra, a los medios de comunicación en contra, a la farándula ( Spielberg y Brad Pitt encabezan la lista de donantes al movimiento No Prop 8) en contra; Google y Apple donan a la campaña contra al Prop 8 un cuarto de millón de dólares. Cuatro años de machaque continuo, de una campaña sistemática para normalizar.

En medio de la intolerancia, e incluso violencia física, del lobby gay destacan los actos heroicos, unas veces anónimos, otras con trascendencia como la del obispo Soto. Al buen hombre le invitan a la National Association of Catholic Diocesan Lesbian and Gay Ministries (creo que no necesita traducción), y con un par, decide acudir a explicar la postura de la Iglesia. Ya sabemos cómo se las gastan los del lobby cuando están agrupados —por ejemplo en 1973, con técnicas propias de la mafia, consiguen que en contra de la opinión de la práctica unanimidad de los psiquiatras se redefina el concepto de homosexualidad—.

Pues Soto se presenta y les suelta un discurso para enmarcar. La prensa lo tituló It is sinful —Es pecado—, pero se quedaron en la superficie. Es un canto al amor, a la castidad, a la visión positiva de la persona, a que un homosexual es un buen cristiano pero la práctica de la homosexualidad no lo es. El estado de shock de la audiencia obligó al moderador a pedir perdón: no sabía lo que iba a decir el obispo, llegó a balbucear.

Escribo esto con un 91% del voto escrutado: 4.922.675 (52%) apoyan la Prop 8, 4.577.453 están en contra. Y aunque los representantes del lobby gay piden prudencia, creen que ese 9% les dará la victoria, ya han declarado esta jornada como día de la rabia (tendremos que prepararnos para recibir con la acostumbrada saña que estilan).

De confirmarse esta increíble noticia (en California ganó Obama con un 61%) crearía un precedente de que es posible la marcha atrás en las leyes contra la familia y la vida. Ya se está especulando si la ley es retroactiva a los gaymonios actuales.

La parte negativa es que no salieron adelante las propuestas de limitación del aborto. Pero la semilla está plantada. Hace más de cien años el partido Demócrata era el partido de la esclavitud, del Sur que se levantó contra el Republicano Abraham Lincoln. Hoy vuelve a estar, como toda la progresía, en contra de los débiles, de los desfavorecidos. Esta guerra cultural también la perderán.

Y parafraseando a Donoso Cortés, que el mal venza es lo natural, que lo haga el bien es sobrenatural. Pongamos los medios.

6 de noviembre de 2008

En incrédulas épocas: Credo. Vivaldi (RV 586)



Credo setting of Vivaldi's RV 586

No hay más datos.

A Oliveira Salazar



"Había algo de monje en su talante,
blanca la mano sobre el libro abierto,
la soledad fecunda del desierto,
camastro pobre, ayuno, verbo orante.

Algo de bravo caballero andante
que en sueños vive y a la vez despierto,
algo de asceta con el gesto yerto
o la sonrisa apenas anhelante.

No discute la patria, la defiende
de la usura sin rostros humanados,
cuando las hoces siegan los sembrados,
y al trigo blanco que del cáliz pende.

Para sí nada quiere, porque entiende
al poder como oficio de abnegados.
El cetro con la cruz van hermanados:
sólo el bullicio al gobernante ofende.

La nación es su casa solariega,

ese hogar lusitano junto al río,
su cátedra, su claustro, el labrantío.
Es el imperio de la fe andariega.

Señor de la mesura a quien no ciega
el aplauso mundano del gentío.
Sacrificio es mandar, pero el bajío
remonta al agua si el amor navega.

Tiene su acción el tono esponsalicio
de los antiguos reyes medievales,
sabedor de las normas teologales,
primero en el deber y en el servicio.

Tiene acaso en Platón su natalicio
en la aldea cristiana sus puntales,
el color de las frondas terrenales
la viril inflexión del epinicio.


Siempre de pie lo vieron en Lisboa
jerárquico en la acción y en el sosiego

entre Guinea, Mozambique y Goa.

Quieto el sol sobre Fátima se afila,

quietud de un pueblo en paz y sin trasiego.
Silencio todos: Salazar vigila."

Antonio Caponnetto

Herejes (11)


Por Gilbert K. Chesterton



XI. La ciencia y los salvajes



Una desventaja permanente para el estudio del folclore y los temas con él relacionados es que el hombre de ciencia rara vez es también hombre de mundo. Estudia la naturaleza, pero casi nunca se convierte en estudiante de la naturaleza humana. Incluso cuando vence esta dificultad y, en cierto sentido, se convierte en estudiante de la naturaleza humana, se trata sólo de un pequeño primer paso en el doloroso progreso hacia el ser humano. Pues el estudio de la raza y la religión primitivas se diferencia en un aspecto importante de todos, o casi todos, los estudios convencionales modernos.

Un hombre puede entender de astronomía sólo si es astrónomo; puede entender de entomología sólo si es entomólogo (o, tal vez, insecto). Pero un hombre puede entender mucho de antropología por el hecho de ser, meramente, hombre. Él es el animal al que dedica su estudio. De ahí surge el hecho que se da por todas partes en las investigaciones sobre etnología y folclore: el mismo espíritu frío y distante que logra el éxito en la investigación sobre astronomía o botánica, sólo logra desastres en el estudio de la mitología o los orígenes del hombre. Hace falta dejar de ser hombre para hacer justicia a un microbio; pero no es necesario dejar de ser hombre para hacer justicia a los hombres. Esa misma supresión de simpatías, ese mismo apartar las intuiciones o las corazonadas que hacen que los hombres sean preternaturalmente aptos para abordar el estudio del estómago de una araña, es lo que los hace preternaturalmente incapaces para el estudio del corazón del hombre.

Para entender la humanidad se vuelven inhumanos. Muchos hombres de ciencia se jactan de su ignorancia del otro mundo, pero en este asunto su defecto se pone en evidencia, no a partir de su ignorancia del otro mundo, sino de su ignorancia de éste. Pues los secretos de los que se ocupan los antropólogos se aprenden mejor, no a partir de libros o viajes, sino a partir de la relación habitual de unos hombres con otros. El secreto de por qué algunas tribus salvajes adoran a los monos, o la luna, no se descubre siquiera viajando al encuentro de esos salvajes y tomando nota de sus respuestas, por más que el más inteligente de los hombres decida seguir esa vía. La respuesta a ese enigma se halla en Inglaterra; se halla en Londres. Mejor aún, se halla en su propio corazón.

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La Cristiandad, una realidad histórica (6)



por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.


Capítulo V


El arte de la Cristiandad



Durante mucho tiempo se consideró el arte medieval como un arte decadente. Grave error. La Edad Media fue una de las épocas en que el arte resplandeció con mayor fulgor. Y conste que al afirmar esto no pensamos tan sólo en los artistas en sentido estricto. La sociedad, en su conjunto, vivió en un ambiente de belleza. Como afirma Huizinga, la estética de la existencia se mostraba en el aspecto cotidiano de la ciudad y del campo. Ya el mismo modo de vestir, con tanta diversidad de telas, colores, gorras y caperuzas, confería a los distintos estamentos de la sociedad un marco externo de hermosura y dignidad, que permitía percibir tanto las diferentes dignidades cuanto las delicadas relaciones entre los amigos y los enamorados. La estética de las emociones no se restringía a las alegrías y dolores del nacimiento, el matrimonio y la muerte, en que el espectáculo estaba impuesto por las circunstancias especiales. Todo lo que se refería al valor, el honor y el amor, era considerado a través de formas bellas y estilizadas (cf. El otoño de la Edad Media… 85-88).



En la presente conferencia analizaremos las diversas manifestaciones del arte en la Edad Media, pero lo haremos a la luz de la catedral, punto de partida y lugar de retorno de todas las expresiones estéticas que impregnaron de belleza la Cristiandad medieval.

Juan Donoso Cortés: Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (15)


Capítulo VIII

Soluciones de la Escuela Liberal relativas a estos problemas



Antes de poner término a este libro, me parece conveniente interrogar así a la escuela liberal como a las socialistas sobre lo que piensan acerca del mal y del bien, del hombre y de Dios, problemas temerosos con que tropieza forzosamente la razón al darse cuenta a sí propia de los grandes problemas religiosos, políticos y sociales.

Por lo que hace a la escuela liberal, diré de ella solamente que en su soberbia ignorancia desprecia la teología, y no porque no sea teológica a su manera, sino porque, aunque lo es, no lo sabe. Esta escuela todavía no ha llegado a comprender, y probablemente no comprenderá jamás, el estrecho vínculo que une entre sí las cosas divinas y las humanas, el gran parentesco que tienen las cuestiones políticas con las sociales y con las religiosas, y la dependencia en que están todos los problemas relativos al gobierno de las naciones, de aquellos otros que se refieren a Dios, legislador supremo de todas las asociaciones humanas.

La escuela liberal es la única que entre sus doctores y maestros no tiene ningún teólogo; la absolutista los tuvo, los levantó muchas veces a gobernadores de los pueblos, y los pueblos crecieron, durante su gobernación, en importancia y poderío. La Francia no olvidará nunca el gobierno del cardenal de Richelieu, afamado y glorioso entre los más gloriosos y afamados de la Monarquía francesa. El lustre del gran cardenal es tan limpio que afrenta al de muchos reyes, y su resplandor tan soberano que no padeció eclipse por el advenimiento al trono de aquel rey gloriosísimo y potentísimo a quien la Francia en su entusiasmo y la Europa en su asombro llamaron a un tiempo mismo el Grande. Cardenales y teólogos fueron Jiménez de Cisneros y Alberoni, los dos ministros más grandes de la Monarquía española: el nombre de aquél está gloriosa y perpetuamente asociado al de la reina más esclarecida y al de la mujer más insigne de nuestra España, famosa entre las gentes por sus insignes mujeres y sus esclarecidas reinas; el segundo es grande en la Europa por la grandeza de sus designios y por la agudeza y la sagacidad de su prodigioso ingenio. Nacido aquél en los dichosos días en que los altos hechos de esta nación la levantaron sobre la dignidad de la Historia, encumbrándola hasta la altura y la grandiosidad de la epopeya, gobernó con mano firme el gran bajel del Estado; y poniendo en silencio a la tripulación turbulentísima que iba con él, le llevó por mares inquietos a otros más apacibles y tranquilos, en donde hallaron el bajel y el piloto quieta paz y sosegada bonanza. Venido el segundo en aquellos tiempos miserables en que iba desdeñándose ya la majestad de la Monarquía española, estuvo a punto de volverla su antigua majestad y poderío, haciéndola pesar gravemente en la balanza política de los pueblos europeos.

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5 de noviembre de 2008

Obama y las marcas del Anticristo


por Eulogio López

Enviado por Aldo H. Delorenzi

Hispanidad, miércoles, 05 de noviembre de 2008

Se que el título de este artículo no me va a traer muchas simpatías, pero eso es lo bueno de hacerse viejo -o sea, mayor-: cada día que pasa preocupa menos el efecto que producen las palabras y más el motivo que las provoca.

Barack Obama ha vencido en las elecciones norteamericanas y lo ha hecho por goleada: con una participación holgada, triunfal, inhabitual en Estados Unidos. Los demócratas tendrán ahora la Presidencia, el Congreso, el Senado, 7 de las 11 gobernadurías en juego, a Hillary Clinton y, sobre todo, un apoyo popular como no ha disfrutado ningún presidente norteamericano, al menos desde la II Guerra Mundial. Es como un Zapatero, tan rencoroso y triste, pero a lo grande, presidente de la primera potencia del mundo.

Y esto es lo peligroso. Porque Obama es un iluminado que no se conforma con cambiar Estado Unidos: quiere cambiar el mundo entero. Es decir, quiere mandar sobre el mundo entero. Lo repiten como cotorras una progresía rendida a sus pies. Cuando hablo de las marcas del Anticristo me refiero a dos aspectos: será un hombre aclamado como un salvador por la mayoría de la humanidad todo el mundo, será una pacifista, será un globalizador, será un relativista, será un sincretista, un verdadero lobo vestido de cordero. Y, sobre todo, un hombre ensoberbecido, al que le cuesta horrores sonreír.

El nuevo presidente de los Estados Unidos es un retórico, con buena música y letra equívoca, al que se hace necesario interpretar. Por ejemplo, cuando habla de la nueva América uno piensa en la vieja Europa, decadente y relativista. Donald Rumsfeld es un personaje retorcido y peligroso, pero su definición de la Vieja Europa hirió tanto en Bruselas porque era horriblemente cierta.

Otra de las marcas del Anticristo se refleja en la obsesión anti-Palin que, además, ha sabido sembrar en todo el mundo. Palin representaba la creencia en una serie de principios, mientras Obama es un relativista. Y es verdad que los relativistas cambian, continuamente, al ritmo de sus propios caprichos.

Obama lo tenía chupado con McCain, porque si Obama da miedo McCain da pena, y unas elecciones no se ganan proporcionando lástima y hablando de las cicatrices del pasado sino de los planes de futuro. Todo el Nuevo Orden se conjuró, no contra McCain, sino contra los principios de Sarah Palin. Las multinacionales de la información repetían, una y otra vez, que el riesgo de que ganara McCain consistía en que se nos muriera a los pocos meses, dejando a Palin como presidenta. En verdad, ése era el temor.

Los papanatas progres repiten que Obama ha ganado por su proyecto económico. ¡Cielo Santo!, ¿de qué proyecto hablamos? Del Proyecto Bush.McCain dudó, Palin se opuso y fue silenciada, pero ni Obama ni Biden, dudaron un minuto: apoyaron el plan del denostado George, es decir apoyaron la plutocracia: los trabajadores y emprendedores del sueño americano financiarán (lo mismo que en Europa) a los rentistas y especuladores. Es decir, los productores trabajarán para los parásitos, los pequeños para los grandes, el pueblo para la oligarquía, y a esa plutocracia le llamaremos progresismo, por el hecho de que la lidere un afroamericano.

Otra de las marcas del Antricristo es la apostasía general, pero, ojo, no será una apostasía materialista como imaginan algunos milenarios ingenuos. Será una vuelta al paganismo sincretista del Viejo Imperio romano. Como Obama. Insisto: la Cristofobia actual no trata de destruir a la Iglesia, sino de conquistarla. Obama seguirá asistiendo a sermones con mucha marcha, cuanto más esotéricos mejor. El materialismo es tan inconsistente que no puede convencer a nadie con dos dedos de frente, o al menos a nadie nacido que no fuera adulto en 1968. No, la marca del Anticristo no es el ateísmo sino el panespiritualismo, la “new age” de Obama. Nada mejor para concretar esto que los dos personajes que le rodean: su vicepresidente, Joe Biden, católico por el derecho a decidir y la presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, una católica -millonaria, naturalmente- con una macedonia mental en la cabeza, y muy mala uva en las manos. Lo demostró cuando, a pesar de la prohibición de los obispos norteamericanos, utilizó una fila lateral para ir a comulgar durante la multitudinaria Eucaristía de Benedicto XVI en Nueva York.

McCain cerró su lamentable campaña pidiendo que Dios salvara a América. Habrá que ampliar las preces con Obama: que Dios salve al mundo entero. Este hombre es un peligro. Y sí, lleva las marcas del Anticristo. La primera de ellas, la tristeza; la segunda, el orgullo; la tercera, el resentimiento.

Por lo demás, es un tipo muy brillante.

Eulogio López

Sobre la Dificultad de Creer Hoy



por Josef Pieper



Lo complicado de toda discusión sobre argumentos y contraargumentos en el terreno de la fe se explica porque la fe, estrictamente considerada, no se apoya en argumentos, al menos en formulables argumentos objetivos, ni tampoco, por consiguiente, puede ser inquietada por tales argumentos. Naturalmente es éste un modo un tanto equívoco de expresarse; pero la cuestión es, precisamente, complicada en grado extremo. De una parte, la fe no acontece, cuando versa sobre correcto objeto, así porque si: eso es evidente. De otra parte decidirse a creer no es simplemente consecuencia de una argumentación. Jamás se ve uno forzado a creer algo así como en razón de las leyes de la lógica. Dada su naturaleza, la fe no es justamente competente consecuencia de premisas. Si yo hago una cuenta, no puedo hacer otra cosa, de buenas a primeras, que reconocer el resultado; sencillamente, ni puedo, ni me sale oponer resistencia al conocimiento verdadero que allí se me muestra. Pero al creyente no se le muestra precisamente el hecho aceptado al creer; no está forzado en modo alguno por la verdad. Allí se da más bien la credibilidad de otro: precisamente de aquel que me asegura haberse producido lo que él dice. Es cierto que esa credibilidad puede comprobarse hasta cierto punto. De todas formas, pueden darse tantas razones en favor de la credibilidad de un testigo que sería imprudente y, por lo demás, quizá incluso incorrecto no creerle. Y sin embargo, no he de hacer eso, no he de creerle sólo por eso. Entre la clara y consecuente intuición de la credibilidad de un hombre, de una parte, y la confianza y fe que realmente le muestro, de otra, se da un acto voluntario, totalmente libre, al que nada ni nadie me pueden forzar, como tampoco se me puede imponer el que ame a una persona, por muy convincente y concluyentemente que se me haya puesto ante los ojos la conveniencia de amarla. Se puede admitir «de mala gana» que algo es así o ha ocurrido así, pero ni se puede amar de mala gana ni tampoco creer. Esto se encuentra ya en San Agustín en su comentario al Evangelio de San Juan: nemo credit nisi volens, nadie cree sino voluntariamente. Dado, por tanto, que la fe, por naturaleza, reposa en la libertad y surge de la libertad, es como por lo demás lo es también el, nada religioso, dar crédito a otro en la ordinaria convivencia un fenómeno indescifrable en un sentido específico, algo emparentado y vecino al menos del misterio.

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