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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

21 de marzo de 2009

El mayor de edad







por Romano Guardini


Tomado de Las Etapas de la Vida

Visto en Creer en México



i es esto último lo que sucede, se conforma una nueva figura vital, a la que vamos a llamar la fase de la mayoría de edad, dando a esta expresión un sentido personal, no biológico o jurídico.

Estriba en que se ha echado raíces en la persona y en su actitud interior, así como en la realidad. En que se ha descubierto qué significa estar y permanecer en pie, y se está decidido a obrar en consonancia con ello.

Es entonces cuando se desarrolla lo que se suele denominar carácter: la firmeza interior de la persona. No es rigidez o endurecimiento de los puntos de vista y de las actitudes, sino que consiste más bien en la fusión del pensar, sentir y querer vivos con el propio núcleo espiritual.

Determinados valores adquieren ahora un significado especial: la fidelidad a las obligaciones asumidas; el cumplimiento de la palabra dada; la lealtad a quien ha puesto su confianza en nosotros; el sentimiento de honor como un órgano poco menos que infalible para saber qué es recto y qué no lo es, qué es noble y qué es vulgar; la facilidad para distinguir en las palabras, conductas y resultados, y en todas las cosas en general, lo genuino de lo inauténtico…

Se trata del momento en el que se descubre qué quiere decir duración. Significa aquello que en la corriente del tiempo está emparentado con lo eterno: lo que construye, mantiene en pie, sustenta, prolonga. En este momento la persona descubre también qué quiere decir fundar, defender, crear tradiciones. Descubre qué estéril y miserable es apartarse una y otra vez de la línea de acción de quienes nos precedieron y querer empezar siempre de nuevo.

En ese momento es cuando se dice de alguien que es «todo un hombre» o «toda una mujer», cuando aparece bien marcada la personalidad masculina o femenina, en la que la vida puede apoyarse porque ya no se deja llevar por los impulsos inmediatos y por el fluir de los sentimientos, sino que ha entrado en la esfera de lo permanentemente válido. Uno de los síntomas más peligrosos de nuestra época es que estos rasgos de la personalidad parecen estar debilitándose.

Un fenómeno directamente relacionado con el anterior es la descomposición de la familia. Para ser realmente padre o madre no basta poder engendrar y dar a luz. Se precisan también la firmeza interior, la tranquila fuerza para poner orden, mantener, continuar, en la que se basan lo que conocemos como familia y hogar. La causa de que los poderes públicos puedan inmiscuirse desde todas partes en este ámbito primigenio es que aquellos que llevan sobre sus hombros la familia muchas veces no son realmente hombres y mujeres, y ni siquiera tienen la voluntad de llegar a serlo.

De aquí surgen, por otra parte, las formas de existencia de los campos y campamentos de diversos tipos, de las instituciones educativas oficiales, de las casas de pupilaje, en las que el hogar pasa a ser sustituido por el centro de reunión, la institución o el hotel. La falta de las cualidades que mencionábamos genera la extraña impresión, hoy día tan frecuente, de que la existencia, pese a la inmensa acumulación de saber, la enorme magnitud del poder y la exactitud de la técnica que nos rodean, en el fondo está regida por personas inmaduras. Y de ahí se deriva a su vez la profunda preocupación de si unas personas que tan difícilmente llegarán a un auténtico enraiza-miento en sí mismas serán capaces de dominar de forma humana su propio poder, o si por el contrario caerán en manos de ese mismo poder y de sus titulares colectivos: el Estado, los sindicatos, los encauzadores de la opinión pública.

Condonando africanos






por Juan Manuel de Prada


Tomado de ABC








L Mátrix progre ha reaccionado ante unas palabras de Benedicto XVI que reclamaban una «humanización de la sexualidad» como la niña del exorcista reaccionaba cuando la asperjaban con el hisopo. Y es natural que reaccione así, pues lo que el Matrix progre postula es una sexualidad deshumanizada y una «solidaridad de lejanías», consistente en condecorarse la solapa de la chaqueta con escarapelas solidarias y en enviar remesas de condones al África, para que los africanos practiquen a destajo el «sexo seguro», que es como en el Mátrix progre llaman a la sexualidad deshumanizada. Cuando el Papa mira a un enfermo de sida, ¿qué ve en él? Pues ve, en expresión evangélica, a uno de esos «pequeñuelos» sobre los que un seguidor de Jesús tiene la obligación de volcarse, fundiéndose con su dolor. En cambio, cuando el Mátrix progre mira a un enfermo de sida, ¿qué ve en él? Pues ve, como diría el ministro de los condones, una «tormenta de hormonas».

Y, claro, cuando en un enfermo de sida ves una tormenta de hormonas, sólo se te ocurre regalarle un chubasquero, para que la tormenta no lo empape. Que es tanto como si a un pirómano le regalas un extintor, para que el fuego no lo abrase. El sida tiene su origen en la promiscuidad sexual; y el Mátrix progre, en lugar de combatir la promiscuidad sexual, la exalta y aplaude, exhortando a sus súbditos a entregarse a ella sin recato y regalándoles luego un condón, para que actúe como salvoconducto de su promiscuidad. Es doctrina establecida en el Mátrix progre que los males no deben atajarse en su origen, sino en sus consecuencias; porque atajar el mal en sus orígenes nos libera de su esclavitud, mientras que combatir sus consecuencias nos hunde más en la esclavitud y nos hace confiarlo todo en la eficacia del salvoconducto que el Mátrix progre nos dispensa. La discusión sobre la eficacia del salvoconducto, adonde el Mátrix progre pretende conducir el debate (llevando el agua a su molino), resulta bizantina: pues, independientemente de que los condones garanticen o no un «sexo seguro», lo que es indubitable es que garantizan un sexo deshumanizado. Las personas a las que previamente has esclavizado, confiándolas en la eficacia del salvoconducto que les regalas, no pueden liberarse de su esclavitud, cuando el salvoconducto les falta; y la exaltación de la promiscuidad produce personas que no pueden dejar de ser promiscuas, aunque se hayan olvidado de meter un condón en el bolsillo, como el pirómano no puede renunciar a su pulsión aunque se haya dejado olvidado en casa el extintor.

Benedicto XVI cree en la «humanización de la sexualidad», que consiste en liberar al hombre de la esclavitud de la promiscuidad. Cree que la sexualidad debe contribuir a restituir al hombre su verdadera naturaleza, que no consiste en chapotear en una «tormenta de hormonas» (aunque sea con chubasquero), sino en buscar un sentido vital profundo en el que eros y ágape -amor carnal y amor como donación de afectos- formen una unidad liberadora. En el Mátrix progre predicar la humanización de la sexualidad es piedra de escándalo, porque liberar al hombre de sus esclavitudes erosiona su dominio. Y, con obsceno furor, arremeten contra el Papa, asegurando que sus declaraciones constituyen un «atentado contra la vida»; se lo dicen con repugnante cinismo, sobre su atalaya de mil millones de abortos en los últimos treinta años, a quien más denodadamente defiende en nuestra época la dignidad de la vida humana. Pero Benedicto XVI conoce bien aquellas palabras de la Epístola a los Romanos: «Por lo cual Dios los entregó a las concupiscencias de sus corazones, a la inmundicia con que deshonran entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira»; y conoce también la naturaleza martirial de su ministerio.

Las moscas K (un cuento de mitómanos*)



por Miguel de Lorenzo

Tomado del Blog de Cabildo

“El cielo de los matreros,
miren qué oscuro que está”
Osiris Rodríguez Castillo



o son pocos los que se preguntan con una mueca incrédula, cómo pudo darse que a Cristina Fernández le construyeran una realidad de papel de seda y brillantina, sin que un solo destello del mundo verdadero, pudiera filtrarse en la vana irrealidad de su cerebro.Los más antiguos, y algunos no tanto, recordarán que la cosa no es nueva y que ya existió por ejemplo el llamado diario de Yrigoyen redactado e impreso para complacer las —si se quiere infantiles— necesidades de ensoñación de un presidente a quien el país real le pasaba por el costado y con el que, según algunos, nunca debía rozarse.

Otros, acaso los más leídos, nos hablarán de los atareados sirvientes del régimen que reescribían continuamente la historia en 1984, la novela de Orwell, desfigurando pasado y presente para que todos los planes se hubiesen cumplido de acuerdo a los deseos de hoy, aunque solamente en la mente de los escribas y en ese imaginario mundo, contado para los muchos, en las hojas de papel.

Es cierto que en nuestro país con la misma intención, mucha información ha sido ocultada y deformada en los medios y en diarios que, como “Clarín” y “Página/K”, mostraban únicamente el lado soleado, real o no, del jardín. Aunque aquí el dato curioso en todos los casos, está dado por el mismo gobierno, que era —y sigue siendo— el que paga por engañar y ser engañado.

Lo que figura en esas hojas algo amarillentas eso es lo que se debe aceptar y aunque la novela luzca precariamente construida, contiene los elementos básicos del género. A saber, hay un rey y una reina bondadosos, justos, ricos, sabios y bellos que luchan por el bienestar del pueblo y hay enemigos muy pero muy perversos dispuestos a impedirlo a través de mil pases mágicos y conjuras todopoderosas y ocultas.

Algunos dirán, con cierta razón, que tal como está planteada la historia no pasaría de historieta y que como tal estaría destinada a ser consumida por un público promedio de 10 ó 12 años y que no sería esa la edad más apropiada para ocupar la presidencia de un país. Contra esta última objeción sólo podríamos argumentar que en general los chicos a esa edad aman la verdad y el bien y rechazan la mentira, y que difícilmente pagarían a alguien para que los engañe, condiciones éstas que no suelen poseer los actuales príncipes.

En este sentido, San Agustín, que frecuentó como pocos las profundidades del alma del hombre, escribía que había conocido a muchos hombres que querían engañar, pero a ninguno que quisiera ser engañado. Es casi innecesario aclarar que ni siquiera uno de los mayores sabios doctores de la Iglesia pudo concebir que, pasados más de mil años, y en un país remoto, regido por una más bien exótica forma de gobierno —a saber, la democracia conyugalista—, se darían esas circunstancias donde los que gobiernan ¿gobiernan? el país viven autistas en medio de las mentiras que compran cada mañana.

Sí, sí, ya sabemos que la trampa estuvo dirigida no sólo al matrimonio feliz, sino a la parte acaso más ingenua de la población, aquella que de tan engañada creía vivir en el país de maravillas.

Hoy, no obstante el terrible empujón que la sociedad y las circunstancias dieron al matrimonio presidencial, mostrándoles de frente la absurda situación en que se han encerrado, y cómo quedaron acorralados entre la necedad y la soberbia, a pesar de todo seguimos escuchando “ya comprenderán… hay que darles tiempo… ya comprenderán…”Pero llegados aquí, y para tratar de entender el modo de operar del matrimonio de presidentes, no encontramos nada mejor que consultar a un retorcido, porque solo un mal bicho puede estar a la altura de las circunstancias que estamos tratando.

Claro, pensamos en Sartre. En su obra “Las Moscas”, Egisto el protagonista, a fuerza de trampear, acaba creyendo las mentiras que él mismo había inventado. A esto el francés llama mentira de “mala fe” que sería el que se miente a sí mismo y finalmente lo cree.

Pero aquí aparece una diferencia no menor, que separa aún la ficción sartreana de nuestra dupla presidencial. Así es, en “Las Moscas”, la mujer de Egisto le señala a éste claramente la verdad: “Los muertos están bajo tierra, no nos dañarán tan fácilmente. ¿Olvidas que tú mismo inventaste estas fábulas para engañar al pueblo?” Es decir, en la obra, uno de los dos personajes centrales, conserva cierta ligazón con la realidad, que no le impide mentir, pero dándose cuenta de lo que hace a la luz de su conciencia.

Muy por el contrario, en el desdichado caso argentino todo indicaría que no es así. Se trataría siguiendo al existencialista, de duplicación de la mala fe, que se instala en un país cuando los presidentes son dos y ambos creen solo en las fábulas.Viendo que el cielo se ha puesto oscuro —como dice el poeta uruguayo— han recuperado los soliloquios, esta vez con aspecto de conferencia de prensa.

Se sostienen como siempre en el oscuro principio de la infalibilidad de sus locas opiniones, sólo que en la noche, que ya se hizo, y pensando que los precipicios existen, lo mejor sería detenerse.
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* El subtítulo y la definición de mitomanía son agregados de este blog.
Del griego mitos, mentira, y mania, modismo. Se define mitomanía como el trastorno psicológico consistente en mentir patológica y continuamente falseando la realidad y haciéndola más soportable; el mitómano sublima su impulso transformándolo en arte. El dramaturgo mexicano Juan Ruiz de Alarcón expuso un modelo de esta patología en su obra La verdad sospechosa.
Tendencia morbosa a desfigurar, engrandeciendo la realidad de lo que se dice.
Con frecuencia, el enfermo, de carácter más bien paranoide, desfigura mentirosamente la propia idea que tiene de sí mismo, magnificándola (delirio de grandeza) o simplemente disfrazando unos humildes orígenes con mentiras de todo tipo, de forma que llega realmente a creerse su propia historia y se establece una gran distancia entre la imagen que tiene la persona de sí mismo y la imagen real. Muchos famosos (cantantes de rock, celebridades de diez minutos, etc.) han padecido esta dicotomía.
Si bien la mentira puede ser útil y es un comportamiento social frecuente, el mitómano se caracteriza por recurrir a esta conducta continuamente sin valorar las consecuencias, con tal de maquillar una realidad que considera inaceptable urdiendo todo tipo de sistemas delirantes. Esta característica está asociada a trastornos de personalidad graves y se puede relacionar con dos tipos de caracteres: por un lado, los necesitados de estimación, y por otro, los que sufren un trastorno de personalidad hipertímica, es decir, las personas que tienen un ánimo muy elevado (superficiales, frívolos, impacientes).

21 de Marzo, Festividad de San Benito, Abad y Fundador








ubo un varón de vida venerable, bendito por gracia y por nombre." Y fue Benito, el de Nursia. Ha tenido por biógrafo al papa San Gregorio Magno. Pero Benito escribió la Regla de los monasterios, y en ella tenemos retratado su propio vivir cotidiano, observando ya el mismo San Gregorio que Benito, consecuente con su doctrina, fue el primero en observar la norma de vida perfecta que él mismo dictó para monjes observantes, muy distintos de los sarabaítas y giróvagos, plaga de aquellos tiempos.


Nace Benito por los años de 480 en la provincia de Nursia, en los montes Sabinos, no lejos de Roma. Nace en una familia acomodada y tiene, por lo menos, una hermana, por nombre Escolástica.Ya adolescente, sus padres quieren hacer de él un letrado, un orador, para lo cual le colocan en Roma, asistido en la gran urbe decadente por el aya, que suple las veces de una madre solícita y cariñosa.Quizá no tiene ya madre en la tierra.


Benito asiste a las aulas de algún rétor y se entrena en la retórica, saliendo discípulo aventajado, como lo demostrará el estilo pulido de su futura Regla, sometido al ritmo o cursus de la elegante prosa entonces en boga.


Pero el joven Benito es un austero montañés, mal avenido con la corrupción de la corte, con el pensar y el vivir de gran parte de la estudiantina, en su mayoría aún pagana. Medita dejar aquel ambiente fétido y malsano, y un buen día sale de la ciudad con dirección a su tierra natal, aunque seguido por su aya, entristecida y alarmada. Se detiene en Afide, parando allí unos meses, conquistándose la simpatía del vecindario, especialmente de su párroco, quien ve en Benito un clérigo ideal. Corre un día la voz de haber recompuesto por arte de milagro un harnero prestado de frágil arcilla.


El que antes desdeñó ser un día gramático o rétor y conseguir con ello un brillante porvenir mundano, huye ahora de la aureola de taumaturgo, buscando un escondido paraje en los cercanos montes, en la cuenca del Anio, hallándolo precisamente junto a unos viejos y desmoronados edificios que habían contemplado las crápulas de la corte neroniana.

Hay allí un embalse artificial y por eso la rocosa cueva por él recogida para mansión se llama cueva de Subiaco (sub-lago).

Entrado en vida, no habla el intrépido solitario de unos veinte años sino con las alimañas y las aves; de vez en cuando con algún pastor de ovejas y cabras que penetran en la espesura. Un compasivo monje, Román, le viste el hábito monacal y, a hurtadillas de su abad, le propina el necesario alimento, quitándolo de su propia boca.

Ya empieza, contra el todavía imberbe, pero bravo mancebo solitario, la guerra del enemigo malo, rompiéndole a pedradas la esquila que le avisa cuando Román le descuelga por el peñasco la cestilla de pobres provisiones.

Y luego, una ruda tentación carnal, de la que Benito sale triunfador, lanzándose desnudo en el próximo zarzal. Escarmentada la carne, no volverá a rebelarse contra el espíritu.
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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Santo .






20 de marzo de 2009

Id a Tomás. Principios fundamentales del pensamiento de Santo Tomás (11)


por Eudaldo Forment



Tomado de Gratis Date

11

El bien difusivo



a escrito también Canals: «Notaba Ramón Orlandis que las denominadas "veinticuatro tesis tomistas" podían ser reconocidas ciertamente como "principios y proposiciones mayores", pero no como si fuesen "los principios y proposiciones mayores" de la síntesis metafísica de Santo Tomás» (Canals, 1991, 20). En efecto, pueden considerarse otros muchos e incluso más nucleares.

Uno de ellos es el carácter difusivo del bien. En la síntesis tomista tiene una importancia extraordinaria el bien. Santo Tomás lo concibe como motivo de la creación y como fin de lo creado. En la doctrina metafísica tomista del ser es un principio capital. Desde la tesis de la naturaleza difusiva del bien, se comprende la del ser como acto, e incluso toda la sistemática de las estructuras actopotenciales, con las que se da razón de la constitución ontológica del ente finito y creado, sujeto de cambio y movimiento, y numéricamente múltiple en la identidad específica.

Dios, bien infinito, por el acto libre de la creación, comunica el bien; y lo hace poniendo en las criaturas la capacidad de participarlo por semejanza. Dios otorga así el bien participado y la capacidad de poseerlo. De manera que las limitaciones de las criaturas no suponen un mal, el denominado mal metafísico. No existe este mal, porque la finitud es un bien, aunque limitado. La limitación o finitud es un modo de participar del bien, es la condición para poder poseer el bien.

La tesis de que todo lo potencial es capacidad receptiva del bien, supone otra anterior también en la línea de lo bueno: el carácter difusivo del bien. Lo que es en acto, no sólo es perfecto, sino perfectivo, y, como concecuencia, es bueno y difusivo de su mismo bien.

La concepción de todo ente como bueno le permite considerar el universo como una jerarquización de bienes, en el que cada uno de ellos está dispuesto en distintos niveles de bondad, según su participación en el bien, que son así expresados analógicamente. Todas las realidades creadas son buenas en alguna medida, y en cuanto tales poseen las dimensiones de modo, especie y orden, descubiertas por San Agustín.

De manera que la explicación metafísica de Santo Tomás de la criatura se hace «desde unas tesis más definitivas y últimamente sintéticas, que es preciso situar en la metafísica neoplatónica del bien difusivo, la doctrina de la participación del bien por los entes del universo, y la ontología del mismo bien trascendental expresada en la caracterización agustiniana del bien finito como vestigio o imagen de la "Trinidad divina", según la dimensión ternaria de "especie", "modo" y "orden"» (Canals, 1991, 20).

Santo Tomás, por tanto, considera que son tres los elementos constitutivos de toda perfección en el ser finito: la especie, el modo, y el orden. Modo, especie y orden son tres dimensiones del bien finito, pero que no constituyen una estructura de composición, sino que suponen una misteriosa identidad y diferenciación.

El modo constituye la vertiente existencial y singular de las realidades finitas, por el que pueden estar y actuar determinadamente en un lugar concreto. El modo no es sino la diferenciación individual, según la cual la perfección se da accidentalmente en el ente. La especie es el aspecto conceptualizable de la entidad, lo que atrae la atención de la inteligencia. La especie no es sino la forma misma del ente, es decir, el principio intrínseco de la perfección del mismo. El orden es el elemento relativo, fundado en los otros dos. Da razón de la referencia y orientación de las cosas, de su dinamismo tendencial, tanto en su aspecto de apetición o de búsqueda como de difusión de sí. El orden es, por tanto, la inclinación o tendencia que el ente según su forma, o perfección intrínseca, tiene a otras cosas distintas, a su acciones, a la comunicación de sus perfecciónes y a su fin.

Las cosas son así buenas por esta tríada, y, por tanto, no únicamente por su naturaleza, sino también por su modalización propia y por su ordenación o finalidad. No se considera, por consiguiente, que la singularización sea una desintegración de la esencia, ni la limitación, o finitud, como un mal metafísico.

Huerto de coles en la White House



por Eulogio López


Tomado de Hispanidad






o podía ser de otra forma. Tenían que llamar la atención y sus posados de madurita tractiva para las grandes revistas de la moda, así como la búsqueda de un nuevo estilo para la primera dama en sesudos periódicos progresistas, suplementos del New York Times, por ejemplo, no saciaban su sed de liberación.

Como buena feminista, Michelle Obama considera que la discreción es opresión y el afán de servicio, sumisión. Así que ya tiene la solución para seguir manteniendo el estilo Michelle: plantar un huerto en los jardines de la Casa Blanca, convertida así, supongo, en zona franca libre de impuestos para productos hortofrutícolas.

Según los corifeos del presidencial matrimonio, los Obama defienden así su derecho a una agricultura ecológica, que es como la energía renovables pero a lo bestia: con ese sistema, con la agricultura orgánica la humanidad se habría muerto de hambre, porque su rentabilidad es más bien escasa. La conclusión es obvia: si las tierras cultivables no dan para alimentar a todos, no hay que sacarle más rendimiento a las tierras o ampliar la superficie dedicada al agro: lo que hay que hacer es disminuir el número de comensales, mayormente seres humanos. Ya saben: si quieres acabar con la pandemia del hambre, no des de comer al hambriento: aniquílalo.

Por el momento, doña Michelle se confirma con un huerto de coles. Un grupo de escolares franquearán la verja de seguridad de la ‘white house’ para ayudar a plantar lechugas, tomates y pepinos. La verdad es que don Barack prefiere matarlos cuando aún son embriones -a los escolares, digo, no a las coles-, más que nada para que los prestigiosos científicos puedan investigar enfermedades incurables que, como su mismo nombre indica, son aquéllas que no han logrado curar con embrión alguno.

En cualquier caso, prosigue el alegato del nuevo presidente norteamericano y de su esposa a favor de la vida vegetal y animal. Noble objetivo que siempre choca con el problema de una de las especies animales, la racional, empeñada en subyugar a las otras, incluida la ingesta de las coles de doña Michelle. Y claro, eso no puede ser.

El huerto de coles llega después de la firma de protocolo ONU sobre no discriminación de los homosexuales, otra forma de reducir el número de hambrientos en el mundo. Es su primer paso hacia el gaymonio, que Obama, siempre pendiente del bienestar de El País, variable, a su vez, siempre ligada su permanencia en la Casa Blanca por muchos años, considera un objetivo paulatino, quizás porque ocho Estados norteamericanos votaron negativamente el homomonio y no conviene encabronarles más de la cuenta. Pero no renunciamos a nuestro objetivo final: si todos se volvieran gays, en una generación se acaba el problema del hambre en el mundo.

Piano piano. Por ahora contamos con el huerto de coles.

Santo Tomás de Aquino según el P. Castellani







por el R.P. Leonardo Castellani




Tomado de Padre Leonardo Castellani






resentamos aquí el "anteprólogo" escrito por el R.P. Leonardo Castellani S.J. a su versión castellana de la Summa Teológica de Santo Tomás de Aquino, editada por el Club de Lectores en Buenos Aires allá por 1944. En estas líneas está pintado de cuerpo entero, no sólo el Angélico, que es su tema, sino también Castellani, que es su autor, con su incomparable y genial estilo, en estas páginas que a nuestro modesto juicio están entre las más hermosas que se ha escrito sobre Santo Tomás.
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ANTEPROLOGO (1)


I. — RAZÓN DE ESTE TRABAJO

Viajando por nuestro país nombré una vez a Tomás de Aquino; y un compañero de tren me preguntó con toda seriedad si ese Aquino era de Corrientes. Porque, en efecto, Aquino es apellido correntino.
Se podía responder que no con una sonrisa. Pero también se puede responder con más profundidad aunque con menos sencillez: "Si señor, Tomás de Aquino es de Corrientes. No está en las listas del Senador Vidal. Pero fue uno de los maestros de San Martín y del Sargento Cabral."
Tomás de Aquino es de toda la Cristiandad entera, aun en sus rincones mesopotámicos, y sobre todo de esta cristiandad latina a que tenemos el honor y el riesgo de pertenecer. El Senador Vidal, como todo correntino, debe tener mucho de tomista sin saberlo, porque nadie puede sustraerse a una tradición secular. A través de la Orden de Predicadores, de las otras órdenes religiosas, de la Jerarquía católica, del clero secular y de los conquistadores, la Suma Teológica del Aquinense se instiló en el Nuevo Continente inspirando costumbres, leyes, actos de gobierno, hábitos mentales y maneras de hablar. "Es increíble la cantidad de latín que hay incluso en el lunfardo de un reo de la Boca y en la lengua turfística de un sportsman de Palermo" —ha dicho Eugenio D’Ors ("El Debate", Madrid, 20 de junio de 1934).
Esa lengua latina que impregna como un mantillo húmedo las raíces de nuestro romance castellano —y sin cuyo conocimiento al menos en las élites intelectuales nuestra lengua degenera necesariamente— fue rechazada de la enseñanza por los hombres del 84 sin que se pueda asignar para ese fenómeno hoy día ninguna razón perceptible; puesto que en esto no imitaron según su costumbre, ni a Francia ni a los Estados Unidos. De modo que la "Summa" del de Aquino, que está más honda en nuestra nacionalidad que los mismos Aquinos de Corrientes, fue sustraída en su texto original hace 60 años a la incipiente alta cultura argentina. ¡ Y así le ha ido a ella desde entonces! Y ahora hay que traducirla como se pueda a la lengua vulgar. Paciencia. No hay mal que por bien no venga. Puede ser que sirva como instrumento de comunicación hispano-americana.
"He aquí que de nuevo en 1944 —escribe la revista "Moctezuma", de Méjico— van saliendo de las prensas argentinas los volúmenes poderosos de su obra magna en lengua de Castilla. En otros tiempos, cuando Occidente era Cristiandad, un occidental que no supiera latín era considerado un primitivo. Hoy, que se nos ha quebrado en pedazos la herencia de muchas generaciones... nos parece primitivo el que sabe latín; progresista el que posee una radio Philco y un Ford V 8.
"La Suma Teológica fue una de las más poderosas contribuciones a la culminación de la unidad occidental. Unidad que era idea antes de ser hecho. Cuando todo Occidente —desde Oxford a Mesina y desde Salamanca a Nuremberg— estudiaba la Suma sin pensar que Tomás era fraile o italiano o escribía en latín, existían valores superiores a esos instintos carniceros que nos encierran hoy en fronteras de montes o de ríos, de lenguas o de razas, para odiar o explotar más cómodamente a los que viven al otro lado..."

II. — LO QUE ES EL AUTOR

El Pbro. Dr. Nicolás O. Derisi nos ha vertido un libro de Jacques Maritain, El Doctor Angélico, donde está contenido todo cuanto hace falta saber del hijo de los condes de Aquino; como hombre, como Santo y como Doctor.
Santo Tomás de Aquino es un milagro de la Providencia, nacido para llenar una misión intelectual que había de extenderse a todos los siglos, y prevenido ende para ella con dones tan extraordinarios de natura y de gracia que a los que tienen la dicha de conocerlo aparece como una gran montaña del mundo moral. Esa especie de gran Angel sereno y activo, con sangre de reyes y cuerpo robusto de guerrero teutón que enseñó en Colonia, Paris y Nápoles, el triángulo de la Cristiandad Trecientesca, y recorrió en mula o a pie todos sus caminos, con los ojos grandes abiertos sobre todas las cosas y todos los libros, sorbiendo el alma y la entraña viva de los libros y las cosas, infatigable devorador del SER, que es el alimento insaciable de la inteligencia, la vida más vida que hay en nosotros... Hacer un recuento de esa grandeza, ni aun en tenue silueta, nos resulta imposible: y por eso nos referimos al libro de Maritain. Una imagen alegórica de la misión intelectual de Santo Tomás en el mundo, realmente hermosa, fue diseñada en forma de Auto sacramental o Misterio por el poeta Enrique Gheón
(2), traducido hace poco al castellano por J. del Rey y J. Mejía con el nombre de La Gloria de Tomás de Aquino.
Pondremos aquí sólo un cuadro sinóptico de su vida y otro de sus obras para comodidad de nuestro lector de la Summa.

III. — LO QUE ES LA OBRA

El espíritu de ciencia y de inteligencia para la sabiduría de las cosas divinas que el Verbo prometió a la Iglesia, se derramó en los primeros siglos en la obra varia y tumultuosa de los Santos Padres, brotada primero de la polémica con los herejes y rebalsada luego en caudalosos remansos doctrinales. La Edad Media heredó esa enorme masa de ciencia sacra, que incluía la ciencia profana (no profanada aún en aquel entonces) y que tenía como fermentos poderosos las reliquias de la filosofía pagana y la ardiente contradicción de la contemporánea especulación mahometana y judía. San Agustín, Aristóteles, Averroes, y Salomón Maimónides simbolizan el momento intelectual de la Alta Edad Media. De aquesa masa que por momentos parecía corrompiéndose más que fermentando (y de ahí los anatemas a Aristóteles y a los estudios racionales de prelados más celosos que sapientes) había que hacer pan de palabra divina a los pequeñuelos. Aquella gente a la vez infantil y gigantesca, llena de fuerza y de candor, aquel
‘Moyen Age énorme et dé1icat"
emprendió fervientemente la tarea. Fue el tiempo de las "Sentencias". y de las "Sumas".
El doctor Juan P. Ramos ha explicado entre nosotros en tres doctas conferencias el alma, el mecanismo vital y el método tan natural como profundo de la "Universidad" medieval. La flor de esa Universidad es la Summa del Aquinense.
Tanto la Iglesia como la Monarquía necesitaban "letrados", que conociesen éstos la Escritura, aquéllos el Derecho Romano. Por tanto, ni el Rey hacía magistrados, ni el Papa Obispos y curas, por regla general, sino al que acreditase ciencia profana o sacra: no se daban "puestos" sino a quien fuese un "letrado"— tipo humano especial cuya lamentable degeneración conocemos hoy día con el nombre de "intelectual"—. Un Juan de Salisbury (Johannes Parvus) salía de la Universidad con un enorme volumen titulado "Polycráticus", se lo mandaba con una dedicatoria al Rey de Romanos, y a vuelta de chasque le venia el "nombramiento" de Arzobispo de Chartres.
Ni la Iglesia ni el Rey soñaban no obstante en "monopolizar" la enseñanza y fabricar ellos los "Letrados": al letrado lo fabrica el Sabio, y su propia vocación y total dedicación a las letras. Les convenía que hubiese sabios en sus reinos y que nadie los estorbase, al contrario. Como esos reyes sabían bien su oficio de Rey, sabían honrar como se debe a los que sabían bien su oficio de Sabios; y así Luis IX rogaba a su mesa al fraile fornido y moreno, que no hablaba más que latín y napolitano, y que se abstraía durante la comida y dando de pronto un puñetazo en la mesa gritaba: "Esto es definitivo contra los Maniqueos"; sobre lo cual el Rey sonriente mandaba traer al punto vitela y tinta para anotar el topado argumento decisivo. El rey veía en el fraile un ministro de Dios; y el fraile veía claramente en el rey la espada de Dios. Dichosos los puros de corazón porque ellos verán EN Dios.
Así pues en el Barrio Latino, sobre la colina de Santa Genoveva, a la orilla izquierda del Sena, se aglomeraba y bullía el mundo pintoresco de los maestros de toda laya en medio del hormigueo de los estudiantes de todo pelo y pueblo, sobre los cuales el Rey había puesto una especie de intelectual Sub-Rey, un Sabio entre los Sabios, que tenia el poder de azotar y hasta de imponer poena cápitis a los suyos; poder este último que no usó casi nunca. "Studium Generale!" "Universitas Studiorum!" Era toda una institución, que tenía su fuerza propia y privativa, que podía hacer temblar a los poderosos del dinero y de la espada, incluso de la espada espiritual, y que ocupaba una tercera parte de los pensamientos del Rey y del Papa, aunque no les gravaba para nada la Hacienda ni el Tesoro. Hoy día es al revés: la Universidad gasta mucho y puede poco, su luz es más sin fuerza que la luna; y entre nosotros su pobre luz prestada parece más bien a ratos el resplandor fosforescente que brota de los cadáveres.
Pedro el Lombardo, que recitaba todos los Santos Padres y sabía el hebreo como un rabino, poseía un galpón cualquiera, o un patio abovedado. Se sentaba en un sillón frailero puesto encima de dos arneses, mientras los discípulos se amontonaban en taburetes y los más pobres en montones de paja, algunos tirados pecho a tierra con la nariz en los papeles, escribiendo como demonios, mientras en la puerta se agolpaban de pie caballeros y nobles y algunas veces asomaba discretamente un obispo extranjero; y en el silencio profundo donde reinaba la voz chillona del Maestro de las Sentencias había novecientos alumnos. Si el Maestro se volvía a tomar un manuscrito, surgía un rumor espeso como el suspiro de un monstruo, un cuchicheo como el de la lluvia; pero mirando él a su público, ni la menor palabra se escapaba, pues los mancebos sabían bien lo que son 25 colas de gato y el Lombardo no sabía de bromas. Un día en medio de la "lectio" llegó un faraute con una bula del Papa refrendada por el Rey y el fornido lombardo dejó su asiento de dos arneses por la silla archiepiscopal de París, que en aquel tiempo era como ser Vice-Papa.
Por la mañana la "lectio", por la tarde la "disputatio", los dos ejercicios escolares fundamentales que menciona Santo Tomás en su Prólogo.
"Lectio" (pr. léccio) significa lectura. En aquel tiempo no había imprenta, los libros eran pocos, la memoria humana era mayor; y quizá también (hablando en general) la inteligencia. Los maestros tenían libros, que eran sus instrumentos, su capital y su tesoro; Santo Tomás dijo una vez que daría la ciudad de París par un manuscrito del Crisóstomo. El Maestro se sentaba en alto, y empezaba simplemente a leer su libro, el "De Trinitate" de San Agustín. Pausadamente. Todo. Tanto el texto coma las notas marginales suyas, deteniéndose a momentos para añadir otra nota o hacer una observación exegética; y los discipulos ¡COPIABAN TODO! Qué memorismo!, diría una maestra normal de hoy. Ese era el tipo general de enseñanza. Pero Pedro el Lombardo había inaugurado una enseñanza más compendiosa y nerviosa: en vez de leer el texto patrístico entero había coleccionado las sentencias más notables, los dichos capitales que contenían o rozaban un dogma, o que encerraban herejías aparentes, contradicciones, antinomias, aporías, problemas. Como un albatros sobre el mar, su memoria inmensa cernía sobre los escritos patrísticos buscando el pejerrey del punto duro. Y así la "lectura" se convertía en preparación inmediata de lo que era lo esencial de la enseñanza medieval (y de toda enseñanza propiamente filosófica), a saber, la "disputatio".
Por la tarde, uno de los mejores alumnos se sentaba al lado del Maestro y proponía en voz resonante una "Quaestio disputata"; por ejemplo:
"Si Adán no pecara, ¿ la virginidad religiosa sería siempre preferible al estado conyugal?"
Respondo que no; porque San Pablo (2a Corintios, quinto) al recomendarla dice: "propter instantem necesitatem" y San Agustín, en el "De bono pudicitiae", dice que la oblación del cuerpo sexual no es posible sin la gracia sanante ni sería meritoria sino como reacción heroica contra la tiranía de la actual concupiscencia. Por lo cual el Divino Maestro decía: "Sed hoc non omnes capiunt."
Entonces se levantaba uno del coro y con voz no menos juvenil trompeteaba en latín macarrónico:
"Veniâ Reverendi Moderatoris cunctorumque adstantium, contra thesim in quâ tenes:
"Si Adam non pecasset", etc.... "sic arguo:
"¡Virginitas esset quandocumque preferenda castitate conjugali!"
Porque: el mayor sacrificio que se ofrecía a Dios en la Antigua Ley era el holocausto, por el cual se destruye completamente un animal limpio. Ahora bien, el hombre es mortal en cuanto al cuerpo, y, sin embargo, todo su Yo, cuerpo y alma, elementos inseparables, tienden con toda su fuerza a la inmortalidad; y así el cuerpo animado tiende con fuerza enorme a la inmortalidad por la progenie, inmortalidad carnal de la especie y no del individuo, débil sustituto natural de la sobrenatural resurrección de la carne. El mayor sacrificio que el hombre hace a Dios es su vida, consta por Jo. XV, 13; pero por el voto de castidad el hombre se mata en cierto modo, renunciando a esa inmortalidad carnal del amor humano. Luego, en cualquier caso, aun en el estado de natura íntegra, la virginidad por motivo religioso hubiera sido estado superior al casto matrimonio, como el holocausto del cordero es acto de religión superior a su recto uso.
El sostenedor repetía la objeción reducida a tres limpios silogismos; otro arguyente y otro y otro se levantaban a romper lanzas. La muchachada aplaudía, se reía y gritaba, el Gran Bedel se las veía negras con su campanilla. Los italianos corregían a gritos los errores de gramática, los españoles pateaban y se atusaban las nacientes perillas, los ingleses decían flemáticamente , ¡hear! ¡ hear!, los tudescos, que se ponían siempre juntos en un rincón, rubios y grandotes, eran famosos por sus carcajadas. Los gordos bedeles circulaban todos colorados entre las filas con sus temibles varas de mimbre; y parecían barriles de aceite echados al mar, se hacía calma súbita donde pasaban. porque el día de Disputatio Menstrua cualquier bedel tenía potestad de infligir una "sala", y una "sala" era cosa seria. Sobre un cartapacio de piel de cabra el Maestro anotaba tranquilamente en medio de la batahola el resumen de las objeciones.
Entonces se levantaba el sustentante y en pausado latín y clara prosa daba su razón fundamental, "probatio", la prueba de su tesis. Y después, tomando una a una las objeciones, concedía la mayor, transaba la menor, distinguía la menor subsunta, y por ende contradistinguía el consecuente o bien negaba la consecuencia. El entusiasmo ardía de nuevo y se trababan diálogos vivísimos mechados de interjecciones en todos los "dialectos" de la Grande Europa; y cuando después del solemne resumen y conclusión hechos por el Cancelario la multicolor escolaresca se volcaba como un torrente sobre el Quai Saint Michel y la Place de Sorbon, era seguro que la lista de tesis o "cuestiones disputadas" había sido vuelta y revuelta en todos sentidos y el entendimiento se había tendido al máximo, como las fuerzas y destreza de un caballero en el torneo.
La discusión es absolutamente necesaria en filosofía, cuando menos como método didáctico
(3) . Nadie puede enseñar "la filosofía", se puede enseñar a filosofar. Filosofar es ejercitar la propia razón sobre los primeros principios hacia las últimas razones de las cosas; y eso no es lo mismo que repetir de memoria los razonamientos de los filósofos puestos en fila, como pasa en muchas cátedras no muy lejos de aquí mismo. El argumento de autoridad tiene máximo peso en Teología, cuando se trata de la Autoridad Revelante; pero tiene el último lugar en filosofía, donde no basta el "Autos hfa", "el Maestro lo dijo", de los Pitagóricos. Algunos dicen que la polémica es indigna del fib6sofo; la polémica le será indigna, pero la crítica le es indispensable. El libro que para muchos es el pórtico de la filosofía moderna, la Primera Crítica de Kant, pese a su forma expositiva, es una discusión disimulada, donde los argumentos contrarios están implícitos o reducidos a antinomias o antitesis. Los 3.112 artículos de la Summa son discusiones en resumen. Habiendo usado ya el método expositivo en sus comentarios a Aristóteles y un método semipolémico en la "Summa contra Gentes’, el instinto poético del Santo Doctor designó calcar su "libro de texto" teológico sobre la práctica pedagógica de la "disputatio", imitando la "via inventionis" de la verdad por el intelecto humano; al mismo tiempo que en la disposición de los artículos empleaba el camino analítico, la via expositionis.
Esta idea fue un hallazgo genial. Como él lo nota en su prólogo, la lectura comentada de los Padres era engorrosa por las repeticiones y confusa por la falta de orden lógico; mientras que la "disputatio" dejaba lagunas, y se enardecía sobre puntos de menor importancia. El Lombardo había tratado de combinarlas en un cuerpo de doctrina con su selección de "Sentencias" , que el mismo Tomás había comentado en una vasta obra de juventud, que fue preparación de la Suma
(4). No era bastante. Dominando con su mente arquitectónica el boscaje de las "cuestiones cuodlibetales" que él reduce analíticamente a sus primeras raíces, y calcando después la exposición de ellas sobre la misma vida intelectual de la época, en forma de fingida disputa, la Summa surge como una inmensa catedral gótica : catedral que es simple en el centro, donde como en un Sagrario late la pregunta eterna del Santo: "¿Quién es Dios?"; inmensamente varia en la superficie, cubierta por la procesión de todas las criaturas.
Los que no pueden ver más que la superficie, se pueden perder en ella. Hipólito Taine, en unas páginas de increíble superficialidad, se escandaliza de la "inutilidad" de muchas cuestiones de la Suma, y no se arredra de emplear la palabra "imbécil" hablando de uno de los genios reconocidamente más grandes del Universo
(5). El renovador de la moderna crítica literaria, el asombroso perito en libros, el implacable disecador de la Revolución Francesa, comete aquí un traspié de esos que los españoles no se sabe por qué llaman garrafales. Santo Tomás hubiera triunfado de él modestamente diciendo que justamente por ser un contemplador de lo concreto es inapto a filosofar, porque de lo concreto no hay ciencia sino a lo más una virtud intelectual inferior llamada perspicacia. "Socrates et album non est vere ens neque vere unum!"
Pero nosotros tenemos derecho a pedir más, no al pobre filósofo de "L’Intelligence", pero al crítico literario de la "Histoire de Ia Littérature Anglaise". Muchas de las cuestiones que él pone como ejemplo de inútiles y estúpidas y mancha con burla fácil de enciclopedista, representan problemas eternos de filosofía, debatidos hoy día con palabras más abstrusas y forma menos pintoresca, debatidos por Taine mismo. La cuestión que pusimos arriba sobre la virginidad y el matrimonio, que no está en la Suma pero sí en el Maestro de las Sentencias, tenemos una bibliografía de más de cien libros actuales sobre ella, desde Lutero, por Freud, hasta el monstruoso "La chasteté perverse", de Boivenel, que la discuten con más encarnizamiento, y menos limpieza que antes. El mismo Taine la ha discutido sin darse cuenta; con la diferencia de los antiguos que aquéllos eran claros y la resolvían, y él es oscuro y encima no puede resolverla ni de lejos.
Es que la humildad de la ciencia antigua desconcierta a la ampulosidad del cientifismo moderno. No hay nada que se parezca más a lo simplón que lo simple; porque los extremos se tocan y la suprema sencillez del genio puede parecerse por momentos al simple devaneo del niño. Pero un gran crítico literario debe distinguirlos; y aquí le falló a Taine su crítica, a causa de su rígido espíritu de sistema, de su ignorancia filosófica y de sus prejuicios vehementes de hombre "positivo".
Que la escolástica haya disputado cuestiones meramente académicas o de puro virtuosismo dialéctico o conceptual, es obvio; no hay ciencia alguna en estado floreciente que no se vaya algo "en vicio", sin contar las cuestiones sistemáticas o ténicas (como la fijación del vocabulario), que no interesan al de afuera, pero son necesarias adentro, como el afilar un obrero la herramienta. La socorrida cuestión de "Si infinitos ángeles caben en la punta de un alfiler", citada comúnmente como ejemplo de ridículo bizantinismo, envuelve en sí nada menos que el problema metafísico del espacio, puesto en solfa y como en juego. Debe recordarse que aquellas mentes medievales eran sanas y juveniles, y no un vitriólico pedante cansado de la vida como Taine. Sin embargo, Santo Tomás es entre todos los escolásticos el más sobrio y serio, y menos amigo de hacer parábolas como la del "asno de Buridán". Quién le iba a decir a él cuando reprendía a Platón "de tener mala manera de enseñar, porque habla demasiado alegóricamente", que andando los siglos le iban a dirigir a él la misma reprensión aunque con diferente causa!
En el prólogo del tomito IV de esta traducci6n veremos un ejemplo de este modo concreto de tratar los problemas filosóficos en la sorprendente cuestión "De si en el estado de natura íntegra nacerían solamente varones". En esta duda más bien chusca está encerrada la difícil cuestión de la diferencia caracterológica de los sexos, debatida hoy, por ejemplo, por Ludwig Klages en "Grundlagen der Charakterkunde", cap. VI.
La última razón de esta forma juvenil y poética de discurrir, no es solamente la frescura de la mente medieval (pues bien en abstracto discurre Tomás en sus magnos comentarios a Aristóteles) sino el hecho de que la Teología es concreta y en la Suma los problemas filosóficos están ordenados a los teológicos
(6).

IV. — LO QUE NO ES LA OBRA

Santo Tomás es un hombre a quien se le puede pedir mucho; pero siendo nada más que hombre no se le puede pedir todo. No se le puede pedir, por ejemplo, que sea infalible; no se le puede pedir que resuelva explícitamente los problemas que en su tiempo no existían; no se le puede pedir la misma certeza en todas sus conclusiones, la misma suprema elegancia intelectual en todas sus cuestiones. Creyó, por ejemplo, que lo que es hoy el Dogma de la Concepción sin Mancha era una opinión solamente, y la menos probable, o por lo menos no lo vió claramente (ver S. Th., III, c. 27); falla que Dios permitió quizá para que no presuma un hombre, aunque sea un águila del pensamiento, contener él solo el depósito de la revelación divina, que está prometido solamente al Cuerpo Total de la Iglesia viviente y perpetua.
El entendimiento del hombre está unido a un cuerpo, que está en el espacio, y por ende en el tiempo; todo filósofo, por inmortal que sea, está tocado de temporalidad. No le pidamos a Santo Tomás que viva a la vez en el siglo XIII y en el siglo XX! Justamente es de todos los siglos porque vivió a fondo su siglo XIII —lo vivió intelectualmente, que es la más alta manera de vivir—; pero no es de todos los siglos de la misma manera. Su mente es tan arquitectónica, sus intuiciones tan profundas y penetrantes, su sistema tan vasto, coherente y flexible, que realmente fué en un momento toda la filosofía y será por todos los siglos el representante quizá más completo de la Philosophia Perennis, de tal modo que no parece posible surja en lo filosófico prolongación o progreso alguno, que no sea posible injertar o integrar en ella. Pero en él la filosofía no era una edición ne varietur, una Biblia protestante, un depósito muerto de verdades definitivamente formuladas, como la tabla de multiplicar: ¡era una vida! Insistió tanto él mismo en la penuria de nuestros conceptos, la intrínseca cojera del pensar discursivo, advirtió tantas veces que el sistema, necesario a la ciencia humana, no es más que un sucedáneo de la Idea pura, de la intuición angélica imposible al hombre! Pero evidentemente, después de decir que el discurso es una condición peyorativa de la existencia corporal y espacial de nuestra mente, tiene que entregarse al discurso y a veces por cierto lo hace hasta el punto de pasarse un poco a la embriaguez dialéctica. Sería cerrar los ojos a la evidencia querer negar que aquí o allá confía demasiado en algunas fórmulas, que sustituye en la explicación de los textos el artificio lógico a la razón psicológica o histórica, que desdeña un poco la región baja de las ciencias medias en su volar acucioso al ideal helénico de la ciencia pura, que después de advertir que los misterios no se comprenden ni demuestran, se pone (comprendedor incorregible) a dar demostraciones de la Trinidad que no son sino semejanzas; o bien pruebas congruas de la Encarnaci6n que son especie de poemas lógicos ad edificationem fidelium más aptos para la oración que para la apologética. El "intelectualismo" que le han incriminado Bergson y M. Seeberg no es un racionalismo, mil leguas de eso; pero su confianza absoluta de que la inteligencia y el ser son una cosa, "ens et verum convertuntur", de que no hay divorcio final entre la Vida y la Idea, le lleva a olvidarse a ratos de la oscuridad que infunde la materia a las cosas de este bajo mundo, a querer explicarlo todo, a racionalizar todas las enumeraciones, a poner a veces tranquilamente y sin decir ¡ojo! un orden ficticio, de tipo artístico, en los puntos impenetrables al ordenar científico, llevado quizá de ese instinto de simetría que movía al arquitecto medieval a poner estatuas donde no eran necesarias ni casi posibles. Estaba seguro de que la Inteligencia era la causa de todas las cosas y por tanto ¡todo tenía que tener explicación! "Era necesario que Cristo naciese de mujer y sin padre: porque Adán nació sin padre ni madre, Eva nació de varón sin mujer, nosotros nacemos de varón y mujer, luego era conveniente "ad decorum universi" que un hombre naciese de mujer sin varón", ¡para agotar todas las generaciones posibles! Explicaci6n de tipo meramente poético, donde la ciencia suprema, la Teología (como advirtió en la Prima Pars, c. 1, art. 9) toca con los pies la ciencia ínfima, la poesía, con la cual tiene de común el instrumento del símbolo.
Así como no se puede pedir a la Teología el método propio de las matemáticas, tampoco se puede pedir a Santo Tomás el aparato de la teología moderna. El teólogo medieval era un "comprendedor" apasionado, en tanto que el teólogo moderno parece más bien (no hablo de discípulos de Tomás como Billot) un "rememorador" minucioso y escrupuloso hasta el delirio, un custodio armado del hipogrifo del Dogma que jamás se le ocurre ponerle el freno para salir en él volando. El archivista ha matado al soñador y los tratados de Teología se parecen hoy mucho más a códigos que a poemas. Así, pues, no busquen en Santo Tomás, por ejemplo, las aparateras "notas" teológicas que prenunció Melchor Cano ("De Locis") e introdujo la polémica con los jansenistas: "Esto es de fe y esto no es de fe; esto es de fe definida, de fe próxima a definirse, de fe por la Escritura, de fe por el magisterio común, de fe implícita; esto es conclusión teológica cierta, doctrina unánime de los doctores, sentencia común, probabilísima, más probable, probable, disputada." En la cuesti6n "De si negar las Nociones (de la Trinidad) es herejía", el Santo Doctor advirtió en general que toda proposición negante lo que está de algún modo conexo racionalmente con el Dogma, se reduce también de algún modo a la herejía, salva siempre la intención subjetiva; pero él no se aflige por distinguir en su inmenso tratado las diversos grados de conexión de las verdades con la Revelación: amasa tranquilamente todo lo que él tiene por verdadero en un solo bloque, que sería imprudente tener por monolítico; yuxtapone al dogma, la conclusión, la congruidad, la alegoría y hasta la conjetura; y al lado del teorema metafísico de que en el Angel la sustancia no se identifica con el acto intelectivo, estampa tranquilamente el loguema poético de que los querubines fueron creados en el Cielo Empíreo, confiando quizá demasiado en el criterio de su lector, incluso del lector de su tiempo.
Menos todavía se le puede pedir a Santo Tomás que haga un tratado magistral tan accesible como una novela, o que informe teológicamente a un sujeto impreparado. Es superfluo advertir aquí que la Suma es una obra científica, por más que el interés transcendente de sus cuestiones, sus vínculos con todo lo que hay de más humano, la modestia de su vestidura terminológica y el milagro de la claridad a que la llevó el genio del Aquinense puedan inducir en error a los incautos: porque, como notó Vázquez de Mella, la profundidad del pensamiento tomista no está tanto en las líneas cuanto en los blancos que hay entre ellas; quiere decir, en lo que suponen las líneas para ser entendidas en toda su fuerza, que es nada menos que la familiaridad con la filosofía aristotélica
(7) . De modo que dio más bien muestra de inteligencia aquella dama a quien Fray T. Pegues, o. p., prestó su traducción francesa de la Summa, la cual después de leer la Cuestión 3ª: "De la simplicidad de Dios", se la devolvió diciéndole que tenía bastante: "porque si ésta es la simplicidad de Dios, ¿ qué será su complicación?" —dijo con todo buen sentido la buena señora.
Pero Tomás de Aquino no fue un filósofo solamente y si fue un gran filósofo era porque estaba por encima de su misma filosofía. No fue un solitario como Kant, ni un catedrático como Suárez, ni un reformador vagabundo como Descartes, ni un diletante de genio como Leibnitz: fue una especie de atleta intelectual, miembro de una orden naciente, metido en el vivo foco de la vida religiosa, política y social (que entonces eran una) de uno de los siglos más hervorosos que han sido: por lo tanto, en su obra maestra, pese a lo que pueda parecer, no hay nada de académico, nada de pura técnica y virtuosismo, nada de repuesto o de sobra, ni mucho menos los abismos de ignorancia que creyó ver, a través de la suya propia, el pobre Taine. Él sabe ser tan sutil como Escoto, pero no busca la sutileza por la sutileza; él es tan ecléctico como Suárez, pero tiene demasiada sangre para no preferir a los sabios resúmenes o tibios compromisos el avalance del propio pensar personal. En su catedral no hay criptas ni recovas y hasta el último capitel está sosteniendo algo; no hay adornos, contrapuertas ni falsas ventanas. Por cada artículo se entra a alguna parte, y detrás de muchos de ellos está guardando una Melisinda el Caballero de las Armas Verdes, hacha de todos los Taines y los Viejos Verdes, sólo superable por la divina obstinación del Enamorado.
R. P. LEONARDO CASTELLANI, S. J.
(Mar del Plata, Febrero de 1944, en el Instituto Peralta Ramos.)
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NOTAS
1) Santo Tomás puso a la "Summa" un prólogo de 22 líneas, explicando su propósito. No es lícito pues ponerle otro prólogo, a no ser que sea un mero comentario o paráfrasis de la media página del maestro. Eso nada más quieren ser estas 22 páginas.
2) Le Triomphe de Saint Thomas d’Aquin, "Revue des Jeunes", Paris, 1922.
3) Ver De si la doctrina sacra es argurnentada, I, c. 1, a. 8.
4) In 4 Libros Sententiarum Commentarium.
5) "Vous vous croyez au bout de la sottise humaine? Attendez encore.... ." (Histoire de La Litterature Anglaise, c. III, § VIII, pág. 225 de la edic. de 1866). Tame se hace allí una mezcolanza con toda la Edad Media bajo la etiqueta equívoca de "escolástica", mezcla de Sto. Tomás con Abelardo, Pedro Lombardo, Escoto, Roscelin, Bacon, Raimundo Lulio, Occam y aun con San Ignacio y Sta. Teresa, a quienes califica de "Edad Media que revienta espléndida y demente". Diderot, a quien é1 moteja cruelmente de superficial en la "France Contemporaine", tomo I, no escribió páginas más frívolas ni botaratescas.
6) Ver De si la ciencia sagrada debe usar de metáforas y símbolos — respuesta afirmativa, en 1ª, q. 1, art. 9. Es curioso que donde tropieza un gran crítico literario como Taine, ve claro y hace justicia a la Escolástica un pedagogo protestante, el doctor Phil. - Paul Monroe, profesor en la sección Magisterio de la Columbia University de Nueva York. Mejor fundado que Taine en Filosofía, percibe detrás de las cuestiones "pueriles" de la Escolástica: 1º, las más profundas inquisiciones acerca del ser, de la naturaleza de la realidad y del espíritu, de la esencia de lo divino; 2º, un propósito pedagógico de llegar con claridad a todas las mentes, aun a riesgo de exponerse al ridículo. En su clásico: "Brief Course in the History of Education", dice así el profesor Monroe:
"Hence such trivial or even sacrilegious questions as those which are so often quoted as indicative of the puerility and utter worthlessness of scholastic learning, in reality deal with subjects regarded as of vital importance in our own times, "How many angels can stand on the point of a needle?", "Can God make two hills without the intervening valley?", "What happens when a mouse eats the consecrated host?" — all such questions conceal beneath their simple form the most profound inquiries concerning the relation of the finite to the infinite, the attributes of the infinite, the nature of reality. Give them a form that only the trained metaphysician can understand, and they constitutes the profoundities of modern thought; give them such form as the untrained adult or the youth just beginning his course of scholastic studies can comprehend and handle, and they form the alleged "monstrosities" of the Schoolmen." (LC.)
7) Familiaridad que puede adquirirse meditando la Summa tan bien en cierto modo como leyendo a Aristóteles y mejor que leyendo manualitos.

19 de marzo de 2009

España - Argentina



por el Dr. Aníbal D´Angelo Rodríguez



Tomado del Blog de Cabildo






i buen amigo ARP me envía un informe sobre la situación de la población española que es estremecedor. El poco crecimiento que se observa se debe principalmente a los inmigrantes. Aún así, la población española está cerca de presentar crecimiento cero. Y la pirámide poblacional está a punto de invertirse. Hay ya un millón de mayores más que de jóvenes y dos millones de personas de más de ochenta años.

La tasa de crecimiento, que tiene que ser de 2,1 hijos por mujer solo para conservar el número de habitantes, está en 1,32, record únicamente igualado por Italia y Grecia. Cada año hay menos matrimonios y más rupturas matrimoniales.

Pero lo más importante de todo esto viene ahora: España y Grecia son los únicos países de Europa que no tienen ley de protección familiar. Es decir, que al Estado español, sucesivamente gobernado por socialistas de izquierda y populares de derecha no le interesa la cuestión de la familia ni de la población. Sencillamente eso: no le interesa, no es política de Estado ni entra en ningún pacto de los tres o cuatro que se han firmado después del de la Moncloa.

Muchas veces hemos dicho que Zapatero y Kirchner son dos seres infinitamente iguales. Los dos, politiqueros de segunda, llegaron al poder gracias al azar. El uno por una bomba oportuna, el otro por un dedazo fortuito. Los dos son tercos como una mula y para recular tienen que golpearle los hechos en la cara: una bomba en Barajas, una perdida elección de Catamarca. Los dos tienen prioridades prototípicas de zurdos progresistas de la especie más bajuna y les falta total y absolutamente cualquier atisbo de grandeza. Por eso Zapatero se dedica a crispar a la sociedad resucitando los odios de la guerra civil y Kirchner hace polvo el ejército y mediante horrores jurídicos mantiene en la cárcel a quienes cumplieron su deber.

Ahora tenemos una nueva prueba de su identidad: los dos promueven el aborto, la píldora del día siguiente (cuando, pasada la borrachera, las damas de este tiempo advierten lo que les pasó. Debiera llamarse píldora de la resaca), la vasectomía y la equiparación del matrimonio con las tristes coyundas de dos seres del mismo sexo (perdón, quise decir género).

Pero a Kirchner, como a Zapatero, la familia, la familia en serio (no digamos ya la familia numerosa) lo tiene absolutamente sin cuidado. En sus años de gobierno no ha tenido tiempo para poner en vigor ni la más mínima norma de protección, ni siquiera de fomento. Salvo un ridículo aumento de ciertas asignaciones familiares.
Son hombres, pues, que se definen no solamente por lo que les importa, sino sobre todo por lo que no les importa. Lástima que el que pagará esos gustos y esos disgustos es el país que en un tiempo fue la República Argentina.

Un triunfo estratégico para las tinieblas


fotografía: el Padre Lombardi, junto a S.S. Benedicto XVI



El Blog amigo El Cruzado ha publicado un artículo cuya lectura recomiendo: Un triunfo estratégico para las tinieblas .

Para acceder al artículo haga click sobre la imagen.

19 de Marzo, Festividad de San José, Esposo de la Santísima Virgen, Patrono de la Iglesia Universal





mprendemos el estudio de San José con veneración, con respeto, casi sin ruido, dispuestos a escuchar el callado rumor de un alma que embelesa. No es la suya una vida que se deslíe en el tiempo. Si nos limitásemos a ver al Santo Patriarca únicamente tras los tenues y velados acaecimientos de la historia, no sabríamos comprender el significado de su paso por la tierra. El perfil de su figura perdería peso, quedaría apenas dibujado de no ampliar nuestro horizonte hasta más allá de lo visible. Hay vidas que aturden por el estruendo de sus hechos de un día. Son simple anécdota, emoción fugitiva. Otras, en cambio, se deslizan con levedad, con la gracia apacible de un remanso. A primera vista parecen decir muy poco; pero si ahondamos, si sabemos deletrear su sublime abecedario, nos quedamos absortos ante el deslumbramiento. Tal es la vida del humilde artesano de Nazaret. En ella, con murmurio de colmena, el hervor resuena dentro.

San José es un abismo de interioridad. Mientras su cuerpo reluce como dechado de templanza, su alma, preparada para recibir comunicaciones divinas, se nos presenta como un trasunto del paraíso, como un reino de armonía, semejante a una lira pulsada por la mano de Dios. Respira cielo. Vive en la cumbre de todas las elevaciones. No en vano tuvo a Jesús en sus brazos, le meció cuando pequeño, se oyó llamar padre por la Sabiduría y sintió el derretimiento producido por la contemplación de aquel Niño en cuyas manos había florecido la pluralidad del universo. Por algo bebió durante una treintena de años en los ojos, en la sonrisa de su Hijo adoptivo el agua transparente que salta hasta la vida eterna. ¡Misterio inenarrable! No podemos llegar hasta nuestro Santo con las manos vacías. Para entenderle tenemos que llenarnos de perfecciones, afinar nuestros sentidos espirituales y añadir una nueva vibración a nuestro lenguaje. A su lado nos sentimos muy pequeños. Pero su amabilidad, reflejo angélico, nos anima, nos atrae, nos alienta con una ternura acogedora. Lleguémonos, pues, a la orilla de su vida con amor, con el mismo amor con el que los evangelistas, los doctores, los teólogos nos hablaron, nos siguen hablando de Él.

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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del Santo Patriarca.

18 de marzo de 2009

Marcello: Concerto for oboe & strings in D minor / Andrea Marcon








lessandro Marcello was an Italian nobleman and dilettante who excelled in various areas, including poetry, philosophy, mathematics and, perhaps most notably, music.

A slightly older contemporary of Antonio Vivaldi, Marcello held concerts at his hometown of Venice. He composed and published several sets of concertos, including six concertos under the title of La Cetra (The Lyre), as well as cantatas, arias, canzonets, and violin sonatas. Marcello often composed under the pseudonym Eterio Stinfalico, his name as a member of the celebrated Arcadian Academy (Pontificia Accademia degli Arcadi).

Although his works are infrequently performed today, Marcello is regarded as a very competent composer. His La Cetra concertos are "unusual for their wind solo parts, concision and use of counterpoint within a broadly Vivaldian style," according to Grove, "placing them as a last outpost of the classic Venetian Baroque concerto."

A concerto Marcello wrote in D minor for oboe, strings and basso continuo is perhaps his best-known work. Its worth was attested to by Johann Sebastian Bach who transcribed it for harpsichord (BWV 974). He died in Padua in 1747.


Alessandro Marcello
(1669 - 1747).

Concerto for oboe & strings in D minor

Venice Baroque Orchesta.

Paolo Grazzi (Oboe).

Dir: Andrea Marcon




I. Andante e spiccato.





II. Adagio.





III. Presto.

Con todo respeto, Monseñores: yo disiento


por Eulogio López



Tomado de Hispanidad






ecoge Zenit el documento final sobre la crisis económica de la CELAM -obispos iberoamericanos-, reunidos en el Vaticano, me ha llenado de estupor. No por lo que dice, sino por cómo lo dice.

Con todo respeto, monseñores: el texto está redactado en lenguaje ‘new age’, en el idioma de lo políticamente correcto. En mi opinión en el lenguaje de la tristeza. El mismo Al Gore lo firmaría.

¿La creación está en peligro? ¿Quién lo ha dicho? Uno diría que lo único que está en peligro es la humanidad, controlada por quienes opinan que debemos olvidarnos de los conceptos de vida y muerte. Si fuera el planeta el que peligra, sin que la libertad humana pudiera invertir la situación, estaríamos desconfiando de la Providencia, en la divina misericordia. Y entonces, ¿en qué nos diferenciaríamos del fatalismo que asola al mundo actual?

En la misma línea, ¿faltan recursos? ¿Quién lo ha dicho? El genio humano aplicado al resto de la creación divina, ha multiplicado los alimentos, la energía y las posibilidades, en lógica sintonía con el mandato de “henchid la tierra y someterla”. Ilustrísimas: ¿No se dan ustedes cuenta de que la penuria alimentaria, el cambio climático y demás tontunas no son otra cosa que patrañas inventadas por los poderosos del mundo, por el Nuevo Orden Mundial, para reducir el “número de comensales invitados al banquete de la vida” (Pablo VI). El hambre y la miseria no son consecuencia de la penuria sino del egoísmo y de una injusta distribución de una riqueza... creciente.

El relativismo de la New Age no sólo desconfía de Cristo sino que, como no podía ser de otra forma, miente. Las crisis económicas de la modernidad, desde el siglo XIX al XXI, han tenido su origen en los excedentes de bienes, servicios y, últimamente, información, que provocan importantes desigualdades. Nuestro problema es moral, no económico, el problema no es que nos falta, es que nos sobra.

¿Crisis de energía? Claro, porque la energía de hidrógeno -en su integridad- multiplicará exponencialmente la capacidad energética de la humanidad como ya lo ha hecho la fisión nuclear. Como siempre, el problema consiste en que el fuerte no se aproveche del débil. ¿Por qué apostamos desde Hispanidad por la energía nuclear, por la presente y por la futura? Por dos razones: es casi inagotable y es la energía de los pobres.

¿Crisis financiera? Pero monseñores, por favor: si la crisis actual proviene del océano de liquidez que hemos creado, con unos mercados bursátiles que se han convertido en verdaderos parásitos de la economía. La crisis ha sido provocada por un proceso de especulación financiera sin freno que ha convertido el dinero en un fin, cuando es un medio para producir bienes. Pero, en cualquier caso, ha sido la abundancia, la multiplicación de los activos financieros -la exuberancia irracional de los mercados, en lamentable ironía de don Alan Greenspan- la que ha provocado la crisis, la creación de dinero innecesario sostenido por dinero innecesario y por un nuevo tipo de avaro que no desea ni tan siquiera bienes: sólo el poder que produce una cuenta corriente -es decir, un apunte contable- con muchos más ceros que el vecino. Los mercados financieros especulativos: eso sí es una estructura de pecado, pero no por liberal sino por capitalista.

Que no, que no es una crisis de carestía sino de sobreabundancia... y de egoísmo en la sobreabundancia. El análisis económico telúrico quédese para descreídos y un pelín desesperados, para aquellos que piden protección pública porque no saben pedir justicia. Es buena la protección pública, pero sólo cuando falta la propiedad privada del hombre libre.

Qué distinto me suena el redactado de este documento a los de León XIII, inventor de la Doctrina Social de la Iglesia cuando amanecía el siglo XX. ¿Recuerdan? Cuando aún se engrasaban los mecanismos productivos y no se habían inventado las prestaciones públicas ni el Estado del Bienestar: “Tantos miembros de la clase trabajadora como fuera posible deberían hacerse propietarios”. Viva la propiedad privada pequeña (y directa, no delegada, como ocurre en el capitalismo financiero que hoy padecemos). Y sí, eminencias, el bien común es la suma de los bienes individuales, de la misma manera que una sociedad moralmente sana es aquella en que cada uno de sus individuos, los únicos que tienen alma, está moralmente sana. Es decir, alegre.

No, la creación no está en peligro, entre otras cosas porque el hombre no tiene poder suficiente para hacerla peligrar -aunque algunos lo intenten con muy mala leche-. Lo único que está en peligro es el alma humana. Sólo el alma humana. Por lo demás, todo marcha estupendamente.

La Caballería: la Fuerza Armada al servicio de la Verdad desarmada (4)


por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.

Ediciones Excalibur, Buenos Aires, 1982





III. ETAPAS DE LA CABALLERÍA





os estudiosos suelen distinguir tres épocas en la historia de la Caballería Cristiana.



1. LA ÉPOCA HEROICA

La Caballería conoció una época de oro, la que vivía la Cristiandad en ese momento. Nos referimos especialmente a los siglos XI y XII. La época en que el Papa era nada menos que Gregorio VII, la época en que se construiría Vezelay, la época en que el Cid iba ensanchando Castilla al paso de su caballo, la época en que Godofredo de Bouillon atravesaba el Asia Menor hacia Jerusalén, la época que vió elevarse San Marcos de Venecia, las catedrales de Toledo y de París.
Fue una época brillante asimismo en santos: el tiempo en que vivió San Anselmo, San Bernardo, San Francisco de Asís. Fue igualmente en este período cuando apareció La Chanson de Roland, la primera gran obra poética de Europa cristiana. Tal fue la mejor Caballería, la de los siglos XI y XII, la de las Cruzadas, una Caballería viril, austera y conquistadora.

2. LA ÉPOCA GALANTE

Podríamos llamar así a la segunda etapa de la Caballería. Fue precisamente entonces, a principios del siglo XIII, cuando comenzó a ser cantada y glorificada en mil poemas y relatos fantásticos, como los del ciclo carolingio, del ciclo bretón o de la Mesa Redonda. Esta caballería es menos agreste sí, pero porque es menos viril. Poco a poco comenzó a olvidar el antiguo objetivo, la tumba de Cristo, conquistada a golpe de lanza y a chorros de sangre. Las elegancias de un amor fácil ocupan en ella el lugar antes reservado al arte de la guerra, y el espíritu de aventura va reemplazando al espíritu de cruzada. A las austeridades de lo Sobrenatural se sustituye el naciente atractivo de lo Maravilloso.

La época galante de la Caballería no concebía un caballero sin una "dama de sus pensamientos", a la que éste ofrecía sus hazañas, y cuyo nombre invocaba al entrar en combate. Quizás esta nueva figura vino a suplir el primitivo culto a Nuestra Señora — "Notre Dame"—, por la que justamente se rompía lanzas. La nueva "dame", por lo general una duquesa o una princesa, fue, al parecer, artificiosamente introducida por los poetas. Tal amor era casi siempre un amor platónico, y a veces imposible, sea por la desigualdad social, sea, incluso, por tratarse de una dama ya casada.

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18 de Marzo, Festividad de San Cirilo de Jerusalén, Obispo, Confesor y Doctor



Cirilo de Jerusalén, lo mismo que a otros grandes obispos del siglo IV, le tocó vivir una de las épocas más difíciles de la historia de la Iglesia. Las controversias teológicas sobre la divinidad del Verbo, que exigían, ciertamente, una precisión suma en la formulación de los conceptos que se discutían, habían llegado a ser en aquellos días encarnizadas y poco edificantes. Cirilo, suave por temperamento, las aborrecía; quería permanecer neutral en la lucha, prefería estar alejado del campo de batalla, deseaba instruir más que polemizar, y por eso su figura adquiere el porte de un apóstol y de un obispo pacificador.

Nació en Jerusalén o en sus cercanías, hacia el 313 ó 315. Fue uno de aquellos jóvenes ascetas que, sin retirarse al desierto, hacía una vida de santidad y continencia perfecta. Tal vez fuese más verídico afirmar con un sinaxario griego, que desde joven se retiró a un monasterio, en donde pasó la juventud consagrado a la ciencia y al conocimiento de la Escritura. Su buena preparación le hacia un candidato seguro al sacerdocio, y por eso, alrededor de sus treinta años San Máximo de Jerusalén le ordenó de presbítero.

En 348 era ya obispo. Sobre su consagración episcopal se cierne una sombra un tanto obscura. San Jerónimo nos dice que Acacio de Cesarea, metropolita palestinense, en acción común con otros obispos arrianos, habrían ofrecido a Cirilo la sede episcopal jerosolimitana, a condición de que repudiase la ordenación sacerdotal que había recibido de San Máximo. Cirilo, prosigue el Solitario de Belén, habría aceptado y, después de permanecer algún tiempo como simple diácono y haber depuesto los obispos arrianos a Heraclio, nombrado por San Máximo para sucederle, habría recibido cual recompensa la sede de Jerusalén. Rufino de Aquileya parece insinuar lo mismo.

Observamos, sin embargo, que Jerónimo, al hablar de San Cirilo, transluce una información deficiente, que le lleva en muchos casos a afirmaciones erróneas; su testimonio, por tanto, es poco aceptable. Ofrece más garantía Teodoreto cuando dice que Cirilo, por su valiente defensa de la doctrina apostólica, mereció ser colocado al frente de la diócesis de Jerusalén a la muerte de San Máximo. Los Padres del concilio primero de Constantinopla (381), en carta al papa Dámaso, a más de afirmar que Cirilo fue obispo de Jerusalén y que había sido ordenado canónicamente por los obispos de la provincia eclesiástica, le presentan como un atleta, que había luchado en varias ocasiones contra los arrianos. Hilario de Poitiers fraternizó con él en Seleucia y San Atanasio le trataba como amigo.

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