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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

3 de junio de 2009

3 de junio, Santa Clotilde, Reina




eina de los francos, nacida probablemente en Lyon, ca. 474; muerta en Tours el 3 de Junio de 545. Su fiesta se celebra el 3 de Junio. Clotilde fue la mujer de Clodoveo I, e hija de Chilperico, rey de los borgoñones de Lyon y Caretena. Tras la muerte del rey Gundioco (Gundioch), el reino de Borgoña se había dividido entre sus cuatro hijos, reinando Chilperico en Lyon, Gundebaldo en Vienne, y Godegisilo en Ginebra; la capital de Gundemaro no se menciona. Chilperico y probablemente Godegisilo eran católicos, mientras que Gundebaldo profesaba el arrianismo.

Clotilde fue educada religiosamente por su madre Caretena, que, según Sidonio Apolinar y Fortunato de Poitiers, era una mujer notable. Tras la muerte de Chilperico, Caretena parece haberse ido a vivir con Godegisilio en Ginebra, donde su otra hija, Sedeleuba, o Chrona, fundó la iglesia de San Víctor, y tomó el hábito religioso. Fue poco después de la muerte de Chilperico cuando Clodoveo pidió y obtuvo la mano de Clotilde.

A partir del Siglo VI, el matrimonio de Clodoveo y Clotilde fue el asunto de narraciones épicas, en las que los hechos originales se alteraron materialmente y diversas versiones se abrieron camino en las obras de diferentes cronistas francos, vg., Gregorio de Tours, Fredegario, y el “Liber Historiae". Estas narraciones tienen el carácter común a todos los poemas nupciales de la ruda poesía épica que se encuentra en muchos de los pueblos germánicos. Aquí bastará con resumir la leyenda y añadir una breve exposición de los hechos históricos. Se encontrará información adicional en obras específicas sobre la materia. Los poemas populares sustituían al rey Godegisilo, tío y protector de Clotilde, por su hermano Gundebaldo, que era presentado como el perseguidor de la joven princesa. Se suponía que Gundebaldo había asesinado a Chilperico, arrojado a su mujer a un pozo, con una piedra atada al cuello, y desterrado a sus dos hijas. Clodoveo al oír hablar de la belleza de Clotilde, envió a su amigo Aureliano disfrazado de mendigo, para visitarla en secreto, y darle un anillo de oro de su amo; entonces pidió a Gundebaldo la mano de la joven princesa. Gundebaldo, que temía al poderoso rey de los francos, no se atrevió a rehusar, y Clotilde acompañó a Aureliano y su escolta en su viaje de vuelta. Se apresuraron a alcanzar el territorio franco, pues Clotilde temía que Aredius, el fiel consejero de Gundebaldo, a su vuelta de Constantinopla adónde había sido enviado en una misión, influyera en su amo para que se retractara de su promesa. Sus temores estaban justificados. Poco después de la partida de la princesa, Aredius volvió y provocó que Gundebaldo se arrepintiera del matrimonio. Se despacharon tropas para traer de vuelta a Clotilde, pero era demasiado tarde, pues estaba a salvo en suelo franco. Los detalles de este relato son puramente legendarios. Está establecido históricamente que la muerte de Chilperico fue lamentada por Gundebaldo, y que Caretena vivió hasta 506: murió "llena de años", dice su epitafio, habiendo tenido la alegría de ver a sus hijos criados en la religión católica. Aureliano y Aredius son personajes históricos, aunque se sabe poco de ellos, lo que dice la leyenda es muy improbable.

Clotilde, como esposa de Clodoveo, pronto adquirió un gran ascendiente sobre él, del que se valió para exhortarle a abrazar la Fe católica. Durante mucho tiempo sus esfuerzos fueron infructuosos, aunque el rey permitió el bautismo de Ingomiro, su primer hijo. El niño murió en su infancia, lo que pareció dar a Clodoveo un argumento contra el Dios de Clotilde, pero no obstante esto, la joven reina obtuvo de nuevo el consentimiento de su marido para el bautismo de su segundo hijo, Clodomiro. Así el futuro del Catolicismo estaba ya asegurado en el reino franco. El propio Clodoveo fue poco después convertido en dramáticas circunstancias, y fue bautizado en Reims por San Remigio, en 496 (ver CLODOVEO). Así Clotilde llevó a cabo la misión asignada a ella por la Providencia; fue el instrumento de la conversión de un gran pueblo, que durante siglos sería el dirigente de la civilización católica. Clotilde dio a Clodoveo cinco hijos, cuatro varones, Ingomiro, que murió en la infancia, y los reyes Clodomiro, Childeberto, y Clotario, y una hija, llamada Clotilde como su madre. Poco más se sabe de Clotilde durante la vida de su marido, pero puede conjeturarse que intercedió ante él, en la época de la disputa entre los reyes de Borgoña, para ganarlo a la causa de Godegisilo contra Gundebaldo. La moderación desplegada por Clodoveo en esta lucha, en la que, aunque victorioso, no buscó sacar partido de su victoria, además de la alianza que después concluyó con Gundebaldo, fueron indudablemente debidas a la influencia de Clotilde, que debe haber visto con horror la lucha fratricida.

Clodoveo murió en París en 511, y Clotilde le enterró en lo que era entonces el Mons Lucotetius, en la iglesia de los Apóstoles (después, de Santa Genoveva), que habían construido juntos para servirles como mausoleo, y que Clotilde se encargó de completar. La viudedad de esta noble mujer fue entristecida por crueles pruebas. Su hijo Clodomiro, yerno de Gundebaldo, guerreó contra su primo Segismundo, que había sucedido a Gundebaldo en el trono de Borgoña, le capturó, y le hizo dar muerte con su mujer e hijos en Coulmiers, cerca de Orléans. Según la épica popular de los francos fue incitado a esta guerra por Clotilde, que pensaba vengar en Segismundo el asesinato de sus padres; pero, como ya se ha visto, Clotilde no tenía nada que vengar, y, por el contrario, fue probablemente ella la que arregló la alianza entre Clodoveo y Gundebaldo. Aquí la leyenda está en desacuerdo con la verdad, difamando cruelmente la memoria de Clotilde, que tuvo el dolor de ver perecer a Clodomiro en su atroz guerra con los borgoñones; fue vencido y muerto en la batalla de Veseruntia (Vezeronce), en 524, por Godomaro, hermano de Segismundo. Clotilde tomó a su cuidado sus tres hijos de corta edad, Teodoaldo, Gunterio, y Clodoaldo. Childeberto y Clotario, sin embargo, que habían dividido entre ellos la herencia de su hermano mayor, no deseaban que vivieran los niños, a los que habrían de rendir cuentas más tarde. Mediante una astucia retiraron a los niños del cuidado vigilante de su madre y mataron a los dos mayores; el tercero escapó y entró en un monasterio, al que dio su nombre (Saint-Cloud, cerca de París).
El dolor de Clotilde fue tan grande que París se le hizo insoportable, y se retiró a Tours, junto a la tumba de San Martín, al que tenía gran devoción, donde pasó el resto de su vida en oración y dedicada a las buenas obras. Pero aún le esperaban pruebas allí. Su hija Clotilde, esposa de Amalarico, el rey visigodo, que era cruelmente maltratada por su marido, pidió ayuda a su hermano Childeberto. Éste fue a su rescate y derrotó a Amalarico en una batalla, en la que este último murió; Clotilde, sin embargo, murió en el viaje a su casa, exhausta por las privaciones que había soportado. Finalmente, como para coronar el largo martirio de Clotilde, sus dos únicos hijos supervivientes, Childeberto y Clotario, comenzaron una disputa, y emprendieron una seria guerra. Clotario, perseguido de cerca por Childeberto, al que se había unido Teodeberto, hijo de Teodorico I, se refugió en el bosque de Brottonne, en Normandía, donde temía ser exterminado él y su ejército por las fuerzas superiores de sus adversarios. Entonces, dice Gregorio de Tours, Clotilde se postró de rodillas ante la tumba de San Martín, y le suplicó con lágrimas durante toda la noche que no permitiera que otro fratricidio afligiera a la familia de Clodoveo. Repentinamente se suscitó una terrible tempestad y dispersó a los dos ejércitos que estaban a punto de empezar una lucha cuerpo a cuerpo; así, dice el cronista, respondió el santo a las oraciones de la afligida madre. Esta fue la última de las pruebas de Clotilde. Rica en virtudes y buenas obras, tras una viudedad de treinta y cuatro años, durante los cuales vivió más como una religiosa que como una reina, murió y fue enterrada en París, en la iglesia de los Apóstoles, junto a su marido e hijos.
La vida de Santa Clotilde, cuyos principales episodios, tanto legendarios como históricos, se encuentran dispersos a lo largo de la crónica de San Gregorio de Tours, fue escrita en el Siglo X, por un autor anónimo, que recogió sus hechos principalmente de esta fuente. En una época temprana fue venerada por la Iglesia como santa, y aunque la poesía popular contemporánea desfigura su noble personalidad haciéndola un modelo de furia salvaje, Clotilde ha entrado ahora en posesión de una fama pura y sin tacha, que ninguna leyenda podrá oscurecer.



GODEFROID KURTH
Trascrito por Joseph P. Thomas
Traducido por Francisco Vázquez

2 de junio de 2009

Cartas a un esceptico en materia de Religión




Por el R.P. Jaime Balmes





Enviada por María Luz López Pérez







Carta VIII

Los nuevos espiritualistasfranceses y alemanes.





Ilusiones del escéptico. Filosofía alemana. Leibnitz. Sus doctrinas. Su oposición a Espinosa. Su religiosidad. Errores de Kant. Sus doctrinas con respecto a las pruebas metafísicas de la inmortalidad del alma, de la libertad del hombre y duración del mundo. Observaciones sobre la abnegación de la razón. Fichte. Sus errores. Schelling. Notables palabras de madama Staël. Hégel. Su vanidad intolerable. Dificultad de que se extienda en España la filosofía alemana.

ucho me alegro, mi estimado amigo, de que nada tengan que ver con V. los argumentos que aducir suelen los apologistas de la religión contra los defensores del materialismo y de la ciega casualidad, y no puedo menos de felicitarle por «hallarse ya, como me dice en su apreciada, radicalmente curado de su afición a los libros donde se enseñan las doctrinas de Volney de La Mettrie». A decir verdad, no esperaba menos del claro talento y noble corazón de V., pues no concilio cómo, en poseyendo semejantes cualidades, sea posible leer obras de esta clase. Yo de mí sabré decir que las encuentro tan faltas de solidez como abundantes de mala fe; y que lejos de apartarme de la religión, me afirman más y más en ella: los convulsivos esfuerzos del error impotente dan una idea más grande de la verdad. Sin embargo, me permitirá V. que le advierta del error en que incurre cuando dispensa tan pomposos elogios a los nuevos espiritualistas alemanes, franceses; pues nada menos les atribuye que el ser los restauradores de las buenas doctrinas, devolviendo a la humanidad los títulos de que la despojara la filosofía volteriana. Cada época tiene sus opiniones y presiones de buen tono; ahora no podría uno pertenccer a la escuela del siglo XVIII, aun cuando lo quisiese: es preciso hablar del espiritualismo de Kant, Fichte, Schelling, Hégel, Cousín, y desechar el sensualismo de Destutt-Tracy, Cabanis, Condillac y Locke, si no se quiere pasar plaza de rezagado en materia de conocimientos filosóficos. Enhorabuena que no se profese ninguna religión, pero es indispensable tener siempre en boca el sentimiento religioso, los destinos de la humanidad, y hasta no escrupulizar de vez en cuando en pronunciar las palabras Dios y Providencia. Hablando ingenuamente, cuando he leído en su apreciada de V. los nombres que acabo de recordar, no he podido convencerme de que V. se hubiese devanado mucho los sesos en el estudio de altas y abstrusas cuestiones metafísicas; más bien me inclinaría a creer que sus ideas sobre el particular habrán sido cogidas al vuelo en los periódicos, sin haberse tomado mucha pena en aclararlas y analizarlas. No le culpo a V. por esto, pues al fin sus opiniones, como de un simple particular, no ejercerán influencia sobre el público; que, si se tratase de un escritor, que debe siempre saber lo que recornienda o censura, entonces me tomaría la libertad de amonestarle que anduviese más recatado en sus deseos de introducirnos innovaciones que podrán sernos muy dañosas.
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Piénselo dos (o tres) veces





por Arturo Pérez-Reverte


Tomado de XLSemanal





ermítame un consejo, caballero. Si se tropieza con un fulano que le está dando una felpa a su legítima, o sucedáneo, piénselo dos veces, incluso tres, antes de meterse en jardines. Estoy de acuerdo en que esas cosas no deben tolerarse. Admito, además, que no permiten reflexión previa, pues actúa el piloto automático. Todo depende de la casta y virtud de cada cual. En principio, ante tales situaciones se es un mierdecilla o un tío decente. Ésa es la teoría ética. Pero estamos en España. Si defiende a señoras maltratadas, sepa a qué se expone. Una juez de Vigo nos lo recordó hace unas semanas, calzándole 3 meses de cárcel y 15.550 euros de multa a un joven de allí. Éste había cometido la ingenuidad de impedir que un pavo maltratase a su pareja. Le afeó la conducta y recibió un cabezazo. Entonces se lio la pajarraca, y el defensor de la moza le dio al otro una patada en la cara, rompiéndole la mandíbula.

Lo instructivo no es que el juicio se haya celebrado tres años después, ni que la defendida –como es frecuente– defendiera al que le zumbaba, en plan soy de mi Paco y puede darme hasta con la hebilla, si quiere. La lección cívica del asunto reside en que la juez, aun admitiendo que la defensa fue oportuna y que el primer leñazo lo sacudió el maltratador, empitonó al defensor de doncellas pese a que la sentencia reconocía que su reacción inicial «fue legítima», que el otro le dio el cabezazo «con ánimo de menoscabar su integridad física»y que el joven largó la patada «para repeler la agresión y evitar que continuase». Pese a lo cual, la juez estimó que la patada en el careto fue, sin embargo, «un exceso defensivo que no puede estar ya justificado por una notoria desproporción en el mismo». Dicho en cristiano, que el joven tenía que haberse defendido, pero menos. Con la puntita nada más. Dando unas pocas bofetadas con la mano abierta, o con unos calculados puñetacitos en el hombro. Una pelea civilizada, vamos. Políticamente correcta. De esa manera, el otro, acojonado, habría dejado de darle cabezazos. Seguro.

Me va a perdonar la juez de Vigo. De tribunales sabrá mucho, pero de peleas no tiene ni puta idea. Tampoco es que yo sea un experto. Me apresuro a matizarlo, por si acaso. Siempre fui –lo juro por el cetro de Ottokar– un cruce de osito Mimosín, Bambi y conejillo Tambor. Más o menos. Pero cualquiera que haya visto atizarse de verdad a dos tíos –la calle no es el cine– sabe que cada cual se las arregla como puede, y una vez metido en faena no anda calculando con qué da y dónde lo hace. La defensa con manos desnudas sólo es excesiva o desproporcionada si te ensañas cuando ya tienes al otro en el suelo. Mientras, se pelea para tumbarlo, con la sangre caliente y con la pericia y el coraje disponibles, procurando dejar fuera de combate a un adversario que, mientras colee, se revolverá contra ti. Y eso es lo que hay que evitar: que colee. Hasta ahí es razonable. Cuando se esparrama de tú a tú, con dos jambos dándose estiba, la desproporción viene si uno de ellos echa mano de herramientas que desequilibran la cosa, como un objeto contundente o una navaja empalmada. E incluso en tales casos lo desproporcionado es relativo. No es igual vérselas con uno de tu misma edad y calibre, que ser un tirilla de sesenta kilos delante de un animal de dos metros de largo por uno de ancho, o tener que zafarse de cuatro o cinco que te están breando o te van a brear. Ahí, a veces hay que echar mano a algo: una silla, una botella. En cualquier caso, y con permiso de la juez de Vigo, del Código Civil y del Código Da Vinci, lo aconsejable siempre es madrugar. Ser rápido, brutal y eficaz en la medida de las posibilidades que ofrezca tu forma física y tu propio cuerpo. Tu edad y tu destreza. Quien pelea lo hace para ganar, no para que lo inflen, si puede evitarlo. Si no, lo mejor es no meterse. Así que ya me dirán ustedes, en ese contexto, si va a andar uno calculando dónde pega la patada, si el golpe lo da con el puño o con la palma, si la fuerza que aplicas al leñazo que consigues colocarle al otro para menoscabar su integridad física es proporcionada, o si vulnera el artículo 33, apartado 48 bis, de la ley integral de Hostias Callejeras.

Resumiendo: cuando ayudas a una mujer, asumes una posible pelea. Y, de igual a igual, ésta no hay forma de ganarla si no es rompiéndole la cara al otro. Así que en Vigo han hecho mal tercio a las maltratadas y a los pardillos que aún las defienden. La letra de la Ley es imperfecta, y el sentido común de quienes juzgan debe templar sus errores y lagunas. Puesto que a ningún maltratador se lo disuade con palabras o una simple bofetada, la sentencia de Vigo sitúa el problema en un punto imposible. O te dejas machacar y pierdes la pelea, como el profesor Neira, o te buscas la ruina si la ganas. Hagas lo que hagas te la endiñan, y sólo aplauden si entras en coma. Eso es un disparate. Uno más de esta absurda Justicia nuestra, que siempre privilegia al canalla sobre las personas decentes. Quizás algunos jueces deberían darse una vuelta por la calle. Por la vida.

El comunismo en la Revolución anticristiana (7 y último)




por el R.P. Julio Meinvielle

APÉNDICE II



UBICACIÓN EXACTA DE LA DÉCADA DEL 70 EN LA REVOLUCIÓN ANTICRISTIANA





ara situar con exactitud al comunismo hay que, ubicarlo en el contexto de la Revolución anticristiana, como lo hacemos en el presente ensayo. Decimos que es la última etapa de esta Revolución, y ello exige que aclaremos varios puntos.

Sea el primero: ¿por qué nos empeñamos en sostener que es la última etapa y rechazamos la posibilidad de que sobrevenga una etapa de mayor degradación? En el comunismo, en realidad, no queda ya densidad cultural o humana sobre la cual se pueda operar una mayor degradación.

Agotado el “homo religiosus” queda la densidad cultural del “homo naturalis”: agotado el “homo naturalis”, queda la densidad del “homo animalis”; agotado el “horno animalis”, queda la densidad cultural del “homo materialis”, pero agotado éste ya no queda densidad posible.
La humanidad, dentro de las condiciones espacio-temporales de la materia, queda entonces disponible para dos variantes: la una, para una materia puramente informe y sin ninguna estructura, como podría ser la del hombre que involuciona en la selva en un estado de aislamiento y soledad que no alcanza la vida de la tribu. Pero, dado el crecimiento vegetativo la humanidad no creemos esta hipótesis posible. Menos posible aún la involución a un estado anárquico y selvático de las muchedumbres que habitan en los grandes centros de la población del mundo. Por eso no vemos viable sino la otra variante, la de que el “homo materialis” constituido en muchedumbre reciba por el rigor de la fuerza una estructura artificial que lo reconduzca a un mecanismo que provea sus necesidades elementales de comer, crecer, divertirse y morir.

Dadas las condiciones de densidad de población y del grado de “civilización” que ha alcanzado la vida humana sobre la Tierra, no queda lugar sino para una humanidad comunista. Ya el hombre, por sus propias fuerzas naturales y si no se produce un milagro, no podrá volver atrás y realizar, aunque sea en variantes nuevas, el liberalismo, el naturalismo y muchos menos la ciudad católica.

Pero no; la gran razón de la historia es la metahistoria. La gran razón de la humanidad es la Iglesia, y es Cristo. La historia gira en torno de la Iglesia de Cristo. El comunismo también se mueve en torno de Cristo, como todo mal que en definitiva coopera para el bien de los elegidos. Por ello, sería un error estudiar al comunismo y su trayectoria como si la ciudad católica no tuviera nada que ver con él. El comunismo se ha de extender y ha de dominar al mundo en la medida en que lo requiera la etapa de purificación de los pueblos que Dios está operando por su medio. El gran hecho que da significación y razón de ser a los pueblos es su evangelización. Y en el momento actual estamos todavía en la evangelización de los pueblos paganos. Sólo cuando los pueblos paganos entren en la Iglesia volverá la fe cristiana al pueblo judío. Y éste es el acontecimiento que se está preparando: la plenitud de los pueblos paganos en la Iglesia. Lo que San Pablo llama plenitudo gentium. Cuando la plenitud de los pueblos paganos entrare en la Iglesia, entonces todo Israel será salvo (San Pablo, Romanos, 11, 26). Israel no ha sido todo salvo, sino que una parte se ha enceguecido a la luz de la fe y endurecido al amor cristiano, hasta que entrare la plenitud de las naciones (Ibid. 11, 25). Estamos ahora en el filo mismo de los acontecimientos. Por eso el furor y la rabia de la judería universal contra el mundo pagano, a punto de entrar en plenitud en el cristianismo. Porque ésa es la única preocupación de los judíos: impedir que se hable a los gentiles y se procure su salvación (San Pablo, I a Tesalonicenses, 2, 16). Y a pesar de que los judíos están empleando todos los medios de comunicación contra la cristianización de los pueblos, éstos están a punto de escapárseles de la mano y de entrar en plenitud en la Iglesia.
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2 de Junio, Santos Marcelino y Pedro, Mártires








l primero de estos dos santos mártires era un sacerdote muy estimado en Roma, y el segundo era un fervoroso cristiano que tenía el poder especial de expulsar demonios. Fueron llevados a prisión por los enemigos de la religión, pero en la cárcel se dedicaron a predicar con tal entusiasmo que lograron convertir al carcelero y a su mujer y a sus hijos, y a varios prisioneros que antes no eran creyentes. Disgustados por esto los gobernantes les decretaron pena de muerte.

A Marcelino y Pedro los llevaron a un bosque llamado "la selva negra", y allá los mataron cortándoles la cabeza y los sepultaron en el más profundo secreto, para que nadie supiera dónde estaban enterrados. Pero el verdugo, al ver lo santamente que habían muerto se convirtió al cristianismo y contó dónde estaban sepultados, y los cristianos fueron y sacaron los restos de los dos santos, y les dieron honrosa sepultura. Después el emperador Constantino construyó una basílica sobre la tumba de los dos mártires, y quiso que en ese sitio fuera sepultada su santa madre, Santa Elena.
Las crónicas antiguas narran que ante los restos de los santos Marcelino y Pedro, se obraron numerosos milagros. Y que las gentes repetían: "Marcelino y Pedro poderosos protectores, escuchad nuestros clamores".


El mismo día, Santos Potino, Atalo, Blandina y compañeros mártires (Los mártires de Lyon).





orría el año 177 de nuestra Era; y con él, a su postrimería, corrían los días de Marco Aurelio, emperador meditabundo. La inminencia de la celebridad anual que en Lyon, ciudad cabecera de la Galia, situada en la confluencia del Saona y del Ródano, se solemnizaba todos los años en las calendas del mes sextil (agosto), reunía en derredor del altar de Roma y de Augusto a los legados de las tres Galias.

En esta famosa conmemoración, las jóvenes y aguerridas cristiandades de Lyon y de Viena del Delfinado sostuvieron una serie de luchas cruentísimas y triunfales. Lavaron sus estolas en la sangre del Cordero y volaron a los brazos de Cristo con alas plateadas de paloma. De los episodios de estas luchas nos queda una relación auténtica pormenorizada, salvada por Eusebio en el libro V de su Historia eclesiástica, que yo —spatiis exclusus iniquis— me veo forzado a resumir.

"Los siervos de Cristo que habitan Viena y Lyon, en la Galia, a sus hermanos del Asia y de la Frigia, que profesan la misma fe e idénticas esperanzas en la redención que nosotros, paz, gracia y gloria de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Nuestro Señor....

No tenemos palabras con que expresar en este mensaje la intensidad de la opresión y la saña de los gentiles contra los santos y los tormentos que los bienaventurados mártires soportaron. El Fuerte Armado descargó en nosotros toda la furia y el poder de su brazo. Se nos echó de nuestras casas, se nos privaron los baños, el foro y hasta la pública convivencia. Con todo, la gracia de Dios combatió contra ellos; alejó a los débiles; pero quedaron enhiestos y firmes los sólidos pilares de la fe, que demostraron que las tribulaciones temporales no merecen consideración ante la perspectiva de la gloria que en nosotros será revelada. La plebe frenética les infligió toda suerte de sevicias: escarnios, golpes, lapidaciones y cárcel indistinta; mientras no llegaba el gobernador..."
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1 de junio de 2009

Evolución y transformismo



Por el Dr. Enrique Díaz Araujo

Tomado de Evolución y Evolucionismo
Ediciones Oikos, 1982



a sucesión geológica de los seres constituye, en verdad, una evolución, ya que los cuerpos del mismo tipo, y, en consecuencia, relacionables al menos ideal­mente, se manifiestan sucesivamente bajo formas dife­rentes. Pero esta evolución es totalmente distinta del transformismo, porque el punto de partida de sus diver­sas fases no se encuentra en las formas vivientes, las cuales se presentan aisladas desde su aparición y ter­minales, sino en gérmenes teóricamente ligados a las ramas precedentes cuyo desarrollo no es simultáneo al de ellas, sino que espera su hora y sigue luego caminos diferentes... Hay una evolución indudable, sucesivos cambios jalonando la historia del mundo, como los que jalonan la formación de un individuo, pero esta evolu­ción no es el resultado de un transformismo mecanicista sino la realización de ideas creadoras, realización lle­vada a cabo con el concurso de una infinidad de factores diversos, entre los cuales aquellos del transformismo mecanicista no tienen sino una ínfima parte. El transfor­mismo, en cuanto teoría mecanicista, es absolutamente incapaz de explicar la formación del mundo viviente. Puede sólo explicar las diversificaciones secundarias de los tipos formales, pero no el origen de estos últimos, ni, lo que es más, el origen de los tipos de organización. El término «creación», descartado del lenguaje biológico, debe recuperar su lugar, al menos para marcar el hecho indudable de que el mundo nos es dado como un conjun­to coordinado y, en consecuencia, querido, en cualquier estadio y en cualquier parte que se considere. El término «transformismo» debe ser abandonado porque designa una teoría cuya impotencia para dar lo que se le pide es manifiesta" (1).

Estas consideraciones, que colocamos a modo de in­troducción, pertenecen al gran biólogo francés Louís Vialleton. Con ellas el famoso sabio de Montpellier —antes de los aportes de la genética macromolecular, del cálculo de probabilidades y de diversos descubri­mientos arqueológicos y paleontológicos contemporá­neos que contradicen.al evolucionismo— enfrentaba los dos extremos de la cuestión biológica: evolución y trans­formismo. Pero además el insigne académico —en épo­cas de auge evolucionista— convocaba a la restauración de la noción de creación y reasumía el fecundo concepto agustiniano de las razones seminales. Por todo ello estimamos como justo homenaje a su inmensa labor esclarecedora poner sus ideas por delante en esta exposición.

Precisamente lo que Vialleton redescubría en 1929 permitiría a la ciencia actual desenmarañar la equívoca madeja de confusiones lingüísticas y conceptuales en que se sumió el mundo cultural occidental desde 1863, digamos, para poner una fecha; es decir, desde que Thomas Henry Huxley procedió a publicar su artículo sobre la voz "evolution" en la Encyclopedia Británica.
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Las palabras no delinquen


Por Juan Manuel de Prada



Tomado de XLsemanal








or qué tenemos tanto miedo a las palabras? ¿Por qué hemos introducido en nuestras conversaciones una especie de ‘censura simultánea’ que nos impide referirnos a las cosas por su nombre y nos obliga a recurrir a circunloquios y eufemismos? ¿Por qué hemos convertido el diccionario en un territorio sembrado de minas por el que discurrimos en zigzag? Hace unas semanas participaba en un tumulto vociferante que se pretendía discusión razonada y, un poco harto de aquel batiburrillo discorde, exclamé: «Basta. Esto parece una merienda de negros». Uno de los que participaban en el pandemónium me rectificó, con una sonrisita melindrosa (porque la corrección política gusta mucho de los melindres) en los labios: «Querrás decir `una jaula de grillos´, supongo». Lo fulminé con mi desprecio: «No, he querido decir una merienda de negros, y además de distintas tribus aborígenes del África profunda, cada cual hablando en su dialecto autóctono; los grillos, aunque ruidosos, se entienden perfectamente frotando sus élitros». Se hizo uno de esos silencios afilados, como de patíbulo donde se prepara una ejecución, e intuí que mis contertulios hubiesen deseado poseer en ese momento una guillotina portátil, para rebanarme la lengua.

La censura del lenguaje alcanza extremos irrisorios que desafían la propia lógica del lenguaje. Todos sabemos que los topónimos deben pronunciarse en castellano, cuando utilicemos esta lengua para comunicarnos y el topónimo esté consagrado por el uso. Así, decimos `Londres´ y no `London´; o `Milán´ y no `Milano´. En cambio, se considera ofensivo para las ‘comunidades de factor diferencial’ (permítaseme emplear la jerga de la corrección política) decir `Lérida´ en lugar de `Lleida´. Y es que hay gente que utiliza el idioma como aquellas chachas de sainete que, en ausencia de su señorito, aprovechaban para esconder las barreduras debajo de una alfombra. No saben que las palabras que se sepultan debajo de una alfombra no se extinguen por arte de birlibirloque: la falta de oxígeno las hace fermentar y lo que al principio era un mero rosario de fonemas inofensivos se convierte en un emblema de beligerancia. La represión gratuita o esnob o pudibunda del lenguaje, su enterramiento bajo la alfombra de la corrección política, sólo engendra monstruos de bilis y revanchismo.

Naturalmente, tras la represión semántica suelen subyacer sórdidas razones de conveniencia ideológica. España es ese país donde uno puede decir «soy de izquierdas» como formulación orgullosa; en cambio, a nadie se le ocurre decir «soy de derechas», porque sería tan oprobioso como decir «padezco lepra» o «tengo fimosis». Y así, desde hace años, la gente de derechas en España anda inventándose rocambolescas designaciones que disfracen su adscripción ideológica: que si liberal, que si reformista, que si patatín, que si patatán. Pero la batalla de las ideas empieza a perderse en la batalla de las palabras; y desde que la derecha española admitió que declarar sin ambages su adscripción era un baldón o una ignominia, cedió a su contrincante un terreno que le será muy difícil recuperar. Una vez cedido ese terreno, resultan más bien patéticos sus esfuerzos por «conquistar el centro», por la sencilla razón de que el llamado ‘centro’ es una región brumosa, cuyas coordenadas las establece quien maneja el cotarro. En España el cotarro lo maneja la izquierda, que puede situar el centro donde le pete; y, así, el esfuerzo de la derecha por acercarse al centro es tan estéril y conmovedor como el del gozquecillo que corre en pos de un hueso que nunca puede alcanzar, porque la izquierda lo acerca a su terreno tirando de un hilo. Y, mientras tira del hilo, la izquierda se descojona del gozquecillo.

Los cirujanos del lenguaje creen que la eliminación de esas palabras presuntamente culpables actúa como un exorcismo sobre los problemas que asedian nuestra convivencia; cuando lo cierto es que constituyen una manifestación hipócrita de nuestra incapacidad para remediarlos. Las palabras no son bochornosas ni delictivas: es nuestro trato vergonzante con ellas lo que las convierte en diana de sórdidos mercadeos y puritanismos ideológicos. Quizá, cuando volvamos a hablar con la misma naturalidad con que respiramos, nos demos cuenta de que las únicas palabras que ponen en peligro nuestra convivencia son aquellas que escondemos debajo de la alfombra.


1 de Junio, Festividad de Santa Angela de Mérici




a fundadora de las ursulinas, primera congregación femenina dedicada a la enseñanza, nació el 21 de marzo de 1470 en el Desenzano, en Lombardía. Los padres de la santa, más piadosos que ricos, la educaron cristianamente. Ambos murieron cuando Ángela tenía 10 años, quien junto con sus dos hermanos se mudaron a la casa de un tío suyo.

A la edad de 25 años regresó a su pueblo natal. Quedó muy sorprendida de la ignorancia de los niños, a quienes sus padres no podían o no querían enseñar ni siquiera los más elemental del catecismo. Sintiéndose llamada a resolver este problema, decidió hablar con algunas amigas quienes de inmediato decidieron seguir generosamente a la santa. Las buenas mujeres con Ángela a la cabeza, empezaron a reunir a las niñas de la ciudad y educarlas sistemáticamente. Pronto, la obra empezó a tener sus frutos, y Santa Ángela fue invitada a fundar otra escuela en Brescia.

Hacia el año 1533, la santa empezó a formar a varias jóvenes selectas en una especie de noviciado informal. Doce de esas jóvenes se fueron a vivir con ella en una casa de las cercanías de la Iglesia de Santa Afra. Dos años después, 20 jóvenes se consagraron al servicio de Dios y la santa las puso al servicio de Santa Ursula, la patrona de las universidades medievales. Por ellos, las hijas de Santa Ángela han conservado el nombre de ursulinas. El 25 de noviembre de 1535 fue la fecha de la fundación de la Orden de las Ursulinas. Las ursulinas se reunían para la enseñanza y la oración, ejecutaban trabajos que se les encomendaban y procuraban llevar vida de perfección en la casa paterna.
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31 de mayo de 2009

El comunismo en la revolución anticristiana (6)




por el R.P. Julio Meinvielle







APÉNDICE I

CIVILIZACION CRISTIANA VERSUS COMUNISMO





Me cabe la satisfacción y el honor de desarrollar en esta nobilísima ciudad de Méjico el tema principal de este “Sexto Congreso de la Liga Mundial Anticomunista”.
Nuestra generación, desde sus albores, viene luchando sin tregua contra el comunismo ateo, que si logró implantarse establemente en Rusia en 1917, intentó poner el pie, aun antes, en estepueblo de Méjico. Todavía recuerdo cómo nosotros los argentinos, hace cincuenta años, seguíamos con ansiedad y emoción, las gestas heroicas del pueblo mejicano, que se levantó en armas por los derechos imprescriptibles de Cristo Rey y de la patria. Gracias al arrojo y al valor de los jóvenes mejicanos, América Latina debía verse libre del comunismo. Y éste había de cambiar de táctica para penetrar en nuestros pueblos, no enfrentando la creencia religiosa, sino sirviéndose de ella para la penetración. Así han entrado en Cuba y en Chile.

Aunque América Latina, de modo global, se haya defendido del comunismo desde entonces, no ha alcanzado todavía un régimen de civilización que le dé estabilidad y que la defienda eficazmente de caer en el comunismo. Por ello, tan oportuno resulta el tratamiento de este tema, “Civilización, sí; comunismo, no”, ya que en esta crisis de la civilización – que no otra cosa significa el comunismo – sólo la historia nos ha de revelar cuáles son los valores imprescindibles que ha de aportar a los pueblos una auténtica civilización. Y con ello entro directamente en el tema.

Una civilización, proyección del hombre

Una civilización no es otra cosa que el hombre proyectado en lo social. Esto por lo que se refiere tanto a la naturaleza de una civilización como a su desarrollo histórico. Una civilización, en efecto, no puede sino proyectar las acciones de sus unidades componentes, y éstas, en último término, son los hombres; los hombres con sus pensamientos, sus quereres y sus pasiones; los hombres con sus alegrías y congojas; los hombres con las obras de sus manos en las artes y en laarquitectura; los hombres en la literatura, la filosofía y la religión. Por esto, para medir el valor ymérito de una civilización hay que hacerlo no sólo por las acciones de sus grandes hombres sinotambién de sus hombres comunes y aun por las de sus hombres inferiores. De un modo o de otro, la civilización es resultado de lo que proyectan y realizan sus hombres, y la riqueza y miseria quecontiene no pueden ser mayor ni menor que la que contienen sus hombres. Aquí vale el criterio que nos da el Señor de los Evangelios, Mt. 7, 17: “Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo, da frutos malos”.
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Domingo de Pentecostés





Sermón del R.P. Gustavo Podestá


(1989)













ue el mundo está lleno de planes, de proyectos, de plataformas políticas, de promesas; que nuestras propias vidas plenas de intenciones, ideales, designios, aspiraciones, intentos, todos lo sabemos, y hacen al dinamismo de la existencia, de la historia, de la realización personal.

Que muchísimos de esos programas y sueños fracasan, también todos lo sabemos. Algunos porque ideales utópicos, irrealizables, faltos de inteligencia, porque no miraron la realidad, porque apuntaron a más allá de lo posible, porque, a lo mejor, fijaron bien la meta, pero se equivocaron con los medios. Faltó lucidez, prudencia, talento, juicio, vista, cerebro, clarividencia. Otros, en cambio, fracasaron a pesar de que todo se había planeado y calibrado cuidadosamente, de acuerdo a pautas verdaderas, matemáticas, porque falló el impulso, la fuerza, ganas para llevarlos a cabo. No faltó visión ni lucidez: faltó dinamismo, entusiasmo, kilovatios, perseverancia. El ideal existía, pero no hubo agallas para defenderlo, ni espada para imponerlo. Las cosas estaban claras, el parabrisas límpido, los faros rutilantes, el mapa subrayado, pero no había motor, faltaba nafta. Veíamos bien las cosas en el papel, las palabras convencían, se reconocía la razón objetiva de lo dicho o de lo leído; pero no surgía de nosotros la más mínima moción al respecto. Veíamos la verdad como teorema ingenioso, no como belleza subyugante.

Y así anda el mundo, lleno, al contrario, de ímpetus fanáticos detrás de concepciones falsas, de exaltaciones arrobadas y enardecidas frente a líderes o caudillos de opereta, de adhesiones y furores arrebatados a favor de vacíos mitos democráticos, de terquedad, pertinacia, obstinación sin tregua para imponer inhumanas ideologías, de solidez, violencia, brío, eficacia y nervio para llevar adelante la destrucción de los pocos valores y verdades que quedan. Casi como si, para el error y la mentira, se suscitara una potencialidad diabólica que hace que el que hasta ayer era una nada, una mosca muerta, convertido a la izquierda, o a la revolución marxista, o a la liberación freudiana, se transforme, de la noche a la mañana, en un profeta vehemente y activísimo de sus nuevas ideas; propagador constante de lo falso; mordaz, lleno de inquina por la verdad; pertinaz en su labor destructiva y deletérea del bien.

Entre los mismos cristianos y aún monjas y clérigos, si más o menos buenos, piadosos y creyentes, helos allí pacatos y sin prisa, inofensivos y pacíficos. Si, de pronto, convertidos a la teología liberadora o al feminismo o a cualquier otro disparate postconciliar, invadidos súbitamente por un activismo ubicuo, brioso, redoblado, ansioso de prensa, proselitista, carismático, infernal.

Es verdad que la eficacia inmediata de la destrucción es más atractiva, para los espíritus débiles, que la lenta eficiencia de la construcción. Mientras haya valores, verdades y bienes que destruir, siempre habrá lugar para la vocinglera vehemencia izquierdista y el porfiado salvajismo revolucionario. Mientras quede algún señorío y nobleza, habrá diversión fácil para el escupitajo de la plebe. Pero ya se va acabando la diversión.

Por un lado, digo, pues, esta ebullición de fuerzas y pasiones para el error, lo sin verdad, sin razón, sin logos, camino al caos, a la disolución, al frenesí, a la pérdida –finalmente- de la libertad.
Y por el otro, la verdad, pero sin nervio, sin fuego, sin viento, sin calor, sin santidad. Cristianismo exangüe, anémico, clorótico, incapaz de sostener la antorcha ni defenderla a puño y sable; ni de testimoniarse en calidad y en hidalguía, en dignidad y grandeza. Cuando no se vive un cristianismo desleído, lacayuno y obsequioso con el mundo, pobre de ideas (en la catequesis para menguados y sandios que se imparte en nuestros días), ‘sentimental y coqueto', delicado y emotivo.

Cuando no, digo, esta burla de cristianismo monjil y afeminado, la verdad católica se oculta o, porque universalmente perseguida, pusilánimes y pávidos nos avergüenza y la vivimos en la mezquina frontera de nuestra intimidad; o porque, a lo mejor, la hemos transformado en una ideología más, quizá bien estudiada en los libros, razonablemente fundada, inteligentemente defendida, pero sin gana, sin entusiasmo, sin más calor que el que me da la defensa de mí mismo, de mis propias opiniones. Porque es ‘mi' verdad, no porque es ‘la' verdad. Y, mucho menos, porque esa Verdad sea Cristo, Jesús viviente, mi Señor y mi Caudillo, de quien recibo banderas y pendones ‘y no frías razones'.

"Ni sentimientos acéfalos, ni pensamientos ajenos a las pulsiones cordiales”, decía José Isaacson, en su libro “La Argentina como pensamiento”.

Y nosotros tenemos, sí, el pensamiento, la palabra, el logos, la razón, la Verdad. Ella se ha encarnado en Cristo Jesús y nos es transmitida por la enseñanza inmutable e infalible del magisterio auténtico de la Iglesia -que hay muchos que hablan en nombre de la Iglesia , pero no son su magisterio auténtico-. Sí, la Verdad la tenemos: Jesús nos muestra meridianamente la verdad y el camino, y nos revela los designios del Padre para cada hombre, para las naciones y para la historia.

Pero, ¿quién nos dará, ahora, las ‘pulsiones cordiales', el sentimiento, la pasión, el amor y la cólera, la fuerza, la nafta, los kilovatios, la savia que vitalice el pensamiento? ¿El colorido que dé brillo y belleza y fascinación a la verdad? ¿La sangre que llene de vida el edificio abstracto de nuestras ideas, y de carne y corazón a nuestra fe?

Pentecostés. Espíritu Santo. Temblor de tierra, rugido del cielo, ráfaga de Pampero, ardimiento de fuego.

Sí. Espíritu ardiondo y hervoroso, pon en ignición e incendios nuestro puñado de verdades. Inflama y enardece nuestras ansias de vocearlas, de bramarlas. Convierte en torrente arrebatado el lánguido circular de nuestra sangre.

Espíritu tempestuoso, pon pujanza y reciedumbre en nuestro cristiano aliento; fibra y brío a nuestros brazos para que hagan flamear los estandartes y blandir las tizonas. Da vigor a nuestros mandobles y ternura a nuestras caricias. Enamóranos.

Santo Espíritu del Padre y del Verbo-Hijo, Tú, que no quisiste nunca manifestarte frente a nosotros -como lo hizo el Padre a través del Hijo- y permaneces anónimo y sin rostro, porque has querido meterte dentro nuestro. Y allí estás, desde el bautismo, cubierto por el celemín de nuestras frialdades y nuestros miedos. Destápate hoy, Pentecostés, tu día. Descúbrete, sopla y ruge, quema y hiere, haznos -en este mundo de falsedades y promesas, de carnavales electorales y fementidas libertades-, haznos portadores de la luz. Sea que, una vez saciados odios y venganzas, apagadas las pasiones y desnudada la mentira, desde los escombros podamos volver a construir. Sea que cada vez nos reduzcan más el espacio de aire y de luz. Danos, lo mismo, valor y alegría, danos coraje, danos santidad.

31 de Mayo, Festividad de María Reina



CARTA ENCÍCLICA
AD CAELI REGINAM
DE NUESTRO SANTÍSIMO SEÑOR
PÍO
POR LA DIVINA PROVIDENCIA
PAPA XII

A la Reina del Cielo, ya desde los primeros siglos de la Iglesia católica, elevó el pueblo cristiano suplicantes oraciones e himnos de loa y piedad, así en sus tiempos de felicidad y alegría como en los de angustia y peligros; y nunca falló la esperanza en la Madre del Rey divino, Jesucristo, ni languideció aquella fe que nos enseña cómo la Virgen María, Madre de Dios, reina en todo el mundo con maternal corazón, al igual que está coronada con la gloria de la realeza en la bienaventuranza celestial.

Y ahora, después de las grandes ruinas que aun ante Nuestra vista han destruido florecientes ciudades, villas y aldeas; ante el doloroso espectáculo de tales y tantos males morales que amenazadores avanzan en cenagosas oleadas, a la par que vemos resquebrajarse las bases mismas de la justicia y triunfar la corrupción, en este incierto y pavoroso estado de cosas Nos vemos profundamente angustiados, pero recurrimos confiados a nuestra Reina María, poniendo a sus pies, junto con el Nuestro, los sentimientos de devoción de todos los fieles que se glorían del nombre de cristianos.
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30 de mayo de 2009

Sin Bibiana no hay Paraíso



Por Juan Manuel de Prada



Tomado de ABC





ay quienes se escandalizan de que Chaves adjudique subvenciones a una empresa apoderada por su hija, pero es lo mínimo que puede hacer para que su hija no se sienta agraviada. Pues si a Bibiana, que sólo es su ahijada, Chaves la enchufó en un ministerio, ¿cómo iba a privar a una hija de una subvención? «Todo padre quiere lo mejor para sus hijos», acaba de decir con un par el consejero andaluz Martín Soler, para justificar el nepotismo de Chaves; y la ministra Bibiana, para justificar su enchufe, nos dice que a los dieciséis años una chica puede «ponerse tetas» sin permiso de sus padres, por lo que también podría abortar. Esto de comparar el aborto con «ponerse tetas» constituye un ejemplo -chusco, si se quiere- de lo que Hannah Arendt llamaba «banalidad del mal», fenómeno que florece cuando las personas «normales» dimiten de su racionalidad ética. Arendt estudió el caso de Eichmann, aquel grisáceo oficial alemán que se encargó de agilizar el transporte de judíos con la misma probidad burocrática con la que hubiese agilizado la tramitación de un ascenso. Y con la misma probidad burocrática Bibiana se apresta a agilizar la nueva ley del aborto, no sea que su padrino le reproche que no actúa con la suficiente diligencia; sólo que como Bibiana no es un grisáceo oficial alemán, sino una gaditana salerosa, se permite salpimentar su acción con comentarios tan graciosísimos como el que ahora comentamos.

En una ocasión anterior Bibiana ya había justificado que las muchachas de dieciséis años pudiesen abortar sin consentimiento paterno, puesto que también pueden casarse y tener hijos. La banalidad del mal se permite sin empacho estos sofismas. Pues lo que el derecho reconoce al permitir a una muchacha de dieciséis años casarse y tener hijos es precisamente que una expresión tan vigorosa de la naturaleza humana como es el deseo de fundar una familia no se someta estrictamente al criterio de mayoría de edad legal. Pero esta excepción legal, fundada en la naturaleza, servía a Bibiana para justificar una excepción fundada en la abolición de la naturaleza, pues nada hay tan contrario a la naturaleza como que una madre «decida» aniquilar la vida que se gesta en su vientre. Los sofismas que se permite la banalidad del mal acaban, sin embargo, mostrando sus costuras; y ahora Bibiana justifica que las chicas de dieciséis años aborten, puesto que también pueden «ponerse tetas». Aquí el deslizamiento de la racionalidad ética es todavía más brutal -más risueñamente brutal-, puesto que el aborto es comparado con una mera operación de cirugía plástica; y el feto reducido a la categoría de adiposidad o verruguilla insignificante que el bisturí saja, por un quítame allá esas pajas.

Algunos ilusos, para oponerse al aborto a mansalva que pretende instaurar el gobierno, repiten bobaliconamente: «El aborto es una tragedia, no un derecho». Pero, para que haya tragedia, tiene que haber desgarradores conflictos de conciencia. Y lo que la banalidad del mal preconiza es exactamente lo contrario: no pueden existir desgarradores conflictos interiores allá donde la racionalidad ética ha sido previamente abolida. El aborto entendido a la manera bibiánida es algo tan banal, tan trivial, que no requiere desgarros interiores; tampoco, por cierto, una especial impiedad o sadismo. El aborto entendido a la manera bibiánida es como «ponerse tetas»; del mismo modo que, para aquel grisáceo oficial alemán, agilizar el transporte de judíos era como tramitar un ascenso. Esta patología, encumbrada al rango de normalidad, nos está hablando del individuo extirpado de su racionalidad ética; esto es, del individuo inmerso en el paraíso totalitario. Sin tetas no hay paraíso, nos asegura una de esas series televisivas que triunfan en el Mátrix progre; y con bombo tampoco, añade risueñamente Bibiana.


La concepción tomista del gobierno político y la secularización del Estado Moderno




por Mario Enrique Sacchi




Tomado de Mikael Nº 5
Revista del Seminario de Paraná
Segundo cuatrimestre de 1974.








De Regimine Principum ad Regem Cypri, L.I, cap. 15


"[Deus] instituit etiam qualiter [reges] se deberent
habere ad Deum: ut scilicet semper legerent et cogitarent
de lege Dei, et semper essent in Dei timore et obedientia
".
SANCTI THOMAE AQUINATIS O. P.
Summa Theologiae, Ia pars q. 105 a. 1 Resp.


I. SANTO TOMÁS DE AQUINO Y EL GOBIERNO DEL ESTADO


adie discute que el opúsculo De regimine principum ad regem Cypri es una verdadera joya de la política en el que Santo Tomás de Aquino nos brinda una enseñanza profunda en torno a la naturaleza del estado, el significado de la autoridad y el fin de la convivencia humana (1). Aquí nos proponemos pasar revista al sentido de un pasaje capital de esta obra: el capítulo 15 del primer libro, para lo cual recordaremos el carácter de los capítulos que lo preceden. En ellos se trata de los siguientes temas:

Capítulo 1: Necesidad de la autoridad en toda sociedad humana.
Capítulo 2: Distinción de los regímenes de gobierno político.
Capítulo 3: Preferencia del gobierno de uno por sobre el de muchos.
Capítulo 4: Indicación de la monarquía como el mejor régimen y de la tiranía como el peor.
Capítulo 5: Modalidades de los regímenes romanos y judíos.
Capítulo 6: El origen de la tiranía en los regímenes autocráticos (monarquía) y policráticos (democracia).
Capítulo 7: El problema de la tolerancia del tirano.
Capítulo 8: Consideraciones en torno a la recompensa (praeminm.) del gobernante.
Capítulo 9: El fin de los actos de gobierno y los bienes sobrenaturales.
Capítulo 10: La bienaventuranza como recompensa postrera del príncipe.
Capítulo 11: Deberes del príncipe con relación al buen gobierno y con vistas a evitar la tiranía.
Capítulo 12: La adecuada adquisición de los bienes terrenales a través del gobierno justo.
Capítulo 13: El lugar del gobernante en la sociedad según la fórmula rex est in regno sicut anima est in corpore et sicut Deus est in mundo.
Capítulo 14: El ministerio del gobernante con respecto a la institución y conducción del estado (2).

Ya enterados del contenido de los capítulos que lo anteceden, comencemos a rastrear el decimoquinto, en el cual hallaremos la síntesis de la noción tomista de la autoridad cristianamente entendida.

Nos dice el Doctor Angélico que, así como la institución del estado se atiene a la institución del mundo, así el gobierno político se debe comparar al gobierno del mundo en el que los estados tienen su sede. Ahora bien: gobernar es conducir a su fin la cosa que se gobierna. Santo Tomás echa mano al parangón con la nave y su comando para explicar el tenor del gobierno civil:
"Así también dícese que la nave es gobernada en tanto la industria del capitán la lleve ilesa a puerto por el recto itinerario. Si, pues, algo se ordena a un fin que es exterior respecto de sí mismo —como el puerto respecto de la nave—, al oficio del gobernante pertenece no sólo que la cosa [gobernada] se conserve en sí ilesa, sino además que el fin sea alcanzado".
Inmediatamente, Santo Tomás introduce una condición de gran importancia:
"En cambio, si hubiese algo cuyo fin no estuviese fuera de sí mismo, el acto del gobernante sólo se ordenaría a que la cosa gobernada se preserve ilesa".
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30 de Mayo, Conmemoración de San Felix I, Papa y Mártir


an Félix I fue natural de Roma e hijo de Constancio. Sucedió en el Sumo Pontificado a San Dionisio. Fue Papa en tiempos de Aureliano, emperador, el cual, aunque en los primeros años de su Imperio, por estar muy ocupado en grandes guerras, dejó vivir en paz a los cristianos; pero después que alcanzó ilustres victorias de sus enemigos y triunfó de ellos en Roma, movió persecución contra la Iglesia de Cristo, y fue la novena que ella padeció, y murieron muchos gloriosos Mártires del Señor por los edictos y crueldad de Aureliano, y entre ellos nuestro Santo Pontífice Félix I, después de haberlo sido cinco años y algunos meses más.

En tiempos de San Félix salieron del infierno herejes para hacer guerra a la Iglesia Católica, Paulo Samosateno de Antioquía, sirio de nación, y Manés, persa, caudillo y autor de la secta de los Maniqueos, que duró y afligió tantos años a la Iglesia del Señor. Pero Félix se opuso valerosamente a ellos y escribió una carta maravillosa a Máximo, obispo de Alejandría, de la divinidad y humanidad del Hijo de Dios y de las dos naturalezas distintas en una persona, en la cual gravemente confuta los errores de Paulo Samosateno y de Sabelio; y de esta epístola se hace mención en el Concilio Calcedonense, y San Cirilo Alejandrino la cita, y se vale de la autoridad de ella contra los herejes.

Ordenó que nadie osase celebrar, sino sólo los sacerdotes; que la Misa no se pudiese decir fuera del templo, ni en otro lugar, sin grandísima necesidad; lo cual establecieron también otros Papas y Concilios, juzgando ser menos inconveniente no oír Misa, que oírla en lugar profano e indecente.

Determinó que si acaso se dudase de si alguna Iglesia estaba consagrada o no, que en tal duda se pudiese tornar a consagrar; pues no se puede decir que se torna a hacer lo que no se sabe de cierto haberse hecho una vez. Hizo decreto que se celebrasen Misas en honor y memoria de los Mártires, como hasta entonces se había usado en la Iglesia, aunque no había decretos de ello. Su martirio fue en el año del Señor 274. Su santo cuerpo fue sepultado en la Vía Aurelia, dos millas de Roma, en un cementerio
propio suyo, en donde él había hecho y consagrado un templo.


El mismo día,



San Fernando III de Castilla y de León (1198-1252)

por José M.ª Sánchez de Muniáin


an Fernando (1198? - 1252) es, sin hipérbole, el español más ilustre de uno de los siglos cenitales de la historia humana, el XIII, y una de las figuras máximas de España; quizá con Isabel la Católica la más completa de toda nuestra historia política. Es uno de esos modelos humanos que conjugan en alto grado la piedad, la prudencia y el heroísmo; uno de los injertos más felices, por así decirlo, de los dones y virtudes sobrenaturales en los dones y virtudes humanos.

A diferencia de su primo carnal San Luis IX de Francia, Fernando III no conoció la derrota ni casi el fracaso. Triunfó en todas las empresas interiores y exteriores. Dios les llevó a los dos parientes a la santidad por opuestos caminos humanos; a uno bajo el signo del triunfo terreno y al otro bajo el de la desventura y el fracaso.

Fernando III unió definitivamente las coronas de Castilla y León. Reconquistó casi toda Andalucía y Murcia. Los asedios de Córdoba, Jaén y Sevilla y el asalto de otras muchas otras plazas menores tuvieron grandeza épica. El rey moro de Granada se hizo vasallo suyo. Una primera expedición castellana entró en África, y nuestro rey murió cuando planeaba el paso definitivo del Estrecho. Emprendió la construcción de nuestras mejores catedrales (Burgos y Toledo ciertamente; quizá León, que se empezó en su reinado). Apaciguó sus Estados y administró justicia ejemplar en ellos. Fue tolerante con los judíos y riguroso con los apóstatas y falsos conversos. Impulsó la ciencia y consolidó las nacientes universidades. Creó la marina de guerra de Castilla. Protegió a las nacientes Ordenes mendicantes de franciscanos y dominicos y se cuidó de la honestidad y piedad de sus soldados.
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El mismo día,



El secreto de Jeannette

Notas sobre Santa Juana de Arco

Gianni Valente


«Desde que el querido Péguy se fue hacia su final -uno, dos- golpeando las suelas de sus enormes zapatos contra el suelo -uno, dos- con el pañuelo de cuadros en la nuca -uno, dos- en la polvareda veraniega... quisiéramos que Juana de Arco perteneciera solo a los niños». Acertaba George Bernanos cuando sugería que sólo la mirada de los niños, como la que poseía el poeta de Orleáns, Charles Péguy, podía comprender la historia de la «pequeña heroína que un día pasó con desenvoltura de la hoguera de la Inquisición al paraíso, ante las narices de cincuenta teólogos». Todo el cristianismo puede convertirse en pasado muerto, pretexto e instrumento de chantajes y luchas de poder, si en el tronco endurecido de la historia cristiana no florece un nuevo brote, si un gesto nuevo del Señor no suscita hoy la esperanza, como ocurrió en los primeros pescadores que lo encontraron en el lago de Galilea.




os intelectuales -escritores, historiadores, clérigos, políticos-que se han sentido atraídos por las hazañas de la Doncella de Orleáns no han demostrado casi nunca esta apertura. Casi siempre se acababa transformando a Juana en un tótem, un símbolo (del nacionalismo francés, del feminismo, del idealismo obcecado, del integrismo católico, de la libertad de conciencia).


Y sin embargo, existe una preciosa y rigurosa documentación, que todos pueden consultar, en la que se narra con todo detalle la historia real de la muchacha analfabeta condenada a la hoguera por un tribunal eclesiástico en 1431, y canonizada por Benedicto XV en 1920. Se trata de las actas de dos procesos, el de condena, y sobre todo el de rehabilitación, que la Inquisición abrió en 1456, veinticinco años después del suplicio de Juana, por deseos del rey Carlos VII de Francia. Estas actas también fueron utilizadas en el proceso de canonización. Hojear estas páginas repletas de testimonios directos de quienes conocieron a Juana, las varias fases de su vida, es una ocasión única para intentar comprender su secreto.
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29 de mayo de 2009

Aviso

HABLA EL PROFESOR ANTONIO CAPONNETTO

Tema: “LOS ARGUMENTOS SOFÍSTICOS Y EL TESTIMONIO DE LA VERDAD”

Lugar: SOLER 5942, Palermo

Día: SÁBADO 30 DE MAYO

Horario: 20:30

Auspicia: SOCIEDAD INTERNACIONAL “SANTO TOMÁS DE AQUINO”