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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

30 de marzo de 2009

La secta lefebvrista

Confesión de parte: leo tarde y nunca mis e-mails, sea por falta de tiempo, sea porque todavía es para mi un sistema de comunicación no habitual, o por un largo etc.

Este lo recibí el 27 de febrero, pero lo leí varios días más tarde, despues de haberlo visto publicado en varios blogs amigos.

Me sigue pareciendo una perla, a pesar del destiempo ( ya pasó el "caso Williamson"), y por eso lo publico ahora.



enviado por Ricardo Guillermo Cardin.

Por un Periodista Argentino



nte la inusitada notoriedad que en los últimos tiempos ha tomado nuevamente la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por Mons.Marcel Lefebvre por el levantamiento de las excomuniones de los cuatro obispos consagrados por éste en 1988 por parte del reaccionario pontífice Benedicto XVI y las declaraciones contra la Shoá –dogma fundante de la hermandad universal del occidente cristiano por sobre todas las razas y religiones, menos una de cada una- formuladas por Mons. Richard Williamson, recientemente expulsado del país por el gobierno nacionalpopularyrevolucionario de Cristina Fernández, logramos infiltrar un equipo periodístico en uno de los centros de concentración de la secta cismática, develando –único medio- sus secretos más celosamente guardados.

Como es sabido, ya que así lo afirman el Grupo Clarín, la Conferencia Episcopal, el Gobierno, la DAIA, el INADI y otras organizaciones piadosas de similar talante, la secta lefebvrista es un cisma dentro de la Iglesia Católica, que pretende restaurar la vieja doctrina de que ésta es la Única y Verdadera. Pero como suele ocurrir con todos los cismas, a partir de las declaraciones de Mons. Williamson, la secta se desliza hacia la herejía.


Nuestro equipo en Moreno


Al trascender que el hereje negacionista Williamson vivía en el Seminario Nuestra Señora Corredentora de La Reja, nuestro equipo se constituyó en el lugar. Para pasar inadvertidos ente los acólitos de la secta lefebvrista –o lefebvriana, como se la conoce más modernamente- llegamos en caballos blancos y vistiendo nuestras armaduras de gala.

Antes de seguir con el relato, se impone una aclaración: distintos medios colegas circunscribieron su información a la comunidad de Moreno. Sin embargo, estamos en condiciones de adelantar que dicha comunidad es sólo uno de los dos grupos en los que está dividida la secta. Los lefebvrianos de Moreno, que se radicaron en torno al Seminario, son sionistas. Viven en una nueva Tierra Prometida, con sus propios usos y costumbres. Los restantes, distribuídos en distintos puntos del país y más numerosos, son los lefebvristas de la diáspora.

Aclarada esta faceta poco conocida, continuamos con el relato. Preguntamos a un par de jóvenes como se ingresaba al templo pero por única respuesta recibimos la siguiente: “Reconocemos la labor pastoral de S.E. Mons. Williamson pero consideramos que sus imprudentes declaraciones comprometieron seriamente a la Fraternidad y al Santo Padre Benedicto XVI”, tras lo cual siguieron pintando una pancarta en la que podía leerse: “¡Richard, leal, te vamos a vengar!”

Por nuestros propios medios llegamos finalmente hasta el patio que está adelante del templo, que para la secta se llama “atrio”; sobre la derecha, tras una pequeña mesa plegable, otro joven voceaba su mercadería: “A la gorrita de Monseñor Williamson, muchacho. Hay gorro, bandera y vincha”. Varias damas adquirieron el producto, sustituyendo la tradicional mantilla por el episcopal adminículo popularizado por TN y otros canales de televisión.

Ingresamos al cabo al templo y participamos del ritual de los lefebvrianos que ellos llaman Misa Tridentina. Según fuentes bien informadas, el nombre viene de la creencia medieval de que quien falta a misa es ensartado por el diablo con su tridente.


La Misa Tridentina: un opio de aquellos


El templo es majestuoso, lujoso, ostentoso, suntuoso, portentoso y lindo; nos llama la atención el silencio. La Iglesia llena de gente arrodillada y todo el mundo en silencio. Como si fueran ahí a hablar con Dios, o algo así. No hay guitarras, no hay jóvenes a los abrazos, no hay murmullos, nada.

Asusta.

De repente entra el cura custodiado por dos monaguillos, y dándole la espalda a los fieles comienza a hablar en un idioma extraño, que se llama latín y parece que se hablaba en Grecia hace como cinco mil años.

La gente se arrodilla aparentemente sin darle importancia a la descortesía del cura que ni los mira y responde, algunos leyendo de unos libros amarillentos, otros de memoria, en el mismo idioma. No se entiende bien ni lo que dice el cura ni lo que dice el público.

Hace mucho calor a pesar de lo cual todas las mujeres llevan polleras largas y no hay ningún hombre en bermudas y ojotas, aunque La Reja es un lugar de casa quintas. Empezamos a maldecir la idea de nuestra producción de hacernos venir con armaduras.

Estamos en condiciones de adelantar –nuevamente único medio- y en honor a la verdad periodística debemos hacerlo, que la misa no es toda de espaldas: de vez en cuando el cura se da vuelta y le dice algo a la gente y la gente le contesta algo, y parece que con que les hable de vez en cuando, todos se quedan conformes. También el cura lee un par de cosas en castellano de frente al pueblo: una la escuchan sentados y otra de pie. Y después dice un sermón también en castellano. Después todos se sientan y una voz empieza a cantar. Era la primera cosa interesante desde el comienzo de la ceremonia. Pero la ilusión duró un segundo. La canción decía algo como “Recibe oh Dios…” y la música era re lenta, un plomazo. ¡Y eso es lo más emocionante!, porque a partir de ahí el cura se da vuelta y empieza a hablar en voz baja y no pasa nada que tenga interés periodístico, nada más suena un par de veces una campanita.

Aparentemente el público está dormido; pero si se los observa bien entran en una especie de trance letárgico. Después el cura dice en voz alta una oración que nos pareció que era el padre nuestro. Como ahí entendimos algo, esperamos el beso de la paz. Nada. Ni siquiera queda el consuelo de soportar el hastío sentándote al lado de la chica que te gusta. Ni eso. Luego todos van a comulgar, pero de rodillas. Nadie toma la comunión en la mano. Después dura un ratito más y se termina. Algunas personas salen, otras se quedan ahí arrodilladas en silencio. Nos preguntamos de qué hablará esta gente tan rara y salimos al atrio.


Después de la misa


Dos hombres de mediana edad, uno de traje, el otro de jean y camisa, ambos con la gorrita de Williamson, hablaban animadamente en una esquina del atrio. Uno levanta la voz.

-¿Es cierto o no es cierto?

-Sí, es cierto. Pero no tendría que haberlo dicho. Fue imprudente, es una provocación innecesaria.

Nos acercamos como al descuido. A ninguno le llama la atención nuestra armadura. Parece que mientras que la vestimenta sea “decente” a nadie le importa como se vista el de al lado. Nos metemos en la conversación:

-Perdón, están hablando de Mons. Williamson.

Los dos se ríen.

-No, ¿qué Williamson? Estamos hablando del último clásico que les ganamos a las gallinas éstas, cuando Ischia dijo “después de todo le ganamos al último”.

-Fue un imprudente, una provocación innecesaria.

-Sangrás por la herida, bataraza.

En eso llega un cura de sotana; les da la mano a mis dos ocasionales interlocutores y a mí me saluda con un movimiento de cabeza.

El cura los mira y les dice:

-Ustedes que están bien informados…

Pensamos que ahora la conversación se pondrá interesante, pero el cura sigue:

-¿No saben cómo terminó Independiente? Porque antes de la misa iba 2 a 2.

-Padre, a usted lo van a excomulgar. ¿Dónde se ha visto un cura hincha del Diablo?

-Tengo permiso del Obispo, dijo el cura riéndose.

Y siguieron hablando de fútbol.

Pero no podíamos volver a la redacción informando que los lefebvristas hablan de fútbol. Entonces tomando coraje nos presentamos:

-Somos periodistas…

El cura contestó:

-No puedo hablar con la prensa por órdenes de mi Superior –y se fue.

Y los otros dos se sacaron la gorrita y escondiéndola a sus espaldas dijeron a coro:

-Reconocemos la labor pastoral de S.E. Mons. Williamson pero consideramos que sus imprudentes declaraciones comprometieron seriamente a la Fraternidad y al Santo Padre Benedicto XVI - y también se fueron. Cuando se hallaban a unos cincuenta metros, vimos cómo se ponían nuevamente las gorras.


Mitos y realidades sobre la secta


Ya no quedaba nadie y las puertas del templo se cerraron. Hasta el vendedor de gorritas había desarmado su precario puesto. Nos dedicamos entonces a hacer encuestas por el vecindario. Las revelaciones fueron aterradoras. Descubrimos que los lefebvrianos:

· Comen solamente salmón ahumado.

· Tienen muchos hijos.

· No miran televisión (¡¿Cómo se puede vivir así?!)

· Sólo les pegan a sus mujeres e hijas los viernes (excepto en Cuaresma, en que les toca paliza también los miércoles)

· Limitan la educación de las mujeres, para mantenerlas sometidas (sólo se les permite obtener un Doctorado)

· No beben sangre humana, salvo en las fiestas de guardar.

· Desde la más tierna infancia, aprenden a escribir con pluma (método represivo que obliga a los niños a hacer buena letra)

· Comen carne de cerdo y sus derivados.

· Toman vino y cerveza (incluso algunos los fabrican). Para los sectores más ultramontanos, tomar Coca Cola es herético.

· Tienen un doble discurso, porque fingen ser conservadores pero usan luz eléctrica, automóviles, celulares,computadoras y hasta Internet.

· Niegan ser lefebvristas y afirman que el lefebvrismo no existe. Dicen ser católicos. Uno de nuestros encuestados, miembro de la secta que prefirió mantener el anonimato, llegó a afirmar que Henri Lefebvre fue un bolche cretino. Es conveniente aclarar que estos retrógrados designan con la palabra “bolche” a cualquier joven idealista que persiga la utopía de un mundo mejor por encima de todas las razas y todas las religiones (exceptuando una raza y una religión).


Pero lo peor del caso es que los lefebvrianos están allí: son profesoras (difíciles de distinguir, porque no usan mantilla para dictar sus clases, y algunas hasta van con pantalones), abogados, maestras, médicos, ingenieros, doctoras en letras, empleadas, obreros. Están allí. Nos acechan. Nos observan. ¿Cómo distinguir un lefebvrista de un ser humano?

Están allí.

¡Socorro!


NOTA DE LA REDACCION: este artículo está elaborado en base a las apreciaciones de distintos medios periodísticos que asistieron a misas de la FSSPX en distintos puntos del país. El diálogo futbolístico entre los feligreses y el sacerdote, está convenientemente desfigurado, pero es real.

29 de marzo de 2009

Domingo 29 de Marzo, 5º Domingo de Cuaresma, Domingo de Pasión






por el R.P. Leonardo Castellani


Tomado de Domingueras Prédicas II
Mendoza, República Argentina, 1998









l Señor dijo a los judíos: «¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador? Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios.» Los judíos le respondieron: «¿No decimos, con razón, que eres samaritano y que llenes un demonio?» Respondió Jesús: «Yo no tengo un demonio; sino que honro a mi Padre, y vosotros me deshonráis a mí. Pero yo no busco mi gloria; ya hay quien la busca y juzga. En verdad, en verdad os digo: si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás.» Le dijeron los judíos: «Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham murió, y también los profetas; y tú dices: "Si alguno guarda mi Palabra, no probará la muerte jamás." ¿ Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, que murió? También losprofetas murieron. ¿Por quién te tienesa ti mismo?»]esús respondió: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: "El es nuestro Dios", y sin embargo no le conocéis, yo sí que le conozca, y si dijera que no le conozco, sería un mentiroso como vosotros. Pero yo le conozco, y guardo su Palabra. Vuestro padre Abraham se regocijó pensando en ver mi Día; lo vio y se alegró.» Entonces los judíos le dijeron: «¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham?» Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy.» Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo.
(Jn. 8, 46-59)


El Evangelio de hoy es un fragmento de un largo diálogo dramático que ocupa casi un capítulo entero de San Juan, antes de la Pasión.
Es paralelo del otro diálogo que expliqué hace dos Domingos, cuando los judíos acusan a Cristo de estar endemoniado, después de curar Él al endemoniado mudo, en el cual hace Cristo un sermoncito sobre el Demonio(1); aquí hace un sermoncito sobre el Pecado contra el Espíritu. En aquel sermón afirma Cristo que "el Reino de Dios ha llegado" con Él; en éste afirma su Divinidad dos veces; y a la segunda intentan matarlo por blasfemo. "En verdad os digo que Abraham, que decís es vuestro padre, deseó ver mi día, y lo vio y se regocijó —y vosotros queréis matarme, simplemente porque digo la verdad." "¿No tienes todavía 50 años y has visto a Abraham?" "En verdad os digo, antes que Abraham existiera, YO SOY." Yo soy Eterno. Concuerda con lo que dijo poco antes: "¿Quién eres Tú?" "El Principio, que habla ahora con vosotros"(2), el Principio de todo, el Eterno.
¿Cuál es el Pecado contra el Espíritu Santo, que no tiene perdón ni en el cielo ni en la tierra? Éste es el enigma más grande que hay en toda la Escritura —dice Juan de Maldonado. No es tanto como eso. Lo dice porque San Agustín enumeró cuatro pecados contra el Espíritu Santo, y en otro lugar los cambió, y en otro lugar enumeró siete. Pero Jesucristo no dijo que había cuatro pecados contra el Espíritu sino que había uno y que estaba allí presente, el fariseísmo.
Los cuatro pecados que asigna San Agustín son: primero, rechazar la verdad conocida; segundo, envidia de la gracia de otros; tercero, presunción de salvarse sin merecimientos; cuarto, lo contrario: desesperación de salvarse. Éstos cuatro son fariseísmo, consecuencias de esa soberbia religiosa que llamamos fariseísmo; y los cuatro los cometían los fariseos.
Rechazar la verdad conocida, y allí estaban viendo a Cristo hacer milagros y para rechazar sus milagros inventando el absurdo sacrilego de que estaba endemoniado.
Envidia de la gracia ajena, pues tenían envidia de la obra salvadora de Cristo y querían sustituirse a Él metiéndose a salvadores, endiosándose.
Presunción de salvarse sin merecimientos, pues no sólo creían se iban a salvar, sino ya salvados, santos, confirmados en gracia con esa su religiosidad externa y falsificada, que no era merecimiento sino desmerecimiento.
Desesperación de salvarse, en la cual cayó Judas, y sin duda cayeron muchos déstos, porque la desesperación es el otro extremo del engreimiento y los dos son soberbia y son como un subibaja.
Dios perdona todo pecado si el pecador se arrepiente, "aunque tus pecados sean más rojos que la sangre."(3) ¿Por qué dice Cristo entonces que este pecado no se perdona? Porque el pecador no se arrepiente: este pecado cierra la puerta al arrepentimiento. La soberbia es el peor de los pecados; de suyo endurece el corazón; y si la soberbia toma por pábulo la religión, entonces destruye aquello que la podría sanar. Si a un enfermo la medicina misma que había de sanarlo lo enferma más, se lo puede dar por muerto —dijo Hipócrates. Por eso dijo Cristo: "Estos justos de aquí valiera más que fueran pecadores; porque es mejor el pecador que peca que el pecador que no peca." (No lo dijo con estas palabras; estas palabras son de Lutero, pero son verdad). O como me dijo el resero Don Ciríaco Díaz, ése que sale en "Don Segundo Sombra", al cual atendí yo antes de morir: "Será pecao, pero a veces —¡hay que pecar, si se ofrece!— siempre con buena intención." Es decir, un hombre que tiene conciencia de pecado, puede arrepentirse; un fariseo que no tiene conciencia de pecado sino de santidad, no puede arrepentirse y es peor(4).
Eso es el fariseísmo. ¿Y el fanatismo? El fanatismo tiene atinencia al fariseísmo pero no es lo mismo. Todo fariseo es fanático pero no todo fanático es fariseo. ¿Qué es el fanatismo? El fanatismo consiste en poner arriba de todo los valores religiosos —lo cual está bien— y después suprimir o despreciar todos los otros valores, lo cual está mal. Los valores religiosos son ciertamente los más altos de todos, son la cúspide de la pirámide de los valores, pero la pirámide no es pura cúspide; la cúspide tiene que estar sustentada por la falda. Si Ud. se sube a la cúspide y después retira la falda, se cae Ud. y la cúspide; y ésta deja de ser cúspide. El fanático es muy religioso o cree serlo; pero da en despreciar todo el resto, la ciencia, el arte, la nobleza e incluso las virtudes naturales, el talento, el genio, el espíritu de empresa. Su religión se desboca, como si dijéramos. Hay religiosos que son buenos religiosos (o lo creen) y desprecian a medio mundo; desprecian, por ejemplo, a las otras Órdenes religiosas o a los casados, desprecian el Matrimonio. Son fanáticos.
Los abusos que ha habido en la Iglesia, y que le incriminan sus enemigos, son obra de fanáticos. Hace poco recibí una carta furiosa e insultante desde Vigo de un sacerdote español, José Carmina, que me insulta porque dice que yo odio a España y ataco la Inquisición. Yo amo a España y defiendo la Inquisición, pero no sus abusos. Sus abusos fueron obra de fanáticos y no fueron aprobados por los Santos. Este sacerdote es un fanático de su Patria. Se puede ser fanático de la Patria, chauvinista, como dicen los franceses.
Aquí en Buenos Aires hubo pocos abusos de la Inquisición; esto dependía de la Inquisición de Lima. Herejes no había, mandaban a Lima a los judíos portugueses que se colaban aquí por la frontera del Brasil. Les estaba prohibido venir aquí a los judíos, lo mismo que a los abogados. El Cabildo de Buenos Aires dijo al Virrey Ceballos: "Si con dos abogados que hay en Buenos Aires hay tantos líos, ¿qué sería si entran más?" Pero en Lima hubo algunos abusos, y uno dellos bárbaro, de la Inquisición; que ha historiado con no muy buena intención el chileno Toribio Medina.
La Iglesia resistía a los abusos, pero donde hay hombres hay abusos. El Papa Gregorio XIII hizo fiestas en Roma por la "noche de San Bartolomé" de París (5): le contaron que había una conjura protestante contra el Rey de Francia y que el Rey se había salvado. Cuando supo que los católicos se habían levantado a matar protestantes, habían asesinado al jefe dellos, Almirante Coligny, y el mismo Rey desde un balcón del Louvre disparaba su arcabuz sobre los hugonotes que huían por la calle —entonces el Papa lo reprobó. HABÍA una conjura contra el Rey; pero esta consigna que originó la matanza: "Antes que los protestantes nos maten a nosotros, matémoslos a ellos", no es católica, o es católica fanática. Lo que debió decir el Rey, si fuera buen católico, o mejor dicho la Reina María de Medicis, que causó la matanza, era: "Antes que los protestantes nos maten a nosotros, tomemos medidas de Gobierno para que no puedan matar a nadie." Fue fanatismo(6).
Dirán Uds. que me he salido del Evangelio. No. Todo esto está en el Evangelio de hoy, "fariseísmo, fanatismo". Es un caso de conciencia que se plantea al sacerdote hoy día, y también a los fieles.




Notas

1. Lucas 11, 14-22.
2. Juan 8, 25. Este texto es diversamente traducido. Castellani sigue a San Agustín.
3. Isaías 1, 18.
4. "El fariseísmo es un compendio de todos los vicios espirituales, avaricia, ambición, vanagloria, orgullo, obcecación, dureza de corazón, crueldad, que ha llegado a vaciar por dentro diabólicamente las tres virtudes teologales, constituyendo así el 'pecado contra el Espíritu Santo': 'Vosotros sois hijos del Diablo y el Diablo es vuestro padre'". (Castellani, "Cristo y los Fariseos". Inédito. La cita está abreviada).
5. 23-24 de agosto de 1572.
6. "El fanatismo es la incapacidad de concebir seriamente la alternativa de una proposición. No tiene nada que ver con la creencia en la proposición misma. Un hombre puede estar suficientemente seguro de algo como para dejarse quemar por ello, o para dar guerra a todo el mundo, y sin embargo no estar ni un milímetro más cerca de ser fanático. Es fanático solamente cuando no puede comprender que su dogma es un dogma, aunque sea verdad. No es fanatismo -por ejemplo- tratar al Corán como sobrenatural. Pero es fanatismo tratar al Corán como natural, como evidente para cualquiera y común a todos."
"La verdadera liberalidad, en resumen, consiste en ser capaz de imaginarse al enemigo. El hombre libre no es aquél que piensa que todas las opiniones son igualmente verdaderas o falsas: eso no es libertad, sino debilidad mental. El hombre libre es aquél que ve los errores con la misma claridad con que ve la verdad."
"El fanatismo es la incapacidad de una mente para imaginarse otra mente. El fanático está entre los más pobres de los hijos de los hombres. Tiene un solo universo. Todos, por cierto, deben ver un cosmos como el verdadero; pero él no puede ver ningún otro cosmos, ni siquiera como una hipótesis" (G. K. Chesterton, "El Fanático", en El Reverso de la Locura. La cita está abreviada).

Diez olvidos



por el Dr. Antonio Caponetto






o pasa día -en rigor, no pasa hora- sin que desde todos los medios masivos a su disposición, las izquierdas gobernantes y cogobernantes vuelvan una y otra vez sobre la condena del Proceso y de la Guerra Antisubversiva.

Como tampoco pasa una hora sin que desde alguna instancia más o menos jurídica, nacional o transnacional se intente o se ejecute una nueva estrategia para mantener a los presuntos o reales represores de la guerrilla en permanente estado de acusación. Las respuestas y las reacciones que se suscitan ante tal estado de cosas están lejos de ser satisfactorias. Empezando por las respuestas de los jefes castrenses, que han optado entre entregarse sin combatir, a expensas de su honor, asociarse vergonzosamente al enemigo sirviéndole de guardia pretoriana o de embajadores, o proferir discursos pacifistas. El resultado es una confusión tan multiforme, una mentira tan honda y una falsificación tan sistemática de la historia, que nos parece oportuno presentar la siguiente enunciación de olvidos:

1.- Se ha olvidado, en primer lugar, la existencia del Comunismo Internacional, con su pecuela de cien millones de muertos durante el siglo XX. La cifra no es arbitraria, ni retórica ni antojadiza. Es el resultado de un cálculo científico, corroborado tras prolijas y actualizadas investigaciones de carácter demográfico, en una voluminosa obra escrita por seis autores insospechados de antimarxismo: El libro negro del Comunismo, Barcelona, Planeta-Espasa, 1998, en su versión castellana.Los profesionales de la protesta antigenocida, tan prontos a blandir cantidades más emblemáticas y falsas que reales, (como las de los seis millones del Holocausto o la de los treinta mil desaparecidos), no han dicho una sola palabra a propósito de tan monstruosa constatación. Entre el 12 y 14 de junio de 2000, en Vilnus, Lituania, tuvo lugar el Primer Congreso Internacional sobre la Evaluación de los Crímenes del Comunismo (CIECC), organizado por la Fundación de Investigación de Crímenes Comunistas presidida por Vytas Miliauskas. No se ha visto ni se verá jamás allí a representante alguno de las agrupaciones defensoras de los derechos humanos, ni al juez Garzón y sus múltiples secuaces nativos y foráneos. Con lo que se constata una vez más -sin que haga falta- que los invocados derechos no son más que un recurso dialéctico de la Revolución, y que las tales agrupaciones que los invocan no han nacido sino para custodiar los intereses de la praxis marxista. Lo cual -pongámosnos de acuerdo- no sería incoherente ni lo más grave si no mediara el hecho de que los mencionados ideólogos y agitadores insisten en presentarse como pacíficos ciudadanos preocupados por cualquier atentado de lesa humanidad.

2.- Se ha olvidado, en segundo lugar, que al amparo de aquella estructura ideológico-homicida apa­reció en la Argentina el fenómeno del terrorismo marxista, responsable de innúmeros actos delictivos y sanguinarios, y causa eficiente de la guerra revolucionaria, a la que toda Nación así agredida está obligada a enfrentar, aún con el concurso de sus Fuerzas Armadas. No fue un hecho aislado ni eventual ni azaroso ocurrido en nuestro país; fue parte de una planificada y cruenta operación extendida -sucesiva y simultáneamente- por toda América y por otras regiones del mundo. La Argentina no vi­vió una guerra civil. Fue agredida desde las usinas internacionales del marxismo con el concurso de subversivos vernáculos.

3.- Se ha olvidado, en tercer lugar, que el susodicho terrorismo no fue sólo ni principalmente físico, sino psicológico, político, económico y moral, buscando como blanco antes las almas que las armas. El término subversión -hoy olvidado- da una idea exacta, en recta semántica, de lo que aquella planificada ofensiva comunista quería conseguir y consiguió. El terrorismo resultó derrotado, pero la subversión campea victoriosa, gobierna y justifica y legitima ahora a los terroristas. Este triunfo subversivo -que está instalado en todos los ámbitos, desde el universitario hasta el eclesiástico, desde el periodístico hasta el gubernamental- fue consecuencia directa de la imperdonable ceguera e ignorancia doctrinal de las Fuerzas Armadas, a través de sus sucesivas conducciones, partícipes todas de la cosmovisión liberal, progresista y moderna de la política. Prefirieron proclamar que los argentinos eran derechos y humanos -pagando tributo a las categorías mentales del enemigo- cuando lo que correspondía era saber definirse contrarrevolucionarios. Prefirieron tener por fin la democracia antes que la patria. La paradoja es que los titulares de aquellos gobiernos militares, miopes y cómplices del error no son enjuiciados ni castigados, como debieran serlo, por causa de esta derrota contra la subversión, sino en razón de su victoria contra el terrorismo.

4.- Se ha olvidado, en cuarto lugar, que tanto la subversión como el terrorismo contaron con el apoyo explícito e incondicional de las genéricamente llamadas agrupaciones internacionales de solidaridad. Principalmente de la célula Madres de Plaza de Mayo, cuyas integrantes -que manejan ahora hasta el funcionamiento de una “universidad”, y que han sido insensatamente promovidas, homenajeadas y hasta recibidas en los ámbitos presidenciales- no dejan posibilidad alguna de duda sobre sus propósitos a favor de la lucha armada. Tampoco esto nos parece incoherente o lo más grave, sino el hecho de que se preterida presentar a las Madres como modelos de la defensa de la vida y de la libertad. Hay que decirlo de una buena vez: Madres, Abuelas e Hijos son tres agrupaciones terroristas que gozan de impunidad, y hasta cuentan en algunos casos con subsidios estatales, llamados eufemísticamente indemnizaciones. Si las cosas se hubieran hecho bien, si una inteligencia cristiana hubiera comandado aquellas acciones bélicas, y una voluntad auténticamente castrense las hubiera consumado, no habrían existido desaparecidos sino ajusticiados, como consecuencia de una límpida, pública y responsable acción punitiva. Es posible, se dirá, que las Madres de Plaza de Mayo hubieran existido igual sin desaparecidos, pues su propósito institucional -quedó después en claro- no era recuperarlos sino apoyarlos y encubrirlos, desde la apelación a lo emocional hasta el uso de las armas. Pero si quienes libraron la guerra justa con­tra la subversión se hubieran abstenido de utilizar algunos de los mismos procedimientos perver­sos del adversario, su triunfo moral sobre ellos sería hoy apabullante e incuestionable.

5.- Se ha olvidado, en quinto lugar, que los soldados argentinos que combatieron en la ciudad o en los montes, bajo las formas más o menos clásicas de la guerra o las atípicas que el partisanismo impone, perdiendo por ello sus vidas o arriesgándose a perderlas, merecen la gratitud y el aplauso, el trato heroico y el reconocimiento de su valor. Ellos y sus familias vivieron múltiples peripecias y situaciones de riesgo, hasta que -muchos- cayeron en combate o quedaron gravemente mutilados. Libraron el buen combate sin ensuciar sus uniformes ni sus conductas. Sus nombres y los de las batallas en las que actuaron no pueden ser suprimidos de la memoria nacional, como vilmente viene sucediendo.

6.- Se ha olvidado, en sexto lugar, que no toda acción represiva es inmoral, y que aún del hecho de una represión ilícita no se sigue la inocencia de quienes la hayan padecido. Ambas cosas sucedieron en nuestro país. Hubo una represión del terrorismo perfectamente legítima y encuadrable dentro de los cánones de la guerra justa. Y hubo una represión -aconsejada por los eternos asesores de imagen que continuamente proporciona el poder mundial para estas ocasiones- que violó las normas éticas, siempre vigentes, aún en tiempos de conflagración, desnaturalizando aquella contienda y enlodando a quienes la ordenaban. Mas por enorme que resulte el repudio a aquel modo torcido de reprimir el accionar terrorista, ello no convierte en inocentes a todos aquellos sobre los cuales se ejecutó, ni en torturadores a todos aquellos militares que pelearon. Sin mengua de que hayan podido resultar lesionados algunos inocentes, hubo culpables reprimidos lícitamente y culpables reprimidos ilícitamente. Pero lo más penoso, es que hubo grandes culpables protegidos. Después, y hasta hoy, ocuparían los cargos más encumbrados del Estado. Muchos altos jefes de las FF.AA. deberían responder por esta altísima traición a la patria.

7.- Se ha olvidado, en séptimo lugar, que no existió ninguna dictadura militar ni ningún genoci­dio. Debió existir la primera -posibilidad prevista en la vida política de una nación y en las formas gubernamentales de emergencia en tiempos de anarquía- como respuesta necesaria y oportuna a la situación extraordinaria que se vivía entonces. Contrariamente, las sucesivas cúpulas castrenses procesistas se declararon en pro de “una democracia moderna, eficiente y estable”, y se comportaron como una variante más del Régimen: la del partido militar. Hasta que trasladaron mansamente el poder al más conocido picapleitos del sanguinario jefe erpiano. La imagen de Bignone entregando satisfecho el mando a Alfonsín, defensor de Santucho, es el símbolo más elocuente de la inexistencia de dictadura castrense alguna, y la prueba más patética de la existencia de una connivencia oprobiosa entre aquellas mencionadas cúpulas procesistas y los mandos subversivos. Así como no hubo dictadura no hubo genocidio, pues muertos por procedimientos lícitos o ilícitos, los guerrilleros abatidos no fueron perseguidos por cuestiones raciales o étnicas, sino por constituir un ejército invasor, de raigambre internacionalista, durante una contienda iniciada formalmente por ellos. Todas las comparaciones que se hacen entre el Proceso y el Nacionalsocialismo, resultan ridiculas, falaces, desproporcionadas y carentes de sustento. Tanto por la falsificación que comporta de los hechos argentinos como por la exageración de los hechos ocurridos en la Alemania del Tercer Reich. La estú­pida analogía no es más que propaganda comunista para consumo de ignorantes y de mendaces.

8.- Se ha olvidado, en octavo lugar, que no hubo un terrorismo de Estado sino una cobardía de Estado; del Estado Liberal concretamente, incapaz de hacerse responsable -con nombres y apellidos al pie de las sentencias- de las sanciones penales públicas más drásticas, perfectamente aplicables en tiempos de guerra contra un invasor externo con apoyos nativos. Pero más allá de esta cobardía repudiable, no puede establecerse ninguna simetría entre el Estado agredido que justamente se defiende y preserva, y la acción disociadora de las células guerrilleras, que pretendían constituirse en un Estado dentro del Estado. Hubo acciones represivas del Estado Argentino perfectamente plausibles, como la intervención militar en Tucumán con el Operativo Independencia. Y otras medrosas e indignas, según las cuales, la clandestinidad y la “ofensiva por izquierda” eran preferibles a la reacción diestra y nítida.

9.- Se ha olvidado, en noveno lugar, que no existieron campos de concentración ni holocaustos de ninguna especie. En todo caso, tan mal pudieron pasarla los guerrilleros detenidos como los secuestrados en las cárceles del pueblo. Los casos de Larrabure e Ibarzábal seguirán siendo terriblemente paradigmáticos al respecto. La tortura es un procedimiento inmoral, aunque quepan algunas distinciones casuísticas sobre la aplicación de los castigos físicos. Mas no existe un determinismo que convierte a todo militar en un torturador, sino una naturaleza humana caída que puede degradar al hombre, cualquiera sea el bando al que pertenezca. La dialéctica que hace del militar un torturador y un secuestrador de criaturas y del guerrillero una víctima mansa e indefensa, no resiste la menor confrontación con la realidad y es parte constitutiva de una nueva y grosera leyenda negra. Pero también debe decirse que no toda medida de contención física de un delincuente es tortura, ni lo es todo interrogatorio de un culpable, y que resulta una hipocresía inadmisible escandalizarse por la falta de un trato humano después de habérselo negado a otros.

10.- Se ha olvidado, en décimo lugar, que no eran alegres utopías las que movilizaban a los cuadros guerrilleros sino un odio visible sostenido en una ideología intrínsecamente perversa. No eran tampoco desprotegidos y desguarnecidos corderos, a merced de una jauría desenfrenada de soldados, sino tropas fríamente adiestradas y entrenadas para matar y morir. Ninguna inocencia los caracterizaba. Ningún atenuante los alcanza. Secuestraron y maltrataron a sus víctimas horrorosamente; extorsionaron y se desempeñaron como victimarios de su propio pueblo; practicaron el sadismo entre sus mismos compañeros de lucha; tuvieron sus centros clandestinos de detención; arrojaron a muchos jóvenes y hasta adolescentes al combate, utilizando después sus muertes como propaganda partidaria y como argumentos sentimentales contra la represión. Y no se privaron de escudarse en sus propios hijos para propiciar sus fugas o para cubrirse en las refriegas, dejándolos abandonados en no pocas ocasiones. Esos hijos por los que hoy se reclama fueron, en algunos casos, abandonados por sus mismos padres, después de haberlos usado como coartada, tal como surge con toda claridad de muchas de las actuaciones judiciales respectivas. No todo hijo de desaparecido fue arrancado de sus padres, adulterado en su identidad y entregado en tenencia a una familia sustituta. Muchos fueron abandonados por la pareja de guerrilleros que eventualmente los tenía consigo o que los había engendrado. Y fueron recogidos, adoptados y criados con las mejores intenciones por abnegados ciudadanos o por solícitas familias castrenses.

Queden señalados esquemáticamente estos olvidos. No son los únicos sino los que conviene recor­dar en los duros momentos actuales. Queden señalados, porque recordar es un deber, y olvidar es una culpa. Queden señalados, porque sin la memoria intacta y alerta no se puede marchar al combate. Y el combate aún no ha terminado.
Tomado de Nuevo encuentro

Pabras de honor


por Arturo Pérez-Reverte


Tomado de XLsemanal







ubo un tiempo en que los chicos nos pegábamos a la salida del colegio porque, durante el recreo, alguien había puesto en duda nuestra palabra de honor. En aquella época, más ingenua que ésta, de cine con bolsa de pipas, de tebeos del Guerrero del Antifaz, de libros de la colección Historias o Cadete Juvenil –Con el corazón y la espada, Ivanhoe, Quintín Durward, El talismán y cosas por el estilo–, de reyes magos que traían la espada del Cisne Negro, poner el honor como aval de esto o lo otro era un argumento al que algunos recurríamos con cierta soltura. Quizá porque también oíamos esa palabra en boca de nuestros mayores. En cualquier caso, con esa recta honradez que suelen tener los muchachos mientras no crecen y la pierden, algunos solíamos llevar el asunto hasta las últimas consecuencias. Eso solía zanjarse más tarde, fuera de clase para no incurrir en indisciplinas punibles por el hermano Severiano, o su homólogo de turno según el lugar y las circunstancias. Resumiendo: círculo de compañeros, carteras en el suelo, puños y allá cada cual. Zaca, zaca. A veces, al acabar, nos dábamos la mano. A veces, no. De cualquier modo, como digo, eran otros tiempos. Hoy le hablas a un chico de honor y lo más probable es que te mire como si acabaras de fumarte algo espeso. Como mucho, si mencionas esa palabra –«Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo», dice el DRAE– algunos pensarán en rancios lances de capa y espada, en talibanes fanáticos que lapidan a su hija porque se niega a usar burka, o en esa gentuza que de vez en cuando aparece en el telediario diciendo: «Prometo por mi honor cumplir los deberes de mi cargo», etcétera. No hay nada más eficaz para corromper la palabra honor que ponerla en boca de un político: una ministra de Educación, un ministro de Economía, un presidente de Gobierno. Pasados, presentes o futuros, todos ellos, sean cuales fueren sus partidos e ideologías. Igualados en la misma desvergüenza.

Pero no sólo se trata de políticos, ni de jóvenes. Cada sociedad, en cada momento, es lo honorable que llega a ser el conjunto de sus individuos. Las menudas honras, que decían los clásicos cuando ambas palabras, honra y honor, andaban emparentadas, y no siempre para bien. Muchas son las infamias que en todo tiempo se cometieron en nombre de una y otra, como sigue ocurriendo. No hay palabra, por noble que sea, que no deje una larga estela de canalladas perpetradas al socaire. Sin embargo, pese a todo eso y a la lucidez obligada del siglo en que vivimos, a veces lamentas no encontrar con más frecuencia a gente en la que el honor sea algo más que una fórmula equívoca o un recurso demagógico, vacío de sentido. A fin de cuentas, la propia estima, los «deberes respecto del prójimo y de uno mismo», también ayudan a conseguir un mundo mejor y más justo. O a soportar el que tenemos.

Recuerdo una historieta personal que viene al pelo. Ocurrió hace casi treinta años, cuando yo conducía por una carretera del sur de España. Adelanté frente a un cambio de rasante, con el espacio justo para ponerme a la derecha sólo unos palmos antes de la línea continua. En ese momento, una pareja de motoristas de la Guardia Civil coronaba la rasante; y el primero de ellos, creyendo desde su posición lejana que yo había pisado la línea, hizo gestos enérgicos para que detuviese el coche. Paré en el arcén, seguro de que no había llegado a infringir las normas. Se acercó un picoleto joven, corpulento, hosco. Ha pisado usted tal y cual, dijo. Me bastó echarle un vistazo a su cara para comprender que de nada servía discutir. «¿Quién está al mando?», pregunté con mucha corrección. Me miró, desconcertado. «El cabo», respondió, señalando al compañero que había estacionado la Sanglas al otro lado de la carretera. Salí del coche, crucé el asfalto y me acerqué al cabo. Era veterano, bigotudo. «Pagaré la multa con mucho gusto», dije. «Sólo quiero pedirle que antes me permita hacerle una pregunta.» Me miraba el guardia suspicaz, sin duda preguntándose a dónde quería ir a parar aquel fulano redicho que tenía delante. «¿Me da usted su palabra de honor –proseguí– de que me ha visto pisar la línea continua?» Me estudió un rato largo, sin abrir la boca. Al cabo hizo un seco ademán con la cabeza. «Puede irse», respondió. Entonces fui yo quien se lo quedó mirando. «Gracias», dije. Le tendí la mano y él, tras una brevísima vacilación, me la estrechó. Di media vuelta, subí a mi coche y me fui de allí. Fin de la historia.

Y ahora intenten imaginar hoy una situación parecida. «¿Me da usted su palabra de honor, señor guardia?» El motorista revolcándose de risa por el arcén, con el casco puesto. Y luego, con toda la razón del mundo, haciéndome soplar en el alcoholímetro y calzándome tres multas: una por pisar la continua, otra por ir mamado y otra por gilipollas.

28 de marzo de 2009

Esencia de la Herejía Progresista (1)




por el R.P. Fr. Alberto García Vieyra, O.P.

Tomado de La Quimera del Progresismo,
Colección Clásicos Contrarrevolucionarios,
Buenos Aires, 1981







NUESTRO TEMA



n rigor, el tema pedido y que nos toca desarrollar es: La posición del Progresismo Católico en el cuadro de los pecados contra la fe.
En verdad, el tema desborda el Progresismo Católico como movimiento político-social. Procúrase la explicación de algo más amplio, que llamaríamos las raíces teológico-filosóficas del mismo movimiento, presentado como búsqueda de adaptación de la Iglesia al mundo contemporáneo. Aquellas raíces han llegado a nutrirse con la savia malsana de la Teología Nueva, oscureciendo en lo posible la Teología auténtica y la fisonomía espiritual de la Esposa de Jesucristo.
Algún lugar debe ocupar este movimiento de adaptación, "aggiornamiento" y teología historicista entre los pecados contra la fe; tiene en su haber la muerte espiritual de muchos hermanos nuestros en el sacerdocio y fuera de él; tiene en su haber la agonía de un catolicismo vigoroso, incapaz de enfrentar las insolencias del error contra la Iglesia Católica y aun contra la catequesis más elemental.
El problema actual de este movimiento(1) es identificar o confundir: lo sagrado y lo profano; lo natural y lo sobrenatural; la Iglesia y el mundo; la Teología reducida o sustituida por una antropología naturalista; la concepción de un Dios lejano que no interviene en el mundo del hombre. Todo esto está en pugna con la teología católica y las enseñanzas auténticas de la Iglesia. Para aclarar digamos: el hombre se vuelve cristiano por el carácter sacramental del bautismo; buen cristiano por la gracia santificante y las virtudes infusas.
El problema actual de lo sagrado y lo profano, de la Iglesia y el mundo, etcétera, no puede resolverse en un problema de tensiones entre sagrado-profano, Iglesia-mundo (Schillebeeckx-Metz); o bien por el grado mayor o menor de autonomía de hombres o instituciones con respecto a la fe o a la religión; tampoco es problema para ser resuelto por las circunstancias históricas. Por eso es menester destacar el carácter de cristiano que el hombre recibe en el bautismo; por el cual deja el paganismo para entrar en el mundo nuevo de la fe.
Para la nueva iglesia, para la iglesia del progresismo católico, el hombre nace cristiano o semi-cristiano; para la Iglesia Católica, el hombre nace pagano; y en el acto del bautismo recibe el carácter y la gracia de cristiano.
Se ha buscado una teología que justifique la adaptación de la Iglesia al mundo, de lo sobrenatural a lo natural, que ha abierto los caminos a los pecados contra la fe, a la herejía y a la apostasía; por lo menos, propone una "renovación de la vida religiosa" (como en las publicaciones CLAR), que conduce al abandono de la vida religiosa.
La teología "buscada" tiene, por lo menos, muchas afinidades con la de Miguel du Bay (Bayo) condenado por San Pío V el 1 de octubre de 1567.


LA FE Y LOS PECADOS CONTRA LA FE

La teología es siempre una explicación de la Fe; no es per prius una explicación de los acomodos entre la fe y el mundo. En la búsqueda afanosa de adaptación, podemos desvincular nuestra teología de su objetivo propio que es explicar el contenido de la fe, o sea lo revelado. Entonces el contenido de la fe queda relegado a segundo plano y en vías de desaparecer.
La trascendencia de la fe nos explica la importancia de los pecados contra le fe.
La fe es lo primero que pedimos al acercarnos, en nombre propio o de otro, a la pila del agua bautismal. ¿Qué pides a la Iglesia de Dios?; responde: la fe; la fe ¿qué te ofrece? La vida eterna. La vida eterna viene prometida a la fe sobrenatural del creyente. Efectivamente, la práctica de la liturgia bautismal tiene buenas razones. Sin la fe es imposible agradar a Dios, dice San Pablo (Heb. 11,6). El concilio de Trento comenta estas palabras inspiradas: "Somos justificados por la fe porque la fe es el principio de la humana salvación, el fundamento y la raíz de toda justificación" (Decreto sobre la justificación, c.8; Dz. 201 ).(2)

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