
por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.
Ediciones Excalibur, Buenos Aires, 1982
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Esquilmados y abatidos como ovejas sin pastor
Esta mañana, 6 de diciembre de 2008, sábado de la primera semana de Adviento y primer sábado del mes, tenía decidido escribir este breve artículo cuyo título me lo ha inspirado el Evangelio de hoy que todos escuchamos en la Santa Misa: Jesús recorría ciudades y aldeas anunciando el Evangelio y al ver a las gentes “se le enternecieron las entrañas para con ellas, porque andaban deshechas y extraviadas como ovejas sin pastor” (Mt 9, 36). Otros traducen “extenuadas y abandonadas”; otros “esquilmadas y abatidas” o “echadas” por los suelos.
El día anterior terminé de leer el libro del Cardenal Carlo M. Martini, Coloquios nocturnos en Jerusalen (“coloquio con el Padre Jesuita Georg Sporschill”), 193 pp., Ed. San Pablo, Bs. As., 2008 y esta mañana pensé: este libro que exhorta a la Iglesia a “tener el coraje” de “reformarse” es un arma eficaz para dejar a las ovejas (a nosotros) deshechas, abandonadas, abatidas y esquilmadas. Al comentar San Agustín la parábola del buen pastor, observa que “no habría dicho buen si no hubiera pastores malos” a los que llama “ladrones”, “salteadores”, “mercenarios”; el Buen Pastor es la puerta y es el portero y en cierto modo también oveja, “como oveja fue llevado al sacrificio” (1). Los otros Cristos que son los Obispos, “son miembros del pastor” que cumplen su misión de guardar, cuidar, enseñar y guiar a las ovejas transmitiendo el fondo revelado (uno, único, invariable) a través del tiempo del peregrinaje; habrá en el tiempo histórico innumerables circunstancias, siempre presentes, pero el buen pastor transmitirá lo mismo (el magisterio vivo) bajo la potestad de Pedro, la Roca de la Iglesia.
Sólo el anti-pastor (y bien sabemos Quien es) puede inducir a no ser fiel a su misión contribuyendo eficazmente al abatimiento, a la extenuación, al abandono y confusión de las ovejas. Como antiguo docente católico (aunque pobre oveja frecuentemente “trasquilada”) la lectura del libro (expuesto en las vidrieras de librerías católicas) me ha producido un gran dolor y diré lo que creo que hay que decir; puedo decirlo con la libertad de que gozan quienes participan del sacerdocio común de los fieles; será, por eso, sólo una opinión particular sin autoridad alguna, pero que exige el cumplimiento de su derecho a ser rectamente enseñado y guiado.
Los temas esenciales
El libro del Cardenal Martini (quizá por su estilo dialogal) me ha causado una primera sorpresa: no es una obra rigurosa y muchas afirmaciones no están cuidadosamente fundadas. Quizá se deba a su modalidad, que al ser de fácil lectura sobre temas hoy muy difundidos, gana en número de lectores. Se vende más. Por eso no haré una exposición sistemática sino que seguiré sólo sus grandes temas.
Desde el prefacio se habla de “una Iglesia abierta” (pp. 7,168), de “la apertura de la Iglesia al mundo” (p.73). Como lector me pregunto qué deberíamos entender por Iglesia “cerrada” y si es propio hablar de “Iglesia cerrada” o “abierta”. Queda pendiente qué entenderá el autor por “abierta al mundo” ya que “mundo”, si no nos referimos al de las creaturas creadas (el universo) es una cosa muy otra si nos referimos al mundo como ámbito del pecado (el espíritu del mundo).
Esta Iglesia “abierta” conduciría (según el P. Sporschill) a “una Iglesia audaz y creíble” (p. 11). Me quedo insatisfecho porque no sé qué se quiere decir con los términos “audaz” y “creíble”. Es equivoco: algo o alguien es “creíble” si es digno de fe; pero según el contexto, me da la impresión de que se espera ser “creíble” por el mundo.
Paso por alto (aunque con trabajo) algunas páginas y me detengo en una especie de enumeración: no está claro decir que “el infierno es una advertencia, una amenaza, una realidad. Pero yo sigo sosteniendo la fe en que, al final, el amor de Dios es más fuerte”. Me hace recordar a un querido profesor mío que no deseaba que existiera el infierno… y sostenía que “está vacío” (p. 10-11).
La base de la educación debe ser la Biblia (de acuerdo) pero el equívoco vuelve a presentarse pues al sostener que nada debe absolutizarse (también de acuerdo) lo hace extensivo a la Iglesia (p. 33). Aquí dudo: si se trata de la totalidad del Cuerpo Místico, la Iglesia es “absoluta” en el sentido de eterna y santa… El Cardenal cree que si Jesús viviera hoy, como hizo con sus “colegas los fariseos”, “lucharía con los actuales responsables de la Iglesia” (p. 42).
Aunque ofrece algunas lindas páginas sobre la oración, sorprende la increíble afirmación del P. Sporchill: “No tener relaciones sexuales no es natural”; y pregunta: “Cómo es que los sacerdotes no se casan”(p. 52). En lugar de responder que el acto sexual es libre aunque una fuerte pasión lo impulse (no es como la visión, la digestión o la respiración) el Cardenal se limita, por ahora, a recordar que la obligación del celibato data del siglo XI. Parece que para el P. Sporchill ningún sacerdote es abstinente-casto. Él sabrá por qué lo dice.
Más adelante, el Cardenal opina: una de las cuestiones que tendría que resolver el nuevo Papa (se refiere a los pasos previos a la elección de Benedicto XVI) tendrá que ser “la relación con la sexualidad y la comunión para los divorciados” que han vuelto a contraer matrimonio (p. 68). Su apelación al “coraje” que hace falta no sirve para nada (Benedicto XVI ha sido muy claro); además este “volver a contraer matrimonio” no es tal: debió decir “contraer” (?) concubinato y que es pecado mortal; recibir la Comunión en pecado es un pecado aún mayor. Parece que el Cardenal llama “coraje” al simple permisivismo…. y su propio concepto de pecado es erróneo: “la Biblia designa ante todo con ese término no nuestros pecados personales sino las grandes injusticias y penurias del mundo” (p. 71).
Es necesario ese aire fresco de la “búsqueda de lo nuevo” (p. 72) que condujo al Vaticano II (p. 73). Martini, como Schillebeeckx, Rahner, Comblin, Küng, Metz, Boff y tantos otros inventa un Concilio Vaticano II que jamás existió. Este inmenso fraude se cura fácilmente: querido lector, estudie las Actas. Con eso basta.
Cuando el P. Sporschill le pregunta: “¿qué sueños tiene usted sobre la Iglesia?” (p. 97), aparece el auténtico Martini: “Siempre he sido un entusiasta de Teilhard de Chardin, que ve encaminarse el mundo hacia una gran meta donde Dios es todo en todo” (p. 98). No parece tratarse de la bellísima enseñanza de San Pablo, sino del pancristismo del evolucionismo teilhardiano.
Entre las páginas 72 y 138 pueden leerse muchos textos sobre los jóvenes y sobre la Compañía de Jesús y San Ignacio. Después de leerlas me he quedado pensando en ese libro terrible del ex jesuita Malachi Martin (2) , y en el de mi colega fallecido, también ex jesuita Vincent Miceli, sobre “los dioses del ateísmo” (3) . Hace veinticinco años compartimos el dictado de un curso con Thomas Molnar en San Pablo: me dijo que para conservar la integralidad de su ortodoxia doctrinal y el ideal de San Ignacio, se había secularizado.
Volvamos ahora a lo peor del libro de Martini; y digo lo peor porque es lo peor: Una tal Andrea le declara “ya hace dos años que convivo con mi novio”; “¿En qué podré notar que sí es el hombre de mi vida?” (p. 139). Inmediatamente le sigue no una pregunta sino una afirmación de Sporschill: dice que la Iglesia sigue teniendo fama de ser hostil al cuerpo, lo que se expresa en la encíclica Humanae vitae y la prohibición de la píldora y la anticoncepción; “la Iglesia ha erigido con ella una barrera hacia la juventud”; el Cardenal comienza diciendo que “lo más triste es que la encíclica es en parte culpable de que muchos ya no tomen más en serio a la Iglesia como interlocutora o como maestra” (p. 141): “muchas personas se han alejado de la Iglesia, y la Iglesia se ha alejado de los hombres”; esta encíclica, que “es obra de la pluma del papa Pablo VI” (p. 142) no siguió los consejos de la Comisión de especialistas; para colmo Juan Pablo II “siguió el camino de la estricta aplicación” y hasta pensó (¡oh escándalo!) en una declaración con carácter de infalibilidad pontificia (p. 144). Para Martini la Iglesia debe mostrar “un camino mejor” (p. 145); quizá pedir perdón por la encíclica (sic) y decir “algo positivo” (p. 146) o escribir una nueva (sic).
Lo mismo se debe decir del uso del preservativo (mal menor contra el sida); para colmo el Cardenal parece entender una gran verdad: que el amor es entrega. El lector, por eso, queda perplejo ante la afirmación (a propósito de las relaciones prematrimoniales) de que “tenemos que cambiar la mentalidad si es que queremos proteger la familia y promover la fidelidad conyugal” (¡sic!, p. 149-150).
No podemos dictar a los jóvenes “desde escritorios y púlpitos”, “todo lo que sería ideal” (p. 151); sin detenerme en las explicaciones bíblicas del “gran biblista”, lo mismo debe decirse de la homosexualidad: “en mi circulo de conocidos hay parejas homosexuales, personas muy respetadas y muy sociales. Nunca se me preguntó ni tampoco se me habría ocurrido condenarlas” (p. 152). El biblista reduce los textos bíblicos contrarios a su opinión a un hecho histórico y cultural frente al cual “la Biblia quiere proteger a la familia…” (p. 152). De todos modos, algo más adelante no duda en esperar como cuestión abierta, la ordenación de mujeres y la aceptación de la homosexualidad (p. 177).
Dejemos la “Iglesia misógina”, volvamos al concilio, miremos para adelante…como el Concilio que “entró en diálogo con el mundo moderno tal como es, sin cerrarse por temor” (p. 160); si la Iglesia quiere ser misionera es lo que tiene que hacer: abrirse, dejar el dominio masculino, abandonar “la relación entre mujer y pecado” (p. 164); tengamos paciencia: ya nos iremos encontrando con las “otras iglesias”, veremos qué pasa con la “ordenación de mujeres” (p. 167-168).
La Iglesia necesita “reformas internas”, que vengan “desde dentro”. Para Martini, “Martín Lutero fue un gran reformador. Lo más importante es por cierto su amor por la Sagrada Escritura de la que extrajo buenas ideas”; cree que “la Iglesia Católica se dejó inspirar por las reformas de Lutero en el Concilio Vaticano II y ha suscitado un movimiento de renovación desde dentro (p, 170-171). Consecuencia de todo esto es el movimiento ecuménico que en Martini es un mero sincretismo (p. 174-180); para colmo, afirma que “la Buena Nueva es el camino alternativo al discurso moralizante” (p. 174).
Como es lógico, no podía faltar el elogio a los teólogos de la liberación que “se encuentran forzosamente con resistencia, puesto que viven a partir de la convicción de que el encuentro con los poderes y la lucha contra la pobreza es el lugar privilegiado para el encuentro con Dios en nuestro mundo” (p. 186).
Síntesis conclusiva y crítica
Me limitaré a hacer una enumeración de los contenidos principales de este libro verdaderamente escandaloso, que me ha hecho recordar lo que aprendí de niño: un Cardenal, me enseñaban, es uno de los prelados que componen el Sacro Colegio, consejero del Papa en asuntos graves de la Iglesia e integrante del Cónclave para la elección del Sumo Pontífice.
Aquella enseñanza elemental suponía la fidelidad total al fondo revelado, la ortodoxia suma en la doctrina trans-mitida, la adhesión filial a Pedro, siempre.
De estos coloquios verdaderamente “nocturnos” en Jerusalen, se pueden enumerar las siguientes proposiciones:
1. Queremos una Iglesia “abierta” para que sea “creíble” para el mundo como mundo (repetición de las tesis de Bonheffer y muchos modernistas.
2. El infierno como “amenaza”, afirmación que suscita dudas sobre la eternidad de las penas.
3 La actividad sexual es una “exigencia natural”; el lector deduzca por sí mismo el valor que tiene la abstinencia (imposible) en el célibe y la fidelidad en el matrimonio p.e. cuando uno de los cónyuges tiene que estar ausente.
4. Deja abierta –bien abierta- la posibilidad de dar la Comunión (Cristo Eucaristía por si lo ha olvidado) a los “vueltos a casar” o como debe decirse, a quienes pecan mortalmente viviendo en concubinato.
5. Un vago concepto de pecado señalado como esas “grandes injusticias y penurias del mundo”.
6 El Concilio Vaticano II ha sido el Concilio de la “apertura” al mundo.
7. La Encíclica Humane Vitae debe ser cambiada por otra. Por lo tanto, no existe el Magisterio ordinario ni la primacía de Pedro.
8. Dadas ciertas circunstancias son lícitas la píldora anticonceptiva y el preservativo.
9. “Abrir” bien las puertas a los homosexuales y volver a considerar la posibilidad del Orden Sagrado para las mujeres.
10. Lutero es el “gran reformador” por quien el autor parece tener grande aprecio en el tema de la reforma “desde dentro”.
11. Pensar si conviene o no incorporar el nombre de Dios en la Constitución de la Unión Europea (p. 193).
Al Señor no se “le enternecieron las entrañas” por todo esto, sino porque vio a los suyos “esquilmados y abatidos” o “deshechos y echados por los suelos” como “ovejas que no tienen Pastor”. Cuando terminé de leer el libro me sentí abatido, esquilmado, atropellado. Pero me recuperé porque sí tengo Pastor… que no es el autor de este libro sino Otro, el Pastor Único que es la Puerta y el Portero. Y en su Nombre, su Vicario, la Roca.
Alberto Caturelli
Córdoba, 8. XII. 08
En el día de la Inmaculada Concepción de María.
(1) In Ioannis Ev., tract. 46, 1-5
(2) Los jesuitas. La Compañía de Jesús y la traición a la Iglesia Católica Apostólica romana, 507 pp., trad. de M. Alvarez Franco, Lasser Press Mexicana, México, 1988.
(3) The Gods of atheism, 485 pp., Arington House, N. York, 1971; también tengo al alcance de la mano su The Antichrist, 297 pp., the Christoipher Publishing House West Hannover, Massachussets, 1981

Santo Tomás Moro es hoy una figura olvidada pues es un incómodo referente para la clase política...
oenig nos recuerda que Santo Tomás Moro no sólo fue Lord Canciller de Inglaterra bajo Enrique VIII, sino también un hombre de leyes, un teólogo, un filósofo y un autor. Pero pese a todos sus talentos, Santo Tomás Moro es más recordado por su integridad.
Hno.A.Monasterio
INTRODUCCIÓN
resentamos la vida de una santa que fue oblata de S. Benito y su vida estuvo tan ligada a la ciudad de Roma que es conocida como Santa Francisca Romana. Nació a fines del siglo XIV; su vida transcurre prácticamente durante el Cisma de Occidente: es un período difícil de la historia de la Iglesia. De ahí que antes de hablar de su vida, es necesario referirse a las circunstancias históricas que le tocó vivir.
II. LA SITUACIÓN HISTÓRICA
1. EL GRAN CISMA DE OCCIDENTE
En el siglo XIV, durante casi setenta años, el Papado había residido en Aviñón, pues desde Clemente V (1305-1314) que, temiendo por la independencia del gobierno eclesiástico en aquella Italia tan desgarrada por las luchas partidarias y cediendo a la presión del monarca francés, permaneció en Francia sin llegar a pisar el suelo de la Ciudad Eterna, Roma. Su sucesor Juan XXII, elegido en 1316 residió permanentemente en Aviñón. Siete pontífices, todos originarios de la Francia actual, se habían sucedido en Aviñón. Como vemos lo esencial de esta época de la Historia de la Iglesia, consiste en el durable apartamiento de la residencia tradicional de la Sede Apostólica, y del suelo italiano en general, lo que puso a los Papas en una peligrosa dependencia de los reyes de Francia y amenazó gravemente su posición ecuménica. Esto trajo graves consecuencias. Pues el establecimiento en Aviñón, el nombramiento de cardenales en su mayoría franceses y la elección de siete Papas franceses uno tras otro, despertó la suspicacia de las demás naciones, y se formó la opinión de que la suprema dignidad de la Iglesia se había convertido en un instrumento dócil al servicio de la política francesa; menoscabó de una manera muy considerable la respetabilidad del Pontificado; debilitó la confianza general en el Jefe común de la cristiandad y despertó en los otros pueblos un sentimiento de oposición de carácter nacional contra el gobierno afrancesado de la Iglesia. Algunos Papas se preocuparon para que la situación cambiara. Por ejemplo Urbano V trató de volver a Roma, pero lo hizo fugazmente, regresando a Aviñón. Su sucesor Gregorio XI, puso todos los medios para restituir a Roma su papel tradicional de residencia papal, dando con esto una notable prueba de energía, sobre todo tan poco tiempo después del fracaso de su predecesor. Gregorio XI tenía sólo cuarenta y siete años cuando trasladó la corte de Aviñón a Roma poniendo fin a su largo exilio, pero moría catorce meses después. La tumultuosa elección de Urbano VI y el carácter violento y caprichoso del nuevo Papa, contribuyeron a que trece cardenales declararan nula la elección y designaran un nuevo pontífice: Clemente VII.
El mundo cristiano se dividió. Alemania, Italia, Hungría, Inglaterra y Escandinavia reconocieron a Urbano VI, instalado en Roma. Clemente VII, con su sede en Aviñón, contaba con la adhesión de Francia, Castilla y Escocia. La muerte de Urbano VI no puso fin al cisma, pues sus cardenales se apresuraron a elegir su sucesor, Bonifacio IX, que intentó restablecer la unidad ayudado por Gerson y la Universidad de París.
La muerte de Clemente VII no servirá más que para que los cardenales de Aviñón eligieran a Benedicto XII, quien obstinadamente se negará a ceder hasta el fin de sus días. Cuando muere Bonifacio IX los cardenales romanos se apresuraron a elegir un sucesor, Inocencio VII, y dos años más tarde, Gregorio XII. El Concilio de Pisa de 1409 decretó la deposición de los dos papas y veinticuatro cardenales eligen a Alejandro V, cuyo sucesor, Juan XXIII impuso la reunión de un nuevo concilio en Constanza, donde el propio Juan XXIII fue depuesto. La unidad fue restablecida merced a la elección de Martín V. Todo este período representa uno de los tiempos más difíciles de la vida eclesial, provocando un grave desconcierto en las conciencias.
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ue sin arrebatos de divina locura no se puede llegar a la santidad, es evidente. Los cuerdos, según el mundo, jamás llegarán a la santidad heroica. La vida sin complicaciones, sin exabruptos de generosidad, la vida atiborrada de cálculos egoístas —burguesa—, se opone diametralmente a la de los santos. No hay compatibilidad entre los santos y los que jamás abandonan sus cómodas casillas; lo mismo que no la hay entre el volcán y la llanura esteparia, ni entre los héroes —hombres de arranques— y los adocenados.Se explica que los santos tengan que ser locos, locos de remate, para el mundo. Porque ¿no es la doctrina evangélica la más disparatada locura de tejas abajo y la sabiduría más sublime para los que están tocados de Dios? Los santos —como los genios o los héroes— rompen moldes, los moldes de la vulgar ramplonería humana, y por eso chocan con la realidad monótona. Tienen dinamita en el alma y su generosidad les hace estallar hacia lo imprevisto e inédito.Pero, ¿qué hacen sino seguir las huellas de Aquel que dio en la cresta a la sabihonda cordura humana, provocando ante la humanidad el más sonado de los escándalos: el de su muerte en una cruz? No cabe duda, con este hecho comenzó la era de la locura. ¡Bienvenida! En pos de Él siguieron legiones de "chiflados": los que se dejaron descabezar por amor de Dios, los que abandonaron su patria —¡con lo bien que se está en casita!— para difundir el Evangelio entre caníbales, los que maltrataron sus cuerpos hasta convertirlos en piltrafas humanas, los que se abrazaron a los apestados —¡uf, qué asco!-, los que dijeron mil veces no cuanto todos dicen sí, y sí cuando la mayoría dice no...Ahondad en la vida de los santos y veréis cómo, bajo las apariencias más normales, existe el contagio. Todos están tocados por la locura de la cruz.San Juan de Dios fue uno de esos locos. La venada le dio fuerte. Lo vais a ver.Era el día de San Sebastián de 1537. En la histórica ermita del Santo de la ciudad de Granada predicaba el Beato Maestro Juan de Avila, que, cual otro Pablo de Tarso, se había hecho célebre por sus infatigables correrías apostólicas por Andalucía. Durante su sermón, atacó duramente contra los vicios y predicó sobre las virtudes y el amor de Dios.Un hombre de cuarenta y dos años le escuchaba absorto sin perder sílaba. Era conocido en la ciudad por su tenderete de libros, y en toda la comarca, porque lo veían con frecuencia vendiendo libros, estampas e imágenes por los pueblos.De repente se oyó un grito en la pequeña ermita abarrotada de fieles: "¡Misericordia, Señor!" Todos quedaron pasmados ante el hombre que había gritado, y mucho más cuando le vieron darse cabezadas en el suelo, mesarse las barbas y cejas y dar muestras de un profundo dolor y pesar de sus pecados.
odos los marzos me resulta inevitable manotear de la biblioteca algunos de los libros de don Gustavo Adolfo Martínez Zuviría, más conocido bajo el seudónimo de Hugo Wast. Será que siempre tengo presente que el 28 de ese mes del año 1.962 pasaba a mejor vida y me he acostumbrado a recordarlo ojeando y releyendo pasajes de su obra. La de su muerte es una de las pocas fechas que retengo en la cabeza.Tomado de Gratis Date
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uede concluirse, por ello, con Canals que «parece obvio que las XXIV tesis se proponen "a modo de normas directivas seguras" porque contienen algunos puntos característicos de aquella síntesis (...) la más coherente y armónica, edificada por Santo Tomás de Aquino sobre aquellos fundamentos ciertos que son en Santo Tomás lo capital de su doctrina filosófica» (Canals, 1998a, 110).En este texto, se refiere Canals a la respuesta de la Sagrada Congregación de Estudios, Dubia «Cum Summus», del 7 de marzo de 1916, en el pontificado de Benedicto XV. La cuestión que se preguntaba era «si las XXIV tesis de filosofía, aprobadas por la Sagrada congregación de Estudios, contienen verdaderamente la genuina doctrina de Santo Tomás, y si, en caso afirmativo, deben ser impuestas en las Escuelas Católicas». La respuesta fue la siguiente:«Todas esas XXIV tesis de filosofía expresan la genuina doctrina de Santo Tomás, y deben ser propuestas como normas directivas seguras» (Benedicto XV, AAS 8, 1916, 156-157).Un poco antes el mismo Papa había contestado a la siguiente carta del Prepósito General de la Compañía, P. Wladimiro Ledóchowski:«A los pies de Vuestra Santidad, pido humildemente a Vuestra Santidad que, para disipar todas las dudas, se digne aprobar la respuesta dada al R. P. General Martín sobre las cuestiones relativas a la distinción real entre esencia y existencia. La respuesta fue la siguiente: "La sentencia de la distinción real entre esencia y existencia es libre -tanto como su contraria- en la Compañía, y cualquiera puede seguirla y enseñarla, con tal de que cumpla dos condiciones: que no la tome como fundamento de toda la filosofía cristiana, y no la arguya como necesaria para probar la existencia de Dios, sus atributos, su infinitud, o la emplee para explicar e ilustrar debidamente los dogmas, y que no censure a los eximios doctores de la Compañía, de merecida alabanza en la Iglesia» (En Saranyana, 1992, 282-283).Esta carta, Ad pedes Sanctitatis, alude a otra del P. Luis Martín, en el que planteaba la obligatoriedad de la tercera tesis, que establecía la distinción real de esencia y ser. Como observa Saranyana, «la insistencia del Papa, primero de carácter universal en la encíclica Aeterni Patris y después particularizada en la carta (Gravissime Nos), debió provocar algunas perplejidades entre los filósofos y teólogos jesuitas, incertidumbres que versaban principalmente sobre la distinción real entre esencia y esse» (Saranyana, 1992, 282).
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ara el mundo civilizado contemporáneo, el fin del verano marca el comienzo de la temporada de trabajo, de estudio, el empezar a ponerse nervioso por los problemas que se avecinan, por las decisiones que hay que tomar. La época estival ha sido un paréntesis de vacaciones, de espera. Políticos, sindicalistas, periodistas, dirigentes estudiantiles, dispersos por Punta del Este, Pinamar, Mar del Plata, Europa, no han podido todavía ejercer plenamente toda su actividad ruidosa, deletérea. La universidad en receso, la televisión trabajando con figuras de segunda, el congreso cerrado Enero y Febrero suelen ser épocas de una .cierta tranquilidad. Las cosas comienzan a moverse recién en Marzo. Y, si esto en épocas normales, ¡cuánto más en las nuestras, en este año seguramente difícil que iniciamos!
ucho se ha hablado en estos días aciagos para la dignidad de la Iglesia, sobre Mons. Richard Williamson. Pero muy pocos saben quién es y qué piensa el obispo "negacionista" como falsamente lo ha etiquetado, no solamente la prensa mundial, sino también algunos dignatarios eclesiásticos; jerarcas nulos en la defensa del glorioso nombre de Jesucristo nuestro Señor, como ha quedado demostrado en ocasión de los últimos insultos proferidos en la TV israelí contra su Divina Persona y el honor de su Santísima Madre, pero fulmíneos como el rayo cuando se trata de proteger los "dogmas de la modernidad".
Como el inolvidable Padre Castellani recordara tantas veces al referirse a la formación de los futuros sacerdotes: "La Gracia supone la naturaleza", por eso, sólo por excepción o milagro ha de obtenerse un San Agustín a partir de un rústico, o un San Luis, Rey de Francia, a partir de un ignorante. Conocedor de esta realidad, Mons. Williamson, cuya pasión por la Verdad lo llevó del Anglicanismo a la Iglesia de Jesucristo, organizó en el seminario de la Reja las Jornadas Anuales de Humanidades para Jóvenes. Nos ha parecido oportuno publicar alguna de sus intervenciones en dicho ciclo como medio de aproximación a su franca personalidad. Luego de oír el archivo que publicamos hoy nos parece razonable que un hombre que habla de este modo sea calumniado por el mundo.
Publicadas por el excelente sitio Página Católica, de donde he tomado también el texto precedente
El Rock, Música de la Revolución Anticristiana
Conferencia de Mons. Richard Williamson,
Jornadas de Humanidades 2006
Seminario Ntra. Sra. Corredentora
La Reja - Pcia. de Buenos Aires
(Audio - 47' 26")
Para leer un fragmento, y escuchar la conferencia haga click sobre la imagen
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¡Hay que decir la Verdad!
Conferencia de Mons. Richard Williamson,
quien responde a la juvenil concurrencia al clausurar las
Jornadas de Humanidades 2006
Seminario Ntra. Sra. Corredentora
La Reja - Pcia. de Buenos Aires
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dmiro la musicalidad de Lorca, la sensatez de Antonio Machado, el alma de Unamuno o el buen hacer periodístico de Ortega pero al único escritor español del siglo XX al que atribuyo la condición del clásico es a José María Pemán.
a utilización cotidiana, constante, del término «autoridad» y sobre todo, la equivocidad que le es inherente en la sociedad contemporánea, requiere una reflexión serena con el ánimo de disipar los equívocos y las confusiones. Algunos afirman la autoridad ante el desorden y la anarquía interior del hombre actual pero sin discutir su naturaleza; los más la niegan o la desfiguran en la medida en la cual todo orden es signo de algún «autoritarismo» que se rechaza a priori. Por eso, comencemos por el término mismo, indaguemos después sus fundamentos últimos e interroguémonos el fin por su naturaleza.Es más que posible que el solo planteo teórico sea considerado «autoritario» desde que una pregunta de corte metafísico se sitúa en las antípodas de la sofística contemporánea que exige la des-funda-mentación como garantía del pensamiento libre. Nos queda el consuelo que un pensamiento no-viril, no-fuerte, «débil», se tendrá que quedar sin respuesta. Por eso prefiero adherirme al pensamiento fuerte que tiene el coraje de formular la pregunta y, sobre todo, de intentar la respuesta.

os nombres de las Santas Perpetua y Felícitas figuran de antiguo en el canon de la misa. Habían muerto en el anfiteatro de Cartago el año 203. En el calendario filocaliano de Roma del tiempo de San Dámaso, aparece su fiesta el 7 de marzo. Después se perdió la memoria de su celebración, que a principios de este siglo restauró San Pío X. Fue con motivo de las excavaciones que se realizaban cerca de Túnez, en el emplazamiento de la vieja Cartago. Aparecieron los restos de una basílica paleocristiana y fue hallado el epitafio de estas célebres mártires. Mas como el día siete estaba ocupado por Santo Tomás de Aquino se anticipó la fiesta un día.
Las actas auténticas del martirio de las célebres santas es uno de los documentos más realistas y emocionantes que se conocen. Habremos de contentarnos con espigar algunos de sus más bellos párrafos.
Las Actas constan de tres partes, dos autobiográficas y una narrativa. La primera escrita por la pluma de la misma mártir protagonista: Santa Perpetua; la segunda débese a Sáturo, compañero de martirio de la misma, y lo restante —preámbulo y epílogo— corresponde al armonizador de toda la pieza literaria, tal vez Tertuliano, que la debió ofrecer al público en griego y latín.
Como consecuencia del edicto de Septimio Severo contra los cristianos, promulgado el 202, fueron apresados al año siguiente varios cristianos de Cartago, todavía catecúmenos: Revocato y Felícitas, que eran de condición servil, o sea, esclavos, y Saturnino y Secúndulo. Con ellos estaba Vibia Perpetua, de ilustre cuna, de exquisita formación, casada con la dignidad de las matronas, a quien vivían sus padres y dos hermanos y un niño de pecho. Tendría como veintidós años.
A estos mártires se les agregó después espontáneamente Sáturo, diácono, que había sido su maestro de catecumenado y fue quien después les sostuvo en la larga lucha, Santa Perpetua nos va narrando los incidentes del proceso. Primero fueron detenidos en una casa particular, con guardias de vista. Allí comenzaron las luchas con su padre, que era pagano. Estando en esta custodia atenuada recibieron el bautismo y a los pocos días fueron metidas en la cárcel pública.
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ODOS los años, al celebrarse la feria del pueblo, se llevaba en procesión al Cristo crucificado del altar. El cortejo llegaba hasta el dique y allí se efectuaba la bendición de las aguas para que el río no hiciera locuras y se comportara decentemente.
Como en otras ocasiones parecía que también en ésta las cosas funcionarían con la acostumbrada regularidad, y don Camilo estaba dando los últimos toques al programa de la fiesta, cuando apareció el Brusco en la rectoral.
–El secretario del comité – dijo el Brusco – me manda a hacerle saber que el comité participará en la procesión en pleno con bandera.
–Agradezco al secretario Peppone – contestó don Camilo. – Me alegraré de que todos los hombres del comité estén presentes. Sin embargo, es necesario que tengan la amabilidad de dejar la bandera en casa. No debe haber banderas políticas en cortejos sacros. Estas son las órdenes que tengo.
El Brusco se marchó y poco después llegó Peppone con la cara congestionada y los ojos fuera de las órbitas.
–¡Somos cristianos como todos los demás! – gritó Peppone entrando en la rectoral sin pedir siquiera permiso. – ¿En qué somos distintos de los otros?
–En que cuando entran en casa ajena ustedes ni se quitan el sombrero – respondió don Camilo tranquilamente.
Peppone se quitó el sombrero con rabia.
–Ahora eres igual a los demás cristianos – dijo don Camilo.
–¿Por qué no podemos venir a la procesión con nuestra bandera? – gritó Peppone. – ¿Qué tiene de particular nuestra bandera? ¿Es la bandera de los ladrones y los asesinos?
–No camarada Peppone – explicó don Camilo mientras encendía su toscano. – Es una bandera partidaria y aquí se trata de un acto religioso y no político.
–¡En ese caso tampoco deben ustedes admitir las banderas de la Acción Católica!
–¿Por qué? La Acción Católica no es un partido político, tanto es así que yo soy su secretario. Precisamente te aconsejo que te inscribas con tus camaradas.
Peppone soltó una carcajada.
–¡Si quiere usted salvar su alma negra, deberá inscribirse en nuestro partido!
Don Camilo abrió los brazos.
–Procedamos así – repuso sonriendo, – cada cual queda donde está y amigos, como antes.
–Yo y usted nunca hemos sido amigos – afirmó Peppone.
–¿Tampoco cuando estuvimos juntos en los montes?
–¡No! Era una simple alianza estratégica. Por el triunfo de la causa uno puede aliarse hasta con los curas.
–Bueno –dijo don Camilo con calma. – Pero si quieren venir a la procesión deben dejar la bandera en casa.
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uele afirmarse en nuestros días que el espíritu evangélico es incompatible con la condición militar. Esto conduce por lo común a una serie de oposiciones dialécticas invariablemente falsas. Así el mensaje cristiano queda reducido a una pasiva aceptación de cualquier cosa, a condición de que se mencione genéricamente la "fraternidad", el "amor" o algún otro tópico por el estilo, cuanto más vagamente mejor. A su vez, el estado militar se reduce al ejercicio ciego de la violencia, descontando que ella será siempre sinónimo de abuso y atropello.