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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

10 de enero de 2009

Sermón del Polvo



Por el R.P. Leonardo Castellani




Publicado por Cruz y Fierro en el Foro Santo Tomás Moro




"Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris"
"Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás"





l polvo quita la vista y el polvo devuelve la vista. En las comarcas de Tierra Santa, la tierra salitrosa y arenosa levanta un polvo finísimo y blanco, que por una parte reflejando vivamente la luz ardiente del sol oriental y por otra parte alzándose con el viento en nubes enceguecedoras, produce numerosas oftalmías y en muchísimos casos la ceguera. Cuando leéis los Evangelios, reparáis cuántas veces se nombra en ellos esta temible desgracia; cuántos ciegos no curó el Señor; la señal que dio a San Juan Bautista para indicarle que el Mesías llegó: "Los ciegos ven"; la comparación que usó en la parábola: "Si un ciego guía a otro ciego, los dos se van al hoyo".


A uno de estos pobres desdichados curó el Señor en las puertas del Templo, según nos cuenta San Juan en el capítulo IX, poniéndole en los ojos un poco de barro; escupió en el polvo, hizo un poco de lodo, se lo echó en los ojos y le dijo: "Anda a lavarte en la piscina de Siloé".

Señor, ¿qué hacéis? ¿Polvo para curar a un ciego? ¿Saliva para curar la ceguera? La saliva que es cáustica y el polvo que es fricante, más bien volverán ciego a uno que ve, Señor, que no volverán los ojos a uno que no ve. Dejadme hacer, dejad hacer al que es la Luz del mundo. "Y fue, y se lavó y vio" -dice San Juan- "volvió viendo, volvió sanado".

Polvo tenemos en los ojos, polvo de la tierra nos tiene ciegos. Polvo son las riquezas, polvo son los honores, polvo son los placeres; polvo enceguecedor que nos impide ver. Mas la Iglesia, Madre nuestra ansiosa por sanarnos, Esposa de Cristo poderosa para sanarnos, nos echa este día un puñado de polvo a la cara, y a imitación de su Divino Maestro dice a los pobres ciegos: "Con lo mismo que te enfermó, yo te sano. Pero no con lo mismo: porque el polvo solo, el polvo de la tierra, no sirve para sanar, sino para enfermar más, si no se le mezcla la saliva de un Dios, es decir, la palabra de Dios". Y la Iglesia mezcla a este polvo de la tierra una palabra de Dios, una palabra tomada del Libro del Génesis, una palabra sencilla, verdadera y cáustica.
"¡Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás!" (Libro del Génesis, III, 19).

Si nos pusiese solamente ceniza en la frente para recordarnos la muerte que ha de reducirnos a polvo, no curaría la Iglesia nuestras llagas, sino más bien aumentaría nuestra tristeza; y la tristeza no es el remedio de nuestros males. ¡Bastante tristeza nos da este siglo inquieto! A este asilo de paz, a este puerto de oración en medio del estrépito de la calle abierto, venimos precisamente algunas veces huyendo de la tristeza del mundo. Y bien, señores; no temáis, porque el polvo que allá fuera enferma, aquí dentro sana; el polvo que la Iglesia nos pone en los ojos nos devuelve la vista, aunque sea cáustico en el momento de la operación; y el que ve, señores, no está triste: porque el que ve, sabe adónde va; porque el que ve, camina seguro; el que ve, no tropieza en la piedra ni cae en el hoyo.
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Contención, Educación, Post-modernidad


por el Dr. Aníbal D´Angelo Rodríguez

Tomado de Revista Cabildo, Bs.As., noviembre de 2004, pp. 27-30.





Contención.


on cualquier motivo, cada vez que se habla de escuelas y colegios, salta el sustantivo “contención”, el adjetivo “contenido” y el verbo “contener”. El diccionario de la Academia da, de este último, tres acepciones:

1. Llevar o encerrar dentro de sí una cosa a otra;


2. Reprimir o sujetar el movimiento o impulso de un cuerpo;

3. Reprimir o moderar una pasión.

Desde luego, hay que descartar la tercera acepción. Nada más ajeno a la cultura moderna que semejante idea. Las pasiones tienen vía libre y a eso se lo conoce con el nombre de “libertad”. Veamos entonces la segunda acepción de la palabra: reprimir o sujetar a algo o a alguien. La primera idea que se nos viene a la mente es que, puesto que “reprimir” está prohibido, se ha acudido a la palabra contención para reemplazar una idea nefanda para la modernidad.

Pero me parece que aquí hay algo más que el escamoteo de un término y su reemplazo por un sinónimo. En definitiva, la educación moderna no sabe qué hacer con el supuesto objeto de sus desvelos, es decir el alumno, el “educando”. Guiada por una psicología sin alma, enredada en los laberintos de una pedagogía que no sabe pasar más allá de los “métodos”, el alumno ha terminado por convertirse en una incógnita y, eventualmente, en un peligro. Si hasta ha empezado a hablarse del riesgo educacional como una clase muy especial –y muy aguda- del riesgo laboral.

Con sus agresiones físicas cada vez más comunes pero sobre todo con su indiferencia cada vez más profunda, con su desapego cada vez más acentuado, el alumno se ha convertido en un desconocido, en un ser del que cualquier cosa puede esperarse, desde una cuchillada hasta una mirada de infinito desprecio. Me corrijo: el desprecio es –al fin y al cabo- una cierta relación entre personas. El que desprecia le está diciendo al despreciado: “Te he pesado y medido y te rechazo por lo que eres”.

La actitud del alumno posmoderno es mucho peor. Se puede traducir simplemente en “No tengo interés en vos, ni en pesarte ni en medirte. No tengo interés en lo que pretendes enseñarme. Para decirlo todo de una vez: no tengo interés en nada. Y de la cultura socialmente vigente, no de tus envejecidas enseñanzas, saco como conclusión que puedo hacer –y probablemente intentaré hacer- cuanto se me venga en gana”. En estas condiciones debe entenderse lo de la “contención”.

El alumno es como una bomba de tiempo cuyo reloj nadie sabe cuándo va a dar la señal de estallar. Entonces hay que contenerlo, es decir “contentarlo” (esa es la verdadera traducción de la palabra) para demorar lo más posible el estallido. O –en todo caso- que acontezca lejos, en el tiempo y en el espacio, de las aulas. Y eso, al fin y al cabo, más o menos se logra. Chicos que matan a tres de sus compañeros y hieren a cinco, son pocos. (Este es el argumento de un lamentable sueltito de Orlando Barone en La Nación del 3 de Octubre [2004]).

La mayoría de los alumnos, ya lejos de las aulas, cuando se mira en el espejo y ve que nada serio ha aprendido, que nada le han dicho ni sabe sobre el sentido de su vida, estalla en mil pedazos y se convierte en la nada que le han metido en el alma durante su paso por las escuelas, colegios y universidades, cuando apenas si ponía en práctica la primera acepción del verbo contener: estaba dentro de un aula en vez de vagar por las calles. Y no mucho más.

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por Giovanni Guareschi


Capítulo 11



La bomba





RAN los días que en el Parlamento y en los diarios los políticos se agarraban de los pelos por causa de aquel famoso artículo 4°que luego resultó ser el 7°[3],y como entraban en danza la Iglesia y la religión, don Camilo no había vacilado en meterse hasta el pescuezo en la tormenta.Cuando estaba seguro de trabajar por una causa justa, don Camilo procedía como un carro blindado, y de ese modo, como los otros hacían de la cuestión sobre todo un problema partidario y veían en la aprobación del artículo una victoria del más poderoso adversario político, las relaciones entre don Camilo y los rojos eran muy tirantes y soplaban vientos de garrotazos.

–Nosotros queremos que el día en que sea rechazado el artículo sea de regocijo para todos. – había dicho Peppone a los suyos, en una reunión

– Por lo tanto, participará también en los festejos nuestro reverendo arcipreste.

Y había impartido directivas para la confección de un magnífico don Camilo de paja y trapos, que sería conducido al cementerio con gran pompa y al son de la música, con un gran letrero sobre la panza que diría: "Artículo 4°".

Naturalmente, don Camilo lo había sabido enseguida y se apresuró a hacer preguntar a Peppone si, habiendo él, don Camilo, determinado abrir un círculo de mujeres católicas en el comité de la Sección, el camarada Peppone estaba dispuesto a cederle las habitaciones lo más pronto posible, sin esperar el día de la aprobación del artículo.

La mañana siguiente aparecieron en el atrio el Brusco y otros cinco o seis de la barra, quienes se pusieron a discutir en voz alta, indicando con amplios ademanes esta o aquella parte de la casa parroquial.

–Yo opinaría hacer el salón de baile utilizando toda la planta baja y situar el bufet en el primer piso.

–También se podría abrir una puerta en el muro divisorio y unir la planta baja con la capilla de San Antonio; levantar una pared para aislar la iglesia y poner el bufet en la capilla.

–Demasiada complicación. Mas bien: ¿Dónde alojamos al arcipreste? ¿En el sótano?

–Es demasiado húmedo, pobrecito. Mejor en el desván...

–También podríamos ahorcarlo en el poste de la luz.

–¡Eso no! En el pueblo hay todavía tres o cuatro católicos y es preciso tenerlos contentos también a ellos. Dejémosles el cura. ¿Qué molestias da el pobrecito?

Don Camilo escuchaba escondido detrás de la celosía de una ventana del primer piso y sentía trabajarle el corazón como el motor de un carro blindado en una cuesta. Finalmente no pudo más y abriendo de par en par la ventana se asomó con la escopeta amartillada en la mano izquierda y con una carga de cartuchos en la derecha.

–Tú, Brusco, que entiendes de esto, – dijo don Camilo – para tirar a las becadas, ¿qué tamaño de perdigones emplearías?

–Depende – dijo el Brusco, abandonando rápidamente el campo junto con sus camaradas.

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Ortodoxia (3)







por Gilbert K. Chesterton



III





El suicidio del pensamiento






as frases que se dicen en la calle no son sólo enérgicas sino también sutiles; porque una expresión idiomática muchas veces puede terminar en una grieta demasiado pequeña para una definición. Hay frases populares que podrían haber sido acuñadas por el señor Henry James[22] en una agonía de precisión verbal. Y no hay verdad más sutil que la cotidiana referencia al hombre que tiene "el corazón en el lugar adecuado". Es algo que incorpora la idea de la proporción normal; no sólo afirma la existencia de una función sino también su justa relación con otras funciones. Más aún; la negación de esta frase describiría con peculiar precisión esa algo enfermiza compasión y perversa condescendencia de la mayoría de los personajes representativos modernos. Por ejemplo, si tuviese que describir con justicia el carácter del señor Bernard Shaw, lo más exacto que podría expresar sería decir que tiene un corazón heroicamente grande y generoso; pero no un corazón en el lugar adecuado. Y esto se aplica de la misma manera a la típica sociedad de nuestro tiempo.
El mundo moderno no es malvado; en ciertos aspectos el mundo moderno es demasiado bueno. Está lleno de plenas y desperdiciadas virtudes. Cuando una religión se desmembra (como se desmembró el cristianismo con la Reforma) no es tan sólo que los vicios quedan sueltos. Es cierto que los vicios quedan sueltos y se esparcen haciendo daño. Pero también las virtudes quedan sueltas, y las virtudes se esparcen de un modo más salvaje; con lo cual las virtudes hacen un daño más terrible. El mundo moderno está repleto de virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y esas virtudes enloquecieron porque han quedado aisladas las unas de las otras y están deambulando solas. Así, a algunos científicos les importa la verdad; pero sus verdades carecen de misericordia. Así, a algunos humanitaristas sólo les importa la misericordia pero su misericordia (lamento tener que decirlo) muchas veces carece de verdad. Por ejemplo, el señor Blatchford[23] ataca al cristianismo porque está furioso por una virtud cristiana: la meramente mística y casi irracional virtud de la caridad. Tiene la extraña idea de que puede facilitar el perdón de los pecados diciendo que no hay pecados que perdonar. El señor Blatchford no es solamente un primer cristiano, es el único primer cristiano que realmente tendría que haber sido comido por los leones. Porque, en su caso, la acusación pagana es realmente cierta: su caridad significaría tan sólo simple anarquía. Es realmente enemigo de la raza humana por ser tan humano. En el otro extremo podemos tener al cáustico realista que ha asesinado en si mismo todo placer humano por los cuentos felices o por los bálsamos del corazón. Torquemada[24] torturó a la gente físicamente en aras de la verdad moral. Zola[25] torturó a la gente moralmente en aras de la salud física. Pero en la época de Torquemada al menos había un sistema en el cual, en cierta medida, la justicia y la paz se podían dar un beso. Actualmente ni siquiera se saludan. Pero, aparte de la verdad y la misericordia, el caso de la dislocación de la humildad es mucho peor.
Nos ocuparemos aquí de tan sólo un aspecto de la humildad. La humildad fue pensada como un freno a la arrogancia y a lo ilimitado de los apetitos del hombre. El ser humano siempre ha estado superando sus compasiones con sus propias, inventadas, nuevas necesidades. Su mismo poder para gozar destruyó la mitad de sus deleites. Reclamando el placer, perdió el mayor placer de todos; porque el placer más grande es el de la sorpresa. A partir de esto se hizo evidente que, si el hombre quería agrandar su mundo, debía siempre hacerse pequeño a si mismo. Aún las ambiciosas visiones, las altas ciudades, y los elevados pináculos son creaciones de la humildad. Los gigantes que pisotean bosques enteros como si fuesen pasto, son creaciones de la humildad. Torres que se esfuman sobrepasando en altura a la más solitaria de las estrellas, son creaciones de la humildad. Porque las torres no son altas a menos que las miremos desde abajo; y los gigantes no son gigantes a menos que sean más altos que nosotros. Toda esta gigantesca imaginación que constituye, quizás, uno de los mayores placeres del hombre, es en lo fundamental completamente humilde. Sin humildad es imposible disfrutar algo – incluso el orgullo.

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9 de enero de 2009

La Economía política y el Cristianismo (3)





por S.E.R. Zeferino Card. González Díaz de Tuñón O.P.


III



ntes de exponer sus ideas sobre Economía política, Smith había publicado la Teoría de los sentimientos morales, obra en que el publicista de Kirkaldy pretende cimentar y levantar todo el edificio de la ciencia moral sobre la estrecha base de la simpatía, eliminando, por consiguiente, de la idea de la virtud, el esfuerzo, el sacrificio y la energía de la voluntad. Esto nos explica en parte las tendencias materialistas y el espíritu egoísta que se descubren en su sistema económico-político: la Teoría de los sentimientos morales llama naturalmente, y se halla en armonía con las teorías desenvueltas en las Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Si se añade a esto que Smith, lo mismo que Say, principal propagador de sus doctrinas económicas en el continente, vivieron, conversaron y estuvieron en intimas relaciones con los filósofos sensualistas e irreligiosos del pasado siglo, no será difícil darse razón del espíritu que domina en su sistema económico-político. [35]

Ello es cierto, sin embargo, que nadie menos que Smith debiera haber prescindido de la idea cristiana, al exponer sus teorías de Economía política. Puede decirse que todo el sistema económico-político del profesor de Edimburgo se halla basado sobre la teoría del trabajo y su división: esta es la idea fundamental y dominante en su doctrina; es como la teoría madre, a la cual se refieren y subordinan de una manera más o menos directa todas sus ideas sobre esta materia.

Pues bien; si Smith hubiera reflexionado sobre este punto con espíritu imparcial y despreocupado, hubiera reconocido sin duda que el cristianismo es el que ha desarrollado y multiplicado en las sociedades modernas el poder del trabajo, porque el cristianismo, y sólo el cristianismo, es el que ha restituido al hombre la propiedad del trabajo.

Recuérdese sino, lo que era la humanidad antes del cristianismo; recuérdense aquellas manadas de esclavos que marchaban envilecidas en pos de los patricios romanos; recuérdese que Atenas, la ciudad más civilizada, tal vez, de la antigüedad, contaba en tiempo de Demetrio Falerio cuatrocientos mil esclavos para poco más de veinte mil ciudadanos; y se verá que el cristianismo, al proclamar la libertad del hombre, restituyó a las tres cuartas partes del linaje humano la propiedad de su trabajo, y con ella, un elemento el más poderoso para la producción y multiplicación de la riqueza. Pero escuchemos sobre este punto la voz [36] tan autorizada como elocuente del P. Lacordaire; he aquí cómo se expresa el célebre orador de Nuestra Señora de París, al exponer el tránsito operado en la humanidad por la acción del cristianismo, bajo el punto de vista de la propiedad del trabajo:

«El rico se había degradado a sí mismo, había degradado al pobre, y nada común existía entre estos dos miembros vivos, pero podridos, de la humanidad. El rico ni siquiera sospechaba que debiese algo al pobre. Le había arrebatado todo derecho, toda dignidad, todo respeto de si mismo, toda esperanza, todo recuerdo de origen común y de fraternidad. Nadie pensaba en la instrucción del pobre, nadie en sus dolencias, nadie en su suerte. El pobre vivía entre la crueldad de su señor, la indiferencia de todos y su propio desprecio. En este estado le encontró Jesucristo. Veamos qué hizo de él.

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La guerra de los Belenes: una ofensiva contra nuestra identidad


por José Javier Esparza

Tomado de Conoze (artículo del 22/12/06)

Belén es en España lo que en Argentina llamamos pesebre, es decir el más tradicional y católico motivo navideño, que centra esa Fiesta, en el nacimiento del Niño-Dios, y no en la falsa alegría de los regalos traídos por por un gordo payaso vestido de rojo, ajeno a nuestra tradición. (N.d.E)

Es la guerra de moda en España. Como en una nueva rebelión de los iconoclastas, la izquierda quiere desterrar el Belén. No son sólo tres colegios: la ofensiva es general. Van a por nosotros.

n colegio de Zaragoza prohibió celebrar la Navidad para no molestar a la minoría de alumnos de otras confesiones. En Mijas, Málaga, la directora de un instituto ha arrojado a la basura el Belén elaborado por los alumnos de Religión porque, según la doña, «en la escuela pública de un país laico no están permitidos los símbolos religiosos». El director de otro instituto, éste en Cartagena, ha vetado el Belén navideño y ha retirado todos los símbolos religiosos «porque España es un país aconfesional». Hay muchos más casos: lo cuentan los lectores. Tampoco falta, por supuesto, quien juzga tales ataques como gestos de «espíritu democrático».

No cabe duda de que nos hallamos ante una ofensiva. No propiamente una ofensiva antirreligiosa, como se dice por ahí —a los musulmanes les dejan construir mezquitas en todas partes, y con respaldo oficial—, sino una ofensiva expresamente anticatólica, dirigida de forma deliberada contra la confesión ampliamente mayoritaria de los españoles. ¿Y por qué sacuden sólo a la Iglesia católica, y no a los judíos, a los musulmanes o a los protestantes? Porque el fondo de esta ofensiva no es el ataque a la religión, sino muy concretamente el ataque a la identidad tradicional de los españoles. Y del mismo modo que inventan naciones por todas partes para deshacer la identidad nacional española, así también aspiran a destruir una identidad religiosa que es, además, identidad cultural e histórica. Lo que la izquierda ha emprendido es una ofensiva anti-identitaria.

Aunque ellos ya lo saben, recordemos lo esencial. España es un país aconfesional, es decir, donde caben todas las confesiones, porque el Estado no se somete a ninguna. España no es un país laico, es decir, un país que no reconociera a ninguna confesión cualidad de agente en la vida pública. Incluso aunque fuera un país laico, es dudoso que los símbolos religiosos debieran ser perseguidos. De cualquier manera, no es el caso: nuestro sistema es aconfesional, y ello significa que el Estado tiene que respetar las creencias de las personas. Si rompe esa «neutralidad ética», como la llama Habermas —véase nuestro artículo de hace un par de semanas—, entonces limita la libertad de la gente. Es así de simple.

Resulta descorazonador que la izquierda española no lo entienda. Vacía de ideas pero borracha de resentimiento, parece decidida a aprovechar el adormecimiento generalizado de la sociedad de consumo, esta narcosis idiota de hipoteca-vacaciones-y-paz, este nihilismo blando de la indiferencia globalizada, para ahogar todo lo que en su día no pudo romper. La izquierda española tiene una acusada tendencia a considerar que la democracia es cosa suya y que todos los demás, aunque sean —o seamos— más que ellos, no ponemos manchar tan sublime palabra poniéndola en nuestra sucia boca. Esa superstición mesiánica, ese fetichismo sectario, ya nos llevó una vez a una brutal catástrofe para toda España y muy especialmente para la propia izquierda. Todos deseábamos creer que era cosa del pasado. Pero ahora tenemos aquí a una nueva generación que sólo mira a sus abuelos para reivindicar sus errores.

Y bien: si estos son los términos del combate, la verdad es que no nos quedan muchas otras opciones sino resistir. El célebre adagio schmittiano de que lo esencial de la política es «designar al enemigo» merece un matiz: con frecuencia, es el enemigo quien nos designa. Esta gente nos ha designado a nosotros, derecha genérica —identitaria, nacional, católica, lo que sea— como enemigos de su concepto excluyente de la democracia, y ya se va viendo que de nada sirven los llamamientos a la concordia y a la convivencia. Una buena porción de la izquierda vigente considera que tiene derecho a atacar. En esas condiciones, la única opción razonable es dar un paso al frente.

Cristina López Schlichting me decía hace poco que «poner un Belén va a acabar convirtiéndose en un acto revolucionario». Suena cómico, pero quizás ahí esté precisamente la clave de la cuestión. Durante generaciones hemos hecho estas cosas —celebrar la Navidad, respetar a la Cruz, honrar a la bandera, admirar nuestra historia, todo eso— mecánicamente, también de forma inconsciente, con la ritualidad fría que se dispensa a un orden instalado en lo cotidiano. Sencillamente, el mundo era así. Pero hay que «cambiar el chip», como dice el castizo cibernético. El mundo ha dejado de ser lo que era y nunca volverá a ser lo que fue. Ahora, en efecto, poner un Belén es un acto revolucionario. Y todas aquellas cosas que antes hacíamos de manera mecánica, apagada, ritual inconsciente, hay que empezar a hacerlas de manera eléctrica, destello de energía, liturgia consciente de unos emboscados que ya no piden ni reclaman, sino que conquistan su libertad. Poner un Belén, sí, va siendo un acto revolucionario. Por eso, además, hay que hacerlo.

Y al bueno de San José quizás haya que añadirle, junto a la tradicional vara, un hacha. Para que se defienda cuando vengan los nihilistas a «okupar» el pesebre.

La Moral del siglo XXI





por D. Rafael Gambra Ciudad


Publicado por el Blog de Cabildo (08/11/08)






BC” publicó un artículo de Luis Racionero bajo el título “El origen de los valores”. Según su autor, toda sociedad histórica ha tratado de fundamentar los valores y normas morales y jurídicas vigentes en ella en una instancia superior metafísica que, en la Europa anterior al siglo XIX, fue siempre la religión cristiana. El que mandaba y el que reprimía u ordenaba su conducta lo hacía siempre, no por un simple imperativo jurídico humano, sino porque tal era la voluntad de Dios reflejada en el orden natural. Durante siglos —dice Racionero— “el cristianismo logró ordenar el individualismo bárbaro bajo la férula de la cristiandad, imponiendo unos valores tomados de la Biblia y de los Evangelios, sancionados por las penas del infierno o los deleites del paraíso, y, si esto no bastaba, por la Inquisición y el brazo secular a sus órdenes”.

“El siglo de las Luces —añade— acabó con esto, y propuso la idea de un imperativo categórico de la razón, creyendo que, cuando se diese educación a la gente, ésta actuaría de modo razonable”. Las atrocidades bélicas y revolucionarias de los siglos XIX y XX no han confirmado ciertamente estos augurios, y una pléyade de sombríos diagnosticadores de nuestra época —desde Spengler hasta Koestler— confluyen en la necesidad de establecer una “escala de valores” de común aceptación que sirvan de referencia obligada a las leyes y las conductas. Su fundamentación en la ciencia le parece a Racionero imposible, dada la continua evolución de la misma. Ortega y Gasset y la escuela axiológica han tratado de conferir (o reconocer) objetividad a los valores, que serían así elementos de la realidad y no meras reacciones sentimentales o afectivas del sujeto.

Este ensayo de una moral laica, pero objetiva y estable, sería muy deseable, según nuestro autor, pero sucede que los valores sólo sirven para discutirlos, propagarlos o intentar “superarlos”.

La única solución sensata en orden al próximo milenio sería —para él— llegar a una escala de valores mediante el consenso. Existen —dice— una serie de normas y sentencias de general admisión por los humanos (conócete a ti mismo, nada en exceso, el Hombre es un fin en sí mismo, ama a tu prójimo, no hagas lo que no desees para ti, etc.), cuyos autores son hombres como Sócrates, Protágoras, Jesucristo, Kant, Teilhard… Si toda la humanidad conviniera en esos imperativos tendríamos un decálogo humanista y filantrópico perfectamente estable y universal.

Lo malo sería alcanzar ese consenso. Habría que apelar a novelistas como Rousseau para que lo imaginaran y escribieran. Además, aunque el imposible se diera, ¿cómo lograr que cada hombre aceptara los sacrificios o los esfuerzos inmensos (a veces la muerte o la ruina) que el cumplimiento de la moral exige, si ésta se basa sólo en un acuerdo meramente voluntario, humano, perfectamente discutible y discutido en el que él seguramente no ha participado?

Por otra parte, el ensayo ya se hizo en España hace cerca de dos siglos. En esto fuimos pioneros. La Constitución de 1812 fue el primer fruto de una Asamblea Constituyente (convención o consenso) a imitación de la Revolución francesa. En ella se establecía que los españoles habrían de ser “justos, honrados y benéficos”. Tan ambicioso imperativo ha servido de general pitorreo hasta nuestros días. Quizá la última década socialista que hemos vivido sea el mejor contraste del cumplimiento de aquel imperativo constitucional.

Yo no sé cuándo ni cómo el hombre moderno no creyente dispondrá para regular su conducta de algo que no sea la normativa legal positivista, ni si esa reconquista se hará por una inspiración superior, sobrenatural, o mediante trágicas experiencias históricas. Sólo sé que esa normativa superior habrá de ser necesariamente religiosa y, por supuesto, nuevamente cristiana. Todo lo demás son historias para escribir ensayos.

Gigantesca noticia


por Juan Manuel de Prada


Tomada de ABC









N estos días últimos saltaba una noticia a la que casi ningún periódico prestaba importancia, como suele ocurrir con casi todas las noticias importantes. Y es que estamos tan enfangados en la disputa de lo menudo que lo grande suele pasarnos inadvertido; en esto se comprueba que poco o nada hemos cambiado desde hace dos mil años, cuando lo más grande que ocurrió en la Tierra sólo fue advertido por unos pocos pastores, unos sabios venidos de Oriente y un rey celoso de preservar sus privilegios. Pocos periódicos del mundo se hicieron eco de la noticia; y los pocos que se hicieron eco le concedieron ese tratamiento entre condescendiente y remolón que se dispensa a las noticias pintorescas, apenas reseñables en una gacetilla o un titular esquinado. La noticia en cuestión nos hacía saber que la Santa Sede había dejado sin efecto la cláusula del Tratado de Letrán, suscrito en 1929 con el Estado italiano, en virtud de la cual el ordenamiento jurídico italiano se aplicaba de forma automática en territorio vaticano; a partir de ahora, tal ordenamiento pasará a la categoría de «fuente supletoria» del ordenamiento propio, basado en el derecho canónico y en última instancia en la ley natural.
Para la mentalidad contemporánea, tan embarullada en cuestiones nimias, una noticia tan importante debe antojársele, en efecto, de una nimiedad abrumadora. A fin de cuentas, no es muy probable que en el Estado Vaticano abunden los desórdenes callejeros, ni que se convoquen muchas oposiciones, ni que se recalifiquen muchos terrenos, ni que se hayan de repartir muchas herencias disputadas; tampoco es demasiado probable (¡aunque nunca se sabe!) que Sus Eminencias se dediquen a matarse entre sí, así que ¡allá se las compongan ellos con su derecho canónico, si no quieren aplicar las leyes italianas! Este es el comentario que para la mentalidad contemporánea merece la noticia sobre la que ahora llamamos la atención. Pero la noticia de marras propone otra reflexión de alcance mucho más profundo; tan profundo que casi nadie se ha molestado en zambullirse en sus aguas. Y, sin embargo, esta reflexión es la más acuciante a la que hoy puede enfrentarse el hombre contemporáneo; sólo que el hombre contemporáneo está tan ocupado en dejarse arrastrar por el alud de asuntos nimios con que cada día lo sobresalta la prensa que no tiene tiempo, ni capacidad, para embarcarse en reflexiones de enjundia. Y así, incapacitado para lo que de veras importa, se va deslizando plácidamente hacia el precipicio.
El Vaticano, a través de esta comunicación de apariencia pintoresca, proponía al hombre contemporáneo, y muy especialmente a los católicos, una meditación sobre la desnaturalización progresiva del Derecho, que en sus plasmaciones positivas ha dejado de fundarse en un razonamiento ético objetivo para convertirse en una coartada legal que se legitima en las cambiantes coyunturas sociales. Desde el momento en que el Derecho deja de encarnar juicios universalmente válidos en torno a lo que es justo e injusto, deja de ser razonable; y en esa andadura hacia la sinrazón que los derechos positivos han iniciado se amparan leyes inicuas y se malversa el concepto medular de «derecho humano», que ya no se basa en una ley moral superior, «modelo común para todos los seres humanos», sino en las decisiones cambiantes de los políticos y en las apetencias, intereses, anhelos y meras pulsiones emotivas de una sedicente mayoría que, apoyada en las aritméticas parlamentarias, establece caprichosamente lo que es justo e injusto. Frente a esta concepción desnaturalizada del Derecho, Roma nos recuerda que el Derecho ha de fundarse en unos principios irrenunciables e inmutables que no son objeto de comercio político; y, simbólicamente, renuncia a la aplicación automática de la ley italiana. Pero, más allá de la anécdota, la reflexión que nos propone es de un tamaño gigantesco; tan gigantesco que los periódicos, tan embrollados en nimiedades, no pueden albergarla, no pueden ni siquiera olerla. No vendría mal que los Reyes Magos repartiesen ejemplares de la Política de Aristóteles entre el gremio periodístico.

8 de enero de 2009

Alocución de S.S. Pío XII en la canonización de S.S. San Pío X


























Gozo del Padre Santo

sta hora de espléndido triunfo, que Dios, exaltador de los humildes, ha preparado y como adelantado para sellar la ascensión maravillosa de su fiel siervo Pío X a la gloria suprema de los altares, colma nuestra alma de gozo, del cual, venerables hermanos y amados hijos, participáis vosotros tan abundantemente con vuestra presencia. Damos, pues, fervientes gracias a la divina bondad por habernos concedido el vivir este acontecimiento extraordinario; tanto más cuanto que, por vez primera quizá en la historia de la Iglesia, la formal canonización de un Papa es proclamada por quien tuvo en otro tiempo el privilegio de estar a su servicio en la Curia romana.
Fausto y memorable es este día no sólo para Nos, que lo contamos entre los más felices de nuestro pontificado, a quien por otra parte la Providencia había reservado tantos dolores y preocupaciones, sino también para la Iglesia entera, que, reunida espiritualmente en torno a Nos, exulta al unísono con una intensa emoción religiosa.

¿Qué significa para la Iglesia la santidad de Pío X?

El nombre tan querido de Pío X atraviesa en este radioso atardecer de un extremo al otro toda la tierra, pronunciado con los acentos más diversos y despertando por doquier pensamientos de celestial bondad, fuertes impulsos de fe, de pureza, de piedad eucarística; resuena como testimonio perenne de la presencia fecunda de Cristo en su Iglesia. Con generosa recompensa al exaltar a su siervo, Dios atestigua la santidad eminente por la cual, más aún que por su cargo supremo, Pío X fue durante su vida el campeón ilustre de la Iglesia y, por lo mismo, es hoy el santo dado por la Providencia a nuestra época.
Por eso deseamos que contempléis precisamente desde este punto de vista la gigantesca y dulce figura del Santo Pontífice para que, cuando las sombras de la noche hayan caído sobre esta jornada memorable y se hayan apagado las voces del inmenso hosanna, el rito solemne de su canonización permanezca como una bendición en vuestras almas y como prenda de salvación para el mundo.

Programa de su Pontificado

1. El programa de su pontificado lo anunció él mismo solemnemente con su primera encíclica (f supremi, del 4 de octubre de 1903), en la que declaraba ser su único propósito instaurare omnia in Christo (Eph. 1, 10), es decir, recapitular, volver a llevar todo a la unidad en Cristo. Pero ¿cuál es el camino que nos franquea el acceso a Jesucristo?, se preguntaba él, mirando con amor a las almas descarriadas y vacilantes de su tiempo. La respuesta, válida ayer como hoy y en los siglos venideros, es: ¡la Iglesia! Por eso su primera solicitud, mantenida sin cesar hasta la muerte, fue el hacer que la Iglesia fuese en concreto cada vez más apta y más dispuesta para llevar a los hombres hacia Jesucristo.

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Diálogos (im)pertinentes


por el Dr Aníbal D´Angelo Rodríguez

Tomado del Blog de Cabildo



Otra vez la izquierda




l Maestro: ¡Vaya! Un discípulo nuevo.

— El Discípulo: Sí, Maestro. El anterior está enfermo.

— El Maestro: Bien, lamentemos su ausencia y celebremos tu presencia. Hoy vamos a partir, si te parece, del lugar en que terminamos el mes pasado: la descripción de la actual situación de la izquierda hecha por un filósofo liberal, Maresca, en la revista “Noticias”.

— El Discípulo: ¿Otra vez sopa? Parece que no hubiera otro tema que la izquierda.

— El Maestro: Esta es la sección cultural de “Cabildo”. Si lo que dice Maresca (y digo yo hace tiempo) es cierto, nos encontramos con una descripción global de la situación cultural que no puede omitirse, que debe analizarse exhaustivamente.

— El Discípulo: ¿Y qué dice ese tal Maresca?

— El Maestro: Dice que:

1º) La izquierda, en su forma de progresismo, domina la cultura en Occidente;

2º) Desde esa posición de predominio bloquea todo lo que le resulte ajeno, haciendo que su dominación sea tiránica;

3º) Al mismo tiempo, la visión del mundo de la que procede la izquierda está en una crisis que Maresca compara a la del escolasticismo tardío del siglo XVII.

— El Discípulo: Maestro, pero si comenzamos por lo primero, ¿qué tiene de asombroso o de novedoso que una forma cultural predomine sobre otras? Ha habido un largo combate en el terreno de las ideas desde el siglo XVIII y lo que hoy llamamos progresismo ha triunfado. Y ha triunfado, como lo viera Gramsci, sobre el único enemigo serio que el progresismo ha tenido siempre, que es la Iglesia Católica. Ese triunfo es tan completo que la Iglesia misma se ha visto penetrada por el pensamiento progresista mientras que el dogma de la Iglesia no ha influído para nada al progresismo.

— El Maestro: Bueno, veo que nos han mandado a alguien muy distinto del anterior discípulo. Alguien que tiene ganas de discutir. Y no es una mala idea, porque un puñado de pimienta le da más sabor al guiso.

— El Discípulo: A mí me enseñaron en la Facultad a pensar críticamente.

— El Maestro: Ya volveremos sobre eso, pero ahora déjame contestar tu pregunta. ¿Qué tiene de malo el triunfo del progresismo? En sí mismo, para un relativista, podría parecer un acontecimiento “normal” dentro de una cultura cambiante como la de Occidente. Una forma reemplaza a otra. Pero la respuesta está por lo pronto en las otras dos afirmaciones de Maresca: la forma tramposa en que defiende sus posiciones y la crisis de su pensamiento.

— El Discípulo: ¿Y cómo se prueban esas dos afirmaciones? Es un tema de máxima importancia. Si el progresismo hubiera triunfado en una libre competencia y se mantuviera en el poder cultural sin trampas, si sus afirmaciones no estuvieran en crisis… no habría mucho que decir sino más bien resignarse a la muerte del cristianismo.

— El Maestro: Para alguien con fe no es tan sencillo, pero pase por ahora. Quiero que entremos en un primer análisis (habrá otros) de lo que piensa la izquierda sobre sí misma. Hace muy poco tiempo, la revista española “Libertad digital” publicó un muy buen artículo de Horacio Vázquez Rial en el que habla de “La hegemonía cultural de la izquierda” pero no desarrolla los otros dos puntos del planteo de Maresca (y mío). Él pone su atención en el mundo universitario y argumenta que si de ese mundo salen tantos marxistas es porque la bibliografía en ciencias humanas es abrumadoramente marxista. O marxistoide.

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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del autor, el otro Maestro (con D. Rubén Calderón Bouchet), al que personalmente le debo la madurez de mi cosmovisión "católica", es decir Universal, ergo "tarado anacrónico" para los tilingos* (y tilingas) del mundo moderno.

*Para los lectores no argentinos: superficial, frívolo, vacuo, vano, fatuo. (imbécil en definitiva)


La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (12 y último)




por el R. P. Raimondo Sorgia, OP



12. Y vosotros, ¿quién decis que soy yo? Mt 16,15




stamos concluyendo ya este largo viaje en torno a la Sábana Santa. Y probablemente el lector se ve envuelto en un torbellino de impresiones, como cuando visita y descubre un país extranjero...La Sábana tiene en sí misma una fuerte carga de... provocación, en el sentido de estímulo, de invitación. Y el motivo es bastante claro, aunque el tema sea tan complejo.Si se hubiese tratado de una antigua tela babilónica con la impresión de un crucificado, nos habríamos preguntado por un tiempo si no pudiera haber pertenecido a un esclavo condenado a muerte por orden de Hammurabi. Y la cuestión hubiera quedado en eso solo. Alguna línea más en las nuevas enciclopedias.Si se hubiese tratado de un largo trozo de tejido encontrado en el interior de un sepulcro junto al Nilo, sería legítima curiosidad preguntar a la ciencia moderna quién sería el misterioso personaje fotografiado en aquel rollo de tela egipcia. ¿Algún dignatario que no fue fiel? ¿Un faraón derrotado en batalla por un poderoso rey enemigo, y cuya momia faltase en la lista de los hallazgos arqueológicos? Curiosidad legitima, pero nada más.Aquí, en cambio, según todo lo visto, hallamos la impresión total del Hombre más importante que jamás haya existido. El personaje de la Sábana sería Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios. Un Dios que ha tomado la misma realidad y ciudadanía humana de uno de nosotros. Un hombre joven y fuerte, que se arriesga al fracaso popular, y que en la plenitud de sus facultades mentales se enfrenta con un terrible género de muerte para confirmar su idea- fuerza: Dios ha descendido con él a la tierra para ofrecer a los hombres una última posibilidad de salvación. En la Sábana tenemos así una recuperación íntegra y definitiva de su imagen, ofrecida a todos los hombres de buena voluntad, en cualquier nación y tiempo.Según esto, la Sábana Santa de Turín ha guardado su cuerpo crucificado y a Él pertenece la imagen que en ella nos ha quedado prodigiosamente estampada.Imaginemos un caso extraño, sumamente extraño. Supongamos que un ladrillo se separe espontáneamente para volar hasta las manos del albañil que está reparando la fachada de una casa en el último piso. La física moderna afirma que esto podría suceder teóricamente, quizá una sola vez en cien billones de años…Yo estoy convencido de que sería necesario esperar mucho más tiempo para conseguir que una antigua sábana funeraria fotografiara espontáneamente el cadáver envuelto en ella, conservando una perfecta imagen humana, una imagen que además ilustra con toda exactitud la dolorosa y detallada crónica del Vía Crucis, recorrida paso a paso por Jesús.Más aún. He aquí que la ciencia actual y la historia evangélica coinciden al afirmar que la imagen íntegra del Hombre de la Sábana Santa ha podido estamparse en ella en un lapso de tiempo de apenas 30-40 horas, o incluso en un instante. En el breve período de permanencia de Jesús en el sepulcro; del anochecer del viernes al alba del domingo. En el momento divino de la resurrección.¿Por qué el Creador del universo, el Señor de las complejísimas leyes que gobiernan los fenómenos sensibles, no podría haberse valido en algún modo de la acción conjunta del áloe-mirra-fibrina- radiaciones celulares, etc., para obtener aquel unicum absoluto que es la imagen que puedes ver en la Sábana Santa, y que historia, fe y ciencia coinciden en atribuir a Cristo?
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7 de enero de 2009

Otra vez la objeción




por Eulogio López



Tomado de Hispanidad





ill Clinton se despidió de la Casa Blanca firmando indultos para sus cuñados, financiadores y aborteros; George Bush se va a despedir con unos horrorosos planes de rescate de los ricos con dinero de todos los contribuyentes (ricos y pobres), pero también con una nueva normativa (o al menos con una reordenación de la actual) sobre la objeción de conciencia en el derecho a la vida, especialmente entre los profesionales de la sanidad.

A lo mejor conviene recordar que los que pretende Bush es, en pocas palabras, que médicos y enfermeras no estén obligados a perpetrar abortos si eso atenta contra su conciencia. Pero lean el documentado informe de Noticias Globales sobre el caso: Barack Obama, la multimillonaria Hillary Clinton y la neocatólica -es decir, católica, abortera y multimillonaria- Nancy Pelosi se muestran favorables a obligar a todo sanitario a perpetrar abortos.

Insisto, sin derecho a la objeción de conciencia simplemente no hay libertad de conciencia -que algunos prefieren llamar libertad de pensamiento-, por tanto, no existe libertad ni existe democracia. Digámoslo una vez más: la objeción de conciencia no es un derecho, es cualquier derecho en su punto de prueba.

Si a un médico se le obliga a perpetrar abortos, entonces simplemente hemos entrado en una tiranía.


Juan Donoso Cortés: Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (23)





Capítulo VI




Dogmas correlativos al de la solidaridad: los sacrificios sangrientos. Teorías de las Escuelas Racionalistas acerca de la pena de muerte






sí como el socialismo es un compuesto incoherente de tesis y de antítesis que se contradicen y se destruyen, la gran síntesis católica resuelve todas las cosas en la unidad, poniendo en todas ellas su soberana armonía. De sus dogmas puede afirmarse que, sin dejar de ser varios, son uno sólo. De tal manera se resuelven los que anteceden en los que le siguen, y los que le siguen en los que le anteceden, que no puede averiguarse nunca cuál es el primero y cuál es el último en el gran círculo divino. Esa virtud que todos tienen de penetrarse los unos a los otros en lo más íntimo de sus esencias, hace que ninguno pueda ser afirmado o negado de por sí, debiendo ser todos afirmados o negados juntamente; y como en sus afirmaciones dogmáticas están apuradas todas las afirmaciones posibles, de aquí procede que contra el catolicismo no se da afirmación de ninguna especie ni negación que sea particular; contra su prodigiosa síntesis no cabe sino una negación absoluta. Ahora bien: Dios, que está de manifiesto en la palabra católica, ha dispuesto las cosas de tal modo, que esa suprema negación, lógicamente necesaria para hacer contraste a la palabra divina, sea de todo punto imposible, como quiera que para negarlo todo es necesario comenzar por negarse a sí mismo, y que el que se niega a sí mismo no puede pasar adelante ni negar después cosa ninguna. Síguese de aquí que la palabra católica, siendo invencible, es eterna; desde el primer día de la creación viene dilatándose en los espacios y resonando en los tiempos con una fuerza inmensa de dilatación y con una fuerza infinita de resonancia; su soberana virtud no se ha amenguado todavía, y cuando cesen los tiempos de correr y se recojan los espacios, esa palabra seguirá resonando eternamente en las eternas alturas. Todo este bajo mundo va pasando: los hombres con sus ciencias, que no son sino ignorancia; los imperios con sus glorias, que no son sino humo; sólo está quieta y en su ser esa palabra resonante, afirmándolo todo con una sola afirmación, que es siempre idéntica a sí misma. El dogma de la solidaridad, confundiéndose con el de la unidad, constituye con él un solo dogma; considerado en sí, se resuelve en dos que, como el de la solidaridad y el de la unidad, son uno mismo en la esencia y dos en sus manifestaciones. La solidaridad y la unidad de todos los hombres entre sí lleva consigo la idea de una responsabilidad en común, y esta responsabilidad supone a su vez que los méritos y los crímenes de los unos pueden dañar y aprovechar a los otros. Cuando el daño es el que se comunica, el dogma conserva su nombre genérico de solidaridad, y le cambia por el de reversibilidad cuando lo que se comunica es el provecho. Así se dice que todos pecamos en Adán, porque todos somos con él solidarios, y que todos fuimos hechos salvos por Jesucristo, porque sus méritos nos son reversibles. Como se ve, la diferencia aquí está en los nombres solamente, y en nada altera la identidad de la cosa significada. Lo mismo sucede con los dogmas de la imputación y de la sustitución; los dos no son otra cosa sino aquellos dogmas mismos considerados en sus aplicaciones. En virtud del dogma de la imputación padecemos todos la pena de Adán, y por el de la sustitución padeció el Señor por todos nosotros. Pero, como se ve aquí, no se trata sino de un dogma sustancialmente. El principio en virtud del cual fuimos todos hechos salvos en el Señor es idéntico a aquel por el cual fuimos todos en Adán culpables y penados. Ese principio de solidaridad con el que se explican los dos grandes misterios de nuestra redención y de la transmisión de la culpa, es a su vez explicado por esa misma transmisión y por la redención humana. Sin la solidaridad no podéis ni concebir siquiera una humanidad prevaricadora y redimida; y por otro lado es evidente que si la humanidad no ha sido ni redimida por Jesucristo ni prevaricadora en Adán, no puede ser concebida como siendo una y solidaria.

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El pequeño mundo de Don Camilo (10)




por
Giovanni Guareschi





Capítulo 10



Expedición punitiva





OS jornaleros se reunieron en la plaza y empezaron a alborotar reclamando trabajo a la Municipalidad, pero la Municipalidad no tenía recursos, y entonces el alcalde Peppone se asomó al balcón y les gritó que se mantuviesen en calma, que él estaba pensando cómo arreglar las cosas.

–Provéanse de automóviles, motocicletas, camiones y birloches y tráiganmelos aquí a todos dentro de una hora. – ordenó Peppone a sus segundos, reunidos en su despacho.

Emplearon tres horas, pero al fin todos los más adinerados propietarios y arrendatarios del municipio estaban reunidos, pálidos y turbados, mientras abajo la multitud rumoreaba.

Peppone se explicó pronto.

–Yo siempre llego donde puedo llegar. – dijo bruscamente – La gente que tiene hambre quiere pan y no lindas palabras: o ustedes entregan mil liras por hectárea, y con eso se podrá dar trabajo en obras de utilidad pública a esos hombres, o yo, como alcalde y jefe de las masas trabajadoras, me lavo las manos.

El Brusco se asomó al balcón y explicó a la gente que el alcalde había dicho esto y lo otro. Más tarde haría saber qué contestaban los propietarios. La gente respondió con un alarido que hizo palidecer a los notificados.

La discusión no duró mucho y más de la mitad firmó la promesa de ofrecer espontáneamente un tanto por hectárea. Ya parecía que todos iban a firmarla, cuando, llegados al viejo Verola, el arrendatario de Campolargo, el negocio no siguió adelante.

–No firmo ni aunque me maten. – dijo Verola– Cuando se dicte la ley, entonces pagaré; ahora no doy un cobre.

–¡Iremos a tomarlos! – gritó el Brusco.

–Sí, sí. – masculló el viejo Verola, el cual, entre hijos, hijos de los hijos, maridos de las hijas y nietos podía reunir en Campolargo unas quince escopetas de buena puntería. – Sí, sí: el camino ustedes lo conocen.

Los que ya habían firmado se mordieron los labios de rabia y los demás dijeron

–Si no firma Verola, tampoco firmamos nosotros.

El Brusco refirió a los de la plaza el incidente y los de la plaza pidieron a gritos que echaran abajo a Verola o que subirían ellos a buscarlo. Pero Peppone se presentó en el balcón y les aconsejó que no hiciesen estupideces.

–Con lo que hemos obtenido podemos tirar adelante dos meses. Entre tanto, sin salirnos de la legalidad, como hemos procedido hasta ahora, encontraremos el modo de convencer a Verola y a los otros.

Aparentemente todo quedó en regla y Peppone en persona acompañó en su automóvil a Verola para convencerlo. Mas, por toda contestación, cuando bajó frente al puentecito de Campolargo, el viejo dijo:

–A los setenta años se tiene un solo miedo: el de tener que vivir aún muchos más.

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6 de enero de 2009

Villancico

Enviado por María Luz López Pérez




ace el alba clara,
la noche pisa,
del cielo la risa
su paz declara;
el tiempo se para
por sólo vella,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Para ser señora
del cielo, levanta
esta niña santa
su luz aurora;
él canta, ella llora
divinas perlas,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Aquella luz pura
del Sol procede,
porque cuanto puede
le da hermosura;
el alba segura
que viene cerca,
desterrando la noche
de nuestras penas.
LOPE DE VEGA

Alocución de S.S. Pío XII en la solemne beatificación de Pío X


Ante la ingente multitud que llenaba la plaza de San Pedro en la ceremonia vespertina del día 3 de junio de 1951, en cuya mañana el Padre Santo había procedido a la solemne beatificación de Su Santidad Pío X, el Vicario de Cristo pronunció en italiano el siguiente discurso:


Astro refulgente
*

na celeste alegría inunda nuestro corazón, un himno de alabanza y gratitud al Omnipotente brota de Nuestros labios por habernos concedido el Señor elevar al honor de los altares a nuestro Beato predecesor Pío X. Es también gozo y reconocimiento de toda la Iglesia, a la que visiblemente representáis, amados hijos e hijas, reunidos aquí ante nuestros ojos como un mar viviente, o que, esparcidos sobre la superficie de la tierra, nos escucháis en la exultación de este día bendito.
Se ha realizado un anhelo común. Desde el tiempo de su piadoso tránsito, mientras ante su tumba se agolpaban en número cada vez mayor las devotas peregrinaciones, de todas las naciones afluían súplicas para implorar la glorificación del inmortal Pontífice. Procedían de los más altos grados de la Jerarquía eclesiástica, del clero secular y regular, de todas las clases sociales, y especialmente de las más humildes, de las que él mismo había brotado como purísima flor. Y de aquí que estos anhelos han sido oídos; he aquí que Dios, en los designios arcanos de su Providencia, ha escogido al indigno sucesor de aquél para saciarlos y hacer resplandecer en esta penumbra, que ofusca el camino todavía incierto del mundo de hoy, el fúlgido astro de su blanca figura que ilumine el camino y afirme los pasos de la Humanidad enferma.
Pero mientras el gozo de que rebosa nuestro corazón nos impulsa irresistiblemente a cantar en él las maravillas de Dios, nuestra voz titubea como si las palabras debiesen faltarnos, insuficientes como son para exaltar dignamente, aun en rápidos rasgos, la vida y las virtudes del sacerdote, del Obispo, del Papa, en la prodigiosa ascensión desde la pequenez de la aldea nativa y desde la humildad de su hogar hasta la cumbre de la grandeza y de la gloria en la tierra y en el cielo.
Desde hace más de dos siglos no había vuelto a amanecer sobre el Pontificado Romano un día de esplendor parangonable con éste, ni había resonado con tal vehemencia y concordia la voz cantora de himnos de todos aquellos para quienes la Cátedra de Pedro es la roca en que está anclada su fe, el faro que conforta su indefectible esperanza, el vínculo que les afirma en la unidad y en la caridad divina.
¡Cuántos aún entre vosotros conservan todavía vivo en su espíritu y en su corazón el recuerdo de nuestro Beato! ¡Cuántos vuelven a ver todavía con el pensamiento, como Nos mismo lo vemos, aquel rostro que respiraba una bondad celeste! ¡Cuántos lo sienten cercano, cercanísimo a ellos, a este sucesor de Pedro, a este Papa del siglo XX, que, en el formidable huracán levantado por los negadores y por los enemigos de Cristo, supo demostrar desde el principio una consumada experiencia en el manejo del timón de la nave de Pedro, pero a quien Dios llamó a Sí cuando la tempestad arreciaba más violenta! ¡Qué dolor, qué desánimo entonces al verle morir, cuando había llegado al colmo la angustia de un mundo sacudido! Pero he aquí que la Iglesia le ve hoy reaparecer, no ya como un remador que lucha fatigosamente en la barra contra los elementos desencadenados, sino como un protector glorioso que desde el cielo lo protege con su mirada tutelar, en la cual brilla la aurora de un día de consuelo y de fuerza, de paz y de victoria.

El buen Pastor

En cuanto a Nos, que estábamos entonces en los comienzos de nuestro sacerdocio, pero ya al servicio de la Santa Sede, no podremos nunca olvidar nuestra intensa emoción cuando, al mediodía de aquel 4 de agosto de 1903, desde la loggia de la basílica vaticana, la voz del Cardenal primer diácono anunció a la multitud que aquel conclave —tan notable por tantos aspectos— había hecho su elección en el Patriarca deVenecia, José Sarto.
Entonces se pronunció por vez primera ante el mundo el nombre de Pío X. ¿Qué iba a significar este nombre para el Papado, para la Iglesia, para la Humanidad? Cuando hoy, casi medio siglo después, repasamos en espíritu el sucederse de los graves y complicados sucesos que lo han llenado, nuestra frente se inclina y nuestras rodillas se doblan en admirada adoración de los designios divinos, cuyo misterio se revela lentamente a los pobres ojos humanos, a medida que se cumplen en el curso de la Historia.
Pastor, buen pastor, lo fue él. Parecía nacido para serlo. En todas las etapas del camino que poco a poco le condujo desde el humilde hogar nativo, pobre de bienes de la tierra, pero rico de fe y de virtudes cristianas, hasta el vértice supremo de la Jerarquía, el hijo de Riese permaneció siempre igual a sí mismo, simple, afable, accesible a todos en su casa parroquial de la aldea, en la sala capitular de Trevíso, en el obispado de Mantua, en la sede patriarcal de Venecia, en el esplendor de la púrpura romana, y continuó siéndolo en la majestad soberana, sobre la silla gestatoria y bajo el peso de la tiara, el día en que la Providencia, modeladora de las almas desde la lejanía del tiempo, inclinó el espíritu y el corazón de sus colegas a poner el cetro caído de las manos lánguidas del gran anciano León XIII, en las paternalmente firmes de él. Justamente de tales manos tenía entonces necesidad el mundo.
No habiendo podido apartar de su cabeza el terrible peso del Sumo Pontificado, él, que había huido siempre los honores y las dignidades, como otros huyen de la vida ignorada y oscura, acopló entre lágrimas el cáliz de las manos del Padre divino.

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La luz que vino del norte. Estudio preliminar de un libro de D. Rubén Calderón Bouchet


por Juan Fernando Segovia

Tomado de Argentinidad




Qué es La luz que vino del norte?


onfieso que la invitación a escribir estas palabras previas me sorprendió por varias razones, pero más que todo por el enigmático título del libro. Cuando fui a la casa de Don Rubén Calderón Bouchet a retirar la carpeta que contenía La luz que vino del norte, no pude menos que preguntarle qué era esa luz y, adelantándome a cualquier respuesta le dije si no se trataba de los coloridos espejitos norteamericanos. Don Rubén, con pícara sonrisa, me invitó a leer primero el escrito.

Instalado en mi escritorio, abrí la negra carpeta que me entregara y me encontré con un texto mecanografiado, que había sido concluido en 1984. Tiene 260 folios, y todo indicio y primaria clave de lectura está en un pasaje del profeta Jeremías trascripto en la portada. La introducción ya escrita por Don Rubén empezó a darme algunas pistas, pues dice ahí nuestro autor que va a tratar de la influencia de la teología protestante en la católica del siglo XX. Apenas comencé su lectura noté que, sin perder el eje teológico que le recorre de comienzo a fin, La luz que vino del norte ofrece un panorama abigarrado, complejo y hondo de las ideas políticas, de las aventuras teológicas y de las vicisitudes políticas de nuestro mundo desde finales de la Iª Guerra Mundial hasta la década de los setenta.

Lo leí de un tirón, a lo largo de varios días. Lo releí. Escribí resúmenes, comentarios y glosas, remisiones y trascripciones, que llenaron varias páginas, en letra chica, apretada, intentando descifrar cuál era esa luz que Yahvé anunció al profeta como desastrosa: «Y me dijo Yahvé: “Es que desde el norte se iniciará un desastre sobre todos los moradores de la tierra”.» (Jeremías 1, 14).

Quiero contar ahora qué he entendido de la advertencia del Señor y qué he aprendido en el texto de Calderón Bouchet. Me ha tomado tiempo, bastante tiempo, hallar la forma adecuada del comentario, porque no es éste un género fácil: no puede ser una mera reseña; tampoco es aceptable la exótica divagación en la que mis ideas se interponen o superponen a las del autor. Presumo que este tipo de ensayos debe ser algo así como una síntesis entre la trascendencia del tema, la perspectiva de su autor y mi lectura personal.

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6 de Enero, Festividad de la Epifanía del Señor






por el R.P. Gustavo Podestá




Tomado de Catequesis






Lectura del santo Evangelio según san Mateo 2, 1-12

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo» Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. «En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel» Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: «Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje» Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.

SERMÓN

a fiesta de hoy me vuelve algo nostálgicamente a los días de mi niñez, cuando todavía la Navidad se festejaba con la Misa de Gallo y la comida familiar y no se distraía con los regalos ni con la figura absurda de Papá Noel, ni con el arbolito, todas costumbres introducidas desde el hemisferio norte, ajenas a nuestra tradición criolla y que crean un montón de falsas imágenes y asociaciones que apartan la atención del misterio central: la encarnación del Verbo, del Hijo de Dios . Allá estaba en cambio el pesebre, guardado durante todo el año y para las fechas sacado de su caja y de sus envoltorios, pieza por pieza: la Virgen , José, el buey, el asno, las ovejitas, los pastores. Se armaba en el comedor, sobre el mármol del aparador: todos los años un paisaje y distribución algo diferentes, pero siempre los mismos personajes y, arriba, la misma brillante estrella de cartón. Y finalmente el día de Navidad aparecía el esperado: desde su envoltorio especial se sacaba al Niño y se lo recostaba en su pesebre. Y ése era el centro del misterio y el foco de la ternura que se desplegaba por toda esa noche santa, sin el payasesco Klaus, a quien en esa época todavía nadie conocía. Y ya hacia el primero de año, en la otra punta del aparador, se ponían los tres reyes magos con sus camellos, lo más lejos posible, porque, desde ese día hasta el 6 de Enero, papá los corría un poquito todos los días, a medida que se iban aproximando hacia Belén, el día de Reyes.

Y lo demás es conocido: la excitación de los juguetes que esperábamos, las cartas a los Magos en que prometíamos que nos portaríamos mejor el año próximo junto con el pedido del regalo, hábilmente inspirado por nuestros padres para que no superáramos el presupuesto... y despertarse temprano a la mañana ¡y no poder todavía levantarse a ir a ver los zapatos porque todavía todos dormían!

Sin más que todo el ambiente era feérico, legendario, mágico, pero de ninguna manera carnavalesco como el de nuestros actuales nicolases y payasos, transpirando en sus disfraces, tratando de atraer la atención de chicos y grandes para llenar los bolsillos de los comerciantes.

El día de Reyes era la prolongación infantil de la alegría más seria y creyente de la navidad y conseguía no asociar al cristianismo con el folklore ni la farsa, sino con el suave aire de esa ingenuidad infantil que, so pena de agostar el misterio cristiano, es necesario conservar aún en la adultez.

Vos todavía crees en los Reyes Magos!" es una expresión que se usa para burlarse de la credulidad del prójimo. Pero es una lástima que ello sea más el símbolo de un escepticismo amargo que alcanza a todas las cosas, a la gente e incluso a lo sagrado y no más bien, simplemente, el paso a una fe más adulta, pero no por eso menos creyente, menos confiada, menos esperanzada.

Porque sin más que la experiencia infantil de lo maravilloso es una excelente pedagogía para introducirse en la percepción de aquello que no aparece inmediatamente a los ojos ni a la razón. Precisamente Dios ha utilizado muchas veces los milagros, es decir la rotura de las leyes normales, habituales, previstas, para, por medio de lo imprevisto, mostrar a los hombres que, detrás de la realidad aparentemente independiente de las cosas, existe Alguien que las supera y de quien podemos esperar que algún día nos rescate de los límites ineluctables de esa realidad.

Pero en eso Dios ha corrido el riesgo de que se tienda a creer que El solo interviene cuando suceden esos hechos extraordinarios y que todo lo demás sucede y actúa sin su intervención. A ello contribuyen esas sectas que por allí pululan o esos costosos programas de televisión que manejan algunas organizaciones protestantes ofreciendo milagros al por mayor en una deformación del cristianismo que es más perniciosa que el ataque directo, que el enfrentamiento.

Porque por supuesto el Señor puede y de hecho hace milagros, pero no hay que olvidar que El no es solamente el Señor de los Milagros sino y antes que eso el Señor de la Salvación y, antes todavía, el Señor de la Creación.

Dios, Cristo, no es solamente quien puede actuar de vez en cuando forzando con su poder alguna ley de la física, de la química o de la biología, El es quien, con su palabra poderosa, como dice el primer capítulo de la epístola a los hebreos , sostiene todo el universo; desde la más infinitesimal de las partículas subatómicas hasta el más enorme de los astros que pueblan el cosmos, desde el movimiento del virus hasta el más sutil de los pensamientos del sabio. Nada escapa al manejo que realiza de todos los seres y todos los acontecimientos mediante el instrumento de las leyes físicas, químicas y biológicas que él mismo ha programado para la materia.

Y el cristiano sabe que, no solamente los milagros, sino todo lo que sucede en el orden físico, biológico, histórico y personal, es omnipotentemente manejado por Dios, ahora si, no solo como Señor de la Creación , sino como Señor de la Salvación , en orden a encaminar a sus elegidos, mediante la santidad, a la plenitud de la inmortalidad.

Por eso el sentimiento de lo maravilloso que vivíamos en la fiesta de Reyes de nuestra niñez, tendría que acompañarnos toda la vida, pero ya no sorprendiéndonos solo frente a lo extraordinario, a lo poco común, sino en la inteligencia de que el Dios que nos ama y quiere nuestra felicidad y plenitud está tan detrás de los acontecimientos que se explican por sus causas próximas, como de aquellos que no tienen explicación. "El científico para explicar la realidad se fija solo en las causas segundas y próximas -decía Santo Tomás-; el cristiano, si la quiere comprender en serio, ha de tratar de entender todo desde la Causa Primera , desde Dios".

El astrónomo observó el brillo repentino de la estrella, apuntó cuidadosamente con el lápiz su aumento de magnitud, con su espectrógrafo determinó correctamente su temperatura, evaluó por el corrimiento al rojo de su espectro la distancia, las rayas espectrales le comunicaron la danza enloquecida de los elementos que la componían, la fusión nuclear del hidrógeno en helio y del silicio en hierro. Concluyó que había descubierto una supernova y, orgulloso, desde entonces, figuró su nombre, al lado del astro ya transformado en estrella de neutrones , en el catálogo estelar. Los científicos que acuden al catálogo por siempre recordarán su nombre.

Pero hubo quien, observando el mismo fenómeno, se le sobrecogió el corazón. Sus ojos no se apartaron por largo rato del telescopio, la computadora titilaba en vano su bip bip desde la consola, la luz de la estrella inútilmente se refractaba en arco iris de números en el medidor. Se le cayó el lápiz de la mano, y el sabio miró conmovido y admirado la obra del Creador, oyó la Palabra , apreció el poema, ardió en deseos de encontrarse con el Autor.

Los científicos seguían mirando atentamente el cielo y la tierra, anotando minuciosamente sus observaciones, interpretándolas en leyes, en números, en fórmulas logarítmicas, apilando pilas y pilas de fotos y de papel.

Los sabios oyeron el poema, tomaron sus camellos, buscaron y, finalmente, se encontraron con Dios.