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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

6 de noviembre de 2008

A Oliveira Salazar



"Había algo de monje en su talante,
blanca la mano sobre el libro abierto,
la soledad fecunda del desierto,
camastro pobre, ayuno, verbo orante.

Algo de bravo caballero andante
que en sueños vive y a la vez despierto,
algo de asceta con el gesto yerto
o la sonrisa apenas anhelante.

No discute la patria, la defiende
de la usura sin rostros humanados,
cuando las hoces siegan los sembrados,
y al trigo blanco que del cáliz pende.

Para sí nada quiere, porque entiende
al poder como oficio de abnegados.
El cetro con la cruz van hermanados:
sólo el bullicio al gobernante ofende.

La nación es su casa solariega,

ese hogar lusitano junto al río,
su cátedra, su claustro, el labrantío.
Es el imperio de la fe andariega.

Señor de la mesura a quien no ciega
el aplauso mundano del gentío.
Sacrificio es mandar, pero el bajío
remonta al agua si el amor navega.

Tiene su acción el tono esponsalicio
de los antiguos reyes medievales,
sabedor de las normas teologales,
primero en el deber y en el servicio.

Tiene acaso en Platón su natalicio
en la aldea cristiana sus puntales,
el color de las frondas terrenales
la viril inflexión del epinicio.


Siempre de pie lo vieron en Lisboa
jerárquico en la acción y en el sosiego

entre Guinea, Mozambique y Goa.

Quieto el sol sobre Fátima se afila,

quietud de un pueblo en paz y sin trasiego.
Silencio todos: Salazar vigila."

Antonio Caponnetto

Herejes (11)


Por Gilbert K. Chesterton



XI. La ciencia y los salvajes



Una desventaja permanente para el estudio del folclore y los temas con él relacionados es que el hombre de ciencia rara vez es también hombre de mundo. Estudia la naturaleza, pero casi nunca se convierte en estudiante de la naturaleza humana. Incluso cuando vence esta dificultad y, en cierto sentido, se convierte en estudiante de la naturaleza humana, se trata sólo de un pequeño primer paso en el doloroso progreso hacia el ser humano. Pues el estudio de la raza y la religión primitivas se diferencia en un aspecto importante de todos, o casi todos, los estudios convencionales modernos.

Un hombre puede entender de astronomía sólo si es astrónomo; puede entender de entomología sólo si es entomólogo (o, tal vez, insecto). Pero un hombre puede entender mucho de antropología por el hecho de ser, meramente, hombre. Él es el animal al que dedica su estudio. De ahí surge el hecho que se da por todas partes en las investigaciones sobre etnología y folclore: el mismo espíritu frío y distante que logra el éxito en la investigación sobre astronomía o botánica, sólo logra desastres en el estudio de la mitología o los orígenes del hombre. Hace falta dejar de ser hombre para hacer justicia a un microbio; pero no es necesario dejar de ser hombre para hacer justicia a los hombres. Esa misma supresión de simpatías, ese mismo apartar las intuiciones o las corazonadas que hacen que los hombres sean preternaturalmente aptos para abordar el estudio del estómago de una araña, es lo que los hace preternaturalmente incapaces para el estudio del corazón del hombre.

Para entender la humanidad se vuelven inhumanos. Muchos hombres de ciencia se jactan de su ignorancia del otro mundo, pero en este asunto su defecto se pone en evidencia, no a partir de su ignorancia del otro mundo, sino de su ignorancia de éste. Pues los secretos de los que se ocupan los antropólogos se aprenden mejor, no a partir de libros o viajes, sino a partir de la relación habitual de unos hombres con otros. El secreto de por qué algunas tribus salvajes adoran a los monos, o la luna, no se descubre siquiera viajando al encuentro de esos salvajes y tomando nota de sus respuestas, por más que el más inteligente de los hombres decida seguir esa vía. La respuesta a ese enigma se halla en Inglaterra; se halla en Londres. Mejor aún, se halla en su propio corazón.

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La Cristiandad, una realidad histórica (6)



por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.


Capítulo V


El arte de la Cristiandad



Durante mucho tiempo se consideró el arte medieval como un arte decadente. Grave error. La Edad Media fue una de las épocas en que el arte resplandeció con mayor fulgor. Y conste que al afirmar esto no pensamos tan sólo en los artistas en sentido estricto. La sociedad, en su conjunto, vivió en un ambiente de belleza. Como afirma Huizinga, la estética de la existencia se mostraba en el aspecto cotidiano de la ciudad y del campo. Ya el mismo modo de vestir, con tanta diversidad de telas, colores, gorras y caperuzas, confería a los distintos estamentos de la sociedad un marco externo de hermosura y dignidad, que permitía percibir tanto las diferentes dignidades cuanto las delicadas relaciones entre los amigos y los enamorados. La estética de las emociones no se restringía a las alegrías y dolores del nacimiento, el matrimonio y la muerte, en que el espectáculo estaba impuesto por las circunstancias especiales. Todo lo que se refería al valor, el honor y el amor, era considerado a través de formas bellas y estilizadas (cf. El otoño de la Edad Media… 85-88).



En la presente conferencia analizaremos las diversas manifestaciones del arte en la Edad Media, pero lo haremos a la luz de la catedral, punto de partida y lugar de retorno de todas las expresiones estéticas que impregnaron de belleza la Cristiandad medieval.

Juan Donoso Cortés: Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (15)


Capítulo VIII

Soluciones de la Escuela Liberal relativas a estos problemas



Antes de poner término a este libro, me parece conveniente interrogar así a la escuela liberal como a las socialistas sobre lo que piensan acerca del mal y del bien, del hombre y de Dios, problemas temerosos con que tropieza forzosamente la razón al darse cuenta a sí propia de los grandes problemas religiosos, políticos y sociales.

Por lo que hace a la escuela liberal, diré de ella solamente que en su soberbia ignorancia desprecia la teología, y no porque no sea teológica a su manera, sino porque, aunque lo es, no lo sabe. Esta escuela todavía no ha llegado a comprender, y probablemente no comprenderá jamás, el estrecho vínculo que une entre sí las cosas divinas y las humanas, el gran parentesco que tienen las cuestiones políticas con las sociales y con las religiosas, y la dependencia en que están todos los problemas relativos al gobierno de las naciones, de aquellos otros que se refieren a Dios, legislador supremo de todas las asociaciones humanas.

La escuela liberal es la única que entre sus doctores y maestros no tiene ningún teólogo; la absolutista los tuvo, los levantó muchas veces a gobernadores de los pueblos, y los pueblos crecieron, durante su gobernación, en importancia y poderío. La Francia no olvidará nunca el gobierno del cardenal de Richelieu, afamado y glorioso entre los más gloriosos y afamados de la Monarquía francesa. El lustre del gran cardenal es tan limpio que afrenta al de muchos reyes, y su resplandor tan soberano que no padeció eclipse por el advenimiento al trono de aquel rey gloriosísimo y potentísimo a quien la Francia en su entusiasmo y la Europa en su asombro llamaron a un tiempo mismo el Grande. Cardenales y teólogos fueron Jiménez de Cisneros y Alberoni, los dos ministros más grandes de la Monarquía española: el nombre de aquél está gloriosa y perpetuamente asociado al de la reina más esclarecida y al de la mujer más insigne de nuestra España, famosa entre las gentes por sus insignes mujeres y sus esclarecidas reinas; el segundo es grande en la Europa por la grandeza de sus designios y por la agudeza y la sagacidad de su prodigioso ingenio. Nacido aquél en los dichosos días en que los altos hechos de esta nación la levantaron sobre la dignidad de la Historia, encumbrándola hasta la altura y la grandiosidad de la epopeya, gobernó con mano firme el gran bajel del Estado; y poniendo en silencio a la tripulación turbulentísima que iba con él, le llevó por mares inquietos a otros más apacibles y tranquilos, en donde hallaron el bajel y el piloto quieta paz y sosegada bonanza. Venido el segundo en aquellos tiempos miserables en que iba desdeñándose ya la majestad de la Monarquía española, estuvo a punto de volverla su antigua majestad y poderío, haciéndola pesar gravemente en la balanza política de los pueblos europeos.

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5 de noviembre de 2008

Obama y las marcas del Anticristo


por Eulogio López

Enviado por Aldo H. Delorenzi

Hispanidad, miércoles, 05 de noviembre de 2008

Se que el título de este artículo no me va a traer muchas simpatías, pero eso es lo bueno de hacerse viejo -o sea, mayor-: cada día que pasa preocupa menos el efecto que producen las palabras y más el motivo que las provoca.

Barack Obama ha vencido en las elecciones norteamericanas y lo ha hecho por goleada: con una participación holgada, triunfal, inhabitual en Estados Unidos. Los demócratas tendrán ahora la Presidencia, el Congreso, el Senado, 7 de las 11 gobernadurías en juego, a Hillary Clinton y, sobre todo, un apoyo popular como no ha disfrutado ningún presidente norteamericano, al menos desde la II Guerra Mundial. Es como un Zapatero, tan rencoroso y triste, pero a lo grande, presidente de la primera potencia del mundo.

Y esto es lo peligroso. Porque Obama es un iluminado que no se conforma con cambiar Estado Unidos: quiere cambiar el mundo entero. Es decir, quiere mandar sobre el mundo entero. Lo repiten como cotorras una progresía rendida a sus pies. Cuando hablo de las marcas del Anticristo me refiero a dos aspectos: será un hombre aclamado como un salvador por la mayoría de la humanidad todo el mundo, será una pacifista, será un globalizador, será un relativista, será un sincretista, un verdadero lobo vestido de cordero. Y, sobre todo, un hombre ensoberbecido, al que le cuesta horrores sonreír.

El nuevo presidente de los Estados Unidos es un retórico, con buena música y letra equívoca, al que se hace necesario interpretar. Por ejemplo, cuando habla de la nueva América uno piensa en la vieja Europa, decadente y relativista. Donald Rumsfeld es un personaje retorcido y peligroso, pero su definición de la Vieja Europa hirió tanto en Bruselas porque era horriblemente cierta.

Otra de las marcas del Anticristo se refleja en la obsesión anti-Palin que, además, ha sabido sembrar en todo el mundo. Palin representaba la creencia en una serie de principios, mientras Obama es un relativista. Y es verdad que los relativistas cambian, continuamente, al ritmo de sus propios caprichos.

Obama lo tenía chupado con McCain, porque si Obama da miedo McCain da pena, y unas elecciones no se ganan proporcionando lástima y hablando de las cicatrices del pasado sino de los planes de futuro. Todo el Nuevo Orden se conjuró, no contra McCain, sino contra los principios de Sarah Palin. Las multinacionales de la información repetían, una y otra vez, que el riesgo de que ganara McCain consistía en que se nos muriera a los pocos meses, dejando a Palin como presidenta. En verdad, ése era el temor.

Los papanatas progres repiten que Obama ha ganado por su proyecto económico. ¡Cielo Santo!, ¿de qué proyecto hablamos? Del Proyecto Bush.McCain dudó, Palin se opuso y fue silenciada, pero ni Obama ni Biden, dudaron un minuto: apoyaron el plan del denostado George, es decir apoyaron la plutocracia: los trabajadores y emprendedores del sueño americano financiarán (lo mismo que en Europa) a los rentistas y especuladores. Es decir, los productores trabajarán para los parásitos, los pequeños para los grandes, el pueblo para la oligarquía, y a esa plutocracia le llamaremos progresismo, por el hecho de que la lidere un afroamericano.

Otra de las marcas del Antricristo es la apostasía general, pero, ojo, no será una apostasía materialista como imaginan algunos milenarios ingenuos. Será una vuelta al paganismo sincretista del Viejo Imperio romano. Como Obama. Insisto: la Cristofobia actual no trata de destruir a la Iglesia, sino de conquistarla. Obama seguirá asistiendo a sermones con mucha marcha, cuanto más esotéricos mejor. El materialismo es tan inconsistente que no puede convencer a nadie con dos dedos de frente, o al menos a nadie nacido que no fuera adulto en 1968. No, la marca del Anticristo no es el ateísmo sino el panespiritualismo, la “new age” de Obama. Nada mejor para concretar esto que los dos personajes que le rodean: su vicepresidente, Joe Biden, católico por el derecho a decidir y la presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, una católica -millonaria, naturalmente- con una macedonia mental en la cabeza, y muy mala uva en las manos. Lo demostró cuando, a pesar de la prohibición de los obispos norteamericanos, utilizó una fila lateral para ir a comulgar durante la multitudinaria Eucaristía de Benedicto XVI en Nueva York.

McCain cerró su lamentable campaña pidiendo que Dios salvara a América. Habrá que ampliar las preces con Obama: que Dios salve al mundo entero. Este hombre es un peligro. Y sí, lleva las marcas del Anticristo. La primera de ellas, la tristeza; la segunda, el orgullo; la tercera, el resentimiento.

Por lo demás, es un tipo muy brillante.

Eulogio López

Sobre la Dificultad de Creer Hoy



por Josef Pieper



Lo complicado de toda discusión sobre argumentos y contraargumentos en el terreno de la fe se explica porque la fe, estrictamente considerada, no se apoya en argumentos, al menos en formulables argumentos objetivos, ni tampoco, por consiguiente, puede ser inquietada por tales argumentos. Naturalmente es éste un modo un tanto equívoco de expresarse; pero la cuestión es, precisamente, complicada en grado extremo. De una parte, la fe no acontece, cuando versa sobre correcto objeto, así porque si: eso es evidente. De otra parte decidirse a creer no es simplemente consecuencia de una argumentación. Jamás se ve uno forzado a creer algo así como en razón de las leyes de la lógica. Dada su naturaleza, la fe no es justamente competente consecuencia de premisas. Si yo hago una cuenta, no puedo hacer otra cosa, de buenas a primeras, que reconocer el resultado; sencillamente, ni puedo, ni me sale oponer resistencia al conocimiento verdadero que allí se me muestra. Pero al creyente no se le muestra precisamente el hecho aceptado al creer; no está forzado en modo alguno por la verdad. Allí se da más bien la credibilidad de otro: precisamente de aquel que me asegura haberse producido lo que él dice. Es cierto que esa credibilidad puede comprobarse hasta cierto punto. De todas formas, pueden darse tantas razones en favor de la credibilidad de un testigo que sería imprudente y, por lo demás, quizá incluso incorrecto no creerle. Y sin embargo, no he de hacer eso, no he de creerle sólo por eso. Entre la clara y consecuente intuición de la credibilidad de un hombre, de una parte, y la confianza y fe que realmente le muestro, de otra, se da un acto voluntario, totalmente libre, al que nada ni nadie me pueden forzar, como tampoco se me puede imponer el que ame a una persona, por muy convincente y concluyentemente que se me haya puesto ante los ojos la conveniencia de amarla. Se puede admitir «de mala gana» que algo es así o ha ocurrido así, pero ni se puede amar de mala gana ni tampoco creer. Esto se encuentra ya en San Agustín en su comentario al Evangelio de San Juan: nemo credit nisi volens, nadie cree sino voluntariamente. Dado, por tanto, que la fe, por naturaleza, reposa en la libertad y surge de la libertad, es como por lo demás lo es también el, nada religioso, dar crédito a otro en la ordinaria convivencia un fenómeno indescifrable en un sentido específico, algo emparentado y vecino al menos del misterio.

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El Papa San Pío X: Memorias (8)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val



Capítulo VII

CARACTERÍSTICAS DE PIO X

El amable carácter de Pío X y la bondad de su corazón han sido atestiguados por todos cuantos tuvieron con él algún contacto, siendo unánime la opinión, cuando se trata de exaltar lo que generalmente se designa con el nombre de su "bon­dad" Y esto, ciertamente, no tiene nada de extraño. Un aspecto tan destacado de su personalidad no podía menos de impresionar las mentes de tantos millares de perso­nas que se acercaron a él en los once años de su pontificado, sin mencionar a los que habían sido objeto directo de su ca­ridad inagotable y del suave celo del humilde cura rural de Tómbolo, del párroco de Salzano o de aquellos que le habían conocido íntimamente cuando trabajaba en medio de ellos como canciller de Treviso, Obispo de Mantua y Cardenal Pa­triarca de Venecia.

Si a esta paterna solicitud en todos los casos de sufrimien­to o de desgracia que tenía ocasión de conocer, añadimos la generosa ayuda de su dictamen y consejo, aun en aquellas cuestiones que, aparentemente, carecían de importancia para los no directamente nteresados, la ayuda material y genero­sas limosnas que dispensaba, tanto en público como en privado, y su extrema delicadeza para los sentimientos de aque­llos a quienes favorecía, se comprenderá perfectamente por qué no podrá ser nunca olvidada aquella "bondad" de Pío X y por qué tantas personas se limitan a ensalzar sólo esta visi­ble muestra de su personalidad que tan verdaderamente re­flejaba el amor de su Divino Maestro.

Pero sería un gran error creer que esta característica tan atrayente de Pío X le retratara plenamente o resumiera sus dotes y cualidades, nada más lejos de la verdad. Al lado de esta "bondad", y felizmente combinada con la ternura de su corazón paternal, poseía una indomable energía de carácter y una fuerza de voluntad que podrían testificar sin vacilación los que realmente le conocieron, aunque, en más de una oca­sión, sorprendiera y aun causara extrañeza a aquellos que tan sólo habían tenido ocasión de experimentar su delicadeza y reserva habituales. Mantenía un absoluto señorío de sí y dominaba los impul­sos de su ardiente temperamento. No vacilaba en ceder en asun­tos que no consideraba esenciales, y aun estaba dispuesto a considerar y aceptar la opinión de otros si ello no implicaba riesgo de un principio; pero no había en él ninguna debilidad.

Cuando surgía alguna cuestión en la que se hacía necesa­rio definir y mantener los derechos y libertad de la Iglesia, cuando la pureza e integridad de la verdad católica requerían afirmación y defensa o era preciso sostener la disciplina ecle­siástica contra la relajación o la influencia mundanas, Pío X revelaba entonces toda la fuerza y energía de su carácter y el intrépido valor de un gran Pontífice consciente de la respon­sabilidad de su sagrado ministerio y de los deberes que creía tenía que cumplir a toda costa. Era inútil, en tales ocasiones, que nadie tratara de doblegar su constancia; toda tentativa de intimidarle con amenazas o de halagarle con especiosos pretextos o recursos meramente sentimentales, estaba condenada al fracaso.

En tales casos, al cabo de muchos días de reflexión y no­ches en vela, solía yo verle con una mano extendida sobre la mesa, que iba cerrando poco a poco hasta apretar el puño; entonces, levantando la cabeza, con una mirada severa y de­cidida en sus ojos, habitualmente tan serenos y tranquilos, me expresaba su resolución definitiva o me daba su juicio en frases breves y mesuradas. Sin necesidad de más palabras, ya sabía uno a que atenerse...

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Para leer el capítulo completo haga click sobre la imagen del Santo Cardenal Secretario de Estado que necesitaríamos en esta hora aciaga.
(este capítulo fue "escaneado" por el Cruzamante y la "Cruzamantita", su "petite fille", quien afirma haber hecho de "obra de mano barata").

4 de noviembre de 2008

El Pensamiento de la Revolución Nacional (3)


por el Dr. Antonio de Oliveira Salazar



CAPITULO II

Política de verdad
Política de sacrificio
Política Nacional



Este discurso fue pronunciado por el Dr. Oliveira Salazar, entonces sólo Ministro de Hacienda, para dar las gracias a los representantes de los Ayunta­mientos de Portugal, por la manifestación organi­zada en su honor el 21 de Octubre de 1929 a fin de expresar el reconocimento del País por la obra finan­ciera realizada. Discurso sereno y firme, de una magnífica since­ridad. El Or. Oliveira Salazar da al pueblo portugués la consigna del sacrificio, en que va a cimentar toda la obra administrativa, social y económica que es preciso realizar.


Pasa pronto el recuerdo de los hombres en la historia y en la memoria de los pueblos. Por otra parte, tampoco conviene políticamente identificar con una individualidad, por muy alta y poderosa que sea — ya que las circunstan­cias tantas veces obligan a sacrificarla — todo el futuro de una obra colectiva, máxime si la Nación ha adqurido ya la plena conciencia de su estado, y manifestado la firme voluntad de seguir las rutas de su destino. Por mi parte, estoy convencido de que la facilidad con que se han realizado ciertos actos y la rapidez con que se han obtenido determinados resultados, de­muestran que no he hecho más que traducir en hechos y en palabras, quizá con mayor preci­sión que otros, gracias a las condiciones espe­ciales de la posición en que me encuentro, las tendencias, las aspiraciones, el espíritu de re­novación y reforma del País. En un sistema de administración, en que predominaban la falta de sinceridad y claridad, afirmé desde el primer instante que se imponía una política de verdad. En un sistema de vida social en que sólo se admitían derechos, sin contrapartida de deberes, en el que la comodi­dad y la facilidad aparecían como la mejor regla de vida, anuncié, como condición necesa­ria de salvación, una política de sacrificio. En un Estado que habíamos dividido o dejado divi­dir en grupos irreductibles, amenazando el sen­tido y la fuerza de unidad de la Nación, sos­tuve, para combatir los daños y peligros que de ahí derivaban, la necesidad de una política na­cional.
Política de verdad, política de sacrificio, política nacional. He ahí lo que se ha hecho y lo que entiendo que apoyáis en vuestro mensaje. Si me lo permitís, sin embargo, voy a desar­rollar algo más nuestro común pensamiento.

Política de verdad

Al igual que la vida social, la política y la administración pública deben apoyarse en la verdad. Por temperamento, por convicción, por imperativo de mi conciencia, defiendo esta forma de dirigir y administrar. Sin embargo, la polí­tica de verdad impone a los gobernantes debe­res para con la Nación; impone deberes a la Nación para con los gobernantes; impone debe­res al legislador en la elaboración de las leyes y a los servicios en su forma de ejecución.

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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del gran Estadista ( en serio, no autoproclamado ...).

4 de Noviembre, Festividad de San Carlos Borromeo, Obispo y Confesor



Entre los grandes hombres de la Iglesia que, en los días turbulentos del siglo XVI, lucharon por llevar a cabo la verdadera reforma que tanto necesitaba la Iglesia y trataron de suprimir, mediante la corrección de los abusos y malas costumbres, los pretextos que aprovechaban en toda Europa los promotores de la falsa reforma, ninguno fue, ciertamente, más grande ni más santo que el cardenal Carlos Borromeo. Junto con San Pío V, San Felipe Neri y San Ignacio de Loyola, es una de las cuatro figuras más grandes de la contrareforma. Era un noble de alta alcurnia. Su padre, el conde Gilberto Borromeo, se distinguió por su talento y sus virtudes. Su madre, Margarita, pertenecía a la noble rama milanesa de los Médicis. Un hermano menor de su madre llegó a ceñir la tiara pontificia con el nombre de Pío IV. Carlos era el segundo de los varones entre los seis hijos de una familia. Nació en el castillo de Arona, junto al lago Maggiore, el 2 de octubre de 1538. Desde los primeros años, dió muestras de gran seriedad y devoción. A los doce años, recibió la tonsura, y su tío, Julio Cesar Borromeo, le cedió la rica abadía benedictina de San Gracián y San Felino, en Arona, que desde tiempo atrás estaba en manos de la familia. Se dice que Carlos, aunque era tan joven, recordó a su padre que las rentas de ese beneficio pertenecían a los pobres y no podían ser aplicadas a gastos seculares, excepto lo que se emplease en educarle para llegar a ser, un día, digno ministro de la Iglesia. Despúes de estudiar el latín en Milán, el joven se trasladó a la Universidad de Pavía, donde estudió bajo la dirección de Francisco Alciati, quien más tarde sería promovido al cardenalato a petición del santo. Carlos tenía cierta dificultad de palabra y su inteligencia no era deslumbrante, de suerte que sus maestros le consideraban como un poco lento; sin embargo, el joven hizo grandes progresos en sus estudios. La dignidad y seriedad de su conducta hicieron de él un modelo de los jóvenes universitarios, que tenían la reputación de ser muy dados a los vicios. El conde Gilberto sólo daba a su hijo una parte mínima de las rentas de su abadía y, por las cartas de Carlos, vemos que atravesaba frecuentemente por periodos de verdadera penuria, pues su posición le obligaba a llevar un tren de vida de cierto lujo. A los veintidós años, cuando sus padres ya habían muerto, obtuvo el grado de doctor. En seguida retornó a Milán, donde recibió la noticia de que su tío el cardenal de Médicis había sido elegido Papa en el cónclave de 1559, a raíz de la muerte de Pablo IV.

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Introducción al libro Mero Cristianismo


por C.S. Lewis

C.S. Lewis (1898-1963), en su libro "Mero Cristianismo" (*) se define como un laico ordinario de la Iglesia de Inglaterra, que cree que el mejor -y tal vez el único- servicio que puede prestar a su prójimo no creyente es exponer la fe que ha sido común a casi todos los cristianos de todos los tiempos; lo que él llama "mero cristianismo". Su intención no es presentarlo como una alternativa a los credos de las confesiones cristianas, sino destacar lo mucho que éstas comparten frente a lo que todavía hoy las separa. Por gentileza de Ediciones Rialp, presentamos en Editorial Mandruvá la edición electrónica del prefacio de este libro que refleja en todo su esplendor la profundidad y agudeza del pensamiento de C. S. Lewis, así como su rara capacidad para "conectar" con sus oyentes.

Prefacio

El contenido de este libro fue primero emitido por la radio y después publicado en tres partes separadas: Argumento a favor del cristianismo (1942), Comportamiento cristiano (1943) y Más allá de la personalidad (1944). En la versión impresa añadí algunas cosas a lo que había dicho ante los micrófonos, pero aparte de esto dejé el texto más o menos como estaba. Una «charla» por la radio debe asemejarse tanto como sea posible a una charla auténtica, y no a un ensayo leído en voz alta. En mis alocuciones, por tanto, utilicé todas las contracciones y coloquialismos que normalmente utilizo en la conversación. Y cuando en las charlas había acentuado la importancia de una palabra por el énfasis de mi voz, la escribía en letra cursiva. Ahora me inclino a pensar que esto es un error, un híbrido indeseable entre el arte de hablar y el arte de escribir. Un conversador debe utilizar las variaciones de la voz a guisa de énfasis porque su medio se presta naturalmente a ese método, pero un escritor no debe valerse de la cursiva para el mismo fin. Tiene sus medios propios y distintos de resaltar las palabras clave y debe utilizarlos. En esta edición he expandido las contracciones y reemplazado la mayoría de las palabras en cursiva redactando nuevamente las frases cuando ha sido preciso, pero sin alterar, espero, el tono «popular» o «familiar» que siempre había sido mi intención utilizar. También he añadido o suprimido allí donde pensé que comprendía una parte de mi tema mejor que diez años atrás, o donde sabía que la versión original había sido mal comprendida por algunos.

El lector debe quedar advertido de que no ofrezco ayuda alguna a aquellos que dudan entre dos «denominaciones» cristianas. No seré yo quien le diga si debe convertirse en un anglicano, un católico, un metodista o un presbiteriano. Esta omisión es intencionada (incluso en la lista que acabo de dar el orden es alfabético). No hay misterio acerca de mi propia posición. Soy un laico ordinario de la Iglesia de Inglaterra, ni muy «alto» ni muy «bajo», ni ninguna otra cosa en especial. Pero en este libro no intento atraer a nadie a mi propia posición. Desde que me convertí al cristianismo he pensado que el mejor, y tal vez el único, servicio que puedo prestar a mis prójimos no creyentes es explicar y defender la creencia que ha sido común a casi todos los cristianos de todos los tiempos. Tenía más de una razón para pensar esto. En primer lugar, las cuestiones que separan a los cristianos unos de otros a menudo implican temas de alta teología o incluso de historia eclesiástica que nunca deberían ser tratados salvo por auténticos expertos. Yo habría estado fuera de mi jurisdicción en ese terreno: más necesitado de ayuda que capacitado para ayudar a otros. En segundo lugar, creo que debemos admitir que las discusiones sobre estos disputados temas no tienden en absoluto a atraer a un «forastero» a la congregación cristiana. Mientras hablemos y escribamos sobre ellas es mucho más probable que lo disuadamos de ingresar en cualquier comunión cristiana que lo atraigamos a la nuestra. Nuestras divisiones jamás deberían ser discutidas salvo en presencia de aquellos que ya han llegado a creer que hay un solo Dios y que Jesucristo es Su único Hijo. Finalmente, tuve la impresión de que tenemos muchos más, y más talentosos, autores ya dedicados a esos temas controvertidos que a la defensa de lo que Baxter llama el «mero» cristianismo. Aquella parte del terreno en la que pensé que podía servir mejor era también la parte que me pareció más desatendida, y allí naturalmente me dirigí.

Surrealismo


Diálogos (IM)pertinentes

por el Dr. Aníbal D’Ángelo Rodríguez


Tomado del Blog de Cabildo


— El Discípulo: Maestro, leyendo este pasado verano un diarito tabloide titulado “Página/12”, me encontré con que, en la respuesta a una carta de lector, identificaban a “Cabildo” como una “revista surrealista”.

— El Maestro: No es la primera vez que lo hacen y me atrevo a vaticinar que no será la última.

— El Discípulo: Maestro, como no conocía la palabra “surrealista”, busqué en el diccionario y allí me informé de que el surrealismo es un movimiento literario y artístico que prosperó entre la segunda y la tercera décadas del siglo pasado. Quedé asombrado. ¿Es verdad que Cabildo pertenece a ese movimiento?

— El Maestro: Un poco difícil porque el surrealismo, al menos el literario, desapareció en la segunda mitad del siglo XX. Pero no es por ahí por donde tienes que indagar. En las intenciones de sus epígonos, el movimiento quería superar la razón burguesa, por eso se llamaba “suprarrealismo”: estaba por encima de la forma de entender la realidad por una razón, la burguesa, cuya época tocaba a su fin.

— El Discípulo: Maestro ¿y qué es la razón burguesa?

— El Maestro: Muy buena pregunta, pero tendrías que hacérsela a Eluard, a André Breton o a cualquiera de los surrealistas que combatían contra ese sujeto —la razón burguesa— que nunca terminaron de definir. El surrealismo fue un movimiento de izquierda, aunque en la década del treinta sufrió una escisión que alejó a los comunistas más politizados como el famoso Aragón. Bueno, los surrealistas no sabían o no podían identificar a ese enemigo, la razón burguesa, lo mismo que los socialistas de todos los pelajes son incapaces de definir con precisión a su principal enemiga, la clase burguesa.

— El Discípulo: Bien, Maestro, pero ¿por qué llama “Página/12” una revista surrealista a “Cabildo”?

— El Maestro: Los escribas de ese diario son periodistas. Entonces saben de todo un poco, pero en general muy poco de todo. Usan el sentido vulgar de la palabra, que quiere decir “irreal, alejado de la realidad”. La Academia Española, hasta la vigésima primera edición de su Diccionario —que es la que tengo— no acepta este significado que poco, aunque algo, tiene que ver con el de los fundadores del movimiento. Los cuales, como te he dicho, no se proponían romper con la realidad sino con “la interpretación burguesa de lo real”. Por eso los pintores surrealistas —Chirico, Magritte, Dalí— pintaron cosas que deformaban la realidad y por eso en el cine se intentaron también argumentos e imágenes que pretendían prescindir de lo real, “al menos en la forma en que la burguesía lo pintaba”.
En síntesis, querido discípulo y amigo, acusarnos de surrealistas es, para “Página/12”, una forma de pintarnos como una especie de extraterrestres o de seres que viven en una burbuja en la que la realidad no entra.

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3 de noviembre de 2008

Salve Regina



Antonio Vivaldi (1678 - 1741).

Salve Regina per contralto e due orchestre (RV 616).

I. Salve Regina: Andante.

Salve, Regina,
Mater misericordiae,
vita dulcedo
et spes nostra.

Concerto Italiano.

Sara Mingardo (Contralto).

Dir. Rinaldo Alessandrini.




II. Ad te clamamus: Allegro.
III. Ad te suspiramus: Larghetto.

Ad te clamamus, exsules filii Evæ.
Ad te suspiramus gementes et flentes
in hac lacrimarum valle.




IV. Eja Ergo: Allegro.
V. Et jesum: Allegro molto.
VI. O clemens: Andante.

Eja ergo advocata nostra, illos tuos
misericordes oculos ad nos converte.
Et Jesum benedictum fructum ventris tui
nobis post hoc exsilium ostende.
O clemens, o pia, o dulcis Virgo Maria.
Salve Virgo Maria.

Poesía

Ya toda me entregué y dí,
y de tal suerte he trocado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.

Cuando el dulce Cazador
me tiró y dejó herida,
en los brazos del amor
mi alma quedó rendida;
y, cobrando nueva vida,
de tal manera he trocado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.

Hirióme con una flecha
enherbolada de amor,
y mi alma quedó hecha
una con su Criador;
Ya yo no quiero otro amor,
pues a mi Dios me he entregado,

y mi Amado es para mí

y yo soy para mi Amado.


Schez. de Cepeda Dávila y Ahumada.
Santa Teresa de Jesús

Comentarios al libro de Ramiro de Maeztu



Por el Dr. Miguel Ayuso

Tomado de Razón Española





Maeztu, Ramiro de: Defensa de la Hispanidad, ed. Rialp, Madrid, 1998, 344 págs.

No sé si el aluvión de ensayos que sobre «el 98» ha visto el año del centenario del Desastre y de la «generación», habrá servido para contemplar con más rigor cuál sea la situación de nuestras hodiernas cultura y política patrias. Me inclino a pensar que si la coyuntura del fin de siglo pasado produjo una intensa sacudida de la conciencia nacional, tocada por la pasión española y el desconcierto mental, y varada finalmente por éste, la efeméride de este fin de milenio no ha de conocer saldo mejor. Y es que me parece, más autocomplaciente, conformista y acrítica. En este sentido, tengo la impresión de que -si como escribió García Escudero- «1936 fue el precio al que los españoles compramos 1874», siendo como fue 1898 la consecuencia de la Restauración, y habiéndonos embarcado hoy con el entusiasmo en la cancelación de 1936 al tiempo que en la renovación de 1874, nuestra situación no puede sino resentirse de un idéntico desconcierto mental que el de antaño, pero sin que siquiera dispongamos hogaño de aquella pasión española. Todo ello al margen del fracaso del generacionismo y de que, como ha expresado fundadamente Fernández de la Mora a la hora de vérselas con «lo vivo y lo muerto del 98», «no basta con equilibrar las cuentas, también hay que hacer un correcto balance».

Pero entre el bullir de las ediciones y los ensayos críticos nos topamos con lo que, tras el pórtico anterior, no extrañará que califique de lo más vivo del 98: la Defensa de la Hispanidad de Ramiro de Maeztu. La experiencia de su lectura -relectura- en esta cuidada edición a la que Federico Suárez Verdeguer ha puesto un acertado estudio preliminar que presenta la figura del autor en su peripecia vital y destaca los trazos más salientes de la obra, nos devuelve el verdadero rostro de los hechos hispánicos en la historia universal, al tiempo que la necesidad de un proyecto nacional ancorado en la verdad histórica y política. Completando así tanto el personal peregrinar de su autor como -según hemos dicho- el de toda la generación. Por eso, es un libro que no se puede leer sin emoción, ya que signa la reintegración de la tradición española, tanto tiempo abandonada por tantos y descubierta por algunos tras un sin fin de visicitudes. Hasta tal punto lleva esa adhesión a la tradición recién descubierta, que no puede sino evocar en el último recodo, a la búsqueda de un «lema de caballeros», el «Dios, Patria, Fueros y Rey» del carlismo. Una tradición, pues, que lejos de todo chauvinismo o nacionalismo, lleva marcadas a fuego las divisas de hermandad, universalismo y misión. Tersa ejecutoria la del universalismo raigado en lo propio que despunta, aquí y allá por entre las páginas apasionadas de Maeztu. Páginas, además, no lo olvidemos, rubricadas con su sangre.

Permítaseme, para concluir, una referencia que el prologuista hace, y que le honra, al ominoso silencio que cubre la obra de Vicente Marrero, autor de la monografía más completa sobre Maeztu, prologuista de la anterior edición -argentina- de la Defensa de la Hispanidad y que tuvo parte en su espíritu. Hoy que sufre cruel enfermedad es también obligación sincera de amigo recordarlo.

La Cristiandad, una realidad histórica (5)


por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.


Capítulo IV

El orden social de la Cristiandad

En una obra literaria medieval que lleva por nombre, Poème de Miserere, cuya autoría pertenece a Reclus de Molliens, se indica con claridad la estructuración que caracterizó a la sociedad de aquella época:


Labeur de clerc est de prier

Et justice de chevalier.

Pain leur trouvent les labouriers.

Gil paist, cil prie et cil défend.

Labor del clérigo es rezar

y justicia la del caballero;

Pan les proporcionan los que trabajan.

Uno da el pan, otro reza y otro defiende.


Un estamento que oraba, otro que trabajaba y otro que combatía defendiendo la justicia. En esta constitución tripartita se reconocía la fórmula ideal de la sociedad medieval, tan semejante al organismo humano, que posee, también él, una cabeza, un corazón y diversos miembros. Era un sistema armonioso de distribución de fuerzas.

En otro poema del mismo autor, el «De Carité», se afirma algo semejante, si bien señalándose mejor el papel complementario de los tres estamentos:


L’épée dit: G’est ma justice

Garder les clercs de Sainte Eglise

Et ceux par qui viande est quise.

Oficio mío es, dice la espada,/ Proteger a los clérigos de la Santa Iglesia/ Y a aquellos que procuran el sustento.


Analicemos cada uno de los niveles.

I. Los que oran

En la cumbre de la pirámide social de la Edad Media se encontraba el estamento eclesiástico –«labeur de clerc»–, porque decía relación con el orden superior, el orden sobrenatural, constituyendo una suerte de puente entre la tierra y el cielo. Expondremos el papel de este estamento en el contexto más general del modo como en aquella época se entendía la vida espiritual.

1. La Edad Media: una época religiosa

Durante los 300 años de su transcurso, la Edad Media conoció etapas muy diversas. Sin embargo los cambios que dichas etapas implicaban jamás menoscabaron la unanimidad de la fe, que siempre siguió siendo un dato indiscutido. Y conste que se trataba de una fe que no se restringía al plano meramente cerebral sino que imbuía casi con naturalidad todas las facetas de la actividad humana. Como dice Daniel-Rops, «nada se hizo entonces en la tierra que no tuviera, directa o indirectamente, a Dios como fin, como testigo o como juez» (La Iglesia de la Catedral y de la Cruzada… 44).

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El Papa San Pío X: Memorias (7)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val

VI

PIO X Y LA GRAN GUERRA


Hoy me encuentro ya en condiciones de afirmar que Su Santidad había predicho repetidas veces la declaración de la Gran Guerra Europea mucho tiempo antes que la tor­menta estallara y en una época en que muy pocos, si hubo algunos —al menos que yo sepa—, se aventuraban a expo­ner, en términos generales, el temor de que, tarde o tempra­no, la creciente hostilidad entre las naciones preponderantes y poderosas daría como inevitable resultado una guerra vio­lenta, con todas sus horribles consecuencias.

Ya en los años 1911 y 1912, el Santo Padre me hablaba frecuentemente del conflicto que se aproximaba, y se expresó más de una vez en este sentido y de manera casi alarmante. En distintas ocasiones durante el curso de aquellos años —cuatro o cinco veces que yo recuerde—, al entrar en su habitación para mi audiencia matinal de las nueve, Su Santi­dad habría de iniciar la conversación con esta frase: "Emi­nencia, las cosas van mal " (Eminenza, le cose vanno male.)

Por lo general, a aquella hora el Papa había ya revisado los periódicos y telegramas de la noche anterior o de la mañana, y antes de emprender la tarea cotidiana, hacía un resumen de a situación general y manifestaba sus puntos de vista respec­to al giro de los acontecimientos públicos. Me exponía situaciones históricas similares, mencionando lecciones del pasa­do que no habían sido aprendidas, junto con la semejanza de factores cuya obra es constante en todas las épocas de la his­toria del mundo, y los que eran evidentes en nuestros días, no obstante las circunstancias siempre distintas. Al mismo tiem­po me hacía ver cómo por encima de la sed insaciable de las pasiones humanas se manifestaba de modo permanente la mano directora de la Providencia. Cuando el Santo Padre ha­blaba sobre estos asuntos estaba en sus mejores momentos.

Pero raramente aventuraba una predicción definida. De aquí que cuando me afirmaba con tanto énfasis que "las co­sas iban mal", yo, naturalmente, trataba de descubrir la razón particular de esta impresión desfavorable, recogida en la prensa o en otras fuentes.

Sin pretender yo insistir en el hecho de que otras varias veces había habido también motivos semejantes de alarma, preguntaba al Santo Padre en estas ocasiones qué era lo que especialmente había llamado su atención, dando origen a los temores que me participaba. "Las cosas van mal —me res­pondía invariablemente—; la gran guerra se aproxima." (Le cose vano male; viene i l guerrone.) "No me refiero a esta gue­rra —añadía en la época de la expedición italiana a Libia y durante el conflicto de los Balcanes—. No es ésta, sino la gran guerra." (II guerrone.)

¿Quién podía, en realidad, negar la posibilidad de una conflagración general en Europa? Sin embargo, yo me atrevía a insinuarle que no parecía probable se produjera en un futu­ro inmediato; que tal vez fuera aplazándose por largo tiempo o, incluso, ser evitada en nuestros días, y que, a pesar de sus imprudencias, aquellos que tenían las riendas del Gobierno y que se encontraban en situación de controlar en alguna me­dida el curso de los acontecimientos, daban indudables mues tras de vacilación antes de lanzar al mundo a una aventura cuyo resultado final nadie podía prever.

El Santo Padre, después de escuchar con atención mis ob­servaciones, de carácter un tanto optimista, solía levantar su mano como amonestándome, y me replicaba con inusitada gravedad: "Eminencia, las cosas van mal; no pasaremos más allá del año 1914." (Eminenza..., non passeremo il 14.)

Como ya he dicho, esto ocurrió varias veces durante aque­llos años, y recuerdo cómo, al regresar a mi habitación, me­ditaba las palabras de Su Santidad. Me detenía a considerar qué motivos podía tener para fijar de modo tan concreto el año 1914 como el de la futura guerra, y no podía hallar una respuesta satisfactoria.

Por aquel entonces no dije ni una palabra de esto a nadie, pues me parecía estaba obligado a guardar exclusivamente para mí estas impresiones. Pero ahora no veo razón alguna para dejar de hacer partícipes a otras personas de esta nota­ble predicción que me hizo repetidas veces el Santo Padre, y a éstas corresponde ahora definir su carácter.

Que dicha predicción no era una idea pasajera, es induda­ble, no sólo porque fue reiteradamente sugerida en mi presen­cia, sino también porque así lo corrobora otro testimonio que no ha llegado a mi conocimiento sino muy recientemente.

El doctor Bruno Chaves, ministro brasileño cerca de la Santa Sede durante muchos años, dimitió de su cargo en 1913. El Papa Pío X le mostró siempre gran afecto, y hablaba con él en términos de gran confianza. En una carta que me dirige desde su residencia de Pelotas el 24 de octubre de 1917, el doctor Chaves hace alusión a su última audiencia con el Santo Padre, celebrada el día 30 de mayo de 1913, durante la cual le dijo Su Santidad "Sois afortunado, señor, en poder regresar a vuestro hogar del Brasil, no seréis testigo de la gran guerra mundial "

"Pensé —escribe el doctor Chaves— que Su Santidad se refería a los Balcanes, pero continuó diciendo: Los Balcanes son el comienzo de una gran conflagración que soy impoten­te para evitar y que no seré capaz de resistir" "Transmití, con carácter confidencial, este temor de Su Santidad a algunos de mis amigos de por aquí en el mes de agosto de aquel mismo año de 1913 Doce meses más tarde, el temor se había con­vertido en una cruel y triste realidad "

La carta del doctor Chaves está escrita en portugués, y la transcripción anterior es traducción literal de la misma. Muy bien podría hallarse relacionado con esta predicción el hecho de que, por aquella misma época, paseando un día el Santo Padre por los jardines del Vaticano, se detuviera fren­te a la hornacina de Nuestra Señora de Lourdes y exclamara en presencia de su capellán privado, Monseñor Bressan: "Com­padezco a mi sucesor Yo no lo veré; pero es demasiado cierto que la Religio depopulata está muy próxima."

2 de noviembre de 2008

2 de Noviembre, Conmemoración de todos los Fieles Difuntos


Después de la fiesta de Todos los Santos, la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Después de alegrarnos con los "que siguen al Cordero", nuestro pensamiento acompaña a "los que nos precedieron en la señal de la fe y duermen él sueño de la paz". Pensamiento melancólico, no tanto por la muerte cuanto por la inseguridad: ¿están ya en la patria, han de purificarse todavía?



De esta forma el mes de noviembre es un mes eclesial. Las tres iglesias, la del cielo, la del purgatorio y la de la tierra, se unen y compenetran. Esta compenetración la tenemos cada día en la santa misa. Al llegar el canon la Iglesia terrestre se apiña alrededor del celebrante: el Papa, el obispo, el Jefe del Estado, todos los católicos y ortodoxos, después todos los circunstantes, cuya devoción y fe conoce el Señor...



Pero además convocamos y entramos en comunicación con la Iglesia del cielo: la gloriosa Virgen María, los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos. Y no falta el recuerdo piadoso para los fieles difuntos "para que a ellos y a todos los que descansan en Cristo les conceda el Señor por nuestros ruegos el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz". Sí, cada misa es una inmensa asamblea, de proporciones tales que trasciende el tiempo y el espacio.



Esa verdad nos la hace más viva la liturgia del mes de noviembre, recalcando un aspecto eclesial bien interesante, que es su finalidad escatológica. La Iglesia de la tierra se compone de caminantes, de "viatores". Somos un pueblo en marcha, como los israelitas en el desierto. Toda la tipología del Éxodo: sacrificio del cordero pascual y liberación de Egipto, tránsito del Mar Rojo, columna de fuego, maná, etc., tiene su realización en los sacramentos, signos sensibles que producen la gracia que representan, sobre todo los dos grandes sacramentos pascuales: Bautismo y Eucaristía. Pero como la peregrinación del desierto, aunque duró cuarenta años, al fin terminó con el ingreso de los hebreos en la tierra prometida, dando paso lo transitorio a lo estable, así los sacramentos, que son también "signos del futuro", desaparecerán cuando lleguemos a la patria, que es el cielo, porque los pétalos de la flor caen cuando ya ha madurado el fruto.



El 1 y el 2 de noviembre nuestro pensamiento se remonta hacia la eternidad, al recuerdo de los santos y de los difuntos; y todavía el 9 y el 18 del mismo mes la liturgia vuelve a insistir en tales ideas con motivo de la dedicación de las iglesias principales de Roma. El mismo templo material es un símbolo de la Iglesia eternal, y los cristianos nos sentimos transportados a la "ciudad santa de Jerusalén", donde no hay llanto, ni clamor, ni gemido, porque todo eso son cosas ya pasadas.

Justicia e Hispanidad. ¿Un mito?



por Jesús Miguel Santos Roman


Tomado de Hispánitas (que desgraciadamente se disolvió el 24 de Septiembre de 2008)



Para todos aquellos que se avergüenzan de España. Para todos aquellos que bajan la cabeza y no saben qué contestar cuando se injuria a nuestra Patria. Para todos aquellos que sienten temor de investigar en nuestra Historia porque piensan que van a encontrar una España oscura, umbría, dominadora, corrompida, supersticiosa, genocida, fanática. Para aquellos que denigran a la Iglesia Católica como azote de indios.
No cabe duda, nos han tejido una leyenda negra alrededor de los ojos, que no nos permite ver con claridad lo que fue y significó el Imperio español. En ningún caso negaremos que se produjeron abusos. Eso sería traicionar a los que lucharon contra todo tipo de injusticias. Eso sería como decirles: “de nada sirvió cuanto hicisteis, en vano os esforzasteis, pues no existió ningún abuso en América”. Y, sin embargo, yo pregunto ¿hubo otra Corona sobre la faz de la tierra más preocupada que España por la Justicia? La Historia del Imperio español es la Historia de una Corona preocupada por la legitimidad de su presencia en América, dejando de lado toda consideración económica, con esa despreocupación por uno mismo que una vez alabara Pericles refiriéndose a los gloriosos atenienses.

Todo comenzó en aquel temprano tercer domingo de Adviento de 1511. No hacía ni veinte años que las tres carabelas de alas blancas habían surcado los vientos a lomos del colosal Atlántico, y ya la voz del dominico Antonio de Montesinos resonaba por todos los rincones del incipiente Imperio clamando contra las injusticias cometidas por los primeros colonos de aquellas tierras vírgenes. ¿Y cuál fue la reacción de aquella terrible y sanguinaria Corona española? Ni más ni menos que llamar a ese monje insignificante de La Española a presencia del mismísimo Rey Fernando el Católico. Y ahí, postrado de rodillas, en una de esas imágenes que quedan para la eternidad, tenéis a Fray Antonio de Montesinos, leyendo para el Rey las injusticias que algunos hijos de España habían cometido impunemente en las Américas. A esta voz siguieron muchas otras, unas más conocidas, otras totalmente ignoradas por el común de los españoles, como las de Fray Bartolomé de las Casas, el padre Pedro de Córdoba, Jerónimo de Mendieta, Francisco de Vitoria, Jerónimo de Loaysa, Domingo de Cárdenas, José de Acosta, Luis Sánchez y un larguísimo etcétera. Y que nadie se extrañe de ver entre estos nombres muchos fray y padre, porque aquella Iglesia Católica, para muchos oscurantista e inquisidora, fue la valedora de indios, la protectora de indígenas, la Madre de las Américas.

¿Pero es que acaso la Corona española se quedó de brazos cruzados ante estas atrocidades? Ni mucho menos. En 1512 Su Majestad Católica Fernando de Aragón convocaba una Asamblea presidida por Rodríguez de Fonseca, Obispo de Palencia. Dicha Asamblea declararía ese mismo año la ineludible libertad de los indios, que debían ser instruidos en la fe y ejercitados en el trabajo, el cual había de ser siempre provechoso para ellos y comportar un sueldo justo, así como un inexcusable tiempo de ocio.
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Aborteras



por Jorge Omar Alonso

Tomado de Nuevo Encuentro


La candidata para la Prefectura de Sao Pablo Martha Suplicy, conocida por su apoyo al aborto perdió las últimas elecciones realizadas en el Brasil. Era la candidata del Presidente Lula y habría recibido el apoyo de un grupo de sacerdotes vinculados con la “teología de la liberación”, como respaldo a su postura ideológica enmarcada en el progresismo.
La derrota le fue propinada por la derecha en la persona del actual Prefecto proveniente del Partido Conservador Demócrata.
Suplicy además de abortera es conocida por su apoyo a las uniones de homosexuales, habiendo sido promocionada su candidatura por un grupo de sacerdotes brasileños afines a tales posturas. Estos a su vez habrían hecho proselitismo a favor de otros políticos también aborteros.
También en Chile se vienen manifestando entidades abortistas y feministas que apoyan el aborto y precisamente dichos grupos se respaldan en la llamada “teología de la liberación”.
En general estos movimientos suelen machacar a la opinión pública con la hipocresía de los “derechos humanos”, justamente ellos que representan la anti-vida.
En nuestro País en el tema de los menores delincuentes la jueza Argibay se pronunció en contra de las medidas para penar a aquellos, advirtiendo que el “gatillo fácil” policial no ha desaparecido. Ahora bien, quien se ha mostrado como pro abortista habla de la noción de vida que supuestamente se les ha quitado a los menores que delinquen. Se promueve en cambio el “aborto fácil” para los que no pueden defenderse como los que están por nacer.
En el país trasandino el aborto terapéutico fue abolido por el gobierno del General Pinochet, por lo que las organizaciones abortistas de aquel país reclaman su reimplementación por considerar que es una deuda que la actual democracia chilena tiene con los “derechos humanos” de las mujeres. Otro de los reclamos de estas organizaciones es el derecho a no tener hijos. ¿Cómo ha de entenderse esto? ¿No procrear? O una vez efectuada la concepción, deshacerse del feto?
La insistencia en legalizar el aborto en muchos países es intensa y cabe preguntarse: ¿qué hay detrás de todo esto?
Normalmente las abortedas de las que dudo hayan probado la experiencia de la maternidad, aluden a su derecho de escoger cuándo ser madres o a no tener hijos, demandado que no les sea impuesta la maternidad. En este aspecto hay que señalar la hipocresía de tal reclamación, precisamente porque la maternidad no se le impone a nadie.
Otro caso se dá en Perú donde una abogada feminista lidera un programa nacional contra la violencia familiar, lo que resulta un contrasentido peligroso que alguien con ese sesgo ideológico se encuentre a cargo de un programa de salvaguarda de la institución familiar.
El ideologismo progresista trata de inficionar con su aberrante doctrina todo el cuerpo social y en particular a la familia a la vez que ataca a la Iglesia Católica. Estos fieles discípulos de Satanás con ropaje de ovejas dicen promover la vida, pero llevan la muerte al vientre de una mujer.
En nuestro País se pueden ver a estos grupos de aborteras escandalosas como las que suelen ensuciar los muros de la Catedral Metropolitana con sus inmundas consignas, o como las que en Neuquén protagonizaron actos violentos. Son las que atacan a la Santa Iglesia a la que culpan de contrariar sus programas de muerte. Denuncian falta de anticonceptivos que logren según ellas, una “sexualidad plena y libre” lo que significa total licencia de hábitos y costumbres, propio para la degradación de la vida. De la misma forma que promueven la existencia de clínicas, tendientes a ejecutar las penas de muerte a los que fueron engendrados sin ser queridos.-

El oscurecimiento de la Ley Natural y su repercusión en la Bioética y la familia



por el Dr Max Silva Abbott

Director del Instituto Superior de Ciencias de la FamiliaUniversidad Católica de la Santísima Concepción. Chile.

Tomado de Revista Arbil

Introducción

Tal vez una de las preguntas más acuciantes de la filosofía que hoy adquiere especial relevancia, es si lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto, pueden ser determinados de manera racional y objetiva. La respuesta que se dé a esta pregunta resulta fundamental para un cúmulo de materias e incluso para la vida misma, ya que por su propia naturaleza, el hombre se ve obligado a tomar decisiones éticas permanentemente, lo cual se convierte en una actividad absolutamente diferente si obedece a pautas objetivas, o si por el contrario, depende del capricho y la subjetividad más absoluta.


Desde hace dos mil quinientos años, las diferentes doctrinas sobre la Ley Natural, en particular la aristotélico-tomista, han dado una respuesta afirmativa a esta pregunta: es posible, al menos en sus aspectos fundamentales, descubrir de manera objetiva y racional algunos valores básicos, pautas de moralidad, motivos para la acción que pueden ser justificados convincentemente, de tal suerte que seguirlos resulta lógico y no hacerlo, arbitrario.


Además, estas respuestas han buscado un fundamento no religioso, aun cuando en muchos casos sea perfectamente compatible con la fe. De hecho, para los autores cristianos esto resulta evidente, pues al ser Dios el creador y organizador del universo, lo que la razón humana descubra no puede contraponerse al dato revelado. Mas lo importante es que este esfuerzo ha buscado distinguir (no separar) la argumentación ética de la religiosa, entre otras cosas, para que sus conclusiones sean asequibles también por observantes de otras religiones y por no creyentes.Dentro del cúmulo de materias abordadas por la ley natural, dos resultan esenciales para el tema de este simposio: la vida y la familia. La valor de la vida es tenido como fundamental, porque la tendencia a su conservación es propia del hombre y de todo ser vivo, siendo básica para la realización de las demás potencialidades humanas: de ahí deriva el derecho esencial a la vida, y que la vida inocente no pueda jamás ser vulnerada legítimamente. Por su parte, la familia es considerada una institución natural, no cultural, en atención a la evidente necesidad de perpetuar la especie que el hombre comparte sobre todo con los animales. Esto conlleva la necesaria unión entre hombre y mujer a fin de lograr descendencia, tarea que no se agota con su sola génesis, sino que abarca la formación y educación de los hijos (misión fundamental que consume la mitad de la vida), para lo cual el matrimonio se presenta como el medio idóneo, en razón de que este objetivo requiere de un compromiso estable. Con todo, debe recalcarse que el matrimonio posee un valor intrínseco y apunta también al bien de los cónyuges, razón por la cual igualmente tiene sentido en aquellos casos en que la descendencia es imposible.


Ahora bien, estos argumentos fueron mantenidos sin grandes dudas hasta hace pocas décadas, y su actual debilitamiento se vincula con un cúmulo de problemas interrelacionados que hoy son materia de intenso debate o que simplemente se han impuesto de manera más o menos totalitaria en diversos lugares de Occidente: el divorcio, el llamado ‘matrimonio homosexual’, el supuesto ‘derecho a los hijos’, el descenso de la natalidad, la paternidad responsable, los hijos extramatrimoniales, los hogares monoparentales, el control de la natalidad, la anticoncepción, la revolución sexual, el valor de la vida intrauterina, los denominados ‘derechos sexuales y reproductivos’, las ‘políticas de género’, el aborto, la procreación artificial, la manipulación de embriones (congelamiento, experimentación con sus células madre, clonación, etc.), las enfermedades de transmisión sexual, la eutanasia, el envejecimiento de la población entre otros.Todo este debate se debe al menos en parte al oscurecimiento de la noción de ley natural en estas y otras materias en diversos sectores, a veces mayoritarios, de distintos pueblos de Occidente, fruto de las filosofías y de las ideas que han ido ganando terreno en los últimos siglos.

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