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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

31 de diciembre de 2008

Las grandes Herejías (7 y último)





por Hillaire Belloc



Capítulo 7




La fase Moderna





os acercamos al mayor momento de todos.

La Fe no está ahora en la presencia de una herejía particular – como lo estuvo en el pasado ante la herejía arriana, la maniquea, la albigense o la mahometana – ni tampoco está en presencia de una especie de herejía generalizada como lo estuvo cuando tuvo que enfrentar a la revolución protestante hace trescientos o cuatrocientos años atrás. El enemigo al cual la Fe tiene que enfrentar ahora, y que podría ser llamado “El Ataque Moderno”, constituye un asalto integral a lo fundamental de la Fe – a la existencia misma de la Fe. Y el enemigo que ahora avanza sobre nosotros está cada vez más consciente de que no existe la posibilidad de ser neutrales. Las fuerzas que ahora se oponen a la Fe están diseñadas para destruir. De aquí en más la batalla se librará sobre una bien definida línea divisoria y lo que está en juego es la supervivencia o la destrucción de la Iglesia Católica. Y toda su filosofía; no una parte de ella.

Sabemos, por supuesto, que la Iglesia Católica no puede ser destruida. Pero lo que no sabemos es la medida del área en la cual habrá de sobrevivir. No conocemos su poder para revivir ni el poder del enemigo para empujarla más y más hacia atrás hasta sus últimas defensas, hasta que parezca que el Anticristo ha llegado y estemos a punto de decidir la cuestión final. De tal envergadura es la lucha ante la cual se halla el mundo.

A muchos que no sienten simpatía por el catolicismo, a quienes heredaron la antigua animosidad protestante contra la Iglesia (aún cuando el protestantismo doctrinario ya está muerto), y a quienes piensan que cualquier ataque contra la Iglesia tiene que ser de alguna manera una buena cosa, a todos ellos la lucha ya les parece como un ataque, actual o inminente, contra lo que ellos llaman el “cristianismo”.

Por todas partes es posible hallar personas diciendo que el movimiento bolchevique (por ejemplo) es “decididamente anticristiano” – “opuesto a toda forma de cristianismo” – y debe ser “resistido por todos los cristianos, sin importar la iglesia particular a la que cada uno pueda pertenecer”, y así sucesivamente.

El discurso y los escritos de esta clase son insubstanciales porque no significan nada definido. No existe una religión que se llame “religión cristiana”. Nunca existió una religión así.

Existe y siempre existió la Iglesia y varias herejías procedentes del rechazo de algunas de las doctrinas de la Iglesia por parte de personas que seguían queriendo retener el resto de sus enseñanzas y de su moral. Pero nunca hubo, nunca podrá haber y nunca habrá una religión cristiana general, profesada por todas las personas dispuestas a aceptar algunas importantes doctrinas centrales y poniéndose de acuerdo en disentir respecto de otras. Desde el principio siempre estuvo, y siempre estará, la Iglesia por un lado y, del otro, una variedad de herejías condenadas ya sea a decaer, o bien, como el mahometanismo, a crecer y convertirse en una religión aparte. Nunca hubo y nunca podrá haber una definición de una religión cristiana común porque algo así no existió jamás.

No hay una doctrina esencial de una característica tal que, habiéndonos puesto de acuerdo sobre ella, podamos diferir en cuanto al resto. Por ejemplo, no es posible aceptar la inmortalidad pero negar a la Trinidad. Una persona podría autodenominarse cristiana aún negando la unidad de la Iglesia Cristiana; podría autodenominarse cristiana aún negando la presencia de Jesucristo en el Sagrado Sacramento; podría autodenominarse alegremente cristiana aún negando la Encarnación.

No; la lucha es entre la Iglesia y la anti-Iglesia; entre la Iglesia de Dios y el anti-dios; entre la Iglesia de Cristo y el Anticristo.
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El pequeño mundo de Don Camilo (7)


por Giovanni Guareschi




Capítulo 7



Incendio doloso









NA noche lluviosa, repentinamente la casa vieja empezó a arder. La casa vieja era una antigua tapera abandonada en la cima de un montículo escarpado. Aun de día la gente dudaba acercarse porque decían que estaba llena de víboras y de fantasmas. Lo extraño del caso era que la casa vieja consistía en una gran pila de piedras, pues hasta las más pequeñas astillas que habían quedado cuando la habían abandonado después de llevarse toda la madera que pudieron, el aire se las había comido. Y ahora la tapera ardía como una fogata.

Mucha gente bajó a la calle y salió del pueblo para contemplar el espectáculo, y no había persona que no se maravillara del suceso.

Llegó también don Camilo, quien se situó en el corrillo que miraba desde el sendero que conducía a la casa vieja.

–Habrá sido una hermosa cabeza revolucionaria la que ha llenado de paja la barraca y luego le ha prendido fuego para festejar alguna fecha importante. – dijo en voz alta don Camilo, abriéndose paso a empujones hasta quedar a la cabeza del montón

– ¿Qué dice de esto el señor alcalde?

Peppone ni siquiera se volvió.

–¿Qué quiere que sepa? – rezongó.

–¡Vaya! Como alcalde deberías saberlo todo. – repuso don Camilo, que se divertía extraordinariamente

– ¿Se festeja acaso algún acontecimiento histórico?

–No lo diga ni en broma, que mañana se difundirá en el pueblo que nosotros hemos organizado este mal negocio –interrumpió el Brusco que, junto con todos los cabecillas rojos, marchaba al lado de Peppone.

El sendero, al terminar los dos vallados que lo flanqueaban, desembocaba en una ancha meseta pelada como la miseria, en cuyo centro estaba el áspero montículo que servía de basamento a la casa vieja. La distancia a la tapera era de trescientos metros y se la veía llamear como una antorcha.

Peppone se paró y la gente se abrió a su derecha y a su izquierda.Una ráfaga de viento trajo una nube de humo hacia el grupo.

–Paja... ¡Cómo no!... Esto es petróleo.

La gente empezó a comentar el hecho curioso y algunos se movieron para acercarse más, pero fuertes gritos los detuvieron.

–¡No hagan estupideces!

Algunas tropas se habían detenido en el pueblo y en sus alrededores al final de la guerra; en consecuencia podía tratarse de un depósito de nafta o de bencina colocadas allí por alguna sección, o tal vez escondidas por alguien que las hubiera robado. Nunca se sabe.

Don Camilo se echó a reír.

–¡No hagamos novelas! A mí este asunto no me convence y quiero ver con mis propios ojos de qué se trata.Y decididamente se separó de la grey y se dirigió a la tapera a pasos rápidos.

No había andado cien metros cuando Peppone en dos zancadas lo alcanzó.


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31 de Diciembre, Festividad de San Silvestre I, Papa


an Silvestre, con ese aire de despedida del año viejo, tiene una significación especial en la historia de la Iglesia, no ya sólo por sus virtudes, sino también por la época difícil y maravillosa, a su vez, que le tocó vivir.
Debido a esta circunstancia, no es extraño que su venerable figura haya ido recogiendo a través de los siglos una multitud de leyendas piadosas, haciendo difícil distinguir entre ellas lo que pueda haber de falso o de verdadero. De San Silvestre nos hablan, casi por encima, los primeros historiadores cristianos: Eusebio de Cesarea, Sócrates y Sozomeno.
Más noticias encontramos en la relación de los papas que trae el Catalogo Liberiano y, sobre todo, en la multitud de detalles con que adorna su vida el famoso Pontifical Romano. Fue compuesta esta obra en diversos tiempos y por diversos autores, y en lo que toca a San Silvestre, recoge de lleno sus célebres actas, elaboradas durante el siglo v, y que, a pesar de ser admitidas por algunos Padres antiguos, fueron siempre consideradas como espúreas por la Iglesia de Roma.
El hecho de mezclar lo verídico con lo fabuloso, dieron a las actas de San Silvestre un gran predicamento durante toda la Edad Media, aunque pronto fueron cayendo en desuso, teniendo en cuenta, sobre todo, los dos hechos principales que en ellas se mencionan: la curación y conversión de Constantino y la donación que el emperador hace al papa Silvestre, no ya sólo de Roma, sino también de Italia y, como algunos llegaron a suponer, de todo el Imperio de Occidente. Baronio, el autor de los Anales eclesiásticos, supone la autenticidad de las mismas y recurre al testimonio del papa Adriano I, que en el siglo Vlll las tiene como tales en una carta a los emperadores Constantino e Irene, cuando la lucha por las imágenes. Son citadas a su vez en la primera decretal del concilio II de Nicea, y autores no muy lejanos de la época, como San Gregorio de Tours y el obispo Hincmaro, traen a colación el bautismo de Constantino cuando narran el no menos famoso de Clodoveo.
La leyenda del bautismo parece estar tomada de una vida romanceada de San Silvestre, cuya fecha y patria se desconocen, pero que bien pudieran ser de la segunda mitad del siglo v. Duchesne la hace venir de Oriente, por el camino que trajeron todas las que se referían a la invención de la santa cruz, a Santa Elena y al mismo Constantino. Para otros, sin embargo, toda la leyenda tiene un carácter netamente romano.
Eusebio, el nada escrupuloso panegirista del emperador, nos dice con toda sencillez que Constantino fue bautizado al fin de su vida en Helenópolis de Bitinia, y nada menos que por un obispo arriano, Eusebio de Nicomedia. De ser cierto lo de las actas, no lo hubiera pasado por alto de ninguna de las maneras, pues vendría muy bien para exaltar la figura de aquel emperador, a quien hace lo posible por presentar como un príncipe simpatizante en todos sus hechos con el cristianismo. La costumbre, sin embargo, de aquellos tiempos, y, sobre todo, las disposiciones en que se encontraba el mismo Constantino, parecen convencer en seguida de lo contrario. Es verdad que manifiesta una verdadera simpatía por la nueva religión, pero no por eso deja de vivir en su juventud el paganismo depurado de su padre, Constancio Cloro. Cuando se proclama emperador en el año 306, adopta con la diadema el culto a la tetrarquía romana, y especialmente el de Júpiter y Hércules. Su contacto con los cristianos le lleva a un monoteísmo especial, que se concreta en el culto del sol invictus. Mas tarde, cuando vence a su rival Majencio en el 312, Constantino aparece identificado del todo con el cristianismo; pero este es supersticioso y con gran reminiscencia pagana. De hecho, nunca abandona las atribuciones de pontífice máximo, concibe el cristianismo como una religión imperial, semejante a la anterior, y en su misma vida no ofrece nunca las características de un auténtico convencido.
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30 de diciembre de 2008

Curiosidades del Parque de la Memoria


por José D´Angelo


Tomado de Nuevo Encuentro


(el homenaje al terrorismo)

En el Parque de la Memoria, inaugurado por los Kirchner para homenajear a los desaparecidos por motivos políticos, contiene algunas 'curiosidades'. Como la placa con el nombre de Fernando Haymal, ejecutado por los propios Montoneros luego de un "juicio revolucionario por delator" en 1975, durante un gobierno constitucional.


l Domingo me fui al Parque de la Memoria, hecho por el Gobierno Nacional en la Costanera norte, con un listado de nombres escrito, para averiguar si estaban allí, con sus plaquitas.


1. Fui con los nombres de los atacantes MUERTOS (NO DESAPARECIDOS) del ataque a Monte Chingolo (sacados del listado del libro MONTE CHINGOLO, del "erpiano" Gustavo Plis Sterenberg). Estos muchachos atacaron ese cuartel durante el gobierno democrático peronista pero.... AHI ESTAN SUS NOMBRES. El Estado argentino HOMENAJEA a quienes querían derrocar a un Gobierno constitucional...

2. Fui con el nombre de Arturo Lewinger, terrorista montonero que MUERE (NO DESAPARECE) en mayo de 1975, (y según el relato de Gregorio Levenson y Ernesto Jauretche en el libro de su autoría "Héroes") durante "una operación militar con el fin de rescatar de una comisaría de Mar del Plata a un compañero preso". Allí está la plaquita en donde LE RENDIMOS HOMENAJE al amigo Lewinger.

3. Fui con el nombre de Fernando Haymal, que en el FALLO DE LA CAUSA 13 la Cámara que juzgó a los Comandantes, da por probado que lo "ejecutaron" los propios Montoneros luego de un "juicio revolucionario por delator" en 1975, durante un gobierno constitucional. La Cámara se basa en lo publicado en la Revista "Evita Montonera" Nº 8, de esa fecha, que PUBLICA el "juicio a Haymal y la sentencia de ejecución". Pues bien, ahí esta LA PLAQUITA DE HAYMAL.



Estoy pensando qué acción pública iniciar PARA QUE SE SAQUEN ESAS PLACAS.

Pienso que el tema del monumento da mucha tela para cortar. En principio, el reconocimiento no sólo a las víctimas de la represión estatal, sino también a aquellos que cayeron defendiendo "los mismo ideales" configura Apología del Crimen, delito reprimido con un mes a un año de prisión por el art. 213 del Código Penal. Es un delito de acción pública que, como es permanente, la prescripción de dos años no comienza a correr (tema controvertido), así que, en principio, no interesa cuando fue inagurado.

Los casos de Monte Chingolo y algunos más son corroborantes de la extensión del homenaje a todo el terrorismo.

Un papa Santo habla...


CARTA ENCÍCLICA IUCUNDA SANE
DE S.S. SAN PIO X
(selección)


s responsabilidad de Los Pastores:



a) Fomentar la vida sobrenatural en todos los órdenes de la sociedad humana.


b) Pedir a Dios misericordia mediante la oración privada y pública. Tan importante es este deber del obispo que Gregorio no temía en decir que llevaba inútilmente el nombre de obispo el que “apartándose del amor divino y de la oración, no acudía al campo de batalla para defender decididamente la causa del Señor”

c) Iluminar las inteligencias predicando constantemente la verdad y refutando las malas teorías con la verdadera y sólida ciencia filosófica y teológica, y con todos los auxilios que proceden del genuino progreso de la investigación histórica.


d) Procurar que las virtudes cristianas se inculquen y se asienten en el alma de modo que cada uno cumpla sus deberes de hombre y de cristiano no de palabra, sino de verdad, y tenga una confianza filial en la Iglesia y sus ministros, pidiéndoles el perdón de los pecados; y en general pidiendo la gracia de los Sacramentos. De esta forma y solo así acomodarán su vida a los preceptos de la ley cristiana.


e) Buscar la salvación de todos, incluso a costa de su propia vida, a imagen de Jesucristo, que decía a los pastores de la iglesia: el buen pastor da la vida por sus ovejas.

Lo que los Pastores no deben hacer:

a) Dejarse embaucar por la mal llamada ciencia. Por ella los pastores creen estimarse más dignos de la Iglesia y de trabajo más fructífero para la salvación eterna de los hombres si, “movidos por una prudencia humana, distribuyen abundantemente la mal llamada ciencia, movidos por la vana esperanza de que así pueden ayudar mejor a los equivocados, cuando en realidad los hacen compañeros de su propio descarrío. Pero la verdad es única y no puede dividirse; permanece eterna, sin doblegarse a los tiempos: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”.

b) Preocuparse mucho del alimento y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana.

c) Ocultar, como con un velo, algunos de los principales preceptos evangélicos, temiendo que se les haga menos caso, e incluso se les abandone. Al proponer la verdad, será prudente proceder con tacto; cuando se hayan de tratar asuntos con quienes desprecian nuestras instituciones y viven completamente apartados de Dios, como decía Gregorio, al curar las heridas, es preciso tocarlas antes con mano delicada.

Esas madres perversas y crueles




por Arturo Pérez-Reverte




Tomado de XL semanal






o tiene nada que ver con que este domingo sea día de los Inocentes. En absoluto. Ni con los niños degollados, ni con las bromas tradicionales hechas al prójimo incauto. El caso es real como la vida misma –la vida española misma, maticemos– y sale en los periódicos: madre condenada a cuarenta y cinco días de cárcel y a un año de alejamiento de su hijo de diez años, porque hace dos, en el curso de una refriega doméstica, le dio una colleja al enano, con tan mala suerte que éste se dio contra el lavabo y sangró por la nariz. Y claro. En este faro ético de Occidente donde moramos, tan salvaje agresión doméstica no podía quedar sin castigo. El hecho de que hayan pasado dos años desde entonces, y de que el menor fuese un poquito gamberro y desobediente, se negara a hacer los deberes y acabara de tirar a su madre una zapatilla, corriendo a encerrarse a continuación en el cuarto de baño, de donde no quería salir, no fue considerado atenuante por la dura Lex sed Lex. Tampoco se tuvo en cuenta que se trataba de un incidente aislado, y no de malos tratos habituales; ni el hecho obvio de que, en un pueblo pequeño como es el de esa familia, una orden de alejamiento supone que uno de los dos, madre o hijo, debe hacer las maletas y largarse del pueblo.


Pero no importa, oigan. Estoy con la juez que entendió el asunto: no hay atenuante que valga. Es más: tengo la certeza moral de que a ustedes, como a mí –siempre de parte de la ley y el orden–, la de esta cruel madre torturadora les parece sentencia justa y ejemplar. Como bien ha argumentado no sé qué asociación de derechos infantiles, «a los niños no se les pega». Y punto. Así de simple. Y menos en estos tiempos, cuando tan fácil es sentarse a dialogar con ellos a cualquier edad y afearles su conducta con argumentos de peso intelectual. A ver qué le habría costado a esa madre pagar a un cerrajero para que abriese la puerta del cuarto de baño y después, mirando muy fijamente a su hijo de diez años a los ojos, decirle: «Hijo mío, ya dijeron Sócrates y San Agustín que a las madres no se les tiran zapatillas. De seguir así, el día de mañana la sociedad te expulsará de su seno. Así que tú mismo. Atente a las consecuencias».


En mi opinión, la Justicia se queda corta. Una madre capaz de perder el control de esa manera brutal e inexplicable debería ser castigada con más contundencia. Y no con una pena mayor, como solicitaba la fiscalía –la juez fue clemente, después de todo, quizá por solidaridad de género y génera–, sino con medidas drásticas e implacables. Porque, so pretexto de no haber antecedentes penales ni constancia de malos tratos anteriores, la madre se ha ido de rositas. Asquerosamente impune, o casi. Y si de mí dependiera, esa delincuente sin escrúpulos ni conciencia habría ingresado inmediatamente en prisión para comerse cinco años de talego, por lo menos. O más. Y cuando saliera –aunque procuraría aplicarle la doctrina Parot para impedirlo–, le calzaría una pulsera con Gepeese y una orden de alejamiento, no del hijo y de su pueblo, sino de España. Al puto exilio. Por perra. Y por supuesto, le retiraría la custodia del niño y se lo daría a alguna familia modélica, como por ejemplo a los Albertos. Para que aprenda.


Pero no hay mal que por bien no venga, oigan. Todo esto me ha dado una idea. De pequeño me sacudieron las mías y las del pulpo; y va siendo hora, creo, de que los culpables de aquel infierno paguen lo que hicieron. Yo también exijo justicia. Mi padre, sin ir más lejos, me dio una vez cuatro bofetadas que hoy le habrían costado, por lo menos, un destierro a Ceuta. Y mi madre, hasta que tuve edad suficiente para inmovilizarla con hábiles llaves de judo, no vean cómo nos puso con la zapatilla, durante años atroces, a mi hermano y a mí. Guapos, nos puso. Por no hablar de los Maristas, donde el hermano Severiano nos torturaba bestialmente dándonos capones en clase, y donde el Poteras –a quien Dios haya perdonado–, cada vez que le pegábamos fuego a una papelera o escribíamos El Poteras es un cabrón en la pizarra, nos aplicaba la intolerable violencia de endiñarnos con el puntero y la chasca sin respeto por nuestros derechos humanos. Como en Guantánamo. Y así ha salido mi generación, perdida. De trauma en trauma. Por eso va siendo hora de que los culpables rindan cuentas a la Justicia.


Memoria histórica para el nene y la nena. Barra libre. Así que voy a pedirle al juez Garzón que abra una causa general que los ponga firmes a todos. Que encierre en la cárcel a los que sigan vivos, que alguno queda –tiembla, Severiano–, y desentierre a los otros para escupir sobre sus huesos. A mi padre, por ejemplo, ya no lo pillan. Lástima. Pero mi madre sigue ahí, tan campante. Sus ochenta y cuatro años no tienen por qué ponerla a salvo de su cruel salvajismo de antaño. En esta España, líder moral de Occidente, lo de la zapatilla no puede quedar impune. O sea. Más vale tarde que nunca.

La Economía política y el Cristianismo


Una vez más un artículo de doble objeto: el artículo en sí mismo y dar a conocer al autor.


por S.E.R. Zeferino Card. González Díaz de Tuñón O.P.


(para conocer al autor haga click sobre su imagen)


I



on muchos los que creen que la Economía política es una ciencia absolutamente nueva, y para algunos el origen y existencia de esta ciencia no se extiende mas allá de los nombres de Quesnay, Smith y Malthus. Nosotros no podemos admitir sin restricciones este modo de apreciar el origen y existencia de la Economía política. Admitimos de buen grado que esta sólo comenzó a presentarse con las formas y condiciones de ciencia, de estudio distinto y separado de la legislación y la política, desde la publicación de las Máximas generales de Gobierno Económico de Quesnay. Admitimos [2] también que desde el último tercio del siglo pasado ha entrado en una nueva fase, adquiriendo notable desarrollo bajo la impulsión de los escritos publicados por Smith, Say, Malthus, Storch, Blanqui, Rossi, Bastiat y tantos otros, cuyos trabajos tienden a constituir la Economía política sobre bases y condiciones propiamente científicas, con sus principios, sus leyes y sus deducciones especiales.

Pero, ¿quiere decir esto que antes de esa época nada se sabía de Economía política? ¿Deberemos decir por eso que esta clase de estudios eran completamente desconocidos en los siglos anteriores?

La historia de los pueblos y su legislación nos enseñan que, antes que apareciera el sistema agrícola de Quesnay, había dominado en las naciones de Europa, y con especialidad durante los siglos XVI y el sistema de las restricciones y privilegios, conocido en Economía bajo el nombre de SISTEMA MERCANTIL, sistema basado sobre la idea de que el oro y la plata constituyen la verdadera riqueza de las naciones.

Sabido es también que durante los expresados siglos, o mejor dicho, en el último tercio del siglo y primero del siglo siguiente, aparecieron ya escritos notables, en que se trataban de una manera más ó menos completa los diferentes problemas de que se ocupa hoy la Economía política. Testigos la República de Bodin y el Discurso sobre la moneda de Scaruffi. Testigos también los escritos publicados a la sazón por [3] Davanzati, Montanari, y especialmente por el napolitano Serra.

Si quisiéramos hacer alarde de erudición, y no lo consideráramos innecesario al objeto principal que nos hemos propuesto al escribir estos artículos, no nos sería muy difícil comprobar con numerosas citas que no pocos escolásticos de los siglos XIII y XIV sabían algo de Economía política. La obra de santo Tomás De Regimine Principum, y la que con título igual escribió el agustiniano Egidio Romano, contienen pasajes notables sobre no pocos de los problemas a que se refiere la ciencia económica de los Estados.
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Perlita

Enviado por Ana Bauer

n el libro "El Santo Rosario" del P. Eliécer Sálesman SBD (adaptación) se cuenta esta anécdota: "Un joven universitario viajaba en el mismo asiento del tren con un venerable anciano que iba rezando su rosario. El joven se atrevió a decirle: "¿Por qué en vez de rezar el rosario no se dedica a aprender, a instruirse un poco más?; yo le puedo enviar algún libro para que se instruya".

El anciano le dijo: "Le agradecería que me enviara el libro a esta dirección" y le entregó su tarjeta.
En la tarjeta decía: "Luis Pasteur. Instituto de Ciencias de París".

29 de diciembre de 2008

La píldora anticonceptiva también es abortiva, confirma la ASRM




















a American Society of Reproductive Medicine admite ahora un efecto abortivo de este fármaco

La píldora anticonceptiva no sólo es anticonceptiva: también tiene un efecto abortivo en ciertas circunstancias.

No se trata de las píldoras abortivas directamente, ni de la "píldora del día después", que se presenta como "anticoncepción de emergencia" pero que también tiene un efecto abortivo. Se trata de la píldora anticonceptiva habitual, que algunas mujeres han estado tomando mensualmente durante más de 30 años.

La revista de salud reproductiva "Fertility and Sterility" publicó en un suplemento a su número de noviembre de 2008 una afirmación de la "American Society of Reproductive Medicine", una entidad completamente pro-aborto.

En la "amplia variedad" de anticonceptivos orales accesibles, el "mecanismo de acción" es el mismo, dice el texto de la ASRM: “inhibición de la ovulación, alteración del moco cervical y/o modificación del endometrio, impidiendo así la implantación" [del embrión humano, lo que causa su muerte].

Durante mucho tiempo, ha habido grupos pro-vida (no católicos) que aceptaban la píldora anticonceptiva, pensando que no tenía un efecto abortivo, oponiéndose, sin embargo, al DIU, cuyo efecto abortivo (anti-implantatorio) sí es conocido desde hace mucho tiempo. (Los grupos católicos se oponen a la píldora porque la doctrina católica se opone a la mentalidad y la práctica anticonceptiva, aunque no a la regulación natural por razones serias).

Ya en un estudio de 1996 realizado por ginecólogos de la Universidad de Chapel Hill North Carolina se reconocía que "un mecanismo por el que la anticoncepción oral ejerce su accción contraceptiva" es la "receptividad uterina impareja" (es decir, que la píldora impide que el útero sea receptivo al embrión humano que intenta implantarse).

Este efecto, obviamente, se produce si la píldora afecta a la mujer cuando ya ha concebido, cosa que puede suceder al empezar a tomarla o si hay "huecos" entre una y otra toma. Como en el caso de la "píldora del día después", se trata de un aborto precoz, sin que la mujer ni se entere, eliminando al embrión humano en sus primeros días de vida.

Noticia tomada de Forum Libertas

Hacia una organización criminal


Por Juan Manuel de Prada

Tomado de ABC



N una entrevista concedida a Europa Press, el diputado socialista Ramón Jáuregui reconoce abiertamente que la aprobación de una ley que despenalice el aborto, imponiendo un mero sistema de plazos, es «una hipótesis más que posible». Asimismo, confía en que el Tribunal Constitucional no ponga trabas a la constitucionalidad de dicha ley, haciendo «una interpretación más flexible y actualizada de este conflicto» de la que hizo en 1985. En aquel entonces, el Tribunal Constitucional dictaminó que la protección del nasciturus conlleva para el Estado dos obligaciones: «La de abstenerse de interrumpir o de obstaculizar el proceso natural de gestación, y la de establecer un sistema legal para la defensa de la vida que suponga una protección efectiva de la misma y que, dado el carácter fundamental de la vida, incluya también, como última garantía, las normas penales». Ambas obligaciones son, en su letra y en su espíritu, contrarias a la imposición de una ley de plazos; pero, a juicio de Jáuregui, tales obligaciones deben ser interpretadas de modo «más flexible y actualizado»; lo que, en román paladino, quiere decir que a su juicio tales obligaciones deben ser declaradas obsoletas. O sea, que el Tribunal Constitucional debe amparar una ley que garantice el aborto libre.
En la afirmación de Jáuregui se resume, de forma sucinta y brutal, el proceso de destrucción del Derecho que se enseñorea de nuestra época. Desde el momento en que se niega la posibilidad de fundar el Derecho sobre un razonamiento ético objetivo que establezca juicios universalmente válidos en torno a lo que es justo e injusto, la ley deja de ser razonable, para convertirse en una coartada que otorga amparo a la pura conveniencia coyuntural. La ley inspirada en la razón es suplantada por una parodia legal que entroniza la voluntad de la mayoría como único criterio «legitimador»; y así, inevitablemente, se aprueban leyes inicuas (esto es, leyes contrarias a la razón) sin otro fundamento que la adecuación al «cambio social». Es evidente que las sociedades cambian; pero no lo es menos que una ley a merced de circunstancias cambiantes, sin sometimiento a principios universalmente válidos, degenera en algo parecido a la institucionalización de la delincuencia. La función de la ley no es otorgar cobertura al cambio social, validando lo que se hace, sino establecer cauces que ayuden a que ese cambio sea para mejor. Hace cincuenta años, por ejemplo, no existía «movimiento okupa»; el «cambio social» evidente ha propiciado que bandas de jóvenes sin hogar se apropien de inmuebles ajenos. Una interpretación «más flexible y actualizada» del derecho de propiedad nos obligaría -a menos que consideremos que tal derecho es un principio que la razón establece, y cuyo quebrantamiento debe ser perseguido legalmente-, a permitir el expolio de la propiedad ajena. La ley encauza el «cambio social», y lo reprime cuando tal cambio se aparta de los principios que la sustentan; en modo alguno puede limitarse a «legitimar» ese cambio.
«Sin la virtud de la justicia, ¿qué son los gobiernos, sino unos execrables latrocinios?», se preguntaba San Agustín en La Ciudad de Dios. Y Ratzinger, comentando este pasaje agustiniano, añadía que «el elemento constitutivo de las organizaciones criminales organizadas se identifica, por esencia, con criterios de juicio exclusivamente pragmáticos y, por lo mismo, necesariamente parciales, dependientes de uno u otro grupo». Esta conversión del Estado en una asociación organizada para la libre delincuencia, que «legitima» los crímenes según el deseo de una mayoría coyuntural, aproxima las democracias a las tiranías más sórdidas, que son las que juzgan lícitos los crímenes que perpetran, por el mero hecho de no hallar castigo o resistencia a los mismos. Esto es lo que ocurre cuando la ley, en lugar de encauzar el «cambio social», lo erige en criterio legitimador. Y esta es la ley que defiende Jáuregui; y la ley que el Tribunal Constitucional, convertido en ancilla criminis, debe a su juicio interpretar de forma «más flexible y actualizada».

Un imprevisto regalo de fin de año


por el Dr. Antonio Caponetto

enviado por el autor

Nota introductoria para lectores no argentinos: Página 12 (o "Vómito 12") es el diario políticamente correcto de las izquierdas vernáculas. Las progresías nacionales nutren su "pensamiento" diariamente en este pozo séptico. El Cruzamante.


l domingo 28 de diciembre, en dos festividades solemnes y tan significativas para nuestra defensa de la cultura de la vida –nada menos que la celebración litúrgica de la Sagrada Familia y el día de los Santos Inocentes- el diario Página 12 nos ha regalado la tapa y dos hojas enteras de publicidad, profusamente ilustradas y con llamativa diagramación.

Ya en anteriores ocasiones habíanse prodigado sus redactores en gentileza análoga, pero ésta supera a las precedentes y nos colma de particular regocijo.

Dos antiguos camaradas –que se ocultan modestamente tras los ingeniosos motes de Mario Wainfeld y Sergio Kiernan- han sido esta vez los encargados de tan dadivosa promoción. Impetuosos ambos –con esos hervores tan propios de la Hitlerjugend a la que seguramente pertenecieron y callan por modestia- se desmadran incluso en algunos elogios, violentando la cristiana humildad a la que estamos moralmente obligados.

Mario, por ejemplo, historiando nuestra trayectoria, habla de los "devotos lectores” que nos siguen, y del “furor” con que supimos “enfrentar” a los “liberales”, sin que nos temblara el pulso ante Martínez de Hoz, a quien habíamos colocado “en el banquillo de los acusados”. Reconoce incluso los “dotes premonitorios notables” de alguno de nuestros eventuales colaboradores, y no trepida en señalar que Cabildo “embestía sin ambages” contra “el poder judío”. Buen catador del idioma, y desdeñando –según se colige implícitamente- ese prosaísmo de las izquierdas sin el menor asomo de la gracia, como decía Peman, alude además a “la pluma generosa en casticismos y en palabras tonantes” de otro de nuestros redactores, concluyendo en que su estilo era el propio de “clasicismo hispano”. “Todo un estilo”, puntualiza el título; y toda “una coherencia a lo largo de los años”.

Pero el encomio sube hasta rozar el mismo género epidíctico que pedía el Maestro de Estagira, cuando memorando aquellas jornadas tensas de la defensa de nuestra soberanía austral ante las injustas pretensiones chilenas, Wainfeld afirma que Cabildo “convocaba a morir por la patria”. Veraz y emocionante recuerdo, tanto más valioso cuanto nos distingue de la hez kirchnerista, que aliada de la cabronería episcopal acaba de celebrar nuestra rendición ante los atropellos trasandinos.

Kiernan por su parte –que ya ha probado ser un adicto a nuestras páginas- se inclina ante la perseverancia y el empecinamiento militante demostrado en tantos años. Cabildo “sigue ahí”, apunta; “es la revista más antigua de ese palo”. Metáfora esta última –la del palo, bastone o randello- que delata la familiariedad de Sergio con la semántica mussoliniana, y que tanto nos emociona.

Firme en su propósito encomiástico –y como si la muerte no hubiera hecho mella en nuestras filas- Sergio cree firmemente que “el staff de Cabildo muestra continuidades notables”, y que somos capaces de todo: de “soñar con cruzadas de limpieza”, “escribir de tú”, “armar diálogos platónicos”, o “prologar [su actual director] cuanto libro le ponen por delante”, con “estilo estentóreo y lleno de exclamaciones”.

Gracias, camaradas. Nos creíamos derrotados y marginados. Solos y sin un cobre en el cinto, la lucha se hace dura, difícil, cuesta arriba. La adversidad ronda como una tentación riesgosa y cansina. Ahora –gracias a vuestro afán- nos damos cuenta del valor indoblegable que tienen el testimonio coherente y el estilo frontal, el empecinamiento en la batalla y la continuidad de un ideario claro.

Gracias, camaradas. Con ese clacisismo hispano que bien habéis detectado os lo decimos: nos devolvéis los bríos, nos multiplicáis el ímpetu, nos renováis la esperanza, nos mantenéis en vigilia tensa y fervorosa, nos ampliáis en centurias de adherentes nuestras prietas mesnadas.

Gracias, al fin, porque con el año que se escurre en estas horas, podemos ratificar con Gracián una de nuestras consignas predilectas: “Triste cosa es no tener amigos, pero más triste debe ser no tener enemigos, porque quien enemigos no tenga, señal de que no tiene: ni talento que haga sombra, ni valor que le teman, ni honra que le murmuren, ni bienes que le codicien, ni cosa buena que le envidien”.


En la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, a 29 días de Diciembre del Año del Señor, 2008.

Los montoneros K, hoy funcionarios ... ¿no van presos?

Un excelente trabajo de investigación de antecedentes publicado en Nuevo Encuentro, con la salvedad que el autor en sus conclusiones, juzga en paridad a los terroristas y a "los militares", como si de dos bandas criminales se tratara.
Todos los terroristas lo son por definición, no todos los militares lo han sido, ni mucho menos.
Su juicio no es del todo "políticamente correcto", pero trata de no "sacar los pies del plato",... a ver si lo tachan de fascista.
De todos modos vale la pena leerlo.
El Cruzamante.


AQUÍ ESTÁN, ESTOS SON: PASADO Y PRESENTE DE LOS FUNCIONARIOS K

na de las principales banderas de la administración Kirchner es la de la “reivindicación y defensa de los Derechos Humanos”.lo que realmente se nota es una reivindicación a la ideología terrorista de los 70.
Para demostrarlo, hemos confeccionado una lista de aquellos “jóvenes idealistas”.


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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen de la plaza "montonera" de 1973.

29 de Diciembre, Conmemoración de Santo Tomás Becket, Arzobispo de Canterbury, Obispo y Mártir



omás Becket, el arzobispo de Canterbury, ha muerto asesinado. Es el atardecer del 29 de diciembre de 1170. La noticia salta de caballo en caballo, de mar en tierra, y atraviesa la cristiandad sobrecogiéndola de estupor. Ha sucedido acaso—dirá luego la historia—el mayor acontecimiento de la época. Sólo dos años más con dos meses el 2 de febrero de 1173, y Tomás de Londres, por boca del papa Alejandro llI, comenzará a ser, y para siempre, Santo Tomás Cantuariense. Otro año más julio de 1174. El enemigo mortal del arzobispo, el presunto instigador del crimen, Enrique de Plantagenet, soberano de Inglaterra y de media Francia, camina a pie desnudo hacia la catedral de Canterbury; desciende a la cripta, junto al sepulcro de su víctima cae de rodillas. Y el cóncavo recinto cruje mientras los látigos de penitencia chasquean en las espaldas de un rey. Indudablemente estamos en la Edad Media "enorme y delicada". A través de los siglos, generaciones de ingleses acudirán a venerar las reliquias del campeón de los derechos de la Iglesia, "el mártir de la disciplina", como le llamará Bossuet en famoso panegírico, cuya biografía alcanza la tensión de una apasionante novela.

La crítica histórica se ha encargado de disipar cierta poesía legendaria trenzada en torno al origen de Tomás Becket. En realidad, no hay tal princesa sarracena enamorada que cruza Europa repitiendo las dos únicas palabras de su vocabulario inglés: "Londres", "Becket", hasta encontrar, por fin, al antiguo cruzado, hacerle su marido y darle más tarde un hijo santo: no. El niño nacido en Londres el día de Santo Tomás de 1118 procede de burgueses normandos y su padre es sheriff de la ciudad. Los canónigos regulares de Merton se encargarán de iniciarle en los libros, hasta que un día, cuando los reveses se hayan cebado en la hacienda familiar, tenga que dedicarse al trabajo en casa de un pariente londinense. A los veinticuatro años de edad, huérfano ya durante tres, Tomás entra al servicio del arzobispo cantuariense Teobaldo y emprende la carrera eclesiástica. Recibe las órdenes menores, sube al diaconado en 1154, acumula prebendas y beneficios, y pronto se ve encaramado al relevante puesto de arcediano. Teobaldo se ha dado perfecta cuenta de la valía del joven eclesiástico y no vacila en confiarle delicadas misiones en el Vaticano. Incluso en el grave problema de la sucesión al trono pesa la voz del novel diplomático. El es quien inclina a su indeciso prelado y al propio papa Eugenio III por la causa de Matilde, la hija del difunto rey Enrique y actual esposa del conde de Anjou. En consecuencia, a la muerte de Esteban, a la sazón en el trono, la corona recaerá en el hijo de Matilde, Enrique de Plantagenet.

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Para leer la biografía completa haga click sobre la imagen del martirio de Santo Tomás.

28 de diciembre de 2008

El carlismo y la libertad religiosa



por D. Rafael Gambra Ciudad





l Carlismo ha defendido siempre la unidad religiosa de España. Más aún: esa unidad es la piedra angular del orden político que el Carlismo propugna. Cuando hace de Dios el primero de sus lemas no significa simplemente que cree en la existencia de Dios en el Cielo o que propone la religiosidad como norma de vida de sus adeptos. El trilema carlista no es un programa de vida personal, sino el ideario de un sistema político. La unidad católica, por lo demás, aunque a veces de forma incongruente con el régimen político, ha estado vigente en España desde tiempos de Recaredo, en el siglo VI, hasta la actual Constitución de 1978, con la sola excepción de los cinco años de la segunda República.

¿Qué es la unidad religiosa? Para mejor entendernos, digamos ante todo qué no es la unidad religiosa. No es, contra lo que muchos creen, coacción ni intolerancia. La fe no puede imponerse a nadie, ni moral ni siquiera físicamente, puesto que es una virtud infusa que Dios concede y que incide en lo más íntimo de cada alma. Tampoco debe ejercerse coacción alguna sobre el culto privado de otras religiones, ni sobre su práctica en locales o templos reservados, con tal de que no se exteriorice ni se propague públicamente, ya que en un Estado confesional la difusión de las religiones falsas debe considerarse como más dañina que la propagación de drogas o sustancias nocivas.

Más aún: el sistema tradicional aconseja el prudencialismo político de acuerdo con el cual el gobernante católico en cuyo pueblo estén arraigadas de hecho más de una confesión religiosa, debe basarse en lo que tengan de común esas religiones, y practicar la tolerancia de cultos. No es el caso de España, donde no existe otra religión ni histórica ni ambientalmente establecida más que la católica.

¿Qué significa entonces la unidad religiosa que el Carlismo propugna como primero de sus lemas? Simplemente, que la legislación de un país debe estar inspirada por la fe que se profesa –la católica en nuestro caso– y que no puede contradecirla; que las costumbres, en cuanto son influidas por la ley y la política del gobernante, debe procurarse que permanezcan católicas. Que la religión, en fin, debe ser objeto de protección por parte de la autoridad civil. Dicho de otro modo: que no se pueden dictar ni proponer leyes que contradigan a la moral católica –ante todo el Decálogo–, ni que atenten a los derechos y funciones de la Iglesia. Este fundamento religioso (religión es religación con un orden sobrenatural) es radicalmente opuesto al principio constitucional moderno, según el cual el poder procede del hombre, de su voluntad mayoritaria, y nada tiene que ver con Dios ni con el Decálogo, que sólo concierne a la vida privada de quienes profesan esa religión. Recordemos que el origen de nuestras guerras civiles –que siempre tuvieron un trasfondo religioso– los dos gritos que se oponían entre sí eran ¡Viva la Religión! y ¡Viva la Constitución!

La confesionalidad del Estado y la conservación de la unidad religiosa allá donde exista son, ante todo, una consecuencia del primer Mandamiento que nos prescribe amar a Dios sobre todas las cosas, y no sólo en nuestro corazón o privadamente, sino también las colectividades que formemos, familiares o políticas. En segundo término, es una necesidad para conservar el bien inmenso de una religiosidad ambiental o popular, de lo que depende en gran medida la salvación de las almas. En algunos momentos cumbre de la historia el Cristianismo se propagó de un modo súbito, cuasi milagroso: en el Imperio Romano en tiempos de los apóstoles, en la rápida cristianización de los pueblos bárbaros a la caída de Roma, en la difusión fulgurante de nuestra fe en la América española. Pero en lo demás la fe requiere ser mantenida con esfuerzo y evitarle peligros, al igual que debemos hacer con nuestra fe personal, y con la salud y el dinero, y cualquier género de bienes, que requieren ser guardados y preservados. Bajo un Estado laico la fe tiene que perderse, porque ese pueblo no merece la fe que ha recibido, y ello está a la vista en nuestra sociedad.

En segundo lugar, tampoco puede subsistir un gobierno estable que no se asiente en lo que Wilhelmsen ha llamado una "ortodoxia pública". Es decir, un punto de referencia que sirve de fundamento a la autoridad y a la obligatoriedad de las instituciones, las leyes, las sentencias. En rigor, si se establece la libertad religiosa (y el consecuente laicismo de Estado) resulta imposible mandar ni prohibir cosa alguna. ¿En nombre de qué se preservará en una tal sociedad el matrimonio monógamo? ¿Bajo qué título se prohibirá el aborto, la eutanasia y el suicidio? ¿Qué se podrá oponer al nudismo, a la objeción de conciencia, a las drogas o a la promiscuidad de las comunas?

Bastará que el afectado por el mandato o la prohibición apele a una religión cualquiera –incluso individual– que autorice tal práctica o la prohiba. ¿Y qué límite podrá poner el Estado a esa libertad religiosa si se la supone basada en "el derecho de la persona"? Quien desee divorciarse o vivir en poligamia no tendrá más que declararse adepto a múltiples religiones orientales, o al Islam, o a los mormones. Quien quiera practicar la eutanasia o inducir al suicidio, podrá declararse sintoísta. El que desee practicar el desnudismo público alegará su adscripción a la religión de los bantús, y los objetores al servicio militar buscarán su apoyo en los Testigos de Jehová. En fin, los que vivan en promiscuidad o se droguen, hallarán un recurso en los antiguos cultos dionisíacos o báquicos. La inviabilidad última de cualquier gobierno humano (que recurre simplemente a la fuerza) se hace así patente. La "libertad religiosa" es, por su misma esencia, la muerte de toda autoridad y gobierno.

Se objetará, sin embargo, que la Declaración Conciliar Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II ha propugnado la libertad religiosa y el consiguiente laicismo de Estado.

¿Qué hemos de pensar de esto los carlistas? A mi juicio, lo siguiente:

1.º.- El Concilio Vaticano II no es un concilio dogmático sino sólo pastoral, por propia declaración: por lo mismo, exento de infalibilidad.

2.º.- La libertad religiosa en el fuero externo al individuo contradice la enseñanza de todos los papas anteriores (uno de ellos santo) desde la época de la Revolución Francesa, y particularmente a la encíclica Quanta Cura de Pío IX que reviste las condiciones de la infalibilidad.

3.º.- La Declaración Conciliar se contradice a sí misma, puesto que afirma al mismo tiempo que deja intacta la doctrina anterior.

4.º.- Los amargos frutos de esa Declaración son bien patentes en la Iglesia y en la sociedad.

5.º.- Si esa Declaración hubiera de ser recibida como "palabra de Dios", al Carlismo no le quedaría más que disolverse, porque ha sido el último y más heroico empecinamiento en la defensa del régimen de Cristiandad.

28 de Diciembre, Festividad de los Santos Inocentes, Mártires






os cuenta el evangelio de San Mateo que unos Magos llegaron a Jerusalén preguntando dónde había nacido el futuro rey de Israel, pues habían visto aparecer su estrella en el oriente, y recordaban la profecía del Antiguo Testamento que decía: "Cuando aparezca una nueva estrella en Israel, es que ha nacido un nuevo rey que reinará sobre todas las naciones" (Números 24, 17) y por eso se habían venido de sus lejanas tierras a adorar al recién nacido.
Dice San Mateo que Herodes se asustó mucho con esta noticia y la ciudad de Jerusalén se conmovió ante el anuncio tan importante de que ahora sí había nacido el rey que iba a gobernar el mundo entero. Herodes era tan terriblemente celoso contra cualquiera que quisiera reemplazarlo en el puesto de gobernante del país que había asesinado a dos de sus esposas y asesinó también a varios de sus hijos, porque tenía temor de que pudieran tratar de reemplazarlo por otro. Llevaba muchos años gobernando de la manera más cruel y feroz, y estaba resuelto a mandar matar a todo el que pretendiera ser rey de Israel. Por eso la noticia de que acababa de nacer un niñito que iba a ser rey poderosísimo, lo llenó de temor y dispuso tomar medidas para precaverse.
Herodes mandó llamar a los especialistas en Biblia (a los Sumos Sacerdotes y a los escribas) y les preguntó en qué sitio exacto tenía que nacer el rey de Israel que habían anunciado los profetas. Ellos le contestaron: "Tiene que ser en Belén, porque así lo anunció el profeta Miqueas diciendo: "Y tú, Belén, no eres la menor entre las ciudades de Judá, porque de ti saldrá el jefe que será el pastor de mi pueblo de Israel" (Miq. 5, 1).
Entonces Herodes se propuso averiguar bien exactamente dónde estaba el niño, para después mandar a sus soldados a que lo mataran. Y fingiendo todo lo contrario, les dijo a los Magos: - "Vayan y se informan bien acerca de ese niño, y cuando lo encuentren vienen y me informan, para ir yo también a adorarlo". Los magos se fueron a Belén guiados por la estrella que se les apareció otra vez, al salir de Jerusalén, y llenos de alegría encontraron al Divino Niño Jesús junto a la Virgen María y San José; lo adoraron y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.
Y sucedió que en sueños recibieron un aviso de Dios de que no volvieran a Jerusalén y regresaron a sus países por otros caminos, y el pérfido Herodes se quedó sin saber dónde estaba el recién nacido. Esto lo enfureció hasta el extremo.
Entonces rodeó con su ejército la pequeña ciudad de Belén, y mandó a sus soldados a que mataran a todos los niñitos menores de dos años, en la ciudad y sus alrededores. Ya podemos imaginar la terribilísima angustia para los papás de los niños al ver que a sus casas llegaban los herodianos y ante sus ojos asesinaban a su hijo tan querido. Con razón el emperador César Augusto decía con burla que ante Herodes era más peligroso ser Hijo (Huios) que cerdo (Hus), porque a los hijos los mataba sin compasión, en cambio a los cerdos no, porque entre los judíos esta prohibido comer carne de ese animal.
San Mateo dice que en ese día se cumplió lo que había avisado el profeta Jeremías: "Un griterío se oye en Ramá (cerca de Belén), es Raquel (la esposa de Israel) que llora a sus hijos, y no se quiere consolar, porque ya no existen" (Jer. 31, 15).
Como el hombre propone y Dios dispone, sucedió que un ángel vino la noche anterior y avisó a José para que saliera huyendo hacia Egipto, y así cuando llegaron los asesinos, ya no pudieron encontrar al niño que buscaban para matar.
Y aquellos 30 niños inocentes, volaron al cielo a recibir el premio de las almas que no tienen mancha y a orar por sus afligidos padres y pedir para ellos bendiciones. Y que rueguen también por nosotros, pobres y manchados que no somos nada inocentes sino muy necesitados del perdón de Dios.

27 de diciembre de 2008

Conferencia sobre la libertad religiosa


por el R.P. Ricardo Félix Olmedo



I.- Introducción:


n esta serie de conferencias organizada con el fin de exponer distintos documentos del Concilio Vaticano II, y juzgar de su “continuidad” o no con el Magisterio tradicional de la Iglesia y la filosofía perenne, que es la filosofía de Santo Tomás, nos toca comentar hoy lo que era, por su clasificación, un documento de menor importancia, la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia y Estado, titulada "Dignitatis Humanæ".

En el amplio problema de las relaciones Iglesia-Estado había un tema – el de la “libertad religiosa” – "nunca tratado en ningún Concilio Ecuménico" en los veinte siglos de existencia de la Iglesia, y que sin embargo, se transformará no por casualidad sino por especial previsión e intención de los enemigos de la Iglesia, en uno de los más trascendentales y de capital importancia como paso previo al compromiso de la Iglesia con el mundo, y en particular con el Movimiento ecuménico.

Ya antes del Concilio, en las Sesiones de la Comisión preparatoria, esta cuestión había enfrentado durísimamente a las dos tendencias que lucharon durante el Concilio, representadas una por el Cardenal Ottaviani, que había presentado un esquema titulado “De las relaciones entre la Iglesia y el Estado y de la Tolerancia religiosa”, que constaba de 7 páginas de texto y 16 páginas de referencias, que iban desde Pío VI (1790) a Juan XXIII (1959), y la otra representada por el Cardenal Bea, con un proyecto redactado por él y que llevaba el sugestivo título “La libertad religiosa”, de 14 páginas, y sin referencias alguna al Magisterio precedente.

Ningún texto fue objeto de tantas revisiones, y seis borradores distintos se presentaron ante la Asamblea de los Padres Conciliares, hasta que fue promulgado recién el penúltimo día del Concilio Vaticano II (el 7 de diciembre de 1965).

Para uno de los peritos americanos, el P. John Courtney Murray, este tema de la libertad religiosa era "el problema americano del Concilio", y un Obispo estadounidense se ufanaba de que sin el apoyo de los americanos "el documento no habría llegado al aula conciliar"; otro, "hablando en nombre de casi todos sus pares americanos", afirmaba que "la sustancia de la doctrina tal como la tenemos aquí es verdadera y sólida, y la más apropiada para nuestros tiempos", que "en general la declaración sobre la libertad religiosa es aceptable", y era de la mayor importancia que "la Iglesia se mostrase ante el mundo moderno como la campeona de la libertad – de la libertad humana y de la libertad civil – particularmente en materia de religión".
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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del "encuentro ecuménico de Asís".

27 de Diciembre, Festividad de San Juan Apóstol y Evangelista












AN JUAN el Evangelista, a quien se distingue como "el discípulo amado de Jesús" y a quien a menudo le llaman "el divino" (es decir, el "Teólogo") sobre todo entre los griegos y en Inglaterra, era un judío de Galilea, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, con quien desempeñaba el oficio de pescador.



Junto con su hermano Santiago, se hallaba Juan remendando las redes a la orilla del lago de Galilea, cuando Jesús, que acababa de llamar a su servicio a Pedro y a Andrés, los llamó también a ellos para que fuesen sus Apóstoles. El propio Jesucristo les puso a Juan y a Santiago el sobrenombre de Boanerges, o sea "hijos del trueno" (Lucas 9, 54), aunque no está aclarado si lo hizo como una recomendación o bien a causa de la violencia de su temperamento.


Se dice que San Juan era el más joven de los doce Apóstoles y que sobrevivió a todos los demás.

Es el único de los Apóstoles que no murió martirizado.


En el Evangelio que escribió se refiere a sí mismo, como "el discípulo a quien Jesús amaba", y es evidente que era de los mas íntimos de Jesús. El Señor quiso que estuviese, junto con Pedro y Santiago, en el momento de Su transfiguración, así como durante Su agonía en el Huerto de los Olivos. En muchas otras ocasiones, Jesús demostró a Juan su predilección o su afecto especial. Por consiguiente, nada tiene de extraño desde el punto de vista humano, que la esposa de Zebedeo pidiese al Señor que sus dos hijos llegasen a sentarse junto a Él, uno a la derecha y el otro a la izquierda, en Su Reino.


Juan fue el elegido para acompañar a Pedro a la ciudad a fin de preparar la cena de la última Pascua y, en el curso de aquella última cena, Juan reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús y fue a Juan a quien el Maestro indicó, no obstante que Pedro formuló la pregunta, el nombre del discípulo que habría de traicionarle. Es creencia general la de que era Juan aquel "otro discípulo" que entró con Jesús ante el tribunal de Caifás, mientras Pedro se quedaba afuera. Juan fue el único de los Apóstoles que estuvo al pie de la cruz con la Virgen María y las otras piadosas mujeres y fue él quien recibió el sublime encargo de tomar bajo su cuidado a la Madre del Redentor. "Mujer, he ahí a tu hijo", murmuró Jesús a su Madre desde la cruz. "He ahí a tu madre", le dijo a Juan. Y desde aquel momento, el discípulo la tomó como suya. El Señor nos llamó a todos hermanos y nos encomendó el amoroso cuidado de Su propia Madre, pero entre todos los hijos adoptivos de la Virgen María, San Juan fue el primero. Tan sólo a él le fue dado el privilegio de llevar físicamente a María a su propia casa como una verdadera madre y honrarla, servirla y cuidarla en persona.


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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen de San Juan en Patmos, de Velázquez.

26 de diciembre de 2008

Navidad perseguida


por Ismael Medina

Tomado de Vistazo a la Prensa



la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Así escribía San Pablo a los filipenses en el siglo I de nuestra era. La predicación de Jesús, de la que Pablo de Tarso se hizo postulador entre judíos y gentiles, ofrecía y pedía paz y amor a las gentes de toda condición. Y justicia, sobre todo para los humildes y los limpios de corazón. Hay que leer con hondura las Bienaventuranzas, por ejemplo, para discernir la dimensión del mensaje por el que Jesús nació, sufrió y murió en la Cruz.

Hoy, a pocas horas de celebrar la Nochebuena, intercalo para esta postal navideña trozos de lo escrito durante las últimas jornadas para unos u otros destinatarios amigos. Y lo hago desde el gozo del mensaje entrañado en la conmemoración cristiana y la amargura de que celebramos esta gran fiesta asediados por una sórdida campaña encaminada a eliminar a Dios y entronizar un laicismo cuya insidiosa contumacia asoma con descaro la oreja del odio iluminista hacia la Iglesia Católica.

El Misterio llaman en algunos lugares al tradicional Belén, o Nacimiento, que desde hace siglos ha simbolizado en los hogares y lugares públicos la venida de Dios hecho hombre para anunciarnos el mensaje de la salvación. Para mostrarnos que la humildad, la fraternidad y la caridad, que es amor, nos propone el camino hacia la paz del alma y entre los hombres. Lo entendieron los pastores que, primeros de todos, acudieron a postrarse ante el Niño Dios, nacido en portal tan pobre como sus propias vidas. Y lo sintieron igual de prójimo las gentes, no sólo las más sencillas, a lo largo de los siglos. La Nochebuena y la Navidad se llenaron de villancicos acompañados de zambombas, carracas, panderos e improvisados instrumentos domésticos. Unos nacidos en el hondón de la fe popular y otros aportados por los poetas.

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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del autor.

Enfática recomendación



l Cruzamante recomienda con énfasis a sus lectores y amigos la lectura de una excelente biografía de Ronald Knox, escrita por Evelyn Waugh y traducida por Jack Tollers al castellano (me animaría a decir al argentino).
Para quien no lo conozca, Ronald Knox fue un brillante "scholar" de Oxford, hijo de un obispo de la Iglesia Anglicana, autor de numerosos libros (entre ellos la traducción de la Vulgata al inglés), que ordenado sacerdote anglicano, se convirtió al catolicismo, en los primeros años del siglo XX. Amigo de Maurice Baring y de Hillaire Belloc, de quien fue su albacea literario, colaboró en la conversión del gran polemista Gilbert K. Chesterton.
Evelyn Waugh no necesita presentación.
El trabajo de traducción de Jack Tollers, con sus más de trescientas notas al pie, hacen inteligible el libro, por la profusión de citas de personas, libros, lugares, usos y costumbres que no son los nuestros. Brillante y ciclópeo trabajo. Para él nuestro agradecimiento.
Para acceder a la lectura de dicho libro haga click sobre este enlace.
Tomado de Et voilà!

Ortodoxia (1)


por Gilbert K. Chesterton





Prefacio



ste libro está pensado para ser el compañero de Herejes y para agregarle el lado positivo al negativo. Muchos críticos se quejaron del libro que llamé Herejes porque meramente criticaba las filosofías actuales sin ofrecer ninguna filosofía alternativa. Este libro es un intento de responder a ése desafío. Es inevitablemente afirmativo y, por lo tanto, inevitablemente autobiográfico. El autor se ha visto frente a una dificultad de cierta forma similar a la que se le presentó a Newman al escribir su Apología : se ha visto forzado a ser egocéntrico a fin de ser sincero. Mientras todo lo demás puede ser diferente, el motivo en ambos casos es el mismo. El propósito de este autor es intentar una explicación, no de si la Fe Cristiana puede ser creída, sino de cómo él, personalmente, ha llegado a creer en ella.

El libro, por lo tanto, está construido sobre el principio positivo de un acertijo y su solución. Trata, primero, sobre las especulaciones solitarias y sinceras del propio autor y luego con toda la maravillosa forma en que resultaron repentinamente satisfechas por la teología Cristiana. El autor considera que el hecho equivale a un credo convincente. Pero, si no es así, resulta al menos una coincidencia reiterada y sorprendente.

Gilbert K. Chesterton


I. Introducción en defensa de todo el resto

La única justificación posible para este libro, consiste en que es la respuesta a un desafío. Hasta un mal tirador se honra cuando acepta un duelo. Cuando hace algún tiempo publiqué una serie de apresurados pero sinceros ensayos bajo el título de "Herjes", algunos críticos por cuyas inteligencias siento un caluroso respeto (puedo mencionar especialmente al señor G. S. Street), dijeron que estaba muy bien de mi parte sugerir que todos debían demostrar su teoría cósmica, pero que yo había evitado cuidadosamente consolidar mis consejos con el ejemplo. “Voy a comenzar a preocuparme por mi filosofía”, dijo el señor Street, “cuando el señor Chesterton nos haya expuesto la suya”. Tal vez fue imprudente sugerirle algo así a una persona demasiado dispuesta a escribir libros ante la más leve provocación. Con todo, si bien el señor Street ha inspirado y creado este libro, al fin y al cabo no tiene por qué leerlo. Si lo hace, hallará que en sus páginas, de un modo genérico y personal – y más por medio de un conjunto de imágenes mentales que por series de deducciones – he intentado formular la filosofía en la que he llegado a creer. No voy a llamarla "mi filosofía", porque yo no la hice. Dios y la Humanidad la hicieron; y ella me hizo a mí.

Muchas veces sentí el capricho de escribir una novela sobre un navegante inglés que, embarcado en su yate, calculó levemente mal su ruta y llegó a Inglaterra convencido de haber descubierto una nueva isla en los mares del Sur. No obstante, siempre encuentro que soy demasiado perezoso o estoy demasiado ocupado para escribir esta excelsa obra, por lo que bien puedo ahora revelarla con fines de ilustración filosófica. Probablemente existirá la impresión general de que el hombre se sintió más bien tonto cuando llegó a tierra (armado hasta los dientes y hablando por señas) para plantar la bandera inglesa sobre aquél templo bárbaro que después resultó ser el Pabellón de Brighton. No me preocupa aquí negar que pareció tonto. Pero si ustedes se imaginan que se sintió tonto, o por lo menos que la sensación de tontera fue su única o dominante emoción, eso significa que no han estudiado con suficiente delicadeza la rica sustancia romántica del héroe de este cuento. Su error fue en verdad un error muy envidiable. Y él lo sabía, si era el hombre que yo imagino.

¿Qué podría ser más agradable que sentir, simultáneamente y en pocos minutos, todas las fascinantes angustias del partir combinadas con toda la seguridad humana de volver a casa otra vez? ¿Qué mejor que gozar del encanto de descubrir África sin tener la fastidiosa necesidad de trasladarse a ese continente? ¿Qué podría ser más glorioso que congratularse por descubrir Nueva Gales del Sur y comprender después, en medio de un torrente de lágrimas de alegría, que en realidad no se trataba más que de la vieja Gales del Sur?

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