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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

26 de febrero de 2011

26 de Febrero, San Néstor, Obispo de Magido, Mártir






olio, gobernador de Panfilia y Frigia durante el reinado de Decio, trató de ganarse el favor del emperador, aplicando cruelmente su edito de persecución contra los cristianos. Néstor, obispo de Magido, gozaba de gran estima entre los cristianos y los paganos, y comprendió que era necesario buscar sitios de refugio para sus fieles. Rehusando a ser oculto, el Obispo esperó tranquilamente su hora de martirio, y cuando se encontraba en oración, oficiales de la justicia fueron en su búsqueda.

Luego de un extenso interrogatorio y amenazas de tortura, el Obispo fue enviado ante el gobernador, en Perga. El gobernador trató de convencer al santo –primero con halagos y luego con amenazas- de que renegara de la religión cristiana, pero Néstor se mantuvo firme en el Señor, siendo enviado al potro, donde el verdugo le desgarraba la piel de los costados con el garfio. Ante la firme negativa del santo de adorar a los paganos, el gobernador lo condenó a morir en la cruz, donde el santo todavía tuvo fuerzas para alentar y exhortar a los cristianos que le rodeaban. Su muerte fue un verdadero triunfo porque cuando el Obispo expiró sus últimas palabras, tanto cristianos como paganos se arrodillaron a orar y alabar a Jesús.



El mismo día: San Alejandro, Patriarca de Alejandría






an Alejandro, patriarca de Alejandría, tiene una especial significación en la historia de la Iglesia a principios del siglo IV, por haber sido el primero en descubrir y condenar la herejía de Arrio y haber iniciado la campaña contra esta herejía, que tanto preocupó a la Iglesia durante aquel siglo. A él cabe también la gloria de haber formado y asociado en el gobierno de la Iglesia alejandrina a San Atanasio, preparándose de este modo un digno sucesor, que debía ser el portavoz de la ortodoxia católica en las luchas contra el arrianismo.
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25 de febrero de 2011

El islam al alcance de todos







por Horacio Vázquez Rial








n realidad, no habría que hacer esta reseña: bastaría, para que el libro que comento, la Guía políticamente incorrecta del Islam (y de las Cruzadas) de Robert Spencer, se recomendara a sí mismo, con reproducir aquí el índice. Pocos se resistirían a la tentación de leerlo. Y supongo que no saldrían defraudados.

Yo esperé una obra así durante mucho tiempo. Tanto, que hasta pensé en escribirla a partir de los muchos y muy buenos textos que sobre el islam circulan entre nosotros: los de Serafín Fanjul, los de Gustavo de Arístegui, los de Ayaan Hirsi Ali, los de Bernard Lewis, el de Ibn Warraq, el de Bruce Bawer, desde luego… Pero ninguno de ellos se avino, por la excelente razón de que saben demasiado como para ponerse a hacer divulgación, a redactar un manual como el de Spencer, un epítome de crítica militante del islam.¿Que es de trazo excesivamente grueso? Tal vez. Tal vez no se deba decir, como él dice, que Mahoma es el profeta de la guerra, que el Corán es el libro de la guerra y que el islam es la religión de la guerra. Por si se ofenden nuestros amigos de la alianza de civilizaciones, Erdogán o Ahmadineyad. Tal vez no haya que decir que el islam oprime a las mujeres, el islam entero, no el expresamente yihadista. Tal vez no haya que decir que el islam se difunde por medio de la espada ni que es la religión de la intolerancia. Tal vez haya que plegarse a la idea de que hay personas de fe musulmana que son tolerantes, y que la tolerancia es inherente al islam, pero habría que hacerlo renunciando a la evidencia textual del Corán, a la biografía de Mahoma, a la prédica incansable de mil quinientos años, a la realidad de que, aun en Gran Bretaña, mueren asesinadas por motivos de “honor” doce mujeres cada año, de una de las cuales hablan en la tele en el momento mismo en que redacto estas líneas: una kurda, cansada de los malos tratos, que se separó de su marido y se enamoró de un “infiel”, y cuya familia contrató a un sicario, que la estranguló y la enterró en un jardín para lavar la honra de la familia. Tal vez no se deba decir, pero aunque no lo digas aparecerás en las listas de islamofóbicos: defenderse es una enfermedad en el universo Atman.

Spencer no se arredra; es extraordinariamente claro: el proyecto expansivo del islam es consustancial a la doctrina, al texto sagrado y a la actividad del profeta Mahoma en este mundo. Y proporciona todas las referencias necesarias para avalar su afirmación.

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¿Qué celebramos en Navidad?









por Juan Manuel de Prada












hesterton escribió que celebramos un trastorno del universo, una inversión de nuestras categorías mentales. Adorar a Dios significaba hasta la Navidad elevar los ojos a un cielo inescrutable que nos sobrecogía con su inmensidad; a partir de la Navidad, adorar a Dios significa volver los ojos al suelo, incluso acostumbrarlos a la luz mortecina de una cueva, para reparar en la fragilidad de un niño que gimotea entre las pajas. Las manos que habían modelado las estrellas se convierten, de súbito, en unas manecitas diminutas; la grandeza infinita de Dios se torna fragilidad de un niño recién nacido que se amamanta a los pechos de su Madre.

Omnipotencia e indefensión, divinidad e infancia, que hasta entonces eran conceptos antípodas, se congregan de repente, formando una amalgama única que desafía las leyes físicas, que subvierte nuestras categorías mentales, que despatarra, en fin, el universo. A este despatarrarse del universo lo llamamos Navidad.

Pequeño entre los pequeños

Nuestra fe, que para enfrentarse a la inmensidad misteriosa de Dios tenía que armarse de un telescopio, descubre de repente que requiere un microscopio para fijarse en ese Niño que manotea en el interior de una cueva. Dios, que habitaba el empíreo, se hace el más pequeño entre los pequeños; y tamaño cataclismo, que pone a prueba la capacidad de comprensión de los más sabios, es aceptado con naturalidad por los más sencillos. Son los pastores los que más prontamente adoran a ese niño nacido en una cueva; y lo hacen porque entienden —con esa intuición formidable que las gentes sencillas tienen para las cosas santas y sobrenaturales— que un Dios encumbrado en su trono de inaccesible majestad no puede ser el Dios que abrace su insignificancia. Su fe simplicísima, infantil si se quiere, ha soñado con un Dios como este, que acampe entre sus rebaños, que sea uno más entre ellos, padeciendo sus mismas zozobras, sus mismas necesidades elementales, su misma pobreza y laceria. Y, al acercarse a la cueva donde se ha consumado el prodigio, descubren que ese Dios hecho niño se amamanta a los pechos de su Madre, se refugia aterido en el regazo de su Madre, como cualquier niño en el mundo; y ese vínculo entre el Niño y la Madre acaba de completar el cataclismo de la Navidad: Dios deja de ser una entidad abstracta y autosuficiente, para convertirse en un Dios trémulo que se nutre y se cobija en una Madre, intercesora en nuestra relación con Él. Para hacerle una carantoña o un arrumaco, hay que acercarse a la Madre; para invocarlo, hace falta preguntar su nombre a la Madre; para cogerlo en brazos y achucharlo hay que solicitar permiso a la Madre.
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25 de Febrero, San Tarasio, Patriarca de Constantinopla, Confesor.






Tomado de Enciclopedia Católica





atriarca de Constantinopla, nacido en fecha desconocida; murió el 25 de Febrero del año 806. Era hijo del Patricio y Prefecto de Constantinopla, Jorge y de su esposa Eucracia y entró al servicio del Estado. En el 784, cuando Pablo IV, Patriarca de Constantinopla murió, Tarasio se convirtió en secretario imperial y en campeón de la veneración de las imágenes. Parece ser que antes de morir, el patriarca Pablo IV habría recomendado a Tarasio como su sucesor en el Patriarcado a la Emperatriz Irene, que era la Regente en nombre de su hijo Constantino VI (780-797).

Terminado el entierro de Pablo IV se reunió una gran asamblea popular ante el Palacio Magnaura para tratar el tema de la sucesión a la sede vacante. La Emperatriz hizo un discurso sobre el nuevo nombramiento al patriarcado y la muchedumbre proclamó a Tarasio como el candidato más valioso. La Emperatriz lo agradeció y manifestó que Tarasio había rechazado el nombramiento. Tarasio mismo pronunció un discurso declarándose a si mismo indigno de tal ministerio ya que, además, la elevación de un laico era muy arriesgada y la posición de la Iglesia de Constantinopla había llegado a ser muy complicada, ya que estaba separada de los católicos de Occidente y aislada de los otros Patriarcados orientales; en consecuencia, explicó, él estaría dispuesto a aceptar el cargo de Patriarca con la condición de que se restaurara la unidad y que, de acuerdo con el Papa, se convocase un concilio ecuménico. La mayoría del pueblo aprobó estas ideas y lo mismo la Corte imperial. Así, el 25 de Diciembre de 784, Tarasio fue consagrado Patriarca. En 785 envió al sacerdote Jorge como su legado al Papa Adriano I con una carta en la que anunciaba su nombramiento. En su respuesta, el Papa expresó su desaprobación a la elevación de Tarasio directamente de laico a obispo en contra de las normas canónicas, pero concedió clemencia para gobernar en vista de los ortodoxos puntos de vista del Patriarca y le reconoció como tal.

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24 de febrero de 2011

Contra-liturgias: Violaciones, permisiones, reacciones y prohibiciones

por el R.P. Terzio

Tomado de su blog Ex Orbe


n estos días de expectación de la instrucción sobre el motu proprio Summorum Pontificum, resulta más clamorosa la impiedad litúrgica manifiesta y hasta gustosamente consentida y atrevidamente promovida por los que están considerados optimiores en nuestra Iglesia Católica (huelga decir que los peores considerados somos los católicos conscientes motupropristas - summorunpontificumistas (un servidor, el que esto escribe, entre ellos)). Pero voy a lo que decía, a ilustrar con una muestra lo que permite y/o le gusta a la mayoría de nuestra jerarquía:



Es una misa celebrada en la Iglesia de la Stmª Trinidad de Berna, el pasado 19 de Septiembre 2010, Domingo; celebra el párroco Gregor Tolusso (católico) y "concelebra" el pastor protestante Manfred Stuber, de la comunidad luterana de Berna.

Adviertan la soltura cargada de suficiencia con la que celebra el sacerdote católico, cómo toma y parte la oblata antes de pronunciar las palabras de la consagración, y cómo eleva luego, con esa premeditada (y seguramente muy ensayada) colocación de manos y Hostia (el anillo que luce es un chocante detalle, no siendo obispo, pero, dadas las demás circunstancias, un pecadillo sin importancia, una vanidad, una fruslería).

En el video parece como si después de la consagración de la Hostia se acercara el pastor protestante a consagrar el cáliz; pero no, no es eso, el vídeo está cortado. El momento en que accede el pastor luterano al altar es cuando toca rezar el Padrenuetro: Dice unas palabras, un comentario ecuménico sobre "la libertad en la diversidad". Y seguidamente rezan todos juntos el Padrenuestro.

Cuando llega la Comunión, el cura celebrante le da la comunión al pastor protestante. Y también le confía una de las píxides para que administre la comunión a los fieles presentes (no es de extrañar que los luteranos presentes, si los hubo, siguieran el ejemplo de su pastor y comulgaran también; no me consta pero lo deduzco).

Al término de la misa, le hicieron una entrevista a los dos, el sacerdote católico y el pastor protestante, que se explicaron con toda su turbadora confusión inter-ecuménica. Aunque el luterano dejó muy claro que donde los católicos veían a Cristo él sólo veía pan (se refería a la Comunión que hacía unos minutos había recibido).

La misa fue retransmitida en directo por la televisión suiza. Suiza es la patria del hace poco nombrado presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, el cardenal Kurt Koch. Ese es su "ambiente", que (probablemente) le influirá en su comprensión del ecumenismo católico. No estoy diciendo - sería temerario por mi parte - que el Cardenal Koch comparta los conceptos pervertidos que animan y la liturgia que violan los curas del estilo del párroco suizo Gregor Tolusso, el del vídeo. Lo que supongo es la influencia (¿mala/buena?) que casos como este, que suceden en su misma patria, ejercerán sobre el Cardenal Koch.

Aunque, a pesar de lo dicho, me atrevo a concluir con cierta desconfianza cuando no me consta que el párroco violador litúrgico haya sido amonestado, sancionado canónicamente y/o removido de su cargo pastoral. Por lo que deduzco que o bien se comparten ideas y formas, o bien se toleran, o bien no se atreven a intervenir. No sé decir cual de estas situaciones de no-respuesta/no-reacción sea más grave

Me hago estas reflexiones en esta misma semana en que un sacerdote francés, el párroco de Thiberville, l'abbé Francis Michel, se despedía de su parroquia y sus feligreses porque su obispo le abrió un expediente canónico, que Roma falló a favor del obispo y contra el cura párroco de Thiberville por haber cometido el horrendo (?) crimen (?) de celebrar la Misa tradicional en su parroquia, gozando del favor de sus feligreses pero en contra de los criterios de su desgraciadamente ya famoso obispo, Mons. Nourrichard, obispo de Evreux.

Y así están las cosas. Y eso es lo que tenemos. A la espera de la instrucción sobre el motu proprio Summorum Pontificum, como dije al empezar.

Un animoso ambiente, ¿verdad?

p.s. Obvio decir que las violaciones litúrgicas como las de Berna y de toda especie, aun peores, se perpetran cotidie por todo el Orbe, passim, bajo el cayado callado de nuestros impasibles, indiferentes, impertérritos, y/o displicentes prelados.

La construcción del Paraíso: Las Reducciones del Paraguay




Por José Luis Orella


El descubrimiento de América produjo la oportunidad de construir una sociedad más acorde con los designios cristianos. El traslado de las libertades municipales hispanas al mundo americano, donde su inmensidad les dará una particularidad propia. Además Utopia de Tomás Moro, influirá en Vasco de Quiroga, quien fue el primero que inauguró las primeras comunidades de indios, pero abrió la experiencia a la construcción del Paraíso guaraní que rigió la Compañía de Jesús hasta su eliminación por el borbón Carlos III.


a llegada de los españoles al continente nuevo supuso uno de los grandes hechos de la historia universal, y el gran acontecimiento de la historia de España. Las nuevas tierras descubiertas no fueron tratadas como colonias de explotación, como sería el caso posterior de ingleses y holandeses, sino que serían consideradas como una prolongación de la corona de Castilla. La Monarquía Hispánica, que se había formado por el matrimonio de los Reyes Católicos, había unido dos reinos muy distintos. La Confederación Aragonesa que orientaba sus aspiraciones a mantener el control del Mediterráneo, pero que había entrado en decadencia; y la Corona Castellana, que finalizaba con juvenil vigor, la labor de la Reconquista. Castilla se había conformado como una potencia política y militar, que se orientaba al Atlántico, con una fuerte rivalidad con el hermano reino de Portugal.


En aquella Castilla que vislumbra uno de los mayores hechos de la historia, la sociedad era eminentemente agraria, con un carácter disperso, efecto del carácter repoblador que durante siglos había ido extendiendo las fronteras cristinas hacia el sur. La carencia de un fuerte poder real y la necesidad de asentar población en las zonas limítrofes con los reinos musulmanes, fomentaron la concesión de fueros con un alto grado de autonomía política, judicial y económica [1] . Estos fueros eran las normas estatutarias que reconocían, en muchos casos, las tradiciones consuetudinarias de las comunidades de vecinos, establecidas de manera previa a los municipios. Durante los siglos XII y XIII, los reyes castellanos otorgaron numerosos fueros a nuevas villas, como nuevos focos de desarrollo comercial, dentro de los territorios con intereses agrarios. En las provincias vascas, entonces señoríos, se iniciará una fuerte polaridad entre las dinámicas villas de protección real, y los pueblos de tierra llana. A partir de 1480, los municipios castellanos tendrán que afrontar la tendencia unitaria de la Monarquía, mediante la presencia del corregidor, figura que encabezará al municipio como agente real. Sin embargo, las estrictas normas que ataban el comportamiento del corregidor ayudaban a perpetuar la libertad municipal, y ha consolidar el poder adquirido por los regidores. Estos, vinculados a familias poderosas del comercio, solían convertir en hereditario los cargos. En el XVI, eran 18 las ciudades castellanas las que tenían derecho a sentar representantes en las Cortes. En estas urbes del centro de la meseta surgirá un amplio sector de comerciantes, artesanos enriquecidos y caballeros propietarios que conformarán la oligarquía local dominante. Un elemento social en ascenso, que solía ser bien apreciado por los monarcas, para equilibrar el poder de una decadente nobleza, hambrienta de recuperar su antiguo poder, a costa del señorío real.
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24 de Febrero, San Matías, Apóstol (en años bisiestos 25 de Febrero)







i el Evangelio no es una biografía de Jesús, los Hechos de los Apóstoles no son una colección de biografías de aquellos primeros héroes del cristianismo naciente. De algunos apóstoles apenas sabemos más que el nombre. De Matías sabemos solamente su nombre y su elección. De aquel colegio apostólico que actuó desde Pentecostés, de aquellos doce definitivos, Matías fue el único no elegido por Jesús. Fue el apóstol póstumo de Jesús, incorporado al colegio apostólico cuando Jesús estaba ya en el cielo.

Y es un apóstol al que se cita siempre en segundo lugar, puesto humilde que se puede comprobar sin más que abrir el misal romano por el canon. Al principio del mismo, en la oración de comunión con los santos, se nombra uno por uno a los apóstoles, pero en esa lista falta precisamente Matías, aunque se nombra a otros doce santos no apóstoles, y se cita a Pablo juntamente con Pedro, siendo también Pablo apóstol posterior, que no perteneció al grupo de los doce. Si queremos hallar una mención de Matías en el canon, tenemos que buscarlo, como escondido y de incógnito, después de Juan Bautista y Esteban Protomártir, entre una lista de santos y santas. Un título más para que nos acordemos de este trabajador evangélico que, al contrario que otros santos, se vio exaltado en vida y se ve humillado después de su muerte.

Cuando se intenta trazar la semblanza histórica de este apóstol singular, hay que limitarse a lo poco que de él nos dicen los Hechos de los Apóstoles. Y lo poco que nos dicen es contarnos su elección. Ni siquiera lo vuelven a nombrar más. Lo que de él nos dicen escritos posteriores, aunque sean de autores calificados, no ofrece garantías de historicidad. Y las biografías apócrifas se han encargado de rellenar con aventuras de viajes y de milagros ese silencio de los Hechos de los Apóstoles.
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23 de febrero de 2011

La cruz, siempre la cruz










por Juan Manuel de Prada


Tomado de Religión en libertad





arias asociaciones de la llamada Memoria Histórica reclaman que la cruz que preside el Valle de los Caídos sea desmantelada, porque «de ninguna forma se puede consentir que se siga alzando hacia el cielo ese símbolo de muerte y venganza».

La frase es suficientemente explícita para que requiera mayor glosa o comentario: un signo de amor y redención es visto como «símbolo de muerte y venganza»; y tal inversión de las categorías —«¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!», clamaba Isaías— exige un grado de ofuscación moral que no se explica mediante causas meramente naturales.

Esa aversión a la Cruz es de naturaleza preternatural; y para entenderla plenamente hace falta recordar aquellas palabras de San Pablo a los efesios: «No es nuestra lucha contra la sangre y la carne...», etcétera. Un mero ateo puede ver en la Cruz un armatoste inservible o irrisorio; pero para ver en ella un «símbolo de muerte y venganza» hace falta «creer y temblar». Y ese temblor a modo de ataque epiléptico lo provoca el odium fidei, que a lo largo de los diversos crepúsculos de la Historia se ha manifestado bajo las expresiones más diversas, desde las más sañudas a las más sibilinas. En esta fase de la Historia, el odium fidei se disfraza con la coartada legalista propia del laicismo, que el gran Leonardo Castellani definía como «la sustitución de Dios por el Estado, al cual se transfieren los atributos divinos de Aquél, incluido el poder absoluto sobre las almas».

Mientras estas asociaciones de la llamada Memoria Histórica solicitan, por las bravas, la voladura de la cruz que preside el Valle de los Caídos, el Estado, más sibilinamente, prohíbe que se celebre misa en la Basílica, después de impedir las visitas turísticas, alegando que es preciso acometer obras de restauración en el recinto, cuyo resultado será el mismo que reclaman las asociaciones cristofóbicas, pero realizado a través de medios más finos: unos reclaman el empleo de la dinamita, nostálgicos quizá de episodios de cristofobia rampante como los que jalonaron nuestra Guerra Civil; los otros, más eficientes que nostálgicos, emplean dudosos informes técnicos e indudables grúas. Y lo hacen amparados en la coartada legal, pues el Valle de los Caídos se cuenta entre los monumentos administrados por Patrimonio Nacional, que puede impedir que se celebren misas en la Basílica y cepillarse los conjuntos escultóricos que la presiden, alegando que la celebración de tales misas entorpece el libre acceso de los ciudadanos al recinto, o bien —como parece que es la coartada legal elegida— que tales conjuntos escultóricos precisan restauración. Y contra la coartada legal nada vale, ni siquiera la ingenua invocación de la Constitución, que especifica que la libertad religiosa estará limitada por «el mantenimiento del orden público».

De modo que a los cristófobos finos o sibilinos que han decretado el cierre de la Basílica, después de haber dejado durante años que en ella se celebraran misas por concesión graciosa, les bastará alegar que la celebración de misas «altera el orden público» para justificar su acción. Y, una vez restablecido el orden, podrán incluso dar el gustazo a los cristófobos más sañudos de dinamitar la Cruz que preside el lugar: porque coartadas legales y dinamita son tan sólo expresiones diversas de un mismo sentimiento de los que «creen y tiemblan», que los viejos teólogos denominaban odium fidei. A ver si nos vamos enterando.

Las Virtudes Fundamentales: Introducción



por Josef Pieper



Introducción
La Imagen Cristiana del Hombre


La imagen del hombre en general

La segunda parte de la Summa theologica del Doctor Común de la Iglesia, que se refiere a la Teología moral, comienza con esta frase: «Puesto que el hombre fue creado a semejanza de Dios, después de tratar de El, modelo originario, nos queda por hablar de su imagen, el hombre». Sucede con esta frase lo que con tantas otras de Santo Tomás: la evidencia con que la expresa, sin darle gran relieve, oculta fácilmente el hecho de que su contenido no es de ningún modo evidente. Esta primera proposición de la Teología moral refleja un hecho del que los cristianos de hoy casi han perdido la conciencia: que la moral es, sobre todo y ante todo, doctrina sobre el hombre; que tiene que hacer resaltar la idea del hombre y que, por tanto, la moral cristiana tiene que tratar de la imagen verdadera del mismo hombre. Esta realidad era algo muy natural para la cristiandad de la Alta Edad Media. De esta concepción básica, cuya evidencia ya se había puesto en duda, como indica su formulación polémica, nació, dos siglos después de Santo Tomás de Aquino, la frase de Eckhart: “Las personas no deben pensar tanto lo que han de hacer como lo que deben ser”. Sin embargo, la moral, y sobre todo su enseñanza, perdieron después, en gran parte, estas perspectivas por causas difíciles de comprender y aquilatar, hasta tal punto que incluso aquellos textos de Teología moral que pretendían estar expresamente escritos según el espíritu de Santo Tomás diferían de él en este punto capital. Esto explica algunas causas del porqué al cristiano medio de hoy apenas se le ocurre pensar que en moral pueda conocerse algo sobre el verdadero ser del hombre, sobre la idea del hombre. Al contrario, asociamos el concepto de moral la idea de una doctrina del hacer y, sobre todo, del no-hacer, del poder y no-poder, de lo mandado y lo prohibido. La primera doctrina teológico-moral del Doctor Común es ésta: «La moral trata de la idea verdadera del hombre». Naturalmente que también ha de tratar del hacer, de obligaciones, mandamientos y pecados; pero su objeto primordial, en que se basa todo lo demás, es el verdadero ser del hombre, la idea del hombre bueno.


La Imagen Cristiana del Hombre y la Moral en Santo Tomás de Aquino

La respuesta a la cuestión de la imagen auténtica del hombre cristiano puede concretarse en una frase; más aún: en una palabra: Cristo. El cristiano debe ser «otro Cristo»; debe ser perfecto como lo es el Padre; pero este concepto de perfección cristiana es infinitamente amplio, y por eso mismo es difícil de aclarar: requiere, por tanto, la concreción y exige una interpretación.
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Sobre la virtud del Patriotismo





por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.




Tomado de “Siete virtudes olvidadas”






La Patria y la Nación

ntes de introducirnos en el análisis de la virtud misma, digamos algo sobre el concepto de “Patria” y de “Nación”, sin cuyo conocimiento se torna poco menos que imposible tratar de la virtud que tiene a ellas por objeto. ¿Cómo aparecieron las Patrias en la historia? La humanidad, tal como se halla hoy, se nos presenta dividida en sociedades territoriales determinadas. No fue así desde el comienzo. La humanidad se inició con una familia, nuestros primeros padres, a los que se les dijo: “Creced y multiplicaos” (Gén. 1, 22). Así lo hicieron los hombres primitivos y luego se fueron dispersando por el mundo. Conservaban, ciertamente, algunos vínculos comunes, como el idioma, las costumbres, un conjunto de verdades elementales, que conocían por la revelación natural, etc. Pero la soberbia, subyacente en el intento prometeico de la construcción de la torre de Babel, los dividió profundamente, desvinculándose entre ellos y perdiendo la comunidad de lengua. Segmentada la humanidad y dispersa por el mundo, el ideal de la sociedad universal, que debía agrupar a todos los hombres, quedó frustrado. Aparte de los egoísmos crecientes, brotes de la soberbia, otros factores como las grandes distancias, los obstáculos físicos, los mares, los océanos y las cordilleras, opusieron dificultades poco menos que insalvables a la conspiración de todos los hombres hacia su destino común. Sin embargo dicho destino subsistía, y en razón del carácter sociable con que Dios creó al hombre, se fueron concretando diversos grupos o sociedades particulares, con fines específicos y concretos.

Dichas sociedades menores nacieron, pues, de la combinación del carácter comunitario de la naturaleza humana, que postula la conspiración a un destino común para todo el género humano, con diversas circunstancias geográficas y hechos históricos que circunscribieron a la humanidad en agrupaciones fragmentarias. Primero aparecieron las tribus, agrupaciones de familias, luego los municipios, y finalmente fueron surgiendo, esplendorosas y magníficas, las patrias, sociedades mayores, dentro de las cuales el hombre podía alcanzar su destino temporal, dentro del linaje humano. En este sentido, cabría decir que Dios mismo es el que está en el origen de las diversas patrias (…) Tras esta mirada transcendental, penetremos en el sentido de las palabras “patria” y “nación”, partiendo de su significación semántica. La palabra “patria” proviene de patres. Por consiguiente, al decir patria nos estamos refiriendo a nuestro país como algo que nos viene dado, como una herencia. Mirando al pasado, advertimos que la patria es la tierra de nuestros padres. La palabra “nación”, por su parte, se deriva de natus, es decir, que tiene que ver más bien con los hijos, los herederos. En ese caso, estamos mirando preferentemente hacia el futuro. Podría concluirse que si la Patria es una herencia, la Nación es un quehacer, una misión. De ahí que, como escribe Nicolás Berdiaiev, “tienen mucha razón quienes definen la nación como una unidad de destino histórico”. (1)
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23 de Febrero, San Pedro Damián, Obispo, Confesor y Doctor





an Pedro Damián fue, indudablemente, uno de los hombres que más intensamente trabajaron en el siglo XI para fomentar el espíritu de consagración absoluta a Dios y de la más austera vida de soledad y penitencia, al lado de San Romualdo, San Juan Gualberto y San Nilo. Mas, forzado por la necesidad de los tiempos y en particular por la obediencia al Romano Pontífice, trabajó también incansablemente por la reforma eclesiástica en multitud de legaciones y otras difíciles empresas, con todo lo cual debe ser considerado, al lado de San Gregorio VII, como uno de los hombres más insignes y beneméritos de la Iglesia en el siglo XI.

Nacido en Ravena en 1007, Pedro era el último de los hijos de una familia pobre y numerosa, y después de muchas privaciones, habiendo quedado huérfano en la más tierna edad, fue educado con dureza por uno de sus hermanos mayores. Tratado como un esclavo, iba con los pies desnudos y vestido de andrajos, y ya en su temprana edad fue ocupado en apacentar los animales. Mas, compadecido de él otro hermano suyo, llamado Damián, hombre piadoso y de buen corazón, lo tomó a su cargo e hizo de padre con él. De este modo, Pedro pudo adquirir una sólida formación sucesivamente en Ravena, Faenza y Parma, y, en agradecimiento a su hermano, se llamó en adelante Pedro Damián. Más aún: con sus extraordinarias cualidades, a los veinticinco años era profesor en Parma y más tarde en Ravena.
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22 de febrero de 2011

Maeztu desde el 98 . (Semblanza de Ramiro de Maeztu)






por
J. F. Acedo Castilla



tomado de Razón Española








(para quienes no conozcan al glosado, recomiendo enfáticamente la lectura de su Defensa de la Hispanidad, disponible on line entre nuestras Lecturas Imprescindibles en la columna de la izquierda, o haciendo click en el enlace).





amiro de Maeztu y Whitney, uno de nuestros más recios intelectuales, asesinado en la zona republicana a los pocos meses de haberse iniciado el Alzamiento Nacional, ha sido objeto de riguroso silencio con ocasión del Centenario de la llamada "Generación del 98", a pesar de que fue uno de sus miembros más importantes, y prócer del pensamiento español y cristiano, como dijo el cardenal Gomá. Esta pretensión se asemeja a la que hace ya más de un siglo se planeó y llevó a cabo contra Menéndez Pelayo.

Pero el intento resulta inoperante, pues —como escribió Fernández de la Mora (ABC, 5-V-74)— "ninguna idea se anula porque se la encarcele ; muere cuando se la refuta y sobre todo cuando se la reemplaza por otra más clara, unívoca y veraz". Y como ninguno de esos supuestos se ha dado, las ideas por las que vivió y murió esta gran figura que fue Maeztu, "señor y capitán de la Cruzada" —como cantó Pemán en las estrofas de su gran poema épico— permanencen vivas.

El 4 de mayo de 1874, nació en Vitoria Ramiro de Maeztu, siendo bautizado en la Iglesia de San Miguel, levantada probablemente por Sancho el Sabio de Navarra en 1181. Su padre Manuel de Maeztu, era un hacendado cubano de ascendencia navarra; su madre, Juana Whitney, una dama inglesa, hija del cónsul británico en París.
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Las democracias islámicas






por Juan Manuel de Prada










oda esa algazara con que Occidente recibe el proceso revolucionario desatado en los países islámicos del norte de África se me antoja una patética muestra de «wishful thinking», propia de mentes decadentes y perezosas. En la concepción musulmana, orden religioso y orden político no conforman esferas separadas, ni en grado de autonomía ni siquiera de subordinación de la segunda a la primera. Cuando se compara este proceso con el que en Europa se desató con la Revolución Francesa (aunque su origen debamos buscarlo en la Reforma protestante), se olvida que en el Occidente cristiano orden religioso y orden político siempre estuvieron separados, aunque subordinado el segundo al primero; lo que el proceso revolucionario instauró fue la subversión del orden político contra el orden religioso, la «soberanía» del rey o del pueblo rebelados contra la ley divina. En el Islam, fe religiosa y poder político no se conciben separados, ni en grado de autonomía, ni de subordinación, ni muchísimo menos de subversión del orden político contra el religioso; en el Islam, las creencias religiosas «santifican» o legitiman el poder político, que a su vez sostiene la vigencia y difusión de la fe. El poder político, en la concepción musulmana, es unidad en la fe de la «umma» o comunidad de los creyentes y garantía de la expansión del Islam; y todas las revueltas que en el mundo musulmán han sido no han tenido otro propósito, consciente o inconsciente, sino restaurar la institución histórica del califato.

Las autocracias del norte de África siempre fueron vistas por los mahometanos como un impedimento para tal propósito; y, visto desde su perspectiva, no les falta razón. Son regímenes, en efecto, que dificultan o impiden la cohesión de la «umma», por atender otros propósitos espurios (sostenimiento de dinastías usurpadoras, permisividad con otros cultos religiosos, sometimiento a los dictados yanquis, etcétera). La restauración de ese quimérico califato que devuelva la conciencia de «umma» es la utopía tácita o confesa que ha alimentado todas las revueltas islámicas; utopía que una y otra vez se ha estrellado con la escasa capacidad política del temperamento musulmán, así como con trabas geográficas y étnicas diversas.

La democracia es una creación política a la que el cristianismo dio forma, con su teoría del poder divino que, a través del pueblo, se deposita en un gobernante; y, en sus manifestaciones últimas, ha devenido una herejía cristiana. Para un musulmán, la democracia es simplemente una blasfemia, una abominación repugnante; pues Islam significa «sumisión a Alá», y toda su dinámica religiosa tiende consiguientemente a proclamar la majestad inaccesible de Alá y la insignificancia del hombre creado, a quien no le resta otro destino sino acatar con sentido fatalista el abismo infranqueables que separa la divinidad desencarnada y la humanidad débil y sometida. Si un musulmán se aviene a hablar de «democracia» es para referirse, en términos que al occidental pasen inadvertidos, a una recuperación de la «umma» o comunidad de creyentes. Lo que de estas revueltas salga no serán, como los ilusos pretenden, regímenes democráticos, sino un Islam más robusto en el caso de que cuajen; y un Islam más enviscado y áspero en el caso de que fracasen. Y, en uno y otro caso, dolor, mucho dolor, como el que ya están padeciendo las minorías cristianas en Egipto, mientras por aquí seguimos tocando el arpa, en loor a ese oxímoron delirante llamado democracia islámica.

22 de febrero, la Cátedra de San Pedro en Antioquía



El Evangelio es del cap. 16 de San Mateo.


n aquel tiempo vino Jesús á tierra de Cesárea de Filipo, y preguntaba a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Y ellos dijeron: Unos que es Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías, ó al­guno de los profetas. Díjoles Jesús: Y vosotros ¿quién decís que soy?
Respondien­do Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Y respondiendo Je­sús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. Y te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la Tierra, será atado también en los Cielos; y todo lo que desatares sobre la Tierra, será desatado también en los Cielos.


Tomado de un sermón de San León Magno:

De todos se elige a Pedro, a quien se pone al frente de la misión universal de la Iglesia, de todos los apóstoles y los Padres de la Iglesia; y, aunque en el pueblo de Dios hay muchos sacerdotes y muchos pastores, a todos los gobierna Pedro, aunque todos son regidos eminentemente ­por Cristo. La bondad divina ha concedido a este hombre una excelsa y admirable participación de su poder, y todo lo que tienen de común con Pedro los otros jerarcas, les es concedido por medio de Pedro. El Señor pregunta a sus apóstoles qué es lo que los hombres opinan de él, y en tanto coinciden sus respuestas en cuanto reflejan la ambigüedad de la ignorancia humana. Pero, cuando urge qué es lo que piensan los mismos discípulos, es el primero en confesar al Señor aquel que es primero en la dignidad apostólica. A las palabras de Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo , le responde el Señor: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Es decir: «Eres verdaderamente dichoso porque es mi Padre quien te lo ha revelado; la humana opinión no te ha inducido a error, sino que la revelación del cielo te ha iluminado, y no ha sido nadie de carne y hueso, sino que te lo ha enseñado aquel de quien soy el Hijo único». Y añade: Ahora te digo yo, esto es: «Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, igualmente yo ahora te doy a conocer tu dignidad: Tú eres Pedro, que soy la piedra inviolable, la piedra angular que ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, yo, que soy el fundamento, fuera del cual nadie puede edificar, te digo a ti, Pedro, que eres también piedra, porque serás fortalecido por mi poder de tal forma que lo que me pertenece por propio poder sea común a ambos por tu participación conmigo». Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. «Sobre esta fortaleza –quiere decir– construiré el templo eterno y la sublimidad de mi Iglesia, que alcanzará el cielo y se levantará sobre la firmeza de la fe de Pedro». El poder del infierno no podrá con esta profesión de fe ni la encadenarán los lazos de la muerte, pues estas palabras son palabras de vida. Y del mismo modo que lleva al cielo a los confesores de la fe, igualmente arroja al infierno a los que la niegan. Por esto dice al bienaventurado Pedro: Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. La prerrogativa de este poder se comunica también a los otros apóstoles y se transmite a todos los obispos de la Iglesia, pero no en vano se encomienda a uno o que se ordena a todos; de una forma especial se otorga esto a Pedro, porque la figura de Pedro se pone al frente de todos los pastores de la Iglesia.

21 de febrero de 2011

Son teólogos que han perdido la Fe


Por el R.P. José María Iraburu


Tomado de su blog Reforma o Apostasía




irche 2011. Ein notwendiger Aufbruch» (Iglesia 2011. Una salida necesaria) es un manifiesto firmado por unos 150 profesores de teología de Alemania, Suiza y Austria, publicado en el diario Süddeutsche Zeitung hace un año, el 4 de febrero de 2011, y hace unos días difundido ampliamente, quizá con motivo de la próxima visita del Papa a Alemania, para ir preparando el ambiente.

El escrito, aprovechando que el río Pisuerga pasa por Valladolid, parte de «los abusos sexuales a niños y jóvenes cometidos en el Colegio Canisio de Berlín por sacerdotes y miembros de órdenes religiosas». Aquel horror ha sumido desde hace un año a la Iglesia Católica en Alemania «en una crisis sin precedentes», ocasionando en muchos cristianos el convencimiento de que «son necesarias reformas profundas». Como «no se vislumbran apenas reformas que miren al futuro», éstas que los firmantes proponen son tan necesarias y urgentes que, si no fueran acogidas, «un silencio sepulcral echaría por tierra las últimas esperanzas», y «no significaría más que la calma de la tumba». Tremenda situación.

¿Y cuáles son esas reformas «profundas» tan urgentes? ¿Reafirmar la divinidad de Jesucristo, su condición única de Salvador, la virginidad de María, la fe en la Iglesia como «sacramento universal de salvación», la distinción real entre sacerdocio ministerial y común? ¿O se intenta recuperar la misa dominical, la oración y los sacramentos, especialmente el de la penitencia, casi extinguido? Etc.

No. La salvación de la Iglesia exige absoluta y urgentemente «la renovación de las estructuras eclesiales». Es imprescindible que haya «más estructuras sinodales en todos los niveles de la Iglesia». Es absolutamente necesario afirmar con más fuerza la libertad de conciencia, la opción por la justicia y los pobres, la participación de los fieles en la elección de Obispos y párrocos, el reconocimiento de que «la Iglesia necesita también sacerdotes casados y mujeres en dignidades eclesiásticas», la no exclusión (se entiende, de la Eucaristía) de las parejas adúlteras o de las parejas homosexuales. Todo metido en un mismo saco.

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Crítica literaria: Dumont, Jean: El amanecer de los derechos del hombre. La controversia de Valladolid, trad. esp. ed. Encuentro, Madrid 1997, 280 pág





Por A. Landa




Tomado de la revista Razón Española







e traduce del francés al español esta importante monografía de un ilustre hispanista galo sobre la controversia de Valladolid —entonces capital de España— celebrada entre Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573) y Bartolomé de las Casas (1484-1566), por orden de Carlos V, en la magnífica capilla del Colegio de San Gregorio entre agosto de 1550 y abril de 1551, ante quince jueces entre los que figuraban los eminentes teólogos Melchor Cano y Domingo de Soto, especialistas en América como Bernardino de Arévalo y Gregorio López. Miles de páginas de las que sólo una parte se conserva, principalmente los alegatos de los contendientes, publicados posteriormente en forma de libros.

Es un hecho único en la historia que un soberano pregunte a un grupo de expertos si es lícita la consolidación y extensión de su Imperio y que se manifieste dispuesto nada menos que a retirarse de América, como exigía Las Casas. Si tal dictamen hubiera sido seguido, hoy el Nuevo Mundo se encontraría en una situación similar a la del Africa negra.

Según el autor, el vencedor dialéctico y, en último término, político fue el ponderado y realista Sepúlveda, frente al extremoso y fabulador Las Casas. Así se desprende de los documentos y de la Historia puesto que España continuó colonizando y evangelizando hasta mediados del siglo XIX. En su paroxismo, Las Casas, poco antes de morir, no sólo instaba al Papa para que condenara la conquista española, sino que maldijo a su Patria en estos apocalípticos términos: "Dios no puede sino volcar sobre España su furor y su cólera". Afortunadamente, no fue así.

El autor, a modo de introducción, demuestra que la cuestión de conciencia acerca de la licitud de la empresa americana se plantea ya en tiempos de Isabel la Católica, y las Relecciones de Vitoria son un alto testimonio de esa inquietud de doctrinarios y gobernantes. También las sucesivas Leyes de Indias van expresando tal preocupación moral.

El autor reconoce en Las Casas un amor a los indios; pero valora muy negativamente sus escritos, sus actitudes fanáticas y sus contradicciones. Exalta en cambio a Sepúlveda, el gran humanista traductor de Aristóteles y jurista eximio.

Esta es una magnífica monografía sobre un tema capital de la historia de España. Fue entonces cuando realmente amanecieron los derechos humanos puesto que los reyes y los teólogos se plantean la cuestión de los derechos fundamentales de los amerindios por el simple hecho de ser hombres, derechos anteriores a cualquier ley positiva. El autor desarrolla su tema con gran erudición y con equilibrado criterio. Un resumen de este libro debería constituir lección obligada en los estudios medios de todo hispanoamericano.

La historia de Alonso de Salazar. Cuando la Inquisición salvó a las brujas.




por José Javier Esparza


Tomado de El Manifiesto








odemos comenzar nuestra historia a finales del siglo XVI, porque la quema de brujas no fue tanto cosa medieval como de los siglos posteriores. En toda Europa hay una auténtica fiebre contra las brujas. Las cifras son alucinantes: se calcula que entre los siglos XV y XVIII habrá 100.000 juicios por brujería, de los que la mitad, 50.000, terminaron con la quema del acusado. Pues bien: de esas muertes, la mitad ocurrieron en los estados alemanes; en Francia llegaron a 4.000; en países tan pequeños como Liechtenstein, las quemas alcanzarán al 10% de la población, nada menos.

Caza de brujas

España no quedará fuera de estos procesos por brujería, aunque nuestras cifras durante el siglo XVI son comparativamente escasas; algún autor extranjero de la época lo atribuye a que ni el Diablo se fiaba de los españoles. Sin embargo, a finales de ese siglo XVI se observa un aumento de la persecución. ¿Por qué? La ola viene de Francia, y más precisamente de un gran jurista y filósofo político, Juan Bodino, que en 1580 ha publicado su Demonomanía de los brujos. ¿Y qué hace un jurista hablando de estas cosas? No era sólo Bodino; en aquella época, los intelectuales concedían a la demonología gran atención y, de hecho, el ámbito donde se planteaban estas materias no era tanto el eclesiástico como el de la cultura civil. Esta preocupación era reflejo de la general creencia popular en brujos y hechicerías. Bodino añadió un argumento político: los brujos, al reconocer como único señor a Satanás, eran enemigos del Estado.
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21 de Febrero, San Robert Southwell y Compañeros, Mártires


Vivo, pero mi vida es muerte constante;
Muero, pero mi muerte es vida sin fin;

Mi muerte-vida es una negación de mi vida-muerte

Y la Vida que me espera coronará mi vida mortal.

(San Roberto Southwell)



n el día de hoy conmemora la Iglesia, a uno de los más insignes mártires de la Edad Moderna en Inglaterra, el P. Roberto Southwell, de la Compañía de Jesús; y juntamente a otros veinte que, en diferentes ocasiones, dieron su sangre por Cristo durante la terrible persecución que siguió al establecimiento del anglicanismo en la Gran Bretaña. A estos últimos se los designa como compañeros, no porque hubieran sufrido el martirio juntamente con el P. Southwell, sino porque se asociaron a él, derramando su sangre por la fe cristiana en diversos tiempos desde 1594 a 1679. El P. Roberto Southwell tiene una doble significación en la fiesta de hoy. La primera es la propia e individual, por su particular significación y méritos personales en la Iglesia de Inglaterra. Como tal, indudablemente destaca entre los otros mártires ingleses conmemorados en este, día. Pero, además, diríamos que tiene la significación de ejemplo o de símbolo. Se conmemora, pues, de un modo especial su actividad apostólica durante aquella terrible persecución, las horribles torturas que tuvo que sobrellevar y el glorioso martirio que sufrió, indicando al mismo tiempo que algo semejante se pudiera decir de cada uno de los otros mártires conmemorados. Se presenta este martirio en particular como una especie de muestra de los que sufrieron todos los demás.

Procedente el P. Roberto Southwell de una noble y rica familia católica, nació en Norfolk en 1561. Preocupados sus padres por su educación católica, lo enviaron a Douai, donde fue discípulo del célebre teólogo jesuita P. Leonardo Lessio. Luego continuó su estudio en París y, contando sólo diecisiete años, pidió su admisión en la Compañía de Jesús, gracia que por el momento no consiguió, dando con ello ocasión al primer escrito que de él poseemos, donde se explaya en ansias amorosas hacia Dios y manifiesta la estima que tiene de la vocación.
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20 de febrero de 2011

El buen camino






Por Juan Manuel de Prada



Tomado de XLsemanal












La teutona Merkel le dijo a Zapatero, convertido en el perro caniche de la plutocracia internacional, que «España va por muy buen camino»; y sus palabras enseguida fueron aplaudidas, como si de un ensalmo se trataran, por los medios de adoctrinamiento de masas. Aplaudieron con las orejas los banqueros, que se apresuraron a afirmar que las medidas adoptadas por el perro caniche eran «magníficas». Aplaudieron con las orejas los acólitos del perro caniche, a quienes les da igual so que arre con tal de que su perro caniche se libre del apaleamiento al que está siendo sometido. Y hasta los apaleadores del perro caniche (o sea, la derecha política y mediática), que llevaban demandando «reformas» (palabra talismán que siempre se emplea de forma eufemística, para encubrir lo que a continuación describiremos), aplaudieron, aunque fuera de forma tibia y a regañadientes, acompañando su aplauso remolón de la consabida coletilla: «Pero tales medidas llegan tarde». Así que, siquiera por una vez, tenemos a los llamados «formadores de la opinión pública» (que en realidad son sus deformadores) conformes en que el camino marcado por Merkel a nuestro perro caniche es el camino fetén; y los acólitos y apaleadores del perro caniche, por una vez de acuerdo, solo se disputan cuestiones de matiz: «¿No decíais que Zapatero nos conducía al desastre? Pues la teutona le ha dado el espaldarazo», se pavonean los acólitos; y los apaleadores replican: «Un tirón de orejas es lo que le ha dado, por resistirse a aplicar las reformas que tanto tiempo llevamos demandando».

Y, entretanto, nadie se ocupa de explicar cuál es ese «buen camino» al que se refería la teutona. O, en el mejor de los casos, se designa como «ortodoxia económica», «ajuste fiscal», «reducción del déficit» y demás bombas de humo con que oculta la verdadera naturaleza de las «reformas» acometidas por nuestro perro caniche, a quien la plutocracia internacional ha obligado a reducir la deuda pública. ¿Y cómo se ha reducido dicha deuda? Pues mediante un procedimiento muy sencillo, que consiste en beneficiar a los ricos y acogotar a los pobres (esto es, a quienes dependen de una remuneración fija, llámese salario o pensión): subiendo los impuestos sobre la renta, reduciendo los salarios, postergando o racaneando el pago de las pensiones.El «buen camino» señalado por la teutona Merkel, jaleado por los banqueros y asumido por nuestro perro caniche consiste, en fin, en apretar las tuercas a quienes dependen de un sueldo para subvenir sus necesidades, mientras se protege a quienes viven opíparamente de las rentas del capital; esto es, a quienes invierten en «productos financieros». A esto se llama plutocracia, que significa gobierno de los ricos.
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20 de febrero, Domingo de Septuagésima


por el R.P. Leonardo Castellani




n efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo”. Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?”. Dícenle: “Es que nadie nos ha contratado”. Díceles: “Id también vosotros a la viña”.. Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: “Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros”. Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor”. Pero él contestó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.
(Mt 20, 1-16)

La parábola de los obreros de la hora undécima es la más difícil que hay en el Evangelio. La he explicado ya aquí mismo el año pasado si no me equivoco y también en mi comentario al Evangelio de Jesucristo; de modo que hoy por no repetirme les hablaré de las relaciones de Cristo con el dinero.
La parábola pone un patrón que contrata varias tandas de obreros a diferentes horas; de modo que los primeros trabajaron doce horas, de sol a sol, y los últimos trabajaron una hora; y después mandó pagarles a todos igual un denario. Uno de los primeros se enoja con el patrón y lo increpa; y parecería tiene razón. Pero el patrón también tiene razón: “¿No te contraté a ti por un denario? ¿No te pagué tu denario? Si yo quiero darle más a éstos, ¿qué te importa? ¿Con mi dinero no puedo hacer yo lo que quiero? Porque mi mano sea buena, ¿tu ojo tiene que ser torcido? (Esta actitud de “mi dinero es mío y yo hago con él lo que quiero” es común en los ricos; no es ciertamente la actitud que les recomendó Cristo; pero es común lo mismo).
Dos cosas sencillas y muy importantes quiso significar aquí Cristo; una, que a Dios, que es el patrón de todo, no lo podemos juzgar nosotros; injusto no es nunca, pero su justicia no la podemos medir por nuestra justicia; no tenemos todos los datos y él tiene todos los datos para juzgar. Es lo que tantas veces inculca la Escritura; “mis caminos no son como vuestros caminos –dice el Señor- y mis pensamientos no son vuestros pensamientos”.
La otra es que Dios, en la distribución de los bienes terrenales, se muestra aparentemente caprichoso; se muestra como indiferente y despreocupado en eso, y tiene razón, pues esos bienes son temporales, efímeros y a veces peligrosos y son como nada en parangón con los bienes eternos. También lo dice el Evangelio: “Sed como el Padre celestial, el cual hace salir el sol sobre los buenos y malos y hace llover sobre los justos y los injustos”. Nosotros no podemos hacer salir el sol ni llover, pero podemos hacernos indiferentes (en lo posible) a la lluvia y el buen tiempo: o sea, despegarnos de los bienes terrenales.
El denario dado a todos son, pues, los bienes terrenales, de los cuales necesitamos: hay que trabajar sin embargo, poco o mucho, pues no les da el denario sino a los que trabajaron. Aunque se hayan dado otras interpretaciones figurativas de esta parábola, esta interpretación es la segura.
Todos los bienes terrenales están representados por el dinero: la pelea aquí entre el patrón y el obrero es por el dinero; el obrero quiere más dinero (y ya no puede hacer una huelga). Está frito.
Jesucristo no maldijo el dinero, como hicieron Proudhon, Papini o León Bloy: maldijo el mal uso del dinero, a los malos ricos y la adoración de dinero, al cual llamó el “ídolo inicuo, mammona inequitatis”: ídolo, porque lo idolatramos; inicuo, porque hacemos por él iniquidades (ustedes no, probablemente).
Jesucristo sabía lo que era el dinero. ¿Qué es el dinero? El dinero es un “ticket”, un boleto, como esos que nos dan en el colectivo; solamente que en vez de procurarnos solamente un viaje en colectivo, nos puede procurar todas las cosas, incluso la felicidad, según muchos creen. En sí mismo no vale nada; vale como signo. Un billete de mil pesos, hacerlo cuesta cincuenta centavos; y si no representara una cantidad de bienes (que en la Argentina va siendo menor cada vez) ni siquiera valdría cincuenta centavos: es un papel que no serviría para nada, ni siquiera para escribir una carta. Y sin embargo, el dinero se vende, se compra y se alquila, como si fuera una cosa en vez de un signo.
¿Por qué? Porque además de signo es un instrumento; con dinero puedo comprar instrumentos y producir más bienes –además de comer y vestir. Si yo presto una azada, ¿puedo cobrar un alquiler por prestarla? Sí, porque no puedo trabajar con ella mientras la tiene el otro, y además la azada se gasta; y esto se llama el “interés” o renta. Pero si yo le exijo al prestatario de la azada que me dé todo lo que gane con ella, menos una pequeña suma para que pueda comer y seguir trabajando para mí, ¿es justo? Esto se llama usura, y es la base del actual capitalismo. ¿Y si yo monopolizo todas las azadas que hay en la República Argentina, y entonces al que quiero le alquilo, al que no quiero no, y puedo cobrar el alquiler que se me antoja, o si no se mueren de hambre? Esto se llama Gran finanza, o Alta finanza, o Capital financiero.
¿No podemos dejar que la Alta finanza se coma todas las azadas y nosotros comer trigo? No, porque no podemos producir trigo con las manos.
La Alta finanza, que es un poder oculto, y formidable, opera por medio del sistema bancario moderno. El sistema bancario moderno está basado en una ficción, o digamos una estafa, pues abre la puerta a innumerables y enormes estafas. Pongamos el ejemplo típico: el primer banco moderno que se fundó fue el Banco de Inglaterra, modelo y maestro de todos los bancos. (Los italianos inventaron los bancos, pero los primeros bancos lombardos y genoveses eran relativamente decentes: prestaban azadas). El Banco de Inglaterra se fundó en esta forma: el rey Guillermo III necesitaba 1..200.000 esterlinas, y se las prestó un prestamista judío de Frankfurt llamado Rothschild, o sea, escudo rojo; con esta condición: el rey recibía esa cantidad en oro, y la debía a Rothschild; y Rothschild recibía autorización para emitir un millón y pico de billetes y prestarlos; eso se llamó “el activo” del Banco. De modo que, ustedes ven, el dinero se ha multiplicado por dos: el rey tiene un millón y lo gasta; el Banco tiene otro millón y lo presta; y el rey sigue debiendo un millón de libras. Como el dinero representa bienes (y si no, ningún valor tiene) y se ha multiplicado por dos, y los bienes no se han multiplicado por dos, los bienes cuestan ahora el doble; y ese aumento, que va a parar a los cofres de Rothschild, lo paga el consumidor.
Eso no es nada todavía: queda la llamada “reserva”. Los banqueros se dieron cuenta pronto que la gente que pone dinero en el banco, para que ellos lo vendan o alquilen, no lo saca de golpe, a lo más un 5 ó 10% es exigido al banco habitualmente, contando lo que entra habitualmente. “Pongamos 20% para más seguridad” –dice el banquero- “y podemos alquilar 80% más” –es decir, podemos prestar dinero que no existe, que le llaman “crédito”. Es decir que el banco presta y saca dinero del préstamo, no solamente por todo el activo que tiene sino por cuatro veces más de dinero que no existe y de bienes que no existen. Es decir, que si tiene veinte pesos depositados, que son reales, hace préstamos por cien pesos; y cobra interés. Es decir que no solamente fabrica dinero, sino que saca dinero del aire: “dinero fantasma”, no para los financistas ciertamente, sino para nosotros.
¿Por qué pueden hacer eso? Porque la gente cree y tiene experiencia que si va a exigir su dinero al banco, el banco se lo da. Pero es un error: si toda la gente fuese conjuntamente a sacar su dinero, el banco no puede pagar; se produce un pánico, lo que llaman una corrida, y el banco quiebra; y los depositantes pierden su dinero o parte de él.
Podría contarles la cómica quiebra del banco de Amsterdam en 1787, pero no hay tiempo. Me dirán que ahora no se producen corridas porque el gobierno respalda a los bancos; respalda a los bancos, pero cargando ese respaldo en su deuda, o sea en las espaldas de los contribuyentes. La regla es: “el banco nunca resulta deudor, siempre resulta acreedor”. Hace poco, con ocasión de las tremendas estafas que ocurrieron en el Banco Nación, ¿por qué no quebró el Banco Nación? Porque lo respalda el gobierno; es decir, nosotros pagamos las estafas por medio de impuestos.
¡Pero ahora el gobierno ha nacionalizado los bancos por medio del Banco Central! No importa. Pero, ¿no se pueden poner freno y riendas a los usureros de las Grandes finanzas? No se puede, ahora y aquí por lo menos. La Gran finanza puede más que los gobiernos y los reyes –por lo menos de las naciones chicas y zonzas-, hace temblar a los políticos, e incluso puede provocar si quiere guerras internacionales.
No acabaría nunca si quisiera reseñar los absurdos que hay en el fondo del capitalismo. No digo que el comunismo, su rival, sea mejor: es peor, es un capitalismo de Estado, más férreo y más implacable.
La Alta finanza presta capitales a los industriales y empresarios, que sin eso no se pueden sostener las grandes empresas industriales, necesarias hoy día; y les cobra intereses usurarios. Los industriales, para no fundirse, naturalmente, mandan esos intereses a los precios: los precios suben, la gente no tiene plata para pagarlos. Carestía; carestía en medio de un exceso de producción. Destrucción de la producción para mantener los precios. Guerras para mantener “mercados”. Cuestión social: intranquilidad, amargura, angustia.
Y así hemos llegado a este estado absurdo: escasez en medio de la abundancia; pobreza en medio de las riquezas; hambre en medio de la superproducción de alimentos: en 1933 en San Julián de la Patagonia se degollaron y quemaron sesenta mil carneros; y al mismo tiempo en la India aldeas enteras se morían de hambre ¡y en la Argentina también! Escasez artificial –y criminal.
¿Quién puede arreglar todo esto? Ahora, nadie. Solamente Cristo o el Anticristo pueden arreglarlo.
Si Cristo puede arreglarlo, ¿por qué no lo arregla? Cristo lo arregló ya viniendo al mundo, predicando su doctrina y muriendo por ella. Durante los diez siglos de cristiandad europea, esto no pasaba: no se morían de hambre, no había desocupación, no había miseria, cada uno estaba contento en su lugar, el campesino no envidiaba al rey, más bien los Reyes Santos envidiaban al campesino. ¡Había miseria y hambre!, dirán ustedes. Sí, por causas accidentales, por una peste o una invasión de los bárbaros que quemaban, destruían y rapiñaban, y al fin eran vencidos; pero no como ahora, en virtud de las mismas estructuras sociales: ahora hay una peste continua y un incendio continuo.
Y ahora, ¿no lo arreglará de nuevo Cristo? Puede ser, yo no lo sé. Depende de nosotros, depende de la conversión de Europa (o de la Argentina) a Cristo. Hay muchas profecías privadas que dicen que vendrá un gran castigo de Dios (que tal vez ya haya venido y sea este mismo estado en que estamos) y los hombres se arrepentirán y vendrá un tiempo de orden y prosperidad, aunque sea corto, una generación; treinta años; y después vendrá el Anticristo. Son profecías privadas, yo no lo sé.. Yo no he tenido ninguna visión de Dios. No sabemos.
Lo que sabemos es que somos de Cristo; y Cristo triunfará finalmente “por las buenas o por las malas” –como dice Aramburu. Si es por las malas y tenemos que penar y sufrir, paciencia; nuestra compensación es grandísima en el cielo. Total, cuando uno muere, siempre pena y sufre; y todos morimos. Lo esencial es que en la vida y en la muerte, en esta vida y en la otra, suframos o no suframos, por Cristo estamos y de Cristo somos.