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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

26 de mayo de 2009

El sentido de la Historia (4)





por Nicolás Berdiaev







LA HISTORIA CELESTE

El tiempo y la eternidad







a cuestión fundamental, el supuesto fundamental de toda filosofía de la historia es, sin duda alguna, la cuestión del tiempo y de su naturaleza, pues la historia es un proceso que se desarrolla en el tiempo, un movimiento, un devenir temporal. Por eso el significado que se atribuye a la historia va directamente ligado al que atribuimos al tiempo. ¿Tiene el tiempo un significado metafísico? ¿Está ligado a algo esencial que llega hasta el núcleo más profundo del ser, o es simplemente una forma y una condición del mundo fenoménico? ¿Está ligado el tiempo al ser auténtico o es sólo fenomenológico, es decir, vinculado al fenómeno y, por consiguiente, exterior a la esencia más profunda del ser? Toda metafísica que vea en lo «histórico» algo esencial para la profundidad del ser ha de admitir el significado ontológico del tiempo, esto es, la tesis según la cual el tiempo guarda una relación esencial con la profundidad misma del ser. Nos enfrentamos, pues, con el problema de las relaciones entre el tiempo y la eternidad. Parece como si entre ambos hubiese una contraposición inconciliable y fuese imposible establecer entre ellos cualquier vínculo. El tiempo es como una negación de la eternidad, un estado que no hunde sus raíces en la vida eterna; éste es uno de los puntos de vista sobre el tiempo. ¿O bien el tiempo se halla quizá sumergido en la eternidad y está ligado a ella?
Esta es la cuestión que llevamos entre manos, que consideramos central para la metafísica de la historia y que es el supuesto esencial para toda comprensión del proceso histórico. Esto nos lleva a admitir que existen algo así como dos tipos de tiempo: el malo y el bueno, el verdadero y el falso. Hay un tiempo corrompido y un tiempo profundo, el cual participa de la eternidad y en el que no hay corrupción. Esta es la cuestión que divide a las diferentes corrientes filosóficas.
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Bibianadas




Por Juan Manuel de Prada




Tomado de ABC




A nos rebelábamos hace tiempo contra quienes afirman que Bibiana Aído es imbécil; y lo hacíamos acudiendo a la etimología de la palabra «imbécil», que viene de báculo. Para algunos etimólogos, imbécil sería aquella persona que camina sin báculo, es decir, alguien que aún no ha alcanzado la sabiduría, que según los antiguos era conquista propia de la madurez; para otros, por el contrario, imbécil sería más bien la persona tan debilitada y senil que necesita apoyarse en un báculo. Un pensamiento imbécil sería el que, por inmadurez, anda sin ayuda de báculo; o bien el que, por senilidad, necesita andar con báculo para afirmarse. Pero el pensamiento de Bibiana no es imbécil porque ni siquiera anda; el pensamiento de Bibiana no se ha puesto todavía en pie, es un pensamiento abyecto (de iactus, participio pasado de iacere) que repta, que se arrastra por el suelo, ignorante de su condición humana.

Gregorio Salvador también recurría el otro día a las etimologías para explicarle a Bibiana que un feto es un ser humano, aunque sospecho que irle a Bibiana con etimologías es como si a un caracol le vas con logaritmos neperianos. Es «ser» porque existe; y «humano» por proceder del hombre «y no del mono o del caballo», afirmaba Salvador; y añadía, con delicioso sarcasmo, que «esto no quita para que cuando crezca se vuelva inhumano, con comportamientos impropios de la condición humana». Pues, en efecto, nunca es tarde para ponerse a reptar, como hace el pensamiento de Bibiana. Una de las características distintivas del pensamiento reptante o bestial es su incapacidad para razonar juiciosamente; y su propensión a sustituir el razonamiento por la consigna mecánica y fuera de juicio. Otra característica distintiva del pensamiento reptante o bestial es su alergia al lenguaje, que es racional (como demuestran las etimologías) y amigo de la verdad; y su propensión a sustituirlo por lo que Orwell denominaba «neolengua», un instrumento verbal de dominio, enemigo de la verdad, que desnaturaliza las palabras y las sustituye por eufemismos o circunloquios asépticos. Muestras de esta «neolengua» las hallamos por doquier en las consignas reptantes de los proabortistas: «interrupción voluntaria del embarazo» (o su acrónimo IVE), «salud reproductiva», «derecho a decidir» y demás morrallona lingüística. Y es que cuando las palabras se retuercen como alambiques es porque tienen miedo a nombrar lo que por su naturaleza es odioso y bestial; esto es, inhumano.

El pensamiento reptante de Bibiana entró en cortocircuito cuando le preguntaron si un feto de trece semanas es un «ser humano». Aquí Bibiana podría haber probado a repetir las definiciones que sobre el feto ha elaborado el movimiento abortista. Podría haber dicho, por ejemplo, como los firmantes de un manifiesto publicado por la revista Le Nouvel Observateur en 1971, que el feto es «una especie de tumor en el vientre de la madre»; o como escribía Christopher Hitchens en The Nation, una «protuberancia», una «excrecencia amputable»; o podría haber acudido a la autoridad suprema del Marqués de Sade y llamar al feto una «materia» de la que la mujer «puede purgarse», un «pedazo de carne del que la mujer es dueña, igual que lo somos de las uñas que cortamos de nuestros dedos o de los productos de la digestión que evacuamos de nuestras vísceras». También, en fin, podría haberse puesto más primaveral y decir que el feto es un «brote verde» al que le metemos podadera, como hace su jefe de filas con los presuntos brotes verdes de la economía, metiéndoles la podadera de la fabricación de parados. Si cuando metes la podadera en los brotes verdes de la economía dejas de ver en los parados seres humanos y los conviertes en cifras, ¿por qué no va a poder hacerse lo mismo si la metes en los brotes verdes del útero? El pensamiento reptante puede permitirse estas alegrías.

26 de Mayo, Festividad de San Felipe de Neri









ara estudiar la figura de San Felipe Neri, y hasta la última época y la sociedad en que él vivió, poseemos hoy una documentación verdaderamente excepcional. El proceso de beatificación de San Felipe se abrió con rapidez increíble. Fallecido el 26 de mayo de 1595, nos encontramos con que ya el 2 de agosto empiezan a recogerse testimonios. Esto hace que, de una parte, los testigos sean abundantísimos (baste el dato de que en los cinco primeros meses se oye a ciento cuarenta y seis testigos), y, de otra parte, sus testimonios tengan una viveza, un colorido, una abundancia de detalles que no suelen ser frecuentes en esta clase de procesos, muchos de los cuales se redactan tardíamente, cuando ya el tiempo ha hecho perder brillantez a la contemplación de las cosas ocurridas. El mismo notario que intervino en la mayor parte de la declaración de los testigos tuvo el buen cuidado de recoger las declaraciones casi taquigráficamente. Se nota una diferencia abismal entre el lenguaje elegante, depurado, de unas declaraciones y el lenguaje popular, lleno de incorrecciones, abundante en frases sin terminar de otras. Incluso como documental de una época, el proceso, que ha sido recientemente editado, constituye un documento inapreciable.

Aparece así el que con razón ha sido llamado "el más italiano de los santos" retratado por toda clase de gentes, tal y corno verdaderamente fue y como le vieron sus contemporáneos. Con sus extravagancias y sus aspectos admirablemente humanos, con su celo por las almas y su alegría desbordante, con su preocupación por los pobres y los más desamparados. Y de todo esto nos hablan gentileshombres y cortesanos, curiales y modestísimos artesanos, soldados y estudiantes, dependientes de comercio y empleados de banco. Es más: concurren al proceso no pocos artistas, músicos, pintores, con quienes tanto trató, y algunos médicos. No faltan tampoco las mujeres, desde las pertenecientes a la nobleza romana hasta las de las clases más humildes, pasando por religiosas claustradas. Las jerarquías eclesiásticas, desde los cardenales hasta los más sencillos sacerdotes, de oscuras iglesias de Roma, y religiosos pertenecientes a diversas Ordenes. Es un cuadro animadísimo que nos muestra la acción espiritual de aquel "gran hombre" que fue San Felipe, según reiteradamente le llaman los testigos. No hay duda de que él fue uno de los elementos que mas contribuyeron a resolver la crisis de civilización por la que atravesó la humanidad en el siglo XV. El desconsiderado humanismo que este siglo había entronizado a sus comienzos resultó barrido ante el huracán de la herejía protestante y la violenta reacción que provocó. Pero, superando la exasperación que algunas veces pudo llegar a revestir esta reacción, la segunda generación de la reforma católica restableció el equilibrio entre el espíritu religioso y un nuevo humanismo, entre la ortodoxia romana y las nuevas exigencias de la naturaleza y del hombre. El proceso demuestra cómo San Felipe fomentó y efectuó prácticamente esta obra de mediación y reconciliación, de la cual se originan, en último término, la moderna espiritualidad y la civilización cristiana.
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25 de mayo de 2009

Au temps de Charles V et Phillipe II (1516 - 1598)


Ombres et Lumieres du Siecle d'Or.
Au temps de Charles V et Phillipe II (1516 - 1598).

La Capella Reial de Catalunya.
Hesperion XX.

Montserrat Figueras: soprano.
Maite Arruabarrena: soprano.
Elisabetta Tiso: soprano.
Carlos Mena: countertenor.
Paolo Costa: countertenor.
Lluis Vilamajo: tenor.
Francese Garrigosa: tenor.
Domenico Carudona: bass.

Dir: Jordi Savall.

35º Festival Tibor Varga in Sion, 1998.











El Problema del 25 De Mayo

Hace ya un año que fue publicado este artículo. Me pareció, en ensayo corto, lo más esclarecedor que había leído sobre este espinoso tema. A riesgo de ser tildado de repetitivo decidí publicarlo nuevamente, ya que la verdad histórica, como la Verdad, debe ser repetida una, cien y mil veces, y a voz en cuello.
Cruzamante




Por el Dr. Antonio Caponnetto

[El Caballero De Nuestra Señora,
2º época Año: 8 Numero 147 8
de mayo del año del Señor 2008]





uerido Marcelo:




Me pides que te escriba para El Caballero de Nuestra Señora –publicación que llevo gratamente en el corazón desde los tiempos en que la iniciará, el inolvidable Padre Carlos Lojoya- alguna nota sobre La Revolución de Mayo.


Permitime que te diga porqué me resulta tan difícil hacerlo.

Tradicionalmente prevalecía la visión liberal y masónica de Mayo. Mayo era un dogma indiscutido, en virtud del cual debía repetirse que la patria había nacido en 1810, bajo los sacros auspicios de la democracia, del liberalismo y de la macabra Revoluta de 1789. España era una madrasta malísima –como la de las patochadas infantiles de Walt Disney- y habíamos hecho muy bien en sacárnoslas de encima. Los realistas eran tiranos opresores, los revolucionarios eran libertadores, y cada quien ocupaba su bando de malo o de bueno en los libros de texto. ¡Manes de parabienes!

No le faltaba fundamento in re a esta visión. Porque efectivamente, este Mayo liberal, masónico, antiespañol y aún anticatólico había existido. Quien se acerque a las malandanzas de Castelli, Moreno y Monteagudo –entre tantos otros- podrá comprobarlo. Otrosí queda penosamente al descubierto cuando se consideran los escritos o los actos del curerío progresista de entonces, más confundidos que Casaretto después del Summorum Pontificum de Benedicto XVI.

Por eso desde Roma llegaron voces legítimamente recelosas sino admonitorias respecto del movimiento revolucionario, como lo ha probado Rómulo Carbia en su La Iglesia y la Revolución de Mayo.


Nuestro mismo Himno ratifica penosamente la existencia oficial de ese Mayo en todo contrario a nuestras raíces católicas. Hasta Ricardo Rojas –que le ha encontrado un par de plagios a la letra, y que nos exime “de la admiración estética”- se intranquiliza un poquitín ante aquello de “escupió su pestífera hiel”. ¿No será mucho, Vicente? Cristina lo canta a lo yanky, con la mano en su siliconado pecho. Yo, caro amigo, te confieso, como bautizado, no puedo andar gritando por ahí que la libertad es “un grito sagrado”. Y si tengo que ver “en un trono a la noble igualdad”, ya no es igualdad, pues está entronizada y ennoblecida.


Como fuere, el Mayo masonete existió y es aborrecible. Existió y fue el que terminó imponiéndose, salvo durante el interregno glorioso de Don Juan Manuel. Los zurdos –que atacan a Roca por lo que tuvo de bueno- suelen decir que “es preferible un Mayo Francés a un Julio Argentino”.

Tengo para mí en ocasiones, ante tanta confusión, que es preferible que no haya mayos.


Los revisionistas –salvo alguno que creyó ver en el 25 de Mayo un 17 de octubre avant garde, y en el gorro frigio al famoso pochito con visera- en principio, pusieron las cosas en su lugar. Al menos los mejores de sus representantes probaron que hubo otro Mayo. Monárquico, hispánico, católico, militar y patricio; enemigo de Napoleón que no de España, fiel a nuestra condición de Reyno de un Imperio Cristiano, en pugna contra britanos y franchutes, filosóficamente escolástico, legítima e ingenuamente leal al Rey cautivo, y germen de una autonomía, que devino forzosamente en independencia, cuando la orfandad española fue total, como total el desquicio de la casa gobernante.

Federico Ibarguren y Roberto Marfany, entre otros, se llevan las palmas del esclarecimiento y de la reivindicación de este otro Mayo. Mas nadie ha empardado, en claridad y en rectitud de juicio, al Mayo Revisado de Enrique Díaz Araujo. Sólo ha salido un tomo de los tres anunciados que componen la singular obra, pero es para aguardar ansiosos que la tríada se complete.


Tampoco faltan hechos y personajes para probar la existencia de este Mayo genuino. Están las Memorias de Saavedra, la Autobiografía de Domingo Matheu, la de Manuel Belgrano, las cartas de Chiclana, Viamonte y Tomás Manuel de Anchorena. Está la obrita curiosa de Alberdi, El Gobierno de Sudamérica, y el mensaje magnífico de Rosas a la Legislatura, del 25 de mayo de 1836. Y hasta las fábulas humorísticas de Domingo de Azcuénaga están para nuestro entendimiento de la época.


Leyendo meditadamente este material, es asombroso cómo se intelige el pasado y cómo se disipan las ficciones ideológicas. Lo que surge de estos valiosos testimonios no es el enjambre de conjeturales paraguas populistas, sino la espada de Saavedra “de dulce y pulido acero toledano, y que en su mano parecía una joya”, al buen decir de Hugo Wast. Espada puesta al servicio de la misma causa por la que en España, hacia la misma época, se desenvainaran otras para enfrentar al invasor Bonaparte.

Y si surge también el Cabildo de estas veras semblanzas, es porque entonces, el mismo no era aún una figurita didáctica, sino una hidalga institución de raigambre medieval, custodia de los fueros locales y comarcales.


Pero están los documentos que retratan este Mayo porque estuvieron los acontecimientos y los hombres que los protagonizaron. Y esto sería lo más importante por considerar y celebrar hoy, sino fuera que ese “Mayismo” fue derrotado, y prevaleció el otro. No sólo historiográficamente, que ya es grave, sino política y fácticamente, que es lo peor.


Escuchemos a Rosas, en un fragmento de su valioso mensaje precitado: ”No se hizo [la Revolución de Mayo] para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad. No se hizo para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud. ¡Pero quien lo hubiera creído! Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la nación española, fue interpretado en algunos malignamente […] Perseveramos siete años en aquella noble resolución de mantenernos fieles a España, hasta que, cansados de sufrir males sobre males, nos pusimos en manos de la Divina Providencia y confiando en su infinita bondad y justicia tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España y de toda otra dominación extranjera”.

Nuestros amigos carlistas, de un lado y del otro del Atlántico, están enojados con el 25 de Mayo. No les falta razones, ni son pocas las verdades que al respecto han recordado. Puede aceptarse incluso lo que enseñan: que nuestra guerra independentista tuvo algo o bastante de una dolorosa guerra civil, en tanto americanos hubo que se sentían inaboliblemente insertos a la Corona, con un gesto de lealtad que los honra. Puede y debe aceptarse, además, que la fábula escolar de “los realistas” malvados y los “patriotas” impolutos es un cuento de mal gusto. El realista Liniers fue un arquetipo de nuestra lucha soberana; el patriota Moreno, la contrafigura del cipayo.

Y hasta tienen razón los carlistas cuando comentan que, en ciertas zonas hispanoamericanas, los negros defendieron la Corona y se batieron por su causa, sin importarle su condición. Claro que hablamos –como lo hace Luis Corsi Otálora- de los bravos negros que enarbolaban orgullosos los pendones de la Orden de San Luis- y no de los morochos mercenarios de D’elía. Por eso decía Ramón Doll que “hay negros de todos los colores”.
Pero determinadas cosas vinculadas a nuestro 25 de Mayo, los admirados carlistas parecería que no quieren ver, o ven a medias, y entonces precipitan sus juicios.

No quieren ver, por ejemplo, la gravísima crisis moral del Imperio Español, sintetizada en aquella sentencia tan dura cuanto cierta de Richard Heer: “España estaba gobernada por un galán frívolo, una reina lasciva y un rey cornudo”. No quieren ver que, a comienzos de 1810, sólo quedaban las apariencias de España, con “los franceses que salen por un lado y los ingleses que entran por el otro”, según afirmación de Benito Pérez Galdós en “El equipaje del Rey José”.

No quieren ver que tanto ultraje, tanto vejamen, tanta depredación y anonadamiento de la Madre Patria, eran males causados por sus mismos reyes felones, por su misma borbonidad traicionera, por la vacancia y la acefalía cobarde de una Corona, que ya no era la de los siglos del Descubrimiento y la Evangelización.


Y no quieren ver –como lo ha sintetizado certeramente Luis Alfredo Andregnette Capurro, replicando a Federico Suárez Verdeguer- que “las Cortes de 1810 y 1812, pletóricas de iluminismo jacobino, y Fernando VII con su avaricia absolutista, precursora del liberalismo, sellaron la destrucción del Imperio Católico. Crimen incalificable, porque la Revolución (en el sentido del verbo latino volver hacia atrás), aspiró a una unión más perfecta con la Metrópoli”. Crimen que se ejecutó con varias puñaladas traperas, como cuando el 24 de septiembre de 1810, las Cortes de Cádiz aprobaron la ley por la cual se dispuso la extinción de Provincias y Reynos diferenciados de España e Indias, en clara señal de abolición de los honrosos Pactos sellados por Carlos V en Barcelona el 14 de septiembre de 1519.


¿De qué lado estaba entonces la traición? ¿De los americanos que se levantaban jurando fidelidad al rey Cautivo, deseando conservar sus tierras, aunque reclamando la necesaria autonomía para no ser arrastrados por la crisis peninsular, o de la casa gobernante española que pactó la rendición ante Napoleón Bonaparte? ¿Quiénes eran los leales, los que se rebelaban aquí, a imitación de los combatientes hispánicos, para comportarse como súbditos corajudos y lúcidos, o aquellos funcionarios, cortesanos y monarcas que se desentendieron vilmente de la suerte de estos Reynos, como lo gritaba Fray Pantaleón García en el Buenos Aires de 1810? ¿Adónde la fidelidad? ¿En las intrigas borbónicas para convertirnos en pato de la boda, como decía Saavedra; o en este surero Buenos Aires levantado en hazañas, primero contra el hereje britano, y contra los alcahuetes de Pepe Botella después, y en ambos casos, levantado siempre con la bandera de España entre los mástiles?

A ver si nos vamos entendiendo.
La historia es historia de lo que fue, no de lo que pudo haber sido, o de lo que nos hubiese gustado que fuera.

Nos hubiese gustado que el Imperio Hispano Católico no se extinguiera; y que nosotros nos constituyéramos en “la última avanzada de ese Imperio”, como cantaba Anzoátegui.

Nos hubiese gustado que Mayo no hubiese sido necesario; y seguiremos repitiendo con José Antonio: “si volvieran Isabel y Fernando, ya mismo me declaraba monárquico”; esto es vasallo de aquella Corona por la cual la monarquía se reencontró a sí misma como forma pura y paradigmática de gobierno.


Nos hubieran gustado tantas cosas...

Pero los hechos se dieron de otro modo, seguramente por permisión de la Divina Providencia. Y no renegamos de nuestro Mayo Católico e Hispánico, ni de una autonomía que no era desarraigo, ni separación espiritual, ni ingratitud moral. No renegamos de aquellos patriotas que, portadores de sangre y de estirpe hispanocriolla, tuvieron que batirse al fin, heroicamente, para que esa autonomía fuese respetada.

¿Ves, querido Marcelo, porqué es tan difícil hablar o escribir sobre el 25 de Mayo?

¿Qué festejamos ese día? El Mayo masón desde ya que no. Ese será el del Bicentenario Oficial. Un festejo tan desnaturalizado y horrible como lo fue el de la gloriosa Reconquista y Defensa de 1806-1807. Será el Mayo falsificado y ruin, liberal y marxista, agravado por el magisterio soez de Felipe Pigna –nuevo Taita Magno de la Historia, como lo ridiculizaría Castellani- según el cual, Moreno fue el primer desaparecido y Saavedra el primer represor. Y lo peor es que a esta obscenidad llaman algunos ahora revisionismo histórico.

El Mayo de algunos de nuestros entrañables amigos españoles, tampoco podríamos festejar. Para ellos lo de aquí fue una simple traición a España; y aunque traidores hubo, sin duda, tuvo aquel acontecimiento protagonistas centrales transidos de lealtad y de fidelidad, de arraigo espiritual y encepamiento religioso, de recto y fecundo amor al solar natal, de prudente, gradual y legítimo sentido de emancipación americana.


El Mayo de los revisionistas heterodoxos, que vieron en aquellas jornadas de 1810 un alzamiento de orilleros resentidos y desarrapados rencorosos, tampoco es celebrable. Entre otras cosas, porque no existió. El piqueterismo es cosa de este siglo. Tampoco el Mayo de los católicos liberales, que creyeron calmar sus conciencias encontrando alguna tonsura entre los revolucionarios, aunque enseñaran las peores macanas modernistas.

Si algún Mayo recuerdo con gratitud,emoción y decoro, con absoluta austeridad de manifestaciones festivas, es el que encarna aquel Comandante de Patricios, que afirmando con meridiana claridad que se alzaba contra franceses e ingleses -y contra todos aquellos que aquí o acullá quisieran comprometer el destino de estas tierras franqueándoles las invasiones- puso su condición militar al servicio de Dios y de entrambas Españas.


De él dijo Braulio Anzoátegui: “Saavedra era un militar que jamás andaba sin uniforme, porque comprendía que un militar sin uniforme es una persona peligrosa que de pronto le da por pensar como un político cualquiera, y piensa y es capaz de olvidarlo todo; es como una dueña de casa que olvida lo que vale la docena de huevos. En esto se parecen las malas dueñas de casa a los malos militares: en que no saben cuánto valen los huevos”.

Saavedra lo sabía. Y tenía fama de saber estas cosas fundamentales. Por eso, el Capitán Duarte lo quiso proclamar Rey de América. Pero Moreno lo acusó de borracho y lo desterró de la ciudad. También desterrado acabaría Saavedra.

Curioso destino el de nuestros hombres de armas. Si no saben cuánto valen los huevos los nombran Generales. Si proclaman nuestra soberanía pasan a la historia por borrachos.

Te mando un abrazo fuerte

En Cristo y en la Patria

Antonio Caponnetto

12 mayo, 2008 15:00


MISA POR LA PATRIA. Sermón pronunciado en Paraná, Entre Ríos, en el Seminario, el 25 de mayo de 1981.





por el R.P. Alberto Ezcurra Uriburu


Tomado de Sermones Patrióticos
Ediciones Cruz y Fierro
Buenos Aires, 1995





El amor cristiano de la Patria


n la Misa del día de hoy rezamos, aparte de la oración habitual en este último tiempo, por la salud del Papa y nuestros Obispos y pedimos también por la Patria en uno de sus días de fiesta. Siempre me toca a mí la Misa en estos días patrios, lo cual tiene algunos inconvenientes. Primero, que no voy a inventar cosas nuevas todos los años para decir. No son tantas ni tan variadas. Lo cual no sería inconveniente del todo, porque precisamente nuestra misión tiende a fijar algunos conceptos fundamentales. En segundo lugar, el hecho de amar a la Patria y de amarla incluso con cierta intensidad, es algo de lo cual no me avergüenzo, nunca lo he hecho. Pero tiene el inconveniente en nuestro tiempo de que en ciertos ambientes católicos el patriotismo carece de buena prensa, o buen concepto, por algunas confusiones que será conveniente aclarar.

Tal vez porque un amor tibio y demasiado desencarnado siente como una exageración el amor de la Patria cuando es fuerte y concreto. Y además, por una mala interpretación de lo que es la «oecumene católica», es decir el universalismo católico. Que no es lo mismo que un internacionalismo de tipo apátrida, de tipo anárquico o de cualquier otro tipo.

No es lo mismo lo universal que lo internacional, sobre todo cuando lo internacional quiere ser la negación de las naciones como realidades diferenciadas.

El amar a la sociedad en la cual vivimos, el tener un sentido del servicio del Bien Común o de la comunidad, no llega a diluir el amor de las sociedades menores: el amor legítimo de la familia o el amor legítimo de las personas. Al contrario, una sociedad en la cual se diluyeran las familias o se diluyeran los individuos, sería el colectivismo, sería un totalitarismo insoportable que habría que rechazar.

Lo mismo el amor cristiano de la humanidad, no niega de ninguna manera que esa humanidad es una humanidad diferenciada: diferenciada en patrias, diferenciada en razas, lenguas, costumbres y en naciones. Y que en realidad a la humanidad solamente se la puede amar a través de la mediación de la sociedad concreta a la cual pertenecemos, de esta tierra concreta a la cual pertenecemos y en la cual hemos nacido, a la cual llamamos nuestra Patria.

Si eso no lo tenemos en cuenta, el amor de la humanidad se diluye en un amor vago que por ser demasiado universal, no es en realidad amor de nada ni amor de nadie. Es esa frase que alguna vez me habrán escuchado y que no recuerdo quién la dijo, pero decía que «mientras más amo a la humanidad amo menos a los hombres en concreto». Porque mi amor se diluye en las fronteras lejanas, en las fronteras infinitas de una humanidad que es una abstracción.

La humanidad concreta es un conjunto de patrias diversas y esto incluso en el amor cristiano de la Patria. Porque la Gracia supone la naturaleza, y el amor de Caridad cristiano no niega el amor de estas realidades que están tan cerca de nuestro corazón como realidades humanas. No las destruye, las sublima.

Por eso es un error cuando en los ambientes católicos se habla solamente del amor a la Patria para prevenir contra sus exageraciones: el peligro de un nacionalismo exagerado, el peligro del «chauvinismo», el peligro de llegar a través del amor de Patria a odiar a los demás. Todo eso es cierto, pero a veces se acentúa solamente ese peligro y no los aspectos positivos, los aspectos reales de este amor de Patria que es para nosotros una obligación de virtud cristiana.

O se afirma el universalismo en frases como aquella de San Pablo: «Ya no hay judíos ni griegos...». ¡Guarda! Eso se refiere a un plano de orden distinto, interior. En primer lugar en Cristo, no hay judío ni griego; en segundo lugar, dentro de la misma frase San Pablo dice «ya no hay varón ni mujer» y ciertamente Cristo no quiso establecer un «unisex», no quiso borrar esas diferencias naturales, esas diferencias que el mismo Dios ha puesto en la naturaleza de las cosas.

Es una obligación cristiana; pertenece en primer lugar el amor de Patria a la virtud de la Piedad, que es aquella por la cual amamos a los padres, amamos a los antepasados, amamos a la Patria. Esa virtud que nos lleva a amar el pasado y las raíces puestas en la tierra y que nos lleva a comprender que los frutos del árbol se dan abundantes en el aire, o que las flores surgen hermosas porque las raíces están clavadas en profundidad en la tierra.

Sin las raíces hundidas en la tierra no hay frutos, sin las raíces hundidas en el pasado, en la familia, en la Patria, no hay fruto, no hay porvenir; no se hace el porvenir con las rupturas, no se hace el porvenir con la negación del pasado. No podemos renegar de aquello que hemos recibido en la familia y en la Patria; no podemos renegar de nuestra herencia biológica, de nuestro idioma, de nuestra cultura, de todo aquello que hemos recibido. Es mucho más lo que recibimos en el pasado que lo que hemos hecho nosotros de nosotros mismos; mucho más lo que recibimos por la herencia, mucho más lo que recibimos por la educación, mucho más lo que recibimos por el ejemplo, mucho más lo que recibimos por la alimentación, tanto física como espiritual. Y entonces hacia eso: una gratitud, hacia los padres y hacia la Patria que es etimológicamente «tierra de los Padres». No sólo la tierra, sino aquellas comunidades de hombres, que han poblado esta tierra y que han hecho una Patria.

Que la han hecho en las luchas de la Conquista, que la han hecho en las guerras de la Independencia, que la han hecho en el trabajo silencioso y callado de cada día.

Es una herencia de la cual somos responsables. La Piedad es una virtud cristiana que nos hace mirar hacia el pasado; pero esa herencia de la cual somos responsables es algo que tenemos también que transmitir hacia el futuro. La Patria no es un continuo simultáneo, como la extensión, sino que es un continuo sucesivo, como el tiempo. Es algo que se da en el tiempo.

La Patria no somos solamente los que hoy la habitamos en el territorio. La Patria, decía el poeta, son los hombres y los muertos, y yo agregaría: y son también aquellos que van a venir. Por eso no somos dueños, no podemos jugar, no tenemos derecho a traicionar ni a arruinar el destino de esta Patria concreta.

Es una herencia que hemos recibido y que tenemos que transmitirla hacia el futuro. La virtud de la Piedad es aquella que nos hace amar y respetar a aquellos de quienes hemos recibido la herencia, pero la virtud de la Justicia, sobre todo entendida como Justicia legal, que nos hace mirar hacia la promoción y hacia la defensa del Bien Común de la sociedad en que vivimos, es algo que nos hace mirar hacia el futuro y nos señala que esa herencia que recibimos somos responsables de conservarla, de aumentarla, de mejorarla y de que se transmita a nuestros descendientes. Virtud de la Piedad que mira al pasado, virtud de la Justicia que mira hacia el futuro, hacia el Bien Común de la Patria y de la sociedad en la cual vivimos y que junta la caridad política o la preocupación por el futuro de esta comunidad, y estas dos virtudes en el cristiano, no pueden limitarse solamente a ser un amor natural.

Hay un amor natural de la Patria como hay un amor natural del hombre, que es la filantropía y que nos lleva por motivos humanos a preocuparnos de los demás, del dolor, de la alegría de los demás, a sentir la compasión por los otros. Pero la filantropía no es la Caridad. El amor natural de la Patria no es todavía la Caridad.

Pero en el cristiano, como lo señala el Cardenal Mercier, ese amor tiene que estar informado por la Caridad, que no solamente lo sana y lo purifica, sino que lo eleva a un plano superior, a un plano más alto.

Y esto sí muchas veces lo hemos señalado, incluso en este amor de la Patria como comunidad concreta en la cual nos toca vivir, es el punto exacto donde se coagula ese amor de Caridad para no quedarse limitado en las estrechas fronteras del egoísmo de mi familia, de mi pueblo, de mis alrededores, en el localismo, el provincialismo, ni tampoco perderse en las fronteras vagas y difuminadas de ese universalismo que es el amor de una abstracción. Es el punto exacto de coagulación por el cual se trascienden los egoísmos locales. Es curioso que cuando se rechaza el patriotismo o el sentido de Patria, se cae en los localismos, se cae en los separatismos que hoy dividen al mundo, se cae en los localismos o en las competencias o en las rivalidades de clases o de intereses de sector, o localismos provinciales o localismos zonales o localismos de pueblo.

A veces en los ambientes católicos se rechaza ese patriotismo como una exageración y después se hace, pongámosle, provincialismo o diocesanismo, como si la comunidad a la cual pertenezco fuera la más importante.

O se exalta, como lo hacía el Tercermundismo, la solidaridad maravillosa de los proletarios en lucha, sin darse cuenta de que esa lucha de clases era la ruptura de una solidaridad anterior y de una solidaridad superior, por encima de los sectores que componen una nación.

Es una obligación entonces de piedad y de justicia que en el cristiano tienen que estar purificadas e informadas por la Caridad, que es la que pone todas las otras virtudes al servicio de Dios. Y es parte de nuestra vocación cristiana este amor de Patria.

Nuestra vocación patriótica

No hemos nacido aquí por casualidad. Si Dios quiso, para Dios es su Plan infinito; todo es Providencia y todo está previsto, si Dios quiso que yo naciera en este lugar del mundo, en este rincón del mundo, en este rincón del hemisferio sur; si Dios quiso que yo naciera en este tiempo y no en otro tiempo, o en este siglo y no en otro siglo, o en esta parte del siglo y no en la otra, todo ello no es casualidad. Dios, que se preocupa hasta de los mínimos detalles de mi existencia, no me arrojó al mundo como quien tira por casualidad una pelota para ver adonde va a caer, sino que en la Providencia de Dios estuvo el que yo naciera y que yo me hiciera presente en el mundo en medio de estas determinadas coordenadas espacio-temporales que me ubican en este siglo, que me ubican en este lugar del mundo que se llama República Argentina.

Eso también está dentro del Plan de Dios y al estar dentro del Plan de Dios, eso también marcami vocación, esto también marca mi misión, eso también marca aquello que la Providencia de Dios tiene pensado sobre mí, no es indiferente el que Dios me haya puesto en un lugar o en otro, porque eso de alguna manera me condiciona, de alguna manera me forma. Los que hablan de universalismo, dice por ahí el Padre Castellani, dicen: «Mi Patria es el mundo», pero si uno los trasladara a la China o al Congo, que también son parte del mundo, al poco tiempo llorarían de emoción si sienten hablar a alguien castellano o cuando sienten que alguien toca, qué sé yo, un tango, una zamba, o pongámosle, una chamarrita. Mi Patria es el mundo, pero en la otra punta del mundo extrañarían ciertamente este pedazo, este terruño, aquello donde han nacido.

Porque uno, aún cuando racionalmente quisiera renegar de su Patria, no puede renegar de su herencia, no puede renegar de su sangre, de su lengua, de la tierra en que ha nacido, no puede renegar de sus padres, no puede renegar de aquello que lo constituye física y espiritualmente y que le penetra hasta por el aire que respira. Es amarla entonces, sí, con un amor cristiano, que no supone exclusiones, que no supone un amor cerrado, que no niega sino que al contrario, es mediador, único mediador terreno para ese amor universal.

Un amor crítico

Y ese amor, como alguna vez lo hemos señalado también, tiene también dos aspectos: por una parte, ese amor es amor de complacencia; y el amor de complacencia es el amor más sensible de la Patria y el que mira sobre todo a su pasado. La emoción que uno puede sentir en el folklore, en la historia, en las tradiciones de la Patria, en aquello que es típico o propio de nuestro terruño o de nuestro pueblo; la emoción que uno puede sentir cuando contempla un paisaje, sobre todo cuando contempla un paisaje que le es querido por muchos motivos. Y todo aquello que hace para nosotros el contorno físico o el contorno humano sensible de nuestra Patria. Todo esto es el amor sensible.

Pero luego hay otro amor, y es ese amor que mira hacia el futuro. Existe ese amor que mira a la Patria no solamente como la tierra sino como la comunidad de hombres que viven en esta tierra y que teniendo una herencia común en el pasado, en la historia, en la religión, en la cultura, en la raza, tiene un destino común de Patria. Que es así mirando el futuro como una unidad de destino que la diferencia en medio del conjunto de la universalidad de las naciones.

Una unidad de destino en lo universal. Entonces, en mirarla como empresa, en mirarla como algo que tenemos que construir, en mirarla como algo que entra de una manera o de otra en nuestra misión de cristianos.

Y este amor, que mira a la Patria en su presente o en su futuro, no es tanto un amor sensible como aquél que se complace en el folklore o en el terruño, sino que es un amor crítico. Es un amor a veces dolorido. Lo expresa este dolor el Padre Castellani cuando dice: «De las ruinas de este país que llevo edificado sobre mis espaldas, cada minuto me cae un ladrillo al corazón. Y ¡ay de mí! Dios me ha hecho el órgano sensible de todas las vergüenzas de mi Patria y en particular de cada alma que se desmorona». Esto nos muestra hasta qué punto ese amor, sin dejar de ser sensible, puede ser un amor crítico.

O sea, amar la Patria no es solamente complacerse sino condolerse en esta realidad de la Patria, donde hay tanta miseria, donde hay tanta corrupción, tanta cobardía, donde hay tanta estupidez, tanta traición, tanta injusticia.

Es un amor crítico. Es como el amor del que ama al enfermo para llevarlo a curar, o el amor del que ama al pecador para enderezarlo en el camino.

Hay muchas cosas que enderezar, y no me voy a extender en esto, pero que sobre esto se dirija nuestra oración.

Años atrás yo recuerdo que llamaba en alguna de estas ocasiones a rezar porque nuestra Patria estaba en guerra y era verdad. O sea una guerra dividía a los argentinos; una guerra que hubo que combatirla; habrá habido en ella excesos o lo que se quiera, pero fue necesaria.

Lo tremendo es que la conclusión de esa guerra ha llevado en nuestra Patria a un orden formal, a un orden externo, es cierto, se puede caminar por la calle sin temor a que le explote una bomba por los pies, o que le tiren un tiro por la espalda. Sin embargo ese orden es solamente externo, formal. La subversión no se termina cuando dejan de explotar bombas o de haber asaltos, crímenes o asesinatos. La subversión es algo más profundo que el desorden exterior. La subversión es algo más profundo que aquello que atenta contra el orden establecido.

La subversión es aquello que va en contra del Orden Natural de la sociedad y del orden querido por Dios para la sociedad. Todo lo que va en contra de eso es subversivo.

Es subversiva la pornografía, es subversiva la injusticia, es subversivo el que en este momento funcionen bien económicamente los que viven del dinero que produce dinero, es decir de la usura, y que sobre la espalda del que trabaja, pensemos solamente en el trabajo del campo, por ejemplo, se pongan pesos insoportables.


Es subversiva la estupidez de los medios de comunicación. Es subversiva la escuela que sigue siendo escuela sin Dios. Todas esas cosas son subversivas, responden a la subversión profunda. Y eso no se ha arreglado, eso no se ha solucionado.

La ceguera o la estupidez liberal cree que la paz se ha establecido cuando hay una paz exterior, cuando hay una paz formal. Y sería lamentable, verdaderamente lamentable, que tanta sangre que se derramó en la lucha entre argentinos, que esa sangre fuera inútil. Que esa sangre fuera no la semilla de una paz verdadera, sino simplemente sangre que inútilmente ha caído y se ha mezclado en la tierra, la de un lado y la de otro.

Por eso tenemos que rezar al Señor para que nuestra Patria recuerde que nació cristiana, y que recuerde que fue hecha con la Cruz de los misioneros al mismo tiempo que con la espada de los conquistadores. Que los ejércitos que nos dieron Patria levantaron la Bandera con los colores del Manto de la Virgen Inmaculada.

Que nuestra Patria nació cristiana y que si nuestra Patria quiere la paz, no una paz mentirosa y exterior, sino la única paz verdadera, aquella que es como decía San Agustín: «la tranquilidad del orden», y no de cualquier orden, sino del Orden que se funda en la Verdad y que se funda en la Justicia, nuestra Patria tiene que volver sus ojos hacia sus orígenes cristianos y pedir de la Virgen Nuestra Madre, nuestra Protectora, nuestra Patrona, y de Cristo, aquella paz que solamente Cristo puede dar y que nace de la conversión de los hombres y de los corazones en los cuales por la Gracia reina la paz con Dios y por la paz y el amor de Dios, reina también, surgiendo de allí, como desde su fuente, la paz y el amor por los hermanos.




25 de Mayo, Festividad de San Gregorio VII, Papa y Confesor






abía logrado la Iglesia, en su primera época, el triunfo de su existencia con persecuciones sangrientas y con la inconmovible constancia de sus mártires. Echó de sí, más tarde, los enemigos internos que la enturbiaban, y veía correr por todos los cauces su doctrina santa, que asimiló y educó a los bárbaros hasta formar con ellos las grandes naciones cristianas. Pero cuando, a lo largo de la Edad Media, se propuso impregnar de espíritu cristiano toda la vida pública y privada, un gran obstáculo le salió al paso: el de no haber sido todavía establecidas las relaciones, por Dios ordenadas, entre la potestad civil y la eclesiástica; el de hallarse la Cabeza de la Iglesia, el Vicario de Cristo en la tierra, en peligrosa dependencia del Estado, del señor temporal.

El santoral nos presenta en la fecha de hoy al coloso que removió tamaña dificultad, al gran artífice en la empresa de la independencia de la Iglesia del Estado: Hildebrando, llamado más tarde San Gregorio VII.

Nació en Soana, provincia de Siena, hacia el año 1020. Su padre, Bonizo o Bonizone, era hombre, al parecer, de condición humilde. Carpintero, según unos; según otros, cabrero. Hildebrando, pequeño de estatura y grácil de constitución, fue educado en la disciplina eclesiástica, desde su niñez, en el monasterio de Santa María, en el Aventino (Roma), donde hizo grandes progresos en la ciencia y en la virtud, hasta el punto de que Juan Graziano (posteriormente papa Gregorio VI) llegó a decir que nunca había conocido una inteligencia igual; y de que el emperador Enrique III manifestó, cuando le oyó predicar, siendo joven todavía, que ninguna palabra le había conmovido como aquélla.

De regreso a Roma, después de algún tiempo de estancia en Francia, mereció la plena confianza de los papas. Fue el sabio y prudente consejero de cinco pontífices consecutivos y tomó parte en decisivas actuaciones de la Iglesia empeñada en la reforma, como la reunión del concilio de Lyón (Francia) para deponer a varios obispos simoníacos, la presidencia del concilio de Tours, en que Berengario abjuró de sus errores, y la legación en Ratisbona, con el fin de que la corte de Germania aprobara la elección de Esteban IX.

Durante veinticinco años rehusó aceptar personalmente el Pontificado: pero, a la muerte de Alejandro II, hubo de someterse a la Providencia, que le deparaba la suprema dignidad. Presidiendo, como arcediano que era, los funerales, quedó atónito cuando la multitud —clero y pueblo— prorrumpió en un grito unánime: "¡Hildebrando, Papa!" Se precipitó hacia el ambón para neutralizar las aclamaciones; pero llegó antes Hugo el Blanco, cuyo panegírico sobre Hildebrando fue rubricado por cardenales, obispos, sacerdotes y clérigos, que pronunciaron con entusiasmo la consabida fórmula: "¡San Pedro ha escogido Papa a Hildebrando". El pueblo se apoderó de él, casi a la fuerza, y lo entronizó. Por prudente medida de paz y buen gobierno —y entonces por última vez— se dio aviso a la corte imperial, al objeto de recabar su aprobación. Ordenado primeramente de presbítero —pues no era más que diácono—, fue consagrado el 30 de junio de 1073, a los cincuenta años de edad, llamándose Gregorio VII.
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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Papa Santo, que se opuso a los poderosos de la Tierra, a costa de persecusión y aún de su propia vida. Arquetipo de Papa.

24 de mayo de 2009

Vigencia de la Hispanidad





Por Juan María Bordaberry



Febrero de 2003







n sus “Memorias”, Gonzalo Fernández de la Mora evoca un expresivo episodio de los tantos que jalonaron su vida excepcional y multifacética. En ocasión de representar a España en Bolivia en fecha especial, coincidió con él Carlos Andrés Pérez, suscitándose el incidente que narra así: “El Presidente venezolano Carlos Andrés Pérez representó su país en los actos de sexquicentenario de la independencia de Bolivia. Coincidí con él varias veces. Era corpulento y tenía el aire de un patán. Hablaba a voces y con ademanes grandilocuentes Siempre sudoroso, no perdía ocasión para pronunciar discursos, que eran una especie de soflamas dirigidas a los amerindios, a los llamaba eufemísticamente “campesinos”. En el aula magna, bellísima, de la Universidad de Santa Cruz, obra de los españoles, tomó fuera de programa la palabra y, arrastrado por su trillada demagogia, deslizó unas inconexas frases sobre el “expolio de Potosí” y otros tópicos de similar vulgaridad. Me levanté para ausentarme, y el Presidente Banzer me pidió que, por favor, permaneciera en el estrado. Lo hice a regañadientes y con ostensible rechazo del orador, que ya había pasado a su tópico favorito, las fulminaciones contra el supuestamente ininterrumpido colonialismo explotador del indígena. Por cierto que todos los presentes eran caucásicos; sólo los dos plantones de la guardia exterior, a los que no llegaba la perorata, tenían sangre indígena. El mensaje no era muy grato para las autoridades locales, que lo soportaban con desdén.

En la recepción subsiguiente al acto me crucé con él que portaba un par de collares con águilas sobre el prominente pecho. Le miré entre condenatorio y despectivo y, deteniendo el cortejo de sus ministros, me propinó, envalentonado:

- ¿Qué le ha pasado al embajador español?

- Pues que me ha sorprendido que hable mal de España un señor que utiliza la lengua española y, además, se llama Pérez.”[1]

Este episodio, que no hay que dudar se haya repetido y se siga repitiendo incontables veces, aunque sin recibir tan ajustada repuesta, nos deja lugar para diferentes apreciaciones. En primer lugar, la insistencia en la leyenda negra que ha oscurecido exitosamente la aventura más admirable emprendida por hombre o Reino alguno en nombre de la Fe. Y con ello, más admirable aún, la conversión de los habitantes de las tierras descubiertas, su elevación a la condición de súbditos de la Corona española con iguales derechos que los peninsulares, y la organización religiosa, política y militar de los inmensos territorios.
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El Comunismo en la Revolución Anticristiana (4)






Por el R.P. Julio Meinvielle




CAPÍTULO III



EL COMUNISMO, ÚLTIMA ETAPA DE LA REVOLUCIÓN ANTICRISTIANA




emos señalado los cuatro valores esenciales que debe encerrar una civilización si quiere ser perfectiva del hombre y resultarle beneficiosa. Hemos visto también como se ha venido efectuando, bajo la Revolución Anticristiana que tiene como agente responsable al mismo Satanás, un proceso regresivo en que se les ha arrebatado a los antiguos pueblos católicos uno tras otro, cada uno de estos valores hasta sumirlos en esta postración que desemboca en el comunismo.

Corresponde ahora que, en función de los valores que perfeccionan al hombre, examinemos el comunismo enseñado por Marx y llevado a la práctica por la actual revolución comunista mundial.

El comunismo, heredero histórico de las dos Revoluciones, agudiza sus consecuencias aun en el plano en que éstas se efectuaron. Porque el comunismo es una revolución contra la verdadera autoridad religiosa y aun contra toda religión. Para él, la religión es una alienación del hombre, una perdición, una frustración. La religión es el opio del pueblo, enseña Marx.

En Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, en 1844, Marx escribe: “La religión es la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que aún no se ha adquirido a sí mismo, o que ha vuelto a perderse”... “La miseria religiosa es la expresión de la miseria real, y por otra parte, la protesta por la miseria real”.

Pero la religión no sólo es inútil; es positivamente mala, porque es destructora del hombre. La dialéctica de la oposición entre Dios y el hombre, está alimentando todo el pensamiento de Marx. Si Dios existe y es Creador del hombre, entonces no puede existir el hombre y menos ser creador de sí mismo. Porque lo que uno es y tiene, lo es y lo tiene a costa del otro. Pero como el hombre existe, y es creador de su propia historia, luego Dios no existe ni es creador del hombre.

Cuando el hombre recurre a Dios lo hace determinado por una debilidad, una pérdida de sí mismo que le lleva a transferir imaginativamente en un superhombre los atributos que a él le faltan. Esa transferencia imaginativa no hace sino trabar el esfuerzo que el hombre debe emplear en su propia autocreación.
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Domingo infraoctava de la Ascensión



por el R.P. Leonardo Castellani


Tomado de Domingueras Prédicas
Ediciones Jauja
Mendoza, Rep. Argentina, 1997







PROMESA DEL ESPÍRITU SANTO. EL ODIO DEL MUNDO. (1967)

"Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas . E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho."

(Jn. 15,26-16:4)



n el Evangelio de hoy, tomado siempre del Sermón Despedida, Cristo predice a sus Apóstoles la persecución inevitable. Ya antes les había dicho: "No es el Discípulo mayor que el Maestro: si a mí me han perseguido, a vosotros os perseguirán". Esta predicción de Cristo se cumplió en toda la historia de la Iglesia, de diferentes maneras.

Este es el trago más áspero del Cristianismo: no sólo habemos de llevar nuestra cruz sino que sobre ella cargarán desde afuera.

Por eso Cristo antes de hacer el hórrido anuncio apuntala sus ánimos fuertemente: justamente "Paráclito", el nombre del Espíritu Santo, significa en griego "puntal"; la Vulgata traduce "el Consolador". Cinco veces les promete el Espíritu Santo en este discurso; y como consecuencia de su venida y morada en nosotros, la eficacia de nuestras oraciones y el "gozo que nadie os podrá quitar". Todo eso era necesario y más aún; mas todo eso actúa solamente en la fe y en la esperanza; no basta haber sido bautizado.

Cristo describe la persecución en sus dos extremos: extremo inferior: os excomulgarán, o sea, "os echarán de las sinagogas" -"absque synagogis facient vos", como hicieron ya con el Ciegonato y sus padres; extremo último: "os darán la muerte y creerán hacer con eso servicio a Dios", como hicieron con el mismo Cristo: "Nosotros tenemos Ley y según nuestra Ley debe morir porque se ha hecho Hijo de Dios".

Estos días me leyeron un párrafo del Cardenal Bea acerca de los que mataron a Cristo: dice que no el pueblo judío, sino algunos funcionarios judíos mataron a Cristo; pero esos mismos no pueden llamarse "deicidas" porque no sabían que Cristo era Dios. Con todo respeto, podemos advertir que no sabían lo que era Cristo, pero debían saber; otra cosa sería hacer agravio a Cristo; o sea, pensar que todo un Dios se hizo hombre con el fin de revelarse a los hombres; y no fue capaz de probar que era Dios; ni siquiera a los que lo rodeaban y eran los jefes religiosos de la religión verdadera.

No: lo que siempre ha creído y enseñado la Iglesia es que los fariseos, y sus secuaces —una parte del pueblo judío— asesinaron al Mesías; y si ignoraron que lo era, esa fue "ignorancia culpable" y por tanto, el delito es imputable. —"No saben lo que están haciendo" —dijo Cristo en la cruz. Sí, pero antes dijo: "Padre perdónalos"; y si se pide un perdón, hay un delito; y por cierto un delito enorme. El Cardenal se queda con el "No saben lo que hacen"; y se deja el "Perdónalos" porque para él no hay nada que perdonar. Los judíos todavía no lo han crucificado (34).

Esta pregunta me hizo un muchacho en Santa Fe; estuve hablando con unos treinta muchachos durante tres horas: y se me encogía el corazón al pensar lo que les espera: "no saben lo que les espera", pensaba yo al oír sus palabras llenas de optimismo. Pensar que estos jóvenes inteligentes, sanos, puros, fervorosos y bien intencionados, van a entrar en el ambiente helado del mundo y se les van a marchitar y deshojar todas las ilusiones que tienen ahora como es propio de jóvenes; e incluso que ante el choque, muchos defeccionarán, encogerán los cuernos como el caracol o se esconderán como la ostra.

Están ellos en una situación nueva. Yo nací y crecí en un ambiente cristiano, aunque tibio: Dios, Jesucristo, la Virgen, los Santos, los Ángeles, oír Misa y rezar el Rosario; el Papa es el representante de Cristo; y el P. Olessio, o los jesuítas de Santa Fe son los representantes del Papa; y no pueden equivocarse. Sufrí las tentaciones comunes del Demonio, el mundo y la carne; pero no esta cruel tentación contra la fe que se levanta ahora, y parece estar en cuarto creciente.

La Iglesia siempre ha tenido persecuciones; eran o declaradas o encubiertas, con hierro o con trampas; o bien las dos cosas, como la del Emperador Juliano el Apóstata; pero nunca han estado dentro mismo de la Iglesia: o bien han estado poco tiempo, hasta que la herejía descubierta era condenada y la rama seca era limpiamente serruchada del tronco vivo. Ahora muchos dicen (sacerdotes incluso) que ellos los progresistas o postconciliares son los verdaderos cristianos y los demás son chanfaina; y los otros llamados integristas o preconciliares dicen lo mismo de los otros; y averigüese Ud. si puede. Entre las dos posiciones existe toda clase de grados intermedios; no existe un tajo seco. ¿Se hará el tajo seco? No lo sé. Cerca del trono pontificio están el Cardenal Bea y el Cardenal Ottaviani; no se pueden ver ni en pintura; los dos son Cardenales.

Bien, el Espíritu Santo sabe. Así como Dios me protegió a mí, protegerá a éstos, si se llaman a seguro. Todas las generaciones humanas y todas las épocas de la historia están a igual distancia de Dios. El que ora por su fe, jamás será desoído. El profeta David dice: "Loado sea Dios que no apartó de mí ni mi oración ni su misericordia"; o sea, que mientras dure la oración no se retirará la misericordia, sobre todo en el tiempo de la persecución. "Cuando os veáis perseguidos alegraos y regocijaos; porque vuestra recompensa es grande en el cielo".

Estos muchachos, la mayoría universitarios, algunos recibidos, no me hicieron una sola pregunta sobre política, ni yo a ellos: hicieron preguntas religiosas o filosóficas, y por cierto con gran discreción y entendimiento. Y al final habló el que los dirige, un profesor muy talentoso y modesto; y les hizo prácticamente el sermoncito que he hecho ahora. Les dijo en resumen que no esperaran el éxito inmediato de sus esfuerzos y trabajos; que a lo mejor lo que siembren ahora fructificará dentro de dos o tres generaciones —o nunca: porque "uno siembra, otro riega, y después viene otro y recoge" -dice San Pablo; y Dios no nos pide que venzamos sino que no seamos vencidos. Que se hiciesen desde ahora duros ante la posible persecución: los escupitajos no me mojan, los insultos no me turban, la calumnia no me derrota; el dinero y los honores no me fascinan, y el Ángel de la Guarda me defenderá de todos los demonios.

Fue el que habló mejor: es irlandés o hijo de irlandés; o sea, de una raza que sabe lo que es sufrir persecución por causa de la santidad -por amor de la justicia, dijo Cristo- que es el nombre de la santidad en los Evangelios. Ya tienen ellos alguna experiencia deso.


24 de Mayo, Festividad de María Auxiliadora









Historia de la devoción a María Auxiliadora en la Iglesia Antigua.




os cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra "Boetéia", que significa "La que trae auxilios venidos del cielo". Ya San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla nacido en 345, la llama"Auxilio potentísimo" de los seguidores de Cristo. Los dos títulos que más se leen en los antiguos monumentos de Oriente (Grecia, Turquía, Egipto) son: Madre de Dios y Auxiliadora. (Teotocos y Boetéia). En el año 476 el gran orador Proclo decía: "La Madre de Dios es nuestra Auxiliadora porque nos trae auxilios de lo alto". San Sabas de Cesarea en el año 532 llama a la Virgen "Auxiliadora de los que sufren" y narra el hecho de un enfermo gravísimo que llevado junto a una imagen de Nuestra Señora recuperó la salud y que aquella imagen de la "Auxiliadora de los enfermos" se volvió sumamente popular entre la gente de su siglo. El gran poeta griego Romano Melone, año 518, llama a María "Auxiliadora de los que rezan, exterminio de los malos espíritus y ayuda de los que somos débiles" e insiste en que recemos para que Ella sea también "Auxiliadora de los que gobiernan" y así cumplamos lo que dijo Cristo: "Dad al gobernante lo que es del gobernante" y lo que dijo Jeremías: "Orad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien". En las iglesias de las naciones de Asia Menor la fiesta de María Auxiliadora se celebra el 1º de octubre, desde antes del año mil (En Europa y América se celebre el 24 de mayo). San Sofronio, Arzobispo de Jerusalén dijo en el año 560: "María es Auxiliadora de los que están en la tierra y la alegría de los que ya están en el cielo". San Juan Damasceno, famoso predicador, año 749, es el primero en propagar esta jaculatoria: "María Auxiliadora rogad por nosotros". Y repite: "La "Virgen es auxiliadora para conseguir la salvación. Auxiliadora para evitar los peligros, Auxiliadora en la hora de la muerte". San Germán, Arzobispo de Constantinopla, año 733, dijo en un sermón: "Oh María Tú eres Poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda".
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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen de Ntra. Señora, Auxilium Christianorum.

23 de mayo de 2009

Teologías Latinoamericanas de Liberación *




por el R.P. Miguel Poradowski





Tomado de La Quimera del Progresismo,
Colección Clásicos Contrarrevolucionarios,
Buenos Aires, 1981









l pensamiento político-religioso autodenominado "teologías latinoamericanas de la liberación" (en adelante TLL), formalmente aparece en América Latina algunos años después de la Segunda Conferencia Episcopal Latinoamericana, que tuvo lugar en Medellín en 1968. No obstante, según la opinión del sacerdote José Comblin, (1) compartida por el Padre Roger Vekemans, S.J., (2) este pensamiento de hecho ya se manifiesta varios años antes del mencionado evento y se hace presente en varias reuniones de carácter internacional, como por ejemplo en la Conferencia Mundial del Consejo Ecuménico de Iglesias (una institución protestante), en Ginebra en 1966 y en el "diálogo de cristianos y marxistas", celebrado en varios lugares, entre los años 1965-67.



Casi todos los investigadores de la génesis o historia de las TLL concuerdan en la opinión de que la aparición de este pensamiento político-religioso se debe, al menos parcialmente, a una especial situación social-económica-política en la cual se encontró el continente latinoamericano después del fracaso de las tentativas del Plan de Desarrollo, lanzado por el malogrado presidente J. F. Kennedy.
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23 de Mayo de 844, Batalla de Clavijo




Oremus:
Deus qui Hispaniarum gentium
beato Iacóbo Apóstolo tuo
protegendam mesericórditer tribuisti
et per eum ab imminenti exítio mirabíliter liberasti,
concede, quaesumus, ut, eódem protegente,
pace perfruámur aeterna. Per Dóminum nostrun Iesum Christum...Amen.














o sé si se recuerda, si se celebra, pero el 23 de Mayo es (era?) la Fiesta de la Aparición de Santiago Apóstol en la Batalla de Clavijo. Como suena. Con su Misa propia y todo. Vuelvo a decir que no sé si se celebra en algún sitio, quizá allá por la Rioja, donde está Clavijo, al lado de Logroño.


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