
















n esta sección se someten a crítica los datos y argumentos que Dan Brown introduce en su novela. He elegido sólo algunos de los muchos pasajes del libro porque resultan especialmente significativos dentro del esquema del autor. Averiguaremos si pertenecen al mundo de la realidad o al de la ficción.
Por debajo de una trama vivaz y trepidante, los personajes de Brown protagonizan otra, más discreta y soterrada pero mucho más importante. Consiste en que dos de ellos, Langdon y Teabing, a través de sorprendentes revelaciones, modifican completamente la forma de pensar de Sophie en el curso de las veinticuatro horas que abarca la peripecia de la novela.
A primera vista El Código da Vinci es simplemente una historia de suspense, un thriller, con dos protagonistas, un hombre y una mujer, relativamente jóvenes, cultos, atractivos y atléticos. Los dos se ven obligados a protagonizar juntos una huida y una búsqueda, con numerosos contratiempos y sorpresas. Esa misma proximidad física de ambos hace que el lector vaya intuyendo una disimulada atracción entre ellos y al concluir la historia, la atracción se hace más clara y el final nos deja expectantes ante un inminente romance.
Pero el verdadero hilo conductor de esa historia es el misterio que los ha unido a través de la muerte violenta del abuelo de Sophie: la doctrina del Priorato de Sión.
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espués de consagrar en plena Guerra Mundial todo el género humano al Inmaculado Corazón de María, para ponerlo
bajo la protección de la Madre del Salvador, decretó el Papa Pío XII, en 1944, que toda la Iglesia celebrase anualmente una fiesta en honor del Inmaculado Corazón de María, el 22 de agosto, día de la octava de
la fiesta de la Asunción.
La devoción del Corazón de María es ya antigua. San Juan Eudes la propagó en el s. XVII, uniéndola a la del Sagrado Corazón de Jesús.
En el s.
XIX, Pío VII, primero, y después Pío IX concedieron a muchas iglesias particulares una fiesta del Purísimo Corazón de María, señalada primeramente para el domingo después de la Asunción, y luego para el sábado que sigue a la fiesta
del Sagrado Corazón. Al fijar el 22 de agosto la Fiesta del Inmaculado Corazón de María, y extenderla a toda la Iglesia, le asignó Pío XII como fin el obtener, por intercesión de la santísima
Virgen, “la paz entre las naciones, la libertad de la Iglesia, la conversión de los pecadores, el amor a la pureza y la práctica de las virtudes”.
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uando el lector llega al último párrafo de El Código da Vinci, todavía pasan unos instantes antes de cerrar el libro. Se han acumulado muchas sensaciones. A lo largo de las páginas de la novela han ido apareciendo sorprendentes revelaciones al hilo de una trama trepidante. Los acontecimientos que narra El Código da Vinci tienen lugar en veinticuatro frenéticas horas. En ese arco de tiempo se sugiere una gran cantidad de ideas pero lógicamente no hay lugar para profundizar en ellas. Los atrevidos argumentos quedan en suspenso, como pendientes de posteriores indagaciones y aclaraciones. La velocidad a la que se suceden y narran los hechos contribuye a crear una experiencia vertiginosa, y el vértigo es una sensación en la que se mezcla la atracción y el temor.
Ese instante que transcurre entre la lectura de la última línea -que concluye en un final que queda abierto- y el gesto de cerrar el libro para colocarlo en el estante es muy especial. En esos momentos ya no estamos inmersos en el curso de la novela, la tensión se ha acabado, pero aún no hemos regresado a las preocupaciones cotidianas. Es como una tierra de nadie. Seguimos envueltos en la vorágine de El Código y en esos instantes se va a decidir, un poco instintivamente, la valoración que se ha ido fraguando durante la lectura de las páginas precedentes y que en la mente del lector quedará a partir de ahora asociada al título. Pero con independencia del aroma con que esa lectura impregne a cada cual, El Código da Vinci ha abierto muchos interrogantes y ha suscitado demasiados enigmas que rondan por la cabeza del lector. Son enigmas que tratan sobre temas muy profundos y que por eso mismo reclaman una aclaración.
El Código da Vinci es una novela de intriga en la que hay buenas dosis de amor, persecuciones, crímenes y continuas sorpresas. Un ingrediente nada desdeñable de esa exitosa receta lo forman las frecuentes afirmaciones relacionadas con la historia de Jesucristo, de María Magdalena, de la Iglesia católica, los merovingios y una entidad llamada "Priorato de Sión", siempre desde una perspectiva que contrasta con las ideas comúnmente aceptadas.
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etrás de la iconoclasia hay siempre odio a la belleza: un odio disfrazado de coartadas ideológicas o religiosas, incluso filantrópicas o estéticas, pero odio a la belleza a fin de cuentas. La destrucción de imágenes –devoradas por el fuego, despedazadas por el furor de los hombres, abandonadas a la incuria, sometidas a mil expolios y latrocinios– es, como la pasión creadora, un rasgo constitutivo de la historia humana: allá donde los hombres han estado, han dejado testimonio de su paso por la tierra creando belleza, y también arrasándola. Y quizá no haya expresión más nítida del carácter contradictorio de nuestra naturaleza que esta doble pulsión creadora y destructiva, que es apetencia de luz y de tinieblas, amor y odio a la belleza amalgamados de manera inextricable, misteriosamente indisoluble. Alguien podría elaborar una historia del arte que atendiese, antes que a la evolución de las tendencias estéticas, a la periódica ansia iconoclasta que acomete a las comunidades humanas, no sólo a las más atrasadas o bárbaras, sino también a las más desarrolladas y pacíficas; y sospecho que tal historia de la iconoclasia sería al menos tan dilucidadora del eterno humano como la más erudita y exhaustiva historia del arte.
