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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

31 de mayo de 2008

31 de Mayo Festividad de María Santísima Reina


























Plegaria de Pío XII a María Reina.

Así pues ejerce María su realeza: acogiendo nuestros homenajes y no desdeñando escuchar incluso las más humildes e imperfectas plegarias. Por esto, deseosos como estamos de interpretar los sentimientos de todo el pueblo cristiano, Nos dirigimos a la bienaventurada Virgen esta ferviente súplica:

"Desde lo hondo de esta tierra de lágrimas, en que la humanidad dolorida se arrastra trabajosamente… en medio de las olas de este nuestro mar perennemente agitado por los vientos de las pasiones… elevamos los ojos a vos, oh María amadísima, para reanimarnos contemplando vuestra gloria y para saludaros como Reina y Señora de los cielos y de la tierra, como reina y Señora nuestra.


Con legítimo orgullo de hijos queremos exaltar esta vuestra realeza y reconocerla como debida por la excelencia suma de todo vuestro ser, dulcísima y verdadera Madre de Aquel, que es Rey por derecho propio, por herencia y por conquista.


Reinad, Madre y Señora, señalándonos el camino de la santidad, dirigiéndonos, a fin de que nunca nos apartemos de él.


Lo mismo que ejercéis en lo alto del Cielo vuestra primacía sobre las milicias angélicas, que os aclaman como soberana suya, sobre las legiones de los Santos, que se deleitan con la contemplación de vuestra fúlgida belleza… así también reinad sobre todo el género humano, particularmente abriendo las sendas de la fe a cuantos todavía no conocen a vuestro hijo divino.


Reinad sobre la Iglesia, que profesa y celebra vuestro suave dominio y acude a vos como a remedio seguro en medio de las adversidades de nuestros tiempos. Mas reinad especialmente sobre aquella parte de la Iglesia que está perseguida y oprimida, dándole fortaleza para soportar las contrariedades, constancia para no ceder a injustas presiones… luz para no caer en las asechanzas del enemigo… firmeza para resistir a los ataques manifiestos y en todo momento fidelidad inquebrantable a vuestro Reino.


Reinad sobre las inteligencias, a fin de que busquen solamente la verdad… sobre las voluntades, a fin de que persigan solamente el bien… sobre los corazones a fin de que amen únicamente lo que vos misma amáis.


Reinad sobre los individuos y sobre las familias, al igual que sobre las sociedades y naciones… sobre las asambleas de los poderosos, sobre los consejos de los sabios, lo mismo que sobre las sencillas aspiraciones de los humildes.


Reinad en las calles y en las plazas, en las ciudades y en las aldeas, en los valles y en las montañas, en el aire, en la tierra y en el mar… y acoged la piados plegaria de cuantos saben que vuestro reino es reino de misericordia, donde toda súplica encuentra acogida, todo dolor consuelo, toda desgracia alivio, toda enfermedad salud, y donde, como a una simple señal de vuestras suavísimas manos, de la muerte misma brota alegre vida.


Obtenednos que quienes ahora os aclaman en todas partes del mundo y os reconocen como Reina y Señora, puedan un día en el cielo gozar de la plenitud de vuestro Hijo divino, el cual con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos . Así sea
".



Sobre el celibato sacerdotal


Acabo de leer que el Cardenal Carlo María Martini, jesuita, de 81 años, que fuera durante 22 años Arzobispo de Milán, ha publicado un libro en Alemania.
Hasta aquí la noticia.
Ahora el escándalo.
En dicho libro, este príncipe de la Iglesia, defiende el debate sobre el celibato y la ordenación de mujeres, y reclama una apertura del Vaticano en materia de moral sexual.
Otro claro ejemplo del "humo de Satanás" al que hiciera mención Pablo VI.

Me pareció pertinente reproducir un artículo de Vittorio Messori sobre el tema del celibato, publicado tiempo atrás.

Cuando la Iglesia Primitiva escogió la vía de la «continencia sexual»

Una obviedad de un cardenal, que se le escapó en una entrevista («el celibato clerical no es un dogma») ha provocado una cascada de comentarios donde algunos «expertos» han tropezado en sorprendentes imprecisiones.

Antes de comenzar con la historia, es necesario decir algo sobre la crónica. Recordando sobre todo que las comunidades protestantes, las ortodoxas —y también las judías— registran «crisis de vocaciones» iguales, cuando no superiores, a las de la Iglesia católica, a pesar de que pastores, popes y rabinos puedan acceder al matrimonio.

El matrimonio, por tanto, no sería el remedio a la escasez del clero. Ni sería el remedio a los desórdenes sexuales en ciertos ambientes religiosos, empezando por la pedofilia. Sobre todo porque ésta se manifiesta sobre todo con pulsiones homosexuales (los niños son víctimas en mayor grado que las niñas) y tener una mujer no sería por tanto la respuesta adecuada. Y además, porque, como confirman todas las estadísticas, la gran mayoría de los abusos se verifica en el seno de la familia, sobre todo de padres hacia hijos y tíos hacia sobrinos, luego aquí tampoco sería el remedio.

Dejemos de lado también —aunque desde una perspectiva de fe es algo decisivo— la «conveniencia espiritual» del lazo entre castidad y sacerdocio sobre el cual se ha ejercido durante milenios la reflexión de santos, místicos y padres de la Iglesia. Y no entremos, con mayor razón, en una «conveniencia social» por la que el propio celibato ha impedido a la Iglesia que se convirtiera en propiedad de clanes familiares, de estirpes dinásticas, de castas ligadas por parentesco. Si sólo el «nepotismo» de los papas ha causado ya tanto daño, ¿a qué habría conducido que todos los curas favorecieran a sus hijos? No es casual que las Iglesias griegas y eslavas sean tuteladas: mujeres e hijos sólo para los popes que pululan por las parroquias, pero no donde hay poder y riqueza, es decir, en los episcopados y en los monasterios.

Desde los orígenes

Para entrar en materia: esto demuestra que la «continencia sexual» no es el simple producto de una decisión eclesiástica, en muchos casos tardía y limitada al catolicismo. Se trata de una elección que se remonta a los orígenes de la Iglesia que la Tradición más antigua corrobora y que, durante siglos, ha sido practicada tanto en Oriente como en Occidente. No es un dogma, ciertamente, sino un aspecto de la Tradición que se debe tratar con la debida reverencia a lo que se considera que se remonta a la época apostólica. Lo ha demostrado —en unas ochenta páginas densas y de irrefutable erudición, publicadas por la Librería Vaticana— el cardenal Alfons Stickler que, como bibliotecario y archivista emérito del Vaticano, ha tenido acceso a todas las fuentes.

En la Iglesia primitiva, la mayor parte del clero estaba compuesto por hombres maduros que, accediendo a las órdenes sagradas, dejaban a su mujer, con su consenso, y confiaban su familia a la comunidad. Desde entonces, estaban llamados a vivir en perfecta continencia, residiendo ya no en su casa, sino en edificios eclesiales. También se lee de vez en cuando en artículos de autores serios que esta renuncia habría sido impuesta después del año 300 en el Concilio —en realidad un simple Sínodo— celebrado en España, en Elvira. Lo cierto es que , como demuestra el cardenal Stickler, los textos muestran que allí se rebatió la praxis de la continencia, considerada «tradición inmemorable», y se decidió a castigar los abusos, expulsando del clero a quien mantuviera relaciones con su mujer. Al contrario, por tanto, de lo que se afirma a menudo. Otros Sínodos —o Concilios— confirman que la abstinencia sexual se remonta a los tiempos apostólicos y no puede, por tanto, cambiarse.

La tesis de los luteranos

Numerosos documentos pontificios, como el del Papa Siricio, en el siglo IV, aprueban cuanto había sido establecido por los delegados conciliares. Y los padres de Occidente —Ambrosio, Jerónimo, Agustín— están de acuerdo sobre virginidad, celibato o continencia no sólo para los sacerdotes, sino también para los diáconos. Nunca, asegura Stickler, ni siquiera en los documentos más antiguos, nunca esto ha sido considerado una novedad, sino siempre un dato indiscutible de la Tradición primitiva.

Desde esta perspectiva, no se sabe muy bien qué pensar de profesores notables que, en estos días, han apoyado la tesis (cercana a la propaganda manipulada de los viejos luteranos y calvinistas) según la cual de continencia clerical se podría hablar sólo desde 1139, con el segundo Concilio de Letrán. En realidad, se estableció entonces que los matrimonios eventuales contraídos por miembros del clero no sólo eran ilícitos, sino nulos, no ocurridos. Subraya Stickler: «Esta severa sanción es la enésima confirmación de una obligación a la continencia que existe desde siempre».

¿Y qué hay de las Iglesias de Oriente, donde sólo los monjes y los obispos están obligados a la continencia absoluta, mientras sacerdotes y diáconos pueden casarse, mientras el matrimonio sea el primero y el único, contraído antes de la ordenación? Todos los documentos muestran que durante muchos siglos, también en aquellas comunidades se discutió la abstinencia practicada en Occidente y que las excepciones que se conocen se remontan a fuentes falsificadas.

Sólo en el 691, en el Concilio Trullano, se estableció lo que todavía hoy está en vigor para los ortodoxos. Pero hubo una capitulación explícita: que la Iglesia de Oriente no tenía la organización jerárquica de la de Occidente, y le faltaban medios para reprimir los abusos, cada vez más numerosos. No sólo eso: sometida al emperador bizantino, cedió a los políticos que juzgaban más controlable a un clero que «tenía familia». Se intentó salvar el principio, imponiendo la abstinencia sexual al menos en el periodo en que los sacerdotes estuvieran ejerciendo y diciendo misa, y pretendiendo castidad de obispos y monjes. Una situación obligada, no ciertamente la ideal, como lamentaron y todavía lamentan muchos en Oriente. Es curioso que algunos, ahora, lo consideren deseable también para Occidente.



30 de mayo de 2008

También hoy, 30 de Mayo, Santa Juana de Arco



Esta santa a los 17 años llegó a ser heroína nacional y mártir de la religión. Juana de Arco nació en el año 1412 en Donremy, Francia. Su padre se llamaba Jaime de Arco, y era un campesino.
Juana creció en el campo y nunca aprendió a leer ni a escribir. Pero su madre que era muy piadosa le infundió una gran confianza en el Padre Celestial y una tierna devoción hacia la Virgen María. Cada sábado la niña Juana recogía flores del campo para llevarles al altar de Nuestra Señora. Cada mes se confesaba y comulgaba, y su gran deseo era llegar a la santidad y no cometer nunca ningún pecado. Era tan buena y bondadosa que todos en el pueblo la querían.
Su patria Francia estaba en muy grave situación porque la habían invadido los ingleses que se iban posesionando rápidamente de muchas ciudades y hacían grandes estragos.
A los catorce años la niña Juana empezó a sentir unas voces que la llamaban. Al principio no sabía de quién se trataba, pero después empezó a ver resplandores y que se le aparecían el Arcángel San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita y le decían: "Tú debes salvar a la nación y al rey".
Por temor no contó a nadie nada al principio, pero después las voces fueron insistiéndole fuertemente en que ella, pobre niña campesina e ignorante, estaba destinada para salvar la nación y al rey y entonces contó a sus familiares y vecinos. Las primeras veces las gentes no le creyeron, pero después ante la insistencia de las voces y los ruegos de la joven, un tío suyo se la llevó a donde el comandante del ejército de la ciudad vecina. Ella le dijo que Dios la enviaba para llevar un mensaje al rey. Pero el militar no le creyó y la despachó otra vez para su casa.
Sin embargo unos meses después Juana volvió a presentarse ante el comandante y este ante la noticia de una derrota que la niña le había profetizado la envió con una escolta a que fuera a ver al rey.
Llegada a la ciudad pidió poder hablarle al rey. Este para engañarla se disfrazó de simple aldeano y colocó en su sitio a otro. La joven llegó al gran salón y en vez de dirigirse hacia donde estaba el reemplazo del rey, guiada por las "voces" que la dirigían se fue directamente a donde estaba el rey disfrazado y le habló y le contó secretos que el rey no se imaginaba. Esto hizo que el rey cambiara totalmente de opinión acerca de la joven campesina.
Ya no faltaba sino una ciudad importante por caer en manos de los ingleses. Era Orleans. Y estaba sitiada por un fuerte ejército inglés. El rey Carlos y sus militares ya creían perdida la guerra. Pero Juana le pide al monarca que le conceda a ella el mando sobre las tropas. Y el rey la nombra capitana. Juana manda hacer una bandera blanca con los nombres de Jesús y de María y al frente de diez mil hombres se dirige hacia Orleans.
Animados por la joven capitana, los soldados franceses lucharon como héroes y expulsaron a los asaltantes y liberaron Orleans. Luego se dirigieron a varias otras ciudades y las liberaron también.
Juana no luchaba ni hería a nadie, pero al frente del ejército iba de grupo en grupo animando a los combatientes e infundiéndoles entusiasmo y varias veces fue herida en las batallas.
Después de sus resonantes victorias, obtuvo Santa Juana que el temeroso rey Carlos VII aceptara ser coronado como jefe de toda la nación. Y así se hizo con impresionante solemnidad en la ciudad de Reims.
Pero vinieron luego las envidias y entonces empezó para nuestra santa una época de sufrimiento y de traiciones contra ella. Hasta ahora había sido una heroína nacional. Ahora iba a llegar a ser una mártir. Muchos empleados de la corte del rey tenían celos de que ella llegara a ser demasiado importante y empezaron a hacerle la guerra.
Faltaba algo muy importante en aquella guerra nacional: conquistar a París, la capital, que estaba en poder del enemigo. Y hacia allá se dirigió Juana con sus valientes. Pero el rey Carlos VII, por envidias y por componendas con los enemigos, le retiró sus tropas y Juana fue herida en la batalla y hecha prisionera por los Borgoñones.
Los franceses la habían abandonado, pero los ingleses estaban supremamente interesados en tenerla en la cárcel, y así pagaron más de mil monedas de oro a los de Borgoña para que se la entregaran y la sentenciaron a cadena perpetua.
Los ingleses la hicieron sufrir muchísimo en la cárcel. Las humillaciones y los insultos eran todos los días y a todas horas, hasta el punto que Juana llegó a exclamar: "Esta cárcel ha sido para mí un martirio tan cruel, como nunca me había imaginado que pudiera serlo". Pero seguía rezando con fe y proclamando que sí había oído las voces del cielo y que la campaña que había hecho por salvar a su patria, había sido por voluntad de Dios.
En ese tiempo estaba muy de moda acusar de brujería a toda mujer que uno quisiera hacer desaparecer. Y así fue que los enemigos acusaron a Juana de brujería, diciendo que las victorias que había obtenido era porque les había hecho brujerías a los ingleses para poderlos derrotar. Ella apeló al Sumo Pontífice, pidiéndole que fuera el Papa de Roma el que la juzgara, pero nadie quiso llevarle al Santo Padre esta noticia, y el tribunal estuvo compuesto exclusivamente por enemigos de la santa. Y aunque Juana declaró muchas veces que nunca había empleado brujerías y que era totalmente creyente y buena católica, sin embargo la sentenciaron a la más terribles de las muertes de ese entonces: ser quemada viva.
Encendieron una gran hoguera y la amarraron a un poste y la quemaron lentamente. Murió rezando y su mayor consuelo era mirar el crucifijo que un religioso le presentaba y encomendarse a Nuestro Señor. Invocaba al Arcángel San Miguel, al cual siempre le había tenido gran devoción y pronunciando por tres veces el nombre de Jesús, entregó su espíritu. Era el 29 de mayo del año 1431. Tenía apenas 19 años. Varios volvieron a sus casas diciendo: "Hoy hemos quemado a una santa". 23 años después su madre y sus hermanos pidieron que se reabriera otra vez aquel juicio que se había hecho contra ella. Y el Papa Calixto III nombró una comisión de juristas, los cuales declararon que la sentencia de Juana fue una injusticia. El rey de Francia la declaró inocente y el Papa Benedicto XV la proclamó santa.
Santa Juana de Arco: concédenos un gran amor por nuestra patria.

También hoy 30 de Mayo, San Fernando Rey




(debo confesar que es mi rey favorito, por santo y por español).

En la Capilla Real de la Santa Iglesia Catedral de Sevilla, siglo XVI, se venera a Nuestra Señora de los Reyes, Patrona de Sevilla y de la Archidiócesis, Per Me Reges Regnant, imagen gótica del siglo XIII y que perteneció a Fernando III el Santo, cuyo cuerpo incorrupto se halla a los pies de la Virgen de los Reyes en una urna de plata dorada, y que se expone al pueblo cada 30 de Mayo.
Todos los 15 de Agosto, día de la Asunción de la Virgen María, sale en fervorosa procesión Nuestra Señora la Virgen de los Reyes.

30 de Mayo, Festividad de San Félix I, Papa y Mártir






Se desconoce la fecha de su nacimiento; murió el año 274. A principios del 269 sucedió a san Dionisio como cabeza de la Iglesia Romana. Alrededor de esta época llegó a Roma, dirigido al papa Dionisio, el reporte del Sínodo de Antioquia, el cual, ese mismo año, había depuesto al obispo local, Pablo de Samosata, por sus enseñanzas heréticas referentes a la doctrina de la Trinidad (ver Antioquia). Una carta, probablemente enviada por Félix al Este en respuesta al reporte del Sínodo, que contenía la exposición de la doctrina de la Trinidad, fue, más tarde, interpolada a favor de su secta por un seguidor de Apolinario (ver Apolinarianismo). Este documento apócrifo fue enviado al Concilio de Éfeso en 431 (Mansi, "Coll. conc.", IV, 1188; cf. Harnack, "Geschichte der altchristlichen Literatur", I, 659 sqq.; Bardenhewer, "Geschichte der altchristlichen Literatur", II, 582 sq.). El fragmento conservado en las Actas del Concilio hace especial énfasis en la unidad e identidad del Hijo de Dios y el Hijo del Hombre en cristo. El mismo fragmento presenta al papa Félix como mártir; pero este detalle, el cual está presente también en la biografía del papa en el “Liber Pontificalis” (Ed. Duchesne, I, 58), no está apoyado por ninguna evidencia auténtica anterior y se debe evidentemente a una confusión de nombres. De acuerdo con la nota en el “Liber Pontificalis”, Félix construyó una basílica en la Vía Aurelia; la misma fuente también añade que él fue enterrado allí ("Hic fecit basilicam in Via Aurelia, ubi et sepultus est"). Este último detalle es un error evidente, ya que el calendario romano de fiestas del siglo cuarto dice que el papa Félix fue enterrado en las catacumbas de san Calixto en la Vía Appia ("III Kal. Januarii, Felicis in Callisti", se lee en el "Depositio episcoporum"). La declaración del “Liber Pontificalis” relacionada al martirio del papa resulta, evidentemente, de una confusión con el mártir romano del mismo nombre enterrado en la Vía Aurelia, y sobre cuya tumba se construyó una iglesia. En el “Feriale” romano o calendario de fiestas, al que nos referimos arriba, el nombre de Félix aparece en la lista de obispos romanos (Depositio episcoporum), y no en la de los mártires. La referencia en el “Liber Pontificalis” adjudica a este papa un decreto por el cual las Misas debían celebrarse en las tumbas de los mártires ("Hic constituit supra memorias martyrum missas celebrare"). El autor de esta entrada estaba aludiendo evidentemente a la costumbre de celebrar el Sagrado Sacrificio en privado, en los altares cerca o sobre las tumbas de los mártires en las criptas de las catacumbas (missa ad corpus), mientras la celebración solemne de los Sagrados Misterios siempre se realizó en las basílicas construidas sobre las catacumbas. Esta práctica, todavía en uso al final del siglo cuarto (Prudentius, "Peristephanon", XI, vv. 171 sqq), aparentemente data del periodo cuando se construyeron en Roma las grandes basílicas sacramentales, y debe su origen a los servicios solemnes de conmemoración de los mártires, realizados en sus tumbas en el aniversario de su entierro, desde comienzos del siglo III. Probablemente Félix no proclamó tal decreto, pero el compilador del “Liber Pontificalis” se lo atribuyó a él porque él no hizo ningún cambio de las costumbres en uso en su época. De acuerdo con el detalle antes mencionado del “Depositio episcoporum”, Félix fue sepultado en la catacumba de san Calixto el 30 de diciembre. En el Martirologio romano actual su fiesta se celebra el 30 de mayo, la fecha dada en el “Liber Pontificalis” como la de su muerte (III Kal. Jun); probablemente es un error, el cual pudo ocurrir fácilmente a través de un transcriptor que escribió Jun. Por Jan.
Liber Pontificalis, ed. Duchesne, I, introd. cxxv; text, 158, with the notes; De Rossi, Roma sotterranea, II, 98-104; Acta SS., May, VII, 236-37; Langen, Geschichte der römischen Kirche (Bonn, 1881), I, 365-69; Allard, Histoire des persécutions, III, 243 sqq.
J.P. KIRSH Dedicado a la memoria del Hermano Declan Brown, LCTraducido por: Mauricio Acosta Rojas

Admirable poder de síntesis (3)


29 de mayo de 2008

29 de Mayo, Día del Ejército Argentino




































Primero, Menem y Balza.
Después, Kirchner y Bendini.
¿Queda todavía Ejército Argentino?
¡¡ Sin palabras.!!






















29 de mayo, Festividad de Santa María Magdalena Pazzi

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI EN EL IV CENTENARIO DE LA MUERTE DE SANTA MARÍA MAGDALENA DE' PAZZI

Al cardenal ENNIO ANTONELLI

Arzobispo de Florencia (Italia)


Con ocasión del IV centenario de la muerte de santa María Magdalena de Pazzi, me alegra unirme a la amada Iglesia florentina, que desea recordar a esta ilustre hija suya, particularmente amada por ser figura emblemática de un amor vivo que remite a la dimensión mística esencial de toda vida cristiana.
A la vez que lo saludo con afecto a usted, señor cardenal, y a toda la comunidad diocesana, doy gracias a Dios por el don de esta santa, que cada generación redescubre singularmente cercana por saber comunicar un amor ardiente a Cristo y a la Iglesia.
Santa María Magdalena de' Pazzi, nacida en Florencia el 2 de abril de 1566 y que en la pila del "hermoso San Juan" fue bautizada con el nombre de Catalina, desde su niñez mostró una sensibilidad particular ante lo sobrenatural y se sintió atraída por el coloquio íntimo con Dios. Como era costumbre con respecto a las jóvenes de casas nobles, se encomendó su educación a las Damas de Malta, en cuyo monasterio recibió la primera Comunión el 25 de marzo de 1576 y sólo pocos días después se consagró para siempre al Señor con una promesa de virginidad.
Al volver a la familia, profundizó en el camino de la oración con la ayuda de los padres jesuitas, que frecuentaban el palacio. Con gran habilidad logró evitar que la condicionaran las exigencias mundanas de un ambiente que, aun siendo cristiano, no le bastaba a causa de su deseo de asemejarse cada vez más a su Esposo crucificado. En este contexto maduró la decisión de dejar el mundo y entrar en el Carmelo de Santa María de los Ángeles, en Borgo San Frediano, donde el 30 de enero de 1583 recibió el hábito del Carmen y el nombre de sor María Magdalena.
Al enfermarse gravemente en marzo de 1584, solicitó emitir la profesión antes de tiempo y, el 27 de mayo, fiesta de la santísima Trinidad, llevada al coro en camilla, pronunció para siempre ante el Señor sus votos de castidad, pobreza y obediencia.
Desde ese momento comenzó una intensa vivencia mística, que proporcionó a la santa la fama de gozar de numerosos éxtasis. Son cinco los manuscritos en que las Carmelitas de Santa María de los Ángeles recogieron las experiencias extraordinarias de su joven hermana. A "Los Cuarenta Días", escrito en el verano de 1584, siguieron "Los Coloquios" de la primera mitad del año sucesivo.
La cumbre del conocimiento místico de sí mismo que Dios concedió a sor María Magdalena se encuentra en "Revelaciones e Inteligencias", ocho días de espléndidos éxtasis que van desde la víspera de Pentecostés hasta la fiesta de la santísima Trinidad del año 1585. Una intensa experiencia que, a los 19 años de edad, la capacitaba para recorrer todo el misterio de la salvación, desde la encarnación del Verbo en el seno de María hasta la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.
Siguieron cinco largos años de purificación interior —María Magdalena de' Pazzi habla de ellos en el libro "Probación"— en los que el Verbo, su Esposo, le quitó el sentimiento de la gracia y la dejó como a Daniel en el foso de los leones, entre muchas pruebas y grandes tentaciones. En ese contexto se inserta su ardiente compromiso por la renovación de la Iglesia, después de que en el verano de 1586 algunas iluminaciones de lo alto le mostraron el verdadero estado en que se encontraba la Iglesia en la época postridentina.
Como santa Catalina de Siena, se sintió "forzada" a escribir algunas cartas para solicitar al Papa, a los cardenales de la Curia, a su arzobispo y a otras personalidades eclesiásticas, un decidido compromiso en favor de la "renovación de la Iglesia", como reza el título del manuscrito que las contiene. Se trata de doce cartas dictadas en éxtasis, tal vez nunca enviadas, pero que permanecen como testimonio de su pasión por la Sponsa Verbi.
En Pentecostés de 1590 terminó su dura prueba. Esto le permitió dedicarse con todas sus fuerzas al servicio de la comunidad y en particular a la formación de las novicias. Sor María Magdalena tuvo el don de vivir la comunión con Dios de una forma cada vez más interiorizada, hasta el punto de que se convirtió en una referencia para toda la comunidad, que todavía hoy sigue considerándola como "madre".
El amor purificado, que latía en su corazón, la abría al deseo de la plena configuración con Cristo, su Esposo, hasta compartir con él el "desnudo padecer" de la cruz. Los últimos tres años de su vida fueron para ella un auténtico calvario de sufrimientos. La tisis comenzó a manifestarse claramente. Sor María Magdalena se vio obligada a retirarse poco a poco de la vida activa de la comunidad para sumergirse cada vez más en el "padecer desnudamente por amor a Dios". La afligieron penas atroces del cuerpo y del espíritu, que duraron hasta su muerte, acontecida el viernes 25 de mayo de 1607. Murió cerca de las tres de la tarde, mientras una alegría desacostumbrada invadía todo el monasterio.
No habían pasado veinte años desde su muerte cuando el Papa florentino Urbano VIII la proclamó beata. El Papa Clemente IX la incluyó en el catálogo de los santos el 28 de abril de 1669. Su cuerpo, incorrupto, es meta de constantes peregrinaciones. El monasterio en que vivió la santa es hoy sede del seminario arzobispal de Florencia, que la venera como patrona, y la celda en la que murió se ha transformado en una capilla, en cuyo silencio se percibe aún su presencia.
Santa María Magdalena de' Pazzi sigue siendo una presencia espiritual inspiradora para las Carmelitas de la antigua observancia. En ella ven a la "hermana" que recorrió totalmente la senda de la unión transformadora con Dios y que señala a María como la "estrella" del camino que lleva a la perfección. Esta gran santa tiene para todos el don de ser maestra de espiritualidad, especialmente para los sacerdotes, por los que sintió siempre una verdadera pasión.
Deseo vivamente que las celebraciones jubilares de su muerte contribuyan a dar a conocer cada vez más a esta luminosa figura, que a todos manifiesta la dignidad y la belleza de la vocación cristiana. Del mismo modo que, cuando vivía, al sonar las campanas exhortaba a sus hermanas diciéndoles: "Venid a amar al Amor", ojalá que, la gran mística, desde Florencia, desde su seminario, desde los monasterios carmelitanos que se inspiran en ella, haga resonar hoy su voz en toda la Iglesia, difundiendo el anuncio del amor de Dios a toda criatura humana.
Con este deseo, lo encomiendo a usted, venerado hermano, y a la Iglesia florentina a la protección celestial de santa María Magdalena de' Pazzi, y de corazón imparto a todos una bendición apostólica especial.
Vaticano, 29 de abril de 2007

28 de mayo de 2008



28 de Mayo, Día de la batalla de Covadonga

(En la foto: Estatua de Don Pelayo en Covadonga)

















Hace unos años, cerca de los 30, en una serie de charlas sobre el liberalismo, el Dr. Aníbal D´Angelo Rodríguez, hombre culto si los hay, gran docente, capaz de hacer entender a su auditorio hasta lo más abstruso, cerró el ciclo preguntándose y preguntándonos a nosotros, sus entonces jóvenes oyentes, ¿qué podemos hacer en contra del liberalismo imperante?.
Somos pocos, casi sin medios, estamos rodeados. Todo está en contra nuestro. El liberalismo ha triunfado y hoy casi dogmáticamente se afirma en el mundo entero (occidental), que la democracia (partidocrática) es el único sistema de gobierno válido, y ¡Viva la economía de mercado!.
Pero..., nos dijo, recuerden siempre Covadonga. A principios del siglo VIII, los musulmanes invaden España, y en poco tiempo sojuzgan a todos los pueblos peninsulares, ocupan todo el territorio, cruzan los Pirineos y se adentran en el sur de Francia. Tenían miles de hábiles soldados, tenían recursos más que suficientes , eran técnica y científicamente superiores, su música, literatura, medicina, arquitectura, en fin, su cultura era superior a la de los nuestros.
Sin embargo, y pesar que los signos de los tiempos estaban en contra, Don Pelayo, con 300 guerreros, como en las Termópilas, decide hacerles frente en un escarpado y alejado territorio, derrotando a un ejército muchas veces superior y dando comienzo a la Reconquista.

En los casi treinta años que han pasado desde aquellas conferencias, el cerco ha terminado de cerrarse. Para los católicos tradicionales nacionalistas, esperar, humanamente, que el actual estado de las cosas se revierta, es una utopía.
Pero..., recordemos Covadonga. No se nos pide vencer, sí no ser vencidos.
Sirva este largo prólogo de homenaje a Don Pelayo y sus hombres, a su catolicidad viril, "cojones" vamos, y a Don Aníbal D´Angelo Rodríguez, por una lección bien aprendida.



Link a un artículo histórico sobre la Batalla de Covadonga (haga click sobre la palabra link).







28 de Mayo, Festividad de San Agustín de Cantorbery, Obispo y Confesor

San Agustín de Inglaterra o de Cantorbery debe ser considerado como el apóstol de los anglosajones, por ser quien, junto con los treinta y nueve monjes que le acompañaban, dio comienzo en 596 a su conversión. Es cierto que la primera idea y el impulso principal vino de San Gregorio Magno; pero él fue quien echó sobre sus hombros y realizó una buena parte de aquella empresa, que llegó a su feliz término a fines del siglo VII, hacia el año 680. Todo esto coloca a San Agustín de Cantorbery entre los grandes apóstoles de Cristo, al lado de San Patricio de Irlanda, de San Bonifacio de Alemania y de tantos otros evangelizadores de la fe.

Nada sabemos sobre su vida anterior al año 596, en que dio comienzo a su gran empresa, sino que era monje y prior en el monasterio de San Andrés, que San Gregorio Magno había fundado en Roma. En Inglaterra había penetrado el cristianismo desde muy antiguo, según se desprende de los testimonios de Tertuliano y Orígenes. Así, en pleno siglo IV, sus habitantes, los bretones, eran en buena parte cristianos; pero, al retirarse las legiones romanas a principios del siglo V, se vieron acosados por los pictos y escoceses, y, no sintiéndose con fuerzas para defenderse contra ellos, llamaron en su auxilio a los sajones del norte de Alemania. Efectivamente, hacia el año 449 entraron éstos por la isla de Thanet y rápidamente fueron conquistando la Gran Bretaña y, volviéndose contra los mismos bretones, los fueron acorralando, a ellos y a los demás indígenas, a los territorios occidentales de la isla. De este modo un buen número de bretones emigraron al norte de Francia, al que dieron el nombre de Bretaña, y los demás quedaron reducidos a los territorios de Gales y Cornualles. Aquí poseían los bretones durante el siglo VI florecientes monasterios, excelentes príncipes cristianos y grandes obispos, como San David de Menevia († 544) y los Santos Paterno, Udoceo y otros. Mas, por otra parte, su odio nacional contra los anglosajones fue creciendo de tal manera que imposibilitaba por completo cualquier intento de evangelización. De este modo, el pueblo anglosajón persistía en el paganismo, y en las siete provincias en que había dividido la Gran Bretaña el cristianismo había prácticamente desaparecido.

Pero lo que los cristianos bretones, movidos de su odio nacional contra los anglosajones, no querían o no podían realizar, es decir, la conversión de este pueblo pagano, lo intentó y realizó el Romano Pontífice desde Roma. Ya fue un buen principio el hecho de que, a fines del siglo VI, el joven rey de Kent, Ethelberto, aunque pagano, tomó por esposa a la cristiana Berta, hija del rey merovingio de Francia, y al mismo tiempo la dejó en plena libertad para practicar su religión. Tal vez este hecho fue el que suscitó en San Gregorio Magno (590-604) la idea de la evangelización de tan noble pueblo. El hecho, bien atestiguado por los historiadores antiguos, es que este gran Papa dio orden al presbítero Cándido, administrador suyo en los territorios provenzales pertenecientes al patrimonio de San Pedro, para que le procurara algunos esclavos anglosajones, muy abundantes entonces en el puerto de Marsella. Su plan era educarlos en algunos monasterios de Roma y enviarlos luego a evangelizar a sus compaisanos de la Gran Bretaña.

Pero San Gregorio Magno, el hombre de las grandes empresas, no tuvo paciencia para esperar la realización de este plan, que necesariamente debía ser muy lento. La circunstancia de la muerte, a principios del 596, del rey de Austrasia y la subida al trono de Brunequilda, tan adicta a los planes de San Gregorio, acabó de determinarlo. Efectivamente, el mismo año 596 escogió al abad Agustín, bien conocido por la solidez de sus virtudes y su espíritu ardiente y emprendedor, que no se arredraba ante ninguna dificultad cuando se trataba del servicio de Dios, para que, acompañado de un buen número de monjes misioneros, acometiera aquella gloriosa empresa de la conversión de Inglaterra. Escogidos, pues, los treinta y nueve monjes que debían acompañarle, partieron en la primavera del año 596 para Francia en dirección a la Gran Bretaña.

Llegados a la Provenza, se detuvieron unos días en el célebre monasterio de Lerins, donde fueron magníficamente acogidos por su abad Esteban, el obispo de Aix, Protasio, y el patricio Arigio. Ansioso San Agustín de dar comienzo a su empresa, siguió preparando todo lo que era necesario para la misión de Inglaterra; pero, entretanto, sus compañeros se espantaron de tal manera al escuchar de los monjes de Lerins las descripciones sobre las dificultades de la conversión de los anglosajones, y sobre todo sobre la extrema crueldad de este pueblo, que Agustín se vio forzado a volver con ellos a Roma.

Pero San Gregorio Magno no retrocedía fácilmente ante una empresa comenzada. Haciéndose cargo de las inmensas dificultades que se oponían a tan ardua empresa, con la afectuosa energía que le era característica, procuró suscitar en el corazón de aquellos misioneros los sentimientos de generosidad con el Señor, que los escogía para una obra tan de gloria suya; invistió a San Agustín con la dignidad abacial, les proveyó abundantemente de cartas de recomendación para los obispos de Francia y la reina Brunequilda, y de este modo partieron de nuevo, llenos del mayor entusiasmo, para Inglaterra. Pasaron el invierno en Autun, siguieron luego por Orleáns y Tours, y, finalmente, acompañados de algunos intérpretes, se embarcaron, probablemente en Boulogne, con rumbo a la Gran Bretaña.

Era la hora señalada por la Providencia. En la primavera del año 597 San Agustín de Inglaterra, con el ejército de monjes que le acompañaban, desembarcaba en la isla de Thanet, es decir, en el mismo lugar donde siglo y medio antes habían desembarcado los invasores. La segunda conquista de Inglaterra que ahora se emprendía, era más difícil y debía durar más tiempo que la primera; era de un tipo puramente espiritual. Las crónicas antiguas se complacen en presentarnos a la figura, casi gigantesca, de San Agustín, que sobresalía por encima de todos los demás. Al acudir el rey Ethelberto a su llamada, los misioneros aparecieron ante él llevando por delante una gran cruz y recitando procesionalmente las letanías. Impresionado el rey ante aquel espectáculo y ante la petición que se le hacía de que se les concediera amplia libertad para predicar el Evangelio, quiso primero escuchar una exposición sumaria sobre la doctrina cristiana y la obra redentora de Jesucristo, y luego concedió generosamente lo que le suplicaban.

Agustín y sus compañeros pusieron al punto manos a la obra. Dirigiéronse a Dorovernum o Cantorbery, capital de la provincia o reino de Kent, y allí junto a la capilla de San Martín, utilizada por el capellán de la reina Berta, Liudardo, establecieron su primera residencia e iniciaron la predicación. El pueblo acudía espontáneamente a la explicación del Evangelio de Cristo, y, viendo el admirable ejemplo de San Agustín y sus compañeros, se sentían impulsados a la doctrina que les anunciaban. La primera conversión insigne fue la del mismo rey, ya preparada por la suave influencia de su cristiana esposa y el trabajo paciente de su capellán. Después de instruido convenientemente, el 2 de junio del año 597, recibió las aguas del bautismo.

Con todo esto se fue preparando el gran acto de las Navidades del 597, que marcan, indudablemente, el punto de partida de la conversión en masa del pueblo anglosajón. Con su acostumbrada prudencia, Ethelberto quiso dejar en plena libertad religiosa a todos sus súbditos, y así gran número de nobles, guerreros y masas del pueblo continuaron recibiendo la instrucción necesaria, hasta que el 25 de diciembre se celebró con gran solemnidad el bautismo de una inmensa muchedumbre, que algunos elevan a diez mil. Entre esta multitud de nuevos cristianos se hallaban muchos miembros de la más elevada nobleza de Kent. El celo apostólico de San Agustín recibía su primera recompensa. Con esto quedaba él consagrado como el apóstol de los anglosajones, el apóstol de Inglaterra.

Fácilmente se comprende la inmensa alegría que experimentó el papa San Gregorio Magno al recibir la noticia de todos estos acontecimientos de boca del presbítero Lorenzo y del monje Pedro, enviados expresamente a Roma por San Agustín. Su ensueño era ya una realidad. Sin poder contener su entusiasmo, escribió al punto a su amigo Eulogio, patriarca de Alejandría, dándole cuenta de tan halagüeñas noticias. Asimismo dirigió sendas cartas de congratulación a sus colaboradoras, Brunequilda, reina de Austrasia y Neustria, y Berta, esposa de Ethelberto, de Kent. Pero, sobre todo, escribió a San Agustín, héroe principal e instrumento de Dios en la conversión de Inglaterra.

Por su parte, Agustín procuró desde entonces asegurar y llevar adelante la obra comenzada. Para ello, sea antes del gran acto de las Navidades, sea poco después de él, se dirigió a Francia, y allí recibió del obispo de Arlés la consagración episcopal. Por otra parte, el presbítero Lorenzo y el monje Pedro volvieron pronto de Roma cargados de reliquias, instrumentos del culto y libros religiosos, que fascinaban a los pueblos recién convertidos; pero, sobre todo, traían consigo nuevos misioneros, que el Papa enviaba a Inglaterra. Ethelberto, por su parte, colaboraba a esta grandiosa obra de San Agustín. Hizo donación de su propio palacio, que al punto fue convertido en monasterio y residencia del obispo, En lugar de un templo pagano, hizo levantar una iglesia cristiana, dedicada a San Pancracio, y no lejos de allí hizo construir la abadía de San Pedro y San Pablo, que más tarde tomará el título de abadía de San Agustín, tumba de los reyes y obispos de Kent. En el interior de la ciudad se elevará la iglesia de Cristo, que recordará la basílica de Letrán, de Roma.

De este modo, la obra de San Agustín realiza rápidos progresos. Por esto, el año 601 envía de nuevo a Roma sus legados Lorenzo y Pedro, quienes informan ampliamente al Papa y le piden nuevos misioneros y abundantes instrucciones para su obra de evangelización. A todo accede San Gregorio Magno, lleno de comprensión y entusiasmado ante el heroísmo de aquellos abnegados apóstoles. Una nueva expedición de doce misioneros sale de Roma para Inglaterra en junio de 601, bajo la dirección de Melitón. Este lleva a San Agustín las respuestas del Papa a multitud de consultas de orden disciplinario y litúrgico, donde, dando el más insigne ejemplo de prudencia y comprensión y de lo que hoy día se denomina espíritu de acomodación, da disposiciones acertadísimas. Respecto de los templos "no conviene —decía—derribarlos, sino solamente los ídolos en ellos existentes". De un modo semejante, por lo que se refiere a las costumbres nacionales, "como hay costumbre —le dice— de hacer sacrificios de bueyes a los demonios, es conveniente cambiarla en una fiesta cristiana. Así las fiestas de la Dedicación y de los Mártires podrían celebrarlas por medio de banquetes fraternales".

Junto con estas instrucciones, los nuevos misioneros y legados del Papa traían a San Agustín otras misivas importantes. En primer lugar, le entregaron de parte del Papa el palio arzobispal, a lo que se añadía su nombramiento como primado de todas las iglesias de Inglaterra. Como complemento de todo, enviaba el Papa un plan completo de la organización jerárquica de toda la Gran Bretaña o la Heptarquía. que sólo, poco a poco, se fue realizando. Ante todo, Londres y York, ya desde los bretones sedes episcopales, eran constituidas en metropolitanas para el sur y norte de Inglaterra, y a cada una se le asignaban doce sedes episcopales sufragáneas.

Tal fue el conjunto de las instrucciones y disposiciones enviadas por San Gregorio Magno a Inglaterra el año 601. Indudablemente, las disposiciones sobre la organización jerárquica eran prematuras. Pronto se vio que, en lugar de Londres, era preferible erigir a Cantorbery como metropolitana y juntamente primada de Inglaterra. Con el entusiasmo y el optimismo suscitado en Roma por los triunfos obtenidos, fácilmente se imaginaban que la conversión de toda la Heptarquía era cuestión de poco tiempo. Esto iría enseñando que en asunto tan importante sólo se podía avanzar lentamente.

Así, pues, por el momento, San Agustín era el único obispo para la Gran Bretaña sajona. Pero mientras los demás misioneros, alentados con los nuevos estímulos y nuevos instrumentos recibidos de Roma, y robustecidos con la nueva falange de apóstoles, continuaban avanzando en la evangelización del territorio de Kent, San Agustín realizaba, por así decirlo, un intento de carácter diplomático. Concibió, pues, el plan de entrevistarse con los dirigentes de la iglesia bretona, con el fin de llegar a un acuerdo, con lo cual obtendría de ellos gran abundancia de misioneros. Le era bien conocido el odio existente entre las dos razas; pero era necesario intentar la unión, con la esperanza de que el espíritu cristiano se sobrepusiera a todos los rencores nacionales. Llegóse, pues, el mismo año 601 a una asamblea entre San Agustín y los obispos y literatos bretones, representantes de su pueblo, venidos del gran monasterio de Bangor. San Agustín se presentó como legado pontificio, y pidió únicamente estas tres cosas: que renunciaran a su cómputo pascual; que siguieran el rito romano en la celebración del bautismo, dejando un conjunto de ceremonias especiales usadas entre ellos, y que trabajaran con los romanos en la evangelización de los anglosajones. Fue imposible llegar a un acuerdo. Ni podían avenirse a reconocer la autoridad superior de San Agustín, ni a abandonar sus ritos llamados culdeos, y mucho menos a evangelizar a sus mortales enemigos, los anglosajones.

Reducidos, pues, a sus propias fuerzas, San Agustín y sus compañeros se lanzaron con nuevos bríos al trabajo de misionización. De este modo, en 604, a la muerte del gran protector de Inglaterra, San Gregorio Magno, se pudo establecer un segundo obispado en Rochester con su primer obispo, justo, quien inició sus ministerios en una humilde iglesia con el título de San Andrés. Al mismo tiempo se organizó un tercer obispado en Londres, mientras se iniciaba la evangelización de Essex. En efecto, Londres era la capital de la provincia o reino de Essex, y allí residía su príncipe Sébert, sobrino de Ethelberto de Kent. Envíale, pues, éste algunos misioneros, a cuya cabeza iba Melitón, a quien se nombró obispo de la nueva iglesia de Londres. El mismo Ethelberto sufragó los gastos para la construcción de la primera iglesia, dedicada a San Pablo, con todo lo cual se inició la misión de Essex, que poco después fue tomando rápido incremento.

Hasta este punto llegó la obra de San Agustín en la conversión de la Gran Bretaña sajona, Al morir él en mayo de 605 sucedióle su discípulo predilecto Lorenzo, consagrado por él poco antes de morir. El territorio de Kent quedaba convertido en una buena parte, y se había iniciado la conversión de Essex. Además del obispado de Cantorbery existían los dos de Rochester y Londres. No era muy grande la extensión alcanzada por las conversiones anglosajonas, pero la semilla estaba echada. Aun estos territorios evangelizados tuvieron que atravesar una difícil prueba; pero la semilla se desarrolló después hasta llegar, durante todo el siglo VII, a la conversión de toda la Heptarquía. La encarnizada oposición entre los bretones y los anglosajones continuó durante largos años, hasta que, al fin, el año 664 se llegó a la definitiva unión, si bien a costa de alguna escisión dolorosa.

Se ha pretendido rebajar el mérito de la obra y la personalidad de San Agustín de Inglaterra atribuyendo, por un lado, toda la gloria a San Gregorio Magno, y, por otro, echándole a él la culpa de la desunión con los bretones. Pero esto es sacar las cosas de sus quicios. En los comienzos de la gran empresa de la conversión de los anglosajones San Gregorio Magno, tiene la gloria de haberla ideado y protegido, y San Agustín la no menos grande de haberla realizado. Por otra parte, la desunión entre los bretones y anglosajones era cuestión de razas, exacerbada por los excesos cometidos por los invasores, y sólo con el tiempo pudo ser poco a poco superada. San Agustín fue sumamente venerado en la Edad Media y merece justamente el título de apóstol de la Gran Bretaña.

BERNARDINO LLORCA, S. I.

27 de mayo de 2008

Algo más sobre San Pío de Pietralcina

San Pío de Pietralcina , ¡¡Incorrupto¡¡



1887 (25 de mayo) Nace en Pietralcina (Benevento)
1968
(23 de septiembre), tras recibir la Extremaunción, muere serenamente con el santo Rosario en la mano y con "¡Jesús!…¡María!… " en los labios.

Portador de los Estigmas de Cristo, rezó hasta el último día la misa de San Pío V. (misa tradicional, misal de 1962).
Exhumado en marzo de este año muestra una conservación totalmente antinatural.
Más de 7.000 peregrinos diarios, desde entonces lo han visto.
¡Véanlo ustedes!

Antonio Vivaldi - Gloria (RV 589)


27 de Mayo, Festividad de San Beda El Venerable (673-735), Confesor y Doctor de la Iglesia

De Beda es una Historia eclesiástica del pueblo inglés tan celebrada que por sí sola bastaría para haberle hecho famoso. Tanto el título como el estilo recuerdan la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea, pues, como él, tiene Beda un fino sentido crítico y un buen conocimiento de las fuentes, que también cita a menudo extensamente. Si Eusebio es el padre de la historia de la Iglesia, Beda lo es de la de Inglaterra.
En el epílogo de esta gran obra, que terminó en el año 731, hacia el final de su vida, Beda da noticias sobre su persona y sus obras, la mayoría de las cuales han llegado hasta nosotros. Había nacido en las tierras del monasterio de Warmouth, en el norte de Inglaterra, y a la edad de siete años había sido confiado al abad de aquel monasterio, Benedicto Biscop; dos años después pasó al cercano monasterio de Jarrow, donde permanecería el resto de su vida. Biscop, sucesivamente abad de ambos cenobios, había sido educado en el de Leríns, en Provenza, y su gran erudición influyó ciertamente en la de Beda. Tanto él como Ceolfrid, abad de Jarrow cuando Beda llegó allí, son venerados como santos.
Beda fue ordenado diácono a los 19 años y presbítero a los 30. A lo largo de su vida, dedicada al estudio y la enseñanza, tuvo ocasión de tratar y de establecer estrechas relaciones personales con muchas de las principales personalidades inglesas de su época. Murió hacia los 62 años y, venerado muy pronto como santo, figura desde 1899 entre los doctores de la Iglesia por decisión del papa León XIII, que añadió su fiesta al calendario universal.
Otras obras históricas de Beda son las biografías de los cinco primeros abades de Wearmouth y Jarrow, que él había conocido personalmente y que en cierta manera vienen a completar su obra magna; una ambiciosa crónica, en la que divide la historia del mundo en seis edades; una obra de cronología, importante para determinar las fechas y las fiestas; y, aunque de un estilo muy diverso, una vida de San Cutberto y otra de San Félix de Nola.
Pero la mayor parte de la producción literaria de Beda la constituyen las exposiciones de la Sagrada Escritura, ya sea en forma de comentarios sistemáticos a muchos de los libros del Viejo y del Nuevo Testamento, en la de disertaciones sobre algunas cuestiones particulares y estudios sobre puntos especialmente obscuros, o en la de homilías, destinadas primeramente a los monjes de Jarrow y pronto difundidas por otros monasterios. Se trata, muchas veces, de resúmenes claros y ordenados de comentarios de otros padres anteriores, tanto griegos como latinos; otras veces, las reflexiones son más personales, y se puede observar entonces su gusto por la interpretación alegórica y moral con preferencia a la meramente literal.
Beda compuso un tratado de ortografía, uno de métrica y uno de retórica para la educación de los monjes. Una muestra de sus amplios intereses es el tratado Sobre la naturaleza donde recoge los conocimentos de astronomía y cosmografía de la antigüedad, y donde hace un primer ensayo de geografia general. También algunas de sus cartas, relativamente numerosas, son auténticos tratados, más o menos breves, como las que tratan del equinocio, de la celebración de la pascua o del afán enfermizo por averiguar la fecha del fin del mundo. Unos libros de poesía, no muy inspirada pero que son un testimonio más de su pericia en el uso del latín, cierran el catálogo de las obras de un autor que, a semejanza de Isidoro de Sevilla, contribuyó en gran manera a la transmisión del saber antiguo al mundo medieval, al que ya pertenecía plenamente, y cuya influencia sobre él, a juzgar por el número de ejemplares de sus obras conservados en las bibliotecas de monasterios y catedrales, no fue mucho menor que la de Ambrosio, Jerónimo y Agustín.

26 de mayo de 2008


26 de mayo, Festividad de San Felipe Neri

San Felipe nació en Florencia, Italia, en 1515. Su padre se llamaba Francisco Neri. Desde pequeño demostraba tal alegría y tan grande bondad, que la gente lo llamaba "Felipín el bueno". En su juventud dejó fama de amabilidad y alegría entre sus compañeros y amigos.

Habiendo quedado huérfano de madre, lo envió su padre a casa de un tío muy rico, el cual planeaba dejarlo heredero de todos sus bienes. Pero allá Felipe se dio cuenta de que las riquezas le podían impedir el dedicarse a Dios, y un día tuvo lo que él llamó su primera "conversión". Y consistió en que se alejó de la casa del riquísimo tío y se fue para Roma llevando únicamente la ropa que llevaba puesta. En adelante quería confiar solamente en Dios y no en riquezas o familiares pudientes.

Al llegar a Roma se hospedó en casa de un paisano suyo de Florencia, el cual le cedió una piecita debajo de una escalera y se comprometió a ofrecerle una comida al día si él les daba clases a sus hijos. La habitación de Felipe no tenía sino la cama y una sencilla mesa. Su alimentación consistía en una sola comida al día: un pan, un vaso de agua y unas aceitunas. El propietario de la casa, declaraba que desde que Felipe les daba clases a sus hijos, estos se comportaban como ángeles.

Los dos primeros años Felipe se ocupaba casi únicamente en leer, rezar, hacer penitencia y meditar. Por otros tres años estuvo haciendo estudios de filosofía y de teología.

Pero luego por inspiración de Dios se dedicó por completo a enseñar catecismo a las gentes pobres. Roma estaba en un estado de ignorancia religiosa espantable y la corrupción de costumbres era impresionante. Por 40 años Felipe será el mejor catequista de Roma y logrará transformar la ciudad.

Felipe había recibido de Dios el don de la alegría y de amabilidad. Como era tan simpático en su modo de tratar a la gente, fácilmente se hacía amigo de obreros, de empleados, de vendedores y niños de la calle y empezaba a hablarles del alma, de Dios y de la salvación. Una de sus preguntas más frecuentes era esta: "amigo ¿y cuándo vamos a empezar a volvernos mejores?". Si la persona le demostraba buena voluntad, le explicaba los modos más fáciles para llegar a ser más piadosos y para comenzar a portarse como Dios quiere.

A aquellas personas que le demostraban mayores deseos de progresar en santidad, las llevaba de vez en cuando a atender enfermos en hospitales de caridad, que en ese tiempo eran pobrísimos y muy abandonados y necesitados de todo.

Otra de sus prácticas era llevar a las personas que deseaban empezar una vida nueva, a visitar en devota procesión los siete templos principales de Roma y en cada uno dedicarse un buen rato a orar y meditar. Y así con la caridad para los pobres y con la oración lograba transformar a muchísima gente.

Desde la mañana hasta el anochecer estaba enseñando catecismo a los niños, visitando y atendiendo enfermos en los hospitales, y llevando grupos de gentes a las iglesias a rezar y meditar. Pero al anochecer se retiraba a algún sitio solitario a orar y a meditar en lo que Dios ha hecho por nosotros. Muchas veces pasó la noche entera rezando. Le encantaba irse a rezar en las puertas de los templos o en las catacumbas o grandes cuevas subterráneas de Roma donde están encerrados los antiguos mártires.

Lo que más pedía Felipe al cielo era que se le concediera un gran amor hacia Dios. Y la vigilia de la fiesta de Pentecostés, estando aquella noche rezando con gran fe, pidiendo a Dios el poder amarlo con todo su corazón, éste se creció y se le saltaron dos costillas. Felipe entusiasmado y casi muerto de la emoción exclamaba: "¡Basta Señor, basta! ¡Que me vas a matar de tanta alegría!". En adelante nuestro santo experimentaba tan grandes accesos de amor a Dios que todo su cuerpo de estremecía, y en pleno invierno tenía que abrir su camisa y descubrirse el pecho para mitigar un poco el fuego de amor que sentía hacia Nuestro Señor. Cuando lo fueron a enterrar notaron que tenía dos costillas saltadas y que estas se habían arqueado para darle puesto a su corazón que se había ensanchado notablemente.

En 1458 fundó con los más fervorosos de sus seguidores una cofradía o hermandad para socorrer a los pobres y para dedicarse a orar y meditar. Con ellos fundó un gran hospital llamado "De la Santísima Trinidad y los peregrinos", y allá durante el Año del Jubileo en 1757, atendieron a 145,000 peregrinos. Con las gentes que lo seguían fue propagando por toda Roma la costumbre de las "40 horas", que consistía en colocar en el altar principal de cada templo la Santa Hostia, bien visible, y dedicarse durante 40 horas a adorar a Cristo Sacramentado, turnándose las personas devotas en esta adoración.

A los 34 años todavía era un simple seglar. Pero a su confesor le pareció que haría inmenso bien si se ordenaba de sacerdote y como había hecho ya los estudios necesarios, aunque él se sentía totalmente indigno, fue ordenado de sacerdote, en el año 1551.

Y apareció entonces en Felipe otro carisma o regalo generoso de Dios: su gran don de saber confesar muy bien. Ahora pasaba horas y horas en el confesionario y sus penitentes de todas las clases sociales cambiaban como por milagro. Leía en las conciencias los pecados más ocultos y obtenía impresionantes conversiones. Con grupos de personas que se habían confesado con él, se iba a las iglesias en procesión a orar, como penitencia por los pecados y a escuchar predicaciones. Así la conversión era más completa.

San Felipe quería irse de misionero al Asia pero su director espiritual le dijo que debía dedicarse a misionar en Roma. Entonces se reunió con un grupo de sacerdotes y formó una asociación llamada el "Oratorio", porque hacían sonar una campana para llamar a las gentes a que llegaran a orar. El santo les redactó a sus sacerdotes un sencillo reglamento y así nació la comunidad religiosa llamada de Padres Oratorianos o Filipenses. Esta congregación fue aprobada por el Papa en 1575 y ayudada por San Carlos Borromeo.

San Felipe tuvo siempre en don de la alegría. Donde quiera que él llegaba se formaba un ambiente de fiesta y buen humor. Y a veces para ocultar los dones y cualidades sobrenaturales que había recibido del cielo, se hacía el medio payaso y hasta exageraba un poco sus chistes y chanzas. Las gentes se reían de buena gana y aunque a algunos muy seriotes les parecía que él debería ser un poco más serio, el santo lograba así que no lo tuvieran en fama de ser gran santo (aunque sí lo era de verdad).

En su casa de Roma reunía centenares de niños desamparados para educarlos y volverlos buenos cristianos. Estos muchachos hacían un ruido ensordecedor, y algunos educadores los regañaban fuertemente. Pero San Felipe les decía: "Haced todo el ruido que queráis, que a mí lo único que me interesa es que no ofendáis a Nuestro Señor. Lo importante es que no pequéis. Lo demás no me disgusta". Esta frase la repetirá después un gran imitador suyo, San Juan Bosco.

Una vez tuvo un ataque fortísimo de vesícula. El médico vino a hacerle un tratamiento, pero de pronto el santo exclamó: "Por favor háganse a un lado que ha venido Nuestra Señora la Virgen María a curarme". Y quedó sanado inmediatamente. A varios enfermos los curó al imponerles las manos. A muchos les anunció lo que les iba a suceder en el futuro. En la oración le venían los éxtasis y se quedaba sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Muchas personas vieron que su rostro se llenaba de luces y resplandores mientras rezaba o mientras celebraba la Santa Misa. Y a pesar de todo esto se mantenía inmensamente humilde y se consideraba el último de todos y el más indigno pecador.

Los últimos años los dedicó a dar dirección espiritual. El Espíritu Santo le concedió el don de saber aconsejar muy bien, y aunque estaba muy débil de salud y no podía salir de su cuarto, por allí pasaban todos los días numerosas personas. Los Cardenales de Roma, obispos, sacerdotes, monjas, obreros, estudiantes, ricos y pobres, jóvenes y viejos, todos querían pedirle un sabio consejo y volvían a sus casas llenos de paz y de deseos de ser mejores. Decían que toda Roma pasaba por su habitación.

Empezó a sentir tales fervores y tan grandes éxtasis en la Santa Misa, después de la consagración, que el que le acolitaba, se iba después de la elevación y volvía dos horas después y alcanzaba a llegar para el final de la misa.

El 25 de mayo de 1595 su médico lo vio tan extraordinariamente contento que le dijo: "Padre, jamás lo había encontrado tan alegre", y él le respondió: "Me alegré cuando me dijeron: vayamos a la casa del Señor". A la media noche le dio un ataque y levantando la mano para bendecir a sus sacerdotes que lo rodeaban, expiró dulcemente. Tenía 80 años.

El Papa lo declaró santo en el año 1622 y las gentes de Roma lo consideraron como a su mejor catequista y director espiritual.



R.P. Alberto Ezcurra. In Memoriam



El 26 de mayo de 1993 murió de un cáncer el cura Alberto Ignacio Ezcurra Uriburu. Había nacido el 30 de julio de 1937. Todo su intenso paso por este mundo estuvo signado por un versículo del Libro Job (7, 1): “Milicia es la vida del hombre sobre la tierra”. En sus últimos años fue el confesor, capellán y guía espiritual del editor responsable de la Agenda de Reflexión, pobre pecador.

Ex seminarista, Ezcurra fue fundador y jefe del Movimiento Nacionalista Tacuara, una multitudinaria organización de militancia juvenil hegemónica de fines de los ’50 y los ’60. Por entonces definía a la democracia como "una señora gorda, mal vestida, y con acento extranjero".

Tacuara terminó dividiéndose y disolviéndose y entonces Alberto retornó al seminario y terminó consagrado al sacerdocio, primero en Paraná, Entre Ríos, y luego en San Rafael, Mendoza.

Orador nato, de sabia elocuencia, claridad de estilo, precisión de lenguaje y conocimiento de situaciones y personas, tanto en un discurso político como en un sermón fogoso. Hombre de convicciones, capaz de contagiar y encender voluntades haciendo amar lo que él amaba. Admirado y cuestionado, ya que no tenía pelos en la lengua, llamaba a cada cosa por su nombre y no se casaba con nadie. Para él la verdad no era sólo un acto de caridad, sino un deber de justicia.

Fue el responsable de rezar un Responso fenomenal en la repatriación de los restos de Juan Manuel de Rosas.

Misionero y predicador, lúcido, fiel e inflexible en la doctrina, de una caridad exquisita y un humor extraordinario, su apariencia sencilla y tímida bajo su infaltable sotana y su boina, ocultaba una riqueza interior simplemente superior.

Opuesto al clericalismo de sacristía desentendido de las tareas del orden temporal, tanto como del liberalismo fariseo que reduce la religión al orden individual y privado, fue un verdadero maestro. Un maestro a tiempo y destiempo.

Tomado de Agenda de Reflexión. Editor responsable Alejandro Pandra.

25 de mayo de 2008


25 de Mayo
Festividad de San Gregorio VII, Papa y Confesor



(1021-1085)

San Gregorio VII es una figura gigantesca, el Papa genial del siglo XI. Había acabado el túnel oscuro del siglo X, el siglo de hierro del pontificado. Gregorio VII es el más ilustre paladín de la Fe desde la Sede de Pedro.

Se llamaba Hildebrando Aldobrandeschi, nombres sonoros, augurio de lo que sería su tarea, pues su nombre significa la espada que relumbra, algo así como "hijo del Trueno". Nació a principios del siglo XI en Savona, Italia. Hijo de humilde familia -su padre fue un pobre cabrero y él un pastorcillo- Dios lo enriqueció de dotes extraordinarias.

Pronto le vemos monje benedictino en Roma y Cluny. Tenía un carácter de hierro, como luego se verá, y es ahora cuando lo forja en la oración, estudio y austeridad. Todavía no era diácono, y al oírle predicar un día el emperador Enrique III, quedó impresionado más que toda su vida.

Cuando su maestro, Juan Graciano, es elegido Papa con el nombre de Gregorio VI, nombra a Hildebrando su secretario. Y tanto se empeñó en los negocios de la Iglesia, que durante 25 años será el alma de varios Papas.

Influyó directamente en la elección de cinco Papas, que hacen de él su brazo derecho, su colaborador imprescindible. León IX, Víctor II, Esteban IX, Nicolás II y Alejandro II, hallan en el joven archidiácono romano al consejero prudente, al hábil político, al hombre incorruptible, al santo cabal.

Hildebrando es el que realmente gobierna. Es el que acomete los dos problemas fundamentales de la Iglesia. "Roma -y no sólo Roma- era una cueva de ladrones". La tiara y las mitras se vendían y se robaban con la espada en la mano. Se dictan medidas contra la inmoralidad y simonía de los clérigos, y se publica un decreto por el que la elección de los Papas han de hacerla los Cardenales, no el Emperador. Son las investiduras.

Hildebrando era incansable. No sólo en Roma. Cumple legaciones importantes ante reyes y concilios. Donde había un problema, allí estaba él para buscar solución. Le llamaban ambicioso. Y lo era, para la Iglesia.

Bien entrenado estaba ya. Alejandro II muere en 1073. Hildebrando, como Arcediano y Canciller, preside los funerales. Luego, espontáneamente, por aclamación, el clero y el pueblo se apoderan de él y lo sientan en la Silla de Pedro: "¡Hildebrando, Papa!". Se resiste. Pero ha de aceptar.

Toma el nombre de Gregorio VII, y no tiene más que continuar la tarea que ya ha realizado durante tantos años, ahora como último responsable: trabajar por la reforma de costumbres, defender la libertad de la Iglesia contra tantas intromisiones y la supremacía del sacerdocio espiritual sobre el poder civil. Mantiene además abundante correspondencia.

Se le oponen naturalmente los simoníacos y el poder civil. En su lucha contra Enrique IV -el Nerón germano- hay guerras, concilios, anticoncilios. Cuando el Papa lo excomulga, el Emperador finge arrepentirse y cae de rodillas a los pies del Papa -"ir a Canosa"-, donde Gregorio se había refugiado por la generosidad de la piadosa condesa Matilde. Pero poco después se levanta otra vez contra el Papa, se apodera de Roma y, mientras Gregorio se recluye en Castel Santángelo, entrona el antipapa Clemente III.

Gregorio, amparado por Roberto Guiscardo, se refugia en Salerno aún se muestra la cueva donde se guareció- y allí muere el 25 de mayo de 1085, pronunciando las famosas palabras: "He amado la justicia y odiado la iniquidad, por eso muero en el destierro". No fue inútil su siembra. El Señor colmaría con creces los trabajos y los días de su fiel Vicario.

Procesión de Corpus Christi









Realizada, hoy 25 de mayo de 2008 por calles de Buenos Aires

25 de Mayo de 1810

La Carta que reproducimos a continuación, fue remitida -en este mes de mayo de 2008- por Antonio Caponnetto a Marcelo Grecco,Director de la publicación digital El Caballero de Nuestra Señora. Nos ha parecido oportuno reproducirla en este blog, con permiso de su autor.


El Problema Del 25 De Mayo
Por Antonio Caponnetto

[El Caballero De Nuestra Señora, 2º época Año: 8 Numero 147 8 de mayo del año del Señor 2008]

Querido Marcelo:

Me pides que te escriba para El Caballero de Nuestra Señora –publicación que llevo gratamente en el corazón desde los tiempos en que la iniciará, el inolvidable Padre Carlos Lojoya- alguna nota sobre La Revolución de Mayo.


Permitime que te diga porqué me resulta tan difícil hacerlo.


Tradicionalmente prevalecía la visión liberal y masónica de Mayo. Mayo era un dogma indiscutido, en virtud del cual debía repetirse que la patria había nacido en 1810, bajo los sacros auspicios de la democracia, del liberalismo y de la macabra Revoluta de 1789. España era una madrasta malísima –como la de las patochadas infantiles de Walt Disney- y habíamos hecho muy bien en sacárnoslas de encima. Los realistas eran tiranos opresores, los revolucionarios eran libertadores, y cada quien ocupaba su bando de malo o de bueno en los libros de texto. ¡Manes de parabienes!

No le faltaba fundamento in re a esta visión. Porque efectivamente, este Mayo liberal, masónico, antiespañol y aún anticatólico había existido. Quien se acerque a las malandanzas de Castelli, Moreno y Monteagudo –entre tantos otros- podrá comprobarlo. Otrosí queda penosamente al descubierto cuando se consideran los escritos o los actos del curerío progresista de entonces, más confundidos que Casaretto después del Summorum Pontificum de Benedicto XVI. Por eso desde Roma llegaron voces legítimamente recelosas sino admonitorias respecto del movimiento revolucionario, como lo ha probado Rómulo Carbia en su La Iglesia y la Revolución de Mayo.

Nuestro mismo Himno ratifica penosamente la existencia oficial de ese Mayo en todo contrario a nuestras raíces católicas. Hasta Ricardo Rojas –que le ha encontrado un par de plagios a la letra, y que nos exime “de la admiración estética”- se intranquiliza un poquitín ante aquello de “escupió su pestífera hiel”. ¿No será mucho, Vicente? Cristina lo canta a lo yanky, con la mano en su siliconado pecho. Yo, caro amigo, te confieso, como bautizado, no puedo andar gritando por ahí que la libertad es “un grito sagrado”. Y si tengo que ver “en un trono a la noble igualdad”, ya no es igualdad, pues está entronizada y ennoblecida.

Como fuere, el Mayo masonete existió y es aborrecible. Existió y fue el que terminó imponiéndose, salvo durante el interregno glorioso de Don Juan Manuel. Los zurdos –que atacan a Roca por lo que tuvo de bueno- suelen decir que “es preferible un Mayo Francés a un Julio Argentino”. Tengo para mí en ocasiones, ante tanta confusión, que es preferible que no haya mayos.

Los revisionistas –salvo alguno que creyó ver en el 25 de Mayo un 17 de octubre avant garde, y en el gorro frigio al famoso pochito con visera- en principio, pusieron las cosas en su lugar. Al menos los mejores de sus representantes probaron que hubo otro Mayo. Monárquico, hispánico, católico, militar y patricio; enemigo de Napoleón que no de España, fiel a nuestra condición de Reyno de un Imperio Cristiano, en pugna contra britanos y franchutes, filosóficamente escolástico, legítima e ingenuamente leal al Rey cautivo, y germen de una autonomía, que devino forzosamente en independencia, cuando la orfandad española fue total, como total el desquicio de la casa gobernante. Federico Ibarguren y Roberto Marfany, entre otros, se llevan las palmas del esclarecimiento y de la reivindicación de este otro Mayo. Mas nadie ha empardado, en claridad y en rectitud de juicio, al Mayo Revisado de Enrique Díaz Araujo. Sólo ha salido un tomo de los tres anunciados que componen la singular obra, pero es para aguardar ansiosos que la tríada se complete.

Tampoco faltan hechos y personajes para probar la existencia de este Mayo genuino. Están las Memorias de Saavedra, la Autobiografía de Domingo Matheu, la de Manuel Belgrano, las cartas de Chiclana, Viamonte y Tomás Manuel de Anchorena. Está la obrita curiosa de Alberdi, El Gobierno de Sudamérica, y el mensaje magnífico de Rosas a la Legislatura, del 25 de mayo de 1836. Y hasta las fábulas humorísticas de Domingo de Azcuénaga están para nuestro entendimiento de la época.

Leyendo meditadamente este material, es asombroso cómo se intelige el pasado y cómo se disipan las ficciones ideológicas. Lo que surge de estos valiosos testimonios no es el enjambre de conjeturales paraguas populistas, sino la espada de Saavedra “de dulce y pulido acero toledano, y que en su mano parecía una joya”, al buen decir de Hugo Wast. Espada puesta al servicio de la misma causa por la que en España, hacia la misma época, se desenvainaran otras para enfrentar al invasor Bonaparte. Y si surge también el Cabildo de estas veras semblanzas, es porque entonces, el mismo no era aún una figurita didáctica, sino una hidalga institución de raigambre medieval, custodia de los fueros locales y comarcales.

Pero están los documentos que retratan este Mayo porque estuvieron los acontecimientos y los hombres que los protagonizaron. Y esto sería lo más importante por considerar y celebrar hoy, sino fuera que ese “Mayismo” fue derrotado, y prevaleció el otro. No sólo historiográficamente, que ya es grave, sino política y fácticamente, que es lo peor.

Escuchemos a Rosas, en un fragmento de su valioso mensaje precitado: ”No se hizo [la Revolución de Mayo] para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad. No se hizo para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud. ¡Pero quien lo hubiera creído! Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la nación española, fue interpretado en algunos malignamente […] Perseveramos siete años en aquella noble resolución de mantenernos fieles a España, hasta que, cansados de sufrir males sobre males, nos pusimos en manos de la Divina Providencia y confiando en su infinita bondad y justicia tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España y de toda otra dominación extranjera”.
Nuestros amigos carlistas, de un lado y del otro del Atlántico, están enojados con el 25 de Mayo. No les falta razones, ni son pocas las verdades que al respecto han recordado. Puede aceptarse incluso lo que enseñan: que nuestra guerra independentista tuvo algo o bastante de una dolorosa guerra civil, en tanto americanos hubo que se sentían inaboliblemente insertos a la Corona, con un gesto de lealtad que los honra. Puede y debe aceptarse, además, que la fábula escolar de “los realistas” malvados y los “patriotas” impolutos es un cuento de mal gusto. El realista Liniers fue un arquetipo de nuestra lucha soberana; el patriota Moreno, la contrafigura del cipayo. Y hasta tienen razón los carlistas cuando comentan que, en ciertas zonas hispanoamericanas, los negros defendieron la Corona y se batieron por su causa, sin importarle su condición. Claro que hablamos –como lo hace Luis Corsi Otálora- de los bravos negros que enarbolaban orgullosos los pendones de la Orden de San Luis- y no de los morochos mercenarios de D’elía. Por eso decía Ramón Doll que “hay negros de todos los colores”.

Pero determinadas cosas vinculadas a nuestro 25 de Mayo, los admirados carlistas parecería que no quieren ver, o ven a medias, y entonces precipitan sus juicios. No quieren ver, por ejemplo,la gravísima crisis moral del Imperio Español, sintetizada en aquella sentencia tan dura cuanto cierta de Richard Heer: “España estaba gobernada por un galán frívolo, una reina lasciva y un rey cornudo”. No quieren ver que, a comienzos de 1810, sólo quedaban las apariencias de España, con “los franceses que salen por un lado y los ingleses que entran por el otro”, según afirmación de Benito Pérez Galdós en “El equipaje del Rey José”. No quieren ver que tanto ultraje, tanto vejamen, tanta depredación y anonadamiento de la Madre Patria, eran males causados por sus mismos reyes felones, por su misma borbonidad traicionera, por la vacancia y la acefalía cobarde de una Corona, que ya no era la de los siglos del Descubrimiento y la Evangelización.

Y no quieren ver –como lo ha sintetizado certeramente Luis Alfredo Andregnette Capurro, replicando a Federico Suárez Verdeguer- que “las Cortes de 1810 y 1812, pletóricas de iluminismo jacobino, y Fernando VII con su avaricia absolutista, precursora del liberalismo, sellaron la destrucción del Imperio Católico. Crimen incalificable, porque la Revolución (en el sentido del verbo latino volver hacia atrás),aspiró a una unión más perfecta con la Metrópoli”. Crimen que se ejecutó con varias puñaladas traperas, como cuando el 24 de septiembre de 1810, las Cortes de Cádiz aprobaron la ley por la cual se dispuso la extinción de Provincias y Reynos diferenciados de España e Indias, en clara señal de abolición de los honrosos Pactos sellados por Carlos V en Barcelona el 14 de septiembre de 1519.

¿De qué lado estaba entonces la traición? ¿De los americanos que se levantaban jurando fidelidad al rey Cautivo, deseando conservar sus tierras, aunque reclamando la necesaria autonomía para no ser arrastrados por la crisis peninsular, o de la casa gobernante española que pactó la rendición ante Napoleón Bonaparte? ¿Quiénes eran los leales, los que se rebelaban aquí, a imitación de los combatientes hispánicos, para comportarse como súbditos corajudos y lúcidos, o aquellos funcionarios, cortesanos y monarcas que se desentendieron vilmente de la suerte de estos Reynos, como lo gritaba Fray Pantaleón García en el Buenos Aires de 1810? ¿Adónde la fidelidad? ¿En las intrigas borbónicas para convertirnos en pato de la boda, como decía Saavedra; o en este surero Buenos Aires levantado en hazañas, primero contra el hereje britano, y contra los alcahuetes de Pepe Botella después, y en ambos casos, levantado siempre con la bandera de España entre los mástiles?

A ver si nos vamos entendiendo.

La historia es historia de lo que fue, no de lo que pudo haber sido, o de lo que nos hubiese gustado que fuera.

Nos hubiese gustado que el Imperio Hispano Católico no se extinguiera; y que nosotros nos constituyéramos en “la última avanzada de ese Imperio”, como cantaba Anzoátegui. Nos hubiese gustado que Mayo no hubiese sido necesario; y seguiremos repitiendo con José Antonio: “si volvieran Isabel y Fernando, ya mismo me declaraba monárquico”; esto es vasallo de aquella Corona por la cual la monarquía se reencontró a sí misma como forma pura y paradigmática de gobierno.

Nos hubieran gustado tantas cosas.

Pero los hechos se dieron de otro modo, seguramente por permisión de la Divina Providencia. Y no renegamos de nuestro Mayo Católico e Hispánico, ni de una autonomía que no era desarraigo, ni separación espiritual, ni ingratitud moral. No renegamos de aquellos patriotas que, portadores de sangre y de estirpe hispanocriolla, tuvieron que batirse al fin, heroicamente, para que esa autonomía fuese respetada.

¿Ves, querido Marcelo, porqué es tan difícil hablar o escribir sobre el 25 de Mayo?

¿Qué festejamos ese día? El Mayo masón desde ya que no. Ese será el del Bicentenario Oficial. Un festejo tan desnaturalizado y horrible como lo fue el de la gloriosa Reconquista y Defensa de 1806-1807. Será el Mayo falsificado y ruin, liberal y marxista, agravado por el magisterio soez de Felipe Pigna –nuevo Taita Magno de la Historia, como lo ridiculizaría Castellani- según el cual, Moreno fue el primer desaparecido y Saavedra el primer represor. Y lo peor es que a esta obscenidad llaman algunos ahora revisionismo histórico.

El Mayo de algunos de nuestros entrañables amigos españoles, tampoco podríamos festejar. Para ellos lo de aquí fue una simple traición a España; y aunque traidores hubo, sin duda, tuvo aquel acontecimiento protagonistas centrales transidos de lealtad y de fidelidad, de arraigo espiritual y encepamiento religioso, de recto y fecundo amor al solar natal, de prudente, gradual y legítimo sentido de emancipación americana.

El Mayo de los revisionistas heterodoxos, que vieron en aquellas jornadas de 1810 un alzamiento de orilleros resentidos y desarrapados rencorosos, tampoco es celebrable. Entre otras cosas, porque no existió. El piqueterismo es cosa de este siglo. Tampoco el Mayo de los católicos liberales, que creyeron calmar sus conciencias encontrando alguna tonsura entre los revolucionarios, aunque enseñaran las peores macanas modernistas.

Si algún Mayo recuerdo con gratitud,emoción y decoro; con absoluta austeridad de manifestaciones festivas, es el que encarna aquel Comandante de Patricios, que afirmando con meridiana claridad que se alzaba contra franceses e ingleses -y contra todos aquellos que aquí o acullá quisieran comprometer el destino de estas tierras franqueándoles las invasiones- puso su condición militar al servicio de Dios y de entrambas Españas.

De él dijo Braulio Anzoátegui: “Saavedra era un militar que jamás andaba sin uniforme, porque comprendía que un militar sin uniforme es una persona peligrosa que de pronto le da por pensar como un político cualquiera, y piensa y es capaz de olvidarlo todo; es como una dueña de casa que olvida lo que vale la docena de huevos. En esto se parecen las malas dueñas de casa a los malos militares: en que no saben cuánto valen los huevos”.

Saavedra lo sabía. Y tenía fama de saber estas cosas fundamentales. Por eso, el Capitán Duarte lo quiso proclamar Rey de América. Pero Moreno lo acusó de borracho y lo desterró de la ciudad. También desterrado acabaría Saavedra.

Curioso destino el de nuestros hombres de armas. Si no saben cuánto valen los huevos los nombran Generales. Si proclaman nuestra soberanía pasan a la historia por borrachos.

Te mando un abrazo fuerte
En Cristo y en la Patria

Antonio Caponnetto

12 mayo, 2008 15:00