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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

26 de febrero de 2009

Id a Tomás. Principios fundamentales del pensamiento de Santo Tomás (7)



por Eudaldo Forment


Tomado de Gratis Date



7

Génesis de las tesis



as tesis tomistas, como ha explicado Paolo Dezza, fueron obra de las intensas y perseverantes gestiones de los jesuitas Guido Matiussi y Giuseppe Leonardi. Su génesis comienza con el primero -discípulo de otro notable jesuita tomista, Juan Cornoldi, uno de los principales renovadores del tomismo, que conoció gracias a Serafín Sordi-, cuando, a finales de septiembre de 1910, dio una carta a su amigo el padre jesuita Giuseppe Leonardi, para que se la entregará al Papa. En ella, le proponía la conveniencia de que se indicasen las principales tesis de la doctrina filosófica del Aquinate, para que se pudiesen seguir con toda seguridad las directrices que había dado el Papa en su reciente breve Sacrorum Antistitum (1 de septiembre de 1910), y para tal fin la carta iba acompañada de una lista de veintes posibles tesis (Cf. Canals, 1997c, 38).

En este documento, dirigido a «todos los Obispos y Maestros supremos de las Órdenes religiosas», el Papa Pío X, citaba estas palabras finales de su encíclica Pascendi (8 de septiembre de 1907):

«Por lo que toca a los estudios, queremos, y definidamente mandamos, que la Filosofía escolástica se ponga por fundamento de los estudios sagrados (...) Lo principal que hay que notar es que cuando prescribimos que se siga la Filosofía escolástica, entendemos principalmente (præcipue) aquélla que enseñó Santo Tomás de Aquino, acerca de la cual, cuanto decretó Nuestro predecesor queremos que siga vigente, y en cuanto fuere menester, lo restablecemos y confirmamos, mandando que sea por todos exactamente observado. A los Obispos pertenecerá urgir y exigir, si en alguna parte se hubiese descuidado en los Seminarios, que se observe en adelante, y lo mismo mandamos a los superiores de las Ordenes religiosas» (AAS 40 (1907), 639-640).

Como ha explicado el historiador Saranyana, «el término præcipue, empleado por el Romano Pontífice, en 1907, levantó una verdadera nube de comentarios, y su repetición en 1910 contribuyó aún más a las polémicas. Para unos debía interpretarse en el sentido de unice; para otros, el Papa habría querido señalar sólo la preferencia de la Iglesia, en el sentido de que Santo Tomás sería el primus inter pares, el más destacado escolástico, al que habría que tomar en cuenta, aunque no obligatoriamente cuando otros escolásticos se apartasen razonablemente de sus sentencias (...) El clima de incertidumbre en que se movían los profesores de los seminarios y de las facultades eclesiásticas, motivado por las constantes contestaciones a la autoridad doctrinal de Santo Tomás y, sobre todo, por las dudas y discusiones en torno al genuino pensamiento tomista, empezó a ser preocupante» (Saranyana, 1992, 276-277).

No es extraño que Pío X acogiera favorablemente la iniciativa de los dos jesuitas. Contestó a Matiussi pidiéndole que diera forma definitiva al esbozo, que le había enviado. Lo que hizo casi inmediatamente, mandando de nuevo su texto de veinte tesis ya mejorado. El Papa lo dio a varios profesores para que le manifestaran su opinión y en el caso favorable las revisarán. Se desconoce el nombre de los consultados, únicamente el del profesor de la Universidad Gregoriana Genaro Bucceroni, que se mostró contrario a la formulación y a su publicación.

Muy recientemente Enrique Miguel-Aguayo ha probado que otro de los consultados fue el cardenal Billot, entonces todavía profesor de Teología dogmática en la Gregoriana. También que la respuesta del jesuita fue afirmativa, justificándola por la situación de los estudios en los centros de la Compañía y acompañándola de algunas modificaciones al texto de la tesis. El Papa seleccionó dos de los informes pedidos, uno de ellos el de Billlot, y se los envió a Matiussi, que le remitió poco después una tercera versión de las tesis, recogidas todas las observaciones


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25 de febrero de 2009

Liberalismo y apostasía (2)



por Alberto Caturelli



II. El llamado «liberalismo católico»




a) Proceso histórico-doctrinal del «liberalismo católico»

En las propias palabras de León XIII sobre el liberalismo muy moderado (que no niega, que no ignora, pero separa) se perfilan los caracteres de lo que se ha dado en llamar el «liberalismo católico». Trazaré sólo las grandes líneas doctrinales que le caracterizan advirtiendo, de paso, que, en buena medida, suele presentarse más como una suerte de actitud de componenda con la democracia liberal que como una doctrina rigurosa.

Ya he indicado que esta particular actitud, más bien «separa», en cuanto concibe un sistema de vida político-social que no tiene una relación de dependencia obligatoria con el orden sobrenatural. En modo alguno «ignora» y, mucho menos, «niega». Aunque sus antecedentes haya que buscarlos en el voluntarismo de fines de la Edad Media y, lógicamente, en los revolucionarios de 1789 como Talley-rand, Obispo de Autun, celebrando en el campo de Marte con trescientos sacerdotes adornados con la escarapela tricolor, su primera expresión teórica aparece cuarenta años más tarde con Lamennais y su periódico L’Avenir. Con un lenguaje que anticipa el recientemente usado por el neomodernismo, afirma que la Iglesia y el Estado, desde Constantino, han estado unidos pero apenas como una suerte de «preparación evangélica» por modo de tutela; hoy, en cambio, cuando los hombres han alcanzado su «mayoría de edad», es hora que Estado e Iglesia se den un adiós definitivo abriendo cierta plenitud de los tiempos en la separación total entre Iglesia y Estado.

Esto es así porque, siendo la libertad, no la gracia santificante, el más alto don concedido al hombre, quitando a la Iglesia el «pesado yugo» de la protección del Estado, bastará la libertad (¡no más concordatos!) para que el pueblo, en el futuro, llegue a la fe. Por eso Lamennais profetizaba una unidad católica del porvenir; para ello basta el desarrollo de las «luces modernas» en el único sistema político que él consideraba legítimo fundado en la libertad individual15.

15Exposición muy completa, en C. Cons-tantin, «Liberalisme catholique», Dict. de Théol. Cath., IX parte Iª, col. 506-626, Paris, 1926; mucho más breve, pero excelente el art. de G. de Pascal, «Liberalisme», Dict. Apol. de la Foi Cath., vol. II, col. 1822-1842, 4e éd., Sous la direction de A. D’Alès, Beau-chesne, Paris, 1924. En la Argentina resulta siempre insoslayable, en relación con Mari-tain, el libro del P. Julio Meinvielle, De La-mennais a Maritain (1945), 2ª ed., Theoria, Bs. As., 1967; en algunos aspectos, son por demás interesantes, Correspondance avec le R.P. Garrigou-Lagrange a propos de La-mennais et Maritain, Ed. Nuestro Tiempo, Bs. As., 1947 y Respuesta a dos cartas de Maritain al R.P. Garrigou-Lagrange, O.P. (con el texto de las mismas), ib., 1948.

La encíclica Mirari vos (1832) del Papa Gregorio XVI que, «afligido, en verdad, y con el ánimo embargado por la tristeza», condenó la doctrina de Lamennais, no fue suficiente. No bastó que el Papa condenara la tesis según la cual puede el alma salvarse profesando cualquier creencia, la libertad absoluta de conciencia (que implica libertad plena para el error), que recordara que el origen del poder es Dios y reafirmara la recta doctrina acerca de la concordia del poder civil con la Iglesia (Mirari vos, nn. 13, 14, 17, 43; Singulari Nos, nº 3).


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Las inseguridades sociales






por Casimiro Conasco




Tomado del Blog de Cabildo




TOLERANCIA: HAY CASAS PARA ESO

ace cosa de unos diez años —el 2 de diciembre de 1998— el diario “La Nación” registró que vecinos de la provincia de Buenos Aires reclamaban su derecho a armarse. Era evidente que nunca hubo tanta inseguridad en la República, y era más lógico permitir que el buen vecino se arme, a dejarlo indefenso en manos del delincuente siempre bien armado, sin que ello le ocasione el menor riesgo.Hay que subrayar que el auge de la inseguridad comenzó a partir del gobierno de Alfonsín, cuyo monumento acaba de inaugurarse en la Casa de Gobierno y se lo festeja como un prócer. Toda la calamidad coincidió en su tiempo con el famoso “destape” moral y la campaña —desde los colegios— contra la Autoridad motejada “autoritarismo”. Además de la doctrina garantista y la legislación suavizante del derecho penal.

El diario nombrado se refirió entonces a ciertas declaraciones de un comisionado neoyorquino —William Bratton— considerado uno de los puntales de la lucha contra la delincuencia en su ciudad. Según Bratton el incremento de los delitos fue proporcional al crecimiento de la liberalización de las costumbres y la tendencia a la permisividad que caracterizaron a su país a lo largo de la década del sesenta. A lo que después se sumó el aumento de la drogadicción. Se puso en práctica, entonces, la tolerancia cero. La cual consiste en prevenir —o enfrentar— desde las ofensas menores hasta los más graves delitos. En Nueva York, decía el diario, no se tolera ningún comportamiento antisocial.Exactamente al revés de lo que ocurría treinta años después, por ejemplo, en la ciudad de Buenos Aires, donde se desatan diariamente los escándalos más increíbles por parte de degenerados de todo tipo, apabullando a barrios enteros. Todo al compás de una legislación de la ciudad “autónoma” que ha abierto las puertas a la degradación social.

En estos días el Estado Nacional ha promovido incluso la degeneración sexual, abriendo cauce a todas las perversiones.Hoy la gente está segura de una cosa: que por el camino que vamos, en lugar de desaparecer, la inseguridad seguirá creciendo. La señora Presidente de la Nación, con su don de oportunidad, acaba de descubrir que “la brecha social” entre ricos y pobres “aumenta la inseguridad”. Desde luego, olvidando los enormes gastos en hoteles de lujo en sus frecuentes viajes por el mundo. O las alhajas, o los modelos o el “Mini Cooper” para su retoño… o del chateau del lejano Sur.Pero lo más alarmante tal vez, haya sido su añoranza curiosísima de los países en que todos son pobres y los niveles de delincuencia son muy bajos… y aumentan cuando mayor brecha social hay. Está claro: el supremo objetivo de su gobierno —prácticamente logrado— es alcanzar la pobreza general.
Por otro lado hay iniciativas, como la del gobernante Scioli, buscando bajar la edad de la imputabilidad de los menores. Algo así como romper los termómetros para acabar con la fiebre.Pero el presidente de la Corte Suprema de Justicia se ha referido a ello señalando (¿recién lo advierte?) que los menores no pueden caer en cárceles que son como la universidad de la delincuencia… Mientras, agregamos, crecen día a día otras cárceles: las villas miseria, y nos enteramos que hay menores que deben comer de la basura. Lo cual ya no es una brecha social: es el más inicuo crimen de “la clase política”.

En tanto ¿qué educación reciben los chicos, incitados por todos los medios a los placeres lícitos o ilícitos, pero privados de lo mínimo para una vida humana? Si van a la escuela, reciben educación sexual. Pero nadie les habla del sentido de la vida ni de premios o castigos, aquí o Más Allá… Mucho menos de un Creador: sólo de una gran explosión originaria y el orangután antepasado, cuando no un dinosaurio… ¿Cómo puede sorprender que recurran a la droga con su oferta de inmediato placer demoníaco? Para peor, inducidos criminalmente al consumo, mientras el Ministro de la Justicia busca despenalizar tal consumo…Nadie se preocupa por la ejemplaridad. Por el contrario, el ex Presidente en ejercicio del mando, acaba de decir que “es hora de que la Justicia se ponga los pantalones largos”. También vituperó a los “mercaderes de la derecha que lucran con el dolor”, sin identificar por cierto a nadie.

Pero nadie olvida que a la derecha e izquierda de sus narices, un formidable asesino de sus padres, gozaba y sigue gozando de la libertad. Y tiene un altísimo rol, tanto económico social como educativo. Tampoco se olvidan los seiscientos millones de dólares santacruceños esfumados por él…El ya recordado ministro de la Corte, insólitamente, ha dicho que el respeto por la garantías (de los delincuentes) nada tiene que ver con “la puerta giratoria”, por donde ellos entran y salen. Pero encima ha olvidado que hay una colosal inseguridad jurídica. La cual se remonta a la pérfida reforma constitucional, con la secuela de la incorporación de sistemas importados que desde luego no garantizan la seguridad ciudadana.

LA OPCIÓN PREFERENCIAL POR EL MINI-COOPER

Alguien ha recordado que hay muchas otras inseguridades que la “clase política” no ha podido conjurar: la de los niños de la calle que limpian vidrios de los autos o hacen pantomimas; la de la desocupación engrosada con la juventud que fue privada de esa gran escuela que fue el servicio militar, abolido irresponsablemente por el gran demagogo; las de las villas de emergencia; las del trabajo en negro, sin amparo social ni jubilación; la de los hospitales desguarnecidos, carentes de medicamentos o espacios dignos; las de las cárceles “sanas y limpias”, como un sarcasmo constitucional; la de los jubilados sin privilegio; la de los que no consiguen más lugar para dormir que las plazas y zaguanes; la de los niños hambrientos y la de los niños por nacer, permanentemente agredidos por legisladores y defensores de “derechos humanos”. Y por último, la inseguridad de los aferrados a la normalidad natural, que ven peligrar su libertad o su vida tranquila a manos de los malabaristas del sexo.

ASOCIACIÓN ILÍCITA
Aparte de los numerosos escándalos al respecto, de criminales sueltos, de jueces indecorosos, de sumisiones vergonzosas, de sentencias increíbles, merece una especial mención una sentencia recaída en el expediente 16.307/06 de la Justicia Federal, por el cual se condena a varios militares a las más altas penas —con agravantes— por su actuación en la guerra subversiva. Acusados concretamente de “asociación ilícita”, destinada a cometer delitos, con una “organización militar o de tipo militar (sic) que disponía de armas de guerra o explosivos (sic), compuesta por uno o más oficiales o suboficiales de las fuerzas armadas o de seguridad”.

Resulta imposible seguir un razonamiento montado con exactitud en las premisas de la tiranía: Estado terrorista, lesa humanidad y derechos humanos exclusivamente marxistas. Todo rematado con refinada severidad.Pero, acaso, la mayor sorpresa provenga de saber que se trata del mismo juez que ha descartado las denuncias por los crímenes feroces contra el sindicalista José Ignacio Rucci y contra el Teniente Primero Lucioni.

En la partida de Mons. Williamson


Hubiera querido escribir un artículo como éste. Me enteré tarde. Por los medios masivos de comunicación, ya que nuestros "amigos", los padres de la Fraternidad nos entretuvieron con la historia que Mons. ya había abandonado el país.
No saben cuanto lamento no haberlo despedido como correspondía, con agradecimiento a su labor sacerdotal y formadora de jóvenes, entre ellos mis hijos.
Esta salida ignominiosa del país no es justa ni merecida.
Nunca fui sedevacantista, no lo soy, y si Dios quiere no lo seré.
Pero esta "diplomacia" de la Fraternidad, que abandona a uno de los suyos a los "lobos" no es de mi agrado, ni goza de mi beneplácito. Todo lo contrario.
Para no pecar (más) contra la caridad, no me extiendo sobre el tema. Recomiendo la lectura del artículo de opinión, que hago mío.
Cruzamante



Tomado de Santa Iglesia Militante

Opinión:

En este blog hemos seguimos las noticias relacionadas con el “caso Williamson” hasta su despedida de la Argentina, en el día de hoy. Y lo hicimos no porque no pudiéramos tener diferencias con él, sino porque vimos, a nuestro entender, la mano de la persecución anticatólica detrás. En efecto, tras soportar la feroz acechanza de la poderosa judería internacional, de haber sido intencionadamente malinterpretado y condenado por un millar de voces, de padecer la mentira bestial y atroz que se erguía en discurso único día tras día contra él, Monseñor Richard Williamson abandonó la Argentina.


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24 de febrero de 2009

El pequeño Mundo de Don Camilo (17)


por Giovanni Guareschi


Capítulo 17

Nocturno con campanas




ESDE cierto tiempo don Camilo se sentía constantemente vigilado por dos ojos. Cuando andaba por el camino o a través de los campos y se volvía repentinamente, aunque no veía a nadie estaba seguro de que si hubiese revisado detrás del seto o entre las matas, habría encontrado los ojos y lo demás.

Habiendo salido de noche dos veces de su casa, al sentir un crujido detrás de la puerta llegó a entrever una sombra.

–Déjalo hacer –le había contestado el Cristo del altar, cuando don Camilo le había pedido consejo. – Dos ojos nunca hicieron mal a nadie.

–Convendría saber si los dos ojos viajan solos o acompañados de un tercero de calibre 9, por ejemplo – suspiró don Camilo. – Es un detalle que tiene su importancia.

–Nada puede turbar una conciencia tranquila, don Camilo.

–Lo sé, Señor – dijo suspirando nuevamente don Camilo. – Lo malo es que habitualmente el que se comporta así no dispara contra la conciencia sino contra la espalda.

Don Camilo, sin embargo, no adoptó ninguna actitud. Transcurrió todavía algún tiempo y una noche, estando solo en su casa, leyendo, "sintió" repentinamente los ojos.

Y eran tres. Levantó lentamente la cabeza y vio en primer término el ojo negro de una pistola y luego los ojos del Rubio.

–¿Debo levantar las manos? – le preguntó tranquilamente don Camilo.

–No quiero hacerle daño – contestó el Rubio guardando el arma en el bolsillo del saco. – Temía que se asustara viéndome de repente y que se pusiera a gritar.

–Entiendo – repuso don Camilo. – ¿No se te ha ocurrido que llamando a la puerta te hubieras ahorrado todo este trabajo?

El Rubio no contestó y fue a apoyarse en el alféizar de la ventana. Luego, de pronto se volvió y se sentó junto a la mesa de don Camilo.

Tenía el pelo revuelto, los ojos cavados en profundas ojeras y la frente llena de sudor.

–Don Camilo, – dijo el Rubio entre dientes – al de la casa del dique lo despaché yo.

Don Camilo encendió el "toscano".

–¿Al del dique? – dijo tranquilamente – ¡Bah! Asunto viejo, cuestión de índole política que entró en la amnistía. ¿De qué te preocupas? Estás en paz con la ley.

El Rubio se encogió de hombros.

– Me importa un pito de la amnistía – dijo con rabia. – Yo todas las noches apenas apago la luz lo siento junto a mi cama. No consigo comprender qué me sucede.

Don Camilo arrojó una bocanada de humo azul.

–No es nada, Rubio – le dijo sonriente. – Un consejo: duerme con la luz encendida.

El Rubio saltó en pie.

–¡Vaya usted a tomarle el pelo al cretino de Peppone – gritó, – no a mí!

–En primer lugar, Peppone no tiene nada de cretino; y segundo: yo nada más puedo hacer por ti – dijo don Camilo.

–Si hay que comprar velas o hacer alguna ofrenda a la iglesia, yo pago. Pero usted debe absolverme, ya que con la ley estoy en paz.

–En efecto, hijo – dijo con dulzura don Camilo. – Lo malo es que la amnistía para las conciencias no la han dictado y por eso aquí aun se continúa con el sistema primitivo. Para ser absueltos es preciso arrepentirse y luego demostrar estar arrepentidos y luego proceder de manera que se merezca el perdón. Trámite largo.

El Rubio lanzó una risotada.

–¿Arrepentirme? ¿Arrepentirme de haber despachado a aquél? ¡Siento haber despachado uno sólo!

–Es una materia en la que soy por completo incompetente. Por otra parte, si tu conciencia te dice que has hecho bien, no hay problemas – dijo don Camilo abriendo un libro ante los ojos del Rubio. – ¿Ves?, nosotros tenemos reglamentos muy precisos que no admiten la excepción del móvil político. Quinto: no matar. Séptimo: no robar.

–¿Qué tiene que ver eso conmigo? – preguntó el Rubio con voz misteriosa.

–Nada – lo tranquilizó don Camilo.–Me parecía que tú me habías dicho que con la excusa de la política, lo habías asesinado para apoderarte de su dinero.

–¡No he dicho eso! – gritó el Rubio sacando a relucir la pistola y apuntándola a la cara de don Camilo. – ¡No lo dije, pero es verdad! ¡Sí, es verdad, y si usted tiene el valor de contarlo, lo fulmino!

–Nosotros estas cosas no se las decimos ni siquiera al Padre Eterno – dijo don Camilo, tranquilizándolo. – De todos modos, Él lo sabe mejor que nadie.

El Rubio pareció calmarse. Aflojó la mano y miró la pistola.

–¡Qué cabeza! – exclamó riendo. – Ni me había dado cuenta de que estaba con el seguro.

Hizo girar el tambor y dejó la bala encañonada.

–Don Camilo – dijo luego con voz extraña; – estoy harto de ver a ése junto a mi cama. Aquí no hay vuelta: o usted me absuelve o disparo.

La pistola le temblaba ligeramente en la mano. Don Camilo palideció y miró al Rubio en los ojos. Jesús – dijo mentalmente, – este perro está rabioso y disparará. Una absolución concedida en estas condiciones no tiene valor. ¿Qué hago?

–Si tienes miedo, absuélvelo – respondió la voz del Cristo.

Don Camilo cruzó los brazos sobre el pecho.

–No, Rubio – dijo.

El Rubio apretó los dientes.

–Don Camilo, ¡déme la absolución o disparo!

–No.

El Rubio apretó el gatillo y el gatillo cayó, pero el tiro no salió.

Entonces fue don Camilo el que disparó, y el tiro dio justo en el blanco, porque las trompadas de don Camilo siempre hacían impacto. Luego subió al campanario y a las once de la noche repicó a fiesta durante veinte minutos. Todos dijeron que don Camilo se había vuelto loco, todos menos el Cristo, que meneó la cabeza sonriendo, y el Rubio, que, corriendo enloquecido, a través de los campos, había llegado a la orilla del río y estaba por arrojarse al agua oscura; pero el repique de las campanas lo alcanzó y lo detuvo.

Y el Rubio volvió atrás, porque había escuchado una voz nueva para él y éste fue el verdadero milagro, pues una pistola que falla es un suceso de este mundo, pero que un cura eche a volar festivamente las campanas a las once de la noche es realmente cosa del otro mundo.



Dinero


por Juan Manuel de Prada
Tomado de XLSemanal

esucristo no condenó nunca el dinero, ni siquiera a los ricos. El dinero está presente en su vida (sus discípulos llevaban una bolsa con monedas para los gastos corrientes) y en su predicación (recordemos, por ejemplo, la parábola de los denarios). Trató con familiaridad a algunos ricos (así, por ejemplo, al fariseo Simón, que lo acoge en su casa y lo invita a comer); y algunos de sus amigos más queridos eran, inequívocamente, hombres adinerados: pensamos, por ejemplo, en Nicodemo, que «acudía a Jesús de noche»; pensemos en Lázaro, que tal como nos lo presenta el pasaje de la Unción de Betania tenía que ser necesariamente un hombre de posición desahogada; pensemos, en fin, en José de Arimatea, propietario del sepulcro donde Jesús fue enterrado.
Tampoco despacha Jesús con maldiciones al joven rico que se le acerca; tan sólo le pide que emplee sus caudales en empresas que le aseguren un «tesoro en los cielos». Jesús no execra el dinero cuando contribuye a aliviar la pobreza o cuando sirve para agasajar y honrar a un amigo; execra el mal uso del dinero, y como sabe que la debilidad humana propende a este mal uso lanza esa admonición que erróneamente se ha interpretado como una condena sumaria de la riqueza: «Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que entre un rico en el Reino de los Cielos».
Lo que Jesús condena es la adoración del dinero, su conversión en «ídolo de iniquidad», como lo denomina en la parábola del Administrador Infiel, que no se puede entender plenamente si no aceptamos que Jesús estaba dotado de un sentido del humor sarcástico y nada complaciente. Lo que se entiende diáfanamente es la enseñanza con la que Jesús concluye esta parábola: «No podéis servir a Dios y a las riquezas». ¿Y en qué consiste esta adoración de las riquezas? Consiste en sustituir la naturaleza real del dinero como instrumento de cambio (dinero que nos permite comprar bienes y producirlos) por una naturaleza de tipo espectral, en la que el dinero deja de representar cosas reales para convertirse en una fantasmagoría, que los adoradores del ídolo de iniquidad denominan ‘capital financiero’.
Leonardo Castellani, en una de sus sabrosas prédicas domingueras, explica el nacimiento de esta fantasmagoría, ficción o estafa, convertida en dogma de fe por el capitalismo (ya se sabe que las idolatrías son falsificaciones de la religión): «El Banco de Inglaterra se fundó en esta forma: el rey Guillermo III necesitaba 1.200.000 esterlinas, y se las prestó un prestamista judío de Fráncfort llamado Rothschild, o sea, `escudo rojo´; con esta condición: el rey recibía esa cantidad en oro, y la debía a Rothschild; y Rothschild recibía autorización para emitir un millón y pico de billetes y prestarlos; eso se llamó ‘el activo’ del Banco. De modo que, ustedes ven, el dinero se ha multiplicado por dos: el rey tiene un millón y lo gasta; el Banco tiene otro millón y lo presta; y el rey sigue debiendo un millón de libras. Como el dinero representa bienes (y si no, ningún valor tiene) y se ha multiplicado por dos, y los bienes no se han multiplicado por dos, los bienes cuestan ahora el doble; y ese aumento, que va a parar a los cofres de Rothschild, lo paga el consumidor». Sobre este enjuague tan graciosamente expuesto se funda la conversión del dinero en «ídolo de iniquidad».
Y sobre esa idolatría fantasmagórica ha estado el mundo funcionando durante siglos, entregado a un culto plutoniano que ahora se desmorona. Los bancos, que tenían en depósito una cantidad de dinero real, han prestado dinero espectral (es decir, dinero que no existe, que los banqueros y los politiquillos que los sostienen llaman eufemísticamente ‘crédito’) por cantidades que lo multiplican por dos, y por cuatro, y por ocho, en la convicción de que la fantasmagoría no se iba a desmoronar, porque la pobre gente engañada por la idolatría tiene la experiencia de que, cuando va a recoger su dinero del banco, el banco se lo devuelve. Lo cual, naturalmente, no ocurriría si los depositantes acudieran en masa, acuciados por el pánico, a recoger su dinero; y, para que el pánico no se desate, los politiquillos respaldan a los bancos en la fantasmagoría, pero cargando ese respaldo en la deuda estatal, o sea, en las espaldas de los contribuyentes, convertidos en paganos en la doble acepción de la palabra: porque ponen la guita y porque creen en una idolatría inicua.
Hemos entregado nuestro dinero a una fantasmagoría y contribuimos a su sostenimiento con nuestros impuestos. Y esto es sólo el castigo que sufriremos en nuestra andadura terrenal; el otro castigo que nos aguarda es el que se reserva a los adoradores de Plutón.

En el centenario de la Pascendi




Conferencia pronunciada en el

Círculo Antonio Molle Lazo


por José Miguel Gambra






a encíclica de San Pio X llamada Pascendi fue publicada ahora hace 100 años contra el modernismo y estaba precedida del decreto Lamentabili, donde se condenaban unas decenas de proposiciones extraídas de esa corriente de pensamiento. Como parece propio de su conmemoración podría empezar por mencionar las circunstancias en que fue escrita, por citar los autores más destacados cuyas ideas provocaron en aquel momento esa reacción de la jerarquía eclesiástica. Cabría hablar de Loisy, de Le Roy y de Tyrrel entre otros, pues sin duda ellos y los filósofos en los que se inspiraron inmediatamente, como Blondel y Bergson, y otros más remotos, ya pertenecientes a la órbita del protestantismo, como Schleiermacher y Strauss, pero sobre todo Kant.
Sin embargo, prefiero adoptar otra perspectiva. Porque entender la Pascendi como condenación en un momento dado de las doctrinas de unos pensadores muy determinados es, en cierta medida, hacerle el juego a los propios modernista y a sus sucesores. En efecto, esta encíclica, en cuanto constituye una parte del magisterio ordinario, por cuanto se halla en consonancia con lo que la Iglesia ha mantenido desde sus comienzos, tiene un alcance muy superior al de unas circunstancias determinadas.
El modernismo pretende que los documentos eclesiásticos tienen una vigencia limitada y transitoria que se debe comprender a la luz de unas condiciones ambientales particulares; los conciben como respuestas de la jerarquía a retos momentáneos que nunca deben sacarse fuera de su contexto histórico. Y así, respecto de la Pascendi los historiadores de la Iglesia, más o menos progresistas, estás dispuestos a reconocer la imprudencia y exageración de los autores que inmediatamente provocaron lo que llaman crisis del modernismo. Pero, al mismo tiempo, califican de injusta lo que llaman tendencia integrista que extiende a otras época, a otros movimientos y a otros autores las condenas contenidas en la encíclica y el decreto. Así, un importante prelado, cuyo nombre no citaré, decía no hace mucho:
"hay decisiones del Magisterio que (...) son sobre todo una expresión de prudencia pastoral y una especie de disposición provisional (...). Se puede pensar al respecto en las declaraciones de los Papas del siglo pasado sobre libertad religiosa, así como en las decisiones antimodernistas de comienzos de este siglo (...). En los aspectos de sus contenidos, [estas declaraciones y decisiones] fueron superadas, después de haber cumplido su deber pastoral en un determinado momento histórico".
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24 o 25 de Febrero*, Festividad de San Matías, Apóstol



Hechos de los Apóstoles


n aquellos días, levantándose Pedro en medio de los hermanos (era el número de las personas congregadas casi de ciento veinte), dijo: Hermanos, es menester que se cumpla la Escritura que predijo el Espíritu Santo por boca de David, en or­den á Judas, que fue el conductor de los que prendieron á Jesús, el cual era de vuestro número, y obtuvo la suerte de este ministerio. Éste, pues, poseyó un cam­po en recompensa de la iniquidad, y, habiéndose ahorcado, reventó por en medio, y se derramaron todas sus entrañas. Y la cosa se ha hecho notoria á todos los ha­bitadoras de Jerusalén; de manera, que aquel campo vino á llamarse en su lengua Haceldama, esto es, campo de sangre. Pues en el Libro de los Salmos (Salmo 108) está escrito: Hágase la habitación de ellos un desierto, ni haya quien la habite, y el cargo (obispado) de ello obtenga otro. Es necesario, pues, que de estos hombres, que han estado uni­dos con nosotros, todo aquel tiempo que hizo entre nosotros mansión el Señor Jesús, comenzando desde el bautismo de Juan, hasta el día en que se subió robándo­se á nuestra vista, uno de ellos sea constituido para dar con nosotros testimonio de su resurrección. Y señalaron dos: á José, que se llamaba Bársabas, el cual se lla­maba por sobrenombre el Justo, y á Matías. E hicieron oración, diciendo: Tú, Se­ñor, que ves los corazones de todos, declara á cuál de estos dos has elegido para recibir el puesto de este ministerio y apostolado, del cual prevaricó Judas (Iscariotes), para ir á su destino (por su culpa al infierno). Y echaron suertes, y cayó la suerte sobre Matías, y fue agregado á los once Apóstoles.

* En años bisiestos se festeja el 25 de Febrero.

23 de febrero de 2009

Santoral de 22 y 23 de Febrero

Nota del Editor:

Por razones ajenas a mi voluntad, esta computadora estuvo fuera de servicio desde las 20.00 hs del 22/02 hasta las 21.00 del 23/02, tiempo que demandó su reparación.
Pido disculpas por la falta de actualización del Santoral.
Solo Dios (...y Mandinga) saben que fue lo que pasó, porque el servicio técnico no pudo dilucidarlo, pero hubo que cambiar disco rígido y sistema operativo (ambos nuevos y con licencia, no terminados de pagar aún).
¿Virus? ¿Hacker?¿Falla técnica?...
De todos modos subsanado el inconveniente, el Cruzamante vuelve a la palestra.


22 de Febrero. La Cátedra de San Pedro.

El Evangelio es del cap. 16 de San Mateo.

En aquel tiempo vino Jesús á tierra de Cesárea de Filipo, y preguntaba a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Y ellos dijeron: Unos que es Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías, ó al­guno de los profetas. Díjoles Jesús: Y vosotros ¿quién decís que soy?
Respondien­do Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Y respondiendo Je­sús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. Y te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la Tierra, será atado también en los Cielos; y todo lo que desatares sobre la Tierra, será desatado también en los Cielos.

Tomado de un sermón de San León Magno:

De todos se elige a Pedro, a quien se pone al frente de la misión universal de la Iglesia, de todos los apóstoles y los Padres de la Iglesia; y, aunque en el pueblo de Dios hay muchos sacerdotes y muchos pastores, a todos los gobierna Pedro, aunque todos son regidos eminentemente ­por Cristo. La bondad divina ha concedido a este hombre una excelsa y admirable participación de su poder, y todo lo que tienen de común con Pedro los otros jerarcas, les es concedido por medio de Pedro. El Señor pregunta a sus apóstoles qué es lo que los hombres opinan de él, y en tanto coinciden sus respuestas en cuanto reflejan la ambigüedad de la ignorancia humana. Pero, cuando urge qué es lo que piensan los mismos discípulos, es el primero en confesar al Señor aquel que es primero en la dignidad apostólica. A las palabras de Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo , le responde el Señor: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Es decir: «Eres verdaderamente dichoso porque es mi Padre quien te lo ha revelado; la humana opinión no te ha inducido a error, sino que la revelación del cielo te ha iluminado, y no ha sido nadie de carne y hueso, sino que te lo ha enseñado aquel de quien soy el Hijo único». Y añade: Ahora te digo yo, esto es: «Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, igualmente yo ahora te doy a conocer tu dignidad: Tú eres Pedro, que soy la piedra inviolable, la piedra angular que ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, yo, que soy el fundamento, fuera del cual nadie puede edificar, te digo a ti, Pedro, que eres también piedra, porque serás fortalecido por mi poder de tal forma que lo que me pertenece por propio poder sea común a ambos por tu participación conmigo». Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. «Sobre esta fortaleza –quiere decir– construiré el templo eterno y la sublimidad de mi Iglesia, que alcanzará el cielo y se levantará sobre la firmeza de la fe de Pedro». El poder del infierno no podrá con esta profesión de fe ni la encadenarán los lazos de la muerte, pues estas palabras son palabras de vida. Y del mismo modo que lleva al cielo a los confesores de la fe, igualmente arroja al infierno a los que la niegan. Por esto dice al bienaventurado Pedro: Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. La prerrogativa de este poder se comunica también a los otros apóstoles y se transmite a todos los obispos de la Iglesia, pero no en vano se encomienda a uno o que se ordena a todos; de una forma especial se otorga esto a Pedro, porque la figura de Pedro se pone al frente de todos los pastores de la Iglesia.


23 de Febrero, San Pedro Damián, Obispo, Confesor y Doctor



San Pedro Damián fue, indudablemente, uno de los hombres que más intensamente trabajaron en el siglo XI para fomentar el espíritu de consagración absoluta a Dios y de la más austera vida de soledad y penitencia, al lado de San Romualdo, San Juan Gualberto y San Nilo. Mas, forzado por la necesidad de los tiempos y en particular por la obediencia al Romano Pontífice, trabajó también incansablemente por la reforma eclesiástica en multitud de legaciones y otras difíciles empresas, con todo lo cual debe ser considerado, al lado de San Gregorio VII, como uno de los hombres más insignes y beneméritos de la Iglesia en el siglo XI.

Nacido en Ravena en 1007, Pedro era el último de los hijos de una familia pobre y numerosa, y después de muchas privaciones, habiendo quedado huérfano en la más tierna edad, fue educado con dureza por uno de sus hermanos mayores. Tratado como un esclavo, iba con los pies desnudos y vestido de andrajos, y ya en su temprana edad fue ocupado en apacentar los animales. Mas, compadecido de él otro hermano suyo, llamado Damián, hombre piadoso y de buen corazón, lo tomó a su cargo e hizo de padre con él. De este modo, Pedro pudo adquirir una sólida formación sucesivamente en Ravena, Faenza y Parma, y, en agradecimiento a su hermano, se llamó en adelante Pedro Damián. Más aún: con sus extraordinarias cualidades, a los veinticinco años era profesor en Parma y más tarde en Ravena.

Pero ya desde entonces se sintió atraído de un modo irresistible hacia Dios. Empezó a ejercitarse en rigurosos ayunos, vigilias y oración; ciñóse un cilicio debajo de sus vestidos, para defenderse contra las tentaciones de la carne, y daba todo lo que podía a los pobres y necesitados, y sintiendo que Dios le exigía más todavía, decidióse a abandonar el mundo y abrazar la vida monástica en el más absoluto apartamiento.

Mientras se entretenía él con estos pensamientos, presentáronsele dos monjes del desierto de Fonte-Avellana, donde Landolfo, discípulo de San Romualdo, había fundado un monasterio. Con su mediación, se dirigió Pedro a esta soledad, donde comenzó inmediatamente a ejercitarse en las prácticas de la vida monástica. Los ermitaños de Fonte-Avellana vivían a pares en celdas separadas, ocupábanse sobre todo en la oración y lectura espiritual y llevaban una vida de gran austeridad. Pedro se entregó de lleno a este género de vida, por la cual fue pronto admitido a la profesión. Sintiéndose entonces como en su centro y movido de su abrasado amor de Dios, ejercitóse en las mayores austeridades; pero el resultado fue que experimentó fuertes dolores de cabeza y gran debilidad en su salud. Esto le hizo comprender que debía moderar aquellos excesos, y, en efecto, así lo hizo en adelante, procurando aprovechar esta enseñanza en la dirección de los demás. Todo esto le ofreció ocasión oportuna para entregarse al estudio de la Sagrada Escritura, que utilizó siempre en sus instrucciones a los monjes. Al mismo tiempo se preparó de esta manera para la composición de las importantes obras que más tarde escribió.

Con su vida ejemplar v con los conocimientos que fue adquiriendo, se constituyó bien pronto en el verdadero maestro de los ermitaños reunidos en Fonte-Avellana. La fama del monasterio atrajo cada día nuevos discípulos. Pedro Damián fue algún tiempo ecónomo y a la muerte del prior fue elegido él para sucederle en el cargo. Organizóse en las proximidades otro monasterio llamado Nuestra Señora de Sitria, y asimismo se fundaron otros cuatro centros de ermitaños, cuya dirección mantenía Pedro Damián. La forma de vida de los camaldulenses tomó algunas características especiales, que constituyen la obra de San Pedro Damián, cuyo centro principal era Fonte-Avellana. No nos dejó el Santo ninguna regla completa; mas, con lo que podemos ver en sus escritos, aparecen los rasgos más característicos. Se observaba el más absoluto silencio, y aunque no se habla de trabajo manual, sabemos que éste constituía una de las bases de la vida de los ermitaños. Por otra parte, él mismo les dirigía frecuentes instrucciones y les inspiró desde un principio un amor filial a la Santísima Virgen.

En realidad, pues, San Pedro Damián puede ser incluido en el número de los fundadores de este nuevo género de vida religiosa, mezcla de vida solitaria y de comunidad, que tanto fruto reportó a la Iglesia. Entre sus discípulos sobresalieron algunos por sus altos cargos y por sus virtudes, como Santo Domingo Loricatus y San Juan de Lodi, sucesor suyo como superior, quien escribió su vida y más tarde fue obispo de Gubbio.

Pero su celo por la gloria de Dios y el bien de las almas no se limitó a estos monasterios, que estaban bajo su dirección. Todavía durante esta primera etapa de su vida, en que se nos presenta como gran asceta cristiano, como fundador de monasterios y maestro de aquella vida austera de soledad y penitencia, mantuvo contacto con diversos monasterios o religiosos de otras órdenes y aun con eminentes seglares, como aparece en algunas de sus cartas y otros escritos. Pero debemos observar que este contacto con el mundo exterior no tenía otro objeto que la exaltación de la vida de austeridad y penitencia y en corregir los vicios y corrupción, que tantos estragos hacían en todas partes.

De este modo se preparaba San Pedro Damián para lo que debía ocuparlo durante la segunda parte de su vida, que era el servicio de la Iglesia con importantes cargos y legaciones, es decir, con una vida apostólica de intensa actividad, tan contraria a su inclinación espiritual a la soledad y penitencia. Aunque apartado por completo del mundo, Pedro Damián conocía perfectamente la triste situación de la Iglesia hacia el año 1044 durante el pontificado del tristemente célebre Benedicto IX (1032-1044). Por otro lado, sabía muy bien el profundo arraigo que tenían en la Iglesia los dos vicios fundamentales de la simonía y el concubinato. Por esto saludó con transportes de alegría el advenimiento de Gregorio VI (1045-1046), quien, lleno de los mejores deseos, fue el primero en echar mano del gran Hildebrando, el futuro Gregorio VII. Luego, en 1046, asistió en San Pedro de Roma a la coronación del emperador Enrique III, quien providencialmente ponía término al estado irregular de la Iglesia, y en 1047 al concilio de Letrán, en que fueron promulgados importantes decretos de reforma.

Pedro Damián se volvió entonces a su retiro de Fonte-Avellana, decidido a seguir la vida de soledad y penitencia.

Pero entonces precisamente era necesario poner al servicio inmediato de la Iglesia y del Papado su elevado espíritu y el gran prestigio de santidad de que gozaba. Por esto, el noble emperador Enrique III, que tanto estimaba sus virtudes, lo decidió a intervenir. Así pues, Pedro Damián, impulsado por Enrique III, compuso y dirigió una célebre carta a Clemente II (1048), en la que lo exhortaba a dar un impulso más eficaz a la reforma eclesiástica. Pero la muerte del Papa impidió se tomara ninguna medida en este punto. Fue León IX (1048-1054) quien inició con mano enérgica la nueva campaña contra la simonía y relajación eclesiástica, para lo cual nombró cardenal-diácono a Hildebrando, quien fue en adelante el alma del movimiento reformador.

Por su parte, Pedro Damián, que sólo ansiaba el mejoramiento de la Iglesia, publicó entonces su célebre obra Libro Gomorriano, como si dijéramos, Libro de los incontinentes, que dedicó al papa León IX. Su realismo vivo y a las veces algo exagerado va encaminado a convencer a los Papas y a todos los dirigentes a poner remedio a tanto mal. León IX reconoció la buena intención de Pedro Damián; pero no creyó prudente proceder con tanto rigor. De hecho, mientras Hildebrando desarrollaba una intensa actividad reformadora durante este pontificado, Pedro Damián no tuvo apenas intervención en ningún asunto público. Lo mismo sucedió durante el pontificado siguiente de Víctor II (1055-1057), si bien se conservan cartas sumamente interesantes, dirigidas por él durante este tiempo a ambos Papas.

Pero desde el pontificado de Esteban IX (1057~1058) cambió por completo la situación. El nuevo Papa decidió crearlo cardenal-obispo de Ostia y sólo utilizando los medios extremos de amenaza de excomunión logró vencer la resistencia de su profunda humildad. Él mismo, personalmente, puso en su dedo el anillo episcopal. Pero la muerte prematura de este Papa frustró los vastos planes de reforma que proyectaba con la ayuda de Pedro Damián. Hubo entonces un conato de cisma y Damián se retiró algún tiempo a Fonte-Avellana; mas, con la elección de Nicolás II (1059-1061), Pedro Damián volvió de nuevo a su campo de batalla y precisamente los años siguientes significan el período de su mayor actividad por medio de las más importantes legaciones.

En efecto, ya el año 1059 recibió del Romano Pontífice su primera legación a Milán, que se hallaba en una situación desesperada, sobre todo por la simonía y la incontinencia de los clérigos. Pedro Damián y Anselmo de Lucca, designados como legados pontificios, celebraron inmediatamente un sínodo y, tras enconadas luchas, se restableció el orden.

El pontificado de Alejandro II (1061-1072) dio de nuevo ocasión a Damián para prestar extraordinarios servicios a la Iglesia y ejercitar su celo apostólico. Al ser nombrado el antipapa, Pedro Damián compuso una de sus más célebres obras, dirigida a la asamblea de Augsburgo de 1062, que contribuyó eficazmente a la solución del cisma. En 1063 desempeñó otra legación, acompañado de Hugón de Cluny, en favor de la abadía de Bourgogne y de otras cluniacenses frente a Drogón, obispo de Macón. El resultado fue enteramente favorable. Asimismo visitó Limoges y trabajó por la reforma de la abadía de San Marcial; estuvo en Sauvigny, donde fue ocasión de un milagro "de San Odilón de Cluny. Por todo ello, los cluniacenses le quedaron sumamente agradecidos. Finalmente intervino con el joven rey alemán Enrique IV, a quien dirigió luego una excelente carta en defensa de los derechos pontificios.

Después de todo esto, renováronsele sus ansias de soledad y de oración, por lo cual suplicó a Alejandro II le permitiera renunciar a todas sus dignidades. Hildebrando, que apreciaba en lo justo la fuerza de su virtud y ejemplo para la realización de las empresas que se le encomendaban, le opuso toda clase de dificultades, diciéndole al fin con su buen humor que, si se empeñaba en ello, le imponía una penitencia de cien años. A esto repuso Damián que aceptaba la penitencia y, en efecto, se retiró a Fonte-Avellana.

Vuelto a su amado retiro, se entregó de nuevo con alma joven a la vida de austeridad y oración, que él tanto amaba. Renovó los ayunos, vigilias y toda clase de mortificaciones. En el capítulo, después de dirigir alentadoras exhortaciones a todos, se acusaba de sus propias faltas, como pudiera hacerlo el más sencillo novicio, y tomando la disciplina, se flagelaba sin compasión. Tan precioso ejemplo sirvió para renovar el espíritu de todos los monjes.

Todavía tuvo que abandonar su amada soledad en servicio de la Iglesia. En 1066 acudió a Montecasino, donde pasó veinte días, dando los mejores ejemplos a todos sus moradores. El mismo año fue a Florencia, enviado por Alejandro II, para terminar un conflicto con los monjes de Valleumbrosa. Algo más tarde se vio de nuevo forzado a emprender, en nombre del Papa, un viaje a Alemania para tratar con Enrique IV el asunto de su divorcio, y en un concilio hizo triunfar los derechos de la moral cristiana. Finalmente, poco antes de su muerte, a principios de 1072, desempeñó una última legación en la que logró reconciliar a los habitantes de Ravena con el Romano Pontífice.

Precisamente cuando volvía de prestar este último servicio a la Iglesia y se dirigía a Ronta a dar cuenta del resultado de su misión, se sintió en Faenza atacado por la fiebre, retiróse al monasterio de Nuestra Señora de los Angeles y allí murió el 12 de febrero de 1072 en presencia de gran número de monjes.

Su muerte fue, en verdad, digna de una vida de piedad y servicio de Dios y de su Iglesia. San Pedro Damián fue un precursor de la gran obra reformadora que completó Gregorio VII (el antiguo Hildebrando) desde su elevación al Pontificado en 1073. Sus exhortaciones y sermones están llenos de la más cristiana elocuencia. Sus voluminosos escritos, que le han merecido el título de Doctor de la Iglesia, están llenos de gran erudición y con su vehemencia característica ensalzan la belleza y elevación de la vida monástica o descubren las horribles lacras de la corrupción y relajación de su tiempo.

BERNARDINO LLORCA, S. I.

¿Quién mató a Marta del Castillo?


por Juan Manuel de Prada


Tomado de ABC





UIÉN mató a Marta del Castillo? Las víctimas de los monstruos lo son primero del clima social corrompido donde los monstruos se forman. En un clima moral donde se banalizan los afectos, donde se invita a los adolescentes a que traduzcan sus vivencias emotivas en «conducta sexual», donde se promueve la ruptura de los vínculos humanos, donde se combate la noción de autoridad familiar, donde los medios de comunicación exhortan a la promiscuidad festiva y los poderes públicos se erigen en dispensadores de una educación moral laxa, ¿cómo extrañarnos de que quienes padecen alguna tendencia fácilmente reprimible hacia lo anormal o aberrante se sientan inducidos a consumar tal tendencia? Si a un individuo con tendencias levemente torcidas lo educamos sin ninguna base espiritual y lo invitamos a pisotear todos los frenos sociales, ¿cómo extrañarnos de que, alcanzado por el hastío o por la ira, se incline cada vez más hacia el crimen? Más culpables que estos monstruos que asesinan niñas son quienes exacerban sus pasiones.
En estos días, vemos cómo se reclama la introducción de la cadena perpetua en nuestro sistema punitivo. Ante lo cual convendría realizar una reflexión sobre la naturaleza del castigo. Desde el momento en que se niega la autoridad de una ley suprema de justicia que no es dictada ni puede ser modificada por los hombres -lex divina-, el castigo sólo considera el perjuicio inferido a terceros. Pero existe, además de ese perjuicio, la ofensa a la ley suprema de justicia, y la retribución que se le debe. Mientras no admitamos como fundamento de todo derecho penal la existencia de una ley suprema de justicia a la que deben acomodarse todas las leyes que los hombres dictan, mientras se niegue la posibilidad de combatir el mal en sus fundamentos, los monstruos seguirán causando estragos. Y, cuando los monstruos causan estragos, el pueblo reacciona instintivamente demandando mayor severidad en el castigo. Si el pueblo estuviera persuadido de que la justicia humana sería el implacable brazo ejecutor de una ley suprema, no se entregaría a manifestaciones como las mencionadas. Pero el pueblo va perdiendo la confianza en una justicia que niega la autoridad de una ley suprema; y esa desconfianza se transforma en odio hacia los monstruos. Para acabar con esto, el clima moral que corrompe la sociedad debe ser atacado en sus raíces. Mientras la noción de ley suprema no lave el barrizal positivista que ha propiciado este clima moral corrompido, todo será arar sobre el mar.
No combatimos contra monstruos, sino contra un virus espiritual. Si a un hombre se le incita a pensar inmoralmente, terminará actuando inmoralmente. El escándalo montado en estos días por los medios de comunicación, cómplices activos en el sostenimiento de un clima social corrompido, es, por lo demás, de una hipocresía sórdida que no hace sino acrecentarlo. Allá en la Edad Media -la bárbara Edad Media, que diría un analfabeto-, se ocultaba el crimen y se hacía público el castigo, para corrección del culpable y enseñanza del pueblo. En nuestra época -tan civilizada, que diría un analfabeto- se oculta el castigo y se hace ostentación del crimen a través de los medios de comunicación; y el crimen, en alas de una publicidad macabra, se convierte en una imagen obsesivamente atractiva para el pueblo, o bien provoca en él un revoltijo de indignación y curiosidad morbosa, pasiones ciegas que no hacen sino convertir la sociedad en un manicomio donde florece el afán de venganza, en lugar de brindarle una gran lección de humanidad y justicia, como ocurría en aquella bárbara Edad Media. Que, a diferencia de esta edad tan civilizada, creía en la existencia de una ley suprema, y en la retribución que exige su ofensa.


22 de febrero de 2009

¡Qué se se vayan todos!



por Ismael Medina





A se producido cuando escribo la huelga de los jueces. Importa muy poco si han sido muchos o pocos los magistrados que la han seguido o el hecho, sin duda significativo, de que también se haya sumado la asociación de los jueces de ideología izquierdista. Lo que importa es que los jueces han ido por primera vez a la huelga en España para protestar contra la política judicial del gobierno. Pero aún más lo es que el ministro de Justicia haya pedido a los secretarios judiciales que tomen nota y den cuenta de los magistrados huelguistas. Una medida típica de estadios revolucionarios de cariz marxista, necesitados de delatores voluntarios o forzados. Los de mi edad ya lo vivimos desde que en febrero de 1936 el Frente Popular ocupó el poder. Aunque con eufemismos muy propios de la revolución rodriguezca, desde el gobierno, y más todavía por boca y acción de Bermejo, se viene a decir de quienes quieren una Justicia eficaz e independiente que son los quintacolumnistas de la reacción antidemocrática. “La oreja del fascismo” que pregonaban grandes carteles bajo el gobierno de Negrín e incitaban a la eliminación por las milicias de sus enemigos emboscados.
El académico de Jurisprudencia y Legislación Manuel Álvarez Buylla Ballesteros envió a “ABC” una carta en la que recuerda la intervención en el Congreso de los Diputados (1932) de su bisabuelo Melquíades Álvarez en el curso de un debate sobre la independencia del Poder Judicial. Merece la pena reproducir las palabras de Melquíades Álvarez a causa de su rabiosa actualidad:
“ Yo aprendí en mi adolescencia, cuando se hablaba mucho del régimen parlamentario, unas frases que me parecen esculpidas para este debate:
“Cuando queráis saber si un pueblo es verdaderamente libre o no lo es, no os fijéis en las instituciones políticas, en que existe dualidad de Cámaras, en que haya sufragio universal o no exista sufragio; fijaos exclusivamente en la Justicia. Si la Justicia es un poder ante el cual se postergan los gobernantes y los ciudadanos, aquel es un país libre. Si la Justicia no es semejante Poder y la ley se estira o afloja en una especie de lazo en el que pueden caer prisioneros los ciudadanos, huid de este país aunque se llame un país libre; la libertad es una vana palabra; es una pantalla con la cual se oculta una abominación; huid de país porque en él, no siendo independiente la Justicia, ni hay respeto para la ley ni tienen garantías los ciudadanos”.
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El Credo comentado (6)



por Santo Tomás de Aquino, O.P.




Artículo 5

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS, Y AL TERCER DÍARESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS






77.—Como ya dijimos, la muerte de Cristo consistió, como en los demás hombres, en que su alma se separó de su cuerpo; pero de manera tan indisoluble está unida la Divinidad a Cristo hombre, que aun cuando el alma y el cuerpo se separaron entre sí, la misma Deidad estuvo siempre perfectísimamente unida al alma y al cuerpo, por lo cual en el sepulcro estuvo el Hijo de Dios con el cuerpo, y descendió a los infiernos (1) con el alma.

78.—Por cuatro razones descendió Cristo con su alma a los infiernos.La primera fue soportar toda la pena del pecado, para expiar así toda la culpa. Porque la pena del pecado del hombre no era sólo la muerte del cuerpo, sino que también era un sufrimiento del alma. Porque como el pecado era también por parte del alma, también la misma alma era castigada por la privación de la visión divina. De modo que sin esa pena, de ninguna manera se satisfacía. Por ello, después de muertos, todos descendían, aun los santos Padres, antes de la venida de Cristo, a los infiernos. Así es que para soportar toda la pena debida a los pecadores, Cristo quiso no sólo morir, sino también bajar con el alma a los infiernos. De aquí que diga el Salmo 87, 5-6: "Contado entre los que bajan a la fosa, soy como un hombre acabado, libre entre los muertos". Pues los demás estaban allí como esclavos, pero Cristo como libre.

79.—La segunda fue el socorrer perfectamente a todos sus amigos. En efecto, El tenía amigos no sólo en el mundo sino también en los infiernos. Pues se es amigo de Cristo en la medida en que se tiene caridad, y en los infiernos había muchos que habían muerto con la caridad y la fe en El que había de venir, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y otros justos y varones perfectos. Y como Cristo había visitado a los suyos en el mundo y los había socorrido por su propia muerte, quiso también visitar a los suyos que estaban en los infiernos y socorrerlos bajando hasta donde se hallaban ellos. Eccli 24, 45: "Penetraré a todas las profundidades de la tierra, y visitaré a todos los que duermen, e iluminaré a cuantos esperan en el Señor".
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22 de Febrero, Domingo de Quincuagésima






por el R.P. Leonardo Castellani





DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA [Lc. 18, 3 1-43]






ste trozo, tomado del final de Lucas XVIII, contiene dos perícopas —como dicen— heterogéneas; de manera que habría que hacer propiamente dos homilías: una, donde Jesucristo profetiza por tercera vez a sus discípulos su Pasión y Muerte; y enseguida, la curación del ciego de Jericó, que no fue un ciego sino dos ciegos; y que estaban a la vez a la entrada y a la salida de Jericó... si ustedes me entienden.


Jericó, Jericó,
donde Jesús salió y no entró,


cantan los chiquillos en España...
Este evangelio es el mejor ejemplo de la “discors concordia et concors discordia”, como llamó San Agustín en el siglo IV a lo que en el siglo XIX llamaron los críticos la Cuestión Sinóptica: efectivamente, la cura del ciego Bartimeo está en Mateo, Marcos y Lucas con una coincidencia general y con dos divergencias parciales:
a. Mateo dice que curó a dos ciegos.
b. Marcos dice que curó a un ciego —cuyo nombre pone— al salir de Jericó.
c. Lucas dice que curó a un ciego al llegar a Jericó; y los tres hablan del mismo episodio.
Dando por supuesto que los tres hagiógrafos dicen verdad, se presenta al lector fiel una pequeña adivinanza que es más fácil de resolver que las de Damas y Damitas; y es mucho más provechosa, aunque a decir verdad, derrotó a San Agustín. Y detrás queda otra adivinanza grande, un problema científico (¿Cómo fueron compuestos los Evangelios?) que fue decisivamente resuelto en forma admirable por una memoria técnica del gran lingüista y psicólogo francés Marcel Jousse intitulada: El Estilo Oral Rítmico y Mnemotécnico en los Pueblos Verbomotores. Porque aquel que se imagine a esos cuatro singulares relatos como obras escritas de acuerdo a los cánones de la retórica grecolatina —como por ejemplo las historias de Tucídides o de Tito Livio— dará grandes tropezones si se pone a leerlos. Ya les digo que al mismo San Agustín...
Les diré que fueron dos los ciegos y que el milagro tuvo como dos partes; y que Jesús entró y salió de Jericó por la misma puerta — Ricciotti para resolver la dificultad acude a una cosa rebuscada: que había dos Jericó—. Y con esto ustedes, si leen las tres narraciones, verán cómo concuerdan entre sí, e incluso cobran más vida en la mente del que las ha concordado.
El ciego Bartimeo, como el Centurión Romano del Domingo segundo después de Epifanía, es un ejemplo de fe viva y actuante. Después de darle la vista, Jesús lo alabó diciendo: “Tu fe te ha curado.” Efectivamente, el “hijo de Timeo”, que pedía limosna junto al camino, primero preguntó, después escudriñó, después creyó y después obró: ésta es la «fe actuosa», que dice San Agustín: la fe con obras, diferente de la fe dormida o muerta.
Al llegar Jesús a Jericó, el ciego oyó el tropel y el cotorreo y preguntó qué era; y le dijeron era el profeta de Nazareth: que se quedase quieto. Al salir Jesús de Jericó al día siguiente —después de haber convertido al petiso Zaqueo, gran hombre de negocios, y haber compuesto y recitado la parábola de la Buena Inversión— Bartimeo ya había averiguado mucho, y ya sabía quién era en realidad el “profeta de Nazareth”. Empezó a dar gritos: “¡Compadécete de mí, Hijo de David!”. Decirle a Cristo «el Hijo de David» era reconocerlo Mesías. Como la gente quería a la fuerza hacerlo callar y quedarse quieto, saltó y dejó parte de su vestimenta en manos de los comedidos, y a tientas buscó a Cristo; el cual al mismo tiempo lo había hecho llamar. Se lo trajeron y lo curó. Pero aunque no lo hubiese curado, ese cieguito en su ceguera ya veía más que muchos, que se tienen por linces. Otro cieguito fue también curado que andaba con él, como solían andar de a dos en Palestina.
Éstas son las cualidades del acto de fe: primero preguntó sumisamente; después averiguó diligentemente; después confesó paladinamente; después obró valientemente. Y así obtuvo lo que pidió: “Señor, que yo vea.” ¿Por qué Cristo no me cura de mi ceguera, que hace hoy 31 años que se lo pido, y que lo reconozco como Mesías? Puede que le falte a mi fe una de esas cualidades. Puede también que no le falte ninguna, y que Dios se contente con responder como en otros casos: “Que te baste mi gracia; porque la virtud en la enfermedad se engrandece.” Cristo dijo que todo lo que pidiéramos creyendo nos será hecho; algunas veces uno pide creyendo, y nada es hecho. No, es un error: eso que pedimos a veces no es hecho, pero otra cosa mejor es hecha. La oración de la fe jamás termina en la nada.
La profecía procede de la fe, enseña Santo Tomás. Cristo fue un gran profeta; justamente aquel “Gran Profeta” que había predicho Moisés que vendría después de él, que sería grande como él, “y que nos enseñaría todas las cosas” (Deut XVIII, 15-19). En este camino de Galilea a Jerusalén, el último camino que hizo, Cristo predijo por tercera vez su Pasión y su Muerte a sus discípulos; los cuales “no entendieron nada”, dice San Lucas. Esto le pasa por lo general a todos los profetas: no les creen. ¿Por qué? “Porque tenían miedo”, dice Marcos.
Homero inmortalizó en la figura de Casandra esa tragedia del profeta que no es creído.
La profecía de Cristo acerca de sí mismo es enteramente determinada y concreta: predice la entrega a los Gentiles, la ignominia, las escupidas, los azotes, la cruz; y lo más arcano de todo, la resurrección; es decir, el milagro: Lo Imposible. Si Cristo hubiese dicho: “Ahora vamos a Jerusalén; es una cosa sumamente riesgosa para mí, voy a acabar mal”, sería una profecía en sentido lato, que no sobrepasa las fuerzas humanas... Muchos hombres geniales han hecho profecías de este tipo, como en el siglo pasado Donoso Cortés, Nietzsche, Soren Kirkegor, por ejemplo. Son hombres que tiene un poder de retrovidencia, son capaces de mirar fuerte hacia atrás, y penetrar el Pasado; y de ahí les viene una especie de pálpito del Futuro. Donoso Cortés predijo que Inglaterra caería y Rusia se levantaría en Europa; Nietzsche previó muchísimas cosas del siglo XX; entre otras, las guerras mundiales; Kirkegor previó el éxito póstumo de sus libros y su gloria tardía. Pero estas profecías humanas — que son como parientes pobres de las profecías sobrenaturales — son generales y vagas; segundo, son a corto plazo; y, en fin, son de cosas ordinarias y razonables. Al contrario son las profecías sobrenaturales, que son verdaderos milagros, pues solamente Dios puede saber el futuro concreto y contingente; más, el futuro “imposible”.
Cristo profetizó acerca de Sí mismo, de sus discípulos, de su Iglesia y del fin del mundo. Los tres primeros vaticinios se han cumplido, el cuarto se ha de cumplir todavía.
Cuando celebre el Domingo de Ramos hemos de recordar esto: que cuando Cristo entró en Jerusalén sabía que iba a la muerte. Esto suscita una grande y patética idea de Cristo. Cuando se hizo aclamar por una muchedumbre, cuando se prestó a ser proclamado Rey, Cristo sabía que otra muchedumbre iba a gritar “¡Crucifícalo!” antes de una semana; y que El entraba allí para morir. Y lo había dicho a sus discípulos, los cuales no lo quisieron creer.
Cuando nos digan que vox populi vox Dei y que la mayoría siempre tiene razón, recordemos aquella mayoría fraudulenta que gritó: «Crucifícalo”. Los demagogos cuando quieren algo, dicen que “el pueblo lo quiere”. Casi siempre es mentira. Pero aun cuando fuere verdad, con eso no está todo dicho todavía. El pueblo puede querer cosas malas y cosas buenas: según cómo se lo oriente.
Inmensa y melancólica figura, dotada de una fuerza de carácter sobrehumana, que encara de frente la tormenta de su derrumbe aceptando de paso la provisoria y melancólica brisa de su efímero triunfo; la figura del Cristo es enormemente diferente de la figura del joven campesino Galileo sentimental imprevisor y medio alocado que quiso encajarnos el pérfido Renán... Todo lo supo, todo lo previó, todo lo aceptó; y por en cima de todo se levantó.
Un gran escritor cristiano, el danés Soren Kirkegor, en un opúsculo titulado: ¿Tiene derecho un hombre a hacerse matar por la Verdad?, dice que esta actitud de Cristo y este último viaje son una prueba indirecta de su Divinidad; porque solamente uno que fuera la Verdad, tendría derecho a hacerse matar por la Verdad. Si Cristo fuera un puro hombre, no debiera haber subido a Jerusalén sabiendo lo que sabía; por esta razón aunque más no fuera, porque ningún puro hombre puede saber seguro si tiene en sí las fuerzas para sobrellevar el martirio. Eso es cosa de Dios.
La primitiva Iglesia condenó a los llamados provocatores y los santos obispos de aquel tiempo como San Cipriano y San León prohibieron a los cristianos provocar el martirio; por ejemplo, derribando con violencia las estatuas de los ídolos, como hacían algunos exaltados, o como el famoso Guy Fawkes en Inglaterra, el de la Conspiración de la Pólvora. En el mejor de sus dramas, Cornéille hace que Polyeucte derribe los ídolos y se haga martirizar. Es un cristiano temerario.
Muchas cosas de las que Cristo hizo o dijo, no se pueden hacer lícitamente si uno no posee una Conciencia Absoluta, como dicen los filósofos de hoy. Por ejemplo, Cristo dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. En un puro hombre sería pecado porque es una impaciencia y una desesperación y una falsedad: Cristo sabía que eso no era verdad sino en un sentido. Por eso se puede decir lo que dijo Lacordaire discutiendo con Renán: que si Cristo no fue el Hijo de Dios, entonces fue el loco más grande que se ha visto en el mundo.
Conciencia Absoluta significa no solamente conciencia de estar en la verdad, sino conciencia de ser la Verdad: cosa de nadie, fuera de Cristo.
No es lícito buscar el martirio; pero todo hombre que crea en Cristo debe resignarse de antemano a ese evento porque “todo aquel que quiera vivir fielmente en Cristo Nuestro Señor, sufrirá persecución”, dijo San Pablo. “Si a mí me persiguieron, a vosotros os perseguirán: no es el Miembro mayor que la Cabeza.”
Estar preparado, eso sí; buscarlo, no. Si no fuere por una inspiración especial o indudable del Espíritu de Dios: a la cual parece haber obedecido el místico danés — en nuestra opinión — cuando después de cuatro años de silencio, expectación y oración, se decidió, rindiendo su vida, a atacar abiertamente la corrupción de la Iglesia Oficial Danesa.

(P. Leonardo Castellani, El Evangelio de Jesucristo, Ed. Vórtice, Bs. As., 1957, Pág. 124-128)