Este blog está optimizado para una resolución de pantalla de 1152 x 864 px.

Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

14 de enero de 2009

Juan Donoso Cortés: Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (24)






Capítulo VII




Recapitulación. Ineficacia de todas las soluciones propuestas. Necesidad de una solución más alta






asta aquí hemos visto de qué manera la libertad del hombre y la del ángel, con la facultad de escoger entre el bien y el mal, que constituye su imperfección y su peligro, era una cosa no sólo justificada, sino también conveniente. Vimos también cómo del ejercicio de esa libertad constituida salió el mal con el pecado, el cual alteró profundísimamente el orden puesto por Dios en todas las cosas y la manera convenientísima de ser de todas las criaturas. Pasando más adelante, después de habernos dado cuenta de los desórdenes de la creación, nos propusimos demostrar y demostramos, a nuestro entender cumplidamente, que así como al ángel y al hombre, dotados del libre albedrío, les fue dada la tremenda potestad de sacar el mal del bien y de inficionar todas las cosas, el uno con su rebelión el otro con su desobediencia y ambos con su pecado, Dios, para hacer contraste a esa libertad perturbadora, se reservó la potestad de sacar el bien del mal y el orden del desorden, usando de ella larga y convenientemente, hasta el punto de poner las cosas en un ser más concertado y perfecto que el que hubieran alcanzado sin los ángeles rebeldes y sin los hombres pecadores. No siendo posible evitar el mal sin suprimir la libertad angélica y la humana, que eran un gran bien, Dios, en su infinita sabiduría, hizo de modo que el mal, sin ser suprimido, fue transformado hasta el punto de servir, en su mano omnipotente, de instrumento de mayores conveniencias y de más altas perfecciones.

Para demostrar lo que a nuestro propósito cumplía, observamos que el fin general de las cosas era manifestar todas a su manera las perfecciones altísimas de Dios y ser como centellas de su hermosura y magníficos reflejos de su gloria. Consideradas desde el punto de vista de este fin universal, no nos fue difícil demostrar que de la obediencia humana y de la rebelión angélica se siguieron bienes incomparables, y que así la una como la otra sirvieron para que las criaturas, que antes reflejaban solamente la divina bondad y la divina magnificencia, reflejaran también toda la sublimidad de su misericordia y toda la grandeza de su justicia. El orden no fue universal y absoluto sino cuando las criaturas tuvieron en sí todos estos espléndidos reflejos.

De los problemas relativos al orden universal de las cosas pasamos a los que se refieren al orden general de las cosas humanas; discurriendo por este anchísimo campo, vimos propagarse el mal en la humanidad con el pecado; allí vimos de qué manera la humanidad estuvo en Adán y cómo la especie fue en el individuo pecadora. Así como el pecado, considerado en sí mismo, fue poderoso para turbar el orden del universo, lo fue también y con mayor razón para poner en desorden todas las cosas humanas. Para la inteligencia de lo que antes dijimos y de lo que diremos después, conviene advertir aquí que, así como el fin universal de las cosas es manifestar las perfecciones divinas, el fin particular del hombre es conservar su unión con Dios, lugar de su alegría y su descanso; el pecado desordenó las cosas humanas, apartando al hombre de esa unión, que constituye su fin especial, y desde ese momento el problema, por lo que hace a la humanidad, consiste en averiguar de qué manera el mal puede ser vencido en sus efectos y en su causa: en sus efectos, es decir, en la corrupción del individuo y de la especie con todas sus consecuencias; en su causa, es decir, en el pecado.

Dios, que es simplicísimo en sus obras porque es perfectísimo en su esencia, vence al mal en su causa y en sus efectos por la secreta virtud de una sola transformación; pero ésta tan radical y portentosa, que por ella todo lo que era mal se muda en bien, y todo lo que era imperfección, en perfección soberana. Hasta aquí hemos venido exponiendo la manera y forma con que Dios transforma en instrumentos del bien los efectos mismos del mal y del pecado. Procediendo todos ellos de una corrupción primitiva del individuo y de la especie, no son otra cosa en la especie ni en el individuo, considerados en sí, sino una desgracia lamentable; quien dice desgracia, dice efecto necesario; y si la causa de donde el efecto se sigue es de aquellas que obran de una manera constante, quien dice desgracia, tanto quiere decir como desgracia, por su naturaleza, invencible. Imponiendo la desgracia como una pena, Dios hizo posible su transformación por medio de su aceptación voluntaria por parte del hombre. Cuando el hombre, ayudado de Dios, aceptó heroicamente como una pena justa su desgracia, su desgracia no cambió de naturaleza, considerada en sí misma, lo cual sería imposible de todo punto; pero adquirió una nueva y extraña virtud: la virtud expiatoria y purificante. Conservando siempre su invencible identidad, produce efectos que naturalmente no están en ella, siempre que se combina de una manera sobrenatural con la aceptación voluntaria. Esta doctrina consoladora y sublime nos viene a un tiempo mismo de Dios, de la razón y de la Historia, constituyendo una verdad racional, histórica y dogmática.


*****
Para leer el capítulo completo haga click sobre la imagen del autor

El Señor del Mundo






por Juan Manuel de Prada




Tomado de XL semanal








eo en estos días, editada con esmero y primor por la Biblioteca Homo Legens, una novela de Robert Hugh Benson que merecería figurar entre las más clarividentes utopías siniestras que jamás se hayan escrito, al lado de 1984 o Un mundo feliz. Sólo que, mientras las obras maestras de Huxley u Orwell nos hablan de pesadillas ya cumplidas –siquiera parcialmente–, la obra de Benson se está haciendo realidad ante nuestros ojos; de ahí que su valor profético sea todavía mayor. La novela de la que hablo se titula Señor del mundo, y retrata una época donde han triunfado el relativismo filosófico, el secularismo a ultranza y el humanitarismo sin Dios; un mundo en el que, en el nombre de la tolerancia, los creyentes son contemplados primero con recelo, luego con franca animadversión, ya por último perseguidos como facinerosos; un mundo, en fin, donde el progreso científico y la adoración del hombre han instaurado un simulacro de paraíso en la tierra, donde la eutanasia es administrada a los enfermos como una medicina benigna y la idolatría política encumbra a un gobernante que promete a los pueblos una era de bienestar infinito.

Señor del mundo es una novela sobre los Últimos Tiempos, como quizá ya haya adivinado el lector. Y en los Últimos Tiempos desempeña un papel primordial, según leemos en las Escrituras, la figura del Anticristo, que en el imaginario colectivo suele pintarse con rasgos demoniacos grotescos, como una especie de Nerón redivivo al que adornasen toda suerte de vicios; en lo que se contraviene a los profetas, que siempre anunciaron que el Anticristo aparecería ante los ojos obnubilados de los hombres como una suerte de mesías o salvador de la Humanidad. En Señor del mundo, Benson desestima las pinturas tremebundas y disparatadas que cierta tradición popular nos ha legado sobre el Anticristo y lo personifica en Felsenburgh, un político extraordinariamente seductor, de apariencia mansa y dialogante, que con discursos llenos de una retórica emotiva, salpimentados de constantes menciones a un reinado de paz en la tierra, logra enardecer a las multitudes, que acaban tributándole el culto reservado a los dioses.

Felsenburgh promete al mundo la paz; y desde luego se la da, aunque sea una paz falsa sostenida sobre un orden inicuo. También le promete la solución de los problemas económicos que lo afligen; y desde luego se la da, mediante una simbiosis de capitalismo y socialismo, hasta lograr detener la carestía e instaurar una nueva era de euforia y abundancia, aunque sean la euforia y la abundancia del hormiguero, donde los hombres, bien alimentados y asistidos en sus necesidades, se convierten en infrahombres satisfechos. Felsenburgh postula una nueva religión, una suerte de cristianismo falsificado caracterizado por la mística de la deificación del Hombre y del Progreso, que pronto tendrá sus seudoprofetas y seudoapóstoles, dispuestos a propagarla hasta los confines de la tierra. Naturalmente, la entronización de esta parodia de religión discurre paralela a la persecución de los cristianos, que en la novela de Benson son ya muy pocos y aparecen a los ojos de las masas embaucadas y cretinizadas como un puñado de delincuentes; una persecución que Felsenburgh no hace al estilo de aquellas sangrientas orgías de los Césares de antaño, sino de forma mucho más aséptica y taimada, envolviéndola de hipocresías cívicas (hoy diríamos «laicistas», para entendernos) que no hacen sino aumentar su prestigio a los ojos de la «opinión pública». En la novela de Benson, la Iglesia es vista como una sociedad totalitaria, artera e inhumana, que aspira al poder mundial y que por lo tanto conviene destruir.

Felsenburgh, en fin, es soberbio, mentiroso y cruel, aunque se finge virtuoso. Instaura un reinado de alegría postiza y exterior que esconde la más aciaga angustia. Es un hipócrita; pero no al estilo burdo del Tartufo de Molière, sino al estilo de los fariseos, que por todo el mundo eran tenidos por santos. También es un orgulloso hinchado de vanidad; pero disfraza esta lacra con los vistosos ropajes de las virtudes estoicas. Felsenburgh promete a sus súbditos una libertad de placeres y diversiones; pero frente a la desesperación no tiene otro consuelo que brindarles sino la eutanasia subvencionada.

Por supuesto, cualquier parecido entre Felsenburgh y los gobernantes contemporáneos es pura coincidencia.

Nota: La traducción de esta novela del inglés al castellano, del converso (del anglicanismo, a semejanza de Manning, Newman y Knox, clérigo él) Robert H. Benson, la realizó el R.P. Leonardo Castellani. (N.d.E.).

La Economía política y el Cristianismo (4)




por S.E.R. Zeferino Card. González Díaz de Tuñón O.P.


IV




l orgullo y la malicia de ciertos hombres, decía Fenelon, son los que arrastran a tantos otros a una horrorosa pobreza.» Los que hayan meditado un poco sobre ese terrible cáncer del pauperismo, que corroe las sociedades modernas, y que produce viva y constante inquietud en los gobiernos y en los pueblos, comprenderán sin dificultad toda la verdad que encierran las palabras del ilustre arzobispo de Cambray. [53]

Los que hayan leído algo sobre economía y estadística, los que hayan reflexionado sobre la situación relativa de las dos grandes clases sociales, la clase rica y la clase indigente, saben demasiado cuan trascendental es para los gobiernos y para la Economía política el problema de la clase obrera. Contribuciones de pobres, asociaciones filantrópicas, reglamentación para los hospicios y demás establecimientos de beneficencia, inspección y vigilancia administrativa, organización del trabajo, sociedades cooperativas; de todo se ha echado mano para resolver el gran problema, y sin embargo, el gran problema existe siempre y se revela cada día más alarmante y amenazador, y parece tender y acercarse rápidamente a la solución socialista.

No negaremos los resultados favorables de los esfuerzos realizados por la administración civil, ni la conveniencia de los medios antes indicados; pero sí diremos que esos esfuerzos y esos medios, si no han sido estériles, han sido menos fecundos de lo que correspondía a sus proporciones. Y es que han sido separados de la savia vivificadora y fecundante de toda obra benéfica, el gran principio de la caridad católica; porque, como decía Balmes: «¡Ay de los desgraciados que no reciben el socorro en sus necesidades sino por medio de la administración civil, sin intervención de la caridad cristiana! En las relaciones que se darán al público, la filantropía exagerará los cuidados que prodiga al infortunio, pero en realidad las cosas [54] pasarán de otra manera. El amor de nuestros hermanos, si no está fundado en principios religiosos, es tan abundante de palabras como escaso de obras. La visita del pobre, del enfermo, del anciano desvalido, es demasiado desagradable para que podamos soportarla por mucho tiempo cuando no nos obligan a ello muy poderosos motivos. Donde falta la caridad cristiana podrá haber puntualidad, exactitud, todo lo que se quiera por parte de los asalariados para servir, si el establecimiento está sujeto a una buena administración; pero faltará una cosa, que con nada se suple, que no se paga: el amor. Mas se nos dirá: y ¿no tenéis fe en la filantropía? No; porque, como ha dicho Chateaubriand, «la filantropía es la moneda falsa de la caridad.»

La Economía política anti-cristiana, la escuela económica que prescinde de los principios religiosos y morales, no solo es incapaz de dar solución satisfactoria al gran problema, sino que ha contribuido poderosamente a que haya tomado y tome cada día proporciones exasperantes. La escuela que sólo se ocupa del bienestar material, echando por completo en olvido, o al menos, prescindiendo de los destinos superiores del hombre; la escuela que ensalza y promueve el lujo ilimitado como un medio de producción y de bien para el hombre y la sociedad; la escuela que sólo tiene y recomienda para el obrero la educación industrial, echando a un lado la educación moral y religiosa; la escuela, en fin, que no halla otro medio [55] para conducir al obrero a la adquisición del bienestar que la excitación al trabajo por medio de la multiplicación de necesidades, siquiera estas sean facticias, y por el aliciente de los goces materiales, no es ciertamente la llamada a mejorar la suerte de las clases obreras y establecer relaciones armónicas y permanentes entre la humanidad pobre y la humanidad rica. Lo que si podrá producir semejante escuela económica es ese lujo insultante que se revela en nuestras sociedades, esas fortunas colosales que aparecen repentinamente en las grandes ciudades industriales y fabriles, esa nueva aristocracia del dinero y de la industria, que arrastra en pos de si poblaciones enteras de artesanos y obreros, que nos recuerdan los antiguos patricios romanos de los últimos tiempos de la república y primeros del imperio, con sus centenares de esclavos, sus innumerables quintas, sus estanques de lampreas, sus termas, sus cenas y sus convites de millones de sextercios.


*****

Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del ilustre e ilustrado prelado.

Cursis de ahora y de siempre





por Arturo Pérez-Reverte

Tomado de XLsemanal











uele decir el veterano y respetabilísimo Carlos Castilla del Pino, buen amigo y excelente compañero de la Real Academia Española, que toda cursilería es una forma de impostura, y que detrás de cada cursi se oculta un canalla o un embustero. El otro jueves se lo oí decir de nuevo, y me quedé con la copla, que resulta especialmente adecuada en los tiempos que corren. No sé si el espíritu será exacto o no; aunque, como prestigioso psiquiatra que es, Carlos tiene mi confianza, pues conoce el paño. Por no salir de la RAE ni de su diccionario, de las tres acepciones que tiene esa palabra, quizá mejorables –y en eso andamos–, las más significativas son las dos primeras: «que presume de fino y elegante sin serlo», y, dicho de una cosa, que «con apariencia de elegancia o riqueza, es ridícula y de mal gusto». Pero los tiempos cambian, y la gente con ellos; o tal vez sea la gente la que termina cambiando los tiempos. El caso es que, habiendo como hay todavía cursis de los de toda la vida, ortodoxos y de pata negra, y habida cuenta de que el término `elegante´ no es el que mejor define los modos, maneras y aspiraciones actuales, la palabra `cursi´ –las palabras también están vivas y evolucionan– se interna con nosotros en el siglo XXI, enriqueciéndose con nuevas connotaciones y variantes. Ampliando su territorio semántico, por decirlo también de un modo a juego, o sea, cursi. Su polivalencia. Eso ocurre en todas partes, claro. Y en España, para qué les voy a contar.

Lo que más se ajusta hoy a la versión moderna de cursi es, en mi opinión, lo políticamente correcto. Aquello que, con apariencia de puesto al día y buen rollito, resulta ridículo y de mal gusto en boca de un fulano que presume, sin serlo y alardeando de ello, de abierto, de puesto al día, de yupi-yupi chicos, de tener todo el día a Pepito Grillo, a Bambi y al borreguito de Norit sentados en el regazo. Y digo que presume sin serlo, porque no me cabe en la testa que alguien con dos dedos de frente –los tontos ya son otra cosa– pueda ser, en el fondo de su corazón, tan sincera y rematadamente gilipollas. Un ejemplo de esto, tomado al buen tuntún, es una reciente circular de la comisión de coeducacion (sic) del Centro del Profesorado de Málaga, que tras encabezar «Estimados compañeros y queridas compañeras» –a cada cual lo suyo, queridas ellas y estimados ellos–, se dirige, en sólo veinte líneas, a «a vosotros y vosotras» y «a todos y a todas», por si están «interesados o interesadas». Dejo al criterio del lector establecer si los firmantes del asunto –un pavo y dos pavas con nombres y apellidos– se creen de verdad lo del estimados y queridas, si se trata de cursis en el sentido clásico o moderno del palabro, o si son, simplemente, tontos de remate.

Y es que en lo cursi posmoderno, o como se diga, el problema reside en que no siempre resulta fácil distinguir. Establecer, por ejemplo, si la bonita anécdota de los juegos de guerra de los ejércitos norteamericano y español puede ser calificada de cursi a secas o entra en el terreno de la imbecilidad absoluta. Las fuerzas armadas gringas tienen un juego llamado American’s Army que desarrolla un programa de combate útil como simulador y entrenamiento de acción bélica rural o urbana. Por su parte, las fuerzas armadas españolas colgaron hace algún tiempo en la red un juego de estrategia cuyo título no adivinarían ustedes por más vueltas que le dieran: Misión de paz –sabía que no lo adivinarían nunca–, a base de reconstrucción y reparto de ayuda humanitaria; que, como todo el mundo sabe, es la razón intrínseca de cualquier soldado. Y no me digan ustedes que esa bella, amable, conmovedora imagen de los soldados y soldadas españoles y españolas desfilando marciales y marcialas con las cartucheras y cartucheros llenas y llenos de Frenadol, tiritas y biberones, camino de Afganistán con la cabra de la Legión disfrazada de Beba la enfermera, no merece un huequecito en la futura edición del diccionario de la lengua española. O dos.

Afortunadamente, lo cursi de toda la vida también sigue ahí, dando solera ortodoxa al invento. Aunque surjan, al compás moderno, nuevas formas de entender el asunto, la cursilería clásica se mantiene tradicional como ella sola, inasequible al desaliento. Con vista al frente y paso largo, haciéndonos pasar buenos ratos echando pan a los patos. Vean, si no, lo que escribe un lector bilbaíno, ebrio de santa cólera después de haber leído en esta página pecadora la frase –rotundamente laica– `dar un par de hostias´: «Ante la reiterada y continua vulneración de los más elementales principios de respeto a la fe cristiana de los lectores, pisoteando, mancillando, agraviando y ultrajando a la Sagrada Eucaristía con su léxico blasfemo, irreverente, procaz y grosero, ruego sean subsanados y reparados hechos y situaciones de este cariz y contexto».

13 de enero de 2009

Perlitas

Recomendados

EVO MORALES QUER REFUNDAR A BOLÍVIA PASSANDO PELA DITADURA SINDICALISTA RUMO À AMERÍNDIA

André F. Falleiro Garcia. Site da sacralidade (en portugués, pero muy facilmente entendible)

Combatientes cristianos y nacionalistas: Ion Mota y Vasile Marin

Rodrigo _36. Foro Santo Tomás Moro

Espantosa e inminente blasfemia a la Virgen en Chile.

Llamado a los católicos chilenos a la sana Ira. Santa Iglesia Militante

El significado de la canonización de Pío X




Por el R. P. Julio Meinvielle


Tomado de Stat Veritas




los cuarenta años de su muerte, Pío X acaba de ser canonizado. Todavía están presentes en el escenario del mundo, muchos que fueran testigos del fuego ardiente de su fe y de su caridad. Pío X fue un santo. Y el secreto de su santidad fue la Fe. "Nada había más natural a sus ojos que lo sobrenatural. Creía como respiraba, porque de tal suerte Dios le era sensible. El mundo de la Fe le era familiar, y se movía en él con comodidad, mientras que el mundo, así solo, donde iba a vivir y actuar debía permanecerle extraño, o al menos le parecía tal, porque la fealdad de sus pensamientos y de sus costumbres horribles le repugnaban. No se mezclará en él sino forzado a la lucha contra los enemigos declarados de la Iglesia y contra los adversarios emboscados del Dogma, en que las antenas sobrenaturales de su Fe intrépida captarán las inspiraciones divinas para dictarle decisiones humanamente sorprendentes, imprevistas, pero poderosamente fecundas". (1)

Porque Pío X se movía en el mundo de la Fe, podía estimar en su justo valor el estado del mundo y medir la gravedad de los errores que le ame­nazaban. De aquí el significado de sus reprobaciones contra desvaríos espirituales que han determinado el estado calamitoso en que se encuentra hoy el mundo.

Tres son estos desvaríos. El primero lo constituye la guerra contra los derechos imprescriptibles de la Iglesia, llevada a cabo particularmente en Francia por el gobierno masónico de Combes. Frente a un gobierno, empeñado en crear una Iglesia y un episcopado " nacional " , Pío X se yergue como un gigante en toda la majestad de su soberana autoridad y pro­nuncia el non possumus. El gobierno rompe relaciones con la Iglesia, se incauta de sus bienes, prohíbe todo acto de culto en las escuelas, en el ejército y en todos los establecimientos públicos y niega en absoluto el derecho de enseñar a las congregaciones religiosas. Pío X, en su encíclica VEHEMENTER del 11 de febrero de 1907 reprueba y condena la ley votada en Francia de separación de la Iglesia y del Estado. "En consecuencia, dice allí, Nos protestamos solemnemente con todas nuestras fuerzas contra la proposición, contra el voto y contra la promulgación de esta ley, declarando que nunca podrá ser ella alegada contra los derechos imprescriptibles de la Iglesia para debilitarlos."

Más peligrosa que la acción de los enemigos de fuera lo es siempre la de los enemigos de dentro. Pío X va a proceder con toda energía para conjurar el mal, tan frecuente entonces como ahora en los medios católicos, de acomodar la doctrina y la ac­ción social-política a los requerimientos del siglo.

Las corrientes subjetivistas, inmanentistas y evo­lucionistas que inficionaban la mentalidad moderna se infiltraban en los ambientes intelectuales católicos determinando en exégesis, historia de los dogmas y de la Iglesia, filosofía y teología una nueva interpretación del cristianismo que, en la realidad de los hechos, lo alteraba fundamentalmente, y, con ello, lo destruía. Contra ese segundo desvarío espi­ritual, conocido con el nombre de modernismo, Pío X pronuncia sentencia de condenación en el decreto "Lamentabili" del 17 de julio de 1907, y más particularmente en la encíclica PASCENDI, del 7 de setiembre del mismo año, en la que lo califica como "colección de todas las herejías".

La adaptación al espíritu moderno determinaba en el plano social-político errores no menos peligro­sos que podríamos denominar demoliberales. Ha­ciendo del pueblo la fuente de la autoridad pública, Marc Sangnier y su equipo del 'Sillon buscaba un ordenamiento social-político fundado en la nivela­ción de clases, soñando así cambiar las bases natu­rales y tradicionales de la sociedad para edificar la sociedad del futuro sobre otros principios que serían más fecundos y bienhechores que aquellos sobre los que reposa la sociedad cristiana actual. Contra este tercer desvarío espiritual, mezcla de liberalismo y socialismo, Pío X enseña de manera categórica " No, Venerables Hermanos —preciso es recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores—, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la ciudad nueva por edificar en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos natu­rales y divinos contra los ataques, siempre renova­dos, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: omnia instaurare in Christo". (2)

Pero Pío X comprendió que de nada valían estas condenaciones de los documentos públicos si la conducción diaria de los asuntos de la Iglesia no estaba en manos de hombres verdaderamente de Dios. Por esto llamó junto a sí, para que compartiera el gobierno de la Iglesia en la secretaría de Estado, al Cardenal Merry del Val. Pero no es esto todo. Un prelado romano, muy discutido y atacado, Mons. Benigni, fundó con la aprobación expresa de Pío X el Sodalitium Pianum, o Sapiniére, en abreviatura S.P., para descubrir las infiltraciones moder­nistas y demoliberales dentro de la Iglesia y, con ello, mantener la pureza e integridad de la verdad católica en el plano del pensamiento y de la acción.

Pío X ha sido violentamente atacado por la firmeza de sus directivas espirituales. Y cuando, en razón de la santidad notoria de su vida, no se han atrevido a atacarlo a él directamente, lo han con­siderado "un santo cura de campaña" y se han en­sañado, en cambio, con el Cardenal Merry del Val y con Mons. Benigni. Una de las objeciones, en apariencia más sólidas, que se ha levantado con­tra la santidad del Pontífice en el proceso de su canonización, la han constituido precisamente las actividades del ilustre Cardenal y de Mons. Benigni.

Pero, en vano, como lo manifestó Pío XII, en el discurso que pronunció el 3 de junio de 1951 en la Plaza de San Pedro, en ocasión de la beatificación del gran Pontífice. " Ahora, dijo entonces, que el examen más minucioso ha descubierto a fondo to­dos los actos y las vicisitudes de su pontificado, ahora que se conocen las consecuencias de aquellas vicisitudes, ninguna duda, ninguna reserva es ya po­sible, y se debe reconocer que, aun en los períodos más difíciles, más ásperos, más graves y de más res­ponsabilidad, Pío X, asistido por la gran alma de su fidelísimo secretario de Estado, el Cardenal Merry del Val, dio prueba de aquella iluminada prudencia que nunca falta en los santos, aunque en sus apli­caciones se encuentre en contraste doloroso, pero inevitable, con los engañosos postulados de la pru­dencia humana y puramente terrestre". (3)

Pero hay todavía más. Pío XII no se ha contentado con defender a Pío X y a sus ilustres colaboradores. Ha hecho el elogio positivo de sus cualidades extraordinarias. "Con su mirada de águila, más pers­picaz y más segura que la corta vista de miopes razonadores, veía el mundo tal como era, veía la misión de la Iglesia en el mundo, veía con ojos de santo Pastor cuál era su deber en el seno de una sociedad descristianizada, de una cristiandad con­taminada, o, al menos, acechada por los errores de la época y por la perversión del siglo."

"La mirada de águila" de Pío X vio claro asimismo en el asunto de l'Action Française y de Charles Mau­rras. Cierto que la incredulidad religiosa de Mau­rras, que había perdido la fe en su juventud, ha alcanzado un grado de sacrílega impiedad y de blasfemia en obras como Anthinea y Le chemin de Pa­radis. Pero el programa de acción política contra el demoliberalismo de la Revolución, forjado por Maurras, ofrecía garantías para una firme restauración social-política en la línea católica. Su Action Française era, en el plano político, una defensa de la Iglesia contra la Revolución. A Camille Bellaigue, que pedía una bendición para Maurras, le respondió Pío X: "¡Nuestra bendición! ¡Pero todas nuestras bendiciones! Y decidle que es buen defensor de la Fe". (4)

Creemos conveniente recordar estos hechos para descubrir el significado completo de la canonización de Pío X, en este año de 1954. Los errores que él condenó y anatematizó con energía desusada se en­cuentran hoy, para mal de Francia y del mundo, en pleno apogeo. Laicismo de Estado, debilitamiento de la doctrina católica, infiltración del marxismo. De modo particular estos errores han hecho presa de Francia y aun de Italia. Los acontecimientos últimos producidos en el sector católico de estos dos países los ponen en evidencia.

Pero, felizmente, estos errores al desarrollarse y mostrar sus perversas virtualidades han puesto en guardia a muchos hombres todavía responsables y ello ha de determinar que los pueblos busquen la solución de sus problemas en el caminó señalado por el gran Pontífice. Santidad de vida e integridad de doctrina, recta concepción del ordenamiento econó­mico-político de la ciudad, prudentes pero progre­sivas y efectivas reformas que eliminen las injusti­cias sociales, son tres condiciones inseparables para restaurar la ciudad católica. Desgraciadamente en nuestro tiempo se ha confundido, de manera inex­tricable, reforma de las injusticias con izquierdismo económico-político y se ha querido bautizar esa confusión con un sentimentalismo evangélico, sucedáneo de la caridad. El mérito excepcional de San Pío X consiste precisamente en que, siendo él un luminar ardiente de auténtica caridad, ha estable­cido las condiciones para que, sin confusión, se adjudicasen las justas partes que se deben a la verdad y a la justicia.

Finalmente, la canonización del Papa que conde­nó el modernismo y el demoliberalismo en el mismo año en que su sucesor Pío XII toma enérgicas me­didas contra el modernismo de teólogos franceses y contra el socialismo de los prêtres-ouvriers, es signo de feliz presagio para la noble nación fran­cesa. Los que amamos a Francia, a la Francia de San Luis y de Juana de Arco, creemos que han de encontrar cumplimiento las palabras que Pío X pronunció en el Consistorio del 29 de noviembre de 1911.

Dijo el Santo Pontífice: "Hijos de Francia que gemís bajo la persecución, sabedlo, el pueblo que ha hecho alianza con Clodoveo en las fuentes bau­tismales de Reims, se arrepentirá y volverá a su primera vocación. Un día vendrá, y Nos esperamos que no sea lejano, en que Francia, como Saulo sobre el camino de Damasco, será envuelta con una luz celeste y oirá una voz que le repetirá: «Hija mía, ¿por qué me persigues?». Y sobre su respuesta: «¿quién eres tú, señor?» la voz replicará: «Yo soy Jesús a quien tú persigues... Duro te es dar coces contra el aguijón, porque en tu obstinación tú te reniegas a ti misma». Ella, temblando, sorprendida, dirá: «Señor, ¿qué queréis que haga?» y Él: «Levántate, lávate de las manchas que te han desfigu­rado, despierta en tu seno los sentimientos dormidos y el pacto de nuestra alianza, y anda, Hija muy amada de la Iglesia, Nación predestinada, Vaso de elección, anda a llevar, como en el pasado, mi Nombre delante de los pueblos y de todos los reyes de la tierra»".

R. P. Julio Meinvielle, “ DIÁLOGO ” Nº 1, Primavera 1954.
Notas:

(1) T. R. P. Gillet, Appel au bon sens.
(2) Notre chame apostolique, del 25 de agosto de 1910.
(3) Ecclesia de Madrid, 9 de junio de 1951.
(4) HARY MITCHELL, Pie X et La France, Les Editions du Cèdre, Paris , 1954.

Semblanza de Santo Tomás Moro, ejemplo de político católico

esumen de la heroica vida y ejemplar muerte del Ilustre Tomás Moro, Gran Canciller de Inglaterra, Vizconde y Ciudadano de Londres, extractada de la «Historia Eclesiástica del Cisma de aquel Reyno», que escribió el P. Pedro de Ribadeneyra, de la Compañía de Jesús.


Estas cosas, buen Señor, por las que rezamos, concédenos la gracia de poder trabajar por ellas. (Tomás Moro)


Entre los muchos mártires que han padecido y muerto en defensa de nuestra Santa y Católica Religión con motivo del cisma suscitado en el reinado de Enrique VIII, se cuenta Tomás Moro, varón de grande ingenio, excelente doctrina y loables costumbres.

Nació en Londres en 1478. Su padre se llamaba Juan Moro, y era de linaje más honrado que noble. Crióse bajo los principios de la Religión y de la Piedad Católicas, no sin aprovechamiento; tanto que el gran concurso de dotes corporales y bienes del alma le hicieron varón clarísimo y dieron verdadera nobleza a su familia.

Fue muy docto en todas las letras y elocuentísimo en las lenguas griega y latina.

Sirvió en diversas embajadas de su Rey. Tuvo grandes cargos y oficios preeminentes qué ejerció con aplauso, rectitud y desinterés; y a pesar de haber contraído segundas nupcias y haber tenido muchos hijos, no engrandeció su patrimonio. Su cuidado se centraba en amparar y defender la Justicia y la Religión, y resistir con su autoridad, doctrina y libros que escribió, a los herejes que venían secretamente de Alemania a propagar sus enseñanzas a Inglaterra. De tal manera que entre todos los ministros del Rey ninguno se destacó tanto en refrenarlos y dificultarles sus actividades, por cuya razón fue tan amado y reverenciado de las personas virtuosas como aborrecido y perseguido por los perversos.

Ejerció durante casi cuarenta años el gobierno del país, con tanto prestigio y autoridad que parecía que nada ni nadie podría derribarle. Pero por inescrutables designios de la Providencia empezó a eclipsarse su buena estrella, amenazándole a él y al reino una grandísima ruina. Pero para darse cuenta de todas estas casas sería necesario referir toda la historia, por lo que vamos a referirnos únicamente a lo principal, singularmente a lo que toca a Tomás Moro.

Hacía veinte años que Enrique VIII estaba casado con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, de cuyo matrimonio tuvo una hija. Pero como fuese viuda (aunque doncella) del Príncipe Arturo, hermano mayor de Enrique, éste se enamoró de Ana Bolena y para casarse con ella hizo el propósito de repudiar y apartar de sí a Catalina, pretextando que no podía ser su esposa la que lo había sido de su hermano, a pesar de que para ello había obtenido la dispensa del Papa Julio II.

Tomó Enrique varios pareceres sobre el caso, entre ellos a Tomás Moro. Éste, a pesar de saber con qué ansia deseaba el Rey separarse de su esposa para casarse con Ana Bolena, con santo temor de Dios respondió con firmeza y libertad cristiana que de ninguna manera podía parecerle bien el divorcio y apartamiento de la Reina.

Esta respuesta sentó muy mal a Enrique, por creer que Tomás Moro era adicto a su persona, pero de momento disimuló, ofreciéndole grandes beneficios y prebendas si apoyaba su resolución, y para que se decidiese le mandó que tratara este asunto con el Rector del Colegio Real de Cambridge, que fue el promotor de este asunto y gran adulador del Rey. Se entrevistaron ambos, y después de muchas y largas controversias, se afirmó más en su opinión, exhortando con tanta decisión, en adelante al Rey que no dejase a la Reina, que no se atrevía Enrique a hablarle de este asunto, aunque se servía de él más que de otro alguno en los asuntos graves del país, y decía claramente que más querría atraer a Moro a su voluntad que la mitad de su reino.

Estando tratándose jurídicamente en Inglaterra la causa del divorcio por los jueces que a instancia del Rey Enrique nombró el Papa Pablo IV, los recusó la Reina y apeló ante Su Santidad, y aunque dichos jueces no admitieron su apelación por consideración al Rey, el Papa, sabiendo lo que pasaba, la admitió y reservó para sí la causa, mandando a los legados que no intervinieran más en este asunto. Al saberlo la Reina, comisionó a Tomás Moro para que informase al Rey de lo que el Papa había mandado, cuyo encargo desempeñó sin respeto humano alguno.

Habiendo perdido su privanza el Cardenal Wolsey, principal autor del divorcio, el Rey nombró Canciller a Tomás Moro, pensando que con ello le atraería a su opinión.

Conservó esta alta dignidad durante tres años, al cabo de los cuales, previendo la terrible tempestad que amenazaba al reino con motivo de haber desconocido el Rey la potestad de los Legados del Papa, declarándose Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra, quiso Tomás Moro, junto con otros varones graves y cristianos que estaban en la Corte, acogerse con tiempo a puerto seguro, y pretextando su avanzada edad y grandes trabajos realizados, dimitió de su cargo de Canciller, dimisión que le fue aceptada por diversos motivos, principalmente porque no había respondido a los designios por los que se le había dado el nombramiento.

Enterado el Papa de cuanto ocurría en Inglaterra y del determinio del Rey de casarse con Ana Bolena, le escribió rogándole encarecidamente que no se dejase llevar por la pasión ni decidiera nada hasta que se resolviera en justicia lo de su primer matrimonio, amenazándole severamente con su autoridad apostólica bajo pena de excomunión. Pero Enrique, que ardía en las llamas de su pasión, no dejó su mal propósito y se valió de Crammer, a quien había nombrado Arzobispo de Cantorbery, el cual dio sentencia de divorcio y se casó con Ana Bolena.

Sabiendo los herejes que la nueva Reina era luterana en su corazón, acudieron en gran número a la Corte y comenzaron a esparcir libros y libelos llenos de impiedades contra las personas eclesiásticas, entre los cuales se presentó uno al Rey, titulado "Petición de los pobres mendigos", en el que se ponderaba la gran cantidad de éstos que había en el reino y su extrema necesidad, causada (según decían) por otros pobres robustos y ociosos eclesiásticos, los cuales, con artificios y engaños poseían más de la mitad de todos los bienes del reino, dejando morir de hambre a los verdaderos pobres, y se terminaba suplicando el remedio.

Ningún eclesiástico se atrevió a refutarlo, hasta que Tomás Moro escribió un libro muy docto y prudente, en el cual, después de rebatir las calumnias que contra el clero se decían en el libelo, mostró claramente que los bienes y rentas eclesiásticas no llegaban con mucho a lo que los herejes decían, y que no solamente aplicaban a fines piadosos, sino también necesarios, los que habían legado aquellos bienes a la Iglesia para que se conservara en ella perpetuamente el culto divino, sin el cual no puede conservarse la República, sino que las rentas, además de servir para el sustento de los clérigos y de los muchos seglares que de ellos dependen, servían para cobijo y refugio para toda clase de gente necesitada. Nadie se atrevió a refutar este escrito.

Pronunciada la sentencia de divorcio y coronada Ana Bolena como Reina, se mandó que todos jurasen que aceptaban el segundo matrimonio como legítimo, y que los hijos de él eran los verdaderos herederos del reino. Tomás Moro rehusó hacer tal juramento y por ello fue preso, con el mayor escándalo, junto con otros muchos que hablando mal del segundo matrimonio cayeron en la indignación del Rey.

Estando Tomás Moro en la cárcel, despojado de todas sus dignidades y bienes, nunca se vio en él señales de tristeza, pena o decaimiento, sino que con gran alegría decía que todo el mundo no es sino una cárcel y prisión, de la cual a la hora de la muerte cada uno es llamado para oír su sentencia, y que daba gracias al Señor porque su cárcel no era tan apretada como la de otros, ya que siempre que se presentan dos males hay que escoger el menor.

La prisión de este varón insigne tenía en gran expectación a todo el reino, y sabiendo el Rey su gran autoridad y la estimación que todos le tenían, para cambiarle de opinión le envió a muchos de sus privados. Pero viendo Enrique que con todo su poder y ardides no le podía vencer, empezó a dudar si le convendría más el dejarle con vida siendo el reprensor de su adulterio o quitársela y caer en la indignación de todo el reino.

Al fin se determinó por lo último, empezando por el Obispo Fisher, contra el que se enfureció más al saber que el Papa le había nombrado Cardenal estando en la cárcel. Pensaba que con la muerte del Obispo, que era gran amigo de Tomás Moro éste se podría intimidar y ablandar. Fisher fue condenado a ser arrastrado, ahorcado y desentrañado.

Fue avisado Moro de la muerte santa de su compañero, y temiendo que por sus pecados no merecía la corona del martirio, con el corazón lleno de amargura y el rostro de lágrimas, se volvió al Señor y dijo:

- Yo confieso, Señor, que no merezco tanta gloria, pues no soy justo ni santo como vuestro siervo Fisher, al cual habéis escogido como varónconforme a vuestro corazón entre todos los de este reino, pero no miréis, Señor, lo que merezco, sino a vuestra misericordia infinita, y si es posible, hacedme participar de vuestra Cruz y Cáliz, y de vuestra Gloria.

Dijo esto con tanto sentimiento que los que no le entendían se figuraron que se enternecía con el temor de la muerte, y que ahora se podría ablandar e inclinar a la voluntad del Rey, y para moverle a ella volvieron a instarle muchos personajes, entre ellos su propia esposa, llamada Luisa, por orden del Rey, tratando de persuadirle de que no se dañara a sí mismo y a sus hijos. Díjole él a su esposa:

- Señora, a vuestro parecer, ¿cuántos años podré vivir?

- Veinte años, si Dios fuere servido - respondió ella.

-¿Pues queréis vos, señora - dijo él -, que por veinte años de vida pierda yo la eternidad? Si dijerais veinte mil ya seria algo, aunque tampoco este algo es nada comparado con la eternidad.

Viendo que con nada podían hacer mella en su ánimo, que estaba firme como una roca, le quitaron todos los libros que tenía y el recado de escribir, para que no pudiera tener trato con los muertos que escribieron los libros ni con los vivos. Antes de esto, y estando preso, escribió dos libros; uno titulado: "Consuelo en la tribulación", en inglés, y el otro en latín sobre la Pasión de Cristo.

Después de estar casi catorce meses en la cárcel, el día primero de julio de, 1535 fue llevado a la Torre de Londres, ante los jueces, y al ser preguntado por la ley promulgada mientras él estaba preso, en la que se quitaba la autoridad al Papa y se daba al Rey, respondió con gran firmeza, agudeza y constancia lo mismo que las otras veces.

Finalmente, acusado de haber escrito a Fisher. animándole contra dicha ley, fue condenado a muerte, cuya noticia recibió con gran alegría diciendo:

- Yo por la gracia de Dios, siempre he sido católico y nunca me he apartado de la comunión y obediencia al Papa, cuya potestad entiendo que está fundamentaba en el Derecho Divino, y que es legítima, loable y necesaria, aunque vosotros temerariamente la habéis querido abrogar y deshacer con vuestra ley. Durante siete años he estudiado esta materia, y hasta ahora no he encontrado ningún autor santo que diga que en las cosas espirituales que tocan a Dios ningún seglar ni Príncipe temporal puede ser Cabeza y Jefe de los eclesiásticos, que son los que han de gobernar. También digo que el decreto que habéis dado es contra el juramento que antes hicisteis de no atentar jamás contra la Iglesia Católica, que es una e indivisa, y por vosotros solos no tenéis autoridad para hacer leyes, decretos ni Concilios contra la paz y la unión de la Iglesia Universal. Esta es mi fe; este es mi parecer, en el que moriré, con el fervor de Dios.

Apenas hubo dicho estas palabras cuando todos los jueces, a grandes voces, empezaron a llamarle traidor al Rey, especialmente el Duque de Norfolk, que le dijo:

-¿Cómo podéis declarar vuestro mal ánimo contra la majestad del Rey?

Y él respondió:

- No declaro, señor, mal ánimo contra mi Rey, sino mi fe y la verdad. Porque en lo demás yo soy tan adicto al servicio del Rey que ruego a Dios que no me sea más propicio a mí, ni de otra manera me perdone, que como yo he sido fiel y afectuoso servidor de Su Majestad.

Entonces el Canciller replicó:

-¿Pensáis, pues, que sois más sabio que todos los Obispos, Abades y Eclesiásticos? ¿Que todos los nobles, caballeros y señores? ¿Que todo el Concilio, o por mejor decir: que todo el reino?

- Señor - respondí -, por un Obispo que vosotros tengáis de vuestra parte tengo yo ciento de la mía y todos los Santos; por vuestros nobles y caballeros tengo yo toda la caballería de los Mártires y Confesores, por un Concilio vuestro (que sabe Dios cómo se ha hecho) están en mi favor todos los Concilios que en la Iglesia de Dios se han celebrado de mil años acá; y por este vuestro pequeño reino de Inglaterra, defienden mi verdad los de Francia, Italia, España y todos los demás reinos, provincias y potentados amplísimos.

Oyendo estas palabras que había dicho Moro delante del pueblo, que había acudido a la novedad de una causa seguida tan sin razón ni justicia contra un hombre tan insigne en virtud, prendas y demás circunstancias, les pareció a los jueces que no ganarían nada, y mandándole apartar, confirmaron la sentencia de muerte.

Terminado el juicio le volvieron a la cárcel, y a su paso le salió al encuentro su hija Margarita, a la que amaba tiernamente, para pedirle su bendición y el ósculo de paz, que le dio con mucho amor y ternura.

Cuando llegó a la cárcel se entregó a la oración y contemplación, recreando en el Señor su alma santa con muchos y suaves consuelos divinos.

Antes de que le sacaran al martirio, escribió con un carbón (porque no tenía pluma) una carta a su hija Margarita, en la que le manifestaba el deseo grande que tenía de morir en el día siguiente y ver al Señor, por ser la octava del Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, ya que moría por la confesión de su primado y Cátedra apostólica, y en la víspera de la traslación del glorioso mártir Santo Tomás, que fue su abogado durante toda su vida.

Se hizo tal como deseaba, y el 6 de julio fue llevado al martirio. Al llegar allí puso por testigo al pueblo que estaba presente de que moría por la Fe Católica, encargando a todos que rogasen a Dios por el Rey, protestando que moría como fiel ministro suyo, pero más aún de Dios, que es el Rey de Reyes.

Presentó su cuello, y a impulso de la cuchilla quedó separada del cuerpo aquella cabeza de justicia, de verdad y de santidad, causando tan vivo dolor en los que lo miraron que no cabiendo en los pechos se manifestó en los rostros con abundantes lágrimas y sollozos, considerando que no se había quitado la cabeza a Tomás Moro, sino a todo el reino.

Así acabó su preciosa y ejemplar vida el docto e ilustre Tomás Moro, autor de "Utopía", en cuyo libro quiso manifestar la perfección de gobierno a que podía llegar una República conduciéndose por las luces de la razón natural y prescindiendo de la divina Revelación. Por ello no es de extrañar que la presente con los extravíos propios de la razón humana cuando camina sin el auxilio de la divina luz.

Tomado de La Editorial Virtual

Ortodoxia (4)




por Gilbert K. Chesterton



IV




La ética del país de los elfos










uando el hombre de negocios critica el idealismo de su joven asistente, es común que lo haga diciendo algo así como: “Oh, sí; cuando uno es joven se tienen esas ideas abstractas y se arman esos castillos en el aire; pero a la edad madura todas esas cosas se rompen como si fuesen nubes y uno termina creyendo en políticas prácticas, usando la maquinaria que se tiene y tomando al mundo tal como es.” Al menos, cuando era joven, así me hablaban esos venerables y filantrópicos ancianos que ahora se encuentran en sus honorables tumbas. Pero crecí desde entonces y descubrí que aquellos ancianos filántropos mentían. Lo que realmente sucedió fue exactamente lo contrario de lo que predijeron. Me dijeron que perdería mis ideales y comenzaría a creer en los métodos de los políticos prácticos. Pues sucede que no perdí mis ideales en lo más mínimo; mi fe en las cosas fundamentales es hoy exactamente la misma que siempre tuve. Lo que sí perdí fue mi infantil fe en la política práctica. Estoy mucho menos preocupado por las Elecciones Generales y sigo tan preocupado como siempre por la Batalla de Armagedón[43]. Cuando era una criatura, a su sola mención saltaba al regazo de mi madre. No; la visión es siempre sólida y confiable. La visión es siempre un hecho. Es la realidad la que, con frecuencia, resulta un fraude. Creo en el liberalismo tanto como siempre creí; y más todavía de lo que siempre creí. Mi rosado tiempo de inocencia fue cuando todavía creía en los liberales.

Menciono el caso de la perdurabilidad de una de mis creencias porque, teniendo ahora que rastrear las raíces de mi especulación personal, creo que ésta podría considerarse como mi única tendencia positiva. Me criaron como liberal y siempre he creído en la democracia, en esa elemental doctrina liberal de una humanidad que se autogobierna. Si alguien encuentra que esta frase es vaga o trillada, lo único que puedo hacer es detenerme por un momento para explicar que el principio democrático, tal como yo lo entiendo, puede ser establecido con dos proposiciones. La primera de ellas es que las cosas comunes a todos los hombres son más importantes que las cosas particulares de cualquier hombre. Las cosas comunes son más valiosas que las cosas extraordinarias, y no sólo eso: hasta son más extraordinarias. El Hombre es más terrible que los hombres; es algo más extraño. El sentido del milagro de la humanidad en si misma debería sernos siempre más vívido que cualquiera de las maravillas del poder, del intelecto, del arte o de la civilización. El mero ser humano sobre dos pies, como tal, debería ser concebido como algo más emocionante que cualquier música y más sorprendente que cualquier caricatura. La muerte es hasta más trágica que el morir de hambre. El tener una nariz es hasta más cómico que el tener una nariz normanda.

El primer principio de la democracia es que lo esencial en los seres humanos lo constituyen las cosas que tienen en común, y no las cosas que tienen por separado. Y el segundo principio es tan sólo que el instinto o el impulso político es una de esas cosas que tienen en común. Enamorarse es más poético que hurgar en la poesía. El argumento democrático es que el gobierno (ayudando a regir la tribu) es algo así como enamorarse y no algo así como hurgar en poesía. No es algo análogo a tocar el órgano en una iglesia, pintar sobre vitela, descubrir el Polo Norte (ese siniestro hábito), dar vueltas en el aire, ser un astrónomo, o cosas por el estilo. Porque no queremos que una persona haga estas cosas en absoluto, a menos que las haga bien. Por el contrario, es análogo a escribir nuestras propias cartas de amor o sonarnos nuestra propia nariz. Estas son las cosas que queremos que una persona haga por si misma, incluso si las hace mal. No estoy aquí argumentando acerca de la verdad de ninguno de estos conceptos; sé que hay algunos modernos que están pidiendo que sus esposas sean elegidas por científicos y, por todo lo que sé, pronto podrían pedir que sean enfermeras las que les limpian la nariz. Digo tan sólo que la humanidad reconoce estas funciones humanas universales y que la democracia clasifica al gobierno entre ellas. En resumen, la fe democrática consiste en que las cosas más terriblemente importantes deben ser dejadas libradas a los propios hombres comunes – la complementación de los sexos, la crianza de los jóvenes, las leyes del Estado. Eso es democracia, y en eso siempre he creído.

Pero hay una cosa que no he podido comprender desde mi juventud al día de hoy. Nunca pude entender de dónde ha sacado la gente la idea de que la democracia en alguna forma se opone a la tradición. Es obvio que la tradición sólo es democracia extendida en el tiempo. Significa confiar en el consenso de las voces humanas antes que confiar en algún documento aislado o arbitrario. La persona que cita a algún historiador alemán en contra de la tradición de la Iglesia Católica, por ejemplo, está estrictamente apelando a la aristocracia. Está apelando a la superioridad de un experto en contra de la horrible autoridad de un populacho. Es bastante fácil de ver por qué una leyenda es tratada, y debe ser tratada, con más respeto que un libro de historia. La leyenda está generalmente armada por la mayoría de la gente cuerda de una aldea. El libro está generalmente escrito por el único hombre de la aldea que está loco. Quienes agitan contra la tradición diciendo que los hombres del pasado eran ignorantes podrían ir y agitar eso en el Carlton Club[44] afirmando a renglón seguido que los votantes de los barrios bajos son ignorantes. Y no nos convencerían. Porque si le adjudicamos una gran importancia a la opinión casi unánime de las personas comunes cuando estamos tratando cuestiones cotidianas, no hay razón alguna para desechar esa misma opinión cuando estamos tratando de historia o de fábulas. La tradición podría, en esto, definirse como una extensión de la franquicia. La tradición significa otorgarle el voto a la más oscura de todas las clases: la de nuestros antepasados. Constituye la democracia de los muertos. La tradición se niega a someterse a la pequeña y arrogante oligarquía de quienes casualmente se pasean por ahí en la actualidad. Todos los demócratas objeta que las personas sean descalificadas por el accidente de su nacimiento; la tradición objeta que sean descalificadas por el accidente de su muerte. La democracia nos sugiere no menospreciar la opinión de una buena persona, aunque sea nuestro mucamo; la tradición nos pide no despreciar la opinión de una buena persona, aunque sea nuestro padre. En todo caso, yo no puedo separar estas dos ideas de democracia y tradición; se me hace evidente que ambas son la misma idea. Tendremos a los muertos en nuestros concejos. Los antiguos griegos votaban con piedras; los muertos votarán con las piedras de sus lápidas. Y todo será bastante correcto y oficial, ya que la mayoría de las lápidas – como la mayoría de las papeletas electorales – están marcadas con una cruz.


*****
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Apóstol del Sentido Común.

El pequeño mundo de Don Camilo





por Giovanni Guareschi



Capítulo 12




El huevo y la gallina





NTRE los hombres de Peppone había uno al que llamaban Bólido.Era una bestia enorme, lenta y tarda como un elefante y un poco tocado. Bólido pertenecía a la "escuadra política", capitaneada por el Pardo y tenía la función de tanque: cuando era preciso aventar una asamblea adversaria, Bólido se ponía al frente de la escuadra y no había quien lo detuviese en su inexorable avance, y de esa manera el Pardo y los que lo seguían, podían llegar bien pronto hasta la tribuna del orador, y allí, con silbidos y mugidos, lo reducían a silencio en contados minutos.

Una tarde en que Peppone se encontraba en el comité, rodeado de todos los cabecillas de las seccionales, entró Bólido. Una vez puesto Bólido en movimiento, para detenerlo se necesitaba una bomba explosiva. Así que todos se hicieron a un lado y lo dejaron pasar. Sólo se detuvo ante el escritorio de Peppone.

–¿Qué quieres? – preguntó Peppone fastidiado.

–Ayer le he dado una paliza a mi mujer. – explicó Bólido, bajando la cabeza avergonzado – Pero la culpa fue suya.

–¿Y vienes a decírmelo a mí? – gritó Peppone – ¡Anda a contárselo al párroco!

–Ya se lo conté. – contestó Bólido – Pero don Camilo me ha contestado que ahora, con el artículo 7° las cosas han cambiado, que él no puede absolverme y que debes hacerlo tú, que eres el jefe del comité.

Peppone, dando un puñetazo en la mesa hizo callar a los otros, que se reían a carcajadas.

–Ve a decirle a don Camilo que se vaya al infierno – gritó.

–Voy, jefe; – dijo Bólido – pero primeramente me debes absolver.

Peppone empezó a gritar, pero Bólido, sacudiendo la cabezota, gruñó:

–Yo no me muevo de aquí si no me absuelves. Y si dentro de dos horas no me has absuelto, empiezo a romper todo, porque eso significa que la tienes conmigo.

La alternativa era, o matar a Bólido o ceder.

–¡Te absuelvo! – gritó Peppone.

–No, así no vale; – rezongó Bólido – tienes que absolverme en latín como hace el cura.

–¡Ego te absolvio! – dijo Peppone que reventaba de rabia.

–¿Qué penitencia debo cumplir? –preguntó Bólido.

–Ninguna.

–Bien. – dijo Bólido complacido, iniciando la retirada – Ahora voy a decirle a don Camilo que se vaya al infierno, y si hace cuestión, se la doy.

–Si hace cuestión, quédate quieto, si no quieres que te dé él la paliza. – le dijo a gritos Peppone.

–Bueno; – aprobó Bólido – pero si me ordenas dársela, yo se la doy lo mismo, aunque después la reciba también.

Don Camilo esperaba ver llegar esa misma noche a Peppone hecho una fiera. En cambio no se dejó ver. Apareció la tarde siguiente con su estado mayor, y todos se pusieron a charlar, comentando un diario, sentados en los bancos situados delante de la casa parroquial.


*****

Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del autor.

12 de enero de 2009

Cartas a un escéptico en materia de religión


Enviado por María Luz López Pérez


por el R.P. Jaime Balmes




Carta V




La sangre de los mártires.

Asiéntase el hecho histórico. Se propone una dificultad contra la fuerza de este argumento. Pasaje de Prudencio. Lo que puede el entusiasmo por una idea. Reflexiones sobre la exaltación de ánimo, según las causas de que procede y el objeto a que se dirige. La guerra. El duelo. El valor y la fortaleza. Régulo y Scévola. Los mártires. Situación horrible en que se encontraban. La persecución y el entusiasmo. Disípase un error muy dañoso. El perseguir una doctrina no es buen medio para

propagarla. Pruebas tomadas de la filosofía y de la historia. Cotejo entre la propagación del cristianismo y la del protestantismo.



a veo, mi estimado amigo, que me ha de ser muy difícil realizar el pensamiento que en un principio me proponía de dar cierto orden a la discusión religiosa que íbamos entablando, encerrándola en un cauce del cual no pudiese salir, sin perjuicio de dirigirla por países amenos, y permitiéndole tortuosidades caprichosas, que le quitasen la apariencia de la regularidad escolástica, y diesen a la materia un aspecto agradable y entretenido. Inútiles son todos mis conatos para hacerle entrar a V. en este plan; pues, según parece, le gusta más el tratar puntos inconexos, divagando como abeja entre flores. Aun cuando conozco muy bien los inconvenientes de este sistema de conducta, y, si mal no me acuerdo, se los llevo ya indicados en una de mis anteriores, preciso se me hace el seguirle a V. por el camino que le place señalarme, para que no le venga a V. a la mente que trato de esquivar cuestiones delicadas, y que, envolviendo a mi contrincante en una nube de autoridades y, de raciocinios teológicos, me propongo ocultar puntos flacos, apartando de ellos el peligro de un ataque. Sin embargo, esta necesidad fuera para mí más desconsoladora, si V. no se sirviese advertirme que «no carece del conocimiento de las mejores obras que se han escrito en defensa de la religión, y que, reservándose estudiarlas para cuando haya más tiempo y paciencia, sólo intenta en la actualidad aclarar, por vía de recreo y esparcimiento, algunos puntos difíciles, como quien quita la broza que impide la entrada a un camino anchuroso».

A decir verdad, no me desagrada que V. haya traído la discusión sobre el punto de la sangre de los mártires, pues es asunto sobre el cual hay mucho que decir, y en el que tarde o temprano hubiéramos tenido que entrar, si la controversia hubiese seguido el curso que yo deseaba. Esta sangre es, a no dudarlo, uno de los argumentos más firmes en apoyo de la verdad de nuestra santa religión, y así, al examinar las razones que los cristianos podemos alegar en defensa de nuestra fe, o, como suele decirse, los motivos de credibilidad, tampoco hubiera yo olvidado el presentarle a V. ese prodigio, en que personas de todas las edades, sexos y condiciones mueren con heroica fortaleza, por no profanarse ni con un solo acto que no estuviese conforme con la fe del Crucificado.

Pero, antes de hablar yo, quiero que hable V.; y así, para no confundir las ideas, y con la mira de que ni uno ni otro olvidemos el verdadero estado de la cuestión, y de que, por consiguiente, la respuesta pueda ser más cabal y ajustada, reproduciré lo que me dice V. en su apreciada. «Respeto como el que más la fortaleza de ánimo dondequiera que la encuentro, y confieso ingenuamente que el heroísmo del sufrimiento es a mis ojos mucho más sublime que el heroísmo del combate. Con esto le ahorraré a V. no poco trabajo, pues que así conocerá desde luego que no tiene necesidad de fatigarse en ponderarme ni el número de los mártires, ni sus atroces tormentos, ni su invicta constancia, ni tampoco en excitar mi entusiasmo, poniéndome delante de los ojos, caducos ancianos, débiles mujeres, tiernos niños, marchando impávidos a morir por su fe. Dudo mucho que en esta parte me exceda V. en sentimientos de respeto y admiración, así como no tiene V. que recelar que mi escepticismo llegue hasta levantar dudas sobre la inmensa muchedumbre de dichos mártires; no me agrada aguzar mi ingenio para combatir hechos de tan probada verdad. Mis impotentes negaciones no borrarían por cierto las páginas de la historia. Pero, dejando aparte y confesando expresamente la verdad del hecho, no puedo convenir en que puedan sacarse de él las consecuencias que Vds., los cristianos, pretenden; porque es bien sabido que el entusiasmo por una idea puede producir semejantes efectos; y en cuanto a la propagación de las creencias cristianas que resultó de la persecución, bien sabe usted que el secreto de prosperar una causa es el hallarse contrariada, combatida; el poderse presentar sus defensores con honrosas cicatrices que acrediten profundas convicciones e invicta constancia el sustentarlas.» No he querido cercenarle a V. ninguna parte de su argumento, ni escatimarle en lo más mínimo el valor de la dificultad; pero también, me ha de permitir V. que me extienda en la solución de la misma, cual reclama la importancia de la materia.

*****
Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del autor.

¡Disfrute de la vida como un señor ateo!



por Juan Manuel de Prada


Tomado de ABC







OS señores ateos quieren empapelar los autobuses con anuncios incitadores al disfrute de la vida. En esto los señores ateos se parecen a esos promotores del deporte que, mientras leemos las Geórgicas de Virgilio a la sombra de una encina, nos exhortan a hacer gimnasia, asegurándonos que así podremos gozar de la vida; pero cuando acudimos al gimnasio, sólo vemos a pobre gente sudando la gota gorda y pasando las de Caín. Ocurre que estos señores ateos, como los promotores del deporte, sufren como cerdos en la matanza; y, puesto que no hallan consuelo en su sufrimiento, quieren consolarse captando neófitos para sus padecimientos. Pues ya se sabe que nada consuela tanto el enfermo como conseguir que su enfermedad se contagie a otros; pero se trata de un consuelo cetrino y miserable.
Dios, según el estrafalario sentido de la realidad de estos señores ateos, es un ser tiránico que abruma y aflige a los hombres. Pero, si leemos las Escrituras, descubrimos que Dios no hace otra cosa sino invitarnos a un banquete eterno; y, cuando por fin se decide a acompañar a los hombres en su andadura terrenal, ¿qué es lo primero y lo último que hace? Pues lo primero que hace, nada más iniciar su vida pública, es transformar el agua en vino, para que los convidados de una boda puedan cantar y bailar alegremente; y lo último que hace es proponer a sus amigos que, cada vez que quieran rememorarlo, prueben el fruto de la vid. ¡Extraño modo de abrumar y afligir a los hombres!
A simple vista, la vida del creyente parece una muralla erizada de arduas privaciones; pero, salvada esa muralla, encontramos las danzas de los niños y el vino de los hombres. La vida del señor ateo, por el contrario, parece a simple vista encantadora y risueña; pero adentro se retuercen las serpientes de la desesperación. ¿Y qué es la desesperación? «Desesperación -decía Leonardo Castellani- es el sentimiento profundo de que todo esto no vale nada y el vivir no paga el gasto y es un definitivo engaño; y este sentimiento es fatalmente consecuente con la convicción de que no hay otra vida». La desesperación suele disfrazarse de alegría vocinglera; pero esta poseída de una sorda sed de destrucción y nihilismo. Estos señores ateos afirman, sin embargo, que la suya es la religión del disfrute y la alegría; a la vez que tratan de convencernos de que el cristianismo es la religión del dolor. Lo cierto es que todo ser humano alberga dentro de sí una proporción de dolor y otra de algería; lo que distingue al ateo del creyente es la distribución de esos dos componentes. El ateo hace depender esa alegría de los pequeños goces superficiales de la vida -el «comamos y bebamos, que mañana moriremos» de Menandro-, pero niega la alegría última de las cosas, porque está enfermo de una desesperación incurable. Al creyente, en cambio, no le están negados los goces superficiales de la vida; pero es capaz de sacrificarlos, o de tomárselos a broma, porque su gozo secreto está puesto en una alegría más fundamental. ¿Quién es más hombre? ¿Quien reserva su alegría para lo fundamental y sus penas para lo superficial o quien hace lo contrario? La alegría del ateo está constreñida al disfrute de unos pocos placeres mundanos y su dolor se expande por la inconcebible eternidad; puede agitar sus miembros en un éxtasis de abracadabra, y hasta entregarse al baile de San Vito, mas no por ello su cabeza dejará de estar hundida en un abismo desalentador, sin esperanzas ni anhelos. El dolor del creyente está, por el contrario, constreñido a unas pocas cosas fútiles, pero su alegría es ancha y venturosa, como una tarde pasada a la sombra de una encina leyendo las Geórgicas de Virgilio.
Decía Chesterton que la alegría, que es la pequeña publicidad del pagano, es el gigantesco secreto del cristiano. Por eso los señores ateos quieren pregonar su alegría pequeñita en los autobuses; porque saben que sus disfrutes no duran más que lo que tarda un autobús en cubrir su itinerario. Lo que viene después -también lo saben- es la desesperación; y como la desesperación engendra desconsuelo, quieren consolarse contagiándosela a los demás. Vanos pataleos de chiquilines emberrinchados.

Juramento antimodernista




JURAMIENTO ANTI-MODERNISTA

MOTU PROPRIO: "SACRORUM ANTISTITUM"

IMPUESTO AL CLERO EN SEPTIEMBRE DE 1910

POR S.S. Pío X



Pensamos que es necesario e interesante en la época actual reproducir el texto del mismo.

o...abrazo y recibo firmemente todas y cada una de las verdades que la Iglesia por su magisterio, que no puede errar, ha definido, afirmado y declarado, principalmente los textos de doctrina que van directamente dirigidos contra los errores de estos tiempos.

"En primer lugar, profeso que Dios, principio y fin de todas las cosas puede ser conocido y por tanto también demostrado de una manera cierta por la luz de la razón, por medio de las cosas que han sido hechas, es decir por las obras visibles de la creación, como la causa por su efecto.

"

En segundo lugar, admito y reconozco los argumentos externos de la revelación, es decir los hechos divinos, entre los cuales en primer lugar, los milagros y las profecías, como signos muy ciertos del origen divino de la religión cristiana. Y estos mismos argumentos, los tengo por perfectamente proporcionados a la inteligencia de todos los tiempos y de todos los hombres, incluso en el tiempo presente.

"En tercer lugar, creo también con fe firme que la Iglesia, guardiana y maestra de la palabra revelada, ha sido instituida de una manera próxima y directa por Cristo en persona, verdadero e histórico, durante su vida entre nosotros, y creo que esta Iglesia esta edificada sobre Pedro, jefe de la jerarquía y sobre sus sucesores hasta el fin de los tiempos.

"

En cuarto lugar, recibo sinceramente la doctrina de la fe que los Padres ortodoxos nos han transmitido de los Apóstoles, SIEMPRE CON EL MISMO SENTIDO Y LA MISMA INTERPRETACIÓN. POR ESTO RECHAZO ABSOLUTAMENTE LA SUPOSICION HERETICA DE LA EVOLUCION DE LOS DOGMAS, según la cual estos dogmas cambiarían de sentido para recibir uno diferente del que les ha dado la Iglesia en un principio. Igualmente, repruebo todo error que consista en sustituir el deposito divino confiado a la esposa de Cristo y a su vigilante custodia, por una ficción filosófica o una creación de la conciencia humana, la cual, formada poco a poco por el esfuerzo de los hombres, sería susceptible en el futuro de un progreso indefinido.

"Consecuentemente: mantengo con toda certeza y profeso sinceramente que la fe no es un sentido religioso ciego que surge de las profundidades tenebrosas del "subconsciente", moralmente informado bajo la presión del corazón y el impulso de la voluntad, sino que un verdadero asentamiento de la inteligencia a la verdad adquirida extrínsecamente por la enseñanza recibida EX CATEDRA, asentamiento por el cual creemos verdadero, a causa de la autoridad de Dios cuya veracidad es absoluta, todo lo que ha sido dicho, atestiguado y revelado por el Dios personal, nuestro creador y nuestro Maestro".

"En fin, de manera general, profeso estar completamente indemne de este error de los modernistas, que pretenden no hay nada divino en la tradición sagrada, o lo que es mucho peor, que admiten lo que hay de divino en el sentido panteísta, de tal manera que no queda nada más que el hecho puro y simple de la historia, a saber: El hecho de que los hombres, por su trabajo, su habilidad, su talento continúa a través de las edades posteriores, la escuela inaugurada por Cristo y sus Apóstoles. Para concluir, sostengo con la mayor firmeza y sostendré hasta mi ultimo suspiro, la fe de los Padres sobre el criterio cierto de la verdad que está, ha estado y estará siempre en el episcopado transmitido por la sucesión de los Apóstoles; no de tal manera que esto sea sostenido para que pueda parecer mejor adaptado al grado de cultura que conlleva la edad de cada uno, sino de tal manera que LA VERDAD ABSOLUTA E INMUTABLE, predicada desde los orígenes por los Apóstoles, NO SEA JAMAS NI CREIDA NI ENTENDIDA EN OTRO SENTIDO.

"Todas estas cosas me comprometo a observarlas fiel, sincera e INTEGRAMENTE, a guardarlas inviolablemente y a no apartarme jamás de ellas sea enseñando, sea de cualquier manera, por mis palabras y mis escritos...".